
Andreu
Coll
10
noviembre 2020
Decía
Mark Twain que “un clásico es un libro que la gente elogia pero no lee; un
libro, en suma, que todo el mundo quiere haber leído y nadie quiere leer”. En
efecto, a menudo tanto seguidores como detractores opinamos con ligereza sobre
algunas obras y autores que apenas conocemos. La idea de partida que querría
compartir es que, en literatura como en arte, en ciencia como en pensamiento
revolucionario, no es el autor o autora quienes hacen al clásico, sino la
perennidad de algunas de las ideas, imágenes e intuiciones que nos legan
determinados pasajes de su obra y su vida. Esto es, la capacidad de trascender
épocas, países y coyunturas y de resultar útil y evocador para gentes de
generaciones, culturas y géneros diversos.
La figura que nos
dejó trágicamente hace ya 80 años es, sin duda, un clásico del marxismo y una
personalidad clave de la política y la cultura de la primera mitad del siglo
XX. Una experiencia militante a caballo entre países, épocas y organizaciones
muy distintas, una rica formación política y una densa cultura cosmopolita, así
como su participación directa en, o su voluntad de entender e intervenir sobre,
los grandes acontecimientos políticos de su época explican una obra extensa, profunda,
diversa y polifacética. A mi juicio merece, por consiguiente, una aproximación
sin prejuicios y que desarrollemos una opinión propia basada en la voluntad de
entender antes de juzgar. En estas líneas propongo unos modestos apuntes para
intentar esclarecer los aciertos, pero también los límites, de dicho clásico.
Capitalismo como totalidad
dinámica y contradictoria
Quizás la primera
idea estructuradora del pensamiento de Trotsky sea la comprensión del
capitalismo como una fuerza dinámica expansiva que tendía a englobar a todo el
mundo, con unas lógicas internas complejas y contradictorias que, ya desde los
años que precedieron a la Primera Guerra Mundial, condicionaban los conflictos,
las rupturas y las posibilidades de desarrollo de los distintos países del
mundo. La dinámica del desarrollo desigual y combinado, por efecto del mercado
mundial y del encabalgamiento de procesos acelerados de desarrollo económico
con estructuras económicas y políticas arcaicas, no sólo explica las
rivalidades imperialistas entre grandes potencias que conducirían a la Gran
Guerra (1914-18), sino que constituirá, en Trotsky, la base material para
engarzar aspiraciones democráticas y objetivos anticapitalistas, fundamento de
la perspectiva de revolución permanente. Ésta, inspirada en los escritos de
Marx sobre las revoluciones de 1848 y en los análisis contemporáneos de Parvus,
la desarrollará ya en su balance de la revolución rusa de 1905 como horizonte
estratégico para futuras rupturas —a la que se adherirá implícitamente Lenin
con sus Tesis de abril de 1917— y que, años más tarde,
generalizará a los países dependientes, coloniales y semicoloniales,
oponiéndola a la propaganda de Stalin acerca “del socialismo en un solo país”.
Así pues, Trotsky
definirá la revolución socialista a la vez como acto y como proceso, que puede
empezar en un país, que tiende a extenderse a otros, pero que tan sólo puede
consumarse a nivel mundial precisamente por la naturaleza expansiva y
depredadora del capitalismo mismo. De ahí que, contradiciendo la ortodoxia
marxista de su época, fuera el primer socialista del siglo XX en llegar a la
conclusión de que una revolución obrera y campesina podía triunfar antes en
países menos desarrollados y sin apenas tradiciones democráticas a condición de
que lograra extenderse a países económicamente más avanzados y con tradiciones
parlamentarias más consolidadas, en los que sin duda sería mucho más lenta y
laboriosa la toma del poder, pero mucho más rápida la construcción de una
sociedad sin clases mediante una democracia socialista. En la perspectiva de
Trotsky —compartida por Lenin en los debates de los cuatro primeros congresos
de la Internacional Comunista— todo bloqueo de dicha dinámica reforzaría y
estabilizaría al capitalismo mundial y su extraordinario dinamismo económico —a
pesar de sus crisis y contradicciones— y favorecería a las fuerzas
restauracionistas, como ya profetizó en 1922 a propósito de la Unión Soviética
en el artículo “La curva del desarrollo capitalista”.
Autoorganización y
emancipación
La segunda idea
troncal del pensamiento y la praxis de Trotsky será la autoorganización popular
como base para la lucha de clases, como requisito para los ascensos
revolucionarios y como embrión estructurador de toda institucionalidad
revolucionaria. El surgimiento de los soviets en la revolución rusa de 1905
(que conocerá directamente como presidente del soviet de San Petersburgo)
simbolizará en el pensamiento de Trotsky la irrupción desbordante de la
participación popular y la concreción orgánica del antagonismo obrero y
campesino frente a la autocracia zarista. “Expresión finalmente alcanzada de la
democracia socialista”, en Trotsky los soviets permitían tres objetivos:
estructurar y centralizar el movimiento revolucionario espontáneo de las masas,
reunificar espontánea y concretamente a las distintas tendencias de la
socialdemocracia rusa (volveremos sobre ello) y constituir la base orgánica de
un Estado obrero apoyado por el campesinado pobre capaz de derrocar al zarismo
y de marginar a unas fuerzas liberal-burguesas, débiles, timoratas y
estructuralmente cómplices de la opresión zarista.
Sin duda, esta dinámica se reproducirá en el “Corto siglo
XX”, en el que se dará lo que G. Lukács llamará “la actualidad de la
revolución”, esto es, un periodo histórico en el que la revolución social fue
una tarea concreta y factible a corto plazo. El surgimiento de consejos obreros
y de soldados en Alemania (1918-19), de los Shop Stewards británicos, de los
comités de milicias y las juntas de defensa en España (1936-37), los consejos
de fábrica en Italia (1917-19 y de nuevo en 1969), los Cordones Industriales y
los Comandos Comunales en Chile (1970-1973), los Comités de Acción en Francia
(1934-36 y 1968) o los comités de moradores y de soldados de la Revolución
portuguesa (1974-75) confirma que cada vez que se han abierto dinámicas
revolucionarias han surgido estructuras espontáneas de autoorganización popular
capaces de resolver necesidades materiales básicas ante la parálisis de las
instituciones y de canalizar la lucha de las masas, por un lado, y para ejercer
una legitimidad alternativa opuesta a, y en conflicto con, la del Estado
burgués, por otro.
Clase, partido y dirección
Por consiguiente,
tras la experiencia de 1905 tanto la defensa de la centralidad de los soviets
por Trotsky como la de la huelga general revolucionaria por Rosa Luxemburgo
plantearán correctamente la cuestión del poder. No obstante, como recordará a
ambos Lenin, su conquista será imposible sin lograr una hegemonía democrática
mayoritaria por parte de una organización que encarne un programa
revolucionario coherente. Es decir que la crisis política y social más aguda no
puede transformarse espontáneamente en una revolución triunfante sin un partido
capaz de imprimir una orientación y de definir objetivos realistas y radicales
en cada coyuntura, como pondrá de manifiesto la victoria de octubre de 1917 y,
podríamos añadir, de todas las revoluciones sociales victoriosas del siglo XX.
Esta comprensión
tardía de la concepción del partido de Lenin (que le conducirá a engrosar las
filas bolcheviques en 1917 y a abandonar definitivamente sus ilusiones de
reunificar a la socialdemocracia rusa), que irá enriqueciendo durante los años
30 gracias a un profundo conocimiento del movimiento obrero internacional, será
sin duda uno de los talones de Aquiles de Trotsky cuando Lenin, ya enfermo, le
emplace a dirigir una lucha contra la deriva burocrática y autoritaria que
impulsaba la fracción de Stalin en la Unión Soviética.
Unidad estratégica y unidad
táctica
El tercer gran eje
del pensamiento de Trotsky es, a mi juicio, la cuestión de la unidad y el
problema de la hegemonía anticapitalista en los países capitalistas
desarrollados, esto es, el desarrollo de una estrategia revolucionaria
específica para Occidente. Estos desarrollos tendrán dos momentos importantes:
en el marco del tercer y cuarto congresos de la Internacional Comunista a
propósito de la política de Frente Único y en los años treinta, desde la
Oposición de Izquierda primero y en la Cuarta Internacional a partir de su
fundación en 1938, para encontrar una salida anticapitalista a la lucha contra
el fascismo (en base al análisis de países clave como Alemania, Francia, Estado
español, Estados Unidos, etc…).
Sin duda, la
obsesión por extender la revolución a Occidente y romper el aislamiento de la
URSS recorrerá el movimiento revolucionario de los años 20 y 30. Tras la
euforia inicial que siguió a los movimientos revolucionarios de posguerra, el
reflujo y la estabilización relativa desmentirán un hundimiento rápido del
reformismo y un avance de las fuerzas comunistas y obligarán a plantear la
política de frente único como estrategia unitaria para empoderar a la clase
obrera en un contexto defensivo y como táctica para reforzar a los
revolucionarios en detrimento de los reformistas, no exclusivamente en base a
la propaganda, sino a experiencias concretas en las que las amplias masas tomen
conciencia de que las organizaciones reformistas defienden el status quo y tan
sólo los partidos anticapitalistas luchan consecuentemente por los intereses de
las amplias mayorías sociales.
Trotsky advertirá
que las políticas de frente único no resuelven la necesidad de una acumulación
mínima de fuerzas por parte de las organizaciones revolucionarias y fustigará
las interpretaciones simplistas que las reducirán a propaganda abstracta y a
mera denuncia por parte de grupos marginales. Hablará de partidos de 1/4 o de
1/3 (de los sectores más activos la clase) como requisito para forzar a la
acción unitaria a los aparatos reformistas, sean políticos o sindicales. En
Trotsky, como en Lenin, es la experiencia real lo que permite un avance de la
conciencia política y sólo en base a ella resultan comprensibles las críticas
al reformismo cuando éste maniobra contra los intereses del conjunto del movimiento
popular. Un trabajo paciente de implantación y una orientación a la vez
unitaria y crítica en los movimientos sociales y sindicales será pues, en
Trotsky, una premisa ineludible para que los anticapitalistas rompan su
aislamiento y se postulen como dirección política de una transformación radical
de la sociedad.
La especificidad del
fascismo: análisis y tareas
La lucha contra el
fascismo en los años 30 conducirá a profundizar y enriquecer este enfoque en
base a una serie de ideas clave:
-La caracterización
del ascenso del fascismo como una guerra civil de baja intensidad encabezada
por sectores reaccionarios de la pequeña burguesía pauperizada por una
gravísima crisis del capitalismo y que busca, en beneficio del gran capital
industrial y financiero, la destrucción (y la atomización) total del movimiento
obrero en general y del movimiento revolucionario y de la URSS en particular,
así como un nuevo reparto violento del mundo.
-La distinción
entre dictaduras militares clásicas y diversas formas de bonapartismo regresivo
y la especificidad del fascismo como solución a una aguda crisis de dominación
burguesa, que permitirá a Trotsky respetar la realidad y matizar los análisis,
no abusar de las analogías y ser preciso al recurrir a ellas…
-El hecho de que una
dictadura fascista acabaría súbitamente con los intereses y los privilegios
institucionales que nutren financieramente los canales de ascenso social de la
socialdemocracia reformista constituye la base material a partir de la cual los
anticapitalistas deben imponer una política unitaria de lucha contra el
fascismo al conjunto de las organizaciones que se reclaman del movimiento
obrero y pugnar por crear organismos unitarios y transversales de lucha capaces
de lograr gran autoridad entre el conjunto de los sectores populares (superior
a la suma de la de las organizaciones que las integran) y eventualmente de
actuar como pasarelas militantes útiles para vehicular las diferenciaciones
internas en los grandes aparatos burocráticos y permitir trasvases militantes
hacia las organizaciones revolucionarias cuando se den determinadas condiciones
subjetivas.
-Denunciar la
lógica del “mal menor” frente al fascismo consistente en la defensa de la
estabilidad, la gobernabilidad y la “democracia” en abstracto, que conduce a la
renuncia a la perspectiva anticapitalista en nombre de la unidad con (y la
consiguiente subordinación ante…) fuerzas burguesas como la vía más rápida
hacia la catástrofe, permitiendo a la extrema derecha (ayer como hoy)
capitalizar demagógicamente el malestar social generado por las crisis
capitalistas. En este sentido, criticará las políticas de colaboración de clase
que practicarán los gobiernos de Frente Popular y apostará por desbordarlos con
la fórmula innovadora de “un gobierno obrero y campesino que rompa con la
burguesía” y, mediante la creación de organismos unitarios por abajo, sentar
las bases para la toma revolucionaria del poder.
La noción de “gobierno
obrero y campesino” como innovación estratégica
Sus escritos sobre
Francia entre 1934 y 1936 resultan muy sugerentes a este respecto y ayudan a
reflexionar sobre experiencias mucho más recientes: derrotas como la de la
Unidad Popular chilena en 1973 o triunfos inexplicablemente desperdiciados como
el gobierno de Syriza, la victoria del OXI y la capitulación de Tsipras ante la
Troika en Grecia en 2015. Ya conocemos el precio que pagó Europa y el mundo por
la acumulación de revoluciones fracasadas, rehuidas y abortadas del periodo de
entreguerras: en el verano de 1940 las enseñas nazi-fascistas ondeaban en todos
los países de Europa central y occidental con la única excepción del Reino
Unido (hasta el día de hoy la monarquía parlamentaria más antigua y
conservadora del mundo).
En este sentido,
la consigna de “gobierno obrero y campesino” en cierto modo es la conclusión
lógica de la política de frente único y en buena medida desmiente la idea de
que Trotsky trasladaría mecánicamente el “modelo ruso” a Occidente, planteando
supuestamente la toma del poder como un acto de fuerza extraparlamentario
partiendo de una exterioridad total a las instituciones. Precisamente debido al
hecho de que es difícilmente concebible en Occidente una dualidad de poderes
tan nítida como la del caso ruso y, sobre todo, por lo irrepetible de la
desintegración del Estado y del ejército rusos por impacto de la Gran Guerra,
es necesario apostar por un gobierno obrero y campesino que, sin ser todavía
“la dictadura del proletariado”, sí inicie una serie de medidas contra los
intereses de la burguesía, abriendo un periodo de confrontación con ésta.
Trotsky afirma que ello sólo es posible en contextos revolucionarios, en los
que el empuje popular transversal por abajo hace posible dicha salida
gubernamental y hablará de la posibilidad de un “inicio parlamentario de la
revolución proletaria”.
Pero la consigna
de “gobierno obrero y campesino que rompa con la burguesía” se plantea en un
momento de impasse, en el que la crisis de las instituciones no ha
conducido todavía a una situación de doble poder ni a la disgregación de la
maquinaria estatal realmente existente y en el que el empuje de las masas no ha
logrado todavía generar estructuras de autoorganización capaces de encarnar un
doble poder, de condicionar, dirigir, confrontar con la acción del ejecutivo y,
lo más importante, de constituir un embrión de dirección política alternativa
ante él para las batallas decisivas contra la reacción. Ciertamente, la gran
dificultad estratégica en estos casos será, por un lado, lograr que las fuerzas
revolucionarias tengan una participación y una inserción decisiva en los
organismos de base unitarios de frente único y un contacto real con la
superficie militante de las grandes organizaciones de masas y, por otro, la
delimitación política suficiente como para mantenerse fuera de los gobiernos
con el fin de preservar una total independencia para apoyar las medidas
positivas, combatir en la calle los ataques de la reacción y defender cuando
sea necesario al gobierno y criticar las claudicaciones hasta el punto de
erigirse en dirección política alternativa cuando el gobierno deje de ser un
estímulo para las acciones de las masas y pase a convertirse en un dique de
contención para preservar la legalidad burguesa. Si bien los escritos de
Trotsky se centraron fundamentalmente en los casos de Francia y España de
mediados de los años treinta, toda la problemática estratégica que describía
volvió a manifestarse con toda su complejidad en experiencias revolucionarias
mucho más cercanas como la ya mencionada Unidad Popular chilena o la Revolución
portuguesa, procesos de los que podemos extraer muchos aprendizajes para la
actualidad, dada su mayor proximidad en el tiempo y por el parecido de sus
formaciones sociales.
En fin, podemos
afirmar, sin excesivo riesgo a equivocarnos, que los escritos de Trotsky de
este periodo, sobre Francia, Estados Unidos, Italia, con algunos matices sobre
España (es el caso en que quizás la crítica de aplicar analogías mecánicas con
la Revolución rusa en algunos de sus escritos resulte más justificada) y, sobre
todo, a propósito de la lucha contra el fascismo en Alemania son los más ricos
en relación con el análisis de la naturaleza del Estado capitalista, de
coyunturas y crisis políticas y, último pero no menos importante, abordando la
construcción de organizaciones revolucionarias en un escenario dinámico y
cambiante, con giros imprevistos y quiebros intempestivos.
Ni hay socialismo sin
democracia, ni democracia sin socialismo
Un cuarto eje del
pensamiento del revolucionario ucraniano es el análisis de, y la lucha contra,
el fenómeno estaliniano. En efecto, Trotsky tuvo el ingrato papel, tras la
muerte de Rosa Luxemburgo, Lenin y Gramsci, de ser el último marxista clásico
de su tiempo dotado de la honestidad intelectual y del coraje político y
personal suficiente como para no inclinarse ante el hecho consumado y osar
aplicar a la URSS el método de análisis marxista. Aquí nos encontramos de nuevo
con un pensamiento preciso y dialéctico, dinámico y concreto, capaz de mesurar
las proporciones, de identificar los cambios cualitativos, de resaltar las
conexiones entre la dimensión nacional e internacional de los procesos.
Independientemente de los límites y los problemas de algunas de sus
caracterizaciones, en el contexto de los años 30 su aportación no tiene
parangón. Hoy es sin duda insuficiente, pero sigue siendo ineludible para
volver sobre los fenómenos que abordó: a saber, la burocratización, la larga
crisis y el hundimiento final del Estado resultante de la primera revolución
obrera de la historia; enigma desconcertante y drama lacerante del gran
acontecimiento fundador del siglo XX ante el cual tuvieron que definirse la
totalidad de sus corrientes políticas.
¿Cuáles son los
ejes de análisis de Trotsky, y más ampliamente de la Oposición de Izquierdas,
sobre el fenómeno estaliniano?
Por un lado
estudiará el desarrollo de la burocracia, que atribuirá, grosso modo,
a una combinación de dos grandes factores.
- El peso de la división
clasista y técnica del trabajo, compartida, hasta cierto punto, por todas
las sociedades modernas y en desarrollo que, inevitablemente, convivirá
con las aspiraciones igualitarias y participativas durante un largo
periodo de transición al socialismo.
- La escasez y la penuria en la
URSS de los años 20, agudizada por los estragos acumulados de la guerra
mundial y la guerra civil. Para ejemplificar sus efectos Trotsky utilizaba
una imagen muy gráfica: cuando hay escasez se forman colas, para guardar
las colas hay que tener vigilantes y, dado que éstos tienen un papel
importante, nunca serán los últimos en comer. El ejemplo ilustra bien cómo
la escasez crea el marco psicológico propicio para los privilegios de
dirigentes y administradores —ya en 1926 el salario de un permanente de
bajo rango del partido superaba 5 o 6 veces el de un obrero—.
Es cierto que
Trotsky concederá mucha importancia a los factores materiales de la
burocratización —estamos hablando de una verdadera contrarrevolución política y
social en la que la burocracia pasa de 750.000 miembros en 1928 a 7.500.000 en
1939 (Lewin)—, pero describirá también las lógicas políticas que conducirán al
régimen estaliniano. Las dinámicas militarizadas de los tiempos de la guerra
civil, que fue uno de los altos precios que se tuvieron que pagar por lograr la
victoria contra los blancos —de la que Trotsky mismo, organizador de la
insurrección de octubre y del ejército rojo, será uno de los grandes
artífices—, la progresiva lógica del nombramiento de cargos desde arriba en
lugar de su elección desde abajo —a menudo por la urgencia en desempeñar
tareas, pero también por interés de crear camarillas y grupos de presión—, las
diferenciaciones internas en el aparato del partido y del Estado —que analizará
precozmente su amigo Christian Rakovsky—, así como un nivel cultural bajo, la
muerte de lo mejor de la militancia bolchevique en la guerra civil y, en
definitiva, las reminiscencias zaristas en la sociedad rusa favorecerán una
diferenciación interna creciente en el seno mismo de la clase obrera que irá
preparando el terreno para lo que Trotsky llamará el “bonapartismo burocrático”
del estalinismo.
Podríamos afirmar
que la tercera dimensión del estudio del estalinismo es la internacional. Se ha
insistido poco en la enorme responsabilidad del reformismo en frenar, cuando no
en aplastar, los intentos de extensión de la revolución social a los países
desarrollados, en particular a Europa Central y muy especialmente a Alemania, y
su consiguiente repercusión en el ahogamiento material y político de la URSS.
Sin duda la derrota del Octubre alemán de 1923 marcó un punto de inflexión,
desmoralizó enormemente y hundió las expectativas de la clase trabajadora rusa,
algo que en buena medida marcará el debilitamiento de la base social a la que
se dirigía la Oposición de Izquierdas en la URSS. A finales de los años 20 y
principios de los 30, la comprensión del papel híbrido e inestable que jugará
la Unión Soviética en la política internacional y la conexión entre las políticas
internas y la política exterior de la burocracia soviética y su control sobre
el movimiento comunista oficial jugarán un papel destacado en el análisis de
Trotsky.
A menudo las
políticas conservadoras ante el campesinado acomodado y los nuevos ricos de la
NEP en el plano interno se acompañarán de un obstruccionismo, cuando no de un
bloqueo, de potencialidades revolucionarias en el exterior (huelga general
británica de 1926 o aplastamiento del movimiento comunista en China por su
subordinación al Kuomintang en 1927), así como el voluntarismo faraónico de la
colectivización forzosa y la industrialización acelerada se acompañarán de un
giro ultraizquierdista y sectario (cuyo máximo exponente fue la conocida
política del “socialfascismo” en relación con la socialdemocracia, en
particular en Alemania, con resultados de sobra conocidos)… y, ante la amenaza
hitlerista, un nuevo viraje diplomático de 180 grados en pos de una alianza con
Francia e Inglaterra en el marco de los gobiernos de Frente Popular (con el coste
de sacrificar revoluciones en curso —España, 1936-37— o en gestación —Francia,
julio-septiembre del 36—) y el frenesí de los procesos farsa y el terror
concentracionario en la URSS… Dinámicas que sin duda continuarán tras la muerte
de Trotsky y se acentuarán durante el reparto del mundo de Yalta con una
auténtica apoteosis de la razón de Estado estaliniana —saboteando abiertamente
procesos revolucionarios en China, Grecia y Yugoeslavia (la ruptura ulterior
con el titismo y el maoísmo hunde sus raíces en estos acontecimientos)… e
imponiendo dinámicas de unidad nacional con la burguesía en Francia e Italia—.
La explicación de
Trotsky es que el rol conservador de la burocracia soviética en política
internacional expresaba un equilibrio inestable en el que, por un lado, buscaba
conservar su monopolio del poder político en la URSS —base, por lo demás, de
sus privilegios materiales— a costa de la clase obrera soviética evitando que
otras revoluciones la desbancaran, sin perder, no obstante, su influencia sobre
el movimiento obrero internacional. Por otro, la burocracia estaliniana, que
debía en parte su poder a la expropiación de la burguesía, pero sobre todo al
bloqueo de la transición al socialismo iniciada en 1917, tampoco podía
perpetuar sus privilegios de origen político y convertirse en una clase social
nueva sin restaurar el capitalismo, ni podía desentenderse completamente de la
suerte del movimiento obrero internacional, fuente de un enorme poder
diplomático y prestigio político. Por consiguiente, dirá Trotsky, el destino de
la URSS y de la burocracia en el poder depende del desenlace de la lucha de
clases a nivel internacional: todo avance de la revolución mundial la
desestabilizará y permitirá un ascenso obrero en la URSS (“revolución política”
será la fórmula que utilizará); todo retroceso reforzará al imperialismo,
despolitizará al proletariado soviético, contribuirá a la cristalización y a la
autonomización de la casta burocrática, pero ésta no se transformará plenamente
en una nueva clase propietaria sin una restauración del capitalismo y el
consiguiente retorno a la propiedad privada de los medios de producción, una
hipótesis que Trotsky no dejó de contemplar desde el principio y que
efectivamente se materializará a partir de 1990.
La apuesta de Trotsky
(que en algunos aspectos suponía una autocrítica implícita y hasta explícita de
su política en el poder entre 1919 y 1921) será una industrialización
progresiva, la restauración de la democracia soviética, el pluripartidismo, la
plena libertad de expresión, organización y crítica; la autonomía de los
sindicatos en relación con el Estado y una política de apoyo a la revolución a
nivel internacional en el marco de la lucha por derrocar a la dictadura
policial-concentracionaria estaliniana. Que sus seguidores (Broué contabiliza
hasta 30.000 militantes en la URSS) fueran derrotados y en su mayor parte
físicamente exterminados no significa que no tuvieran razón. Su combate, y el
holocausto que sabían que les depararía en los campos, fue en nombre del futuro
de la revolución mundial y por impedir la amalgama entre el ideal comunista de
una vida nueva en un mundo justo y habitable y la catástrofe política y moral
del estalinismo. Su sacrificio no fue en balde. Porque fueron, somos.
El último combate de Trotsky
La conclusión
lógica de los análisis de Trotsky será la necesidad de transformarlos en
proyecto político, de convertir el programa de la democracia socialista en
militancia y organización. Tras largos años de lucha de ideas por cambiar la
orientación de la Internacional Comunista, con la catástrofe alemana de abril
de 1933 la Oposición de Izquierdas Internacional concluyó que aquélla no
sobreviviría y que había que construir una nueva internacional ante el peligro
de hundimiento total del movimiento obrero en general y del comunista en
particular. Las ideas no vivían en los libros sino en la intervención colectiva
sobre la realidad. Sabían que si no se extendía la revolución a los principales
países capitalistas y se restauraba la democracia soviética en la URSS, tarde o
temprano, el entonces todopoderoso “socialismo en un solo país” conduciría a la
restauración capitalista.
A diferencia de
las anteriores, desarrolladas gracias a victorias de la izquierda, la Cuarta
Internacional se fundó en un contexto catastrófico: la consolidación del
estalinismo y la llegada de Hitler al poder. La comprensión de ambos fenómenos
y la defensa de un programa de acción realista que los podría haber derrotado
es su razón de ser. Estos acontecimientos han traumatizado a franjas enteras de
trabajadores de todo el mundo y pesan aún como una losa hasta el día de hoy. La
idea de que el fascismo fue “irresistible”; que la revolución es un salto al
vacío que conduce a la dictadura; que no hay democracia fuera del capitalismo;
que hace falta moderación y consenso en las demandas sociales para no
“provocar” a la derecha… son prejuicios extendidos entre las mayorías populares
que votan a la izquierda main stream, inclusive entre sectores
combativos. No obstante, si bien es cierto que subestimó la profundidad de las
derrotas y el ingrediente consensual ligado al empuje desarrollista y
nacionalista del apogeo estaliniano, Trotsky partía de la hipótesis de que una
nueva guerra mundial podría conducir al hundimiento del estalinismo (quizás en
una analogía algo forzada con el caso de la guerra franco-prusiana de 1870, la
caída del bonapartismo y la Comuna de París) y a un relanzamiento de la
revolución en diversas zonas del mundo.
En ese contexto,
cuando la fuerza propulsora de la Revolución de Octubre todavía seguía operando
en lo más profundo de las clases populares, una pequeña organización que
mantuviera una posición coherente podría transformarse en un instrumento
revolucionario útil al modo en que las conferencias de Zimmerwald y Kienthal habían
constituido el embrión de la futura Internacional Comunista ante la
capitulación de la socialdemocracia en 1914. Sin lugar a dudas, la orden de
Stalin de liquidar al extraordinario historiador y único gran protagonista vivo
de Octubre explica que las esperanzas que guiaban al segundo coincidían en gran
medida con los temores obsesivos del primero. Como sabemos, ciertamente el
desenlace de la guerra mundial reforzará al estalinismo y le permitirá crear y
tutelar las “democracias populares” desde arriba en Europa Oriental… pero no es
menos cierto que se enfrentará en mayor o menor medida con todas las
revoluciones genuinas posteriores, inaugurando la larga “crisis del movimiento
comunista”. El marxismo revolucionario clásico de la Cuarta Internacional posterior
a la muerte de Trotsky, perseguido, calumniado y fragmentado, quedará condenado
a una tortuosa travesía del desierto en los márgenes del movimiento obrero
hasta que la brecha del 68 internacional y el retorno de las esperanzas
revolucionarias en Vietnam, Praga, México o París le permitió emerger de nuevo
de las catacumbas (Anderson).
Construir a contracorriente
ante el apocalipsis
Decíamos más
arriba que el joven Trotsky centrará su atención en las dinámicas espontáneas
de autoorganización, posteriormente pensará las políticas unitarias y en los
últimos años de su vida enriquecerá su concepción del papel y las modalidades
de construcción de la organización revolucionaria. En el periodo comprendido
entre la ruptura definitiva con la Internacional Comunista estalinizada y su
asesinato en 1940 planteará hasta tres hipótesis de construcción partidaria
estrechamente ligadas con las dinámicas generales y las diferenciaciones reales
del movimiento obrero de cada país. En una primera etapa buscará la interlocución
con todas las corrientes resultantes de diferenciaciones y rupturas producidas
por la estalinización de los partidos comunistas y la radicalización de
formaciones de origen socialdemócrata de izquierdas o “centristas” —es decir,
organizaciones en evolución pero sin una perspectiva estratégica clara y que,
por consiguiente, oscilan entre postulados revolucionarios y reformistas—.
Aquí se inscriben
los debates con el llamado Buró de Londres y con las corrientes que confluirán
en el POUM, principal partido comunista independiente de la época. La segunda
hipótesis está relacionada con la reacción de radicalización anticapitalista
experimentada por capas significativas de la socialdemocracia tradicional —en
particular entre sus juventudes— tras el shockprovocado por la
victoria de Hitler en Alemania. Aquí Trotsky propone la incorporación a la
socialdemocracia manteniendo una identidad pública para acompañar la evolución
revolucionaria de dichas corrientes. Es lo que se conoce como el “giro
francés”. Desgraciadamente, a pesar de avances importantes en determinados
países, ese potencial fue, en buena medida, recuperado y desviado por el
estalinismo en el marco de los frentes populares —un ejemplo espectacular de
ello será la evolución de las Juventudes Socialistas durante la Segunda
República española (Broué)—. La tercera hipótesis fue la construcción, en
países sin tradición de representación política independiente de la clase
obrera, de partidos amplios y pluralistas apoyados en la fuerza de los
sindicatos. Algunos de sus últimos escritos sobre Estados Unidos van en esta
línea. Ciertamente, lo mínimo que se puede decir es que sus propuestas se
basaban en dinámicas reales en curso y no en hipótesis inciertas y que su
apuesta por la construcción de organizaciones revolucionarias siempre estuvo
relacionada con las grandes tareas de desarrollo del movimiento obrero en su
conjunto. Nada más lejos de las interpretaciones autoproclamatorias y
autoreferenciales que tanto han dañado y lacerado a nuestro movimiento.
Es cierto que la
brillantez de muchas propuestas de Trotsky no siempre se acompañó de los
mejores métodos de dirección de la Cuarta Internacional y, en ocasiones, su
estilo categórico y hasta excomulgador no ayudó a construir en el mejor de los
climas de confianza y fraternidad. Sin embargo, también es cierto que su
extraordinaria lucidez a propósito del curso de los acontecimientos, la
tragedia personal en la que estaba inmerso en el “planeta sin visado”,
asistiendo a la liquidación de familiares, camaradas y amigos, la acumulación
de derrotas y la segunda guerra mundial como telón de fondo, por un lado, y la
terrible desproporción entre tareas y medios humanos y materiales disponibles,
por otro, hacían inevitable la exasperación y la violencia de determinados debates.
Del pan a las rosas: las
reivindicaciones transitorias
Decíamos en el
apartado anterior que Trotsky, si bien afirmaba la especificidad de la
construcción partidaria como tarea, siempre relacionó sus modalidades con las
objetivos generales del movimiento obrero en cada fase. En este contexto el
desarrollo del enfoque transicional en el manifiesto fundador de la Cuarta
Internacional jugará un papel clave hasta nuestros días. Consiste en pensar las
consignas a desarrollar, no como un fetiche mágico con un potencial intrínseco,
sino como instrumentos de propaganda y agitación capaces de conectar con el
nivel real de combatividad y conciencia de las mayorías populares, de
relacionar las reivindicaciones más inmediatas y sentidas por la clase
trabajadora con reivindicaciones incompatibles con el normal funcionamiento del
capitalismo y que cuestionen en la práctica sus fundamentos. En otras palabras,
las reivindicaciones transitorias parten de la defensa de las necesidades
básicas de las masas e intentan llevarlas, gracias a sus experiencias
cotidianas de lucha, a la conclusión de la necesidad de la revolución
socialista.
Sin duda, en el
periodo actual, reivindicaciones como la gratuidad del agua y los suministros
básicos, la prohibición de los desahucios y de los despidos en empresas con
beneficios, la nacionalización de los sectores estratégicos de la energía, el
transporte y la banca, la reconversión ecológica de la industria, la expansión
de la sanidad y la educación públicas y la expropiación inmediata de la mafia
farmacéutica que se está lucrando con la COVID 19 podrían jugar dicho rol
transitorio y contribuir a generalizar la conciencia anticapitalista en todo el
mundo.
Cambiar la vida, transformar
la sociedad
No podemos
concluir estas notas sin unos apuntes sobre la reflexión de Trotsky acerca de
la relación entre cambio político, transformación social, vida cotidiana y
lugar de la cultura y el arte. Ciertamente Davidovich Bronstein seguía
claramente la divisa de Rimbaud que abre este último apartado así como la que
se haría célebre en el movimiento feminista, “lo personal es político”. En
efecto, Trotsky, sin duda el mejor escritor de la tradición marxista (no en
vano su primer seudónimo era “La Pluma”), además de teórico marxista,
historiador de la Revolución rusa y biógrafo de Lenin y Stalin (algo que, por
lo visto, precipitó su asesinato), fue un gran pensador de la cultura y la vida
cotidiana y un extraordinario crítico literario (creo que la recopilación de
escritos de Literatura y revolución es verdaderamente fascinante).
Es más, su
atención a las opresiones específicas demuestra que su concepción de la
revolución permanente también incorporaba una dimensión de revolución
político-cultural. Apoyará con Lenin el trabajo feminista en el Partido
Bolchevique y en los primeros tiempos de la URSS, comprenderá la dimensión
estratégica de la emancipación de la mujer en la construcción de una sociedad
sin clases, centrando su atención en aspectos fundamentales hasta la
actualidad, como son la socialización del trabajo reproductivo y la lucha
contra la violencia y el autoritarismo en el seno de la institución familiar.
Comprenderá y estudiará la opresión de los pueblos racializados (como el
afroamericano, de lúgubre actualidad en EE.UU.), las discriminaciones religiosas
(la cuestión judía, rechazando siempre las tentaciones separatistas y
sionistas) y las opresiones nacionales (tiene escritos magníficos sobre
Catalunya). Es decir que huía del simplismo obrerista y entendía que no todas
las injusticias, de ayer y de hoy, se reducen a la explotación capitalista,
sino que abordaba las profundas raíces del racismo, el machismo, la opresión
nacional o la persecución religiosa. Creo modestamente que su enfoque pone de
relieve la densidad de su concepción del socialismo como civilización nueva,
como inicio de una verdadera historia humana.
Como crítico
cultural participará en dos grandes polémicas. En primer lugar a propósito del
debate acerca de la cultura proletaria en la Rusia soviética de los años 20.
Recordará el contrasentido de desarrollar una cultura obrera a espaldas de la
cultura clásica cuando la tarea del momento era sentar las bases de una cultura
socialista que superara las limitaciones sociales y antropológicas de la
explotación clasista. En este sentido, Trotsky (como ya hizo a propósito del
debate militar) alertará contra la tentación populista de construir una cultura
nueva en base al mero voluntarismo, ignorando los hitos culturales, científicos
y técnicos anteriores. Afirmará sin ambages la imposibilidad de edificar una
cultura socialista verdaderamente superior sin asimilar previamente la cultura
clásica. Ligado a ello está la otra gran polémica, la defensa absoluta de la
libertad como conditio sine qua non para el desarrollo del arte y la
cultura. Trotsky, gran conocedor de la literatura realista y la pintura
francesas del XIX (son conocidas sus visitas al Prado durante su paso por
Madrid o su lectura altanera de novelas de Zola como muestra de desprecio ante
los ataques sufridos durante las sesiones del buró político tras la muerte de
Lenin), atacó frontalmente el mal llamado “realismo socialista”, una especie de
vulgata funcionarial que limitaba el arte a la mera función de propaganda
exaltadora de la obra del “padre de los pueblos” en el país con la mayor tasa
de suicidios de intelectuales y artistas de su tiempo.
Mención aparte
merece la iniciativa lanzada con el líder surrealista André Breton de un
Manifiesto por un arte revolucionario independiente, en el que es conocida la
anécdota de que Breton defendió un redactado inicial proclamando “toda la
libertad en el arte salvo para atacar la revolución”, al que se opondrá Trotsky
afirmando la absoluta libertad del arte sin peros ni condiciones. Creo que esta
afirmación tan libertaria y tan necesaria conecta muy bien con una de las
últimas frases pronunciadas por “El Viejo” antes de morir y que resume
perfectamente nuestras tareas de hoy: “La vida es hermosa. Que las futuras
generaciones la libren de todo mal, opresión y violencia y la disfruten
plenamente”. Que así sea.
Andreu Coll es
militante de Anticapitalistas
07/11/2020
Publicado en
Jacobin América Latina
Fuente: https://vientosur.info/trotsky-sin-ismos/