Mostrando entradas con la etiqueta Estado. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Estado. Mostrar todas las entradas

domingo, 21 de marzo de 2021

MARX Y LA COMUNA: EL TIEMPO DEL RELOJ Y EL TIEMPO DE LAS CEREZAS

 


Miguel Romero

13 marzo 2021

A la memoria de Ramón Fernández Durán,
 recordando los buenos ratos compartidos en nuestros “tiempos de las cerezas”.

J’aimerai toujours le temps des cerises Et le souvenir que je garde au cœur ! (...) Mais il est bien court le temps des cerises”

(Siempre amaré el tiempo de las cerezas Y el recuerdo que guardo en mi corazón (...) Pero es muy corto el tiempo de las cerezas). Letra de Jean-Baptiste Clément. Música de Antoine Renard (1866)1/

“Lo que tenemos que hacer ahora es la crítica despiadada de todo el orden establecido, despiadada en el sentido de que la crítica no teme ni a sus propias conclusiones, ni al conflicto con los poderes existentes” (Marx, 1843).

Venerada en discursos y conmemoraciones pero ignorada en la práctica de todas las revoluciones del siglo XX, desde la revolución rusa a la revolución cubana, La guerra civil en Francia es una obra fundamental del marxismo. Si puede hablarse de una “política marxista”, su base teórica está en la “trilogía francesa” que forma junto con Las luchas de clases en Francia y El 18 brumario de Luis Bonaparte, y de la que constituye la conclusión: para Marx, el proyecto revolucionario para la “emancipación del Trabajo” se encarna en la Comuna de París.

La guerra civil en Francia no es un texto de historia, ni de teoría política. Es una crónica de periodismo militante, terminada dos días después de la masacre que destruyó a la Comuna. Fue escrita con el objetivo de dar a conocer urgentemente al movimiento obrero una gesta excepcional, que era vital que comprendiera e hiciera suya unitariamente, frente a la contraofensiva reaccionaria y la avalancha de represión y calumnias que, tras la derrota, se difundirían sobre ella por toda Europa. Quizás Marx pensó que las lecciones de la Comuna podrían ser un patrimonio común compartido por todas las corrientes de la Internacional, superando así sus divisiones internas; eso explicaría que apenas aluda a las polémicas dentro de la Internacional, pese a que entonces se había enconado la batalla fraccional con la corriente encabezada por Bakunin. Pero no fue así: la Internacional se autodestruiría, y se disolvería oficialmente en 1876, inaugurando una larguísima serie de experiencias del movimiento obrero en las que las fracciones han sido más fuertes que la vida.

Ese carácter de crónica de urgencia permite comprender que algunos hechos aparezcan excesivamente comprimidos –como, por ejemplo, la etapa que transcurren entre el 18 de marzo, en que se considera que nace la Comuna, y el 26 de marzo, fecha de su proclamación formal, un período confuso y contradictorio2/, con sucesivos intentos fracasados de negociación con el gobierno de Versalles, unas elecciones con baja participación, etc.–; otros estén subvalorados –por ejemplo, el papel de los organismos locales y barriales, políticos y militares, que actuaron frecuentemente con un alto grado de autonomía respecto a los organismos centrales, sin los cuales no pueden entenderse la creatividad y la fuerza social del proceso, aunque también su desorden-; y en fin, otros apenas sean nombrados –como, particularmente, las mujeres comuneras, que tuvieron un papel político importante, más allá de las tareas “femeninas”: atención a heridos y otros servicios de retaguardia, sufrieron la represión y concentraron un odio especial en las campañas de calumnias tras la derrota. Vale la pena, en este caso, recordar algunos datos: de las 35.000 personas juzgadas después de la derrota, 1.050 eran mujeres, 70% obreras. Las que fueron llamadas “petroleras” –con propósito de insultarlas, aunque el nombre fue asumido con orgullo y hoy es reivindicado por el feminismo en Francia– estaban agrupadas, primero en el Comité de Mujeres que llegó a contar con 1.500 afiliadas y posteriormente en la Unión de Mujeres para la Defensa de París. Algunas de estas mujeres, como Louise Michel, Sophie Poirier, Béatrix Excoffon, Paule Mink... tuvieron un papel protagonista en los clubs de debates y fueron reconocidas oradoras políticas. No suele incluirse entre los logros de la Comuna el decreto de abril que dio derecho a recibir a una pensión a las viudas e hijos de los guardias nacionales caídos en combate, sean o no “legítimas” y “reconocidos”. En las condiciones de la época, esta medida constituyó una brecha en el sistema de relaciones familiares impuesto por el Código napoleónico y una medida liberadora para las mujeres, aunque en ningún caso éstas tenían derechos iguales a los de los hombres (Godineau, 2010: 155).

En todo caso, estas limitaciones, no desmienten el análisis de Marx y sus conclusiones, que se basan fundamentalmente en hechos confirmados por los estudios históricos posteriores.

La Comuna tuvo una existencia muy breve, apenas setenta y dos días, el “tiempo de las cerezas”. Puede considerarse una temeridad que de una experiencia tan excepcional y tan breve, Marx concluya en cuestiones básicas para el proyecto revolucionario. Pero el tiempo de las revoluciones no es el tiempo de los relojes.

En sus Tesis de filosofía de la historia, Walter Benjamin rememora un acontecimiento de gran fuerza simbólica que tuvo lugar en la “revolución de las barricadas” de julio de 1830: “La consciencia de estar haciendo saltar el continuum de la historia es peculiar de las clases revolucionarias en el momento de su acción (...) Cuando llegó el anochecer del primer día de lucha, ocurrió que en varios sitios de París, independiente y simultáneamente, se disparó sobre los relojes de las torres” (Benjamin, 1940). La voluntad de detener el tiempo “homogéneo y vacío”3/, que es el tiempo del cronómetro, dominado por el poder establecido, e imponer otro tiempo vertiginoso y convulso, determinado por la propia lucha, está presente en todas las revoluciones, tanto más cuando la iniciativa viene de abajo.

Las revoluciones son para los pueblos como la música para Charlie Parker en el maravilloso cuento que le dedicó Julio Cortázar. Por ejemplo, en esta conversación entre Johnny Carter [Charlie Parker] y Bruno [Cortázar]. Dice Johnny: “Bruno si yo pudiera solamente vivir como en esos momentos, o como cuando estoy tocando y también el tiempo cambia... Te das cuenta de lo que podría pasar en un minuto y medio. Entonces un hombre, no solamente yo sino ésa, tú y todos los muchachos, podrían vivir cientos de años, si encontráramos la manera podríamos vivir mil veces más de lo que estamos viviendo por culpa de los relojes (...)”. Y Bruno comenta: “(cuando Johnny me lo está diciendo) siento que hay algo que quiere ceder en alguna parte, una luz que busca encenderse, o más bien como si fuera necesario quebrar alguna cosa, quebrarla de arriba abajo, como un tronco metiéndole una cuña y martilleando hasta el final” (Cortázar, 1996: 233-234).

Pero éstos son períodos efímeros: el tiempo de la resistencia tras una derrota, y también el de la construcción de un poder revolucionario tras una victoria, son tiempos largos, en los que la energía popular se concentra en la “vida cotidiana” y la iniciativa política tiende a establecerse en instituciones de representación, cuyas relaciones con la base popular son siempre conflictivas, cuando no contradictorias. Los relojes rotos se reparan y el desafío es proseguir la obra revolucionaria cuando el tiempo vuelve a medirse al ritmo del calendario. La interpretación de Marx sobre la Comuna no contempla estos problemas. Marx se refiere al comienzo y a la meta de la emancipación. Cada revolución tiene que inventar su ruta.

Escribe Daniel Bensaïd: “La Comuna es un acontecimiento político complejo, en el que se articulan y se anudan tiempos y espacios discordantes y múltiples motivaciones políticas estrechamente mezcladas: un movimiento de revuelta patriótica contra la ocupación extranjera, una sublevación de la opinión republicana contra Versalles, un movimiento de rebelión contra el Estado parasitario, un movimiento revolucionario contra la burguesía y el capital” (Bensaïd, 2008)4/.

El propósito de este artículo es presentar y dialogar con las ideas de Marx sobre esa compleja trama de movimientos, reduciendo al mínimo imprescindible la narración histórica. Este propósito sólo se logrará, en el mejor de los casos, de una forma muy limitada. Afortunadamente es fácil encontrar en internet (por ejemplo en: http://www.ucm.es/info/bas/es/marx-eng/71gcf/index.htm). La guerra civil en Francia. Me conformo con que el artículo anime a leerlo a quien no lo conozca. Releerlo es un placer que no necesita de estímulos suplementarios.

1- El descubrimiento

He aquí su verdadero secreto: la Comuna era esencialmente un Gobierno de la clase obrera, fruto de la lucha de la clase productora contra la clase apropiadora, la forma política al fin descubierta para llevar a cabo dentro de ella la emancipación económica del trabajo. Sin esta última condición, el régimen de la Comuna habría sido una imposibilidad y una impostura. La dominación política de los productores es incompatible con la perpetuación de su esclavitud social. Por tanto, la Comuna habría de servir de palanca para extirpar cimientos económicos sobre los que descansa la existencia de las clases y, por consiguiente, la dominación de clase (Marx, 1981: 236).

“Al fin descubierta”. Es decir, antes no se sabía cuál era el significado político del lema sobre el que se construyó la 1a Internacional: “La emancipación de los trabajadores ha de ser obra de los trabajadores mismos”, un imperativo político-moral que conserva hoy toda su vigencia. Ni siquiera se sabía si esa expresión misteriosa podía tener contenido político y de hecho, el anarquismo, una corriente fundamental del movimiento obrero, se lo negaba. Sólo la lucha social podía construir una respuesta.

Engels se refiere en su introducción de 1891 (Marx, 1981: 190) a este “adelanto” de la formulación de aspiraciones y objetivos, respecto a su comprensión, que sólo puede ser el resultado de la lucha: “Estas reivindicaciones eran más o menos oscuras y hasta confusas, a tono en cada período con el grado de desarrollo de los obreros de París, pero se reducían siempre a la exigencia de abolir los antagonismos de clase entre capitalistas y obreros. A decir verdad, nadie sabía cómo se podía conseguir esto”. Y más adelante: “Nadie sabía a ciencia cierta, ni los mismos obreros, qué había que entender por república social”.

Quienes reprochan a Marx la ausencia de discurso estratégico no entienden que para Marx la estrategia se crea en las luchas concretas, en el movimiento real; a la teoría revolucionaria sólo corresponde la tarea de reconocer el “descubrimiento”, sistematizarlo y, prudentemente, generalizarlo, en la medida en que ello es conveniente, es decir, en la medida en que la generalización no se impone como un protocolo obligado a las revoluciones futuras.

“La forma política”. El carácter “político” de la Comuna fue objeto de grandes controversias en su tiempo entre marxistas y bakuninistas. Pero ésta no es una cuestión ideológica. Marx no inventa este carácter: lo recoge de los propios documentos de la Comuna. Por ejemplo, el Manifiesto del 18 de marzo del Comité Central: “Los proletarios de París en medio de los fracasos y las traiciones de las clases dominantes, se han dado cuenta de que ha llegado la hora de salvar la situación tomando en sus manos la dirección de los asuntos públicos... Han comprendido que es su deber imperioso y su derecho indiscutible hacerse dueños de sus propios destinos tomando el poder” (Marx, 1981: 230). Unos días más tarde, el 22 de marzo, el Diario Oficial de la Comuna, expresa la misma idea desde un punto de vista institucional: “Le incumbe a París hacer respetar la soberanía del pueblo. París ha sido, y debe seguir siendo, definitivamente la capital de Francia, la cabeza y el corazón de la República democrática, y debe velar por la libertad y la tranquilidad públi- cas con la ayuda de la guardia nacional compuesta por todos los ciudadanos, que eligen directamente a sus jefes por sufragio universal”.

Pero “tomar el poder” ha adquirido un significado radicalmente nuevo, tan nuevo que la expresión tradicional resulta confusa. En realidad, “los proletarios de París” no “han tomado” el poder; han destruido el poder existente y han empezado a construir una palanca política para “la dominación de los productores”, para la emancipación y la “soberanía del pueblo” que, según Engels, “ya no era un Estado en el verdadero sentido de la palabra” (Engels, 1875).

2- El Estado

Entonces, ¿qué era un Estado “en el verdadero sentido de la palabra”? ¿Por qué afirma Marx que “Esta nueva Comuna (...) viene a destruir el poder estatal moderno” (Marx, 1981, p. 234)?

El poder estatal en la Europa de la segunda mitad del siglo XIX se había configurado a partir de la derrota de las revoluciones de 1848. La referencia para el análisis de Marx es la instauración en Francia, bajo el mando de Luis Bonaparte, del II Imperio, en el que considera condensadas las características comunes necesarias del Estado cuando “si el proletariado no estaba en condiciones de gobernar a Francia, la burguesía no podía seguir gobernándola”5/. Entre esas características, algunas son propias de ese período histórico, aunque puedan reaparecer en otros, con formas similares y contenidos diversos: este es el caso del bonapartismo, cuando el poder político se autonomiza de las clases sociales, en torno a la figura de un líder, como condición para poder servir más eficazmente a los intereses de la clase dominante. Otras son consideradas por Marx como estructurales del “poder estatal moderno”, en especial, el carácter fundamentalmente represivo y parasitario del Estado “que se nutre a expensas de la sociedad y entorpece su libre movimiento”. El Ejército permanente y la policía son los agentes fundamentales de la represión, basada en el monopolio de las armas. La burocracia es el agente de la función parasitaria. La revolución aparece así como la condición del libre movimiento de la sociedad, para lo cual “los órganos puramente represivos del viejo poder estatal habían de ser amputados, sus funciones legítimas habían de ser arrancadas a una autoridad que usurpaba una posición preeminente sobre la sociedad misma, para restituirla a los servidores responsables de esta sociedad” (Marx, 1981: 234-235).

Marx llama “Estado moderno” al Estado de su tiempo, que no es obviamente el Estado en el tiempo de Gramsci, ni en nuestro tiempo; no sería marxista construir una “teoría marxista del Estado” generalizando los análisis de Marx sobre este tema. Pero sí tiene sentido plantearse si los elementos que Marx considera “estructurales” corresponden al Estado en la sociedad capitalista y, por tanto, continúan vigentes, aunque combinados con otros, mientras el capitalismo exista. En este sentido, Marx plantea el conflicto entre Estado y sociedad de una forma radical, como contradicción entre el “interés común” y el “interés general”, invocado habitualmente para legitimar al Estado: “Cada interés común (gemeinsame) se desglosaba inmediatamente de la sociedad, se contraponía a ésta como interés superior general (allgemeines), se sustraía a la propia actuación de los individuos de la sociedad y se convertía en objeto de la actividad del Gobierno, desde el puente, la casa-escuela y los bienes comunales de un municipio rural cualquiera, hasta los ferrocarriles, la riqueza nacional y las universidades nacionales de Francia.” (Marx, 1968: 143). Así, la posibilidad de que los individuos construyan libremente un “interés común” exige el enfrentamiento con el Estado que pretende expropiarlo. En este sentido hay que interpretar este texto particularmente libertario de Engels: “Mientras que el proletariado necesite todavía del Estado no lo necesitará en interés de la libertad, sino para someter a sus adversarios y tan pronto como pueda hablarse de libertad, el Estado como tal dejará de existir” (Engels, 1875).

La radicalidad de la crítica a la “vieja máquina del Estado” no impide a Marx y Engels ser conscientes de que en el nuevo poder se mantendrían inevitablemente restos de la “vieja máquina” y riesgos de que renacieran los males del pasado. Para Engels “deshacerse” del Estado es una tarea para las generaciones futuras: “En realidad, el Estado no es más que una máquina para la opresión de una clase por otra, lo mismo en la república democrática que bajo la monarquía; y en el mejor de los casos, es un mal que se transmite hereditariamente al proletariado triunfante en su lucha por la dominación de clase. El proletariado victorioso, lo mismo que hizo la Comuna, no podrá por menos que amputar inmediatamente los lados peores de este mal, entretanto que una generación futura, educada en condiciones sociales nuevas y libres, pueda deshacerse de todo ese trasto viejo del Estado” (Marx, 1981: 199-200).

El reconocimiento de ese “mal hereditario” es la condición para poder combatirlo: esa es una de las tareas centrales de la política revolucionaria. Engels llegará a proponer al Partido Socialdemócrata alemán que elimine la expresión “Estado popular” de su programa: “... nosotros propondríamos remplazar en todas partes la palabra Estado por la palabra ‘comunidad’ (Gemeinwesen), una buena y antigua palabra alemana equivalente a la palabra francesa Commune” (Engels, 1875).

Más allá de consideraciones simbólicas, las primeras decisiones de la Comuna tendrán como objetivo combatir esos males: “La Comuna tuvo que reconocer desde el primer momento que la clase obrera, al llegar al poder, no podía seguir gobernando con la vieja máquina del Estado; que, para no perder de nuevo su dominación recién conquistada, la clase obrera tenía, de una parte, que barrer toda la vieja máquina represiva utilizada hasta entonces contra ella, y, de otra parte, precaverse contra sus propios diputados y funcionarios, declarándolos a todos, sin excepción, revocables en cualquier momento.” (Marx, 1981: 198).

La revocabilidad es sólo uno de los elementos la democracia comunera. Desarrollaremos este tema más adelante.

3- Las armas

Si París pudo resistir fue únicamente porque, a consecuencia del asedio, se había desecho del ejército, sustituyéndolo por una Guardia Nacional, cuyo principal contingente lo formaban los obreros. Ahora se trataba de convertir este hecho en una institución duradera. Por eso, el primer decreto de la Comuna fue suprimir el ejército permanente y sustituirlo por el pueblo armado (Marx, 1981: 233).

Éste es uno de los párrafos en que Marx comprime un período relativamente prolongado –más de siete meses, entre el 4 de septiembre y el primer decreto de la Comuna, a finales de marzo– en el que hay episodios que deben ser destacados.

Recordemos: el 4 de septiembre de 1870, inmediatamente después de la derrota de Sedán, con Napoleón y la mayoría de su ejército prisionero de Prusia, se proclama la República y a su frente un Gobierno de Defensa Nacional, integrado por militares y políticos republicanos, sin ninguna participación de personas representativas de la resistencia popular. París comienza a sufrir un cerco que engendrará sufrimientos terribles a la población bombardeada y hambrienta. “París campamento. París sepulcro. París prisión”, escribe Víctor Hugo. El “campamento” terminará siendo decisivo.

Para hacer frente al asedio, se ha reforzado la Guardia Nacional, multiplicando por cuatro sus efectivos, hasta alcanzar entre 200 y 300.000 hombres, y mujeres, armados, en una ciudad de poco más de dos millones de habitantes. La Guardia Nacional elige a sus responsables, que forman un Comité Central, que asumirá de hecho la representación del pueblo de París hasta que la cede a la Comuna.

Esta milicia ciudadana tiene una escasa formación militar, pero una fuerza política potencial muy grande, porque está armada y es autónoma respecto al Gobierno. Nace así un embrión de poder alternativo, que se combina y se refuerza mutuamente con los comités republicanos de vigilancia que surgen en cada distrito, en principio para apoyar al gobierno y a las autoridades locales en la tareas de defensa, pero que incorporan inmediatamente reivindicaciones propuestas por los militantes revolucionarios: entre ellas, el control popular de todas las medidas adoptadas para la defensa, el control de la Guardia Nacional sobre la policía, la mejora del abastecimiento de la población...

El 15 de septiembre, cincuenta delegados de los comités firman el “affiche rouge” –primero de una serie de “carteles rojos” que señalan momentos importantes de la historia de las luchas populares en Francia- que se pegará en las paredes de París, y que concluye reclamando la constitución de una Comuna, recordando así a la Comuna insurreccional de los sans-culottes de 1792.

Así, la fuente de legitimidad de la resistencia frente a las tropas prusianas es la revolución que ha proclamado la República el 4 de septiembre y el objetivo fundamental es la defensa nacional. Pero se va desarrollando una batalla entre el pueblo de París en armas y el gobierno republicano por quien encarna esa legitimidad y es capaz de realizar ese objetivo.

En esa batalla las armas tienen un papel fundamental. El armamento popular crea las condiciones materiales para que dentro del objetivo patriótico aparentemente compartido se vaya diferenciando una alternativa política al gobierno republicano. En este sentido, es interesante el enfoque de la AIT sobre las relaciones entre el movimiento popular y el gobierno en la primera etapa del asedio: “Cualquier intento de derribar al nuevo gobierno en el trance actual, con el enemigo llamando casi a las puertas de París, sería una locura desesperada. Los obreros franceses deben cumplir su deber de ciudadanos”. Pero al mismo tiempo “que aprovechen serena y resueltamente las oportunidades que les brinda la libertad republicana para trabajar más a fondo en la organización de su propia clase. Esto les infundirá nuevas fuerzas hercúleas para la regeneración de Francia y para nuestra obra común: la emancipación del trabajo” (Manifiesto, 1870).

Los meses posteriores van a conocer diversos alzamientos insurreccionales sin éxito del pueblo de París, agotado e indignado por el asedio y cada vez más consciente de la incapacidad del gobierno republicano para la defensa.

El 18 de marzo, el gobierno decide pasar a la ofensiva y apoderarse de los cañones que constituían el principal armamento de la Guardia Nacional. “El armamento de los obreros”, dice Engels, los constituye en “una fuerza dentro del Estado”, y por eso “el desarme de los obreros era el primer mandamiento de los burgueses que se hallaban al frente del Estado” (Marx, 1981: 190).

Pero el pueblo no solamente quiere mantener su propio armamento; además considera que esos cañones le pertenecen porque fueron comprados por suscripción popular; una muestra concreta del conflicto entre el “interés común” y el “interés general”.

En Montmartre, la reacción popular hace fracasar la operación militar: sol- dados, comuneros y comuneras confraternizan en las calles. París se cubre de barricadas. Así estalla el conflicto de legitimidades entre el gobierno republicano y el pueblo de París, entre el “Estado” y la “sociedad”. El gobierno tiene que abandonar París que se constituye en Comuna6/.

A veces se presenta el 18 de marzo como un ejemplo de que acontecimientos relativamente menores e imprevisibles son capaces de desencadenar procesos revolucionarios. Así ha sucedido en muchas ocasiones, pero hay que cuidarse de la tentación de dar una importancia excesiva a la “chispa” respecto a las condiciones sociales y políticas, creadas en la etapa anterior, que permiten que el fuego prenda. En realidad, el 18 de marzo es el fruto de un proceso que empezó muchos meses antes, el 4 de septiembre de 1870, con la proclamación de la República y el desarrollo de los comités republicanos de vigilancia en los barrios de París.

4- El programa

La gran medida social de la Comuna fue su propia existencia, su labor (Marx, 1981, p. 241).

El programa de la Comuna no responde a ninguna ideología, estrategia, ni analogía histórica. Incluso la palabra programa, en la medida en que se utiliza habitualmente para un proyecto elaborado antes de su realización y que sirve de guía para la práctica, hay que usarla entrecomillada. El programa de la Comuna fue lo que hizo, respondiendo a la experiencia concreta de la población comunera y también reaccionando ante las acciones y provocaciones del enemigo. Por ejemplo, su internacionalismo está más que en proclamas, en el nombramiento del alemán Leo Frankel, como ministro de Trabajo y de los polacos Dombrowskiy Wróblewski como responsables de la defensa de París, o en el derribo de la columna Vêndome.

Algunas debilidades y errores importantes pueden explicarse como con- secuencia de este carácter empírico. Pero, sobre todo, la fuerza, la capacidad de creación y la unidad de la Comuna nacieron y se alimentaron de esta conexión inmediata con las opiniones y las demandas concretas populares.

La combinación natural de objetivos democráticos, patrióticos e internacionalistas, de construcción de la nación y de ruptura simbólica con el Imperio, de expropiación de fábricas y de desarrollo de economías cooperativas... asombra por su audacia y por la inteligencia con las que en la propia lucha por ellos se iban constituyendo social y políticamente el sujeto revolucionario comunero.

Toda esta riqueza se pierde si se la somete a un juicio ideológico. Así hizo Lenin en Las dos tácticas de la socialdemocracia en la revolución rusa (1905) al criticar a la Comuna por haber “confundido los objetivos de la lucha por la república con los de la lucha por el socialismo"; "por esta razón es un gobierno al que el nuestro (el futuro gobierno democrático revolucionario ruso) no debe parecerse”7/. Años después, en El Estado y la revolución (1917), Lenin cambió radicalmente y basó en la Comuna el proyecto de poder revolucionario que trágicamente no pudo realizarse.

Marx da una fundamentación teórica de este proceso, que contiene también un debate complejo, y actual, sobre las condiciones sociopolíticas para el desarrollo de las luchas emancipatorias: “La clase obrera no esperaba de la Comuna ningún milagro. Los obreros no tienen ninguna utopía lista para implantarla par décret du peuple. Saben que para conseguir su propia emancipación y con ella esa forma superior de vida hacia la que tiende irresistiblemente la sociedad actual por su propio desarrollo económico, tendrán que pasar por largas luchas, por toda una serie de procesos históricos que transformarán completamente las circunstancias y los hombres. Ellos no tienen que realizar ningunos ideales, sino simplemente dar suelta a los elementos de la nueva sociedad que la vieja sociedad agonizante lleva en su seno” (Marx, 1981: 237).

Dejemos de lado las expresiones deterministas (“tiende irresistiblemente”...). La sustancia del planteamiento de Marx está en afirmar que el sujeto revolucionario y los objetivos fundamentales de su proyecto están ya presentes, pero como hibernados en la sociedad burguesa, hasta que una crisis los despierta, les “da suelta”, revela el proyecto revolucionario a sus protagonistas y permite poner en común el aprendizaje realizado en las resistencias frente a la dominación.

No es fácil seguir a Marx en este razonamiento. Si la emancipación “tendrá que pasar... por toda una serie de procesos históricos que transformarán completamente las circunstancias y los hombres” parecería que esos “elementos de la nueva sociedad” están en el seno de la “vieja sociedad” de una forma muy primaria, informe y desarticulada, y por tanto no bastaría con “darles suelta”. Pero a la vez, se entiende bien que el desarrollo fulgurante de la organización, la economía moral y la inteligencia política de las y los comuneros no puede ser creado de la nada en la propia crisis, y debe estar relacionado con la experiencia y la organización de los conflictos sociales en el tiempo anterior, bajo el dominio de la “vieja sociedad”.

Puede plantearse una interpretación razonable de la idea de Marx integrando dos elementos contradictorios que caracterizan a todos los procesos revolucionarios: por una parte, tiene que existir una fuerza social con la capacidad material, las experiencias de lucha y las condiciones políticas potenciales para hacer frente con éxito a la dominación burguesa; por otra parte esa fuerza social existe en condiciones de explotación y opresión, que la contaminan de los valores, ideologías, prejuicios de las clases dominantes y obstaculizan su papel como dirección revolucionaria. En el período crítico de la lucha por el poder, todas las potencialidades liberadoras, creativas, solidarias se desarrollan libremente y pueden hacer avanzar el proceso emancipatorio hasta cierto punto, en el mejor de los casos, hasta la toma del poder. Pero el nivel alcanzado no es estable; quienes comienzan la revolución tendrán que pasar “por largas luchas, por toda una serie de procesos históricos que transformarán completamente las circunstancias y los hombres” para culminarla. La Comuna no tuvo tiempo más que para mostrar cuál podía ser el comienzo de ese camino.

Para Marx es vital la necesidad de un tiempo largo para el desarrollo de un proceso revolucionario, precisamente porque éste, al basarse en el aprendizaje por la experiencia, se equivoca, avanza y retrocede, tiene que aprender a rectificar. Así lo expresa en un párrafo formidable del 18 brumario:

Las revoluciones burguesas, como la del siglo XVIII, avanzan arrolladoramente de éxito en éxito, sus efectos dramáticos se atropellan, los hombres y las cosas parecen iluminados por fuegos de artificio, el éxtasis es el espíritu de cada día; pero estas revoluciones son de corta vida, llegan en seguida a su apogeo y una larga depresión se apodera de la sociedad, antes de haber aprendido a asimilarse serenamente los resultados de su período impetuoso y agresivo. En cambio, las revoluciones proletarias como las del siglo XIX, se critican constantemente a sí mismas, se interrumpen continuamente en su propia marcha, vuelven sobre lo que parecía terminado, para comenzarlo de nuevo, se burlan concienzuda y cruelmente de las indecisiones, de los lados flojos y de la mezquindad de sus primeros intentos, parece que sólo derriban a su adversario para que éste saque de la tierra nuevas fuerzas y vuelva a levantarse más gigantesco frente a ellas, retroceden constantemente aterradas ante la vaga enormidad de sus propios fines, hasta que se crea una situación que no permite volverse atrás y las circunstancias mismas gritan: Hic Rhodus, hic salta! (Marx, 1968: 16-17).

La función esencial de la democracia en el proceso emancipatorio encuentra aquí poderosas razones de carácter práctico: para Marx la revolución no es una marcha triunfal, con la dirección marcada por el dedo imperativo del líder carismático, como una de esas horribles estatuas de la imaginería burocrática; es un proceso inseguro, arriesgado, experimental, autocrítico, sometido a prueba en ensayos con aciertos y errores... Sólo puede avanzar en condiciones de plena libertad y participación popular permanente.

En fin, cada revolución es un proceso original; se mueve desde su propia dinámica y no se deja guiar por analogías históricas. En el 18 brumario, Marx lo expresa de una forma muy polémica: “La revolución social del siglo XIX no puede sacar su poesía del pasado, sino solamente del porvenir. No puede comenzar su propia tarea antes de despojarse de toda veneración supersticiosa por el pasado. Las anteriores revoluciones necesitaban remontarse a los recuerdos de la historia universal para aturdirse acerca de su propio contenido. La revolución del siglo XIX debe dejar que los muertos entierren a sus muertos, para cobrar conciencia de su propio contenido” (Marx, 1968: 15). Michael Löwy hace una interpretación de este párrafo que no comparto: “¿Se puede afirmar, como hace algunos párrafos más adelante, que las revoluciones proletarias no pueden tomar su poesía del pasado –como las revoluciones burguesas–, sino solamente del porvenir? Tal no parece ser el caso, ya que la Comuna de París se refiere sin cesar a la de 1794 y la Revolución de Octubre a la Comuna de París (y así sucesivamente). Marx con esta formulación quería probablemente desembarazar al movimiento obrero socialista de la pesada herencia jacobina?” (Löwy, 2010).

En mi opinión, los vínculos genuinos de las revoluciones con el pasado son de carácter moral (el deber de solidaridad hacia los que fueron vencidos) y simbólico (reconocer el sentido de los combates que nos precedieron, aun- que hayan terminado en derrotas). Además, el estudio de las revoluciones, en su contexto, para intentar comprender lo que hicieron y por qué lo hicieron, enriquece sin duda el bagaje teórico militante.

Pero en el párrafo citado Marx se está refiriendo a la política; sólo así puede entenderse una expresión tan brutal como “dejar que los muertos entierren a sus muertos”. Sin entrar en temas que están fuera de los límites de este artículo, no veo que la Comuna de 1871 se refiera “sin cesar” a la de 17928/. La adoptó inicialmente como símbolo y reconocimiento a la deuda moral con el heroísmo de los sans culottes, y luego creó, sin analogías, su propia política, y su propia poesía, en la búsqueda de la emancipación futura, arrebatando a la clase dominante, como propone David Harvey, esa capacidad poderosísima de los seres humanos que nos faculta para imaginar con anticipación lo que queremos hacer (Harvey, 2003).

5- Las tareas

La admiración de Marx y Engels por los decretos y decisiones de la Comuna se siente en cada frase de sus textos.

Engels le pone fecha a las decisiones que se van adoptando desde el 28 de marzo (Marx, 1981, p. 193) y el asombroso compendio es la mejor prueba de la aceleración del tiempo que producen las revoluciones.

Marx rinde homenaje a uno de los grandes hechos de la Comuna: “Y para marcar nítidamente la nueva era histórica que conscientemente inauguraba, la Comuna, ante los ojos de los vencedores prusianos, de una parte, y del ejército bonapartista mandado por los generales bonapartistas, de otra, echó abajo aquel símbolo gigantesco de la gloria marcial que era la columna de Vêndome” (Marx, 1981: 241). La gesta es además heroica: la columna fue derribada el 16 de mayo, cuando ya la Comuna estaba al borde del agotamiento y de la derrota, ejecutada por las armas de Versalles, con la colaboración prusiana.

Tienen especial interés los análisis y comentarios sobre las medidas de carácter económico-social. También los errores que en la opinión de Marx y Engels se cometieron. Ambos temas tienen relación con dos de los debates fundamentales sobre la Comuna: su carácter de clase y la ausencia de una vanguardia política. Éstos van a ser los temas de este punto.

Recordemos las medidas económico-sociales más significativas: Entrega a las asociaciones obreras, a reserva de indemnización, de todos los talleres y fábricas cerradas, lo mismo si sus patronos habían huido que si habían optado por parar el trabajo, y organización de su reapertura con los obreros que antes trabajaban en ellas, organizados en cooperativas, que se proyectaba agrupar en una unión nacional; supresión de las oficinas privadas de empleo, monopolio de los explotadores vinculados con la policía y posterior municipalización del servicio de empleo; condonación de alquileres de octubre de 1870 a abril de 1871 y considerar a cuenta de pagos futuros las cantidades ya abonadas; clausura de las casas de empeño, “basándose en que eran una forma de explotación privada de los obreros en pugna con el derecho de éstos a disponer de sus instrumentos de trabajo y de crédito”; expropiación y nacionalización de todos los bienes de la Iglesia “fuerza espiritual de la represión”, etc. Sobre las medidas respecto al campesinado –un aliado fundamental en un país aún muy mayoritariamente agrario, decisivo para la acción nacional de las provincias contra Versalles, uno de cuyos apoyos fundamentales era la patronal de los grandes propietarios, los llamados rurales– Marx las plantea más como proyecto, como problemas “que sólo la Comuna era capaz de resolver, y que al mismo tiempo estaba obligada a resolver” (Marx, 1981: 239). La derrota llegó antes de que pudiera hacerlo.

¿Cómo interpretar la lógica estas medidas, cuya “sagacidad y moderación, hubieron de limitarse necesariamente a lo que era compatible con la situación de una ciudad sitiada” (Marx, 1981: 241)? Pueden entenderse como el programa de un "Gobierno obrero" que busca tácticamente la alianza con otros sectores sociales. Pero pueden entenderse también, y a mi parecer con más razón, como el conjunto de demandas populares que vienen de abajo y entran naturalmente en las acciones de un Gobierno plebeyo, “la verdadera representación de todos los elementos sanos de la sociedad francesa y, por consiguiente, el auténtico Gobierno nacional” (Marx 1981: 249). Marx considera que este gobierno es, a la vez, un “Gobierno obrero”. Hay aquí un debate interesante.

Como es sabido, Marx nunca hizo una definición formal de clase social: su tema es el conflicto entre las clases. En La guerra civil en Francia encontramos muchas expresiones diferentes, aunque no contradictorias sobre la clase obrera: “proletarios”, “el trabajo”, “la inmensa mayoría que trabaja (frente a los pocos que viven del trabajo ajeno)”, “clase productora”, etc. Estas expresiones flexibles, nada corporativas, responden a la realidad social del París de la época, en el que, si bien el 70% de la población trabaja en actividades comerciales o industriales, “se pasa fácilmente de un oficio a otro o de un status a otro. La gran mayoría de los obreros trabajan en talleres que pueden contar con un ‘patrón’ y uno o dos asalariados y las pasare- las son numerosas entre los pequeños patronos y los obreros” (Godineau, 2010: 50).

La composición de la Comuna refleja también este pluralismo social. Entre sus 79 miembros había: “25 obreros de los cuales trece solamente de la Internacional (que) representaban el pensamiento, el esfuerzo, el honor del proletariado de París (...) La gran mayoría revolucionaria eran por consiguiente pequeñoburgueses, empleados, contables, médicos, enseñantes, juristas, publicistas, de los que llegó a haber doce (...) La mayor parte de los elegidos eran muy jóvenes; algunos tenían como mucho veinticinco años” (Lissagaray, 1969: 172).

Dice Marx que la “clase obrera” era: “reconocida como la única clase con capacidad de iniciativa social, incluso por la gran masa de la clase media parisina –tenderos, artesanos, comerciantes– con la sola excepción de los capitalistas ricos”. (Marx, 1981: 238). Es verosímil teniendo en cuenta que en 1869 y 1870 se habían desarrollado en París importantes huelgas de trabajadores de la madera, curtidores, de las fundiciones de hierro, de refinerías... reclamando derechos y mejoras salariales. Además, las organizaciones sindicales agrupadas en la Cámara Federal de Sociedades Obreras, vinculada a la AIT, llegaron a agrupar en 1870 a 30.000 afiliados. Una cifra similar se atribuye a la sección francesa de la AIT (Godineau, 2010: 19-20).

Pero aunque estos datos deben ser valorados, Marx hace un discurso voluntarista cuando afirma: “¡La Comuna, exclaman, pretende abolir la propiedad, base de toda civilización! Sí caballeros, la Comuna pretendía abolir esa propiedad de clase que convierte el trabajo de muchos en la riqueza de unos pocos. La Comuna aspiraba a la expropiación de los expropiadores. Quería convertir la propiedad individual en una realidad, transformando los medios de producción, la tierra y el capital, que hoy son fundamentalmente medios de esclavización y de explotación del trabajo, en simples instrumentos de trabajo libre y asociado. ¡Pero eso es el comunismo, el irrealizable comunismo!”9/ (Marx, 1981, p. 237). Ésta es una atribución de intenciones sin base en la realidad, próxima a los ramalazos de determinismo historicista que aparecen en algún momento en el texto –“Plenamente consciente de su misión histórica y heroicamente resuelta a obrar con arreglo a ella, la clase obrera...” (Marx, 1981: 237)–.

También tiene relación este enfoque con la definición de la Comuna como “dictadura del proletariado”. Al menos, esta caracterización puede servir para mostrar las contradicciones radicales entre la “dictadura del proletariado” de 1871 y las que adoptaron ese nombre en el siglo XX (Debord et alt., 1962). Daniel Bensaïd trata ampliamente este tema en el texto incluido en la bibliografía y me ahorra volver ahora sobre él.

Veamos ahora los tres errores principales señalados por Marx.

¡Qué flexibilidad, qué iniciativa histórica y qué capacidad de sacrificio tienen estos parisienses! Después de seis meses de hambre y de ruina, originadas más bien por la traición interior que por el enemigo exterior, se rebelan bajo las bayonetas prusianas, ¡como si no hubiera guerra entre Francia y Alemania, como si el enemigo no se hallara a las puertas de París! ¡La historia no conocía hasta ahora semejante ejemplo de heroísmo! Si son vencidos, la culpa será, exclusivamente, de su ‘buen corazón’. Se debía haber emprendido sin demora la ofensiva contra Versalles, en cuanto Vinoy, y tras él la parte reaccionaria de la Guardia Nacional, huyeron de París. Por escrúpulos de conciencia se dejó escapar la ocasión. No querían iniciar la guerra civil, ¡como si el mischievous avorton [malvado engendro] de Thiers no la hubiese comenzado ya cuando intentó desarmar a París! (Marx, 1871).

Hay que leer la cita completa: el error se señala después de la admiración. Y se atribuye fraternalmente al “buen corazón”. Hay algo de esto en todas las revoluciones sociales: un deseo de evitar la violencia y la guerra, que viene de la clara conciencia de quienes siempre terminan siendo sus principales víctimas y de los valores de convivencia de la sociedad que se quiere construir; incluso, la magnanimidad de la Comuna le hizo autorizar la participación en las elecciones del 26 de marzo de representantes de quienes habían enviado tropas unos días antes para desarmarla. Pero hay circunstancias en las que es imperativo reconocer la violencia consustancial del enemigo y aprovechar la ocasión de desarmarle. No podemos saber cuál habría sido el resultado de esa no realizada ofensiva el mismo 18 de marzo contra Versalles, con sus tropas desmoralizadas, mal armadas, en retirada y en parte confraternizando con la Guardia Nacional, ni cómo habría reaccionado Prusia si la Comuna hubiera vencido. Pero es verdad que parece haber aquí una equivocación importante y de graves consecuencias unas semanas después.

También se entiende que se considere un error el “respeto” al Banco de Francia. Engels lo destaca aún con más fuerza que Marx. “Lo más difícil de comprender es indudablemente el santo temor con que aquellos hombres se detuvieron respetuosamente en los umbrales del Banco de Francia. Fue éste además un error político muy grave. El Banco de Francia en manos de la Comuna hubiera valido más que 10.000 rehenes” (Marx, 1981: 196).

¿Por qué ese “santo temor”? Debord, Kotànyi y Vaneigem dan una explicación convincente y de alcance general: “El mito de la propiedad y el robo protege al Banco de Francia” que siguió siendo “un enclave de los versalleses en París”. Y concluyen: “La Comuna ha sido vencida más que por la fuerza de las armas, por la fuerza de la costumbre (...) La verdadera quinta columna está en el espíritu mismo de los revolucionarios. El viejo mundo conserva sus bases (la ideología, el lenguaje, las costumbres, los gustos) en el desarrollo de sus enemigos y se sirve de ello para reconquistar el terreno perdido” (Debord et alt., 1962).

La generalización es brillante; plantea debates necesarios, e inquietantes, y desafíos actuales. Pero centrándonos en lo que se refiere a la Comuna, este error me parece una prueba de que sus medidas económicas venían “de abajo” y respondían a aspiraciones inmediatas, fruto de la experiencia cotidiana, más que a cálculos políticos. “Los insurgentes se consideraban dueños de su propia historia no tanto en el terreno político ‘gubernamental’ como en la vida cotidiana” (Debord et alt., 1962). Ahí estuvo su fuerza, pero también debilidades importantes.

Llama la atención que en la carta a Kugelman, citada anteriormente, Marx no se refiera al error del Banco de Francia, y en cambio añada otro que no está ni siquiera aludido en La Guerra Civil...: “El segundo error consiste en que el Comité Central renunció demasiado pronto a sus poderes, para ceder su puesto a la Comuna. De nuevo ese escrupuloso pundonor llevado al colmo”. No se entiende bien el razonamiento de Marx. La composición del Comité era social y políticamente muy similar a la de la Comuna. Quizás Marx piensa que el Comité debería haber concentrado sus esfuerzos en la ofensiva contra Versalles en vez de convocar elecciones inmediatas. Pero es justo que el Comité considerara su mandato representativo como excepcional y temporal, justificado por el papel de la Guardia Nacional durante el cerco de París. Convocar elecciones por sufragio universal inmediatamente después de la huida de las tropas de Versalles tenía una fuerza potencial democrática y movilizadora considerable. También es verdad que resultó ser sólo potencial, porque la abstención fue superior al 50% y sólo en los barrios populares hubo una participación más elevada (Godineau, 2010: 44-45). En fin, otro debate abierto. Ya decía Bensaïd, que la Comuna es una “causa no archivada”.

Esto nos lleva a enlazar con otro tema polémico: la ausencia de “vanguardia política” en la Comuna. Dice Marx en la carta a Kugelman: “De cualquier manera, la insurrección de París, incluso en el caso de ser aplastada por los lobos, los cerdos y los viles perros de la vieja sociedad, constituye la proeza más heroica de nuestro partido desde la época de la insurrección de junio. Que se compare a estos parisienses, prestos a asaltar el cielo, con los siervos del cielo del sacro Imperio romano germánico-prusiano, con sus mascaradas antediluvianas, que huelen a cuartel, a iglesia, a junkers y, sobre todo, a filisteísmo” (Marx, 1871). Una vez más, la cita merece leerse completa, pero destaca en ella la expresión: “constituye la proeza más heroica de nuestro partido desde la época de la insurrección de junio”.

¿Qué “partido”? Marx utiliza habitualmente la expresión “partido” con dos significados: como movimiento de la clase en obrera en sentido histórico y como organización política concreta. Aquí parece claro que está utilizando el primer sentido, puesto que lo refiere también a la insurrección de junio de 1848. Si es así, puede deducirse que Marx no daba mucha importancia a que en la Comuna no hubiera un partido dirigente en el sentido concreto del término, ni siquiera el suyo, la AIT.

En todo caso, la ausencia de vanguardia política es un dato muy significativo. La Comuna “no tuvo jefes, cuando tenerlos era una idea dominante” (Debord et alt., 1962). Casi todas las corrientes políticas se definían con el nombre de su jefe (una desgraciada costumbre que ha seguido hasta hoy, dicho sea entre paréntesis, con sentidos cada vez más ridículos): “blanquistas”, “lasallianos”, “jacobinos”, “proudhonianos”... la etiqueta “socialistas internacionalistas” agrupaba a los “independientes” de la AIT, más o menos vinculados con la ideas del Consejo General y, en ese sentido, de Marx. Pero no había entonces sectores políticos significativos que pudieran calificarse como “marxistas”, o “bakuninistas”.

Todas estas corrientes tuvieron una presencia significativa en el movimiento de la Comuna, y antes de él, en los comités de base, los clubs, los periódicos o en el propio organismo comunal. Pero ninguno aspiró a dirigir el movimiento y todos se limitaron a tratar de influir con sus propuestas, en muchos casos, como destacan Marx y Engels irónicamente refiriéndose a “blanquistas” y “proudhonianos”, contrarias a su “ideología”.

¿Fue una debilidad de la Comuna? ¿Una vanguardia habría decidido ata- car Versalles el 18 de marzo, arrebatar el Banco de Francia a los versalleses y nacionalizarlo...? Pero, ¿y qué más habría decidido, qué errores en otros momentos habría cometido?

No tiene ningún interés especular con el pasado. Está claro que la Comuna no tuvo tiempo para afrontar los problemas de la participación legítima y necesaria de las organizaciones y corrientes políticas en ella. Pero a mi parecer está claro también que fue “la forma política al fin descubierta para llevar a cabo dentro de ella la emancipación económica del trabajo” porque no estuvo sometida a ninguna vanguardia.

6- La democracia

Nada podría ser más ajeno al espíritu de la Comuna que sustituir el sufragio universal por una investidura jerárquica (Marx 1981: 235).

Para Marx hay dos principios democráticos básicos en las instituciones políticas de la Comuna: el sufragio universal y la elección y control estricto por el pueblo de todos los funcionarios y representantes a cualquier nivel y de cualquier organismo, desde la administración pública hasta la judicatura. Se trata así de devolver a la sociedad los poderes que el Estado le había expropiado y de oponer una barrera que quiere ser infranqueable a la profesionalización de la política y la reaparición de una burocracia incontrolable.

Hay que destacar la importancia que Marx da al sufragio universal, eliminado en el “socialismo realmente existente”, en el que fue de hecho sustituido por “investiduras jerárquicas” del aparato partidario y estatal, pero también cuestionado frecuentemente desde puntos de vista marxistas revolucionarios, por considerar contradictorias las instituciones representativas de tipo parlamentos nacionales y la democracia directa. Marx lo enfoca de una manera funcional, como un instrumento democrático necesario para la selección y control de los servidores públicos, utilizando una metáfora arriesgada: “En vez de decidir una vez cada tres o seis años qué miembros de la clase dominante han de representar y aplastar al pueblo, el sufragio universal habría de servir al pueblo organizado en comunas, como el sufragio individual sirve a los patronos que buscan obreros y administradores para sus negocios. Es bien sabido que cuando se trata de negocios, saben generalmente colocar a cada hombre en el puesto que les corresponde y, si alguna vez se equivocan, reparan su error con presteza” (Marx, 1981: 235). Así la revocabilidad, “con presteza”, se plantea como una condición esencial de la representación democrática.

Pero la experiencia de la Comuna ayuda muy limitadamente a avanzar en el confuso y complejo problema de las relaciones entre la democracia representativa y la democracia directa. Hubo una convivencia conflictiva entre un organismo representativo, la propia Comuna, sometido a reglas radicalmente diferentes a las del parlamento de un Estado burgués, y una multitud de organismos de base de muy diferente naturaleza, que expresaban sin duda aspiraciones de sectores populares, pero a las que sería excesivo englobar bajo la categoría común de democracia directa. Hubo también un intento por parte de Versalles de utilizar medios parlamentarios para fines contrarrevolucionarios, convocando el 30 de abril, con una ley electoral a su medida, elecciones municipales que deberían servir enfrentar a “la provincia” con París, legitimar a la Asamblea Nacional bajo su poder y con ella a la ofensiva militar que ya estaba en marcha contra la Comuna10/.

Ha habido en la historia del movimiento obrero otras experiencias similares, que han servido de argumento para la prevención o el rechazo hacia los parlamentos. Pero instituciones representativas de tipo parlamentario elegidas por sufragio universal parecen necesarias para la organización política de sociedades masivas y complejas. El problema está en las condiciones para que esa representación lo sea efectivamente, es decir quede en todo momento en manos de los representados, y en la articulación entre este organismo y otras formas de organización política social de base que quiera darse un pueblo a partir de sus tradiciones y experiencias.

En la Comuna la relación con los organismos de base funcionó con la espontaneidad y el desorden naturales en condiciones de excepción, pero sin que se plantearan conflictos de legitimidades, que posiblemente habrían aparecido si la experiencia se hubiera prolongado y extendido a escala nacional. En cuanto a la elección y control de los cargos públicos, los criterios básicos fueron, además de la elegibilidad y revocabilidad, el mandato imperativo y la limitación de ingresos a un salario obrero medio. Se buscaba eliminar así los privilegios de impunidad y de ingresos habituales en la profesionalización de la política, uno de esos “males” del Estado que era necesario “amputar” inmediatamente. Es más complejo el problema general de la función pública, en la cual parece comprometido prescindir de la profesionalización y, por tanto, de la reproducción de tendencias burocráticas. Más allá de las cuestiones normativas, éste es un problema que sólo puede afrontarse desde una acción política y una sociedad prevenida y vigilante.

Se discute también el mandato imperativo, defendido con mucha fuerza por Marx y, especialmente, por Engels. El objetivo está claro: evitar la autonomización de los representantes políticos respecto a la sociedad. Pero su contenido es oscuro. Puede entenderse como un procedimiento de ratificación por los organismos locales de base de las decisiones de política general adoptadas en los organismos nacionales. Puede entenderse también considerando a los representantes como simples portavoces de las decisiones de los territorios u organizaciones de base a las que representan. O alguna combinación entre ambos criterios.

La “flexibilidad”, la “iniciativa histórica”, la “capacidad de sacrificio” de la Comuna a las que Marx rindió homenaje nos descubrió el camino para la convivencia entre poder político y emancipación social, pero apenas tuvo tiempo para empezar a construirlo. Ese es su legado: un desafío, no un protocolo, para la acción revolucionaria de las generaciones futuras.

Epílogo

Los éxitos aparentes de ese movimiento (el movimiento obrero clásico) son sus fracasos fundamentales (el reformismo o la instalación en el poder de una burocracia estatal) y sus fracasos (la Comuna o la revuelta de Asturias) son hasta ahora sus éxitos abiertos, para nosotros y para el porvenir (Debord et alt., 1962).

Así es. Y en esos dos “éxitos” estuvieron ausentes dos corrientes: el marxismo revolucionario y el anarquismo. Que estuvieron presentes, con expresiones diversas, y actuaron unidas en esos dos “fracasos”.

Quizás sea porque el ADN del movimiento obrero, como el del genoma humano, está constituido por dos hélices, y para que haya vida tienen que estar entrelazadas, próximas, comunicadas... convencidas de que sólo tienen sentido si actúan juntas. Ojalá forme parte de la “poesía del futuro”.

Noviembre de 2011

Miguel Romero fue editor de viento sur desde su fundación hasta su fallecimiento en enero de 2014. 

*Artículo publicado originalmente en el nº 118 de viento sur.

Notas:

1/ Canción que simboliza a la Comuna. Ha sido interpretada por muchos de los más grandes cantantes franceses: Montand (http://www.youtube.com/watch?v=ncs4WlWfIZo&featu- re=fvst), Trenet, Ferré, Greco, Bruel, y recientemente en versión pop-rock, por el grupo Noir Désir. Clément fue él mismo un “communard” y dedicó su letra a una enfermera que murió durante la “semana sangrienta”.

2/ Sobre la compleja historia de este período, ver especialmente los capítulos III a VIII de Lissagaray, 2003 y las páginas 34 a 100 de Godineau, 2010.

3/ Marx lo expresa así: “pasiones sin verdad; verdades sin pasión; héroes sin hazañas heroicas; historia sin acontecimientos, un proceso cuya única fuerza propulsora parece ser el calendario, fatigoso por la sempiterna repetición de tensiones y relajamientos; antagonismos que sólo parecen exaltarse periódicamente para embotarse y decaer, sin poder resolverse”. (Marx, 1968, p. 46)

4/ Este artículo debe mucho a largas conversaciones con Daniel Bensaid, preparatorias de un artículo común que se quedó en proyecto. Para bien de todos, el artículo lo escribió solo Daniel (Bensaid, 2008). Muchas ideas que he desarrollado ahora están ya en ese artículo. Otras tienen que ver con los debates que tuvimos entonces. En la web de viento sur está una primera versión anterior, muy reducida, del artículo de Bensaid: http://www.vientosur.info/articulosweb/noticia/index.php?x=2348.

5/ Engels añade prudentemente: “Por lo menos en aquel momento en que su mayoría era todavía de ten- dencia monárquica y se hallaba dividida en tres partidos dinásticos y el cuarto republicano” (Marx, 1981, p. 191). Esta referencia puntualiza una expresión (el proletariado “todavía no puede”, la burguesía “ya no puede”) que sólo tiene sentido coyuntural, pero frecuentemente se interpreta como un proceso lineal en el que “todavía” significa una víspera cierta y “ya” significa una sentencia inamovible.

6/ Resumo aquí muy esquemáticamente la narración histórica de Lissagaray y Godineau.

7/ Citado por Löwy, 2010.

8/ Creo que esta fecha es más adecuada que la de 1794, pero esto no tiene ninguna importancia.

9/ Marx expresa aquí claramente la distinción fundamental, y habitualmente mal comprendida o tergiversada, entre “propiedad individual” y “propiedad privada”. La desarrollará en el tomo I de El Capital.

10/ La operación fue un completo fracaso: de los 700.000 concejales en 35.000 municipios, sólo 8.000 pertenecían a la coalición versallesa de monárquicos y bonapartistas. La deslegitimación de la Asamblea Nacional dio paso a la ofensiva militar, que comenzó el 22 de mayor, provocando la carnicería que se cono- ce con el nombre de Semana Sangrienta.

 

Referencias:

Benjamin, Walter (1940) “Tesis de filosofía de la Historia. Tesis 15”. Disponible en http://www.archivochile.com/Ideas_Autores/benjaminw/esc_frank_benjam0007.pdf

Bensaïd, Daniel (2008) “Politiques de Marx”. En Inventer l'inconnu. París: La Fabrique. Cortázar, J. (1996) “El perseguidor”. En Cuentos Completos /1. Madrid: Alfaguara.
Debord, G., Kotànyi, A. y Vaneigem, R. “Sur la Commune”. 18/03/1962. Disponible en http://raforum.apinc.org/bibliolib/HTML/Debord-commune.html.

Engels, Friedrich “Carta a Bebel”. 18-28/03/1875. Disponible en http://www.marxists.org/espanol/m-e/cartas/e18-3-75.htm

Godineau, Laure (2010) La Commune de Paris par ceux que l ́on vécue. París: Parigramme.

Harvey, David (2003) Espacios de esperanza. Madrid: Akal.

Lissagaray, Prosper-Olivier (1969) Histoire de la Comune de 1971. París: Maspero (hay edición en castellano: (2003) La Comuna de París. Tafalla: Txalaparta.

Löwy, Michael (2010a) “La Comuna de París (1871) y los debates que ha suscitado”. viento sur, 110.

(2010b) “Karl Marx, Friedrich Engels et les révolutions de 1848”.

ContreTemps, 6 (nueva serie). Disponible en http://www.europesolidaire.org/spip.php?article21195.
Marx, K. (1843) “Carta a Ruge”. Septiembre de 1843. Disponible en http://www.marxists.org/espanol/m-e/cartas/m09-43.htm

Marx, Karl, La Guerra Civil en Francia. 2o Manifiesto del Consejo General de la AIT sobre la guerra franco-prusiana. 9/09/1870. Disponible en http://www.marxists.org/espanol/m-e/1870s/gcfran/manif2.htm

Carta a Kugelman. 12/04/1871. Disponible en h t t p : / / es . wi k i s o urce. o rg / wi k i / Cart a_ de_ Marx _ a_ Ludwi g _ Kug el man _ (1 2 _ de_ ab ri l _ de_ 1 8 7 1 )

(1967) Las luchas de clases en Francia. Madrid: Ciencia Nueva.
Marx, K. (1968) El 18 brumario de Luis Bonaparte. Madrid: Ariel.

(1981) La guerra civil en Francia (1871). En C. Marx, F. Engels, Obras Escogidas. Moscú: Editorial Progreso

Fuente: https://vientosur.info/el-tiempo-del-reloj-y-el-tiempo-de-las-cerezas-2/

 

miércoles, 17 de junio de 2020

“¿CUÁL ES LA DIFERENCIA ENTRE HEGEL Y MARX?”



 ANDY BLUNDEN
05/06/2020

A continuación he utilizado algunos materiales de mi reciente libro Hegel for social movements para revisar la molesta pregunta sobre la relación entre Marx y Hegel. Baso mis observaciones en lo que Marx escribió sobre varios asuntos filosóficos, metodológicos y políticos, y no en lo que él dijo sobre su relación con Hegel, que es generalmente polémico y engañoso. Tampoco daré credibilidad a lo que dijo Engels en su propósito de popularizar las ideas de Marx entre los socialistas del siglo XIX.

La principal diferencia entre Hegel y Marx es el tiempo en el que vivieron

La diferencia filosófica entre Hegel y Marx es un tópico muy discutido desde hace un siglo. Las diferencias filosóficas entre Hegel y Marx serán revisadas más adelante, pero la diferencia esencial entre ellos es el tiempo en el que vivieron.
Dadas las peculiaridades económicas, sociales y culturales de la Alemania de la época de Hegel, había bases para que él mismo creyese que a través de la filosofía Alemania se modernizaría. Hoy esto sería claramente expuesto como una posición “idealista” – creer que una transformación económica, social y cultura podía conseguirse mediante una revolución filosófica y no con otros métodos. Pero esto no invalida la elección que hizo Hegel en su día. Tras la muerte de Hegel en 1831, sus estudiantes sacaron revolucionarias conclusiones implícitas en la filosofía del maestro. El hegelianismo salió de las paredes de la academia cuando sus estudiantes popularizaron sus enseñanzas y las tradujeron a lenguaje político – o, más correctamente, tradujeron la política al lenguaje de la filosofía hegeliana. En 1841, el gobierno de Prusia trató de “expurgar el huevo de dragón del panteísmo hegeliano” de las mentes de la juventud prusiana. El ministro de cultura llamó a Friedrich Schelling (el último representante vivo del idealismo alemán, y un conservador) a Berlín para realizar el trabajo. Su lectura, en diciembre de 1841, fue atendida por Engels, Bakunin, Kierkegaard y otros hombres notables de toda Europa, pero fracasó en su intento de frenar la expansión de las ideas radicales y agitación revolucionaria que adoptó la filosofía hegeliana.

Es un hecho remarcable que prácticamente todos los revolucionarios del siglo XIX y XX fuesen estudiantes de Hegel, hegelianos de segunda y tercera generación u hombres influidos por otras figuras de la filosofía alemana de la época – Kant, Fichte y Schelling, pero sobre todo Hegel – ya fuese en la corriente marxista o en otras filosofías críticas. Así que Hegel no estaba completamente equivocado en su creencia sobre el poder político de la filosofía.
Cuando Marx renunció a la dirección de la Gaceta Renana en 1843, Francia había estado agitada por series de revueltas obreras y París hervía de movimiento revolucionario, la clase obrera inglesa había construido el primer partido de clase obrera en la historia (la National Charter Association) y desafiaba la norma burguesa en Gran Bretaña, y una avanzada clase obrera industrial emergía en Alemania. Resultaba obvio que los cambios en el mundo vendrían a Europa gracias a la lucha política de la clase obrera industrial. El desarrollo del capitalismo había roto todas las antiguas relaciones e iba a ser la clase obrera industrial quien lideraría la transformación. Además, los líderes del movimiento obrero no pedían ser incluidos en el sistema, una reforma del estado o sustituir a los gobernantes por alguno de los suyos, sino destruir el estado. Eso era algo inimaginable en la época de Hegel.

Reflexionando, se verá que todas las diferencias políticas y filosóficas entre Marx y Hegel nacen de los cambios que acontecieron en Europa en el intervalo entre los últimos años de Hegel y la entrada de Marx a la actividad política radical. Esto comenzó con el primer alzamiento proletario en París en 1831, el año en que Hegel murió, cuando Marx tenía 12 años.
Las diferencias entre Marx y Hegel son de dos tipos. Primero, sus diferencias políticas, y, segundo, sus diferencias filosóficas. Las diferencias políticas entre Marx y Hegel se muestran en la polémica Crítica de la filosofía del estado de Hegel. Al leerla debe tenerse en cuenta que Marx todavía no había formado del todo su visión política y filosófica definitiva. A lo largo de los siguientes 40 años, la visión de Marx se volvió distinta.

Las diferencias teóricas entre Marx y Hegel deben deducirse del estudio de su análisis social y económico y no pueden basarse en las declaraciones del propio Marx sobre su relación con Hegel, que son polémicas y no deben creerse. Para aclarar las diferencias filosóficas entre ambos subrayaré la diferencia real entre materialismo e idealismo, un problema mucho más multifacético de lo que se imagina. Finalmente, trataré a Marx y a Hegel en un contexto profundo de genealogía filosófica y metodológica que haga posible encontrar una posición apropiada para nuestros tiempos, que recoja las fortalezas de ambas figuras.

El joven Marx vs Hegel sobre el Estado

En la primavera de 1843, el joven Karl Marx tomó notas críticas sobre la sección del Estado de la Filosofía del Derecho de Hegel (aunque también referencia secciones más tempranas en el curso de sus comentarios), abandonando su trabajo con aversión en el fragmento §313, cuando Hegel navega entre especulaciones sobre el curso de la historia de la humanidad.

En este punto de su vida, Marx leyó a Hegel como un feuerbachiano – es decir, criticándole por invertir las relaciones sujeto-predicado, y la mayoría de su comentario es extenuante y ridículo y versa sobre las formas idealistas de expresión de Hegel. Marx consideraba prácticamente todo lo que Hegel decía como una defensa del status quo. Las críticas que hizo, de las cuales sí vale la pena tomar nota, son las siguientes:
Marx observó cómo, en el esquema hegeliano, el Estado refuerza privilegios y jerarquías ya existentes en la sociedad civil, y que más allá de esto hay una “sociedad civil” dentro del funcionariado:
“Las corporaciones son el materialismo de la burocracia y la burocracia es el espiritualismo de las corporaciones. La corporación es la burocracia de la sociedad burguesa, la burocracia es la corporación del Estado. Por tanto, en la realidad la burocracia se contrapone como la sociedad burguesa del Estado al Estado de la sociedad burguesa, las corporaciones. Allí donde la burocracia es un principio nuevo, donde el interés general del Estado comienza a hacerse un interés exclusivo y por tanto real, la burocracia lucha contra las corporaciones, como lucha toda consecuencia contra la existencia de sus presupuestos. Pero en cuanto la vida real del Estado se despierta y la sociedad burguesa, por el impulso de su propia razón, se libera de las corporaciones, la burocracia se esfuerza por restaurarlas. Y es que, al caer el Estado de la sociedad burguesa, cae la sociedad burguesa del Estado.” (Marx, 1843, p. 45)

Este pasaje está seguido por una crítica extensa al burocratismo y a la jerarquía, en los que Hegel cree para mantener la racionalidad del Estado – el funcionario “es como un martillo en relación a los de abajo, como un yunque en relación a los de arriba” (Marx, p.53). Y el cargo del funcionario “es lo sustancial de su situación y su pan. Hegel opone la directa formación ética e intelectual al mecanismo del saber y trabajo burocráticos. ¡Qué bonito! El hombre que hay en el funcionario tiene que proteger al funcionario de sí mismo” (p. 53). En otras palabras, Marx piensa que la creencia de Hegel en el progresivo rol del funcionariadoes un engaño idealista – toda forma de burocracia y jerarquía lleva a la opresión.
Marx critica el rol mediador que Hegel da a las Cortes:
“Las Cortes preservan al Estado del montón inorgánico solo a base de desorganizarlo.
Pero a la vez las Cortes deben mantener aislados con su mediación los intereses especiales de los municipios, corporaciones e individuos. Las Cortes en efecto 1.o) transigen con el interés del Estado, 2.o) ellas mismas son el aislamiento político de esos intereses particulares, aislamiento que es un acto político, por cuanto confiere a esos intereses aislados el rango de lo general.

Finalmente las Cortes reciben la función de impedir con su mediación que la Corona se convierta en un extremo aislado (lo que le presentaría como mero despotismo y arbitrariedad). Esto es cierto, en cuanto limitan el principio de la Corona (el arbitrio), de modo que al menos solo se puede mover con trabas, y en cuanto ellas mismas son asociadas a la Corona como sus cómplices.” (p.68)

Marx advierte que este arreglo está motivado por la prevención de que la gente forme una voluntad organizada, más que por dar a la gente los medios para expresar su voluntad – la participación en el gobierno transforma el partido político de un instrumento de representación de la gente hacia un medio para su control por parte del estado.

Marx reprocha a Hegel su “deducción” de primogenitura y monarquía:
“Hegel completa su pieza maestra: ha desarrollado la nobleza por nacimiento, la riqueza heredada, etc. etc., su apoyo al trono y a la aristocracia están en la cima de su Idea absoluta.” (p. 74)
Y le reprocha también su rechazo al sufragio universal. Considerando las mediaciones complejas que Hegel crea entre los distintos poderes civiles, Marx comenta exasperado:
O sea que el monarca debería constituir en el Poder Legislativo el término medio entre el Poder Ejecutivo y el elemento estamentario. Solo que precisamente el Poder Ejecutivo es el término medio entre el monarca y la sociedad estamentaria, lo mismo que la sociedad estamentaria entre el monarca y la sociedad burguesa. ¿Cómo va a mediar el monarca entre extremos, si necesita de la mediación de ellas para no ser el mismo la parcialidad de un extremo? Aquí se evidencia todo el absurdo de estos extremos que alternativamente asumen ya el papel de extremos ya el de término medio, cabezas de Jano, que se muestran ora de frente ora por detrás y tienen otro carácter por delante que por atrás. Lo que comenzó siendo
determinado como término medio entre los extremos, se presenta luego como extremo y uno de los dos extremos —mediado por aquel término medio con el otro extremo— reaparece, como distinto del otro extremo, en calidad de término medio entre su extremo y su término medio. Se trata de una rueda de cumplidos recíprocos. Es como cuando un tercero se interpone entre dos que están riñendo y a su vez uno de los dos en discordia trata de componer entre el mediador y el otro. Es la historia del marido y la mujer que estaban riñendo y del médico que quería apaciguarlos, con el resultado de que la mujer tuvo que interponerse entre los dos hombres y el marido entre la mujer y el médico”.

En el curso de su larga diatriba contra la obsesión de Hegel por la mediación, Marx dice:
“Los extremos no pueden ser mediados precisamente porque son extremos. No necesitan mediaciones, porque son opuestos en esencia. No tienen nada en común el uno con el otro. El uno no lleva en su seno el anhelo, la necesidad, la anticipación del otro.” (p. 88)
Por supuesto, todo esto no puede establecer conexiones lógicas con las visiones más tardías de Marx sobre la burguesía y el proletariado, pero su significado político es claro: la dominación del proletariado por parte de la burguesía no necesita mediaciones, y el estado no es un mediador sino un instrumento de opresión.

Hegel y Marx sobre el sufragio universal

Hegel argumenta de forma consistente a favor de formas de mediación y representación y contra el sufragio universal. Marx responde señalando que esa crítica válida de Hegel en realidad evita la cuestión principal:
“La cuestión según la cual los individuos deberían compartir deliberaciones y así decidir sobre cuestiones políticas de incumbencia general es una cuestión que nace de la separación entre estado político y sociedad civil.” (p. 118).
Y
“No es una cuestión de si la sociedad civil debería ejercer el poder legislativo mediante diputados o a través de sí mismos como individuos. Más bien, es una cuestión de extensión y universalización del voto, del sufragio activo y pasivo. Este es el verdadero punto de disputa en la cuestión de la reforma política, en Francia y en Inglaterra.”
Marx no ofrece soluciones al problema, pero realiza una extensa crítica a Hegel que muestra las contradicciones internas de su construcción de la política representativa. En otra parte, Marx apunta que, en Francia, el sufragio universal ha sido usado contra la clase trabajadora urbana utilizando el peso del campesinado, mientras que en Gran Bretaña el sufragio universal era la demanda central de la emergente clase obrera. Sin haber podido conocer los problemas expuestos por Marx, Hegel hace una poderosa argumentación contra el sufragio universal.
“Por lo que toca al sufragio universal de los muchos, es inevitable además que, sobre todo en los grandes Estados lleve a la indiferencia. Y es que cada voto tiene un efecto demasiado insignificante entre toda la masa; los votantes, por mucho que se les encomie su derecho a votar, se quedan en casa. Así que la institución del sufragio universal consigue lo contrario de lo que pretende y las elecciones caen en poder de pocos, de un partido y por tanto del interés especial, casual, que precisamente es lo que tenía que ser neutralizado”.

Marx no tenía la respuesta a este problema por avanzado, tuvo que esperar a que la clase obrera encontrase su propio camino hacia la Comuna de París.

Según Hegel, los diputados en la Legislatura tienen que ver con las distintas ramas de la sociedad, y el electorado no debe ser visto como una aglomeración de átomos (PR §311). Los diputados deben representar los distintos grupos sociales y darles igual peso. El sufragio universal, al contrario, requiere que cada individuo emita su voto de forma privada, como un átomo aislado. Hegel presagia una preferencia de los movimientos obreros, notada por Marx, por delegados para la legislatura que hayan sido seleccionados en algún centro de trabajo real o comunidad local organizada, como los Soviets.

Hegel cree que el público debe ser educado en asuntos nacionales, y él ve las asambleas de las cortes como medios para conseguirlo, mientras la discusión política “junto al hogar con la mujer y los amigos” nunca podrá ser más que “construir castillos en el aire”.

La participación en asambleas es esencial para la educación política, y esto solo puede conseguirse en los cuerpos que median entre las asociaciones de la sociedad civil y el Legislativo.

“La opinión pública” es el nombre dado a los “individuos…al tener y expresar sus propios y privados juicios, opiniones, y recomendaciones sobre los asuntos del estado” (PR §316). La opinión pública es “un repositorio de necesidades genuinas y tendencias correctas en la vida común” pero “infectada por todos los accidentes de la opinión, por su ignorancia y perversidad, por sus errores y falsedad de juicio”, y Hegel cita a Goethe:

“La masa puede golpear, pues es respetable: juzgar logra ella miserablemente.”
En su preferencia por la democracia participativa mediada por partidos políticos y organizaciones de base de trabajadores, Hegel se acerca a las posiciones del socialismo democrático moderno.

Tú, Marx y Hegel sobre el Estado

La Filosofía del Derecho de Hegel es un trabajo defectuoso, pero no deja de ser un proyecto ejemplar en su propósito y método. La reconstrucción crítico-lógica del Estado era un elemento de reforma, directo contra la monarquía absoluta reaccionaria que gobernaba Prusia entonces, y, como tratado filosófico, una obra que tendría un significado duradero. A día de hoy sigue siendo una reconstrucción crítico-lógica en la que cualquier activista social del presente debería estar interesado hoy.

Muchas cosas han cambiado desde que el libro fue redactado en 1821. En particular, el principal eje de lucha de clases ya no se sitúa entre la aristocracia terrateniente y la burguesía urbana (aunque la contradicción entre el campo y la ciudad persista), sino entre una clase obrera globalizada, más atomizada por el proceso de trabajo moderno, y la burguesía gozando de una inimaginable concentración de riqueza.
Mientras Hegel veía el estado como la arena de luchas por el dominio de la sociedad civil, la mayoría de nosotros hoy vemos cómo la clase dominante en la sociedad civil (burguesía) maneja el estado como un instrumento para la supresión de las revueltas contra el capital, organizadas o espontáneas. El suelo ya comenzaba a cambiar cuando Hegel murió en 1831, y ahora, más de 135 años después de la muerte de Marx, la naturaleza del proceso de trabajo y de la clase obrera han cambiado dramáticamente.
La idea fundamental del libro, tal y como se dijo en el Prefacio, sigue siendo, en mi opinión, completamente convincente – debemos entender qué hay en el estado y en los asuntos políticos que sea racional, por ejemplo, históricamente necesario y progresista, y comprender qué del estado es irracional y merece morir.
A continuación vamos a revisar algunos de los mayores errores de Hegel.

La misoginia de Hegel

La fuertemente misógina “deducción” del lugar de la mujer en la sociedad es un indicador del peligro de tomar por natural cualquier fenómeno social y de ignorar las protestas de aquellos que sufren una injusticia. Todos los fenómenos históricos y sociales son construidos por la actividad humana y por ello pueden hacerse de otro modo distinto. Las cosas son como son por razones inteligibles, sociales, culturales o políticas. Por el tiempo en que Marx escribía sus trabajos de madurez, gracias a la lucha de las primeras feministas y a la investigación antropológica, se estableció que las diferencias entre géneros eran constructos sociales, y Marx entendió lo que Hegel debió haber entendido, pero no lo hizo.

El error de Hegel sobre la contradicción del valor de cambio

Hegel conocía perfectamente las crecientes contradicciones generadas por el mercado, pero mientras Marx fue capaz de revelar las raíces de estas contradicciones en la forma de la mercancía y del valor, Hegel realizó un análisis breve.
Hegel había deducido el concepto “valor” en la sección sobre la Propiedad, y especialmente en Uso, pero se trataba de un valor inocente, entendido como medida de utilidad de una mercancía. Aunque él vio el valor de un producto como condición de la capacidad de intercambiarlo, el valor no se determinaba cuantitativamente en el Intercambio. De forma similar en esta sección, Hegel dice (PR §196) que es el trabajo lo que confiere valor a los productos de la Naturaleza y que “es el producto del esfuerzo humano lo que el hombre consume”, de modo que el valor es una condición del objeto como producto del trabajo. Pero él todavía ve la medida del valor determinada únicamente por el uso/utilidad del producto. Hegel reconoció el sistema de Necesidades y Trabajo como un proceso de abstracción real y medida real, pero no desplegó lo que había creado en esa parte de la Lógica para revelar la dinámica de la sociedad burguesa. Esto lo hizo Marx.

Las contradicciones de la sociedad burguesa que generaron cada creciente desigualdad y poder se sucedían ante los ojos de Hegel, pero todo lo que él pudo hacer fue describirlas y lamentarlas. Esto llevó a Marx a mostrar cómo se enraizaron estas cuestiones en el concepto de valor. Costó al Movimiento de Liberación de Mujeres al menos una década y el trabajo de toda una vida de miles de escritoras feministas exponer las raíces sociales de la opresión de las mujeres. La crítica de la economía política fue la vida de Marx; él escribió en el contexto del capitalismo en pleno desarrollo en Inglaterra y un poderoso movimiento obrero por toda Europa. La resolución crítica de problemas como la opresión de la mujer o la explotación del trabajo asalariado no son tareas que puedan realizarse improvisadamente y a través de las reflexiones de un solo escritor. El logro real de Hegel fue su Lógica, y este es el trabajo que verdaderamente ha resultado duradero, que trata cuestiones que en la Filosofía del Derecho tan solo toca superficial e incomparablemente.

Hegel es plenamente consciente del expansivo y revolucionario efecto de la economía de mercado (esencialmente el proceso de trabajo burgués) en el Estado y en la vida social como una totalidad, pero aceptó el credo de la Economía Política sobre el mercado como “el egoísmo convertido en la contribución a la satisfacción de las necesidades de los demás” (PR §199). La participación en la Sociedad Civil desarrolla el hábito de trabajo y fomenta un rango infinito de habilidades, así como un creciente entendimiento de “cómo funciona el mundo”. Pero la división del trabajo hace que el trabajo de cada individuo se vuelva menos y menos complejo y hace que la gente se vuelva más y más dependiente.

“La abstracción del producir hace al trabajo cada vez más mecánico, y por eso finalmente, capaz de que el hombre sea retirado de él y en su lugar pueda ingresar la máquina.” (PR §198).

Hegel exploró soluciones para los crecientes problemas sociales – filantropía, una renta social mínima garantizada por el Estado, esquemas de creación de trabajo, e incluso la emigración a las colonias, pero rechazó la opción de la propiedad común de los medios de producción (PR §46). Hegel falló en ver que cuando los medios de producción son enteramente de carácter social, la emancipación de la propiedad privada no puede extenderse – desde la propiedad del propio cuerpo, la propia casa y los efectos y productos del propio trabajo-. Hegel probó que el aire y el agua no podían ser propiedad privada, pero falló en ver que por esa misma lógica tampoco podían serlo los medios de la producción industrial.

El sufragio universal y la democracia participativa

La demanda de sufragio universal ha sido uno de esos derechos que ha brotado del suelo de la temprana modernidad, por lo menos desde la Revolución Inglesa de 1640, pero que, como la demanda de la emancipación de las mujeres o la libertad de la explotación, Hegel calificó de estar “construyendo castillos en el cielo”. Con seguridad sabemos hoy que esas demandas eran los heraldos de grandes luchas. Hegel falló en ver que las aspiraciones utópicas no son tan solo castillos en el cielo, sino el producto de procesos históricos reales y precedentes de lo que debía venir.
El “derecho a voto” es entendido como un derecho que se extiende a cada persona, como Derecho Abstracto, pero claramente es parte del Estado, no es Derecho Abstracto ni Sociedad Civil. No como el tipo de “derechos” de los que la Sociedad Civil es responsable, este no es un “derecho individual” – que dependa de las circunstancias y las exigencias económicas de la persona, sino que es un “derecho humano”. En la estructura de la Filosofía del Derecho, esto es una contradicción en términos. A pesar de todas las críticas que Hegel hizo al sufragio universal, críticas que han sido ampliamente compartidas por Marxistas, y, si las encuestas de opinión deben ser creídas, son hoy en día compartidas por la mayoría de los votantes mismos, es imposible concebir una “república democrática y socialista” (o como queramos llamar el tipo de estado al que se aspire) que no incluya, como un marcador de ciudadanía, el derecho universal a voto.

No importa que el sufragio universal sea usado, junto con los propietarios privados de los medios de comunicación y los medios de producción, como un medio para manipular las masas de población y perpetuar sistemas de explotación. Como Marx (1848) escribió en el Manifiesto Comunista: “el primer paso en la revolución para la clase obrera es alzar al proletariado a la posición de clase dominante para ganar la batalla de la democracia”. Si no puedes ganar una elección, ciertamente no puedes confiscar el poder estatal y mucho menos organizar la expropiación del capital.

Hegel nos mostró cómo el papel político de la Corona deja de ser el de Jefe Ejecutivo y Comandante en jefe y se convierte en un oficial administrativo que firma documentos y oficia ceremonias, un símbolo viviente sin función social, a medida que el Estado se vuelve más maduro y estable y el nivel cultural de las masas aumenta. En esta concepción de la Corona marchita que se convierte en un rol puramente simbólico, Hegel presagia la concepción de Marx de la muerte del poder del Estado, mientras al mismo tiempo clama que el Estado es “la marcha de Dios en la Tierra” (PR §258ad).

La misma noción se aplica a todas las instituciones del Estado. El sufragio universal no puede abolirse (más allá de alzar un despotismo), sino que más bien debe ser trascendido.

¿En qué sentido Hegel era un Idealista?

Casi cada tratamiento de la relación Marx-Hegel se basa en una caracterización del materialismo versus el idealismo. Esto puede ser decepcionante, porque ni el idealismo ni el materialismo pueden definirse adecuadamente a partir de un solo eje, y ni mucho menos del mismo eje.

(a). Hegel se describió a sí mismo como un Idealista

Hegel fue el producto final del movimiento filosófico conocido como “Idealismo Alemán”, que nace en Alemania en respuesta a Immanuel Kant y su Filosofía Crítica. Kant trató de resolver el impase entre el Empirismo Británico y el Racionalismo Francés. Estos contrastes filosóficos estaban conducidos por problemas nacidos del veloz desarrollo de la ciencia natural desde Galileo, principalmente sobre la naturaleza de la realidad y las fuentes y límites del conocimiento humano de la Naturaleza. Kant propuso que la cosa existía “en-sí” pero que los seres humanos podían tener conocimiento únicamente del fenómeno o apariencias, mientras que la naturaleza de la cosa-en-sí persistía incognoscible más allá de la experiencia. La aproximación de Kant generó problemáticos dualismos y contradicciones, y los Idealistas Alemanes trataron de resolverlos centrándose en las formas de conocimiento en vez de especulando sobre la naturaleza de la realidad más allá de la actividad humana, que era la reserva de los Materialistas. Hegel lo dijo de esta forma:

“La proposición que lo finito es ideal, constituye el idealismo. El idealismo de la filosofía no consiste en nada más que en esto: no reconocer lo finito como un verdadero existente. Cada filosofía es esencialmente un idealismo, o por lo menos lo tiene como su principio… Una filosofía que atribuye a la existencia finita en cuanto tal un ser verdadero, último y absoluto, no merece el nombre de filosofía; los principios de las filosofías antiguas o modernas, el agua o la materia o los átomos son pensamientos, universales, ideales, no cosas tal como se encuentran de manera inmediata… pero en realidad se trata sólo de un único todo concreto, del cual son inseparables los momentos.” (Ciencia de la Lógica, §316, Hegel, 1812).

Así que los materialistas arquetípicos eran los antiguos Atomistas Griegos – todo, incluyendo la vida humana, era el resultado de interacciones entre átomos. El materialismo moderno, que nació después de Hegel, tiene un más amplio concepto de la realidad material que incluye las relaciones sociales, pero los materialistas tempranos tendieron a estar ciegos ante la formación social del conocimiento y de la conciencia.

Fueron los Idealistas, Hegel en particular, quienes descubrieron el carácter social de la conciencia y del conocimiento, no los materialistas. De todos modos, los idealistas no hicieron de la praxis social explícitamente su objeto de estudio y de sistematización, sino que se encargaron de las “sombras” de la actividad real – categorías lógicas, conceptos, ideas, etc., como su objeto de estudio, justificando así su descripción como “Idealistas”. Una lectura crítica de Hegel nos mostraría, de todos modos, que el contenido de estas formas ideales es la actividad.

No todas las formas de idealismo son iguales. En particular, Hegel distinguía entre idealistas subjetivos como Bishop Berkeley, e idealistas objetivos como él mismo y Schelling. Esto es, para Hegel, las formas del pensamiento no eran una quimera existente únicamente dentro de nuestras cabezas, sino que existían objetivamente, en la actividad y la cultura material, independientemente de cualquier individuo singular.

(b.) Hegel enfatizó en el lado activo más que en la pasiva contemplación

La primera expresión del Marxismo – Tesis 1 de las Tesis sobre Feuerbach – se refiere particularmente a Hegel cuando habla de “idealismo”:

“El defecto fundamental de todo el materialismo anterior -incluido el de Feuerbach- es que sólo concibe las cosas, la realidad, la sensoriedad, bajo la forma de objeto o de contemplación, pero no como actividad sensorial humana, no como práctica, no de un modo subjetivo. De aquí que el lado activo fuese desarrollado por el idealismo, por oposición al materialismo, pero sólo de un modo abstracto, ya que el idealismo, naturalmente, no conoce la actividad real, sensorial, como tal. Feuerbach quiere objetos sensoriales, realmente distintos de los objetos conceptuales; pero tampoco él concibe la propia actividad humana como una actividad objetiva…”
No únicamente los Idealistas vieron la percepción como un proceso activo, ellos también vieron la interpretación de la propia experiencia, cómo se comprendían las situaciones y cómo se reaccionaba a ellas, mediante un proceso activo. El contraste con la actitud materialista hacia la formación social de los seres humanos se muestra en la “Tesis 3”:

“La teoría materialista de que los hombres son producto de las circunstancias y de la educación, y de que por tanto, los hombres modificados son producto de circunstancias distintas y de una educación modificada, olvida que son los hombres, precisamente, los que hacen que cambien las circunstancias y que el propio educador necesita ser educado.
Conduce, pues, forzosamente, a la sociedad en dos partes, una de las cuales está por encima de la sociedad”
Por otro lado, vemos que Marx criticó a los filósofos por meramente interpretar el mundo más que por tratar de cambiarlo, en parte porque “el idealismo no conoce la actividad sensitiva real”, interesándose solo por conceptos más que por la actividad – por las sombras más que por la actividad real misma. Así que Marx nos presenta la contradicción mediante la cual fueron los idealistas quienes se basaron en la lucha por cambiar la realidad como fuente de conocimiento de la realidad, y no en la pasiva contemplación de la realidad de los materialistas. Pero como todos los filósofos profesionales, ellos meramente “interpretaron” el mundo más que actuar para cambiarlo.

Más allá de ello, las Tesis sobre Feuerbach de Marx son una defensa del idealismo de Hegel.

(c). Hegel creyó que la élite socialista sería el agente de cambio

Habiendo asistido al cambio social en Inglaterra gracias a la industrialización y en Francia gracias a la guillotina, Hegel buscó una revolución menos traumática y caótica en Alemania, que sería liderada por una élite social – filósofos, profesores, monarcas ilustrados y una meritocrática sociedad civil, más que la destrucción ciega llevada a cabo por turbas y dueños de fábricas. Aunque él apoyaba el derecho de los esclavos y naciones oprimidas a deshacerse de sus opresores, él quiso que su Alemania natal llegase a la modernidad a través de un perfeccionamiento del estado que garantizase las libertades de sus ciudadanos. Él vio los estados como garantes de la libertad, no como instrumentos de opresión, y estaba resueltamente dispuesto a oponerse a los destructivos y revolucionarios métodos de conseguir el progreso social. Él consideraba la clase pobre y trabajadora como incapaz de progreso social sin otro método que una gradual educación – su miseria era un problema social que podía resolverse únicamente con la intervención de una élite ilustrada.

Pero, cuando un proceso de trabajo es mejorado ¿es gracias al supervisor que idea el método mejorado, o está la mejora implícita en el proceso de trabajo en sí mismo, por lo que deberíamos creer a los trabajadores y no al supervisor por la mejora? Cuando un problema social se resuelve mediante una nueva ley, ¿creemos a los parlamentarios que aprueban la ley, o a la demanda de cambio generada por el sufrimiento? ¿Conseguimos un mundo mejor (al menos un poco) mediante la gente formándose una imagen de ese mundo mejor y después luchando por él, o ese nuevo mundo aparece de las contradicciones inherentes al presente estado de cosas que lleva a la gente a acciones sin tener en cuenta la previsión de resultados? Llamamos “idealistas” a quienes piensan que el agente del cambio son los negocios, ideas y planes de una clase social, más que las masas que luchan por esas ideas. Llamamos “materialistas” a quienes creen que el cambio social nace directamente de las contradicciones de la vida de la gente ordinaria, y que estos son sus (generalmente) inconscientes agentes.

Pero recordemos la Tesis 5: si, como materialistas, vemos a la gente como productores de sus condiciones sociales, entonces los reducimos a objetos pasivos del cambio, dejando la conciencia del cambio a la intelligentsia o al Partido.
Hegel y los Idealistas se equivocaron en el lado del cambio-desde-arriba, exclusivamente centrándonos en el cambio-desde-abajo también nos equivocaríamos porque eso haría a la gente objetos pasivos de fuerzas estructurales más allá de su control.

(d). Hegel creía que las instituciones tienden a ser sinceras respecto de su concepto

Cualquiera reconocería que, con los años, los automóviles se han vuelto mejores respecto de su concepto de lo que eran, llevando a los pasajeros hacia su destinación deseada de forma confortable y sin romperse; del mismo modo, las lavadoras se han vuelto más y más capaces de lavar la ropa sin destrozarla desde que se inventaron en 1908. Hegel creía que esta idea, que ha sido llamada “esencialismo normativo”, se aplicaba a las instituciones sociales del mismo modo que a los artefactos, y esto es crucial en su filosofía social.
Aunque los estados se originen con violencia, según Hegel, el concepto del Estado es la Libertad – liberarse del crimen, del hambre y de ataques externos, libertad para el desarrollo personal y disfrute de la cultura. Es decir, un buen concepto, una vez ha nacido, tenderá a realizarse a sí mismo en creciente perfección y solo caerá en crisis cuando el concepto ya no tenga sentido. De este modo, Hegel ve la lógica de las ideas y los conceptos como fuerzas conductoras en la historia. Marx respondió:

“¡La historia no hace nada, «no posee una riqueza inmensa», «no libra combates»! Ante todo es el hombre, el hombre real y vivo quien hace todo eso y realiza combates; estemos seguros de que no es la historia la que se sirve del hombre como de un medio para realizar –como si ella fuera un personaje particular– sus propios fines; no es más que la actividad del hombre que persigue sus objetivos.” (La Sagrada familia, 1845)

Aquí Marx expresaba una posición materialista, en la que la gente no debe ser vista como recipientes de ideas sino como actores reales. Pero si Marx no debe ser acusado de voluntarismo, debemos tener también en cuenta su aforismo:
“Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidos por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado. La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos.” (El Dieciocho Brumario, 1852)

Eso que es “legado del pasado” – las instituciones, símbolos y creencias, las normas construidas por la gente a través de los siglos – se despliega de un modo hábilmente explicado por Hegel con su filosofía idealista y dialéctica. Pero cómo la gente utiliza esas condiciones no siempre es lógico; la gente no siempre hace lo que debe, por decirlo de algún modo, por lo que la insistencia de Marx en que la realización de una idea es una cuestión de lucha es un importante correctivo a la visión idealista de la historia acorde a inteligibles y racionales principios. El hecho persiste de todos modos en que el idealismo de Hegel es un principio poderoso de desarrollo histórico e, históricamente, siempre han sido los idealistas quienes han simpatizado con la agencia humana en el cambio social.

(e). Hegel minimizó el efecto de las relaciones mundanas en las instituciones

Tal y como se ha discutido anteriormente, en la Filosofía del Derecho Hegel es, en ocasiones, increíblemente inocente: piensa que el funcionariado es una institución meritocrática que sirve al bien público, y no considera que los funcionarios miren por sí mismos como todo el mundo; no parece que le preocupe que los jueces sean designados o de qué clase social provengan, porque es su concepto aplicar la ley a los casos individuales sin tener en cuenta sus intereses de clase o agenda política; que la monarquía constitucional, como tradicional propietaria de la tierra, sea una persona extremadamente rica no le causa a Hegel sospecha alguna de que su juicio sea influido por su riqueza.

Marx ridiculiza este idealismo comentando irónicamente: “El hombre que hay dentro del funcionario se supone que debe proteger al funcionario de sí mismo” (Crítica de la filosofía del Estado de Hegel, 1843), señalando que la sociedad civil necesariamente opera dentro del funcionariado. Hegel parece pensar que los funcionarios actuarán acorde a la descripción de su trabajo; Marx no lo cree. Todo el mundo sabe que la estructura remunerativa determina las acciones de un empleado más efectivamente que la misión de su estamento.

En EEUU todo el mundo parece aceptar que los jueces de la Corte Suprema actúan en función de su propia agenda política, y que los juicios pueden usarse para discriminar a los afroamericanos. De todas formas, en los países más desarrollados, más allá del hecho de que los jueces siempre provienen de las secciones sociales más privilegiadas, la ley es generalmente desarrollada y aplicada según racionales palabras dignas de ser escritas en los libros de leyes y no según expresiones desnudas de prejuicio de clase. Lo que es más, cuando las decisiones son expresiones desnudas de prejuicio de clase, hay indignación pública, presiones políticas, e, incluso si toma siglos, hay algún mérito en el aforismo: “La verdad emergerá”. En esta larga carrera, el idealismo de Hegel a menudo parece tener más mérito del que el materialismo cínico sugeriría.

(f). Hegel sobreestimó la razón especulativa en relación al proceso social en sí mismo

Hegel publicó por primera vez su Enciclopedia de las ciencias filosóficas en 1817. En este trabajo monumental trató de prefigurar (entre otras cosas) el completo desarrollo de la ciencia natural. Pero la ciencia natural no progresa a partir de la escritura de más perfectas y comprensivas enciclopedias; sino a través de individuos y grupos especializados en problemas estrechamente definidos, inicialmente sin una visión sofisticada de conjunto, y, gradualmente, con las décadas, los hilos separados van entrando en contacto los unos con los otros y, con el tiempo, a través de un proceso aparentemente objetivo, visiones científicas viables comienzan a emerger.

Cada campo de investigación ha estado influido por los descubrimientos, teorías, técnicas y herramientas producidos por otros; el alcance, la complejidad y la interconexión de la actividad humana desarrollada cada vez más lejos, creando nuevas visiones, nuevas técnicas, nuevas teorías, nuevas formas de experimentación, nuevas posibilidades sin fin, mucho más lejos de lo que la capacidad de una sola mente puede planear o predecir. Cada visión, cada descubrimiento es el producto de la mente humana, pero el proceso es un gigantesco y mundial proceso social.

En cada momento, el último descubrimiento surgido del inacabable despliegue de la práctica humana es inteligible a la luz de lo que hubo antes, lo que se acaba de descubrir. Pero ¿quién puede decir cuál será el próximo descubrimiento?
Cuando Marx escribió el Manifiesto Comunista dejó muchas cuestiones sin resolver. Una de ellas era la cuestión de si el movimiento obrero sabría aprovechar el poder y cómo lo usaría. Marx no quiso trabajar esto por avanzado. Tuvo que esperar hasta que la Comuna de París demostró lo que el movimiento obrero hubiese hecho. Entonces modificó el Manifiesto en consonancia – añadiendo al Prefacio de 1872 las palabras: “Una cosa fue especialmente probada en la Comuna, que “la clase obrera no puede simplemente apoderarse de la maquinaria de estado existente y utilizarla para sus propios propósitos””.

Del mismo modo, en la redacción de El Capital, Marx tomó como punto de partida no el concepto de valor, sino la simple forma social en la que el valor se manifiesta: el intercambio de mercancías. Viviendo en Inglaterra, en ese momento el más avanzado país capitalista, era posible observar el despliegue de la relación de valor a través del intercambio de mercancías. El “concepto de valor” era observable en los escritos de los economistas políticos, pero el intercambio de mercancías es un acto real que puede ser visto y experimentado por cualquiera. Por todo ello Marx pudo hacer el desarrollo del capital inteligible en su análisis del intercambio, pero hizo solo las más generales y cualificadas predicciones de hacia dónde se dirigía, basándose en su visión clara de dónde estaba en aquel momento. No pudo predecir las sucesivas transformaciones del capital que fluirían a través de la economía tras su muerte, y Marx lo sabía.

Pero comparemos el análisis de Marx con el inocente análisis de Hegel del valor.
Como un Idealista, Hegel creía falsamente que la Lógica le permitiría ver lo que todavía estaba fuera de la experiencia social. Dado que estaba escribiendo en 1817, antes del experimento Michelson-Morley, del microscopio o de los descubrimientos de Darwin y del burbujeo de la ciencia natural del siglo XIX, es obvio para nosotros que el proyecto de la Enciclopedia de Hegel era insostenible. Solo el proceso social en sí mismo como un todo puede crear y revelar el contenido real del concepto; este despliegue es asequible a los teóricos que pueden observar y hacer inteligible lo que existe, o por lo menos está en proceso de desarrollo.

Esta es la diferencia entre Idealismo y Materialismo en términos de método.


Poniendo a Hegel cabeza abajo

El aforismo de Marx es válido:
“Mi método dialéctico no sólo es en su base distinto del método de Hegel, sino que es directamente su reverso. Para Hegel, el proceso del pensamiento, al que él convierte incluso, bajo el nombre de idea, en sujeto con vida propia, es el demiurgo de lo real, y lo real su simple apariencia. Para mí, por el contrario, lo ideal no es más que lo material transpuesto y traducido en la cabeza del hombre” (Marx, Palabras finales a la segunda edición alemana del primer tomo de El Capital, 1873).

Pero sin una explicación previa resulta poco útil para su comprensión, y todavía más para poder usar la dialéctica de Marx.

Primero, consideremos esta crítica que Marx le hizo a Hegel:
“El todo, tal como aparece en la mente como todo del pensamiento, es un producto de la mente que piensa y que se apropia el mundo del único modo posible, modo que difiere de la apropiación de ese mundo en el arte, la religión, el espíritu práctico. El sujeto real mantiene, antes como después, su autonomía fuera de la mente, por lo menos durante el tiempo en que el cerebro se comporte únicamente de manera especulativa, teórica. En consecuencia, también en el método teórico es necesario que el sujeto, la sociedad, esté siempre presente en la representación como premisa.” (Marx, Grundrisse, 1858)

El “sujeto real” es la práctica social. Una forma de práctica social no puede ser observada y hacerse inteligible por un teórico hasta que se haya convertido en ser. El progreso del conocimiento tiene la apariencia de un logro del pensamiento, pero de hecho es el progreso real de la práctica social, subsecuentemente reflexionada en las teorías de sucesivos filósofos. (La intervención práctica en la práctica social más que la “reflexión” ofrece una más amplia visión para comprender fenómenos naturales y sociales).

Esto está implícito en el consejo de Hegel en el Prefacio a la Filosofía del Derecho sobre el Búho de Minerva levantando el vuelo al atardecer, pero Marx es quien toma este consejo seriamente mientras que Hegel estaba demasiado inclinado a creer que la élite intelectual de la sociedad (incluyéndose a sí mismo) podría usar la lógica especulativa para teorizar por avanzado el desarrollo real. El idealismo de Hegel se refleja también en el hecho de que Hegel siempre miraba hacia la élite social e intelectual para resolver problemas sociales y consideraba a las masas como una fuerza destructiva Natural, mientras que Marx, a su vez, miraba a los obreros como el vehículo del progreso social. La orientación hacia la “tierra” más que hacia las “estrellas” es cómo yo interpreto el “poner a Hegel sobre sus pies”.

Los conceptos son formas de actividad y el “Espíritu” de Hegel puede ser interpretado como actividad humana. El párrafo de Marx citado anteriormente muestra que Marx tomó el mismo punto de vista. Hay mucho en la escritura de Hegel que hace difícil de creer que Hegel lo vea también así, pero sea lo que fuere que había en su cabeza él siempre escribió como si se tratara de que las entidades espirituales fuesen los componentes primarios y la acción humana meramente derivada. De hecho, todo su estilo de escritura puede ser descrito como “idealista”. De todos modos, ideas y actividad son inseparables y cualquier teoría que se base en una y no en la otra es insostenible.

El modo del que querría explicar la relación entre Marx y Hegel es mediante la relación que tuvieron ambos con la “Ciencia Romántica” de Goethe.

Goethe, Hegel y Marx

Durante su Viaje a Italia (1786/1788 – 1787/1962) y en correspondencia con su amigo Johann Gottfried Herder, el gran naturalista y poeta, Johann Wolfgang von Goethe, llegó al concepto del Urphänomen observando la variación en las plantas a diferentes altitudes y latitudes. Cada planta, él creía, era una realización acorde a condiciones de una forma subyacente que llamó Urpflanze. Esta idea estaba inspirada en el Schwerpunkt de Herder – el “punto fuerte” de una persona, su experiencia definitiva, que (en palabras de Marx) “es una iluminación general que baña todos los otros colores y modifica sus particularidades” (Marx 1973/1857, p. 107; cf. Herder 2004/1774).

El Urphänomen era la más simple y particular instancia de un complejo proceso u organismo que exhibía las características esenciales del todo. En una simple, sensorialmente percibida instancia, uno puede comprender el todo como una Gestalt y este Urphänomen proveería del punto de partida para toda una ciencia. Hegel y Goethe murieron antes de que los microscopios se desarrollasen suficientemente poder para revelar la microestructura de las plantas y de los animales o células descubiertas. Goethe nunca pudo haber imaginado lo que el microscopio revelaría, pero el Urphänomen anticipó la célula, que, junto con la evolución por selección natural, marcó la fundación de la biología moderna.

Hegel explícitamente tomó a Goethe y su descubrimiento como la inspiración para su propio método, que comienza desde el Concepto Abstracto, el concepto más simple, la “célula germinal”, que provee a una ciencia de su punto de partida dado desde fuera de esa ciencia. Para Hegel, este “Ur-concept” no podía ser el producto de la intuición intelectual como lo era para el “delicado empirismo” de Goethe, sino al contrario, era el producto del pensamiento crítico. Hegel construyó su sistema completo sobre la idea del desarrollo lógico de una ciencia concreta sobre un simple y abstracto “Urconcept” (es mi término, no de Hegel). Hegel explicó su método en la sección titulada La idea del conocer en la Ciencia de la Lógica. 
Para Marx, el punto de partida no era un concepto abstracto, sino una forma elemental de práctica social, una Urpraxis (de nuevo, es mi término, no de Marx). Veamos cómo esto se relaciona con el trabajo vital de Marx: El Capital. 

El Capital de Marx y la Lógica de Hegel

En su primer borrador de una crítica de la economía política, Los Grundrisse (1973/1858), en el pasaje “Método de la Economía Política”, Marx se comprometió a un programa de investigación basado en la Lógica de Hegel, y en 1859 se había decidido por el intercambio de mercancías como la “Urpraxis” de la economía política burguesa, y desarrolló esta idea en el Volumen I de El Capital (1996/1867). Antes de trazar este desarrollo en El Capital, trazaremos el viaje filosófico de Marx hasta su apropiación crítica de la Lógica de Hegel exhibida en El Capital.

Actividad y Conceptos

En las primeras palabras que pertenecen a sus visiones de madurez, Marx (1976/1845) critica el materialismo filosófico por aceptar el punto de partida de las ciencias naturales: un observador que contempla y que existe independientemente del objeto. Los objetos existen, distintos del pensamiento; de todas formas, es solo gracias a la actividad “práctica-crítica” que el objeto se percibe y reconstruye en el pensamiento. Marx insistió en que ni el pensamiento abstracto ni la percepción sensible formaban el objeto de investigación de la ciencia, sino la actividad. Por “actividad” (o “praxis” o “práctica social”) entendemos no una manifestación exterior de pensamientos, sino una totalidad en la que el pensamiento y el comportamiento se abstraen. Pero las formas de práctica social existían siglos antes de que nadie formulase el concepto, del mismo modo que los conceptos utópicos existen sin ninguna base real en la vida social.

Así que Marx substituyó explícitamente por sistemas de práctica social, formaciones sociales, el Gestalten des Bewußtseins (Formas de conciencia), actividades reales y no sus sombras.
En el primer Prólogo de El Capital (1867), Marx pregunta por qué, más de 2000 años desde que Aristóteles por primera vez formó el concepto de valor de cambio, fue solo en el siglo XIX cuando el secreto de la formación del valor de cambio y sus ramificaciones fueron retomados. Según Hegel, el creciente entendimiento de categorías económicas como el valor de cambio era el resultado de un trabajo teórico de los economistas políticos que científicamente desarrollaron el contenido de los conceptos de la economía política. La mayoría de gente entendería el progreso de la ciencia natural del mismo modo: como un largo tren de soluciones a problemas, cada una construida sobre las soluciones que dieron quienes les precedieron. ¿Pero esto no se sustenta, verdad? Es Idealismo. La actividad humana se desarrolla a su modo; gradualmente, sobre milenios, todos los aspectos del concepto de valor de cambio fueron actualizados como relaciones reales, últimamente en la forma de dinero y capital. En la sociedad burguesa moderna, el concepto de valor de cambio ha alcanzado su último desarrollo, y el teórico solo tiene que reflexionar sobre lo que aparece ante sus ojos a través del desarrollo de la actividad en sí misma – la ciencia se apropia concepto que ya se han “trabajado a sí mismos” en la vida práctica.

Para dar sentido a la idea de Hegel, los conceptos tienen que ser entendidos en primer lugar como formas de actividad, no como el producto de teóricos. Los teóricos solo pueden estudiar lo que ya se encuentra en la actividad práctica, implícita o potencialmente sino explícitamente. Pero aunque Hegel se equivocara en esto, y por error haya creído que el progreso social era trabajo de los teóricos, su Lógica mantiene la validez, siempre que consideremos que los conceptos son interpretados como formas de la actividad práctica, y solo derivadamente como pensamientos subjetivos o figuras de lógica categorial.


El Método de la Economía Política

En Los Grundrisse (1973/1858), Marx explicó la historia de cualquier ciencia como constructo de dos fases:

“Parece justo comenzar por lo real y lo concreto, por el supuesto efectivo; así, por ejemplo, en la economía, por la población en su conjunto. Sin embargo, si se examina con mayor atención, esto se revela como falso. La población es una abstracción si dejo de lado, por ejemplo, las clases de que se compone. […] Si comenzara, pues, por la población, tendría una representación caótica del conjunto y, precisando cada vez más, llegaría analíticamente a conceptos cada vez más simples.
Y después:
“Llegado a este punto, habría que reemprender el viaje de retorno, hasta dar de nuevo con la población, pero esta vez no tendría una representación caótica de un conjunto, sino una rica totalidad con múltiples determinaciones y relaciones.”
“Lo concreto es concreto porque es la síntesis de múltiples determinaciones, por lo tanto, unidad de lo diverso. Aparece en el pensamiento como proceso de síntesis, como resultado, no como punto de partida, aunque sea el verdadero punto de partida, y, en consecuencia, el punto de partida también de la intuición y de la representación. En el primer camino, la representación plena es volatilizada en una determinación abstracta; en el segundo, las determinaciones abstractas conducen a la reproducción de lo concreto por el camino del pensamiento.” (p. 22/100)
Este pasaje describe la estructura de la Lógica de Hegel. El punto de partida de una ciencia es la masa de datos abstraídos del flujo de informes económicos. Esta fase es representada en la Doctrina del Ser de Hegel, fase de observación y medidas que precede a la reflexión científica. El viaje comienza cuando estas medidas son trabajadas, reflejadas en un trabajo de patrones y leyes y una descripción teórica de los datos. La primera fase del desarrollo de la ciencia (“el camino históricamente seguido por la economía en sus orígenes” p. 100) es completada cuando llega a su determinación más simple, la entidad singular que exhibe las relaciones esenciales de todo el proceso. Esta primera fase se cumple en la historia de la ciencia por medio de la crítica inmanente del concepto abstracto del Ser, y es representada por Hegel en la Doctrina de la Esencia.

La segunda fase es reconstruir el todo, ya no como una concepción caótica sino sistemática, un todo que exhibe de forma desarrollada características esenciales con las que estamos familiarizados desde la unidad con la que habíamos comenzado. Esta segunda fase –dialéctica sistemática (“obviamente el método científico correcto” p.101) está representada por Hegel en la Doctrina del Concepto. Para Marx, este Urphänomen no sería un fenómeno o un concepto, sino una inter-acción observable en la práctica social, un acto social familiar que podamos comprender sensorialmente, una Urpraxis. En el caso de la economía política, esto sería el acto de intercambiar mercancías. En cada estadio de la reconstrucción, los conceptos lógicamente derivados de la Urpraxis son validados por su existencia objetiva en la práctica social. La reconstrucción concreta resultante (que en la Lógica Hegel representó como “Espíritu”) difiere de los datos con los que comenzó el análisis (“SER”) porque es un todo sistemático más que una mera sucesión de cualidades abstractas.

Marx asumió este plan de trabajo como su aportación a la historia de la economía política, a través de muchos años de crítica inmanente de las teorías rivales de la economía política seguidos por una reconstrucción sistemática de la sociedad burguesa en El Capital.

La mercancía

En el primer Prólogo de El Capital, donde Marx habla sobre el problema del valor en la economía política, dice:

“el espíritu del hombre se ha pasado más de dos mil años forcejeando en vano por explicársela, a pesar de haber conseguido, por lo menos de un modo aproximado, analizar formas mucho más complicadas y preñadas de contenido. ¿Por qué? Porque es más fácil estudiar el organismo desarrollado que la simple célula. En el análisis de las formas económicas de nada sirven el microscopio ni los reactivos químicos. El único medio de que disponemos, en este terreno, es la capacidad de abstracción. La forma de mercancía que adopta el producto del trabajo o la forma de valor que reviste la mercancía es la célula económica de la sociedad burguesa.” (1996/1867, p. 8)
El uso por parte de Marx de la metáfora de la “célula” no puede sino recordarnos al Urphänomen de Goethe, que la biología realizó en la célula. El primer capítulo se refiere a la exposición de la relación de la mercancía. Marx deriva los conceptos de valor en los primeros tres capítulos de El Capital, desplegándose del intercambio de mercancías el concepto de Cualidad y Cantidad de Medida, paralelamente al primer libro de la Lógica de Hegel. Comenzando con el concepto abstracto de la mercancía y después desplegando de este concepto una concepción concreta del valor en la sociedad burguesa, Marx siguió la estructura que Hegel usó en todos los libros de la Enciclopedia.

Particularmente, Marx partió del descubrimiento de que la relación de mercancía es la unidad de dos acciones independientes representadas por dos formas de valor: el valor de uso, implicado en el consumo del objeto (su cualidad social), y el valor de cambio, implicado en la producción del objeto y realizado en el mercado (su cantidad social). La homología entre las categorías de la Ontología de Hegel y los primeros capítulos de El Capital refleja el hecho de que el dinero ha estado haciendo el trabajo de reducir todos los productos de la actividad humana a simple medida, llevando a cabo el trabajo de la lógica, pero como un proceso social y no como un ejercicio intelectual. Dada la naturaleza social de la lógica categórica de Hegel, es de esperar que las categorías de la lógica deberían de tener una existencia real en los correspondientes procesos sociales. Sin embargo, no acepto la sugerencia de Chris Arthur (2015) sobre esta homología como un resultado del estudio de Hegel de los economistas políticos ingleses. Fue el filósofo soviético Ilyenkov quien subrayó este proceso de abstracción objetiva en sus trabajos sobre El Capital (1982/1960) y el ideal (1977), que es la base de esta homología. La crítica de Hegel a la economía política resultó ser fatua.

Unidad y célula germinal

Nos parecerá chocante y extraño comenzar por el intercambio de mercancías. Pero, como dice Marx en las primeras palabras de El Capital: “La riqueza de las sociedades en que impera el régimen capitalista de producción se nos aparece como un “inmenso arsenal de mercancías””, el intercambio de mercancías es una extraña ocurrencia en la sociedad burguesa moderna; generalmente, nosotros compramos y vendemos mercancías. La tercera sección del Capítulo 1 muestra la génesis histórica del intercambio desde su temprana apariencia en intercambios entre tribus hasta el uso del oro como equivalente universal y más tarde utilizando el papel-moneda por los estados. De este modo, Marx mostró que el dinero es esencialmente una mercancía y que el gasto de fuerza de trabajo es una mercancía comprada y vendida en el mercado de trabajo y utilizada por los compradores capitalistas.

Esto exhibe uno de los aspectos de la Urpraxis que mencioné anteriormente.

La Urpraxis nace de los problemas a un nivel más bajo de desarrollo. Pero con la formación de la auto-reproductiva Gestalt que genera, la Urpraxis se mueve a través de una serie de transformaciones.

La Urpraxis es la “forma social simple”

En las Notas sobre Adolph Wagner (1989/1881, p. 544) Marx dice: “Yo no procedo del “concepto de valor”…Procedo de la más simple forma social en la que el producto de trabajo se presenta a sí mismo en la sociedad contemporánea, y este es la “mercancía”.” Esto es lo mismo que cuando Hegel toma la propiedad privada como la forma social más simple de la Libertad y la convierte en un punto de partida de la Filosofía del Derecho. Del mismo modo que la propiedad privada lleva al Estado, el intercambio de mercancías lleva al capital, pero en ambos casos el libro no comienza con un concepto de su objeto de investigación, sino con su substancia subyacente.

La mercancía es una forma del valor, pero el “valor” es intangible, no es una “propiedad natural, geométrica o química” (1996/1867, p. 47) – es una cualidad suprasensible de la mercancía. El valor es de hecho una relación social que tan sólo puede percibirse conceptualmente. Sin embargo, la mercancía es una forma del valor que, gracias a la experiencia diaria, puede percibirse sensorialmente. Esto significa que la crítica al concepto de mercancía funciona sobre relaciones que pueden percibirse sensorialmente por el lector y el escritor. Comenzando con el (concepto de) mercancía Marx moviliza el entendimiento sensitivo de los lectores sobre las mercancías, y así nos lleva a las relaciones sucesivas. Mientras la relación exista en la práctica social, y no solo en la intuición del escritor, permite al lector captar con seguridad y verificar la exposición lógica.

La decisión de Marx de no empezar con el “valor” sino con la “mercancía” ilustra la deuda de Marx con Goethe y su “delicado empirismo”, y es crucial para su implementación práctica de la Lógica de Hegel.

No conozco ninguna evidencia de que Marx conociese el Urphänomen de Goethe, menos de su apropiación. Marx trabajó en unas coordenadas culturales e históricas concretas, y se situó en una posición social particular en la crisis del desarrollo social. Si algún filósofo es la fuente inmediata del giro filosófico de Marx hacia la praxis, estos serían Gottlob Fichte y Moses Hess (1964/1843), con los que Marx trabajaba mientras escribió las Tesis sobre Feuerbach. También, mucho de lo que Marx tuvo que decir sobre Hegel no es complementario. La relación tríada entre estos tres pensadores holísticos, Goethe, Hegel y Marx, es real a pesar de que Marx nunca se lo propusiera. En el siglo XIX, todos los alemanes, Hegel y Marx incluidos, crecían bajo la larga sombra de Goethe, cuyo impacto en la cultura alemana no puede subestimarse. Sin embargo, las ideas de ciencia natural de Goethe eran probablemente las menos conocidas, y fueron largamente desacreditadas por medio siglo. Pero el impacto de Goethe (que Marx colocó junto a Dante y Shakespeare como sus poetas favoritos) es innegable.

Ambos Goethe y Hegel fueron unilaterales en su método; el desarrollo de la ciencia y de la cultura le permitió a Marx trascender el Empirismo de Goethe y el Idealismo de Hegel.
Más allá, haciendo del Urphänomen de esta ciencia una práctica social real, no una práctica social imaginada, sino que sus normas ya han sido producidas por el desarrollo de la sociedad burguesa y puede volverse sujeto de observación y de intervención, Marx volvió la versión de Hegel del Urphänomen cabeza arriba, recobrando un elemento importante del Urphänomen de Goethe.

“Todo” vs una Gestalt

En la visión de Marx, la sociedad burguesa era esencialmente un mercado. Pero Marx no creía poder explicarlo todo sobre el mundo moderno a partir de la base de la mercancía. El Estado y la familia no eran (todavía) mercados.

Marx se involucró en la actividad política debido a su rabia ante la censura de prensa, la desigualdad, los privilegios aristocráticos y el lento progreso de la reforma liberal en Alemania, pero terminó viendo que no era la nobleza o el Estado quienes suponían la raíz de esos problemas sociales, sino el mercado. Tomando el intercambio de mercancías como la unidad de análisis (Vygotsky 1987/1934), escogió una unidad que ya contenía lo que él había visto como sociedad burguesa esencial. Este todo complejo que Marx trata de entender debe ser visto como miles y miles de intercambios de mercancías. El Capital contiene un análisis concreto de cómo la producción de mercancías lleva a la explotación de la fuerza de trabajo por un lado y a la acumulación de plusvalía por el otro – pero Marx no pretendía dar un análisis del Estado o de la historia mundial. Hegel, en contraste, tomó la propiedad privada (y no el intercambio de mercancías) como la célula germinal de la Libertad, como el “Urconcept”, y trató de desplegar de la propiedad privada la completa historia mundial del Estado. Los propósitos de Marx eran más modestos.

Mercancía y Capital

Pero El Capital es un libro sobre el capital, no sobre la producción de mercancías. En la Parte I del libro, los tres primeros capítulos, Marx analiza la circulación de mercancías y el dinero, pero de este análisis demuestra la emergencia de una nueva relación, la del capital, un nuevo tipo de mercancía. D-M-D (intercambio de mercancía mediado por dinero) se transforma en M-D-M’, producción de mercancías mediante la acumulación de dinero. De aquí Marx deriva una nueva unidad molar de análisis, una segunda Urpraxis – las compañías capitalistas o unidad de capital que marca la emergencia de la forma moderna de capital. Continuando por el Capítulo 4, Marx despliega de esta segunda Urpraxis una exposición dialéctica del movimiento del capital.

Este tema en ciencia holística, donde hay a la vez una micro unidad o Urphänomen (célula, cualidad mercancía,…) y una unidad molar (organismo, concepto, capital…) se identificó por primera vez en la actividad teórica soviética por parte de A.N. Leontiev (2009/1981). Es, de hecho, la unidad molar que es el sujeto de investigación del estudio, la llave para comprender lo que subyace en la micro-unidad. ¿Qué homología existe entre la Parte II y los sucesivos capítulos de El Capital, y el Concepto de la Lógica de Hegel? Muy poca. La homología más general que puede hallarse nace del objeto de investigación (acumulación, competición). Puede discutirse que la formación de una velocidad uniforme de beneficio a través de una economía, a pesar de una composición orgánica de capital que varía de una empresa a otra, tiene una homología con la formación de la Idea desde conceptos abstractos en el Concepto de la Lógica de Hegel. Pero, en cualquier caso, la homología que nace de paralelismos entre el objeto de investigación en sí mismo, basado en el dinero como abstracción real del trabajo humano, no le viene a Marx de emular a Hegel. La estructura de El Capital no es un espejo de ningún trabajo de Hegel.

Los conceptos de la economía política se despliegan acorde a su propia lógica, y sería un error tratar de relacionar El Capital, concepto a concepto, con alguno de los libros de Hegel.
En resumen, hay dos fases en la formación de una ciencia (los dos volúmenes de la Lógica  de Hegel, los dos procesos marcados por Marx en “Método de la Economía Política”); primero, un prolongado periodo que lleva al teórico a formar un punto de partida abstracto (Urphänomen), y luego la concretización de ese concepto abstracto en el desarrollo de la ciencia. Igualmente hay dos fases en la formación de una formación social como el capitalismo: primero, el prolongado periodo histórico que lleva al punto en el que la célula germinal emerge, seguido por la concretización y universalización del concepto, que implica la transformación de todas las otras relaciones de la formación social.

Hegel no descubrió el Urphänomen – se lo apropió del poeta naturalista John Wolfgang von Goethe y lo puso cabeza abajo. Con él dotó el comienzo abstracto de su filosofía, y cada una de las ciencias en las que trabajó comienzan con este concepto abstracto apropiado de la ciencia precedente. Esta es la misma idea que el Marx comunista se apropió del filósofo idealista, Hegel, e hizo de ella un punto de partida para su crítica del capital.

Sumario

Tanto para Marx como para Hegel, un concepto es una (normativa) forma de práctica social, pero donde Hegel sufrió de la ilusión de que el teórico puede desarrollar de una idea conceptual todo lo que hay de implícito en ella, Marx consistentemente sostuvo la visión de que el desarrollo lógico debía seguir al desarrollo social de la práctica en cada estadio, haciendo inteligible lo que ya estaba dado en la práctica social. Marx tomó el concepto más simple como punto de partida para elaborar formaciones sociales que representaran artefactos mediados por acción finitos, y no universales como “valor”.

Marx hizo la misma aproximación en su estudio del movimiento obrero en su lucha por el poder estatal, enmendando el Manifiesto del Partido Comunista a la luz de las acciones del movimiento obrero en la Comuna de París. Nunca construyó castillos en el cielo. Pero escribiendo a mediados del siglo XIX, Marx tuvo material con el que trabajar, material que no estaba disponible para Hegel a principios del siglo XIX.

Febrero 2020
Traducción para Marxismo Crítico de Cristina García