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viernes, 29 de noviembre de 2024

DECADENCIA DEL CAPITALISMO, TERCERA GUERRA MUNDIAL EN CIERNES Y PERSPECTIVA PROLETARIA


Alex A. Chamán Portugal

26 noviembre, 2024

 

Introducción

La intensificación de las tensiones interimperialistas, evidenciada en la agresiva estrategia de la OTAN liderada por el imperialismo estadounidense contra Rusia y la creciente influencia de China, configura un escenario de crisis global irreversible. Este contexto plantea un inminente riesgo de una Tercera Guerra Mundial que ya se desarrolla de manera híbrida. Este conflicto no solo refleja las contradicciones inherentes del capitalismo decadente en su fase imperialista, sino también el retroceso estratégico de la revolución proletaria mundial. Este ensayo, fundamentado en el materialismo dialéctico e histórico, analiza cómo el capitalismo perpetúa la explotación de las masas populares hacedoras de la historia y resalta los desafíos históricos que enfrentan las fuerzas revolucionarias en su lucha por contrarrestar las dinámicas globales destructivas.

El capitalismo en decadencia y la rivalidad interimperialista

La rivalidad entre potencias capitalistas es una constante histórica que Lenin definió como una consecuencia inevitable del imperialismo: la fase superior del capitalismo, caracterizada por el monopolio y la disputa por el saqueo global. La autorización del imperialismo estadounidense a Ucrania para utilizar misiles de largo alcance contra Rusia, y las advertencias nucleares por parte de Rusia, no son eventos fortuitos, sino hitos de una lucha por reconfigurar el orden mundial. Mientras algunos analistas argumentan que estamos en una etapa multipolar, otros planteamos una transición hacia una bipolaridad renovada.

Rusia, como una potencia capitalista en ascenso, busca fortalecer su hegemonía frente a las amenazas militares de la OTAN. China, aunque no participa directamente en el conflicto, enfrenta las hostilidades de Estados Unidos, que intenta frenar su crecimiento económico y mayor influencia geopolítica. Desde un análisis materialista dialéctico, ambas potencias están atrapadas en la lógica depredadora del capitalismo, donde la competencia conduce inevitablemente a conflictos destructivos en desmedro de la humanidad entera.

El repliegue de las fuerzas revolucionarias proletarias

Uno de los aspectos más alarmantes del panorama actual es el repliegue estratégico de la revolución proletaria mundial. El colapso de la Unión Soviética, impulsado por el revisionismo, y la transformación de China en un Estado capitalista han debilitado severamente la capacidad de las fuerzas revolucionarias para ofrecer una alternativa real al imperialismo.

Este retroceso ha mermado el impacto del internacionalismo proletario y permitido que las potencias imperialistas actúen con mayor impunidad. Según el materialismo histórico, las guerras interimperialistas no son luchas por la justicia, sino conflictos motivados por el afán de reparto y dominio global, siempre en detrimento de las naciones oprimidas, los pueblos del mundo y el proletariado internacional como última clase de la historia.

La amenaza de una Tercera Guerra Mundial y la resistencia revolucionaria

El peligro de un conflicto nuclear evidencia la brutalidad del capitalismo en su fase imperialista. Sin embargo, esta crisis también ofrece una oportunidad para que las masas y pueblos se organicen y transformen esta guerra injusta en un catalizador revolucionario. Lenin señaló que las guerras imperialistas, pese a su carácter destructivo, pueden convertirse en motores de la revolución si las fuerzas revolucionarias son capaces de dirigir la indignación de las masas hacia el socialismo.

Es imperativo revitalizar las organizaciones proletarias y construir un movimiento internacionalista que enfrente tanto a las potencias imperialistas como a los conflictos que generan. Esto requiere una línea ideológica y política clara, justa, correcta, científica y transformadora como el marxismo-leninismo-maoísmo que movilice y organice a las masas para batallar contra el capitalismo y marchar hacia el socialismo científico.

 

Impacto en las naciones oprimidas y los pueblos del mundo

Los conflictos interimperialistas intensifican la explotación y el saqueo de las naciones oprimidas, eufemísticamente llamadas “en vías de desarrollo”. La profundización de la explotación económica, el despojo de recursos naturales, la destrucción de la producción nacional, la contención al desarrollo del mercado interno, la precarización laboral, la manipulación mediática, la sofisticada alienación e idiotización, así como, el control social son solo algunas de las consecuencias devastadoras para estos países.

En este contexto, la lucha por la liberación nacional y la emancipación económica, social y política sigue siendo una tarea prioritaria. Los pueblos oprimidos enfrentan una doble carga: la opresión imperialista externa y la subordinación interna de las clases dominantes que pugnan por reproducir y eternizar el sistema hegemónico en descomposición.

La tarea de los comunistas, antiimperialistas y antifascistas

Para los comunistas, el desafío es reconstruir el internacionalismo proletario, identificado por Lenin como clave para transformar las guerras interimperialistas en revoluciones socialistas. Es crucial consolidar frentes globales que coordinen la resistencia contra el imperialismo y movilicen a las masas oprimidas hacia la construcción de un mundo socialista como antesala de la sociedad comunista.

Los antiimperialistas y antifascistas, por su parte, deben articular movimientos amplios que rechacen las guerras y promuevan la autodeterminación de los pueblos. Esto requiere denunciar las narrativas hegemónicas que justifican los conflictos y ofrecer una alternativa basada en justicia social, equidad económica y emancipación política.

Todos estos esfuerzos deben orientarse hacia la erradicación del sistema capitalista-imperialista, que constituye la base material de los conflictos y la explotación. Solo un programa político claro, centrado en el socialismo científico, puede garantizar una paz duradera, la justicia global, el progreso, desarrollo y bienestar para la humanidad.

 

Conclusión

El ascenso de las tensiones interimperialistas lideradas por Estados Unidos y la OTAN, así como la respuesta de Rusia y el rol indirecto de China, configuran un panorama de caos global que podría desembocar en una plena Tercera Guerra Mundial. Este conflicto, lejos de ser una lucha por ideales nobles, refleja el colapso del capitalismo en su fase terminal que es el imperialismo.

Desde una perspectiva revolucionaria, es fundamental superar el repliegue de las fuerzas proletarias y construir un movimiento internacionalista capaz de confrontar las fuerzas destructivas del capitalismo. Solo transformando esta crisis en una oportunidad revolucionaria será posible evitar que la humanidad sea arrastrada hacia la barbarie y avanzar hacia una sociedad socialista y, finalmente, comunista, que elimine las causas estructurales de la guerra, las injusticias, las desigualdades como la explotación y la opresión.


Fuente: https://inmediaciones.org/decadencia-del-capitalismo-tercera-guerra-mundial-en-ciernes-y-perspectiva-proletaria/

jueves, 10 de marzo de 2022

¿ESTÁ AUTODESTRUYÉNDOSE EL IMPERIO "AMERICANO"?

 


Michael Hudson

09/03/2022

 

Ahora, la cuestión es quién saldrá victorioso en Eurasia: la “realidad” que EEUU creía poder controlar, o una realidad económica fuera del control del imperio.

 

Los imperios suelen seguir el curso de una tragedia griega, provocando precisamente el destino que buscan evitar. Este es el caso del Imperio estadounidense, ya que se está desmantelando a sí mismo en cámara no tan lenta.

El supuesto básico de la previsión económica y diplomática es que cada país actuará en su propio interés. Tal razonamiento ayuda a comprender el mundo de hoy. Para describir la confrontación de EEUU y sus aliados contra Rusia los observadores diplomáticos de todo el espectro político están utilizando frases como «. EEUU se está disparando en su propio pie». Nadie pensó que el Imperio "americano" se autodestruiría tan rápido.

Durante más de una generación, los diplomáticos estadounidenses más destacados nos han advertido: "la principal amenaza externa para la nación es una alianza de Rusia y China dominando Eurasia". Las sanciones económicas y la confrontación militar de EEUU están uniendo a estas dos potencias y está empujando a otros países a la órbita euroasiática en plena emergencia.

Se esperaba que el poder económico y financiero estadounidense evitara este destino propio de una tragedia griega. Durante el medio siglo transcurrido desde que EEUU abandonó el oro en 1971, los bancos centrales del mundo han operado con el patrón dólar, manteniendo sus reservas monetarias internacionales en valores del Tesoro de EEUU, en depósitos bancarios, acciones y bonos, todo ello en dólares.

El estándar de bonos del Tesoro ha permitido a EEUU financiar su gasto militar simplemente mediante la creación de pagarés en dólares. Entonces, el déficit de la balanza de pagos estadounidense se ha podido transformar en superávit de reservas. ¿La explicación? Los deudores (las naciones y particulares del Sur Global) necesitan dólares para realizar el comercio exterior y pagar a los tenedores de bonos y acciones.

Este privilegio monetario, este "señorío del dólar", ha permitido a los estadounidenses imponer sus políticas neoliberales al resto del mundo, y lo ha hecho sin tener que usar mucha fuerza militar propia, excepto para apoderarse del petróleo del Cercano Oriente.

La reciente escalada de sanciones de Washington, que han bloqueado el comercio y la inversión de Europa, Asia (y otros países) con Rusia, Irán y China ha impuesto enormes costos y una lacerante perdida de negocios para los aliados de EEUU.

Y, la reciente confiscación del oro y de las reservas de Venezuela, Afganistán y ahora de Rusia, [1] junto con el cierre selectivo de cuentas bancarias de extranjeros adinerados está acabando con la idea que la tenencia en dólares - o también los activos en libras esterlinas y en euros - son un refugio de inversión seguro, en los momentos que las condiciones económicas mundiales se vuelven inestables.

Así que me ha impresionado ver la velocidad con que este sistema financiarizado centrado en los EEUU se habrá desdolarizado, en el lapso de solo uno o dos años. El tema básico de mi libro 'SuperImperialismo' ha sido cómo (durante los últimos cincuenta años) los bonos del Tesoro norteamericano han canalizado los ahorros extranjeros hacia los mercados financieros y bancos de EEUU, dando grandes beneficios sin ningún costo para la "diplomacia del dólar".

Hace algún tiempo pensaba que la desdolarización la iba iniciar China y Rusia, que al tomar el control de sus economías evitarían la polarización financiera qué impuso EEUU [2]. Sin embargo, los últimos acontecimientos nos demuestran que son los funcionarios estadounidenses los que están obligando a Rusia, China y, a otras naciones a salirse de la órbita del dólar estadounidense. La política de Washington está obligando a estos países a superar cualquier vacilación que tuvieran para desdolarizar sus economías.

Esperaba que el fin de la economía imperial vendría por la ruptura de otros países con el dólar. Pero esto no está sucediendo exactamente así. En los hechos es la política de Washington la que está poniendo fin a la dolarización de la economía internacional, además está obligando a Rusia a construir sus propios medios de producción de manera autosuficiente.

Este proceso de fractura global comenzó con las sanciones que bloquearon el comercio con Irán, China y Rusia con los EEUU y sus satélites económicos. Para Rusia, estas sanciones tuvieron el mismo efecto que habrían tenido unos "aranceles proteccionistas".

Durante más de una década Rusia estuvo demasiada cautivada por la ideología neoliberal del libre mercado como para tomar medidas para proteger su propia agricultura e industria. Ahora las sanciones estadounidenses favorecerán un desarrollo autosuficiente de la economía Rusa. Cuando los estados bálticos obedecieron las sanciones estadounidenses y perdieron el mercado ruso para sus productos agrícolas, Rusia creó rápidamente su propio sector de productos agrícolas, mientras se convertía en el principal exportador de cereales del mundo.

Rusia está descubriendo (o está a punto de descubrir) que no necesita dólares estadounidenses como respaldo para el tipo de cambio del rublo. Su banco central puede crear los rublos necesarios para pagar los salarios internos y financiar la formación de capital. Las confiscaciones estadounidenses, de sus reservas de dólares y euros, pueden finalmente llevar a Rusia a poner fin a su adhesión a la filosofía monetaria neoliberal.

La terapia de choque neoliberal y las privatizaciones de la década de 1990 dejaron a los cleptócratas rusos con una sola forma de sacar provecho de los activos que habían esquilmado del dominio público. Lo que hicieron fue aprovechar sus ganancias para comprar y vender acciones en Londres y Nueva York. Como resultado la capitalización mediante el ahorro interno desapareció, entonces, los asesores estadounidenses persuadieron al banco central de Rusia para que no creara su propio dinero en rublos.

El resultado fue que el patrimonio nacional de petróleo, gas y minerales de Rusia no se utilizó para financiar una racionalización de la industria. En lugar de invertir los ingresos de la privatización para crear nuevos medios de protección, el dinero terminó en manos de los nuevos ricos que adquirieron bienes raíces británicos, yates y otros activos de capital. Fue una brutal fuga a occidente del capital y el ahorro ruso.

Hoy, las sanciones que toman como rehenes las tenencias de dólares, libras esterlinas y euros de los multimillonarios rusos ha transformado a la City de Londres en un lugar demasiado riesgoso para mantener activos; ahora los millonarios de cualquier otra nación saben que potencialmente están sujetos al chantaje del dólar. Al imponer sanciones a los rusos más ricos los funcionarios estadounidenses esperaban inducirlos a oponerse a la ruptura con Occidente y, por lo tanto, servir como agentes de influencia de la OTAN. Pero, por el momento, los multimillonarios rusos, creen que su país es más seguro.

Desde hace décadas, la Reserva Federal y el Tesoro ha estado luchado contra la recuperación del papel del oro como respaldo de las reservas internacionales. Por tanto, es legítimo preguntarse, ¿cómo verá India y Arabia Saudita sus tenencias de dólares mientras Biden y Blinken intenta obligarlos a seguir el «orden basado en reglas» en lugar de su propio interés nacional?

Los recientes dictados de Washington no dejan más alternativa que comenzar a proteger la autonomía política y económica convirtiendo las tenencias de dólares y euros en un mineral precioso: el oro. Esto en el corto plazo será la única manera que un activo no se transforme en rehén de unas exigencias imperiales cada vez más costosas y perturbadoras.

La diplomacia estadounidense ha llevado a Europa en un servilismo abyecto. Después que se bloquearon las reservas extranjeras de Rusia y se desplomara el tipo de cambio del rublo EEUU exigió a los gobiernos europeos que sus empresas nacionales se deshagan de los activos rusos por unos centavos de dólar. Mientras tanto, grandes inversionistas estadounidenses como Blackstone, Goldman Sachs se movieron rápidamente para comprar lo que Shell y otras compañías del viejo continente estaban vendiendo a vil precio.

Nadie pensó que el orden mundial de la posguerra 1945-2020 se derrumbaría tan rápido. Está surgiendo un orden económico internacional verdaderamente nuevo, aunque aún no está claro qué forma tomará. Pero las confrontaciones resultantes de la «presionar al oso ruso» ha superado el nivel de masa crítica. Ya no se trata solo de Ucrania. El conflicto bélico es simplemente el detonante, está funcionando como un catalizador que alejará a gran parte del mundo de la órbita de EEUU/OTAN.

El conflicto económico llegará próximamente a la propia Europa. Llegará cuando los políticos nacionalistas europeos rompan con la subordinación al excesivo poderío de EEUU. El precio de la obediencia de la Unión Europea será un vertiginoso aumento de los costes a su industria. Este será el resultado final de la política impuesta por los procónsules pro-estadounidenses de la OTAN.

Estas consecuencias deberían considerarse como "advertidas o esperadas". Demasiados observadores internacionales alertaron exactamente lo que está sucediendo. El propio presidente Putin y su ministro de Relaciones Exteriores Lavrov explicó cuál sería su respuesta si la OTAN insistiera en arrinconarlos mientras atacaban a los hablantes de ruso en el este de Ucrania y trasladaban armamento pesado a su frontera occidental.

Las consecuencias fueron anticipadas. Pero, a los neoconservadores que controlan la política exterior estadounidense simplemente no les importa. Consideraban que reconocer las preocupaciones rusas los convertía en unos fans de Putin.

Aquellos funcionarios europeos que no trepidaron en calificar a Donald Trump de "loco" ahora no se sorprenden por el resurgimiento de un odio visceral hacia Rusia por parte de la Administración Biden. El modo de expresión y los gestos de Trump eran groseros, pero la pandilla neoconservadora que hoy está en la Casa Blanca quiere una confrontación con Rusia mucho más amenazante que unos cuantos gestos groseros. Ahora, la cuestión es quién saldrá victorioso: la "realidad" que EEUU creía poder controlar, o una realidad económica fuera del control del imperio "americano".

Lo que los países no han hecho por sí mismos - reemplazando al FMI, el Banco Mundial y otros brazos de la diplomacia estadounidense- con la actual política de Washington se está obligando a desdolarizar la economías de muchas naciones. Más allá de "la niebla de la guerra", Europa, el Cercano Oriente y del Sur Global deberán empezar a defender sus intereses económicos.

En un corto plazo las sanciones de EEUU a Rusia y China se habrán transformando en una espada de Damocles que pende sobre todas las economías dolarizadas. Seguramente, en los próximos meses veremos como muchos líderes políticos se preguntarán si sus países estarían mejor con un nuevo sistema monetario que reemplace el comercio, la inversión y el servicio de la deuda externa que ahora está en manos de dólar.

Ya los precios de la energía y de los alimentos están afectando especialmente a los países del Sur Global, este flagelo coincide con los graves efectos de la pandemia y el inminente vencimiento del servicio de deudas externas dolarizadas.

¿Hasta cuándo se podrán imponer medidas de austeridad para pagar a los tenedores de bonos en dólares? ¿Cómo se las arreglarán la economía estadounidense y europeas frente a las sanciones rusas a las importaciones de gas y petróleo, cobalto, aluminio, paladio y otros materiales básicos? ¿Cómo responderán las empresas europeas cuando empiecen a sufrir las consecuencias de las sanciones?

Los diplomáticos estadounidenses han elaborado una lista de materias primas que su economía necesita desesperadamente y que, por tanto, ha declarado exentas de las sanciones comerciales a Rusia. Está lista ha proporcionado a Putin los puntos exactos de presión para romper con la Cortina de Hierro que EEUU ha impuesto a los rusos.

La inflación de Biden

La ruptura de la política aventurera de la OTAN vendrá desde dentro de los EEUU. En la medida que se acercan las elecciones, de mitad de mandato, muchos políticos estadounidenses encontrarán un terreno fértil para demostrar a sus votantes que la inflación de los precios, es un subproducto de la política del bloqueo de las exportaciones de petróleo y gas ruso realizada por la Administración Biden.

El gas es necesario no solo para calefacción y producción de energía, sino también para hacer fertilizante, del cual ya hay escasez mundial. Esta situación se ve agravada por el bloqueo de las exportaciones de cereales de Rusia y Ucrania lo que hace que los precios de los alimentos ya se hayan disparados.

Existe una sorprendente desconexión entre la visión de la realidad del sector financiero y la que promueven los principales medios de comunicación de EEUU y de la OTAN. Los mercados bursátiles de Europa se desplomaron en su apertura el lunes 7 de marzo, mientras que el petróleo Brent se disparó a $130 el barril.

El noticiero matutino de la BBC presentó al parlamentario conservador Alan Duncan, un comerciante de petróleo, advirtiendo que la casi duplicación de los precios de los futuros del gas natural amenazaba con llevar a la bancarrota a las empresas que suministran de gas a Europa. Pero en «Dos minutos de odio» de la BBC se siguió aplaudiendo a los valientes combatientes ucranianos y a los políticos de la OTAN que piden más apoyo militar. En Nueva York, el Promedio Industrial Dow Jones se desplomó 650 puntos, y el oro se disparó a más de $2.000 la onza, lo que refleja cómo ve el sector financiero la crisis que se aproxima.

Tratar de obligar a Rusia a responder militarmente y, por lo tanto, hacer "quedar mal a los rusos" ante el resto del mundo es un truco destinado a garantizar que Europa contribuya más a la OTAN y compre más equipo militar a los EEUU. La inestabilidad que está política ha causado está produciendo que EEUU parezca tan amenazador como la OTAN afirma que es Rusia.

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NOTAS

1. El oro de Libia también desapareció después del derrocamiento de Muammar Gaddafi por parte de la OTAN en 2011.

2. Véase más recientemente Radhika Desai y Michael Hudson (2021), "Beyond Dollar Creditocracy: A Geopolítica Economy", Valdai Club Paper No. 116. Moscú: Valdai Club, 7 de julio, repr. en Real World Economic Review (97), https://rwer.wordpress.com/2021/09/23.

observatoriocrisis.com / La Haine

Fuente: https://www.lahaine.org/mundo.php/iesta-autodestruyendose-el-imperio-americano

 

viernes, 21 de enero de 2022

EL CAPITALISMO ESTANCADO Y LA ILUSIÓN DE LA RUPTURA TECNOLÓGICA

 



TONY SMITH | JASON E. SMITH

18 ENERO 2022


Con motivo de la publicación, en noviembre de 2020, del libro de Jason E. Smith, Smart Machines and Service Work, Tony Smith entabló un diálogo con él con el fin de explicar su enfoque sobre las innovaciones tecnológicas y el modo en que reconfiguran o no el capitalismo.


Ni tecno-utopía ni tecno-distopía, Jason E. Smith muestra la naturaleza en gran medida ilusoria de la idea de una «ruptura tecnológica», compartida tanto por los apologistas como por los críticos de las nuevas tecnologías. Este mito no sólo enmascara el estancamiento económico y el caos social, sino que también nos distrae de la cuestión -que el autor plantea aquí- de las nuevas formas de organización y de lucha de los trabajadores.


Tony Smith – En primer lugar, felicidades por la publicación de Smart Machines and Service Work. Es uno de los mejores libros sobre las consecuencias sociales del cambio tecnológico que he leído, mucho más perspicaz que los libros sobre tecnología que reciben tanta atención en la prensa convencional.


Muchos de estos libros defienden el tecno-utopismo, argumentando que, si esperamos un poco más y ponemos en marcha las políticas adecuadas, las tecnologías avanzadas desencadenarán una nueva era de crecimiento y prosperidad. Otros adoptan una posición tecno-distópica, prediciendo niveles de desempleo tecnológico y caos social sin precedentes. ¿Cómo definiría su posición en relación con estas alternativas?


Jason E. Smith – Ambas están equivocadas. Ambas parten de la base de que las economías capitalistas avanzadas están experimentando, o están a punto de experimentar, una profunda transformación impulsada por las máquinas, cuyo principal efecto será un aumento repentino de la productividad del trabajo y del crecimiento económico. Los «tecno-distópicos» hacen hincapié en las probables consecuencias sociales catastróficas para la estratificación de clases y los mercados laborales: una exacerbación de la desigualdad de ingresos y, sobre todo, el desempleo «masivo».


En mi libro me centro en esto último. Los episodios de desempleo masivo no son el resultado del cambio tecnológico, sino del colapso económico. Si se produjera una resucitación robusta y automatizada de las economías de renta alta, la evidencia histórica sugiere que habría una trayectoria totalmente diferente. Sería de esperar que se produzcan trastornos temporales en el mercado de trabajo, ya que se revisan los procesos de trabajo, se redefinen los puestos de trabajo, se reasigna la mano de obra de los sectores de alta productividad a los más intensivos en mano de obra, se crean industrias totalmente nuevas y se imponen nuevas divisiones del trabajo (tanto sociales como técnicas). Surgiría una nueva composición de clase, con nuevas estratificaciones de competencia, género, raza o ubicación.

En Estados Unidos, basta con remontarse al periodo posterior a la Segunda Guerra Mundial y hasta aproximadamente 1965 o 1970 -lo que yo llamo «Automatización 1.0»- para encontrar este patrón. Ciertamente, a largo plazo, esta transformación conduciría con toda probabilidad a un aumento del desempleo, ya que la mayoría de los nuevos puestos de trabajo serían empleos de servicios mal pagados, especialmente de servicios personales. Miseria y descalabro para muchos, sin duda. Pero la transformación tecnológica radical de las economías avanzadas no está en marcha ni es inminente.

Las afirmaciones de que estas economías están al borde de una ruptura tecnológica proceden principalmente de las facultades de empresariales o de «gestión», y de Silicon Valley. A continuación, los periodistas y los comentaristas las canalizan, las repiten y las repiten. Se acompañan de palabras de moda: «segunda era de las máquinas», «tercera revolución industrial», «industria 4.0», etc. Esta exageración se extiende a la izquierda y se asocia con planes especulativos sobre la UBI (renta básica universal) o incluso con propuestas de «nacionalizar» las plataformas de redes sociales. Estas proyecciones se realizan en un contexto de crisis implacable (en 2018, el Banco de Inglaterra pudo anunciar que la economía británica había «sufrido la peor década de crecimiento de la productividad desde el siglo XVIII»).

La retórica que ha surgido y se ha consolidado en torno a la automatización puede interpretarse como parte de una iniciativa más amplia para alimentar una burbuja bursátil sin precedentes en la historia, alimentada principalmente por un puñado de los llamados valores tecnológicos o de Internet (los acertadamente llamados valores «FAANG»: Facebook, Amazon, Apple, Netflix y Alphabet-Google). La historia de la innovación de la última década se limita principalmente al sector financiero y a la política monetaria: recompras de acciones (800.000 millones de dólares en 2018), tipos de interés casi nulos, endeudamiento masivo de las empresas privadas, ciclo tras ciclo de flexibilización cuantitativa [la llamada política monetaria no convencional]. Los tsunamis de dinero barato llegaron a las economías más ricas del mundo, gran parte del cual se gastó en inmuebles urbanos. Con el inicio de la pandemia, recibimos una nueva dosis de “King Kong”, que llevó a los mercados bursátiles a máximos históricos, mientras sectores económicos enteros cerraban y decenas de millones de trabajadores estadounidenses perdían sus empleos.

Estas ficciones del cambio tecnológico son de vital importancia para una clase capitalista que se imagina a sí misma como una fuerza histórica progresista, pero que preside una economía profundamente estancada, pasando de una profunda crisis a otra. Esta clase se presenta a sí misma como una fuerza histórica disruptiva, incluso anárquica, cuyas extraordinarias innovaciones plantean problemas (el crecimiento explosivo de la productividad que hace que la mitad de la mano de obra sea superflua, etc.) que sólo ella puede entender y resolver (con el UBI, una garantía de empleo, quizás un New Deal verde..). No es de extrañar que la palabra de moda de la década haya sido «inteligente» (teléfonos inteligentes, casas inteligentes, fábricas inteligentes, coches inteligentes y ciudades inteligentes), un término que refleja la autoestima de quienes lo inventaron. Sin embargo, esta gente se enriqueció con las burbujas inmobiliaria y bursátil.

No nos equivoquemos, vivimos en una época de «caos social», por utilizar su término: de polarización y fragmentación social, de aumento de la deuda y falta de crecimiento, de mercados laborales rotos y de conflictos de clase agudos pero fragmentados e incoherentes. Smart Machines and Service Work intenta tomar la medida de este creciente desorden y ofrecer una explicación diferente de por qué estamos atrapados en él.


Tony Smith – La mayoría de la gente piensa que vivimos en una época de cambios tecnológicos sin precedentes. Sin embargo, en su libro habla de «inercia tecnológica sostenida». ¿Qué quiere decir con esta chocante expresión?


Jason E. Smith: En su mayor parte, los tipos de avances tecnológicos que han tenido lugar durante la última década o más son irrelevantes desde una perspectiva macroeconómica, ya sea el crecimiento de la productividad laboral, el empleo, las tasas de inversión, el crecimiento del PIB o cualquier otra cosa. No es casualidad que la consolidación de esta retórica de la automatización inminente (el aprendizaje automático, la gobernanza algorítmica, la revolución de las plataformas, la economía «colaborativa») haya coincidido con el repentino ascenso de empresas como Facebook, Apple, Alphabet, Amazon, Alibaba y Tencent.


A mediados de la década, estas empresas habían consolidado su estatus de líderes bursátiles -sus valoraciones desorbitadas superaban con creces a las antiguas transnacionales de la banca, el petróleo, las farmacéuticas y el automóvil-, al tiempo que se insinuaban en el tejido de la vida cotidiana de los consumidores de la clase trabajadora y de la llamada clase media. Las empresas de redes sociales como Facebook y las empresas del monopolio de Internet como Alphabet/Google se pasaron la década prometiendo una revolución de la inteligencia artificial o de los coches autoconducidos, mientras que más del 90% de sus ingresos procedían de la venta de espacios publicitarios a otras empresas (como bancos y fabricantes de coches). Estas plataformas han acumulado enormes beneficios durante la última década creando e imponiendo condiciones de funcionamiento similares a las de un monopolio. Aunque se presentan como empresas tecnológicas, invierten relativamente poco en I+D, pero gastan a manos llenas para aplastar a sus posibles competidores, principalmente comprándolos antes.

El «smartphone» se perfila como la innovación o invento estrella de nuestro tiempo, su «producto estrella». Su ubicuidad, su presencia en las aceras, en las salas de juntas, en las aulas o en la mesa, confirma su condición de emblema de la época. En su mayor parte, se limita a reunir dispositivos más antiguos (el teléfono móvil, el ordenador personal). Al proporcionar acceso a toda una serie de entretenimientos -compras, streaming de música y vídeo, comunicación interpersonal- a través de una única pantalla interactiva, estos dispositivos completan una confluencia que lleva décadas en marcha: la fusión del comercio y la información, el entretenimiento y la sociabilidad, la autoafirmación personal y la vida cívica en una única pantalla LCD (u OLED) sensible al tacto.

Su usuario se debate entre estos registros y los practica todos al mismo tiempo. Su humor oscila entre la diversión inofensiva y la rabia inarticulada. Sin embargo, la pesada mano de las mayores empresas tecnológicas en los mercados bursátiles, combinada con la fuerza e influencia que han desatado en el entretenimiento, el consumo, la identidad personal y el discurso público -todo lo cual ya ha estado erosionando y decayendo durante décadas- ha dado lugar a reivindicaciones por esta tecnología de base que superan con creces su impacto en la forma en que compramos, consumimos medios de comunicación o nos relacionamos con amigos, familiares y desconocidos.

En el lugar de trabajo, estas innovaciones prometían llevar a lo que Paul Mason predijo que sería un «despegue exponencial de la productividad» [en su libro Postcapitalism a Guide To Our Future]. Esto es precisamente lo que no ha ocurrido. En cambio, lo que hemos obtenido son redes de vigilancia y seguimiento cada vez más estrechas, en las calles y en el lugar de trabajo.


Es revelador que los teléfonos inteligentes y las plataformas de medios sociales despegaran en medio de una profunda recesión que nunca llegó a «romperse». El iPhone salió al mercado en vísperas de la crisis financiera de 2008. La forma en que las personas se comunican, obtienen información, ven películas, compran o comparten fotos nunca volverá a ser la misma. Pero la «paradoja de la productividad» de Robert Solow [Premio Nobel de Economía en 1987; nacido en 1924], formulada por primera vez en 1987 – «Se puede ver la era de la informática en todas partes menos en las estadísticas de productividad»- ha resistido la prueba del tiempo. En la última década se ha producido el menor crecimiento de las ganancias de productividad laboral en décadas, incluso en el sector manufacturero. Sin embargo, la ralentización del crecimiento de la productividad del trabajo comenzó ya en 1970, más o menos, al mismo tiempo que debutó el primer microprocesador del mundo, el 4004 de Intel.

Tony Smith – Esto nos lleva a uno de los misterios perdurables de la economía contemporánea, resumido en la frase «estancamiento secular». ¿En qué se diferencia su explicación de la desconexión entre el aparente dinamismo innovador de las últimas décadas y la relativa falta de dinamismo económico de otros que han llamado la atención sobre este fenómeno?


Jason E. Smith – A finales de 2013, cuando la retórica sobre una explosión de la productividad impulsada por la automatización estaba en auge, otro segmento de la clase dirigente de EE.UU. sospesó las cosas con una perspectiva muy diferente. Larry Summers, ex secretario del Tesoro de Bill Clinton, opinó que Estados Unidos y otras economías capitalistas maduras se enfrentaban a la perspectiva de un profundo estancamiento en el que el alto desempleo, el bajo crecimiento del PIB y el estancamiento salarial podrían persistir mucho más tiempo que las breves recesiones de los ciclos económicos típicos.


Los resultados de la economía estadounidense parecen dar la razón a Larry Summers. El despegue prometido nunca se produjo. La década en la que libros con títulos como Rise of the Robots. Technology and the Threat of a Jobless Future (Basic Books, 2016) ocupó el centro del debate público también estuvo marcado por una implacable crisis económica mundial de una escala que no se veía desde la década de 1930. La primera ronda de esta debacle estuvo marcada por una serie de fracasos espectaculares en el sector financiero, con bancos de inversión excesivamente apalancados que colapsaron o fueron comprados por centavos de dólar por empresas menos expuestas. Lo que ocurrió a continuación fue tan previsible como devastador: años perdidos con tasas de desempleo no vistas en décadas, combinadas con la caída en picado de las tasas de participación de la población activa a medida que los trabajadores despedidos abandonaban el mercado laboral (o, en algunos casos, eran reclasificados como «discapacitados»).


Al disminuir la demanda de mano de obra, los salarios de muchos trabajadores se redujeron. A medida que los trabajadores se quedaban sin trabajo, también lo hacía el capital. A lo largo de la década de la crisis, las tasas de utilización de la capacidad instalada, que miden la diferencia entre lo que una economía puede producir y su producción real, alcanzaron los niveles más bajos de la historia de la posguerra, muy por debajo de los de los años de crisis de la década de 1970. El crecimiento del PIB se ha tambaleado, incluso cuando el endeudamiento de las empresas se ha disparado a lo largo de este periodo.

Tanto en EE.UU. como en Europa, surgió un fenómeno que se observó por primera vez durante la «década perdida» japonesa de los años 90: la presencia fantasmal de empresas «zombi» capaces de evitar la ruina refinanciando constantemente su deuda, incluso cuando sus negocios se contraían. Y lo que es más importante, al mismo tiempo que tantos comentaristas anunciaban la perspectiva de una nueva era de la maquinaria, la inversión de la empresa privada en capital fijo se desplomó alcanzando tasas sin precedentes en la era de la posguerra. Las cifras de productividad laboral en EE.UU. han mostrado, como era de esperar, unas tasas de crecimiento desalentadoras, con un aumento inferior al 1% anual, incluso en el históricamente dinámico sector manufacturero.

El descenso del gasto de inversión ha sido especialmente acusado, pero no es en absoluto una aberración con respecto a periodos anteriore. A los pocos años de la crisis, un estudio demostró que, medida como «proporción del PIB, la inversión empresarial ha caído más de tres puntos porcentuales desde 1980». Desde los años setenta, sólo la década de los noventa destaca como una anomalía, durante la cual un grupo de indicadores económicos (PIB, productividad laboral, inversión empresarial) aumentó ligeramente. Pero entre 2000 y 2011, la tasa de inversión empresarial apenas se movió, creciendo solo una décima parte del nivel que prevalecía en la década de 1990.

En la medida en que señalan el agotamiento de la inversión empresarial, los teóricos del «estancamiento» no se equivocan. Pero su explicación de por qué las economías de renta alta del mundo están sumidas en una crisis aparentemente irremediable -la respuesta keynesiana, la insuficiencia de la demanda- es escasa. Vale la pena recordar que Alvin Hansen [1887-1975], el principal defensor estadounidense de Keynes, esbozó por primera vez la teoría del estancamiento secular en respuesta a la fuerte recesión de 1937, después de que la estrategia fiscal anticíclica de Roosevelt no lograra sostener el colapso de la demanda y estimular la inversión privada.

Este fracaso obligó a Alvin Hansen a considerar la posibilidad de un letargo crónico e intratable, y a especular sobre las razones por las que las economías capitalistas maduras tienden a estancarse (estasis) y a ir a la deriva (¿descenso demográfico? ¿cierre de fronteras?). Sin embargo, hoy en día, las prescripciones políticas de los de este bando siguen basándose en nuevas rondas de gasto deficitario a gran escala. Permanecen deslumbrados por los aparentes éxitos de la gestión keynesiana de la demanda durante algunas décadas después de la Segunda Guerra Mundial, para luego reprimir mejor la derrota de esa escuela en los años 70, cuando esas mismas políticas contribuyeron al nacimiento de un monstruo macroeconómico -la «estanflación»- del que no pudieron dar cuenta teóricamente ni idear antídotos.

En 1981, la relación entre la deuda pública y el PIB de EE.UU. era sólo del 31%; incluso antes de la ley de gasto masivo aprobada en marzo de este año (2020), esta cifra superaba el 100%, muy cerca de la registrada en 1945-46, cuando se realizaban gastos de defensa para una guerra mundial. Sin duda, hoy es mucho más alto. Del mismo modo, el gasto público como porcentaje del PIB ha crecido constantemente desde 1970, alcanzando un máximo del 43% en 2010, un año después de la «recuperación» de la crisis de 2008. El tamaño de la economía capitalista privada sigue disminuyendo, en relación con la actividad económica total.

Lo que los economistas de la corriente principal, ya sean keynesianos o neoclásicos, no reconocen es la distinción fundamental entre la actividad capitalista privada y el gasto público, financiado con fondos del sector privado (en forma de impuestos o deuda). Cuando los gobiernos compran bienes y servicios a empresas privadas para estimular la demanda, el resultado puede ser un aumento del empleo a corto plazo. Pero, como demostró con gran claridad Paul Mattick [1904-1981] hace tiempo en Marx & Keynes. Les limites de l’économie mixte (edición francesa, Gallimard 1972), este tipo de gasto no es más que una forma de consumo a gran escala, dirigido por el gobierno y pagado con el fondo de beneficios (o «plusvalía») generado por la economía privada. El gasto público de este tipo simplemente redistribuye esta parte del beneficio total a determinados capitalistas, como Raytheon, Pfizer o Purdue Pharma.


Del mismo modo, cuando los gobiernos producen directamente servicios, como la educación pública, estos servicios no se venden en el mercado y no generan beneficios que se inviertan en ampliar la producción. Aunque el gasto estatal en educación o sanidad a menudo satisface necesidades reales, desde el punto de vista del propio sistema capitalista, es un gasto improductivo. No producen valor o plusvalía directamente, sino que se pagan con la plusvalía extraída por el sector privado.

Tony Smith – Las categorías de trabajo «productivo» e «improductivo» no se encuentran en la economía convencional. ¿Podría hablarnos un poco más de esta distinción, que desempeña un papel crucial en su libro?


Jason E. Smith – Esta distinción fue crucial para la economía política clásica, para Smith, Ricardo y Malthus, así como para el gran crítico de esa escuela de pensamiento, Marx. Creo que también se siente mucho en la experiencia cotidiana de la gente, y por eso el eslogan espurio de David Graeber «trabajos de mierda» ha tenido la resonancia que tiene. Del mismo modo, Adair Turner [ex jefe de la Confederación de la Industria Británica] habló recientemente de «actividades de suma cero» para caracterizar la creciente fracción de la actividad económica dedicada no a la producción de riqueza sino a la lucha por su distribución. Sin embargo, esta distinción conceptual fundamental se les escapa por completo a los economistas de la corriente principal.


Los economistas no distinguen entre las actividades que producen valor y las que lo hacen circular o lo distribuyen. Tampoco ven la necesidad de dar cuenta de la forma en que los beneficios de ciertos tipos de capital -el capital bancario, las empresas comerciales- representan partes de lo que Marx llamó «plusvalía» del empleo propiamente productivo. En lugar de distinguir entre las actividades que producen valor y las que captan la plusvalía redistribuida mediante la competencia intercapitalista, los economistas adoptan más o menos la noción de «productividad» utilizada por los empresarios y la prensa económica. Se dice que toda actividad económica que genera ingresos es productiva. Y la productividad del trabajo se mide dividiendo la producción, expresada en términos monetarios, por las unidades de trabajo. Por supuesto, la existencia de un sector público expansivo que no está sometido a los rigores de la competencia intercapitalista y que proporciona bienes y servicios que no se venden en el mercado plantea algunos problemas para esta noción simplista. Pero hay sutiles trucos contables para tapar los huecos.

Volvamos a la «paradoja de la productividad» mencionada anteriormente. Al parecer, la solución a este enigma se propuso en un famoso artículo de William Baumol [1922-1987].  Donde sostiene que cuando ciertos sectores económicos introducen innovaciones que ahorran mano de obra y cuyo efecto neto es una reducción de la demanda de trabajo, la nueva mano de obra sobrante se reasignará de forma más o menos transparente a sectores más intensivos en mano de obra y menos productivos. Muchos de estos trabajadores se trasladarán a lo que los economistas llaman el sector de los «servicios». El modelo de William Baumol predice que, a medida que los aumentos de productividad se distribuyen de forma desigual entre lo que él denomina sectores tecnológicos «progresivos» y «estancados», se concentrará cada vez más mano de obra en los puestos de trabajo menos productivos, lo que dará lugar a menores aumentos de productividad para el conjunto de la población activa. Si se extrapola a muy largo plazo, la creciente disparidad en el aumento de la productividad entre los sectores dará lugar a una economía en la que el crecimiento de la productividad será casi nulo.

Esta historia es conceptualmente defectuosa. Se basa en una noción de productividad que es confusa o contradictoria incluso en sus propios términos. En mi libro, exploro algunas de las contradicciones que surgen cuando intentamos comparar la productividad del trabajo entre sectores, medida unas veces en unidades físicas y otras en unidades monetarias. ¿Cómo se mide la productividad del sector financiero, cuya producción es difícil de caracterizar en términos físicos? ¿Tiene siquiera sentido medir la productividad de una actividad que sólo sirve de intermediario entre otras actividades económicas, sin producir «valores de uso» consumidos por las empresas o los hogares? Los economistas lo hacen todo el tiempo. ¿Cómo medir la productividad de los profesores de la escuela pública, que prestan servicios que son administrados principalmente por los gobiernos locales y no se cambian por dinero en el mercado? A pesar de que los procesos de trabajo y las funciones sociales de estos ejemplos son radicalmente diferentes, ambos se agrupan en la categoría única e incoherente de «servicios».

Más importante aún, William Baumol no distingue entre las actividades que producen valor y las que no. No distingue entre los bienes y servicios proporcionados por el sector público y los producidos por la economía privada capitalista y, dentro de esta última, entre las actividades que producen directamente valor y las que se limitan a hacerlo circular o distribuirlo. Explorar estas distinciones conceptuales es una de las principales preocupaciones de Smart Machines and Service Work. Si utilizamos estas categorías, llegamos a una noción de productividad muy diferente a la que manejan los economistas y los empresarios.


Muchas actividades que emplean a personas generan ingresos pero no aumentan la riqueza total de la sociedad; muchas actividades que crean «valores de uso» -proporcionadas por el Estado o los hogares- no producen valor ni valor de cambio. Un número importante de los llamados empleos del sector de los servicios producen valor, independientemente de su intensidad y de su resistencia al cambio tecnológico; otros no producen ningún valor e implican procesos de trabajo que pueden reformularse para ahorrar mano de obra. La distinción entre trabajo productivo e improductivo atraviesa esta categoría, haciéndola analíticamente irrelevante.

Esta distinción es esencial porque, como he señalado anteriormente, las actividades improductivas deben pagarse con el total de la plusvalía generada por la economía privada: son un coste incurrido en el proceso de acumulación. Las convenciones nacionales de contabilidad de la renta registran estos costes como ingresos. Una de las tendencias a largo plazo en una economía capitalista madura es el aumento del número de actividades improductivas, frente a las actividades productivas necesarias para la acumulación: llevar a cabo la realización de partes del proceso de intercambio, la facilitación de las actividades capitalistas a través de las transacciones financieras, el arrendamiento de terrenos y edificios a las empresas productivas.

Este creciente exceso de actividades laborales que circulan o distribuyen valor en lugar de crearlo es tanto una condición para la acumulación de capital como, a medida que aumenta esta proporción entre actividades improductivas y productivas, un obstáculo para la misma. Este es un tema espinoso, y mi pensamiento al respecto debe mucho a Paul Mattick y al trabajo del economista Fred Moseley [autor, entre otros, de The Falling Rate of Profit in the Postwar United States Economy, St. Martin Press, 1991; Marx’s Capital and Hegel’s Logic: A Reexamination – con Tony Smith – Haymarket Books, 2015]. La consecuencia es que existe una tasa diferencial de crecimiento de la productividad entre las dimensiones productiva e improductiva de la economía; los aumentos de productividad del trabajo en las actividades productoras de valor, con importantes excepciones, tienden a crecer más rápidamente que los de las actividades de circulación o distribución de valor.


La expansión relativa resultante del sector improductivo ejerce una presión a la baja agobiante sobre la tasa global de beneficios. La única esperanza de aliviar esta presión es un aumento de la productividad laboral en el «sector» improductivo (un término engañoso, ya que la distinción entre actividades productivas e improductivas se extiende a todos los sectores e incluso a las empresas individuales). Pero, por las razones que ya he explicado, tal escenario es muy improbable, entre otras cosas porque la contracción de la tasa de beneficio reduce las tasas de inversión.

Incluso entre las empresas que extraen plusvalía directamente en el proceso de trabajo, no hay correspondencia entre la cantidad de plusvalía que extraen y la plusvalía que toman, en forma de beneficios; estos beneficios reflejan la parte máxima de la plusvalía total producida por la economía en su conjunto que las empresas son capaces de apropiarse en el proceso de distribución. A medida que la acumulación se ralentiza y las empresas capitalistas intensifican la competencia por un conjunto cada vez más reducido de plusvalía, dedicarán cada vez más recursos a lo que Adair Turner llama «actividades de distribución de suma cero».

A menudo se trata de actividades de supervisión, ya que el aumento de la disciplina en el lugar de trabajo requiere personal adicional para imponer la aceleración del trabajo a falta de perfeccionar las técnicas de producción. Pero con la misma frecuencia adoptan la forma de los llamados «servicios empresariales», ya que cada vez se dedican más recursos a la contabilidad, la publicidad y las operaciones financieras, o a los procesos eficientes de marketing y ventas. El efecto neto de esta guerra distributiva en la economía es una mayor ralentización de la acumulación, precisamente porque estas actividades representan gastos generales adicionales pagados por los capitalistas a partir del conjunto total de la plusvalía creada por la explotación en las actividades propiamente productivas. Cuando la tasa de ganancia se reduce, la disminución de la plusvalía obliga a las empresas a destinar aún más recursos a la apropiación de esta plusvalía, en lugar de a su producción, lo que reduce aún más la tasa de ganancia. Esta es la dinámica de la vorágine de una economía inexorablemente estancada.

Tony Smith – Al final de su libro parece usted bastante pesimista sobre los sindicatos y las formas de lucha colectiva, y reclama nuevas formas de organización. ¿En qué se basa este pesimismo? ¿Tiene alguna idea sobre cómo podrían ser estas nuevas formas?


Jason E. Smith: Sólo soy pesimista en cuanto a un resurgimiento del viejo movimiento obrero, una perspectiva a la que se aferran muchos en la izquierda de Estados Unidos. La forma en que se desarrolla actualmente el conflicto de clases me parece prometedora y estimulante, aunque el proceso siga siendo fragmentado, desorientado y lleno de sorpresas.


Desde el cambio de siglo, casi todo el crecimiento del empleo en EE.UU. se ha producido en los «servicios» de baja productividad, y las recientes proyecciones de la Oficina de Estadísticas Laborales predicen que el segmento del mercado laboral que más rápido crecerá en la próxima década será el de los empleos de baja remuneración que no requieren formación formal.

Esta tendencia es desastrosa y agrava una dinámica que se ha mantenido durante décadas. En cierto modo, seguimos atrapados en la vorágine creada por la gran ola de innovación capitalista que tuvo lugar entre 1920 y 1960 aproximadamente. Yo la llamo «Automatización 1.0», pero esta ola incluye el desarrollo y la difusión generalizada del motor de combustión interna, la construcción de infraestructuras a escala capitalista, las «promesas» y los peligros de la energía nuclear, además de los desarrollos más estrechamente asociados a la automatización de las fábricas.

No es ningún secreto que los salarios reales de los trabajadores estadounidenses apenas se han movido desde mediados de la década de 1970. Muchos atribuyen este estancamiento salarial a largo plazo a la derrota de los sindicatos desde principios de la década de 1980. Es cierto que las tasas de afiliación sindical se han reducido a la mitad en los últimos años. Pero la derrota no fue simplemente política. Las condiciones materiales que hicieron posible la consolidación del poder sindical en las décadas de la posguerra empezaron a erosionarse a partir de mediados de los años 60, a medida que la composición de la clase obrera y la naturaleza del propio trabajo cambiaban.

El estancamiento salarial estuvo estrechamente relacionado con el inicio de un drástico descenso de la tasa de crecimiento de la productividad laboral. La Oficina de Estadísticas Laborales de EE.UU. muestra que, durante el periodo de 1973 a 1990, la productividad de los trabajadores estadounidenses creció a un ritmo anual de sólo el 1,3%, una fracción de las ganancias registradas en las dos décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial.

El crecimiento de los salarios reales de los trabajadores requiere un aumento de la producción por hora trabajada. Por eso, los acuerdos de posguerra entre el capital y el trabajo en Estados Unidos y Europa vinculaban explícitamente los aumentos salariales al incremento de la productividad: trabajadores y propietarios «compartirían» los beneficios del aumento de la producción por hora. Cuando esas ganancias son difíciles de conseguir, como ocurre desde hace tiempo en Europa, América del Norte y Japón, cualquier aumento potencial de los salarios de los trabajadores provocaría la correspondiente caída de los beneficios de los empresarios. Esta perspectiva la clase capitalista la ha combatido y la combatirá con uñas y dientes.

La naturaleza cambiante del mercado de trabajo, de la composición de las clases y del propio trabajo ha tenido otros efectos paralizantes en el movimiento obrero. Dado que cada vez más trabajadores son asignados a puestos de trabajo en el proceso de distribución en lugar de en la producción, o se concentran en los puestos de trabajo mal pagados del llamado sector de los servicios -en tiendas, centros de llamadas, hospitales o guarderías-, están dispersos en una miríada de industrias y, a diferencia de sus padres y abuelos, que a menudo se concentraban en grandes lugares de trabajo, que reunían a miles de trabajadores, tienden a estar dispersos espacialmente, en lugares de trabajo más pequeños, a menudo trabajando con muy poco capital fijo.

Si hay un rasgo característico del vasto sector de los servicios, en el que se concentra gran parte del trabajo «improductivo», es un rasgo negativo: reúne procesos de trabajo concretos muy divergentes cuyo único rasgo común es la intensidad del trabajo. Los efectos «homogeneizadores» de la racionalización capitalista del núcleo manufacturero fueron una condición material decisiva para el crecimiento en tamaño y poder de los sindicatos de posguerra.

En anteriores periodos de rápida industrialización, los avances tecnológicos en una industria se extendían rápidamente a todas las líneas de producción, haciendo converger los procesos de trabajo. Los trabajadores que antes estaban divididos por sus habilidades, clase, región, género y salarios se encontraron realizando actividades laborales cada vez más similares, con sus habilidades y niveles salariales convergiendo. A medida que las antiguas diferenciaciones de cualificación basadas en la artesanía se erosionaban y se externalizaban en las máquinas a gran escala, y que esta convergencia de los procesos de trabajo daba lugar a saltos en la productividad del trabajo, a los trabajadores les resultaba mucho más fácil definirse a sí mismos como

trabajadores en general, definidos por encima y en contra de la clase capitalista, en lugar de como empleados de una empresa específica, cuyas quejas se expresaban contra tal o cual jefe.

A medida que los trabajadores son expulsados de las industrias centrales, intensivas en capital, las condiciones materiales esenciales para la coherencia de clase desaparecen. A pesar de las especulaciones de los entusiastas de la automatización, la mayoría de los empleos del sector servicios siguen siendo impermeables -por su propia naturaleza- a la mecanización. Y en los casos en que son susceptibles de mecanización, los bajos salarios imperantes disuaden a los empresarios de emprender grandes revisiones de estas actividades (servicios de reparto, cajeros, guardias de seguridad, limpieza de hoteles, viajes en taxi).

El escaso aumento de la productividad, la persistencia de los bajos salarios, la propia naturaleza del trabajo (que para muchos adopta la forma de servicios personales) y, sobre todo, la falta de solidaridad son desmoralizadores para los trabajadores. Tienen poco percepción de formar una clase en sentido positivo, de prefigurar una sociedad futura que se construya a su imagen. En estas condiciones, puede prevalecer entre ellos un sentimiento de conflicto exacerbado, que se alimenta de las formaciones identitarias de larga data (raza, etnia, género) que los dividen. Durante la pandemia, estas divisiones se han ampliado para incluir la distinción entre los que se consideran «esenciales», y por lo tanto se ven obligados a arriesgar sus vidas para seguir trabajando, los que han perdido sus puestos de trabajo por completo, y aquellos, a menudo empleados de clase media, que han migrado fácilmente a las plataformas en línea.

A pesar de la erosión de las condiciones que dieron origen al antiguo movimiento obrero, los últimos años han sido testigos de extraordinarias iniciativas de los trabajadores, tanto en el lugar de trabajo como en la calle. No olvidemos que fue la amenaza real en 2019 de una huelga ilegal de los trabajadores de la TSA (Administración de Seguridad en el Transporte), con los trabajadores de las aerolíneas dispuestos a unirse a ellos, lo que acabó con el cierre del gobierno.

En los últimos años, los profesores de las escuelas públicas también han estado dispuestos a emprender acciones a gran escala; éstas han tenido lugar a menudo en estados supuestamente conservadores, pero han contado con un apoyo popular abrumador. Los profesores de la escuela pública se han mantenido en gran medida al margen de la mecanización que ahorra mano de obra, como la que ha transformado algunas industrias, y su lugar en la división social del trabajo les confiere un extraordinario poder social.

En Francia, hace poco vimos cómo puede ser una revuelta en lo que Phil Neel llama «el interior», cuando el movimiento de los Gilets jaunes -con todas sus contradicciones- se dirigió al centro de las ciudades y a las rotondas durante meses. Que Dios ayude a la clase capitalista si los trabajadores de los centros de distribución y de las redes logísticas deciden atacar el flujo de mercancías en los puertos y a lo largo de las arterias de las redes just-in-time. Hace apenas unos meses, las tropas de la Guardia Nacional patrullaban las calles de Estados Unidos bajo toque de queda mientras los disturbios y las manifestaciones contra la policía se extendían por todo el país en medio de una pandemia mortal.


El verdadero pesimismo, para terminar con una nota personal, fue ver a cientos de miles de personas manifestarse contra el próximo ataque a Irak en 2002 y 2003, sabiendo lo impotentes que eran esas «masas». A pesar de la miseria reinante e incluso del trauma infligido por los años de crisis, hoy se tiene la sensación de que podríamos estar al borde de una verdadera ruptura, de un quiebre. Pero sean cuales sean las cifras de la lucha en los próximos años, es poco probable que vuelvan a los patrones del movimiento obrero en su apogeo a mediados del siglo XX. A pesar de todo lo que se interpone en su camino, tanto material como políticamente, los trabajadores tendrán que abrirse paso a tientas hacia algo nuevo.

Jason E. Smith es autor de Smart Machines and Service Work, Reaktion books, 2020.

Tony Smith es profesor de filosofía en la Universidad Estatal de Iowa y autor deTechnology and Capital in the Age of Lean Production: A Marxian Critique of the «New Economy», Suny Press, 2020.

Traducción de Marc Casanovas

Fuente de The Brooklyn Rail

https://vientosur.info/el-capitalismo-estancado-y-la-ilusion-de-la-ruptura-tecnologica/