18/09/2026
I-Mattei, China, etc.
La 16.ª Conferencia Anual de Economía Política se celebró en
Lisboa, Portugal, la semana pasada. Organizada por la Iniciativa
Internacional para la Promoción de la Economía Política (IIPPE), el tema de la
conferencia de este año fue “El capitalismo más allá del neoliberalismo:
crisis, cambios y lo que viene después”.
La
IIPPE se fundó en 2006 con el objetivo de “desarrollar y promover la economía
política en sí misma, pero también a través de un diálogo crítico y
constructivo con la economía dominante, las alternativas heterodoxas, la
interdisciplinariedad y el activismo, entendido en sentido amplio, desde la
formulación de políticas progresistas hasta el apoyo a los movimientos
progresistas… Aunque esperamos que la economía política marxista tenga una
fuerte presencia y que los participantes la aborden con seriedad como tal, el
IIPPE es un foro pluralista en el que todas las corrientes progresistas de la
economía política son bienvenidas”.
Hubo dos ponentes principales. Clara Mattei es de la
Universidad de Tulsa, Oklahoma, y presidenta fundadora de FREE:
Forum for Real Economic Emancipation, donde presenta un podcast
semanal de FREE. También puso en marcha el nuevo y ambicioso Centro de Economía
Heterodoxa (CHE) en Tulsa.
En sus trabajos, Mattei sostiene que la austeridad
no es un error técnico de política, sino una herramienta permanente y
estructural que se utiliza para proteger el orden capitalista y reprimir el
poder de la clase trabajadora. Tal y como detalla en su libro de 2022, The
Capital Order: How Economists Invented Austerity and Paved the Way to Fascism, la austeridad moderna se diseñó en la Gran Bretaña e
Italia de la posguerra para neutralizar el creciente radicalismo de la clase
trabajadora.
Mattei sostiene que la austeridad es una
intervención política impuesta desde arriba, diseñada para mantener a la
mayoría en una situación de inseguridad económica y dependiente del mercado
laboral privado para sobrevivir. La pobreza, la desigualdad, la inflación y el
desempleo no son fallos accidentales del capitalismo; son mecanismos
fundamentales que se utilizan como arma para impedir que las y los trabajadores
ganen poder de negociación. La economía dominante se presenta como una verdad
neutral y científica, pero sus modelos, en realidad, sirven a los intereses de
la élite al convencer al público de que no hay alternativa al capitalismo.
En su nuevo libro Escape
from Capitalism, Mattei sigue defendiendo que las reformas
socialdemócratas solo pueden estabilizar el sistema, en lugar de transformarlo.
Sin embargo, el capitalismo tiene que ser sustituido, no reparado. El objetivo
de la producción capitalista no es la creación de valores de uso que favorezcan
el desarrollo humano, sino la acumulación sin fin de valor de cambio por parte
de una clase a través de su control sobre el trabajo de otra. La indignación
generada por décadas de presión a la baja sobre el nivel de vida y el recorte
de los estados del bienestar mediante medidas de austeridad cada vez más duras
–que han sido necesarias para el capital– ha creado un terreno fértil para la
política de la extrema derecha.
De ahí surge la pregunta: ¿cuál es la alternativa a
la organización económica de la sociedad, si no son los mercados y la
acumulación de capital con fines lucrativos? Mattei plantea esto, pero no lo
desarrolla. Como señalan Stephen Maher y Scott Aquanno en una reseña del último
libro de Mattei: si hay que escapar del capitalismo, eso solo
será posible sustituyendo los mercados por la planificación a nivel nacional e
internacional. Las cooperativas de trabajadores y las instituciones financieras
gestionadas por la comunidad no bastarán. “Escapar” requiere sustituir la
competencia entre empresas privadas por una coordinación a nivel macro de
empresas de titularidad pública.
Antes
de hablar del segundo discurso principal de Alfredo Saad-Filho, déjenme comentar
algunas de las otras sesiones de la conferencia de la IIPPE. Como siempre, hubo
demasiadas para abarcarlas en una artículo corto. Además, no estuve presente
físicamente en la conferencia; solo participé y asistí a las sesiones híbridas
en línea. Pero sí que recopilé algunas ponencias y presentaciones de varias
sesiones para comentarlas.
El Grupo de Trabajo sobre China de la IIPPE organizó
un sinfín de sesiones en línea y comenzó con una mesa redonda especial sobre la
naturaleza de la economía y el Estado chinos, con un provocativo título: China no
es capitalista. Esto atrajo a un buen número de asistentes tanto en
Lisboa como en línea. Hubo cuatro ponentes.
Empecé mi presentación con una pregunta: ¿Es China capitalista o socialista? En mi opinión, no
es ni lo uno ni lo otro. El primer argumento es histórico. China vivió una
revolución en 1949 que expulsó a las fuerzas militares de los capitalistas y
terratenientes y empezó a nacionalizar la tierra, la industria y las finanzas
con un plan centralizado, al estilo soviético. En mi opinión, China, por lo
tanto, claramente no era capitalista a partir de 1949. Las reformas de Deng de
1978 ampliaron el sector privado y los mercados, fomentaron la inversión
extranjera y dieron inicio a la industrialización urbana. La planificación
centralizada de tipo soviético dio paso a una planificación indicativa
basada en orientaciones y directrices. Pero se mantuvieron los planes
quinquenales, los sectores estatales dominaban las industrias clave, las
finanzas y el capital, y se mantuvieron los controles sobre los flujos de
capital transfronterizos.
Así que, en mi opinión, a partir de 1978 China no
volvió al capitalismo, sino que desarrolló una economía híbrida en la que la maquinaria
estatal, bajo el control del Partido Comunista, seguía llevando las riendas. El
capitalismo se expandió, surgieron multimillonarios y apareció un mercado de
valores. Pero la economía siguió estando dominada por el Estado y la inversión
pública. De hecho, esa fue la razón por la que China pasó de ser una economía
agrícola relativamente pobre a convertirse en una potencia industrial y
exportadora en solo 40 años, sacando de la pobreza a más de 800 millones de
chinos, según la definición del Banco Mundial. Eso habría sido imposible si
China fuera simplemente otra economía capitalista más, con sus auges y sus
crisis, como lo son la India o Brasil.
Pero China no es socialista, ni siquiera se está
moviendo hacia el socialismo, como les gusta afirmar a los líderes chinos. El
socialismo, en términos marxistas, es una organización social humana sin
mercados, sin capital privado, sin dinero y en la que la maquinaria estatal
(cuerpos armados de hombres) ha sido sustituida por una administración civil de
las cosas a escala mundial. Entonces, ¿qué es China? Es una economía de
transición, donde sigue operando la ley del valor (salarios, dinero,
beneficios) y donde existen desigualdades considerables de ingresos y riqueza.
Además, China está rodeada de Estados imperialistas empeñados en su destrucción
y en el establecimiento del capitalismo. No existe un mundo socialista. Pero en
China, el desarrollo de las fuerzas productivas sigue estando en manos de un Estado
(burocrático), no de una clase capitalista. Para una exposición más completa de
mis argumentos, échale un vistazo a mi artículo.
Mis compañeros ponentes también coincidieron en que
China no es capitalista, aunque quizá se mostraran más dispuestos a aceptar que
China se está “encaminando hacia el socialismo”. Torkil Lauesen argumentó que, si bien China no es capitalista,
tampoco es socialista, al menos no todavía. De hecho, no hay ningún
país socialista ni lo ha habido nunca. En cambio, las luchas anticoloniales del
siglo XX dieron lugar a un grupo especial de Estados que abolieron el
capitalismo, pero seguían en transición. Estos Estados intentan sobrevivir
frente a las potencias imperialistas, al tiempo que tratan de desarrollar las
fuerzas productivas basadas en la propiedad pública y la planificación. Estos
Estados en transición han demostrado ser superiores al capitalismo occidental
en cuanto a crecimiento económico y satisfacción de las necesidades sociales. Y
China se ha convertido ahora en líder tecnológico en una amplia gama de
sectores. Aunque a mí me preocupa que el estado de transición de China pueda
volver al capitalismo, Lausen se mostró más optimista y cree que China podría
avanzar hacia un modo de producción socialista en las próximas décadas.
Mick Dunford es profesor de la Facultad de Estudios
Globales de la Universidad de Sussex y autor de Revisiting Uneven Development,
sobre el que le entrevisté hace poco. Sostuvo que tenemos que ver el mundo
desde una perspectiva no occidental.
China ha evitado la transición al capitalismo y, en su lugar, sigue una
política orientada a satisfacer las necesidades humanas, en la que el
reconocimiento social se deriva de “lo que aportas al trabajo compartido de la
vida cultural y material”, en lugar de “la transformación interminable del
trabajo humano en valor abstracto, representado por el dinero”. Dunford cree
que China va camino del socialismo. La transición al socialismo en China ha
pasado por tres fases. En primer lugar, una fase turbulenta de construcción
socialista en un contexto de escasez de capital y embargos estadounidenses
(1949-1978); en segundo lugar, una fase de reforma y apertura en la era de la
globalización neoliberal, cuyos primeros indicios se remontan al acercamiento
con EEUU a principios de los años 70 (1978-2017); y ahora una Nueva Era
que data de 2017, centrada en la innovación, el desarrollo verde, la
prosperidad común y un orden mundial equitativo.
Dic Lo es economista político en el Lingnan College
de la Universidad Sun Yat-sen y en la SOAS. Empezó diciendo que el socialismo tiene como ideal la emancipación
del trabajo de la alienación. Un socialismo viable implica que la realización
de ese ideal debe basarse en la creación de las condiciones materiales
necesarias. La crueldad de la historia es que las revoluciones que aspiraban al
socialismo solo han tenido éxito en sociedades económicamente atrasadas, pero
han fracasado en las sociedades avanzadas. Por eso, la acumulación socialista
primitiva ha sido la tarea principal de estas sociedades revolucionarias. Los
países del antiguo bloque soviético lograron grandes avances, pero, al final,
fracasaron en este sentido. Sin embargo, Lo cree que la “economía socialista de
mercado» de China parece estar cerca del éxito. La pregunta ahora es si China
se convertirá en una economía capitalista avanzada más o si irá más allá, hacia
el socialismo. “Depende en gran medida de la interacción entre el Estado, el
capital y el trabajo en la economía política china, en el contexto de la
incertidumbre del capitalismo a escala mundial”. Efectivamente.
Así
pues, todos los ponentes coincidieron en que China no era capitalista en
términos marxistas. Pero discrepaban sobre si China era socialista o estaba en
camino hacia el socialismo. Por el contrario, la mayoría de los participantes
del público (no todos) se oponían a la opinión de la plataforma de que China no
es capitalista. Un ponente de Brasil argumentó que la inversión china en Brasil
no era más que otro ejemplo de explotación imperialista como en Occidente, es
decir, la extracción de recursos utilizando mano de obra china o imponiendo
condiciones de explotación. Otro ponente dijo que China era claramente
capitalista, ya que la mayoría de los trabajadores chinos estaban empleados en
empresas capitalistas y, por lo tanto, el Estado no era dominante. Otro planteó
la cuestión de si China era realmente una forma especial de capitalismo, el
capitalismo de Estado, en el que el Estado controla la plusvalía en beneficio
de una élite minúscula.
En mi opinión, la inversión de China en el Sur
Global tiene como objetivo conseguir materias primas vitales para su desarrollo
industrial, quizá a costa de la mano de obra de esos países, pero a diferencia
de instituciones lideradas por Occidente, como el Banco Mundial o el FMI, que a
menudo imponen una gobernanza estricta, austeridad fiscal y largas trabas
burocráticas a los préstamos, China ofrece financiación rápida para
infraestructuras clave –como ferrocarriles, puertos y centrales eléctricas–
que, de otro modo, a los países en desarrollo les costaría mucho financiar.
Añadiría que la transferencia de plusvalía de las economías del Sur Global a
China a través del comercio y la inversión es minúscula en comparación con la
extracción de plusvalía de China y del Sur Global hacia Occidente (véase mi artículo y también el trabajo de Andrea Ricci, que también presentó su
ponencia en Lisboa.
Sí,
la mayoría de los trabajadores y trabajadoras chinos están empleados en el
sector capitalista, pero eso no determina si una economía es capitalista o no.
¿Diríamos que, como la mayoría de los trabajadores estadounidenses están
empleados en empresas pequeñas y medianas (73%), la economía de EEUU está
dominada por pequeños capitalistas? No, lo que importa es el control de los
medios de producción.
En China, predomina el sector público. De las 100
principales empresas chinas, alrededor de dos tercios son de propiedad estatal
o están controladas por el Estado. Las empresas capitalistas nacionales y de
propiedad extranjera son una clara minoría. Ningún otro país del mundo tiene
una composición de la propiedad como esta.
En
cuanto a si China es una economía capitalista de Estado, te remito a mi
artículo citado más arriba. Las fuerzas productivas de la economía china se han
expandido a un ritmo sin precedentes desde la revolución de 1949 (por ejemplo,
en comparación con la India), y sin sufrir ninguna recesión ni caída en ninguno
de los años en que el capitalismo global sí las sufrió (véase el gráfico de la
evolución del PIB real más abajo). Si eso es un ejemplo de expansión
capitalista o de capitalismo de Estado, entonces quizá deberíamos reconocer que
el capitalismo aún puede contribuir al progreso de la humanidad. En cambio, yo
creo que no. China no es un modelo de éxito capitalista, sino un ejemplo de
propiedad pública y planificación por encima de la rentabilidad capitalista.
II- IA, imperialismo, dinero y fascismo
Chandrasekharan Saratchand, profesor de Economía en
el Satyawati College de la Universidad de Delhi, presentó su crítica a la
llamada inteligencia artificial general
(IAG). La tesis es que la IAG puede aumentar indefinidamente la producción sin
depender de una mano de obra humana cada vez mayor. Por eso, pone en peligro la
participación de las y los trabajadores en la producción. Utilizando un enfoque
neoclásico marginalista de los factores
de producción, Saratchand considera que la IAG convertirá el
conocimiento humano en una mercancía y lo automatizará para transformarlo en
“capital mecánico escalable”, con lo que los propietarios del capital ya no
tendrán que repartir salarios en función de las habilidades humanas. La
desigualdad de riqueza e ingresos aumentará drásticamente, junto con una mayor
concentración de los medios de producción. De hecho, sin intervención, las enormes
ganancias de productividad que traerá la IAG serán monopolizadas, lo que provocará
desempleo estructural y la pérdida de poder de la mano de obra mundial.
Saratchand cree que confiar en que las entidades comerciales actúen con
moderación es estructuralmente inviable debido a las inmensas presiones
financieras de los inversores. En su lugar, aboga por “marcos institucionales
rígidos y de arriba abajo para preservar el bienestar humano”.
Este análisis presenta varios problemas. En primer
lugar, da por hecho que la IAG –es decir, los modelos de IA superinteligentes–
será capaz de sustituir el trabajo humano casi por completo. En mi opinión, es
muy poco probable que los grandes modelos de lenguaje (LLM) sean lo
suficientemente inteligentes
como para hacerse cargo de todos los sectores y profesiones de la industria. De
hecho, podría pasar incluso una década o más hasta que la IA normal
se adopte de forma generalizada en toda la economía.
En
segundo lugar, la IA general nunca podrá sustituir ni replicar las habilidades
y los conocimientos humanos. Recordemos lo que dijo Noam Chomsky sobre la IA:
“La mente
humana no es como ChatGPT y similares, un pesado motor estadístico para la
identificación de patrones, que se atiborra de cientos de terabytes de datos y
extrapola la respuesta conversacional más probable o la respuesta más probable
a una pregunta científica. Al contrario, la mente humana es un sistema
sorprendentemente eficiente e incluso elegante que funciona con pequeñas
cantidades de información; no busca inferir correlaciones brutas entre puntos
de datos, sino crear explicaciones. Dejemos de llamarlo inteligencia artificial
y llamémoslo por lo que es: “software de plagio”, porque no crea nada, sino que
copia obras existentes –de artistas– modificándolas lo justo para eludir las
leyes de derechos de autor”.
Como argumentamos Guglielmo Carchedi y yo en nuestro
libro, Capitalism in the 2th Century
(pp. 167-74), las máquinas no pueden concebir cambios potenciales ni
cualitativos. El nuevo conocimiento surge de esas transformaciones (humanas),
no de la ampliación del conocimiento existente (máquinas). Solo la inteligencia
humana es social y puede ver el potencial de cambio, en particular el cambio
social, que conduce a una vida mejor para la humanidad y la naturaleza.
Hace poco, unos investigadores de Oxford publicaron un artículo titulado “Theory Is All You Need”.
En él se refuta la afirmación de que los modelos computacionales puedan generar
auténtica novedad o nuevos conocimientos. Los LLM son máquinas de probabilidad
que analizan retrospectivamente los datos existentes. La cognición humana mira
hacia el futuro y es capaz de generar auténtica novedad. La cognición humana
funciona, en teoría, de forma descendente
(top-down) en lugar de ascendente
(bottom-up) a partir de los datos. La IA se basa en predicciones a partir de
datos, lo cual es en gran medida imitativo. Las y los humanos, sin embargo,
usamos una lógica causal basada en la teoría que nos permite tener creencias
que van más allá de los datos existentes. Las y los humanos no solo procesamos
información, usamos la teoría para, en la práctica, intervenir en el mundo. “Nos
dedicamos a la experimentación dirigida para generar datos completamente
nuevos”. En mi opinión, estos son argumentos de peso contra el miedo actual
expresado por las empresas de IA y que los medios de comunicación (Martin Wolf)
los aceptan sin más: que la IA está fuera de control y destinada a dominar a la
humanidad hasta nuestra destrucción.
El verdadero temor para los trabajadores y
trabajadoras no es ese, sino la pérdida de empleos dignos y del nivel de vida a
medida que los agentes
de la IA sustituyan a los trabajadores en distintos sectores. El FMI calcula
que el 60% de los empleos en las economías avanzadas se verán afectados. Los
economistas de Morgan Stanley estiman que los bancos europeos podrían reducir
su plantilla en torno a un 10% para 2030. La estimación se basa en un análisis
de 35 entidades crediticias importantes que, en conjunto, emplean a unos 2,12
millones de personas. Un recorte de esa magnitud se traduciría en la desaparición de unos 212000 puestos
de trabajo en los próximos cinco años.
En
la década de 1850, Marx dejó claro el efecto de las nuevas tecnologías que
ahorran mano de obra:
“Los hechos
reales, que el optimismo de los economistas tergiversa, son estos: los
trabajadores, cuando la maquinaria los expulsa del taller, quedan arrojados al
mercado laboral. Su presencia en el mercado laboral aumenta el número de
fuerzas de trabajo a disposición de la explotación capitalista… el efecto de la
maquinaria, que se ha presentado como una compensación para la clase
trabajadora, es, por el contrario, un azote de lo más terrible”.
Así que el problema no es ningún desastre
existencialista que se avecine para la humanidad a causa de máquinas de IA
superinteligentes fuera de
control; es más probable que una crisis existencial venga del
cambio climático. El verdadero problema es quién controla los medios de
producción (la IA). En lugar de desarrollar la IA para obtener beneficios,
reducir puestos de trabajo y mermar los medios de vida de las personas, una IA
bajo propiedad y planificación comunes podría reducir las horas de trabajo de
todo el mundo y liberar a las personas de la rutina para que se concentren en
el trabajo creativo que solo la inteligencia humana puede ofrecer.
Hubo varias ponencias sobre economía política
marxista, la teoría del valor y la tasa de ganancia. Voy a centrarme en un estudio
empírico. Leonardo Segura Moraes presentó una ponencia sobre Valor, precio de producción y rentabilidad en la economía
brasileña entre 2010 y 2025. En lugar de hacer cálculos
con datos agregados de las cuentas nacionales, Segura partió de los balances de
48 empresas brasileñas –un enfoque de abajo arriba–. A partir de estos
balances, calculó las categorías marxistas de capital constante y capital
variable, plusvalía, rotación del capital y tasa de ganancia. Segura descubrió
que la tasa de ganancia del capital en Brasil bajó de 2010 a 2015, se recuperó
hasta 2018 y luego se estabilizó. Entre 2010 y 2015, la tasa media de ganancia
de la muestra siguió una tendencia a la baja, pasando del 13,7% al 7,1%. A este
periodo de crisis le siguió uno de recuperación hasta 2018 (cuando la tasa
media de ganancia de la muestra alcanzó el 14,28%). Tras el fin de la recesión
provocada por la pandemia, la tasa de ganancia se mantuvo más alta.
Lo que me pareció interesante fue que los resultados
del enfoque de abajo
arriba de Segura coincidían con los obtenidos a partir de datos
agregados (enfoque de arriba
abajo). Calculé la tasa de ganancia del capital en Brasil
utilizando las Penn World Tables (serie 11.0) y observé una caída similar de la
tasa de ganancia cuando terminó el auge de las materias primas que comenzó en
la década de 2000; y, al igual que en los datos de Segura, hubo una
recuperación a partir de 2015, pero la tasa seguía siendo más baja en 2023 que
en 2010. Así que dos métodos de cálculo diferentes dieron resultados similares,
lo que refuerza el respaldo empírico a la ley de la rentabilidad de Marx.
En otra sesión, Cristina Re, de la Universidad de
Parma, y Gianmaria Brunazzi, de la Universidad de Milán, presentaron una versión actualizada de su tesis sobre el
“imperialismo de la deuda”, que ya habían expuesto en el
congreso de Materialismo Histórico celebrado en Londres el pasado noviembre. Su
teoría entonces era que, dado que el dólar era la moneda de intercambio y de
reserva mundial, la deuda de EEUU con el extranjero no era una desventaja, sino
más bien un nuevo arma económica para que el imperialismo estadounidense
dominara a otros países.
“El
imperialismo de la deuda es una configuración en la que el centro mantiene su
dominio emitiendo pasivos con demanda internacional, absorbiendo los excedentes
extranjeros y utilizando el poder de mercado, monetario y militar para
gestionar las contradicciones generadas por el auge de las semiperiferias. Los
déficits de EEUU no son simplemente un síntoma de declive. Forman parte de la
arquitectura del poder imperial contemporáneo”.
Tengo que decir que en aquel momento esta teoría no
me pareció convincente (véanse mis comentarios adjuntos). Para mí,
el imperialismo
de la deuda es cuando los países pobres acumulan enormes deudas
(préstamos) con instituciones imperialistas para crecer, pero luego, ante las
crisis económicas, se ven obligados a declararse en mora, devaluar sus monedas
e imponer medidas de austeridad severas para cumplir con sus obligaciones con
los bancos del Norte Global y el FMI, etc. EEUU. es una excepción como deudor debido al “privilegio
extraordinario” del dólar y a que puede financiar fácilmente sus déficits
comerciales mediante inversiones extranjeras en empresas y activos financieros
estadounidenses.Pero no veo cómo se deduce de esto que la
deuda estadounidense sea una nueva vía de dominación para el imperialismo
estadounidense. En el IIPPE, Re y Brunazzi han ampliado su teoría para
argumentar que el imperialismo de la deuda estadounidense ha pasado a una fase terrorista,
pasando del mero poder financiero a una dominación más política y al uso de la
fuerza (como en Venezuela, Irán, etc.). Debatiré esta teoría en noviembre.
Henrique de Abreu Grazziotin, del Departamento de
Economía de la Universidad de Massachusetts Amherst, presentó algunos aspectos
de historia económica, concretamente un análisis de la crítica de Marx a la Ley
de la Carta Bancaria de 1844. Esto es relevante porque el
intento de las autoridades monetarias de controlar la oferta monetaria y la
inflación vinculándola a las reservas de oro del país fue un fracaso
estrepitoso. La ley no logró evitar el pánico financiero y, en cambio, agravó
las crisis durante fases clave del ciclo industrial capitalista.
Marx argumentó que la ley –impulsada por Sir Robert
Peel e inspirada en la Escuela
Monetaria– se basaba en la suposición errónea de que el volumen de
billetes en circulación determina directamente los precios de las mercancías.
Era una teoría monetarista, precursora del monetarismo moderno tal y como lo
expresó Milton Friedman. Marx se puso del lado de la Escuela Bancaria, afirmando que la
circulación monetaria viene determinada en realidad por las necesidades del comercio,
los precios de las mercancías y el estado del sistema crediticio.
Grazziotin
tiene una teoría de las cinco fases del ciclo industrial capitalista, basada en
la evolución de la tasa media de ganancia y el tipo de interés medio. El
“beneficio de la empresa” es la diferencia entre la tasa general de beneficio y
el tipo de interés, que impulsa la acumulación de capital a lo largo de todo el
ciclo. Una crisis puede surgir tanto por el aumento del tipo de interés como
por la caída de la tasa general de beneficio. En el gráfico de abajo, podemos
ver que una caída de la tasa de beneficio puede reducir el beneficio de la
empresa y, por lo tanto, provocar una recesión; o que un aumento del tipo de
interés podría acabar desencadenando un colapso financiero. En las tres
primeras fases del ciclo, una tasa de ganancia al alza puede absorber un
aumento del tipo de interés de los préstamos, pero en la cuarta fase la tasa de
ganancia empieza a caer mientras que el tipo de interés empieza a subir. En la
quinta fase, la ganancia de la empresa se ve tan reducida que se produce una
crisis.
Por último, permíteme referirme a la ponencia
principal de la sesión plenaria del profesor Alfredo Saad Filho sobre Las crisis del neoliberalismo y el auge del fascismo
neoliberal. Saad-Filho sostiene que el “fascismo
neoliberal” es el resultado estructural de cincuenta años de neoliberalismo que
han vaciado la democracia de contenido, intensificado la desigualdad y apostado
por la financiarización. Pero, a diferencia del fascismo clásico del siglo XX,
que surgió como reacción ante unos sindicatos poderosos o unos movimientos
socialistas en auge, el fascismo neoliberal aparece cuando la clase trabajadora
está en su momento más bajo. Así que combina una defensa despiadada de los
intereses del libre mercado con la violencia excluyente del autoritarismo
moderno. Estos partidos e incluso gobiernos (Italia, EEUU., Brasil, Argentina,
etc.) movilizan la ira pública contra chivos expiatorios inventados –como las y
los inmigrantes o un supuesto Estado
profundo— para desviar la atención de la devastación económica en
curso y consolidar un Estado totalitario resistente.
Saad-Filho sostiene que para superar esta nueva
amenaza fascista hay que dejar atrás los fracasos de los sistemas del pasado y
luchar por una democracia renovada y genuinamente inclusiva.A
mí me suena un poco vago, si es que he entendido bien su punto de vista.
Además, su énfasis en la debilidad de la clase trabajadora organizada no se
puede compensar esperando que las y los inmigrantes y los trabajadores
temporales lideren la lucha contra el nuevo fascismo del siglo XXI. El fascismo
solo se podrá hacer retroceder mediante la coordinación de los trabajadores y
trabajadoras organizados, a menudo en las nuevas industrias tecnológicas,
movilizados en torno a un programa económico que les afecte de verdad (el coste
de la vida, los servicios públicos, la vivienda), y no solo en torno a la democracia
o la política identitaria.
Traducción: viento sur
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