domingo, 23 de agosto de 2026

¿POR QUÉ LA GUERRA Y NO LA REVOLUCIÓN?



Mauricio Lazzarato

Traducción: Diego Picotto y Emilio Sadier

Para Maurizio Lazzarato, la guerra no es una anomalía del capitalismo sino una dimensión constitutiva de su estrategia de poder. Frente a la crisis del orden global, la pregunta es por qué la revolución parece hoy imposible.

Introducción

Carl Schmitt, a quien Paolo Virno definía como «el Lenin de la burguesía», describe en un breve escrito el fundamento y el desarrollo de todo orden político, económico y social mediante tres verbos: tomar/dividir/producir. Su presupuesto es la apropiación violenta de recursos materiales y de seres humanos. El modelo es, sin duda, la acumulación originaria de Marx, ampliamente citada, que explica el origen «oculto» del capitalismo: depredación, rapiña, saqueo de tierras, de materias primas, de riquezas acumuladas por otras civilizaciones, apropiación de los cuerpos de campesinos y mujeres en Europa, y de los cuerpos «indígenas» en el resto del mundo.

En esta apropiación/expropiación, el rol del Estado, en su doble forma de poder político-militar y poder económico (función de la deuda pública, dice Marx), es determinante. Estos dos conceptos son inseparables, razón por la cual hay que hablar de la máquina Estado-Capital. Es necesario recordar siempre que el Estado moderno nace de las guerras civiles, para terminarlas o para impedirlas, función a la que nunca ha renunciado.

Con una violencia inaudita se lleva a cabo luego la división sobre aquello que ha sido apropiado/expropiado, depredado, separando propietarios y no propietarios que la producción presupone, pero no explica.

El tomar y el dividir instauran procesos de constitución de las clases de los explotados y de las clases dirigentes (la burguesía, que sustituye a la aristocracia feudal, y el proletariado, que sustituye a los campesinos) y, por lo tanto, de imposición de la relación de capital. Esto último prevé una multiplicidad de relaciones de poder que son en su totalidad dualismos, jerarquías entre quienes mandan y quienes obedecen: capitalistas/obreros, hombres/mujeres, blancos/racializados.

Solo tras el éxito de la guerra civil y de conquista la producción puede ser puesta en marcha. Es por esto que no hay que comenzar el análisis del capitalismo por la producción de mercancías, sino por las clases y por la división entre propietarios y no propietarios.

Ahora bien, lo «sorprendente» es que esto que estamos diciendo no es la descripción de un pasado remoto comprendido entre los siglos XV y XVIII, sino lo que está haciendo desde hace algunos años la administración estadounidense. Como siempre en la acumulación originaria que se repite, tomar es el primer paso de la estrategia: apropiarse de los recursos monetarios y materiales de los Estados vasallos mediante la amenaza, la intimidación y el chantaje, como hacen todas las buenas mafias: miles de millones de dólares arrancados mediante extorsión a Europa, Japón, Corea del Sur, Arabia Saudita, India, con aranceles, promesas de adquisición de materias primas estadounidenses (energía) o inversiones futuras a realizar en Estados Unidos.

El orden jurídico y económico que los propios estadounidenses habían impuesto en los años setenta del siglo pasado (estado de excepción planetario fundado sobre las leyes especiales de aquella década, otra gran fase de acumulación originaria y de guerra civil occidental completamente borrada de la memoria) es suspendido; lo que cuenta es solo la fuerza económica, política, pero sobre todo la fuerza armada. El derecho y las normas sociales serán instituidas después, cuando se establezca una nueva «normalidad» y el vencedor los imponga a los vencidos.

Mientras se toma, se expropia, se roba, se debe dividir; mientras se combate a los Estados no sometidos, a los BRICS, la estrategia de la administración estadounidense debe destruir las viejas clases y producir otras nuevas (neutralizar, dividir, dominar al proletariado y generar un enfrentamiento sin cuartel dentro de las élites estadounidenses, entre globalistas, neoconservadores, aislacionistas, etc.). Cuando Trump convocó a ochocientos de los oficiales más importantes del ejército estadounidense, dijo claramente que debían prepararse para la lucha contra el enemigo interno. Algo que se puso en práctica de inmediato en Minneapolis. Y aquí volvemos a encontrar las tres guerras de conquista y de apropiación de los cuerpos propias de la acumulación originaria: guerras raciales (contra los inmigrantes y los no blancos), de género (contra el «wokismo») y de clase (pese a la retórica filobrerista de Trump, se favorece por todos los medios a los superricos, a los monopolios y a las finanzas).

Entonces el Estado juega un rol fundamental como centro de coordinación y composición de los distintos centros de poder, con el objetivo de salvar al capitalismo (el dólar), agobiado por la acumulación de deudas insostenibles (públicas, privadas, financieras) y por la emergencia de los BRICS y de sus economías que pretenden liberarse del dólar.

El resultado de esta estrategia política debe ser la reindustrialización, lo que confirma una vez más que «la producción» llega después de que hayan sido establecidas, por la fuerza, relaciones de poder entre Estados y relaciones de poder con el proletariado (tanto interno como internacional).

La depredación de la guerra comercial (aranceles, imposición de inversiones en Estados Unidos, etc.) es insuficiente aun para apenas estabilizar las diversas deudas estadounidenses, dado que el mayor peso (90 por ciento) lo soportan las empresas y los consumidores estadounidenses. El secretario de Estado, Marco Rubio, en la conferencia de Múnich sobre seguridad llevada a cabo a comienzos de 2026, afirmó con claridad que la solución está en un imperialismo y un colonialismo renovados. Estados Unidos está condenado a la hegemonía mundial porque su existencia depende del dólar en cuanto moneda de intercambio y reserva internacional y, por lo tanto, no puede replegarse solo en Occidente. Dólar es sinónimo de imperialismo y colonialismo global.

La consecuencia directa de esta situación es la guerra contra Irán. La energía fósil y el problema de la desdolarización del mercado de la energía (que se compre y se venda sin pasar por el dólar) son los objetivos principales. Tomar el control (siempre se trata de «tomar» por la fuerza) de la extracción y de la circulación mundial del petróleo y el gas (Venezuela, Nigeria, Irán, etc.) para debilitar a China, alimentar las siempre inestables burbujas financieras, servir de base a la montaña de dinero especulativo, intentar detener la huida del dólar como moneda de intercambio (incluso las monarquías del Golfo prefieren el oro, y las bombas también sirven para «invitarlas» a volver a los petrodólares).

El objetivo monetario y financiero fijado a principios de mayo no se ha alcanzado; por el contrario, las monarquías del Golfo no son capaces de mantener en funcionamiento el circuito del petrodólar porque necesitan dólares para reparar los daños causados por los misiles iraníes y, por lo tanto, ya no pueden invertirlos en Estados Unidos. Para impedir que las petromonarquías vendan títulos estadounidenses, con el riesgo de derrumbar el esquema Ponzi sobre el que se sustenta el sistema financiero, el Tesoro estadounidense está utilizando swaps, proporcionando dólares a cambio de monedas locales. La Reserva Federal se ve obligada a recurrir a algo que parece asemejarse a una nueva quantitative easing, flexibilización cuantitativa que corre el riesgo de extenderse más allá del Golfo. La cantidad de dinero necesaria para la operación volverá aún más frágil e impredecible al capitalismo financiero, sin haber resuelto ninguno de los problemas del declive del dólar.

Los mercados bursátiles estadounidenses han batido todos los récords durante esta guerra, pero las crisis provienen del mercado de deuda (de las deudas) y los intereses que se deben a los acreedores no hacen sino aumentar. De lo que se habla menos es de que el producto más exportado por los yanquis es el oro (casi el doble de las exportaciones de energía y de productos farmacéuticos y dos veces y media más que las de motores aeronáuticos), que se dirige a China pasando por Suiza. La venta masiva de este activo refugio y la dirección que toma dicen mucho de las relaciones de fuerza actuales.

Desde el inicio de la guerra en Irán, los pagos comerciales internacionales que transitan por el sistema chino han aumentado vertiginosamente, lo que agrava aún más la futura crisis del dólar. Trump parece no preocuparse por la grave recesión que provocará su bloqueo del estrecho de Ormuz (el aumento de los precios se suma a la escasez de combustibles fósiles), convencido de que a Estados Unidos le irá mejor que al resto del mundo. Pero Estados Unidos se derrumba sin el flujo regular de capitales (y mercancías) del extranjero.

Como en toda talasocracia, el control de los estrechos, paso obligatorio para los buques que transportan el 80 por ciento de las mercancías mundiales, es fundamental. También desde este punto de vista, el poder estadounidense está disminuyendo. No es capaz de abrir el estrecho de Ormuz y no controla Bab el-Mandeb. Preocupada, la administración está acelerando la firma de nuevos acuerdos con los países ribereños de los estrechos de Gibraltar y Malaca.

La apropiación del petróleo iraní debería haber dado lugar a una nueva «división» del poder mundial. Las relaciones de fuerza están cambiando en términos reales, pero no necesariamente a favor de Estados Unidos e Israel. Los Emiratos Árabes Unidos se han retirado de la OPEP, mientras que Arabia Saudita está llegando a acuerdos con Irán y los hutíes. La guerra ha convertido a Irán en una potencia política en Asia occidental, lo que es exactamente lo contrario del objetivo perseguido al comenzar la guerra. Así como la guerra en Ucrania ha consolidado las relaciones entre China y Rusia, la guerra contra Irán parece haber fortalecido a los BRICS (la alianza entre China, Irán y Rusia).

La multipolaridad se está afianzando, reforzada por la guerra, pero no se manifiesta como una simple competencia entre potencias; es probable, en cambio, que se haya superado otro umbral, lo que podría conducir a una aceleración de la guerra mundial por partes. China está empezando a ponerse nerviosa, respondiendo con firmeza a la estrategia estadounidense (Venezuela, Irán, Guatemala, sanciones contra sus refinerías, la voluntad de reafirmar a América Latina como el «patrio trasero», etc.). El Partido Comunista Chino se verá obligado a reconocer que el lema de Mao «uno se divide en dos» vuelve a ser más actual que el de Confucio, «dos se recomponen en uno» («todos vivimos bajo el mismo cielo»). ¿Es posible un declive pacífico y controlado del imperio estadounidense?

Europa es la gran perdedora de la estrategia estadounidense. La guerra en Ucrania ya la obliga a pagar cuatro veces más por el gas natural licuado estadounidense que por el ruso, y el conflicto en curso no hará más que aumentar los costos para empresas y familias (hipócritamente, este año, las importaciones de gas licuado ruso han aumentado un 20 por ciento). Las clases dominantes europeas están completamente sometidas a la voluntad política de Estados Unidos, pero también es preciso admitir que los pueblos europeos tienen los «patrones» que se merecen. Sin un despertar y una ruptura radical con el presente del proletariado europeo, el declive del viejo continente será definitivo.

Guerra, finanzas y combustibles fósiles (y desde luego la inteligencia artificial) constituyen el último intento de preservar la hegemonía global estadounidense e imponer el proyecto israelí en una región estratégica. La guerra infinita de Estados Unidos, ya no contra el terrorismo sino contra los BRICS, está transformando a Europa en una Gran Ucrania que, por orden estadounidense, debe armarse a expensas de su propio estado social para continuar la guerra contra las «autocracias». La administración ha militarizado todo (el dólar, el acceso a su mercado, los medios de pago, las comunicaciones, etc.), transformando la economía en un régimen de guerra.

Si Occidente, bajo la égida de Estados Unidos, pierde esta batalla, tras la de Ucrania, su declive será acelerado. Pase lo que pase, esta guerra ha marcado definitivamente el fin de la financierización basada en el dólar, ha condenado al capitalismo de renta (hipócritamente etiquetado como neoliberalismo y, por lo tanto, como campeón de la libertad) y ha puesto fin a la globalización liderada por Estados Unidos.

El proyecto de convertir a Estados Unidos en el cerebro (estratégico y especulativo) y a Asia en el brazo (productivo y subordinado), una variante del colonialismo clásico, ha fracasado. Estos procesos son irreversibles y las guerras occidentales solo pueden retrasarlos o acelerarlos.

Las modalidades de depredación, conquista y afirmación política a través de la fuerza armada se encarnan en Gaza, donde el acto de «tomar», es decir, el genocidio, el colonialismo, la supremacía blanca y la violencia armada, es llevado al extremo. Gaza es ahora el modelo táctico de guerra adoptado por Estados Unidos e Israel en todos los conflictos que libran en el mundo. La operación «Board for Peace» para la «división inmobiliaria» en Gaza debería ser el núcleo de un nuevo orden mundial, cuya primera acción significativa por la paz es una nueva guerra. El aislacionismo de Trump, en solo un año, ha llevado al bombardeo de ocho países, confirmando así la imposibilidad de que Estados Unidos se retire a su propia esfera de influencia (el «gran espacio»), aunque esta abarque el mundo occidental por completo.

La Tercera Guerra Mundial en curso está poniendo fin al orden mundial surgido de la Segunda. Ya no tiene la forma que tuvo en la primera mitad del siglo XX, sino que se extiende en el tiempo y en el espacio (una discontinuidad espacio-temporal, una «guerra mundial fragmentada» según la definición papal). Si se centraliza en el tiempo y en el espacio, corre el riesgo de degenerar en un conflicto nuclear. La guerra civil global, incluso en su nueva forma, sigue siendo la matriz de la acción política.

Lo que se desprende como fundamental de este análisis de la situación actual es lo siguiente: el capitalismo es un enfrentamiento entre fuerzas, un campo de oposiciones y hostilidades radicales. Antes de ser una economía, un modo de producción, el capitalismo es una estrategia. Encontramos confirmación de esta concepción nuestra en Fernand Braudel. El capitalismo tiene la capacidad de «monitorear incesantemente la situación para poder intervenir en ella», sabiendo «conocer y poder elegir el campo de acción (…) es precisamente la capacidad de crear una estrategia y manejar los tiempos en cambiarla lo que define la superioridad capitalista».

El capitalismo no se desarrolla por fases (mercancías-intercambio, industria, finanzas), como creía Marx, porque ha «nacido financiero», y su fuerza reside justamente en la capacidad estratégica «de pasar casi instantáneamente de una forma a otra, de un sector a otro, en caso de crisis grave o de fuerte disminución de las tasas de ganancia».

En el último siglo y medio, el capitalismo ha pasado del capitalismo industrial a la hegemonía del capital financiero a caballo de los siglos XIX y XX; entre 1945 y 1970 ha vuelto a ser dominantemente industrial, para volver, luego de 1970, a las finanzas. Hoy en día, las decisiones estratégicas ya no pueden ser tomadas con tanta facilidad, porque no existe una hegemonía unilateral; los BRICS lo impiden, mientras el capitalismo financiero estadounidense se encuentra en una situación de sobreperformatividad de la especulación, presagio de una nueva crisis sistémica.

La teoría de Braudel nos ofrece la posibilidad de comprender un gran problema estratégico, que está en el origen de la derrota histórica del movimiento obrero y de la revolución. Marx dice que es necesario abandonar la esfera del mercado para adentrarse en los secretos de la producción, en cuyo umbral está escrito: «No admittance except on business» (Prohibida la entrada salvo por negocios). Braudel, por su parte, aconseja abandonar el mercado para penetrar en los arcanos de las finanzas, donde la producción no es más que una ocasión para mandar y especular. El problema: en el primer caso, dentro de la producción están los obreros que pueden bloquearla; en el segundo caso, solo están los capitalistas y el Estado, lo que les permite romper el «compromiso» con el movimiento obrero, cuya fuerza depende de la industria, y organizar la secesión de los ricos. Es imprescindible elaborar una estrategia para esta nueva situación, pero aún no hemos conseguido hacerlo.

En la segunda parte del libro nos preguntamos precisamente por este problema estratégico: ¿por qué no se ve ninguna revolución en el horizonte a pesar de que existen condiciones objetivamente favorables? En el centro de la respuesta, difícil de formular, hay, tal vez, tres problemas principales: la cuestión del poder, la cuestión de la multiplicidad del proletariado y la cuestión del saber estratégico. Estos tres problemas convergen en el problema: la naturaleza del conflicto revolucionario y su organización.

La teoría crítica y los nuevos movimientos posteriores a 1968 tienden a concentrarse en el ciclo de acumulación del capital, ampliando la perspectiva marxista, ya que, al lado de la explotación de la clase obrera, abordan la explotación y el dominio sobre las mujeres, sobre los colonizados racializados, sobre la «tierra», aunque dejando de lado el ciclo estratégico de la revolución y del poder. Este último se da como fuerza que, al mismo tiempo, alimenta y supera estas formas de dominio y de explotación porque funciona como poder global, como «totalidad dividida» o «imposible». Dividida, porque el conflicto la atraviesa constantemente; imposible, porque busca continuamente la totalización sin llegar nunca a realizarla, siempre impedida por las oposiciones entre Estados o por los diversos componentes del proletariado. El ejercicio de este poder global es doble: interno, contra el proletariado, y externo, contra otros Estados. Los que se disputan la hegemonía son ya solo los grandes Estados cuya soberanía es ejercida sobre grandes espacios.

Al separar poder y violencia (Arendt, Weil, Foucault, etc.), el pensamiento crítico reduce el primero a «gobernanza», a «poder blando». Por el contrario, sea cual sea la modalidad que adopte, el poder siempre es inseparable del uso de la fuerza, de la acción militar dirigida hacia el interior del Estado (monopolio legítimo de la fuerza, policía) o hacia el exterior (enfrentamiento imperialista). La máquina Capital-Estado es, desde el siglo XV, imperialista porque, desde entonces, se caracteriza por la exportación de capitales. Samir Amin añade que siempre ha sido imperialista por ser desde siempre colonialista.

Segundo problema: la multiplicidad del proletariado y de sus formas de lucha siempre queda atrapada en estos dualismos. Es capturada por las diversas jerarquías de explotación y de dominio y por los dualismos del ejercicio global del poder. Pensar en «hacer la multiplicidad» sin destruir no solo los dualismos hombre/mujer, blancos/racializados, patrón/trabajador, sino también los dualismos globales (internos y externos) es la gran ingenuidad del pensamiento crítico y de los movimientos surgidos después del 68. Y aquí volvemos al inicio del texto. Aún hoy es imposible producir un cambio significativo, fundar un nuevo orden político-económico, sin «expropiar a los expropiadores». No se trata de repetir ritualmente la fórmula marxiana, sino de la conciencia de que no es creíble proponer, como se ha hecho en los últimos cincuenta años, instalar lo común, hacer proliferar las diferencias, producir formas de vida, practicar el éxodo, inventar líneas de fuga sin pasar por el «tomar». Ciertamente, se pueden crear libertades parciales, y han sido efectivamente conquistas fundamentales, pero que conviven con los poderes globales, siempre a merced de las relaciones de fuerza que transforman, como lo han estado haciendo desde hace décadas, la producción de nuevas subjetividades en un devenir fascista, en una subjetividad reaccionaria/conservadora. En el capitalismo siempre se llega a la guerra acompañada de su hermano demoníaco, el fascismo. El fascismo y la guerra apuntan a cancelar las libertades parciales y a destruir los espacios políticos previamente conquistados.

No se distribuye sin tomar (ilusión de los socialistas que luchan por una distribución más justa), como tampoco se debe confiar en el desarrollo de la producción (ilusión de los economicistas, entre los que se cuenta los marxismos occidentales), solución inadecuada porque el aumento de las fuerzas productivas se da aceptando las relaciones de poder establecidas por la sucesión de las acumulaciones originarias, que imponen, una y otra vez, quién manda (ellos) y quién obedece (nosotros).

La expropiación de la «apropiación financiera» que ha acumulado riquezas astronómicas, concentradas en poquísimas manos, conducida por depredadores cuyo modelo es la camarilla montada por Epstein (depredador a la vez financiero, sexual y profundamente racista, expresión paradigmática de los patrones del capitalismo de la renta) es la condición indispensable para cualquier cambio. Así nos encontramos con los individuos celebrados por el liberalismo, pero al frente de inmensas concentraciones monopolistas de riqueza y poder, favorecidas y construidas por instituciones como el mercado y la competencia, que funcionan exactamente al revés de lo que nos cuenta la ideología neoliberal y ordoliberal. La depredación financiera, si es dejada a su suerte, es tan masiva e invasiva que no puede sino desembocar en la destrucción económica, moral, social y ambiental, y en la autodestrucción del propio capitalismo.

La expropiación producida por las diversas revoluciones del siglo XX es el resultado de una estrategia, tercer problema, capaz de organizar y gestionar la fuerza, ya que se trata de un acto que no puede ser negociado, sino solo impuesto. Tener una estrategia significa, principalmente, dos cosas. En primer lugar, comenzar a distinguir entre ciclo de acumulación y ciclo estratégico. El primero comprende las relaciones de poder capitalista/obrero, hombre/mujer, blanco/racializado. El segundo, las luchas y la organización para la destrucción del poder global interno (guerra civil abierta o subterránea) y externo (imperialista). Entre ambos existe una relación de continuidad, pero también de ruptura, de discontinuidad. El paso del ciclo de acumulación al ciclo de la revolución constituye precisamente el objeto del saber estratégico, hoy completamente anulado porque la tradición revolucionaria del siglo XX, que marcó el inicio del fin del colonialismo y de Occidente, en lugar de ser objeto de un balance crítico (las revoluciones las han hecho los campesinos y no los obreros, ya que las fuerzas productivas eran las menos desarrolladas, etc.), ha sido, a pesar de constituir la única experiencia de grandes estrategias del bando proletario, simplemente rechazada.

En segundo lugar, estrategia significa también gestión de la relación entre acontecimiento y proceso, capacidad de concatenar la ruptura instantánea (revuelta, tumulto, insurrección) y el tiempo más largo de la acumulación de la fuerza y de la desestabilización y desestructuración del poder. Desde hace cincuenta años, hemos vuelto a caer en la época de las meras revueltas, en el tiempo de las derrotas sin futuro, de los proletarios sin revolución. Los únicos que han conservado y transmitido con celo su pensamiento estratégico y su odio de clase han sido nuestros enemigos y por ello vencen y seguirán venciendo (o autodestruyéndose). Sin la invención de un nuevo ciclo estratégico de la revolución, nuestro destino es la servidumbre.

El pensamiento crítico, pero también los movimientos feministas, decoloniales, ecológicos y lo que queda del movimiento obrero, actúan como si el nuevo orden deseado no tuviera como premisa el tomar y el dividir y, por lo tanto, la organización para imponerlos. El poder sexual, racial y económico del hombre blanco es inseparable del ciclo estratégico del capital y de su uso de la fuerza. Es más, la continuidad de estas formas de poder sobre los cuerpos encuentra su pleno ejercicio en las clases que gestionan el poder global.

La subjetivación no puede limitarse a ser ética (cuidado de sí, diferenciación de las subjetividades, prácticas de libertad, relación consigo mismo, etc.), porque debe moverse entre el ciclo de la acumulación y el ciclo estratégico, entre la continuidad y la discontinuidad de las dos modalidades de subjetivación: subjetivación contra el poder económico, sexual y racial, y subjetivación estratégica contra los poderes globales.

La realidad del enfrentamiento de clases imperialista nos impone esta verdad: el capitalismo no es aprehensible ni a través del «uno» de la trascendencia hobbesiana, ni a través de la «multiplicidad» spinozista de la inmanencia. Su primera realidad es el dos: la división, la polaridad, la oposición, la hostilidad. La condición para retomar un discurso y una práctica de ruptura es pensar y organizar las relaciones entre el dos y la multiplicidad en lugar de oponerlos, con el propósito, objetivamente «irrealista», por el momento, de construir una estrategia política que tenga en cuenta los tres verbos con los que hemos comenzado, tomar, dividir, producir, y el hecho de que estos constituyen la política del capitalismo financiero.

Una última consideración sobre la mortal potencia autodestructiva del capitalismo. La crítica psicológica o psicoanalítica a Trump, a Milei y a los masoquistas dirigentes europeos erra el blanco: son el capitalismo y el Estado, acoplados en la máquina Estado-Capital, los que son movidos por una racionalidad irracional. «Todo es racional en el capitalismo, excepto el capital», en el sentido de que lleva a la exasperación la racionalidad con respecto a su objetivo, pero con fines absolutamente irracionales. Los dispositivos del genocidio de los judíos siguieron al pie de la letra la racionalidad logística y productiva del capitalismo.

Con una regularidad escalofriante, la producción se revierte en destrucción y en autodestrucción. Cuando la crisis no se resuelve, la máquina Estado-Capital recurre a la carrera armamentista, a la guerra, al fascismo, a la destrucción de lo que ha producido en la fase de desarrollo. La humanidad y sus condiciones de vida son el objeto de este proceso catastrófico inaugurado ya hace un siglo por la «guerra total». La absurdidad del dinero que produce dinero (punto de demencia que es el equivalente en psiquiatría al estado terminal) encuentra su realización plena en las finanzas.

La racionalidad irracional del capitalismo implica formas de subjetivación que en los períodos de «acumulación originaria» se llaman Hitler, Mussolini, Trump, Milei y la clase dirigente de Epstein. En el capitalismo, la locura es, como la guerra, estructural.

El único límite real de esta voluntad de potencia destructiva y autodestructiva ha sido la revolución. Una vez derrotada, la lógica racional irracional se ha desplegado sin ningún obstáculo. La revolución imposible es una necesidad vital que incluso los ecologistas deberían poder comprender.

La primera parte del libro está constituida por artículos escritos entre 2024 y 2026 acerca del porqué de la guerra. Los últimos textos, más extensos, son inéditos y buscan responder el por qué de la imposibilidad de la revolución. Hay conceptos que se repiten, pero he mantenido las repeticiones, ya que, en cada caso, desarrollan un nuevo aspecto.

Fuente: https://jacobinlat.com/2026/08/por-que-la-guerra-y-no-la-revolucion/

viernes, 21 de agosto de 2026

EL NUEVO GRAN JUEGO, REVISITADO

 


Por Administrator

viernes 21 de agosto de 2026, 22:00h

Pepe Escobar

Bastó con unos pocos misiles yemeníes contra refinerías saudíes para despertar a los líderes de la Ummah; no con la muerte de más de 100.000 palestinos en Gaza a manos de la secta de la muerte.

El pacto suní de La Meca entre Arabia Saudita, Turquía y Pakistán sigue siendo un enigma. O quizás un espectáculo turbio y de baja calidad, con sesiones fotográficas y escaso intercambio de información. El texto completo no se ha publicado. Todo es bastante vago, limitándose a destacar la "disuasión colectiva".

Contra quién, depende de cada uno. Todas las opciones —Eretz Israel, Estados Unidos-Israel, India (en caso de atacar a Pakistán)— podrían aplicarse. El concepto clave es «podrían». A esto se suman las innumerables restricciones de la OTAN que pesan sobre Turquía: un verdadero nido de víboras.

Es significativo que Turquía informara a Irán antes de firmar el acuerdo de La Meca. Además, se promovió la adhesión de Irán al acuerdo en una etapa posterior, dado que Riad, en teoría, rechaza los ataques militares contra Teherán, y Irán podría estar amparado por el paraguas nuclear de Pakistán.

La geografía, una vez más, marcará la pauta. Turquía permanecerá en la OTAN, porque las élites turcas son esencialmente atlantistas. Arabia Saudita tendría que obrar milagros para liberarse del paraguas de seguridad estadounidense y de la mano de obra india. La prioridad de Pakistán es China y la Nueva Ruta de la Seda, además del gasoducto IP procedente de Irán. La Meca es, en esencia, un teatro de operaciones de disuasión.

Un escenario diferente y más intrigante apuntaría a la instrumentalización del Gran Turán —un objetivo clave para Turquía— en beneficio de la alianza entre Estados Unidos y el sionismo. Esto indicaría una reinterpretación neo-otomana, ahora reconfigurada como el liderazgo de los asuntos árabes interpuestos. Como si Ankara recreara la jerarquía otomana con ella misma en el centro, con el fin de «salvar» a los sionistas y salafistas de sí mismos.

Parece que la chispa que inspiró el traslado a La Meca provino del propio MbS (aunque nadie lo sabe con certeza, dada la opacidad de la situación en Riad). Dado que Yemen está impidiendo a Riad exportar petróleo a través del Mar Rojo —e incluso podría perder sus pozos petrolíferos si la situación se complica—, ¿por qué no apostar por un neo-otomanismo benevolente?

Por qué Estados Unidos nunca podrá levantar las sanciones contra Irán.


Rutas de exportación de petróleo a través del estrecho de Ormuz y sus alrededores. Fuente: Agencia Internacional de Energía, febrero de 2026.

Mientras tanto, en Irán, bajo un Consejo Supremo de Seguridad Nacional (CSSN) renovado por el líder Mojtaba Khamenei, el consenso consolidado es que Teherán nunca cederá, especialmente bajo el actual estatus de "ni guerra ni paz".

Washington tendría que cumplir una serie de condiciones muy severas antes de que se reabra el estrecho de Ormuz, entre ellas:

1.      El fin de las amenazas e “insultos” de Estados Unidos;

2.     Fin definitivo de las guerras de Estados Unidos contra Irán y sus aliados en Palestina, Líbano, Yemen e Irak;

3.     Levantamiento del bloqueo naval estadounidense y retirada de todas las fuerzas estadounidenses;

4.    No menos de 300 mil millones de dólares en compensación por daños de guerra;

5.     Levantamiento de todas las sanciones;

6.    Liberación incondicional de todos los activos congelados;

7.     Derecho de Irán a cobrar hasta un 7% por el tránsito de mercancías;

8.    Prohibición de la navegación de buques estadounidenses e israelíes;

9.    Se aplicará una penalización del 20% a los buques que incumplan las condiciones.

Podríamos considerarlo una señal de rendición estadounidense: una capitulación en todos los frentes, desde el "seguimiento del dinero" hasta la expulsión militar, el fin de las sanciones y el control total de Irán sobre el estrecho de Ormuz.

Incluso los granos de arena a lo largo de las antiguas y nuevas Rutas de la Seda saben que la enorme deuda estadounidense busca ávidamente nuevos mecanismos para alimentarse con el control de los recursos naturales, desde el petróleo y el oro hasta los minerales de tierras raras. Y estos recursos naturales deben cotizarse en dólares estadounidenses y petrodólares.

Irán, cruce de caminos clave en Eurasia, posee absolutamente todo lo que Estados Unidos necesita. Sin embargo, es soberano, independiente y está íntimamente alineado con la alianza estratégica entre Rusia y China.

Esto tiene todos los ingredientes para convertirse en una guerra interminable. Washington jamás levantará las sanciones contra Irán. Es política y geoeconómicamente imposible. Y Washington, quienquiera que esté en el poder, jamás aceptará el control iraní sobre el estrecho de Ormuz, incluyendo los aranceles administrativos, porque eso sellaría, en la práctica, el fracaso imperial de utilizar las sanciones económicas como su herramienta "diplomática" predilecta.

El resultado es que algunas de las graves consecuencias de la guerra desatada el 28 de febrero ya son bastante evidentes. Entre ellas se incluyen la posible destrucción financiera del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG), con el consiguiente colapso de sus regímenes gobernantes; la expansión geográfica casi inevitable de Yemen; el aislamiento internacional prácticamente total del grupo terrorista; una crisis económica mundial masiva que se suma a la crisis financiera estadounidense; y el ascenso de Irán al estatus de potencia prominente en Asia Occidental, Eurasia y el Sur Global.

Todo ello implica un cambio geoeconómico radical que facilitará un ascenso mucho más rápido de los BRICS y los BRICS+, con la consolidación de Shanghái como la solución ideal para que el capital del Sur Global ponga a salvo sus ahorros.

¡Cuidado con el “Eje Euroasiático”!

El Imperio del Caos, las Mentiras, el Saqueo y la Piratería no se quedará de brazos cruzados. Por lo tanto, el tablero de ajedrez seguirá desestabilizándose incluso en nodos que, en teoría, están controlados por los Soberanos Independientes.

Adéntrate en el Mar Caspio, un nodo clave del Corredor Internacional de Transporte Norte-Sur (INSTC), uno de los principales corredores de conectividad del comercio paneurasia del siglo XXI, que une a los miembros de los BRICS, Rusia, Irán e India, con Asia Central, evitando las sanciones occidentales y los puntos estratégicos marítimos controlados por la OTAN.


La guerra híbrida en el Caspio encaja a la perfección con el escenario imperial de provocar consecuencias sistémicas negativas que se extienden más allá de Rusia e Irán, llegando hasta China y Europa. Al fin y al cabo, China considera el Caspio un canal de conexión clave entre los proyectos de la Iniciativa de la Franja y la Ruta (BRI) y Asia Central y Europa.

Así, el Caspio podría convertirse en el punto álgido de una división geopolítica cerca del centro de Eurasia, contraponiendo a Washington/Tel Aviv/Kiev con los estados-civilización soberanos e independientes de los BRICS/OCS.

Entra en escena, una vez más, Turquía, ahora como el posible eslabón perdido en el eje sionista que busca conectar ambas guerras (la OTAN contra Ucrania, EE. UU./Israel contra Irán): después de todo, son la misma guerra desde el principio.

Aun así, será difícil convencer al sultán Erdogan de que persiga los activos estratégicos rusos e iraníes en el Caspio, incluso indirectamente a través de Azerbaiyán. Una alternativa aún más compleja sería Kazajistán, que, a pesar de sus políticas multivectoriales, es miembro de pleno derecho de la OCS, de la Unión Económica Euroasiática (UEE) y socio de los BRICS+.

Las acciones de Turquía deberían medirse, en última instancia, por el impulso oficial para fortalecer la Organización de Estados Turcos (OTS; Azerbaiyán y Kazajstán son miembros) y por las medidas que puedan idear para intentar frenar las maniobras geopolíticas de Irán.

Una vez más: todo se reduce a cómo utilizarán la carta del Gran Turán en todo el Cáucaso y, especialmente, en Asia Central, con sus vastas reservas de petróleo, uranio, litio y minerales críticos.

Moscú lo observa todo con suma discreción. Cabe mencionar que, el pasado noviembre, Kazajistán se convirtió en el primer país de Asia Central en adherirse a los Acuerdos de Abraham, en el marco de un importante acuerdo minero entre Estados Unidos y Kazajistán.

La historia se repite, y siempre es peculiar: volvemos al Gran Juego original entre Rusia y Gran Bretaña de finales del siglo XIX. Al fin y al cabo, el MI6 apoya plenamente al Gran Turán, como principal contraataque a los Tres Soberanos: Rusia, Irán y China. O lo que Trump ha definido recientemente, por primera vez (¿con la voz de Elbridge Colby susurrándole al oído?), como el «Eje Euroasiático».

En el Museo Nacional de Astaná, Kazajistán, hay un llamativo panel que representa a todos los pueblos túrquicos, más de 40 grupos étnicos. Entre ellos se encuentran los uigures, así como los kazajos y los azeríes. Pero traducir eso en la imagen de Turquía como un actor importante en Eurasia —con el respaldo de narrativas mitológicas ficticias— es un asunto completamente distinto.

Toda esta estrategia no es más sofisticada que la creación de un mercado para el nacionalismo turco declarado, con los países de Asia Central, a los que denomina "stán", incorporados, en el mejor de los casos, como socios menores.

La Meca como un pase de Ave María

Ante la persistente presión imperial sobre los Tres Soberanos, las acciones conjuntas y coordinadas marcan la diferencia. Por ejemplo: China invirtiendo en el Corredor de Wakhan en Afganistán como ruta adicional para llegar a Irán.


El corredor de Wakhan, en el extremo oriental de Afganistán, donde una autopista propuesta crearía una conexión terrestre directa con China.

Es como si se repitiera el Gran Juego: el Corredor de Wakhan surgió de la nada a finales del siglo XIX para "proteger" a la India británica de los avances rusos en Turkestán. Se conecta con Xinjiang, en China, a lo largo de tan solo unos 70 km, como pude comprobar durante mis viajes por la Carretera del Pamir antes de la pandemia.

Esta es una de las fronteras estratégicas de mayor altitud del planeta. Hace apenas cinco meses, Pekín creó un nuevo condado en Xinjiang, Cenling, con vistas a la frontera. Todo en esta remota región montañosa se gestiona desde Kashgar, donde comienza el Corredor Económico China-Pakistán (CPEC), valorado en 60 mil millones de dólares.

Traducción: además del ferrocarril China-Irán, previamente bombardeado durante la guerra contra Irán por los estadounidenses, se trata de una ruta terrestre adicional desde China a Irán que evita las rutas marítimas, susceptibles a los bloqueos de Trump.

China, fiel a su estrategia de ganar-ganar, apostará por ambas opciones simultáneamente: el CPEC, a través de Pakistán, y el Wakhan, a través de Afganistán.

Para concluir nuestro recorrido por algunos puntos clave del Nuevo Gran Juego: al final, todo se decidirá en Asia Occidental. Y eso nos lleva de nuevo al pacto sunita de la OTAN en La Meca.

Este agudo análisis señala a La Meca como un último recurso vinculado a la actual y grave falta de reciclaje de petrodólares por parte de las petromonarquías, el mecanismo que apuntala esa monstruosa e impagable deuda estadounidense; la pirámide de derivados; y la única megaburbuja de IA de Wall Street.

Y esto es lo que realmente impulsa la desesperación imperial por resolver algo, lo que sea, con los persas.

Porque Irán ha definido el principal campo de batalla geoeconómico para los RIC (Rusia, Irán, China, el nuevo triángulo de Primakov) de forma mucho más eficiente que las interminables discusiones sobre los BRICS: el colapso del entramado del petrodólar del CCG.

Sin este entramado, un imperio neocolonial financiarizado y controlado a distancia es absolutamente imposible.

Lo que realmente traman los tres mosqueteros del RIC

Disfrute de la ambigüedad. Y de la opacidad deliberada.

Embárquese en una nueva aventura: analicemos el RIC (Rusia-Irán-China), el nuevo triángulo de Primakov, tal y como lo he definido, de una forma más lúdica.

Estos tres Estados-civilización que están coordinando la nueva fase de integración de Eurasia, y que además se han consolidado como miembros de pleno derecho de los BRICS y de la OCS, son, de hecho, «Los Tres Mosqueteros».

Tal y como ha destacado el analista de Asia Occidental AHHfrican, de una perspicacia encantadora, los Tres Mosqueteros del RIC ya están aplicando con toda su fuerza atajos oportunos hacia un nuevo orden internacional mediante tres cascanueces de titanio envueltos en terciopelo.

Estos cascanueces de titanio están siendo utilizados, respectivamente, por Irán, Rusia y China en el estrecho de Ormuz, el sistema SWIFT y el Tesoro de EE. UU.

Las nuevas normas de navegación en el estrecho de Ormuz, impuestas por la Armada del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI) y la Guardia Costera de la República Islámica de Irán (GCRI) —junto con el bloqueo selectivo (únicamente contra la Casa de Saud) en el mar Rojo por parte de Ansarallah— acabarán, más pronto que tarde, con la banda de los «petrosheiks» del CCG: la consecuencia inmediata es el fin del reciclaje estadounidense, del servicio de la deuda y del «almuerzo gratis» basado en el petrodólar, así como del turbocapitalismo financiarizado.

Por su parte, Rusia ha desplegado el sistema A7, que se está imponiendo en gran parte del Sur Global.

Piotr Fradkov, consejero delegado de Promsvyazbank y director general del Centro Ruso de Exportación, dio en el clavo al referirse al sistema de pagos internacional A7 —debidamente sancionado por EE. UU., el Reino Unido y la UE—, que ahora está ganando una enorme popularidad en toda África y también en Asia. Ya se han abierto oficinas oficiales del A7 en Nigeria y Zimbabue.

Fradkov fue directo al meollo de la cuestión: «Muchos países africanos aún no cuentan con un banco central. Solo hay unos diez».

¿Qué mejor solución, pues, que un sistema alternativo de liquidación transfronteriza —una moneda estable— que eluda el dólar estadounidense? Y todo ello para que lo utilice cualquiera, independientemente de que mantenga relaciones comerciales con Rusia. No es de extrañar que Reuters hiciera sonar las alarmas.

Así pues, en la práctica, el A7 va mucho más allá de las interminables vacilaciones del BRICS —que continuarán en la reunión anual del próximo mes en la India— sobre los pormenores de una nueva arquitectura financiera vinculada al oro y a las materias primas.

Papá tiene un nuevo as en la manga. Y el nombre de ese as es A7.

Por último, tenemos a China deshaciéndose en masa de sus billetes verdes, que no valen ni para el papel higiénico, al tiempo que neutraliza de forma épica las sanciones de la OFAC.

La Ley china contra las sanciones extranjeras es estricta: maldita OFAC. Si ayuda a aplicar «restricciones discriminatorias» contra una empresa china, lo pagará muy caro. En pocas palabras: si alguien cumple con las sanciones estadounidenses en una jurisdicción china, le demandarán hasta la saciedad. Hablamos de un «efecto boomerang» al estilo de Sun Tzu.

Cuando la ambigüedad estratégica es la política

Ahora volvamos una vez más a ese turbio acuerdo de La Meca entre la OTAN suní (¿quizás la OTAN salafí?), protagonizado por la Triple Entente suní —o salafí— formada por Turquía, Arabia Saudí y Pakistán.

Todos los escenarios seguirán siendo válidos, ya que no se ha hecho público el texto completo de La Meca —aparte de la previsible retórica sobre la «disuasión»—.

Lo menos que se puede decir de la respuesta del Imperio del Caos, la Mentira, el Saqueo y la Piratería es que parecen desorientados. Suponiendo que no ordenaran a MbS que montara la maniobra de La Meca.

El pacto también puede interpretarse como preventivo —contra el culto a la muerte, que, como era de esperar, está furioso por la maniobra—. El culto a la muerte no dispone de mucho margen de maniobra para contrarrestarlo. Así pues, todas esas tonterías sobre que Turquía sería la «siguiente» después de Irán se han desvanecido.

¿Se trata, pues, de una estratagema de MbS contra Ansarallah o las Fuerzas Armadas yemeníes? Difícilmente: ni el sultán neo-otomano ni los pakistaníes —por mucho que tengan un pacto militar con Riad— se verán arrastrados a una guerra contra Yemen urdida por los saudíes, quienes rompieron su propio memorando de entendimiento con Saná, siguen imponiendo un bloqueo ilegal y ya han recibido una buena paliza.

Los saudíes y/o sus aliados o mercenarios dentro de Yemen ya están siendo debidamente aniquilados por los sistemas de inteligencia, vigilancia y reconocimiento (ISR, en inglés) yemeníes, los drones y los misiles. Si los saudíes y la OTAN (sin Turquía) se lanzan a una campaña de bombardeos, las refinerías y los oleoductos saudíes quedarán reducidos a cenizas —tal y como prometió Saná en virtud de las nuevas reglas de combate—.

Y, obviamente, nadie, en ningún lugar, con un coeficiente intelectual superior a 10 se arriesgará a una guerra terrestre contra los yemeníes.

Todo esto ocurre mientras las reservas saudíes se agotan inexorablemente día tras día, privadas de las ventas de petróleo y con todo el botín escondido en Londres y Nueva York, donde con gran regocijo lo «congelarán» o lo robarán sin más, ya que se trata de la «última oportunidad para el saqueo».

¿Y qué hay de la «diplomacia»?

Todo el mundo debería preguntárselo a «El Hombre». Es decir, a Mohsen Rezaee, el nuevo secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional de Irán (SNSC, en inglés) y también representante personal del líder Mojtaba Jamenei.

Como muchos de nosotros hemos estado debatiendo ampliamente al respecto, Teherán no abandonará la mesa de negociaciones —actualmente destrozada—. La diferencia es que ahora el posicionamiento de Teherán está diseñado para preservar la máxima influencia.

La postura de Irán respecto al estrecho de Ormuz está completamente consolidada —y ya se ha expresado a través del memorando de entendimiento—. Pakistán y Qatar siguen siendo los principales canales diplomáticos. Omán desempeña un importante papel técnico en todos los acuerdos marítimos relacionados con el estrecho de Ormuz y sus alrededores.

Supongamos que el marco para una solución final ya existe, aunque su aplicación dependa de un único factor: que el «neo-Craso» del eje War-a-Lago/Washington experimente un momento de conversión al estilo de «El camino a Damasco».

Teherán no cederá en lo relativo al estrecho de Ormuz. Es Washington quien debería comenzar a aplicar sanciones o medidas de desbloqueo de activos —todas ellas previstas en el memorando de entendimiento— en paralelo a acuerdos marítimos flexibles entre Irán y Omán. Esa es la única forma de que aumente la probabilidad de alcanzar un acuerdo.

El nuevo factor que complica la situación es, una vez más, la maniobra de La Meca. Resulta muy alentador plantearlo como una conjunción entre el capital y la energía saudíes, el poder industrial y militar convencional (OTAN) de Turquía, y la profundidad militar y la disuasión estratégica (nuclear) de Pakistán.

Pero todo ello no se traduce necesariamente en la base para un polo de seguridad independiente. Porque ninguno de estos tres actores es verdaderamente independiente —ni soberano— como los Tres Mosqueteros del RIC.

Lo que La Meca logra en teoría en esta primera etapa no es la expulsión inmediata de EE. UU. de Asia Occidental; ni la salida de Turquía de la OTAN; ni la necesidad de que Pakistán anuncie públicamente un nuevo paraguas de seguridad para Asia Occidental.

Todo es sumamente ambiguo. Quizá la única pregunta seria que cabe plantearse es esta: «¿Qué debe suponer ahora un enemigo potencial que podría ocurrir en caso de que Arabia Saudí o Turquía se enfrentaran a un ataque existencial?».

Así pues, la ambigüedad es la política. Incluso si esta nueva arquitectura crea «potencialmente» —y ese es el término clave— una nueva estructura de disuasión estratégica autóctona que no dependa por completo de Washington.

Preste atención , una vez más, a «no por completo».

Así que disfrute de la ambigüedad. Y de la opacidad deliberada. En cuanto a los Tres Mosqueteros, ya van varios pasos por delante.


John Dee, Mackinder y la imaginación geopolítica

Markku Siira

La historia está llena de sorprendentes continuidades intelectuales que se extienden a lo largo de los siglos y conectan a pensadores de distintas épocas, sus ambiciones y sus utopías sobre el dominio mundial. También se trata de la imaginación geopolítica: de cómo se ha concebido, cartografiado y justificado el poder.

La política, la geografía y el pensamiento más esotérico se entrelazan de manera especialmente clara en la historia británica. En el Museo de Historia de la Ciencia de Oxford se conserva una copia en mármol de la tabla de John Dee, en la que está grabado el alfabeto enoquiano que él mismo creó: un vestigio concreto de una época en la que las ciencias ocultas y la política del poder caminaban de la mano.

Matemático, astrólogo, ocultista y consejero de la reina Isabel I, Dee no era solo el sabio de la corte, sino un realista mágico que comprendía que los grandes objetivos requerían un gran poder. Buscaba “verdades puras”, un conocimiento trascendente de formas divinas, y el poder sobre el destino de la humanidad que ese conocimiento secreto podía otorgar. Su biblioteca era la más extensa de Gran Bretaña, y se movía con soltura entre las élites intelectuales y políticas de Europa.

La obra más famosa de Dee, publicada en 1564, Monas Hieroglyphica (La mónada jeroglífica), es tanto un libro esotérico como un símbolo en sí mismo: un intento de condensar los principios fundamentales del universo en una sola imagen. Con esta clave simbólica, Dee construyó su metafísica política, cuyo núcleo era la unificación de pueblos y culturas bajo la corona británica. Se dice que Dee acuñó el concepto de “Imperio Británico”, y creía que concentrar el poder traería orden y paz a todo el mundo conocido.

El legado de Dee continuó vivo en el pensamiento geopolítico anglosajón. Fue el primero en esbozar para Gran Bretaña una estrategia global centrada en el control del Polo Norte. Quien controle el polo, controla el mundo, no solo físicamente, sino también metafísicamente, como parte de un sistema simbólico mayor. Dee unió las leyendas medievales del rey Arturo y los mitos del monte Meru, Arctogaia y Ultima Thule con los objetivos políticos de su tiempo.

Esta visión se concretó especialmente en el argumento legal que Dee presentó a la reina Isabel en 1578, Brytanici Imperii Limites. Allí, Dee afirmaba que Isabel tenía un “derecho real” (title royall) sobre todas las costas de América del Norte y las islas septentrionales, hasta las fronteras de Rusia, basándose en las conquistas del rey Arturo, que, según él, se habían extendido hasta Groenlandia e incluso el Polo Norte. Para Dee, la historia mítica de Arturo era la clave para justificar el poder global británico.

Sin embargo, el plan no se realizó. Sir Francis Drake propuso a la reina una alternativa más atractiva: rutas marítimas hacia el sur y el este. Así nacieron las compañías de las Indias Orientales y Occidentales, que expandieron el poder británico mediante el comercio y las armas. Gran Bretaña giró su atención del norte hacia el sur, mientras Rusia aprovechó la oportunidad para iniciar su expansión a través de Siberia, llegando hasta Alaska en el siglo XVIII.

De ahí surgió la larga confrontación anglo-rusa, el “Gran Juego” geopolítico que nunca terminó del todo. Aunque el liderazgo del mundo anglosajón pasó tras la Segunda Guerra Mundial a Estados Unidos, el legado cultural y jurídico británico –especialmente la tradición del common law– mantuvo su influencia en las antiguas colonias del imperio. Como ya sabían los romanos, el poder duradero no puede basarse solo en las armas, sino en leyes y costumbres arraigadas en la vida cotidiana.

En este punto aparece Halford Mackinder, de origen escocés, considerado el padre de la geopolítica occidental. Como defensor apasionado del imperio, temía que Gran Bretaña quedara eclipsada por Alemania y Rusia. Sus teorías sobre el “heartland” estratégico de Eurasia inspirarían a generaciones de estrategas militares, incluso en las operaciones estadounidenses en Afganistán e Irak.

El pensamiento de Mackinder ha sido calificado como “imperialismo liberal”: una visión según la cual el imperio se justificaba tanto por el interés nacional como por la difusión de la civilización y el orden. Intentó activamente entrar en política, pero sus campañas como candidato unionista fueron difíciles y su mensaje no caló en los votantes. Solo en 1910 logró entrar en el Parlamento por Glasgow, pero quedó en los márgenes y se volvió amargado respecto a la democracia y el parlamentarismo.

Esta decepción moldeó su convicción de que el orden mundial era demasiado importante para dejarlo en manos de la política partidista o la opinión pública. Según Mackinder, las realidades geográficas requerían un sistema dirigido por expertos y construido estratégicamente, capaz de resistir tanto la miopía de las democracias como el desequilibrio causado por la alianza de las potencias continentales

En ambos pensadores aparece la misma premisa fundamental: la creencia en centros geográficos o metafísicos cuyo control conferiría supremacía. Para Dee, era el Polo Norte; para Mackinder, el “heartland” euroasiático. Ninguno se conformó con la teoría: ambos quisieron influir en la política práctica y se toparon con las realidades humanas –los planes de Dee se estrellaron contra intrigas cortesanas, la carrera de Mackinder contra derrotas electorales.

Sin embargo, su legado sigue vivo en la política mundial, las instituciones y los relatos de Estados Unidos, Gran Bretaña y sus aliados. Esto no significa que sus teorías sean correctas o moralmente defendibles, pero sí que forman parte de una herencia intelectual profunda que ha moldeado el mundo a menudo de formas invisibles.

Críticos contemporáneos, como los rusos Mijaíl Deliaguin y Andréi Fúrsov, han visto en la teoría de Mackinder una maniobra de distracción británica. Según Deliaguin, la teoría empujó a estados rivales como Alemania a centrarse en el interior de Eurasia, mientras que Gran Bretaña reforzaba su poder marítimo y sus mercados financieros. Fúrsov, por su parte, destaca que Mackinder equiparó erróneamente a Rusia con los demás estados continentales europeos, pasando por alto su inmenso tamaño, población y recursos naturales. El mismo error se ha repetido desde las guerras napoleónicas hasta el ataque de Hitler y el actual conflicto en Ucrania.

La revolución digital desafía profundamente los antiguos modelos geopolíticos. En vez de territorios físicos, el poder se ejerce hoy a través de flujos de datos, algoritmos y plataformas mediáticas; los gigantes tecnológicos no necesitan soldados para controlar la vida, sino análisis de datos. Aun así, la geopolítica más tradicional convive con la nueva: la iniciativa china de la Nueva Ruta de la Seda construye rutas terrestres a través de Eurasia, y la tecnología de drones está revolucionando el reconocimiento y los ataques de precisión en la guerra convencional.

En definitiva, desde el imperio británico soñado por Dee y el heartland de Mackinder, hemos pasado a un mundo en el que las categorías geográficas tradicionales ya no bastan: la ubicación física pierde parte de su importancia y el poder se basa cada vez más en redes invisibles. Queda por ver qué potencias ocuparán el centro del nuevo orden digitalizado y quién construirá el próximo imperio.

Fuente: https://geoestrategia.eu/noticia/46647/geoestrategia/el-nuevo-gran-juego-revisitado.html