domingo, 15 de noviembre de 2020

LA POLÍTICA ES UNA COSA SERIA

 

Jaime Araujo Frias

 

Nos gobiernan los ladrones. Pero eso ¿a quién le importa? Total la política es cochina por naturaleza. Es el arte de continuar el robo por otros medios. Es más la historia de la política es la historia de la corrupción, por eso no hay un solo representante político que no esté salpicado  de mierda. Prácticamente todo lo dicho hasta aquí es falso, salvo la primera afirmación. Sostenemos que el problema en el Perú, como en otros países de América Latina, no es la política sino un tipo de comprensión de la política. Aquella que nos ha guiado desde hace  doscientos  años.

 

¿Cuál es esa comprensión que ha guiado nuestra práctica política? Sin duda no es la de Aristóteles para quien la política es el arte de gestionar el bien común. Tampoco es la que practican nuestros pueblos  originarios, expresada en palabras de Marina Janampa: “Si el pueblo me da esa confianza, es por mi propia conducta”. Esa confianza es “para hacer respetar, para velar como una madre nacional, en bien de mis hijos” (Comisión de la Verdad y Reconciliación, 2016). Ni la de nuestro filósofo latinoamericano Enrique Dussel (2006), para quien la política es una actividad que organiza y promueve la producción, reproducción y aumento de la vida de los miembros de la comunidad.

Entonces, ¿de dónde viene nuestra comprensión de la política? El conocimiento que sustenta y orienta nuestra práctica política viene de lejos: Europa. Algunos investigadores dicen que hasta hace trescientos años se consideraba la política como la más noble de las actividades humanas, como la ciencia del servicio al pueblo. Sin embargo, luego todo cambió. La política se convirtió en un tipo de actividad innoble, sórdida y depravada. Ya no era un medio para combatir la corrupción, sino la forma de perpetuarla (Viroli, 2009). En otras palabras, se transformó en lo que es hoy: en la ciencia de servirse del pueblo. Este es el conocimiento  que hoy —al parecer—  orienta explícita o implícitamente la práctica política no solo de quienes nos gobiernan, sino también de los gobernados.

¿Cuál es la importancia de todo esto? Es sabido que necesitamos conocer para comprender y comprender para tomar  buenas decisiones y actuar (Marina y Rambaud, 2018). Entonces, si nuestro conocimiento de la política es negativa, nuestra comprensión y práctica de la misma también lo será. En otras palabras, nuestra práctica es el resultado de nuestro modo de comprender la política. Si creemos que la política es un oficio reservado para gente deshonesta, no hay duda que solamente los corruptos, los ladrones ejercerán el poder político (Dussel, 2020). En consecuencia, no es casual que,  salvo algunas excepciones, los ladrones y corruptos terminen siendo elegidos como representantes políticos.

¿Qué hacer? El problema en el Perú es que los gobernantes y los gobernados sabemos mucho de política, pero muchas cosas que no son ciertas. Y la política es una cosa seria como para no hacer nada. Al respeto, vale tomar en cuenta la sugerencia de Albert Einstein: “El mundo que hemos creado es un proceso de nuestro pensamiento. No se puede cambiar sin cambiar nuestro modo de pensar”. Si es así necesitamos con urgencia cambiar nuestro modo de pensar el mundo de la política. Hace doscientos años nos liberamos de la ocupación territorial, pero aún no nos hemos liberado de la ocupación mental. Como dice el maestro Dussel: Seguimos siendo colonias mentales.

En suma, si no nos liberamos del conocimiento que sustenta nuestra comprensión actual de la política, seguiremos asociando representantes políticos con delincuentes, y nuestras acciones  seguirán  teniendo como resultado la elección de ilustres representantes de la delincuencia en vez de actores que se ocupen de promover la producción, reproducción y aumento de la vida de los miembros de toda la comunidad política. Necesitamos revoluciones sociales, pero estás deben ir acompañadas de una compresión positiva de la política. Por lo tanto, antes que la transformación social necesitamos hacer la revolución cognitiva.

 

Referencias bibliográficas

Comisión de la Verdad y Reconciliación. (21 de Julio de 2016). Testimonios orales. Marina Janampa Vallejos. Lima, Perú: Defensoría del Pueblo. Disponible en https://lum.cultura.pe/cdi/video/marina-janampa-vallejos.

Dussel, Enrique (2020). Siete ensayos de filosofía de la liberación. Madrid: Trotta.

Dussel, Enrique (2006). 20 tesis de política. México: Siglo XXI.

Marina, José Antonio y Rambaud, Javier (2018). Biografía de la humanidad. Historia de la evolución de las culturas. Barcelona: Ariel.

Viroli, Maurizio (2009). De la Política a la razón de Estado. La adquisición y transformación del lenguaje político (1250-1600). Madrid: Akal.

Fuente: https://barropensativocei.com/2020/11/13/la-politica-es-una-cosa-seria/

 



CONTRA LOS CURANDEROS DE LA MONEDA

 


14 noviembre, 2020

por Alfredo Apilanez,

aapilanez

Reseña de La gran revelación: De cómo la Teoría Monetaria “Moderna” pretende salvar­nos del capitalismo salvando el capitalismo de Mario del Rosal[1]

“El estudio del tema del dinero, por encima de otros campos econó­micos, es el tema por excelencia en el cual la complejidad se utiliza para disfrazar la verdad o para evadirla, en vez de revelarla”

John Kenneth Galbraith

 

Al final de la introducción de su texto clásico, Teoría del Desarrollo Capitalista, Paul M. Sweezy –quizás, con la única compañía de Ernest Mandel, el economista marxista más influyente de la segunda mitad del siglo XX- plantea una aparente dicotomía que refleja sin duda un dilema fundamental para cualquier teórico o ensayista en el ámbito de las llamadas ciencias sociales y, muy señaladamente, en las procelosas aguas de la teoría económica: ¿resulta más provechoso abordar prioritariamente la crítica de las falacias de la ortodoxia del pensamiento mainstream,  revelando sus inconsistencias y sus groseras complicidades de clase o, por el contrario, debería centrarse el ensayista crítico en la exposición de su teoría alternativa, resaltando las aportaciones novedosas y esforzándose en divulgar los fundamentos de la tradición o corriente ideológico-teórica a la que se adscribe? Si bien es indudablemente cierto que tal alternativa no es excluyente – el opus magnum marxiano, que lleva por subtítulo “Crítica de la Economía Política”, es un ejemplo paradigmático- resulta, en cualquier caso, una línea de demarcación que atraviesa cualquier obra ensayística con vocación simultáneamente divulgativa y “de combate”. Ni que decir tiene que el ilustre fundador de la Monthly Review se decanta por la segunda opción: la propuesta de un marco de análisis crítico del desarrollo del capitalismo a través de la exposición y la actualización –con aristas sin duda muy discutibles- de la teoría económica marxista, eludiendo por tanto, según sus propias palabras, la “ingrata tarea” de afrontar la crítica de la ortodoxia económica vigente en su época, la teoría neoclásico-marginalista.

El texto que tenemos entre manos transita por la senda opuesta.

El economista y profesor Mario del Rosal[2] aborda, desde la misma tradición de Sweezy, esa ingrata pero a la vez perentoria tarea crítica, sin dejar de exponer asimismo, con la vocación didáctica propia de su actividad docente, los fundamentos del formidable edificio del análisis teórico marxista. Por lo tanto, su trabajo se inscribe en la acrisolada tradición, ejemplificada en los clarividentes pasajes que el Manifiesto Comunista dedica al socialismo burgués y a otras “desviaciones” idealistas y centrada en la crítica a los creadores de “pócimas” taumatúrgicas de política económica que, sedicentemente, arreglarían los averiados engranajes del motor de la acumulación de capital sin alterar la esencia del mismo. El campo escogido es nada menos que la “intimidatoria” y profundamente ignorada teoría monetaria

Ya desde el tono manifiestamente irónico del título y del subtítulo queda patente el objeto del libro: la crítica razonada y exhaustiva de una de las últimas modas surgidas de la fábrica de tendencias de la desvaída socialdemocracia, la Teoría Monetaria Moderna (TMM), con notable predicamento en los depauperados ámbitos de la izquierda reformista –al fin y al cabo, valga el oxímoron, la izquierda del capital- y entre algunos rutilantes y mediáticos economistas sedicentemente progresistas.

Se trata sin duda de una tarea enormemente necesaria. Las cuestiones básicas sobre la forma de generación del dinero, de la deuda y acerca de sus neurálgicas funciones en el capitalismo actual así como de su formidable influencia en las condiciones de vida de las clases trabajadoras son ignoradas completamente por la inmensa mayoría de la población, directamente afectada por sus efectos.  

El loable trabajo de Del Rosal merece encomio por tanto por dos motivos principales. En primer lugar, el esfuerzo de explicación divulgativa de uno de los ámbitos –todo lo relacionado con el “objeto por excelencia”, su modo de creación y de inyección en el metabolismo económico- de la acerba realidad circundante más oscuros e ignorados por el gran público, incluyendo extensas capas sociales de elevado capital cultural y ascendencia social. Pese a tratarse del elemento material más importante de la vida social, no existe ningún otro ámbito donde el manto de desconoci­miento y de tergiversaciones con el que se cubre su auténtica natu­raleza sea más espeso que en todo lo relacionado con el “objeto por excelencia”: no entendemos el mundo en el que vivimos.

Y, last but not least, resulta asimismo sumamente pertinente la refutación de una de las más recientes y sexys versiones de la utopía idealista que representa el reformismo, a través de sus múltiples encarnaciones, como expresión –tal como refleja el subtítulo del texto de Del Rosal- de la ilusión reguladora basada en la posibilidad de salvar al capitalismo de sí mismo. Tan heroico cometido, en la ensoñadora fantasía de los curanderos del capital, se llevaría a cabo por medio de los ajustes y cambios adecuados que permitirían devolver el “genio malo” del capital especulativo desaforado a la botella en la que se controlen sus excesos mediante la ilusoria regulación temperada por parte del Estado Providencia.

Ambos aspectos están, como es obvio, íntimamente relacionados: la ignorancia rampante –potenciada, excuso decir, hasta el paroxismo a través de los altavoces académico-mediáticos, copados por los “espadachines a sueldo” del capital- acerca de todo lo  relacionado con el poderoso caballero por parte de las mayorías sociales facilita enormemente la credulidad y la extraordinaria difusión de las panaceas y remedios mágicos propalados por los “hechiceros” pecuniarios. Elevar el conocimiento público acerca de los engranajes del funcionamiento del hecho monetario en el capitalismo rabiosamente financiarizado y depredador realmente existente permite, en definitiva, afilar las armas de la crítica y contribuye a generar anticuerpos ante las pretendidas “balas de plata” pergeñadas por los creadores de falansterios monetarios.

Yendo pues al objeto en cuestión. ¿Qué es la TMM, cuáles son sus principales características teóricas, el marco histórico que le proporcionó su ventana de oportunidad, su perfil ideológico-político y los rasgos de la buena nueva monetaria que motivan la consistente crítica emprendida por Del Rosal en el texto?

Las prescripciones de la TMM destacan entre las recetas de los curanderos de la moneda –los apóstoles del dinero soberano libre de deuda y los excéntricos libertarianos de las criptomonedas, también figuran en lugares destacados- por dos razones estrechamente conectadas entre sí: es una teoría sexy con vocación de intervención política que, huyendo de la jerga críptica de los papers,  ofrece una receta sencilla y aparentemente irresistible para acabar nada menos que con la desocupación y el drama del desempleo crónico. Y para fundamentar lo anterior presenta una, aparentemente rigurosa y presuntamente ultramoderna, teoría monetaria que ofrece una visión de los mecanismos de generación y de las funciones del dinero original y adaptada a los tiempos actuales del dinero fiduciario desmaterializado. Como resalta, con un leve deje irónico, un artículo aparecido en The Nation, el atractivo rockero [sic] de las estrellas de la TMM y el hecho de que su mensaje principal acerca de cómo funciona el dinero y la forma sumamente trivial en la que se puede poner su modo de producción y distribución al servicio de la colectividad lo pueda entender hasta un niño de ocho años convierten a la buena nueva monetaria en una suerte de verdad revelada abrazada por innumerables prosélitos del progresismo occidental. Tal capacidad de penetración popular y de presencia mediática refuerza sin duda la oportunidad de la crítica emprendida por Del Rosal en pos del desvelamiento de las groseras falacias contenidas en sus propuestas.

¿Cuál es pues la ventana de oportunidad que ha aprovechado la TMM para tratar de convertirse en una suerte de evangelio monetario de la Internacional Progresista Occidental, encabezada por la izquierda demócrata estadounidense de Sanders, Ocasio Cortez, etc. y promovida aguerridamente por toda una pléyade de starlets mediáticas de la heterodoxia integrada como Kelton, Wray o Mitchell y, aunque con matices más o menos relevantes, por Varoufakis, James Galbraith, Steve Keen o Michael Hudson, los economistas de cabecera de los medios “alternativos”? ¿Qué tipo de propuestas de política monetaria sustentan las aportaciones y las prescripciones de la enésima reencarnación de los curanderos de la moneda?

Para entender su origen habría que mencionar dos hechos capi­tales: la aguda crisis del keynesianismo tradicional, causada por el adveni­miento del monetarismo neoliberal aplicado por la gobernanza del capital financiero como remedio de la estanflación crónica característica de la profunda crisis de los años 70 y, en el ámbito estrictamente monetario, la desmaterializa­ción total del dinero tras el Nixon Shock de agosto de 1971, que rompió para siempre la ligazón cuantitativa entre el dólar y el oro abriendo inmediatamente las compuertas a la emisión del “puro aire” de cantidades teóricamente ilimitadas de dinero y de deuda por parte de sus fábricas modernas –la banca central y comercial-.

Estos dos hechos ofrecieron una ventana de oportunidad para construir una alternativa renovada, que marcara distancias con el fra­casado y adulterado keynesianismo de la posguerra, y que pudiera asimismo hacer frente al paradigma monetarista y al encarnizamiento terapéutico encarnado en las políticas neoliberales. El embate del “austericidio” a partir de la debacle financiera de 2008, basado en el anatema del gasto público deficitario y en el desmantelamiento acelerado de los restos del Welfare State, acre­centó la necesidad, dentro de la izquierda del capital, de ofrecer una respuesta política teóricamente fundamentada al rigorismo estricto de la ortodoxia.

Con tales premisas históricas y un paquete de ingredientes teóricos ciertamente eclécticos aunque procedentes en su mayor parte de la tradición poskeynesiana, los apóstoles de la TMM armaron un dispositivo teórico y de combate político, normativo y positivo a partes iguales.

El texto de Del Rosal describe de forma exhaustiva sus tres componentes básicos que podrían sintetizarse sumariamente en los siguientes rasgos primordiales.

En primer lugar, una aséptica herramienta técnico-teórica: un aparato analítico y conceptual, presuntamente innovador, sobre la génesis, la naturaleza y las funciones económicas del dinero moderno desmaterializado: dinero fiduciario, que debe su aceptación general a la confianza en el emisor, en el caso del dinero-deuda generado “del puro aire” por la banca privada, o, en el caso del dinero fiat o de curso legal, a la capacidad de coerción del banco central, el monopolista de la moneda. Tal concepción, tributaria del cartalismo, concibe el dinero moderno como unidad de cuenta, sin ninguna relación con cualquier medida o signo de valor y generada, sin ningún límite técnico, por el Estado. En palabras del autor (p.136): “El resultado de estas tesis es una visión del dinero que combina dos elementos realmente notables: su total desvalorización, dado que no tiene ni representa valor y, en consecuencia, la posibilidad de que el Estado pueda emitirlo discrecional e ilimitadamente”. 

En base a lo anterior, y provistos de este poderoso bazuca de generación ad infinitum del poderoso caballero, los aguerridos adalides  de la TMM se lanzan resueltos a una encomiable empresa regeneracionista basada en una concepción idealista y profundamente pueril del Estado burgués. El Leviatán hobbesiano transmutado en benéfico Deus ex machina que, a través de su soberanía monetaria y de su capacidad ilimitada de creación de dinero de curso legal deviene el actor equilibrador par excellence del capitalismo desaforado, el poseedor de la cornucopia que derramará el don del bienestar y de la seguridad material sobre las clases populares y limará las afiladas aristas del capitalismo desembridado. 

Y por último, en el ámbito de las políticas concretas, la verdad revelada a los ignaros por los curanderos monetarios consta de una irresistible propuesta de consecución nada menos que del pleno empleo a través del llamado “Plan de Trabajo Garantizado”. Tal milagro, posibilitado con un simple golpe de tecla por la piedra filosofal en manos del Supremo Hacedor monetario, derramará los dones de la seguridad económica y la dignidad personal sobre sus menesterosos súbditos. Como enfatiza Del Rosal (p.38): “La idea básica sobre la que se sustenta la TMM y que justifica toda su existencia es sencilla: en un país con soberanía monetaria el Estado no puede quebrar en su propia moneda y por lo tanto disfruta de la potestad de emitir dinero fiat libremente (…) De ahí que, gracias a esa potestad monetaria, el Estado podría (y debería) asumir indefinidamente el papel de empleador de último recurso”.  Qué duda cabe que incluso un niño de ocho años caería totalmente rendido ante la deslumbrante simplicidad de la propuesta y expresaría sin rebozo su inusitado alborozo ante el primer mandamiento del irresistible credo predicado por Randall Wray, uno de sus principales apóstoles: “Podemos servirnos del golpe de tecla para llegar al pleno empleo”. Albricias.

Con tales premisas, y confiando en no desvirtuar el exhaustivo análisis crítico desarrollado por el autor, destacaríamos tres falacias fundamentales insertas en el planteamiento teórico y en las propuestas políticas de los aguerridos creyentes en mágicos ungüentos monetarios, que conforman a su vez los rasgos comunes a los cándidos creyentes en la regulación y en las panaceas reformistas.

En primer lugar, la concepción aséptica del dinero, de su naturaleza y de sus funciones omite groseramente, como muestra el exhaustivo análisis de los principales rasgos de los fundamentos teóricos de la TMM que Del Rosal desmenuza con precisión de entomólogo, que el elemento más importante de la vida social, lejos de ser un artilugio meramente instrumental que, en las manos adecuadas, podría ponerse al servicio del bien común representa, bien al contrario, la máxima expresión del poder social en la sociedad de la mercancía: el capital es dinero acrecentado a través de la explotación del trabajo. Por tanto, la fábrica de dinero moderna, por medio de su capacidad discrecional e ilimitada de inyección de dinero-deuda en el circuito monetario de producción, es la institución capital a través de la que se ejerce el dominio de clase sobre aquellos cuyo único acceso al dinero es la venta de su fuerza de trabajo, y no una mera herramienta técnica como tratan de sostener las entelequias de los curanderos monetarios. En las lúcidas palabras de Aglietta: “Si los salarios crean división social, determinando el poder de una clase social sobre otra, ese poder es el poder del dinero. Para ser más precisos, es el poder de aquellos que detentan la prerrogativa de crear dinero con el fin de transformarlo en un medio de financiación de la producción; es el poder sobre aquellos cuyo único acceso al dinero consiste en la venta de su capacidad de trabajo“.

En segundo lugar, ni el Estado burgués ni la democracia representativa son en absoluto agentes neutrales que, a través de la sagrada liturgia de la soberanía popular, puedan ponerse “graciosamente” al servicio de las mayorías y de la consecución del interés general. Tal visión idealista y falaz deforma olímpicamente el papel real del Estado burgués al servicio de la reproducción del capital y de los intereses de las clases que detentan la hegemonía en el reino de la propiedad privada. Ignorar tal evidencia -más aun en los tiempos actuales de amputación total de las herramientas redistributivas del Estado-Providencia- implica un retroceso de siglos en el análisis materialista de los conflictos en una sociedad de clases y una ignorancia supina del activo y neurálgico papel del Estado burgués en su apoyo a la fracción dominante de la sociedad. En las contundentes palabras de Xabier Arrizabalo, compañero de Del Rosal en la Universidad Complutense de Madrid: “No podemos hacer lo que queramos, cambiando las reglas del jue­go del capitalismo a discreción, porque son expresión de relaciones sociales profundas. La TMM es la negación de la economía política que explica el con­flicto distributivo entre clases antagónicas. Resulta absurda la idea del manejo libre del Estado, negando que se trata de la expresión institucional de las relaciones de producción capitalistas”.[3]

Y por último, y estrechamente conectado con lo anterior, lo cierto es que desafortunadamente el desempleo no es un accidente técnico ni una involuntaria consecuencia de un error garrafal de las políticas de austeridad neoliberales, sino un elemento esencial en el ejercicio del poder disciplinador sobre la clase trabajadora por parte de los dueños de los medios de producción a través del ejército industrial de reserva. Como describió Marx, se trata de un insustituible elemento regulador del precio de la fuerza de trabajo y un formidable factor de coerción sobre los obligados a la venta de la única mercancía capaz de sostener el maltrecho metabolismo social capitalista. Ignorar lo anterior representa el epítome del idealismo reformista de los curanderos monetarios y les sitúa fuera de la realidad material del tejido social capitalista.

La cruda realidad es que los insolubles males del capitalismo –las crisis, la desocupa­ción rampante y la miseria creciente de las masas– no se arreglan imprimiendo papelitos o imaginando absurdas y fantasiosas ingenierías monetarias a cargo de un imaginario Estado benefactor. Apoderarse del «control del dinero», que se arrogan “ilegítimamente” los capitalistas, para ponerlo en manos del Estado, no sería en absoluto, incluso en el caso de ser posible tamaña quimera, el único requisito para acabar con la explotación y la miseria galopantes imponiendo, por arte de birlibirloque y contra la voluntad de las clases poderosas, la estabilización del sistema y la eliminación del desempleo. Como concluye Del Rosal, tales desnortadas premisas habilitarían dar una rotunda respuesta negativa a la pregunta que subyace en el trasfondo profundamente idealista de los planteamientos de los curanderos de la moneda: ¿acaso el dinero todo lo puede?

Por lo tanto, aunque no sean objeto de análisis en el texto, el análisis analítico-teórico y la crítica política que realiza Del Rosal a los curanderos de la TMM se pueden, en mi opinión, extender a las múltiples variantes que, en la actualidad, adopta el idealismo reformista en su fútil intento lampedusiano de salvar al capitalismo de sí mismo mediante variopintos “trucos circulatorios” que no alteran en absoluto su código genético. De este modo, y sin afán exhaustivo, esta caracterización idealista habilitaría englobar, a pesar de todos los matices que las diferencian, a la renta básica universal, la propuesta de eliminación de los paraísos fiscales, las reformas fiscales progresivas à la Piketty, la –hoy semiolvidada- tasa Tobin sobre las transacciones financieras o las “balas de plata” de las diversas sectas de curanderos monetarios –destacadamente, los libertarianos de las criptomonedas y los excéntricos del dinero soberano- en el mismo grupo de hechiceros poseedores de piedras filosofales que posibilitarían la evolución hacia un capitalismo atemperado y regulado por el Estado Providencia: el viejo sueño húmedo, reeditado por enésima vez, de la primera versión del reformismo revisionista de Bernstein y de la Segunda Internacional.

Para terminar, apuntaría brevemente dos enmiendas totalmente secundarias al excelente trabajo que torpemente glosamos.

En primer lugar, se desprende del texto un cierto aroma escolástico derivado del hecho de la adscripción del autor al paradigma marxista como marco de referencia de la crítica a los curanderos monetarios. En mi opinión, tal enfoque unidireccional proporciona -sin poner en absoluto en cuestión los rasgos generales del extraordinario análisis marxiano del sistema de la mercancía, totalmente vigentes y pertinentes para la crítica de los creyentes en los “trucos de la circulación”- cierta rigidez terminológica y formal en algunos pasos de la argumentación y resulta matizable por dos motivos estrechamente relacionados. En primer lugar, la crítica del idealismo reformista de los curanderos monetarios -como la del reformismo en general- puede plantearse más ampliamente desde la nutrida tradición materialista –no sólo marxista- del análisis teórico-científico llevado a cabo por las distintas corrientes de pensamiento racionalista: las líneas de demarcación del conflicto idealismo-materialismo atraviesan toda la tradición filosófica enmarcando el agudo contraste entre los creyentes en el elemento subjetivo –sustrato filosófico-político basal de la tradición reformista- y los defensores de la prevalencia de los factores objetivo-materiales en el curso del río de la historia humana. Quizás una mayor elasticidad y amplitud terminológica en este ámbito facilitaría el acercamiento de lectores que, aun desde planteamientos meramente racionalistas alejados del armazón teórico marxista, compartan, al menos en parte, la crítica del curanderismo monetario.

Una constatación que abonaría la adopción de un enfoque expositivo y teórico menos rígido residiría, como el propio autor insinúa en algunos pasos del texto (p.44 y 60), en que resulta indudable que las teorías monetarias marxistas en la actualidad no han logrado una interpretación cabal y coherente de las características y funciones del poderoso caballero en el capitalismo financiarizado. Las causas de esta importante falencia son complejas y exceden el ámbito de esta nota pero tendrían que ver, en mi opinión, con la resistencia a abandonar los residuos metalistas –la “bárbara reliquia” en palabras de Keynes- en el análisis de las características y del modo de producción e inyección en los flujos económicos de la moneda fiduciaria, y con la obsesión por casar a toda costa la novedosa naturaleza del dinero desmaterializado con la teoría del valor-trabajo y con la determinación de las variables target de la política monetaria como la inflación o el tipo de interés. En este punto, las carencias y diferencias de las actuales teorías monetarias marxistas resultan llamativas.

Y, por último, también se echa quizás en falta un análisis más global del papel de los mecanismos de generación e inyección del dinero y de la deuda, así como de las insolubles deficiencias del concepto ortodoxo de la inflación de precios, el gran tótem de la política monetaria vigente, en su estrecha conexión con el arduo sostenimiento de la rentabilidad del capital durante el último medio siglo de hegemonía neoliberal-monetarista. Más concretamente, resultaría en mi opinión pertinente una crítica de la ausencia absoluta, en los enfoques y prescripciones de los curanderos de la moneda –más allá de sus apelaciones pueriles a combatir la especulación e incrementar la regulación del sector financiero- de un análisis del papel de la banca comercial como planificadora de la actividad económica y propulsora de formidables burbujas de activos a través de su poder de creación ex nihilo del flujo monetario. Ello contribuiría a poner de manifiesto el profundo y ahistórico idealismo de los hechiceros monetarios.

La ignorancia del papel neurálgico de la fábrica de dinero moderna –cuyos pilares son la banca central y la banca comercial, los productores de dinero-deuda del “puro aire”- en el sostenimiento de la rentabilidad del capitalismo patológico, corroído por la atonía productiva y las devastadoras crisis periódicas propulsadas por el casino global es por tanto otro rasgo característico de los heroicos creyentes en la inverosímil posibilidad de salvar al capitalismo de sí mismo. Se omite pues olímpicamente la profunda interrelación entre la producción de dinero-deuda hacia las actividades rentistas y especu­lativas y el sostenimiento de la maltrecha rentabilidad del capitalismo neoliberal, promoviendo reformas de los engranajes financieros, pero dejando intacto el corazón del motor de explotación y extracción de riqueza social. Por lo tanto, una crítica de la completa omisión de la realidad concreta y de las características principales de la historia reciente de la acumulación de capital hubiera reforzado la impresión de idealismo y de falta de sindéresis de las recetas de los curanderos y fortalecido la crítica de sus postulados.

Más allá pues de estas objeciones puntuales sólo me queda destacar de nuevo la enorme utilidad e interés del trabajo que comentamos para, como decíamos al principio, acometer la ingrata aunque necesaria tarea de la crítica de los espejismos y los trampantojos levantados por los que en el fondo, como reza el título del texto, lo único que pretenden es limar las más afiladas aristas y los rasgos más acerbos del reino del capital, conservando intacta la esencia explotadora, autodestructiva y alienante del sistema de la mercancía.


[1] Mario Del Rosal, La gran revelación: De cómo la Teoría Monetaria “Moderna” pretende salvar­nos del capitalismo salvando el capitalismo, Ecobook-Editorial del Economista, 2019

[2] Para una breve biografía académica y bibliográfica de Mario del Rosal, véase https://www.ucm.es/deaeh/delrosal_m

[3]Recomiendo encarecidamente la visión del debate entre Eduardo Garzón y Mario del Rosal sobre Teoría Monetaria Moder­na y Marxismo, celebrado en la Universidad Complutense de Madrid y organizado por la asociación de estudiantes Economía Alternativa, 23-11-2018,

Fuente: https://trampantojosyembelecos.wordpress.com/2020/11/14/contra-los-curanderos-de-la-moneda/#more-2429

 

TROTSKY SIN ISMOS

Andreu Coll

10 noviembre 2020

 

Decía Mark Twain que “un clásico es un libro que la gente elogia pero no lee; un libro, en suma, que todo el mundo quiere haber leído y nadie quiere leer”. En efecto, a menudo tanto seguidores como detractores opinamos con ligereza sobre algunas obras y autores que apenas conocemos. La idea de partida que querría compartir es que, en literatura como en arte, en ciencia como en pensamiento revolucionario, no es el autor o autora quienes hacen al clásico, sino la perennidad de algunas de las ideas, imágenes e intuiciones que nos legan determinados pasajes de su obra y su vida. Esto es, la capacidad de trascender épocas, países y coyunturas y de resultar útil y evocador para gentes de generaciones, culturas y géneros diversos.

La figura que nos dejó trágicamente hace ya 80 años es, sin duda, un clásico del marxismo y una personalidad clave de la política y la cultura de la primera mitad del siglo XX. Una experiencia militante a caballo entre países, épocas y organizaciones muy distintas, una rica formación política y una densa cultura cosmopolita, así como su participación directa en, o su voluntad de entender e intervenir sobre, los grandes acontecimientos políticos de su época explican una obra extensa, profunda, diversa y polifacética. A mi juicio merece, por consiguiente, una aproximación sin prejuicios y que desarrollemos una opinión propia basada en la voluntad de entender antes de juzgar. En estas líneas propongo unos modestos apuntes para intentar esclarecer los aciertos, pero también los límites, de dicho clásico.

Capitalismo como totalidad dinámica y contradictoria

Quizás la primera idea estructuradora del pensamiento de Trotsky sea la comprensión del capitalismo como una fuerza dinámica expansiva que tendía a englobar a todo el mundo, con unas lógicas internas complejas y contradictorias que, ya desde los años que precedieron a la Primera Guerra Mundial, condicionaban los conflictos, las rupturas y las posibilidades de desarrollo de los distintos países del mundo. La dinámica del desarrollo desigual y combinado, por efecto del mercado mundial y del encabalgamiento de procesos acelerados de desarrollo económico con estructuras económicas y políticas arcaicas, no sólo explica las rivalidades imperialistas entre grandes potencias que conducirían a la Gran Guerra (1914-18), sino que constituirá, en Trotsky, la base material para engarzar aspiraciones democráticas y objetivos anticapitalistas, fundamento de la perspectiva de revolución permanente. Ésta, inspirada en los escritos de Marx sobre las revoluciones de 1848 y en los análisis contemporáneos de Parvus, la desarrollará ya en su balance de la revolución rusa de 1905 como horizonte estratégico para futuras rupturas —a la que se adherirá implícitamente Lenin con sus Tesis de abril de 1917— y que, años más tarde, generalizará a los países dependientes, coloniales y semicoloniales, oponiéndola a la propaganda de Stalin acerca “del socialismo en un solo país”.

Así pues, Trotsky definirá la revolución socialista a la vez como acto y como proceso, que puede empezar en un país, que tiende a extenderse a otros, pero que tan sólo puede consumarse a nivel mundial precisamente por la naturaleza expansiva y depredadora del capitalismo mismo. De ahí que, contradiciendo la ortodoxia marxista de su época, fuera el primer socialista del siglo XX en llegar a la conclusión de que una revolución obrera y campesina podía triunfar antes en países menos desarrollados y sin apenas tradiciones democráticas a condición de que lograra extenderse a países económicamente más avanzados y con tradiciones parlamentarias más consolidadas, en los que sin duda sería mucho más lenta y laboriosa la toma del poder, pero mucho más rápida la construcción de una sociedad sin clases mediante una democracia socialista. En la perspectiva de Trotsky —compartida por Lenin en los debates de los cuatro primeros congresos de la Internacional Comunista— todo bloqueo de dicha dinámica reforzaría y estabilizaría al capitalismo mundial y su extraordinario dinamismo económico —a pesar de sus crisis y contradicciones— y favorecería a las fuerzas restauracionistas, como ya profetizó en 1922 a propósito de la Unión Soviética en el artículo “La curva del desarrollo capitalista”.

Autoorganización y emancipación

La segunda idea troncal del pensamiento y la praxis de Trotsky será la autoorganización popular como base para la lucha de clases, como requisito para los ascensos revolucionarios y como embrión estructurador de toda institucionalidad revolucionaria. El surgimiento de los soviets en la revolución rusa de 1905 (que conocerá directamente como presidente del soviet de San Petersburgo) simbolizará en el pensamiento de Trotsky la irrupción desbordante de la participación popular y la concreción orgánica del antagonismo obrero y campesino frente a la autocracia zarista. “Expresión finalmente alcanzada de la democracia socialista”, en Trotsky los soviets permitían tres objetivos: estructurar y centralizar el movimiento revolucionario espontáneo de las masas, reunificar espontánea y concretamente a las distintas tendencias de la socialdemocracia rusa (volveremos sobre ello) y constituir la base orgánica de un Estado obrero apoyado por el campesinado pobre capaz de derrocar al zarismo y de marginar a unas fuerzas liberal-burguesas, débiles, timoratas y estructuralmente cómplices de la opresión zarista.

Sin duda, esta dinámica se reproducirá en el “Corto siglo XX”, en el que se dará lo que G. Lukács llamará “la actualidad de la revolución”, esto es, un periodo histórico en el que la revolución social fue una tarea concreta y factible a corto plazo. El surgimiento de consejos obreros y de soldados en Alemania (1918-19), de los Shop Stewards británicos, de los comités de milicias y las juntas de defensa en España (1936-37), los consejos de fábrica en Italia (1917-19 y de nuevo en 1969), los Cordones Industriales y los Comandos Comunales en Chile (1970-1973), los Comités de Acción en Francia (1934-36 y 1968) o los comités de moradores y de soldados de la Revolución portuguesa (1974-75) confirma que cada vez que se han abierto dinámicas revolucionarias han surgido estructuras espontáneas de autoorganización popular capaces de resolver necesidades materiales básicas ante la parálisis de las instituciones y de canalizar la lucha de las masas, por un lado, y para ejercer una legitimidad alternativa opuesta a, y en conflicto con, la del Estado burgués, por otro.

Clase, partido y dirección

Por consiguiente, tras la experiencia de 1905 tanto la defensa de la centralidad de los soviets por Trotsky como la de la huelga general revolucionaria por Rosa Luxemburgo plantearán correctamente la cuestión del poder. No obstante, como recordará a ambos Lenin, su conquista será imposible sin lograr una hegemonía democrática mayoritaria por parte de una organización que encarne un programa revolucionario coherente. Es decir que la crisis política y social más aguda no puede transformarse espontáneamente en una revolución triunfante sin un partido capaz de imprimir una orientación y de definir objetivos realistas y radicales en cada coyuntura, como pondrá de manifiesto la victoria de octubre de 1917 y, podríamos añadir, de todas las revoluciones sociales victoriosas del siglo XX.

Esta comprensión tardía de la concepción del partido de Lenin (que le conducirá a engrosar las filas bolcheviques en 1917 y a abandonar definitivamente sus ilusiones de reunificar a la socialdemocracia rusa), que irá enriqueciendo durante los años 30 gracias a un profundo conocimiento del movimiento obrero internacional, será sin duda uno de los talones de Aquiles de Trotsky cuando Lenin, ya enfermo, le emplace a dirigir una lucha contra la deriva burocrática y autoritaria que impulsaba la fracción de Stalin en la Unión Soviética.

Unidad estratégica y unidad táctica

El tercer gran eje del pensamiento de Trotsky es, a mi juicio, la cuestión de la unidad y el problema de la hegemonía anticapitalista en los países capitalistas desarrollados, esto es, el desarrollo de una estrategia revolucionaria específica para Occidente. Estos desarrollos tendrán dos momentos importantes: en el marco del tercer y cuarto congresos de la Internacional Comunista a propósito de la política de Frente Único y en los años treinta, desde la Oposición de Izquierda primero y en la Cuarta Internacional a partir de su fundación en 1938, para encontrar una salida anticapitalista a la lucha contra el fascismo (en base al análisis de países clave como Alemania, Francia, Estado español, Estados Unidos, etc…).

Sin duda, la obsesión por extender la revolución a Occidente y romper el aislamiento de la URSS recorrerá el movimiento revolucionario de los años 20 y 30. Tras la euforia inicial que siguió a los movimientos revolucionarios de posguerra, el reflujo y la estabilización relativa desmentirán un hundimiento rápido del reformismo y un avance de las fuerzas comunistas y obligarán a plantear la política de frente único como estrategia unitaria para empoderar a la clase obrera en un contexto defensivo y como táctica para reforzar a los revolucionarios en detrimento de los reformistas, no exclusivamente en base a la propaganda, sino a experiencias concretas en las que las amplias masas tomen conciencia de que las organizaciones reformistas defienden el status quo y tan sólo los partidos anticapitalistas luchan consecuentemente por los intereses de las amplias mayorías sociales.

Trotsky advertirá que las políticas de frente único no resuelven la necesidad de una acumulación mínima de fuerzas por parte de las organizaciones revolucionarias y fustigará las interpretaciones simplistas que las reducirán a propaganda abstracta y a mera denuncia por parte de grupos marginales. Hablará de partidos de 1/4 o de 1/3 (de los sectores más activos la clase) como requisito para forzar a la acción unitaria a los aparatos reformistas, sean políticos o sindicales. En Trotsky, como en Lenin, es la experiencia real lo que permite un avance de la conciencia política y sólo en base a ella resultan comprensibles las críticas al reformismo cuando éste maniobra contra los intereses del conjunto del movimiento popular. Un trabajo paciente de implantación y una orientación a la vez unitaria y crítica en los movimientos sociales y sindicales será pues, en Trotsky, una premisa ineludible para que los anticapitalistas rompan su aislamiento y se postulen como dirección política de una transformación radical de la sociedad.

La especificidad del fascismo: análisis y tareas

La lucha contra el fascismo en los años 30 conducirá a profundizar y enriquecer este enfoque en base a una serie de ideas clave:

-La caracterización del ascenso del fascismo como una guerra civil de baja intensidad encabezada por sectores reaccionarios de la pequeña burguesía pauperizada por una gravísima crisis del capitalismo y que busca, en beneficio del gran capital industrial y financiero, la destrucción (y la atomización) total del movimiento obrero en general y del movimiento revolucionario y de la URSS en particular, así como un nuevo reparto violento del mundo.

-La distinción entre dictaduras militares clásicas y diversas formas de bonapartismo regresivo y la especificidad del fascismo como solución a una aguda crisis de dominación burguesa, que permitirá a Trotsky respetar la realidad y matizar los análisis, no abusar de las analogías y ser preciso al recurrir a ellas…

-El hecho de que una dictadura fascista acabaría súbitamente con los intereses y los privilegios institucionales que nutren financieramente los canales de ascenso social de la socialdemocracia reformista constituye la base material a partir de la cual los anticapitalistas deben imponer una política unitaria de lucha contra el fascismo al conjunto de las organizaciones que se reclaman del movimiento obrero y pugnar por crear organismos unitarios y transversales de lucha capaces de lograr gran autoridad entre el conjunto de los sectores populares (superior a la suma de la de las organizaciones que las integran) y eventualmente de actuar como pasarelas militantes útiles para vehicular las diferenciaciones internas en los grandes aparatos burocráticos y permitir trasvases militantes hacia las organizaciones revolucionarias cuando se den determinadas condiciones subjetivas.

-Denunciar la lógica del “mal menor” frente al fascismo consistente en la defensa de la estabilidad, la gobernabilidad y la “democracia” en abstracto, que conduce a la renuncia a la perspectiva anticapitalista en nombre de la unidad con (y la consiguiente subordinación ante…) fuerzas burguesas como la vía más rápida hacia la catástrofe, permitiendo a la extrema derecha (ayer como hoy) capitalizar demagógicamente el malestar social generado por las crisis capitalistas. En este sentido, criticará las políticas de colaboración de clase que practicarán los gobiernos de Frente Popular y apostará por desbordarlos con la fórmula innovadora de “un gobierno obrero y campesino que rompa con la burguesía” y, mediante la creación de organismos unitarios por abajo, sentar las bases para la toma revolucionaria del poder.

La noción de “gobierno obrero y campesino” como innovación estratégica

Sus escritos sobre Francia entre 1934 y 1936 resultan muy sugerentes a este respecto y ayudan a reflexionar sobre experiencias mucho más recientes: derrotas como la de la Unidad Popular chilena en 1973 o triunfos inexplicablemente desperdiciados como el gobierno de Syriza, la victoria del OXI y la capitulación de Tsipras ante la Troika en Grecia en 2015. Ya conocemos el precio que pagó Europa y el mundo por la acumulación de revoluciones fracasadas, rehuidas y abortadas del periodo de entreguerras: en el verano de 1940 las enseñas nazi-fascistas ondeaban en todos los países de Europa central y occidental con la única excepción del Reino Unido (hasta el día de hoy la monarquía parlamentaria más antigua y conservadora del mundo).

En este sentido, la consigna de “gobierno obrero y campesino” en cierto modo es la conclusión lógica de la política de frente único y en buena medida desmiente la idea de que Trotsky trasladaría mecánicamente el “modelo ruso” a Occidente, planteando supuestamente la toma del poder como un acto de fuerza extraparlamentario partiendo de una exterioridad total a las instituciones. Precisamente debido al hecho de que es difícilmente concebible en Occidente una dualidad de poderes tan nítida como la del caso ruso y, sobre todo, por lo irrepetible de la desintegración del Estado y del ejército rusos por impacto de la Gran Guerra, es necesario apostar por un gobierno obrero y campesino que, sin ser todavía “la dictadura del proletariado”, sí inicie una serie de medidas contra los intereses de la burguesía, abriendo un periodo de confrontación con ésta. Trotsky afirma que ello sólo es posible en contextos revolucionarios, en los que el empuje popular transversal por abajo hace posible dicha salida gubernamental y hablará de la posibilidad de un “inicio parlamentario de la revolución proletaria”.

Pero la consigna de “gobierno obrero y campesino que rompa con la burguesía” se plantea en un momento de impasse, en el que la crisis de las instituciones no ha conducido todavía a una situación de doble poder ni a la disgregación de la maquinaria estatal realmente existente y en el que el empuje de las masas no ha logrado todavía generar estructuras de autoorganización capaces de encarnar un doble poder, de condicionar, dirigir, confrontar con la acción del ejecutivo y, lo más importante, de constituir un embrión de dirección política alternativa ante él para las batallas decisivas contra la reacción. Ciertamente, la gran dificultad estratégica en estos casos será, por un lado, lograr que las fuerzas revolucionarias tengan una participación y una inserción decisiva en los organismos de base unitarios de frente único y un contacto real con la superficie militante de las grandes organizaciones de masas y, por otro, la delimitación política suficiente como para mantenerse fuera de los gobiernos con el fin de preservar una total independencia para apoyar las medidas positivas, combatir en la calle los ataques de la reacción y defender cuando sea necesario al gobierno y criticar las claudicaciones hasta el punto de erigirse en dirección política alternativa cuando el gobierno deje de ser un estímulo para las acciones de las masas y pase a convertirse en un dique de contención para preservar la legalidad burguesa. Si bien los escritos de Trotsky se centraron fundamentalmente en los casos de Francia y España de mediados de los años treinta, toda la problemática estratégica que describía volvió a manifestarse con toda su complejidad en experiencias revolucionarias mucho más cercanas como la ya mencionada Unidad Popular chilena o la Revolución portuguesa, procesos de los que podemos extraer muchos aprendizajes para la actualidad, dada su mayor proximidad en el tiempo y por el parecido de sus formaciones sociales.

En fin, podemos afirmar, sin excesivo riesgo a equivocarnos, que los escritos de Trotsky de este periodo, sobre Francia, Estados Unidos, Italia, con algunos matices sobre España (es el caso en que quizás la crítica de aplicar analogías mecánicas con la Revolución rusa en algunos de sus escritos resulte más justificada) y, sobre todo, a propósito de la lucha contra el fascismo en Alemania son los más ricos en relación con el análisis de la naturaleza del Estado capitalista, de coyunturas y crisis políticas y, último pero no menos importante, abordando la construcción de organizaciones revolucionarias en un escenario dinámico y cambiante, con giros imprevistos y quiebros intempestivos.

Ni hay socialismo sin democracia, ni democracia sin socialismo

Un cuarto eje del pensamiento del revolucionario ucraniano es el análisis de, y la lucha contra, el fenómeno estaliniano. En efecto, Trotsky tuvo el ingrato papel, tras la muerte de Rosa Luxemburgo, Lenin y Gramsci, de ser el último marxista clásico de su tiempo dotado de la honestidad intelectual y del coraje político y personal suficiente como para no inclinarse ante el hecho consumado y osar aplicar a la URSS el método de análisis marxista. Aquí nos encontramos de nuevo con un pensamiento preciso y dialéctico, dinámico y concreto, capaz de mesurar las proporciones, de identificar los cambios cualitativos, de resaltar las conexiones entre la dimensión nacional e internacional de los procesos. Independientemente de los límites y los problemas de algunas de sus caracterizaciones, en el contexto de los años 30 su aportación no tiene parangón. Hoy es sin duda insuficiente, pero sigue siendo ineludible para volver sobre los fenómenos que abordó: a saber, la burocratización, la larga crisis y el hundimiento final del Estado resultante de la primera revolución obrera de la historia; enigma desconcertante y drama lacerante del gran acontecimiento fundador del siglo XX ante el cual tuvieron que definirse la totalidad de sus corrientes políticas.

¿Cuáles son los ejes de análisis de Trotsky, y más ampliamente de la Oposición de Izquierdas, sobre el fenómeno estaliniano?

Por un lado estudiará el desarrollo de la burocracia, que atribuirá, grosso modo, a una combinación de dos grandes factores.

  • El peso de la división clasista y técnica del trabajo, compartida, hasta cierto punto, por todas las sociedades modernas y en desarrollo que, inevitablemente, convivirá con las aspiraciones igualitarias y participativas durante un largo periodo de transición al socialismo.
  • La escasez y la penuria en la URSS de los años 20, agudizada por los estragos acumulados de la guerra mundial y la guerra civil. Para ejemplificar sus efectos Trotsky utilizaba una imagen muy gráfica: cuando hay escasez se forman colas, para guardar las colas hay que tener vigilantes y, dado que éstos tienen un papel importante, nunca serán los últimos en comer. El ejemplo ilustra bien cómo la escasez crea el marco psicológico propicio para los privilegios de dirigentes y administradores —ya en 1926 el salario de un permanente de bajo rango del partido superaba 5 o 6 veces el de un obrero—.

Es cierto que Trotsky concederá mucha importancia a los factores materiales de la burocratización —estamos hablando de una verdadera contrarrevolución política y social en la que la burocracia pasa de 750.000 miembros en 1928 a 7.500.000 en 1939 (Lewin)—, pero describirá también las lógicas políticas que conducirán al régimen estaliniano. Las dinámicas militarizadas de los tiempos de la guerra civil, que fue uno de los altos precios que se tuvieron que pagar por lograr la victoria contra los blancos —de la que Trotsky mismo, organizador de la insurrección de octubre y del ejército rojo, será uno de los grandes artífices—, la progresiva lógica del nombramiento de cargos desde arriba en lugar de su elección desde abajo —a menudo por la urgencia en desempeñar tareas, pero también por interés de crear camarillas y grupos de presión—, las diferenciaciones internas en el aparato del partido y del Estado —que analizará precozmente su amigo Christian Rakovsky—, así como un nivel cultural bajo, la muerte de lo mejor de la militancia bolchevique en la guerra civil y, en definitiva, las reminiscencias zaristas en la sociedad rusa favorecerán una diferenciación interna creciente en el seno mismo de la clase obrera que irá preparando el terreno para lo que Trotsky llamará el “bonapartismo burocrático” del estalinismo.

Podríamos afirmar que la tercera dimensión del estudio del estalinismo es la internacional. Se ha insistido poco en la enorme responsabilidad del reformismo en frenar, cuando no en aplastar, los intentos de extensión de la revolución social a los países desarrollados, en particular a Europa Central y muy especialmente a Alemania, y su consiguiente repercusión en el ahogamiento material y político de la URSS. Sin duda la derrota del Octubre alemán de 1923 marcó un punto de inflexión, desmoralizó enormemente y hundió las expectativas de la clase trabajadora rusa, algo que en buena medida marcará el debilitamiento de la base social a la que se dirigía la Oposición de Izquierdas en la URSS. A finales de los años 20 y principios de los 30, la comprensión del papel híbrido e inestable que jugará la Unión Soviética en la política internacional y la conexión entre las políticas internas y la política exterior de la burocracia soviética y su control sobre el movimiento comunista oficial jugarán un papel destacado en el análisis de Trotsky.

A menudo las políticas conservadoras ante el campesinado acomodado y los nuevos ricos de la NEP en el plano interno se acompañarán de un obstruccionismo, cuando no de un bloqueo, de potencialidades revolucionarias en el exterior (huelga general británica de 1926 o aplastamiento del movimiento comunista en China por su subordinación al Kuomintang en 1927), así como el voluntarismo faraónico de la colectivización forzosa y la industrialización acelerada se acompañarán de un giro ultraizquierdista y sectario (cuyo máximo exponente fue la conocida política del “socialfascismo” en relación con la socialdemocracia, en particular en Alemania, con resultados de sobra conocidos)… y, ante la amenaza hitlerista, un nuevo viraje diplomático de 180 grados en pos de una alianza con Francia e Inglaterra en el marco de los gobiernos de Frente Popular (con el coste de sacrificar revoluciones en curso —España, 1936-37— o en gestación —Francia, julio-septiembre del 36—) y el frenesí de los procesos farsa y el terror concentracionario en la URSS… Dinámicas que sin duda continuarán tras la muerte de Trotsky y se acentuarán durante el reparto del mundo de Yalta con una auténtica apoteosis de la razón de Estado estaliniana —saboteando abiertamente procesos revolucionarios en China, Grecia y Yugoeslavia (la ruptura ulterior con el titismo y el maoísmo hunde sus raíces en estos acontecimientos)… e imponiendo dinámicas de unidad nacional con la burguesía en Francia e Italia—.

La explicación de Trotsky es que el rol conservador de la burocracia soviética en política internacional expresaba un equilibrio inestable en el que, por un lado, buscaba conservar su monopolio del poder político en la URSS —base, por lo demás, de sus privilegios materiales— a costa de la clase obrera soviética evitando que otras revoluciones la desbancaran, sin perder, no obstante, su influencia sobre el movimiento obrero internacional. Por otro, la burocracia estaliniana, que debía en parte su poder a la expropiación de la burguesía, pero sobre todo al bloqueo de la transición al socialismo iniciada en 1917, tampoco podía perpetuar sus privilegios de origen político y convertirse en una clase social nueva sin restaurar el capitalismo, ni podía desentenderse completamente de la suerte del movimiento obrero internacional, fuente de un enorme poder diplomático y prestigio político. Por consiguiente, dirá Trotsky, el destino de la URSS y de la burocracia en el poder depende del desenlace de la lucha de clases a nivel internacional: todo avance de la revolución mundial la desestabilizará y permitirá un ascenso obrero en la URSS (“revolución política” será la fórmula que utilizará); todo retroceso reforzará al imperialismo, despolitizará al proletariado soviético, contribuirá a la cristalización y a la autonomización de la casta burocrática, pero ésta no se transformará plenamente en una nueva clase propietaria sin una restauración del capitalismo y el consiguiente retorno a la propiedad privada de los medios de producción, una hipótesis que Trotsky no dejó de contemplar desde el principio y que efectivamente se materializará a partir de 1990.

La apuesta de Trotsky (que en algunos aspectos suponía una autocrítica implícita y hasta explícita de su política en el poder entre 1919 y 1921) será una industrialización progresiva, la restauración de la democracia soviética, el pluripartidismo, la plena libertad de expresión, organización y crítica; la autonomía de los sindicatos en relación con el Estado y una política de apoyo a la revolución a nivel internacional en el marco de la lucha por derrocar a la dictadura policial-concentracionaria estaliniana. Que sus seguidores (Broué contabiliza hasta 30.000 militantes en la URSS) fueran derrotados y en su mayor parte físicamente exterminados no significa que no tuvieran razón. Su combate, y el holocausto que sabían que les depararía en los campos, fue en nombre del futuro de la revolución mundial y por impedir la amalgama entre el ideal comunista de una vida nueva en un mundo justo y habitable y la catástrofe política y moral del estalinismo. Su sacrificio no fue en balde. Porque fueron, somos.

El último combate de Trotsky

La conclusión lógica de los análisis de Trotsky será la necesidad de transformarlos en proyecto político, de convertir el programa de la democracia socialista en militancia y organización. Tras largos años de lucha de ideas por cambiar la orientación de la Internacional Comunista, con la catástrofe alemana de abril de 1933 la Oposición de Izquierdas Internacional concluyó que aquélla no sobreviviría y que había que construir una nueva internacional ante el peligro de hundimiento total del movimiento obrero en general y del comunista en particular. Las ideas no vivían en los libros sino en la intervención colectiva sobre la realidad. Sabían que si no se extendía la revolución a los principales países capitalistas y se restauraba la democracia soviética en la URSS, tarde o temprano, el entonces todopoderoso “socialismo en un solo país” conduciría a la restauración capitalista.

A diferencia de las anteriores, desarrolladas gracias a victorias de la izquierda, la Cuarta Internacional se fundó en un contexto catastrófico: la consolidación del estalinismo y la llegada de Hitler al poder. La comprensión de ambos fenómenos y la defensa de un programa de acción realista que los podría haber derrotado es su razón de ser. Estos acontecimientos han traumatizado a franjas enteras de trabajadores de todo el mundo y pesan aún como una losa hasta el día de hoy. La idea de que el fascismo fue “irresistible”; que la revolución es un salto al vacío que conduce a la dictadura; que no hay democracia fuera del capitalismo; que hace falta moderación y consenso en las demandas sociales para no “provocar” a la derecha… son prejuicios extendidos entre las mayorías populares que votan a la izquierda main stream, inclusive entre sectores combativos. No obstante, si bien es cierto que subestimó la profundidad de las derrotas y el ingrediente consensual ligado al empuje desarrollista y nacionalista del apogeo estaliniano, Trotsky partía de la hipótesis de que una nueva guerra mundial podría conducir al hundimiento del estalinismo (quizás en una analogía algo forzada con el caso de la guerra franco-prusiana de 1870, la caída del bonapartismo y la Comuna de París) y a un relanzamiento de la revolución en diversas zonas del mundo.

En ese contexto, cuando la fuerza propulsora de la Revolución de Octubre todavía seguía operando en lo más profundo de las clases populares, una pequeña organización que mantuviera una posición coherente podría transformarse en un instrumento revolucionario útil al modo en que las conferencias de Zimmerwald y Kienthal habían constituido el embrión de la futura Internacional Comunista ante la capitulación de la socialdemocracia en 1914. Sin lugar a dudas, la orden de Stalin de liquidar al extraordinario historiador y único gran protagonista vivo de Octubre explica que las esperanzas que guiaban al segundo coincidían en gran medida con los temores obsesivos del primero. Como sabemos, ciertamente el desenlace de la guerra mundial reforzará al estalinismo y le permitirá crear y tutelar las “democracias populares” desde arriba en Europa Oriental… pero no es menos cierto que se enfrentará en mayor o menor medida con todas las revoluciones genuinas posteriores, inaugurando la larga “crisis del movimiento comunista”. El marxismo revolucionario clásico de la Cuarta Internacional posterior a la muerte de Trotsky, perseguido, calumniado y fragmentado, quedará condenado a una tortuosa travesía del desierto en los márgenes del movimiento obrero hasta que la brecha del 68 internacional y el retorno de las esperanzas revolucionarias en Vietnam, Praga, México o París le permitió emerger de nuevo de las catacumbas (Anderson).

Construir a contracorriente ante el apocalipsis

Decíamos más arriba que el joven Trotsky centrará su atención en las dinámicas espontáneas de autoorganización, posteriormente pensará las políticas unitarias y en los últimos años de su vida enriquecerá su concepción del papel y las modalidades de construcción de la organización revolucionaria. En el periodo comprendido entre la ruptura definitiva con la Internacional Comunista estalinizada y su asesinato en 1940 planteará hasta tres hipótesis de construcción partidaria estrechamente ligadas con las dinámicas generales y las diferenciaciones reales del movimiento obrero de cada país. En una primera etapa buscará la interlocución con todas las corrientes resultantes de diferenciaciones y rupturas producidas por la estalinización de los partidos comunistas y la radicalización de formaciones de origen socialdemócrata de izquierdas o “centristas” —es decir, organizaciones en evolución pero sin una perspectiva estratégica clara y que, por consiguiente, oscilan entre postulados revolucionarios y reformistas—.

Aquí se inscriben los debates con el llamado Buró de Londres y con las corrientes que confluirán en el POUM, principal partido comunista independiente de la época. La segunda hipótesis está relacionada con la reacción de radicalización anticapitalista experimentada por capas significativas de la socialdemocracia tradicional —en particular entre sus juventudes— tras el shockprovocado por la victoria de Hitler en Alemania. Aquí Trotsky propone la incorporación a la socialdemocracia manteniendo una identidad pública para acompañar la evolución revolucionaria de dichas corrientes. Es lo que se conoce como el “giro francés”. Desgraciadamente, a pesar de avances importantes en determinados países, ese potencial fue, en buena medida, recuperado y desviado por el estalinismo en el marco de los frentes populares —un ejemplo espectacular de ello será la evolución de las Juventudes Socialistas durante la Segunda República española (Broué)—. La tercera hipótesis fue la construcción, en países sin tradición de representación política independiente de la clase obrera, de partidos amplios y pluralistas apoyados en la fuerza de los sindicatos. Algunos de sus últimos escritos sobre Estados Unidos van en esta línea. Ciertamente, lo mínimo que se puede decir es que sus propuestas se basaban en dinámicas reales en curso y no en hipótesis inciertas y que su apuesta por la construcción de organizaciones revolucionarias siempre estuvo relacionada con las grandes tareas de desarrollo del movimiento obrero en su conjunto. Nada más lejos de las interpretaciones autoproclamatorias y autoreferenciales que tanto han dañado y lacerado a nuestro movimiento.

Es cierto que la brillantez de muchas propuestas de Trotsky no siempre se acompañó de los mejores métodos de dirección de la Cuarta Internacional y, en ocasiones, su estilo categórico y hasta excomulgador no ayudó a construir en el mejor de los climas de confianza y fraternidad. Sin embargo, también es cierto que su extraordinaria lucidez a propósito del curso de los acontecimientos, la tragedia personal en la que estaba inmerso en el “planeta sin visado”, asistiendo a la liquidación de familiares, camaradas y amigos, la acumulación de derrotas y la segunda guerra mundial como telón de fondo, por un lado, y la terrible desproporción entre tareas y medios humanos y materiales disponibles, por otro, hacían inevitable la exasperación y la violencia de determinados debates.

Del pan a las rosas: las reivindicaciones transitorias

Decíamos en el apartado anterior que Trotsky, si bien afirmaba la especificidad de la construcción partidaria como tarea, siempre relacionó sus modalidades con las objetivos generales del movimiento obrero en cada fase. En este contexto el desarrollo del enfoque transicional en el manifiesto fundador de la Cuarta Internacional jugará un papel clave hasta nuestros días. Consiste en pensar las consignas a desarrollar, no como un fetiche mágico con un potencial intrínseco, sino como instrumentos de propaganda y agitación capaces de conectar con el nivel real de combatividad y conciencia de las mayorías populares, de relacionar las reivindicaciones más inmediatas y sentidas por la clase trabajadora con reivindicaciones incompatibles con el normal funcionamiento del capitalismo y que cuestionen en la práctica sus fundamentos. En otras palabras, las reivindicaciones transitorias parten de la defensa de las necesidades básicas de las masas e intentan llevarlas, gracias a sus experiencias cotidianas de lucha, a la conclusión de la necesidad de la revolución socialista.

Sin duda, en el periodo actual, reivindicaciones como la gratuidad del agua y los suministros básicos, la prohibición de los desahucios y de los despidos en empresas con beneficios, la nacionalización de los sectores estratégicos de la energía, el transporte y la banca, la reconversión ecológica de la industria, la expansión de la sanidad y la educación públicas y la expropiación inmediata de la mafia farmacéutica que se está lucrando con la COVID 19 podrían jugar dicho rol transitorio y contribuir a generalizar la conciencia anticapitalista en todo el mundo.

Cambiar la vida, transformar la sociedad

No podemos concluir estas notas sin unos apuntes sobre la reflexión de Trotsky acerca de la relación entre cambio político, transformación social, vida cotidiana y lugar de la cultura y el arte. Ciertamente Davidovich Bronstein seguía claramente la divisa de Rimbaud que abre este último apartado así como la que se haría célebre en el movimiento feminista, “lo personal es político”. En efecto, Trotsky, sin duda el mejor escritor de la tradición marxista (no en vano su primer seudónimo era “La Pluma”), además de teórico marxista, historiador de la Revolución rusa y biógrafo de Lenin y Stalin (algo que, por lo visto, precipitó su asesinato), fue un gran pensador de la cultura y la vida cotidiana y un extraordinario crítico literario (creo que la recopilación de escritos de Literatura y revolución es verdaderamente fascinante).

Es más, su atención a las opresiones específicas demuestra que su concepción de la revolución permanente también incorporaba una dimensión de revolución político-cultural. Apoyará con Lenin el trabajo feminista en el Partido Bolchevique y en los primeros tiempos de la URSS, comprenderá la dimensión estratégica de la emancipación de la mujer en la construcción de una sociedad sin clases, centrando su atención en aspectos fundamentales hasta la actualidad, como son la socialización del trabajo reproductivo y la lucha contra la violencia y el autoritarismo en el seno de la institución familiar. Comprenderá y estudiará la opresión de los pueblos racializados (como el afroamericano, de lúgubre actualidad en EE.UU.), las discriminaciones religiosas (la cuestión judía, rechazando siempre las tentaciones separatistas y sionistas) y las opresiones nacionales (tiene escritos magníficos sobre Catalunya). Es decir que huía del simplismo obrerista y entendía que no todas las injusticias, de ayer y de hoy, se reducen a la explotación capitalista, sino que abordaba las profundas raíces del racismo, el machismo, la opresión nacional o la persecución religiosa. Creo modestamente que su enfoque pone de relieve la densidad de su concepción del socialismo como civilización nueva, como inicio de una verdadera historia humana.

Como crítico cultural participará en dos grandes polémicas. En primer lugar a propósito del debate acerca de la cultura proletaria en la Rusia soviética de los años 20. Recordará el contrasentido de desarrollar una cultura obrera a espaldas de la cultura clásica cuando la tarea del momento era sentar las bases de una cultura socialista que superara las limitaciones sociales y antropológicas de la explotación clasista. En este sentido, Trotsky (como ya hizo a propósito del debate militar) alertará contra la tentación populista de construir una cultura nueva en base al mero voluntarismo, ignorando los hitos culturales, científicos y técnicos anteriores. Afirmará sin ambages la imposibilidad de edificar una cultura socialista verdaderamente superior sin asimilar previamente la cultura clásica. Ligado a ello está la otra gran polémica, la defensa absoluta de la libertad como conditio sine qua non para el desarrollo del arte y la cultura. Trotsky, gran conocedor de la literatura realista y la pintura francesas del XIX (son conocidas sus visitas al Prado durante su paso por Madrid o su lectura altanera de novelas de Zola como muestra de desprecio ante los ataques sufridos durante las sesiones del buró político tras la muerte de Lenin), atacó frontalmente el mal llamado “realismo socialista”, una especie de vulgata funcionarial que limitaba el arte a la mera función de propaganda exaltadora de la obra del “padre de los pueblos” en el país con la mayor tasa de suicidios de intelectuales y artistas de su tiempo.

Mención aparte merece la iniciativa lanzada con el líder surrealista André Breton de un Manifiesto por un arte revolucionario independiente, en el que es conocida la anécdota de que Breton defendió un redactado inicial proclamando “toda la libertad en el arte salvo para atacar la revolución”, al que se opondrá Trotsky afirmando la absoluta libertad del arte sin peros ni condiciones. Creo que esta afirmación tan libertaria y tan necesaria conecta muy bien con una de las últimas frases pronunciadas por “El Viejo” antes de morir y que resume perfectamente nuestras tareas de hoy: “La vida es hermosa. Que las futuras generaciones la libren de todo mal, opresión y violencia y la disfruten plenamente”. Que así sea.

Andreu Coll es militante de Anticapitalistas

07/11/2020

Publicado en Jacobin América Latina

Fuente: https://vientosur.info/trotsky-sin-ismos/