28/09/2020
RESUMEN
La irrupción de China ilustra la dinámica
contemporánea del desarrollo desigual y combinado. El cimiento socialista, el
complemento mercantil y los parámetros capitalistas apuntalaron un modelo
enlazado a la globalización, pero centrado en la retención local del excedente.
La ausencia de neoliberalismo y financiarización ahorraron al país los
desequilibrios afrontados por sus competidores. Pero la penetración del
capitalismo genera sobreinversión y excedentes a descargar en el exterior.
La ortodoxia explica la expansión china por un
imaginario predominio de la desregulación y la heterodoxia por la simple
aplicación de controles que han fallado en otros lugares. Ambos omiten el
cimiento socialista. La óptica milenarista enaltece un destino imaginario y supone
raíces remotas para procesos muy recientes.
El capitalismo está presente pero no domina aún en
la economía. La nueva clase burguesa tampoco logró el control del estado, pero
la transición socialista se revirtió y prevalece un status intermedio. La acotada
restauración contrasta con las trayectorias de Europa Oriental y Rusia. Una
comparación con el origen del capitalismo sugiere la posibilidad de largas
transiciones y mixturas de sistemas.
*************
La gigantesca expansión de China es el mayor
ejemplo contemporáneo del desarrollo desigual y combinado. Una economía
retrasada convenientemente enlazada con el mercado mundial escaló en el ranking
global, dejando atrás su status subdesarrollado. Capturó tecnologías e
inversiones de las potencias más avanzadas y utilizó la baratura de sus
recursos, para motorizar un inédito crecimiento con rentabilidades superiores
al promedio global.
Con ese asombroso despegue se ubicó en el podio de
las economías centrales, luego de aunar transformaciones internas con
ventajosas inserciones en la globalización. Copió innovaciones, lucró con los
costos inferiores que imperan en los países relegados y consumó una expansión
sin parangón. Otras economías asiáticas también crecieron, pero sin esa
intensidad y con poblaciones o territorios incomparablemente menores.
El principio del desarrollo desigual y combinado
operó en un nuevo contexto de globalización. Ningún precedente histórico de la
expansión china actual -Estados Unidos, Japón, Alemania o la Unión Soviética-
presentó una conexión tan peculiar con el capitalismo mundial.
China retomó el lugar preeminente que ya tuvo en su
milenaria trayectoria. Pero los vínculos de ese remoto pasado con el
renacimiento actual no son nítidos. El despunte de la nueva potencia asiática
obedece a varias especificidades contemporáneas.
PILARES, ETAPAS Y SINGULARIDADES
La expansión china fue posible por la existencia de
un pilar socialista previo, que permitió articular los modelos planificados y
mercantiles en una sorprendente dinámica de crecimiento. Ese cimiento facilitó
el salto productivo desde un piso muy bajo de subdesarrollo.
La conformación socialista inicial explica la
acelerada industrialización de un país devastado por la guerra, que en 1949
tenía un PBI per cápita inferior a muchos países africanos. En tres décadas
remontó ese atraso con espectaculares avances en materia sanitaria
(erradicación de las epidemias y aumento de la esperanza de vida de 44 a 68
años entre 1950 y 1980). Lo mismo ocurrió en el plano educativo (reducción del
analfabetismo del 80 % al 16% entre 1950 y 1980) o familiar (eliminación del
patriarcado ancestral) (Guigue, 2018). Las grandes mejoras en la agricultura
apuntalaron el despegue posterior.
La reversión del subdesarrollo con políticas
económicas no capitalistas emparenta a China con la Unión Soviética y distingue
su trayectoria del curso seguido por las grandes potencias de Occidente. Las
estrategias socialistas demostraron una incuestionable efectividad, frente a un
retraso extremo que tiene correlatos hasta la actualidad. La segunda potencia
del mundo todavía ostenta la posición 90 en el índice de Desarrollo Humano
(Ríos, 2017). Es el principal proveedor comercial y acreedor financiero de
Estados Unidos, pero tiene un PIB per cápita inferior a la séptima parte de su
competidor (Watkins, 2019).
El pilar socialista aportó un gran sostén a los dos
períodos de desenvolvimiento posterior. Entre 1978 y 1992 predominó una etapa
de generalización de las relaciones mercantiles, con estrictos límites a la
privatización y a la acumulación privada de capital. El agro fue protagonista
de un modelo centrado en el mercado interno. Los dirigentes chinos
comprendieron con anticipación el suicidio que implicaba socializar la pobreza.
Captaron que la renuncia abrupta y total al mercado conducía al dramático rumbo
transitado por Camboya (Prashad, 2020). Por eso retomaron las políticas de
introducción del mercado en la gestión planificada, que primero experimentaron
Hungría y Yugoslavia.
A mitad de los 90 se optó por otro curso de signo
pro-capitalista. Se incentivó la privatización de las grandes empresas, la
gestación de una clase burguesa y la integración a la globalización. Ese giro
introdujo un cambio cualitativo en la economía, que comenzó a registrar los
típicos desequilibrios del capitalismo (Lin Chun, 2009a).
El correlato social de esa segunda fase se verifica
en los índices de inequidad. El coeficiente Gini retrata un aumento de la
desigualdad superior al registrado en cualquier otra economía asiática
(Roberts, 2017). Una nueva elite de millonarios ostenta su riqueza, exalta el
lujo y estrecha vínculos con sus pares del exterior. Son los protagonistas de
todos los escándalos de corrupción de los últimos años. Los grupos enriquecidos
propagan la cultura de la mercantilización y del consumismo que asimila gran
parte de la ascendente clase media. En el polo opuesto un enorme segmento de
emigrantes rurales nutre la masa de trabajadores precarizados, que sostiene el
crecimiento industrial.
El principal secreto de la altísima expansión china
ha sido la retención local del excedente. Esa captura explica la ininterrumpida
continuidad del proceso de acumulación. Una economía con niveles de apertura
externa muy bajos forjó sólidos mecanismos para asegurar la reinversión local
de las ganancias.
En el debut de esa capitalización la diáspora china
fue cooptada para facilitar el desenvolvimiento interno. Por esa razón entre
1985 y 2005 fue artífice de las inversiones llegadas al país (Guigue, 2018). Su
gravitación inicial perdió incidencia frente al despunte posterior de una clase
capitalista en el propio país, que preservó la norma de reciclar los excedentes
en el ámbito local.
El despegue chino obedeció, además, a una compleja
mixtura de ingredientes internos y externos. La intensa acumulación local quedó
enlazada con la mundialización, en circuitos de reinversión facilitados por el
gran control a la salida de capitales. Los sucesivos modelos de transición
socialista, expansión mercantil y parámetros capitalistas mantuvieron una
elevada tasa de crecimiento. La diáspora brindó el puntapié inicial a un modelo
productivo posteriormente enlazado con la globalización.
Ese esquema incluyó el pasaje de la fabricación
inicial de manufacturas básicas a la elaboración de mercancías de nivel medio
en la cadena de valor. Este avance se asentó en una absorción de tecnologías
muy diferente a la pauta prevaleciente en el mundo.
DESEQUILIBRIOS SIN NEOLIBERALISMO, NI
FINANCIARIZACIÓN
China introdujo un modelo con regulaciones
estatales muy alejadas del patrón neoliberal. Se integró a la globalización con
una elevada presencia del sector público y con gran incidencia gubernamental en
las normas de inversión. Impuso limitaciones al nivel de las ganancias, a la
distribución de los dividendos y a la transferencia de los beneficios al
exterior (Andreani; Herrera, 2013). La nueva potencia se asoció al capitalismo
mundializado con reglas muy distintas a las imperantes en ese sistema.
La gravitación de las empresas estatales es
ilustrativa de esa estrategia. Luego de un intenso proceso de privatizaciones,
las compañías del sector público conforman un núcleo minoritario, pero con
dimensiones 14 veces mayores al promedio de la economía. Están localizadas,
además, en las ramas estratégicas del petróleo, el gas, el acero, los seguros,
las telecomunicaciones y la banca (Treacy, 2020).
China tiene un stock de activos del sector público
equivalente al 150% del PIB anual, lo que triplica el acervo del sector
privado. Sólo Japón cuenta con un stock semejante, mientras que en las
principales economías ese porcentual no supera el 50%. Las mismas diferencias
se observan en la gravitación de la inversión pública y en el peso de las
empresas estatales con activos gigantescos (Roberts, 2020, 2018, 2017).
Es importante registrar, además, el elevado grado
de centralización de esas compañías, que operan bajo la supervisión directa del
Partido Comunista. Esas empresas garantizan el suministro de insumos baratos a
toda la estructura productiva.
El grado de privatización actual de la economía
china es muy controvertido. Algunas estimaciones destacan la nítida
preeminencia de ese sector (Hart-Landsberg, 2011) y otras restringen su
incidencia dominante al 30% de PBI (Merino, 2020). Pero todos los analistas
coinciden en resaltar el continuado papel protagónico de las firmas estatales.
Otro rasgo distintivo del modelo ha sido la
conservación de la tierra como propiedad pública. Esa condición está
determinada por las exigencias de soberanía alimentaria, en un país que
concentra el 22% de la población mundial con tan sólo el 6% de la tierra
cultivable. La relación per cápita de utilización del suelo para la nutrición
es 10 veces inferior al nivel imperante en Francia (Andreani, Herrera, 2013).
Las modalidades de la propiedad agraria común han
sido muy diversas. La pequeña producción ha persistido, las formas comunales
perdieron peso frente al ámbito privado y el despegue de los años 80 se basó en
el crecimiento exponencial de todo el sector. Allí se generaron los primeros
excedentes para la industrialización posterior. Como el volumen de la población
urbana saltó del 20 al 50% del total, la expansión del agro fue indispensable
para asegurar el abastecimiento alimentario de las ciudades. La propiedad
pública garantizó ese equilibrio (Amin, 2013).
El derecho a utilizar pequeños terrenos cumple,
además, una función protectora de los trabajadores migrantes, cuando el
incremento del desempleo los expulsa de las ciudades. Cuentan con una especie
de seguro social agrario frente a los vaivenes del mercado laboral (Au Loong,
2016). Las tensiones que generaría la implementación en el agro de las
privatizaciones introducidas en el suelo urbano han disuadido esa extensión. El
patrón del agrobusiness que el neoliberalismo impuso en el grueso del
planeta no rige en China.
En ese país tampoco prevalece la financiarización
vigente en el grueso de las economías occidentales. Las regulaciones acotan
especialmente el ingreso y egreso de los capitales. Ese flujo está controlado
por distintos mecanismos cambiarios, que protegen a la economía de los
temblores financieros internacionales (Amin, 2018).
Ese control de las divisas no sólo otorga a China
grandes ventajas en la gestión de cualquier crisis. Ha permitido la conversión
de los ingresos de la exportación en créditos bancarios orientados a la
industrialización. Con esos mismos dispositivos se limita también la fuga de
capital y la expatriación de las ganancias. La nueva clase adinerada ha sido
inducida a reciclar internamente sus beneficios y a tolerar la intermediación
del Banco Central en la gestión de sus fondos.
El principal instrumento de esa regulación
financiera son los bancos de propiedad estatal. Una veintena de entidades
controlan el 98% de las operaciones y manejan los monumentales depósitos que
orientan el crédito. Un corolario de esa supervisión es la ausencia de
financiarización en los tres terrenos de ese dispositivo. El
auto-financiamiento de empresas, la titularización de los bancos y el
endeudamiento de los hogares son muy secundarios en comparación a cualquier economía
occidental (Lapavitsas, 2016: 227).
Con su prescindencia del neoliberalismo y la
financiarización, China se ahorró muchos desequilibrios que afectan a sus
competidores. Pero no ha podido soslayar las contradicciones que introduce el
capitalismo. Esas tensiones irrumpieron con la sustitución de modelo
mercantil-planificado por el esquema de privatización de las grandes empresas.
China es el principal epicentro mundial de la
superproducción y esos sobrantes empujan a redoblar la búsqueda de mercados
externos. Esa compulsión deriva en picos de sobre-inversión interna, que su vez
alimentan la especulación inmobiliaria, el endeudamiento creciente y las
operaciones financieras en las sombras.
NEOLIBERALES Y HETERODOXOS
La impresionante irrupción de China suscita
admiración, temor e incomprensión. La elite occidental no logra hilvanar una
interpretación coherente de lo ocurrido. Oscila entre el reproche a la
continuidad del comunismo y la alegría por el giro pro-capitalista. Algunos
sospechan que la nueva potencia mantiene con disfraces su viejo régimen y otros
celebran su conversión al ideario de mercado.
Estas incoherencias repiten las reacciones de la
guerra fría frente al apogeo económico de la URSS. Esa expansión generaba en
1950-60 tanto odio como envidia, entre los intelectuales orgánicos del
imperialismo occidental. Pero la tónica finalmente dominante frente a China es
la confrontación, con todo tipo de fábulas sobre el peligro rojo o amarillo.
Lo neoliberales suelen explicar el crecimiento
chino por su meritoria adopción del capitalismo. Omiten el antecedente
socialista y presuponen una falsa identidad entre la vigencia del mercado y la
preeminencia de las privatizaciones. La primera norma operó durante un largo tiempo
en estrecha combinación con la planificación y la segunda ha quedado acotada
por los límites al neoliberalismo y la financiarización.
El desarrollo chino refuta todos los mitos del
capitalismo desregulado. Ese modelo no prevaleció en ninguna de las tres fases
del desenvolvimiento económico del país. El impulso inicial se consumó bajo
estrictas reglas de planificación centralizada, el período siguiente incorporó
mecanismos de gestión mercantil y el curso actual contiene formas capitalistas
acotadas por la regulación estatal. La simplificada creencia que las reglas del
beneficio rescataron a esa economía de su “estancamiento socialista” es una
fantasía de los derechistas, que no logran digerir la extraordinaria expansión
de un modelo ajeno a sus recetas.
Ese desconcierto se traduce en esquizofrénicas loas
y repudios al “orden”, la “jerarquía” o la “disciplina”, que observan en el
funcionamiento del sistema económico chino. Esas características son elogiadas
como sinónimo de “progreso capitalista” o denigradas como evidencias de la
“dictadura comunista”. La coherencia brilla por su ausencia entre los
neoliberales, a la hora de evaluar la irrupción de la nueva potencia asiática.
La heterodoxia convencional presenta a China como
el principal ejemplo del capitalismo regulado. En general rehúye el debate
conceptual sobre el significado de esa categoría. Simplemente refuta las
ensoñaciones neoliberales de un crecimiento, guiado por la mágica presencia de
la mano invisible del mercado. Esa crítica subraya la constante preeminencia de
la regulación estatal en cada avance consumado por el país. Describe
correctamente la decisiva ausencia del neoliberalismo y la financiarización,
pero supone que la simple continuidad de esa estrategia garantiza el sendero
del progreso.
Esa mirada reduce todos los secretos del desarrollo
a la presencia dominante del estado. Omite que muchos países contaron con
largos períodos de primacía estatal, sin superar el atraso ante la continuada
primacía del capitalismo dependiente. Al desconocer que el logro de China se
cimentó inicialmente, en mayúsculas transformaciones de tono anticapitalista,
se transmite un diagnóstico incompleto y sesgado.
Los teóricos del capitalismo regulado olvidan que
sus principios estuvieron totalmente ausentes en el debut de proceso y no
cumplieron ningún rol importante durante la combinación del plan con el
mercado. Han aparecido finalmente con formas muy singulares en la actualidad.
La historia de los últimos dos siglos contiene incontables ensayos de regulación
capitalista fallida que China no imitó.
JUSTIFICACIONES MILENARISTAS
Otra explicación de la expansión del país
relativiza los determinantes económicos y subraya la preeminencia de
condicionamientos histórico-sociológicos. Observa el despegue como un retorno
al antiguo equilibrio destruido por la primacía de Occidente. Recuerda que
China es una civilización milenaria, con derecho a ocupar un lugar hegemónico
en el concierto de las naciones. Por eso interpreta su protagonismo actual,
como una compensación a los desvíos creados por la dominación occidental en los
últimos dos siglos. Concluido ese paréntesis, la historia tendería a recuperar
una trayectoria previa asentada en la centralidad de China.
Esta teoría de la venganza milenaria supone que el
país recobra su legítimo predominio. Recuerda que, en el año 1800, las
economías localizadas en los territorios asiáticos proveían el 49% de la
producción mundial (Fornillo, 2018). Estima que China actualmente reequilibra
la historia y recupera el lugar de una vieja economía de mercado, que siempre
superó a otras formaciones asentadas en la preeminencia militar (Nolan, 2019).
Estas miradas recuerdan que, en el pasado, la distribución del poder económico
era proporcional a un patrón de peso demográfico que tiende a reaparecer (Ríos,
2017).
Pero de su interpretación de la historia, algunos
enfoques deducen la validez de una resurrección hegemónica de China en el
escenario actual. Aportan importantes observaciones que mejoran nuestro
conocimiento de una sociedad milenaria, pero deducen de ese pasado un
controvertido derecho de China a recuperar centralidad en el mundo.
Esa nación no es portadora de ningún destino (a la
dominación o a la subordinación) por la simple inexistencia de ese atributo.
China no encarna ningún devenir superior al resto de la humanidad, por la misma
razón Estados Unidos carece de un “destino manifiesto” como custodio de la
seguridad mundial. Ese mismo faltante se extiende a Europa, que no es
transmisora de ninguna “civilización” de excelencia a los pueblos de la
periferia.
Las justificaciones milenaristas retoman las
mitologías de la excepcionalidad nacional, como una virtud de ciertas
poblaciones frente a otras. En el caso de China, las tesis sinocéntricas han
irrumpido como reacción al eurocentrismo previo. Luego de un siglo de
humillación occidental suponen la validez de una retribución. Pero ese
razonamiento participa de todos los mitos gestados en torno a la “invención de
las naciones”, para enaltecer ciertos territorios, destinos, culturas o
idiomas.
La tradición marxista siempre ha confrontado con
ese tipo de creencias, que agudizan las rivalidades nacionales y afectan los
intereses compartidos de todos los pueblos del mundo. El comunismo chino
propagó activamente un ideario nítidamente internacionalista durante décadas.
Enarboló especialmente una variante antiimperialista de ese proyecto asentado
en el protagonismo revolucionario del Tercer Mundo.
Ese legado ha quedado ahora erosionado por el nuevo
patriotismo sinocéntrico, que presenta el desarrollo de China, como una
revancha frente a la opresión impuesta por Occidente (Guigue, 2018). El mismo
argumento patriótico es utilizado para interpretar el enriquecimiento de los
capitalistas locales, como una retribución al empobrecimiento sufrido en el
pasado. La incorporación de potentados al Partido Comunista es presentada con
ese fundamento como una expresión de ponderables comportamientos nacionales (Ding,
2009). Pero en los hechos ocurre todo lo contrario. Los sectores adinerados de
la nueva elite china son afines a Occidente, propician el estrechamiento de la
asociación transnacional y propagan el credo neoliberal.
Algunas justificaciones nacionalistas del
renacimiento de China se sustentan en la revalorización del confucionismo, como
fundamento del estado, la sociedad, la ética y la armonía familiar. Otras
reemplazan el análisis concreto del desarrollo desigual y combinado
contemporáneo por vagos preceptos de auge y declive secular de sistemas
sociales indiferenciados. Con ese enfoque, el devenir de China es despegado de
su cimiento en modos de producción tributarios, capitalistas o socialistas,
para ser evaluado con el dudoso patrón valorativo de las civilizaciones.
Esa mirada diluye las singularidades de las últimas
décadas en nebulosas tramas meta-históricas. El propio pasado de China se
pierde en esas vaguedades. Olvida que la oleada nacionalista que sucedió a la
guerra de Opio (1840) alimentó la moderna identidad china y apuntaló la
conciencia nacional de la revolución republicana (1911). El posterior triunfo
socialista (1949) combinó proyectos agrarios, democráticos y antiimperialistas
que definieron el curso posterior del país. Los críticos del milenarismo
subrayan la centralidad de estas trasformaciones (Lin Chun, 2013:197-211).
El mismo debate se extiende a la evaluación del
papel internacional de China. Algunos análisis dan cuenta de la frecuente
identificación de ese rol, como el cimiento de una nueva civilización, forjada
con criterios de comunidad, destino compartido, desarrollo pacífico y armonía
global (Margueliche, 2020). Esa imagen idealizada de universalismo es propagada
con un lenguaje despolitizado de consenso universal, que simplemente omite las
tendencias destructivas del capitalismo (Lin Chun, 2019). Para superar esa
evasión conviene aplicar al análisis de China, los mismos parámetros de
materialismo histórico, que se utilizan para indagar la trayectoria de
cualquier otra nación.
CAPITALISMO, SOCIALISMO, FORMAS INTERMEDIAS
Los principales interrogantes sobre China no
radican en las peculiaridades de su modelo, sino en la naturaleza social de su
sistema ¿Es capitalista, socialista o intermedio?
Para dilucidar ese problema hay que reconocer
primero la validez de esos conceptos, en contraposición a los pensadores que
los omiten o impugnan. Habitualmente descartan la relevancia actual del
socialismo, considerando que el capitalismo es el único sistema válido. Esa
visión convalida implícitamente la óptica neoliberal, que asoció el derrumbe de
la Unión Soviética con el “fin de la historia” y la consiguiente eternidad del
capitalismo. Con esa postura resulta imposible comprender la trayectoria
seguida por China y caracterizar a un régimen que proclama su identidad con la
perspectiva socialista.
Si se considera que esa definición es
intrascendente o constituye un simple disfraz habría que extender la misma
objeción a otras evaluaciones. ¿Por qué aceptar por ejemplo la consistencia de
los conceptos capitalismo regulado y desregulado? ¿O de liberales y
antiliberales? ¿No ocultan otra realidad subyacente que invalida esas
caracterizaciones?
El análisis se torna más sensato si se reconoce que
capitalismo y socialismo son las dos nociones organizadoras de la
interpretación de China. Aportan reglas antagónicas de funcionamiento de la
sociedad y el estado, que permiten indagar dónde se ubica ese país.
Ciertamente son conceptos insuficientes para
caracterizar el modelo vigente en un país, pero aportan un punto de partida
insoslayable. Antes de dilucidar las especificidades del capitalismo o del
socialismo chino hay que esclarecer el significado básico de ambos términos.
La vigencia de capitalismo está dada en el terreno
económico por la propiedad privada de los medios de producción y la
preeminencia de normas de beneficio, competencia y explotación, junto al
desequilibrio de la sobreproducción. Ninguna variedad de capitalismo se
desenvuelve sin la presencia de estas condiciones.
Esos tres pilares no sólo distinguen al capitalismo
de su antónimo socialista. También lo diferencian de formas incompletas o
primitivas de gestión mercantil. El mercado precedió y sucederá al capitalismo.
Es un dispositivo complementario de distintos sistemas y su presencia no define
la naturaleza social de un país. La presentación de China como “una economía de
mercado” -que conceptualizó un influyente estudioso de esa sociedad (Arrighi,
2007: cap 3 y 8)- evade la caracterización efectiva del régimen.
El pasaje de normas mercantiles acotadas y
compatibles con la planificación a los tres pilares de la economía capitalista,
marcó el debut potencial en China de ese sistema a principios de los años 90.
La pequeña y mediana propiedad privada en el agro dio paso a grandes empresas
industriales pertenecientes a la nueva burguesía. La fijación de precios por
normas competitivas se amplió al grueso de las cotizaciones, se extendieron las
modalidades de explotación y la acumulación de beneficios enriqueció a una
influyente minoría. Además, los viejos cuellos de botella generados por la
sub-producción fueron sustituidos por tensiones de sobre-inversión. Estos
cambios retratan la gravitación de modalidades capitalistas en la economía
china.
De esa canasta de elementos lo más significativo es
el surgimiento de una clase propietarias de los medios de producción que busca
transmitir privilegios a sus herederos. ¿Pero la indiscutible incidencia de
este sector define la vigencia del capitalismo en China?
La respuesta sería probablemente afirmativa en
otras circunstancias históricas. El país comenzó a incorporarse a ese sistema
en un escenario global de neoliberalismo y financiarización, sin adoptar esas
dos características. Esa limitación tornó muy incompleta desde el inicio la
restauración del capitalismo. Las modalidades de alta regulación, restricción
de ganancias, propiedad pública de la tierra y manejo estatal de los bancos, la
moneda y el comercio exterior obstruyen la vigencia plena de ese sistema.
A diferencia de otras experiencias -como el
neo-desarrollismo o el distribucionismo latinoamericano de la última década- el
distanciamiento chino del neoliberalismo y la financiarización no ha sido un
episodio de pocos años. Impera en un país, que forjó su economía contemporánea
con pilares de socialismo.
El carácter acotado del predominio capitalista en
China se verifica más nítidamente en el plano político. Esa esfera es decisiva
puesto que la preeminencia de ese sistema no se define exclusivamente en el
ámbito de la economía o la sociedad. Presupone también el manejo del estado por
parte de la gran burguesía. La simple existencia de este sector o su elevada
gravitación en el control de los recursos no determina el status capitalista de
un país. Los principales resortes del poder estatal deben quedar sometidos al
manejo directo o delegado de los apropiadores. Y ese control no se verifica en
la actualidad en China.
El estado funciona con las normas e instituciones
forjadas a partir de la revolución socialista de 1949. La continuada
preeminencia del Partido Comunista -y de toda la estructura de organismos
nacionales y regionales conectados a esa primacía- ilustra una modalidad de
gobierno muy distinta a las formas habituales del poder político burgués.
En China no se produjo la implosión que desintegró
a la URSS, ni el abrupto colapso de los regímenes del Este Europeo. La
repetición de esa trayectoria que esperaban los líderes de Occidente no se
verificó. La ruptura del sistema que impuso Yeltsin contrastó con la
continuidad que reafirma Xi Jinping. Esa diferencia indica que la clase
capitalista ya forjada en China actúa bajo un sistema político que no domina.
Esa estructura institucional mantiene, además,
ideologías, símbolos y próceres muy chocantes para los preceptos básicos del
capitalismo. Reivindica el heroísmo en lugar el lucro y las metas colectivas en
vez del enriquecimiento personal. Ciertamente esos principios divergen de una
realidad económica sujeta en gran medida a la lógica del beneficio. Pero esa
tensión también expresa los límites que afronta el reingreso pleno del
capitalismo.
El legado socialista no sólo aflora lateralmente en
los formalismos de los funcionarios, sino que conserva vigencia en el gran
espectro de la izquierda y recobra importancia en las coyunturas de crítica a
la desigualdad. ¿Pero esos límites a la restauración capitalista indican,
entonces, la continuidad de su contracara socialista?
En los términos concebidos por los clásicos del
marxismo, China siempre se ubicó a una gran distancia de esa meta. Nunca
alcanzo el bienestar colectivo, la abundancia material o la democracia genuina,
que permitirían inaugurar la disolución de las formas opresivas del estado.
Mucho más alejado de ese ideal estuvo siempre la utopía positiva del comunismo.
Durante las primeras décadas que sucedieron a la
revolución rigió una transición al socialismo asentada en dos principios de esa
evolución: la expansión de la propiedad pública y la intervención popular en la
transformación de la sociedad. Posteriormente se incluyeron en la misma
plataforma numerosos mecanismos comerciales para renovar el crecimiento. Esa
etapa quedó cerrada con la conformación de una nueva clase propietaria de
grandes empresas. El avance inicial al socialismo se transformó en un proceso
opuesto de involución hacia el capitalismo. Esa regresión no se ha consumado,
pero revirtió la tendencia precedente.
En China no rige el capitalismo, ni el socialismo.
Prevalece una modalidad histórica intermedia e irresuelta de sociedad, junto a
una formación burocrática en el manejo del estado. El funcionariado que
controla el poder estatal no actúa por simple delegación de la nueva clase
propietaria. Busca sostener -mediante un elevado ritmo de crecimiento- un
equilibrio de todos los sectores sociales del país.
ANTECEDENTES, MODELOS Y AFINIDADES
Nuestra interpretación retoma ideas expuestas en un
libro sobre el socialismo. Transcurridos 16 años desde la edición de ese texto,
las principales definiciones conceptuales sobre China propuesto por nuestro
análisis mantienen su validez (Katz, 2004:77-83). Esa continuidad ilustra cómo
puede prolongarse en el tiempo, la indefinición del carácter capitalista o
socialista de un sistema. Lo que parecía coyunturalmente irresuelto persiste
como un proceso que será zanjado en períodos más extensos.
El principal señalamiento de ese análisis -la
restauración capitalista no ha concluido- persiste hasta la actualidad. También
la mencionada existencia de tres períodos diferenciados (debut socialista,
gestión mercantil, introducción del capitalismo) se mantiene como eje
clarificador del problema.
Nuestro enfoque actualizado en otro texto (Katz,
2016) fue bien recibido por algunos comentaristas, que lo contrapusieron a las
miradas simplistas de la realidad china (Restivo, 2020). Pero han interpretado
erróneamente que postulamos el carácter irreversible de un viraje hacia el capitalismo,
que a nuestro entender permanece inconcluso.
Para dirimir el grado de reintroducción del
capitalismo utilizamos los criterios aportados por un analista de los “procesos
pos-comunistas” de Europa Oriental. Esos parámetros son el alcance de la propiedad
privada, las normas de funcionamiento de la economía y el modelo político
imperante (Kornai, 1999: 317-348).
Con esos indicadores destacamos que China avanzó
hacia el capitalismo en el primer terreno, no definió un perfil definitivo en
el segundo y afrontó un severo dique en el tercero. Su estadio intermedio es
muy visible en comparación a lo ocurrido en Rusia o Europa Oriental.
Nuestra mirada sintoniza con muchas
caracterizaciones de la Nueva Izquierda de China. Esta afinidad se verifica
ante todo en la distinción cualitativa entre el período de las reformas
mercantiles (1978) y la etapa de las privatizaciones (1992). Lejos de
constituir dos momentos de una misma trayectoria, involucraron rumbos
contrapuestos de compatibilidad con el socialismo y alineamiento con el
capitalismo (Lin Chun, 2009a).
También compartimos la crítica frontal a un proceso
de restauración, que socava las conquistas sociales logradas con la revolución,
ampliando en forma dramática la desigualdad (Lin Chun, 2019). Resaltamos por
igual que el tránsito de China hacia el capitalismo no es un devenir
conveniente, ni inexorable para desarrollar las fuerzas productivas y que ese
desenvolvimiento no exige la integración a la globalización (Lin Chun, 2009b).
La coincidencia se extiende, además, al diagnóstico
de un proceso de restauración sólo parcial del capitalismo. Ese curso puede ser
revertido en la lucha por igualdad, en una sociedad con principios
muy arraigados de justicia. La recuperación de la trayectoria socialista
dependerá de una acción emprendida por los sujetos populares (Lin Chun,
2013:197-211).
TRES VARIANTES DE RESTAURACIÓN
El carácter limitado de la reintroducción
capitalista en China ha sido recientemente evaluado por un importante estudio,
que traza comparaciones conceptuales con lo ocurrido en Europa del Este y
Rusia. Diferencia los tres procesos distinguiendo la incorporación del
capitalismo desde abajo, desde el exterior o desde arriba (Szelényi, 2016).
Señala que la conformación del capitalismo en Europa
del Este se procesó con gran antelación y monitoreo externo, mediante un
intenso estrechamiento de lazos entre los grupos dominantes locales y sus
socios de Occidente. La intelectualidad asimiló con gran fanatismo el credo
neoliberal y cumplió un rol determinante en la creación del clima de entusiasmo
que rodeo a la recepción del capitalismo.
Las privatizaciones quedaron en manos de los
sectores que ya habían acumulado en las sombras los acervos requeridos para
capturar el botín. La terapia de shock en Polonia, el transito gradual en
Eslovenia, las reparaciones a los antiguos propietarios en la República Checa y
la subastas de Hungría constituyeron modalidades peculiares de un curso
compartido de vertiginosa restauración del capitalismo.
Las clases dominantes ya prefiguradas en la etapa
previa se consolidaron con la misma velocidad, que se desmoronó la vieja
conducción de los regímenes precedentes. La preeminencia de consejeros externos
y la instalación de formas brutales de neoliberalismo fueron los datos más
significativos de esa transformación.
En China no se ha verificado ninguno de esos
procesos. La acumulación de capital comenzó en el campo y se desenvolvió con
gran lentitud hasta el inicio de las privatizaciones en las ciudades. Ese
proceso se mantuvo a lo largo de varias décadas, sin extenderse a las
actividades estratégicas que permanecen en manos del estado. Tampoco hubo
dirección externa de la reconversión. Las empresas transnacionales fueron
asociadas a un programa de crecimiento elaborado localmente y los gobiernos
occidentales tuvieron poca influencia en el rumbo seguido. Las propias elites
seleccionaron a la diáspora china como su contraparte privilegiada y
establecieron severas limitaciones al papel del capital foráneo.
Ciertamente la ideología neoliberal penetró en el
país, pero en permanente disputa con otras concepciones y nunca logró primacía.
El viejo sistema político estructurado en torno al Partido Comunista persistió
y afianzó su predominio de la gestión económica. Los contrastes con lo ocurrido
en Europa del Este son tan categóricos, que el autor de la comparación pone
seriamente en duda la vigencia actual del capitalismo en China.
También en Rusia la restauración fue un fenómeno
fulminante y alejado de las ambigüedades que se verifican en el escenario
asiático. La introducción del capitalismo se consumó a la misma velocidad que
en Europa del Este por medio de virulentas privatizaciones. Yeltsin decidió
construir el nuevo sistema en 500 días y repartió el grueso de propiedad pública
entre sus allegados.
La nueva burguesía se gestó de la noche a la mañana
y cinco años después del colapso de la URSS, los siete mayores empresarios
rusos poseían la mitad de los activos del país. Los desequilibrios precipitados
por la codicia se hicieron tan presentes como las turbulencias financieras.
En esa reconversión fue visible la enorme
influencia occidental, pero a diferencia de Europa Oriental el comando final
quedó en manos de la nueva plutocracia moscovita. El capitalismo no reingresó
desde afuera, sino desde arriba. Los protagonistas del viraje fueron los mismos
actores de la cúpula política precedente. La alta burocracia de la URSS se
transformó en la nueva oligarquía de Rusia. El mismo personal cambió de
vestimenta y mantuvo la conducción del estado para otros fines. Esa mutación de
abanderados del comunismo a exaltadores del capitalismo se verificó también en
Ucrania, Bielorrusia, las antiguas repúblicas de Asia Central y algunos países
de los Balcanes.
China no atravesó por esos senderos. La
reimplantación del capitalismo ha sido es un proceso tortuoso e inacabado, ante
la ausencia de un mandatario dispuesto a emular a Yeltsin. El desmoronamiento
de la URSS acentuó el conservadurismo de los dirigentes chinos. En lugar de
sepultar la estructura política del Partido Comunista decidieron consolidarla y
en vez de fusionar a la nueva clase capitalista con el poder político, sólo aceptaron
su existencia como una fuerza paralela a su propia dirección.
Por esa razón en China no ha imperado el modelo de
reparto patrimonial de propiedades que introdujo Yeltsin, al rematar los
activos del país entre la nueva elite. Tampoco se verificó el esquema
prebendario de retribuciones en función de la lealtad que instauró Putin. Con
ese mecanismo el presidente ruso acotó el poder de los codiciosos oligarcas.
Expropió, criminalizó y disciplinó a esos acaudalados, con la misma virulencia
que utilizaban los zares contra los boyardos. Pero ninguna de sus acciones
modificó el status capitalista del país.
También en China hay tensiones de gran porte y el
férreo comando que ejerce Xi Jinping apunta a impedir el desmadre de esas
disputas. Algunos analistas estiman que gobierna utilizando un conjunto de
reglas ocultas y no escritas, que reproducen la antigua autoridad del emperador
sobre las capas subordinadas. Equilibra especialmente los choques entre el
funcionariado que asciende con las reglas de la meritocracia y los ahijados del
viejo liderazgo comunista (Au Loong, 2016).
Pero incluso con esas modalidades de gestión, el
poder político mantiene las denominaciones, estatutos e ideologías del proceso
inaugurado en 1949. Aquí radica la gran diferencia con Rusia que sepultó todos
los vínculos con la revolución de 1917. La disímil penetración del capitalismo
en ambos países está muy conectada con esa divergencia de actitudes hacia el
pasado.
COMPARACIONES CON EL ORIGEN DEL CAPITALISMO
Una revisión de los debates sobre el origen del
capitalismo contribuye a clarificar la naturaleza actual de China. Al indagar
cómo nació ese sistema se puede discernir de qué forma ha resurgido dónde había
sido erradicado.
La controversia entre los historiadores marxistas
sobre el nacimiento del capitalismo contrapuso a los intérpretes de su debut en
el agro (Dobb, 1974), con los teóricos de su consolidación primigenia en el
comercio (Sweezy, 1974). La primera visión atribuía la transición a la erosión
en Europa de las estructuras feudales, como consecuencia de las rebeliones
campesinas. La segunda resaltaba el auge urbano que deterioró a la nobleza,
acentuó la huida de los siervos y transformó la renta de productos en dinero.
Esa discusión buscaba dirimir si el capitalismo emergió
en un largo proceso de acumulación primitiva en el agro y generalización del
trabajo asalariado en las ciudades, o si por el contrario despuntó cuando se
afianzaron las relaciones comerciales.
La ventaja del primer enfoque radicó en su acertada
identificación del capitalismo con un sistema de competencia por beneficios
surgidos de la explotación. Esa generación de ganancias requiere propiedad
privada de los medios de producción y normas de lucro asentadas en la
extracción de plusvalía. El simple predominio de los parámetros mercantiles no
consagra el predominio del capitalismo.
Retomando esa diferenciación, China debería reunir
actualmente las condiciones señaladas por la tesis del origen agrario para
presentar un status capitalista. No alcanza con la universalización de las
reglas comerciales para constatar esa vigencia. Justamente en la trayectoria
contemporánea del país, la etapa de expansión del mercado sin privatizaciones
no implicó el inicio del capitalismo. Sólo en el periodo posterior emergió la
restauración. La acumulación por abajo en el agro constituyó, a lo sumo, un
presupuesto de ese cambio y no un indicio de su consumación.
Otra discusión sobre el nacimiento del capitalismo
opuso a los historiadores que subrayaban su origen nacional (Wood,
2002:103-121), con los estudiosos que remarcaban su génesis internacional
(Wallerstein, 1988: 33-35). Esa controversia contraponía la existencia de
múltiples trayectorias de un sistema forjado en el siglo XIX, con visiones de
un régimen que irrumpió como totalidad mundial en el siglo XVI.
En este caso, el acierto de la primera mirada
radica en los criterios que aportó para estudiar cada capitalismo nacional, en
función de sus diferencias con los sistemas previos. El inconveniente de la
segunda óptica estriba en la disolución de esas singularidades. Remonta la
existencia del capitalismo a un lejano pasado y supone que ya operaba como
entramado global.
Esa divergencia de criterios internos o externos
para definir la presencia del capitalismo cobra actualidad, para evaluar las
trayectorias nacionales divergentes seguidas por Rusia o Europa del Este frente
a China. Esos procesos se desenvolvieron en un mismo escenario de globalización
neoliberal, pero transitaron por cursos nacionales muy distintos.
La expansión mundial del capitalismo que sucedió al
fin de la guerra fría, no implicó la implantación del mismo sistema en todos
los rincones del planeta. China (o Cuba y Vietnam) ha seguido un rumbo distinto
en un contexto común. Por las mismas razones que la existencia de un
sistema-mundo no equivalía a la automática adscripción de la URSS a esa
totalidad, la preeminencia actual de la globalización no presupone el
capitalismo en China.
Este señalamiento es importante para evitar los
equívocos inversos, que asignan a la nueva potencia asiática una misión
civilizatoria mundial. Si la globalización no define el status capitalista de
China, la expansión internacional de ese país tampoco alumbra otro
funcionamiento del resto del mundo.
REVOLUCIÓN Y CONTRARREVOLUCIÓN BURGUESA
Las discusiones sobre el origen del capitalismo
afianzaron la percepción de una larga transición de varios siglos, con diversas
modalidades de coexistencia de clases dominantes (Vitale, 1984). Esta misma
conclusión podría aplicarse en la actualidad a China, Su eventual pasaje al
capitalismo, no debería necesariamente presentar el abrupto desenlace que
imperó en Rusia o Europa del Este. Podría efectivizarse a la largo de varias
décadas y en ese caso correspondería caracterizar al régimen vigente durante
ese período intermedio.
En los debates historiográficos de esa transición
surgió la noción de formación económico-social, para conceptualizar la
existencia de variadas articulaciones entre modos de producción, con predominio
desigual del capitalismo (Cueva, 1988). Esa noción fue utilizada para
caracterizar, por ejemplo, las mixturas imperantes en América Latina entre los
siglos XV y XIX. Hubo diversas combinaciones del capitalismo con el esclavismo
(plantaciones) o con el feudalismo (haciendas). La misma mirada podría
aplicarse en la actualidad a China, para considerar su formación
económico-social en términos de un eventual “social-capitalismo”.
Pero estas categorías económicas no alcanzan para
definir cuando rige el capitalismo. En las mixturas de la transición la
burguesía conquistó su dominio de la sociedad, pero sólo ejerció efectivamente
esa primacía cuando capturó el poder del estado. El imperio de la competencia,
la ganancia y la explotación no consagró el status capitalista, mientras el
estado permaneció en manos de otros grupos dominantes. Fue lo ocurrido por
ejemplo con el estado absolutista durante la era feudal. Sólo cuando la
burguesía controló ese resorte quedaron despejados todos los escollos para la
acumulación.
Esta conclusión del debate historiográfico tiene
especial aplicación para el escenario actual de China. Tal como ocurrió en el
pasado, una nueva clase dominante ya monitorea gran parte de la economía sin
manejar el poder político, lo que a su vez impide el pleno despegue del
capitalismo.
El punto de giro en el pasado fue clarificado en la
evaluación de las revoluciones burguesas, que constituyeron la modalidad
clásica de conquista del poder por parte de la clase capitalista. La caída de
monarquía (Francia) o la guerra de secesión (Estados Unidos) fueron ejemplos
típicos de ese viraje (Piqueras, 2000).
Pero estas contundentes mutaciones no fueron el
único curso de la historia y esa indefinición reaparece en la actualidad. Las
fechas exactas del cambio de régimen que se observaron en Rusia, Polonia,
Alemania del Este o Hungría, no se han extendido a China.
En la comparación corresponde igualmente subrayar
que las revoluciones burguesas del pasado no constituyeron el simple
antecedente de las contrarrevoluciones del presente. Un monumental abismo
separa al surgimiento del capitalismo de su retorno. La principal diferencia
estriba en la total carencia de complementos progresistas en el plano
democrático, nacional o agrario (Anderson, 1983). El resurgimiento actual más
bien profundiza los ingredientes regresivos de la instauración del capitalismo,
que predominó en los países centrales desde la segunda mitad del siglo XIX
(Callinicos, 1989). Esa misma tónica ha prevalecido en la restauración del
sistema al cabo de una centuria en Rusia y Europa del Este.
Conviene recordar también que en numerosos lugares
del mundo el capitalismo emergió sin revolución burguesa, mediante
transformaciones pasivas o auto-conversiones de los estados. El paulatino
aburguesamiento de la antigua nobleza en Japón y Alemania fueron los típicos
modelos de esa gestación por arriba (Takahashi, 1974). Se podría argumentar que
China está transitando por una reconversión semejante, mediante el pausado
padrinazgo del capitalismo por los mismos sectores que dominaron el sistema
precedente.
Pero esa transición de largo plazo sería muy
distinta a los precedentes del siglo XIX. Implicaría en China el triunfo del
proyecto neoliberal y el estrechamiento de lazos con los socios occidentales.
Esa eventualidad constituye por ahora sólo una de las opciones en juego. Las
alternativas en disputa requieren un análisis más específico que abordaremos en
el tercer artículo de esta serie.
18-9-2020
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Claudio Katz
Economista, investigador del CONICET, profesor de
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