martes, 20 de junio de 2017

10 MITOS QUE COMPLICAN LAS CAMPAÑAS ELECTORALES




Publicado por Daniel Eskibel en Jun 20, 2017

Las campañas electorales tienen sus mitos. 

No son mitos en el sentido antropológico del término. No son relatos de sucesos prodigiosos que expliquen la vida política ni que ayuden a conferirle significados ni que operen como un cemento que une a la sociedad.

Son mitos, más bien, vinculados al origen etimológico de la palabra que deriva del griego ‘mythos’ y que alude a las palabras, las meras palabras en sustitución de los hechos. Me refiero entonces a mitos que obturan la comprensión de lo que verdaderamente sucede en las campañas electorales. Mitos que obstaculizan dicha comprensión y la sustituyen por un cuerpo de ideas y preconceptos que oscurecen más que aclaran el panorama.

Ideas erróneas, quiero decir. Erróneas pero de algún modo santificadas por la costumbre, por la tradición, por la repetición incesante. Preconceptos instalados en el mundo político a fuerza de martillazos reiterativos y cuasi solemnes.

¿Son pocos esos mitos? No, en realidad son muchos.

¿Son inocuos? Tampoco. Son capaces de arruinar la mejor candidatura.

¿Son gratuitos? Nones. Cuestan mucho dinero cuando las campañas electorales se guían por ellos.

10 mitos de los que vale la pena desprenderse

Veamos unos pocos de esos mitos. Apenas 10 de un conjunto mayor. Pero 10 mitos de esos muy encarnados y que hacen mucho daño cuando se llevan a la práctica en las campañas electorales. 10 mitos de esos que vale la pena desprenderse:

1.     El voto es racional.
Este mito sostiene que el votante toma su decisión movido exclusivamente por un proceso de carácter intelectual y racional. Decidir el voto sería una operación más bien fria en la cual el ciudadano piensa, compara, analiza, sopesa y llega luego a una conclusión. En realidad el mecanismo de decisión de voto no es así. Por el contrario, los factores emocionales están en el primer plano y son absolutamente decisivos. Eso no significa que lo racional no juegue ningún papel, pero sí significa que el factor más potente es de carácter emocional. De eso se trata la elección: emociones.

2.     La decisión es consciente.
De acuerdo a este mito los procesos psicológicos que participan de la decisión de voto son de carácter consciente. No es así. Hace ya más de 100 años que Sigmund Freud descubrió que la consciencia es solo la más pequeña porción de nuestra vida psíquica, apenas la parte visible del iceberg. Un inmenso iceberg dominado por los procesos mentales inconscientes que ocurren por debajo de ese nivel cotidiano del ‘darse cuenta’ y que determinan desde las profundidades psíquicas todos los aspectos importantes de nuestras vidas. También el voto.

3.     El candidato conoce al electorado.
En este caso se hace énfasis en un presunto olfato político del candidato que le permite saber lo que quiere, lo que necesita, lo que teme y lo que le pasa a los electores. En realidad se trata de una rémora de tiempos pasados, tiempos en los cuales no existían buenos mecanismos de investigación de la opinión pública y entonces las campañas solo podían marchar a golpe de olfato. Ganaba el que tuviera mejor nariz política. Ahora sabemos que aún la mejor nariz se pierde el 99 % de la información. Ahora tenemos, además, procedimientos científicos para estudiar la opinión pública. Desde las encuestas hasta las entrevistas en profundidad y los focus groups. No utilizarlos es condenar a la campaña electoral a vivir en los agitados tiempos de los dinosaurios.

4.     Los amigos son los mejores consejeros.
El mito tiene inmediatas consecuencias operativas: el candidato se rodea de un círculo aúlico de amigos y familiares. Les tiene confianza extrema, claro, y cada vez se guía más por su consejo. ¿Quién mejor que los amigos para aconsejar bien? Sin embargo nada más lejos de la verdad. En realidad el candidato que así razona no se rodea sino que termina encerrado por la buena voluntad de sus amigos. Atrapado por un entorno que cae con facilidad en el coro de alabanzas. O que está desbalanceado porque seguramente tienen una visión muy pero muy parecida a la del propio candidato. O que está cegado por el cariño. O que está cegado por la falta de conocimiento y/o de experiencia sobre campañas electorales. Un entorno que no puede ser objetivo más allá de sus intenciones. Siempre es preferible recurrir a profesionales para el asesoramiento. Y también a personas de fuera del entorno que puedan actuar y hablar con más frialdad.

5.     El voto se decide durante la campaña electoral.
De acuerdo a este mito parecería que el cerebro del votante se ajustara a los tiempos marcados por los partidos políticos y por la legislación electoral de cada país. No es así. La gran mayoría del electorado decide su voto antes de la campaña electoral. Antes, sí. Y solo un sector relativamente pequeño decide en plena campaña. Por eso es imprescindible implementar una campaña política permanente. Y también por eso hay que pensar muy bien a quién se dirige la campaña electoral.

6.     Se puede hacer política sin dinero.
Este mito atribuye cualidades mágicas a las ideologías y cree que basta con una acertada estructura ideológica para implementar una campaña. Es un mito que al bajar a la realidad se rompe los dientes contra el piso al descubrir que cada paso de una campaña electoral implica gastos. Cada paso. Hasta lo más mínimo, hasta el más modesto cartelito callejero, hasta el más pequeño local partidario, hasta el más insignificante volante, hasta el vehículo y el combustible necesarios para ir a hablar con los votantes…Todo. Ni pensar la publicidad en radio o televisión. Es que no se puede hacer política sin dinero. Es un axioma. Y si el dinero no se tiene hay que salir a buscarlo. Para algunas fuerzas políticas no debería haber nada más central que la campaña financiera. Porque de lo contrario simplemente no existen frente a los ojos del público. Del gran público, no del grupito de incondicionales que siempre están.

7.     La gente es tonta.
Hay toneladas de candidatos sepultados bajo este mito. Creyeron que la gente no sabía o no se iba a enterar. Que no se iban a dar cuenta. Que no le darían importancia justamente a ese asunto que los enterró. Es cierto que la gente mayoritariamente no le presta mucha atención a los políticos, pero no es tonta. Y se da cuenta de las cosas, tarde o temprano. Por eso el cortoplacismo no paga.

8.     El público vive pendiente de los políticos.
Es un mito fuertemente asentado sobre el ego de algunos (¿muchos?) políticos. Creen que las personas están todo el tiempo mirándolos en televisión, escuchándolos en la radio, leyéndolos en el diario o en la web y pensando obsesivamente en ellos. Como si estuvieran hipnotizados. Con lo cual esos políticos dan por sabidas las cosas que ya dijeron el año pasado en relación a tal asunto. Dan por conocidas sus posiciones, vidas, propuestas y reacciones. Pero no es así. El público no está hipnotizado. Simplemente vive su vida, su trabajo, su familia, sus preocupaciones, sus problemas. Y de un modo más o menos lateral ingresa en él la política y los políticos. Lateral, mal que le pese al ego de varios. Y esa presencia lateral es cierta no solo en los tiempos normales sino también en plena campaña electoral.

9.     El político es un gran comunicador.
El mito dice que si se dedica a la política y le va más o menos bien, entonces es un gran comunicador, por lo menos mejor que todo su entorno y tal vez un poco más allá también. Y si es un gran comunicador sabe mejor que nadie cómo va a funcionar un spot televisivo o un folleto o una cuña radial. En realidad el buen desempeño político no siempre es indicador de cualidades comunicacionales sólidas. Muchas veces inciden otros factores que ayudan, incluyendo el contexto económico, político, social y cultural del país o la ciudad. Tan es así que casi siempre sería indicado un media training, un entrenamiento para el mejor desempeño ante los medios de comunicación. Y por supuesto que la comunicación a través de los medios es un asunto bien diferente para el que se requiere especialización y profesionalización. De lo contrario se va hacia el desastre.

10.                       No hay mejor defensa que un buen ataque.
Es un mito funcional a las pulsiones agresivas de algunos candidatos. Una racionalización para permitirse el ataque contra otros, ataque que en la mayoría de los casos lleva a las campañas al despeñadero. Para atacar hay que atacar bien, sabiendo lo que se hace. Y hay que entender que no hay mejor defensa que una buena defensa. Pero hay que saber defenderse, un movimiento de la política que muchos no comprenden que deben aprender.

Hay más mitos.

Muchos más.

Este es solo un rápido repaso a 10 de ellos. 10 mitos destructivos que son una bomba de tiempo en cualquier campaña electoral.

Si pudiera derivarse alguna enseñanza breve de estos 10 mitos, yo la resumiría en 2 puntos centrales:
  • Humildad. Si en la campaña creemos que lo sabemos todo y nos llevamos el mundo por delante, pues seguramente vamos a perder.
  • Profesionalismo. Muchas personas se han formado y especializado para trabajar en los diversos aspectos que implica una campaña electoral. ¿Por qué no acudir a ellos?
La humildad y el profesionalismo ayudan mucho a las campañas electorales a ver la realidad tal cual es, sin el espejo deformante de los mitos, esos mitos que poco a poco van acorralando y estrangulando.

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LA REVOLUCIÓN RUSA, SEGÚN GARCÍA LINERA




19/06/2017 

¿Qué visión puede tener un revolucionario del siglo XXI en América Latina, sobre la epopeya de los bolcheviques 100 años después? Nadie mejor que Álvaro García Linera, para hacer una relectura de la revolución bolchevique, en su centenario.

En el libro “¿Que es una revolución?”, con el subtítulo “De la Revolución Rusa de 1917 a la revolución de nuestros tempos”, (Editorial Akal) García Linera rehace toda la trayectoria y las narrativas que se han hecho sobre la Revolución Rusa en un texto denso y lleno de elementos para pensar la contemporaneidad de la revolución.

Antes que todo García Linera constata la dimensión del fenómeno en sus proporciones históricas: “La revolución soviética de 1917 es el acontecimiento político mundial más importante del siglo XX, pues cambia la historia moderna de los Estados, escinde en dos y a escala planetaria las ideas políticas dominantes, transforma los imaginarios sociales de los pueblos devolviéndoles su papel de sujetos de la historia, innova los escenarios de guerra e introduce la idea de otra opción (mundo) posible en el curso de la humanidad”.

La Revolución Rusa anunció el nacimiento del siglo XX, poniendo la revolución como “referente moral de la plebe moderna en acción”.  “Revolución se convertirá en la palabra más reivindicada y satanizada del siglo XX”.

Por ello, “en los últimos 100 años morirán más personas en nombre de la revolución que en nombre de cualquier religión”, con la diferencia de que “en la revolución, la inmolación es a favor de la liberación material de todos los seres humanos”.

Enseguida García Linera encara la revolución como “momento plebeyo”, que es “la sociedad en estado de multitud fluida, autorganizada, que se asume a sí misma como sujeto de su propio destino”, antes de definir el significado de la Revolución Rusa. Linera critica enseguida a las visiones reduccionistas de la Revolución Rusa, las que la reducen a la toma del Palacio de Invierno y a la instauración de un nuevo gobierno. 

La revolución no constituye un episodio puntual, fechable y fotografiable, sino un proceso largo, de meses y de años, en el que las estructuras osificadas de la sociedad, las clases sociales y la instituciones se licuan y todo, absolutamente todo lo que antes era sólido, normal, definido, previsible y ordenado, se diluye en un ‘torbellino revolucionario’ caótica y creador”.

La combinación extraordinaria de una serie de eventos y factores es lo que hace la revolución posible: “Las revoluciones son acontecimientos excepcionales, rarísimos, que combinan de una manera jamás pensada corrientes de lo más disimiles y contradictorias, que lanzan a la sociedad entera, anteriormente indiferente y apática, a la acción política autónoma”, consagrando la imagen clásica del “viejo topo”.  Una revolución, según García Linera, “es, por excelencia, una guerra de posiciones y una concentrada guerra de movimientos”, aproximando a Lenin de Gramsci. En la intensa lucha ideológica previa, los bolcheviques se van volviendo políticamente hegemónicos en las clases subalternas. “En realidad, la insurrección de octubre simplemente consagró el poder real alcanzado por los bolcheviques en todas las redes activas de la sociedad laboriosa”, que “se presenta más que como ‘dualidad de poderes’, como ‘multitud de poderes locales’”.

Así, para García Linera, la contraposición entre revolución y democracia es un falso debate, porque una “revolución es la realización absoluta de la democracia”. De la misma forma que es una interpretación equivocada considerar que las revoluciones son un tipo de “guerra de movimientos”, imposible sin una “guerra de movimientos” que construye, a lo largo del tiempo, las condiciones del triunfo revolucionario. Por ello Lenin defiende el concepto de “frente único” en los debates de la Internacional Comunista, explicitado por Gramsci sobre las sociedades orientales y occidentales.

Hay un aspecto universal de la revolución soviética, que se radica “en la victoria cultural, ideológica, política y moral de las corrientes bolcheviques en la sociedad civil”. Enseguida García Linera retoma los términos con lo que caracterizó las etapas de la revolución boliviana, al enfocar las relaciones entre el momento jacobino leninista y el momento gramsciano hegemónico. Él se refiera al momento jacobino como “el punto de bifurcación de la revolución”, que no tiene que ver con un momento de ocupación de instalaciones del viejo poder, ni del desplazamiento de las viejas autoridades. “Las revoluciones del siglo XXI muestran que esto último llega a realizarse por vía de elecciones democráticas.”

“El punto de bifurcación o momento jacobino es este epitome de las luchas de clase que desata una revolución”, es “un tiempo donde los discurso enmudecen, las habilidades de convencimiento se repliegan y la querella por los símbolos unificadores se opacan”. En la revolución cubana fue la batalla de Girón, en el gobierno de Allende el golpe de Pinochet, en Venezuela el paro de actividades de PDVSA y el golpe de Estado en 2002, en Bolivia el golpe de Estado cívico-prefectural de septiembre de 2008. La importancia de ese momento “jacobino-leninista” radica en instituir “de forma duradera, el monopolio de la coerción, de los impuestos, de la educación pública, de la liturgia del poder y de la legitimidad político-cultural”. Esa combinación inseparable de los momentos “hace que una revolución con un momento gramsciano sin un momento leninista sea una revolución trunca, fallida”.

El libro desemboca en la discusión de lo que es el socialismo. García Linera incorpora la idea de que se una revolución no se propaga a otros países termina agotándose. Frente a esa y a otras dificultades, observa: “Uno desearía hacer muchas cosas en la vida, pero la vida nos habilita simplemente a hacer algunas. Uno desearía que la revolución fuera lo más diáfana, pura, heroica, planetaria y exitosa posible – y está muy bien trabajar por ello - , pero la historia real nos presenta revoluciones más complicadas, enrevesadas y riesgosas. Uno no puede adecuar la realidad a las ilusiones, sino todo lo contrario: debe adecuar las ilusiones y las esperanzas a la realidad, a fin de acercarla lo más posible a ellas, abollando y enriqueciendo esas ilusiones a partir de lo que la vida real nos brinda y enseña”.

En el análisis concreto da la dinámica de la revolución rusa, García Linera advierte de que “ninguna revolución tiene un contenido predeterminado”, lo que fue generando el carácter de la revolución rusa fue la forma como los bolcheviques fueron encarando las trasformaciones revolucionarias. “El socialismo no es la estatización de los medios de producción”, sino, en términos leninistas: “no es más que el monopolio capitalista de Estado puesto al servicio de todo el pueblo y que, por ello, ha dejado de ser monopolio capitalista”.

 “... el socialismo jamás podrá ser la socialización o la democratización de la pobreza, porque fundamentalmente es la creciente socialización de la riqueza material.” “A contracorriente de lo que la izquierda mundial creyó durante todo el siglo XX, la estatización de los grandes medios de producción, de la banca y del comercio, no instaura un nuevo modo de producción ni instituye una nueva lógica económica -mucho menos el socialismo- , porque no es la socialización de la producción”. “En otras palabras: uno de los fetiches de la izquierda fallida del siglo XX: ‘la propiedad del Estado es sinónimo de socialismo’, es un error, una impostura. Incluso hoy se tiene un izquierdismo deslactosado que, desde la cómoda cafetería en la que planifica terribles revoluciones a partir de la espuma del capuchino, le reclama a los gobiernos progresistas más estatizaciones para instaurar el socialismo inmediatamente”.

En parte final del libro García Linera se detiene en una de sus (justas) obsesiones actuales: el rol importante de la resolución de los problemas económicos y su rol de conquista de tiempo. En él, se demuestra el fracaso total del comunismo de guerra y como Lenin justifica e introduce a la NEP, para organizar la economía soviética en las condiciones de enorme retroceso social provocado por las devastaciones del país.

“La regla básica del marxismo de que la base material de la sociedad influye en las otras esferas, no siempre es tomada en cuenta por los revolucionarios, que pueden llegar a sobredimensionar la voluntad y la acción política como motores de cambio”.  Sin embargo, “sin base material, no existen potencialidades revolucionarias que espolear y, por tanto, devienen en impotencia discursiva”.La NEP derrumba buena parte de las ilusas concepciones pre-constituidas acerca de la construcción del socialismo, ayuda a precisar lo que el socialismo es en realidad y fija con claridad las prioridades que una revolución en marcha debe resolver.”

“El socialismo como construcción de nuevas relaciones económicas no puede ser una construcción estatal ni una decisión administrativa; sino, por encima de todo, una obra mayoritaria, creativa y voluntaria de las propias clases trabajadoras que van tomando en sus manos la experiencia de nuevas maneras de producir y gestionar la riqueza”.

Así, “la lucha por un nuevo sentido común y estructuras organizativas de las clases laboriosas son las tareas fundamentales en el proceso revolucionario”. “La economía y la revolución mundial representan entonces las preocupaciones post insurreccionales”.

“En síntesis, el socialismo es un larguísimo período histórico de intenso antagonismo social, en el que, en lo económico, las relaciones capitalistas de producción y la lógica del valor de cambio siguen vigentes, pero que, en su interior, desde sus entrañas, en el ámbito local, nacional, surgen una y otra vez incipientes, intersticiales y fragmentarias formas de trabajo comunitario, asociado, que pugnar por expandirse a escalas regionales y nacionales”. “El socialismo no es pues un modo de producción ni un destino. Es un espacio histórico de intensas luchas de clases...”.

¿Por qué fracasó la revolución soviética? Porque logró ensamblarse con otras revoluciones. Y porque el Estado asumió el protagonismo de los cambios y las decisiones sociales, lo cual es el camino rápido del fracaso. Pero quedó de esa revolución la experiencia mas prolongada de una revolución social.

“Hoy recordamos la revolución soviética porque existió, porque por un segundo despertó en los plebeyos del mundo la esperanza de que era posible construir otra sociedad...”.  “Pero también la recordamos porque fracasó de manera estrepitosa, devorando las esperanzas de toda una generación de clases subalternas”.

Aunque citando a García Linera ampliamente, para darle la palabra de forma textual, aunque sea un libro relativamente pequeño –cerca de 100 páginas -, estoy seguro de que hay muchos otros argumentos que vale la pena que sean considerados por nosotros hoy. Pero bastan esos para que se reafirme que la mejor fuente para encarar el pasado, el presente y el futuro, es la práctica revolucionaria, que permite a García Linera extraer ese conjunto de extraordinarias lecciones. En comparación con seminarios tristes, encerrados en claustros académicos, celebrados sobre los cien años de la revolución de 1917, lejos de la realidad histórica y política contemporánea, este es un texto más de García Linera que lo reafirma como el mejor y el más importante intelectual latinoamericano contemporáneo.   

 - Emir Sader, sociólogo y científico político brasileño, es coordinador del Laboratorio de Políticas Públicas de la Universidad Estadual de Rio de Janeiro (UERJ).

http://www.alainet.org/es/articulo/186275