Mostrando entradas con la etiqueta Capitalismo depredador. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Capitalismo depredador. Mostrar todas las entradas

jueves, 8 de junio de 2023

GUERRA, CAPITALISMO, ECOLOGÍA: ¿POR QUÉ BRUNO LATOUR NO PUEDE ENTENDERLO?

  

Ucrania residuos tóxicos

Maurizio Lazzarato

Publicada en 9 de mayo de 2022

 

Ante la guerra que ha estallado en Ucrania, el filósofo ecologista se encuentra perdido, abrumado por los acontecimientos, “no sabe cómo sostener ambas tragedias”, la de Ucrania y la del calentamiento climático. Lo único que dice es que el interés por uno no debe primar sobre el interés por el otro. No logra comprender su relación y, sin embargo, están estrechamente vinculados porque tienen el mismo origen. Latour aún tendrá que admitir la existencia del capitalismo, que es el marco en el que surgen y se desarrollan las dos guerras.

La guerra entre Estados y las guerras de clase, de raza y de sexo han acompañado siempre el desarrollo del capital porque, a partir de la acumulación primitiva, son las condiciones de su existencia. La formación de clases (de trabajadores, esclavos y colonizados, mujeres) implica una violencia extraeconómica que funda la dominación y una violencia que la preserva, estabilizando y reproduciendo las relaciones entre ganadores y perdedores. ¡No hay Capital sin guerras de clase, raza y género y sin un Estado que tenga la fuerza y los medios para librarlas! La guerra y las guerras no son realidades externas, sino constitutivas de la relación de capital, aunque lo hayamos olvidado. En el capitalismo las guerras no estallan porque haya autócratas feos y malvados y demócratas buenos y amables.

La guerra y las guerras que encontramos al principio de cada ciclo de acumulación, las volvemos a encontrar al final. En el capitalismo provocan catástrofes y extienden la muerte de forma incomparable con otras épocas. Pero hubo un momento en la historia del capitalismo, a principios del siglo XX, en el que la relación entre la guerra, el Estado y el capital se entrelazó tanto que su poder destructivo, que es una condición de su desarrollo (su motor, como lo llamó Schumpeter, la “destrucción creativa”), pasó de ser relativo a ser absoluto. Absoluto porque pone en juego la existencia misma de la humanidad, así como las condiciones de vida de muchas otras especies.

La Primera Guerra Mundial y la destrucción absoluta

Los defensores del Antropoceno discuten sobre la fecha de su inicio: el Neolítico, la conquista de América, la revolución industrial, la gran aceleración de la posguerra, etc. Todos evitan cuidadosamente enfrentarse a la ruptura que supuso la Primera Guerra Mundial, cuyas consecuencias verdaderamente nefastas siguen actuando en nuestra actualidad.

El gran cambio que afectó para siempre a la máquina bicéfala Estado/capital en el siglo XX se produjo mucho antes de la crisis financiera de 1929, durante la guerra de 1914. La gran guerra es una novedad absoluta porque resulta de una integración de la acción del Estado, la economía de los monopolios, la sociedad, el trabajo, la ciencia y la técnica. La cooperación de todos estos elementos que trabajan juntos para construir una megamáquina de producción para la guerra cambia profundamente las funciones de cada uno: el Estado acentúa el poder ejecutivo en detrimento del legislativo y del judicial para gestionar la “emergencia”, la economía sufre la misma concentración de poder político consolidando los monopolios, la sociedad en su conjunto y no sólo el mundo del trabajo es movilizada para la producción, la innovación científica y técnica pasan a estar bajo el control directo del Estado experimentando una aceleración fulgurante.

Ernst Junger, el “héroe” de la Primera Guerra Mundial, la describe menos como una “acción armada” que como un “gigantesco proceso de trabajo”. La guerra es la ocasión de implicar a toda la sociedad en la producción ampliando una organización de la producción que sólo concernía a un número muy reducido de empresas. “Los países se transformaron en gigantescas fábricas capaces de producir ejércitos en cadena de producción para poder enviarlos al frente veinticuatro horas al día, donde un sangriento proceso de consumo, ahora completamente mecanizado, desempeñó el papel de un mercado (…)”.

La implicación de todas las funciones sociales en la producción (lo que los marxistas llaman la subsunción de la sociedad en el capital) nació en este momento y estuvo marcada, y lo estará para siempre, por la guerra. Toda forma de actividad, “incluso la de un patrón doméstico que trabaja en su máquina de coser”, está destinada a la economía de guerra y participa en la movilización total.

“Junto a los ejércitos que se enfrentan en los campos de batalla, surgen nuevos tipos de ejércitos, el ejército del transporte, de la logística, el ejército de la industria armamentística, el ejército del trabajo”, el ejército de la comunicación, los ejércitos de la ciencia y la tecnología, etc. La logística de la guerra es más eficiente que la logística comercial del capital.

Es en este sentido que la guerra es “total”. Requiere la movilización de la economía, la política y la sociedad, es decir, una “producción total”. Entre la guerra, los monopolios y el Estado, se crea un vínculo que ningún liberalismo podrá desatar, ni siquiera el neoliberalismo podrá devolver el mercado de la oferta y la demanda y la libre competencia.

El nacimiento de lo que Marx llamó el General Intellect (la producción que depende no sólo del trabajo directo de los trabajadores, sino de la actividad y la cooperación de la sociedad en su conjunto, de la comunicación, de la ciencia y la tecnología, etc.) tiene lugar bajo el signo de la guerra. En el General Intellect marxiano no hay guerra, mientras que en su aplicación real es la guerra la que completa el conjunto. El capitalismo inaugurado por la guerra total es diferente al descrito por Marx. Hahlweg, el erudito alemán que publicó las obras completas de Clausewitz, resume perfectamente este cambio que afecta al capitalismo en la transición del siglo XIX al XX: en el caso de Lenin, las guerras han ocupado el lugar de las crisis económicas de Marx.

Keynes, a su vez, afirmaba que su programa económico sólo podía realizarse en una economía de guerra, porque sólo en este caso se llevan todas las fuerzas productivas al límite de sus posibilidades.

Esta formidable máquina en la que se entrelazan la guerra y la producción acelera el desarrollo de la organización del trabajo, de la ciencia y de la técnica; la coordinación y la sinergia de las diversas fuerzas productivas y de las funciones sociales se traducen en un aumento de la producción y de la productividad. Pero la producción y la productividad son para la destrucción. Por primera vez en la historia del capitalismo la producción es “social”, pero es idéntica a la destrucción. El aumento de la producción se concreta en un aumento de la capacidad de destrucción.

Se inició una loca carrera por nuevos inventos y descubrimientos que buscan aumentar el poder de destrucción: destruir al enemigo, su ejército, pero también a su población y las infraestructuras del país. Este proceso se completó con la construcción de la bomba atómica durante la Segunda Guerra Mundial. La ciencia, máxima expresión de la creatividad y la productividad del ser social, amplía radicalmente el poder de destrucción: a partir de ahora la bomba atómica pone en cuestión la propia supervivencia de la humanidad.

Günter Anders señala a este respecto: si hasta la Primera Guerra Mundial las personas eran individualmente mortales y la humanidad inmortal, a partir de la construcción de la bomba atómica la identidad de producción y destrucción amenaza de muerte directamente a la humanidad. Por primera vez en su historia, la especie humana está en peligro de extinción gracias al poder de una parte de los hombres; los capitalistas, los hombres de Estado, las clases poseedoras, etc., que la componen.

Este salto en la organización político-económica de la máquina bicéfala del Estado/capital fue una respuesta al peligro del socialismo que acechaba a Europa y una acción preventiva contra las guerras de clase, de raza y de sexo que el socialismo rumiaba en su seno (a pesar de las organizaciones que lo estructuraron) y que se desarrollaron a lo largo del siglo XX.

La gran aceleración

La acción de esta nueva organización de la máquina Estado/capital no se detendrá con el fin de los combates, ya que la “movilización total” para la “producción total”, la gestión de la emergencia, la concentración del poder ejecutivo y del poder económico, a partir de situaciones temporales y excepciones ligadas a la urgencia de la guerra, se transforman en normas ordinarias de la gestión capitalista.

Los ecologistas llaman al período posterior a la Segunda Guerra Mundial la gran aceleración, dentro de la cual se encontrará intacta la identidad de producción y destrucción que se afirmó durante las dos guerras totales, arraigada en el trabajo y el consumo cotidiano del “boom” económico.

La máquina productiva integrada no se desmanteló, sino que se invirtió en la reconstrucción. Más tarde se verá que la reparación de los daños causados por la guerra determinará una nueva y más formidable destrucción: con la gran aceleración hemos dado un gran paso hacia el punto de no retorno en la degradación del equilibrio climático y de la biosfera.

El capitalismo de posguerra sigue explotando la integración que tuvo lugar durante las guerras totales produciendo tasas extraordinarias de crecimiento y productividad a las que corresponden tasas igualmente extraordinarias de destrucción de las condiciones de habitabilidad del planeta. La especie humana está amenazada de extinción por segunda vez (junto con muchos otros seres vivos). Ya no es la “naturaleza” la que “amenaza” a la humanidad, sino las clases que “dirigen” esta máquina económico-política.

La identidad de producción y destrucción continúa en el marco de una “paz” cuyas condiciones de posibilidad están siempre dadas por la guerra, fría en el Norte y muy caliente en el Sur, donde se concentra la “guerra civil mundial”, anunciada por Hannah Arendt y Carl Schmitt en 1961. Sólo una ilusión eurocéntrica puede pensar en los “treinta años gloriosos” como un período de paz.

La gran aceleración es inconcebible sin el consenso del movimiento obrero, que refuerza su integración con el capitalismo y el Estado iniciada con el voto de los créditos para la guerra de 1914. En el Norte del mundo, el compromiso fordista de posguerra entre el capital y el trabajo se basa en un hecho tácito que vela la identidad de producción y destrucción que la “movilización total” para la “producción total” ha legado al funcionamiento del capitalismo. El movimiento obrero se limitará a exigir salarios y derechos de los trabajadores, dejando todo el poder a la máquina del Estado-capital para decidir el contenido del trabajo y los objetivos de la producción. Un acuerdo opera como si la identidad de la producción y la destrucción sólo se refiriera al período de guerra, mientras que cuestiona el concepto de trabajo y de trabajador. Gunter Anders esboza una primera revisión de estos conceptos a la luz de la nueva realidad del capitalismo. “El estatus moral del producto (el estatus del gas venenoso o el estatus de la bomba de hidrógeno) no afecta a la moralidad del trabajador que participa en la producción. Es políticamente inconcebible “que el producto en cuya fabricación se trabaja, incluso el más repugnante, pueda contaminar la propia obra”. El trabajo, como el dinero del que es condición, “no tiene olor”. “Ningún trabajo puede ser desacreditado moralmente por su finalidad.

Los fines de la producción no deben preocupar en absoluto al trabajador, porque, y “éste es uno de los rasgos más desastrosos de nuestra época”, el trabajo debe ser considerado “neutro con respecto a la moral (…) Cualquiera que sea el trabajo que se realice, el producto de este trabajo permanece siempre más allá del bien y del mal”.

Los sindicatos y el movimiento obrero hicieron un “juramento secreto” de “no ver o más bien no saber lo que (el trabajo) estaba haciendo”, de “no tener en cuenta su finalidad”.

En las condiciones contemporáneas del capitalismo la situación se ha radicalizado aún más, cualquier trabajo (no sólo el que produce “gas venenoso o bombas de hidrógeno”) es destructivo; cualquier consumo (no sólo el de los vuelos comerciales) es destructivo. Ahora es indecidible si el trabajo y el consumo producen el ser o lo destruyen, porque son a la vez fuerzas de producción y fuerzas de destrucción.

En el capitalismo, los individuos son al mismo tiempo “cómplices”, a su manera, de la destrucción, ya que la producen trabajando y consumiendo, y también víctimas de la explotación y la dominación, ya que se ven obligados a fabricar la catástrofe. No hay otra alternativa que romper estos lazos de subordinación que nos hacen objetivamente cómplices y sustraernos de estas relaciones de trabajo y consumo, es decir, llevar el rechazo del trabajo y del consumo hasta su conclusión lógica.

El denominado “neo-liberalismo”

La estrategia de la máquina Estado/Capital asume sin reparos la consigna de “movilización total” para la “producción total” que el compromiso capital-trabajo había practicado, pero no reconocido. La matriz económico-política sigue siendo la dibujada durante la primera guerra mundial, cuya nueva mundialización, la intensificación de la financiarización y la concentración del poder económico y político no hacen sino aumentar su dimensión productiva y destructiva, exaltando sus características autoritarias y antidemocráticas.

El neoliberalismo no sólo nace de las guerras civiles en América Latina, sino que se alimenta de todas las guerras que los estadounidenses y la OTAN han declarado en todo el mundo, primero contra un enemigo que ellos mismos habían contribuido a crear (el terrorismo islamista) y luego contra las potencias surgidas de las guerras de liberación del colonialismo (el verdadero objetivo de la guerra actual es China).

La mundialización contemporánea es muy diferente de la que se produjo entre los siglos XIX y XX. Esta última tenía como objetivo el reparto colonial del mundo; la actual ya no puede contar con un Sur sumiso a Occidente. Por el contrario, las antiguas colonias son potencias económicas y políticas que hacen vacilar al Norte, el que carece de toda idea de cómo establecer su hegemonía, si no es por la fuerza de las armas. El Sur global plantea dos nuevos problemas. Las formas de neocapitalismo adoptadas por las antiguas colonias no harán sino aumentar la extensión de la producción/destrucción, al demostrar que la acción de la máquina Estado-capital del centro no puede extenderse al resto de la humanidad: el capitalismo mundializado lleva a un punto de irreversibilidad la devastación que la gran aceleración ya había incrementado en la posguerra.

La afirmación de su potencia (paradójicamente provocada por la mundialización, que debería, por el contrario, haber asegurado el inicio de un nuevo siglo americano) ha reavivado los enfrentamientos entre imperialismos que EE.UU. planea desde hace años transformar en una guerra abierta. Cegado por un delirio bélico, al Norte del mundo le cuesta advertir que ahora es una minoría no sólo desde el punto de vista demográfico (incluso en relación con la guerra actual, la mayoría de los países no se han alineado con las posiciones del Norte porque saben quiénes han sido y son el objetivo del dominio yanqui).

Hay otra sorprendente similitud con el pasado: la violencia que Europa había ejercido sobre las colonias había retornado finalmente al continente con guerras totales y fascismos. Aimé Césaire solía decir que lo que se le reprochaba a Hitler no eran sus métodos “coloniales”, sino su uso contra los blancos. Después de treinta años de guerras lideradas por Estados Unidos y la OTAN en todo el mundo, la violencia armada está volviendo a Europa, impuesta por Estados Unidos y aceptada por los Estados y las élites locales que están completamente sometidos a la voluntad estadounidense. La guerra está preparada para permanecer, porque los estadounidenses no dejarán de ejercer presión armada hasta que logren construir el imposible Imperio, un proyecto tan suicida como homicida. La desgracia de la humanidad para los próximos años está contenida en la frase de Biden “trabajar para que Estados Unidos vuelva a gobernar el mundo”, que es la verdadera agenda de su presidencia. La proclamada oficialmente durante la campaña presidencial para resolver la guerra civil latente se ha ido abandonando.

Estas palabras de Keynes se ajustan a la tragedia de la guerra, así como a la catástrofe ecológica: la hegemonía del capital financiero que condujo a la Primera Guerra Mundial contenía una “regla autodestructiva” que regía “todos los aspectos de la existencia”, una regla financiera de autodestrucción que sigue funcionando en la actualidad. La violencia que desatan los capitalistas y el Estado ya contiene la catástrofe ecológica porque para garantizarse la ganancia, la propiedad y el poder son “capaces de apagar el sol y las estrellas”.

La guerra entre potencias y la guerra contra “Gaia” tienen el mismo origen

Creer que Rusia es la causa de una posible tercera guerra mundial es como creer que el bombardeo de Sarajevo fue la causa de la primera. Pereza intelectual y política.\

Hace un siglo, Rosa Luxemburgo ya había captado la imposibilidad del resultado de la globalización del capital y, por lo tanto, la inevitabilidad de la guerra entre los imperialismos: El capital “en su tendencia a convertirse en una forma mundial, se descompone ante su propia incapacidad de ser esta forma mundial de producción”. No puede convertirse en capital global porque depende del Estado-nación tanto para la realización de la plusvalía y su apropiación (la propiedad privada está garantizada por sus leyes y su fuerza), como para su “regulación” porque, sin el Estado, el capital enviaría sus flujos a la luna, dicen Deleuze y Guattari.

La máquina de acumulación y su tendencia a expandirse constantemente (mercado mundial) se basa en una tensión entre el Estado y el capital, aunque ambos participen plenamente de su funcionamiento. El capital expresa una “tendencia a devenir mundial” que no puede conseguir porque no tiene ni la fuerza política ni  militar para sus ambiciones. El Estado, en cambio, ejerce estos dos poderes, pero su base es territorial, con fronteras, Estados rivales. No hay necesidad de oponer el Capital (con su relativa inmanencia) y el Estado (con su soberanía muy real), ya que actúan en conjunto.

El fracaso de la mundialización contemporánea es muy similar al fracaso de la mundialización anterior, entre finales del siglo XIX y principios del XX, y no puede conducir más que a la guerra, porque, una vez que el capital financiero se ha derrumbado, los Estados y sus ejércitos se presentan para luchar por la hegemonía sobre el mercado mundial.

El actual “desorden” mundial (una multiplicidad de centros de poder constituidos por grandes áreas, pero en cuyo centro están siempre los Estados), que los estadounidenses quisieran reducir a un orden imperial imposible porque ya ha fracasado, corre el riesgo de conducir a un caos aún mayor, gane quien gane.

La gran mundialización, en lugar del cosmopolitismo, sólo podía producir lógicas identitarias, ya que el capital, tras la debacle financiera de 2008, tuvo que anidar bajo el ala protectora del Estado, que sólo puede vivir de la identidad: nacionalismo, fascismo, racismo, sexismo, para no derrumbarse y llevarse consigo la “civilización” capitalista.

En el capitalismo, las diferencias no se diferencian produciendo novedades imprevisibles (como afirma ingenua o irresponsablemente la filosofía de la diferencia), sino que se polarizan (desigualdades de renta, riqueza, educación, salud, etc.) hasta convertirse en contradicciones. Si no se convierten en oposiciones a la máquina Estado-capital, se fijan en identidades en cuyo centro siempre encontramos al hombre blanco. Las identidades nacionalistas, racistas y sexistas son las condiciones, ampliamente desarrolladas, para la producción de subjetividades para la guerra. La histeria anti Rusia desatada por los medios de comunicación, el odio racista con el que distinguen entre guerras y víctimas (los blancos y  los otros), han sido preparados durante mucho tiempo por esta destrucción “simbólica” de la subjetividad que ha cultivado un futuro fascista dispuesto a entusiasmarse con la guerra.

Estamos viviendo la realización de un proceso, iniciado hace algo más de un siglo y acelerado a finales de los años 70, de cierre de todo “espacio público” y de saturación de la cuota de propiedad privada en todos los aspectos de la vida individual y colectiva. Se trata de un proceso de alcance completamente diferente al de la “dictadura sanitaria” (Agamben). El estado de emergencia es la normalidad que debe acompañar necesariamente a la identidad de la producción y la destrucción porque ha estado progresando desde principios del siglo XX, enraizada en la máquina del Estado-Capital cuyas promesas de paz y prosperidad sólo duran lo que dura una “bella época”.

Basta un análisis superficial del capitalismo y de su historia para comprender que, tras brevísimos periodos de euforia (la belle époque de principios de siglo y de los años ochenta y noventa) en los que el capitalismo parecía triunfar sobre todas sus contradicciones, sólo le quedaba la guerra y el fascismo para salir de sus atolladeros.

La prosperidad para todos se ha convertido en una enorme concentración de riqueza para unos pocos, una devastación financiera y una lucha a muerte por la hegemonía económica y el acceso a los recursos. La salvaguarda de la vida a cambio de obediencia que, desde Hobbes, debe garantizar el Estado frente a los peligros de la “guerra de todos contra todos” queda doblemente desmentida: ya sea por la organización de las masacres de las guerras industriales como  por la extinción de la especie humana, que ya está muy avanzada.

La biopolítica (“hacer vivir y dejar morir”) revela todo su contenido “ideológico” frente a la realidad de la máquina capital/Estado que desencadenó la violencia económica del primero y luego desató la violencia armada del segundo. Dos violencias que, combinadas, están muy lejos de la pacificación gubernamental que supone el “laissez vivre”.

La posible desaparición de la humanidad por la violencia concentrada de la bomba atómica que Günther Anders predijo en los años 50 se reaviva ahora por la “violencia difusa” del calentamiento climático, la degradación de la biosfera, el agotamiento del suelo, la sobreexplotación de la tierra, etc. Dos temporalidades diferentes, la instantaneidad de la bomba y la duración de la degradación ecológica, convergen hacia un mismo resultado que proviene de la misma fuente: la identidad de producción/destrucción. En la actual guerra de Ucrania vivimos bajo la doble amenaza (la atómica, que nunca había desaparecido) y la “ecológica”. Lo que Latour no ve, la actualidad se ha encargado de demostrárnoslo. La guerra, al menos, habrá servido para eso, para revelar la inconsistencia de gran parte del pensamiento ecológico y de sus intelectuales más prestigiosos.

Post Scriptum: Crisis de la ontología

La identidad de producción y destrucción determina una crisis en la concepción del ser cuyo poder productivo afirma la filosofía: el ser es creación, un proceso continuo de expansión, la construcción del mundo y del hombre. Esta larga historia del ser se ve interrumpida por la Primera Guerra Mundial, ya que la autoproducción del ser coincide con su autodestrucción.  Las filosofías de los años sesenta y setenta no reconocen en absoluto esta nueva situación. Por el contrario, hacen demasiado hincapié en el poder de invención, proliferación y diferenciación del ser. El negativo de la destrucción es expulsado del pensamiento en el momento en que el ser, con la producción total, es comparable a una fuerza “geológica” capaz de modificar la morfología del terreno, al tiempo que destruye las condiciones de habitabilidad. La crítica de lo negativo se centra en la dialéctica hegeliana, mientras que se olvida problematizar la negación absoluta que conlleva el nuevo capitalismo. En un momento en el que el ser parece enriquecerse con la producción continua de nuevas singularidades, se consume, se agota e incluso está amenazado de extinción. Se trata de una situación inédita que la filosofía evita como la peste.

La identidad de la producción y la destrucción nos obliga a considerar bajo una nueva luz las categorías del trabajo y de las fuerzas productivas que debían ser herederas del poder del ser. Las guerras totales y la aceleración conjunta de la acción del capital, el Estado, la ciencia/tecnología y el trabajo han hecho inoperante la oposición marxista entre fuerzas productivas y relación de producción, porque las fuerzas productivas son al mismo tiempo fuerzas destructivas. En el siglo XIX, el trabajo y su cooperación, la ciencia y la tecnología parecían constituir una potencia creadora aprisionada por las relaciones de producción (principalmente la propiedad privada y el Estado que la garantizaba). Era necesario liberarlos de las garras de estos últimos para que pudieran desarrollar sus poderes productivos, limitados por el beneficio, la propiedad privada y las jerarquías de clase. En las condiciones del capitalismo de posguerra, es indecidible si el trabajo es producción o destrucción, ya que es ambas cosas a la vez. Por eso no puede haber una ontología del trabajo. Por eso hay que repensar las modalidades de la acción política.

Las luchas, los rechazos, las revueltas, las cooperaciones, las actividades de “cura”, las solidaridades, las revoluciones siguen estando a la orden del día, la ruptura con el capitalismo es aún más necesaria, ya que lo que está en juego es la vida misma de la especie, pero en un marco radicalmente modificado por la existencia de la destrucción que es como la sombra de la producción.

Artículo en francés elaborado por el autor para Revista Disenso

Traducción: Iván Torres Apablaza y Tuillang Yuing Alfaro

Fuente: Tinta Limón

https://lobosuelto.com/guerra-capitalismo-ecologia-por-que-bruno-latour-no-puede-entenderlo-maurizio-lazzarato/

 

martes, 6 de junio de 2023

APOCALIPSIS DE INSECTOS EN EL ANTROPOCENO (parte IV)


Ian Angus

01/Jun/2023

La parte I describía el fuerte declive de las poblaciones de insectos en todo el mundo

La parte II señalaba la influencia de los monocultivos

La parte III trataba de la nueva generación de insecticidas

Esta parte IV analiza la revolución genética

Las plantas son, por supuesto, la base de casi todas las cadenas tróficas, y cuando se desarrollan métodos de cultivo que prácticamente erradican todas las hierbas adventicias de las tierras de cultivo, de modo que a menudo estamos ante monocultivos puros, hemos convertido gran parte de nuestros campos en lugares inhóspitos para la mayoría de formas de vida. —Dave Goulson/1

Durante décadas, los defensores de los alimentos genéticamente modificados (GM) han estado prometiendo cultivos milagrosos que salvarían vidas y alimentarían al mundo. Cereales que florecen durante una sequía. Mejora de la nutrición, incluido un arroz que contiene vitaminas que protegen la visión. Manzanas que no se pudren. Reducción de las emisiones de CO2. Más alimentos en menos tierras.

Según el Servicio Internacional para la Adquisición de Aplicaciones de Biotecnología Agrícola (ISAAA), favorable a la biotecnología, los beneficios de la modificación genética son tan grandes que la superficie dedicada a los cultivos GM creció de cero en 1996 a 190,4 millones de hectáreas (470,5 millones de acres) en 2019, “la tecnología agrícola adoptada con mayor rapidez” de la historia/2.

No obstante, si miramos las propias estadísticas del ISAAA, veremos que el 85 % de la superficie dedicada a los cultivos GM se halla en tan solo cuatro países, EE UU, Brasil, Argentina y Canadá, y que alrededor del 99 % de todas las modificaciones genéticas de cultivos comerciales entran en tan solo dos categorías, tolerancia a los herbicidas y resistencia a los insectos. No tienen nada que ver con la mejora de la calidad de los alimentos. Es más, la soja y el maíz, que representan más del 90 % de los cultivos GM, se utilizan principalmente para forraje y biocombustible, no para alimentar a personas hambrientas.

Los principales resultados de la ingeniería genética en la agricultura han sido: la expansión de los monocultivos en América del Norte y del Sur, un aumento del uso de venenos químicos y un incremento de las ganancias del puñado de grandes empresas que dominan la producción de sustancias químicas y de semillas GM. El impacto de los cultivos GM y los plaguicidas asociados en la salud humana es objeto de amplios debates, pero este artículo se centra en su contribución a la creación masiva de monocultivos que destruyen vidas.

* * * *

Como hemos visto, dos características de la agricultura industrial han impulsado el apocalipsis de insectos: el uso masivo de venenos y la destrucción de hábitats. Miles de millones de hexápodos mueren cada año por efecto de venenos químicos que supuestamente protegen los cultivos. Y los monocultivos a gran escala explotaciones que solo cultivan una especie les privan de alimentos y lugares de cría. Los dos son aspectos de lo que se ha llamado la revolución verde, un aumento de la producción a base de métodos de cultivo que han dañado el medio ambiente y mermado la biodiversidad.

En la década de 1990 comenzó una segunda fase, todavía más destructiva, de la agricultura industrial, una fase que podríamos llamar revolución de los genes. Las semillas GM cambiaron el tablero de juego, expandiendo rápidamente la superficie dedicada a los cultivos hostiles a los insectos. La transición la inició en 1996 la empresa química Monsanto, con sede en Saint Louis (EE UU), cuyo producto más importante fue el Roundup, utilizado para eliminar las malas hierbas.

Malas hierbas no es una categoría científica. Se trata de plantas no deseadas que crecen donde no deberían, compitiendo con especies más deseables por el espacio, los nutrientes, el agua y la luz del sol. Tradicionalmente, los agricultores limitaban el crecimiento de estas hierbas utilizando cultivos de cobertura, mantillo y la rotación frecuente de cultivos, pero también tenían que proceder a la eliminación física a fin de evitar que contaminaran la cosecha. Durante milenios, el escardado de las hierbas adventicias era una parte necesaria y trabajosa de la labor de cultivo, y lo sigue siendo en buena parte del mundo.

A comienzos del siglo XX, algunos agricultores de Europa y Norteamérica utilizaban ácido sulfúrico y compuestos de arsénico para eliminar las adventicias, pero las aplicaciones químicas no se generalizaron hasta finales de la década de 1940, cuando el producto herbicida 2,4-D, desarrollado por el ejército de EE UU como arma biológica, pasó a estar disponible para todo el mundo/3. Pronto se le unieron otros herbicidas sintéticos, entre ellos el 2,4,5-T, el dicamba y el triclopyr, armas fundamentales en lo que Rachel Carson denominó “el bombardeo químico contra el tejido de la vida”/4. Se adoptaron ampliamente, como escribe Jennifer Clapp, porque facilitaban las labores de cultivo.

Estas sustancias químicas permitieron eliminar plantas no deseadas en grandes extensiones y se popularizaron porque ahorraban horas de trabajo. A medida que aumentaba el tamaño de las explotaciones, paralelamente a la creciente mecanización de la agricultura, a mediados del siglo XX, el uso de herbicidas se expandió enormemente y pasó a ser la norma en el control de las adventicias/5.

Monsanto lanzó el Roundup en 1976. Su ingrediente principal era glifosato, una sustancia química que mata las plantas al bloquear su capacidad de generar proteínas esenciales. Se utilizaba sobre todo para despejar terrenos antes de sembrar y para eliminar hierbas no deseadas en campos de césped y arcenes, pero también mataría los cultivos si se rociara sobre ellos o cerca de ellos.

En 1996, Monsanto cambió esto gracias a la ingeniería genética: en vez de modificar el veneno, modificó las plantas. Sus dos familias de semillas genéticamente modificadas tuvieron un éxito espectacular.

  • Las semillas Roundup Ready (RR) se modificaron para que toleren el glifosato: el Roundup rociado sobre un campo de cultivo RR mataría todas las demás plantas y dejaría intacto el cultivo. Se comercializó primero para soja y colza, y después para maíz, alfalfa, algodón y sorgo.
  • Las semillas de maíz y algodón de Monsanto se modificaron para contener genes de Bacteria thuringiensis (Bt), un organismo tóxico para algunas orugas y escarabajos que se alimentan de estas plantas. Efectivamente, las plantas obtenidas con semillas modificadas que contienen Bt producen sus propios insecticidas.

Monsanto comercializó entonces semillas de maíz y algodón que contenían ambos atributos genéticos. Según el ISAAA, el 45 % de los cultivos GM consisten actualmente en plantas repletas  de genes para la tolerancia al herbicida y la resistencia a los insectos.

Las semillas patentadas eran más caras, pero simplificaban la producción. Ahora se podía rociar el glifosato durante el periodo de crecimiento sin dañar los cultivos, creando monocultivos puros y campos en en los que no podían crecer plantas competidoras. Las explotaciones que producían cultivos de Roundup Ready podían mecanizarse casi por completo, reduciendo al mínimo la mano de obra. Y tal como destacaba Monsanto en su publicidad, puesto que Roundup era letal para todas las plantas no GM, era “el único control de malas hierbas que necesitas”. Una web de la empresa calificó la combinación de glifosato y semillas resistentes al glifosato de “el sistema que te da libertad”/6.

Al mismo tiempo, Monsanto procedió a cerrar el mercado de insumos agrícolas mediante la adquisición de más de 30 empresas independientes de semillas, pasando a ser en 2005 el vendedor de semillas más grande del mundo. El control de los productos químicos y las semillas junto con los canales de distribución proporcionó a la empresa una enorme ventaja en la industria de insumos agrícolas. “La compañía alardeó ante los accionistas que preveía un aumento del 18 % del volumen de productos de glifosato que comercializaba en apenas dos años, de 1999 a 2000.” La mitad de su volumen de ventas de 5.500 millones de dólares en 2000 vino por el glifosato/7.

Durante dos decenios, el glifosato ha sido el herbicida más utilizado del mundo. Representó el 1 % de los herbicidas aplicados en los cuatro cultivos más importantes de EE UU en 1982, el 4 % en 1995, el 33 % en 2005 y el 40 % in 2012/8. “En 2020, el 90 % de todo el maíz, algodón, soja y remolacha de azúcar plantadas en EE UU [eran] genéticamente modificadas para tolerar uno o más herbicidas/9.”

Este gráfico ilustra el drástico aumento de las ventas y el uso de las semillas GM de Monsanto y del uso de su herbicida en EE UU.

RU 1 1

 

 

 

 

 

 

 

Uso agrícola de glifosato (acres) en EE UU, 1990-2014. (Fuente: Stacy Malken, Merchants of Poison, [Friends of the Earth, 2022], 14.)

La soja y el maíz son de lejos los cultivos más plantados en EE UU: juntos ocupan cerca de 190 millones de acres (77 millones de hectáreas)/10, y más del 90 % de esta extensión se siembra con semillas genéticamente modificadas. Si sumamos áreas más pequeñas dedicadas a algodón, remolacha de azúcar, alfalfa y colza genéticamente modificadas, además de más de 12 millones de acres de cultivos GM en Canadá, tendremos una extensión inmensa que es profundamente inhóspita para los insectos.

Sudamérica

AL cuadro 2

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Declarando que “la soja no conoce fronteras”, el gigante agroquímico Syngenta llamó esta zona “República Unida de la Soja” en un anuncio de 2003.

El auge de las ventas de habas de soja Roundup Ready de Monsanto no se limitó a Norteamérica. En el Cono Sur de Sudamérica, donde la propiedad de la tierra está mucho más concentrada que en el Norte global, grandes terratenientes adoptaron rápidamente la combinación de semillas/herbicidas, empezando en 1996 en Argentina y extendiéndose a lo largo de la siguiente década a Paraguay, Uruguay, Brasil y el sur de Bolivia. La sustitución de la mano de obra por los productos químicos permitió a los propietarios deshacerse de millones de pequeños aparceros y crear inmensas plantaciones de soja gestionadas por grupos inversores. Por cada jornalero empleado en la producción de soja GM en Brasil fueron despedidos once/11.

Ya en 2005, dos destacados ecologistas informaron de la disrupción social y medioambiental masiva provocada por la adopción de la soja GM por parte de los terratenientes:

  • En 1998 había un total de 422.000 explotaciones agrarias en Argentina, mientras que en 2002 quedaban 318.000, lo que supuso una reducción del 24,5 %. En una década, la extensión de los cultivos de soja aumentó un 126 % a expensas de tierras dedicadas a la producción de leche, maíz, trigo y fruta…
  • En Paraguay, las habas de soja se plantan en más del 25 % de todas las tierras agrícolas y en  Argentina las plantaciones de soja se extendían en 2000 sobre casi 15 millones de hectáreas, produciendo 38,3 millones de toneladas métricas. Toda esta expansión tiene lugar por desgracia en detrimento de los bosques y otros hábitats. En Paraguay, buena parte del bosque atlántico ha sido talado. En Argentina se han eliminado 118.000 hectáreas de bosque para plantar soja, en Salta alrededor de 160.000 hectáreas y en Santiago del Estero un récord de 223.000 hectáreas. En Brasil, el Cerrado y las sabanas están siendo víctimas del arado a un ritmo acelerado/12.

Al mismo tiempo, los productores de soja de toda la región extendieron sus haciendas despejando tierras y talando bosques. Brasil y EE UU son ahora de lejos los productores de soja más grandes del mundo, y juntos cultivan dos veces más soja que el resto de los diez países más grandes juntos.

En 2016, el periodista ambientalista Nazaret Castro calculó que “alrededor del 60 % de las tierras de cultivo de Argentina, un porcentaje similar en el sur de Brasil y casi un 80 % de las de Paraguay ya se dedican al cultivo de soja, prácticamente toda genéticamente modificada”/13.

Según un estudio reciente, basado en imágenes de satélite, “de 2000 a 2019, la extensión dedicada al cultivo de soja se duplicó con creces, pasando de 26,4 millones a 55,1 millones de hectáreas. La mayor parte de la expansión de la soja se produjo en pastos que originalmente habían sido despejados de la vegetación natural para destinarlos a la ganadería. La expansión más rápida se produjo en la Amazonia brasileña… En el conjunto del continente, el 9 % de los bosques talados ya habían pasado al cultivo de soja en 2016. La deforestación en aras al cultivo de soja se concentró en las fronteras activas, cerca de la mitad en el Cerrado brasileño/14.”

Al igual que en Norteamérica, la producción sudamericana de soja ha venido acompañada del uso masivo de herbicidas, en particular de glifosato. En Brasil, los cultivos de soja GM se rocían con glifosato en promedio tres veces en cada ciclo; tan solo en 2019, los agricultores brasileños aplicaron 218.000 toneladas de herbicidas/15.

Resistencia y rutina

En Silent Spring, Rachel Carson describió cómo el uso extensivo de plaguicidas había provocado la evolución de insectos y plantas adventicias que los productos químicos no lograban eliminar.

Ni siquiera el propio Darwin podría haber hallado un mejor ejemplo del funcionamiento de la selección natural que el que aporta la forma de operar el mecanismo de resistencia… La aplicación del veneno acaba con los insectos más débiles. Los únicos supervivientes son aquellos que disponen de alguna calidad intrínseca que les permite evitar el daño… El resultado es una población que consiste enteramente de cepas resistentes/16.

Así, escribió, se llegó a una “escalada de control químico” que implica un uso creciente de venenos cada vez más letales/17. Otras personas han descrito la consecuencia de la evolución de la agricultura guiada por la química como una carrera que no se puede ganar entre los plaguicidas y las plagas.

Cuando Monsanto solicitó al Departamento de Agricultura de EE UU la autorización de las semillas Roundup Ready, pareció afirmar que el glifosato es de alguna manera inmune a la evolución gracias a unas “propiedades biológicas y químicas” indeterminadas. Su solicitud señalaba que “se considera que el glifosato es un herbicida con bajo riesgo de resistencia de las malas hierbas”, de modo que  “es sumamente improbable que la resistencia de las malas hierbas al glifosato lleguen a ser un problema a resultas de la comercialización de habas de soja tolerantes al glifosato”. En vez de provocar resistencia, “es posible reducir el uso total de herbicidas”/18.

Pocos científicos estuvieron de acuerdo. El ecologista Miguel Altieri, por ejemplo, predijo en 1998, en la revista socialista Monthly Review, que “esos cultivos probablemente incrementarán el uso de pesticidas y acelerarán la evolución de ‘superhierbas’ y cepas resistentes de plagas de insectos”/19.

Eso es exactamente lo que ha sucedido.

En pocos años, adventicias que el glifosato no puede detener comenzaron a expandirse en América del Norte y del Sur, y la resistencia al glifosato se ha confirmado ahora en unas 50 especies. Algunas son especialmente destructivas: el crecimiento descontrolado de amaranto (amaranthus palmeri), por ejemplo, puede mermar la cosecha de soja en un 80 % y la de maíz en un 90 %. Como muestra el estudio de Jennifer Clapp sobre la adopción de glifosato, este se ha convertido en otro impulsor de la escalada de control químico.

Ante la creciente resistencia de las adventicias, los agricultores decidieron inicialmente aplicar mayores cantidades de glifosato en los mismos cultivos para controlar dichas hierbas. Dado que las hierbas resistentes al glifosato siguen brotando, los agricultores, animados por los fabricantes de herbicidas, aplican cada vez más productos químicos más antiguos y más tóxicos, como dicamba y 2,4-D, para controlar las adventicias en sus campos/20.

Asimismo, la adición de genes de Bt al maíz y al algodón ha incrementado la resistencia de los insectos y el uso de plaguicidas. El Pesticide Atlas de 2022 informa:

En EE UU, los especímenes del gusano de la raíz del maíz occidental (Diabrotica virgifera virgifera) ya son resistentes a más de una toxina Bt. Al comienzo del uso de cultivos Bt, el número de plaguicidas empleado se redujo notablemente. Pero solo temporalmente: las ventas de insecticidas en la producción de maíz en EE UU han aumentado significativamente. En 2018, los agricultores indios gastaron un 37 % más dinero por hectárea para la compra de insecticidas que antes de la introducción de algodón genéticamente modificado en 2002/21.

Hasta hace poco, las semillas GM contenían como máximo tres modificaciones genéticas, pero Bayer, que adquirió Monsanto en 2018, ha incrementado recientemente el contenido al incorporar ocho cambios genéticos en su Smartstax Pro Corn. Estas semillas fuertemente modificadas toleran los herbicidas glifosato y dicamba y al mismo tiempo producen cinco diferentes toxinas insecticidas Bt y además utilizan una nueva tecnología de interferencia en el ARN para bloquear la producción de proteínas esenciales en los gusanos del maíz, la plaga más lesiva de esta planta.

La carrera de armamentos continúa.

Monocultivos y capitalismo

En 1859, en el último párrafo de El origen de las especies, Charles Darwin describió el mundo natural como una “ribera enmarañada, cubierta de muchas plantas de todo tipo, con aves que cantan en los matorrales, con diferentes insectos que revolotean y con gusanos que se arrastran entre la tierra húmeda… [llena de] formas primorosamente construidas tan diferentes entre sí, y que dependen mutuamente de una manera tan compleja.”

Si Darwin pudiera ver lo que ha hecho la agricultura capitalista con las riberas enmarañadas en los tiempos que corren, no cabe duda de que coincidiría con el ecologista conservacionista Ian Rappel: “la sustitución de la maravillosa biodiversidad por la monotonía de los monocultivos ha pasado a situarse en el centro del metabolismo socioecológico del capitalismo/22.”

La ecología que bajo el capitalismo es objeto de una ingeniería activa viene determinada por el afán de lucro de la clase dominante… El capitalismo solo ha sido capaz de sostener su rechazo de la naturaleza y su tendencia ecológica destructiva mediante la introducción de mercancías ecológicas artificiales de varios sectores de la industria capitalista, por ejemplo en la agricultura. Esto genera una tendencia ecológica disfuncional hacia la uniformidad y simplicidad ecológicas que inevitablemente conducirá a la pérdida de biodiversidad y la extinción/23.

Miguel Altieri asocia el rápido declive de la biodiversidad con la globalización de la agricultura capitalista a finales del siglo XIX.

La naturaleza misma de la estructura agrícola y las políticas que prevalecen en un escenario capitalista han provocado crisis medioambientales al favorecer la creación de grandes explotaciones agrarias, una producción especializada, el monocultivo y la mecanización. Hoy, a medida que cada vez más agricultores se integran en la economía internacional, el imperativo biológico de la biodiversidad desaparece debido al uso de muchos tipos de plaguicidas y fertilizantes sintéticos, y las grandes explotaciones se benefician con las economías de escala/24.

La maximización de la producción de unas pocas plantas que pueden venderse rentablemente en los mercados mundiales ha conducido a la creación de vastos monocultivos en explotaciones que parecen fábricas y que envenenan y matan la ribera enmarañada de Darwin. Mantener esos monocultivos requiere cantidades siempre mayores de productos químicos, atrapando a los agricultores en una rutina que es muy rentable para la industria agroquímica. Se calcula que las ventas totales de herbicidas en todo el mundo sumaron 39.000 millones de dólares en 2021 y probablemente alcanzarán la cifra de 49.000 millones en 2027. Las cifras equivalentes para los insecticidas son 19.500 millones y 28.500 millones.

Mientras un puñado de empresas agroquímicas y comerciantes de productos básicos controlen los insumos y la producción de la agricultura mundial, la dinámica capitalista de imposición la monotonía de los monocultivos continuará, y el apocalipsis de insectos se acelerará.

19/04/2023

Climate&capitalism

Traducción: viento sur

Notas

/1 Dave Goulson, Silent Earth: Averting the Insect Apocalypse (HarperCollins, 2021), 123.

/2 ISAAA, “ISAAA Brief 55-2019: Executive Summary”, ISAAA Inc., 2019,

/3 2,4-D es la abreviatura de 2,4-ácido diclorofenoxiacético (C8H6Cl2O3)

/4 Rachel Carson, Silent Spring (Mariner Books , 2002), 297.

/5 Jennifer Clapp, “Explaining Growing Glyphosate Use: The Political Economy of Herbicide-Dependent Agriculture,” Global Environmental Change 67 (24 de febrero de 2021).

/6 Bartow J. Elmore, Seed Money: Monsanto’s Past and Our Food Future (W. W. Norton, 2021), 186, 187

/7 Carey Gullam, Whitewash: The Story of a Weed Killer, Cancer, and the Corruption of Science (Island Press, 2017), 46.

/8 Jennifer Clapp, “Explaining Growing Glyphosate Use”, Global Environmental Change 67 (24 de febrero de 2021).

/9 Erica Borg y Amedeo Policante, Mutant Ecologies: Manufacturing Life in the Age of Genomic Capital (Pluto Press, 2022), 124.

/10 Crop Production Historical Track Records (United States Department of Agriculture, 2019), 31, 164.

/11 Miguel A. Altieri y Walter A. Pengue, Roundup Ready Soybean in Latin America: A Machine of Hunger, Deforestation and Socio-Ecological Devastation, Biosafety Information Centre, 8 de agosto de 2005.

/12 Miguel A. Altieri y Walter A. Pengue, Roundup Ready Soybean in Latin America: A Machine of Hunger, Deforestation and Socio-Ecological Devastation, Biosafety Information Centre, 8 de agosto de 2005.

/13 Nazaret Castro, “‘United Republic of Soyabeans’ and the Challenge to Agriculture”, Equal Times, 12 de diciembre de 2016.

/14 Xiao-Peng Song y cols., “Massive Soybean Expansion in South America since 2000 and Implications for Conservation”, Nature Sustainability 4, n.º 9 (7 de agosto de 2021), 784. En 2006 se impuso una moratoria sobre las nuevas plantaciones de soja en la Amazonia brasileña: el desarrollo se trasladó entonces a una producción todavía más cuantiosa en la región tropical del Cerrado, en el sureste.

/15 Aldo Merotto y cols., “Herbicide Use History and Perspective in South America”, Advances in Weed Science, 15 de septiembre de 2022, 5.

/16 Rachel Carson, Silent Spring (Mariner Books, 2002), 273.

/17 Rachel Carson, Silent Spring (Mariner Books, 2002), 279

/18 “Petition for Determination of Nonregulated Status: Soybeans with a Roundup Ready™ Gene”, (1993) 56, 55.

/19 Miguel A. Altieri, “Ecological Impacts of Industrial Agriculture and the Possibilities for Truly Sustainable Farming”, en Hungry for Business: The Agribusiness Threat to Farmers, Food, and the Environment, ed. Fred Magdoff (Monthly Review Press, 2000), 86. (Artículo publicado originalmente en Monthly Review, julio-agosto de 1998).

/20 Jennifer Clapp, “Explaining Growing Glyphosate Use: The Political Economy of Herbicide-Dependent Agriculture”, Global Environmental Change 67 (marzo de 2021).

/21 Caspar Shaller, ed., Pesticide Atlas 2022 (Friends of the Earth Europe, 2022), 37.

/22 Ian Rappel, “The Habitable Earth: Biodiversity, Society and Rewilding”, International Socialism, 2021.

/23 Ian Rappel, “Capitalism and Species Extinction”, International Socialism, 2015.

/24 Miguel A. Altieri, “Ecological Impacts of Industrial Agriculture and the Possibilities for Truly Sustainable Farming”, en Hungry for Business, ed. Fred Magdoff (Monthly Review Press, 2000), 78.

Fuente: https://vientosur.info/apocalipsis-de-insectos-en-el-antropoceno-parte-iv/