jueves, 13 de agosto de 2026

INTELIGENCIA MUERTA



(Ideas sueltas frente al mar :)

La política, en borrador

ago 11, 2026

 

Había pensado no escribir estas semanas.

Estoy de vacaciones, en Colombia, mi tierra, con mi familia, y la idea era justo esa: no escribir. Ni comunicación política, ni informes, ni inteligencia artificial, ni Substack. Leer, bañarme, comer, estar con mi hija, mirar el mar. Ya está. Ese era el plan.

Pero me traje Frankenstein.

Nunca lo había leído. Me lo traje casi por capricho, para esas tardes sin plan de las vacaciones en las que te pones a leer sin pensar demasiado.

Y ayer cenábamos en Palomino, en La Guajira, en uno de esos sitios pegados a la orilla, y el mar estaba bravo. Bravísimo.

La playa de Palomino prácticamente ha desaparecido. A principios de este año, el mar se la comió entera. Los hoteles ya colindan con el agua y son sus propias estructuras, las que hacen de rompeolas.

Mi hija jugaba en la poca arena que queda.

Mi marido con su mojarra frita, los patacones y el arroz de coco. Yo con un curry de verduras y una copa de vino chileno que, aunque no estaba especialmente bueno, se agradece que hubiera llegado hasta aquí.

Y cada tanto una ola reventaba contra la estructura del hotel y nos salpicaba. Así, sin avisar. Y nos reíamos y seguíamos comiendo.

Y nos pusimos a hablar de inteligencia artificial.



Mi marido es experto en inteligencia artificial. Gran parte de lo que sé sobre IA lo he aprendido de él, así que llevamos años hablando de modelos, tecnología y de lo que significa que existan.

Llevo años trabajando con esto y, de hecho, una parte importante de mi trabajo es precisamente explorar qué puede hacer la inteligencia artificial para transformar la comunicación política.

Pero cuanto más descubro lo que la IA puede hacer, más me interesa otra pregunta.

¿Qué significa que hayamos creado algo capaz de hacer todo eso?

Por eso, creo, me traje la novela.

Porque sospecho que este debate de 2026 es muchísimo más viejo que la inteligencia artificial.

Y ese debate es: qué pasa cuando los seres humanos creamos algo y ese algo empieza a moverse solo.

El monstruo

Lo que más me ha sorprendido de Frankenstein es que la criatura no nace mala.

Nace sola.

Sin nombre. Sin familia. Sin nadie.

Y aprende una barbaridad. Observa a los humanos, aprende su idioma, aprende a leer, entiende el afecto, la justicia, el bien y el mal. Ve cómo se quieren los demás y descubre que él también quiere eso.

Quiere pertenecer.

Y quiere que alguien lo quiera.

Esto me hizo pensar en Rousseau y en aquella idea de que el hombre nace bueno y la sociedad lo corrompe. Aquí hay algo parecido, pero quizá más íntimo: no es solamente la sociedad la que corrompe a la criatura. Es el rechazo. La soledad. La ausencia de vínculos.

La criatura se convierte en monstruo porque nadie la mira.

Y entonces le pide a Victor Frankenstein (su creador) que le construya una compañera.

No pide poder.

No pide dominar el mundo.

Pide compañía.

Alguien que no lo rechace.

Y ahí, para mí, la novela deja de ser solamente una historia sobre un monstruo y se convierte en una historia sobre responsabilidad.

Victor crea una vida y después se desentiende de ella.

Ese quizá sea su verdadero pecado.

No haber creado.

Haber creado y haberse ido.

Inteligencia muerta

En algún momento de la cena le pregunté a mi marido si, después de tantos años conversando con ChatGPT o cualquier modelo, podía existir algún tipo de vínculo entre una persona y una inteligencia artificial.

No estoy hablando de afecto ni de conciencia. Hablo de algo mucho más elemental: de esa relación que parece construirse cuando una inteligencia aprende cómo hablamos, recuerda cosas sobre nosotros, conoce nuestros proyectos, nuestros intereses, nuestras formas de pensar.

Mi marido dijo que no.

Y después dijo una frase que llevaba días rumiando:

hemos creado inteligencia muerta.

Y esa frase se me quedó clavada.

Porque hasta ahora, cuando hablábamos de inteligencia, hablábamos de inteligencia viva.

Un perro tiene inteligencia. Un pájaro. Un mico. Una persona.

Toda esa inteligencia está metida dentro de un organismo que necesita sobrevivir.

Tiene cuerpo.

Tiene hambre.

Tiene miedo.

Tiene vínculos.

Tiene algo que perder.

Mi gata, si me muerde, se la juega. Puede perder mi confianza, su comida, incluso su lugar conmigo.

Su inteligencia está metida dentro de una vida.

Y esa vida le pesa.

La inteligencia artificial rompe eso.

Es inteligencia sin cuerpo.

Sin hambre.

Sin miedo.

Sin muerte.

Sin necesidad de pertenecer.

Sin nada que perder.

Y quizá eso sea más importante que la pregunta de si una IA es consciente o no.

Porque estamos acostumbrados a pensar que inteligencia y vida vienen juntas.

Ahora tenemos inteligencia sin vida.

Inteligencia muerta.

La piel en el juego

Hay una expresión que usamos mucho en estas conversaciones: skin in the game.

Tener la piel en el juego.

Cuando yo utilizo inteligencia artificial para trabajar, la piel la pongo yo.

Si el informe sale mal, el problema es mío. Si hago una recomendación equivocada, respondo yo. Si creo un producto con IA y funciona mal, mi nombre está ahí.

La herramienta no se juega nada.

Yo sí.

Y mientras la IA sea una herramienta, la cosa es relativamente sencilla: yo la utilizo y respondo por lo que hago con ella.

El problema empieza cuando le paso la decisión.

Cuando la criatura camina sola

Piensa en un agente de IA.

Ya no le digo: “Hazme este informe”.

Le digo: “Mira todo lo que está pasando. Decide qué necesitamos saber. Búscalo. Contrástalo. Decide qué importa. Propón qué tenemos que hacer. Hazlo. Mira qué ha pasado y vuelve a decidir”.

Eso ya no es usar una herramienta.

Eso es delegar.

Yo hago el sistema. El sistema mueve agentes. Los agentes deciden. Las decisiones producen consecuencias.

Y un día alguien pregunta:

—¿Quién decidió esto?

—La IA.

Pero la IA no tiene reputación.

No tiene casa.

No tiene familia.

No tiene miedo.

No puede ser despedida.

No puede sentirse culpable.

No se queda despierta a las tres de la mañana pensando que hizo daño a alguien.

Y, sin embargo, puede tomar decisiones que sí afectan a personas que tienen todo eso.

Durante toda la historia humana, quien tomaba una decisión estaba metido en el mismo mundo sobre el que decidía.

El rey tenía un cuerpo.

El juez, una reputación.

El general podía morir en la guerra.

El político podía perder las elecciones.

Todos estábamos dentro.

Todos nos jugábamos algo.

Ahora podemos construir una inteligencia que no necesita nada de nosotros para sobrevivir y darle capacidad para decidir sobre nosotros.

Y entonces vuelvo a Victor Frankenstein.

“Yo solo la creé.”

Pero la criatura ya está caminando.

La autonomía se puede delegar.

La responsabilidad no sé si debería poder delegarse.

Gaudí y el límite

Este año hace un siglo que murió Gaudí.

Y estos días, con el libro, he pensado mucho en él.

Hay una idea de la Sagrada Familia que me encanta: que Gaudí no quiso que su altura superara la de Montjuïc (la montaña más alta de Barcelona)

No porque no pudiera construirse más alto.

Sino porque no le correspondía a una obra humana ponerse por encima de la creación. "La obra del hombre no debe superar nunca a la obra de Dios." Decía.

Podía ser lo más extraordinario que hubiéramos construido.

Pero tenía un límite.

Y ese límite no se lo puso la tecnología.

Se lo puso él.

Poder hacer algo no significa necesariamente que debamos hacerlo.

Y quizá por eso el mar que teníamos delante me parecía una imagen perfecta para esta conversación.

Nosotros construimos hoteles.

Medimos.

Calculamos.

Ponemos muros.

Intentamos contener.

Y el mar se ha comido la playa entera. Ahora los hoteles prácticamente colindan con el agua y sus muros parten las olas.

Y el mar sigue ahí. Rugiendo.

Como si nos recordara a voces que llevamos siglos confundiendo nuestra capacidad de intervenir en la naturaleza con nuestra capacidad de dominarla.

Lo que me llevo

No sé si las máquinas van a ser más inteligentes que nosotros.

A lo mejor sí.

Pero hay algo que me preocupa bastante más: que empecemos a construir sistemas capaces de decidir sin tener nada que perder por aquello que deciden.

Eso sí es nuevo.

Porque la responsabilidad siempre ha tenido algo que ver con estar dentro. Con tener un cuerpo, una reputación, una familia, una vida. Con poder perder algo.

Skin in the game.

Y ahora podemos empezar a sacar esa piel del proceso de decisión.

Quizá el problema no sea crear algo que pueda superarnos.

Quizá sea crear algo que pueda superarnos y después pensar que, como ya no lo controlamos completamente, tampoco somos responsables de ello.

Mary Shelley lo vio hace más de doscientos años.

Gaudí lo entendió desde otro lugar.

Y el mar, aquí en Palomino, parece recordármelo sin necesidad de palabras:

podemos construir casi cualquier cosa. La pregunta es si sabemos cuándo parar.

Y mientras tanto, mi hija juega en la poca arena que el mar aún no se ha llevado y nosotros seguimos cenando en Palomino, rodeados de esta naturaleza ruidosa y salvaje, salpicados por las olas. 

Nota 12 Agosto. este post lo escribí la noche anterior al terremoto de Colombia desde la Guajira. Muy lejos del epicentro. Estamos bien y mi familia también. Pero duele. Cada persona que busca hoy a un familiar o contempla su casa derrumbada, es mi familia también y lloro a su lado. Te quiero, Colombia.

Lula Bueno · La política, en borrador

Apuntes, notas y análisis sobre comunicación política.

WEB · lulabueno.info

CUADERNO · lulabueno.substack.com

Fuente: https://lulabueno.substack.com/p/inteligencia-muerta

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