Por Xulio Ríos
17/07/2026
Fuentes: Rebelión
La
naturaleza del modelo económico y político chino seguirá siendo objeto de
debate durante mucho tiempo. Pocas etiquetas han suscitado tanta controversia
como la de «capitalismo de Estado», utilizada con frecuencia para describir el
sistema vigente en la República Popular China. Se trata, además, de una
expresión que en China provoca un rechazo frontal, no solo por sus
implicaciones ideológicas, sino porque se considera incapaz de explicar la
singularidad de un proyecto que sus dirigentes insisten en presentar como una
forma inédita de desarrollo socialista.
La
discusión no es menor. Si China fuera simplemente un capitalismo de Estado,
cabría interpretarla como una variante autoritaria del capitalismo
contemporáneo. Si, por el contrario, estuviera construyendo una modalidad
original de socialismo, nos encontraríamos ante una experiencia histórica distinta,
todavía inacabada y cuyo desenlace permanece abierto.
Oficialmente,
el modelo chino se define como una economía socialista de mercado. La expresión
no es casual. Desde la perspectiva del Partido Comunista de China (PCCh), no se
trata de una economía de mercado en sentido liberal, sino de una economía con
mercado, donde este constituye un instrumento de asignación de recursos
subordinado a objetivos políticos definidos mediante la planificación. El
mercado no determina el rumbo del desarrollo; lo hace el Partido. El objetivo
declarado continúa siendo la construcción de una sociedad socialista moderna
hacia 2049, coincidiendo con el centenario de la fundación de la República
Popular, y no la culminación de una sociedad capitalista.
Precisamente
ahí reside una de las primeras diferencias conceptuales. En las economías
capitalistas el mercado constituye el principio organizador del sistema; en
China, al menos en el plano doctrinal e institucional, el mercado se presenta
como una herramienta al servicio de un proyecto político de alcance superior.
Los argumentos del capitalismo de Estado
Quienes
califican a China como capitalismo de Estado parten de elementos objetivos.
Desde
posiciones liberales o conservadoras se subraya la coexistencia de propiedad
pública y privada, la búsqueda sistemática de beneficios, la integración plena
en el comercio internacional, la existencia de grandes corporaciones
competitivas o una creciente acumulación de riqueza. A ello se añade un Estado
extremadamente activo que protege sectores estratégicos, dirige la política
industrial, controla el sistema financiero y orienta la innovación tecnológica.
Para estos analistas, China habría sustituido el libre mercado por un
capitalismo gobernado desde el poder político.
Paradójicamente,
parte de la izquierda llega a una conclusión similar, aunque por razones muy
distintas. Su principal argumento es que la expansión de la propiedad privada,
la aparición de una poderosa clase empresarial, las desigualdades sociales, la
existencia de relaciones salariales plenamente mercantiles y la utilización del
beneficio como incentivo económico revelarían un abandono de los principios
clásicos del socialismo. Desde esta óptica, el discurso socialista funcionaría
como una legitimación ideológica de un sistema esencialmente capitalista.
Resulta
llamativo que esta crítica apenas se formulara durante las primeras décadas de
la reforma, cuando China seguía siendo un país relativamente pobre. Solo cuando
el desarrollo económico alcanzó dimensiones extraordinarias comenzó a
generalizarse la idea de que semejante éxito únicamente podía explicarse
mediante una conversión al capitalismo. Es como si el socialismo solo resultara
creíble mientras administraba la escasez y dejara automáticamente de serlo al
generar prosperidad.
Esta
lectura, sin embargo, tiende a minimizar la importancia de las singularidades
chinas y presupone que cualquier utilización del mercado conduce necesariamente
al capitalismo, una equivalencia que ni la teoría económica ni la experiencia
histórica permiten establecer de forma automática.
La respuesta china
El
rechazo chino a la etiqueta de capitalismo de Estado no responde únicamente a
una cuestión terminológica. Aceptarla implicaría reconocer que el proyecto
iniciado en 1949 habría abandonado sus fundamentos ideológicos para
transformarse en una variante del capitalismo.
Por
ello, el PCCh insiste en que las reformas introducidas desde finales de los
años setenta representan una evolución del socialismo, adaptada a nuevas
circunstancias históricas. La incorporación del mercado, de la empresa privada
o incluso del capital extranjero no modificaría la naturaleza del sistema
porque todos esos instrumentos permanecerían subordinados al liderazgo político
del Partido.
Desde
esta perspectiva, el criterio decisivo no consiste en determinar si existen
mercados o propiedad privada -presentes, en diferentes grados, en numerosas
economías- sino en establecer quién fija las prioridades del desarrollo y quién
controla los resortes fundamentales del poder económico.
En
China, el Partido mantiene el control absoluto sobre los sectores considerados
estratégicos; conserva la propiedad pública de la tierra urbana y limita
profundamente la privatización del suelo rural; dirige el sistema financiero; mantiene
una presencia orgánica dentro de las grandes empresas privadas; controla los
principales instrumentos de comunicación y planificación; y, sobre todo, impide
que el empresariado pueda constituirse como una fuerza política autónoma capaz
de condicionar al Estado.
Esta
diferencia resulta esencial. En las economías capitalistas son los grandes
intereses privados quienes terminan condicionando la acción pública. En China
ocurre, al menos hasta el presente, el fenómeno inverso: es el Estado, dirigido
por el Partido, quien subordina el capital privado a prioridades políticas
definidas previamente.
El papel de la planificación
Una
idea ampliamente extendida atribuye el éxito chino exclusivamente a la apertura
económica y a la inversión extranjera. Sin embargo, esa explicación resulta
claramente insuficiente.
La
apertura fue importante, pero probablemente lo decisivo haya sido la
extraordinaria capacidad del Estado para planificar el desarrollo durante más
de cuatro décadas. El capital extranjero fue admitido, aunque bajo condiciones
compatibles con los objetivos nacionales de industrialización, transferencia
tecnológica y creación de capacidades propias.
El
resultado no ha sido únicamente la recepción de inversiones internacionales,
sino la construcción deliberada de uno de los ecosistemas industriales más
completos del mundo bajo una lógica de soberanía económica que hoy se extiende
a ámbitos tan diversos como la seguridad alimentaria, las infraestructuras
críticas, la energía o las tecnologías avanzadas.
Esta
diferencia puede apreciarse comparando el caso chino con experiencias clásicas
de capitalismo de Estado, como la desarrollada durante décadas por el
Kuomintang en Taiwán. Allí el Estado impulsó la industrialización, pero con la
finalidad de consolidar una economía plenamente capitalista e integrada en la
estrategia geopolítica estadounidense. En China continental, por el contrario,
el discurso oficial insiste en que la industrialización constituye una etapa
dentro de un proceso histórico cuyo horizonte continúa siendo socialista.
¿Qué debemos observar?
El
verdadero problema quizá no consista en decidir hoy si China es o no
capitalismo de Estado, sino en identificar qué parámetros permitirán responder
a esa pregunta en el futuro.
Reducir
el análisis al crecimiento del PIB, al volumen exportador o al número de
millonarios resulta claramente insuficiente. Si la propia legitimidad del
modelo descansa sobre la promesa de construir una sociedad distinta, será
necesario evaluar también otros indicadores.
Entre
ellos destacan la evolución de la desigualdad; el grado de universalización de
los servicios públicos; la erradicación de la pobreza extrema; la efectividad
de las políticas de prosperidad común; la capacidad para limitar la influencia
política del gran capital; la persistencia de la propiedad pública en los
sectores estratégicos; el mantenimiento del liderazgo político del Partido
sobre la economía; la transición ecológica; la lucha contra la corrupción y la
consolidación de formas de desarrollo menos dependientes de la lógica exclusiva
del beneficio.
En
este sentido adquiere especial relevancia el experimento desarrollado en
Zhejiang, una de las provincias más dinámicas del país. Allí se ensayan
políticas que pretenden anticipar la siguiente fase del modelo: fortalecimiento
del liderazgo del Partido, desarrollo verde y civilización ecológica,
ampliación de las políticas de prosperidad común, regulación del capital
privado y profundización de la lucha contra la corrupción. Su evaluación hacia
2035 probablemente ofrecerá algunas de las evidencias más sólidas para valorar
hacia dónde evoluciona realmente el sistema chino.
China es otra experiencia histórica
Quizá
el principal error consista en intentar encajar a China dentro de categorías
elaboradas para explicar otras experiencias históricas.
No
cabe duda de que incorpora numerosos elementos que asociamos al capitalismo:
mercados, empresas privadas, competencia, acumulación, innovación o apertura
internacional. Pero tampoco cabe ignorar que el poder político mantiene un
grado de dirección económica, planificación estratégica y control sobre el
capital privado difícilmente comparable con las economías capitalistas
convencionales.
El
«secreto» del modelo chino parece residir menos en la economía que en la
política. No es el Estado actuando como un gran capitalista, sino un Estado que
pretende alinear la actividad económica con objetivos sociales, nacionales y
estratégicos de largo plazo. Que esa pretensión logre materializarse plenamente
o termine siendo absorbida por las dinámicas propias del capitalismo constituye
precisamente la gran incógnita.
En
última instancia, será la propia evolución de China la que responda a esta
cuestión. Nadie puede afirmar con certeza que el actual modelo desemboque en
una sociedad socialista plenamente desarrollada. Pero tampoco resulta
metodológicamente riguroso dar por supuesto que la presencia del mercado u
otros atributos “capitalistas” invalida automáticamente esa posibilidad.
Cabe,
por otra parte, hacer mención de la persistencia de las campañas de educación
ideológica que apela a mantener a ultranza la fidelidad a la misión fundacional
o la revalidación del marxismo, especialmente en el xiismo, como guía
inspiradora de los más de cien millones de militantes del PCCh. Es este mandarinato
el que vertebra las políticas del país en todos los órdenes.
China
continúa siendo, ante todo, una especificidad histórica. Su proyecto combina
una fuerte tradición civilizacional, una reivindicación permanente de la
soberanía nacional y una experimentación institucional sin precedentes. Tal vez
por ello las categorías heredadas resulten insuficientes para comprender una
realidad cuya definición definitiva todavía pertenece más al futuro que al
presente.
Un debate todavía abierto
La
definición del sistema económico chino constituye probablemente uno de los
mayores debates intelectuales de las últimas décadas. Lo menos que puede
decirse es que no existe un consenso académico. Al contrario, economistas,
politólogos e historiadores utilizan categorías diferentes para explicar una
realidad que combina planificación estatal, mercados, empresas privadas,
empresas públicas y un partido único que mantiene el monopolio del poder
político.
La
dificultad deriva de que China reúne características propias de sistemas
aparentemente incompatibles. Quienes privilegian el peso del mercado concluyen
que el país ya es esencialmente capitalista. Quienes ponen el acento en la
estructura del poder sostienen que el socialismo sigue siendo el principio ordenador
del sistema. Entre ambos extremos abundan las posiciones intermedias.
La interpretación liberal: un capitalismo dirigido
Desde
una perspectiva liberal, China representa una modalidad de capitalismo de
Estado. Autores como Barry Naughton, Nicholas Lardy o Yasheng Huang, aun con
diferencias importantes entre ellos, coinciden en señalar que la economía china
funciona mayoritariamente mediante mecanismos de mercado. Los precios se
determinan esencialmente por la oferta y la demanda, existe competencia entre
empresas, proliferan las compañías privadas, el trabajo asalariado constituye
la relación económica dominante y la integración en el capitalismo global es
prácticamente completa.
La
diferencia con las economías occidentales residiría en que el Estado conserva
un papel mucho más activo. Controla el sistema financiero, dirige la política
industrial, protege determinados sectores, interviene sobre los flujos de
capital y utiliza las empresas públicas como instrumentos estratégicos.
Desde
esta perspectiva, el socialismo habría quedado reducido a una legitimación
política mientras el funcionamiento cotidiano respondería, en esencia, a la
lógica capitalista.
La crítica marxista: una restauración capitalista
Curiosamente,
buena parte de la crítica procedente de la izquierda llega a una conclusión
semejante, aunque por caminos completamente distintos.
Autores
como David Harvey, Minqi Li o Au Loong Yu consideran que las reformas iniciadas
por Deng Xiaoping condujeron progresivamente a una restauración del capitalismo.
Su
argumento principal no se centra en la existencia de mercados -que también
existieron parcialmente en otras experiencias socialistas- sino en la
transformación de las relaciones sociales de producción.
Subrayan
varios elementos como el crecimiento de la propiedad privada; la formación de
una poderosa clase empresarial; la ampliación de las desigualdades sociales; la
mercantilización creciente del trabajo; la aparición de grandes fortunas; la
integración plena en el capitalismo mundial.
Desde
esta óptica, el Estado continúa siendo fuerte, pero actúa esencialmente para
garantizar la acumulación de capital, aunque bajo dirección del Partido.
No
obstante, esta interpretación suele enfrentarse a una objeción relevante. Si el
capitalismo se hubiera restaurado plenamente, ¿cómo explicar que el Estado siga
controlando los principales bancos, los sectores estratégicos, la política
monetaria, la tierra urbana y una parte sustancial de la inversión nacional?
Una tercera interpretación: un modelo híbrido
Otros
investigadores consideran insuficiente la dicotomía entre socialismo y
capitalismo.
El
caso más conocido probablemente sea Giovanni Arrighi. En “Adam Smith en Pekín”,
Arrighi sostenía que China no estaba reproduciendo el desarrollo capitalista
occidental sino construyendo una vía distinta basada en una fuerte tradición
estatal, un elevado grado de planificación y una utilización pragmática del
mercado.
Más
recientemente, Isabella Weber ha insistido en que muchas de las instituciones
económicas chinas no proceden únicamente del marxismo soviético, sino también
de tradiciones administrativas imperiales que concebían el mercado como un
mecanismo útil siempre que permaneciera bajo supervisión pública.
Desde
esta perspectiva, el mercado no sería incompatible con el socialismo siempre
que no determinase por sí mismo la orientación estratégica del desarrollo.
¿Qué responde el PCCh?
La
posición oficial del Partido Comunista de China parte de un razonamiento
diferente. El criterio fundamental no consiste en determinar si existe
propiedad privada o mercado. La verdadera cuestión consiste en responder quién
ejerce el poder político y qué finalidad persigue la economía.
Para
el PCCh, el mercado constituye únicamente un instrumento. El sujeto dirigente
continúa siendo el Partido. Esta diferencia no es meramente retórica. Como se
ha señalado, en China la tierra sigue sin privatizarse plenamente; los bancos
fundamentales permanecen bajo control estatal; las grandes empresas
estratégicas siguen siendo públicas; las compañías privadas incorporan
estructuras permanentes del Partido; el Estado determina las grandes
prioridades industriales, tecnológicas y territoriales mediante planes
quinquenales; el capital privado carece de autonomía para convertirse en una
fuerza política independiente.
Desde
la lógica oficial, precisamente estos elementos impedirían definir el sistema
como capitalista. Aceptar esa etiqueta supondría reconocer que el Partido ha
abandonado su misión histórica, algo incompatible con toda su construcción
ideológica desde Deng Xiaoping hasta Xi Jinping.
¿Dónde está realmente la diferencia?
Quizá
la cuestión más interesante consista en comparar el capitalismo de Estado
clásico con el modelo chino.
En
las experiencias habitualmente definidas como capitalismo de Estado -Japón de
la posguerra, Corea del Sur, Singapur o el citado Taiwán gobernado por el
Kuomintang- el Estado intervino intensamente para acelerar la
industrialización. Pero esa intervención perseguía consolidar economías
plenamente capitalistas. El éxito empresarial acababa traduciéndose, tarde o
temprano, en influencia política de las élites económicas.
China
presenta, hasta ahora, una lógica diferente. Los grandes empresarios pueden
acumular riqueza pero no pueden constituirse como un poder autónomo frente al
Partido. No controlan el sistema financiero. No controlan los grandes medios de
comunicación. No determinan la orientación de la planificación. No financian
partidos políticos alternativos.
Y
cuando el liderazgo considera que determinados sectores concentran un poder
excesivo -como ocurrió recientemente con las plataformas digitales o el sector
inmobiliario- interviene directamente para reequilibrar el sistema. Esta
subordinación permanente del capital al poder político constituye probablemente
la principal diferencia respecto del capitalismo de Estado convencional. Es
más, el Partido conserva intacta toda la capacidad para condicionar e incluso
revertir la política del país.
El verdadero criterio
Por
ello, quizá la pregunta adecuada no sea si China tiene mercado. La inmensa
mayoría de las economías contemporáneas utilizan mercados. La cuestión
verdaderamente relevante consiste en averiguar quién gobierna a quién.
¿Gobierna el mercado al Estado? ¿O gobierna el Estado al mercado?
En
las economías liberales, el poder económico tiende progresivamente a
condicionar el poder político. En China, al menos hasta el presente, sucede
justamente lo contrario. Ello no demuestra automáticamente que el modelo sea socialista.
Pero sí obliga a reconocer que las categorías tradicionales resultan
insuficientes para describirlo.
La prueba de fuego será 2035
En
realidad, la discusión probablemente no pueda resolverse hoy. Será la evolución
del propio sistema la que determine cuál de las interpretaciones resulta
finalmente correcta. Por eso adquiere tanta importancia el experimento iniciado
en Zhejiang.
Si
durante la próxima década China consigue reducir las desigualdades, reforzar la
prosperidad común, mantener subordinado al capital privado, profundizar la
transición ecológica y preservar el liderazgo público sobre los sectores
estratégicos, aumentarán los argumentos de quienes consideran que está
desarrollando una modalidad inédita de socialismo.
Si,
por el contrario, la lógica de la acumulación privada termina imponiéndose
sobre los objetivos sociales, el concepto de capitalismo de Estado adquirirá
una fuerza explicativa mucho mayor.
En
consecuencia, el debate permanece abierto. No tanto porque falten datos, sino
porque el objeto de estudio continúa transformándose.
Una última observación
La
mayoría de los análisis -tanto favorables como críticos- intentan responder a
la pregunta «¿qué es China?». Sin embargo, el propio PCCh formula otra
distinta: «¿hacia dónde va China?».
Es
una diferencia metodológica de enorme importancia. Mientras gran parte de la
literatura occidental clasifica el sistema atendiendo a su estado actual, el
Partido lo define por su dirección histórica. Es decir, sostiene que una
sociedad puede contener elementos capitalistas sin ser capitalista si esos
elementos constituyen una fase transitoria subordinada a un proyecto socialista
de largo plazo.
Ahí
reside, probablemente, el auténtico núcleo del debate: no en si China utiliza
mercados o empresas privadas pues eso es evidente, sino en si esos instrumentos
están transformando el socialismo o si, por el contrario, es el socialismo el
que está instrumentalizando al mercado para alcanzar unos objetivos políticos
previamente definidos. Esa es la cuestión que la evolución de China durante las
próximas dos décadas ayudará a responder.
Xulio Ríos es autor de Marx & China. La
sinización del marxismo (Akal, 2025).
Fuente: https://rebelion.org/es-china-un-capitalismo-de-estado/
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