La reciente respuesta de Eddie Fleischman contra Mirtha Vásquez no debe entenderse únicamente como una disputa entre dos personajes públicos. Detrás de sus palabras aparece una fractura mucho más antigua: la confrontación entre el Perú del statu quo —centralista, excluyente y acostumbrado a administrar la respetabilidad— y el Perú mestizo, provinciano y popular, que exige participar en la vida nacional sin pedir permiso a las élites.
Mirtha Vásquez calificó al gobierno de Keiko Fujimori como una gestión precaria que improvisa y no sabe qué hacer con el país. Esa afirmación puede ser discutida, cuestionada o refutada. Fleischman tenía todo el derecho de responderle con cifras, decisiones gubernamentales y resultados concretos. Pero no hizo eso. Escribió: “El descaro, la desfachatez, la desvergüenza, el desparpajo y la hipocresía. El cartón lleno de los ZdM”.
La expresión “ZdM”, empleada reiteradamente por Fleischman, significa “zurdos de mierda”. No estamos, por tanto, ante una respuesta política, sino ante una operación de demolición moral. En lugar de explicar por qué Vásquez estaría equivocada, la arroja dentro de una categoría humana supuestamente despreciable. Eso revela una incapacidad para debatir, pero también algo más profundo: la antigua costumbre de decidir quién merece ser escuchado y quién debe ser humillado.
FLEISCHMAN Y VÁSQUEZ: DOS
VISIONES DEL PERÚ
Fleischman no representa oficialmente a toda la derecha ni a todos los empresarios. Sin embargo, su discurso expresa una corriente política que defiende el orden económico existente, condena colectivamente a la izquierda y presenta cualquier cuestionamiento profundo como una amenaza contra la inversión, la propiedad o la libertad. El problema es que esa derecha rara vez diferencia entre capitalismo productivo y mercantilismo rentista.
El capitalismo productivo invierte, industrializa, desarrolla tecnología, compite, crea empleo formal y asume riesgos. El mercantilismo rentista, en cambio, busca privilegios, monopolios, contratos favorables, protección estatal, exoneraciones y relaciones cercanas con el poder político. Uno transforma la economía; el otro administra ventajas. Defender automáticamente el statu quo no significa defender el verdadero capitalismo. Muchas veces significa proteger un sistema en el cual determinados grupos privatizan las ganancias, trasladan las pérdidas al Estado y conservan su influencia política generación tras generación.
Mirtha Vásquez tampoco representa
al comunismo, como pretende hacer creer la propaganda que llama “comunista” a
cualquiera que cuestione al poder económico. Ella pertenece a una izquierda
democrática, social y ambientalista. Es una abogada cajamarquina, formada en
una universidad pública, docente, defensora de derechos humanos, excongresista,
expresidenta interina del Congreso y expresidenta del Consejo de Ministros. Se
puede discrepar radicalmente de su gestión y de sus ideas. Lo que no se puede
hacer honestamente es presentarla como una ignorante, una intrusa o una mujer
sin autoridad para opinar sobre el rumbo del país.
LA COLONIA TERMINÓ EN LOS
PAPELES, NO EN LAS MENTES
El colonialismo no desapareció
completamente con la proclamación de la independencia. Terminó el dominio
jurídico de España, pero permanecieron muchas de sus jerarquías: Lima sobre las
regiones, el blanco sobre el indígena, el poderoso sobre el pobre, el apellido
sobre el mérito y la riqueza sobre la ciudadanía. Esa colonialidad interna
sigue decidiendo quién posee “buena presencia”, quién habla “correctamente”,
quién puede gobernar y quién debe permanecer callado.
Cuando una mujer provinciana,
mestiza y vinculada con la defensa de comunidades campesinas cuestiona al
poder, la respuesta no siempre busca debatir sus argumentos. Con frecuencia
intenta rebajarla: “resentida”, “incapaz”, “comunista”, “caviar”, “radical” o
“terruca”. El terruqueo se ha convertido en el nuevo certificado colonial de
inferioridad. Ya no es necesario demostrar que alguien pertenece a una organización
terrorista. Basta con que defienda derechos laborales, comunidades campesinas,
recursos naturales o una posición de izquierda para colocarlo bajo sospecha.
Así se construye una ciudadanía de dos categorías: los respetables, que pueden
opinar; y los sospechosos, que deben justificarse antes de abrir la boca.
No existe en la publicación analizada una expresión racial explícita contra Vásquez. Fleischman no menciona directamente su color de piel ni la llama “india”. Por eso no debemos inventar una prueba que no existe. Pero también sería ingenuo ignorar el contexto histórico en el que se produce la agresión. En el Perú, el racismo pocas veces reconoce su propio nombre. No siempre dice abiertamente “te desprecio por ser indígena o mestizo”. Muchas veces se disfraza de superioridad cultural, intelectual y moral.
La pregunta resulta inevitable: ¿se emplearía la misma violencia verbal contra una mujer perteneciente al círculo social, económico y cultural del propio agresor? No podemos atribuirle una motivación racial personal sin pruebas, pero sí podemos reconocer que su descalificación reproduce una cultura que históricamente ha colocado al Perú provinciano, campesino y mestizo en una posición subordinada.
EL CLASISMO QUE REPARTE
CERTIFICADOS DE RESPETABILIDAD
El mensaje de Fleischman posee un
evidente componente clasista porque no trata a Vásquez como una adversaria
política con experiencia institucional. La reduce a una integrante más de “los
ZdM”, como si todas las personas de izquierda fueran idénticas y ninguna
mereciera una respuesta racional. El mecanismo es sencillo: el integrante del
statu quo conserva el privilegio de calificar; el cuestionador popular queda
obligado a defender su propia dignidad.
Si usted pertenece al grupo
correcto, su palabra es opinión. Si pertenece al grupo estigmatizado, su
palabra es descaro.
Si defiende el modelo existente,
es sensato. Si cuestiona sus privilegios, es hipócrita.
Si proviene de las élites, posee
autoridad. Si proviene de las regiones, debe demostrar permanentemente que
merece estar allí.
Eso es clasismo político: convertir la procedencia, el apellido, la apariencia y las relaciones sociales en títulos de legitimidad.
También existe una dimensión de género. No todo ataque contra una mujer constituye automáticamente misoginia, pero el lenguaje empleado debe ser examinado. Fleischman no cuestiona una política pública específica. Ataca el carácter moral de Vásquez: descarada, desfachatada, desvergonzada e hipócrita. La acumulación de calificativos pretende presentar a una mujer políticamente incómoda como alguien indigna de consideración. Es una forma de disciplinamiento: puede participar, pero no cuestionar demasiado; puede ocupar cargos, pero no desafiar al poder; puede hablar, siempre que diga aquello que el statu quo está dispuesto a tolerar. Cuando supera ese límite, se activa la maquinaria de la humillación.
NO ES UNA GUERRA DE RAZAS, ES UNA
LUCHA CONTRA UNA ESTRUCTURA
Sería un error responder al racismo con otro racismo. No todos los blancos, criollos o descendientes de europeos son responsables de los crímenes históricos del Perú. Tampoco toda persona mestiza, indígena o provinciana representa automáticamente la justicia. La responsabilidad no pertenece biológicamente a una raza. Pertenece a élites, instituciones y grupos de poder concretos que convirtieron su riqueza, origen y cercanía al Estado en títulos de superioridad.
Los grandes abusos de nuestra historia no fueron cometidos por un color de piel aislado, sino por una estructura colonial y republicana que utilizó las diferencias raciales y sociales para justificar el despojo, la explotación y la exclusión. Por eso, el objetivo no debe ser reemplazar una supremacía por otra. Debe ser destruir el sistema que todavía clasifica a los peruanos según su apellido, dinero, lugar de nacimiento, acento o apariencia.
La contradicción final es evidente: Fleischman acusa a Vásquez de hipocresía, pero no refuta ninguna de sus afirmaciones. ¿El Gobierno posee un rumbo claro? Que lo demuestre. ¿Tiene una estrategia contra la delincuencia? Que presente resultados. ¿Está atendiendo el hambre y la inseguridad alimentaria? Que publique cifras. ¿Ha dejado de improvisar? Que explique sus políticas. Eso sería debatir. Pero llamar “zurda de mierda” a una adversaria no prueba que ella esté equivocada. Solamente demuestra que el agresor ha sustituido el razonamiento por el desprecio.
CONCLUSIÓN
La colonia sigue viva cada vez que alguien cree que su posición social le permite mandar al silencio a quienes considera inferiores. Sigue viva cuando la crítica de una mujer cajamarquina recibe insultos en lugar de respuestas. Sigue viva cuando se terruquea al mestizo, al campesino o al dirigente popular para expulsarlo simbólicamente de la ciudadanía. Mirtha Vásquez puede equivocarse, como cualquier autoridad. Sus decisiones pueden y deben ser fiscalizadas. Pero posee exactamente el mismo derecho que Fleischman, Keiko Fujimori o cualquier integrante de las élites limeñas a cuestionar el rumbo del país.
El Perú no pertenece a una clase,
una raza, una ideología ni un grupo de apellidos. La independencia continuará
incompleta mientras algunos ciudadanos se consideren dueños del derecho a
hablar y traten al resto como chusma que debe obedecer.
¡LA COLONIA TERMINÓ EN 1821, PERO
SUS HEREDEROS MENTALES TODAVÍA ADMINISTRAN EL DESPRECIO!
¡EL PERÚ MESTIZO, INDÍGENA, PROVINCIANO Y POPULAR NO PIDE PERMISO PARA EXISTIR, PENSAR NI GOBERNAR!
Fuente: https://www.facebook.com/
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