domingo, 9 de agosto de 2026

131 AÑOS SIN ENGELS: CARTAS, BATALLAS FINALES Y UN PROYECTO INCONCLUSO


 


Jazmín Bazán


@jazminbazanok

5 de agosto de 2026

 

En octubre de 1884, a un año y medio del entierro de Marx, Federico Engels confesaba a Johann Becker: “Mi infortunio es que, desde que perdimos a Marx, se pretende que yo lo represente. He pasado una vida (…) tocando el segundo violín; y, sin dudas, creo que lo he hecho razonablemente bien. (…) Pero ahora, de repente, se espera que tome su lugar”.

La metáfora del “violín” fue recuperada hasta el cansancio por distintos biógrafos. No sin razón, Engels señalaba que con Marx se había ido una visión histórica, política y revolucionaria irremplazable.

Tras cuatro décadas de amistad y colaboración revolucionaria –de las cuales surgieron las bases científicas para la emancipación del proletariado–, el “gentleman comunista” –como lo definió con precisión el historiador Tristram Hunt en una biografía homónima– debía dirigir la orquesta del socialismo mundial.

Desde entonces –y por un período de doce años–, Engels se dedicó a editar, traducir y publicar el legado literario de Marx, así como a profundizar sus propias investigaciones científicas. Ya libre de sus obligaciones industriales, ocupó un rol activo en el desarrollo de los jóvenes partidos socialistas y la formación de una nueva generación marxista.

El hombre aficionado a la caza de zorros –a la que llamaba “la mejor de todas las escuelas” para perfeccionar su estrategia militar y el movimiento en el terreno– era también el inversionista de la bolsa, una actividad que entendía, al fin y al cabo, como el mero reparto de la plusvalía ya robada a los trabajadores. Fue el empresario textil y accionista ferroviario que financiaba la militancia y a su amigo a través del “maldito comercio” –su despectiva forma de llamar a los negocios–, y el dueño de una bodega con más de 1.700 botellas –porque la revolución se celebra con buenos brindis–. Junto a todas esas facetas, resultó el gran guardián ideológico del comunismo del siglo XIX.

«Engels corría una carrera silenciosa contra el deterioro biológico. “Debo dedicarme enteramente a esta tarea, que he esperado por tanto tiempo, cuanto antes”, asentó en sus cartas a principios de 1895. Se refería a la biografía de Carlos Marx y a la historia de la I Internacional»

Lejos de ejercer como teórico de salón (¡comunista con iPhone!), se convirtió en el azote de quienes enarbolaban falsas banderas en nombre de la causa o mancillaban su teoría. Formó parte de clubes de señores bien y dejó una fortuna que, medida en términos actuales, llegaba a los cuatro millones de dólares. Para quienes siguen su vida y obra, estas contradicciones no anulan su praxis.

Incluso en su tramo final –muchos años después de haber consolidado su legado con la publicación de La situación de la clase obrera en Inglaterra (1845), la coautoría de obras cumbre como La Sagrada Familia (1845), La ideología alemana (1846) y el Manifiesto comunista (1848), y la fundación de la I Internacional–, su energía no decayó.

El “General”, como era reconocido por seguidores, amigos y camaradas, enfrentó sus últimos días con un dinamismo incombustible, entregado a un verdadero frenesí de producción intelectual y disputa política.

El último fuego: la disputa por el archivo y la línea

Solamente a lo largo de su último año de vida, Engels agregó un apéndice al tercer volumen de El Capital, redactó más de ochenta cartas y escribió la famosa “Introducción” a los artículos de Marx compilados en La lucha de clases en Francia de 1848 a 1850. Tenía 74 años, pero la historia de este texto –cuyo contenido sería motivo de controversia y manipulación durante décadas– mostraba que su fuego no perdía intensidad.

El autor había terminado la “Introducción” original en febrero de 1895, cuando la mandó a los socialistas alemanes. A comienzos del mes siguiente recibió una respuesta del dirigente socialdemócrata Richard Fischer: le pedía que moderara u omitiera algunas de sus frases –como aquellas referidas a la lucha armada–, debido a que se estaba discutiendo por entonces un proyecto de ley “contra las actividades subversivas”.

Engels aceptó con ciertos reparos. “He tenido en cuenta, dentro de lo posible, sus graves preocupaciones (…). Sin embargo, no puedo admitir que se quieran entregar alma y cuerpo a la legalidad absoluta (…). Legalidad solo hasta cuando –y en la medida que– nos convenga, pero ninguna legalidad a cualquier precio”, replicó.

Pero el asunto no terminó ahí. El coautor del Manifiesto se sorprendió al ver en las páginas de Die Neue Zeit –revista teórica de la socialdemocracia– una versión aún más acotada del documento, que lo retrataba, según sus palabras, como un “adorador pacífico de la legalidad”. El responsable de la edición era Wilhelm Liebknecht.

“Liebknecht me ha jugado un truco. Tomó de mi ‘Introducción’ (…) todo lo que servía a su propósito pacifista. (…) Pero yo propongo esas tácticas [centradas casi exclusivamente en el parlamentarismo] solo para la Alemania de hoy y con reservas. Para Francia, Bélgica, Italia, Austria, esas tácticas no sirven e, incluso para Alemania, pueden volverse inaplicables el día de mañana”, escribió a Lafargue.

 

«Como rescata el historiador Tristram Hunt, Engels había acumulado una riqueza considerable, fruto de su carrera en Ermen & Engels y su destreza en los mercados financieros»

 

Luego de la muerte del maestro, la socialdemocracia se apoyaría en el texto recortado para justificar sus giros hacia posiciones abiertamente reformistas. Sin embargo, como concluiría Trotsky en torno a la polémica, “¡Engels mostraba que no estaba listo para renunciar al entusiasmo revolucionario de su juventud!”. El texto completo sería rescatado recién por Riazanov en 1930; las cartas completas, muchos años después.

Este enfrentamiento entre Engels y los referentes socialdemócratas, que se desató entre marzo y abril de 1895, no fue el último. A fines de mayo, un Engels enojado reprochó a Karl Kautsky no haber sido convocado para colaborar con el libro Historia del Socialismo. “De todas las personas, creo que podía decirse que hay solo una cuya colaboración era absolutamente necesaria. Y esa persona soy yo. Incluso diría que, sin mi ayuda, un trabajo de esta naturaleza no puede ser nada excepto incompleto”, expresó en una misiva.

Kautsky no le respondió. Posteriormente atribuiría esta irritabilidad a los malestares físicos de su interlocutor. Aunque la relación continuó, contrariamente a sus deseos, Engels lo dejó afuera de su herencia literaria, privándolo de lo que más quería: los manuscritos de los padres del socialismo científico.

Las cartas pertenecientes a Marx fueron otorgadas a sus hijas (Laura y Tussy Marx) y los hijos de la fallecida Jenny Marx Longuet, junto a los derechos sobre las ventas futuras de El capital. Sus propios papeles y correspondencia fueron legados a August Bebel y Eduard Bernstein –a quien no pudo anticipar como futuro padre del revisionismo–.

La dialéctica de la salud

En paralelo a estas disputas de aparato, Engels corría una carrera silenciosa contra el deterioro biológico. “Debo dedicarme enteramente a esta tarea, que he esperado por tanto tiempo, cuanto antes”, asentó en sus cartas a principios de 1895. Se refería a la biografía de Carlos Marx y a la historia de la I Internacional. Nadie podría haber completado esta empresa como él.

“Un número de circunstancias lo hacen necesario, entre ellas, que tengo 74 años”, reflexionaba. Creía que iba a llegar, ya que “solo” estaba ocupado con “uno o dos trabajos pequeños”: la introducción para la nueva edición de La guerra campesina en Alemania, su correo y el seguimiento de la situación política en toda Europa.

Según expresó a Fischer, también tenía un esquema para la presentación de todos los escritos de Marx en una edición completa. Poseía una voluntad inquebrantable, pero una agresiva enfermedad dejó inconcluso su último desafío.

El 9 de mayo, escribió a Mehring y Fischer que unos dolores reumáticos en el cuero cabelludo –fuertes “como una banda de hierro”– le generaban insomnio y dificultaban su trabajo. Sin perder su condición de teórico, al mes siguiente le manifestó a Eduard Bernstein que sentía cierta mejora, pero “de acuerdo con los principios de la dialéctica, los aspectos positivos y negativos muestran una tendencia acumulativa”. Tenía, sin saberlo, cáncer de laringe y esófago.

 

«El hombre aficionado a la caza de zorros –a la que llamaba “la mejor de todas las escuelas” para perfeccionar su estrategia militar y el movimiento en el terreno– era también el inversionista de la bolsa, una actividad que entendía, al fin y al cabo, como el mero reparto de la plusvalía ya robada a los trabajadores»

 

El 23 de julio, Engels envió a Laura, la hija de Marx, su última carta. Lamentaba el decaimiento que le producía el “campo de papas” que se había formado en su garganta, pero todavía albergaba la esperanza de una mejoría. Luego de ocupar unas líneas en las elecciones parlamentarias en Inglaterra, se despidió: “No tengo la fuerza para escribir largas cartas, así que adiós. Por tu salud, un vaso lleno de ponche de huevo con una dosis de coñac”.

Fuego en el mar

Falleció a los trece días, el 5 de agosto, pocos meses antes de cumplir 75 años. En las notas complementarias a su testamento, escritas en 1894, había pedido que su cuerpo fuera cremado y las cenizas desperdigadas en el mar.

Como rescata el historiador Tristram Hunt, Engels había acumulado una riqueza considerable, fruto de su carrera en Ermen & Engels y su destreza en los mercados financieros. Sus bienes netos sumaban 20.378 libras de la época, además de una cartera de acciones de 22.600 libras.

Distribuyó estos recursos de manera pragmática y generosa. Dejó su herencia principal dividida en ocho partes. Otorgó tres a su querida Laura Lafargue y tres a Eleanor “Tussy” Marx –unas 5.000 libras para cada una–. Las dos partes restantes –casi 5.100 libras, además del derecho de alquiler de su casa en Regent’s Park Road– fueron para Louise Freyberger, la exesposa de Kautsky y guardiana médica de sus últimos días, en un definitivo desaire a su camarada.

A su sobrina “Pumps” correspondieron 2.230 libras que usaría para emigrar a Estados Unidos. Destinó el resto a la causa política, asignando 1.000 libras a August Bebel y Paul Singer para financiar las campañas electorales del Partido Socialdemócrata Alemán.

También limpió cuentas pendientes perdonando las deudas de los Rosher, los Lafargue y Edward Aveling. En un gesto de memoria familiar, le devolvió a su hermano Hermann una pintura al óleo que había pertenecido a su padre.

Aunque algunos discípulos querían erigirle un monumento, su voluntad finalmente se cumplió. Entre los activos de su participación accionaria figuraban inversiones en el proyecto del túnel del Canal de la Mancha. En esas mismas aguas, a unas millas del imponente paisaje escarpado de Beachy Head, su urna fue despedida el 27 de agosto.

Desde Alemania, Clara Zetkin advirtió que las proletarias le debían un recuerdo particular, no solo por la lucha de clases, sino por sus esfuerzos para su “emancipación como mujeres”. En las páginas de “Rabótnik”, Lenin completaría el obituario al definir la relación de Marx y Engels como una alianza de sabios y luchadores que “supera todas las conmovedoras leyendas antiguas sobre la amistad”.

No se puede entender a uno sin el otro. Aquel hombre que aceptó con modestia (y cierta ansiedad) el primer puesto terminó dirigiendo con pulso firme las partituras del socialismo decimonónico.

 

Fuente: https://panamarevista.com/131-anos-sin-engels-cartas-batallas-finales-y-un-proyecto-inconcluso/

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