I
MARIÁTEGUI Y EL AMOR
EN EL SIGLO XXI
Por: FPM editado
Una lectura desde la experiencia y la conciencia
I. Un pensador revolucionario adelantado a su
tiempo
José Carlos Mariátegui no solo revolucionó la
política peruana. Revolucionó la cultura, el periodismo, la crítica literaria,
la política y la forma de pensar América Latina.
En apenas una década —los años veinte del siglo
XX— creó revistas, organizó movimientos, escribió ensayos fundamentales y dejó
una obra que aún incomoda, el partido.
Entre sus reflexiones menos citadas, pero
profundamente modernas, está su visión sobre el amor y el matrimonio.
En 1924, en su ensayo “El matrimonio y el aviso
económico”, analizó el amor no como sentimentalismo burgués, sino como fuerza
histórica y social.
Y allí afirmó algo audaz para su época:
El amor es revolucionario.
II. El amor como energía, no como institución
Para Mariátegui, el matrimonio moderno intentaba
racionalizar el amor: convertirlo en acuerdo práctico, en “buen affaire”, en
estabilidad social.
Pero advertía que esa racionalización podía
conducir a su ruina.
¿Por qué?
Porque el amor no es cálculo.
No es contrato administrativo.
No es previsión bancaria.
Es una energía vegetativa —como él la llamó—
que brota, crece, se transforma y, a veces, se agota.
En 1924 esto era escandaloso. En el
siglo XXI es evidente.
Hoy vivimos en una época donde:
• Las relaciones son más libres.
• El matrimonio ya no es destino obligatorio.
• Las parejas se forman y se disuelven con
mayor naturalidad.
• El amor se redefine constantemente.
Mariátegui anticipó esa transición cultural.
III. El mito de las mitades
Mariátegui citó el viejo mito de que el hombre y
la mujer son mitades de un ser perfecto que se buscan.
Pero introdujo una observación lúcida:
Las mitades se unen y se repelen.
Vuelven a unirse y vuelven a repelerse.
Es una descripción casi psicológica de lo que
hoy llamamos dinámica relacional.
En el siglo XXI sabemos que:
• No existe “la media naranja” permanente.
• No hay armonía estática.
• La convivencia es proceso, no estado final.
Mariátegui no destruye el mito. Lo humaniza.
IV. Amor y libertad
Uno de los grandes aportes mariateguianos es
comprender que el amor auténtico exige libertad.
No puede imponerse por presión social.
No puede mantenerse por miedo.
No puede convertirse en cárcel moral.
En esto fue radicalmente moderno.
En América Latina de los años veinte, donde el
matrimonio era sacramento indisoluble y estructura patriarcal rígida, afirmar
que el amor es revolucionario era cuestionar el orden social entero.
Hoy, en el siglo XXI, cuando la autonomía
personal es valor central, su pensamiento resulta sorprendentemente vigente.
V. El amor como fenómeno histórico
Mariátegui no veía el amor como abstracción
romántica. Lo veía como fenómeno histórico.
El amor cambia con la economía.
Con la cultura.
Con la estructura social.
Con la conciencia individual.
Por eso el amor del siglo XXI no es el mismo
del siglo XIX.
Hoy:
• Las mujeres tienen autonomía económica.
• La identidad individual pesa más que la
tradición.
• La longevidad humana ha aumentado.
• Las personas viven varias etapas afectivas en
una sola vida.
Desde esta perspectiva, la idea de amor eterno
como única forma legítima se vuelve problemática.
Y Mariátegui lo intuyó un siglo atrás.
VI. La vigencia en nuestra experiencia
Fernando, tú has vivido distintas formas de amor:
• Amor formativo.
• Amor conyugal.
• Amor profundo y doloroso.
• Amor de renacimiento.
• Amor platónico.
• Amor que se transforma en amistad.
Esa multiplicidad no contradice el pensamiento
mariateguiano. Lo confirma.
El amor no es único ni uniforme.
Es experiencia histórica personal.
En el siglo XXI, amar varias veces no es
frivolidad; es consecuencia de una vida más larga, más consciente y más
compleja.
VII. Revolución íntima
Si Mariátegui hablaba de revolución política y
cultural, el amor es su revolución íntima.
Revoluciona porque:
• Desestabiliza rutinas.
• Cuestiona estructuras.
• Modifica identidades.
• Rompe moldes generacionales.
• Confronta prejuicios.
Amar fuera de expectativas sociales —por edad,
por contexto, por forma— sigue siendo acto revolucionario.
VIII. Conclusión
Mariátegui se adelantó a su tiempo porque entendió
que el amor no podía reducirse a moral estática ni a cálculo económico.
En el siglo XXI, donde las relaciones son
fluidas y la libertad individual es principio rector, su reflexión cobra nueva
vida.
El amor no es eterno por decreto. Es
verdadero mientras es libre.
Y quizá la enseñanza más profunda es esta:
No se trata de prometer perpetuidad, sino
de vivir cada vínculo con conciencia, respeto y autenticidad.
En eso, el pensamiento de Mariátegui no
envejeció. Sigue siendo contemporáneo y vigente.
II
LA
VIDA QUE ME DISTE1
RENACI
en tu carne cuatrocentista como la de la Primavera de Botticelli. Te elegí
entre todas, porque te sentí la más diversa y la más distante. Estabas en mi
destino. Eras el designio de Dios. Como un batel corsario, sin saberlo, buscaba
para anclar la rada más serena. Yo era el principio de muerte; tú eres el
principio de vida. Tuve el presentimiento de ti en la pintura ingenua del
cuatrocientos. Empecé a amarte antes de conocerte, en un cuadro primitivo. Tu
salud y tu gracia antiguas esperaban mi tristeza de sudamericano pálido y
cenceño. Tus rurales colores de doncella de Siena fueron mi primera fiesta. Y
tu posesión tónica, bajo el cielo latino, enredó en mi alma una serpentina de
alegría.
Por
ti, mi ensangrentado camino tiene tres auroras.2 Y ahora que estás un poco marchita, un
poco pálida, sin tus antiguos colores de Madonna toscana, siento que la vida
que te falta es la vida que me diste.
JOSÉ
CARLOS MARIÁTEGUI.
NOTAS:
1 Publicado
en Poliedro, Lima, 20 de Setiembre de 1926. Dedicado a su esposa,
Anita Chiappe, cautela de su vida breve, fuente inspiradora en su salud y su
destino, devota abnegación en su enfermedad. Ahora, llama viva y conciencia
presente de José Carlos Mariátegui, voluntad indeclinable en la publicación de
sus Obras Completas. (Nota de los editores).
2 Se refiere a
sus tres primeros hijos. A la sazón no había nacido el cuarto y último de
ellos.
III
ENTREVISTA
DE CÉSAR LEVANO A: ANNA VIUDA DE MARIÁTEGUI
15 junio, 2020
En una entrevista exclusiva, Anna
viuda de Mariátegui revela episodios inéditos y fundamentales de la vida de
quien es considerado por muchos autores extranjeros como el más grande
pensador político de América. En momentos en que la obra del ilustre socialista
crece en importancia y actualidad, la imagen del Amauta cobra colores de vida
en una charla que es un documento para la historia.
Por César Lévano
En 1920, en Florencia, en casa de
la Condesa de Antici Mattei, José Carlos Mariátegui conoció a Anna Chiappe, el
grande, el único amor de su vida. Ambos habían acudido por separado y sin
conocerse al concierto de danzas que brindaba la “medio excéntrica” aristócrata.
En algún momento, mientras vibraba un Estudio profundo de Chopin, las miradas
del joven y la muchacha se cruzaron. “Él me impresionó mucho por su manera tan
fina y distinguida” – nos dijo, hace unos días, 49 años después de aquel
encuentro memorable, la ahora viuda de Mariátegui. “Parecía un noble. Y tenía
unos ojos tan profundos”.
Por su parte, el joven peruano –
25 años esa noche – expresó su emoción en un poema en prosa publicado en 1926
en la diminuta revista “Poliedros”, que dirigía Armando Bazán. José Carlos y
Anna eran ya esposos; habían recorrido juntos toda Italia, Alemania, Francia;
tenían tres hijos; pero la llama del amor no había perdido intensidad ni
fulgor.
“Renací, escribió, en tu carne
cuatrocentista como la de la Primavera de Botticelli. Te elegí entre todas,
porque te sentí la más diversa y la más distante. Estabas en mi destino. Eras
el designio de Dios. Como un batel corsario, sin saberlo, buscaba para anclar
la rada más serena. Yo era el principio de muerte; tú eras el principio de
vida. Tuve el presentimiento de ti en la pintura ingenua del cuatrocientos.
Empecé a amarte antes de conocerte, en un cuadro primitivo. Tu salud y tu
gracia antigua esperaban mi tristeza de sudamericano pálido y cenceño. Tus
rurales colores de doncella de Siena fueron mi primera fiesta. Y tu posesión
tónica, bajo el cielo latino, enredó en mi alma una serpentina de alegría.
“Por ti, mi ensangrentado camino
tiene tres auroras. Y ahora que estás un poco marchita, un poco pálida, sin tus
antiguos colores de Madonna toscana, siento que la vida que te falta es la
vida que me diste”.
Italia o la felicidad
Artemio Ocaña, el veterano escultor
peruano que compartió muy de cerca la experiencia italiana de Mariátegui,
recuerda que, de repente, tras viajar a Florencia, éste desapareció. Cuando
volvió, ya estaba casado.
“Mariátegui se alejó de sus
amigos”, comenta doña Anna. Ellos decían después: “¡Con razón había
desaparecido!”.
En esa estación con su amada en
Florencia, tiene que haber sido supremamente feliz. Entre el mar y los viñedos
de la costa liguria, bajo las soleadas colinas toscanas cubiertas de olivos,
ante la obra de los florentinos venerados (Dante, Machiavello, Bocaccio,
Leonardo de Vinci, Miguel Ángel, Botticelli), su genio maduraba hacia aquel
equilibrio de vida interior y naturaleza, de sensibilidad y mundo social, que
iban a distinguirlo en la vida y en el libro. Florencia, urbe y democracia
antigua, lógica y belleza, vitalidad y gracia. Una experiencia que fue una
corona de laureles sobre su frente.
“No era de carácter melancólico.
Ni cuando estaba enfermo”. Así nos dice doña Anna. Hay una gran sonrisa en su
evocación. Y uno se ratifica en la convicción de que sólo un hombre feliz pueda
luchar plenamente por la felicidad de los otros.
“Mariátegui, nos dijo Ocaña,
vivió al principio en Vía Véneto 29, interno 4”. “A ese alojamiento, propiedad
de Francesco Atunante, me llevó a mí”. “Cuando se casó, él y su esposa se
fueron a vivir a Frascati, cerca de Roma, a una villa que era puros viñedos.
Era una casa del Renacimiento, con pinturas murales del Dominicchino. Se
pagaba por el alquiler 500 liras. Apenas cinco libras peruanas de la época”.
Por su parte, doña Anna recuerda:
“De Florencia viajamos a Roma. Fuimos a vivir a Villa Pía. Arturo Osores la
había alquilado como Legación del Perú. Era la casa en que había vivido la
famosa actriz Francesca Bertini. Después marchamos a Frascati. Desde el
comedor se veía el Palacio de Castelgandolfo, la residencia de verano del
Papa”. En los planos, Frascati aparece a 21 kilómetros de la Ciudad Eterna;
Castelgandolfo descuella a 25 kilómetros.
“Eran tiempos alegres. Él se iba
a veces acompañando a Ocaña a la Escuela de Bellas Artes de Roma. Era cuando
había modelos femeninos…”.
“Tenía tiempo para todo. En Roma
no se perdía un buen concierto o espectáculo de ballet. Y le gustaba el circo.
A veces, yo lo acompañaba al circo, aunque a mí no me gustaba”.
Como se sabe, el Amauta anunció
una “Teoría del circo” que no se ha encontrado entre sus papeles. Debe de
haberse perdido en alguna hoguera policial.
¿Cuándo comenzó, preguntamos, la
formación marxista de Mariátegui?
Ella cree que fue precisamente en
Italia. “Tenía una gran biblioteca. “El Capital” estaba en francés. Los
documentos sobre la revolución rusa, en italiano”.
¿Es cierto que la familia del
filósofo Benedetto Croce intercedió, como dice el italiano Antonio Melis, ante
la familia de ella en favor del galán venido del lejano Perú?
– “Es cierto. El hecho es que una
tía mía había sido novia de Croce. No se casaron porque mi familia, muy
católica, no podía consentir un matrimonio con un liberal tan conocido”.
Los viajes
En uno de sus dos cortos escritos
autobiográficos, Mariátegui dice que no pudo llegar a Rusia “porque mi mujer y
mi hijo me lo impidieron”. “No es que yo me opusiera”, subraya ahora doña Anna.
“Yo le dije: ‘mejor anda tú solo’. Yo estaba muy cansada con el bebé. Pero a él
no le gustaba salir solo. Siempre le gustaba ir conmigo”.
“Era muy entusiasta”, recuerda. “Para
mí, decía, la cosa más grande es cuando puedo coger una maleta e irme. A veces
sin saber adónde”.
Y, sin embargo, aquella vez no
quiso viajar porque su compañera no podía ir.
Pero viajaron bastante por otros
contornos. Estuvieron juntos, por ejemplo, en el célebre Congreso de Liorna
(Livorno, en italiano) en que el ala izquierda del socialismo fundó el comunismo.
“Allí vimos a Antonio Gramsci y Palmiro Togliatti. Con ambos conversaba
amistosamente Mariátegui”.
También estuvieron en 1922,
Génova, en la Conferencia Económica Europea que fue la primera reunión
internacional a la que acudió una representación soviética. En “Defensa del Marxismo”,
Mariátegui iba a escribir que ella marcaba el inicio de la coexistencia
pacífica entre estados de sistema social distinto. “Allí, dice doña Anna,
conversó con Chicherin, el jefe de la delegación rusa. Mariátegui estudió,
cuando estuvimos en Berlín, el idioma alemán con una profesora alemana. Todos
los días tenía una clase de inglés y de alemán. Pero también sabía algo de
ruso. Con Chicherin se saludaban y despedían en ruso. Sus conversaciones las
sostenían en francés”.
Mariátegui estuvo cuatro años y
medio en Europa. De ellos, año y medio lo pasó en Alemania. El viaje fue hacia
mayo o junio de 1922. “Durante ocho meses vivimos en la Postdammer Strasse”
(en lo que es hoy Berlín Oriental). “Estuvimos luego en Praga, en Budapest, en
Austria, navegando por el Danubio Azul”. En Alemania, como se sabe, Mariátegui
entrevistó a Máximo Gorki.
Viajaron en seguida a París. Allí
se entrevistaron con Romain Rolland y Henri Barbusse, que no regatearon, por
escrito, su admiración al gran peruano. “Incluso, salimos con Barbusse a tomar
el té”.
“Mariátegui —iba a escribir
Barbusse— es la nueva luz de América. Un espécimen del nuevo hombre
americano”.
¿Conoció Mariátegui a Pirandello?
¿A qué otros grandes de la literatura y las ideas frecuentaron en Italia?
“Conversó varias veces con
Pirandello”, recuerda la dama. “También fue amigo de Piero Gobetti”. Se trata
del escritor cuyos estudios respecto al “Risorgimento”, es decir, a la lucha
por la unidad de Italia, tanto atrajeron al Amauta. “Croce lo quería mucho.
Cuando iba José Carlos a su casa, lo presentaba diciendo: ‘éste es el hombre
más grande del mundo’. Le tenía un gran afecto”.
Por su lado, Ocaña recuerda que
Mariátegui fue amigo también de los líderes socialistas Filippo Turati,
Antonio Grazidei y Nicola Bombacci. Tiene él bocetos al carbón del diplomático
soviético Joffe, de Giordi Vassiliévich Chicherin, del francés Jean-Louis
Barthou y de Lloyd George, el célebre político inglés. “Fue amigo de
Pirandello”, nos dijo expresamente.
José Carlos Mariátegui, Anna Chiappe, su hijo Sandro y César Falcón
Una explicación
Para muchos biógrafos y
estudiosos de Mariátegui, la obra de este autodidacto sin educación secundaria,
de mala salud, que tuvo que ganarse la vida desde los 14 años de edad, que
murió a los 35, tiene algo de milagro. En el breve arco de su vida caben una
inmensidad de cultura, pensamiento y acción. Baste señalar estas creaciones: la
revista «Amauta», los «7 Ensayos» y otros veinte libros, la Confederación
General de Trabajadores y el Partido Socialista del Perú, cuyo nombre deseaba
cambiar, antes de morir, por el de Comunista. Hace pocos años, escuchamos
decir, en Lima, al estadunidense Carleton Beals que Mariátegui es «el más
grande pensador político de América». El juicio se extiende ahora. Robert Paris
en Francia, Manfred Kossok y Adelbert Dessau en Alemania Oriental, Antonio
Melis en Italia, el profesor Albuquerque en Texas, Estados Unidos, sufragan el
juicio.
Los días espléndidos de Italia
explican una parte de la precoz madurez mariateguiana; pero no toda. Hay
fuentes que se ocultan junto a la raíz de la infancia. Mariátegui se proclamó
limeño toda su vida. En realidad, poco antes de su nacimiento, su madre, doña
Amalia La Chira Vallejos, natural de la zona de Huacho, había viajado a
Moquegua, por lo cual el alumbramiento se realizó en esa ciudad del Sur. En
seguida, buena parte de sus primeros años transcurrieron en la suave campiña
huachana. A los seis años tuvo una caída fatal. El resultado fue una baldadura
y, lo más grave, un foco de ostiomielitis en una pierna. Sus familiares nos
contaron que a los 6 años, más o menos, comenzó su madre a realizar continuos
viajes de Huacho a Lima para hacerlo tratar. El esfuerzo era demasiado grande
para una familia pobre. Entonces, se decidió internarlo. Estuvo cuatro años en
la «Maison de Santé» u Hospital Francés.
Era éste, en esa época, un
nosocomio exclusivo, reservado casi sólo para franceses, ingleses o alemanes
pudientes avecindados en Lima. Dos eran los tipos de servicios: los
unipersonales y los destinados a seis personas. En todo caso, no había allí
enfermos menores de edad. Pues bien: el pequeño Mariátegui pasó sus años de
internado junto con esos compañeros adultos, llenos de experiencia y que
hablaban extraños, lejanos idiomas. Se sabe que al final se había convertido en
intérprete de muchos de ellos.
¡He ahí una clave sicológica para
la precoz madurez del Mariátegui temprano! He ahí por qué, entre otras cosas,
cuando era un «alcanzarrejones» de La Prensa, que iba a la oficina cablegráfica
a recoger los despachos noticiosos, podía traducir, en el trayecto, las
noticias que venían en inglés de Europa, Asia, África o Norteamérica. Además,
aquella soledad de años tiene que haberle entrenado para la gimnasia de la
reflexión y para la firmeza de las certidumbres sin que importen los prejuicios
y las supersticiones de la masa informe.
Otro factor, en el que no se ha
insistido lo suficiente, es su contacto directo con las luchas sociales de
comienzos de siglo en el Perú. “Cuando José Carlos fundó La Razón con César
Falcón y Félix del Valle, nos recordó Ocaña, había mítines obreros que
terminaban al pie del balcón del diario. Era en la esquina de Baquíjano con el
Jirón Cuzco”. Eso fue, recalquemos, antes del viaje a Europa. Tal experiencia
lo sensibilizó para la prédica socialista de Antonio Gramsci en “L’Ordine
Nuovo” (“El nuevo orden”). En los días en que él se instalaba en Italia, en las
páginas de esa célebre revista aparecían reflexiones sobre el papel de los
obreros como actores principales de una revolución posible y de los campesinos
como protagonistas de la acción prerrevolucionaria.
Mariátegui era hombre de pensamiento
y de sensibilidad artística en todos los momentos. En la charla con su viuda,
la imagen del hombre de espíritu aparece a cada paso. “En música tenía una
cultura extraordinaria. Amaba sobre todo a Beethoven y Stravinski”, nos dice.
“Con el Dr. Oten, un amigo suizo, se entregaban a verdaderas sesiones de música.
El grupo de sus camaradas llegaba, y él estaba encerrado con Oten. A veces
venía gente cargante, y él decía: ‘Ponte una sinfonía para que se vayan’…”.
Entre la gente que con mayor
agrado recibía se contaban los artistas. José María Eguren era uno de sus
adictos. Llegaba a veces a escribirle – ¡desde Barranco! – para anunciar que un
resfrío le impedía devolver por el momento tal o cual libro. “Iba mucho
también Percy Gibson. Otros que iban eran Martín Adán, José Diez Canseco, el
filósofo Mariano Ibérico Rodríguez. Alguna vez acudieron también los doctores
Honorio Delgado y Juan Francisco Valega”.
“El Rincón Rojo” era otra cosa.
Era en realidad un seminario riguroso de estudios marxistas. Constituía el
núcleo del Partido. Estaba formado, entre otros, por Hugo Pesce, Ricardo
Martínez de la Torre, Avelino Navarro, Marcelo Sánchez, Luciano Castillo y,
hasta cierto punto y por una temporada, Jorge Basadre.
Hombre de espíritu, Mariátegui
era también hombre de empresa. Fundó la Editorial “Minerva” casi sin dinero.
“Amauta” la empezó a publicar con tipos móviles. Sólo en 1929 le llegó el
linotipo. Él mismo diagramaba la revista y la cuidaba en todos sus detalles.
Los manuscritos revelan que dominaba la técnica tipográfica y sabía ordenar
exactamente. “Igual, dice doña Anna, era con los clisés. Él me enviaba a los talleres
con indicaciones precisas. Para que todo marchara bien, tenía tres teléfonos
en casa: uno en el dormitorio, otro en la sala y otro en el comedor. Como los
obreros querían mucho a José Carlos, iban hasta la casa a consultarle
problemas de trabajo u otros”.
¿Era Ud., preguntamos, la que
llevaba los artículos a Variedades y Mundial?
– “Sí. Primero él me decía: ‘Dile
a Vegas García, el administrador, que voy a escribir sobre tal o cual tema.
Que prepare las fotos’. Se ponía a escribir a las cinco o seis de la tarde, y a
las ocho o nueve estaba listo el artículo que iba a salir al día siguiente”.
¿Cuál era el pago por cada artículo?
– “Veinte soles en Mundial y
quince en Variedades. Cuando él estaba enfermo, Vegas García me decía: ‘Usted
no sabe cuánto ha bajado la revista desde que no escribe’”.
Existen facetas todavía inéditas
de este ser adamantino. Pocos saben, por ejemplo, que era buen dibujante. “A
mí me dibujaba muy bien, cuenta la viuda. A veces, hasta pintaba a la doméstica
con el bebé cargado”.
Hay otros aspectos inéditos que
nunca se podrán recuperar. A su muerte, la policía acostumbró, una y otra vez,
llevarse los cajones del escritorio del difunto. Cuando la señora Annita los
rescataba, después de grandes pugnas, siempre faltaba algo.
¿Cómo era José Carlos con los
niños?
– “Era muy cariñoso con ellos.
Basta decirle que cuando estaba en casa, a cada momento preguntaba dónde
estaban los chicos y qué hacían. Una vez, Carmen Saco le dijo: ‘Oiga, José
Carlos, ¿no le molestan los niños?’ Él contestó: ‘No me molestan. Pueden estar
sentados encima de la máquina, y a mí no me molestan’”.
Amador de la vida, luchador
social, soldado de un combate diario con la muerte en sus últimos años, José
Carlos fue desde su temprana edad ajeno y reacio a la bohemia. Federico More ha
narrado cómo, mientras Abraham Valdelomar pedía ajenjo, él se limitaba a un
helado de menta o un vaso de leche. Sólo esa austeridad, y la enorme
conciencia de su misión en la historia, explica la inmensidad de su obra.
“Una vez – cuenta la señora
Annita -, vinieron los soplones. En lugar de llevarse “El Capital” se estaban
llevando una colección de Pirandello empastada en cuero… No lo dejaban
trabajar”. Como se sabe, en los días anteriores a su muerte, él había estado
preparando un viaje definitivo a Buenos Aires. Waldo Frank, desde Nueva York,
Samuel Gluzberg, desde la capital argentina, lo animaban a quedarse allá. Los
ataques de la dictadura de Leguía y los denuestos de la izquierda demagógica –
Víctor Raúl incluido- le habían hecho acá la vida imposible. Sólo una sombra
suave, una mano tierna, lo acompañaban en las horas del dolor más íntimo.
Anna. El gran amor. Ella estuvo a su cabecera el día de su muerte. A su lado
estaban también su madre, Artemio Ocaña, dos jóvenes judíos amigos y
admiradores del Maestro. Después vinieron las muchedumbres más inmensas que se
hayan reunido para unos funerales en Lima. Entre banderas rojas y versos de
“La Internacional”, el pueblo sencillo, el pueblo amado por él, le dijo
adiós. Para el pueblo, y también para Anna Chiappe, iba a comenzar una época
triste y difícil. Ella, la mujer fuerte, tampoco iba a darse por vencida.
Hasta hoy se le ve todos los días, puntualmente, detrás del mostrador de una librería
trabajando. Es en la primera cuadra de la Avenida Larco de Miraflores, y
todavía sigue las huellas del difunto imborrable. Las ediciones de las obras
del Amauta tienen en ella una inspiradora. Siguen sonando en sus oídos, siendo
verdad hermosa y profunda, las palabras aquellas: “La vida que te falta es la
vida que me diste”.
(*) Publicado en Caretas N°
393, 14 de abril de 1969.
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