lunes, 20 de julio de 2026

MARIÁTEGUI: HETERODOXIA DE LA TRADICIÓN

 


Hernán Ouviña

Ni sistema cerrado ni obra orgánica: el marxismo de José Carlos Mariátegui fue, ante todo, un pensamiento fragmentario y en movimiento, que hizo de lo inconcluso una posición teórica. Hoy resulta clave pensar la relación de su obra con el arte, la utopía y la imaginación revolucionaria.

Heterodoxia de la tradición y otros escritos es una nueva compilación de la vasta obra del marxista peruano José Carlos Mariátegui, publicada recientemente por Batalla de Ideas. La selección y el estudio introductorio, del que a continuación compartimos un fragmento, están a cargo Hernán Ouviña.

José Carlos desdeña tanto la subordinación del arte a los lineamientos y directrices de tal o cual dogma político, como la pura especulación artística que hace del esteticismo un fin en sí mismo. Ni realismo socialista ni torre de marfil, podría ser su consigna. De ahí su enorme admiración por el surrealismo («suprarrealistas» según el lenguaje de la época), para quien el vínculo entre arte y política debía ser de unidad en la diferencia, vale decir, de especificidad de campos y esferas que se articulan en favor de un radical reencantamiento del mundo, aunque desde la «autonomía relativa», la tensión-complementariedad y el magnetismo, sin disociación absoluta ni desencuentro pleno entre ellos. Tal como Mariátegui reconoce en uno de los tantos artículos en los que reivindica a esta corriente vanguardista: «Autonomía del arte sí, pero no clausura del arte. Nada les es más extraño que la fórmula del arte por el arte».

En efecto, si bien las y los artistas jamás pueden sustraerse a la gravitación política —ya que, de acuerdo a Mariátegui, ningún gran artista es «apolítico» ni extraño a las emociones de su época, salvo que ostente una «sensibilidad mediocre»—, ello no implica hacer del arte un mero reflejo de la realidad, pura descripción pasiva o supeditación a lo que nos sugiere e impone como estrecho campo de lo posible. Se trata, ante todo, de ser rabiosamente imaginativos sin dejar de tener los pies en la tierra, de asumir como combustibles vitales al sueño, la fantasía, la sensibilidad extrema y el deseo más inverosímil, para recrear y revolucionar de raíz la propia realidad que habitamos y ansiamos transformar. En suma: de ser realistas y exigir lo imposible.

La vida misma configura un laboratorio «iconoclasta» para el Amauta, ya que requiere de búsquedas e indagaciones, esto es, de una apuesta, experimentación y apertura constante. Contra el pesimismo de la realidad, Mariátegui agita el optimismo de la imaginación. «No creemos que el mundo deba ser fatal y eternamente como es. Creemos que puede y debe ser mejor», arenga una y otra vez. El suyo es, por tanto, un marxismo utópico y esperanzado, que busca «insurgir contra la realidad limitada». De ahí que la verdadera actitud revolucionaria sea más optimista que pesimista: «Es pesimista en su protesta y en su condena del presente; pero es optimista en cuanto a su esperanza en el futuro». No obstante, dista de emparentarse con un optimismo ingenuo, de aquellos que «piensan que vivimos en el mejor de los mundos posibles». Ese sería, aunque pueda resultar paradójico, un optimismo conservador, carente de imaginación. La imaginación es así prefiguración y conciencia anticipatoria.

Por cierto, la militancia es para Mariátegui una apuesta estético-política que no puede acotarse a la crítica de todo lo existente, sino que debe a la vez crear, soñar, experimentar lo nuevo y vivenciarlo; no como un futuro lejano y remoto, sino haciéndose carne, uña y espíritu aquí y ahora. Si el capitalismo, el patriarcado y la colonialidad pretenden constreñir nuestra capacidad imaginativa, clausurar nuestro futuro, concebirlo como mera prolongación en el tiempo de este presente injusto y desigual, Mariátegui pone el foco en las «realidades potenciales», ya que, según sus propias palabras, «quien no puede imaginar el futuro tampoco puede imaginar el pasado». Esto le permite, por ejemplo, imaginar a Simón Bolívar como futurista, dislocando el tiempo en su linealidad histórica a tal punto que el libertador deviene un soñador emparentado con aquella corriente italiana y rusa del siglo XX. Albert Einstein y el arte subversivo se mixturan para romper con la concatenación plana de lo anterior y lo posterior.

En lo que refiere al pensamiento filosófico y político, Mariátegui supo además tomar distancia de los dos flagelos —o tendencias opuestas, pero paradójicamente coincidentes— que, al decir de Michael Löwy, desde un comienzo signaron el derrotero de las corrientes intelectuales en nuestro continente: por un lado, el exotismo, que absolutizaba la especificidad de América Latina (su cultura, su historia, su estructura social, etcétera.), acabando por enjuiciar al propio marxismo como doctrina exclusivamente europea. Por el otro, el europeísmo, que tendía a trasladar mecánicamente —y sobre la base de una concepción unilineal de la historia— a esta realidad las categorías y modelos de desarrollo económico y social occidentales en su «evolución» histórica, intentando encontrar de cada aspecto de la realidad europea su equivalente en América Latina.

Con un obsesivo afán por escamotear estas lógicas, quizás la mayor obra en este sentido haya sido Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana, publicada a fines de 1928 y considerado uno de los textos pioneros en la construcción de un marxismo enraizado y creativo en Nuestra América. En sus páginas iniciales aclara que «ninguno de estos ensayos está acabado: no lo estarán mientras yo viva y piense y tenga algo que añadir a lo por mí escrito, vivido y pensado». Este carácter provisional e inconcluso del marxismo, donde pensamiento y vida según él «constituyen una sola cosa, un único proceso», permite entender por qué su abultada producción, compuesta por una infinidad de artículos, notas, epístolas, reseñas y borradores de lo más variados, nunca llegó a traducirse en libros «orgánicos».

El suyo es ante todo un pensamiento fragmentario, y más que con algo consumado, nos encontramos frente a hipótesis momentáneas, senderos que se bifurcan, imágenes fulgurantes, reflexiones relampagueantes, balbuceos a tientas, caminos posibles, huellas dispersas en el barro de la historia, hierbas aplastadas o tallos quebrados que —al igual que en el caso de los cazadores del paleolítico, para usar un feliz paralelismo de Carlo Ginzburg— nos brindan luminosas pistas e inusitados indicios. Octavio Paz solía decir que el fragmento es la forma que mejor refleja esta realidad en movimiento que vivimos y que somos: «Las grandes obras de nuestro tiempo —afirma— no son bloques compactos sino totalidades de fragmentos, construcciones siempre en movimiento por la misma ley de oposición complementaria que rige a las partículas en la física y en la lingüística».

Por eso el punto de partida para leer a Mariátegui reside en asumir el carácter inconcluso no solamente de su «obra», sino sobre todo de su propia escritura. El Amauta siempre se negó a concebir sus textos como clausuras. Más bien los pensó como intervenciones abiertas e inacabadas. Esta ausencia de un corpus estructurado y plenamente coherente sabotea la tentación constante de pretender conformar un sistema de pensamiento cerrado y definitivo. Acaso este rasgo herético sea uno de los factores que haya hecho de él una especie de «hecho maldito» del marxismo latinoamericano.

Fuente: https://jacobinlat.com/2026/07/mariategui-heterodoxia-de-la-tradicion/

No hay comentarios: