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lunes, 4 de septiembre de 2017

LA AVENTURA LITERARIA DE UN MARXISTA HETERODOXO: “LA NOVELA Y LA VIDA. SIEGFRIED Y EL PROFESOR CANELLA”, DE JOSÉ CARLOS MARIÁTEGUI





Ediciones Dyskolo publica “La novela y la vida. Siegfried y el profesor Canella”, de José Carlos Mariátegui

04-09-2017

Sosias es, además del personaje de una comedia –“Anfitrión”, de Plauto- una persona de tal parecido con otra que puede llamar a la confusión. Tal vez constituya también la clave de la única novela publicada por el pensador y escritor marxista José Carlos Mariátegui (1894-1930), “La novela y la vida. Siegfried y el profesor Canella”. Publicada por primera vez en Lima, 25 años después de la muerte del periodista, político y revolucionario peruano, Ediciones Dyskolo recuperó el texto en marzo de 2015. 

De este relato corto (menos de un centenar de páginas) se ha escrito que representa la búsqueda de identidad -después de una guerra- por parte de un personaje sin memoria. El “Amauta” –“maestro”, en quechua, tal como se le conoció a Mariátegui- publicó en vida sólo dos libros: “La escena contemporánea” (1925) y “Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana” (1928). Sus textos completos se publicaron de manera póstuma en varios volúmenes; El gran público tuvo acceso entonces a “El artista y la época”, “Defensa del marxismo” o “Signos y obras”, entre otros ensayos del ideólogo marxista, uno de los fundadores del comunismo latinoamericano.

El profesor Giulio Canella fue, en la novela de Mariátegui, un profesor de enseñanza secundaria, bondadoso y severo, respetuoso de la ley y del orden, también humanista y a quien podría adscribirse a la escuela de Jose Carducci: un poeta clásico y de tono anticlerical. A los 30 años Canella contrajo matrimonio con una sobrina de nacionalidad brasileña, de modo que su espíritu neoclásico sufrió una “crisis romántica”; la boda en Verona –ironiza el escritor peruano- llegó a alterar un punto sus reflexiones y tareas cotidianas, fieles a la herencia grecolatina.

La novela relata los doce años en que Giulio Canella tuvo una segunda existencia, la del tipógrafo Mario Brunelli, sosias del profesor. Los dos aprecian las humanidades, a Carducci y sienten rechazo tanto por el decadente D’Annunzio como por el futurista Marinetti; tenían aproximadamente la misma edad, ambos se habían casado en primavera y eran de similar fisonomía. Pero también tenían diferencias políticas. Con un liberalismo “iluminista” como punto de partida, Brunelli asumió un marxismo “algo ecléctico”, con frases elocuentes del socialista Jaurés leídas en el periódico “L’Humanité” y algunos conceptos traducidos de Marx. A partir del trastrueque de identidades, de la evolución del personaje y su doble, Mariátegui elabora la narración.

En 1920 el pensador y político peruano se desplazó a Italia, donde siguió las huelgas de Turín y los procesos “consejistas” que recorrían las fábricas. Entre julio y octubre también viajó por Milán y Venecia. Antes había fundado en Perú la revista “Nuestra época”, de orientación socialista, y el periódico “La Razón”. Los tres años de estancia en Italia, donde le alejó por sus posiciones críticas el presidente Augusto Leguía, permitieron a Mariátegui macerar su pensamiento. A ello se agrega su estancia en países como Alemania, Austria y Francia. “Desde Europa me concerté con algunos peruanos para la acción socialista; mis artículos de esa época señalan estas estaciones de mi orientación socialista”, escribió en una carta el 10 de enero de 1927 al escritor Enrique Espinoza, director de “La Revista Literaria” de Buenos Aires.

En la introducción de la edición de Dyskolo, el escritor e investigador Carlos Morales Falcón subraya que dos ciudades italianas –Verona y Turín- marcan el eje de “La novela y la vida. Siegfried y el profesor Canella”, que el autor terminó de escribir en 1930. El argumento se inspira en un relevante caso judicial de la Italia de principios del siglo XX. Pero aquel conflicto, recogido por los periódicos de la época, no sólo fundamenta la trama de esta obra, sino también la de una novela anterior, “Siegfried et le Limousin” (1922), de Jean Giraudoux. Morales Falcón pone el acento en que Canella y Brunelli participen, sin conocerse, en un mismo regimiento durante la guerra de 1914. “En las trincheras verán confundidas sus identidades, debido a una explosión; sólo uno sobrevivirá sin memoria y, años después, será reclamado por los tribunales de la Italia fascista”, resume el investigador. Pone además el ejemplo de unas líneas de la novela, en las que Mariátegui revela el proceso indagatorio de Canella: “No perseguía sino su equilibrio moral y doméstico; era un escolástico que, caído en el error, se encamina de nuevo hacia la verdad”; y lo hace por los caminos tortuosos de la tentación.

Cuando Mariátegui retorna a Perú, sus convicciones marxistas se han solidificado y se muestra como un revolucionario ya entregado a la causa latinoamericana. Es entonces, cuenta en la carta a Enrique Espinoza publicada en 1930, cuando el marxista peruano elabora reportajes, artículos e imparte conferencias en la Federación de Estudiantes y la Universidad Popular sobre la coyuntura de Europa; Asimismo da inicio a la tarea de investigación sobre la realidad de Perú, desde una perspectiva marxista. Fundó la revista “Amauta” en 1926, de gran influencia continental y en circulación hasta 1930 (“Queremos desterrar de esta revista la retórica”, afirmaba el primer número). Antes de morir a los 35 años en Lima, el periodista y pensador organizó el Partido Socialista (1928), después convertido en el Partido Comunista Peruano; y fundó la Confederación General de Trabajadores del Perú, en 1929.

El Archivo José Carlos Mariátegui (en el Marxists Internet Archive, Sección en Español) reproduce diferentes comentarios de escritores sobre la novela editada por Dyskolo. Así, el poeta y narrador peruano Sebastián Salazar Bondy destacó en La Prensa de Lima (1955) el dominio del lenguaje que alcanza el autor, y que lo aproxima a su estilo personal: “cortante, directo y pleno”. Además Mariátegui “vuelve con éxito a la vocación literaria primigenia”. Pero Salazar Bondy, miembro de la denominada Generación de los 50, va un punto más allá en el análisis y recoge, en palabras del autor de la novela, su intención: “Decepcionar a los que no creen que yo pueda entender sino marxistamente, y en todo caso como una ilustración de la lucha de clases, ‘L’aprés midi d’un faune de Debussy o la Olimpia de Manet”.

El narrador y cuentista cubano Enrique Labrador Ruiz resaltó en Alerta de La Habana (1955) que con la obra sobre Canella y Brunelli, José Carlos Mariátegui priorizó la fantasía sobre su habitual mentalidad analítica. Asimismo se refiere a la citada misiva del marxista peruano a Enrique Espinoza, en la que dice que en el texto se mezclan realidad y ficción, cuento y crónica, en una novela corta que era un relato. Ello se pone de manifiesto ya en el título, “La novela y la vida”.

El escritor y ensayista argentino, Dardo Enrique Cúneo, subrayó en Mundo Argentino de Buenos Aires (1955) algunos rasgos biográficos del pensador marxista. Su universidad fueron las redacciones de los periódicos; de hecho, tenía a gala su condición de autodidacta (“tal vez antiuniversitario”, llegó a afirmar); En 1924 perdió una pierna y estuvo en un tris de perder la vida. En 1927 Mariátegui fue capturado y recluido en el Hospital Militar de San Bartolomé.

Dardo Cúneo considera que la tesis de la novela es que ésta no tiene nada que envidiarle a la existencia; resalta además el estilo de novela policial, “a despecho de la burda popularización actual del género”; se trata, en resumen, de un relato corto con ingredientes de “travesura literaria”, pero que sin duda dejaría paso a un robusto pensamiento político. Con notables aportaciones, como la importancia de las masas indígenas en su rol de proletariado continental; o las sintetizadas por el sociólogo y filósofo marxista, Michael Löwy, en el artículo “Comunismo y religión: La mística revolucionaria de José Carlos Mariátegui”, publicado en la revista “Herramienta. Debate y crítica marxista”. Löwy pone de relieve la heterodoxia del comunista peruano, ya que ante el racionalismo y el ateísmo que se le presuponen al marxismo, Mariátegui se muestra más cercano a las corrientes románticas; a volver la mirada a los mitos y a los héroes: al “donquijotismo” de Unamuno, recuerda el sociólogo. Aquel que en tiempos de la Revolución de 1917 “insufló en la doctrina socialista un ánima guerrera y mística”.

La novela y la vida
Siegfried y el profesor Canella
José Carlos Mariátegui
Prólogo de Carlos Morales Falcón
1ª edición (digital), marzo 2015
Dominio público
pdf. 92 pag. / epub. 1 Mb / Mobi. 1,3 Mb
Página del libro (descarga): http://www.dyskolo.cc/cat%C3%A1logo/lib010/



jueves, 17 de agosto de 2017

RESEÑA DE “EL CRASH DE 1929”, DE JOHN KENNETH GALBRAITH: EL “CRASH” CAPITALISTA, LA HISTORIA QUE SE REPITE



17-08-2017

El 15 de agosto el indicador principal de Wall Street –el Dow Jones de Industriales- experimentó un alza, que los analistas atribuyeron a la coyuntura positiva de la economía estadounidense (por ejemplo, los datos del comercio minorista) y a la moderación de la escalada verbal entre los gobiernos de Estados Unidos y la República Popular Democrática de Corea. Un teletipo de la Agencia Efe informó ese día de repuntes en sociedades financieras como American Express, JPMorgan Chase y principalmente Goldman Sachs (10%), pero citaba ejemplos de caídas las de la petrolera Chevron, Nike o Home Depot. Sólo cinco días antes Wall Street iniciaba la sesión con pérdidas, precisamente por el intercambio de amenazas entre Washington y Pyongyang. Otro factor que explicaba el descenso fue las pérdidas del 5% de la corporación Walt Disney respecto al anterior año fiscal. Unos días antes, el 10 de agosto, destacaban al comienzo de la sesión las pérdidas de Goldman Sachs, Apple, Microsoft y JP Morgan Chase. Por el contrario, Chevron, Boeing y McDonald’s avanzaban posiciones. Es el mundo crispado, volátil, zigzagueante y netamente especulativo de los mercados financieros. 

John Kenneth Galbraith fue uno de los economistas empeñados en explicar estos procesos no para eruditos de la econometría ni de los modelos matemáticos, sino poniendo la vista en el gran público. Y de hacerlo, además, con un profundo humanismo. En la primavera de 1955 se produjo un leve ascenso en los valores de la bolsa estadounidense. Pero la tendencia experimentó un abrupto cambio, lo que en parte se atribuyó a unas declaraciones de Galbraith ante el Senado de Estados Unidos. Además ese año el economista publicó por primera vez “El Crash de 1929”, texto que no ha dejado de reeditarse (en España, por Ariel) ni ha perdido vigencia. Los inversores le echaron la culpa por el desplome de las acciones tras la declaración senatorial; y también recibió amenazas por carta. Un senador le llegó a tachar de “criptocomunista”. Quiso entonces la mala fortuna que este economista de origen canadiense, que participó en los gobiernos de Roosevelt, Truman, Kennedy y Johnson se rompiera una pierna esquiando. Los diarios publicaron la noticia, y otra vez recibió misivas; eran ciudadanos que entendían que, con el accidente, la divinidad había respondido a sus plegarias. 

A pesar de la indignación que en 1955 generaron las opiniones de John Kenneth Galbraith, el economista cuenta que años después volvió a estudiarse el “crash” de 1929. Ocurrió en la década de 1970, por “la insensatez de los fondos depositados en paraísos fiscales (off-shore funds)”, afirma en la introducción del libro publicado por Ariel; también cuando se produjo el gran desplome bursátil de 1987; y de nuevo en 1997. Pero el recorrido por las “burbujas” especulativas podría comenzar mucho antes: en 1637 los agiotistas holandeses observaron las grandes fortunas que podrían lograrse con las bulbas del tulipán. O también con las peripecias de John Law en 1720, cuando vendió el “humo” del supuesto oro en Louisiana. El principio general por el que opera el fenómeno podría extenderse a otros países y periodos históricos, aunque el autor de “La sociedad opulenta”, “Breve historia de la euforia financiera”, “Dinero” y “El capitalismo americano” pone el acento en Estados Unidos. Finalizada la guerra civil (1861-1865) en este país, llegó la “fiebre” del ferrocarril y la crisis de 1873. La historia se repitió en 1907. También podrían citarse las inversiones británicas, como las protagonizadas por el Banco Barings en Argentina, afectadas por el pánico de 1890. 

“El rasgo más singular de la catástrofe de 1929 fue que lo peor empeoraba continuamente; lo que un día parecía el final de la crisis, se demostraba al siguiente que sólo había sido el comienzo”, comenta Galbraith. Ese otoño la bolsa neoyorkina cumplía 112 años. El primer día de la debacle, el jueves 24 de octubre, se transfirieron 12,8 millones de acciones, en muchos casos a precios que hundieron a los propietarios. La incertidumbre empujaba las ventas. El martes 29 resultó una fecha demoledora. El día comenzó con una espiral de ventas desquiciada, de manera que si durante toda la sesión se hubiera mantenido el ritmo de los primeros treinta minutos, se habrían producido 33 millones de transferencias. Pero en muchos de los casos no había compradores. Las más golpeadas resultaron las sociedades de inversión, por ejemplo Goldman Sachs Trading Corporation. Y asimismo los dos principales bancos neoyorkinos, el Chase National Bank y el Nacional City. Albert H. Wiggin, presidente de la primera entidad, percibía un sueldo estratosférico como director, al tiempo que estaba al frente (y con un sueldo también mollar) de otras compañías, que generalmente eran prestatarias o clientes del Chase National Bank. Contaba además con un entramado de sociedades particulares, tres de ellas radicadas en Canadá. Las operaciones más sonadas de Wiggin tenían relación con la compraventa de títulos del banco, financiadas por la entidad. El presidente del National City, Charles E. Mitchell, fue detenido en 1933 por fraude fiscal. 

La primera semana de la crisis representó una degollina para los pequeños inversores; en la segunda, había indicios de que el pánico produciría un “proceso de nivelación” (expresión utilizada por el economista) entre los potentados. Además, se propagó el rumor de que la élite bancaria no sólo no trataba de frenar el pánico, sino que estaba vendiendo títulos, lo que aceleraba el descenso de los valores. Esto arruinó su prestigio. Según Galbraith, durante la década posterior “los banqueros fueron juguete preferido en los entretenimientos de comisiones del congreso, tribunales, prensa y comediógrafos”. También arreciaron las críticas contra el presidente Hoover y las eminencias universitarias. 

Al estallido de la “burbuja” siguió la Gran Depresión, que con oscilaciones se alargó durante diez años. En cuanto a la cronología de la crisis, durante el primer trimestre de 1930 se produjo una recuperación de la bolsa que frenó en abril y retrocedió seriamente en junio. A grandes trazos, el proceso de caída se prolongó hasta mediados de 1932 (el índice industrial del ‘Times’ cerró a 224 en noviembre de 1929, mientras que el ocho de julio de 1932 se situó en 58; por estas fechas las acererías veían muy mermada su producción: funcionaban al 12% de su capacidad; y la producción de lingotes se hallaba en las cotas más bajas desde 1896). En 1933 el PIB de Estados Unidos era inferior en un tercio al de 1929; y hasta 1941 el valor de la producción –medida en dólares- fue menor que la del año del “Crash”. En 1933 había en Estados Unidos cerca de 13 millones de desempleados (el 25% de la fuerza laboral del país). 

Profesor en la Universidad de Harvard y embajador de Estados Unidos en India, a John Kenneth Galbraith se le sitúa en posiciones keynesianas. Pinta un panorama previo al “Crash” de 1929 conformado por bancos “frágiles” y sin fondos de garantía de depósitos; en una economía en la que tenían peso importante los mercados agrícolas (a su vez vulnerables) y en la que no se disponía de amortiguadores –como la Seguridad Social, los subsidios de desempleo o las diferentes prestaciones sociales- a la codicia capitalista. Pero, de una u otra manera, subraya el economista, siempre que se avecina una tormenta financiera las autoridades anuncian que la coyuntura “merece nuestra confianza” y “los fundamentos son buenos”. 

A la semana del “Crash” de 1929, la prensa popular británica se hacía eco de lo que estaba ocurriendo en el centro de Nueva York. Si los financieros se arrojaban desde las ventanas, los transeúntes miraban y pasaban, sin más, junto a los cuerpos de los especuladores. Pero la imagen de los agiotistas suicidándose tiene mucho de leyenda y mito, rebate Galbraith haciendo uso de la estadística. Sí que fueron, por el contrario, muy habituales las estafas (por ejemplo el saqueo del Union Industrial Bank de Flint, en Michigan), que en muchos casos afloraron tras la crisis. Y también fue común el afán del público por la compra de títulos, en uno tiempos previos al “Crash” que Galbraith califica como “era de las finanzas”. Se crearon empresas para la gestión de los servicios públicos (agua, gas o electricidad), constituyeron nuevas sociedades anónimas y los propietarios del dinero lo prestaban de buen grado. Otro fenómeno relevante de la época fueron, como hoy, los trusts de inversión, con un volumen de valores en circulación muy superiores al de los activos de las empresas. Hasta que, con el “Crash”, estas dinámicas hicieron crisis; y “se redujo el patrimonio de muchos cientos de miles de norteamericanos”, remata el economista, autor de varias decenas de libros y fallecido en 2006.


jueves, 21 de julio de 2016

CRISIS TERMINAL DEL CAPITALISMO: “VIVIMOS EN LA ÉPOCA DEL CASINO GLOBAL Y EL CAPITAL FICTICIO”





El economista Paulo Nakatani participa en el curso de verano “Campus Praxis” de Valencia


 “En el capital productor de interés es donde la relación capitalista alcanza su forma más extensa y fetichista (…). El capital aparece como fuente misteriosa y autocreadora de interés, de su propio incremento. La cosa (dinero, mercancía, valor) es ahora, como simple cosa, capital, y el capital aparece como simple cosa (…). Por eso, en el capital productor de interés aparece en toda su pureza este fetiche automático, el valor que se valoriza a sí mismo, dinero generador de dinero; sin que lleve ya en esta forma ninguna huella de su origen. La relación social se ultima como relación de una cosa, del dinero, consigo misma”. Marx avanzó estas ideas en el Libro III de “El Capital”. 

Desde el inicio de la crisis en 2007-2008, Estados Unidos recurrió a una política monetaria que establecía los tipos de interés en cotas mínimas (entre el 0 y el 0,25% desde diciembre de 2008) y desarrollaron una enorme “monetización” de la deuda, pública y privada (impresión de moneda por parte de la reserva federal para la adquisición de éstas). En los tres periodos de “Quantitative Easing” (incremento de la oferta de dinero por parte de los bancos centrales) en Estados Unidos, la base monetaria se expandió en más de tres billones de dólares (cifras hasta julio de 2014). El Banco Central Europeo (BCE) lleva bajando las tasas de interés desde 2011, hasta alcanzar el 0,5% en 2014. Además, a principios de 2015, el BCE anunció las mismas medidas de “Quantitative Easing” que la Reserva Federal: la adquisición de deuda pública y privada por valor de 60.000 millones de euros al mes. Hace mucho tiempo que Japón llevó a término estas políticas monetarias, al igual que Reino Unido después de 2009. ¿Llevaron estas medidas a un incremento del crédito doméstico, la expansión de la demanda de bienes de consumo y el crecimiento económico? Después de 2008, los principales factores que habían impulsado el dinamismo de la economía estadounidense –vivienda y automóvil- vieron su producción interrumpida o reducida, recuerda Paulo Nakatani, quien ha participado en el curso de verano “Campus Praxis” de Valencia, en el que colaboran Sodepau y la Universidad. 

Nakatani es profesor del departamento de Economía y del Programa de Postgrado en Política Social de la Universidad Federal de Espírito Santo (Brasil). Es coeditor del libro “Beyond the systemic crisis and capital-led chaos” (2014) y ha participado en la obra colectiva “La crisis global y el capital ficticio” (2013). También es miembro del Observatorio Internacional de la Crisis. Desde 1995 Nakatani estudia la idea de capital “ficticio”, buena parte de este tiempo con el economista Reinaldo A. Carcanholo, con quien escribió el artículo “Capital especulativo parasitario versus capital financiero”. Considera el capital como “un concepto que expresa relaciones sociales”. “Vivimos en la época del casino global, del capital ficticio –que no es real- en forma de deuda pública, capital accionarial, bancario, mercados de intercambio de monedas y derivados”. En uno de los grupos de investigación universitaria en los que participa, analiza el dinero, el capital-dinero y el capital “ficticio”; en el segundo, se estudian las experiencias de transición al socialismo durante el siglo XX en Cuba y China; un tercer grupo aborda las políticas de protección social en Brasil, Cuba y Chile. 

La tasa media de crecimiento del PIB en Estados Unidos fue del 2,88% en los cinco años anteriores al inicio de la crisis (2008), y del 1,16% en el quinquenio posterior, según el Banco Mundial. Durante el mismo periodo, la expansión de la base monetaria y la reducción de los tipos de interés en Reino Unido produjo resultados similares: el crecimiento económico medio decayó del 3,03% (antes de 2008) al 0,71% después de ese año. En Japón las tasas medias fueron, respectivamente, del 1,85% y el 0,36%. Además, explica Paulo Nakatani, a pesar de lo que apunta la economía convencional, los bancos no impulsaron el crédito interno a familias y empresas. Por ejemplo, Reino Unido comenzó su política de “Quantitative Easing” en 2009, y sólo entre marzo de ese año y enero de 2010 “monetizó” deudas por valor del 14% del PIB para oxigenar su economía. Entre 2008 y 2013, el volumen de crédito generado en Reino Unido decayó un 8,7% del PIB y se mantuvo la caída a pesar de las políticas de expansión monetaria. La tendencia se repitió en Estados Unidos, donde a pesar de haberse multiplicado por cinco la base monetaria entre 2008 y 2014, el crédito doméstico acumulado en el mismo periodo fue de apenas el 11% del PIB. Japón fue el primer país en iniciar las políticas expansivas en 2001, de nuevo las desarrolló en 2008, y las retomó en 2013. Si bien fue el país donde más aumentó el crédito interno (un 21,4% entre 2008 y 2013), fue también el país con menor crecimiento de la economía desde 2008. En cuanto al BCE, destaca Nakatani, “espera obtener resultados diferentes utilizando los mismos instrumentos, las inyecciones de capital y las reducciones de las tasas de interés”. 

¿Cuáles son los efectos reales de la “expansión cuantitativa” en la vigente crisis? A escala mundial, el valor de las acciones de las empresas era de 53,4 billones de dólares en 2006, cayó a 34,9 billones de dólares en 2009 y volvió a aumentar en 2012 (53,1 billones de dólares). “El capital accionarial es una forma de capital ficticio”, recuerda el economista de la Universidad de Espírito Santo. ¿Qué realidad subyace a la estadística? “Lo importante es que estos procesos afectan diariamente a la gente; aumenta la tasa de explotación laboral, las jornadas de trabajo, los recortes en la seguridad social, la asistencia médica y la educación; una parte importante de la remuneración de los capitales, en el casino global, es fruto del trabajo humano”. Subraya Paulo Nakatani que en el Libro III de “El Capital” Marx ya avanzó muchas de estas ideas, “se trata de desarrollarlas”. Hoy se sabe que en Estados Unidos el valor total de las acciones se redujo de 19,4 billones de dólares en 2006 a 11,7 billones en 2008; en 2012 se recuperó hasta los 18,7 billones de dólares, una cifra superior a la de 2005. “El resultado de la recuperación en la bolsa de Gran Bretaña fue muy parecido”, señala Nakatani. Diferente fue el caso de la Unión Europea, donde las políticas de expansión monetaria no se produjeron hasta 2015. Tal vez ello influyera en que el valor de las acciones en los países de la eurozona disminuyera un 27,6% entre 2006 y 2012. 

“La mayor parte del capital bancario es puramente ficticio”, afirmaba Marx. Según el Banco de Compensaciones Internacionales (BIS), los activos totales de las instituciones financieras de 44 países o regiones especiales (entre ellas las mayores economías del mundo excepto China), ascendían a 37,4 billones de dólares en 2007; después de 2008, se produjo una caída relativamente importante hasta 2009 y posteriormente se mantuvo entre los 33 y 34 billones de dólares. Por otro lado, ¿qué importancia tiene la deuda pública en general y en la presente crisis? El economista del Observatorio Internacional de la Crisis explica que se trata, dentro de las diferentes formas de capital “ficticio”, de uno de los mecanismos fundamentales para el rescate de los capitales privados, tanto en la esfera productiva como en la financiera. De hecho, se ha producido un crecimiento acelerado de la deuda pública (respecto al PIB) en países como Estados Unidos, Japón o la eurozona. Escapan a esta tendencia China (aumento del 4,8% entre 2006 y 2014) o Alemania (del 8,9% en el mismo periodo). Entre 2006 y 2014 la deuda pública aumentó un 51,9% en Japón, un 38,2% en Estados Unidos y un 20,7% en la zona euro. 

En los mercados internacionales de moneda se ha generado un gigantesco volumen de negocio. Se compran y venden dólares, libras o euros para ganar una pequeña diferencia en los precios por la variación en el tipo de cambio. Este mercado no sólo no se vio afectado por la crisis, entre 2008 y 2009, sino que continuó creciendo hasta alcanzar un volumen medio diario de negocios de 5,4 billones de dólares (abril de 2013). Si se calculan en dólares las importaciones y exportaciones mundiales en 2013 (sobre un PIB mundial de 75,6 billones de dólares), este valor sería equivalente a sólo 8,4 días de transacciones en los mercados internacionales de moneda. Además, Paulo Nakatani subraya que el mercado global de derivados tampoco sufrió ninguna pérdida significativa. La suma denominada de valor “nocional” pasó de 595,3 billones de dólares en 2007 a 603,9 billones de dólares en 2009 y 710,6 billones de dólares en 2013; en junio de 2014 se produjo una ligera caída (691,5 billones). Entre 2007 y 2013, el crecimiento del saldo total de derivados OTC fue del 19,4%, y llegó a casi diez veces la magnitud mundial en 2013. “La mayor parte de los derivados está constituida por apuestas sobre tasas futuras de interés, de cambio o precios futuros de commodities (mercancías estandarizadas)”, destaca el economista.