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miércoles, 24 de febrero de 2021

FRAGMENTO DE "ESPARTACO" DE HOWARD FAST: ESCLAVOS CONTRA SUS PROPIOS SUEÑOS

 


20 de febrero de 2021

 

–Ya que eres un político –dijo Cicerón sonriendo–, ¿por qué no me dices qué es un político?

–Un farsante– respondió Graco secamente.

–Por lo menos tú eres franco.

–Es mi única virtud y es extremadamente valiosa. En un político la gente la confunde con la honestidad. [...] hay mucha gente que no tiene nada y un puñado que tiene mucho. Y los que tienen mucho tienen que ser defendidos y protegidos por los que no tienen nada. No solamente eso, sino que los que tienen mucho tienen que cuidar sus propiedades y, en consecuencia, los que nada tienen deben estar dispuestos a morir por las propiedades de gente como tú y como yo y como nuestro buen anfitrión Antonio Cayo. Además, la gente como nosotros tiene muchos esclavos. Esos esclavos no nos quieren. No debemos caer en la ilusión de que los esclavos aman a sus amos. No nos aman y, por ende, los esclavos no nos protegerán de los esclavos. De modo que mucha, mucha gente que no posee esclavos debe estar dispuesta a morir para que nosotros tengamos nuestros esclavos. Roma mantiene en armas a un cuarto de millón de hombres. Esos soldados deben estar dispuestos a marchar a tierras extrañas, marchar hasta quedar exhaustos, vivir sumidos en la suciedad y la miseria, revolcarse en la sangre, para que nosotros podamos vivir confortablemente y podamos incrementar nuestras fortunas personales.

Los campesinos que murieron luchando contra los esclavos estaban en el ejército, en primer lugar, porque habían sido desalojados de sus tierras por los latifundistas. Esas tierras, ahora cultivadas por esclavos, los convirtieron en miserables que murieron para mantener intactas dichas tierras. Por lo que nos vemos tentados a asegurar que todo esto es una reductio ad absurdum. Porque, debes considerar lo siguiente, mi querido Cicerón: ¿Qué perderían los valerosos soldados romanos si los esclavos vencen?

En verdad, ellos los necesitarían desesperadamente, ya que no hay suficientes esclavos para trabajar adecuadamente las tierras. Habría tierras de sobra para todos y nuestros legionarios lograrían aquello con que sueñan, su parcela de tierra y una pequeña casita. No obstante, marchan a destruir sus propios sueños, para que dieciséis esclavos transporten a un viejo cerdo obeso como yo en una cómoda litera".

De Espartaco, de Howard Fast

Libro descargable: Espartaco


 

 

Fuente: http://cuestionatelotodo.blogspot.com/2021/02/fragmento-de-espartaco-de-howard-fast.html

 

miércoles, 28 de octubre de 2020

EL ESCENARIO POLÍTICO NACIONAL: LA LUCHA LEGAL

 


  Nota Introductoria.

 Los tiempos actuales nos sugieren, apremiantemente, aplicar la teoría a los hechos concretos de la realidad concreta, que es lo mismo que asentar bien las ideas y los pies en la materia. Va este breve ofrecimiento.

I. La Lucha Legal.

  Desde que los trabajadores asaetados por el interés de clase se vieron exigidos por la necesidad de organizarse en gremios sindicales para la defensa de sus salarios como de las mejores condiciones de trabajo frente al capital, comprador de su fuerza de trabajo, aquel interés de clase se expresó dentro del sistema dominante como derechos del trabajo, pues obedecía a los límites que las condiciones de su explotación le ponía dentro de la legalidad y la Constitución de un Estado liberal, de clase. Así, la fuerza de las organizaciones obreras se hizo rápidamente universal allí donde el capital depositaba la explotación del trabajo y su democracia farisea. Fue así, que al calor del poder del Capital germinó un contralor arbitral o neutral internacional del interés de clase: la OIT (Organización internacional del Trabajo), abrevadero hoy de las legislaciones laborales particulares de los estados bajo los dominios del poder del capital.

  En el Perú es por todos conocidos el Ministerio de Trabajo, un pequeño intendente neutral dependiente de su central mayor, la OIT. Su legislación se inspira en aquellos principios conciliatorios de su central mayor. Todo él está determinado hasta en sus mínimos detalles de legalidad, por la patronal y sus concesiones a las masas trabajadoras, que en largas jornadas de lucha conquistaron a sangre y fuego sus reivindicaciones inmediatas, para luego pasar estas conquistas, a una legislación laboral en forma de ley o Derecho del Trabajo, que hasta cátedra tiene hoy en las universidades. Pero al menor pestañeo y aburguesamiento del estado mayor de los trabajadores, son rápidamente abolidos por la patronal. Esto son los confines absolutos de la Lucha Legal del Trabajo contra el Capital en un escenario económico político social como el nuestro, que se desenvuelve dentro de un capitalismo marginal, dependiente del capital transnacional. Y guiándonos siempre por el “Camino de Mariátegui para el Resurgimiento del Perú”, veremos que concluida la colonización española por la independencia del Perú, la economía nacional continua como hasta hoy siendo una economía colonial.

  La lucha legal y el interés de clase de las masas trabajadoras, tiene sus límites al asomarse en el horizonte político del Cambio Social la lucha por la Liberación de la Fuerzas Productivas. Y cuando esto sucede, la lucha legal de aliento medido, decae; sino recordemos las enseñanzas del Amauta JCM cuando al referirse a la sola lucha por el aumento de sueldos y salarios ya lo calificaba como propio de una “moral sanchopancesca”, que lo incapacita para la conquista de un alto ideal. En nuestro medio hay más de un título rimbombante de centrales de trabajadores que hacen gala de su “moral sanchopancesca”, que de tiempo en tiempo disimula su esterilidad interviniendo en movilizaciones masivas, sin un ánimo de combatiente real.

  Hasta aquí, lucha legal y el interés de clase como comienzo o germen de la conciencia de clase, que hace su recorrido propio valiéndose del camino democrático burgués de la: LUCHA ELECTORAL. Es este otro terreno, eminentemente político social; y aquí se ve la ascensión del proletariado en su misión de clase como la redención social del trabajo. Como continuidad superior de la lucha legal, la lucha electoral tiene un trato aparte.

Héctor Félix D.

27.10.20

COLECTIVO PERÚ INTEGRAL

                                             27 de octubre del 2020

sábado, 8 de febrero de 2020

LA DISCIPLINA QUE MÁS NECESITA EL SER HUMANO



sábado, 8 de febrero de 2020


En el poema de Robert Frost titulado Una mascarada de la razón, Dios le dice a Job: “…la disciplina que más necesita el hombre es aprender a asumir su sometimiento a la sinrazón”. Dios añade que esto debe hacerlo tanto por el propio bien del ser humano como por el suyo propio, para que así no le resulte difícil aceptar órdenes de sus inferiores en inteligencia. Esto sucede en  muchos planos de la vida, en el mundo de la empresa, de la familia y del Estado: sucede a menudo que las personas con menos inteligencia dan órdenes a las personas más inteligentes.


Pero yo ampliaré este concepto y afirmo que en muchas ocasiones la sinrazón manda sobre la razón, lo superficial sobre lo profundo, lo ocasional sobre lo regular, lo accidental sobre los sustancial, la alienación sobre el control de las relaciones sociales, la imagen sobre la realidad, la maldad sobre la virtud, el mezquino interés individual sobre el loable interés social, la ostentación sobre la humildad, el caótico liberalismo sobre la regulación del mercado, la destrucción de puestos de trabajo y de capital sobre su conservación, el derroche sobre el ahorro, el infame interés capitalista sobre el interés de la economía estatal, la desproporcionada riqueza sobre la inhumana pobreza, los precios de monopolio sobre los precios regulados por la ley del valor, la desigualdad sobre la igualdad, los intereses de las grandes corporaciones sobre los intereses de las pequeñas empresas,  el poder de compra de las grandes empresas comerciales sobre los intereses industriales y agrícolas de las pequeñas empresas, el interés nacionalista sobre los intereses de clase,  y la barbarie sobre la cultura.

Este Dios que habla a Job no es revolucionario. Considera que al ser humano le es consustancial el mal y la sinrazón, y que estos son el lado dominante en el desarrollo de la vida como fuerza ineluctable. Y lo plasma así para que las personas acepten el mundo tal cual es y no quieran revolucionarlo; para que así en vez de buscar en el mundo de la tierra la liberación de todas sus ataduras de clase y de su múltiples alienaciones, que se limiten a suspirar como criaturas agobiadas e impotentes, de tal modo que solo les quede como salida  anhelar la felicidad del más allá basada en la quietud, en el ser que se refleja en el ser, en el ser que es igual a sí mismo en todos los tiempos, manteniéndose en reposo sobre el principio de la identidad abstracta; negando así el cambio, el movimiento, la contradicción, cuando según  Hegel en su Ciencia de la Lógica “la contradicción debe ser considerada como lo más profundo y esencial de todas las cosas, ya que, frente a ella, la identidad es solo la determinación de lo simple inmediato, del ser muerto; en cambio, la contradicción es la raíz de todo movimiento y vitalidad; pues solo al contener una contradicción en sí, una cosa se mueve, tiene impulso y actividad”. Así que no le hagamos caso al Dios de Frost que le habla a Job aconsejándole que se someta a la sinrazón del menos inteligente, sino a Hegel y a su propuesta de la centralidad de la contradicción en el desarrollo de la vida, como el único modo de hacer un mundo más humano, aquí en la dulce, azulada y pletórica Tierra.


viernes, 18 de agosto de 2017

LA DERECHA CRECE. ¿EL ESCLAVO PIENSA CON LA CABEZA DEL AMO?





18/08/2017

Si a alguien que no conoce los intrincados vericuetos de lo humano (pongamos, como ejemplo, un ser extraterrestre), se le intentaran explicar muchas de las conductas que tenemos quienes hollamos este planeta, nos veríamos en serias dificultades.

Entre otras, solo para graficarlo: ¿cómo es posible que una pequeña minoría en el poder pueda manejar a una tan amplia masa de congéneres? Porque la historia nos muestra que ésta es una estructura dominante desde hace unos cuantos milenios, al menos desde que aparece la idea de propiedad privada. Un muy reducido grupo, a veces una sola persona, dirige el destino de mayorías infinitamente más numerosas: el monarca (emperador, faraón, rey, zar, sultán, Inca, sacerdote supremo o como quiera llamársele), el mandarín, el señor feudal, el patrón de finca, el estanciero, el empresario capitalista, el banquero -¿podría agregarse el burócrata de la Nomenklatura?- toman las decisiones y se aprovechan del trabajo de grandes mayorías… ¡y nadie de esas mayorías levanta la cabeza!

Aunque -¡esa es la buena noticia!- de tanto en tanto se producen cataclismos sociales y la sociedad cambia: se cortan las cabezas de los amos y se instaura un nuevo modelo social. Esa es la historia de las sociedades: la perenne lucha de clases. Cuando Marx y Engels lo formularon hace 150 años, derrumbaron todas las especulaciones metafísicas al respecto del funcionamiento de una sociedad. Hoy día, esa verdad sigue siendo incontrastable. Pero hay un elemento nuevo, no tan evidente un siglo y medio atrás: la lucha ideológico-cultural alcanzó ribetes insospechados, apelando a las técnicas más refinadas y eficientes.

El sistema socio-económico -para el caso: el capitalismo- se mantiene a sangre y fuego. Las luchas de clases siguen tan presentes ahora como antaño (¿de dónde surgió la tamaña estupidez que la historia y esas luchas habían terminado?). Continúan absolutamente al rojo vivo, y ahí está la represión continuada de la que el campo popular sigue siendo objeto. La preconizada “resolución pacífica de conflictos” no puede pasar de ser una fórmula “políticamente correcta”. La roca viva de la propiedad privada de los medios de producción se mantiene inamovible.

Lo curioso a destacar en este breve escrito es cómo la derecha, las fuerzas conservadoras, aquellas que detentan la propiedad privada de esos medios, y por tanto el poder a nivel social, han profundizado -y de momento ganado- la lucha ideológico-cultural. Que la ideología mantiene al sistema y es la otra pata -junto a la represión violenta, junto a las armas- en que se apoya el edificio social, no es nuevo. Que “la ideología dominante es la ideología de la clase dominante” ya es sabido. Expresado de otro modo: que el esclavo piensa con la cabeza del amo. Lo llamativo es el grado de profundidad y eficiencia que ese manejo ideológico ha alcanzado.

Algunos años atrás, no muchos, parecía -o, al menos, muchos queríamos creerlo así- que el triunfo de la revolución socialista era inexorable. El mundo vivía un clima de ebullición social, política y cultural que permitía pensar en grandes transformaciones.

Entre las décadas del 60 y del 70 del siglo pasado, más allá de diferencias en sus proyectos a largo plazo, en sus aspiraciones e incluso en sus metodologías de acción, un amplio arco de protestas ante lo conocido y de ideas innovadoras y contestatarias barría en buena medida la sociedad global: radicalización de las luchas sindicales, profundización de las luchas anticoloniales y del movimiento tercermundista, estudiantes radicalizados por distintos lugares con el Mayo Francés de 1968 como bandera, aparición y profundización de propuestas revolucionarias de vía armada, movimiento hippie anticonsumismo y antibélico, incluso dentro de la iglesia católica una Teología de la Liberación consustanciada con las causas de los oprimidos. Es decir, reivindicaciones de distinta índole y calibre (por los derechos de las mujeres, por la liberación sexual, por las minorías históricamente postergadas, por la defensa del medioambiente, etc.) que permitían entrever un panorama de profundas transformaciones a la vista.

Para los años 80 del siglo pasado, al menos un 25% de la población mundial vivía en sistemas que, salvando las diferencias históricas y culturales existentes entre sí, podían ser catalogados como socialistas. La esperanza en un nuevo mundo, en un despertar de mayor justicia, no era quimérico: se estaba comenzando a realizar.

Hoy, cuatro décadas después, el mundo presenta un panorama radicalmente distinto: la utopía de una sociedad más justa es denigrada por los poderes dominantes y presentada como rémora de un pasado que ya no podrá volver jamás. “El Socialismo solo funciona en dos lugares: en el Cielo, donde no lo necesitan, y en el Infierno donde ya lo tienen”, es la expresión triunfante de ese capitalismo que, en estos momentos, pareciera sentirse intocable. Lo que se pensaba como un triunfo inminente algunos años atrás, parece que deberá seguir esperando por ahora. En medio de ese retroceso fabuloso de las luchas populares, propuestas de redistribución -con mucho de asistencialismo, capitalistas en definitiva, como lo que se vive hace unos años en Venezuela- pueden ser vistas como una avanzada. Eso, pareciera, es lo máximo a que se puede aspirar en este momento como opción socialista.

El sistema capitalista no está moribundo. Para decirlo con una frase más que pertinente en este contexto: “los muertos que vos matáis gozan de buena salud”, anónimo equivocadamente atribuido a José Zorrilla.

Las represiones brutales que siguieron a aquellos años de crecimiento de las propuestas contestatarias, los miles y miles de muertos, desaparecidos y torturados que se sucedieron en cataratas durante las últimas décadas del siglo XX en los países del Sur con la declaración de la emblemática Margaret Tatcher “no hay alternativas” como telón de fondo cuando se imponían los planes de capitalismo salvaje eufemísticamente conocido como neoliberalismo, el miedo que todo ello dejó impregnado, son los elementos que configuran nuestro actual estado de cosas, que sin ninguna duda es de desmovilización, de parálisis, de desorganización en términos de lucha de clases. Lo cual no quiere decir que la historia está terminada. La historia continúa, y la reacción ante el estado de injusticia de base (que por cierto no ha cambiado) sigue presente.

Ahí están nuevas protestas y movilizaciones sociales recorriendo el mundo, quizá no con idénticos referentes a los que se levantaban décadas atrás, pero siempre en pie de lucha reaccionando a las mismas injusticias históricas, con la aparición incluso de nuevos frentes y nuevos sujetos: las reivindicaciones étnicas, de género, de identidad sexual, las luchas por territorios ancestrales de los pueblos originarios, el movimiento ecologista, los empobrecidos del sistema de toda laya (el “pobretariado”, como lo llamara Frei Betto). Hoy día, según estimaciones fidedignas, aproximadamente el 60% de la población económicamente activa del mundo labora en condiciones de informalidad, en la calle, por su cuenta (que no es lo mismo que “microempresario”, para utilizar ese engañoso eufemismo actualmente a la moda), sin protecciones, sin sindicalización, sin seguro de salud, sin aporte jubilatorio, peor de lo que se estaba décadas atrás, ganando menos y dedicando más tiempo y/o esfuerzo a su jornada laboral. Muy probablemente, la mayoría de quienes lean este texto trabajan en esas condiciones. La idea de sindicato luchador por los derechos de los trabajadores salió de escena. Hoy día, sindicato es casi sinónimo de mafia, de corrupción, de desprotección de los trabajadores.

Pero las luchas siguen, sin dudas. Justamente ahí está el punto que queremos remarcar: el golpe sufrido en el campo popular ha sido grandísimo, y no solo por las montañas de cadáveres y ríos de sangre con que se le frenó, sino con la monumental lucha ideológica que se ha impuesto estos años, que sirve como freno con más fuerza aún que las masacres, las torturas, las desapariciones forzadas.

En esto de la lucha ideológica, hay que reconocerlo -reconocerlo para, laboriosamente, estudiar el fenómeno y buscar las alternativas del caso- la derecha ha tomado la delantera. La hegemonía ideológico-cultural, en este momento, está de su lado, completamente.

En términos globales se ha entronizado un discurso derrotista, casi de resignación, adaptacionista: “¡sálvese quien pueda!”. Una forma de entender el mundo donde pareciera que la idea de cambio se ha ido esfumando. Claro que eso no se dio por arte de magia: hay un poderosísimo y muy bien articulado trabajo detrás, donde se complementa la represión sangrienta, la precarización laboral (tener trabajo es casi un lujo, y hay que cuidarlo como tesoro) y los aparatos ideológico-culturales funcionando a pleno.

Los dueños del capital saben lo que hacen, y sus tanques de pensamiento, todo su monumental aparato ideológico-propagandístico -realizado con las más refinadas técnicas de control social- tienen claro el cometido: mantener el sistema a cualquier costo.

Sin dudas, lo saben hacer muy bien. Los resultados están a la vista: una pequeñísima, casi insignificante minoría tiene el control del mundo. Las grandes mayorías estamos desorientadas, adormecidas. ¿Por qué no reaccionamos? Porque el trabajo de amansamiento está muy bien realizado.

¿Cómo podría explicarse que una posición de derecha, reaccionaria, conservadora, mezquina e indolente ante el sufrimiento de la humanidad, se imponga sobre propuestas progresistas? ¿Cómo es posible, contrariando todo principio de solidaridad y de racionalidad social, que ganen en las urnas propuestas antipopulares como Berlusconi en Italia, o Donald Trump en Estados Unidos? ¿Por qué crecen los grupos neonazis? ¿Por qué los argentinos votan por Macri, o los guatemaltecos por Jimmy Morales? “Nueve de cada diez estrellas son de derecha”, se mofaba Pedro Almodóvar; pero la burla encierra verdad. ¿Por qué las propuestas de derecha conservadora se imponen? ¿Qué ha pasado que buena parte de la humanidad puede pensar que Nicolás Maduro es un dictador y que los venezolanos huyen hambrientos de su país? ¿Cómo ha sido posible que enormes cantidades de ciudadanos latinoamericanos, en vez de buscar su liberación político-social, terminen en iglesias neo-evangélicas fundamentalistas? ¿Por qué interesa más el último gol de Messi que la situación de precariedad económica? Si, como dijera Salvador Allende, la vocación revolucionaria de los jóvenes es una cuestión “casi biológica”, ¿por qué hoy las juventudes piensan más en la droga que en el cambio social? ¿Qué mecanismo obró para que el discurso revolucionario de décadas atrás de muchos honestos luchadores sociales -con armas en la mano en muchas ocasiones- se tornara un aguado cliché “posibilista”, haciendo el coro de la avanzada neoliberal, siendo cooptados por el sistema con algún cargo menor incluso?

Todo esto se responde con una sola fórmula: ¡lucha ideológica! Más allá de la provocadora bravuconada de Francis Fukuyama que acompañó el derrumbe del campo socialista con su triunfal “fin de las ideologías”, la ideología es el corazón de la lucha de clases actualmente. La llamada guerra de cuarta generación -la estrategia del control de mentes y corazones a escala planetaria, hecha desde unos pocos centros de poder global- está en su cenit. Hoy día la lucha ideológica es de primerísima importancia.


http://www.alainet.org/es/articulo/187518