lunes, 13 de abril de 2020

CORONAVIRUS: UNA ALTERNATIVA AL MARTILLO Y EL BAILE

Por Carlos Ganoza Durant.
La estrategia del gobierno para combatir el Covid-19 es la del martillo y el baile. Esa estrategia fue propuesta y popularizada por el ingeniero español Tomás Pueyo, que el 19 de marzo publicó en su blog un post titulado Coronavirus: the Hammer and the Dance.
Pueyo explica su estrategia con el siguiente gráfico:

La conclusión es que mitigar con medidas “blandas” que solo aplanan la curva un poco no funciona porque el crecimiento en el número de contagios es tan rápido que igual causa el colapso del sistema de salud, generando muchas muertes. Por lo tanto la única opción es la supresión, aplanar la curva con martillazos, esto es con medida drásticas de distanciamiento social y cuarentenas que reduzcan el número de contagios y eviten la saturación del sistema de salud. El número clave a monitorear es la cantidad de camas con ventilador en uso versus la cantidad de casos graves de Covid-19.
Sin embargo no hay nada que lleve a pensar que después de levantar las medidas de supresión no haya una segunda ola. Según esta encuesta a 18 expertos en modelos epidemiológicos, el 73% pronostica una segunda ola en Estados Unidos. Y Hong Kong, Taiwan y Singapur, que habían logrado controlar muy bien el crecimiento de los primeros casos, ya están experimentando una segunda ola, como señala este artículo del New York Times y de donde viene este gráfico:

Por eso Pueyo en su texto señala que el objetivo principal de la supresión, de darle un martillazo potente a la curva epidemiológica, es ganar tiempo. Pueyo lo pone de la siguiente manera: “si estuvieses a punto de enfrentar a tu peor enemigo, ¿correrías hacia él, o te escaparías para ganar tiempo y prepararte?”. Bajo su lógica la supresión sirve para ganar algunas semanas y poder testear a todo el mundo. A esa segunda etapa le llama el baile.
¿Qué pasa si el martillo no da en el clavo?
La aplicación de esta estrategia en el Perú enfrenta problemas que ponen en riesgo su efectividad y su conveniencia.
El primero es que los martillazos no son tan efectivos por causa de nuestra estructura socio-económica. Tenemos 11 millones de personas cuyo sustento depende de una actividad informal. Para la gran mayoría no salir a trabajar significa no generar ingresos, y un porcentaje importante recibe sus ingresos de manera diaria o semanal.
Sumemos a eso que solo el 49% de los hogares cuenta con refrigerador, por lo que no tienen capacidad de almacenamiento y tienen que salir a comprar víveres con más frecuencia.
Por otro lado el Perú es un país con un déficit de vivienda severo. Casi el 14% de los hogares sufre de hacinamiento en viviendas de una habitación o menos, para 3 personas o más. No son condiciones que permitan soportar una cuarentena larga. Un tuit reciente de Hugo Ñopo lo puso muy claro:
¿Por qué tanta gente saliendo? Comprendamos al país. Más de un millón de hogares viven en condiciones serias de hacinamiento. El confinamiento es más difícil ahí:

Tenemos entonces a un número muy grande de personas hacinadas, con trastornos mentales o situaciones de violencia que pueden empeorar por el confinamiento, para las que no es soportable llevar una cuarentena larga y estricta y por lo tanto es menos probable que la cumplan a cabalidad. Y tenemos también un grupo muy grande de personas que necesitan salir a ganar ingresos de alguna manera u otra, o a abastecerse diariamente.
Por eso no debe sorprender que se reporten imágenes como esta, publicada en El Comercio:

La consecuencia es que los martillazos son mucho menos efectivos para aplanar la curva epidemiológica. Es como si las características de nuestra estructura socio-económica evitasen que el martillazo de en el blanco.
Para entender la magnitud de esto comparemos la cuarentena en el Perú con las cuarentenas de España, Hubei (China), Francia e Italia. Salvo Hubei, todas han sido menos estrictas -al menos al inicio- que la peruana. Por ejemplo durante la primera fase de las cuarentenas en Italia y España se permitió que abrieran comercios aunque con restricciones.
Si es cierto que el martillazo es menos efectivo en Perú, uno esperaría que el crecimiento en el número de casos no se reduzca tan rápido como en otros países con medidas similares. Si menos personas acatan la cuarentena la cantidad de contagios no se reduce tanto, y por lo tanto el crecimiento de la epidemia no se logra frenar tanto.
Y eso es precisamente lo que se observa si se compara la tendencia en el crecimiento de casos de las cinco cuarentenas mencionadas. El Perú es el que menos frena el crecimiento de casos, a pesar de tener la cuarentena más estricta -en teoría, y a pesar de que es el país que la implementó con el menor número de infectados. Como en su primera fase el Covid-19 tiene una curva de crecimiento exponencial que se acelera conforme hay más casos, controlarla al inicio debería significar que es más fácil frenarla. El Perú comenzó la cuarentena con 86 casos documentados, España con más de 7,000 e Italia con más de 9,000.

Fuentes: La data proviene del Humanitarian Data Exchange, que recopila data de diferentes fuentes: https://data.humdata.org/event/covid-19; la información de las fechas de cuarentena de cada país viene del Covid-19 Health System Response Monitor, coordinado por la OMS:https://www.covid19healthsystem.org/mainpage.aspx. El gráfico muestra una tendencia logarítmica para que sea más fácil apreciar las diferencias.
Sin embargo el indicador de casos documentados no es enteramente fiable porque depende de la capacidad de cada país de diagnosticar a las personas infectadas, y esa capacidad no es igual entre países ni estable en el tiempo. Por lo tanto otro indicador complementario es el número de muertes por Covid-19.
Nuevamente, si es cierto que los martillazos son menos efectivos en Perú, uno esperaría ver que la tasa de crecimiento de muertes por Covid-19 se frena más lento con la cuarentena. Y eso es precisamente lo que se observa.

El Perú es el país que menos frena el crecimiento de muertes por Covid-19 desde el inicio de la cuarentena. Si bien es cierto que el Perú empieza de una base mucho más pequeña (3 casos versus 289 en España o 463 en Italia), lo que aumenta sustancialmente la tasa de mortalidad del Covid-19 es la saturación del sistema sanitario, por lo que lo esperable sería que para los países que se demoraron más en implementar la cuarentena sea más difícil frenar el crecimiento en las muertes por el virus. Por otro lado Hubei empezó también su cuarentena con un número de muertes relativamente bajo (17) y aún así logró frenar la tasa de crecimiento dramáticamente.
Mi lectura de todo esto es que la cuarentena en el Perú tiene un alto riesgo de no lograr los resultados esperados para controlar la epidemia. Esto genera un problema muy serio con la estrategia del martillo y el baile.
Recordemos a Pueyo, el autor de la estrategia: el propósito de la supresión es ganar tiempo para prepararte y enfrentar mejor a tu enemigo. La batalla clave contra el Covid-19 no es durante la cuarentena, sino después. Si nuestros martillazos no dan en el blanco, ganamos menos tiempo para prepararnos y evitar segundas o terceras olas.
Frente a eso solo veo tres respuestas: 1) extendemos la fase del martillo y seguimos golpeando la epidemia, 2) nos preparamos más rápido, 3) cambiamos a una estrategia de bisturí.
A continuación analizo las dificultades de las primeras dos.
Entre el martillo y la morfina
La primera respuesta, martillar más tiempo o más duro, me parece poco viable. A pesar de que el martillazo no está aplanando la curva con la efectividad esperada, el daño colateral a la economía de los hogares es monstruoso.
Por eso, como comenté en un artículo publicado en El Comercio, “el martillazo sanitario ha tenido que ser acompañado por el equivalente de la inyección económica de morfina más grande que ha conocido la historia peruana moderna: medidas de liquidez, garantías y subsidios por un valor total de 12% del PBI, y que según algunas proyecciones podría generar este año un déficit fiscal de 8% del PBI”.
Si seguimos martillando más tiempo, más que martillo habremos pasado a una estrategia de comba que va a pulverizar la economía. Y la dosis de morfina que tiene la política económica para anestesiar ese golpe ya se está acabando. Con una deuda pública de 27% del PBI, el Perú tiene espacio fiscal para amortiguar un primer martillazo, pero un segundo o tercero puede ser mucho más complicado.
Para empezar existe mucha incertidumbre y no queda claro qué condiciones de financiamiento encontrará el gobierno cuando le toque emitir deuda para financiar sus medidas. Podría ser necesario emitir a tasas mucho más altas.
Luego, mientras más alto sea el nivel de deuda pública sobre PBI, más difícil será regresarlo a un nivel saludable. Eventualmente el gobierno tendría que hacer un ajuste fiscal importante y acumular un superávit durante varios años seguidos. Pero la economía política de este proceso es muy compleja, los gobernantes no tienen incentivos para un ajuste fiscal. Si a eso le sumamos una deuda que paga tasas más altas (además, a mayor nivel de deuda mayor el costo de esta), esto se complica aún más. En el MEF eso se tiene muy claro y por eso es que es imprescindible pensar más allá del primer martillazo.
Quiero ser muy enfático con esto: la salud de nuestras finanzas públicas es lo que nos da hoy espacio de maniobra para enfrentar la epidemia. Si la echamos por la ventana nos quedamos sin lo único que nos puede proteger frente a cualquier otra circunstancia adversa en el futuro (desde otra catástrofe natural como el terremoto de Pisco o el Fenómeno del Niño del 2017, hasta otra crisis financiera). El bien público más importante que tiene el Perú hoy es una macroeconomía robusta.
Una opción para financiar las medidas podría ser monetizar activos en el balance del Estado peruano, que según el FMI suman 200% del PBI, como mencioné en este artículo y expliqué en más detalle en este post. Esto evitaría algunos de los problemas descritos arriba. Pero la implementación también puede ser desafiante.
Por lo tanto, no es viable seguir con más martillazos.
Esto nos lleva a la segunda opción, prepararnos más rápido. Lamentablemente acá lidiamos con la baja capacidad del Estado. Esto no tiene nada que ver con la capacidad de las personas que toman decisiones hoy en el gobierno, el Estado peruano es simplemente un leviatán muy difícil de arrear. Con la energía propia de circunstancias como estas y el liderazgo adecuado sin duda se pueden lograr avances, y hoy todo el país está dispuesto a ayudar a que eso ocurra. Hemos visto algunos avances, como el aumento en las camas de cuidados intensivos, usar el taller de la marina para reparar ventiladores, y la compra masiva de pruebas (esto a mi juicio muy tarde). Pero por otro lado también hemos visto el fracaso del Estado incluso para proteger a grupos pequeños de funcionarios clave que están expuestos durante la cuarentena, como los policías. Esta nota de El Comercio muestra cómo hemos fallado en proveer a comisarías como la de La Victoria de condiciones básicas de precaución para su personal, y en poder aplicar pruebas con frecuencia para detectar y aislar rápidamente a cualquier infectado. El resultado es 34 infectados en una sola comisaría, y al 11 de abril dos fallecidos, en una historia en la que parece haber habido bastante negligencia.
Para entender mejor el déficit de capacidades que enfrentamos vale una comparación. El país que mejor ha “bailado” con el Covid-19 (tanto que ni siquiera ha tenido que implementar una cuarentena generalizada) ha sidoCorea del Sur, que tiene la capacidad de aplicar hasta 20,000 pruebas moleculares PCR por díaSingapur, otro país que ha tenido éxito en el baile epidemiológico, puede hacer 2,200 pruebas PCR por día. Para que el Perú esté a ese nivel de pruebas relativo a su población, tendría que aplicar más de 12,000 pruebas diarias. Pero como muestra este gráfico elaborado por el politólogo José Incio con data del MINSA, no hemos logrado llegar aún ni siquiera a las 2,000 pruebas moleculares por día.

Por eso es inevitable la pregunta de si podremos estar listos para ese nivel de baile.
Frente a la presión por pasar del martillo al baile el gobierno podría perder el control de la epidemia. Si pasa muy rápido a medidas de distanciamiento social menos restrictivas sin tener la capacidad de testing masivo el número de casos podría volver a acelerarse y enfrentaríamos una segunda ola. Frente a esa situación se requerirían martillazos aún más severos.
Un estudio publicado en la revista médica The Lancet hace un ejercicio de modelar la trayectoria de la epidemia en base a la data de varias regiones en China, y concluye que levantar la cuarentena antes de tiempo (cuando la tasa de contagios -el R0- no ha bajado lo suficiente) podría haber significado que más adelante sea necesario una cuarentena de una duración hasta 7 veces mayor para que la tasa de contagio sea menor a 1.
Por lo tanto existe un riesgo muy alto de levantar la cuarentena si el Estado no está listo para el baile. Un error aquí puede tener un costo gigante.
Esto es verdaderamente una decisión trágica: si levantamos la cuarentena y el Estado no está listo para el baile, nos corremos el riesgo de una cuarentena mucho más larga después; si usamos el principio de precaución y extendemos la cuarentena ahora, enfrentamos el costo inminente de los martillazos con cada vez menos morfina, sabiendo que igual no es seguro que la cuarentena funcione por las razones explicadas al inicio.
El judo y el bisturí
Frente a este dilema creo que es necesario explorar estrategias alternativas. Por ejemplo Piero Ghezzi, Alfonso de la Torre y Alonso Segura han propuesto algunas medidas low-tech para enfrentar la epidemia.
En este artículo quiero proponer una opción diferente, que reemplaza el martillo por el bisturí y el baile por el judo. Esa estrategia parte de la premisa de que no vamos a poder preparar al Estado a tiempo para enfrentar la epidemia con éxito, es decir, no vamos a estar listos para aplicar las 12,000 pruebas por día cuando termine la cuarentena. El propósito de tener esta premisa no es fatalismo, sino forzarnos a pensar de manera creativa sobre qué opciones tenemos dadas nuestras limitaciones.
Bajo esa premisa no podemos lidiar con una epidemia a nivel nacional. El Estado simplemente no tiene las capacidades suficientes. Pero sí podemos concentrar las pocas capacidades del Estado en segmentos de la población o geografías suficientemente pequeñas como para aplicar una fuerza abrumadora en la lucha contra el Covid-19. Ahí entra el judo. En el judo un combatiente pequeño puede concentrar toda su fuerza en un solo punto de ataque y palanca para poner en aprietos a un rival mucho más grande. Y lo mismo puede hacer el Estado peruano contra el Covid-19.
Para entender mejor como el Estado puede concentrar recursos en puntos de alta palanca, hay que pensar en la curva básica de la epidemia, reflejada en este gráfico, que he adaptado del estudio de The Lancet ya mencionado:

Durante las primeras fases de la epidemia la tasa de contagio R0 es mayor a 1, por eso crece aceleradamente. Cuando se implementan medidas exitosas para frenarla (por ejemplo una cuarentena efectiva) se logra reducir la cantidad de contagios que causa un infectado, por lo que la tasa de contagio desciende a menos de 1 y el porcentaje de población infectada se empieza a reducir.
La curva total de un país no es más que el agregado de las curvas de cada región. Una estrategia de judo busca concentrar una fuerza abrumadora en un punto específico, que podría ser una unidad geográfica como un distrito. Eso implica trazar la curva epidemiológica para la unidad geográfica o poblacional mínima viable y monitorear su R0, para entender en qué zonas concentrar toda la capacidad de acción.
Una opción sería monitorear las dos variables clave -número de casos y R0- por distrito, y aplicar diferentes niveles de acción en función de ambos indicadores.
Todos aquellos distritos que tengan un número de casos pequeño y un R0 menor a 1 pueden operar con medidas limitadas de distanciamiento social (por ejemplo los comercios solo pueden atender con un aforo mucho más reducido, se prohíben reuniones de más de 5 personas, uso de mascarillas es obligatorio, todos aquellos que tengan fiebre están obligados a cuarentenarse en casa, etc.). Pero no es necesario que el Estado despliegue capacidades sanitarias más sofisticadas en estos distritos.
Si el número de casos crece más allá de un límite el distrito entra en cuarentena y se cierran las entradas y salidas. Este límite lo determina básicamente la capacidad del sistema de salud para atender los casos que pueda generar ese distrito. Para eso es necesario hacer una proyección en base a la población del distrito, al porcentaje de infectados que requieren ventiladores, y a la capacidad disponible de ventiladores versus un umbral crítico.
En el distrito cuarentenado se aplican pruebas serológicas a una muestra aleatoria de residentes para monitorear qué porcentaje de la población va desarrollando inmunidad, qué porcentaje está compuesto por asintomáticos, y tener claro el perfil epidemiológico del Covid-19 por diferentes segmentos. Por ejemplo, si los jóvenes desarrollan inmunidad en mucho mayor porcentaje, se pueden tomar medidas diferenciadas por edad, etc. Además, a las personas que tienen inmunidad, se les podría permitir retornar a sus actividades, como se está evaluando hacer en Alemania.
Una vez que la cantidad de casos descienda por debajo del umbral, las medidas de cuarentena se pueden ir levantando gradualmente.
Si el R0 es mayor a 1, se concentran los esfuerzos de diagnóstico en ese distrito. Pero se trabaja con bisturí. Se envía un equipo de personas entrenadas para hacer pruebas moleculares PCR para contar con diagnósticos precisos*, se empieza a hacer barridos en puntos de alta probabilidad de contagio (personal de supermercados, policías, médicos, transportistas, etc.), se rastrea rápidamente a los contactos de todos los contagiados. Este último punto es clave, y para eso una opción puede ser usar la data de las empresas de telecomunicaciones sobre la ubicación de cada teléfono móvil en el Perú. Tan pronto se diagnostica a alguien con Covid-19, inmediatamente se accede a la data de los servidores de los operadores móviles para identificar a todos los celulares con los que estuvo en un radio de 10 metros, y enviarles un mensaje automatizado para que se cuarentenen hasta que se les aplique la prueba. Todas esas personas entran a la lista priorizada de testing en la zona.
Básicamente se trata de contar con equipos SWAT que entran a cada distrito en riesgo con la misión de reducir el R0 a través de un trabajo quirúrgico, y tienen el apoyo de un equipo centralizado de data que puede acceder a la información de los operadores móviles.
Es evidente que no tenemos capacidades para montar equipos de esa naturaleza para atender a todo el país, pero sí suficientes para concentrarlos en algunos cuantos distritos a la vez. Al momento de publicar este post no pude encontrar data actualizada confiable, pero al 7 de abril había solo 13 distritos con más de 50 casos.
Aquí una matriz con un algoritmo de decisión para cada caso:

Desde el punto de vista económico, una ventaja importante de esta medida es que permite también enfocar nuestra capacidad de respuesta económica en aquellos distritos o zonas que tengan que ser cuarentenados y aislados por completo. Es diferente soportar económicamente a 10 distritos que a todo un país. El aparato productivo no se paraliza como en una cuarentena y por lo tanto el bienestar de los hogares sufre menos.
El bisturí requiere solo una anestesia económica local, a diferencia del martillazo, que requiere una dosis de morfina potente.
Por otro lado, esta estrategia también permitiría ganar tiempo e ir clonando a más equipos SWAT para avanzar en el camino de poder hacer 12,000 pruebas moleculares por día.
En conclusión, la estrategia del martillo y el baile está enfrentando problemas que pueden llevarnos a tener que escoger entre un dos males severos sin una salida clara. Frente a eso, vale la pena explorar estrategias alternativas para controlar la epidemia con más efectividad y sin obligarnos a escoger entre Escila y Caribdis. La opción propuesta acá es un esfuerzo por ver cómo dadas las limitaciones que tenemos como Estado, podemos reenfocar el problema para resolverlo.
Disclaimer: Esta es solo una propuesta en base al análisis de la data y de los estudios más relevantes que he encontrado. No pretendo ser un experto en control de epidemias ni en salud pública. Mi experiencia y conocimiento es en economía y políticas públicas, análisis de data y tecnología, y mi contribución se hace desde esa perspectiva. No pretendo tener la razón ni que esta propuesta sea la única que pueda servir. Seguramente hay varios desafíos y desventajas que no he analizado. Estoy listo para ser corregido por quienes saben más que yo. Mi único propósito es aportar ideas diferentes que puedan ayudar a entender el problema desde otra perspectiva, y quizá en base a eso encontrar soluciones.



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