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jueves, 14 de noviembre de 2019

LAS SUPERARMAS DEL FUTURO


Opinión
14/11/2019

Gráfico: Common Dreams

Artículo publicado en la Revista América Latina en Movimiento No. 544: Las redes de la guerra 14/10/2019 




Las innovaciones tecnológicas han venido a cambiar las reglas de la guerra desde la propia existencia de la humanidad.  Estos avances también han producido efectos cada vez más destructivos hasta llegar a los sistemas de armas nucleares en el siglo pasado, con la capacidad de destruir a la humanidad entera.

En la actualidad existen nuevos desarrollos tecnológicos en el campo de las armas, algunas de las cuales tienen el potencial de cambiar el curso de la guerra.  Las principales nuevas armas en las que las grandes potencias militares han puesto todos sus esfuerzos son:

A) Armas de energía directa (directed energy wepons).  También conocidas como armas láser, este tipo de arma produce energía electromagnética concentrada a partir del uso del espectro electromagnético, lanzando un rayo de energía concentrado (láser).

Existen dos tipos principales:

1. Los laser de alta energía (High Energy Lasers, HELs), que producen rayos de luz monocromática, los cuales concentran energía en un punto designado;

2. Los de microondas de alto poder (High Powered Microwaves, HPMs), que usan la electricidad para hacer funcionar un generador que emite pulsos de radiación microonda.

Las armas láser tienen el potencial de cambiar las reglas de la guerra en dos sentidos:

1. Al tratarse básicamente de rayos de luz, pueden viajar a la velocidad de la luz (300,000 km/s), lo que siendo aplicado a la defensa antimisiles, convierte en ineficientes a los misiles balísticos intercontinentales (ICBMs), pues estos podrían ser interceptados por el láser mucho antes de alcanzar su objetivo;

2. Los láser microondas pueden ser usados como armas electrónicas, es decir, pueden tener como objetivo dispositivos electrónicos (computadoras, centros de control, o cualquier dispositivo que funcione en el espectro electromagnético), los cuales quedarían temporal o permanentemente inservibles después de ser alcanzados por un pulso electromagnético.

El alcance de esta tecnología aún está en discusión, pues su desarrollo implica muchos desafíos técnicos como sus limitaciones relacionadas al clima y al comportamiento de la luz en la atmosfera.

B) Armas hipersónicas.  Se trata de misiles capaces de alcanzar una velocidad hipersónica.  La velocidad hipersónica debe distinguirse de otras categorías de velocidades relacionadas al sonido.  Las velocidades sónicas se miden bajo el sistema de referencia mach, donde mach 1 significa una vez la velocidad del sonido (343,2 m/s aprox.), mach 2 son dos veces la velocidad del sonido, y así sucesivamente.  Hay tres categorías: la velocidad subsónica, cercana pero menor a la del sonido (mach 1); la velocidad supersónica que está entre mach 1 y mach 5; y la velocidad hipersónica, mayor a mach 5 (cinco veces la velocidad del sonido).

Hay dos tipos de misiles hipersónicos: 1. Los Hypersonic glide vehicles (HGV), lanzados desde cohetes de misiles balísticos pero sin salir de la atmosfera y sin seguir una trayectoria balística.Caen hacia su objetivo desde altitudes de entre 40 y 100 km.Aunque no tienen un sistema de propulsión propio, pueden tener pequeños propulsores que les permiten cambiar su trayectoria de manera impredecible, es decir, a diferencia de un misil balístico intercontinental (ICBM) que sigue una trayectoria balística (en forma de parábola) la cual no puede cambiar, el misil HGV puede cambiar de curso y objetivo en cualquier momento de su vuelo a voluntad del operador.2. Misiles crucero hipersónicos (Hypersonic cruise missiles, HCM).Pueden ser lanzados desde tierra, aviones y barcos.Tienen un sistema de propulsión propio que acelera y mantiene la velocidad hipersónica además de cambiar su trayectoria en cualquier momento también de forma impredecible y puede volar a altitudes de entre 20 y 30 km.

El desarrollo de estas armas cambia totalmente la capacidad de disuasión, ya que debido a su velocidad y su capacidad de maniobra dejan completamente obsoletos los sistemas de defensa antimisiles, que no pueden interceptar, por ahora, un misil hipersónico.Además, un misil hipersónico puede llevar una carga explosiva convencional, múltiples cabezas nucleares e incluso no llevar carga explosiva y solo actuar con la energía cinética, la cual debido a su velocidad conserva una alta capacidad destructiva.

C) Cañón de riel electromagnético (Electromagnetic railgun).  Es un cañón que usa energía electromagnética en lugar de propulsores explosivos para lanzar un proyectil.  Funciona como un enorme circuito eléctrico hecho de metales conductivos.  Al igual que los misiles hipersónicos, el interés en este tipo de arma es su velocidad.  El cañón electromagnético es capaz de lanzar proyectiles a velocidades hipersónicas con una gran precisión.  A diferencia de los misiles, estos proyectiles no tienen carga explosiva y su capacidad destructiva se las brinda la energía cinética que se alcanza con velocidades superiores a mach 5.

D) Armas cibernéticas.  En general, un arma cibernética o digital es aquella capaz de dirigir un ataque cibernético contra sistemas computacionales con el uso de software maligno (malware).  Un ataque cibernético comúnmente tiene como objetivo el robo o destrucción de información importante del adversario.  Pero un ataque cibernético tiene un potencial más amplio, por ejemplo, un software (virus) puede estar diseñado para tomar control remoto de infraestructura crítica como una planta de energía, una red ferroviaria o el sistema de vigilancia de una ciudad, lo que implica un potencial destructivo ampliado contra el enemigo.

La disputa hegemónica en el campo de las armas

Las armas descritas aquí son desarrolladas por las grandes potencias militares, esencialmente Rusia, China y por supuesto Estados Unidos.  El avance ruso y chino pone en entredicho la conservación de la superioridad militar estadounidense.

Respecto a las armas de energía directa, en Rusia se han desarrollado armas de microondas que pueden destruir sistemas de navegación en aviones tripulados y no tripulados y en misiles de precisión guiados.  Además, Rusia tiene la capacidad de interrumpir señales GPS y destruir equipo de radio y satélites.  China ha logrado construir un sistema láser no letal dirigido a individuos para neutralizarlos, además de tener sistemas capaces de destruir aviones no tripulados y satélites lanzando un láser desde la tierra.  (Feickert, 2018: 14)

Pero la amenaza a la superioridad estadounidense es más clara respecto a los misiles hipersónicos.  Hoy Rusia tiene en jaque los sistemas de defensa estadounidenses.  En 2018 fueron presentados los misiles Kinzhal y Avengard, convirtiendo a Rusia en el primer país del mundo en contar con misiles hipersónicos entre su arsenal.  El Kinzhal es un HCM que se lanza desde aviones de combate furtivos como el Mig-31 o el Su-57.  Viaja a mach 10 y puede llevar carga nuclear o convencional.  El Avengard, por su parte, es un HGV que puede alcanzar una velocidad de mach 20.  China también ha logrado desarrollar un misil del tipo HGV que alcanza una velocidad de mach 10.  Se sabe que desde 2014 los chinos trabajan en las armas hipersónicas y recientemente se han realizado pruebas con un misil balístico que lleva el HGV mencionado (Lague, 2019).  China, además, ha logrado construir un cañón de riel electromagnético el cual fue mostrado a inicios de 2019 montado sobre un barco (Sharman, 2019).

En lo referente a las armas cibernéticas, aunque hay varios países con capacidades de ataque cibernético, la disputa se da esencialmente entre Rusia y Estados Unidos.  Se sabe que cada uno de estos países cuenta con una oficina en la que trabajan piratas informáticos, militares, hackers, programadores, etc., que dirigen ataques cibernéticos contra sus respectivos contrincantes.  A pesar de esto, la mayoría de la información al respecto se mantiene en secreto y lo que sabemos se lo debemos en gran parte a filtraciones y reportes de prensa que ocurren después de un ataque cibernético (por ejemplo, recientemente contra Irán).

La permanencia de la superioridad estadounidense

A pesar de la disputa mencionada, Estados Unidos se mantiene como el actor hegemónico militar.  Aunque pueda parecer que lleva un atraso respecto a sus rivales, mantiene inversiones y desarrollos en todos los campos tecnológicos, no solo enfocándose en el desarrollo de un arma o un sistema.

Su mayor avance es respecto a las armas láser.  Actualmente cuenta con un arma láser basada en aire que puede derribar misiles y morteros.  También cuenta con un sistema llamado Active Denial System, un arma no letal que neutraliza a individuos por medio del calor que genera el láser.  Además, entre el 2020 y 2022 se incorporarán a sus arsenales varios sistemas de hasta 100 kilowatts capaces de destruir misiles, cohetes, artillería y aviones no tripulados.

En el campo de las armas hipersónicas es donde mantiene un gran retraso respecto a Rusia y China.  Sin embargo, sus programas sobre tecnologías hipersónicas son múltiples, especialmente en la Agencia de Proyectos de Investigación Avanzados de Defensa (DARPA), que incluyen misiles y vehículos.  Por otro lado, después de que Rusia dio a conocer sus misiles hipersónicos, Estados Unidos aceleró el paso con un contrato multimillonario con la empresa Lockheed Martin, la cual ha quedado encargada de construir armas hipersónicas en un tiempo relativamente corto.  Recientemente, en junio de 2019, dio a conocer por primera vez el prototipo de un misil HCM, reduciendo la distancia respecto a Rusia y China (Macias, 2019)

Además, el interés en el cañón de riel electromagnético es fundamental en el desarrollo de programas relacionados a velocidades hipersónicas.  Actualmente hay un contrato entre la marina (U.S. Navy) y la empresa BAE Systems, la cual ha desarrollado un cañón que está en fase de pruebas y se planea equiparlo en barcos para defensa aérea, alcanzando a China en el desarrollo de esta arma.

Finalmente, la Agencia Nacional de Seguridad (NSA) mantiene una oficina llamada Tailored Access Operations, la cual mantiene a un grupo de hackers que recolectan información, roban datos y monitorean comunicaciones.  Aunque se sabe poco de esta oficina, gracias a Edward Snowden y al grupo de hackers conocido como The Shadow Brokers conocemos su existencia, además de las actividades y alcances que tienen sus programas informáticos, como su capacidad de espiar a cualquier individuo en cualquier lugar del planeta mediante dispositivos digitales.

Yetiani Romero Rebollo es tesista de Estudios Latinoamericanos, Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México.

Fuentes consultadas

Feickert, Andrew 2018 U.S.  Army Weapons-Related Directed Energy (DE) Programs: Backgrounds and Potential Issues for Congress (Washington: Congressional Research Service) 30 pp.

Macias, Amanda 2019 “US successfully flies its newest hypersonic missile on B-52, Lockheed Martin says” CNBC

Lague, David 2019 “China leads U.S. on potent super-fast missiles” Reuters

Sharman, Jon 2019 “Chinese navy ship equipped with futuristic hypersonic railgun that can fire at nearly 6,000 mph” The Independent


https://www.alainet.org/es/articulo/203256

sábado, 20 de abril de 2019

¿PUEDEN EVITARSE LAS GUERRAS?



18/04/2019
I

¿Existe algún medio que permita al ser humano librarse de la amenaza de la guerra?, preguntaba angustiado Albert Einstein a Sigmund Freud en una famosa carta de 1932: ¿Por qué la guerra?, cuando arreciaba el nazismo y el odio contra los judíos en Alemania y la posibilidad de un gran conflicto internacional ya se veía en el horizonte. Pocos años más tarde estallaría la Segunda Guerra Mundial, con un saldo de 60 millones de personas muertas, y el uso (innecesario en términos bélicos) de armas atómicas por parte de Estados Unidos para dar fin al enfrentamiento (en realidad: bravuconada para mostrar quién detentaba el mayor poderío). “Todo lo que trabaja en favor del desarrollo de la cultura trabaja también contra la guerra”, respondía el fundador del Psicoanálisis en otra misiva igualmente famosa: ¿Por qué la guerra?

Sin dudas la preocupación en torno a la guerra, a su origen y a su posible evitación, acompaña al ser humano desde tiempos inmemoriales (de ahí la diplomacia, como forma civilizada de arreglar diferendos). "Si quieres la paz prepárate para la guerra", decían los romanos del Imperium. No se equivocaron. El fenómeno de la guerra es tan viejo como la humanidad, y según van las cosas nada indica que esté por terminarse en lo inmediato. La paz, parece, es aún una buena aspiración,…..pero debe seguir esperando.

Más allá de pacifismos varios que hacen llamamientos a la evitación de la guerra, la misma es una constante en toda la historia. Sus móviles desencadenantes pueden ser variados (elementos económicos, guerras religiosas, problemas limítrofes, diferencias ideológicas), pero siempre, en definitiva, se trata de choques en torno al ejercicio de poderes. En otros términos, aunque la cultura (o civilización) se ha desarrollado y, eventualmente, puede ser un freno a la guerra, la dinámica humana se sigue desplegando en torno al ejercicio de la violencia. ¿Quién pone las condiciones? o, si se prefiere, ¿quién manda?, es el que detenta el mayor poderío (el garrote más grande ayer, las mejores armas estratégicas hoy). La apelación a la fuerza bruta sigue siendo una constante. Nos civilizamos… solo un poco. La fuerza bruta sigue mandando.

La posibilidad de un órgano global que vele por la paz de todos los habitantes del planeta, más allá de una buena intención, no ha dado resultados. Dejar librada la paz a la “buena voluntad” no funciona. El mundo, ayer como hoy (la comunidad primitiva o nuestra actual aldea global) se sigue manejando en función de quién detenta la mayor cuota de poder (el garrote más grande). La Organización de Naciones Unidas, que nació para asegurar la paz mundial luego del holocausto de la Segunda Guerra Mundial, ha fracasado rotundamente, porque no dispone de la fuerza necesaria para hacer cumplir su mandato. El ejército de paz de la ONU (los Cascos Azules)… dan risa, porque no constituyen un ejército. De hecho, quienes toman las decisiones finales allí son los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad: Estados Unidos, Rusia, China, Gran Bretaña y Francia, las cinco principales potencias atómicas y, casualmente, los cinco mayores productores y vendedores de armas del mundo (¿“Astucias de la razón”? diría Hegel. ¿O patetismo descarnado?) Las declaraciones pomposas sobre la paz son pisoteadas inmisericordes una y otra vez.

Tomamos las armas para abrir paso a un mundo en el que ya no sean necesarios los ejércitos", dijo el líder del movimiento zapatista en Chiapas, México, el Subcomandante Marcos, en un intento de sentar bases para un futuro distinto al actual, donde la violencia define todo finalmente (y la guerra es su expresión suprema). Pero, más allá de lo hermoso de tal formulación, un mundo sin guerras, por tanto, sin armas, sin tecnología de la muerte, un mundo que hace pensar en el ideal comunista de una comunidad planetaria de “productores libres asociados”, como dijera Marx, donde ya no fuera necesaria la fuerza coercitiva de un Estado, hoy por hoy eso no pasa de bella aspiración. O de quimera utópica.

II

En la actualidad, si bien ha terminado la Guerra Fría –escenario monstruoso que sentó las bases para una posible y real eliminación de la especie humana en su conjunto en cuestión de pocas horas– continúan en curso cantidad de procesos bélicos, suficientes para producir muerte, destrucción y dolor en millones de personas en todo el mundo. Al menos son 25 las guerras en curso: Sudán del Sur, Siria, Afganistán, Birmania, Turquía, Yemen, Somalia, República Centroafricana, República Democrática del Congo, el conflicto israelí-palestino, Nigeria, Myanmar, la guerra contra el narcotráfico en todo México, Irak, por nombrar algunas, más la posibilidad siempre latente de nuevas guerras (Irán, Norcorea, Venezuela). La lista pareciera no tener fin. ¿Brasil y Colombia declararán la guerra a Venezuela? Parecía impensable unos años atrás; hoy día, no.

¿Por qué la guerra? ¿Es posible evitarla? Esta pregunta viene acompañando al ser humano desde sus orígenes, con lo que se ve que el problema es particularmente arduo y no existe una solución definitiva. “Usted se asombra de que sea tan fácil incitar a los hombres a la guerra y supone que existe en los seres humanos un principio activo, un instinto de odio y de destrucción dispuesto a acoger ese tipo de estímulo. Creemos en la existencia de esa predisposición [pulsión de muerte] en el ser humano y durante estos últimos años nos hemos dedicado a estudiar sus manifestaciones”, respondía Freud en su carta a Einstein. La historia de la humanidad, o la simple observación de nuestra realidad global actual, muestra fehacientemente que la guerra acompaña siempre al fenómeno humano. Entre Honduras y El Salvador, hasta una guerra ¡por un partido de fútbol! pudo declararse.

Alguien dijo mordazmente que nuestro destino como especie está marcado por la violencia, pues lo primero que hizo el primer humano al bajar de los árboles fue, nada más y nada menos, que producir una piedra afilada: ¡un arma! De ahí a los misiles intercontinentales con ojiva nuclear múltiple con capacidad de barrer una ciudad completa pareciera seguirse siempre el mismo hilo conductor. ¿Será realmente nuestro destino?

Se podría pensar, quizá amparándose en un pretendido darwinismo social, que esta recurrencia casi perpetua es connatural a nuestra especie, genética quizá. De hecho, el ser humano es el único espécimen animal que hace la guerra; ningún animal, por sanguinario que sea, tiene un comportamiento similar. Los grandes depredadores matan para comer, continua y vorazmente…, pero no declaran guerras. Y las peleas entre machos por territorio y por las hembras, no terminan con la muerte del rival y su sometimiento. Como toda conducta humana, también la violencia –y la guerra en tanto su expresión más descarnada– pasan por el tamiz de lo social, del proceso simbólico. La guerra no llena ninguna necesidad fisiológica: no se ataca a un enemigo para comérselo. En su dinámica hay otras causas, otras búsquedas en juego. Se vincula con el poder, que es siempre una construcción social; quizá la más humana de todas las construcciones. Ningún animal hace la guerra a partir del poder; nosotros sí.

A partir de esto, se ha dicho entonces que si la guerra es una "creación" humana, si su génesis anida en las "mentes", perfectamente se podría evitar. En esta línea, para pensar en la posible evitabilidad de la guerra y de la violencia cruel y gratuita, puede partirse de las conclusiones a que llegaron varios científicos sociales y Premios Nobel de la Paz congregados en Sevilla (España) en 1989 para analizar con todo el rigor del caso qué había de verdad y de mentira en relación a la violencia. El Manifiesto de Sevilla que redactaron afirma que la paz es posible, dado que la guerra no es una fatalidad biológica. La guerra es una invención social. "Se puede inventar la paz, porque si nuestros antepasados inventaron la guerra, nosotros podemos inventar la paz", expresaron en el documento.

No puede dejar de situarse el momento en que tuvo lugar tal acontecimiento: fue contemporáneo de la desintegración del campo socialista soviético y de la caída del Muro de Berlín, cuando el mundo quedó unipolarmente establecido, con Estados Unidos a la cabeza, y la Guerra Fría llegaba a su fin. Pudo pensarse en ese momento que el conflicto (¿conflicto de clases?) terminaba. De ahí la elucubración (quizá ingenua) respecto a que se podían sentar bases para terminar con las guerras (sin la molestia de un campo socialista. Pero ¿acaso desaparecían las contradicciones sociales, más allá de la pomposa declaración de Fukuyama de haber alcanzado el “fin de la historia y de las ideologías”?)

Si hubiese sido cierto que con la extinción del socialismo europeo (y la conversión de China a un “socialismo de mercado”, un socialismo light para la visión occidental) terminaban las tensiones, ¿por qué el fenómeno de la guerra no decae, sino que, por el contrario, aumenta? ¿Por qué sigue en ascenso la inversión en armamentos a nivel global? (más de un billón de dólares anuales), –armas que, indefectiblemente, son usadas en contra de otros humanos, y por tanto continuamente renovadas, mejoradas, ampliadas–. ¿Por qué, pese a que en muchísimos países en estas últimas décadas han aumentado la información, la participación ciudadana en la toma de decisiones, la cultura democrática, se decide con valentía intelectual acerca de temas candentes como la eutanasia, el aborto o los matrimonios homosexuales, por qué pese a todo ese avance civilizatorio las posibilidades reales de desaparición de las guerras se ven como algo tan quimérico? Hay en todo esto una relación paradójica: de liberarse toda la energía de las armas atómicas acumuladas hoy día sobre la faz del planeta, se generaría una explosión tan monumental que su onda expansiva llegaría a la órbita de Plutón. ¡Proeza técnica!, sin dudas. Pero ello no impide que el hambre siga siendo la primera causa de muerte de la humanidad. Pareciera más importante hacer la guerra que la paz. Se invierte más en armas que en procedimientos para terminar con el hambre. ¿Nuestro ineluctable destino: la destrucción de la especie?

Dígase, por otro lado, que esa quimera ilusoria de un mundo “pacífico” con Washington a la cabeza en forma unipolar, duró muy poco. Con el retorno de Rusia y China al primer plano de la política internacional, quedó más que demostrado que las guerras siguen. Siria marcó el retorno de Rusia como superpotencia militar, disputándole la supremacía global a Estados Unidos de igual a igual (derrotándolo en el país medioriental). Y Venezuela, con la posibilidad de una conflagración de características impredecibles dado el total compromiso en este pretendido “patio trasero” estadounidense de las dos potencias euroasiáticas ahora intocables, Rusia y China, el espectro de una guerra total (con armamento nuclear) está más cerca que cuando la crisis de los misiles en Cuba en 1962.

Aunque vivimos el fin de un período especialmente bélico como fue la llamada "Guerra Fría" (una virtual Tercera Guerra Mundial), la virulencia del actual marco guerrerista es infinitamente mayor a aquél. Con el actual tablero político internacional puede decirse sin temor a equivocarse que hoy se viven días de tanta tensión como en los peores momentos de aquel enfrentamiento Este-Oeste. Quizá la marca de dicho conflicto no está dado, básicamente, por una pugna ideológica (como lo fue la Guerra Fría: pugna capitalismo-socialismo) sino por enormes intereses económicos de las actuales superpotencias, disputa por supremacías geoestratégicas. Pero, independientemente de los motivos finales, la tensión sigue estando. Y también las armas más letales, cada vez más mortíferas y eficaces. ¿Qué garantía real existe de que no se usarán? Incluso, puede haber errores fatales.

Si bien es cierto que, aparentemente, la humanidad ha pasado el peor momento respecto al holocausto termonuclear a cuyo borde vivió por varias décadas, la paz hoy está muy lejos de avizorarse. Nuevas y más maquiavélicas formas de violencia se van imponiendo. La guerra, la muerte, la tortura pasaron a ser "juego de niños", literalmente. Cualquier menor de edad, en cualquier parte del mundo, se ve sometido a un bombardeo mediático tan fenomenal que lo prepara para aceptar con la mayor naturalidad la cultura de la guerra y de la muerte. Sus juegos, cada vez más, se basan en esos pilares. Los íconos de la post modernidad chorrean sangre, y pasó a ser un juego en cualquier "inocente" pantalla la decapitación de alguien, su desmembramiento, el bombardeo de ciudades completas, el triunfador "bueno" que aniquila "malos" de cualquier calaña. La cultura de la militarización lo invade todo. Parece que la máxima latina sigue más que vigente: la paz se consigue con preparativos bélicos. Dicho sea de paso, la industria armamentista es el renglón más redituable a escala planetaria: unos 35.000 dólares por segundo, más que el petróleo, las comunicaciones o las drogas ilícitas. Y la mayor inteligencia creativa, paradójicamente, está puesta en este sector, el sector de la destrucción.

Si es cierto que las guerras se mantienen porque, en definitiva, son un buen negocio para algunos, esto debería llevarnos a preguntar: ¿es entonces esa la esencia de lo humano? ¿La primera piedra afilada del Homo habilis de dos millones y medio de años atrás, un arma, es nuestro ineluctable destino? La pulsión de autodestrucción que invocaba Freud en su "mitología" conceptual para entender la dinámica humana, la pulsión de muerte (Todestrieb), no parece nada descabellada.

III

Retomando entonces el esperanzado y optimista Manifiesto de Sevilla formulado por la UNESCO: ¿es cierto que la guerra puede desaparecer? Si no es un destino ineluctable de nuestra especie, si la clave es preparar y educar a la gente para la paz, ¿por qué cada vez hay más guerras pese a los supuestos esfuerzos por construir un mundo libre de este cáncer?

Es curioso: nunca antes en la historia se habían destinado tantos esfuerzos a educar para la paz, para la no-violencia; nunca antes se había legislado tan profusamente acerca de todos los aspectos vinculados a la muerte y la agresividad. Nunca antes se había intentado poner fin a los tormentos de la guerra, la violación sexual, la tortura como lo que vemos actualmente, con tratados y convenciones por doquier, con combates frontales al machismo, al racismo, a la homofobia. Pero las guerras se mantienen inalterables, violentas, crueles y brutales. La actual tecnología militar nos hace ver las hachas, las flechas o las bombardas como inocentes juegos de niños, no sólo por el poder letal de las actuales armas de destrucción masiva, sino por la criminalidad de la doctrina bélica en juego: golpear poblaciones civiles, desaparición forzada de personas, concepto de guerra sucia, grupos élites preparados como "máquinas de matar", y como un ingrediente descomunalmente importante: guerra psicológica. Es decir: como parte de la guerra, mantener embobada a las poblaciones, desinformada, anestesiada. Hay una larga lista de operaciones de psicología militar que, cada vez más, se afinan y perfeccionan, teniendo efectos más devastadores que las bombas.

Crecen los esfuerzos por la paz, pero también crecen las guerras. Lo cual lleva a pensar si crecen realmente esos esfuerzos preventivos, si están bien direccionados, o si quizá hay que plantear la cuestión en otros términos. Las guerras, en definitiva, se hacen a partir del ejercicio de poderes, y la defensa a muerte de la propiedad es el eje común que los aglutina. Todo indica que vale más la defensa de la propiedad privada que la de una vida humana (si mato al ladrón que me robó el teléfono celular, no soy un asesino. ¿Interesa más la propiedad privada que la vida?) La esperanza que nos queda es que si se cambian las relaciones en torno a la propiedad, podría cambiar también la civilización basada en la guerra. La cita anterior del Subcomandante Marcos va en esa línea. Por lo pronto, dato importantísimo soslayado por la academia y los medios de comunicación capitalistas: jamás un país socialista inició una guerra.

Para conseguir la paz (lo cual suena bastante grande por cierto, ampuloso incluso): ¿alcanza "educar para la paz"? ¿Se pueden cambiar las crudamente reales relaciones de poder apelando a una transformación moral? ¿Cómo conseguir efectivamente reducir la violencia, reinventar la solidaridad y liberar la generosidad, tal como piden las declaraciones de Naciones Unidas? Obviamente están planteados ahí enormes desafíos: está demostrado que no hay un destino genético en juego que nos lleva a la guerra como nuestro sino inexorable. Hay grupos humanos actuales, en pleno siglo XXI, aún en la fase neolítica de desarrollo, pueblos nómades sin agricultura ni ganadería, recolectores y cazadores primarios, sin concepto de propiedad privada, que no hacen la guerra. ¿Podremos llegar a imitarlos pese a toda la parafernalia técnica que desarrollamos? El comunismo, como fase superior del socialismo, sería esa comunidad. En principio, nada justificaría ahí las guerras, porque el grado civilizatorio alcanzado sería maravilloso. Pero sin pensar en utopías, la realidad actual nos muestra 25 guerras simultáneas, con desplazados, muertos, desmembrados, odio y mucho miedo.

La educación no termina de transformar la ética; por tanto, no es el mejor camino para transformar la realidad socioeconómica. Un persona con mucha educación formal –con todos los post grados universitarios que se quiera, maestrías y doctorados– no es necesariamente un agente de cambio; por el contrario, puede ser de lo más conservador, y por tanto defender a muerte el actual orden de cosas justificando la guerra ("A veces la guerra está justificada para conseguir la paz", dijo el educado afrodescendiente Barack Obama, cuando era presidente de la principal potencia bélica del mundo al recibir el Nobel de la Paz). Las guerras, por cierto, no las deciden las poblaciones, el ciudadano común de a pie, sino unos pocos encumbrados en algún lobby de hotel lujoso, plagados de títulos universitarios.

Una transformación social implica básicamente cambios en las relaciones de poder. Y esto último nos lleva –círculo vicioso– a un cambio que se resiste a ser operado si no es desde una acción violenta, como han sido hasta ahora todos los cambios en las relaciones de poder habidos en la historia. "La violencia es la partera de la historia", dedujo Marx, analizando con otros términos la máxima latina. Si hay cambios posibles entonces, ¿más guerra todavía? La Revolución Francesa, paradigma primero de nuestra actual sociedad planetaria democrática y ¿civilizada?, triunfó cortando la cabeza de los monarcas. Es radicalmente cierto lo dicho por los zapatistas entonces: hoy por hoy, para conseguir un mundo futuro sin ejércitos, es necesario triunfar, imponerse sobre el mundo actual, defendido a capa y espada por las armas de la clase dominante. Y ese triunfo tendrá que apelar a la violencia revolucionaria. ¿Quién cede el poder alegremente, sin resistencia? Absolutamente nadie.

Hoy, desde las ciencias sociales de los poderes que marcan el ritmo global (la historia la escriben los que ganan, no olvidar), se habla insistentemente de resolución pacífica de conflictos. Acción violenta y lucha armada quieren hacerse pasar como rémoras que quedaron en la historia, como un pecado del que no hay que hablar, que cayeron junto con el muro de Berlín, y la línea en juego actualmente nos lleva a desarrollar una educación para la convivencia armónica. Lo curioso, lo fatal y tristemente curioso es que pese al Decenio para la Paz que fija la Organización de Naciones Unidas (que pasó sin pena ni gloria, y del que nadie se enteró prácticamente), estamos cada vez más inundados de guerras. Y todavía no empezaron todas las que están en lista de espera de la actual administración de Washington. Claro que… quien juega con fuego se puede terminar quemando. ¿Empezará la guerra de invasión en Venezuela? Allí hay estacionado armamento nuclear para uso del gobierno venezolano, con más potencia que los misiles de Cuba en 1962. ¿Se juega con fuego?

Con el "pesimismo de la inteligencia y el optimismo de la voluntad" que la situación requiere, como reclamaba Gramsci, creamos firmemente y hagamos lo imposible para que ese supuesto destino ineluctable de la violencia y las guerras no se termine concretando. Hoy, con los armamentos atómicos de que se dispone (17,000 misiles nucleares), el fin de la especie humana está garantizado si se desata una gran guerra total. Venezuela, no lo dudemos, puede ser el disparador. Nadie, absolutamente nadie es una “santa paloma” (¡los humanos no somos eso!, ni la Madre Teresa lo es); pero, una vez más: nunca un país socialista inició una guerra.