miércoles, 2 de diciembre de 2015

EL ESTADO ISLÁMICO Y LA GUERRA SOLAPADA EN MEDIO ORIENTE






Antes que apoyar a Rusia y a Putin con una fe ciega y con una actitud panfletaria, la izquierda debería concentrar sus esfuerzos en elaborar y difundir una caracterización precisa de la guerra. En la así llamada guerra contra el terror, este último no es un puro efecto de la violencia generada por las acciones repudiables de los grupos extremistas y antidemocráticos. El efecto de la violencia es multiplicado y apreciado, sobre todo, por los Estados que dicen combatir el terror.

Andrés Felipe Parra

Desde el 13 de noviembre de 2015, tras los atentados en París, el autoproclamado Estado Islámico ha ocupado de nuevo la palestra internacional y ha sido el foco de los medios internacionales de comunicación. Nunca como antes, si exceptuamos los días que siguieron al atentado del 11 de septiembre de 2001, el debate en torno al terrorismo había tenido un lugar tan central en la agenda internacional. Casi que por primera vez hay un consenso internacional en torno a quién es realmente un terrorista y quién merece ser combatido o exterminado en una guerra contra el terror. Todos, desde Estados Unidos, pasando por Francia y Rusia y llegando a Irán, quieren acabar con el Estado Islámico.

La primera explicación natural frente a este consenso de la comunidad internacional provendría de la propia barbarie del Estado Islámico. El uso de la violencia por parte de Daesh es absolutamente indiscriminado contra los civiles. Asimismo, sus piezas de propaganda, en las que amenazan a medio mundo, son ridículamente magistrales y aterradoras. Todo esto haría de Daesh un enemigo absolutamente claro y reconocible para cualquier persona que tenga un sentido mínimo de humanidad y civilización. El grado de maldad y de terror que inspira el Estado Islámico es suficiente para unir a todos.

Sin embargo, la realidad es muy diferente. No hay duda de que el Estado Islámico ha superado casi a cualquier organización yihadista, considerada terrorista, en el uso de la violencia y en el espectáculo de la crueldad. Pero lo que no es tan seguro es que exista, en efecto, una unidad o un consenso internacional en torno a la lucha contra el Estado Islámico.

Lo cierto es que todos los países, que hoy intervienen directa o indirectamente en Siria, combaten al Estado Islámico. Pero al mismo tiempo combaten a un grupo o a una facción armada que también combate al Estado Islámico.

Turquía dice combatir al Estado Islámico, pero bombardea a los kurdos, que también combaten el Estado Islámico: en junio de este año, aviones turcos bombardearon zonas cercanas a Alepo, en donde había bases del Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK). Muhammed Faris, quien porta la “orden de Lenin” como héroe de guerra de la Unión Soviética y que pertenece al llamado Ejército Libre de Siria, ha denunciado que el bombardeo ruso no solo ha combatido al Estado Islámico, sino que también ha tenido como blanco las posiciones de las tropas bajo su mando. De igual forma, el bloque de los “países occidentales” (o de la OTAN) ha enviado ayuda y armamento a facciones de sirios insurgentes que combaten al gobierno de Al Assad, quien también lucha contra el Estado Islámico.

En el terreno, antes que una lucha contra el Estado Islámico hay, por el contrario, una guerra solapada entre las potencias por el control de Siria y su acceso privilegiado al mar mediterráneo. Es paradójicamente el Estado Islámico quien ha evitado una confrontación directa entre los países que pugnan por el control de Siria.

En este escenario de guerra solapada no existe, por lo tanto, un país o grupo que combata exclusivamente al Estado Islámico guiado por un interés superior de salvar a la humanidad de la barbarie. Cada cual combate al Daesh a su propio modo. Y eso significa: encimándole un par de enemigos más a la batalla. La paradoja de la situación en Siria es cruel: combatir al Estado Islámico implica, al menos implícitamente, fortalecerlo, pues todos terminan también combatiendo a los enemigos del califato autoproclamado. Por este motivo, se equivoca la posición “pro occidental”, que reprocha a Rusia confundir al Estado Islámico con facciones “laicas” y “moderadas” del Ejército Libre de Siria. También el punto de vista “antiimperialista” de algunos sectores de la izquierda, que ven en Estados Unidos y el Estado Islámico la misma persona y en Rusia el único país que verdaderamente combate a los terroristas. Ambos puntos de vista simplifican el escenario y olvidan algunas cuestiones fundamentales.

El punto de vista “pro occidental” olvida que el Ejército Libre de Siria es, antes que todo, un nombre que reúne grupos y facciones diversas. Aunque, en apariencia, el ELS es el órgano militar de un gobierno civil conformado por políticos y sectores de la oposición, lo cierto es que el control que ejercen los civiles del Consejo Nacional Sirio sobre los militares es casi nulo. En junio del año pasado, el Consejo Nacional Sirio disolvió el Consejo Militar Supremo, esgrimiendo razones de corrupción y de desviación de fondos que aportan los países de la OTAN. Este tipo de acciones no cambió casi nada en el terreno. La razón es que estando por fuera del escenario de la guerra, los civiles no pueden hacer un control efectivo de la implementación y el destino de los recursos que alimentan al ELS. En suma, lo que olvida “occidente” es que la conexión entre algunas demandas democráticas y legítimas de la oposición siria contra el gobierno de Al Assad y quienes efectivamente componen el ELS, es de hecho casi nula.

Por su parte, el punto de vista “antiimperialista” o “pro Rusia” olvida el propio concepto del “imperialismo”. De acuerdo con su expositor (Lenin), el imperialismo no es la dominación de una sola potencia sobre el mundo. El imperialismo no es exclusivamente el dominio de Estados Unidos (o la OTAN) sobre el Planeta, sino una conjunción entre el capital, el poder militar y el poder financiero, como una condición ineludible para hacer negocios en la época “tardía” del capitalismo. La guerra y las invasiones aparecen, así, como una forma de reemplazar la competencia entre las potencias en el mercado, pues esa competencia no es meramente económica, sino que también es necesariamente militar. Por lo tanto, el imperialismo supone varias potencias en disputa, que tienen, de hecho, ese mismo proyecto de acumulación de capital acudiendo al poder militar. Creer que uno se vuelve “antiimperialista” por apoyar a Putin y a todo el que esté en contra de Estados Unidos, implica ignorar que en Rusia también existen capitalistas y empresas interesadas en controlar los recursos y posiciones estratégicas en el medio oriente.

Antes que apoyar a Rusia y a Putin con una fe ciega y con una actitud panfletaria, la izquierda debería concentrar sus esfuerzos en elaborar y difundir una caracterización precisa de la guerra. En la así llamada guerra contra el terror, este último no es un puro efecto de la violencia generada por las acciones repudiables de los grupos extremistas y antidemocráticos. El efecto de la violencia es multiplicado y apreciado, sobre todo, por los Estados que dicen combatir el terror. Solo bajo el terror, generado en primera instancia por las organizaciones terroristas, pero multiplicado por los Estados y su punto de vista exclusivamente policial para afrontar los problemas, los ciudadanos aceptan medidas casi permanentes que atentan contra las libertades públicas y que no son muy eficientes para combatir el terror, pues solo sirven para engordar los bolsillos de las empresas de armamento y seguridad.

Después de una década de “guerra antiterrorista”, podemos darnos cuenta que existe una gran diferencia entre combatir el terrorismo y combatir el terror. El combate contra el terrorismo requiere de amplificar el terror en los ciudadanos, lo que muestra una terrible coincidencia de propósitos entre los terroristas y quienes los combaten: ambos están de acuerdo en que hay que propagar el terror como instrumento para conseguir fines políticos. Pero si el terrorismo se combate amplificando el terror, el terror mismo se combate con democracia. El terror se combate con el lema de que, a pesar de la violencia, ni las políticas de seguridad ni las empresas que se lucran de ellas pueden controlar o gobernar todos los aspectos de la vida de los ciudadanos.


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