I
EL MAPA
DE LOS HUTÍES: ASÍ ESTÁN HACIÉNDOSE CON EL CONTROL DE YEMEN
El avance hutí sobre el estrecho
de Bab al Mandeb reabre el temor a otro Ormuz, en una guerra que Arabia Saudí
no puede ganar sola
Mapa: Álvaro Merino
16 septiembre, 2026
Los hutíes de Yemen se perfilan
como la nueva amenaza a la navegación mundial. Este mes de septiembre tomaron
el puerto de Moca y la isla de Perim, en pleno estrecho
de Bab al Mandeb, uno de los pasos marítimos más importantes del planeta.
Por ese corredor circula cerca del 12% del comercio marítimo mundial y millones
de barriles de petróleo al día. Quien controla la costa yemení del mar Rojo
tiene la capacidad de vigilar, amenazar o cortar ese tráfico. En un contexto de
alta tensión internacional, los hutíes buscan asimilarse a sus aliados iraníes,
que ya ejercen un control similar sobre el estrecho
de Ormuz. Por ambos cuellos de botella transita cerca de un tercio de todo
el petróleo comercializado en el mundo.
Este avance hutí es el último
eslabón de una escalada que lleva meses acumulándose en el Golfo: bloqueos
declarados, ataques con drones y misiles, nuevas alianzas militares y un mar
Rojo más militarizado. Cada nuevo episodio internacionaliza un poco más un
conflicto interno que llevaba años en relativa pausa.
¿Quiénes son los hutíes?
El movimiento de los hutíes,
oficialmente llamado Ansar Alá o Ansarolá (‘Partidarios de Dios’ en árabe),
surgió en los años noventa como una insurgencia zaidí en el norte de Yemen,
con epicentro en la capital, Saná. En 2014, tres años después del estallido de
las revueltas árabes, derrocaron al Gobierno y ocuparon la ciudad y buena parte
del norte del país, arrastrando al país a una guerra
civil. El conflicto adquirió importancia regional cuando una coalición
liderada por Arabia Saudí intervino para intentar restaurar al Gobierno. Por el
camino, los hutíes han recibido apoyo político, logístico y militar de Irán,
pero no son un simple títere: tienen agenda propia, operan con bastante
autonomía y pertenecen a otra rama del chiismo.
Una década después, el resultado
es una de las peores
crisis humanitarias del mundo: más de 150.000 muertos según la ONU y más de
diecinueve millones de personas que necesitan algún tipo de ayuda. A ello se
suma un Estado débil, sin monopolio de la fuerza ni recursos suficientes. Ese
vacío y división ha permitido que prosperen milicias, redes de contrabando y
actores externos. La intervención militar saudí de 2015 reforzó el relato hutí
de una nación agredida desde fuera, y alimentó un flujo constante de reclutas
entre jóvenes empobrecidos que veían en el movimiento la única vía de ingresos,
pertenencia o venganza.
El tablero interno en Yemen
Hoy en día los hutíes siguen
controlando el noroeste de Yemen, que concentra la mayoría de la población y de
las principales ciudades, incluida Saná. Para ello cuentan con el respaldo de
Irán. Por su parte, el Gobierno internacionalmente reconocido funciona desde un
órgano colegiado: el Consejo de Liderazgo Presidencial (CLP), formado en 2022
cuando el entonces presidente transfirió sus poderes bajo mediación saudí y
emiratí. Hoy en día lo preside Rashad al Alimi, quien
ejerce de facto como jefe de Estado y es reconocido como tal por la ONU, la
Unión Europea, Estados Unidos y la mayoría de países árabes.
El mayor apoyo del CLP es Arabia
Saudí. El Gobierno tiene su sede en Adén y domina el este y el sur del país,
territorios que recuperó a comienzos de 2026 tras derrotar al Consejo de
Transición del Sur (CTS). Esta es una facción secesionista respaldada por Emiratos
Árabes Unidos que llegó a controlar el sur del país, pero se
disolvió en enero. Sin embargo, aún mantiene redes políticas y algunas
formaciones armadas.
A esos bloques se suma la propia
geografía del país, que condiciona buena parte del conflicto. Yemen ocupa el
extremo suroccidental de la península arábiga, con costas tanto en el mar
Rojo como en el mar Arábigo, y su territorio —apenas un poco más grande que
España— incluye unas 220 islas, entre ellas Perim, que los hutíes tomaron
recientemente, y Socotra. Quien controla su litoral controla también el estrecho
de Bab al Mandeb, una de las rutas comerciales y energéticas más
transitadas del mundo.
A ello se suman dos activos que están en el centro de la disputa económica: la ciudad de Marib, con sus yacimientos de gas y la planta de licuefacción de Balhaf, desde donde se exporta gas natural licuado a través del golfo de Adén; y la refinería de Adén, fundada en 1952 y en su día la mayor de Yemen. Cerrada desde 2015 por la guerra, comenzó a reactivarse en 2025, en lo que el CLP describió como la recuperación de una arteria económica vital para el país.
En ese tablero fragmentado, un
alto al fuego en 2022 mediado por la ONU contuvo lo peor de la guerra. Sin
embargo, empezó a desmoronarse el pasado julio cuando, respaldados por Irán,
los hutíes anunciaron un “embargo
marítimo” contra Arabia Saudí y reanudaron los ataques con drones y misiles
contra aeropuertos, instalaciones petroleras y buques cisterna saudíes en el
mar Rojo. Entre 2023 y 2026, estos ataques, sumados a una nueva ofensiva hutí
en la costa occidental, terminaron de romper el acuerdo informal que había
mantenido una calma relativa durante los últimos años.
El divorcio entre Riad y Abu Dabi
Desde 2015, Arabia Saudí y
Emiratos combatieron en la misma coalición contra los hutíes, pero con lealtades
distintas: Riad apoyaba al Gobierno, Abu Dabi al Consejo de Transición del
Sur (CTS). Ambas potencias compiten por la influencia regional, inversión y
control de rutas comerciales estratégicas. En Yemen, Emiratos apostó por una
estrategia marítima y logística, haciéndose con puertos costeros y construyendo
pistas de aterrizaje en enclaves como Socotra y la isla de Perim, cerca de Bab
al Mandeb. Mientras tanto, Arabia Saudí ligó su presencia al plan Visión
2030 y, según algunas informaciones, a un antiguo proyecto de oleoducto
propio hacia el océano Índico que le permitiría sortear el estrecho de Ormuz.
La ruptura
estalló en diciembre de 2025, cuando el CTS —respaldado por Emiratos— se
apoderó de Hadramaut y Al Mahra, regiones petroleras fronterizas con Arabia
Saudí que Riad consideró una línea roja para su seguridad. La coalición saudí
respondió bombardeando el puerto de Mukalla, alegando un envío de armas
emiratíes al CTS. El Consejo de Liderazgo Presidencial (CLP) canceló el acuerdo
de defensa con Emiratos, exigió la retirada de sus tropas y declaró el estado
de emergencia. Emiratos respondió anunciando que retiraría de forma “voluntaria”
sus últimas unidades de contraterrorismo, su presencia militar restante en el
país. El golpe fue letal para el proyecto separatista: en enero de 2026, el CTS
se disolvió tras ser derrotado por las fuerzas saudíes y gubernamentales, que
recuperaron el territorio perdido.
Esta fractura entre potencias del
Golfo paralizó por completo el proceso de pacificación en Yemen. Al mismo
tiempo, le dio a los hutíes, en el norte, vía libre para consolidar su poder en
Saná y en las zonas más pobladas, aprovechando el congelamiento de la hoja de
ruta política que la ONU esperaba implementar.
Los saudíes, sin aliados
Frente al resurgir hutí, Arabia
Saudí ha reforzado su propia red de seguridad regional. El pasado julio impulsó
la Alianza Multinacional de Defensa Marítima, un marco con más de cuarenta
países, incluido Estados Unidos, para proteger Bab al Mandeb, el mar Rojo y el
golfo de Adén. Y en agosto firmó el Acuerdo
de Defensa Conjunta de la Meca junto a Pakistán y Turquía, con una cláusula
donde un ataque contra uno de los firmantes se consideraría un ataque contra
todos.
Sin embargo, ni Islamabad ni
Ankara tienen interés en verse arrastradas a una guerra con los hutíes o Irán:
la posición
de Pakistán, como hasta ahora entre Estados Unidos e Irán, es ser mediador
en el conflicto, porque su larga frontera con la República Islámica supondría
un alto riesgo al involucrarse con los saudíes. Por su parte, el presidente de
Turquía, Recep
Tayyip Erdoğan, ha dicho que el pacto es una “garantía de estabilidad
regional”, pero siempre en un marco de diplomacia y no de confrontación directa
con Irán.
El resultado es que, pese a
rodearse de nuevos marcos de seguridad sobre el papel, Arabia Saudí está
respondiendo prácticamente sola sobre el terreno. A eso se suma el giro de
Estados Unidos, el actor que más ha cambiado de postura: Washington había
llevado a cabo ataques contra posiciones hutíes y operaciones navales en el mar
Rojo para proteger el tráfico comercial, pero en mayo de 2025 alcanzó un alto
al fuego con los hutíes mediado por Omán. Con la escalada reciente, el
presidente Donald Trump se
ha resistido a implicarse. Y es que Estados
Unidos, hoy, no tiene ni la voluntad ni el interés estratégico de volver a
intervenir militarmente de forma decidida en Yemen, dejando a Riad sin el
respaldo que reclama.
Bab al Mandeb, ¿el próximo Ormuz?
El Gobierno yemení advierte
contra la repetición de otro escenario regional: Rashad
al Alimi, presidente del CLP, declaró que “no debe permitirse que el
estrecho de Bab al Mandeb se convierta en otro estrecho de Ormuz”, ni Yemen en
una plataforma de chantaje político en nombre de Irán. En la misma línea, el
Consejo de Defensa Nacional yemení ha reclamado la aplicación de las
resoluciones internacionales y apoyo para proteger su soberanía y sus aguas
territoriales. Pero los hutíes siguen ganando posiciones. La pregunta de fondo
sigue sin respuesta: si las potencias regionales y Estados Unidos no están
dispuestos a intervenir, ¿quién puede impedir que los hutíes sigan afectando la
estabilidad marítima mundial?
Fuente: https://elordenmundial.com/mapas-y-graficos/mapa-huties-yemen/
II
La producción de la historia se sustenta en el borrado selectivo de determinados pasados y de los artefactos que dan testimonio de ellos. Desde la omisión de documentos de archivo hasta la demolición de espacios sagrados y seculares, cada acto de destrucción es también un acto de construcción estatal.
Arabia Saudí puede ser el caso paradigmático de
esta construcción. Tras la Guerra del Golfo Pérsico de 1991, las élites
políticas del Reino impulsaron con mayor fervor dos proyectos paralelos, la
conmemoración histórica y la construcción estatal, con el objetivo de imponer
su visión de posguerra sobre el Estado, la nación y la economía.
No solo el Reino ha estado “ocultando” los
intercambios intelectuales transnacionales y transoceánicos anteriores a 1932
desde su fundación, sino que, en los últimos años, el rey Salman ha impulsado
agresivamente una narrativa histórica reformulada y secularizada. El “desempeño
archivístico” del país, marcado por ineficiencias, sabotajes y coerción, revela
sus “visiones conflictivas del pasado” y su a veces frágil control del poder.
La autoridad de la familia real dependió, desde su establecimiento, en gran
medida de las corporaciones estadounidenses —ARAMCO en particular— y del
Gobierno de Estados Unidos, que protegieron a la familia gobernante de las
generalizadas, aunque borradas, movilizaciones anticoloniales y
antiautoritarias internas, así como de rivales regionales. Sin embargo, la
lucha de la familia real por mantener la legitimidad política por sus propios
medios puso de manifiesto la necesidad de una narrativa histórica sancionada
por el Estado.
El deseo de controlar la narrativa no es solo una cuestión archivística. En 2009, el príncipe Jalid bin Sultan dirigió la Operación Tierra Quemada, una intervención saudí en Yemen. La operación se convirtió rápidamente en un atolladero y desembocó en una humillante retirada saudí. La narrativa oficial nunca admitió el fracaso, pero la posterior desaparición de Jalid de la escena pública sugiere que se le responsabilizó de la derrota.
En 2015, el rey Salman nombró príncipe heredero a Mohammad bin Nayef. Bin Nayef era ministro del Interior y partidario de la intervención saudí en Yemen, y su ascenso le permitió coordinar mejor la campaña contra Ansarolá. Los bombardeos saudíes, incluso con el apoyo de los servicios de inteligencia estadounidenses y con reabastecimiento en vuelo, fueron un nuevo desastre. En 2017, el rey lo sustituyó por su hijo, Mohammed bin Salman, quien adquirió rápidamente protagonismo y puso en marcha el ambicioso proyecto Saudi Vision 2030, un intento por reconstruir el país tanto en términos materiales como ideológicos.
El proyecto está repleto de ciudades futuristas, del relajamiento de ciertas normas sociales simbólicas —como la concesión a las mujeres del derecho a conducir— y de nuevos centros artísticos, como el museo de arte moderno anunciado en 2019. Estos son solo algunos de los proyectos que el rey Salman bin Abdulaziz y el príncipe heredero Mohammed bin Salman han impulsado para promover una imagen cada vez más secular del Reino. Y ello no deja de ser, una vez más, un intento por controlar el archivo: decidir qué pasados son válidos, cuáles quedan fuera del presente y, al mismo tiempo, cuáles pueden proyectarse hacia el futuro.
A pesar de los intentos de Bin Salman por controlar el país, la familia real sigue fragmentada, y sus miembros persiguen sus propias agendas económicas y políticas, a menudo a costa de otros parientes, de las autoridades regionales y religiosas y de los ciudadanos saudíes. El tema de Yemen no es una excepción. Por ejemplo, el príncipe Ahmed bin Abdelaziz, uno de los pocos hijos que quedan del fundador de Arabia Saudí, explicó hace unos años en Londres que la desastrosa política saudí en la región era responsabilidad exclusiva del rey y de su heredero.
La política de Bin Salman en Yemen ha sido un tremendo fracaso. Pero, como en ocasiones anteriores, existe una lucha por el control del archivo y quienes disponen de mayores recursos económicos, como en este caso el príncipe heredero, han conseguido no reconocer de manera explícita el tremendo fracaso saudí ni la situación en la que se encuentra actualmente el Reino.
Desde el comienzo de la guerra, muchos se preguntaban por qué Ansarolá se mantenía al margen, incluso cuando el Movimiento de Resistencia Islámica de El Líbano (Hezbolá) abrió un frente en el norte de Israel. La única explicación plausible que encontré es que las fuerzas yemeníes actuaban como contrapeso frente a los saudíes. Irán atacaba bases en los distintos países del Golfo Pérsicoy también había cerrado el estrecho de Ormuz, lo que obligaba a Arabia Saudí a desviar gran parte de sus exportaciones de crudo hacia las terminales del mar Rojo. Los saudíes no querían una mayor escalada.
Sin embargo, sigue siendo un misterio por qué los saudíes atacaron un aeropuerto en Yemen a principios de este mes, justo cuando Estados Unidos había reanudado los ataques aéreos contra Irán. El alto el fuego beneficiaba a Arabia Saudí. Ansarolá respondió con ataques e impuso un bloqueo a los puertos saudíes del mar Rojo; los saudíes contraatacaron y ahora las fuerzas yemeníes atacan las instalaciones petroleras saudíes. El Reino se ha visto arrastrado a una guerra abierta.
Si hace unos meses se podía decir que Arabia Saudí era uno de los polos de poder regional, ahora mismo se encuentra en una situación tremendamente delicada. Su sistema energético está bajo asedio en tres frentes, un punto de inflexión crítico en la geopolítica energética de Asia Occidental: los ataques coordinados desde Irak y los avances de Ansarolá en Yemen han golpeado el núcleo de la infraestructura petrolera de Riad, mientras el estrecho de Ormuz permanece cerrado.
La economía de Arabia Saudí se contrajo un 4,8 % en el segundo trimestre debido a los cinco meses de guerra en Irán y al cierre casi total del estrecho de Ormuz. Fue la mayor contracción interanual de la economía del Reino desde el punto álgido de la pandemia de COVID-19 en 2020. La mayor economía del Golfo Pérsico registró una caída interanual del 24,7 % en su sector petrolero entre el 1 de abril y el 30 de junio, según un informe publicado el miércoles por la Autoridad General de Estadística de Arabia Saudí. Esta caída provocó la contracción de la economía del Reino, ya que los hidrocarburos representan alrededor del 55 % de los ingresos del Gobierno saudí. El fuerte descenso de la actividad petrolera contrarrestó el modesto crecimiento de los sectores no petrolero y gubernamental. Las actividades no petroleras crecieron un 0,6 %, mientras que las gubernamentales aumentaron un 0,9 %. El sector petrolero restó 5,4 puntos porcentuales al crecimiento anual del PIB, mientras que el no petrolero aportó 0,4 puntos porcentuales. Las actividades gubernamentales y los impuestos netos sobre los productos contribuyeron cada uno con 0,1 puntos porcentuales.
Según los analistas, el Reino se encuentra en un
estado de conmoción estratégica y todos los análisis apuntan a que la situación
económica empeorará en los próximos meses.
Por Xavier Villar
Fuente: https://www.hispantv.com/
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