Jazmín Bazán
@jazminbazanok
5 de agosto de 2026
En octubre de 1884, a un año y
medio del entierro de Marx, Federico Engels confesaba a Johann Becker: “Mi
infortunio es que, desde que perdimos a Marx, se pretende que yo lo represente.
He pasado una vida (…) tocando el segundo violín; y, sin dudas, creo que lo he
hecho razonablemente bien. (…) Pero ahora, de repente, se espera que tome su
lugar”.
La metáfora del “violín” fue
recuperada hasta el cansancio por distintos biógrafos. No sin razón, Engels
señalaba que con Marx se había ido una visión histórica, política y
revolucionaria irremplazable.
Tras cuatro décadas de amistad y
colaboración revolucionaria –de las cuales surgieron las bases científicas para
la emancipación del proletariado–, el “gentleman comunista” –como lo definió
con precisión el historiador Tristram Hunt en una biografía homónima– debía
dirigir la orquesta del socialismo mundial.
Desde entonces –y por un período
de doce años–, Engels se dedicó a editar, traducir y publicar el legado
literario de Marx, así como a profundizar sus propias investigaciones
científicas. Ya libre de sus obligaciones industriales, ocupó un rol activo en
el desarrollo de los jóvenes partidos socialistas y la formación de una nueva
generación marxista.
El hombre aficionado a la caza de
zorros –a la que llamaba “la mejor de todas las escuelas” para perfeccionar su
estrategia militar y el movimiento en el terreno– era también el inversionista
de la bolsa, una actividad que entendía, al fin y al cabo, como el mero reparto
de la plusvalía ya robada a los trabajadores. Fue el empresario textil y
accionista ferroviario que financiaba la militancia y a su amigo a través del
“maldito comercio” –su despectiva forma de llamar a los negocios–, y el dueño
de una bodega con más de 1.700 botellas –porque la revolución se celebra con
buenos brindis–. Junto a todas esas facetas, resultó el gran guardián
ideológico del comunismo del siglo XIX.
«Engels corría una carrera
silenciosa contra el deterioro biológico. “Debo dedicarme enteramente a esta
tarea, que he esperado por tanto tiempo, cuanto antes”, asentó en sus cartas a
principios de 1895. Se refería a la biografía de Carlos Marx y a la historia de
la I Internacional»
Lejos de ejercer como teórico de
salón (¡comunista con iPhone!), se convirtió en el azote de quienes enarbolaban
falsas banderas en nombre de la causa o mancillaban su teoría. Formó parte de
clubes de señores bien y dejó una fortuna que, medida en términos actuales,
llegaba a los cuatro millones de dólares. Para quienes siguen su vida y obra,
estas contradicciones no anulan su praxis.
Incluso en su tramo final –muchos
años después de haber consolidado su legado con la publicación de La
situación de la clase obrera en Inglaterra (1845), la coautoría de
obras cumbre como La Sagrada Familia (1845), La
ideología alemana (1846) y el Manifiesto comunista (1848),
y la fundación de la I Internacional–, su energía no decayó.
El “General”, como era reconocido
por seguidores, amigos y camaradas, enfrentó sus últimos días con un dinamismo
incombustible, entregado a un verdadero frenesí de producción intelectual y
disputa política.
El último fuego: la disputa por
el archivo y la línea
Solamente a lo largo de su último
año de vida, Engels agregó un apéndice al tercer volumen de El Capital,
redactó más de ochenta cartas y escribió la famosa “Introducción” a los
artículos de Marx compilados en La lucha de clases en Francia de 1848 a
1850. Tenía 74 años, pero la historia de este texto –cuyo contenido sería
motivo de controversia y manipulación durante décadas– mostraba que su fuego no
perdía intensidad.
El autor había terminado la
“Introducción” original en febrero de 1895, cuando la mandó a los socialistas
alemanes. A comienzos del mes siguiente recibió una respuesta del dirigente
socialdemócrata Richard Fischer: le pedía que moderara u omitiera algunas de
sus frases –como aquellas referidas a la lucha armada–, debido a que se estaba
discutiendo por entonces un proyecto de ley “contra las actividades
subversivas”.
Engels aceptó con ciertos
reparos. “He tenido en cuenta, dentro de lo posible, sus graves preocupaciones
(…). Sin embargo, no puedo admitir que se quieran entregar alma y cuerpo a la
legalidad absoluta (…). Legalidad solo hasta cuando –y en la medida que– nos
convenga, pero ninguna legalidad a cualquier precio”, replicó.
Pero el asunto no terminó
ahí. El coautor del Manifiesto se sorprendió al ver en las
páginas de Die Neue Zeit –revista teórica de la socialdemocracia– una
versión aún más acotada del documento, que lo retrataba, según sus palabras,
como un “adorador pacífico de la legalidad”. El responsable de la edición
era Wilhelm Liebknecht.
“Liebknecht me ha jugado un
truco. Tomó de mi ‘Introducción’ (…) todo lo que servía a su propósito
pacifista. (…) Pero yo propongo esas tácticas [centradas casi exclusivamente en
el parlamentarismo] solo para la Alemania de hoy y con reservas. Para Francia,
Bélgica, Italia, Austria, esas tácticas no sirven e, incluso para Alemania,
pueden volverse inaplicables el día de mañana”, escribió a Lafargue.
«Como rescata el historiador
Tristram Hunt, Engels había acumulado una riqueza considerable, fruto de su
carrera en Ermen & Engels y su destreza en los mercados financieros»
Luego de la muerte del maestro,
la socialdemocracia se apoyaría en el texto recortado para justificar sus giros
hacia posiciones abiertamente reformistas. Sin embargo, como concluiría Trotsky
en torno a la polémica, “¡Engels mostraba que no estaba listo para renunciar al
entusiasmo revolucionario de su juventud!”. El texto completo sería rescatado
recién por Riazanov en 1930; las cartas completas, muchos años después.
Este enfrentamiento entre Engels
y los referentes socialdemócratas, que se desató entre marzo y abril de 1895,
no fue el último. A fines de mayo, un Engels enojado reprochó a Karl Kautsky no
haber sido convocado para colaborar con el libro Historia del Socialismo.
“De todas las personas, creo que podía decirse que hay solo una cuya
colaboración era absolutamente necesaria. Y esa persona soy yo. Incluso diría
que, sin mi ayuda, un trabajo de esta naturaleza no puede ser nada excepto
incompleto”, expresó en una misiva.
Kautsky no le respondió.
Posteriormente atribuiría esta irritabilidad a los malestares físicos de su
interlocutor. Aunque la relación continuó, contrariamente a sus deseos, Engels
lo dejó afuera de su herencia literaria, privándolo de lo que más quería: los
manuscritos de los padres del socialismo científico.
Las cartas pertenecientes a Marx
fueron otorgadas a sus hijas (Laura y Tussy Marx) y los hijos de la fallecida
Jenny Marx Longuet, junto a los derechos sobre las ventas futuras de El
capital. Sus propios papeles y correspondencia fueron legados a August
Bebel y Eduard Bernstein –a quien no pudo anticipar como futuro padre del
revisionismo–.
La dialéctica de la salud
En paralelo a estas disputas de
aparato, Engels corría una carrera silenciosa contra el deterioro biológico.
“Debo dedicarme enteramente a esta tarea, que he esperado por tanto tiempo,
cuanto antes”, asentó en sus cartas a principios de 1895. Se refería a la
biografía de Carlos Marx y a la historia de la I Internacional. Nadie podría
haber completado esta empresa como él.
“Un número de circunstancias lo
hacen necesario, entre ellas, que tengo 74 años”, reflexionaba. Creía que iba a
llegar, ya que “solo” estaba ocupado con “uno o dos trabajos pequeños”: la
introducción para la nueva edición de La guerra campesina en Alemania,
su correo y el seguimiento de la situación política en toda Europa.
Según expresó a Fischer, también
tenía un esquema para la presentación de todos los escritos de Marx en una
edición completa. Poseía una voluntad inquebrantable, pero una agresiva
enfermedad dejó inconcluso su último desafío.
El 9 de mayo, escribió a Mehring
y Fischer que unos dolores reumáticos en el cuero cabelludo –fuertes “como una
banda de hierro”– le generaban insomnio y dificultaban su trabajo. Sin perder
su condición de teórico, al mes siguiente le manifestó a Eduard Bernstein que
sentía cierta mejora, pero “de acuerdo con los principios de la dialéctica, los
aspectos positivos y negativos muestran una tendencia acumulativa”. Tenía, sin
saberlo, cáncer de laringe y esófago.
«El hombre aficionado a la caza
de zorros –a la que llamaba “la mejor de todas las escuelas” para perfeccionar
su estrategia militar y el movimiento en el terreno– era también el
inversionista de la bolsa, una actividad que entendía, al fin y al cabo, como
el mero reparto de la plusvalía ya robada a los trabajadores»
El 23 de julio, Engels envió a
Laura, la hija de Marx, su última carta. Lamentaba el decaimiento que le
producía el “campo de papas” que se había formado en su garganta, pero todavía
albergaba la esperanza de una mejoría. Luego de ocupar unas líneas en las
elecciones parlamentarias en Inglaterra, se despidió: “No tengo la fuerza para
escribir largas cartas, así que adiós. Por tu salud, un vaso lleno de ponche de
huevo con una dosis de coñac”.
Fuego en el mar
Falleció a los trece días, el 5
de agosto, pocos meses antes de cumplir 75 años. En las notas complementarias a
su testamento, escritas en 1894, había pedido que su cuerpo fuera cremado y las
cenizas desperdigadas en el mar.
Como rescata el historiador Tristram
Hunt, Engels había acumulado una riqueza considerable, fruto de su carrera en
Ermen & Engels y su destreza en los mercados financieros. Sus bienes netos
sumaban 20.378 libras de la época, además de una cartera de acciones de 22.600
libras.
Distribuyó estos recursos de
manera pragmática y generosa. Dejó su herencia principal dividida en ocho
partes. Otorgó tres a su querida Laura Lafargue y tres a Eleanor “Tussy” Marx
–unas 5.000 libras para cada una–. Las dos partes restantes –casi 5.100 libras,
además del derecho de alquiler de su casa en Regent’s Park Road– fueron para
Louise Freyberger, la exesposa de Kautsky y guardiana médica de sus últimos
días, en un definitivo desaire a su camarada.
A su sobrina “Pumps”
correspondieron 2.230 libras que usaría para emigrar a Estados Unidos. Destinó
el resto a la causa política, asignando 1.000 libras a August Bebel y Paul
Singer para financiar las campañas electorales del Partido Socialdemócrata
Alemán.
También limpió cuentas pendientes
perdonando las deudas de los Rosher, los Lafargue y Edward Aveling. En un gesto
de memoria familiar, le devolvió a su hermano Hermann una pintura al óleo que
había pertenecido a su padre.
Aunque algunos discípulos querían
erigirle un monumento, su voluntad finalmente se cumplió. Entre los
activos de su participación accionaria figuraban inversiones en el proyecto del
túnel del Canal de la Mancha. En esas mismas aguas, a unas millas del imponente
paisaje escarpado de Beachy Head, su urna fue despedida el 27 de agosto.
Desde Alemania, Clara Zetkin
advirtió que las proletarias le debían un recuerdo particular, no solo por la
lucha de clases, sino por sus esfuerzos para su “emancipación como mujeres”. En
las páginas de “Rabótnik”, Lenin completaría el obituario al definir la
relación de Marx y Engels como una alianza de sabios y luchadores que “supera
todas las conmovedoras leyendas antiguas sobre la amistad”.
No se puede entender a uno sin el
otro. Aquel hombre que aceptó con modestia (y cierta ansiedad) el primer puesto
terminó dirigiendo con pulso firme las partituras del socialismo decimonónico.
Fuente: https://panamarevista.com/131-anos-sin-engels-cartas-batallas-finales-y-un-proyecto-inconcluso/
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