domingo, 1 de noviembre de 2015

LA ADVERSIDAD Y LA REINVENCIÓN DE LA PARTICIPACIÓN ELECTORAL. NOTAS PARA UN DEBATE SOBRE LA IZQUIERDA HOY




on Sábado, 31 Octubre 2015

Una reconsideración del espacio electoral, una profunda sospecha ante las inconsistencias diarias, el propósito de hablarle al conjunto de la sociedad y la renovación del programa de cambio, son cuatro condiciones para superar la adversidad y reinventar la praxis emancipadora de la izquierda.

Alejandro Mantilla

A propósito de los resultados electorales del 25 de octubre, hace unos días escribí: “Para la izquierda colombiana estas son las elecciones más regresivas de la historia reciente. Es urgente un recambio de estrategia, de programa y de métodos de trabajo”1. Ante la adversidad y el desasosiego, urge reflexionar sobre las carencias y las posibilidades de la izquierda hoy.

Comprender lo electoral en su justa medida

El rechazo de la participación electoral ha sido constante en la izquierda colombiana. Las fundadas sospechas de falta de garantías y la permanente evidencia de que votar no contribuye a la generación de alternativas emancipadoras, ha permitido acuñar frases antológicas, entre ellas, “el que escruta elige”, “nuestros sueños no caben en sus urnas”, o “si votar sirviera para algo estaría prohibido”.

Quiénes pronuncian con ahínco la última frase tal vez ignoran que tal afirmación es falsa. Votar estuvo prohibido por mucho tiempo para las mujeres y para los trabajadores, y se nos prohibió votar precisamente porque sí puede servir para algo. A pesar de su presunta utilidad, las grandes transformaciones políticas que se han producido en la modernidad han estado más ligadas a la acción colectiva, al poderío de las organizaciones sociales y a la generación de cambios en las relaciones de fuerza. Siguiendo la metáfora, en las urnas no caben los sueños emancipatorios, pero la disputa electoral es decisiva para las relaciones de fuerza en las sociedades actuales. Para la izquierda lo electoral no debería ser el espacio privilegiado de la política, pero rechazar la participación en ese espacio implica renunciar a la disputa por el Estado y el poder político2.

En los últimos años en América Latina, y posteriormente en Europa, se configuraron partidos-movimiento, organizaciones cuyo origen está en la movilización social pero que decidieron disputar el espacio electoral. En ese orden, considero que sí hay un lugar privilegiado para la política de izquierda: el lugar de la comunidad, la organización social y la acción colectiva; las elecciones y la participación institucional solo tienen sentido si refuerzan ese lugar privilegiado, y si permiten contener el avance de los sectores conservadores. Los gobiernos locales y nacionales que pretenden generar cambios solo podrán hacerlo apelando a la movilización conjunta con las organizaciones populares, venciendo la frontera artificial entre sociedad civil y Estado, pero procurando respetar la autonomía comunitaria. Así como se ha hablado de “partidos-movimiento”, es crucial pensar en “gobiernos-movimiento”.

Si eres de izquierda, ¿Cómo es que eres clientelista?

“Si eres igualitarista, ¿Cómo es que eres tan rico?” es el título de un brillante libro del marxista analítico Gerald Cohen. Para Cohen, a la hora de hablar de la justicia social no solo cuenta la reflexión sobre cuáles deben ser las instituciones políticas, también es preciso reflexionar sobre las prácticas diarias: “Creo que es necesario un cambio en la actitud social para producir la igualdad, un cambio en las actitudes que la gente muestra hacia los demás en la vida diaria3. Aquellos igualitaristas que defienden instituciones sociales orientadas a la redistribución pero cuyas elecciones personales están marcadas por el egoísmo, incurrirán en una inconsistencia en sus creencias y en un comportamiento susceptible de reproche moral.

Uno de los peores errores de la izquierda radica en soslayar tales inconsistencias. La corrupción, el caudillismo y el clientelismo son tres vicios en los que han incurrido no pocos partidos de izquierda y gobiernos progresistas en América Latina; en tales casos encontramos una racionalidad inconsistente que anula el ímpetu transformador. Si un servidor público de izquierda comete actos de corrupción, incurre en un tipo de despojo de lo colectivo, actuando en contra de los principios que dice defender. De manera similar, la tentación caudillista dificulta la creación de nuevas instituciones y nuevas economías, al hacer depender un proceso revolucionario de una voluntad individual o de un pequeño grupo. Incluso cuando los líderes tienen cualidades excepcionales, como en el caso del comandante Hugo Chávez, los procesos de transformación tienden a ser frágiles ante las dificultades de encontrar un sucesor de calibre similar. El clientelismo, por su parte, obstaculiza la profundización de la democracia al reemplazar la consolidación de instituciones impersonales por la transacción para beneficio particular.

Las innovaciones institucionales requieren un trasfondo de cambio de las prácticas diarias, pues la afectividad y la moralidad también son asuntos políticos y son un campo de disputa. De eso se trata la hegemonía.

¡Es la hegemonía!… estúpido

En 1976, en el bicentenario de la Declaración de Independencia de Estados Unidos, se realizó una encuesta donde los participantes debían escoger frases que identificaran como parte del célebre documento. Una de las expresiones más escogidas fue “De cada cual según su capacidad. A cada cual según sus necesidades”, oración que no fue escrita por Jefferson, Adams o Franklin, sino por Karl Marx en su Crítica del Programa de Gotha.

En muchas ocasiones las concepciones morales de las mayorías coinciden con valores políticos igualitaristas o solidarios, pero si la izquierda no tiene la capacidad de promover tales valores para el conjunto de la sociedad, no podrá avanzar en la disputa por el poder político. Creo que uno de los factores que explican la reciente derrota de Clara López, radica en la incapacidad de llegar a los sectores de opinión que apoyaron las candidaturas progresistas de años anteriores. La izquierda bogotana hoy cuenta con medio millón de votos, pero parece que esos apoyos hacen parte de los sectores más fieles al Polo, la Unión Patriótica, Progresistas, Mais y los Verdes de izquierda; así que hoy los sectores de izquierda en Bogotá consolidan un ejercicio disciplinado de voto alternativo, pero no logran convencer a sectores que otrora simpatizaron con las propuestas de nuevo gobierno.

Si las organizaciones emancipadoras no logran hablarle al conjunto de la sociedad seguirán siendo derrotadas, aunque sean masivas y tengan fuerza movilizadora. Un proyecto político solo logra hablarle a la sociedad promoviendo medios de información y difusión, centros de investigación e intelectuales que defiendan tesis bien justificadas.

Lo anterior hoy cobra mayor relevancia por una situación poco reconocida: Lo “alternativo” ya no es patrimonio exclusivo de la izquierda. Muchos esfuerzos provenientes del movimiento de mujeres, de las luchas LGTBI o incluso procesos ambientalistas, hoy son recogidos por organizaciones liberales y por partidos conservadores. El primer alcalde abiertamente gay de Colombia fue elegido en el municipio de Toro (Valle) y fue avalado por el Centro Democrático; el parlamentario más comprometido con la causa animalista es integrante del tradicional Partido Liberal; la Cámara de Comercio LGTBI se posiciona viendo a su comunidad como un “nicho de mercado”; la venta de servicios ambientales y los mercados de carbono desarrollan estrategias de capitalismo verde…

“Lo alternativo” está en disputa, y aunque los valores de igualdad, no discriminación, autonomía, redistribución, reconocimiento y defensa de los ecosistemas han estado más ligados a la izquierda que a la derecha, sin una estrategia que vehicule tales luchas y principios en un programa transformador, lo alternativo será recuperado por los nichos de mercado y los proyectos conservadores.

¿Cuál es el programa de transformación?

La política de nuestro tiempo revela una extraña paradoja. En Inglaterra y Estados Unidos causan sensación figuras como Jeremy Corbyn y Bernie Sanders, quienes se declaran abiertamente socialistas en las tierras donde hicieron época Thatcher y Reagan; en Grecia y Portugal las coaliciones de izquierda lucen fuertes en sus parlamentos; uno de los libros más influyentes de los últimos tiempos es El capital en el siglo XXI de Thomas Piketty, una demoledora crítica del neoliberalismo; en la feria del libro de Fráncfort en 2008 el libro más vendido fue el primer volumen de El capital, el más solicitado en la feria de Madrid de 2012 fue una nueva edición del Manifiesto comunista; uno de los filósofos vivos más conocidos del planeta es el versátil y errático Slavoj Žižek, comunista declarado; la figura del Papa Francisco entusiasma a viejos y nuevos fieles con su crítica del capitalismo voraz y las consecuencias ambientales de la civilización industrial. Sobran los motivos para pensar que la hegemonía neoliberal hoy sufre serias fisuras.

En contraste, la región que llegó a mostrarse como bastión de la resistencia contra la globalización y el neoliberalismo hoy señala agotamiento. Crecen las voces que diagnostican un fin de ciclo de los gobiernos progresistas en América Latina, sumándose a la perspicaz tesis de Maristella Svampa. Los problemas del gobierno de Dilma Rousseff, el posible giro a la derecha en Argentina, el proceso de moderación en Uruguay, las contradicciones de los gobiernos boliviano y ecuatoriano, y la inestabilidad política y económica en Venezuela, son señales preocupantes para la región. A lo anterior se suma la reducción de precios de los commodities, factor que afecta gravemente a economías dependientes del extractivismo. No obstante, los problemas de estos gobiernos no son coyunturales. Aunque lograron arrebatar el poder político a las oligarquías locales, propiciaron nuevos escenarios de integración desde el sur y redujeron la pobreza, los gobiernos progresistas no lograron una redistribución sustantiva de la riqueza, profundizaron el extractivismo, establecieron problemáticas alianzas con el capital chino y construyeron proyectos políticos que profundizaron el presidencialismo.

A lo anterior se suma que algunos de esos gobiernos impulsaron reformas neoliberales que flexibilizaron el mercado laboral y aprobaron nuevos tratados de inversiones y libre comercio, por lo que han enfrentado fuertes movilizaciones de rechazo a sus políticas. En suma, incluso antes del llamado fin de ciclo, los gobiernos progresistas mostraban problemas de gestión en su proyecto trasformador. Por otro lado, la decepción producida por la derrota del gobierno griego a manos de la troika también deja un sabor amargo.

En ese orden, los proyectos de gobierno que parecían ser el faro para un eventual cambio social en Colombia, hoy tienen serios problemas, tanto por factores externos como por los límites objetivos de su proyecto político.

Hace algunos años Terry Eagleton afirmó que nuestro tiempo parece avanzar en alternativas al capitalismo, pero sin que aparezca una perspectiva socialista en el corto plazo4; a lo anterior hay que sumarle que no se vislumbra un auténtico proyecto hegemónico desde la izquierda.

Así se teje una extraña paradoja: Mientras el neoliberalismo muestra señales de decadencia, los principales referentes alternativos parecen agotados o con problemas para derrotar las lógicas del capital. Tal tensión exige un ejercicio de reinvención de los programas transformadores de la izquierda, máxime cuando el contexto global está marcado por la crisis ambiental, económica y energética, y por una geopolítica volátil. En ese contexto gana vigencia un proyecto ecosocialista renovado y reinventado para superar la honda crisis de civilización en la que vivimos.

Pero como toda reinvención, las claves de los nuevos caminos pueden encontrarse en las brújulas pasadas que aún señalan al sur. Los gobiernos progresistas, los movimientos alternativos y las luchas de la clase trabajadora siguen dejando lecciones importantes, y no puede arrojarse al niño con el agua sucia. La mejor manera de caminar hacia el futuro es mirar hacia el pasado y el presente, aprendiendo de los errores y enalteciendo los aciertos. Una de esas brújulas imprescindibles sigue siendo la obra de José Carlos Mariátegui, quién nos enseñó que un programa revolucionario debe adaptar su praxis a las circunstancias concretas de cada país, pero teniendo presente que las circunstancias nacionales están subordinadas a las tendencias mundiales5. Ese énfasis en nuestra realidad concreta sin dejar de mirar hacia el planeta, es un enfoque que hoy resulta imprescindible.

Una reconsideración del espacio electoral, una profunda sospecha ante las inconsistencias diarias, el propósito de hablarle al conjunto de la sociedad y la renovación del programa de cambio, son cuatro condiciones para superar la adversidad y reinventar la praxis emancipadora de la izquierda.

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1Ver “Triunfo de la ‘nueva’ vieja política y ¿crisis en la izquierda?”, disponible en: http://colombiainforma.info/politica/seccion-politica/2836-elecciones-2015-triunfo-de-la-nueva-vieja-politica-y-crisis-en-la-izquierda
2Otra es la trayectoria de la consigna “el que escruta elige”, pronunciada alguna vez por Camilo Torres Restrepo. Las irregularidades de la pasada contienda electoral, y la persistente vulnerabilidad del sistema electoral colombiano, le entregan buena dosis de razón a la tan mentada frase.
3Ver Cohen, Gerald, “Si eres igualitarista, ¿Cómo es que eres tan rico?”, Barcelona, Paidós, 2001.
4Ver Eagleton, Terry, “Lenin en la era posmoderna”, en Budgen, Kouvelakis y Žižek, “Lenin reactivado”, Madrid, Akal, 2010.
5Ver Mariategui, José Carlos, “Principios programáticos del Partido Socialista”, en “Textos básicos”, México, FCE, 1991.

EXTRACTIVISMO, HISTORIOGRAFÍA Y DIALÉCTICA




Sábado, 31 Octubre 2015. 
Lukács afirma en su gran obra Historia y conciencia de clase, que no estamos condenados a la existencia brutal y cruel que constituye nuestra realidad bajo el sistema capitalista. Esta afirmación esperanzadora se basa en comprender la dialéctica y el método marxista como herramientas descubridoras del cambio y a la vez constructoras de una nueva realidad que tampoco será pétrea, pero que sí será mucho mejor. Es momento de tomar las herramientas. 

Miguel Ramos

Actualmente Colombia atraviesa un momento de su historia en el que se consolida el extractivismo como política de Estado. Pero ¿qué es el extractivismo? ¿Cómo se inserta en un todo como es el sistema capitalista? ¿Cuál método de análisis permite su mayor comprensión?

Para comenzar se tiene una conceptualización bastante completa del extractivismo donde se afirma que es “el conjunto de actividades económicas –con sus correspondientes derivaciones militares, sociales, políticas, ideológicas y culturales– que posibilitan el flujo de materia, energía, biodiversidad y fuerza de trabajo desde un territorio determinado (en este caso Colombia) hacia los centros dominantes en el capitalismo mundial, donde se consumen a gran escala para garantizar la reproducción del capital”1.

A pesar de la terminología moderna –biodiversidad-, lo que se conceptualiza como extractivismo no es un fenómeno novedoso en la historia. Desde la llegada de Colón a costas americanas inició la universalización del proceso histórico, conocida como globalización. También se inició una división internacional del trabajo que por primera vez era global y que dispuso que América Latina fuera exclusivamente una fuente de recursos naturales en el escenario económico global. Durante la Colonia fue la plata del Potosí, la caña de las Antillas y el oro de todo el continente; con la primera independencia y el amanecer republicano se le sumó el guano, la quina, el salitre y el caucho; en el Siglo XX llegaron por el carbón, el petróleo y el cobre; y actualmente se sumó la extracción de nuestro material genético, biodiversidad, agua, tierras y biomasa.

Así las cosas, cabe preguntarse por qué tanto ruido alrededor del extractivismo si al fin y al cabo no es nada nuevo. La respuesta a esa pregunta se divide en dos apartes principales:

i) El escape fallido: durante la mayor parte del siglo XX, América Latina trató de ganarse otro puesto en la mentada división internacional del trabajo, esto se dio en el marco del llamado modelo cepalino y sus principios keynesianos, los mismos que salvaron a la economía capitalista del “crack” de 1928. La idea de esa temprana Cepal era configurar un escenario económico latinoamericano industrializado, donde primara el valor agregado, se sustituyeran las importaciones y se fortalecieran los mercados internos, de manera tal que se superara el estadio económico en que la región se limitaba a ser una fuente de recursos naturales. Sin embargo, las ineluctables crisis del capitalismo y el desvanecimiento del bloque soviético como una alternativa viable para los pueblos, dio paso a la hegemonía de nuevas ideas y principios que se identificaron como “neoliberales” en el plano político y “neoclásicos” en el económico. Este nuevo momento geopolítico finiquitó cualquier interés por tecnificar los sistemas productivos en América Latina. Según el fundamentalismo de mercado y su concepción sofista de las ventajas comparativas, esos países solo sirven para ser colonias mineras. Esto significó el retorno del extractivismo a la región, con nuevos bríos y un marco político, teórico e ideológico que le justifica y retroalimenta.

ii) La crisis civilizatoria: con el término “crisis” se pretende denotar un cuestionamiento generalizado, pero no siempre explícito, a un conjunto notablemente grande y significativo de actividades, creencias, instituciones, valores, teorías, usos y conductas que en buena medida tipifican, delimitan y norman concepciones de ser y vivir. Pero esta crisis es particular y novedosa, por eso se le adjetiva como “civilizatoria”. La consciencia sobre su existencia tomó forma con la crisis financiera de 2008, la misma que rápidamente se convirtió en una de carácter económico. Simultáneamente estallan o se recrudecen otras crisis como la energética, por el agotamiento de las reservas de combustibles fósiles; la alimentaria por la destrucción de la producción campesina, el aumento global de los precios de los alimentos y la destinación de las mejores tierras para cultivo de agrocombustibles; la crisis humanitaria por el recrudecimiento de las víctimas civiles en los distintos conflictos armados del mundo y la crisis sanitaria por las precarias condiciones de salubridad presentes en extensas porciones de la población mundial, los precios prohibitivos de los fármacos y el surgimiento cíclico de pandemias. Es así como actualmente se tiene una conjunción de distintas crisis globales. Pero la que definitivamente pone en riesgo a la civilización misma es la de carácter ambiental.

En virtud de esa crisis, hoy en día el planeta Tierra está en proceso de cambio climático y se corre el riesgo de que deje de ser habitable para el ser humano, lo paradójico es que es el mismo ser humano quien provoca y alimenta la crisis con la contaminación y la destrucción ambiental. Esto ha sido comprobado científicamente hasta la saciedad, por ejemplo en la reunión del Grupo Intergubernamental sobre Cambio Climático de la ONU en Estocolmo durante el 2013. En cuanto a Colombia, ya aparece entre los países afectados por esa crisis ambiental2. El tema ha sido objeto de diversos estudios técnicos y científicos que versan sobre los impactos del extractivismo en el país. Se destaca el reporte emitido por la Contraloría General de la República en el año 2013, donde se concluye que el extractivismo ha redundado en contaminación, pobreza y corrupción.

Se ha considerado pertinente exponer dos aspectos historiográficos del extractivismo que cubren un lapso que va desde principios del siglo XX hasta la actualidad: el denominado escape fallido y la crisis civilizatoria. Esa información es útil para comprender y conceptualizar qué es el extractivismo y para poder actuar frente a su existencia. Esta comprensión y conceptualización requieren de un análisis dialéctico, en el sentido que el mismo tiene desde la tradición marxista donde el problema central del método dialéctico es la transformación de la realidad, en palabras exactas de Georg Lukács3. Ese tipo de análisis es el que revela a la realidad como una totalidad cambiante y ubica en ella al objeto de estudio. Se califica como cambiante porque es histórica, lo que implica un ininterrumpido proceso de transformación y torna necesario un repaso de su evolución. Cuando este repaso se hace desde la dialéctica, los hechos ya no se presentan como elementos inconexos en una realidad caótica. Por el contrario, los hechos se comprenden como partes de “la concreta unidad del todo”4.

Lukács afirma en su gran obra Historia y conciencia de clase, que no estamos condenados a la existencia brutal y cruel que constituye nuestra realidad bajo el sistema capitalista. Esta afirmación esperanzadora se basa en comprender la dialéctica y el método marxista como herramientas descubridoras del cambio y a la vez constructoras de una nueva realidad que tampoco será pétrea, pero que sí será mucho mejor. Es momento de tomar las herramientas.

1VEGA CANTOR, Renán. Extractivismo, enclaves y destrucción ambiental. Ver: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=188553
2CONTRALORÍA GENERAL DE LA REPÚBLICA. Minería en Colombia Fundamentos para superar el modelo extractivista. Mayo de 2013. Pág. 119. Ver: http://www.contraloriagen.gov.co/documents/10136/182119332/Libro_mineria_sep3_2013.pdf/65bf77a0-8b0b-430a-9726-dad0e72639c6
3LUKÁCS, Georg. Historia y conciencia de clase. Grijalbo. Barcelona. 1975. Pág. 4
4Ibídem. Pág.7

¿POR QUÉ CAYÓ EL SOCIALISMO EN LA UNIÓN SOVIÉTICA Y EUROPA ORIENTAL Y NO EN CUBA?




Tenemos que ser más realistas que nunca. Pero tenemos que hablar, tenemos que advertir al imperialismo que no se haga tantas ilusiones con relación a nuestra Revolución y con relación a la idea de que nuestra Revolución no pudiera resistir si hay una debacle en la comunidad socialista; porque si mañana o cualquier día nos despertáramos con la noticia de que se ha creado una gran contienda civil en la URSS, o, incluso, que nos despertáramos con la noticia de que la URSS se desintegró, cosa que esperamos que no ocurra jamás, ¡aun en esas circunstancias Cuba y la Revolución Cubana seguirían luchando y seguirían resistiendo! (APLAUSOS PROLONGADOS)
¡Cuba y la Revolución Cubana resistirían! Lo digo, y lo digo con calma, con serenidad y con toda la sangre fría del mundo. Es hora de hablarles claro a los imperialistas y es hora de hablarle claro a todo el mundo. Nosotros no bromeamos.
(Fidel Castro Ruz. Discurso en conmemoración del XXXVI Aniversario del ataque al Cuartel Moncada; Camagüey, 26 de julio de 1989).
YOUTUBE: https://www.youtube.com/watch?v=du0fxiPpDJY


Wilder A. Sánchez Sánchez

En el mensaje titulado “LA CRÍTICA DEL CHE GUEVARA AL SOCIALISMO EN LA URSS” trascribí un artículo de Fernando Martínez Heredia publicado en CubaDebate, en el que refiere algunas críticas del Che Guevara a la economía y el sistema social de la entonces Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) y de los países de Europa Oriental.

En esta ocasión destaco la exposición de Pedro Prada, quien fuera corresponsal permanente de Granma (diario oficial del Partido Comunista de Cuba) en la Unión Soviética, entre 1990 - 1992 y que fue testigo de su desintegración, el 25 de diciembre de 1991.  Pedro Prada, autor del libro Crónicas del derrumbe soviético, publicado por Ocean Sur, considera que fueron varios factores los que llevaron al derrumbe del socialismo en la URSS (entre ellos los que había señalado el Che) y contrasta el sistema socialista que rigió en ese país con el de Cuba, contrastando también las formas de dirección del entonces Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS) con las del Partido Comunista de Cuba (PCC); Pedro Prada también revela el rol que jugó Mijaíl Gorbachov en la desintegración (¿por encargo de…?).  Teniendo en cuenta las lecciones aprendidas del derrumbe del socialismo en la URSS, Prada advierte el peligro que se cierne para el socialismo cubano a raíz de la apertura de relaciones con Estados Unidos, y también (aunque no es más explícito en esto) de la posibilidad de imitar la experiencia de China.

Lea la interesante exposición de Pedro Prada en el foro titulado ¿Por qué cayó el socialismo en Europa? y que ha sido publicada el 9 de setiembre en la web cubana CubaDebate.

Nota: Cuando el autor habla de los “lineamientos económico-sociales” se refiere al proyecto titulado: Lineamientos de la Política Económica y Social que fueron aprobados por el Buró Político del Partido Comunista de Cuba para la actualización del modelo socialista cubano, y que desde el 10 de noviembre del 2010 fueron sometidos a consulta y debate por prácticamente todas las organizaciones sociales del pueblo cubano en un documento de 32 páginas que originalmente tenía 291 lineamientos.  Luego de 5 meses de debates en los que las organizaciones sociales de base de Cuba y los comités de base del partido plantearon modificaciones y agregados, el 18 de abril del 2011, en el VI Congreso del Partido Comunista, fue aprobado el documento Lineamientos de la Política Económica y Social del Partido y la Revolución; de los 291 lineamientos originales 94 se mantuvieron, 197 fueron modificados o integrados con otros y se incorporaron 36 nuevos, resultando un total de 311 lineamientos en el documento definitivo, que tiene el propósito de “actualizar el modelo económico cubano, con el objetivo de garantizar la continuidad e irreversibilidad del Socialismo”.

31.10.2015




¿Por qué cayó el socialismo en Europa? ¿Por qué no cayó Cuba?


9 septiembre 2015

Cuando divulgamos la convocatoria del espacio Dialogar dialogar que conduce nuestro colaborador  Elier Ramírez Cañedo para debatir alrededor de la interrogante “¿Por qué cayó el socialismo en Europa?” varios foristas nos solicitaron publicar lo que allí se dijera. Elier nos ha hecho llegar las intervenciones de Pedro Prada, uno de los tres panelistas participantes, quien fuera corresponsal del diario Granma en la URSS en los días finales de ese país. En la medida en que nos envíe las demás también las publicaremos.

Cuando escribí este libro que ven aquí, sobre el derrumbe soviético, y que la editora Abril se propone reeditar para Cuba en los próximos meses, me propuse no agotar el relato en la autopsia del cadáver, sino en comparar los hechos con mi propia realidad, evadiendo todo lo que pudiera sonar a queja. Nunca olviden aquello que enseñaba Martí: “la queja es una prostitución del carácter”. Por ello no voy a caer en el mismo error. Más bien pretendo responder a la pregunta que nos convoca: “¿Por qué se cayó el socialismo en Europa?” –y por extensión, en la URSS-, con otra pregunta: “¿Por qué no se ha caído en Cuba?”

Desde mi punto de vista este enfoque es especialmente importante en estos momentos, después de los anuncios del 17 de diciembre de 2014, que condujeron al restablecimiento de relaciones entre Cuba y los Estados Unidos, relaciones que hasta ahora han sido disfuncionales.

He contado a no pocos interlocutores y de alguna manera se subraya en el texto que, más de una vez, cuando al regreso de Moscú se me preguntaba –en tanto testigo de los años finales del socialismo soviético- cuáles habían sido las causas del derrumbe y yo me negaba a una respuesta única, apelando a factores multicausales que convergieron a lo interno de la sociedad soviética.

También contaba que, enfrentado a la contundencia de los hechos de los que era testigo en aquellos años finales de la URSS, más de una vez me golpee en el pecho, como hacen los que quieren pagar culpas, pero para asegurarme de que aquellas culpas no eran las mías.

Hoy puedo afirmar responsablemente que, con todos sus errores, imitaciones, angustias y sobresaltos, el socialismo cubano sucumbió al derrumbe y sobrevivió a la hecatombe por varias razones, de las cuales solo gloso algunas, con la seguridad de que el lector podría descubrir más leyendo y estudiando la historia y los diferentes testimonios:

Ante todo, coloco en primer lugar su autoctonía, salvada en su carácter más puro por el inmenso edificio ideológico y moral de José Martí y de toda la cultura cubana, desde Varela y Heredia hasta Che y Fidel, sin cerrar ciclo, pues las nuevas ideas “imposibles” pujan ya tan lozanas y realistas como las de sus precursores de hace medio siglo, nacidas también desde la sensibilidad como método de aprendizaje que nos define.

Ese formidable resguardo, que no solo es artístico y literario, como algunos creen, fue nuestro blindaje contra el “proletcult”, contra el realismo socialista y contra los manuales ladrillosos, incluso en aquellos momentos grises y de enseñanza del marxismo escolástico. Fue también nuestro escudo frente a todo lo bebido y copiado del mundo, incluso lo mal bebido y lo mal copiado. Por eso era lo primero a salvar en los crudísimos años noventas y deberá seguirlo siendo hoy, cuando unos miran para China y otros para el autoproclamado “buen vecino” de enfrente, que nos invita a ingresar a la prosperidad y a cambiar nuestro modelo por el suyo, a fin de recuperar su hegemonía regional.

Después coloco el carácter libertario y democrático de nuestro socialismo, aprendido del gesto de Céspedes en la Demajagua y Guáimaro, juntos los dos: el día del grito de independencia y de libertad hasta para los esclavos, y el día del nacimiento de la república unitaria y democrática, que no por gusto Martí convocaba a honrar como “Día de la Patria”. Pero levantamos una república tan exageradamente generosa, tan empeñada en ser justa y democrática, que en la lucha contra las persecuciones foráneas y con sus propios extremismos, a algunos deformó y generó confusiones; pero que pese a todo, ha sido una república sin vergüenzas indignas ni esqueletos escondidos en el escaparate de su historia.

Añado a ese socialismo la visión de conducir el desarrollo económico y social del país en paralelo, algo que faltó al llamado “socialismo real”, y haberlo hecho, además, con herramientas nuevas y con altas dosis de conciencia. Si hay algo que salvó al socialismo cubano fue seguir el consejo del Che de no hacerlo entonces, ni hacerlo esencialmente hoy, con ladrillos ideológicos y mucho menos, con las armas melladas del capitalismo, mientras que hay que empeñarse en educar, todos los días, a mujeres y hombres nuevos. ¿O hay alguien aquí que renuncie al sueño de ser como él?

Una deuda sí tenemos: devolver el trabajo al altar que le corresponde en nuestra sociedad; como forma de reproducción de la riqueza material y espiritual y creación de bienestar; como factor forjador de relaciones sociales y solidaridad entre los individuos; como expresión cultural y educacional de la sociedad que soñamos. En eso, el libro de José Luis Rodríguez aporta conocimiento sobre algunas rutas que nunca debemos tomar o explica por qué dejamos atrás otras que nos conducían al fracaso.

Pueden incluir también en esta lista esa mezcla de irreverencia y altivez que somos los cubanos: esa disposición nuestra para el humor y el choteo, vencedores frente a todas las trampas del destino, y, al mismo tiempo, rodillas que no tiemblan ante las amenazas, voz que no calla ante las afrentas, dignidad que desafía todo intento de sumisión. Gallitos kíkiri, chiquiticos y flacos, pero con guapería, incluso cuando no haya espuelas, desafiando siempre a todos los imperios: el español, el británico, el soviético y el estadounidense.

Recuérdense los días angustiosos de la Crisis de Octubre, en 1962; las profundas y difíciles reflexiones de Fidel al comparecer en televisión cuando la invasión de Checoslovaquia en 1968. Recuérdese la noticia terrible que guardaron Fidel y Raúl durante años, cuando Andrópov anunció en 1984 que la revolución estaría sola para su defensa. No se olvide aquella amarga inauguración de la VI Cumbre de los No alineados en La Habana, el 6 de septiembre de 1979, cuando Cuba asumía la Presidencia del movimiento estremecido por la noticia de la invasión soviética a Afganistán. Allá el que se crea que alguna vez fuimos satélites.

Tampoco faltó a los líderes cubanos de ayer ni a los de hoy; a los jóvenes rebeldes que tomaron el poder en 1959 y a los veteranos curtidos que lo entregan hoy a nuevas juventudes, eso que Fidel definió como “sentido del momento histórico”: saber actuar con audacia y responsabilidad, medir los pasos, tantear, probar, corregir el tiro, los tiempos, y avanzar siempre. Rebeca Chávez develaba hace unos días un testimonio del año 57 del Presidente Raúl Castro, donde hallamos las claves de la actitud que condujo al 17 de diciembre de 2014.

Ese espíritu requería desarrollar una naturaleza antiburocrática. Miren, protestamos infinitamente de los problemas y las actuaciones burocráticas en nuestro Estado, en nuestras instituciones gubernamentales, en nuestras organizaciones y hasta en las nuevas formas de gestión no estatal, mixtas, privadas, por cuenta propia y cooperativas; pero todas esas protestas son minucias frente al burocratismo que el socialismo europeo copió de los estados autocráticos y capitalistas que le precedieron.

No lo digo como consuelo, sino para poner las cosas en su lugar. Hay que recorrer algunas de estas páginas o leer los estudios sobre el burocratismo en la URSS, sobre la forma en que se construyó el PCUS, que en apenas un año pasó de 8 mil militantes a medio millón, y hay que leer, por ejemplo, en ese libro que citaba José Luis, Mi Verdad, de Vitali Vorotnikov, el enfoque burocrático de las discusiones y de las actas del Buró Político. Hay que recordar cómo se construyó el Estado, que una vez muerto Lenin y con Stalin en el poder creció monstruosamente de 100 mil a 5,8 millones de funcionarios. Hay que estudiar a Lenin, a Trotski, a Gramsci, a Mandel. Hay que retomar a Fidel y sobre todo al Che, con la disección formidable que hace del burocratismo y la burocracia en El hombre y el socialismo en Cuba. Deberíamos dar gracias siempre a San Guevara y a muchos otros más por habernos prevenido del mal y habernos llenado de “motores revolucionarios”.

Se ha mencionado el crucial asunto del contacto entre dirigentes y dirigidos; los vínculos entre partido y pueblo. Les leo algo: “…cuando se dio la noticia de la convocatoria al XXIX Congreso del Partido, a fin de adoptar un programa socialdemócrata donde definitivamente el PCUS renunciaría a la lucha de clases, a los principios leninistas y probablemente hasta su nombre, nadie prestó atención al hecho relevante de que, por primera vez, en noventa y tres años de historia, el Partido se proponía discutir su programa con el pueblo. En realidad, era una formalidad más, pues la opinión de ese pueblo ya no contaba…”

¿Se imaginan ustedes que los lineamientos económico-sociales hubieran sido una ocurrencia oculta del Buró Político y que luego se nos impusieran como dogma? ¿Se les ocurren congresos del Partido que no discuten documentos con el pueblo? ¿Habría existido alguna forma diferente de adoptar una constitución cubana que no fuera por un referendo popular? ¿Se habría podido aprobar de forma secreta el camino del socialismo, mandar por obligación a la gente a la guerra y luego decirle que habían luchado y caído por el socialismo y el internacionalismo? Haber hecho todo lo contrario, considerar que ninguna decisión importante puede adoptarse de espaldas al pueblo, y autocriticarse además, es lo antiburocrático, lo libertario, lo democrático real del socialismo cubano.

Existe también un factor crucial para que Cuba pueda existir como nación libre, independiente y soberana que pudo hacer una opción de vida: me refiero a la unidad del pueblo cubano. Unidad diversa, unidad polémica, unidad contradictoria, unidad solidaria, pero siempre unidad y por ello, aspirante a ser la más amplia y más democrática.

Nuestra historia anterior a 1959 y la misma historia del derrumbe socialista europeo enseñan con meridiana claridad las consecuencias de quebrar la unidad. No deseo para mi país las sociedades fragmentadas que florecieron en Europa tras la caída del muro de Berlín y la arriada de la bandera de la hoz y el martillo en el Kremlin. Mucho menos quisiera verme enredado en las intrigas, celos y persecuciones que privaron al socialismo de tanta gente brillante y útil; o peor aún, lanzado a fieras y corruptas competencias electoreras que me decepcionen de la política o me priven de mi derecho a hacer política en el socialismo.

Por último –no porque no haya más razones, sino porque no quiero agotar la imaginación ni el tiempo-, el socialismo cubano construyó un discurso y una simbología de lo humano diferentes a todo lo le precedió. Ese discurso y esa simbología son hijos de nuestra cultura de resistencia revolucionaria. Ni esa poco creativa estética de la nostalgia por los años cincuentas que nos persigue desde el turismo o el espectáculo, y mucho menos esa otra estética decadente, empeñada en refocilarle con el aburrimiento, las manchas y las arrugas, pueden competir con el pueblo educado, alegre, participativo, creador, dinámico, astuto y heroico que, más que imagen, somos.

Fernando Martínez Heredia escribía recién que “las revoluciones combinan iniciativas audaces y saltos hacia adelante con salidas laterales, paciencia y abnegación con heroísmo sin par, astucias tácticas ofensivas incontenibles que desatan las cualidades y las capacidades de la gente común y crean nuevas realidades y nuevos proyectos. Son el imperio de la voluntad consciente que se vuelve acción y derrota a las estructuras que encarcelan a los seres humanos y a los saberes establecidos. Y cuando logran tener el tamaño de un pueblo, son invencibles.”

De ese tamaño invencible es el pueblo socialista de Cuba. El mismo pueblo que escucha al líder decir que todo se puede caer y que nosotros vamos a persistir; que rehúsa de perestroikas y falsas primaveras, que asegura que no sabíamos qué cosa era el socialismo y que vamos a volver a empezar, pero con nueva experiencia, evitando errores propios que nos hundan más que los golpes del adversario hipócrita y artero. Y, ese pueblo, incansable, inteligente y lleno de fe, lo sigue, diciéndole en un susurro cómo echarse el mundo a la espalda.

Intervención durante el debate

Los compañeros que han intervenido antes han agradecido este intercambio tanto como nosotros. Yo en particular creo que esto que estamos haciendo hoy es importante en la medida que salga de este local y se convierta en convicciones y actos para entender qué país tenemos, como mejorarlo y cómo defenderlo.

Nunca será suficiente ahondar sobre las causas del derrumbe del socialismo en Europa y en la URSS. Para Cuba yo diría que es estratégico. Desde el punto de vista del debate, de la producción de conocimientos, de la construcción de ideología. Para la revolución y para los revolucionarios cubanos, para todo nuestro pueblo, es esencial entender por qué aquello se derrumbó y por qué esto no se ha derrumbado.

Desde mi punto de vista de comunicador, esto tiene que ver en buena medida con la forma en que procesamos la información, con la forma en que construimos y asumimos las ideas o las mimetizamos, por esa pereza tan dañina que a veces nos cerca y corrompe. Y tiene que ver con la manera con que, a veces, hasta por razones culturales, nosotros tendemos a exagerar, a hacer juicios hiperbólicos de los acontecimientos y a generalizar con expresiones del habla coloquial sobre hechos que a veces nos llevan a razonar y establecer conclusiones absolutas y erradas sobre fenómenos más generales y más complejos. La duda y la reflexión nunca deben abandonarnos, ni la capacidad para ver las cosas más allá de la primera impresión, de la superficie. Hay que ir a siempre al porqué de los hechos, ir a la historia, para entender los hechos.

Aquí se ponía el ejemplo de Lvov y de Ucrania. Tuve la oportunidad de estudiar cinco años en Ucrania, justamente en Lvov, y conocí bien esa sociedad, signada, por sobre todas las cosas, por los efectos negativos del pacto Mólotov-Ribentrop. El movimiento de resistencia a la ocupación soviética que surgió allí años después fue consecuencia de aquel quid pro quo entre los soviéticos y los fascistas alemanes. Los fascistas ucranianos participaron del hecho, es verdad, pero los grandes protagonistas fueron la Unión Soviética y la Alemania Fascista.

Sin embargo, la reflexión de fondo no está en cómo se estableció aquella resistencia, que fue una expresión del nacionalismo de esa gente. Si uno no hurga en las bases del nacionalismo ucraniano, del nacionalismo en Lvov, no lo entiende. Un nacionalismo que no es siquiera ucraniano o polaco, sino que tiene ver con un nacionalismo originario de los pueblos galitsios, que son los nativos de ese lugar, y que fueron sujetos durante toda la historia, durante siglos, a las invasiones romanas, de los abusos de las voivodas feudales polacas, del imperio prusiano, de las invasiones del imperio ruso, de todo tipo de abusos de los grandes poderes europeos. Esos pueblos, los pueblos galitsios, tienen hasta hoy una cultura de resistencia enraizada, y que la expresan, por ejemplo, negando el habla en idiomas extraños –en polaco, en ruso, en ucraniano-; a cualquier persona que quiera imponerles un habla diferente a la galitisia.

Por esas mismas razones, el pensamiento que prevalecía en esa sociedad ucraniano-occidental estaba más más allá del muro de Berlín, veían a través de él y solo se sentían respaldados por los que hablaban inglés, francés o español y contaban su historia de sometimiento y resistencia. Esos países que los apoyaban o los acogían como emigrantes –los de la Europa más occidental, Estados Unidos y Canadá- eran sus aliados y sus paradigmas.

Nosotros decíamos cuando nos venían a visitar de Moscú, de la Embajada, a los funcionarios que nos atendían, les decíamos que allí no hacía falta que llegara una invasión americana, ni de la OTAN, ni que hubiera un bloqueo, porque el problema tenía raíces ideológicas y culturales más profundas. Allí lo que hacía falta –decíamos- era que pasara un avión bombardeando blue jeans. Con un bombardeo de blue jeans se rendía la ciudad de Lvov. Era una imagen y puede parecer un argumento de ficción, pero era la realidad. La avidez por un modo de vida que lo simbolizaba, el blue jeans, y que era en cierto modo un rechazo al modo de vida impuesto, un gesto de rebeldía, aunque pudiéramos considerar mal encausada.

Esto es también importante para los cubanos, para los jóvenes cubanos, por esta época nueva que se nos viene arriba, porque nos van a tratar, nos están vendiendo ya, desde el propio 17 de diciembre de 2014, el discurso de la prosperidad ajena y, con el discurso de esa prosperidad, le están ofreciendo a nuestra juventud oportunidades e ilusiones engañosas que van más allá de las que puede ofrecer el poder y el modelo revolucionario, por lo cual hay que conocer y definir bien y tener claro cuál es el modelo de prosperidad para Cuba, cuál es el horizonte de prosperidad, el deseable, el soñado, el posible, eso que tanto se dice, y que no va a ser nunca el que está a noventa millas. Y una cosa es decirlo en el discurso y otra es aprehenderlo.

Yo creo que en la historia del derrumbe soviético están muchas de las lecciones que debemos conocer. Están, por ejemplo, en la misma manera en que se estableció, creció y se desarrolló Ucrania de la que ha hablado aquí José Luis, la misma Ucrania que fue cuna de la estatalidad rusa, donde nació la Kíevskaya Rus, que fue la ciudad estado que dio origen de ese gran estado multinacional, y que quizás nunca tuvo noción de serlo, hasta que el poder soviético la convirtió en una república con todos sus atributos jurídicos y reconocimiento y visibilidad internacional, aun cuando fuera a medias.

Fui testigo –se cuenta también en el libro- en mayo de 1982 de los festejos por el 1500 aniversario de la reunificación de Rusia y Ucrania. Puedo decir que es de las muchas cosas buenas que uno puede recordar de ese país. La celebración de la calle, la que no estaba en el Palacio de los Congresos de Kíev, ni en la sede del partido, era una celebración de pueblo, de corazón, de gentes iguales. Kíev había sido siempre una ciudad ruso-parlante, por ser esa la lengua originaria de los pueblos que la habitaron, y es hoy una ciudad donde es obligatorio hablar en ucraniano, y el que hable en ruso, hijo y nieto de rusos por generaciones, se ve forzado a hablar en ucraniano y no en su lengua natal.

Esa es la realidad que enfrenta hoy, fruto de los extremismos. Ese es el fascismo: el vaciado cultural, pero yendo a las raíces de la cultura, que están en la lengua. Es un ejemplo, aparentemente lejano, pero cercano en cuanto a la necesidad de defender por sobre todas las cosas nuestras cultura –no solo la artística y literaria, sino la noción antropológica de cultura- en esta era de relaciones con un país, los Estados Unidos, que como sabemos, no tiene piedad en imponer de forma avasalladora su cultura, hábitos y valores ¡Y lo han advertido la Clinton y el propio Kerry sin tapujos, sin esconderse!

Y otros elementos a los que me quiero referir de todos los que se han abordado hoy aquí, son el factor externo y el factor interno, y las creencias, falsas, que a veces se construyen sobre los hechos internos, sobre todo a partir de su manipulación, de las imágenes asentadas por la maquinaria monstruosa de manipulación del pensamiento que ha producido el imperialismo. En la preparación del libro pude acceder a una grabación de un testimonio de la exprimer ministra británica Margaret Thatcher. Nadie puede suponer que la Thatcher tuviera la más mínima inclinación, ni respeto, ni admiración por el socialismo o por la URSS. Me limito a leerles solo unas partes del texto:

“…La URSS —decía la Thatcher— es un país que supone una seria amenaza para el mundo occidental. No me estoy refiriendo a la amenaza militar; en realidad esta no existía. Nuestros países están lo suficientemente bien armados, incluyendo el armamento nuclear. Estoy hablando de la amenaza económica. Gracias a la economía planificada y a esa particular combinación de estímulos morales y materiales, la Unión Soviética logró alcanzar altos indicadores económicos. El porcentaje de crecimiento de su Producto Nacional Bruto es prácticamente el doble que en nuestros países… Por eso siempre hemos adoptado medidas encaminadas a debilitar la economía de la Unión Soviética y a crear allí dificultades económicas, donde el papel principal lo desempeña la carrera de armamentos. Un lugar importante en nuestra política es tomar en consideración las flaquezas de la Constitución de la URSS… Por desgracia y pese a todos nuestros esfuerzos, durante largo tiempo la situación política en la URSS siguió siendo estable durante un largo período de tiempo. Teníamos una situación complicada. Sin embargo, al poco tiempo nos llegó una información sobre el pronto fallecimiento del líder soviético y la posibilidad de la llegada al poder, con nuestra ayuda, de una persona gracias a la cual podríamos realizar nuestras intenciones en esta esfera […]. Esa persona era Mijaíl Gorbachov, a quien nuestros expertos calificaban como una persona imprudente, sugestionable y muy ambiciosa. Él tenía buenas relaciones con la mayoría de la élite política soviética, y por eso, su llegada al poder, con nuestra ayuda, fue posible”.

¿Qué podemos decir, qué lección se puede extraer de aquí? Que las potencias capitalistas comprendían perfectamente el papel del Partido Comunista como fuerza dirigente de la Unión Soviética –ese que había sido consagrado en la Constitución, que ya mencioné antes, y al que renunciaron luego- y sabían muy bien de las fortalezas del modelo económico soviético, y que si mantenían esa economía planificada, con ese sistema de estímulos morales y materiales que tanto se cuestiona hoy por sus excesos y desvíos, podían salir adelante y desarrollarse con una fuerza superior, que el capitalismo no podría enfrentar.

Por eso los desgastaron, por eso los embarcaron en la guerra fría y por eso subvirtieron y desprestigiaron a toda aquella maquinaria económica, que tenía sus defectos, pero cuyos resultados anunciaban que podía ser superior. Había que impedir ese éxito contrario a los intereses capitalistas y al poder de los mercados, había que demostrar que no se podía ser partido político de nuevo tipo para liderar una nación y que la economía que este dirigiera debía ser un fracaso.

Insisto en esto porque lo escuchamos el pasado 14 de agosto en el malecón, con ese llamado a retirar el “embargo interno”, que no es el mismo que algunos podamos criticar objetivamente en nuestra aspiración por perfeccionar el país soñado, sino que, como vemos a veces en las redes sociales y en las campañas anticubanas, tiene que ver con la objeción al camino socialista elegido, con la crítica a ultranza contra la economía planificada; tiene que ver con la crítica a los estímulos morales, con la crítica a otras formas de desarrollo diferentes a las que el neoliberalismo impuso al mundo, con la crítica a la empresa estatal socialista. Todo eso es parte de las lecciones que hay que sacar, porque como bien se decía, en el socialismo que se derrumbó nada fue absolutamente malo, como no lo fue absolutamente bueno, y hubo mucho que permitió avanzar, innovar, desarrollar y crecer al ser humano.

Muchas gracias

(Publicado también en el blog Dialogar, dialogar)

Pedro Prada: Doctor en Ciencias de la Comunicación Social. Periodista, investigador y diplomático cubano. Fue corresponsal del diario Granma en la URSS en los días finales de aquel estado.

CUBADEBATE: http://www.cubadebate.cu/especiales/2015/09/09/por-que-cayo-el-socialismo-en-europa-por-que-no-cayo-cuba/#.VfTPoxF_Oko