lunes, 23 de septiembre de 2024

HAL DRAPER SOBRE MARX Y DEMOCRACIA (1 - 2)



 06.SEP.24

 Rolando Astarita [Blog] 4/9/24

 

En notas anteriores he planteado la importancia, en la tradición de Marx y Engels, de la lucha por libertades democráticas. Lo hice en oposición a corrientes que se reivindican socialistas y revolucionarias y apoyan, de hecho, a regímenes dictatoriales como el que existe hoy en Venezuela. El argumento preferido de esta gente es que las libertades democráticas son agitadas por el imperialismo (EEUU en primer lugar) y la oposición burguesa, y por lo tanto no deben ser reivindicadas por los marxistas. En este marco, el fraude electoral perpetrado por el régimen de Maduro sería un tema de importancia muy secundaria, por no decir nula. Con este argumento, esta izquierda también acusó de pro-imperialista el informe de Michelle Bachelet (Alta Comisionada para los Derechos Humanos) sobre la situación de los derechos humanos en Venezuela, con fecha septiembre de 2021. Una postura que se ha repetido, una y otra vez, a lo largo de décadas y hasta el presente.

A fin de aportar elementos para el análisis, y rescatar la tradición revolucionaria del socialismo marxista, en lo que sigue presento, en forma resumida, el escrito de Hal Draper (1914-1990) "Marx on Democratic Forms of Government", 1974 (tomado de Hal Draper: Marx on Democratic Forms of Government (1974) (marxists.org). Dada su extensión, he dividido la nota en dos partes.  

Presentación del tema

Según Draper, el socialismo de Marx, como programa político, puede ser definido, desde el punto de vista marxista, no solo como una democratización de las formas políticas, sino también como la completa democratización de la sociedad. Sin embargo, el movimiento democrático del siglo XIX comenzó poniendo en primer plano la lucha por formas políticas avanzadas, y lo mismo hizo Marx, aunque en un contexto programático distinto. Es que para Marx la lucha por formas democráticas de gobierno –la democratización en el Estado- era una punta de lanza del esfuerzo socialista. No lo más importante, pero una parte integral del todo. 

Pues bien, a lo largo de la historia de los movimientos socialistas o comunistas, uno de los problemas fue establecer la relación, en teoría y práctica, entre la lucha por el socialismo y la lucha por la democracia (o derechos democráticos); entre los temas socialistas y los democráticos. En este respecto, cada corriente o escuela socialista ha tenido su propia respuesta. En un extremo está el enfoque que pone en el primer plano la defensa de las formas democráticas, como un fin en sí, y considera la lucha por las ideas socialistas como un tema accesorio. Desde el puno de vista marxista, se trata meramente del ala más izquierdista del liberalismo democrático burgués. En el otro extremo están los tipos de ideología radical que contraponen las ideas socialistas –entendidas como anticapitalistas- a la preocupación por las luchas democráticas, ya que consideran a estas sin importancia o hasta perjudiciales. Entre los dos extremos hay todo tipo de combinaciones. Por ejemplo, en la tensión entre objetivos socialistas y medios democráticos, la preocupación podría ser 50-50, 60-40, 30-70, etcétera.

El enfoque de Marx es cualitativamente diferente a este eclecticismo, y no intenta establecer una escala deslizante de preocupación entre los dos lados de la dualidad. Para él, la tarea de la teoría es integrar objetivamente ambos lados de la dualidad.

La respuesta característica de Marx al problema fue anticipada en la crítica a la filosofía del derecho de Hegel, donde buscó mostrar que "la verdadera democracia" requiere un nuevo contenido social, el socialismo. Este enfoque será redondeado en su análisis de la Comuna de París, la cual mostró que un Estado con un nuevo contenido social implica formas verdaderamente democráticas. Por eso, la teoría de Marx va en la dirección de definir la democracia consistente en términos socialistas y el socialismo consistente en términos democráticos. La tarea de la teoría entonces no es arbitrar en el choque entre los dos enfoques mencionados, sino entender las dinámicas sociales de la situación bajo la cual es resuelta la aparente contradicción entre ambos.

Marx no elaboró esto simplemente en su cabeza. Es que el avance hacia una solución del dilema se produjo en el curso de la revolución de 1848-1849, cuando las demandas democráticas y los objetivos socialistas parecieron llegar a un cruce de espadas. Uno de los resultados de la elaboración de Marx fue la llamada teoría de la revolución permanente. 

"La vieja tesis"

Desde un comienzo se planteó el problema de los militantes supuestamente radicales que, si bien desde una dirección opuesta, tenían la misma hostilidad y desprecio por las formas democráticas que las que emanaban del viejo régimen. En La ideología alemana Marx y Engels llamaron a este enfoque, despectivamente, "la vieja tesis". Esta, propuesta a menudo tanto por revolucionarios como por reaccionarios, decía que en una democracia los individuos solo ejercen la soberanía por un momento, y luego se retiran de inmediato de su dominio. Marx no dedicó mucho espacio a esta posición –que entre otros defendía el anarquista Stirner- porque pensó, equivocadamente, que era un mero vestigio del pasado y no tenía futuro. Pero la realidad es que este rechazo de cualquier cosa conectada con la democracia burguesa persistió y terminaría asociada con el radicalismo ultraizquierdista.

Sin embargo, en sus orígenes era distinto. En una carta a Marx, Engels se refirió a un tal Bernays, editor del Vorwärts, quien estaba en contra del sistema de jurados, de la "libertad burguesa de prensa", del sistema representativo y otras formas democráticas. Engels había intentado explicar a Bernays que con tales posiciones "estaba trabajando para el rey de Prusia, e indirectamente contra nuestro partido". Los ataques a las instituciones democráticas ayudaban a que el régimen desacreditara al movimiento democrático.

El abordaje de Marx y Engels a la cuestión de las formas democráticas (derechos, libertades, instituciones) era totalmente diferente al que defendía Bernays. Es que este no podía comprender el planteo sobre las libertades democráticas porque su socialismo era meramente anti-capitalista y no pro-proletario. La suya no era una teoría acerca de un movimiento de clase, sino una simple preferencia por cierta reorganización social. Su objetivo no era poner el poder en manos de las masas del pueblo. Solo buscaba a personas de bien que quisieran realizar los cambios imaginados. Por eso, con este encuadre, el control popular sobre el gobierno podía convertirse en un peligro "dado que las masas estúpidas bien podrían ser más hostiles a sus esquemas que las almas iluminadas". Su postura no se debía a que "odiara" al sistema burgués más que Marx, sino a que expresaba un punto de vista que no era de clase.

Según Marx y Engels, la democracia pasaba por el establecimiento de un control popular pleno sobre el gobierno. O sea, para el "extremista democrático" el control popular significaba control popular ilimitado, y la eliminación de todas las restricciones o distorsiones jurídicas, estructurales y socio-económicas sobre el control popular desde abajo. Esta es la razón de por qué, según Marx y Engels, el control popular apuntaba al socialismo. 

Sin embargo, en un país como Alemania, que no había tenido su revolución burguesa, el problema era cómo atravesar esa fase (en que la burguesía era parte de "las masas populares") de manera que el poder pasara a los estratos subyacentes de la clase trabajadora. Esto es lo que definirá el problema de la "revolución permanente". Para Marx se trataba de hacer un análisis de clase de los elementos de la democracia burguesa y separar lo que era específicamente burgués (por ejemplo la cualificación de propiedad para ejercer el voto) de lo que promoviera la más amplia extensión del control popular

Revoluciones de 1848

Las revoluciones de 1848-1849 establecieron temporalmente gobiernos democrático-burgueses en Francia y Alemania. Eran regímenes burgueses y más o menos democráticos en comparación con los regímenes previos. Por lo tanto, planteaban muchos problemas concretos acerca de qué formas políticas debía adoptar la democratización.

El criterio aplicado por Marx y Engels se definió en torno a la siguiente pregunta: ¿qué maximizaría la influencia ejercida desde abajo por las masas en movimiento sobre las fuerzas políticas de arriba? Estas últimas eran el régimen monárquico y su gobierno, que todavía era el ejecutivo, aunque a la defensiva; y los representantes del pueblo en las asambleas surgidas con el levantamiento revolucionario. Este último representaba la potencialidad de la "soberanía popular", esto es, el control democrático por el pueblo. Sin embargo, cuando en Frankfurt se estableció la Asamblea Nacional, elegida por los estados germánicos, se evidenció que los delegados democrático-burgueses evitaban el choque con la monarquía. 

En oposición, Marx y Engels plantearon que la Asamblea debía tomar las medidas necesarias para frustrar los esfuerzos de la reacción, mantener los fundamentos revolucionarios sobre los que se asentaba, asegurar las conquistas de la revolución y la soberanía del pueblo contra todos los ataques. Pero la Asamblea no hizo nada de esto. Transcurrido un año de su instalación, incluso la izquierda de la Asamblea demostraba que no tenía estómago para pelear contra el poder real del Estado, encabezado por la Corona. De ahí que Marx y Engels criticaran a los diputados liberales por su retórica vacía. Más precisamente, la diferencia entre la retórica acerca de la "libertad" y la lucha democrático-revolucionaria real debía ser planteada en términos de cuestiones concretas.

Una de las más elementales era la libertad de prensa. Desde el primer número de la Nueva Gaceta Renana Marx y Engels hicieron de ella un grito de batalla. La libertad de prensa no podía ser separada de la libertad de expresión en todas sus formas. Toda la existencia de la NGR fue una batalla por sobrevivir contra su supresión que buscaba el gobierno. Llevados a la Corte, Marx y Engels transformaron sus defensas en denuncias políticas, y fueron absueltos. Pero no bien la reacción ganó fuerza, la NGR fue cerrada por decreto. Esto es, a decir de Marx y Engels, cualquiera podía ponerse por fuera de la ley por manifestar su opinión. La falta de libertad de prensa era un barómetro de la arbitrariedad gubernamental, y se mostraba que el Estado alemán era "puramente policial".

En el mismo sentido, cuando el ministro Hansemann presentó un proyecto de ley para regular la prensa, Marx escribió que "de nuevo encontramos el más clásico de los monumentos al despotismo napoleónico sobre la prensa". Agregaba que "los funcionarios del Gobierno pueden, con impunidad, cometer cualquier acto arbitrario, cualquier tiranía, cualquier ilegalidad. Pueden administrar o permitir flagelaciones, o hacer arrestos, o mantener en prisión sin juicio. El único control efectivo, el de la prensa, se hace ineficaz. El día en que la ley entra en vigencia, la burocracia puede celebrar: se hace más poderosa y desenfrenada, más fuerte que antes".

Más tarde, cuando el gobierno suprimió el movimiento de clubes en dos ciudades, Engels denunció la continuidad del Estado policial, y preguntaba: "¿Usted piensa que posee el derecho a la libre reunión, la libertad de prensa, el derecho al armamento del pueblo y otras magníficas consignas que se lanzaron desde las barricadas de marzo? Ilusión, solo ilusión".

De manera persistente, la NGR desarrolló campañas por derechos democráticos contra la presión gubernamental, incluyendo el programa de la izquierda de Frankfurt por el inmediato establecimiento, proclamación y garantía de derechos fundamentales del pueblo, contra los ataques de los gobiernos de los estados alemanes. Asimismo criticó a los liberales de la Asamblea por ser demasiado imprecisos en el tema del sufragio universal contra el sufragio indirecto; y denunció las formas antidemocráticas de elecciones.

Según Marx y Engels el derecho de reunión también comprendía el derecho del pueblo a ejercer presión contra sus propios representantes. Esta cuestión cobró relevancia cuando la prensa de la derecha denunció la presión que se ejercía sobre la Asamblea prusiana, en Berlín, por la presencia de miles de personas durante las deliberaciones. Marx defendió el derecho de las masas democráticas a ejercer influencia moral sobre la asamblea constituyente, y sostuvo que era un antiguo derecho revolucionario del pueblo desde la revolución inglesa y francesa. La historia le debía a este principio casi todas las medidas enérgicas tomadas por las asambleas parlamentarias.

Por otra parte, se planteaba la cuestión de si un gobierno debería permitir actividades, incluso las que están santificadas como derechos democráticos, que puedan resultar en su propio derrocamiento. La respuesta de Marx y Engels fue si el ejercicio de los derechos del pueblo ponía en peligro al gobierno, pues entonces peor para el gobierno. Los gobiernos siempre creen que las actividades que son peligrosas para ellos constituyen "violaciones a la libertad"; o sea, a su propia "libertad" a existir. El pueblo no debía sacrificar sus derechos para aliviar los problemas del gobierno.

Este criterio también se advierte en la respuesta que Marx y Engels dieron a una moción presentada por Jacoby, un diputado de izquierda liberal. Proponía que las decisiones de la Asamblea tuvieran fuerza de ley sin necesidad de cualquier otro consentimiento. La iniciativa buscaba impedir que una minoría recurriera "a los de afuera". Pero "los de afuera", dice Engels, era el pueblo que votaba el cuerpo legislativo. Por eso, lo que buscaban Jacoby y asociados, bajo el pretexto de evitar guerras civiles, era abolir la agitación política. Pero la agitación no era nada más que la aplicación de la inmunidad a los representantes, la libertad de prensa, el derecho a organizarse. Por otra parte, si esas libertades llevaban, o no, a la guerra civil, no era un tema que concerniera a la izquierda revolucionaria. Era suficiente que esas libertades existieran, y luego se vería a dónde conducían si el ataque contra ellas continuaba. Pocos días después, Engels precisaba: "La condición básica del derecho a la libre organización es que ninguna asociación o sociedad pueda ser disuelta o prohibida por la policía; que eso solo pueda llevarse a cabo como resultado de un veredicto judicial que establezca la ilegalidad de la asociación o sus actos y objetivos, y el castigo a los autores de esos actos".

El poder a la Asamblea

La orientación política de Marx y Engels apuntaba a que todo el poder recayera en la Asamblea, como representación de la soberanía popular, y en contra del objetivo de la mayoría de la Asamblea de llegar a un acuerdo con la Corona. Por eso acusaban a la Asamblea de ser irresoluta y blanda. Marx presentaba su propuesta democrático-revolucionaria en términos de la concentración del poder legislativo y ejecutivo en manos de los representantes del pueblo. El ala radical de la Asamblea reclamaba un gobierno ejecutivo "elegido para un período determinado por la Asamblea Nacional y responsable ante ella". Pero, decía Marx, eso no era suficiente. El poder ejecutivo debía ser seleccionado en las filas de la misma Asamblea, como lo demandaba el ala izquierda de los radicales.

Según la NGR, si la Asamblea renunciaba a asumir todos los poderes del Estado, si en particular era desprovista del derecho a ejercer el control sobre el Ejecutivo a través de sus comisiones de investigación, entonces eso equivalía a renunciar a la soberanía del pueblo. El asunto de la inmunidad de arresto por parte del Gobierno de los diputados era un aspecto muy concreto de la soberanía. La NGR hacía campaña por plena e íntegra inmunidad, sin lagunas. Sin embargo, de hecho, en lugar de que la Asamblea dominara sobre el poder Ejecutivo, era este el que usaba todos los medios posibles para fortalecerse. Marx ponía el ejemplo del proyecto de Ley de la Milicia: la idea de una milicia popular se había convertido en un plan para instalar una fuerza burocrática. Draper dice que todo esto reflejaba el leitmotiv de la actitud de Marx hacia los problemas de la democratización: minimización del poder ejecutivo, de la burocracia estatal, y maximización del peso, en la estructura gubernamental, del sistema representativo. Y no solo en el período de la revolución.

Fuente: https://infoposta.com.ar/notas/13649/hal-draper-sobre-marx-y-democracia-1/

 

HAL DRAPER SOBRE MARX Y DEMOCRACIA (2)

 

Por ASTARITA

 16.SEP.24

 

Rolando Astarita blog 12/09/2024

 

La primera parte de la nota, aquí

En la década que siguió a la derrota de las revoluciones de 1848-1849 Marx escribió extensamente acerca de las formas democráticas constitucionales. El principio que surge de estos escritos es que una de las señas principales de una verdadera constitución democrática es el grado en el cual la misma restringe y limita la independencia del Poder Ejecutivo. Es acorde con la idea de que más democracia significa más control popular desde abajo. Este enfoque subyace en varios análisis críticos que hace Marx de constituciones particulares.

Análisis de una Constitución

El primero, escrito en 1851, se refiere a la Constitución de la República de Francia. El principal fraude en esa Constitución, dice Marx, es que deja espacio para que las proclamadas garantías democráticas sean anuladas por leyes subsecuentes dictadas por el Poder Ejecutivo. En El 18 Brumario, publicado poco después, insiste con la crítica: “El inevitable Estado Mayor de las libertades de 1848, la libertad personal, de prensa, de palabra, de asociación, de reunión, de enseñanza, de culto, etcétera, recibió un uniforme constitucional, que hacía a éstas invulnerables.

 En efecto, cada una de estas libertades era proclamada como el derecho absoluto del ciudadano francés, pero con un comentario adicional de que estas libertades son ilimitadas en tanto en cuanto no son limitadas por los “derechos iguales de otros y por la seguridad pública, o bien por “leyes” llamadas a armonizar estas libertades individuales entre sí y con la seguridad pública. Así, por ejemplo: “Los ciudadanos tienen derecho a asociarse, a reunirse pacíficamente y sin armas, a formular peticiones y a expresar sus opiniones por medio de la prensa o de otro modo. El disfrute de estos derechos no tiene más límite que los derechos iguales de otros y a la seguridad pública (cap. II de la Constitución francesa, art. 8). “La enseñanza es libre. La libertad de enseñanza se ejercerá según las condiciones que determina la ley y bajo control supremo del Estado”. “El domicilio de todo ciudadano es inviolable, salvo en las condiciones previstas por la ley” (cap. II. art. 3).

Por lo tanto, la Constitución remite constantemente a futuras leyes orgánicas que precisarían y pondrían en práctica aquellas reservas, y regularían el disfrute de estas ilimitadas libertades, de modo que no chocaran entre sí, ni con la seguridad pública. Más tarde estas leyes orgánicas, continúa Marx, fueron promulgadas por los amigos del orden, y las libertades fueron reguladas de modo que no afectaran a la burguesía. Allí donde la Constitución vedaba “a los otros” esas libertades, o consentía su disfrute bajo condiciones que eran otras tantas celadas policíacas, lo hacía siempre, pura y exclusivamente, en interés de la “seguridad pública”, es decir, de la seguridad de la burguesía, tal y como lo ordena la Constitución.

Por eso, en lo sucesivo, los amigos del orden invocaron, con plena justicia, el derecho constitucional a anular las libertades; y los demócratas lo invocaron, también con plena justicia, para reivindicarlas. Escribe Marx: “cada artículo de la Constitución contiene su antítesis, su propia cámara alta y su propia cámara baja. En la frase general, la libertad; en el comentario adicional, la anulación de la libertad. Por tanto, mientras se respetase el nombre de la libertad y sólo se impidiese su aplicación real y efectiva -por la vía legal se entiende-, la existencia constitucional de la libertad permanecía íntegra, intacta, por mucho que se asesinase su existencia común y corriente”.

Minimización del poder ejecutivo

En 1853 Marx analizó los borradores de las constituciones para Schleswig y Holstein, y destacó su carácter no democrático. Entre otras cuestiones señaló que uno de los pasajes más remarcables de esos textos era el que quitaba el antiguo derecho de las Cortes de cancelar decretos administrativos. Tales disposiciones eran malas porque “es el poder de la burocracia el que debe mantenerse bajo”.

Esto también es planteado en el análisis, escrito en 1858, de la Constitución prusiana de 1850. Una vez más, Marx observa que los derechos constitucionales son nulificados por la libertad de acción que se concede al Poder Ejecutivo. La realidad prusiana, escribe, muestra la brecha entre la teoría constitucional y la práctica real. Draper cita a Marx: “Cada paso que usted dé, incluso un simple movimiento, es falseado por la acción omnipotente de la burocracia, esa segunda providencia de genuino crecimiento prusiano.  Usted no puede vivir ni morir, ni casarse, escribir cartas, pensar, imprimir, emprender un negocio, enseñar ni ser enseñado, organizar una reunión, construir una fábrica, emigrar ni hacer nada sin el permiso de las autoridades”.  Las leyes orgánicas borraban garantías que existían incluso en los peores tiempos de la monarquía absoluta y con la independencia de las cortes. Draper señala que es la segunda vez que Marx defiende la independencia de las Cortes con respecto al Poder Ejecutivo.

Draper también destaca que Marx consideraba que la Constitución de Hesse, de 1831, era la más liberal de Europa –aunque su método de elegir representantes no era democrático- porque restringía los poderes del Ejecutivo a límites estrechos que lo hacían más dependiente de la Legislatura y otorgaba un elevado poder de control a la rama judicial. Esto es, Marx reivindica la independencia de las Cortes de la ley frente al Poder Ejecutivo.

Posteriormente, dice Marx, la revolución de 1848-1849 democratizó las formas de elección e hizo otras dos mejoras, ambas dirigidas contra el poder del Ejecutivo: puso el nombramiento de los miembros de la Corte Suprema en manos de la legislatura, y quitó a la monarquía el control del ejército, pasándolo al ministro de Guerra, responsable ante los representantes del pueblo. Otro rasgo democrático de esa constitución que destacó Marx es que la policía, tanto local como general, era administrada por consejeros comunales nominados por elección popular. Una década más tarde Marx sostenía que el control sobre la policía, establecido por la Comuna de París, era un logro democrático. En general, señala Draper, las ideas de Marx acerca de la minimización o subordinación del Poder Ejecutivo, alcanzaron su más completa expresión en sus análisis de la Comuna de París. 

Válvulas de seguridad para la burguesía

En este apartado pasamos lista a otros aspectos de la concepción de Marx y Engels sobre las libertades, que destaca Draper:

* Denuncian el ahogo de la libertad de prensa durante la ofensiva del bonapartismo en Francia.

* Critican las restricciones, en la Francia posterior a la derrota de 1848, al derecho al voto; también en otras elecciones europeas.

* Critican la manipulación de los distritos electorales por parte de la burocracia prusiana.

* Defienden el sistema unicameral, o sea, favorable a una única asamblea representativa, y contra el sistema bicameral, diseñado para frenar la soberanía popular.

* Defienden el derecho de manifestación. En 1872, en Londres, se llevó a cabo un mitin, organizado por miembros irlandeses de la Internacional, pidiendo una amnistía general. En respuesta, el Gobierno pasó una ley en el Parlamento regulando las manifestaciones públicas. Engels denunció la medida como un ataque “a uno de los más preciosos derechos de los trabajadores londinenses”.

* Denuncian el uso de espías e informantes por parte de los gobiernos y la policía contra los movimientos radicales y obreros. Critican la disposición del comandante austriaco en Milán por la cual todo aquel que no denunciara actos ilegales era pasible de ser acusado de transgredir la ley.

* Reclaman la libertad de prensa en tiempos de guerra. Cuando estalló la guerra franco prusiana Bebel y Liebknecht fueron arrestados por el gobierno de Bismark bajo el cargo de alta traición.     

Estafa democrática

Draper observa que no es posible extraer de los escritos de Marx y Engels un reporte sistemático de lo que Marx llamó “estafa democrática”, en referencia a los métodos con los cuales la burguesía utilizaba (utilizaba y abusaba) las formas democráticas para estabilizar su gobierno socioeconómico. Sin embargo, se pueden señalar un par de puntos básicos.

Lo principal es la idea de que la “estafa democrática” constituía una estafa no porque era democrática sino, por el contrario, porque utilizaba formas democráticas para frustrar el control democrático y genuino desde abajo. La misma frase viene de una referencia de Marx al país que, bien entendido, era en su tiempo el más democrático en su forma constitucional, los EEUU. Este era el modelo de “estafa democrática”, no porque fuera menos democrático que otros, sino precisamente por la razón opuesta.  

Es que dado que EE.UU. había desarrollado la estructura formal de la república constitucional en la forma más democrática, su burguesía había tenido que llevar a su punto más elevado el arte de mantener a la opinión pública dentro de canales satisfactorios para sus intereses de clase. El principal método de esta empresa fue el sistema de corrupción política. En la medida en que era posible realizarlo, dentro del marco de un país que se estaba expandiendo económica y geográficamente, podían evitarse las explosiones. El gasto valía la pena mientras se ganara una válvula de seguridad para las pasiones efervescentes del país. Después de todo, un Estado democrático, permaneciendo iguales otras cosas, resulta más barato que el despotismo. En la medida en que es posible, el Estado democrático es una ganga para la clase dominante, interesada en mantener bajos los costos. Lo cual es cierto no solo en términos de gasto en dinero contante y sonante –gasto necesario para un aparato estatal hinchado-, sino también en términos de intangibles, tales como el interés voluntario de la masa de la población en cooperar en su propia explotación. En polémica con el liberal Heinzen, Marx señaló que la monarquía implica grandes gastos, lo cual se veía comparando las finanzas gubernamentales de Norteamérica con las finanzas de los estados germánicos.

Por otra parte, y refiriéndose a la burguesía británica, Marx planteó que el objetivo ideal, en política, de los principales representantes de la burguesía, era un Estado barato. “Necesariamente su última palabra es la República Burguesa, en la cual la libre competencia rige suprema en todas las esferas de la vida; en la cual permanece solo el mínimo de gobierno que es indispensable para la administración, interna y externa, de los intereses de clase comunes y los negocios de la burguesía, y donde este mínimo esté sobria y económicamente organizado tanto como sea posible”.    

En otras oportunidades Marx o Engels caracterizaron la política democrático-burguesa como un ejercicio de convencer al máximo de personas de que estaban participando en el poder del Estado, por medio de un mínimo de concesiones a las formas democráticas. En vísperas de la revolución de 1848 Engels retomó el manifiesto lanzado por Lamartine, el político poeta que encabezaba el partido Republicano, moderado, y sostuvo que el significado de las medidas políticas propuestas por Lamartine era entregar el gobierno a manos de la burguesía inferior, pero bajo la apariencia de entregarlo a todo el pueblo. Este era el significado de su sufragio universal con su doble sistema de elección.

Draper señala que el siglo XIX asistió a una plétora de inteligentes sistemas electorales diseñados para insertar un factor manipulativo en las formas de un sufragio más o menos universal, comenzando con la Constitución de EEUU. Como lo señaló Engels en el caso de Lamartine, los mecanismos fueron calibrados para conseguir un único tipo de efecto: ¿cuán bajo en la escala social, en las manos de qué clase, o estrato de clase, se esperaba que residiera el poder político? Este era el vínculo entre la lucha de clases y las formas constitucionales que a menudo parecían cuestiones técnicas. Un movimiento destinado a ubicar el poder político en las manos de la clase obrera podía permitirse el lujo de presionar por la democratización completa, sin torcerse.

Hacia la socialización de la democracia

En su crítica a Lamartine Engels escribió que “los principios de la regeneración social y política habían sido encontrados 50 años atrás: el sufragio universal, la elección directa, la representación paga, eran las condiciones esenciales de la soberanía política… Lo que queremos no es la conveniencia de la clase media inglesa, sino un nuevo sistema de economía social para realizar los derechos y satisfacer las necesidades de todos”. Esto se publicó en un medio cartista, que todavía luchaba por el programa de los extremistas democráticos. Pero los amigos cartistas de Engels, pertenecientes al ala izquierda del movimiento, peleaban por extender la idea democrática a un programa social. Era lo que había planteado también Engels desde su llegada a Inglaterra. Engels había comenzado oponiendo el “comunismo” a la democracia, en la línea de Proudhon y Weitling.

Sin embargo, en 1844 había corregido esto al plantear ir por encima de la mera democracia política, hacia una transformación social de base. En un artículo escrito ese año analizó las formas constitucionales de la democracia británica en ese espíritu. Admitiendo que Inglaterra era el país más libre, incluso más que Norteamérica, encaró el examen de los métodos y formas del sistema político “sobre líneas puramente empíricas”, para mostrar cómo la estructura estaba diseñada para hacer concesiones solo para preservar todo lo posible esa decrépita estructura, y mantener el gobierno de la clase media en asociación con la aristocracia de mentalidad progresista. Dado que la Cámara de los Comunes ejercía todo el poder, se seguía que “Inglaterra debería ser una democracia pura”. Pero esto solo sería así si el mismo elemento democrático fuera realmente democrático”. Es esta condición la que Engels somete a un análisis detallado, midiendo las pretensiones constitucionales y formales contra los hechos empíricos del poder de clase. Su conclusión fue que el hombre inglés no era libre a causa de la ley, sino a pesar de la ley, si es que podía ser considerado libre, dado que era la constante amenaza desde abajo la que aseguraba el reconocimiento de los derechos democráticos.

De la misma manera, era la lucha de clases la que haría avanzar las cosas. “La lucha ya está en marcha. La Constitución ha sido sacudida en sus fundamentos. Cómo resultarán las cosas en el futuro se puede ver de lo que se ha dicho. Los nuevos elementos en la Constitución son de naturaleza democrática. La opinión pública también se desarrolla de acuerdo con el lado democrático, como lo mostrará el tiempo. El futuro cercano de Inglaterra es la democracia. Pero no una democracia como la de la Revolución de Francia, cuya antítesis era la monarquía y el feudalismo, sino una democracia cuya antítesis es la clase media y la propiedad. Esto es evidente a partir de todo el desarrollo precedente. La clase media y la propiedad están en el poder; el hombre pobre está privado de derechos y oprimido; la Constitución lo repudia; la ley lo maltrata: la lucha de la democracia contra la aristocracia en Inglaterra es la lucha del pobre contra el rico. La democracia hacia la que se dirige Inglaterra es la democracia social”.

Sin embargo, la mera democracia es incapaz de remediar los males sociales. La igualdad democrática es una quimera, la lucha del pobre contra el rico no puede ser peleada en el terreno de la democracia o la política en general. La “mera democracia” es democracia meramente política, una democracia que no se extiende a la “cuestión social”, a la democratización de la vida socio-económica.

Conclusión

En resumen, Marx y Engels siempre observaron los dos lados del complejo de instituciones democráticas y derechos que surgieron bajo la democracia burguesa. Ambos se correspondían con las dos clases que lucharon hasta el final dentro de este marco. Un lado fue la utilización de las formas democráticas como medio, barato y versátil, de contener a las masas explotadas, dándoles la ilusión de participación en el Estado mientras el poder económico de la clase gobernante se aseguraba los centros reales de poder. Este era el lado de la “estafa democrática”. El otro lado era la lucha para dar a las formas democráticas un nuevo contenido social, de clase, ante todo empujándolas al extremo democrático del control popular desde abajo, el cual, a su vez, implicaba extender la aplicación de las formas democráticas fuera de la esfera meramente política y hacia la organización de toda la sociedad.

La clave era el control popular desde abajoEsta idea se puede ver en la crítica al resbaladizo eslogan del “Estado libre”, el lema de Lasalle. Tomándolo literalmente, Marx respondió que no queremos un Estado que es libre, sino uno que esté completamente subordinado a la sociedad. En su Crítica al Programa de Gotha  escribe: “¿Qué es el Estado libre? De ningún modo es propósito de los obreros, que se han librado de la estrecha mentalidad del humilde súbdito, hacer libre al Estado. En el imperio alemán, el Estado es casi tan “libre” como en Rusia. La libertad consiste en convertir al Estado de órgano que está por encima de la sociedad en un órgano completamente subordinado a ella. Las formas de Estado siguen siendo hoy más o menos libres en la medida en que limitan la “libertad del Estado”.

Fuente: https://infoposta.com.ar/notas/13666/hal-draper-sobre-marx-y-democracia-2/


miércoles, 18 de septiembre de 2024

CUANDO LOS CHINOS HABLAN DE SOCIALISMO CON CARACTERÍSTICAS CHINAS, TENEMOS QUE TOMÁRNOSLO EN SERIO



REMY HERRERA, ECONOMISTA FRANCÉS

Según el gobierno chino, ciertas características tomadas del capitalismo pueden utilizarse «antes de cruzar el puente» en la transición socialista al comunismo.

A los ojos de Occidente, el «marxismo en China» y el «socialismo con características chinas» no son más que el discurso propagandístico oficial de China, y han estado tratando de etiquetar a China como «capitalismo de Estado». Esto es un completo malentendido de China por parte de Occidente, no solo porque China, con estos conceptos, ha logrado grandes logros sino porque respeta la cultura, los intereses y las preocupaciones de otros países y ha hecho importantes contribuciones al mantenimiento de la paz mundial. Su extraordinario desarrollo económico y social es el desarrollo más rápido e impresionante en la historia de la humanidad en las últimas décadas. Este desarrollo estable y a largo plazo es el resultado del liderazgo del Partido Comunista de China y de su elección de un camino de desarrollo que les conviene.

Aquí hay que hablar del tan publicitado «milagro de China». En las últimas décadas, el producto interno bruto (PIB) de China ha crecido rápidamente y mucha gente usa la palabra «milagro» para describir este fenómeno. Esto no es un milagro inesperado, sino el resultado de una planificación cuidadosa, una implementación paciente y una implementación efectiva de las estrategias de desarrollo por parte de todo el país y los sucesivos gobiernos liderados por el Partido Comunista de China.

En el mundo académico y en los principales medios de comunicación, podemos ver u oír en casi todas partes la opinión de que el ascenso económico de China se debe enteramente a su política abierta a la globalización. Es una verdad a medias porque hay que tener en cuenta que los esfuerzos y logros de la era de Mao Zedong han hecho posible el rápido crecimiento económico actual y, al mismo tiempo, la política abierta de China siempre ha estado bajo una estricta gestión gubernamental; sólo bajo estas condiciones puede ser posible la política abierta de China y su corolario: el notable éxito económico.

A largo plazo, la razón por la que esta política abierta a la globalización puede tener un impacto tan positivo en China es que es totalmente consistente con una estrategia de desarrollo coherente y está subordinada a la necesidad de cumplir con los objetivos y necesidades de desarrollo internos.

Debemos darnos cuenta claramente de que si el Partido Comunista Chino no hubiera formulado tal estrategia de desarrollo, si el pueblo chino no hubiera hecho todo lo posible para implementar esta estrategia de desarrollo y si el PCCh hubiera integrado a China en el sistema capitalista mundial, entonces la economía china e incluso la propia China no habrían podido escapar a un destino de destrucción total, como les ha sucedido a muchos países del Sur y del Este Global. Hay recordar un punto básico: durante más de un siglo antes de la victoria de la Revolución China en octubre de 1949, para el pueblo chino, la «apertura» siempre evocaba imágenes de rendición, destrucción, explotación, humillación, decadencia y caos.

La estrategia de desarrollo implementada por el gobierno chino ha sido exitosa y ha traído muchos impactos positivos al pueblo. Esto contrasta marcadamente con el fracaso de las políticas económicas neoliberales, que tienen un profundo impacto en la economía, la sociedad y la vida. Incluso los aspectos morales y de otro tipo han tenido un impacto desastroso en los trabajadores de los países occidentales.

Se puede poner un ejemplo concreto. La ventaja de las empresas estatales chinas es que se gestionan de manera diferente a las empresas internacionales occidentales, que cotizan en bolsas de valores y operan según la lógica del valor para los accionistas, la apreciación de las acciones y el rápido retorno de la inversión, lo que les exige exprimir a una multitud de subcontratistas nacionales y extranjeros y pagar dividendos máximos a los propietarios de acciones.

Pero las empresas estatales chinas no hacen esto. Si lo hacen, perjudicarán los intereses de las pequeñas y medianas empresas locales e incluso dañarán la estructura industrial de todo el país. El objetivo de obtener ganancias de la mayoría de las grandes empresas estatales de China no es enriquecer a los accionistas privados, sino priorizar la inversión productiva y el servicio al cliente.

En última instancia, a las empresas estatales chinas no les importa que sus ganancias sean menores que las de sus competidores occidentales, siempre y cuando sirvan a intereses estratégicos nacionales o superiores y de más largo plazo, como estimular el desarrollo económico local, en lugar de simplemente una obtención inmediata de beneficios.

China no considera su estrategia de desarrollo como un «modelo» y no buscan exportar ni imponer su propia estrategia de desarrollo. Simplemente cree que las diferentes naciones del mundo tienen algunas experiencias y lecciones que vale la pena aprender, pero las diferentes naciones también tienen sus propias condiciones sociales, históricas y culturales específicas y deberían decidir por sí mismas sus objetivos y métodos de desarrollo. Esta visión es muy diferente de la de Occidente, que quiere que todos los países del mundo sigan su modelo de desarrollo.

Eso significa que el marxismo aún no ha sido derrotado científicamente. No creo que el marxismo tenga rivales reales hoy. Vivimos en un mundo donde el sistema capitalista todavía domina, y aunque ha habido algunos cambios significativos en esta situación que esperan mayor explicación, es innegable que el marxismo todavía tiene relevancia.

A pesar de los numerosos ataques al marxismo desde sus inicios, a pesar de las repetidas afirmaciones de que está obsoleto, el marxismo es duradero, resistente o, se podría decir, «indestructible». Cuando la gente piensa en cómo crear un mundo mejor, siempre utiliza el marxismo como su principal punto de referencia teórico. Aunque el marxismo ha sido a menudo dogmatizado, y a pesar del desastroso colapso de la Unión Soviética, hoy el marxismo conserva su esencia. Sigue siendo una referencia insustituible para quienes luchan por el socialismo. Por tanto, no sorprende que siga siendo una referencia teórica importante en China.

Combinación de confucianismo, taoísmo y marxismo

Lo que quiero decir es que la estrategia de desarrollo de China se nutre del pensamiento tradicional chino y combina tendencias filosóficas tradicionales chinas como el confucianismo y el taoísmo con el marxismo para convertirse en un marxismo chino y contemporáneo. Debemos entender que esta teoría está estrechamente ligada al análisis empírico práctico. Todo esto permite a China tener visiones únicas y soluciones apropiadas al enfrentar los desafíos actuales y las muchas contradicciones que se derivan de ellos.

El socialismo de la nueva era china es paciente, persistente, concreto, pragmático y eficaz. Al mismo tiempo, no es dualista, es decir, evalúa las situaciones y las cosas según los principios absolutos del bien y del mal, sin matices ni estados intermedios; se basa en el largo plazo y no teme las contradicciones y oposiciones (como las relacionadas con la iniciativa individual o el espíritu empresarial) que se consideran complementarias y potenciales más que exclusiones y sustituciones. Una de las lecciones que podemos aprender de la sinización del marxismo es buscar la armonía entre los opuestos. El discurso político de China enfatiza la «armonía social» y la «estabilidad» como valores básicos, y busca el «compromiso» y el «consenso» como medios para lograrlos.

Hay muchos conceptos en el marxismo chino que son diferentes del concepto de «lucha de clases» del marxismo occidental, que suele verse con sospecha como una característica de los regímenes conservadores. Ignorar estos conceptos es olvidar su significado especial en el pensamiento chino como «unidad de opuestos» y «dialéctica positiva». Estos conceptos implican que existe un equilibrio dinámico entre el interés propio individual y las necesidades sociales, entre los intereses personales y los intereses colectivos, y entre las necesidades y los requisitos morales.

En resumen, se puede decir que desde los días de Mao Zedong, los chinos han creído en una forma de progreso basada en un desarrollo en espiral que tiende a suavizar y mitigar las contradicciones. En este contexto, el socialismo ya no es un plan perfecto, sino un proceso de construcción continua.

Ya fue así casi desde el principio de la revolución china de octubre de 1949. China introdujo inmediatamente el modelo económico al estilo soviético y lo mantuvo durante varios años. Sin embargo, abandonó este modelo en la década de 1960. Después de unirse al Consejo de Asistencia Económica Mutua (CAME o COMECON) en 1950, China se retiró en 1961 y decidió formular de forma independiente su propia estrategia de desarrollo. Y lo hizo con mayor eficacia que la Unión Soviética o los países de Europa central y oriental.

De 1978 a 1982, China enfrentó una serie de problemas económicos que reflejaban la transición posterior a Mao y las dificultades para implementar las reformas estructurales de «reforma y apertura». Especialmente durante el período de 1985 a 1986, China introdujo una reforma fiscal en 1984, que fue uno de los puntos de inflexión hacia una economía de mercado.

Luego, durante el colapso de la Unión Soviética, China llevó a cabo un experimento muy breve con el neoliberalismo, pero rápidamente lo abandonó. El resultado de este experimento fue una repentina y grave crisis económica, acompañada de una explosión de corrupción. Desde entonces, el gobierno central chino ha luchado vigorosamente contra la corrupción y ha logrado ciertos resultados. Afortunadamente, China rechazó la opción neoliberal y se aferró al socialismo, que hoy ha traído prosperidad a la gran mayoría del pueblo chino.

Los prejuicios de los marxistas occidentales

En el debate entre los escritores marxistas occidentales, la gran mayoría de los autores cree que China es una economía capitalista. Por ejemplo, David Harvey dijo que cree que la economía china es «neoliberalismo con características chinas». Desde la reforma y apertura en 1978, el sistema económico de mercado de China ha incluido cada vez más elementos neoliberales y ha operado dentro de un marco de control centralizado. Lo consideraba altamente autoritario. Pero no estoy de acuerdo con él.

Otros analizan las consecuencias de la integración de China al sistema económico mundial afirmando que esto no es tanto una oportunidad para que China reoriente el capitalismo global, sino más bien que China simplemente lo que está haciendo es desempeñar un papel «suplementario» como antes lo hizo Japón, proporcionando a EEUU los flujos de capital necesarios para mantener su hegemonía global. Esto, a su vez, conducirá a la tendencia de China a abrir los mercados financieros y eliminar herramientas para controlar los flujos de capital, lo que en última instancia debilitará la base de poder del Partido Comunista Chino. Están equivocados.

Y hay quienes, tanto chinos como extranjeros (menos numerosos pero igualmente importantes) sostienen que el actual sistema político y económico de China es equivalente o cercano al «capitalismo de Estado» y deja un legado para el futuro con posibilidades más amplias.

En lo que a mí respecta, creo que el sistema chino actual todavía contiene los elementos básicos del socialismo. Una explicación de la naturaleza de este sistema es compatible con el socialismo de mercado, que todavía se basa en una clara distinción del capitalismo. Aunque China tiene muchos multimillonarios, es imposible describir el sistema chino como un sistema capitalista. Hay que llamarlo socialismo de mercado o socialismo con mercado. Cuando los chinos hablan de socialismo con características chinas, tenemos que tomárnoslo en serio. Esto no es sólo propaganda, es la realidad, su realidad.

Vale la pena señalar que a nivel monetario y financiero, el gobierno chino no sólo es capaz de responder a las fuerzas de los mercados financieros, sino que también construye un «Gran Muro Monetario» defendiendo su propia moneda. Lograron que el dinero trabajara para el desarrollo. Una planificación estratégica sólida es una característica distintiva del camino socialista. Su tecnología de planificación estratégica es más flexible, más moderna, más adaptable a las necesidades actuales y, por lo tanto, más eficaz. El control estatal de la moneda y de todos los bancos importantes es una condición sine qua non, al igual que la estrecha supervisión de las actividades de las instituciones financieras y la conducta de las empresas extranjeras en el país. En China, el Estado controla el capitalismo, y no al revés. Al menos hasta ahora.

El legado de Deng Xiaoping

En agosto de 1977 se celebró el XI Congreso Nacional del PCCh; a finales de 1978, se avanzaron en las reformas económicas y Deng Xiaoping llegó al poder. La idea no era abandonar el socialismo, sino encontrar formas de sacar a la gran mayoría del pueblo chino de la pobreza y permitir que el país alcance una «sociedad moderadamente próspera». Desde que el presidente Xi Jinping llegó al poder, se ha implementado la estrategia de desarrollo socialista y la orientación política general del país se ha orientado más hacia las clases menos ricas y las regiones subdesarrolladas.

La dificultad para entender el «socialismo chino» surge de la negativa de sus líderes a interpretarlo como «pobreza generalizada» o «pobreza común». Lo que los líderes del Partido Comunista Chino intentaron hacer y lograron fue sacar al pueblo chino de la pobreza durante la era de Mao Zedong y llevar a China al nivel de una «sociedad moderadamente próspera» durante la era de Deng Xiaoping. Desde entonces, como continuación de la lógica de la revolución, su deseo ha sido permitir que la gran mayoría de la gente viva una vida próspera, compre una variedad de bienes de consumo. ¿No mata esto dos pájaros de un tiro, demostrando que el socialismo puede y debe derrotar al capitalismo?

A menudo escuchamos que el rápido crecimiento del producto interno bruto (PIB) de la economía china se debe a la implementación del capitalismo en China desde 1978. Esta afirmación es errónea. Todo lo contrario. La razón por la que la economía de China está creciendo rápidamente es que, bajo el liderazgo del PCCh, el gobierno chino ha impedido con éxito que el capitalismo controle el país y ha llevado a cabo una redistribución de la riqueza a gran escala en toda la sociedad.

Quienes afirman que el sistema de China es capitalista (cosa que yo no creo) y afirman que el rápido crecimiento de China sólo comenzó en 1978, están equivocados. Porque durante la era de Mao Zedong, el crecimiento económico de China ya era muy, muy alto, mucho más alto que el de otros países que implementaron economías planificadas, e incluso más alto que el de muchos países industrializados occidentales. Los líderes occidentales quieren ocultar este hecho porque no pueden admitir que los países socialistas puedan tener éxito, especialmente más éxito que los países capitalistas.

Debo decir que el objetivo del PCCh no es apoderarse de todo económicamente, sino tener control político general; ambas cosas no son lo mismo. Los líderes chinos han afirmado en numerosas ocasiones que fomentar la coexistencia de actividades públicas y privadas bajo un sistema mixto es la única manera de desarrollar la productividad nacional y mejorar el nivel de desarrollo tanto como sea posible. El uso de todos los medios, incluida la atracción de inversión extranjera y la introducción de tecnología avanzada, no tiene como objetivo abandonar el socialismo, sino mejorar las condiciones de vida de la gente y profundizar continuamente el proceso de transición del socialismo al comunismo.

China sigue siendo un país en desarrollo y su producto interno bruto (PIB) per cápita sigue siendo bajo. Este proceso será largo, difícil y lleno de contradicciones y riesgos. Sin embargo, vale la pena enfatizar que este sistema todavía tiene muchas características que son claramente diferentes del capitalismo, y estas características ayudan a realizar el potencial del socialismo y el ideal del socialismo. Por eso recomiendo tomar en serio los discursos de los líderes políticos del país.

La construcción del mundo multipolar

China no tiene intención de reemplazar a EEUU como potencia hegemónica mundial. No tiene ni esa idea ni esa voluntad. Por otro lado, está claro que China está promoviendo la construcción de un mundo multipolar en lugar de seguir manteniendo un mundo unipolar dominado por EEUU. Los líderes chinos buscan la paz universal y el equilibrio en las relaciones internacionales, pero está claro que defenderán la soberanía del país y no sucumbirán a la dominación extranjera.

Con respecto a la guerra comercial entre China y EEUU, hay que desde 1978, bajo la condición de que el volumen comercial entre los dos países sea igual, China ha dedicado más tiempo de trabajo al comercio chino-estadounidense que EEUU. Ha habido un intercambio de valores desigual entre los dos países: ha beneficiado más a EEUU pese a que haya un superávit comercial bilateral de China y haya seguido aumentando durante la última década. Cuando la ventaja de EEUU comenzó a disminuir, en 2018, fue cuando la Administración Trump inició la guerra comercial.

Aquí China se dio cuenta de que los dos pilares de la dominación estadounidense del sistema capitalista mundial son el ejército y la moneda. Por ello, China ha establecido alianzas estratégicas como la Organización de Cooperación de Shanghai y ha participado activamente en alianzas económicas como los BRICS. Los dos pilares, militar y monetario, son interdependientes y frágiles. Como resultado, lanzó una serie de iniciativas audaces e innovadoras.

Por ejemplo, China está desafiando el orden existente en el mercado petrolero. China es el mayor importador de petróleo del mundo. Desde 2018, China ha decidido promover contratos de futuros de petróleo denominados en RMB en el Centro Internacional de Comercio de Energía de Shanghai y permitir la entrada de inversores extranjeros. La medida tiene como objetivo competir con el crudo Brent de Londres y el crudo West Texas Intermediate de Nueva York. Los dos han fijado anteriormente el estándar para los precios del petróleo crudo y los contratos de futuros de materias primas en Wall Street y nunca se han enfrentado a una competencia sustancial.

En este contexto, China y Rusia decidieron lanzar una nueva moneda alternativa global llamada «Petróleo-Yuan-Oro», que se espera reemplace al dólar estadounidense. Es es un proyecto monetario global basado en el petróleo y vinculado al oro. Esta es una hazaña que Washington no puede lograr. Y ahora ya son otros países quienes también liquidan las transacciones de petróleo crudo en yuanes.

De hecho, la ventaja de China no sólo radica en su mayor tasa de crecimiento del PIB, sino también en que está por delante de EEUU y es el mayor productor y comprador de oro del mundo, con Rusia en tercer lugar. Podemos ver que la cooperación China-Rusia ha formado una fuerza confiable, económicamente dinámica, militarmente disuasoria y capaz de contrarrestar a EEUU.

En 2018, Beijing tomó la iniciativa de promover el mecanismo de comercio «petróleo-yuan-oro» en el intercambio energético mundial. Posteriormente se implementó el mecanismo «metal-yuan-oro». China ofreció cambiar el yuan recibido por oro para suministros de petróleo y compras de metales. Estos eventos tendrán un impacto significativo en el sistema global.

El papel internacional de China

Al mismo tiempo, China está desempeñando un papel cada vez más activo e importante en la resolución de los conflictos internacionales existentes. Podemos ver la mediación activa de China en la guerra en Ucrania entre la OTAN y Rusia, liderada por EEUU, y en la guerra entre Israel y Palestina apoyada por EEUU y la UE.

No hace mucho, vimos a China pedir tanto a Pakistán como a Irán que mantuvieran la calma y la moderación para evitar el estallido del conflicto. Podemos pensar en China como un representante de los países del Sur que buscan un camino de desarrollo en lugar de un camino de guerra. Por eso es importante analizar cuidadosamente lo que China quiere decir y desear.

La estrategia internacional de China se basa en cuatro principios: 1) respeto a la soberanía y la integridad territorial; 2) no agresión mutua; 3) no interferencia en los asuntos internos de cada uno; 4) igualdad y beneficio mutuo. Debemos reconocer que se están respetando las declaraciones de China sobre el mantenimiento de la paz y la promoción de la resolución pacífica de los conflictos existentes. China nunca ha seguido una política de expansión colonial en la historia moderna. Hoy, China no quiere recrear la atmósfera de la «Guerra Fría» porque va en contra de su filosofía de mantener la paz entre las naciones.

China se opone a todas las alianzas militares y nunca se ha unido a ninguna, ni siquiera contra el «Estado Islámico». China no ha establecido ninguna base militar en el extranjero, sólo una base en Djibouti, que China llama una «instalación de apoyo logístico» ubicada en aguas sensibles. Esto contrasta marcadamente con las potencias occidentales, especialmente EEUU, que tiene un historial de incitación a golpes de estado e intervenciones militares en otros países. «Cooperación» es la palabra clave de la política de China, y también es el significado apropiado del principio de prioridad del desarrollo y beneficio mutuo.

El complejo militar-industrial desempeña un papel vital en la economía estadounidense, pero ahora es cada vez más preocupante. En casa, el complejo militar-industrial falta cada vez más el respeto a la llamada «democracia»; en el exterior, casi nunca respeta realmente la «democracia», lo que representa una amenaza a los valores democráticos de los que hace alarde Occidente.

El gasto militar de EEUU y sus aliados de la OTAN representa más de la mitad del gasto militar total del mundo. EEUU se encuentra actualmente en una crisis económica y en una situación difícil que gradualmente empujará al mundo entero a la guerra. Han expresado cada vez más su deseo de trasladar nuevos conflictos al Lejano Oriente, particularmente a Taiwán.

China debe resistir las provocaciones estadounidenses y evitar la guerra, pero al mismo tiempo debe defender sus propios intereses y territorio. Por tanto, la reunificación sigue siendo la principal prioridad de China. El gobierno de EEUU está intensificando la carrera armamentista que alguna vez puso de rodillas a la Unión Soviética. Sin embargo, esta peligrosa competencia ya no es suficiente para afectar a una China con una economía sana y suficiente disuasión.

Lo que es más importante es darse cuenta de que el capitalismo, que ha caído en una crisis sistémica, ya no puede encontrar soluciones a los problemas mediante la lógica de maximizar los beneficios inmediatos, y se está volviendo cada vez más peligroso. Entre quiebras corporativas, desempleo masivo, caídas del mercado de valores e inestabilidad bancaria, la probabilidad de un empeoramiento de la crisis sistémica del capital es extremadamente alta hoy.

Especialmente desde la crisis económica de 2008, EEUU casi no ha llevado a cabo reformas. Todas las condiciones están dadas y las contradicciones en el sistema de capital se volverán más prominentes. La cuestión más apremiante en la actualidad es poner fin a la práctica de «organizar» el sistema mundial mediante la guerra bajo el liderazgo de EEUU. La defensa de la paz es una prioridad absoluta y, por tanto, debemos poner la maquinaria de guerra dirigida por los oligarcas financieros bajo control público y democrático.

Este es el origen del gran plan de la Ruta de la Seda. «Un Cinturón» se refiere a la Ruta de la Seda terrestre y «Una Ruta» se refiere a la Ruta de la Seda marítima, los cuales se han implementado parcialmente. Los países asiáticos están particularmente interesados en esta cooperación porque los vecinos cercanos y lejanos de China, como los países de Medio Oriente, no tienen suficiente inversión para desarrollarse. Y China también ve las ventajas de la Iniciativa de la Franja y la Ruta para estimular el desarrollo de sus provincias occidentales. Porque en comparación con las provincias costeras orientales de China, el desarrollo de las provincias occidentales está relativamente rezagado. Los países africanos también son de interés porque son los más afectados por el «subdesarrollo». No podemos decir que esta cooperación sea perfecta porque se centra en el suministro de materias primas. Pero para los países africanos es muy importante que China proporcione infraestructura, construya hospitales y carreteras a cambio del suministro de materias primas.

La Ruta de la Seda conducía hasta Europa, lo que despertó resentimiento porque provenía de un competidor estratégico. Si las economías europeas son, en principio, capaces de desarrollarse por sí mismas y tienen suficiente inversión, ¿por qué algunas de ellas acogen con tanta agrado la inversión china? Las razones son obvias: los países europeos en crisis económica o incluso en recesión, víctimas de las políticas neoliberales de austeridad, reducción de la deuda y privatizaciones de la UE, están dispuestos a vender sus activos al mejor postor y ven la inversión china como un medio de desarrollo en sí mismo. China ha realizado muchas inversiones fuera de la UE, especialmente en los Balcanes. Por lo tanto, no sorprende que 17 países de Europa oriental y meridional, 11 de los cuales son estados miembros de la UE, se hayan sumado a la Iniciativa de la Ruta de la Seda.

La Ruta de la Seda no se limitará a Eurasia y África. Se han logrado muchos avances en la cooperación con los países de América Latina y el Caribe, especialmente con los países más pobres de la región. La asistencia al desarrollo proviene principalmente del Fondo de la Ruta de la Seda, un fondo soberano, y de préstamos a tipos preferenciales de bancos públicos.

Sin embargo, China no quiere ser el único financiador de este proyecto, sino que quiere involucrar a todos los países que puedan permitirse el lujo de participar en estos préstamos. Debido a que estos préstamos, a diferencia de los otorgados por el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional, no imponen condiciones políticas y económicas a los países que financian, estos préstamos se convertirán en la base para el rápido desarrollo de los países financiados.

Por eso se creó el Banco Asiático de Inversión en Infraestructuras, que hoy cuenta con casi un centenar de miembros. Francia, Alemania y el Reino Unido son miembros del BAII, pero EEUU no, posiblemente porque no puede controlar el banco de la misma manera que controla al FMI y al Banco Mundial, mientras que China, que es el mayor accionista del banco, ha dejado claro que no busca poder de veto alguo, como sí hace EEUU.

En resumen, la Ruta de la Seda ha logrado un enorme desarrollo en tan solo unos pocos años: hasta septiembre de 2023, China ha firmado más de 230 documentos de cooperación para la construcción conjunta de «La Franja y la Ruta» con más de 150 países y más de 30 organizaciones internacionales. organizaciones.

China debería dejar claro que la Iniciativa de la Franja y la Ruta pretende excluir todos los factores políticos. Es una iniciativa «abierta a todos los países» y no tiene otro objetivo que el desarrollo común. También habrá algunas asociaciones centradas en la cooperación económica y la construcción de áreas comerciales multilaterales, como la Asociación Económica Integral Regional, que creará la zona de libre comercio más grande del mundo, que abarcará a 3.000 millones de residentes y representará el 30% del PIB mundial. En esta asociación, la hegemonía de EEUU será desafiada porque el comercio y la inversión ya no se realizarán en dólares, sino en monedas nacionales.

Finalmente, hay que reconocer que el capitalismo mismo se ha vuelto insostenible. Es obvio que este sistema, que está esencialmente dedicado a la acumulación infinita e ilimitada, es incompatible con la tierra finita. El capitalismo destruye cualquier forma de armonía social con su lógica de crear una desigualdad cada vez mayor. China afirma lograr el desarrollo controlando la dinámica del capitalismo. Pero ahora, esa dinámica debe ser limitada.

El «socialismo de mercado» de China debe deshacerse gradualmente del capitalismo antes de que realmente pueda encontrar otro camino de desarrollo para la humanidad. Éste es el verdadero objetivo, y hoy resulta aún más claro que, según el gobierno chino, ciertas características tomadas del capitalismo pueden utilizarse «antes de cruzar el puente» en la transición socialista al comunismo.

Fuente: La Haine

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