Por Rafael Bautista S.
6 agosto, 2026
“Si las piedras de tu calle
tuvieran entendimiento,
cada vez que yo pasara lloraran, de
sentimiento”.
huayño
boliviano
Hasta las piedras llorarían, sabiendo
que soportan el peso de siglos de injusticia, con lo que están haciendo a la
tierra de donde provienen. Si ya no hay pueblo, ¿quién las haría barricadas y
trincheras, para hacerlas parte de la defensa nacional? Sin pueblo, hasta las
piedras dejarían de ser útiles para construir. En una cosmovisión que afirma
que todo, absolutamente todo, es persona, es sujeto y, por eso, merece respeto,
hasta las piedras hacen parte de la reflexión sobre la dignidad humana. Esta
reflexión nos conduce a la política. Porque el destino de nuestra tierra, que
somos nosotros, se define políticamente. Vayamos entonces con un diagnóstico
coyuntural, en este triste 6 de agosto.
En apenas 9 meses, el gobierno ha
vaciado ya, toda la credibilidad con la que asumió su mandato. Demostrando
grados de corrupción inverosímiles y un acelerado desmantelamiento estatal que,
a la vista impotente de todo un pueblo, apunta a reunir las condiciones que
hacen a un Estado fallido.
El propio gobierno, para inmunizarse
de toda responsabilidad (que “todo es culpa del Evo”), ha lobotomizado la
conciencia social urbana con prejuicios racista-señoriales, para demonizar la
pasada movilización y bloqueos indígena-populares. Ahora, este improvisado
gobierno, producto del azar político, y gracias a la inconsciencia “pitita”,
tiene las manos libres para continuar el despojo nacional que inició desde el
primer día de su asunción.
Ya en abril de este año Bolivia y USA
firmaron un acuerdo de intereses en el control de minerales críticos y tierras
raras como el litio, antimonio, zinc, neobio, wolframio, tantalio, germanio,
indio, litio, además de uranio verificado y polimetálicos en La Paz, Oruro,
Potosí y Santa Cruz. Y la enajenada sociedad urbana no dice nada (porque todo
es culpa del “masismo”, esa muletilla que ya no convence), viendo cómo se
destruye YPFB, YLB y todas las empresas estratégicas, para planificar su
insolvencia y condición deficitaria y armar las condiciones para su
privatización (y dejar un Estado limosnero que ni la “renta dignidad” pueda
garantizar sino endeudándose más). Los comités cívicos, que tanto exigían la
soberanía de los recursos estratégicos (el litio y el gas, sobre todo), en la
movilización que avaló el golpe del 2019, ahora guardan un silencio cómplice
que los delata como meros instigadores del fascismo ahora reconstituido; cuyo
único plan es la obediencia a la “Doctrina Don-Roe” y, en la actual guerra de
commodities, balcanizar Sudamérica[1].
Lo que el gobierno señaló, desde su
inicio, como “trancas” –que son las que mínimamente aseguran, en la propia
Constitución, la soberanía estatal– no hizo sino delatar que se trata de
“trancas” para intereses ajenos, No para nuestro país.
De ese modo, ya se pudo advertir ante quiénes se inclinaba la voluntad política
del régimen. Y si busca, aún más, reducir al Estado, en
realidad lo inflama con prioridades que ya no son nacionales, porque grafica la
fisonomía de una “empresa fantasma”: desvía sus obligaciones para canalizar
ingresos y destinarlos a manos privadas (desparecido un ministerio de
planificación, se entiende que el gobierno ya no planifica nada, sólo recibe órdenes
de afuera). Habiendo renunciado a sus responsabilidades estatales (como son
educación trabajo y cultura, dejándolos como botín para el mercado) sólo le
queda inflamar sus aparatos coercitivos. Su poder se inmuniza. Y se recubre del
lawfare o la judicialización de la política: el pueblo pauperizado por medidas
antinacionales, debe demostrar que su protesta es legal, de lo contrario, se
deduce que su reclamo es ilegítimo y, por tanto, sedicioso. Circulo vicioso
fetichista. La ley se vuelve criterio de sí misma. Trampa leguleya que confunde
legalidad y legitimidad.
Pero, si ésta es la apuesta
tradicional de los grupos de poder, ¿por qué la derecha –su brazo político–
apuesta al revocatorio? Porque ahora sólo se trata de pugnas por la jefatura
del poder. La derecha cree que, demonizando al MAS, domina toda la preferencia
electoral (aún cuando no decida nada sin el consentimiento de Washington). Por
su parte, el MAS confía en que el campo popular, por pura nostalgia, apostaría
por el Evo. Pero la ilusión es una pésima táctica. Sin mencionar que ninguna
opción, de izquierda y menos de derecha, piensa en una
cualificación del poder estratégico (porque poder que no
es estratégico no es poder en absoluto).
Y aunque sea necesaria la remoción de
un improvisado gobierno, cuya única encomienda parece ser corromper todas sus
instancias y el desmantelamiento total del Estado; la pregunta principal y
necesaria sigue siendo el cómo restaurar la fe en el proyecto
plurinacional.
El golpe híbrido del 2019 demostró un
desencantamiento profundo en el pueblo; de modo que el proceso implosivo del
propio gobierno, de su credibilidad, coadyuvó al éxito del golpe, que se
orquestó no para bajar un gobierno sino para destruir el carácter plurinacional
que debía adquirir el Estado.
En ese sentido, una adelantada
contienda electoral no resuelve el asunto central; porque el espectro político,
en las condiciones actuales, irá desgraciadamente por la escenografía peruana,
donde absurdamente se cree que la mixtura de denominaciones políticas es
muestra de la diversidad, degenerada en el ensalzamiento, sin criterio ético
alguno, de lo “pluri-multi-tutti-fruti”, o sea, del todo vale y nada vale.
Lógica del que ya perdió todo, hasta la dignidad.
Pero lo que está en juego es la
viabilidad del propio Estado (y, en general, de todos los Estados
latinoamericanos), en una disputa geopolítica ya iniciada por el anglosionismo
y sus satélites regionales. La existencia de Sudamérica es lo que está en juego
en esta guerra de recursos críticos y control de las rutas comerciales,
corredores geoestratégicos y las cadenas de suministro globales (cerrar el
acceso de China, sobre todo, al suministro de minerales estratégicos para la
tecnología de punta, es parte de la geopolítica anglosionista de control de los
estrechos y canales de comercio global)[2].
Un proyecto popular debe proponerse
no sólo la idea de un nuevo Estado sino su factibilidad interna
y externa. Pero esto supone superar dos escollos: la ausencia de operadores y
ejecutores de un proyecto verdaderamente nacional y la remoción del lastre
burocrático que sólo sabe administrar la dependencia y el entreguismo al poder
imperial. Y no se trata de la simple burocracia, sino de ésta convertida
en poder político, supeditando las definiciones político-estatales
a sus prerrogativas administrativas.
En nuestro país constituyen logias
hasta familiares que ven al Estado como su patrimonio. Ningún gobierno (tampoco
el “gobierno del cambio”) ha podido librarse de esa presencia que, conociendo
muy bien el manejo administrativo del Estado, se hace imprescindible para todo
gobierno que debe asegurar su gestión. Son logias que conocen y controlan muy
bien el lenguaje estatal: la ley. Por eso se reparten, entre ellos, los puestos
decisorios de la arquitectura administrativa, porque la ley les otorga
permisividad y en ese laberinto, que esa casta ha ido construyendo para abrirlo
y cerrarlo a discreción, aseguran una permanencia hasta hereditaria; por ello
se visten de todos los colores políticos para asegurar su continuismo. Por eso
también, el carácter clasificatorio selectivo de las castas señorialistas, que
controlan el Estado, no cambia desde la fundación de nuestra república.
En sus manos, la famosa meritocracia
es potestad de esta selectividad que instituye el carácter vertical y
excluyente del poder político. Son los protagonistas del síndrome del rey
cercado[3].
Son los que instituyen el llunk’erio en la política republicana. Los primeros
llunk’us[4] son
los burócratas criollos que se ofrecen a Bolívar y Sucre, para traicionarlos
después, una vez que se creen élite y generan el llunk’erio como cultura
política. Son logias que, para hacer del Estado su patrimonio hasta familiar,
mixturan su lealtad con todas las denominaciones políticas.
El Estado plurinacional, desde la
promulgación de su carta magna, en 2009, creyó ingenuamente en la obediencia
burocrática, sin darse cuenta de que el poder no puede ejercerse sin la
concurrencia de la intermediación política. Por eso no se trata de la simple
burocracia sino de ésta hecha autoconsciencia de su poder. No puede
administrarse aquello que no se controla. En este control radica su poder.
Ahora que nos encontramos ante la
premeditada implosión estatal (por eso este gobierno no es sino la reiteración
de los propósitos del golpe de 2019), la izquierda no puede seguir siendo
ingenua y creer que apenas un cambio de gobierno puede devolverle al Estado
plurinacional su factibilidad.
Sin sujeto no hay proyecto y la
propia traición que hizo la COB al movimiento indígena-campesino no ha hecho
sino demostrar que el verdadero sujeto del proyecto plurinacional es el resto
crítico más excluido, negado y deshumanizado por la formación social
boliviana; aquél que se expresa en términos de comunidad, ayllu, suma
qamaña, allin kawsay, ñandereko, ivi maraei,
cuya ética nos impele a dialogar siempre: aruskipasipxañanakasakipunirakispawa.
Pero el eurocentrismo colonial de la izquierda no le permite todavía comprender
esta nueva realidad.
El poder burocrático sólo apuesta por
su permanencia y sólo sabe administrar el carácter colonial, dependiente y
señorialista del Estado republicano (ese que añora la élite oligárquica
boliviana). En tal situación, la verdadera y más legítima tarea de un
Estado en transición, es la renovación paulatina de la composición
orgánica del Estado actual (todos los prejuicios estatales se reproducen y
legitiman por la mediación de esa composición).
La política es también una cuestión
de fe y si no se cuenta con operadores y ejecutores idóneos, se hace imposible
una gestión. Si desaparece la voluntad política, sólo queda la demagogia, y la
corrupción repone las exigencias burocráticas. La estructura piramidal es la
fisonomía que permanece siempre y es el germen de la restauración, cada vez más
sellada, del Estado que se pretendía transformar.
En política no basta el horizonte
utópico; la validez y la legitimidad son lo que sostiene al poder
popular, pero lo estratégico y lo operativo han sido lo más descuidado en
el ejercicio mismo del poder democrático. Hay que decirlo: la izquierda es demasiado
obediente a la ley (esa que ha sido hecha para minar la democracia misma, made
in USA); y muchos, hasta por su procedencia de clase, en su ascenso social,
dejan de ser pueblo y sólo disputan el poder de los ricos, para aspirar a esa
forma de vida que ven como el logro máximo de su apuesta política. Eso delata
la miseria moral de los que trepan rápidamente (no hay revolución verdadera sin
revolución moral, ética y cultural).
Sólo el sujeto que apuesta por otra
forma de vida, más digna, libre y justa, podría estar a la vanguardia de un
proceso que ya no aspire a la inclusión sino a la transformación del
sistema estatal. De allí colegimos que no todos constituyen pueblo sino
sólo el resto crítico que es capaz de anticipación en el
presente, del porvenir que anuncia su lucha. Ese es el pueblo en
tanto que pueblo.
A ese pueblo nos dirigimos. No para
mandarle recetas de lo que debe hacer sino para devolverle el protagonismo del
poder político, de ese pueblo hecho horizonte, o sea, voluntad de cambio, poder
popular. Esa sería la política ya no como el arte de lo posible sino como
la ciencia de lo imposible. ¡Seamos realistas, hagamos lo
imposible!, diría la juventud que se propuso tomar el cielo por asaltos.
La revolución es verdadera cuando los
ancestros reviven y luchan junto a los vivos. Vuelven para asaltar los cielos,
para hacer estallar el tiempo que nos domina y para sembrar la tierra con las
semillas que el pueblo ha sabido preservar. Es cuando el pueblo, anuncia en el
viento, que ha encontrado al fin su destino verdadero. El ¡ahora es cuando!, ya
no es un anuncio sino un anticipar el tiempo verdadero, el nayra pacha (el
tiempo eterno como vivencia mística del sujeto hecho pueblo).
Porque no nos liberamos para ser
libres sino para redimirnos, redimiendo a nuestros ancestros. Y
porque los muertos no están muertos si los vivos hacemos nido de su causa en
nuestra vida. Porque somos la única razón de la existencia de ellos. Si el enemigo
vence, ni ellos se salvarán. El ¡Ahora es cuando! se convierte en el ¡ahora es
Nuestro! Porque cuando los muertos sueñan con los vivos, es cuando la
revolución está, de nuevo, despertando. Por eso a la madrugada le antecede una
oscuridad más oscura que la noche.
La Paz, Chuquiago Marka, 6 de agosto de 2026
Rafael Bautista S., autor de:
Hacia la Universalización de los Códigos del Vivir
Bien.
Dirige “el taller de la descolonización”
rafaelcorso@yahoo.com
[1] Ver nuestro ensayo: Sudamérica en
disputa: la nueva guerra de los commodities, en El Ángel de la
Historia, vol. II. La disputa del arco sudamericano y la geopolítica del
reseteo global, yo soy si Tu eres ediciones, La Paz, 2024.
[2] Acaba de abrirse el capítulo “invasión
humanitaria” de las guerras híbridas a nivel mundial, cuyo epicentro, después
del laboratorio en Ceuta, será Sudamérica; promovida por el imperialismo
anglosionista y el globalismo agenda 2030 que, por diferentes motivos, estarían
acelerando la colisión entre Occidente versus China, Rusia e Irán. Sin
renunciar al control del comercio energético, el nuevo teatro de operaciones
será Latinoamérica. Por eso, todas las medidas económicas y políticas de los
gobiernos títeres de la región tienen, por objetivo, la pauperización acelerada
de sus pueblos y así provocar crisis migratoria y conflictos transfronterizos.
Ver nuestros libros, donde advertimos desde el 2018, esta escenografía como
parte de un plan de reseteo global: El tablero del siglo
XXI. Geopolítica des-colonial de un nuevo orden post-occidental, yo
soy si Tú eres ediciones, La Paz, 2019; El ángel de la Historia.
Genealogía, ejecución y derrota del golpe de Estado, yo soy si Tú eres
ediciones, La Paz, 2021; El ángel de la Historia. Volumen II. La
disputa del arco sudamericano y la geopolítica del reseteo global, yo soy
si Tú eres ediciones, La Paz, 2024.
[3] “El séquito (o llamado también “círculo
q’ara” o “círculo blancoide”) eleva al rey a condición divina porque su
presencia es lo único que garantiza la existencia del séquito (ya que sin el
rey son nada). El rey se hace omnipotente, pero necesita del séquito, y el
séquito necesita un rey dependiente. Por eso lo aísla y lo envuelve; de modo
que todo lo hacen por él y, de ese modo, el rey ya no ve con sus ojos sino con
los ojos del séquito, ya no escucha sino con los oídos de ellos; su contacto
con la realidad está mediado por esa presencia que más le envuelve cuanto más
lo endiosa. Pero el rey no es dios y, cuando esto se hace evidente, es cuando
el rey ya no le sirve al séquito; entonces lo sacrifican y hasta lo elevan al
martirio. De ese modo aparecen incólumes, haciendo del rey el chivo expiatorio
que cargará con todas las culpas y todos los pecados; mientras el séquito,
limpio e inmaculado, salvado por la sangre del inmolado, se dedicará, otra vez,
a buscar un nuevo rey”. Bautista S., Rafael: El ángel de la Historia.
Genealogía, ejecución y derrota del golpe de Estado. 2018-2020, p.
262, yo soy si Tú eres ediciones, La Paz, 2021.
[4] Definición de llunk’u: aquel cuyo único
mérito consiste en masturbar el ego del jefe, disfrazando esa destreza en la
famosa meritocracia que tanto reclama la clase media. Eso lo vimos recientemente
en el vergonzoso agasajo honorífico que le hace el canciller Aramayo al
presidente Rodrigo Paz, premiándole con el “Cóndor de los Andes”, destinado a
destacadas personalidades que el propio Estado condecora (no a la
autocondecoración), exhibiendo la consecuencia del vacío cultural y moral de
una élite política adicta a los honores inmerecidos.
Publicado en Derechos Humanos, Internacionales, Pueblos Originarios, Trabajadoras/es
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