En la historia de los procesos revolucionarios, el
dogmatismo suele ser el preludio de la derrota, mientras que la capacidad de
realizar un análisis frío y materialista de la coyuntura concreta es lo que
garantiza la continuidad histórica.
Las imágenes que hemos presenciado este 11 y 12 de
febrero de 2026 —la Presidenta (E) Delcy Rodríguez recibiendo en el Palacio de
Miraflores al Secretario de Energía de los Estados Unidos, Christopher Wright,
y concediendo una entrevista a la cadena NBC— han desatado una tormenta de
comprensible confusión en ciertos sectores de la izquierda internacional y del
propio movimiento bolivariano. Se oyen acusaciones graves: entreguismo, pacto
con el verdugo, traición a la memoria de los caídos del 3 de enero. Sin
embargo, un análisis riguroso, despojado de esquematismos ideológicos y
centrado en la correlación real de fuerzas, nos revela que no estamos ante una
capitulación, sino ante una maniobra de supervivencia política. Una maniobra
que encuentra su espejo histórico más fiel en la praxis de Vladimir Ilich Lenin.
Para entender la "asociación productiva a
largo plazo" y las recientes medidas de distensión, debemos volver al
origen de la contradicción actual: la operación "Lanza del Sur". La
realidad objetiva es que, el 3 de enero, la tecnología militar estadounidense y
su voluntad de aniquilación rompieron el equilibrio disuasorio que había
prevalecido. Las alianzas estratégicas con potencias amigas como Rusia y China,
fundamentales en la última década para la resistencia económica y política,
mostraron sus límites fácticos ante la velocidad de la agresión. El
imperialismo bombardeó distintas ciudades y lugares estratégicos de Venezuela
en una incursión relámpago, causando más de cien muertos y logrando el
secuestro del Presidente constitucional Nicolás Maduro y de la diputada Cilia
Flores. Ante este escenario de catástrofe inminente, donde la opción era la
inmolación colectiva bajo una segunda oleada de bombardeos o la preservación
del instrumento político para seguir luchando, la dirigencia bolivariana, con
una lucidez que la historia reconocerá, optó por la vida del proyecto
revolucionario.
Es aquí donde la historia nos convoca al invierno
ruso de 1918. La joven República Soviética, asediada y exhausta por la guerra
imperialista, se enfrentaba al avance implacable del ejército alemán. Lenin,
contra la opinión de los "comunistas de izquierda" que exigían una
guerra revolucionaria percibida como heroica pero objetivamente suicida, impuso
la firma del Tratado de Brest-Litovsk. Aquel acuerdo fue dolorosísimo: Rusia
cedió vastos territorios, población y recursos industriales a Alemania a cambio
de una sola cosa: un respiro, la paz inmediata. La tesis leninista fue de una
claridad meridiana: había que "ceder espacio para ganar tiempo". Era
imperativo sacrificar lo accesorio —territorio y recursos, recuperables en otra
correlación de fuerzas— para salvar lo esencial: la existencia misma del poder
soviético. La historia le dio la razón. Ese "respiro" permitió
consolidar el Estado, crear el Ejército Rojo, y décadas después, esa misma
Unión Soviética fue la fuerza que quebró la espina dorsal del nazifascismo en
la Segunda Guerra Mundial, con un costo humano incalculable, pero también la
potencia que, en años posteriores, contribuyó decisivamente a la lucha
anticolonial y a la independencia de numerosos pueblos, y sostuvo
solidariamente a la Revolución Cubana ante el bloqueo criminal de Estados
Unidos.
Lo que Delcy Rodríguez, como Presidenta Encargada,
ejecuta hoy es una transposición dialéctica, salvando las distancias
históricas, de la lección estratégica de Brest-Litovsk. Al sentarse a hablar de
"justicia comercial" ante las cámaras estadounidenses, está aplicando
la máxima leninista en el Caribe: ceder "espacio" (recursos
energéticos, cuotas de mercado) para ganar "tiempo" (la supervivencia
física del Estado y la reorganización de las fuerzas revolucionarias). Pero
esta maniobra de repliegue táctico no se limita a lo económico; se extiende al
complejo terreno de la pacificación interna. La reciente decisión de otorgar
amnistías no debe leerse bajo el prisma distorsionador de la propaganda
occidental, que habla de "presos políticos". Se trata de una medida
de Estado profundamente soberana y valiente, aplicada sobre individuos procesados
por delitos que, bajo cualquier legislación de un país occidental, serían
calificados sin ambages como terrorismo. Al amnistiarlos, el Gobierno
Bolivariano no reconoce una injusticia, sino que ejerce una potestad superior:
desarma el pretexto de la "intervención humanitaria" y desinfla la
bandera de la "persecución" que el imperialismo utiliza para
justificar sus bombas. Es una descompresión calculada del frente interno, un
gesto de soberanía que aísla a los factores de inestabilidad mientras se
negocia en el frente externo.
Esta jugada, de una audacia política indiscutible,
conlleva un efecto colateral devastador para los enemigos internos de la
Patria. Al establecer una interlocución directa con la Casa Blanca a través del
petróleo —el verdadero fetiche del capital que mueve la política exterior
estadounidense— y al "limpiar" el tablero político interno mediante
la amnistía, el Gobierno ha neutralizado de facto a la oposición golpista.
Obsérvese cómo el enviado de la administración Trump habla ahora de trabajar
con "el gobierno en Miraflores". María Corina Machado y sus acólitos,
que soñaban con entrar en Caracas sobre los tanques de los Marines, han quedado
reducidos a la más absoluta irrelevancia.
El imperio, en su pragmatismo más crudo y cruel,
ha decidido entenderse con quien ostenta el control real del territorio y los
recursos, desechando sin contemplaciones a sus peones locales. Lejos de ser una
traición, esto constituye una victoria táctica de primer orden: desarticula la
amenaza interna mientras se gestiona la agresión extranjera, partiendo a la
quinta columna y dejándola sin capacidad de desestabilización.
Quienes, desde una legítima indignación y rabia,
claman "entreguismo" desde postulados abstractos, olvidan que el
objetivo supremo en esta etapa no es la pureza de una estética revolucionaria,
sino dos metas concretas e irrenunciables: evitar que Venezuela sea reducida a
cenizas como Gaza, y lograr el regreso con vida de Nicolás Maduro y Cilia
Flores. La Presidenta Encargada lo dejó claro en todo momento, incluso ante los
medios estadounidenses que cubrieron la visita de Christopher Wright: Nicolás
Maduro sigue siendo el único líder legítimo, y su liberación es el eje de toda
interlocución. Cada barril de petróleo que hoy se negocia, cada gesto de distensión
bajo esta "tregua armada", no es un fin en sí mismo, sino una ficha
en el tablero para negociar la libertad de los secuestrados. La coyuntura
política y la necesidad de preservar el aparato productivo exigen hoy frenar la
agresión; si para ello es necesario sentarse con el monstruo en su propia
guarida, se hace. No por sumisión, sino como el único camino dialéctico para
preservar la soberanía a largo plazo y recuperar al Presidente constitucional.
La historia, con la perspectiva que da el tiempo,
absolverá esta estrategia. Porque la revolución no se suicida; resiste,
maniobra, sobrevive y, desde esa supervivencia forjada en la audacia, seguro
que vencerá.
Por: José Manuel Rivero
Abogado y Analista Político
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