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domingo, 23 de agosto de 2026

DE MANIFIESTOS, FEMINISMOS Y EL ENCUENTRO DE CHINA CON MARX

 


En la China de principios del siglo XX, el feminismo hizo del Manifiesto comunista un archivo abierto para impugnar la desigualdad, cuestionar los géneros y disputar el futuro.

Rebecca E. Karl

Traducción: Natalia López

La historia oficial redujo el marxismo chino a una receta estatal y burocrática. Sin embargo, la primera traducción de Marx y Engels al chino llegó en 1908 de la mano de una revista feminista que vio en su teoría un método radical para desarticular el patriarcado y reescribir la historia.

 

¿Es relevante, en términos teóricos e históricos, destacar que una de las primerísimas traducciones de Marx y Engels al chino —una versión parcial del Manifiesto comunista— se publicó en enero de 1908 en la revista feminista Tianyi bao (Justicia Natural, vol. 19), dentro de la columna «Teoría»? ¿Tiene esto una significación profunda o se trata de un dato de mero interés marginal?

Si bien es cierto que el marxismo —como método sistémico de análisis— no se introdujo de manera sistemática ni echó raíces en China hasta al menos una década después, y aunque también es verdad que la trascendencia del Manifiesto comunista no llegó a comprenderse sino mucho tiempo después de aquella primera traducción fragmentaria, el hecho de que el texto de Marx y Engels desembarcara en la lengua china sobre las alas del feminismo no debería considerarse un detalle menor. Lo que ese detalle significa, sin embargo, tampoco resulta evidente de inmediato.

A continuación me propongo analizar cómo podríamos construir un argumento histórico en torno a este dato. Pero antes que ofrecer un relato lineal sobre la traducción de Marx en China, presento un planteamiento explícitamente político sobre la relectura de las fuentes desde una perspectiva feminista. Hacia el final, sugiero qué podría decirnos esto sobre el marxismo en la China contemporánea.

El Manifiesto: una forma feminista

Las primeras traducciones al chino de pasajes del Manifiesto comunista corrieron a cargo de Zhu Zhixin y Min Ming[1]. Zhu, uno de los primeros colaboradores de Sun Yat-sen (Sun Zhongshan), fue miembro fundador de la Tongmenghui (Alianza Revolucionaria), creada en Tokio en 1905; Min Ming, por su parte, es el seudónimo de una figura que la investigación histórica nunca ha podido identificar. En ambas traducciones, las opciones léxicas para verter los términos marxistas al chino revelan una derivación del japonés, pero no me detendré en ese aspecto. Prefiero concentrarme en la cuestión de la forma.

El trabajo de Zhu vio la luz en 1905 en las páginas del Minbao (El Pueblo), el órgano de difusión de la Alianza[2]. Consistía en la traducción del programa de diez puntos que integra la Sección II del Manifiesto: la parte que exige la abolición de la propiedad privada, la centralización estatal, la nacionalización de la industria y la agricultura, y la educación pública para todas las personas, entre otras medidas. Sin saber a ciencia cierta por qué Zhu optó por traducir únicamente esa sección, podemos suponer que su interés principal radicaba en ofrecer una orientación política concreta para un movimiento naciente decidido a tomar el poder del Estado mediante el derrocamiento de la dinastía Qing. La Alianza Revolucionaria se había fundado precisamente con ese propósito. Es decir, los diez puntos parecían ofrecer el trazado general para un nuevo proyecto estatal.

Como anotó el propio Zhu: «El simple deseo de Marx de salvar a las masas pobres e ignorantes del pueblo mediante el método de la lucha de clases puede verse en estos diez puntos». Y concluía: «Marx consideraba a los capitalistas como saqueadores que expoliaban y robaban. Sus ganancias provenían de la explotación obrera, llevada a cabo con el único fin de enriquecerse a sí mismos»[3]. Posteriormente, en el quinto número del Minbao (1906), Qiang Zhai (Song Jiaoren), integrante de la Alianza, citó la última línea del Manifiesto en el sentido de que: «Nuestro objetivo es lograr el derrocamiento de toda la estructura social actual. Haremos que la clase en el poder tiemble de miedo ante la revolución comunista. El proletariado se liberará entonces de sus cadenas y se adueñará del mundo entero»[4].

Aun sin un debate más amplio sobre el documento en la revista, salta a la vista que, para el Minbao, el contenido del Manifiesto se reducía a un método funcional mediante el cual los sectores postergados o empobrecidos podían alcanzar el poder estatal movilizando el conflicto de clases: los pobres contra los ricos opulentos. Dado que se interpretó desde una lógica estrictamente funcional, y como el programa de diez puntos se presentó como un conjunto de posibles políticas públicas, a Marx se lo redujo a su «aplicabilidad» al contexto chino. En última instancia, Zhu Zhixin y otras figuras de la Alianza consideraron que esta aplicabilidad era débil para la situación de China en ese momento, con un proletariado prácticamente inexistente y un capitalismo circunscrito a los puertos de tratado bajo el dominio imperialista euro-estadounidense y japonés. En la medida en que las condiciones europeas descritas por Marx no parecían manifestarse en China de la misma manera, la Alianza y sus teóricos descartaron la propuesta marxista por considerarla irrelevante para la realidad particular del país.

En contraste, poco tiempo después, el Prefacio de Engels de 1888 a la edición inglesa del Manifiesto, traducido por Min Ming, se publicó en Tianyi bao (vol. 15, 1908), el órgano de expresión de las anarcofeministas chinas residentes en Japón, editado por He-Yin Zhen y su esposo Liu Shipei[5]. La nota editorial que acompaña la traducción celebra el texto en los siguientes términos:

El Manifiesto comunista descubrió la lucha de clases, que es una teoría fecunda de la historia. A partir de este Prefacio podemos estudiar las transformaciones en el pensamiento contemporáneo. Quienes deseen investigar el desarrollo del socialismo deberían comenzar aquí.[6]

Esta apreciación sitúa al Manifiesto más allá del programa estatal funcional que destacaba la traducción de los diez puntos de Zhu y, en cambio, llama la atención sobre el proceso social a través del cual el Estado se esclarece históricamente: la lucha de clases. Es decir, aquí el Manifiesto se entiende como una teoría de la historia; no se refiere solo a una trayectoria particular (la europea), sino al problema mismo de la condición histórica moderna. De hecho, en el número conjunto posterior de Tianyi bao (vols. 16–19) se publicaron de forma íntegra, en versión de Min Ming, tanto el párrafo introductorio del Manifiesto —el que invoca al fantasma que recorre Europa— como las Secciones I y II[7].

Lo que más me interesa destacar es cómo la versión publicada en Tianyi bao pone de relieve la forma manifiesto, mientras que el extracto del Minbao no lo hace. Los documentos que hoy traducimos bajo la categoría de manifiesto o declaración —como la Declaración de Independencia de los Estados Unidos o la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano— poseían un estatuto ambiguo a finales del período Qing. La Declaración de Independencia, por ejemplo, hoy conocida como Duli xuanyan, circulaba a finales de la dinastía Qing bajo el título de Duli xiwen (Proclama de combate por la independencia). Traducida parcialmente al chino por primera vez en 1901 y publicada en el Guomin bao entre los círculos del exilio chino en Tokio, no fue sino mucho después cuando la Declaración de Independencia llegó a entenderse no solo como un llamado a las armas para oponerse a enemigos concretos, sino como una declaración en forma de manifiesto sobre un nuevo tipo de historia: la historia del gobierno por y para el pueblo. Es decir, al igual que ocurrió con la traducción de los diez puntos hecha por Zhu en 1905, la Declaración de Independencia se comprendió en un principio como una proclama activista de política coyuntural para derrocar a un gobierno unjusto, y no como un replanteamiento epistemológico de la historia misma.

Por su parte, la Declaración de los Derechos del Hombre se tradujo inicialmente en 1902 como xuanbu (proclamación) en una revista dirigida por exiliados chinos en Tokio. Más allá del término utilizado, importa señalar que este documento también se redujo a una declaración de orientación política antes que a un replanteamiento de la premisa misma de la subjetividad histórica moderna. Se tradujo bajo la estructura de una petición, en lugar de un manifiesto. Como se sabe, la forma de petición en China había sido durante mucho tiempo una estrategia habitual de expresión política para suplicar gracia o alivio ante la dinastía. Sin embargo, las peticiones y los llamados a las armas conllevan connotaciones muy distintas a las del género manifiesto, o al menos así era a principios del siglo XX. Esas formas responden a un objetivo funcional específico y no exigen necesariamente una redefinición de lo histórico en sí mismo.

Por el contrario, el Manifiesto comunista traducido por Min Ming para Tianyi bao en 1908 se inscribe de lleno en el género del manifiesto que comenzaba a afianzarse en China. Este género aportaba una perspectiva inédita. En el caso particular del Manifiesto comunista, al presentar la introducción sobre los espectros y las Secciones I y II, la traducción de Min Ming no ofrece simplemente un programa político para actores estatales o para quienes aspiran a tomar el poder. Más bien, presenta la posibilidad de una reconceptualización completa del pasado bajo una nueva luz. Es decir, como género, un manifiesto proclama la ruptura con un pasado rechazado cuyo alcance en el presente no se puede borrar, sino con el que hay que saldar cuentas. Y ese ajuste de cuentas exige asumir plenamente la novedad y la actualidad del presente, indagando qué hay en este «ahora» que conserva los vestigios del pasado (los espectros fantasmales) sin ser su mera continuación ni una réplica de este. La confrontación con el pasado viene acompañada de un conjunto de esperanzas, explícitas o implícitas, en un futuro aún no codificado.

En este sentido resulta históricamente decisivo que la traducción más completa de Min Ming del Manifiesto comunista haya aparecido en la revista anarcofeminista Tianyi bao. Pues la forma del manifiesto, el género mismo —que tan útil resultó a Marx y Engels para proclamar la era revolucionaria que comenzaba a vislumbrarse—, ofrece la posibilidad de leer el pasado como un archivo abierto en lugar de un canon cerrado. Como planteó la teórica feminista Kathi Weeks en una conferencia en la Universidad de Duke (noviembre de 2017), en esta forma de archivo, el pasado no está sellado respecto del presente, ni el presente es el resultado teleológico de un pasado ya conocido y narrado como historia oficial. Percibir el pasado como un archivo abierto permite concebir la historia como un proceso transformador: apunta a una reconceptualización y no a una simple recontextualización.

Que He-Yin Zhen, editora de Tianyi bao, buscaba con su feminismo reconceptualizar el pasado de China (y no solo recontextualizarlo) queda claro en ensayos como «Sobre la venganza de las mujeres» y otros publicados en la revista. Sus análisis no revisan el pasado como historia, sino que lo releen por completo. Un año antes de la traducción del Manifiesto comunista en Tianyi bao, He-Yin Zhen había inaugurado la publicación con un «Manifiesto feminista» (Nuzi xuanbushu), mediante el cual emprendió una reconceptualización radical del pasado chino desde una perspectiva feminista. En aquel texto inaugural, critica duramente el sistema matrimonial, el régimen conyugal (es decir, una vez casados, cómo deben relacionarse socialmente hombres y mujeres) y la división del trabajo dentro de la familia, donde advierte que el término «mujer» (fu) es interpretado sistemáticamente como «servicio» (fu). El propósito de He-Yin no es solo señalar la injusticia de género, sino releer el pasado chino y mundial desde una perspectiva antipatriarcal para reformular las bases del presente y proyectar un futuro no solo para las mujeres, sino para la humanidad entera.

Al mismo tiempo que reinterpretaba el pasado desde una perspectiva feminista, He-Yin planteó una visión de futuro basada en transformaciones sociales y culturales impulsadas por el derrocamiento revolucionario y totalizador de las premisas de un orden social patriarcal injusto y desigual, atravesado por el género, la clase, la etnicidad interna (han frente a manchú) y la racialización global propia del dominio imperialista y colonial. Como escribe en su manifiesto, el objetivo de la transformación social no es arrebatar derechos a los hombres para que las mujeres puedan oprimirlos, sino alcanzar y afirmar la plena humanidad de todas las personas para encontrar una salida a la desigualdad y avanzar hacia la justicia, sin reparar en jerarquías ni costumbres ancestrales. Y concluye: «Al decir “lo masculino” (nanxing) y “lo femenino” (nvxing) no nos referimos a la “naturaleza”, ya que cada uno no es más que el resultado de diferentes costumbres sociales y patrones educativos (…)».

Al igualar a mujeres y hombres mediante la producción de diferentes resultados históricos de la costumbre y la educación, añade He-Yin, los «sustantivos ‘hombres’ y ‘mujeres’ ya no serían necesarios. Esta es, en última instancia, la ‘igualdad entre hombres y mujeres’ de la que hablamos»[8]. En esta reconceptualización feminista, «mujer» y «hombre» nombran diferencias resultantes de un proceso de desigualdad social de género, no del sexo biológico. El futuro de la igualdad —en el que los sustantivos «hombre» y «mujer» no conlleven la diferencia como premisa de la injusticia social— depende, por lo tanto, de la capacidad del feminismo para leer la historia de otra manera y derivar así una premisa más justa para la igualdad futura.

Leído desde esta perspectiva, el hecho de que el Manifiesto comunista más completo, entendido como teoría de la historia, haya surgido en China como un documento feminista reviste una enorme importancia histórica. De hecho, esta perspectiva sobre los manifiestos y el feminismo ha sido articulada recientemente en las «Notas para un manifiesto feminista» de Cinzia Arruzza, Tithi Bhattacharya y Nancy Fraser, publicadas en la New Left Review (n.º 114, noviembre-diciembre de 2018), y en su versión ampliada, Feminismo para el 99 %, publicada por Verso en 2019. Al igual que el Manifiesto de Marx y Engels, tanto en contenido como en forma, este manifiesto feminista reciente exige una reconceptualización de la historia y del futuro. Esta reconceptualización no es meramente inclusiva; más bien, transforma lo que consideramos histórico, la forma en que presentamos el pasado como historia y, por lo tanto, el presente como fuente de futuros posibles.

No es casualidad que la forma manifiesto se convirtiera en un género recurrente para las mujeres chinas (y, poco después, para el movimiento radical en general) a partir de principios del siglo XX para reconceptualizar el presente a la luz de premisas impugnadas del pasado. En 1922, por ejemplo, una federación de estudiantes anticristianos de la Universidad de Pekín publicó un manifiesto que cuestionaba la supuesta centralidad del cristianismo en la vida moderna global, proclamando en cambio que la religión en general y el cristianismo en particular eran incompatibles con la transformación del sistema capitalista y sus formas de gobierno. Con motivo del Día Internacional de la Mujer el 8 de marzo de 1927, varias organizaciones feministas de Hunan y Sichuan publicaron manifiestos sobre el significado de esa fecha para la destrucción del patriarcado y del imperialismo. Pronto, el género pasó a integrarse en las múltiples luchas sociales y políticas por reinterpretar el pasado y trazar así los contornos de futuros posibles.

Mientras tanto, en 1919, el Manifiesto Karakhan, emitido por el recién formado Estado soviético, renunció a los intereses imperialistas de concesión del régimen zarista en China al reconceptualizar las relaciones entre las naciones en términos de igualdad y soberanía. En 1935, Mao utilizó el género en su Manifiesto de Wayaobu para llamar a redefinir a los nacionalistas: de enemigos mortales a aliados antijaponeses. Para 1979, el «Manifiesto de la Alianza por los Derechos Humanos en China» —un documento elaborado en el marco de la Primavera de Pekín que pronto fue reprimido— aún guardaba ecos del Manifiesto comunista, al proclamar la centralidad del humanismo dentro del proyecto socialista (en contraposición a lo que sus autoras y autores consideraban la inhumanidad de la recién concluida Revolución Cultural).

Mi argumento es que la forma manifiesto no debe verse únicamente como el contenedor de un contenido estático, sino como la escenificación en el presente de un pasado que no conduce de forma lineal al futuro deseado, sino de un pasado cuyos fantasmas aún deben ser enfrentados mientras se construye un nuevo mañana. Desde esta perspectiva, la versión de Zhu Zhixin del Manifiesto de Marx y Engels —el programa de diez puntos— no es más que un documento instrumental que presenta un plan operativo para la política estatal; esta lectura funcionalista —que podríamos llamar masculinista— se convirtió en uno de los destinos hegemónicos del marxismo en China. Es decir, ¿cómo se «aplica» un marxismo definido por principios fijos a la realidad china? Tan pronto como esos principios se consideran inadecuados o inaplicables a China, el marxismo puede descartarse.

En su interpretación feminista, sin embargo, la forma del manifiesto —y el marxismo como matriz de análisis histórico— se presenta como un método para releer y reconceptualizar el pasado; es una intervención sobre cómo pensar la historicización de las relaciones sociales y las dinámicas de poder de manera totalizadora y no meramente estatal. En esta versión, el marxismo sigue siendo una dinámica fluida, un conjunto de posibilidades, una forma de reconocer y erradicar las desigualdades del pasado y del presente en nombre de un futuro transformado. Sigue siendo perdurablemente relevante como modo de reconceptualizar y volver a totalizar mientras persistan las condiciones históricas a las que está vinculado y a las que responde: el capitalismo y la desigualdad global.

El marxismo en China no puede abordarse principalmente como un problema cronológico o geográfico, sino como un problema de lo que Hayden White denomina «temporalidad profunda», la cual «busca captar la unidad plural del futuro, el pasado y el presente»[9]. Apunta, por lo tanto, no a un conjunto estático de principios, sino a un modo de análisis y conceptualización que pone a las temporalidades en una confrontación necesaria. Por su parte, el problema espacial —interpretado en su sentido más estrecho como la «aplicabilidad» de Marx a China, pero en su sentido más amplio como el método histórico a través del cual se podría imaginar un futuro chino y global diferente— puede concebirse reconociendo una potencialidad global que apunta hacia otra parte, y no hacia un estancamiento que prolongue la continuidad de un pasado inamovible. La espacialidad, por lo tanto, no puede representarse en el presente mediante regiones o lugares fijos; debe representarse mediante fuerzas históricas materiales cuya dinámica de producción y reproducción de la desigualdad constituye la base y el objeto de la investigación, más que una territorialidad ideológica.

El marxismo en China no significa ni ha significado una sola cosa en todo momento. En su llegada inicial a China bajo un lenguaje feminista, el Manifiesto comunista abrió la posibilidad de reconceptualizar la historia en términos tendencialmente totalizadores: ya fuera a través de la historia de la lucha de clases o de la crítica a las lógicas patriarcales, cuyos injustos procesos reproductivos del pasado podían reorientarse mediante un compromiso radical con la igualdad y la justicia humanas. A lo largo del siglo XX, la reconceptualización histórica en China no solo buscó totalizar en términos de la lógica global capitalista/socialista o de un principio antipatriarcal, sino también particularizar en cuanto a cómo pensar a China dentro y a través de esas lógicas. Esta particularización se refería a cómo crear significado social en chino y en China a través de producciones conceptuales vinculadas a la experiencia cotidiana globalizada del capitalismo, el socialismo y el patriarcado.

Hoy, en el siglo XXI, la particularización deberá abordar cómo crear significado social en chino y en China mediante desarrollos conceptuales conectados con las cambiantes experiencias cotidianas globalizadas del capitalismo y del patriarcado. Esta lucha, al igual que sus manifestaciones históricas, no será ni fácil ni lineal. Es uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo.

 

[*] El artículo anterior fue publicado originalmente en inglés en positions politics.

Notas

[1] Ma Zuyi, «Historia de la traducción en China», en La Enciclopedia de la Traducción, ed. Chan Sin-wai y David E. Pollard (Hong Kong: Chinese University Press, 1995), 383.

[2] Kirk Denton, Pensamiento literario chino moderno: escritos sobre literatura, 1893–1945 (Stanford, CA: Stanford University Press, 1996), 257.

[3] Rong Mengyuan, «La introducción del marxismo en las publicaciones chinas antes de la Revolución de 1911», trad. David P. Barrett, Chinese Studies in History, 14, n.º 3 (1981): 41–2.

[4] Rong, «Introducción del marxismo», 43.

[5] La traducción al japonés de Kotoku Shusui (幸徳秋水) y Toshihiko Sakai (堺利彦) se había publicado en 1904. La pareja de hecho de Kotoku, Kanno Suga, estaba en contacto con He-Yin Zhen en los círculos radicales que ambos frecuentaban en Tokio.

[6] Wan Shiguo y Liu He, eds. Tianyi, Hengbao (Pekín: Zhongguo renmin daxue chubanshe), 270.

[7] El ensayo de Rong Mengyuan citado anteriormente, publicado originalmente en la República Popular China en 1953 y traducido al inglés en 1981, sobre la introducción del socialismo en China, no menciona en absoluto este texto en particular.

[8] He-Yin Zhen, «Manifiesto feminista», en El nacimiento del feminismo chino: textos esenciales de la teoría transnacional, ed. Lydia H. Liu, Rebecca E. Karl y Dorothy Ko (Nueva York: Columbia University Press, 2013), 184.

[9] Hayden White, El contenido de la forma: discurso narrativo y representación histórica (Baltimore, MD: Johns Hopkins University Press, 1990), 51

Fuente: https://jacobinlat.com/2026/08/de-manifiestos-feminismos-y-el-encuentro-de-china-con-marx/