Ariel Petruccelli 7 de julio,
2026
Por Ariel Petruccelli.
Las ideas socialistas en su sentido
más general pueden ser rastreadas hasta épocas remotas: algunos pasajes de
Platón, ciertas tradiciones milenarias chinas, determinados componentes del
comunitarismo andino en América, documentos asociados a las revueltas
campesinas en tiempos de la reforma protestante. Sin embargo, como ideología
bien articulada y asociada al proletariado su historia es más breve. El
Manifiesto Comunista fue redactado en 1848. La Primera Internacional fue
fundada en 1864. La comuna de París tuvo lugar en 1871 y los primeros
movimientos socialistas de masas datan de finales del siglo XIX. Habría que
esperar hasta 1917 para asistir a la primera revolución socialista triunfante,
aunque Lenin advirtió reiteradas veces que la URSS sólo podía considerarse
socialista porque ese era su objetivo, pero que estaba muy lejos de haber
sentado las bases del socialismo y mucho menos del comunismo. En cualquier
caso, entre 1917 y 1961 el socialismo pareció avanzar primero lentamente y
luego a gran velocidad. La revolución rusa inspiró levantamientos en muchos
países, aunque fueron aplastados casi sin excepción. Salvo Mongolia, durante
los años veinte y treinta la URSS era el único Estado socialista. Se trataba,
por lo demás, de un socialismo con el que difícilmente Marx se hubiera sentido identificado:
un país pobre e industrialmente atrasado; una clase obrera diezmada; los
soviets (organismo de la democracia proletaria) reducidos a un esperpento; un
Partido Comunista que ejercía una dictadura sobre el proletariado. Aun así, su
economía –en gran medida estatizada y bastante planificada– avanzaba a todo
vapor, explotando de manera inmisericorde la fuerza de trabajo de obreros y
campesinos koljosianos, y utilizando tecnologías y formas de trabajo copiadas
del capitalismo. Sin desconocer las enormes contradicciones del proceso, la
existencia de la propiedad estatal, el monopolio del comercio exterior y la
planificación económica a gran escala permitían pensar que una revolución
política por abajo, o una reforma política por arriba, podrían encausar el
rumbo de ese “Estado obrero burocratizado” en un sentido genuinamente
socialista, sobre todo si la revolución se extendía al resto del mundo: el
socialismo, se dijo siempre, será internacional o no será.
Durante la tormenta de la Segunda
Guerra Mundial el mundo comunista se expandió velozmente: China y Yugoslavia
hicieron por cuenta propia sendas revoluciones. El Ejército Rojo de Stalin
llevó la revolución desde arriba y desde fuera, manu militari, a
Rumania, Polonia, Hungría, Albania, Checoslovaquia y Alemania Oriental. El
comunismo parecía avanzar geográficamente. Y, sin embargo, en gran medida se
estaba hundiendo. Nada parecido a una democracia socialista se había erigido en
ninguno de esos países. En los Estados capitalistas más avanzados la democracia
liberal había finalmente logrado cooptar o domesticar a las fuerzas anti
sistémicas. La socialdemocracia (o burocracias sindicales de diferente tipo)
encausaron a los movimientos obreros más numerosos y organizados por una senda
de conciliación de clases en el marco de una economía rebosante. Las
convulsiones más agudas se desplazaron, en tal contexto, del centro de la
economía capitalista a su periferia. En Asia, África y América Latina florecían
los movimientos anti-coloniales y las guerrillas de izquierda enfrentaban a no
pocas dictaduras en Estados independientes, en un clima social en el que el
socialismo era una opción que despertaba simpatía en grandes segmentos de los
trabajadores y era defendida por numerosos intelectuales. En 1959 triunfó la revolución
cubana, tan influyente en América Latina y en África, la cual proclamó en 1961
su carácter socialista e inició un proceso de expropiaciones a gran escala. Sin
embargo, este fue casi el último intento de su tipo: de allí en adelante la
propiedad privada de los medios de producción prácticamente no sufrió amenazas
de expropiación sin pago a gran escala. Entre tanto, el destino de las antiguas
colonias se hallaba muy lejos de las expectativas anticoloniales: el regalo
envenenado de la liberación nacional se cobraba su precio.
Tras la dura derrota de USA en
Vietnam, se ocultaba el desarrollo molecular de un triunfo estratégico en
gestación. Ningún efecto dominó se generó tras la caída de Saigón. Por el
contrario, en Indonesia (un país con una población tres veces mayor que la de
Vietnam) medio millón de militantes y simpatizantes del partido comunista
fueron asesinados con total impunidad. La economía de la URSS sólo había
logrado cierta paridad militar con USA al precio de un muy bajo nivel de
consumo para su población. China iniciaba su lenta al principio y luego rápida
conversión a la economía capitalista. Poco después, entre 1989 y 1991, la URSS
se desplomó sin que ningún proletario derramara una lágrima. China aceleró sus
reformas pro-capitalistas mientras acentuaba el carácter policial de su Estado.
En Occidente, las reformas neoliberales avanzaban a toda marcha, mientras los
otrora poderosos movimientos obreros se reducían en número y se diluían
cualitativamente. La industria cultural y el desarrollo de la cultura
audiovisual derruyeron las viejas formas de autonomía obrera, popular o
campesina. Las izquierdas se hallaban en la mayor confusión y, por defecto,
casi todas ellas viraban hacia la derecha: la socialdemocracia devino incluso
menos que social liberalismo; los viejos Partidos Comunistas se extinguieron o
adoptaron posiciones socialdemócratas, pero con menos pretensiones,
autenticidad y fe que la vieja socialdemocracia. Las izquierdas abiertamente
revolucionarias quedaron reducidas a una exigua minoría casi insignificante.
Las dos últimas décadas del siglo XX
y los primeros dos o tres lustros del siglo XXI fueron de apogeo neoliberal. Ni
siquiera los llamados progresismos latinoamericanos lograron romper con este
patrón. En ningún caso se logró avanzar realmente en un sentido socialista. En
términos comparativos, sin excepción, todas esas experiencias se quedan muy por
detrás de los desarrollos socialdemócratas e incluso populistas del pasado:
expropiaciones hubo muy pocas y casi invariablemente por medio de rigurosos
pagos. Ningún avance en la planificación es digno de mención en estos procesos.
El abandono de cualquier veleidad sovietista no implicó ningún intento serio de
crear una democracia “de otro tipo” que fuera más allá de la democracia liberal,
ya sea por medio de la extensión del principio democrático a la producción o
por medio de la invención de novedosos mecanismos políticos específicos (como
lo fueron los soviets), e incluso se destruyeron o corrompieron las
experiencias de base comunitaria indígena-campesina, en Bolivia, Perú y
Ecuador. Antes o después, el desgaste de las fuerzas políticas “progresistas”,
cambios desfavorables de los precios internacionales o el agotamiento de
recursos no renovables determinaron el fin de esos gobiernos. La clase
capitalista ha salido fortalecida de esas experiencias, y la clase trabajadora
debilitada y, lo que suele ser peor, confundida.
…
Sin embargo, desde hace
aproximadamente una década, dos como mucho, el mundo en su conjunto parece
haber ingresado en una época de turbulencia acelerada, motorizada por unas
tasas de crecimiento económico insuficientes para garantizar buena rentabilidad
a todos los capitales y mejoras ostensibles en las condiciones materiales de la
mayoría trabajadora, pero excesivas para paliar el agudo deterioro ambiental o
tornar manejable el tendencial agotamiento de los recursos no renovables. Eso
ha llevado a una crisis de los sistemas políticos allí donde las condiciones de
vida de las nóveles generaciones se quedan muy por detrás de sus expectativas o
de las posibilidades de sus padres, y a un renacimiento de las pujas entre
potencias y del militarismo para controlar unos recursos cada vez más escasos.
Si algo queda del keynesianismo distributivo de “los 30 gloriosos”, es un keynesianismo
militar y belicista.
La crisis del 2008 tuvo una magnitud
potencial semejante a la de los años treinta. Pero los gestores del capitalismo
globalizado lograron sortearla con pocas convulsiones y casi sin amenazas para
el capital. La ideología liberal dominante consiguió que el descontento y la
inestabilidad política no rozaran los intereses de los propietarios. Los
levantamientos populares de la llamada “primavera árabe” derrocaron gobiernos
dictatoriales en nombre de una democracia ya desgastada en su tierra de origen,
sin tener nada que decir en términos económicos. En muchos casos lo que vino
después fueron guerra civiles sin ganadores claros.
Pero para las grandes mayorías las
cosas no mejoraban. Con astucia, el populismo de ultraderecha se apresuró a
mostrar un engañoso y falaz discurso “antisistema”, logrando en ocasiones
capitalizar políticamente el descontento, pero sin lograr revertir las
tendencias a la crisis y al declive. No es de extrañar que semejantes “éxitos”
discursivos se consiguieran también por medio de un “populismo de izquierdas”.
El problema, sin embargo, no es cambiar o radicalizar las formas discursivas.
El problema es ofrecer una auténtica y radical alternativa social.
Mientras una ola de descontento se
hacía sentir desde Hong Kong hasta Chile, la gran encerrona de la pandemia puso
un freno general (no total) a las movilizaciones populares por casi dos años.
Luego las protestas continuaron por oleadas, con un patrón claro: participación
juvenil masiva; movilización fuertemente asociada a las plataformas digitales;
críticas centradas en la corrupción de los gobernantes y en el sistema
político. El régimen de propiedad quedaba mayormente por fuera del radar del
descontento, que invariablemente mostraba una carencia casi total de una
alternativa social, económica y política al sistema vigente. La ausencia de
alternativa socialista visible, deseable y creíble es la gran nota de nuestro
tiempo.
Lo dicho hasta acá permite extraer
algunas conclusiones para el presente y el futuro inmediato. Aunque pueda haber
estabilizaciones relativas, la tendencia de los tiempos es de crisis. Los
márgenes de acción para reformas progresistas en el capitalismo actual
globalizado son exiguos y fácilmente reversibles. Una alternativa socialista
revolucionaria puede y debe ofrecer soluciones a la creciente explotación,
alienación, empobrecimiento y falta de sustentabilidad. Sin embargo, el
socialismo se halla por fuera del imaginario de las grandes mayorías: es
necesario reponer ese horizonte a gran escala. Esta es la gran tarea común que
las izquierdas tenemos en el presente. No se trata tanto de disputar la
dirección de una clase trabajadora bien organizada y más o menos genéricamente
socialista, sino de algo mucho más básico: reconstituir organizativamente a la
clase trabajadora y reinstaurar el horizonte revolucionario en el imaginario
social. Ahora bien, los problemas que han mostrado todos los intentos
revolucionarios del pasado nos obligan a inventar nuevas posibilidades
concretas inspiradas en los mismos principios. En este sentido, el alejamiento
del grueso de los intelectuales de izquierda de la política práctica, su
reclusión en espacios académicos y el excesivo hincapié concedido a la
dimensión crítica y filosófica de la labor intelectual, ha limado su capacidad
de influencia práctica y reducido a un mínimo la elaboración de propuestas
concretas. La escasez de propuestas más o menos claras y detalladas atañe al
orden político democrático socialista viable (¿cómo combinar instancias de
democracia directa e indirecta?, ¿cómo ir más allá de la democracia burguesa
sin caer en ilusiones insostenibles?); a las nuevas formas de planificación
económica (capaces de solventar los inocultables problemas que mostraron las
experiencias pasadas tanto como de adecuarse a las nuevas realidades); a las
estrategias de lucha política; a los planes de expropiación de los
capitalistas, etc. La investigación, la reflexión y el debate sobre la mayor
parte de estas cuestiones avanzaron poco en las últimas décadas. Aun así, hay
algunos buenos intentos de pensar formas institucionales específicas para una
eventual democracia socialista, mecanismos de planificación a la altura de las
presentes circunstancias, criterios económicos capaces de incluir más
convincentemente que en el pasado las cuestiones ecológicas e incluso
energéticas y muchos otros temas de gran interés para la transformación
revolucionaria de la sociedad. Pero estos materiales son por lo general
escasamente conocidos en los ambientes militantes. Aquí no se puede soslayar el
problema de la tendencia a la separación entre los intelectuales y las
organizaciones políticas de las izquierdas. Tender los puentes necesarios es
una tarea intelectual y política de enorme importancia
Indudablemente, el retraimiento político
de los intelectuales fue paralelo al retraimiento de la clase trabajadora. De
hecho, hoy en día el grueso de los intelectuales somos asalariados. Si el
socialismo moderno fue en gran medida resultado de la confluencia del
movimiento de la clase trabajadora con las ideas socialistas elaboradas por
intelectuales de origen burgués o pequeño burgués, el retroceso del ideario
revolucionario fue paralelo a la proletarización de los intelectuales. No se
puede saber qué nos deparará el futuro. Pero no se puede descartar una
hipótesis por la que vale la pena luchar: un renacer del ideario revolucionario
como consecuencia de los golpes de la crisis y las elaboraciones teóricas de
intelectuales materialmente fusionados con la clase trabajadora.
…
Hay muchas razones para pensar que
uno de los pasivos más grandes de las experiencias socialistas del siglo XX –y
de las causas que la llevaron a la caída o al descrédito- fue la carencia de
democracia. Históricamente, el socialismo fue la primera corriente de
pensamiento moderno que defendió el principio democrático. Los representantes
del liberalismo de los siglos XVIII y XIX eran mayoritariamente partidarios de
las monarquías constitucionales, no de la democracia. Para Marx la democracia
era el suelo que permitiría el desarrollo del movimiento obrero socialista.
Pero Marx no era dogmático. Aunque pensaba que la revolución socialista debía
tener lugar en las naciones industrialmente más avanzadas, no descartó la
posibilidad de una revolución en la Rusia campesina, donde instituciones
arcaicas como la obschina y el mir se oponían
a la penetración del capitalismo en el campo. De hecho, falleció esperándola.
Marx consideraba que, en algunas circunstancias, los revolucionarios podían
llegar al poder por medio de elecciones; pero también estimaba probable que
debiera mediar un proceso insurreccional. Valoraba positivamente los enormes
esfuerzos desplegados por las pequeñas “sectas comunistas”, pero no dejaba de
ver los límites de esas experiencias. Apreciaba a los movimientos obreros de
masas (como el cartismo inglés), sin dejar de señalar sus falencias
intelectuales, ingenuidades políticas o insuficiencias programáticas. Marx
anhelaba una clase obrera masiva y democráticamente organizada, con claridad de
propósitos sociales y políticos, unida a la hora de golpear a sus enemigos,
intelectualmente autónoma y capaz de un gran coraje subjetivo. La realidad
difícilmente podía coincidir con ese anhelo; y Marx era muy consciente de ello.
Como ha escrito Giovanni Arrighi, “obligado a elegir, tanto teórica como
políticamente, entre un movimiento obrero fuerte pero reformista en Gran
Bretaña y uno revolucionario pero débil en Francia, Marx eligió no elegir y
dejó la cuestión en el aire”, esperando en vano que el Partido Obrero
Socialdemócrata Alemán, cuyos dirigentes se reivindicaban marxistas,
resolvieran el intríngulis. Sus seguidores, sin embargo, no tendrían el
panorama mucho más claro. Pero tarde o temprano había que elegir, y ellos
eligieron. El movimiento se escindió en dos grandes alas, la una reformista y
la otra revolucionaria. Los revolucionarios hicieron revoluciones y llegaron al
poder en muchos países, pero todos ellos periféricos dentro de la
economía-mundo capitalista y en los cuales el proletariado era sólo una minoría
social. En esas condiciones, la democracia proletaria o socialista no halló un
terreno fértil para desarrollarse. Los reformistas, por su parte, desarrollaron
en los países más ricos “estados benefactores” cuando la situación económica y
política lo hizo posible; pero luego de unas décadas, cuando la situación
cambió, colaboraron en su desmantelamiento junto con los neoliberales confesos.
…
Quizá las más original de las
creaciones que procuraron desarrollar una forma de organización que mereciera
llamarse democracia socialista fueron los soviets, que nacieron en la
revolución rusa de 1905 como organismos de lucha contra el zarismo. Renacieron
en 1917, cuando cumplieron un gran rol en la revolución de febrero y luego
fueron la base de la revolución de octubre, que se realizó bajo la consigna
“todo el poder a los soviets”. Tenían unas características, una legitimidad y
una fuerza cualitativamente diferentes a otras organizaciones. Estaban
integrados por los obreros y soldados (estos últimos, en su mayoría de origen
campesino) que habían derrocado al zarismo; estaban armados y, a pesar de tener
inicialmente una dirección conciliadora, que a poco andar se incorporó al
gobierno provisional, impusieron una especie de constitución no escrita: en
toda discrepancia referida a la suerte de la revolución, la última palabra
correspondía a los soviets. Más allá de las agudas diferencias y
enfrentamientos, el conjunto de los partidos y organizaciones obreras y de
izquierda estaba integrado en estos organismos, que florecieron como hongos en
el vasto territorio del antiguo imperio. Su creación supuso indudablemente una
significativa innovación. Hasta entonces, el movimiento obrero y socialista se
había basado en dos instituciones principales: los sindicatos y los partidos.
Hubo otras –como las cooperativas o un abanico de organizaciones culturales
relativamente independientes, incluyendo los clubes sociales–, pero el binomio
partido/sindicato constituía el núcleo fundamental. A diferencia tanto de los
partidos como de los sindicatos, los soviets pretendían representar al conjunto
de los trabajadores, no solamente a los afiliados, entre los que se incluían
las masas campesinas pobres, que constituían el 80 % de la población. Y a
diferencia de los parlamentos liberales, en su seno todos los trabajadores
podían participar, pero las clases explotadoras estaban excluidas.
Los sóviets eran una original
creación que parecía sentar las bases de una democracia proletaria diferente a
la liberal: su epicentro eran los lugares de trabajo, más que geográficos; se
asentaba en mecanismos directos en sus instancias más bajas, estructurándose
piramidalmente; mantenía una ambigua relación en lo que hace a la división de
poderes; pero era una organización multipartidista y fuertemente deliberativa.
Su organización típica eran las asambleas de base, que elegían representantes
para las instancias superiores: el sóviet de una ciudad, los congresos
regionales o los de toda Rusia. Diferentes grupos políticos más o menos
organizados pugnaban en su interior por influir en las decisiones. El estado de
deliberación en su seno era enorme: largas asambleas que tenían lugar
prácticamente todos los días. Esa dinámica era evidentemente muy difícil de
sostener fuera de períodos de excepcional efervescencia política. Tras la
primavera democrática de la Rusia revolucionaria entre 1917 y 1918, la guerra
civil, la invasión extranjera, el duro legado de los largos años de “guerra
imperialista”… todo conspiró contra el afianzamiento de la democracia
soviética. Hacia 1921 los soviets se habían convertido en un cascarón vacío. En
el resto de las revoluciones triunfantes por lo general ni siquiera vieron la luz;
aunque organismos equivalentes se desarrollaron en algunos procesos
revolucionarios que no llegaron a desembocar en revoluciones exitosas.
¿Podían los soviets haber
evolucionado hacia una forma institucional más estable, menos dependiente del
estado de ánimo de las masas trabajadoras? Eso es lo que intentó el gobierno
revolucionario de Lenin y Trotsky. Pero el intento fracasó. Durante décadas se
ha discutido hasta qué punto el fracaso se debió a las circunstancias
tremendamente adversas en las que tuvo lugar; a errores puntuales de los
dirigentes; a falencias estructurales asociadas a la naturaleza misma de los
soviets; al debilitamiento de la clase obrera. El debate sigue abierto y, dada
la escasez de ejemplos históricos con los que realizar comparaciones, toda
conclusión que se extraiga será necesariamente incierta y fuertemente
especulativa. En cualquier caso, los soviets plantearon tres problemas
capitales que toda transformación evolucionaria socialista deberá abordar de
una manera o de otra, pero ineludiblemente: a) la participación democrática a
gran escala de las clases laboriosas; b) la lucha de masas por el derrocamiento
del capitalismo; c) la gestión de los asuntos políticos y económicos de la
sociedad en revolución, de manera directa, por la población trabajadora.
Los sindicatos consiguieron en
algunos momentos y lugares incluir a segmentos significativos, a veces
ampliamente mayoritarios, de la población trabajadora. Pero, como tales, son
organismos creados para luchar por reivindicaciones inmediatas en los marcos
del capitalismo, no para derrocarlo. El “sindicalismo revolucionario” creyó que
los sindicatos podrían ser un agente revolucionario. Y Marx mismo los consideró
en alguna ocasión “escuelas de comunismo”, por el ejercicio de participación que
propiciaban. En contadas ocasiones (España en 1936, Bolivia en 1952) cumplieron
un rol central en algunos procesos revolucionarios, pero por regla general
fueron más un puntal del orden capitalista que una amenaza para el mismo.
Irónicamente, si en algún lugar los sindicatos fueron los encargados de llevar
al triunfo a una revolución, ese sitio es Polonia: pero allí lo hicieron para
derrocar un gobierno comunista y restaurar el capitalismo, antes de que la
organización sindical Solidaridad desapareciera engullida por las propias
fuerzas que tan equívocamente había desatado.
Como organismos, los soviets
permitieron una participación masiva de la población trabajadora urbana, de los
campesinos y de los soldados, aunque nunca incluyeron a la totalidad de la
ciudadanía. A su interior, diferentes partidos luchaban por convencer a la
población trabajadora de las propuestas políticas que preconizaban. Como
organizaciones populares de lucha mostraron un alto grado de
institucionalización, una sorprendente y admirable capacidad de participación,
un gran poder de movilización y una enorme capacidad de deliberación. Sin
embargo, como organismos de gobierno de la sociedad mostraron problemas
rápidamente: en pocos meses su existencia era más virtual que real. Las condiciones
no eran, desde luego, las más propicias. Quizá en otras circunstancias pudieran
haber evolucionado de mejor manera. Pero, de todos modos, en pocos procesos
revolucionarios surgieron organizaciones equivalentes. En cualquier caso, en la
revolución rusa los soviets fueron el gran organismo de participación de la
población trabajadora, que pudo ver en ellos la alternativa no sólo al régimen
zarista, sino también a la democracia liberal.
…
Los soviets fueron claves en la
revolución rusa. Pero no lo fue menos la voluntad política concentrada en el
partido bolchevique. Fue esta voluntad la que organizó la insurrección que
otorgaría todo el poder a los soviets. Ahora bien, si los soviets serían en el
futuro una forma de organización de vida intermitente y por lo general efímera,
el partido de cuadros de cuño leninista basado en el “centralismo democrático”
tendría mucho mejor fortuna. Todas las organizaciones de la III Internacional,
buena parte de sus herederas luego de su disolución y todos los grupos que se
reivindican de la IV Internacional reclaman el “centralismo democrático” como
la base de su organización. En teoría el principio es muy sencillo y suena muy
bien: máxima deliberación al interior de la organización; política unificada
hacia el exterior para intervenir con la mayor potencia posible. Pero,
evidentemente, la manera en que se concibe teóricamente este principio, las
precisiones estatutarias en las que se plasma (que pueden contemplar mayores o
menores poderes, por ejemplo, de los Comités Centrales para intervenir en las
regionales, etc.) y la manera en que se lo practica (dos organizaciones con
estatutos idénticos pueden cobijar realidades muy distintas), ha diferido
significativamente. En ocasiones (el estalinismo es el caso más extremo de retorcer
el principio para convertirlo en lo contrario) el polo centralista terminó
engullendo al polo democrático. En otros casos las instancias de deliberación y
debate eran más vitales. Pero incluso en las mejores experiencias había un
punto ríspido: la existencia o no de fracciones al interior del partido, y la
organización vertical de los debates: primero en el Ejecutivo, luego en el
Comité Central, después en la direcciones regionales y por último en la base.
En general, el centralismo democrático acepta la existencia de diferentes
puntos de vista compatibles con el programa general del partido, pero rechaza
la existencia de fracciones permanentes. El supuesto es que los miembros del
partido se alinearán entre sí de manera cambiante ante cada asunto, no existiendo
bloques permanentes. La elección de la dirección, en tales circunstancias, se
realiza teóricamente teniendo en cuenta las condiciones personales de los
candidatos, no sus puntos de vista. En el congreso se elige a la conducción
dentro de una lista común, siendo los más votados los elegidos. No existen
listas separadas. Este mecanismo puede dar lugar a una gran eficiencia en la
intervención pública. Pero presupone un grado de acuerdo sumamente grande. Como
el mismo rara vez se consigue, las organizaciones basadas en el centralismo
democrático se han caracterizado o bien por un centralismo que destruye el polo
democrático (así ha sido en los PC que gobernaron Estados y en la mayor parte
de los PC occidentales), o bien, allí donde la vida interior es efectivamente
más rica, por una interminable lista de rupturas o expulsiones (que ha sido lo
característico de la tradición trotskista). Sin embargo, en favor del
centralismo democrático y del trotskismo, hay que decir que en las últimas
décadas de profunda reacción capitalista, han sido este tipo de organizaciones
las que consiguieron mantener a lo largo de un tiempo demasiado prolongado
tanto la lealtad a los objetivos revolucionarios como agrupaciones políticas
sólidas, si bien pequeñas. De manera comprensible, en todo el mundo las fuerzas
políticas más laxas y masivas, menos preocupadas por demarcarse
programáticamente, tuvieron pocos contrapesos que les impidieran ser
arrastradas por una marea política crecientemente domesticada y masivamente
influida por los intereses sistémicos del capitalismo. Rodeada de masas
mayormente satisfechas, atragantadas por la publicidad a todas horas (que fue
poco a poco construyendo subjetividades cada vez más compatibles con el dominio
del capital), alejadas de todo vínculo con la tradición socialista (cuando no
aterradas por el recuerdo de la feroz represión de los años setenta), la
“izquierda” que aspiraba a hacer una política de masas (en lugar de
concentrarse en organizar a una “vanguardia”) se fue encaminando hacia reformas
discursivas y simbólicas que renunciaban incluso a las reformas redistributivas
de la vieja socialdemocracia. En paralelo, la expresiones más “espontaneístas”
pero todavía con voluntad revolucionaria, como el autonomismo (en lo esencial
heredero de la tradición anarquista), también sufrieron las presiones de un
medio político y cultural no revolucionario y ni siquiera reformista, al tiempo
que en no pocas ocasiones se vieron paralizadas por la búsqueda infructuosa del
consenso o por las dificultades a la hora de sostener la lógica asambleística
más allá de cierta escala. Los movimientos sociales que rechazaron la
construcción de estructuras permanentes semejantes a las de los partidos o los
sindicatos fueron presa casi sin excepción de lo que la intelectual feminista
Jo Fernández denominó con acierto “la tiranía de la falta de estructuras”: el
peso desmedido de figuras públicas con capacidad para llegar a los grandes
medios y que hablaban en nombre de un “movimiento” que carecía de todo
mecanismo institucional para designar o controlar a sus voceros.
Quien conozca la historia de las
revoluciones no podría ignorar la importancia de las fuerzas políticas
altamente cohesionadas y decididas. Pero no se debería desconocer los problemas
que las mismas han conllevado a la hora de construir un orden
pos-revolucionario. Por otra parte, la historia de las organizaciones
revolucionarias está llena de ironías y paradojas que no niegan, pero si
relativizan, la importancia de los programas y de los principios organizativos.
En el caso clásico, la distinción entre bolcheviques y mencheviques puede ser
reconstruida retrospectivamente como la diferencia entre revolución y reforma.
Pero a lo largo de muchos años la cosa no era clara. Tanto los bolcheviques
como los mencheviques consideraban que la revolución rusa sería burguesa, no
socialista. Sus diferencias eran tácticas y, en cierto modo, organizativas
(aunque en la práctica las diferencias organizativas eran pocas, dado que las
condiciones de clandestinidad hacían muy dificultosos los debates internos y
favorecían la centralización). Quien poseía una perspectiva estratégica
claramente diferente era Trotsky, pero carecía de organización propia. En los
hechos, poco después de la revolución de febrero de 1917 Lenin aceptó (sin
reconocerlo abiertamente) la estrategia de Trotsky, y en sus famosas “tesis de
abril” modificó mucho más que la táctica de apoyo crítico al gobierno
provisional que los bolcheviques habían mantenido hasta entonces, produciendo
una verdadera conmoción en su partido. Poco después Trotsky aceptaría los
principios organizativos de Lenin: ingresaría al partido Bolchevique y sería un
actor clave de la revolución. Luego de la toma de poder, y con la intensión de
afianzarlo, el gobierno revolucionario, que era un gobierno de coalición entre
bolcheviques y socialistas revolucionarios de izquierda, adoptaría el programa
agrario de estos últimos (que en el fondo no era más que legalizar la
revolución que estaba teniendo lugar de facto, por medio de la ocupación y reparto
de los latifundios por parte del campesinado). La cohesión de los bolcheviques
era real, pero no total. El “centralismo democrático” no impidió que Sinoviev y
Kamenev denunciaran en la prensa los planes de insurrección, por considerarlos
una equivocación política. Y este acto, que perfectamente podría ser
considerado una traición, no determinó la expulsión de ambos (cosa que hubiera
sido perfectamente comprensible), por una razón pragmática: la revolución no
andaba sobrada de cuadros y dirigentes. Aunque las fracciones no eran
incentivadas por el bolchevismo, los hábitos de discusión y polémica interna
estaban tan arraigados que las mismas se formaban naturalmente. En dramáticas
condiciones, fueron prohibidas en 1921 en lo que, visto retrospectivamente, fue
una de las muchas decisiones coyunturalmente comprensibles, pero que sumadas a
lo largo del tiempo allanarían el camino a la dictadura de Stalin.
…
Entre fines del siglo XX e inicios
del XXI, mientras la clase obrera se disgregaba organizativamente en sus
núcleos tradicionales, crecía cuantitativamente y se afianzaba en otros
espacios geográficos: sobre todo en Asia. Pero en ellos no dio lugar a un nuevo
horizonte político ni logró formas relevantes de auto-organización (en parte
debido al carácter fuertemente represivo de esos regímenes). En el mundo
occidental, el retroceso del movimiento obrero organizado y el declive del
ideario socialista (acentuado luego de la debacle de la URSS) favorecieron la
eclosión de todo tipo de movimientos sociales concentrados en la lucha por
demandas puntuales (muchas de ellas sumamente relevantes), pero desmembradas de
una impugnación global del sistema capitalista, intelectualmente cada vez más
alejados del socialismo y con escasos vínculos prácticos con la clase trabajadora
organizada.
Entre tanto, el desarrollo imparable
de la cultura audiovisual a partir de los años sesenta fue derruyendo la base
de sustentación de los partidos políticos. De todos, no sólo los de izquierda.
La política se fue convirtiendo crecientemente en un espectáculo. En la
actualidad las elecciones se asemejan más a un mercado que a cualquier otra
cosa. Un buen publicista puede más que cientos de militantes organizados. Por
esta vía la democracia se fue pervirtiendo. Perry Anderson habló con acierto
del “encanallamiento de la política”. Los regímenes democráticos se fueron
envileciendo y desvirtuando cada vez más, reducidos, para decirlo en las
palabras de Wolfgang Streeck, a una mezcla de elecciones en las que se vota
pero no se elige y entretenimiento público. Hay quienes llegaron a pensar que
el capitalismo digital habría conseguido instaurar el más perfecto sistema de
dominación, por medio de mecanismos que en sustancia recuerdan más a la
distopía consensual de Un mundo feliz, de Huxley, que a las
técnicas más represivas retratadas por Orwell en 1984. Sin
embargo, no hay sistema de dominación perfecto.Mientras la situación económica
no sea particularmente angustiante para las mayorías, el tinglado puede
mantenerse. Pero en todos lados se avanza en mayor o menor medida en la
dirección opuesta, y ello va generando hartazgo, bronca y descontento. Por otra
parte, los nuevos dispositivos tecnológicos están produciendo un efecto
divergente, contradictorio, sin que esté claro qué costado tendrá a la larga
mayor peso. Por un lado han servido para enlodar el debate público, enterrando
la capacidad de intelección bajo una montaña de información que nadie puede
procesar adecuadamente y un vendaval de noticias falsas. Pero, por el otro, han
permitido que ideas contrarias a los grandes poderes y sin el aval de los
grandes medios puedan difundirse a gran escala y velocidad. El descontento
generalizado se manifiesta de diferentes maneras: abstención electoral,
revueltas callejeras o apoyo electoral a candidaturas percibidas (en general
sin razón) como anti-sistema. Pero en todos lados esto ocurre en medio de la
ausencia de un destino más o menos claro hacia el que dirigirse.
…
En este panorama general, hay casos
particulares. Argentina es uno de ellos. Se halla envuelta en una decadencia
económica que lleva décadas, y actualmente el gobierno de Milei atraviesa una
crisis política de gran calado. El “activo” de haber frenado la inflación pesa
cada vez menos en el marco de una recesión aguda: el crecimiento prometido
sigue sin llegar. Los escándalos de corrupción resultan cada vez más
inocultables y el que fuera su electorado se muestra cada vez menos tolerante
con los mismos. La oposición peronista atraviesa una crisis no menor luego del
desastroso gobierno de Fernández-Fernández. En tanto que la derecha más
tradicional no sólo arrastra el recuerdo aun relativamente reciente del mal
gobierno de Macri, sino que muchos de sus referentes se han integrado al actual
gobierno, lo que dificulta “despegarse” del mismo para presentarse de manera
creíble como una alternativa diferente. De momento, por lo demás, ningún outsider (como
lo fuera Milei) asoma en el horizonte.
En este contexto, Myriam Bregman –en
2023 candidata presidencial por el FIT-U– se cuenta entre las figuras políticas
con mayor imagen positiva, y de todas ellas es la que tiene menor imagen
negativa. La intención de voto que se le atribuye según diferentes encuestas
oscila entre el 10 y el 14 %, muy por encima del 2,7 que obtuviera en 2023. A
la hora de explicar este fenómeno cabe destacar los méritos del FIT-U al haber
mantenido por tres lustros la unidad y una consecuente oposición parlamentaria
a todos los gobiernos, el tesón de la militancia de izquierda a la hora a
apoyar las luchas populares y el propio carisma de Bregman. Sin embargo, no se
puede desconocer el peso de dos condiciones de posibilidad más estructurales:
el impacto acumulado de la cultura audiovisual (con sus muchas sombras a las
que ya me he referido), y el grado de crisis de las democracias liberales tras
varias décadas en las que su expansión cuantitativa (por ejemplo en América
Latina desde los años ochenta) se vio acompañada por una gradual pérdida de
calidad institucional y de entusiasmo popular. Sin estas dos condiciones de
base, sería imposible que una fuerza de izquierda pudiera alcanzar un peso
electoral potencial de primera línea mientras posee, por ejemplo, una presencia
sindical mínima. En todos los casos del siglo XX en los que una fuerza de
izquierda logró un peso electoral significativo, por lo menos dirigía una
central sindical de las más grandes. Esta aparente incongruencia se explica por
la confluencia de tres grandes fenómenos: la dinámica del mundo audiovisual; el
aumento de los sectores laborales informales o precarizados y, lo que no es
menos importante, el peso de una burocracia sindical, que en el sector privado
sobre todo alcanza cotas de corrupción y de subordinación al poder político y
económico increíbles. Esta es una de las razones por la que muchos trabajadores
ven en las elecciones una posibilidad de acción más a la mano y más segura que
la lucha sindical. Hay que ver la realidad con todas sus contradictorias
aristas. Por otra parte, aunque la crisis de la democracia liberal es enorme a
escala planetaria, dispone aún de la ventaja de la ausencia de una alternativa
clara y creíble de una democracia de otro tipo: ofrecer cuando menos los
contornos de la misma es una tarea de importancia capital para las fuerzas
revolucionarias. En cualquier caso, la hipótesis de la recomposición de la
clase trabajadora por medio de un movimiento político general (incluso con un
fuerte componente electoral), antes que por la suma de sus múltiples
reivindicaciones sectoriales o sindicales, debe ser apropiadamente calibrada.
La actual dispersión y fragmentación de la clase trabajadora podría ser
superada por medio de un nuevo horizonte político, un renovado entusiasmo por
construir un orden social radicalmente distinto a las miserias del presente. En
la actualidad y en nuestras circunstancias, me parece la vía más probable. Y a
escala mundial es más que necesario que emerja una alternativa, de masas y
revolucionaria, al capitalismo: necesitamos un nuevo horizonte, una nueva
esperanza, un nuevo movimiento ideológico capaz de unir los viejos principios
del socialismo con los más actuales problemas sociales y ambientales. En una
obra reciente defendí una perspectiva general que llamé “ecomunismo”.
…
A diferencia de otras expresiones
consideradas de “izquierda” en los últimos años –que por lo general enarbolaban
propuestas que quedaban muy por detrás de la socialdemocracia en sus buenos
tiempos– Myriam Bregman y el FIT-U representan una fuerza genuinamente
revolucionaria, muy a la izquierda de cualquier socialdemocracia conocida. El
FIT-U, de hecho, es una coalición electoral de partidos trotskistas: una
absoluta rareza en el panorama mundial.
¿Puede la izquierda revolucionaria
argentina acaudillar un proceso revolucionario? No se lo puede descartar,
aunque los desafíos son enormes. Aquí quisiera exponer un esbozo de posibles
vías de actuación, más bien a la luz de nuestras circunstancias específicas que
de una teoría general preconcebida. Para hacerlo es conveniente juntar los
diferentes hilos que he estado desenvolviendo en las páginas precedentes y
agregar algunos nuevos.
¿En qué situación estamos? A
diferencia de las revoluciones que tuvieron lugar en el siglo XX, Argentina es
un país mucho más urbanizado e industrializado. Si hubiera que establecer
analogías posibles, ni Rusia en 1917, ni China en 1947, ni Cuba en 1959 parecen
casos comparables. Los ejemplos más o menos equivalentes podrían ser el Chile
de Allende y, quizá, en menor medida, la “Viena Roja” de los años veinte o el
Portugal de 1975. Pero las diferencias con cualquier caso precedente son más
significativas que cualquier semejanza: la cultura audiovisual se ha vuelto
claramente dominante; la “redes sociales” han alterado los patrones del
comportamiento social y político; el ideario socialista ha dejado en general de
tener presencia de masas. En contraste, la crisis política tiende a ser un
estado permanente a escala global, la economía sigue sin repuntar, los
problemas energéticos se agudizan, la crisis ecológica se vuelve cada vez más
inmanejable y las tensiones geopolíticas de agravan: un escenario propicio para
fuerzas radicales.
Aunque hoy en día no parece la
hipótesis más probable, un estallido social no puede ser descartado, sobre todo
conociendo la historia de nuestro país. Pero un gran ascenso electoral parece
un escenario más factible para la izquierda argentina. ¿Podría ese crecimiento
ser tan grande como para colocarla en el gobierno? Falta mucho para las
elecciones. En el presente esa posibilidad parece lejana. Pero quien recuerde
que la coalición que capitaneaba Milei tenía en 2021 la misma cantidad de votos
que el FIT-U, será cauteloso a la hora de descartarla.
Por supuesto, para una fuerza
revolucionaria un triunfo electoral puede ser una trampa: su objetivo no es
gestionar el sistema, sino derrocarlo. No podría, por consiguiente,
comprometerse con un irrestricto apego a la ley. Tampoco se puede descartar que
haya alguna forma de interrupción del proceso electoral si la izquierda
revolucionaria pudiera llegar al poder. De todas formas, al menos en teoría,
hay una salida para la eventual encerrona en la que podría verse un gobierno
revolucionario que llegara al poder por medios constitucionales, no
insurreccionales. Una Asamblea Constituyente Libre y Soberana tendría
legitimidad para rehacer el orden social por completo. Y un gobierno que ganara
las elecciones tendría legitimidad para convocarla y emprender esa tarea. Por
supuesto, la legitimidad es necesaria, pero la fuerza no lo es menos. Un
gobierno legítimo pero sin fuerza será impotente. Aquí se abre un abanico de
grandes problemas clásicos. Pero, en su sentido más general, la fuerza de un
gobierno de trabajadores depende ante todo de la unidad de los trabajadores y
de su grado de organización y movilización.
Cuando junto a un grupo de compañeros
propusimos armar comités de base por un gobierno de trabajadores la clave de la
propuesta era precisamente generar unidad y organización. En Argentina no
existen soviets ni hay a la vista, preexistiendo, ningún organismo capaz de
desempeñar un papel equiparable. Pero, si tuvieran efectivamente un carácter
masivo, los comités de base podrían convertirse en algo así como el
“equivalente funcional” de los soviets. Desde luego, serían muy diferentes de
los originales: por la sencilla razón de que las condiciones son muy distintas.
Ciertas circunstancias propias de la Rusia del momento fueron particularmente
favorables a los soviets en su forma particular. La clase obrera rusa tenía una
concentración sin precedentes: se agrupaba en unas pocas ciudades en las que,
además, abundaban las grandes fábricas de miles de obreros. La pervivencia de
tradiciones comunitarias campesinas (en las que los narodniki y el mismo Karl
Marx cifraron esperanzas de que fueran una base socialista) hicieron
relativamente sencillo el afianzamiento de los soviets campesinos, que en gran
medida no eran más que los viejos consejos de aldea con una bandera roja al
frente. Por último, la movilización masiva por la guerra creó un ejército de
millones de soldados, en cuyas concentraciones surgieron los soviets de
soldados. Nada de esto tenemos nosotros.
Sin embargo, en nuestras
circunstancias la difusión de ideas y la convocatoria a la acción pueden
emplear canales inexistentes en 1917. No se puede saber si los comités de base
podrían llegar a tener el alcance de los viejos soviets. Pero vale la pena
intentarlo. Si no lograran tener un alcance equiparable (cosa muy posible), su
existencia crearía al menos las bases de un frente único, lo cual sería un paso
muy importante en relación a lo que actualmente es el FIT-U: apenas una
coalición electoral. Como equivalente funcional de los soviets (de máxima) o
como expresión de un frente único socialista (de mínima) la existencia de
comités en el que todas las fuerzas favorables a un gobierno de trabajadores
pudieran participar y hacer oír su voz apuntalaría un proceso de politización
acelerada de grandes contingentes de la población, ejercitándola en la
democracia participativa y deliberativa, un elemento esencial de todo cambio
revolucionario genuino.
La pretensión de querer conjugar lo
mejor de cada quién no siempre es posible, y aun cuando lo fuera puede no dar
los frutos esperados. Sin embargo, pienso que valdría la pena intentarlo.
Después de todo, la propia diversidad de la nueva clase trabajadora (y de las
fuerzas de lucha al menos parcialmente anti capitalistas) en el presente, hace
muy difícil encausar esas energías por canales estrechos: demanda capacidad de
articulación y unificación de lo muy diverso. Argentina posee una enorme
cantidad de trabajadores, activistas y militantes muy críticos con el
capitalismo; con un volumen, de hecho, mucho mayor que el existente en otros
países. Pero se halla fragmentado hasta lo indecible. Una parte se agrupa en
los partidos de cuadros que integran el FIT-U (y en menor medida en partidos semejantes
que no lo integran); otra parte se organiza en movimientos sociales o
sociopolíticos (feminismos, ambientalismos, movimientos territoriales, etc.)
que no forman parte de esta coalición y que no reivindican el modelo leninista
de organización; existe una intelectualidad de izquierdas numerosa pero en
general (como en el resto del mundo) muy academizada; en los sindicatos son
cuantiosos los activistas independientes que luchan contra la burocracia
sindical, casi siempre en las condiciones más adversas; son numerosos los
simpatizantes con la izquierda en general, más que con alguna de sus fuerzas en
particular. Los comités de base podrían ser el lugar en el que todas estas
fuerzas confluyan, creando un verdadero laboratorio de experimentación política.
Desde luego, todo proceso de
agitación política y de lucha radical tiene componentes impredecibles e incluso
caóticos. Los comités, con seguridad, incluso si pudieran desarrollarse con
robustez, no serían los únicos organismos en juego. Sobre la marcha, habrá que
construir puentes entre diferentes expresiones, muy diversas, de auto
organización popular, que podrán integrarse total o parcialmente a los comités,
e incluso operar por fuera de los mismos, y que pueden ir desde sindicatos o
seccionales sindicales, hasta asambleas barriales, bibliotecas populares y, por
qué no, hinchadas de fútbol.
Los comités tendrían la posibilidad
de convertirse en organismos al menos tendencialmente sovietistas, consejistas
o de poder popular (si se prefiere esta expresión), pero ello no socaba la
posibilidad o la importancia relativa de poseer una organización política en el
sentido más clásico: un partido. Con todo, en la situación argentina (en la que
hay muchos pequeños partidos revolucionarios) y en el contexto cultural contemporáneo
de hipertrofia audiovisual y fragmentación identitaria, los pasos en esta
dirección deberían ser cautelosos. No es sencillo que partidos de cuadros con
décadas de existencia y lucha entre sí puedan fusionarse. Pero tampoco es
indispensable que lo hagan. En una democracia socialista habrá diferentes
perspectivas, que tanto cooperarán como disputarán entre sí. En los comités de
base ningún partido estaría obligado a disolverse ni a fusionarse con otro,
pero tanto dentro como fuera de los mismos estas cuestiones se podrían analizar
y discutir fraternalmente. Y quizá, a la luz de la acción mancomunada en un
contexto de lucha revolucionaria, en algún momento las viejas diferencias
puedan ser dejadas atrás. Después de todo, todas las fuerzas del FIT-U
comparten el mismo objetivo e incluso, al menos en teoría, la misma perspectiva
estratégica. Sus diferencias son más bien de orden táctico. Pero al haberse
incubado a lo largo de muchas décadas, su peso efectivo resulta infinitamente
mayor que el que ameritaría su sustancia. En cualquier caso, sus diferencias no
son las que dividen a la reforma de la revolución, ni a la lucha armada de la
lucha pacífica, ni a la participación de la abstención electoral, ni a la
conciliación de clase de la lucha de clases.
Quienes tengan reservas sobre las
posibilidades y/o la conveniencia de la participación electoral podrían tener
lugar en los comités de base por un gobierno de trabajadores: después de todo
lo electoral no es más que una táctica y la lucha se da en todos los frentes.
Quienes desconfíen de las organizaciones muy estructuradas podrían hallar en
ellos un espacio apropiadamente asambleario. La militancia de los diversos
movimientos sociales podrá llevar a los mismos sus preocupaciones, a sabiendas
de que las mismas no tendrán carácter exclusivo y que se les solicitará
compromiso con otras luchas y otras demandas. Los intelectuales podrían hallar
un saludable espacio de desacademización y podrían tener una amplia audiencia;
a cambio, deberían estar dispuestos a emprender las investigaciones específicas
que los comités les soliciten por considerarlas un insumo indispensable para la
elaboración política. Los partidos revolucionarios, en tanto que fuerzas
organizadas, disciplinadas y de alcance nacional deberían tener, a priori,
mayor influencia que los individuos sueltos o las fuerzas menos cohesionadas;
también dispondrían de un espacio propicio para sumar militantes. Todo el
mundo, sin distinción, podría hacer una invaluable experiencia de democracia de
base. Y se podría generar un proceso capaz de ir más allá de lo meramente
electoral, interviniendo en las diferentes circunstancias de la lucha de clases
y con potencialidad para atraer o influir en los más amplios segmentos sociales
y políticos: de los peronistas descontentos a los votantes frustrados de Milei.
Y quién sabe: si hacemos las cosas
bien, podríamos hacer historia.
Imagen de portada: Asamblea del soviet de Petrogrado, junio de 1917.
Fuente: en.wikipedia.org
Fuente: https://huelladelsur.ar/2026/07/07/apuntes-sobre-la-revolucion-socialista-en-el-siglo-xxi/
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