La vida compleja no surgió solo por la
genética: la física también habría sido clave
Un nuevo marco científico sostiene que la multicelularidad pudo emerger
por restricciones físicas, además de por cambios en el ADN
Pablo Javier Piacente / T21
03 JUN 2026 19:45
Actualizada 05 JUN 2026 13:16
La transición hacia formas de vida complejas podría no depender
únicamente de los genes. Un estudio reciente propone que la física, presente
desde la presión mecánica hasta en el transporte de nutrientes, habría
desempeñado un papel decisivo en el origen de los organismos multicelulares.
¿Cómo
evolucionaron en la Tierra primitiva los primeros organismos
unicelulares hasta desarrollar formas de vida
compleja, con innumerables células, tejidos y órganos? Un nuevo publicado en la revista Nature Biotechnology
sugiere que no se trató solamente de una misteriosa evolución
genética, sino además de movimientos físicos imposibles de evitar.
Una
vez que las células crecen y no tienen espacio, deben
reagruparse por ahuecamiento, plegado o ramificación. Según una , estas estrategias simples, repetidas y
estratificadas a lo largo del tiempo pueden dar lugar a estructuras elaboradas
de embriones, órganos y tejidos vivos.
Restricciones físicas y cambios genéticos actuando en conjunto
De
esta manera, los científicos del Instituto Tecnológico de California (Caltech),
en Estados Unidos, sostienen que las restricciones del transporte de oxígeno y
nutrientes o los comportamientos colectivos inevitables de las células habrían
colaborado con los cambios genéticos, para propiciar la creciente complejidad
de la vida.
El
trabajo sugiere que la autoorganización celular refleja un salto
evolutivo en el que la coordinación entre células dejó de ser una rareza y pasó
a ser una necesidad. En ese marco, fuerzas físicas como el hacinamiento
celular, la difusión limitada de nutrientes y la presión mecánica empujaron a
los tejidos hacia soluciones recurrentes: cavitación o ahuecamiento,
plegamiento y ramificación. Esas formas no serían accidentes de
la biología, sino respuestas casi inevitables a problemas de escala.
En
consecuencia, la vida compleja no habría nacido únicamente de instrucciones
genéticas más sofisticadas, sino también de restricciones
materiales que obligaron a las células a organizarse. Esto supone una
interacción estrecha entre mecánica, señalización y regulación génica, una
combinación que permite construir tejidos y órganos cada vez más complejos, con
precisión en el espacio y el tiempo.
Una
primera distribución desigual
En
ese sentido, los autores plantean que, antes de la existencia de grupos
celulares estables, pudo haber ocurrido una asimetría interna dentro de una sola célula:
una distribución desigual de moléculas, orgánulos o tensiones mecánicas que
generó una primera polaridad funcional. Esa diferencia inicial, desencadenada
por el entorno o por la compresión, habría abierto el camino a la adhesión, la
división del trabajo y, finalmente, a la multicelularidad.
Referencia
Decoding the origins of cellular self-organization for
engineered biology. Qi Chen and Magdalena
Zernicka-Goetz. Nature Biotechnology (2026).
DOI:https://doi.org/10.1038/s41587-026-03161-w
Vale
destacar que otros estudios recientes en arqueas muestran estructuras similares a
tejidos cuando se las somete a compresión mecánica, un hallazgo que refuerza la
idea en torno a que las fuerzas físicas pudieron ser decisivas en la evolución
temprana de la .
Por
otro lado, si la autoorganización obedece a principios físicos relativamente universales,
comprenderlos podría ayudar a diseñar tejidos en laboratorio, mejorar modelos
embrionarios y avanzar en medicina regenerativa y biología sintética, entre
otras importantes aplicaciones.
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