viernes, 26 de junio de 2026

LAS CONTRADICCIONES EN EL CAMPO DEMOCRÁTICO

 

El centenario a 833 días

En las filas del pueblo las fuerzas democráticas están divididas por caudillos que buscan formar parte de la burocracia estatal. Estos inscriben seudo organizaciones con el único objetivo de participar en las justas electorales. Algunos de estos caudillos son encandilados por la farsa electoral, por el cuento que se puede ser gobierno si se gana las elecciones. Lamentablemente para estos señores las esperanzas de sus seguidores se van desvaneciendo por la terca constatación que los candidatos democráticos si ganan las elecciones, simplemente no los dejan gobernar o los sacan del juego haciendo uso de una serie de triquiñuelas orquestadas desde los poderes establecidos, como se constata en estas elecciones 2026.  

El rol de los intelectuales democráticos en estas circunstancias, de un engaño generalizado de la población con el mito de elecciones “democráticas”, es esclarecer como es que las clases dominantes logran engañar a millones de peruanos de la farsa de la “democracia representativa”. Lo primero que se tiene que precisar que la arquitectura del sistema electoral no ha sido elaborada por las organizaciones del pueblo. En ese proceso de esclarecimiento surgen contradicciones en las filas democráticas que deben ser tratadas como contradicciones en el seno del pueblo: poniendo el acento en la persuasión a través de argumentos.

Hace casi 100 años Mariátegui observaba lo contraproducente que es la dureza de la critica al interior de las filas democráticas. No se puede cambiar la mente a fuerza de golpes.

En enero de 1929, José Carlos Mariátegui expone el caso de Julio A. Mella que había caído asesinado en México[1]. Explica que “Mella era uno de los verdaderos revolucionarios salidos de las filas de la Reforma Universitaria, de esa variada y extensa gama de renovadores de toda especie, que no han sabido en su mayor parte superar un confuso estado de ánimo pre-revolucionario.” Julio Antonio Mella había tomado posición franca y decidida por la revolución y, por lo mismo, concluye el Amauta: “reaccionó quizá con exceso contra los que no se decidían a seguir, sin reservas, la misma vía”. Mariátegui desaprueba la violencia verbal y la estridencia lírica; es más, la percibe contraproducente o perjudicial en las relaciones políticas con los más cercanos en la lucha social. La bravata del “veredicto final”, no produce la enmienda esperada y, por lo contrario, es perniciosa porque vuelve más testarudos a aquéllos que no se allanan a seguir, sin reservas, la misma vía. Un ejemplo más es suficiente de la cantilena: 

“Quienes no comprenden este trabajo previo, o quienes lo desprecian y rechazan sin presentar su propia labor, se automarginan solos con su eterno «de qué se trata para oponerme» o con el lastre feudal del «no hay peor enemigo que el del oficio», expresiones de la mediocridad del medio”. 

El “argumento” intenta, a punta de “san martincitos”, hacer entrar en razón a los “despistados” o confundidos. Si la mediocridad es el pasivo del medio social en que actuamos; el activo es la impotencia del hombre narigudo de ingenio agudo, incapaz de persuadir a los desorientados. Y es que cambiar la mente es un proceso que tiene con frecuencia un efecto contrario. Tiende a reforzar una opinión que existía previamente o, mejor dicho, activa la coraza que lo protege de agentes ideológicos extraños a su formación. El hombre subjetivamente está anclado al pasado; pero, objetivamente la fuerza de los hechos lo impulsa al cambio y sin embargo se resiste a éste.

Asimismo, el reclamo de nuestro amigo y camarada: “En su oportunidad se presentaron algunas sugerencias aisladas, en especial en el foro virtual Bicentenario (incluso el nombre era alusivo a la fecha), pero la respuesta fue la conocida y vergonzosa conspiración del silencio, la corrosiva indiferencia”. Lo primero que habría que dilucidar es si realmente hubo un complot contra sus iniciativas o como el mismo dice: “Detrás de esa indiferencia nuestra, estaba el nacionalismo solapado, la equivoca opinión que la guerra de la independencia de 1824, había sido una falsa independencia, por lo cual no merecía ser recordada.” Y si fue esto último, la razón de la inacción no sería más bien la nula o escasa sustentación de la importancia del uso político de esas oportunidades.

Es preciso aclarar que lo que para uno es prioridad para otros puede no serlo. Tal vez nuestro camarada Miguel no argumento lo suficiente sobre la importancia del uso político de dichas fechas con la debida antelación. Es preciso recordar que en la mayoría de las personas el pasado (muerte) pesa mucho más en el subconsciente que el futuro (vida).

El instinto de vida pertenece al presente-futuro. El “instinto de muerte” es parte del pasado-presente. Pero, el futuro siempre se impone al pasado.

 El hombre común absorbido por el sistema neocolonial (neoliberal) siempre se resiste al cambio. El cholo que cholea al cholo. Este asume, pese a sus rasgos fisiológicos y genes andinos, las tradiciones conservadoras que Mariátegui desnuda en el artículo que reproducimos más abajo. 

26 junio 2026

EBM

 

 

NACIONALISMO Y VANGUARDISMO[2] 

EN LA IDEOLOGIA POLITICA

 I

 Es posible que a algunos recalcitrantes conservadores de incontestable buena fe los haga sonreír la aserción de que lo más peruano, lo más nacional del Perú contempo­ráneo es el sentimiento de la nueva generación. Esta es, sin embargo, una de las ver­dades más fáciles de demostrar. Que el conservantismo no pueda ni sepa entenderla es una cosa que se explica perfectamente. Pero que no disminuye ni oscurece su evidencia.

Para conocer cómo siente y cómo pien­sa la nueva generación, una crítica leal y se­ria empezará sin duda por averiguar cuá­les son sus reivindicaciones. Le tocará cons­tatar, por consiguiente, que la reivindicación capital de nuestro vanguardismo es la rei­vindicación del indio. Este hecho no tolera mistificaciones ni consiente equívocos.

Traducido a un lenguaje inteligible pa­ra todos, inclusive para los conservadores, el problema indígena se presenta como el problema de cuatro millones de peruanos. Expuesto en términos nacionalistas, -insospechables y ortodoxos- se presenta co­mo el problema de la asimilación a la nacionalidad peruana de las cuatro quintas partes de la población del Perú.

¿Cómo negar la peruanidad de un idea­rio y de un programa que proclama con tan vehemente ardimiento, su anhelo y su vo­luntad de resolver este problema? 

 

II

Los discípulos del nacionalismo monarquista de "L'Action Française" adoptan, probablemente la fórmula de Maurras: "Todo lo nacional es nuestro". Pero su conser­vantismo se guarda mucho de definir lo nacional, lo peruano. Teórica y prácticamen­te, el conservador criollo se comporta como un heredero de la colonia y como un des­cendiente de la conquista. Lo nacional, pa­ra todos nuestros pasadistas, comienza en lo colonial. Lo indígena es en su sentimiento, aunque no lo sea en su tesis, lo pre-nacional. El conservantismo no puede concebir ni admitir sino una peruanidad: la formada en los moldes de España y Roma. Este senti­miento de la peruanidad tiene graves consecuencias para la teoría y la práctica del propio nacionalismo que inspira y engen­dra. La primera consiste en que limita a cua­tro siglos la historia de la patria peruana. Y cuatro siglos de tradición tienen que parecerle muy poca cosa a cualquier naciona­lismo, aun al más modesto e iluso. Ningún nacionalismo sólido aparece en nuestro tiempo como una elaboración de sólo cua­tro siglos de historia.

Para sentir a sus espaldas una antigüedad más respetable e ilustre, el nacionalis­mo reaccionario recurre invariablemente al artificio de anexarse no sólo todo el pasado y toda la gloria de España sino también todo el pasado y la gloria de la latinidad. Las raíces de la nacionalidad resultan ser hispánicas y latinas. El Perú, como se lo repre­senta esta gente, no desciende del Inkario autóctono; desciende del imperio extranje­ro que le impuso hace cuatro siglos su ley, su confesión y su idioma.

Maurice Barrés en una frase que vale sin duda como artículo de fe para nuestros reaccionarios, decía que la patria son la tie­rra y los muertos. Ningún nacionalismo pue­de prescindir de la tierra. Este es el drama del que, en el Perú, además de acogerse a una ideología importada, representa el espíritu y los intereses de la conquista y la colonia. 

 

III

En oposición a este espíritu, la vanguar­dia propugna la reconstrucción peruana so­bre la base del indio. La nueva generación reivindica nuestro verdadero pasado, nues­tra verdadera historia. El pasadismo se con­tenta, entre nosotros con los frágiles recuer­dos galantes del virreinato. El vanguardis­mo, en tanto, busca para su obra materiales más genuinamente peruanos, más remotamente antiguos.

Y su indigenismo no es una especula­ción literaria ni un pasatiempo romántico. No es un indigenismo que, como muchos otros, se resuelve y agota en una inocua apo­logía del Imperio de los Incas y de sus faustos. Los indigenistas revolucionarios, en lu­gar de un platónico amor al pasado incaico, manifiestan una activa y concreta solidari­dad con el indio de hoy.

Este indigenismo no sueña con utópi­cas restauraciones. Siente el pasado como una raíz, pero no como un programa. Su concepción de la historia y de sus fenóme­nos es realista y moderna. No ignora ni olvida ninguno de los hechos históricos que, en estos cuatro siglos, han modificado, con la realidad del Perú, la realidad del mundo. 

 

IV

Cuando se supone a la juventud sedu­cida por mirajes extranjeros y por doctrinas exóticas, se parte, seguramente, de una interpretación superficial de las relaciones entre nacionalismo y socialismo. El socialismo no es, en ningún país del mundo, un movimiento antinacional. Puede parecerlo, tal vez, en los imperios. En Inglaterra, en Francia, en Estados Unidos, etc., los revolucionarios denuncian y combaten el impe­rialismo de sus propios gobiernos. Pero la función de la idea socialista cambia en los pueblos política o económicamente coloniales. En esos pueblos, el socialismo adquiere, por la fuerza de las circunstancias, sin renegar absolutamente ninguno de sus principios, una actitud nacionalista. Quienes si­gan el proceso de las agitaciones nacionalis­tas riffeña, egipcia, china, hindú, etc., se explicarán sin dificultad este aspecto, totalmente lógico, de la praxis revolucionaria. Observarán, desde el primer momento, el carácter esencialmente popular de tales agi­taciones. El imperialismo y el capitalismo de Occidente encuentran siempre una resis­tencia mínima, si no una sumisión comple­ta, en las clases conservadoras, en las castas dominantes de los pueblos coloniales. Las reivindicaciones de independencia nacional reciben su impulso y su energía de la masa popular. En Turquía, donde se ha operado en los últimos años el más vigoroso y afor­tunado movimiento nacionalista, se ha po­dido estudiar exacta y cabalmente este fe­nómeno. Turquía ha renacido como nación por mérito y obra de su gente revoluciona­ria, no de su gente conservadora. El mismo impulso histórico que arrojó del Asia Menor a los griegos, infligiendo una derrota al imperialismo británico, echó de Constan­tinopla al Kalifa y a su corte.

Uno de los fenómenos más interesantes, uno de los movimientos más extensos de esta época es, precisamente, este nacionalismo revolucionario, este patriotismo revolucionario. La idea de la nación -lo ha dicho un internacionalista- es en ciertos períodos históricos la encarnación del espíritu de libertad. En el Occidente europeo, donde la vemos más envejecida, ha sido, en su origen y en su desarrollo, una idea revolucionaria. Ahora tiene este valor en todos los pueblos, que, explotados por algún impe­rialismo extranjero, luchan por su libertad nacional.

En el Perú los que representan e inter­pretan la peruanidad son quienes, concibiéndola como una afirmación y no como una negación, trabajan por dar de nuevo una patria a los que, conquistados y sometidos por los españoles, la perdieron hace cuatro siglos y no la han recuperado todavía.

 

José Carlos Mariátegui

 



[1] JCM, Revista Amauta Nº 20, Enero 1929, Necrología, Julio Antonio Mella

[2] Publicado inicialmente en dos partes ("Nacionalismo y Van­guardismo", Mundial, Lima, 27 de noviembre de 1925. y "Nacionalismo y vanguardismo en la literatura y en el arte", Mundial, Lima, 4 de diciembre de 1925), fue fusionado por el autor, en el original que conservamos, en la forma en que se presenta en esta compilación (N. de los E.). Tomo 11 de obras completas de José Carlos Mariátegui, primera edición 1970, pp. 72 - 76

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