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Apr
29, 2021·
Dos entrevistas a Miguel Enríquez
Entrevista y Conferencia de prensa realizada a
Miguel Enríquez, líder del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) en
Chile, en octubre de 1973, a pocas semanas del golpe de Estado contra Salvador
Allende
I
A su juicio ¿por qué cayó el gobierno de Chile?
Miguel Enríquez: La crisis del sistema de dominación que hacía años
venía desarrollándose en Chile, cristalizó en el ascenso al gobierno de la
Unidad Popular, al agudizar la crisis interburguesa y multiplicar el ascenso
del movimiento de masas. Esto generó condiciones que permitían, si se hubiera
utilizado el gobierno como instrumento de las luchas de los trabajadores,
culminar en la conquista del poder por los trabajadores y en una revolución
proletaria. Pero el proyecto reformista que ensayó la Unidad Popular se encarceló
en el orden burgués, no golpeó al conjunto de las clases dominantes, con la
esperanza de lograr una alianza con un sector burgués, no se apoyó en la
organización revolucionaria de los trabajadores, en sus propios órganos de
poder, rechazó la alianza con soldados y suboficiales, y prefirió fortalecerse
al interior del aparato del Estado capitalista y en el cuerpo de oficiales de
las Fuerzas Armadas, buscando sellar una alianza con una fracción burguesa. La
ilusión reformista permitió a las clases dominantes fortalecerse en la
superestructura del Estado y, desde allí, iniciar su contraofensiva
reaccionaria, primero apoyándose en los gremios empresariales, luego en la
pequeña burguesía y finalmente en el cuerpo de oficiales de las Fuerzas Armadas
para entonces derrocar sanguinariamente al gobierno y reprimir a los
trabajadores.
La ilusión reformista la pagaron y pagan hoy los
trabajadores, sus líderes y partidos, que trágica y heroicamente la defendieron
hasta el último minuto, con lo cual confirman hoy la frase del revolucionario
francés del siglo XVIII Saint Just: «Quien hace revoluciones a medias no hace
sino cavar su propia tumba».
¿El fracaso de la izquierda, en su opinión, cancela
por un largo período la lucha por el socialismo en Chile?
Miguel Enríquez: No nos parece el momento de revivir antiguas
diferencias en el seno de la izquierda pero, a la vez, nos parece necesario que
los trabajadores y la izquierda obtengan todas las enseñanzas que la
experiencia chilena entrega, para nunca más incurrir en errores.
Por ello preciso: en Chile no ha fracasado la
izquierda, ni el socialismo, ni la revolución, ni los trabajadores. En Chile,
ha finalizado trágicamente una ilusión reformista de modificar estructuras
socioeconómicas y hacer revoluciones con la pasividad y el consentimiento de
los afectados: las clases dominantes.
Ahora bien, la lucha lejos de cancelarse, recién
comienza. Será larga y dura. El movimiento de masas y la izquierda no han sido
aplastados. En las nuevas condiciones, la fortaleza de los trabajadores, del
conjunto de la izquierda y de los revolucionarios, primero golpeados,
recomponiéndose después, tiende otra vez a acrecentarse, al sumarse ahora
sectores de la pequeña burguesía — ayer enardecidos en contra de la Unidad
Popular — a la lucha contra la dictadura, como reacción a la sangrienta
represión fascista de la Junta y frente a las medidas antipopulares y
regresivas impuestas por ella. Progresiva, pero con solidez ahora, irá
desarrollándose cada vez más una vasta resistencia popular a la dictadura
fascista.
La Junta Militar dice haber intervenido después de
que dos poderes del Estado declararon ilegítimo al gobierno de Allende, y en
prevención a un «plan Z» con el cual la izquierda se proponía exterminar a
todos los sectores democráticos, al cuerpo de oficiales e incluso a Allende.
¿Qué dice usted frente a ello?
Miguel Enríquez: En esas afirmaciones de la Junta Militar está el
carácter ridículo y bufonesco de la dictadura gorila.
Después de haber bombardeado La Moneda, se
preocupan de precisar que éste no es un golpe militar, sino un «pronunciamiento
militar» para enseguida agregar que son «instituciones profesionales y no
deliberantes». Afirman haber «intervenido» porque así lo exigía un poder
fundamental del Estado, el Parlamento, para clausurarlo de inmediato; declaran
como su objetivo «restaurar la legalidad» y crean decenas de campos de
concentración a lo largo del país donde encarcelan a decenas de miles de
chilenos por marxistas. Que el movimiento militar fue para terminar con el sectarismo
que ahogaba a Chile, y acto seguido declaran ilegal y persiguen al 44 por
ciento de la población que era izquierdista. Que su objetivo es reconstruir la
economía del país y lo hacen ametrallando las fábricas y despidiendo a miles de
obreros por ser «marxistas».
Afirman haber «intervenido» para prevenir un «plan
Z» que quería asesinar a Allende el 19 de septiembre y ellos lo asesinaron por
adelantado el 11. Que su acción militar fue para defender los derechos humanos
y han fusilado por lo menos a un millar de personas, han causado la muerte de
decenas de miles. Que lo fundamental de su acción es defender «los valores
nacionales» y para ello hacen piras en las calles quemando libros, asaltan y
saquean la casa de Pablo Neruda, intervienen militarmente las universidades y
allanan con tropas la casa de Cardenales. Todo esto, según ellos, es por la
defensa de los trabajadores y sus conquistas, y primero disuelven sus
organizaciones, luego despiden a miles de ellos, suprimen el pago de horas
extraordinarias, aumentan el número de horas de trabajo, un verdadero sistema
de trabajo forzado, congelan los salarios, aumentan los precios, al menos en
Linares devuelven fundos a sus antiguos propietarios y nombran delegados de
gobierno en las fábricas del área social a los antiguos dueños. Afirman buscar
las armas de los «extremistas» que hacen peligrar la vida de los ciudadanos y
ellos desataron el genocidio en las poblaciones, asentamientos, fábricas y
universidades.
Chile, es hoy un país sometido por sus Fuerzas
Armadas a un régimen similar al de un país ocupado por Fuerzas Extranjeras. El
país bajo «Estado de Sitio», todas las ciudades bajo «toque de queda»,
Tribunales Militares sin apelación, bajo el Código militar «en tiempo de
guerra», encarcelamiento masivo de la población, pogromos contra los
extranjeros, etcétera. El cuerpo de oficiales de las Fuerzas Armadas de Chile
ha declarado la guerra al pueblo de Chile. Asistimos en plena década del
setenta, y en América Latina, a una versión más grotesca y cavernaria aún del
fascismo hitleriano.
La diferencia entre estos gorilas fascistas y sus
antecesores hitlerianos, si la hay, es que los primeros no tienen el valor de
asumir sus crímenes y buscan encubrirlos detrás de falsedades y montajes
publicitarios como el «plan Z» o mascaradas histriónicas de legalidad.
¿Cuál es, a su juicio, la perspectiva de este
gobierno?
Miguel Enríquez: No será duradera. Chile no tiene una burguesía
industrial pujante y expansionista como la alemana de décadas pasadas, ni tiene
el potencial económico del Brasil. Las condiciones mundiales y latinoamericanas
de esta década no son las mismas que las de décadas pasadas; hoy está
fortalecido el campo socialista, el pueblo indochino ha infligido importantes
derrotas al imperialismo en Vietnam, Laos y Camboya, la Revolución cubana se ha
consolidado en América Latina, la crisis interburguesa norteamericana y
latinoamericana es cada vez mayor, el movimiento de masas va en ascenso en
América Latina y es aún poderoso en Chile. La dictadura fascista chilena irá
cada vez más manchando sus manos con sangre, cada vez irá tomando medidas más
represivas y antipopulares, aumentará sus ya grandes contradicciones internas y
de la Junta con otros sectores burgueses; a la vez que se irá fortaleciendo
entre los trabajadores la Resistencia Popular a la dictadura, lo que terminará
por derrumbarla.
Entonces, habiendo pasado la clase obrera y el
pueblo por la más dramática escuela política: el conocimiento de la guerra de
hierro de la dictadura burguesa imperialista, serán restauradas las libertades
democráticas y se abrirá paso a un verdadero proceso revolucionario obrero y
campesino.
A su juicio y según sus informaciones,
¿participaron o no los Estados Unidos en este pronunciamiento militar, como se
afirma?
Miguel Enríquez: Un mes antes del golpe de Estado denunciamos, por
cadena nacional de radios, la participación de un miembro de la embajada
norteamericana en una reunión en un crucero de la Armada en el puerto de Arica,
el 20 de mayo de este año a la 1 A.M., con todo el Alto Mando Naval y varios
oficiales de alta graduación del Ejército de las divisiones del Norte, y luego,
en los meses de junio y julio en cada barco de la Escuadra se embarcó un
oficial de la inteligencia militar norteamericana, lo que jamás fue desmentido
por la Armada.
Cada paso de la conspiración reaccionaria fue
dirigido y planeado por la misión militar brasileña y la inteligencia naval
norteamericana.
¿Qué tarea se proponen ustedes en la actual
situación?
Miguel Enríquez: Solo en general: unir a toda la izquierda y a todo
sector democrático dispuesto a impulsar la lucha contra la dictadura,
reorganizar el movimiento de masas en nuevas formas y desarrollar la
Resistencia Popular a la dictadura en todas sus formas, a lo largo del país.
Quienes declararon la guerra fueron los altos
oficiales fascistas de las Fuerzas Armadas y no nosotros. Ellos han puesto las
reglas del juego. Han llegado al extremo de establecer una norma, la más
sanguinaria y no establecida en ningún tipo de guerra: todo el que resiste es
ejecutado, que en otras palabras no es sino una guerra a muerte, una guerra sin
prisioneros. Será una lucha larga y difícil, pero con certeza la clase obrera y
el pueblo, con sus vanguardias a la cabeza, triunfarán. Muchos ya han caído y
seguirán cayendo, pero han sido y serán reemplazados, la lucha no terminará
hasta no derribar la Junta fascista, restaurar las libertades democráticas y
abrir paso a un proceso revolucionario obrero y campesino.
¿Cuál es su apreciación de la solidaridad
internacional que ha recibido la izquierda chilena y qué tareas ustedes le
pedirían a los que fuera de Chile quisieran ayudarles?
Miguel Enríquez: La solidaridad internacional ha sido fundamental.
El hecho de que distintos y numerosos países hayan rechazado el golpe de Estado,
que sectores democráticos y revolucionarios de todo el mundo se hayan
movilizado en contra del fascismo chileno, ha sido de enorme ayuda. En especial
ha sido importante la solidaridad del campo socialista y de la Revolución
cubana. De sectores democráticos y revolucionarios europeos, como de los
distintos sectores latinoamericanos y en particular el del Ejército
Revolucionario del Pueblo (ERP) de Argentina, del Movimiento de Liberación
Tupamaros (M.L.N.T.) de Uruguay y del Ejército de Liberación Nacional (ELN)
Boliviano.
La presión internacional agudiza las
contradicciones internas de la Junta fascista y de ella con otros sectores, a
la vez que logra neutralizar al menos algunas de sus aristas más sanguinarias y
brutales. En cuanto a qué se puede hacer en el exterior por la lucha antigorila
y antifascista en Chile, todo es útil: difundir al máximo los crímenes y las
bestialidades del régimen, promover el apoyo político y material para la
Resistencia, extender los mítines de protesta, multiplicar las campañas de
solidaridad; en la medida de lo posible, impedir que más gobiernos reconozcan
al fascismo chileno y, en la medida de lo posible, impulsar el sabotaje
exterior a la Junta fascista: no descargar en los puertos barcos chilenos y
otras medidas. Hoy, una de las tareas prioritarias es exigir que no se ejecute
y se libere, de inmediato, al secretario general del Partido Comunista chileno,
Luis Corvalán, en este momento encarcelado; y exigir que se ponga fin a las
ejecuciones y torturas a los detenidos.
¿Desea usted agregar algo?
Miguel Enríquez: Sí. Hoy, en el día del guerrillero heroico, rendir
un homenaje en primer lugar a Salvador Allende, que entregó su vida defendiendo
sus convicciones y a los miles de héroes y mártires que en calles, plazas,
fábricas, poblaciones y campos de Chile, de todas las organizaciones de
izquierda y a los trabajadores que derraman su sangre, combatiendo al fascismo,
y a los que siguen cayendo o son hoy torturados. En especial, rendir un
homenaje al miembro del Comité Central y fundador del Movimiento de Izquierda
Revolucionaria (MIR), jefe del Comité Regional de Valdivia, de 24 años,
Fernando Krauss y a nuestro militante y jefe del Comité Local de Panguipulli,
José Gregorio Liendo, fusilados hace (…)
II
Entrevista realizada por el semanario francés Rouge
al líder del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) de Chile, Miguel
Enríquez, en junio de 1974. Publicada en Correo de la Resistencia, Boletín del
MIR en la resistencia, N.° 1, junio de 1974, pp. 29–38.
¿Cuál es la reacción del MIR frente a las
acusaciones –principalmente del Partido Comunista– en cuanto a su
responsabilidad en la caída de la Unidad Popular? Esta acusación fue también
utilizada por la prensa burguesa «democrática» en Europa.
Miguel Enríquez: En realidad, estas acusaciones vienen
fundamentalmente de dos sectores: el reformismo de izquierda y los burgueses.
Nosotros sabemos que algunas personalidades de otros tantos partidos comunistas
europeos se han dedicado a expandir la afirmación de que la caída del gobierno
de la Unidad Popular se debió a la «impaciencia», al «ultraizquierdismo» y a la
«precipitación» del MIR. De esta manera tratan de salvar al reformismo y a su
política del fracaso en Chile, con el fin de ensayar lo mismo en otros países.
Las acusaciones tienen como fundamento las frustraciones de la Unidad Popular,
al no haber podido lograr una alianza con el Partido Demócrata Cristiano
chileno. Nosotros vamos a responder lo más brevemente posible dada la magnitud
del tema.
El gobierno de la Unidad Popular fue un gobierno
pequeñoburgués de izquierda, cuyo eje se formó en la alianza del reformismo
obrero con el reformismo pequeñoburgués.
La política que desarrolló en el curso de sus tres
años fue reformista, y se caracterizó por su sumisión al orden burgués y por su
tentativa de concretar un proyecto de colaboración de clases.
El reformismo no apreció el carácter que asumió el
período de su gobierno, lo que hizo imposible que desarrollara con éxito su
proyecto de colaboración de clases. El sistema de dominación capitalista entró
en crisis. El movimiento de masas, cuyas movilizaciones y actividad iban
aumentando después de 1967, había entrado en ebullición con la llegada de la
Unidad Popular al gobierno. En el curso de estos tres años había multiplicado
sus movilizaciones, al desarrollar sus niveles de organización y de conciencia
mucho más allá de todo lo que antes se había visto en Chile.
En ese mismo momento, y en parte como consecuencia
de ello, la crisis interburguesa continuó profundizándose. Fue eso lo que
confundió al reformismo que, percibiendo que la lucha interburguesa se hacía
cada vez más aguda, pretendió sellar una alianza con una de las fracciones en
lucha. No comprendió que, si bien la lucha interburguesa aumentaba, las
fracciones burguesas se daban cuenta, desde el comienzo, que el aumento del
movimiento de masas, por su carácter, iba mucho más lejos que las tímidas
reformas que la Unidad Popular se proponía y que amenazaban el sistema de
dominación capitalista vigente. El conjunto de la clase dominante asumió desde
el principio la defensa de dicho sistema y la lucha dirigida a derrocar el
gobierno de la Unidad Popular. El aumento y la polarización de la lucha de
clases cerró históricamente toda posibilidad de éxito para su proyecto de
colaboración de clases.
Siempre detrás de este ilusorio proyecto de
colaboración de clases, la Unidad Popular, bajo la ilusión de haber conquistado
el poder, impulsó una política económica que funcionó en lo fundamental sobre
el consumo y no sobre la propiedad de los medios de producción.
La redistribución drástica del ingreso hizo
aumentar el consumo, a partir del cual aumentó la producción sobre la base de
la utilización de la capacidad instalada, la que se agotó a mediados de 1972.
La Unidad Popular también trabajó sobre los medios
de producción, pero de una manera limitada: nacionalizó la gran minería del
cobre y la banca y se propuso integrar al área social solamente 91 grandes
empresas industriales –que eran en realidad entre 500 y 800–, olvidando
explícitamente todas las grandes empresas de construcción y de distribución. En
el campo, a lo largo de 1971, se limitó a la expropiación de un poco más de
1.000 fundos, que aumentaron más tarde a 1.300, pero solo fueron fundos que
tenían una superficie superior a 80 hectáreas de riego básico, y sobre las
cuales los latifundistas tenían un derecho a reserva de 40 hectáreas, que
podían ser escogidas entre las mejores tierras. Por otra parte, esto les
permitió olvidar explícitamente las grandes empresas agrícolas, cuya extensión
era entre 40 y 80 hectáreas, que producían en 1973 cerca del 50 por ciento de
toda la producción agrícola de Chile. De 4.500 que había en 1970, subieron a
9.000 en 1973.
Sobre el plano político, su proyecto de colaboración
de clases se expresó no solo en su subordinación a la institucionalidad
burguesa sino también a la legalidad en los momentos en que la clase dominante
controlaba poderosas instituciones del aparato del Estado: el Parlamento, el
poder Judicial, la Contraloría, la mayoría de los cuerpos de oficiales de las
Fuerzas Armadas, etcétera, a partir de las cuales, en los hechos, gobernó a
Chile. Todas estas concesiones y vacilaciones no fueron gratuitas ni
indiferentes al movimiento de masas, única fuente posible de fuerza real del
gobierno.
Todas estas concesiones –olvidar las grandes
empresas, prometer a los norteamericanos el pago de la deuda externa, legitimar
a la alta oficialidad de las Fuerzas Armadas, etcétera– fortificaron a la clase
dominante que, apoyada por el bloqueo del crédito norteamericano, logró
mantener en sus manos –gracias a estas concesiones– enormes cantidades de poder
y de riqueza, que no dudó en descargar con furor empresarial sobre el gobierno,
la clase obrera y el pueblo; saboteando la producción a partir de las empresas
que conservaba en sus manos, acaparando, especulando, creando el mercado negro
y favoreciendo la inflación, acentuando la presión militar, etcétera.
Además, todas estas concesiones fueron hechas
hiriendo y golpeando los intereses de los sectores populares. Mientras, dejaba
intactas las grandes empresas industriales, agrícolas, de construcción, de
distribución, etcétera, cerraba el paso a la lucha de los trabajadores; no
apoyando las movilizaciones directas de la clase obrera, combatiéndolas e
incluso haciendo acciones represivas contra ella; atacando todo trabajo
político en el seno de las Fuerzas Armadas. A la vez que esto fragmentó a la
izquierda, dividió y confundió a los trabajadores que veían al gobierno como un
instrumento para sus luchas.
En el terreno político, el reformismo favoreció a
la vía parlamentaria y los ensayos frustrados de alianza con el Partido
Demócrata Cristiano. Además, cada vez que esta alianza se frustraba, el
reformismo no se apoyaba en las masas, sino que se refugiaba en el aparato del
Estado constituyendo gabinetes cívico-militares, aumentando así, al interior
del Estado, el peso de la institucionalidad y, en particular, de la alta
oficialidad reaccionaria de las Fuerzas Armadas.
Pero, empecinado en sus vacilaciones, el reformismo
debió ceder frente a las presiones del movimiento de masas. Su amplia base de
apoyo popular, el carácter masivo y decidido de las movilizaciones directas del
pueblo, obligaron al gobierno a poner bajo su control más de 300 grandes
empresas, derribaron la fortaleza de la burguesía agraria con las tomas de
fundos de 40 a 60 hectáreas, y motivaron la ocupación de numerosas empresas de
construcción, de viñas y de algunas firmas distribuidoras. Pero estas
concesiones del reformismo a los trabajadores, que primero fueron combatidas y
luego reprimidas –expulsión de campesinos de los fundos, desalojos de obreros
de las fábricas, etcétera–, fueron limitadas y desordenadas. De esta manera, el
gobierno primero cedió frente a la presión del movimiento de masas, para luego
negarle su apoyo y abandonarlo, lo que fragmentó, dispersó y confundió a las
masas.
A pesar de todo, la legitimación del gobierno de
estas conquistas del movimiento de masas despertó la cólera de la clase
dominante. Fue así como el gobierno se sometió al orden burgués; y buscando
sellar una alianza con una fracción burguesa hizo todo tipo de concesiones a la
institucionalidad y a la clase dominante, e hirió de esta manera los intereses
de la clase obrera y el pueblo, al crear en él la confusión.
La clase dominante jamás perdió de vista el
carácter revolucionario y anticapitalista que asumió el movimiento de masas.
Arremetió contra el gobierno desde el principio a pesar de las promesas y
limitaciones que el proyecto reformista les ofrecía.
De esta manera, el gobierno de la Unidad Popular no
tuvo la fuerza que le habría dado una alianza con una fracción burguesa,
reforzó a la clase dominante y debilitó y dispersó su verdadera fuente de
poder: el movimiento de masas.
Estos problemas se vieron multiplicados después de
la tentativa fracasada del golpe de Estado del 29 de junio, y la amenaza
subsecuente del nuevo golpe. El gobierno no tomó medidas contra los verdaderos
conspiradores, no cambió a los oficiales superiores, solo detuvo a quienes
estaban directamente implicados.
El movimiento de masas, dirigido por la clase
obrera, desarrolló altos niveles de organización y conciencia. Ocupó cientos de
fábricas, se organizó en cordones industriales –semejantes a los consejos
obreros– y en comandos comunales, que reagrupaban a obreros, campesinos,
pobladores y estudiantes; logrando, incluso, desarrollar masivamente formas
materiales y orgánicas de autodefensa.
La clase dominante utilizó una doble táctica: por
una parte, reforzó su ofensiva a través del paro de los camioneros, de
atentados, de acusaciones a los ministros en el Parlamento, del bloqueo de la
Contraloría y de las declaraciones de los presidentes del Senado y la cámara de
Diputados; y por la otra, permitió que una minoría del PDC –bien intencionada,
pero sin fuerza– abriera un diálogo con el gobierno, exigiéndole primero
concesiones, luego un consenso, más tarde la capitulación y finalmente la
renuncia.
Bajo la ilusión de este diálogo, el gobierno
comenzó su capitulación, comprometiendo así su suerte en el curso de la semana:
constituyó el gabinete del diálogo, enseguida un gabinete cívico-militar.
Golpeó al movimiento obrero, devolviendo a los patrones decenas de industrias
que habían sido tomadas recientemente por los trabajadores. Combatió el poder
popular –los cordones y los comandos–, dio curso a acciones represivas, aquí y
allá, desalojando a los obreros de las industrias ocupadas, deteniendo en las
calles a los obreros de algunos cordones y poblaciones. Combatió furiosamente a
la izquierda revolucionaria, acusándola de subversiva y permitió decenas de
allanamientos militares en fábricas y fundos en búsqueda de armas. En algunos
de estos allanamientos se torturó salvajemente a obreros y campesinos, como fue
el caso de Nehuentúe, en la provincia de Cautín, y en la Industria Sumar en
Santiago. Se tomaron medidas legales contra los marineros de La Escuadra que
preparaban medidas de autodefensa en caso de un golpe militar, con lo que el
gobierno apoyó las torturas brutales que los oficiales de la Marina ejercieron
sobre los marineros, permitiendo, a su vez, la persecución legal del procurador
de la Marina contra los secretarios generales del PS, del MIR y del MAPU.
Con estas acciones, el gobierno reforzó la ofensiva
de la clase dominante y de la alta oficialidad reaccionaria; frustró, confundió
y desarticuló la tropa antigolpista de las Fuerzas Armadas y dividió a la
izquierda, abriendo el camino al golpe de Estado.
Aquí está la responsabilidad de la política
reformista. Y éste es un hecho que muchos han tratado de esconder o de
oscurecer. Muchos de estos cuadros y militantes reformistas, afrontaron más
tarde heroicamente a la dictadura; otros se asilaron y el resto hoy está en
Chile, haciendo frente a la represión gorila.
Durante los tres últimos años, nosotros hemos
alertado a los trabajadores y a la izquierda de la catástrofe hacia la cual la
política reformista los arrastraba; y hemos hecho, frente a las masas y como
partido, todo lo que nosotros podíamos hacer para evitarla.
Las masas no fueron «ultraizquierdistas» cuando
multiplicaron sus movilizaciones en defensa de sus intereses. Continuaron su
marcha –después de llevar a la Unidad Popular al gobierno– por el único camino
que la historia les ofrecía. No fueron las masas las que impidieron la alianza
entre la Unidad Popular y la Democracia Cristiana, sino la lucha de clases en
un país subdesarrollado y dependiente como Chile.
La clase obrera y el pueblo solo pueden
constituirse en fuerza social –como lo fueron al llevar a la Unidad Popular al
gobierno– en la medida en que como clase realicen sus intereses. Y esto,
objetivamente, en Chile capitalista, no puede ni podrá obtenerse sino atacando
los intereses de clase dominante, una de cuyas fracciones –con el PDC como
representante político– lo comprendió también.
La clase dominante asumió desde el comienzo la
defensa del sistema capitalista, la lucha contra los avances de los
trabajadores y la destrucción de lo que ellos habían creado: el gobierno de la
Unidad Popular.
Las masas no se equivocaron avanzando, como la
historia no se equivoca. Ni el PDC –partido burgués– fue alejado por la extrema
izquierda. Lo que arrastró a Chile hacia la catástrofe gorila que vivimos hoy
día, fue la política reformista, que sistemáticamente golpeó, frustró y
finalmente destruyó la fuerza social que la había llevado al gobierno y su
fuente fundamental de fuerza, la clase obrera y el pueblo.
Nosotros no hemos sido «impacientes» ni
«ultraizquierdistas». Nosotros dirigimos, en la medida de nuestras fuerzas, la
marcha histórica de los trabajadores contra la clase dominante y el sistema
capitalista, en las fábricas, en los fundos, en los liceos y universidades, y
en los cuarteles. Pero no fuimos capaces de arrebatarle al reformismo la
conducción del movimiento de masas. Ésa fue nuestra debilidad y nuestra falla,
ninguna otra.
Hoy día nos quedamos en Chile para reorganizar el
movimiento de masas, buscando la unidad de toda la izquierda y de todos los
sectores dispuestos a combatir la dictadura gorila, preparando una larga guerra
revolucionaria, a través de la cual la dictadura gorila será derrotada, para
luego conquistar el poder para los trabajadores e instaurar un gobierno de
obreros y campesinos.
¿Estas acusaciones significan la voluntad, el deseo
de aislar al MIR del resto de la izquierda?
Miguel Enríquez: No es ésta la polémica central hoy en Chile.
Nuestro objetivo es obtener la unidad de toda la izquierda. Pero lo que ha
ocurrido en Chile es una lección para todos los pueblos del mundo. Raras veces
el desastre provocado por la política reformista ha sido tan evidente. Los
ataques que algunos personajes y partidos europeos nos lanzan, nos obligan a
responder y hacer que la verdad se imponga por encima de la desfiguración de
los hechos.
¿Cuál es la posición del MIR en cuanto al
acercamiento, a nivel de direcciones, con el PS, el PC, el MAPU, la IC,
etcétera…?
Miguel Enríquez: Creo que ya lo hemos explicado. Fundamentalmente,
el sentido de estas acusaciones es ocultar la responsabilidad histórica del
reformismo, borrar su derrota en Chile y tratar de aplicar, de nuevo, su
política en otras partes. Nosotros respondemos aclarando la realidad de los
hechos, ya que tergiversando lo que ha ocurrido, impiden a los pueblos del
mundo la posibilidad de extraer las lecciones que la experiencia chilena
ofrece, para evitar los errores cometidos en Chile.
No es el socialismo ni la política revolucionaria
lo que ha fracasado en Chile, sino una débil e ilusoria tentativa reformista.
Es necesario que el reformismo asuma su
responsabilidad histórica y no busque más disculpas entre los revolucionarios.
Al mismo tiempo, la experiencia y condiciones exigen hoy en Chile la unidad de
todas las fuerzas de izquierda y de todos los sectores dispuestos a luchar
contra la dictadura, en el seno de un frente político de la resistencia.
Estamos en contacto con todas las fuerzas de
izquierda y otras en Chile. El paso que hemos dado al lanzar al exterior un
llamado conjunto a toda la izquierda es un avance importante en la unidad de
todas estas fuerzas y ha sido bastante útil aquí en Chile.
¿Cuál es la posición del MIR frente a la alianza
táctica con todos los demócratas –alianza denominada «frente amplio»–, en tanto
que significa un peligro inminente de una restauración del sistema burgués?
Miguel Enríquez: Nosotros impulsamos la unidad de todas las fuerzas
dispuestas, en la práctica, a luchar contra la dictadura, en el seno de un
frente político de la resistencia, como ya hemos mencionado. En este frente,
nosotros creemos que deben entrar todas las organizaciones de izquierda de la
ex-UP, nosotros, y también una parte del PDC, la «progresista» o
«pequeñoburguesa democrática» que antes y después del golpe, se pronunció
abiertamente contra él.
La base fundamental de la lucha contra la dictadura
será la clase obrera y el pueblo. Como consecuencia de su experiencia reciente,
una experiencia trágica de dictadura burguesa, según la forma de democracia
representativa, es muy difícil creer que los trabajadores la acepten otra vez.
El otro sector del PDC, llamado «democrático» por
algunos, fue dirigido por Frei, y apoyó sin condiciones las agresiones de la
clase dominante contra los trabajadores y el gobierno, incitó y preparó las
condiciones del golpe militar. Hay que recordar las declaraciones de Frei
exigiendo los allanamientos para buscar armas, la declaración del Congreso
sobre la ilegitimidad del gobierno, etcétera.
Reconoció y aplaudió el golpe militar,
inmediatamente después y también con posterioridad. Asimismo, participa en la
dictadura gorila, aportando técnicos, un ministro y algunos subsecretarios de
Estado. A pesar de que, a través de la prensa y algunos grupos de presión,
reclama con timidez la moderación de la Junta en su política represiva y
económica. Lo hace con cuidado a fin de acumular fuerza en su lucha contra la
fracción burguesa hegemónica, para participar en la mayor medida posible de la
riqueza y el poder que el Estado controla en Chile, como es la renta del cobre,
las exenciones fiscales, créditos del Estado, etcétera…
Trata, como los anteriores movimientos populistas,
de colocar detrás de él al grueso de la población golpeada por la política de
la Junta, buscando sumar también el apoyo popular del reformismo, para caerle
encima cuando haya tomado el poder.
Con ese sector ni la clase obrera, ni el pueblo, ni
los revolucionarios pueden hacer una alianza que decapite su programa y sus
métodos de lucha, pero sí pueden aprovechar las grietas abiertas por la lucha
interburguesa intensificada.
En caso de que haya un vacío de nivel directivo en
el PC y el PS, ¿cómo analiza el MIR el acercamiento revolucionario a las bases
y cómo piensa asumir la dirección del movimiento revolucionario?
Miguel Enríquez: La conducción de la lucha contra la dictadura
gorila no se gana por decreto o por declaraciones. Ella será conquistada en la
lucha misma. La lucha contra la dictadura gorila no es, fundamentalmente, una
lucha de partidos políticos contra la dictadura, es la lucha de la clase obrera
y de todo el pueblo contra un sector del cuerpo de oficiales de las Fuerzas
Armadas. Es por esto que, a fin de organizar a todos los sectores del pueblo
dispuestos a combatir la dictadura, sean o no militantes de partido, impulsamos
en la base –y con cierto éxito– la constitución de un movimiento de resistencia
popular contra la dictadura gorila, mediante la formación de comités en cada
fábrica, fundo, población, liceo, universidad, repartición pública, etcétera.
¿Cómo concilia tácticamente el acercamiento con los
sectores democráticos y el desarrollo de la lucha armada en el Sur? ¿Cuál es el
grado de organización del movimiento armado en este momento? ¿En qué plazo
piensa que se puede desarrollar paralelamente la reorganización de los
sindicatos y de los frentes de masas?
Miguel Enríquez: Solo serán parte de la resistencia, evidentemente,
los sectores dispuestos a impulsar o apoyar en la práctica la lucha en todos
los terrenos contra la dictadura. En consecuencia, los problemas de
conciliación de tácticas no deberían ser fundamentales. La reorganización del
movimiento de masas se desarrolla progresivamente desde hace algunos meses. Lo
que dirigirá la lucha armada en Chile será fundamentalmente aquello que evite
el aislamiento de las vanguardias de las masas, aquello que incorpore
progresivamente a la clase obrera y al pueblo a formas de lucha armada. A
partir del movimiento de resistencia popular, surgirá el Ejército
Revolucionario del Pueblo, única fuerza capaz de enfrentar al Ejército gorila y
derrocar la dictadura.
¿El fracaso del proceso chileno podría ser, a su
juicio, el fin de los partidos tradicionales?
Miguel Enríquez: El fracaso en Chile de un proyecto reformista
debería tener como consecuencia, al menos en nuestro país, el fin del
predominio de las ilusiones reformistas en el seno de la clase obrera y el
pueblo. Pero el reformismo, como proyecto político, no desaparece como
consecuencia de una derrota. Será la experiencia adquirida por los trabajadores
y los militantes de izquierda –y la que venga de la lucha misma– orientada por
una táctica y una estrategia revolucionarias, la que deberá desterrar al
reformismo de la conducción de las masas.
¿Un nuevo sistema de comunicaciones podría poner
fin al aislamiento de la izquierda chilena y permitiría crear un frente común
contra el imperialismo?
Miguel Enríquez: Pienso que, desde el punto de vista de su
aislamiento del resto del mundo, es la dictadura gorila la que está más
aislada. La clase obrera, el pueblo y la izquierda chilena han recibido y
reciben un apoyo enorme de los países socialistas, de Cuba revolucionaria y de
los sectores revolucionarios y progresistas del mundo.
Los revolucionarios del Cono Sur de América Latina
han constituido una Junta coordinadora entre el ERP de Argentina, el
MLN-Tupamaros de Uruguay, el ELN de Bolivia y el MIR de Chile, que no solamente
quiebra todo aislamiento posible, sino que significa un enorme progreso para la
lucha revolucionaria. En todo caso, cualquier iniciativa que contribuya a unir
y a reforzar la lucha contra el imperialismo y por la revolución, será siempre
considerada como positiva por nosotros.
Fuente: https://medium.com/la-tiza/quien-hace-revoluciones-a-medias-no-hace-sino-cavar-su-propia-tumba-bb97d0e19ef0