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miércoles, 25 de noviembre de 2020

EL MOMENTO DE LA OBJETIVIDAD

 


Publicado por Francisco Umpiérrez Sánchez

martes, 24 de noviembre de 2020

 

Me sorprende que todavía muchos marxistas cuando hablan del valor hablan del valor en su forma natural: la cantidad de trabajo socialmente necesario para producir las mercancías, sean bienes o servicios. Mientras que cuando seguimos el  hilo de El Capital de Karl Marx, observamos que la secuencia es la siguiente: cómo la mercancía se transforma en dinero, cómo el dinero se transforma en capital, y cómo el capital se transforma en capital productor de interés, esto es, cómo el capital se transforma en mercancía. Se parte de la mercancía y se retorna a la mercancía, pero con todo el enriquecimiento de ese proceso, transformación y evolución. Cada fase o etapa teórica de El Capital es el reflejo conceptual de cada momento necesario del desarrollo del capital. He insistido en muchas ocasiones que El Capital es sustancialmente el estudio de las formas del valor. Así que vuelvo a repetir que no entiendo cómo se puede situar la clave de El Capital en la sustancia del valor concebido en su forma natural, cuando este aspecto no representa ni tan siquiera el dos por ciento de dicha obra teórica.

Tampoco termino de  entender la comparación inadecuada entre la economía convencional y la economía marxista en la que insisten muchos marxistas. La economía convencional es una teoría que sistematiza la experiencia de los agentes prácticos para la gestión de la economía mercantil. De manera que en una sociedad socialista donde todavía sea el mercado el mecanismo empleado para el desarrollo de las fuerzas productivas será necesario la economía convencional. Mientras que la economía  marxista no es una teoría que sirva para gestionar la economía mercantil. La economía marxista sirve para analizar la naturaleza de las relaciones de producción, esto es, para poner al descubierto las relaciones que se dan entre los seres humanos en todas las formas económicas: en el valor, en el capital, en el interés, en el alquiler, en las acciones,…La economía convencional no tiene como objetivo teórico esta tarea. Los economistas convencionales hacen uso de las formas enajenadas de la economía mercantil en su desarrollo capitalista sin entrar para nada en su génesis histórica y lógica. Por su parte la economía marxista supone la crítica y, por consiguiente, la superación de la economía política o economía convencional. Pero en la dialéctica marxista ocurre que en la superación de una cosa se conserva dicha cosa. Así que la economía marxista no es la negación de la economía convencional.

Escuchemos ahora a Hegel en la sección dedicada a la religión de la magia del capítulo titulado Religiones de la  naturaleza de su obra Lecciones sobre la Filosofía de la Religión, 2: “a la religión pertenece esencialmente el momento de la objetividad,  el hecho de que la potencia espiritual aparezca al individuo o a la conciencia empírica singular como una universalidad esencial respecto de la autoconciencia empírica, como una alteridad autónoma;…”. He puesto en negrita las categorías circulantes más decisivas para la reflexión que haré a continuación que tienen como propósito establecer el parentesco de las ideas de Marx con las ideas de Hegel. Pensemos primero que el valor de uso representa la particularidad frente a la universalidad que representa el valor. Como valores de uso las mercancías son cualitativamente diferentes mientras que como valores son iguales. Cuando Marx inicia su indagación sobre las mercancías en tanto valores empieza cuando las mercancías se intercambiaban unas con otras de manera casual y relativa. En ese momento el valor se imponía ya en términos cualitativos  pero no en términos cuantitativos: puesto que la mercancía A se cambiaba hoy con la mercancía B en una proporción y mañana lo hacía en otra proporción. Pero ya desde el principio Marx vio en el intercambio de las mercancías el momento de la objetividad: sobre todo en la mercancía que hacía de equivalente. Aunque el momento de la objetividad también pertenece a la mercancía que está en forma relativa. Puesta que la forma de equivalente del valor no es posible sin la forma relativa de valor. Y de hecho la forma  de equivalente se presenta como el producto de la forma relativa del valor.

La mercancía equivalente es la mercancía que en términos hegelianos, y de acuerdo con el texto transcrito antes, representa la universalidad esencial y la alteridad autónoma. Pero esta autonomía se logra cuando la mercancía que hace de equivalente se transforma en equivalente general y luego en dinero. Y el dinero representa la alteridad autónoma de cualquier mercancía particular. Añado que cuando Marx empieza con sus ejemplos, 20 varas de tela se cambian por un traje, las 20 varas de tela es lo que en pensamiento de Hegel, y repito que de acuerdo con el texto transcrito, representa el individuo o la conciencia empírica singular. Les advierto que en una relación la modificación de uno de los miembros de la relación supone la  modificación del otro miembro de dicha relación. Y aquí acabo. Solo quería poner de manifiesto dos cosas: la riqueza y sutileza dialéctica del pensamiento de Hegel y su decisiva influencia en el pensamiento de Marx. Y me despido diciendo que no hay obra de Hegel que no me cause un profundo placer intelectual. Para mí es un disfrute total. Es un pensador muy complejo pero con un rigor conceptual fuera de lo común. Y siempre notas el movimiento, el eterno movimiento, donde el ser es el momento pasajero.

Fuente: https://fcoumpierrezblogspotcom.blogspot.com/2020/11/el-momento-de-la-objetividad.html

 

sábado, 18 de abril de 2020

LA CRISIS DEL CORONAVIRUS: TODOS TENEMOS QUE CAMBIAR



Jueves, 16 de abril 2020

“La producción de valores de uso o bienes no cambia su índole general por el hecho de que se efectúe para el capitalista y bajo su control”. El Capital. Karl Marx.

Una crisis de esta índole pone de manifiesto que todos tenemos que cambiar. No podemos hablar siempre culpando al otro, al sistema o al orden social. Hablamos como si nosotros estuviéramos fuera del sistema, como si no tuviéramos responsabilidad alguna en todo lo que pasa, sin reconocer que muchas cosas de las que pasan se debe a nuestras limitaciones e incapacidades. No apreciamos como debiéramos lo que cambia y lo que necesariamente tiene que cambiar. No apreciamos lo nuevo. Pensamos como si todo siguiera igual que siempre. Y así repetimos y repetimos las mismas ideas. Nos volvemos inamovibles y nos comportamos ante esta grave crisis de forma incólume. Procedemos como si nosotros siempre estuviéramos libres de pecado.

La cita de Marx que encabeza este trabajo pone en claro que todo no es el valor ni las formas del valor, que todo no puede ser examinado desde la perspectiva de las formas de valor, como si el valor de uso, su producción y su consumo carecieran de un estatuto propio en el mundo. La forma capitalista de producción de valores de uso no solo no cubre toda la naturaleza de la producción, puesto que su índole general no sufre modificación por tener la forma de capital, sino que tampoco cubre todas las formas del ser y del actuar del ser humano. Mi fuerza de trabajo empleada en la empresa privada tiene la forma de capital variable, pero solo por un tiempo determinado, 8 horas de trabajo diario, el resto del tiempo carece de esa forma. Pero hay más: todas las capacidades y habilidades que residen en mi persona no son puestas en movimiento cuando yo trabajo para la empresa privada. Más bien ocurre que la mayoría de mis potencialidades espirituales y corporales entran en juego liberada de la forma de capital.

En la sección de El Capital  titulada Compra y venta de la fuerza de trabajo, Marx se expresa en los siguientes términos: “…, el volumen de las llamadas necesidades naturales, así como el modo de satisfacerlas, son un producto histórico y, por lo tanto, depende en su mayor parte del nivel cultural de un país”. (He puesto en negrita lo que considero fundamental cuando hablamos del capitalismo). Es un error hablar del capitalismo en general, como si fuera una sustancia que toma cuerpo en cada nación, y en todas reflejara lo mismo y del mismo modo. Hay dos cosas importantes en la cita de Marx: una, el volumen de las necesidades y el modo de satisfacerla no son iguales en todas la naciones y no son iguales en todas las fases históricas de cada una de esas naciones, y dos, ese volumen de necesidades y el modo de satisfacerla depende del nivel cultural de un país. A más cultura el volumen de esas necesidades será mayor, más variado y más refinado; y el modo de satisfacerlas estará dotado de mayores valores culturales y más nivel civilizatorio. Pero esto que afirma Marx para el salario también es válido para el tipo de Estado, para el estilo de vida de los ciudadanos y ciudadanas y para el modo de ser social de los capitalistas. Todas las sociedades capitalistas son entidades concretas con determinaciones históricas nacionales peculiares. Los capitalistas alemanes no son iguales que los capitalistas latinos. Los trabajadores alemanes tampoco son iguales que los trabajadores latinos. No son iguales en disciplina y en productividad. Y el comportamiento cívico de sociedades como la austriaca, sobre todo en relación con los bienes públicos, no tiene nada que ver con el comportamiento cívico de los españoles. En EEUU el individualismo está desarrollado de una manera feroz y la religión está incrustada en la sociedad civil de un modo que no se dan en las sociedades de la Unión Europea. Repito: no debemos hablar del capitalismo como si fuera una sustancia que cobra existencia en todas las naciones del mismo modo. La esencia de un pueblo no puede estar separada de su existencia y de su ser social. Y cada nación es diferente a la otra.

La crisis del coronavirus pone de manifiesto, sin duda alguna, todas las limitaciones del modo de producción capitalista y lo perjudicial que resulta estas limitaciones para la salud de los seres humanos, incluidos los propios capitalistas. El individualismo, ejemplificado sobre todo en los deportistas, y la propiedad privada son las causas principales de los males sociales. Si no predominara el individualismo y la propiedad privada, las consecuencias letales del coronavirus sobre la población hubieran sido notablemente menores. El coronavirus se ha presentado como un enemigo nuevo capaz de provocar una hecatombe económica de tales dimensiones que ha provocado que hasta los propios liberales demanden el socorro del Estado. Nadie ha quedado libre de los efectos devastadores de esta pandemia. Y como siempre y de forma inevitable las poblaciones más vulnerables sufrirán más que nadie sus horribles consecuencias.

El coronavirus ha puesto también en primer plano cuáles son las necesidades básicas de los seres humanos que de forma imperiosa tienen que ser satisfechas. Tener un techo donde alojarse, la alimentación, la electricidad, el agua de abasto, las comunicaciones y la salud. Todas las naciones del mundo, hasta las más liberales como es el caso de EEUU, tomarán conciencia de que sin un potente sistema sanitario la economía no podrá ser desarrollada con éxito.

El coronavirus también ha puesto de manifiesto que la globalización tiene sus lados oscuros y sus riesgos. De manera que sin instituciones globales, en especial el desarrollo y fortalecimiento de la OMS, el futuro puede ser muy incierto. Hasta ahora los beneficios de la globalización han ido a parar al sector financiero –en especial a los bancos y a los fondos de inversión– sector tecnológico, en especial las llamadas redes sociales y el comercio electrónico,  sector deportivo, sector cinematográfico y sector discográfico.  Todos estos sectores han idealizado la globalización y son los principales responsables de la enajenación de masas.

La globalización ha hecho que el ser humano sea bajo el punto de vista del consumo más universal que nunca, pero su conciencia ha sido separada de su voluntad colectiva. Sin organización de los intereses comunes de los consumidores de las redes sociales y de los eventos deportivos televisados, el poder de los propietarios y equipos directivos de las empresas del sector tecnológico será imparable, egoísta y despótico. Las instituciones mundiales tienen que buscar el modo en que los usuarios de las redes sociales y los consumidores de los eventos deportivos televisados puedan dotarse de organizaciones que velen por sus intereses comunes.

La globalización ha puesto de manifiesto también lo nocivo que son los fondos de inversión. Habría que parar sus actuaciones en dos niveles: uno, habría que ponerle límites a la cantidad de capital del que pueden disponer, y dos, habría que regular sus inversiones, no deberían realizarlas en cualquier momento ni sobre cualquier sector económico. Los fondos de inversión aprovechan todas las crisis nacionales para extraer exagerados beneficios. Sectores como la vivienda o instituciones de tipo sanitarios les deberían quedar vetadas. En cuando a la primera limitación es oportuno mencionar a la gestora de fondos BlacRock que posee unos activos superiores a los 5 billones de euros, esto es, cinco veces el PIB de España. Tienen el  poder de varios Estados sin tener las obligaciones éticas y sociales de los Estados. De ahí la necesidad imperiosa de ponerles límites. Son monstruos económicos que no generan un bien social. Son la peor expresión social de la codicia capitalista.

La crisis del coronavirus también ha puesto de manifiesto los males de la deslocalización de empresas y la necesidad de fortalecer la industria nacional. La globalización y la división del trabajo internacional no deberían debilitar la autonomía industrial que debe poseer cada nación. Esto se ha hecho evidente en la producción de respiradores y de equipos de protección individual. Esta debilidad nacional, como ha sido el caso de España, ha provocado que el número de muertos por coronavirus haya sido mayor.

Otro aspecto que ha salido a relucir en esta crisis es la necesidad del uso social de las nuevas tecnologías, en especial de los dispositivos móviles. Con las aplicaciones correspondientes el seguimiento sobre los movimientos de los contagiados sería preciso y se podría advertir a todo el mundo si ha tenido contacto con algún contagiado. En el futuro inmediato los datos masivos, la tecnología 5G y la inteligencia artificial serán decisivos en el desarrollo civilizatorio de la humanidad y muy especialmente en el seguimiento y control de los desastres naturales y de las pandemias.

Otro aspecto a destacar y es uno de los más importantes es el desarrollo científico. En este sentido se pone de manifiesto que mientras actividades tan poco básicas como son las deportivas concentran un enorme poder económico, los científicos apenas tengan recursos para investigar y muchas veces tengan que emigrar porque no encuentran trabajo. Todos nos tenemos que esforzar para evitar que necesidades tan secundarias como las deportivas oculten y deprecien el valor tan decisivo y básico que tiene la investigación científica. Y en este ámbito la labor de concienciación de los periodistas es decisivo.

Por último, la crisis del coronavirus ha puesto de manifiesto la necesidad que tienen las naciones de poseer una poderosa economía estatal y de que el poder estatal en casos de grave crisis esté altamente centralizado. Los pequeños nacionalismos como los grandes nacionalismos se manifiestan en momentos de crisis globales como altamente dañinos. Solo basta observar el número relativamente tan bajo de contagios que se ha producido en China comparado con los que se han producido en Europa y en EEUU.





miércoles, 13 de febrero de 2019

EL PROBLEMA DE LA OBJETIVIDAD DEL VALOR




martes, 12 de febrero de 2019


El mundo mercantil capitalista es muy complejo: no cesan de producirse nuevas formas del valor y, por consiguiente, nuevas formas de enriquecimiento. Cuando hablamos de complejidad no solo hablamos de que un sistema tiene muchas partes con variadas funciones, sino también que las relaciones entre las distintas partes se multiplican y se producen muchos fenómenos de inversión y de ocultación. También hay que tener en cuenta que la relación de una parte con otra hace que una de ellas sufra modificaciones: esto lo veremos después en la relación del valor con el valor de uso. En ese momento hablaremos del valor de uso como forma fenoménica del valor. Pero la complejidad teórica, donde el pensamiento de Hegel y el de Marx son ejemplos de ellas,  no debe entenderse en ningún caso como oscuridad sino como la dificultad a la que se enfrenta el lector en el desempeño de las tareas epistemológicas. Un buen filósofo es quien nos proporciona claridad y pone al descubierto los aparentes enigmas y no quien vuelve todo más confuso y enredado.

El valor en su forma objetiva

Que algo es objetivo implica que ese algo es objeto de la percepción sensible. La pregunta sería ahora: ¿conocemos una forma del valor de manera que podamos tener de ella una percepción sensible? Respuesta: Pues sí: el dinero. Pensemos en los euros, en los dólares, en las libras y en cualquier otra divisa: son objetos de la percepción sensible. El dinero es la forma objetiva del valor. Pero actualmente el dinero no tiene un valor en sí o su valor nominal nada tiene que ver con su valor real. Un billete de 50 euros tiene un valor nominal de 50 euros, pero su valor real, lo que cuesta producir ese billete de 50 euros es muy posible que no llegue a los dos céntimos de euros. Pues bien: cuando el valor nominal de un billete o de una moneda no coincide con su valor real, no nos encontramos con valores en sí, sino con signos del valor. Pero aunque sea un signo del valor no pierde su condición de objeto de la percepción sensible. Por lo tanto, los signos del valor sigue conservando la condición de ser forma objetiva del valor. Podemos añadir, siguiendo a Marx, que los signos del valor tienen valor porque circulan. De ahí que cuando sobrevienen las guerras ya nadie confía en esos papeles o monedas y quieren dinero que sea valor en sí: piedras preciosas, joyas de oro, etc.

El valor de uso como forma fenoménica del valor

Vayámonos hacia atrás en el tiempo histórico y situémonos en la época donde el dinero era dinero oro. Siguiendo la expresión de Marx el dinero oro circulaba porque tenía valor. Ahora el dinero tiene un valor en sí y en tal condición tiene las misma determinaciones que las mercancías con las que se intercambia. Supongamos un dinero cuyo nombre monetario es el mismo que el peso del oro. Supongamos monedas de 20 gramos de oro y el nombre monetario de la moneda sea 20 gramos. Supongamos igualmente una relación de intercambio entre una mesa y una moneda de 20 gramos. Cada extremo de la relación es una unidad de valor de uso y de valor. En este sentido nada ha cambiado en relación con la forma simple o fortuita del valor o época del trueque. La única cuestión es que la mesa está en forma relativa de valor porque es la mercancía que expresa su valor, mientras que la moneda de 20 gramos de oro está en forma de equivalente porque es la mercancía que funciona como material de expresión del valor de la mesa. En la sección dedicada al análisis de la forma de equivalente en El Capital, Marx se expresa en los siguientes términos: “La primera particularidad que resalta en la observación de la forma de equivalente es ésta: el valor de uso se convierte en forma fenoménica de su opuesto, del valor. Es decir, el valor de uso tiene dos formas del ser: por un lado, es una cosa que por sus propiedades puede ser útil en diversos sentidos, y por otro lado, es la forma fenoménica del valor, o dicho de forma más asequible: el valor de uso es la forma de existencia objetiva del valor. De manera que cuando en los inicios de El Capital nos preguntamos cómo adquiere el valor forma de existencia objetiva, la respuesta es clara: como valor de uso. El enigma queda resuelto. Otra cosa es que Michael Heinrich convierte este problema en un problema ininteligible.

La objetividad espectral

Las metáforas siempre se han utilizado en la literatura, también en la ciencia, para mejorar la representación que tenemos de una cosa. Con la metáfora se trata de expresar una realidad por medio de otra realidad o representación entre las cuales hay ciertas semejanzas. En Sueños del Pabellón Rojo de Cao Xuequin, uno de los protagonistas dice: “la sospecha es como la sombra de una serpiente”. Sin duda que esta comparación nos ayuda a representarnos mejor la naturaleza de la sospecha. Veamos ahora el extracto donde Marx emplea la expresión “objetividad espectral”. Después de restarle el valor de uso al cuerpo de las mercancías, Marx dice lo siguiente: “Consideremos ahora el residuo de los productos del trabajo. No ha quedado de ellos nada más que la misma objetividad espectral, una simple gelatina de trabajo humano indiferenciado, es decir, gasto de fuerza de trabajo humana sin tener en cuenta la forma de su gasto”. He puesto en negrita lo que debemos considerar expresión metafórica. Lo primero que debe quedar claro es que la realidad que expresamos de forma metafórica es la siguiente: gasto de fuerza de trabajo humana sin tener en cuenta la forma de su gasto. Y esta realidad es expresada por medio de una metáfora: objetividad espectral. Lo que le sucede a Michael Heinrich es que se pierde en la metáfora y no se centra en la realidad de la cual aquella es una metáfora. No hay ninguna dificultad para captar la realidad que expresa la esencia del valor: gasto de fuerza de trabajo humana sin tener en cuenta la forma de su gasto.

¿Por qué Marx emplea la metáfora “objetividad espectral” para expresar el gasto de la fuerza de trabajo humana sin tener en cuenta la forma de su gasto? Por el proceso de abstracción que ha de realizarse para llegar a la conclusión que el valor es el gasto de fuerza de trabajo humana sin tener en cuenta la forma de su gasto. Cuando hablamos de la mercancía, debemos captarla en sus tres estadios: en la producción, en el mercado o intercambio y en el consumo. Aunque el proceso de abstracción lo realicemos por lo que sucede en el intercambio, no por ello debemos olvidarnos de las determinaciones que le corresponden a la mercancía en la sección de la producción y en la sección del consumo. Pensemos en una mesa de madera. Marx nos dice que a la mesa le restemos el valor de uso, esto es, le debemos restar las propiedades y utilidades que tiene. Es decir, le tenemos que restar  la madera, los clavos y la cola, además de las utilidades: que sirve para comer, estudiar, etc. Es obvio que la mesa ha desaparecido delante de nuestros ojos. Pero Marx nos advierte: si le restamos el valor de uso al cuerpo de las mercancías solo nos resta una propiedad, la de ser productos del trabajo. Marx nos retrotrae del intercambio a la producción. Ahora vemos al carpintero haciendo la mesa. Pero Marx no se queda ahí en el proceso de abstracción y nos advierte: como en la utilidad de la mesa está representado el trabajo útil, al hacer abstracción del valor de uso debemos hacer también hacer abstracción del trabajo útil. Menos vemos ahora. Marx nos disuelve aún más la mesa. No veíamos la madera, ni los clavos, ni la cola de pegar, pero ahora tampoco vemos el serrucho, el martillo y el conjunto de movimientos que realiza el carpintero para transformar la mesa en madera. ¿Qué nos queda entonces? Respuesta: el gasto de la fuerza de trabajo sin tener en cuenta la forma de su gasto. Es decir, nos queda algo que está presente en el carpintero, en su subjetividad corporal, en su fuerza de trabajo. Dado entonces que Marx nos va reduciendo el cuerpo de la mercancía casi hasta la nada, es fácil de entender porque Marx utiliza una metáfora y lo llame objetividad espectral. No hay más que ver. No hay enigma. No hay oscuridad. En tiempo de Marx por espectro se entendía la imagen de las personas muertas que se presentaban en sueño o en la percepción perturbada por la representación. Y cuando hablamos de la imagen de una persona, hablamos de su valor aparente cromático al que se le ha restado su cuerpo.