Ni sistema cerrado ni obra orgánica: el marxismo de José Carlos
Mariátegui fue, ante todo, un pensamiento fragmentario y en movimiento, que
hizo de lo inconcluso una posición teórica. Hoy resulta clave pensar la
relación de su obra con el arte, la utopía y la imaginación revolucionaria.
Heterodoxia de la tradición y otros
escritos es una nueva compilación de la vasta obra del marxista
peruano José Carlos Mariátegui, publicada recientemente por Batalla de Ideas.
La selección y el estudio introductorio, del que a continuación compartimos un
fragmento, están a cargo Hernán Ouviña.
José Carlos
desdeña tanto la subordinación del arte a los lineamientos y directrices de tal
o cual dogma político, como la pura especulación artística que hace del
esteticismo un fin en sí mismo. Ni realismo
socialista ni torre de marfil, podría ser su consigna. De ahí su
enorme admiración por el surrealismo («suprarrealistas» según el lenguaje de la
época), para quien el vínculo entre arte y política debía ser de unidad en la
diferencia, vale decir, de especificidad de campos y esferas que se articulan
en favor de un radical reencantamiento
del mundo, aunque desde la «autonomía relativa», la
tensión-complementariedad y el magnetismo, sin disociación absoluta ni
desencuentro pleno entre ellos. Tal como Mariátegui reconoce en uno de los
tantos artículos en los que reivindica a esta corriente vanguardista:
«Autonomía del arte sí, pero no clausura del arte. Nada les es más extraño que
la fórmula del arte por el arte».
En
efecto, si bien las y los artistas jamás pueden sustraerse a la gravitación
política —ya que, de acuerdo a Mariátegui, ningún gran artista es «apolítico»
ni extraño a las emociones de su época, salvo que ostente una «sensibilidad
mediocre»—, ello no implica hacer del arte un mero reflejo de la realidad, pura
descripción pasiva o supeditación a lo que nos sugiere e impone como estrecho
campo de lo posible. Se trata, ante todo, de ser rabiosamente imaginativos sin
dejar de tener los pies en la tierra, de asumir como combustibles vitales al
sueño, la fantasía, la sensibilidad extrema y el deseo más inverosímil, para
recrear y revolucionar de raíz la propia realidad que habitamos y ansiamos
transformar. En suma: de ser realistas y exigir lo imposible.
La
vida misma configura un laboratorio «iconoclasta» para el Amauta,
ya que requiere de búsquedas e indagaciones, esto es, de una apuesta,
experimentación y apertura constante. Contra el pesimismo de la realidad,
Mariátegui agita el optimismo de la imaginación. «No creemos que el mundo deba
ser fatal y eternamente como es. Creemos que puede y debe ser mejor», arenga
una y otra vez. El suyo es, por tanto, un marxismo utópico y esperanzado, que
busca «insurgir contra la realidad limitada». De ahí que la verdadera actitud
revolucionaria sea más optimista que pesimista: «Es pesimista en su protesta y
en su condena del presente; pero es optimista en cuanto a su esperanza en el
futuro». No obstante, dista de emparentarse con un optimismo ingenuo, de
aquellos que «piensan que vivimos en el mejor de los mundos posibles». Ese
sería, aunque pueda resultar paradójico, un optimismo conservador, carente de
imaginación. La imaginación es así prefiguración y conciencia anticipatoria.
Por cierto, la
militancia es para Mariátegui una apuesta estético-política que no puede
acotarse a la crítica de todo lo existente, sino que debe a la vez crear,
soñar, experimentar lo nuevo y vivenciarlo; no como un futuro lejano y remoto,
sino haciéndose carne, uña y espíritu aquí y ahora. Si el capitalismo, el
patriarcado y la colonialidad pretenden constreñir nuestra capacidad
imaginativa, clausurar nuestro futuro, concebirlo como mera prolongación en el
tiempo de este presente injusto y desigual, Mariátegui pone el foco en las
«realidades potenciales», ya que, según sus propias palabras, «quien no puede
imaginar el futuro tampoco puede imaginar el pasado». Esto le permite, por
ejemplo, imaginar a Simón Bolívar como futurista, dislocando el tiempo en su
linealidad histórica a tal punto que el libertador deviene un soñador
emparentado con aquella corriente italiana y rusa del siglo XX. Albert Einstein
y el arte subversivo se mixturan para romper con la concatenación plana de lo
anterior y lo posterior.
En
lo que refiere al pensamiento filosófico y político, Mariátegui supo además
tomar distancia de los dos flagelos —o tendencias opuestas, pero
paradójicamente coincidentes— que, al decir de Michael Löwy, desde un comienzo
signaron el derrotero de las corrientes intelectuales en nuestro continente:
por un lado, el exotismo, que absolutizaba la especificidad de
América Latina (su cultura, su historia, su estructura social, etcétera.),
acabando por enjuiciar al propio marxismo como doctrina exclusivamente europea.
Por el otro, el europeísmo, que tendía a trasladar mecánicamente —y sobre la
base de una concepción unilineal de la historia— a esta realidad las categorías
y modelos de desarrollo económico y social occidentales en su «evolución»
histórica, intentando encontrar de cada aspecto de la realidad europea su
equivalente en América Latina.
Con
un obsesivo afán por escamotear estas lógicas, quizás la mayor obra en este
sentido haya sido Siete ensayos de interpretación de la
realidad peruana, publicada a fines de 1928 y considerado uno de
los textos pioneros en la construcción de un marxismo enraizado y creativo en
Nuestra América. En sus páginas iniciales aclara que «ninguno de estos ensayos
está acabado: no lo estarán mientras yo viva y piense y tenga algo que añadir a
lo por mí escrito, vivido y pensado». Este carácter provisional e inconcluso
del marxismo, donde pensamiento y vida según él «constituyen una sola cosa, un
único proceso», permite entender por qué su abultada producción, compuesta por
una infinidad de artículos, notas, epístolas, reseñas y borradores de lo más
variados, nunca llegó a traducirse en libros «orgánicos».
El
suyo es ante todo un pensamiento fragmentario, y más que con algo consumado,
nos encontramos frente a hipótesis momentáneas, senderos que se bifurcan,
imágenes fulgurantes, reflexiones relampagueantes, balbuceos a tientas, caminos
posibles, huellas dispersas en el barro de la historia, hierbas aplastadas o
tallos quebrados que —al igual que en el caso de los cazadores del paleolítico,
para usar un feliz paralelismo de Carlo Ginzburg— nos brindan luminosas pistas
e inusitados indicios. Octavio Paz solía decir que el fragmento es la forma que
mejor refleja esta realidad en movimiento que vivimos y que somos: «Las grandes
obras de nuestro tiempo —afirma— no son bloques compactos sino totalidades de
fragmentos, construcciones siempre en movimiento por la misma ley de oposición
complementaria que rige a las partículas en la física y en la lingüística».
Por
eso el punto de partida para leer a Mariátegui reside en asumir el carácter
inconcluso no solamente de su «obra», sino sobre todo de su propia escritura.
El Amauta siempre
se negó a concebir sus textos como clausuras. Más bien los pensó como
intervenciones abiertas e inacabadas. Esta ausencia de un corpus estructurado y
plenamente coherente sabotea la tentación constante de pretender conformar un
sistema de pensamiento cerrado y definitivo. Acaso este rasgo herético sea uno
de los factores que haya hecho de él una especie de «hecho maldito» del
marxismo latinoamericano.
Fuente: https://jacobinlat.com/2026/07/mariategui-heterodoxia-de-la-tradicion/
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