viernes, 3 de julio de 2020

PERÚ: TIENE UNA OPORTUNIDAD



·        Nilo Meza
02/07/2020

EL COVID 19 desencadenó en el Perú procesos económicos y sociales que, previamente, eran impensables. Quedó expuesta la precariedad de infraestructura, equipamiento y personal en el sistema de salud, cuyo colapso amplificó el miedo y desesperanza desencadenados.  Asimismo, desnudó la naturaleza deleznable de los cimientos que sostenía el “modelo económico”, dando lugar a procesos de cierre de empresas y masivas pérdidas de puestos de trabajo. No faltó, no obstante, el pillaje por parte de grandes empresas que especularon con precios, especialmente de medicamentos, y se las arreglaron para que más del 70% del salvataje del Estado caiga en sus cuentas bancarias.

Este artículo intenta resumir sentimientos y convicciones de miles de peruanos que, más allá de la “reactivación económica” que promueve el gobierno de Vizcarra, ven una extraordinaria oportunidad para intentar cambiar el modelo imperante que, durante 25 años, ha venido prometiendo el “chorreo” que nunca llegó. Pero Vizcarra solo quiere volver a la “normalidad” previa a la pandemia, con lo que se configura un inequívoco gatopardismo, descartando un proceso reestructurador basado en el desarrollo del mercado interno y libre de privilegios para la gran empresa.

         I.      CAMBIO PARA UNA “NUEVA NORMALIDAD”

 “¡Cambiar el Modelo!” ha resultado una frase subversiva para quienes, convirtiendo en mito la “disciplina fiscal”[i], lo defienden incluso cuando sus cimientos económicos y sociales fueron removidos por el COVID 19 hasta dejarlo en situación de cuidados intensivos con el consiguiente drama social y humano que no tiene precedentes.   

Y, sin embargo, la demanda de un cambio de modelo parece un reguero de pólvora en amplios sectores de la ciudadanía nacional e internacional. Voces de expertos y organismos internacionales lo verbalizan ante la evidencia de que el modelo muestra “agotamiento”.  El salvataje de empresas, a diferencia de otras crisis, incluye procesos de nacionalización[ii] vetados por la primacía del mercado. Tal parece que el fantasma de Keynes, ronda los cielos del mundo.

En el Perú, quienes se beneficiaron con el “modelo”, aplauden el empeño “reactivador” del gobierno de Vizcarra, sabiendo que es un tributo al gatopardismo.  Por otro lado, una mayoría de la población demanda, cada vez con más fuerza, un “cambio de modelo” en tanto comprueban que, en lugar del prometido “chorreo”[iii], solo vino desigualdad y dramática debilidad estructural luego de 25 años de políticas neoliberales.

No sorprende, entonces, que el PBI peruano caerá entre -15% y -20% al final de 2020, según estimaciones locales, superiores al 12% estimado por el BM. Esos pronósticos revelan que el modelo basado en la codicia y la especulación, el consumismo e individualismo, debería cambiar dando preferente lugar al desarrollo del mercado interno en el que conviven formas de economía social, solidaria y popular, generando condiciones de precios y ganancias compatibles con la justicia y solidaridad.   

En un contexto internacional adverso en el corto y mediano plazo derivado del COVID 19, con una caída del orden del -6% en el PBI mundial al final del 2020, nadie podría garantizar que el crecimiento, incluso a la usanza neoliberal, venga en los años siguientes a la fase (2020-2021) en que los indicadores comienzan a cambiar de signo. La mayoría de los pronósticos internacionales y locales, aconsejan “revisar y ajustar” el modelo de crecimiento que, previa a la pandemia, ya venía mostrando contradicciones insalvables a nivel global.

       II.      UNA AGENDA ECONÓMICA CON REDISTRIBUCIÓN, ENFOQUE ÉTNICO, DE GÉNERO Y MEDIO AMBIENTAL.

1.   Estado-Mercado, una nueva relación. La supremacía del mercado debe terminar. Es indispensable:

1.   Establecer condiciones para recuperar un equilibrio entre las fuerzas del mercado y otras economías como la social, popular y solidaria, con un firme rol regulador del Estado[iv].
1.   Regular el poder de la “mano invisible” que, blindada por la Constitución de 1993, se convirtió en el referente principal del diseño de políticas públicas.
1.   Otorgar al Ejecutivo poderes específicos para salir de su condición de operador de la “mano invisible” animada por los poderes fácticos.  
1.   Establecer nuevas relaciones de cooperación y complementariedad con el sector privado, terminando su condición patronal que, instituciones como la CONFIEP, exhiben a la fecha.
1.   Regular la formación de monopolios y oligopolios, cuya posición de dominio, les permite manejar el mercado en función de sus utilidades y lejos del interés público.
1.   Terminar con la “puerta giratoria” que ha convertido al Estado en una suerte de sucursal donde poderosas empresas y organismos empresariales destacan a sus cuadros profesionales y técnicos para intervenir en la decisión de políticas públicas.
1.   Devolverle al Estado capacidad reguladora y promotora de otras economías con esencias cooperativas y solidarias.  Si para ello es necesario nacionalizar algunas actividades estratégicas, tendrá que hacerlo.
1.   En ese contexto, la planificación debe volver a ser una herramienta de gestión pública en el corto, mediano y largo plazo, terminando con la formulación presupuestal sin horizontes de desarrollo.
1.   El CEPLAN (Centro Nacional de Planeamiento Estratégico) tendría que, con nuevas facultades y atribuciones, cobrar un rol protagónico en la formulación presupuestal de cara a objetivos de desarrollo nacional.

2.   Fin del modelo primario exportador. El Perú es un país cuya bio diversidad es motivo de admiración internacional desde tiempos de la conquista. Pero, desde esos tiempos, el interés por los minerales se convirtió en el único gran objetivo de propios y extraños. El oro, la plata y el cobre[v], más otros metales de alto valor, convirtieron al país en uno dependiente de su venta en al mercando internacional. Vaya que nos fue bien, especialmente cuando China tenía tasas de crecimiento cercanas al 9%. Pero, con la llegada del COVID 19, incluso desde muchos meses antes, el mito del “crecimiento” exportando minerales, se desvanecía junto al derrumbe de los precios internacionales.

2.   Es hora de abrir las compuertas para la diversificación de la base productiva del país a partir de sus potencialidades, fortaleciendo su oferta para el mercado interno y externo, sobre todo cuando el mundo demanda cada vez más manufactura. 
2.   Aprovechar la oportunidad que ofrece la crisis del COVID 19, para cambiar de matriz productiva y energética. La “reactivación” que impulsa Vizcarra no calza con este objetivo donde subyace el desarrollo del mercado interno en todas sus dimensiones.
2.   Reorientar la “apertura comercial” dando prioridad a la diversificación de la canasta exportadora para un mercado global que le sirva al desarrollo nacional. En sentido contrario, priorizar la importación de bienes y servicios que sirvan al desarrollo del mercado interno.
2.   Acabar con el “dumping” que afectó la industria nacional y otros productos de exportación no tradicionales, estableciendo políticas de mediano y largo plazo distintas a las que, centradas en la minería, Vizcarra viene implementando.
2.   Se requiere un manejo sostenible de la vasta biodiversidad tanto con fines alimentarios como medicinales, construyendo una red de abastecimiento y comercialización de productos locales con sus pares de Latino América.

3.   Mercado Interno y globalización selectiva. Es decir, producir y comprar en el Perú impulsando y apoyando:

3.   La pequeña y mediana agricultura, así como la agricultura familiar (papa, menestras, cereales andinos, frutas, aceites esenciales, etc.) cuya producción garantizaría el abastecimiento del mercado interno, con lo que se evitaría la importación de soya, trigo, leche, leche en polvo, entre otros. 
3.   La Pesca Artesanal, dada su importante contribución a la canasta alimentaria.
Estas dos primeras actividades vinculadas a la soberanía y seguridad alimentaria[vi] que incluyen programas sociales.

3.   La promoción y apoyo a economías sociales como las cooperativas, bancos comunales en una clara apuesta por la pequeña y microempresa.
3.   El ordenamiento del comercio ambulatorio, mercados, moto taxistas, emolientes, etc., que, junto a la micro y pequeña, involucran a más del 75% de la PEA en el país.
3.   La micro, pequeña y mediana empresa como principales generadores de empleo formal y devolviéndoles la capacidad de atender la demanda interna de bienes de origen textil, metal mecánico, servicios, etc.
3.   La inversión pública dirigida prioritariamente a proyectos de infraestructura y el Programa Trabaja Perú.  
3.   Un especial tratamiento a los pueblos indígenas y comunidades campesinas donde el enfoque territorial y lo cultural adquieren relevancia.
3.   Con masivos programas de asistencia técnica, crédito y sistemas de comercialización, evitando que sean víctimas de la intermediación instalada por los oligopolios que controlan los supermercados.
3.   El fortalecimiento de mercados locales y regionales, aprovechando el potencial micro y meso económico que ofrece una mirada que promueva el desarrollo de cadenas y redes de micro, pequeñas y medianas empresas competitivas.

Para darle viabilidad a estas propuestas es indispensable que se cambie el patrón de asignación de los 60 mil millones de soles en el Programa “Reactiva Perú”. Es indispensable que el Estado defina políticas públicas claramente orientadas a apoyar la micro, pequeña y mediana empresa, lo que significa asignarle por lo menos 25 mil millones de soles de lo que se tiene programado en las dos etapas de Reactiva Perú.

4.   Fin del sistema financiero especulativo. Para ello, el Estado deberá asumir un rol efectivo procurando:

4.   El control y regulación de servicios financieros, especialmente los dirigidos para las micro y pequeña empresa, imponiendo sanciones e impuestos a las transacciones financieras y sancionan ando operaciones especulativas.
4.   Establecer mecanismos legales para priorizar el financiamiento de la agricultura familiar y pesca artesanal vinculados al sistema de seguridad alimentaria nacional.
4.   Facilitar la organización y puesta en marcha de sistemas financieros de apoyo directo desde el Estado a la micro, pequeña y mediana empresas, que permita romper la hegemonía de la banca comercial.
4.   Promover la puesta en marcha de un sistema financiero plural (Banca comercial, cooperativas, bancos comunales, Juntas y/o panderos) vinculado a nuevos procesos de industrialización y la micro producción de bienes y servicios, cuyo financiamiento podría contar con Fondos Estatales de promoción, Fondos Mutuos y otros mecanismos de ahorros e inversión.
4.   Elevando el nivel de bancarización digital que reduzca el uso del efectivo como principal forma de pago y evite aglomeraciones en las entidades bancarias.

5.   Reforma tributaria y fin de privilegios.  En el Perú, el sistema tributario focalizó su atención en los que “menos tienen” con el sofisma de “ampliar la base tributaria”.  Esto debería cambiar:

5.   Eliminando las exoneraciones tributarias a los que “más tienen” que alcanzan insultantes niveles de 5% del PBI.
5.   Recuperando gigantescas deudas tributarias (4% del PBI) que fueron “judicializadas” por empresas como la Telefónica, Pluspetrol, Interbank y varias mineras.
5.   Capitalizando deudas incobrables en favor del Estado en el marco de un enfoque nacional de desarrollo, acabando con procesos de salvataje de empresas con dineros de los ciudadanos.
5.   Mediante una profunda reforma tributaria, de carácter progresivo, que ponga por encima de cualquier interés la justicia y la solidaridad donde “el que más tiene paga más y viceversa”. 
5.   Estableciendo un impuesto permanente a las herencias, grandes fortunas, rentas financieras y sobreganancias de personas naturales y jurídicas, domiciliadas o no.
5.   Acabando con la elusión y evasión que permite la compleja red y mecanismos de la organización empresarial vigente, tal como lo hacen el Grupo Romero, los Brescia, los Benavides, los Belmont, los Rodríguez Pastor, entre otros[vii].
5.   Sancionar y detectar paraísos fiscales en donde “ocultan” ingentes cantidades de capital líquido los empresarios peruanos para evadir y eludir impuestos. Todas esas empresas deben declarar al Estado.
5.   Descentralizar la tributación, recogiendo la propuesta por el REMURPE (Red de Municipalidades Urbanas y Rurales), para redistribuir los tributos del Estado en relación a las funciones y competencias de cada nivel de gobierno.
5.    Sancionando a las autoridades encargadas de velar por los intereses del país que, con actitudes complacientes o conductas cómplices, permitieron la evasión y elusión.

6.   Fin de la austeridad fiscal para los sectores sociales. El modelo neoliberal y su acatamiento a los dictados del FMIno solo erosionó las estructuras del Estado dedicadas a prestar servicios esenciales, sino que promovió la privatización de sus principales sistemas: Salud, Seguridad Social, Educación y Saneamiento. Haber dejado al “libre juego de la oferta y la demanda” los servicios esenciales, ha traído como consecuencia la exclusión y marginación de grandes sectores de la población en materia de salud y educación de calidad. En consecuencia:

6.   Es indispensable recuperar para la gestión pública los sistemas de salud, Seguridad Social, Educación y saneamiento.
6.   Se hace necesario nacionalizar la producción de medicamentos a fin de evitar que estos productos se conviertan en mercancía bajo control de corporaciones empresariales que no tienen como prioridad la salud pública.
6.   Suprimir la propiedad intelectual sobre vacunas y medicamentos esenciales[viii] y poner bajo un mando central el sistema de salud que destierre la lógica del negocio y lucro reconociendo la salud como un derecho humano fundamental.
6.   Privilegiar, en el diseño de las políticas públicas, la inversión pública en salud, educación, sectores públicos críticos y energías limpias.
6.   Destinar los recursos acumulados como ahorro fiscal, a potenciar el aparato económico productivo y no servir de “palanca” de reactivación de grandes empresas y conglomerados que no reditúan al interés nacional
6.   Establecer un Ingreso Básico Universal, de carácter permanente, equivalente a una RMV para todas las personas mayores de 18 años que no tengan ningún tipo ingreso que le permita superar el problema del hambre y la exclusión.

7.   La “informalidad”, estructura heredada.  Ni ángeles ni demonios, tampoco exclusividad de la micro y pequeña empresa, cuando las grandes empresas apelan a la informalidad para mejorar tasas de ganancia.  Entonces, estamos frente a un fenómeno que forma parte de la trama económica nacional construida a lo largo de nuestra historia y agudizada en el reciente período donde, tras 25 años de primacía del mercado neoliberal, el “crecimiento” y las políticas públicas consolidaron la informalidad.  Esa “economía informal”, estigmatizada por quienes la generaron, ocupa más del 75% de la PEA en las más diversas actividades económicas y sociales que el Estado abandonó que, convirtiendo el drama en tragedia, apenas representa el 15% del PBI nacional.

Esta situación adquiere esas dimensiones porque el edificio normativo que sustenta el predominio de la gran empresa y la Banca local, ha convertido en un objetivo imposible la “formalización” de millones de micro y pequeñas empresas, aunque para los “formalizadores” su único interés sea que paguen un tributo. No solo es cuestión de “costos laborales”, que las grandes empresas resuelven con “flexibilidad laboral” o cínicos escenarios de “suspensión perfecta”, sino las crecientes dificultades de sostenerse en el mercado ante competencias desleales como el dumping propiciado por el Estado a exigencia de los grandes importadores. Eso tiene que terminar y darle prioridad a la producción interna para el mercado interno y externo en una lógica clara de diversificación, desarrollo de cadenas y redes de micro, pequeñas y medianas empresas cuya productividad y competitividad debe ser apoyada por el estado en una primera fase de desarrollo.

8.   Descentralización vs. desconcentración. La apuesta por el mercado interno, rompería la lógica centralista donde los discursos “descentralistas” no tuvieron un correlato real pese a que, con errores y dificultades, hubo experiencias e intentos de descentralizar la economía y la política en el Perú. Algunos de ellos, fueron muy promisorios, pero naufragaron con cada nuevo gobierno que decía tener la fórmula mágica para descentralizar el país mientras desmantelaba el previo proceso, sin importar sus avances. Esto ocurrió con la experiencia de descentralización que el fujimorismo echó por tierra en 1992. Por primera vez, aquel entonces, el Perú se aproximaba a una descentralización donde el poder político no estaba centralizado en Lima, el proceso presupuestal tenía un claro matiz regionalista y los territorios fueron espacios de desarrollo. Esta experiencia, trascendía largamente un básico proceso de desconcentración. El enfoque territorial, así como la delegación de atribuciones políticas, constituían niveles de avance no vistos en el Perú Republicano.  Por tanto, hay que recuperar lo mejor de la experiencia e ir hacia un proceso de descentralización que termine con la centralización limeña de la economía y la política.

9.   Desarrollo urbano sostenible. El desborde popular y el caos fueron sinónimos de crecimiento desordenado de los centros urbanos que hoy, a nivel nacional, refleja la centralización económica y política, por un lado, y la centralización económica, por otro lado. Esta es la oportunidad de fortalecer un sistema de planeamiento urbano sostenible que, entre otros, racionalice los desplazamientos y la localización de la vivienda con servicios básicos debidamente implementados. Igualmente, se requiere el desarrollo de un servicio de transporte público urbano digno, con subsidio importante del Estado hasta un punto en que logre auto sostenimiento, ordenado y multimodal que sea gestionado con transparencia bajo un mando central, cuyos objetivos deberán incluir una gradual y sostenida reducción de la emisión de gases tóxicos, aglomeraciones y hacinamiento.

10.              Revisión inmediata de los TLC y, de ser el caso, derogatoria.  Especialmente de aquellos que permitieron que nuestra economía se consolide como productora de materias primas y proveedora de países industrializados en condiciones desventajosas en nombre de la “apertura comercial”. Asimismo, permitió que el “dumping” debilite la industria nacional hasta niveles de precariedad empresarial que, entre otros, tuvieron que apelar a la informalidad para seguir subsistiendo. En esa lógica, la mayoría[ix] de los TLC firmados por el Perú terminaron poniendo en negativo nuestra balanza comercial y erosionando nuestros términos de intercambio. En ese orden de ideas, es necesaria la revisión y ajuste de los Tratados bilaterales de inversión y los acuerdos multilaterales como el TPP-11 que, por lo general, han sido diseñados pensando en perpetuar la primacía del sistema capitalista. En un escenario post pandemia, el mismo que será similar al de una reconstrucción nacional, el capital extranjero no puede tener el mismo trato que se otorga a los medianos y pequeños empresarios locales (tal como lo establecen algunos TLCs). 

11.              Capítulo Económico de la Constitución de 1993. La propuesta de un “cambio de modelo” no será posible si, previamente o en simultáneo, no se logra un cambio de la Constitución de 1993, cuya esencia conceptual e ideológica constituye[x] un blindaje del actual modelo. El Régimen Económico de dicha constitución, consagra la vigencia y primacía del libre mercado (pese a que invoca la “Economía social de mercado”) y la práctica desaparición del rol regulador del Estado. Si se quiere un cambio como el que proponemos, será indispensable modificar todos aquellos aspectos referidos a la inversión, tributación, libre competencia, entre otros. Tenemos despropósitos sacralizados en una constitución con legitimidad cuestionada como los “contratos ley”, figura absurda que solo busca blindar los privilegios de una clase empresarial que no duda en incurrir en procesos de corrupción para acrecentar sus ganancias, dejando de manos atadas a un Estado que sólo renegocia contratos cuando estos son favorables a las grandes empresas y que incluso somete su soberanía a instituciones internacionales manejadas por poderes corporativos.

Lima, 09 de junio de 2020







https://www.alainet.org/es/articulo/207637


PREGUNTAS SOBRE LA POBREZA



·        Marcelo Colussi
03/07/2020



Para los de arriba hablar de comida es una pérdida de tiempo. Y se comprende, porque ya han comido”. Bertolt Brecht

I

Acometer el tema de la pobreza es particularmente difícil. Lo es por varios motivos; por un lado, es un fenómeno complejo, multicausal, que se liga definitivamente al ámbito económico, pero que no se agota ahí. Hay muchos elementos en juego, y sin caer en la superficialidad de repetir que se dan solamente factores subjetivos para explicarla (“se es pobre porque no quiere superarse” o patrañas por el estilo), es cierto que allí se entrecruzan muchos determinantes. Por otro lado, ampliando las dificultades, es un tema ríspido, odioso, dado que es sumamente dificultoso encontrar las soluciones concretas.

Indicando rápidamente, quizá como primera aproximación, que identificamos pobreza con carencias materiales, con falta de recursos, podría decirse que la historia toda de la Humanidad es una constante lucha contra este fantasma. El puesto del ser humano en el mundo no está asegurado de antemano. Está claro que no somos el centro de la creación, ni que vivimos en un paraíso. La realización humana, si así puede llamársele, es una permanente búsqueda de satisfacción de necesidades básicas que permiten sobrevivir, búsqueda que, ya bien entrado el siglo XXI y con todo el potencial técnico que se ha llegado a acumular, no termina nunca de colmarse. Hoy día se produce entre un 40 y un 50% más del alimento necesario para nutrir a toda la población mundial, pero el hambre sigue siendo una de las principales causas de muerte de nuestra especie, mientras que la actividad más dinámica, que conlleva las más altas cuotas de inteligencia incorporada y genera la mayor ganancia, es ¡la producción de armas! En otros términos: la muerte está en el centro de nuestras vidas (“pulsión de muerte” dirá el Psicoanálisis).

De todos modos, la idea de pobreza no está especialmente ligada a ese estado originario de carencia que debe ser satisfecho día a día. Un pueblo determinado, en cualquier momento de su historia, simplemente debe cumplir con el colmado de esos satisfactores para seguir manteniéndose como unidad, con la tecnología que dispone según su grado de desarrollo (paleolítico, agricultura de subsistencia, sociedades post industriales altamente robotizadas, etc.). En esa tarea cotidiana, independientemente de su capacidad productiva, una sociedad no se siente “pobre”. La noción de pobreza aparece cuando hay puntos de comparación: un colectivo social es pobre con respecto a otro visto como rico, una clase social es una u otra cosa relativamente a otra, así como lo puede ser un individuo, sólo en parangón con otro -un anacoreta, aunque desnudo, puede ser infinitamente rico, comparada su vida espiritual con la de otro, un ciudadano urbano “estresado” por sus deudas -digámoslo utilizando el lenguaje de moda-, y con muchas “cosas” a su alrededor. La pobreza habla, en todo caso, no de la cantidad de medios de sobrevivencia sino del modo de su apropiación, de su distribución social.

El jefe de una tribu bosquimana es pobre puesto en la bolsa de valores de New York, pero no lo es en su contexto originario: allí es el jefe. Seguramente hoy la vida de un trabajador término medio de cualquier país industrializado es más rica, en cuanto a acceso a bienes materiales, en relación a lo que puede haber sido la de un faraón egipcio, o la de un Inca del Tahuantinsuyo (sin agua caliente ni teléfono celular, por ejemplo). Pero hay una diferencia sustancial entre la vida del ciudadano actual y la de un monarca. ¿Quién es más rico? Difícil establecer la comparación, por cierto.

Con todo esto, entonces, queremos situar la idea de pobreza -y por tanto su contrario: la riqueza- en tanto productos históricos, sociales. Un monarca, un jefe, el sacerdote supremo de la tribu, etc., dispone de una cuota de poder definitivamente superior a la de un asalariado moderno con acceso al confort material generado por la industria de estos últimos 100 años, el cual no deja de ser, pese a todos los bienes materiales, más pobre en términos de relación política. Sería tonto quizá preguntar cuál es más rico o cuál más pobre. En todo caso esto nos ilustra, una vez más, de lo complejo del tema. La reina Isabel la Católica, en el poderoso reino español de fines del siglo XV e inicios del XVI, estuvo ocho años con la misma blusa como promesa hasta que se venciera a los moros. ¿Alguien osaría decir que era una pobre diabla mugrienta y maloliente?

II

Hacer una lectura histórica del concepto de pobreza lleva a una exégesis que, además de no ser el objetivo de este breve escrito, implicaría un recorrido monumental por la historia humana. Recorrido que debería tomar en cuenta los distintos momentos habidos en relación al desarrollo de la capacidad productiva, y a la forma en que el producto de esa capacidad fue repartido socialmente.

“Pobres ha habido siempre”, dice una visión simplista de las cosas. ¿Pero desde cuándo es posible comenzar a encontrarlos como tales en la historia? En la época de las cavernas nada podría autorizar a verlos como realidad social concreta. ¿Habría cavernícolas pobres? No, sin dudas. El concepto presupone ya la idea de propiedad privada. En todo caso, ante ese paso trascendental que significa la humanización de algunos monos dos millones y medio de años atrás en el corazón del África (el Homo habilis), más bien deberíamos ver una riqueza cualitativa fenomenal: un animal comienza a modificar su entorno natural, produce cambios deliberadamente, trabaja. He ahí una primera riqueza humana espectacular, aunque las condiciones materiales de sobrevivencia de aquellos ancestros hoy las pudiésemos considerar como de la más radical pobreza. Sin embargo, en realidad, no puede hablarse de “pobreza”, sino de medios de sobrevivencia más escasos que los actuales (no había agua caliente en la ducha ni teléfonos inalámbricos inteligentes con conexión a internet).

Se puede hablar con propiedad de pobres, ya como categoría sociológica, en la medida en que aparecen sus contrarios: los ricos. Las sociedades claramente divididas en clases sociales presentan pobres: hay una división clara entre los que tienen y los que no tienen. ¿En nombre de qué sucede esto, se establece, se acepta, se sacraliza? ¿Qué mecanismo natural lo decide? No entraremos a ver el por qué de esta dinámica histórica, dado que el tema exige, en sí mismo, un desarrollo infinitamente más amplio de lo que aquí nos proponemos. Lo que sí puede anticiparse es que el intentar dar respuestas convincentes a estos interrogantes ha suscitado reflexiones, tomas de posiciones, revoluciones y un sinnúmero de acciones varias en la historia universal, sin que hasta el momento se haya superado el problema (porque sigue habiendo pobres y ricos todavía, y como van las cosas, nada hace pensar que eso vaya a desaparecer en lo inmediato. El sistema capitalismo no parece estar cayendo). Las primeras Revoluciones Socialistas, paso a un mundo futuro sin clases sociales, se concretaron en algunos puntos del mundo hace apenas un siglo; hoy están en retroceso, pero nada indica que la historia haya terminado, y que el actual sistema capitalista (¡con super ricos y mayorías super pobres!) sea eterno. ¿Por qué, si no, se defendería a capa y espada con armas ideológico-culturales y físicas?

En tanto hay una injusta, una asimétrica repartición del producto social, hay pobres. Esto es: los pobres se definen en relación a sus contrarios. Aunque pueda parecer un juego de palabras (pero no lo es, por cierto), es especialmente reveladora esa oposición: hay pobres en tanto hay ricos, hay quienes tienen menos (están carenciados) en tanto hay otros que tienen demasiado (les sobra). Dicho de otro modo: la propiedad privada de los medios de producción (tierra, instrumentos de trabajo, dinero) establece una clase que se apropia de la mayor parte de esa riqueza social (los “ricos”) y una masa de trabajadores -en general asalariados en el capitalismo- (obreros industriales, trabajadores rurales, personal técnico-profesional, amas de casas sin sueldo) que produce esa riqueza, de la que se apropia una mínima parte (los “pobres”).

¿Por qué a algunos les sobra y a otros les falta? Este es el eje medular para entender el fenómeno de la pobreza: hay quienes tienen poco porque otros poseen de más. Muy simple -o muy complicado-: hay una injusta distribución. No hay otra explicación.

Entendida así, entonces, la pobreza es un fenómeno enteramente humano, social. No tiene parangón en el campo natural, no depende de ningún determinante físico-químico ni voluntad racional alguna. Insistimos con el concepto: la pobreza no se define por la cantidad de bienes en juego sino por la forma en que los mismos se distribuyen. Un rey, aún en taparrabos, es rey, es rico, comparado con sus súbditos. Y desde otra cosmovisión, un ascético anacoreta en su reclusión voluntaria, aunque casi no coma ni acceda a los placeres de la vida terrenal (¿agua caliente y teléfono móvil?), en su riqueza espiritual se siente infinitamente más rico que el mundano común. ¿Desde dónde y cómo “medir” la pobreza entonces?

III

Hoy día, absolutamente envueltos por una lógica mercantilista que, para algunos, puede verse como de orden natural, por una cultura del consumo a cualquier costo (capitalista, para decirlo sin tanto rodeo), entendemos el concepto de pobreza en relación indisoluble con la carencia de recursos materiales.

Desde ya, esa noción es correcta en un sentido: con el auge espectacular de la producción, merced a la revolución científico-técnica puesta en marcha hace un par de siglos y ya nunca más detenida, siempre más rápida y en perenne expansión, la dinámica generalizada se resume en el tener, en el consumir. El sentido implícito del proceso de humanización, del progreso, es tener cosas materiales. La vida termina valorándose en términos de objetos; se es lo que se tiene (el agua caliente o el smart telephone, más, hoy día, un largo, casi interminable etcétera).

En ese escenario -impuesto desde que la economía capitalista europea comenzó a expandirse por el mundo, actualmente globalizado y entronizado con una fuerza desconocida anteriormente en la historia- ser pobre significa no disponer de todas las cosas que la productividad humana moderna puede ofrecer. Civilizaciones agrarias milenarias, que lograron desarrollos fenomenales en términos culturales (la hindú, las americanas precolombinas, la china) pasan a ser pobres frente a la avalancha modernizadora de oferta de bienes. Surge ahí el mito del “desarrollo”, y su contrario: el “subdesarrollo”'.

No cabe ninguna duda que la forma en que se va construyendo la sociedad global entre desarrollados y subdesarrollados es, además de injusta en términos éticos, absolutamente insostenible como proyecto humano. No es aceptable, pero mucho menos es viable en el tiempo y en relación a los recursos que provee la naturaleza, un modelo de organización social donde el 20% de la población humana consume el 80% del producto total.

Ligando la pobreza a esta visión fundamentalmente material, es descarnadamente real que la brecha entre “ricos desarrollados” y pobres “en vías de desarrollo” crece. En ese sentido, para esa lógica mercantil capitalista que rige el mundo actual, muchos afirman que Cuba socialista es pobre. Obviamente, hay que darle muchas vueltas al asunto. Si el sueño del progreso científico-técnico que ilusionó cabezas y corazones en pleno auge positivista, en los inicios de la expansión del modelo capitalista, hizo albergar expectativas respecto a una paulatina, pero finalmente total, extinción de la pobreza en el mundo, hoy, más aún con las tendencias neoliberales triunfadoras en este momento (¡que en absoluto detiene la pandemia de COVID-19!), se ve que ese prosperidad universal está muy lejos de alcanzarse. Por el contrario: la brecha entre ricos y pobres (entre Norte desarrollado y Sur subdesarrollado, así como entre estratos beneficiados y postergados en lo interno de cada Estado nacional) crece. Dicho de otra manera: la pobreza crece. O más descarnadamente aún: el número de pobres de carne y hueso crecen. De tres nacimientos que se producen por segundo en el mundo, dos de ellos tienen lugar en un barrio marginal de alguna atestada macro-ciudad del Tercer Mundo.

En el año 1820 el 20% más rico del planeta tenía 3 veces más que el 20% más pobre; para 1913 ese 20% más rico ganaba 11 veces más que el 20% más pobre. En 1997, con un crecimiento descomunal de la productividad en términos históricos, el 20% más rico accedía 74 veces más a las riquezas producidas que el 20% más pobre. Y la brecha sigue ensanchándose. En países como Brasil y Guatemala esa diferencia es aún mayor, llegándose al extremo patético de 120 a 1. El 6% de la población mundial posee el 59% de la riqueza total del planeta, y 98% de ese 6% de la población vive en los países más ricos. Y quienes realmente deciden la marcha del mundo (¡estas no son teorías “conspiranoicas”!) representan el 0.00001%. La población estadounidense, pese al declive que hoy día experimenta su país como unidad nacional (¡pero no así sus grandes empresas transnacionalizadas!), consume el doble de lo que consumía en la década del 50 del pasado siglo, en su momento de mayor auge económico. Si todo el mundo consumiera como lo hace esa nación, en una semana se agotaría el planeta.

Un perrito de un hogar término medio de un país del Norte consume en promedio anual más carne roja que un habitante del Tercer Mundo. Mil millones de personas no tienen acceso al agua potable, en tanto que 1.300 millones de personas disponen de menos de un dólar diario para vivir. 1.000 millones son analfabetos. Era de las comunicaciones, de la sociedad de la información y la cibernética, pero hay población que no dispone aún de energía eléctrica. Se busca agua en el planeta Marte…, pero en la Tierra mucha gente muere de sed, aun existiendo la posibilidad que no haya sedientos. Según estimaciones de organismos internacionales, el costo anual adicional para lograr el acceso universal a servicios sociales básicos en todos los países en desarrollo sería de 15.000 millones de dólares (enseñanza básica, agua y saneamiento para todos), en tanto que en los Estados Unidos se gastan 8.000 millones anuales en cosméticos, y 11.000 millones son gastados anualmente en Europa en helados.

Según datos de Naciones Unidas, el patrimonio de las 358 personas cuyos activos sobrepasan los 1.000 millones de dólares -que pueden caber en un Boeing 747- supera el ingreso anual combinado de países en los que vive el más de la mitad de la población mundial.

No caben dudas: lamentablemente, pese a la ¿cooperación al desarrollo? existente, la pobreza crece. Valga agregar, como dato no menos escalofriante, que en 60 años de “cooperación” que el Norte viene desplegando con el Sur, desde la ya legendaria Alianza para el Progreso inaugurada por el presidente norteamericano John Kennedy en los años 60 (como respuesta ante la Revolución Cubana, para evitar más Cubas en el continente), ni un solo pobre en el mundo dejó de ser tal gracias a estos mecanismos de ¿solidaridad?, lo que muestra que esas políticas no son sino otros tantos instrumentos de control social (repulsivos colchones, paños de agua fría tendientes a mantener la ahora llamada “gobernabilidad”: cambiar algo para que no cambie nada).

Además de constatarlo por los datos anteriores (escalofriantes desde ya), podemos ver ese crecimiento de la pobreza con otros indicadores (no menos alarmantes): en el planeta, y fundamentalmente en el área desarrollada, se destinan alrededor de 500.000 millones anuales para drogas (una de las actividades económicas más lucrativas de la especie humana en la actualidad) y más de un billón anual a gastos militares (el rubro más rentable). Que se gasten esas cifras astronómicas en helados, cosméticos, estupefacientes y armas también nos lo dice: la pobreza crece (¡y no necesitamos ser el ermitaño asceta para entender lo que eso significa!). Se suicidan 800 personas diarias en el mundo: ¿habla de alguna pobreza eso?

IV

Estamos frente a un prejuicio, hoy ya globalizado, donde la idea de desarrollo está ligada indisolublemente a progreso material. Grandes culturas de la historia, con enormes avances técnicos, con profundas enseñanzas morales, medioambientales, con reflexiones acerca del fenómeno humano de gran valía, como lo decíamos más arriba, puestas en comparación con el rasero tecnocrático-economicista que rige actualmente el mundo, aparecen como atrasadas, pobres. Lo son, según ese criterio, porque no han seguido el ritmo de crecimiento técnico y de acumulación de riquezas que se dio en Europa, u hoy, en Estados Unidos, expresión máxima del capitalismo. ¿Son “pobres” la tragedia griega, la astronomía maya, el arte chino, la filosofía budista? ¿Nos quedamos con Hollywood entonces?

¿Podríamos, con una actitud serena y objetiva, atrevernos a seguir llamando pobre a una cosmovisión que pone el acento en el equilibrio ser humano/medio ambiente (como por ejemplo la de los pueblos americanos tradicionales) cuando vemos el disparate ecológico que ha causado el desarrollo industrial basado exclusivamente en el lucro empresarial, con niveles de degradación del planeta por falta de previsión y afán enfermizo de ganancia rayanos en la demencia? ¿Cuál es ahí la riqueza?

¿Podríamos, con una actitud serena y objetiva, atrevernos a seguir llamando pobre a civilizaciones que no necesitan de un consumo cada vez más masivo de narcóticos para huir de sus realidades como sucede en los países industrializados? ¿Cuál es ahí la riqueza?

¿Y cuál es la riqueza que nos propone el modelo de consumo desarrollado? Fundamentalmente eso: ¡consumo! Consumo como motor de la vida, consumo por el consumo mismo. Su arquetipo es un ciudadano tranquilo, que no protesta (que tampoco disfruta la tragedia griega ni el arte chino), sentado ante la pantalla de televisión o del teléfono celular (¿Hollywood, Walt Disney?), tomando Coca-Cola y usando sus tarjetas de créditos. ¿Esa es la riqueza? Valga decir que todo eso luego hay que pagarlo, y hoy vemos, con la crisis galopante del imperio mayor del capitalismo, por dónde van las cosas: la deuda es materialmente impagable, tanto la pública como la privada (cada ciudadano estadounidense tiene en promedio 5 tarjetas de crédito y 7.000 dólares de deuda). Deuda que, llegado el caso, no se paga, porque las armas responden. ¿Dónde queda la riqueza? Además, ese modelo de hiperconsumo de la gran potencia del Norte está empezando a hacer agua, y todo indica que no podrá mantenerse eternamente. ¿Las armas seguirán manteniéndolo? Dicho sea de paso, Estados Unidos ya no tiene la supremacía bélica.

Por cierto, que no se pretende transmitir una idea ingenuamente bucólica de civilizaciones no-occidentales pre industriales; desde ya que la calidad de vida que la tecnología nos puede proporcionar (agua potable, saneamiento ambiental, más y mejores alimentos, educación para todos, comunicaciones, más tiempo libre, etc.) es fabulosa, y por cierto aporta grandemente a la satisfacción humana, aunque no pueda terminar con la angustia y el suicidio (el “costo de la civilización” diría Freud). Las comunidades hippies de no-consumo, en tanto islas alternativas en medio de la vorágine moderna, son insostenibles; la historia lo demostró, porque no disponían del poder político ni militar que mueve el mundo. ¿Por qué hoy Rusia vuelve a ser una superpotencia? Porque dispone del más alto poderío mundial en términos militares. Es patético, pero es la realidad humana: se impone finalmente el que tiene el garrote más grande (¿pulsión de muerte?). Lo que debe ser puesto en debate -debate que, por cierto, ya está abierto, y debe seguir alimentándose- es la idea de riqueza que los modelos modernos y post modernos (capitalistas) nos ofrecen. Una vez más entonces: ¿Cuba es pobre? ¿Cuál es el rasero para medirla?

La riqueza no puede ser solamente consumir. Gastar cantidades impresionantes en helados, mascotas, cosméticos y estupefacientes (¡o armas!), junto a gente que come una vez por día, o no come, no constituye ninguna riqueza en términos humanos. Habla, en todo caso, de modelos de desarrollo, de visiones de la vida y de proyectos de ser humano que evidencian, fundamentalmente, una pobreza existencial profunda (alarmante, sombría). Si esa es la riqueza que nos ofrece el post-modernismo (cada uno con su propio vehículo, consumiendo gaseosas y hamburguesas -¡o estupefacientes!-, y con la lap top o el smart telephone hasta para ir al baño), si la profundidad de la tragedia griega se reemplazó por King Kong y la hondura de los sistemas de pensamiento orientales dieron lugar a los libros de autoayuda (“si usted quiere, puede”, “¡todo depende de usted!”), realmente, como dijera el vate portugués Saramago, “nos merecemos desaparecer come especie”.

Desde ya el problema de la pobreza no es una cuestión de actitud moral, de caridad para con el desposeído. Ejércitos de Madres Teresas y de voluntariados (tan a la moda hoy día) no alcanzan; ni siquiera sirven para hacerle cosquillas al problema. El tema de la pobreza -o, dicho de otro modo: de la injusticia- es claramente una de las preguntas medulares que atraviesan la historia humana, o, mejor dicho: la historia de las sociedades divididas en clases. Que su respuesta debe ser difícil lo evidencia el estado actual del mundo: cada vez más armas, más helados y más cosméticos, y cada vez más pobres (y no sólo los que no comen; también los que no saben qué hacer con el tiempo libre.... ¿consumir Hollywood, o videojuegos? ¿Drogas quizá?). La pregunta en torno a la pobreza es una interrogación sobre la condición humana misma. ¿Por qué nos resulta tan tentador dejarnos seducir por la Coca-Cola y las hamburguesas, o por Rambo, o las narco-novelas? ¿Tan pobres somos?

Luchar contra la pobreza implica, como mínimo, repartir más equitativamente los productos del trabajo humano (lucha política fundamentalmente -que indirectamente incluye lo militar, continuación de la política por otros medios-). Pero también implica no dejarnos de plantear esas preguntas que hacen a lo más hondo de nuestra existencia. Digámoslo con un ejemplo: la población de Europa del Este, todavía en la era del “socialismo real”, ayudó a hacer caer el muro de Berlín fascinada por la videocasetera o el pantalón vaquero (las modas de ese entonces), los espejitos de colores que fascinaban en los 90 del siglo pasado y que sus economías no le proveían. Hoy se lamentan de lo perdido (salud y educación gratuitas, pleno empleo, viviendas populares y calefacción subvencionada), y en cada ocasión que tienen, manifiestan su añoranza por la seguridad material mínima que ya no pueden tener. La supuesta “libertad” ganada no termina de convencer. Entonces, complementando la pregunta anterior, habría que agregar -para preguntarse con la misma fuerza-: ¿por qué nos seducen tanto los espejitos de colores?

Marcelo Colussi
Analista político e investigador social, autor del libro Ensayos




RAFAEL BAUTISTA: “EL PUEBLO SE VIO NO SOLO DESORGANIZADO, SINO ARREBATADO DEL ESPÍRITU QUE HABÍA PROMOVIDO EL PROCESO DE CAMBIO” (I)


·        Correo del ALBA
01/07/2020


Rafael Bautista S.
Foto: https://www.resumenlatinoamericano.org/

Rafael Bautista S. es un pensador y escritor boliviano, dirige el Taller de la Descolonización. Autor de más de 20 libros, su última publicación es El tablero del siglo XXI. Geopolítica des-colonial de un nuevo orden post-occidental. Para pensar el mundo actual, América Latina y el Caribe, y la coyuntura boliviana, Correo del Alba le entrevistó. A continuación, publicamos la primera parte de este diálogo.

¿Cómo piensa actualmente el mundo desde Bolivia, bajo el dominio del Covid-19?

No creo que se pueda hablar de un “dominio” del Covid-19. Si hacemos una ligera rememoración histórica, podemos ver que esta inflamada pandemia forma parte de una frecuente planificación cuasi militar que ha venido antecediendo reconfiguraciones estratégicas del poder imperial. El 9-11 es la muestra más reciente y clara de ello. Después del autoatentado de las Torres Gemelas, Estados Unidos sufre un rapto siniestro, todavía no analizado en toda su complejidad y que nos daría claves para interpretar lo que significa. A propósito del Covid, una cuarentena global que no es sino un Estado de excepción no declarado, de alcances mundiales y de consecuencias imprevisibles; no solo en el ámbito de la economía, sino, sobre todo, en lo que significaría la sobrevivencia o no del Estado de derecho en el contexto del colapso civilizatorio que estamos viviendo.

En ese sentido, el golpe blando geopolítico que sucedió en Bolivia no es ajeno a lo que iba a desplegarse a nivel global. Pues uno de los propósitos que se va descubriendo es la implosión nacional vía implantación dictatorial del Estado de no-derecho, lo cual nos conduciría, trágicamente, a la figura de la “anomia estatal”, que podría ser la fisonomía post-covid de, especialmente, los Estados periféricos.

Un tiempo en nuestra revista usted analizaba que el poder imperial se enfrenta a un nuevo orden geopolítico con visiones distintas a las de la Guerra Fría, en tanto Rusia, China e Irán no miran como paradigma a Occidente, ¿está en decadencia la hegemonía impuesta durante siglos?

Está en decadencia vertical y la muestra de ello es que todas las potencias que usted menciona, ninguna es occidental, ni siquiera Rusia que, en palabras de su propio canciller Lavrov, ya venía sugiriendo (por ejemplo, en las Conferencias de Seguridad de Múnich) la necesidad de un “nuevo orden post-occidental”. Aunque una declaración no produce automáticamente esa necesidad, la inminencia de un nuevo orden lo configura el desmoronamiento del diseño geopolítico que había hecho posible al sistema-mundo moderno, es decir, el diseño centro-periferia.

Lo que se tiene actualmente es un des-orden tripolar, es decir, un supuesto orden sin fisonomía definida, porque todo se halla en disputa, desde las narrativas hegemónicas moderno-occidentales hasta las propias áreas de influencia anteriormente de “propiedad” anglosajona y francesa, por ejemplo. La presencia de las nuevas potencias emergentes, sobre todo de China y Rusia, pone en crisis completamente el diseño geopolítico centro-periferia. Sin la continuidad de ese diseño, se desploma definitivamente la influencia imperial y, en consecuencia, se acaba la estabilidad del primer mundo.

Han llegado a Venezuela barcos con combustible iraní; Estados Unidos lanzó amenazas de no dejar pasar los cargueros, Irán respondió, pero finalmente las intimidaciones no se cumplieron. ¿El Imperio teme la reacción persa en el escenario geopolítico?

Más que la reacción iraní, lo que teme Washington es que el poder militar disuasivo que posee ahora Venezuela ponga al descubierto la vulnerabilidad imperial. Si un país periférico, que forma parte de su “patio trasero”, es capaz de representar un nuevo Vietnam, incluso con capacidad ofensiva, entonces se cae el mito del poder omnímodo imperial. Rusia es ahora la primera potencia militar y ya ha demostrado en Siria que, en una guerra convencional, podría desbaratar el poder militar conjunto de Estados Unidos y la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), y Venezuela posee un envidiable abastecimiento militar ruso.

Por su parte, Irán ya ha demostrado que no solo posee la capacidad militar para enfrentar la soberbia imperial, sino que hasta podría poner en jaque a la economía mundial, cerrando el Estrecho de Ormuz, por donde se distribuye el 40% del petróleo mundial.

En cuanto a Bolivia, ¿en qué punto dejó al pueblo y el país el Proceso de Cambio, para enfrentar la arremetida de Estados Unidos e Israel que se ha visto están manejando al gobierno de facto?

El objetivo del golpe no era simplemente bajar al Gobierno, sino destruir el carácter plurinacional del Estado boliviano, es decir, minar definitivamente nuestra soberanía. El “proceso de cambio” era el motor que debía impulsar ese carácter; por eso el objetivo no era acabar con el Evo, sino con lo que él representaba. El ensañamiento simbólico de la insurrección fascista demostró eso; no fueron episódicas la quema de la wiphala o el actual impedimento, vía “confinamiento”, de celebrar el año nuevo aymara. Por eso no es aventurero señalar que se trata, como también lo delataron los propios golpistas, de una “guerra espiritual”.

La premeditada demolición estructural del Estado que promueven los golpistas busca, en definitiva, el cercenamiento definitivo del espíritu nacional-popular, es decir, acabar con el sujeto plurinacional, lo indígena. Hacer imposible una restauración plurinacional del Estado, significa lo que ya se escucha en boca de los propios golpistas: restituir su fisonomía republicana. En el caso boliviano, en esa fisonomía constitucional se naturalizó el carácter antinacional y antipopular del Estado oligárquico-señorial. En ese sentido, ahora, más que hablar del “proceso de cambio”, sería más adecuado referirse al sujeto plurinacional como el necesario activante histórico-político de una posible restauración nacional-popular que instaure un segundo proceso constituyente de alcances mucho más revolucionarios que el que tuvimos en el periodo 2006-2010.

¿En qué avanzó el gobierno del Movimiento Al Socialismo (MAS), en cuanto a concebir a una nueva Bolivia frente al mundo, y cuáles fueron sus errores?

El MAS fue la determinación política circunstancial que adquirió el “proceso de cambio”, pero, como toda apuesta partidaria, además heredera del nacionalismo movimientista, desató las contradicciones inherentes de la política nacional para su propio infortunio. Esto se vio cuando, desde el interior del Gobierno, se gestaron también las condiciones para la continua transferencia de legitimidad que recibió la derecha para empoderar sus opciones.

Esta transferencia fue producto del vaciamiento simbólico y espiritual del propio proceso, que mermó seriamente las capacidades estratégicas de resistencia popular ante el golpe. Cuando se desplazó al sujeto plurinacional y, en su lugar, se apropió del poder de decisión estatal un sujeto sustitutivo que generó una ortodoxia centralista (que confió demasiado en la lógica instrumental y prebendas de la política tradicional), se creó el escenario preciso para la derechización del panorama urbano-social.

Se fueron abandonando los cambios estructurales necesarios y se fue optando peligrosamente por los pactos interesados con los grupos de poder. La propia complicidad policial y militar en el golpe se puede explicar, en parte, por la ausencia de una política de Estado descolonizadora y antiimperialista de ambos ámbitos estatales. 

¿Cómo se explica que surgieran algunos movimientos de corte fascista paramilitar en octubre pasado?

Es algo transversal en el propio horizonte de prejuicios de la clase media urbana, que por reiteración pedagógica y cultural absorbe y naturaliza la ideología señorial y, de ese modo, se constituye en base de reclutamiento derechista que aprovecha la oligarquía para reponer su influencia en la vida política y social. El fascismo se explica porque es un dispositivo ideológico pensado para ámbitos subalternizados que apuestan por el ascenso social a toda costa, como única opción de vida. Por ello se constituyen en los custodios de una clasificación social como exteriorización de una previa clasificación racial.

El orden racializado es la base de la desigualdad como principio rector de una sociedad autocomprendida como “moderna”. Por ello era necesario insistir en el contenido propositivo del “proceso de cambio” como “revolución democrático-cultural”. Ese contenido es el que se fue postergando, con la amarga consecuencia de la reposición señorialista en el imaginario social, que se activó mediáticamente para legitimar un golpe con cara “democrática”.

En 2005-2006 el MAS accedió al poder con un horizonte anticapitalista y un fuerte aporte de una mirada indígena, el Vivir Bien y el comunitarismo campesino como nueva forma de entender la producción, ¿cree que se abortó eso? Y ¿cómo se recupera ese horizonte, si es que aún existe?

Bolivia es la muestra fehaciente de la incompatibilidad entre un genuino proyecto nacional-popular y la imposición de apuestas “universalistas”. El componente de izquierda en el gobierno del MAS, asumiendo la dirección del proceso, nunca estuvo a la altura de una verdadera transformación en el propio horizonte propositivo que significaba el “vivir bien”, el “Estado plurinacional” y la “descolonización” como política de Estado. Ello es también producto de la ortodoxia marxista, que no es capaz, ni teórica ni existencialmente, de trascender el horizonte cultural y civilizatorio que ha hecho posible al capitalismo, es decir, la modernidad.

Por eso promueven, a nombre de socialismo, una economía del crecimiento, que es precisamente lo que define al capitalismo como economía suicida. Lo que debiera ponerse en cuestión, los mitos modernos, y subsumido bajo nuevos criterios económicos postcapitalistas, son asumidos como “banderas emancipatorias”; siendo más bien estas las que generan la reposición de las condiciones que hacen posible al propio capitalismo; estas banderas son los mitos que hacen posible al capitalismo y su continua reposición: el desarrollo y el progreso.      

¿Cómo se explica el derrumbe tan vertiginoso del Proceso de Cambio, entendiendo que se proyectaba como uno de los procesos de base más profundos y sólidos del continente?

La transferencia de legitimidad ya mencionada produjo que, mientras el gobierno abandonaba las banderas del cambio y reducía la política estatal a la simple mantención del poder político, dejaba libre el campo para que la derecha se viera ungida de legitimidad creciente; mientras el pueblo, simultáneamente, iba siendo vaciado del espíritu democrático y revolucionario. La dirección gubernamental nunca comprendió que ese abandono iba dejando huérfano al pueblo, sin horizonte político, y sin la unción democrática de su constitución como sujeto histórico (reducido a simple obediente, se lo excluía de toda decisión y, de ese modo, se reducía hasta su capacidad protagónica).

Mientras el Gobierno iba cediendo hasta discursivamente lo propositivo del proceso, la derecha acopiaba diligentemente esa legitimidad transferida, empoderando a la base de reclutamiento oligárquico, sumando sectores amplios de clase media, sobre todo; que fueron funcionalizados para brindarle al golpe la cara supuestamente democrática, apareciendo como los “extras” de la escenografía fílmica local de una “revolución de colores”.

El pueblo se vio no solo desorganizado, sino arrebatado del espíritu que había promovido el “proceso de cambio”; por ello la resistencia fue esporádica, espontánea e improvisada. El pueblo se vio huérfano del espíritu democrático y revolucionario que el propio Gobierno se encargó de ir diluyendo, una vez que el sujeto sustitutivo fue reduciendo todas las apuestas históricas al puro cálculo político y al culto a la personalidad.

Eso hizo que calara muy bien, en el racismo urbano, la narrativa derechista del “fraude”, la “corrupción”, la “tiranía”, la “eternización del poder”, entre otros, dando los mejores argumentos para configurar toda una plataforma política de supuesta “resistencia democrática”. De ese modo, la violencia fascista podía asumirse como legítima. Frente a ese panorama, el pueblo se encontraba desprovisto de respuesta democrática que le permitiera hacerle frente a la propaganda fascista que, mediáticamente, supo horadar muy bien hasta la propia confianza revolucionaria del campo popular, haciendo aparecer a la derecha como la democrática y al pueblo como antidemocrático.

La cosa estaba resuelta y el Gobierno pecó de ingenuo y de ceguera analítica, al no saber cómo eludir el callejón sin salida al cual iba siendo arrastrado. La supuesta y arrogante “infalibilidad” del llamado “círculo blancoide”, coadyuvó al desmoronamiento interno del propio gobierno, que fue decisivo para que la derecha, en connivencia con la negligencia de los aparatos coercitivos, supiera inflamar muy bien un ambiente beligerante cargado de terrorismo, discriminación y racismo, que se vendió al mundo como una “auténtica revolución”, siendo, nada más ni nada menos, que la versión autóctona de una “revolución de colores”. 



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