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domingo, 13 de octubre de 2024

COMPARTIENDO UN DESTINO COMUN: LA IZQUIERDA CARIÑOSA Y LA RADICAL




 «Cuando todo parece perdido, hay que poner manos a la obra comenzando desde el principio» —Antonio Gramsci.

I

LA IZQUIERDA DESARMADA

5 de octubre.

Fuente: Nueva Revolución. Periodismo Alternativo

 

Ya no solo vivimos en una época de degradación ética y de principios, sino incluso, de penoso debilitamiento ideológico. Parece como si se hubiesen apagado las luces que durante tanto tiempo alumbraron a una izquierda firme en sus convicciones y con un sentido claro de la defensa de la dignidad y de la justicia.

Hay que decirlo alto y claro. La llamada izquierda, en general y en muy distintos grados, parece estar entrando cada vez más en la trampa tendida por el capitalismo rampante a nivel planetario. Juega en su campo y con sus reglas, las que ha impuesto el propio capitalismo. Y así, es imposible ganar. Y lo hace con un árbitro comprado en ese gran estadio con lucecitas que han construido llamado “Democracia” mediante un sistema parlamentario basado en la delegación de voto, en el ‘pórtate bien y quédate en casa’ y ‘no me molestes más hasta dentro de cuatro años’ que puedes volver a votar para que todo siga prácticamente igual.

Por Txema García Paredes

La Historia de la humanidad ha estado plagada de luchas por conseguir una sociedad más justa, un mundo mejor. Y dentro de estas luchas, están todos los procesos revolucionarios o de transformación social profunda que se han visto atravesados por enfrentamientos en los que la violencia armada la han practicado todos los agentes implicados, tanto las clases poderosas y dominantes que, con la ayuda de los aparatos del Estado, ejercen el monopolio exclusivo del uso de la fuerza para seguir manteniendo sus propios privilegios, como aquellos que resisten y combaten la violencia estructural existente.

¿O es que no existe violencia estructural y permanente hoy día, incluso más que la que conocimos en épocas pasadas? ¿No es violencia la ejercida por las transnacionales que se sitúan por encima de los Estados? ¿Y la del complejo militar-industrial, y la del oligopolio energético, y la de los laboratorios, y la de las megaempresas digitales que abanderan la era cibernética?

Pero, incluso, no hace falta que sean procesos de lucha revolucionaria o de transformación social, para que esa agresión armada estructural de las principales potencias y de los grupos más poderosos aparezca en forma salvaje. A fecha de hoy existen 56 guerras activas a nivel mundial. La gran mayoría de ellas tienen como trasfondo la codicia en la obtención de los recursos naturales que guardan países y pueblos que, o bien no pueden defenderse de esta agresión, o sus poblaciones son utilizadas como carne de cañón para enfrentarse entre ellos mismos, mientras otros se llevan las ganancias.

Así que, ¿de qué estamos hablando? Pues, en primer lugar, de algo tan básico como que no hay arquitectura política ni institución alguna en este planeta (las Naciones Unidas han dado ya sobradas muestras de su irrelevancia e incapacidad) que sea capaz de encauzar y resolver los conflictos sin el recurso a la violencia. Y, como corolario a esta situación, de una pregunta tan básica como necesaria y que está desapareciendo del horizonte emancipador: ¿Tiene la izquierda que rechazar a posibilidad del recurso a la lucha armada cuando ya no queda ninguna otra posibilidad de arreglo pacífico?

Y hay que decir que la izquierda mundial, en general, está renunciado a que la “resistencia armada” pueda ser utilizada como forma de defensa, incluso a “comprenderla”, so pena de ser acusada de “connivencia” con el “terrorismo”. Y lo que está ocurriendo en Gaza es muy ilustrativo al respecto.

Carlos Varea, profesor de la Universidad Autónoma de Madrid y miembro destacado del Comité de Solidaridad con la Causa Árabe (CSCA) y coordinador de la CELSI (Campaña Estatal por el Levantamiento de las sanciones a Iraq) en la década de 1990 y hasta 2004, considera que el panorama regional e internacional ha cambiado mucho en estas dos últimas décadas.

“El problema en concreto de Palestina, de Gaza, es que hay unos referentes de lucha armada que han cambiado el perfil de la militancia clásica y, quizás, esa es la razón por la que la izquierda no se identifica con referencias determinadas, que ahora son corrientes predominantemente islamistas. Más allá de eso también creo que hay otra valoración vinculada a la absolutamente desproporcionada respuesta israelí frente a la acción de Hamas de octubre, en la que ponen en marcha este proceso de ataque genocida contra Gaza que hace que no se contemple la consideración de que la respuesta armada siempre va a tener una réplica por parte de Israel abrumadoramente desoladora para la población palestina. Yo no tengo clara la actuación de Hamas en octubre, para mi esta organización no es un referente de resistencia político, quizá porque pertenezco a otra generación pero, en cualquier caso, lo que no se puede erradicar del debate es el derecho a la resistencia armada. Otra cuestión es valorar si la respuesta de Israel al ataque de Hamas estaba medida. Y a mi lo que me preocupa fundamentalmente no es el derecho del pueblo palestino a resistir sino la capacidad que puedan tener las organizaciones, en este caso armadas o político-militares como Hamas, de gestionar la avalancha militar y genocida que está sufriendo la población, es decir, la gestión de la crisis posterior. Eso es lo que me preocupa, no cuestionar el derecho a la resistencia armada sino valorar si son capaces las organizaciones armadas palestinas de proteger a su propia población”.

¿Va a ser quizás el genocidio en Gaza un punto de inflexión que determine en la práctica una claudicación de la izquierda en principios fundamentales, como es el del legítimo derecho a la defensa y a la resistencia armada?

“Yo creo que no se debe renunciar porque forma parte de la lucha anticolonial, esto es algo que se inscribe en el marco de una herencia todavía vigente de dominación colonial. De ahí venimos. Siempre es muy cómodo hablar desde el sillón de nuestras casas de lo que deben hacer o no los palestinos, pero el principio del derecho a la resistencia armada es inviolable, en ese sentido está reconocido como legítimo por organismos internacionales, incluso por las propias Naciones Unidas. Lo que ocurre es que el pueblo palestino ha ensayado muchas fórmulas de resistencia militares, pero también de carácter más pacífico, como fueron las Intifadas, un ensayo de sustituir a la resistencia armada tradicional que había fracasado, que había sido derrotado por movilizaciones populares y realmente y ahora, lo que nos encontramos, visto desde fuera, es que estamos en un terrible callejón sin salida, porque cualquier acción militar, que suelen ser muy simbólicas como el lanzamiento de cohetes que apenas provocan daños materiales, a veces simbólicos, pues obtiene una respuesta muy desmesurada, que no deja margen de maniobra alguno, sobre todo si la comparamos con las terribles acciones que viene cometiendo regularmente tanto el ejército israelí como los colonos contra una población palestina indefensa”.

Para Varea, buena parte de la izquierda organizada “está haciendo un uso instrumental de la cuestión palestina, de lo que pasa en Gaza. Y se utiliza como un ladrillo que se lanzan a la cabeza unas y otras formaciones para reivindicar o para utilizar el sufrimiento del pueblo palestino. Está habiendo mucho sectarismo con esto entre las organizaciones políticas, algo que contrasta con el hecho de que la inmensa mayoría de la población en el Estado español es pro palestina y que, a poco que se le anime a manifestarse bajo lemas sencillos y directos, lo va a hacer. Insisto, creo que el problema de la izquierda, en general, es que está haciendo un uso partidista de este drama del genocidio en Gaza y que no se está movilizando la población. En Madrid, por ejemplo, se han convocado manifestaciones distintas en fines de semanas consecutivos y la gente yo sigo pensando que no se moviliza por un lema concreto o por la letra pequeña de un comunicado sino por lo que está viendo en la tele, que es tan espantoso, que podría concitar movilizaciones masivas. Mira Londres o EEUU que están dando una lección de convocatorias unitarias…”.

Luego está la gran hipocresía que se vive a diario. Mientras Ucrania tiene derecho a defenderse frente a la agresión armada de Rusia, el pueblo palestino, en cambio, no lo tiene con respecto a la agresión israelí. ¿Por qué razón? ¿No son estas dos varas de medir bien distintas? Es más, si lo hace la resistencia armada palestina, son directamente “terroristas”. Pero si lo hace el Ejército israelí, por orden de su Gobierno sionista, se considera “legítima defensa”. “Es evidente. Yo, por mi tradición personal y política no soy nada filoruso, ni mucho menos a favor de Putin; todo lo contrario. Y creo que a parte de nuestra izquierda enseguida se le ve el plumero de un viejo imperialismo soviético estaliniano que hereda Putin y luego también está ese alineamiento de algunos con Irán que, para mí, no es un referente en absoluto. Pero es evidente que hay dos varas de medir, sin duda alguna”.

El pasado parece borrado de un plumazo. ¿Quién resistió el embate del fascismo en Europa durante la II Guerra Mundial? ¿No fueron milicianos con las armas en la mano? ¿Vamos a borrar de un plumazo todo lo que significaron las luchas de milicianos, maquis, resistentes, guerrilleros…?

A la izquierda le están cambiando los papeles históricos que la caracterizaban y todo indica que lo va aceptando. Todo en nombre de la “Democracia”. De esas “Democracias” que siguen vendiendo (o comprando) armas a Israel o comerciando con ese Estado para que siga perpetrando contra el pueblo palestino un holocausto incluso televisado.

Las preguntas son simples pero nos interpelan en múltiples direcciones: ¿Dónde queda el derecho a defenderse cuando te están masacrando? ¿Quién otorga los títulos de víctimas y victimarios? ¿Permitimos que las reglas de juego en este nuevo orden mundial las marquen los poderosos o los explotados? ¿En qué situación quedan entonces las luchas de muchos pueblos o sectores de la población que se ven absolutamente avasallados por quienes ejercen de manera autoritaria el monopolio de la fuerza para enfrentar reclamaciones y reivindicaciones legítimas? ¿Qué consecuencias va a tener esta deriva ideológica, este abandono de esta referencia de la necesidad de defensa legítima ante las agresiones armadas?

Carlos Varea apunta en esta línea que “hay ensayos de resistencia armada en Cisjordania no alineados con las organizaciones tradicionales palestinas ni con la autoridad palestina, ni con Hamas ni con los islamistas, y que son limitadas, pero muy interesantes de seguir. Y todo ello en un momento en que la desestructuración social y los niveles de agresión social hacen que los límites de la supervivencia para estos pueblos sean cada vez más estrechos y que su capacidad de responder o de afrontar lo que está ocurriendo ante la agresión israelí se reduzca prácticamente a mantenerse como pueblo en el sentido de identificarse como palestinos”.

Con unas Naciones Unidas totalmente inoperantes, con unos tribunales internacionales de justicia con nula capacidad de actuación efectiva, con las principales potencias del Primer Mundo a favor del agresor israelí, con unos países árabes que han abandonado al pueblo palestino más allá de cierto postureo político interesado… ¿qué espera la izquierda mundial que hagan los palestinos? ¿no defenderse?, ¿rendirse?, ¿dejarse masacrar?, ¿contemplar estoicos su propio final?

“La esperanza yo creo que proviene no de buscar interlocutores políticos en Palestina o donde sea sino de recuperar la conciencia de que es la capacidad de resistencia de la población, cuando se pueda recuperar o se pueda normalizar mínimamente la situación, la que nos dará de nuevo un referente para apoyar y solidarizarnos con ellos. Y creo también que en la izquierda, como ha ocurrido en muchos otros procesos, pecamos de una especie de aleccionar a los palestinos como tienen que afrontar la situación… A mí ya no me queda la capacidad de valorarlo políticamente…”.

De tanto ceder en la práctica la izquierda mundial lleva camino de claudicar no solo en conceptos sino en principios fundamentales. Y esto es el comienzo de una derrota política e ideológica total. Se ha tragado el sapo de una paz, cuyo sentido es bien distinto según quien tenga agarrada la sartén por el mango, es decir, la tecnología militar suficiente para machacar al adversario.

Todo esto no tiene sólo que ver con un problema que alcanza su máximo expresión ahora en ese campo de concentración en que ha encerrado a la población palestina en Gaza y Cisjordania. No, es algo mucho más global. Tiene que ver con una disposición ideológica que, en aras de un pretendido pacifismo, ha acabado por desarmar hasta el discurso de la propia izquierda mundial. Igual es que hay que comenzar a cambiar la historia de David y Goliat porque hemos condenado al primero a la indefensión total.

Fuente: https://info.nodo50.org/La-izquierda-desarmada.html

 

 

II

ANTAGONISMO Y REFORMISMO

Este artículo forma parte de la serie «La izquierda ante el fin de una época», una colaboración entre Revista Jacobin y la Fundación Rosa Luxemburgo.

 

Massimo Modonesi

En tiempos de derechización generalizada, los socialistas debemos convivir. Pero para que la consigna sea algo más que una frase bonita es necesario que hasta las estrategias más históricamente escindidas aprendan a entrelazarse: reforma y revolución.

«Cuando todo parece perdido, hay que poner manos a la obra comenzando desde el principio» —Antonio Gramsci.

Siguen vigentes, mutatis mutandi, las cuestiones de fondo que subyacen a la disyuntiva y la combinación entre reforma o revolución que han inquietado a tantos socialistas y fueron problematizadas de manera ejemplar por Rosa Luxemburgo. En nuestros aciagos días latinoamericanos, atravesados por la derechización y por la crisis del progresismo y de la izquierda anticapitalista, podemos formular y problematizar una antinomia solo parcialmente diferente —surgida justamente de las experiencias políticas de la región en las últimas décadas— entre reformismo y antagonismo.

Asumir esta bifurcación evita caer en dos distorsiones generadas por el análisis centrado en el dualismo populismo-movimientismo. La primera distorsión, de carácter político, es que asumiendo, sin conceder, que son equivalentes en tanto tienen vicios en el plano táctico-estratégico, no se puede no reparar en sus diferencias a nivel ético e ideológico ya que no comparten las mismas responsabilidades políticas —en términos de impacto— y porque, en todo caso, no es lo mismo errar de un lado que del otro de la frontera de clase.

La segunda distorsión, de carácter lógico, es que este dualismo ampara la idea de una posible y necesaria vía socialista unitaria, la línea correcta que combina de forma adecuada reformas y revolución y que resuelve el pasaje de la mera protesta a una política socialista que, apoyándose en la organización y la lucha social, se realice plenamente en el momento institucional y electoral.

En contraste con esta postura, creo que la tensión entre reformismo y antagonismo atraviesa el debate y configura un campo socialista irreductiblemente plural, ilustrando una incompatibilidad de fondo que tenemos que reconocer y aceptar si queremos vislumbrar, acorde con los tiempos y los retos que tenemos enfrente, la posibilidad o la necesidad de una convivencia en lugar de una lucha fratricida o, mejor dicho, compañericida.

Reformistas y antagonistas

Me permito simplificar, por necesidad, las coordenadas de la antinomia de las principales perspectivas socialistas actuales, tipos ideales a través de los cuales agrupo una serie de expresiones concretas similares, que no idénticas (omito todas las variantes y las razones de su contraste). A grandes rasgos, los socialistas reformistas apoyan —más o menos críticamente— a líderes, partidos y gobiernos progresistas, buscan modificar a la formación socioeconómica capitalista en la medida de lo posible, se orientan por una noción de hegemonía entendida como ampliación del consenso y de construcción de un sujeto popular con rasgos clasistas a través de la combinación de participación electoral y organización social y, cuando es conveniente, de tácticas de lucha social.

En contraste, los socialistas que propongo llamar antagonistas son críticos y opositores de los progresismos, asumen a la lucha social como estrategia y no como táctica, apuestan a la movilización permanente (subordinando las eventuales incursiones electorales, cuando son posibles), se oponen radicalmente al modo de producción capitalista —aunque sin desdeñar la posibilidad de conquistas parciales en su interior— y pretenden impulsar la autonomía de sujetos clasistas a partir de la organización desde abajo como base de la construcción de un contrapoder que dispute la hegemonía existente.

Ambas corrientes comparten un arsenal teórico marxista —amén de sus interpretaciones y ramificaciones— y un mismo objetivo de largo plazo. Incluso comparten una lógica gradualista de acumulación de fuerzas, impuesta por las circunstancias desfavorables a corrientes que otrora se nutrían de optimismo revolucionario. Los socialistas se oponen a todas las derechas (no solo a las fascistizantes, como ocurre con sectores populistas y liberales) pero se separan en la selección de métodos y trincheras, es decir, en las concepciones de la acción y de organización política, así como del Estado.

No hay que perder de vista que, a diferencia del autonomismo, el socialismo antagonista defiende el valor de la organización partidaria y problematiza, pero no niega, el lugar y el papel del Estado como ámbito de disputa. Aunque —hay que reconocerlo— se trata de dos puntos controvertidos que generan variaciones estratégicas que se suman a las dificultades prácticas por levantar una alternativa anticapitalista eficaz y atractiva. Por ello el socialismo antagonista tiende a ser un espacio político-ideológico plural y disperso que en pocos lugares logra estructurarse y articularse. Un reto de asentamiento político en tiempos adversos que, con aristas parcialmente diferentes, enfrentan los socialistas reformistas que optan por convertirse en el ala izquierda (interna o externa) del progresismo.

Horizontes compartidos y límites de compatibilidad

Socialistas reformistas y antagonistas comparten un álbum de familia, una historia —con las distorsiones de la memoria y los rencores acumulados— y, en particular, el peso de la derrota de los años 70 y de la crisis que le siguió. Comparten también las esperanzas provocadas en América Latina por el ciclo de luchas antineoliberales y los gobiernos progresistas de los años 90-2000, que cambiaron temporalmente la dirección del viento aunque sin modificar el mar de fondo, la inercia y el sentido del oleaje.

El «fin de ciclo de la izquierda socialista», si así lo podemos llamar, es un proceso de mediana duración, al interior del cual vivimos una coyuntura particularmente difícil, marcada por un endurecimiento de la derechización política y cultural. En este contexto, a diferencia de épocas de ascenso, los márgenes de síntesis teórico-práctica entre opciones estratégicas se desvanecen, mientras que las posibilidades de una convivencia pacífica y, eventualmente, de una división del trabajo, van aumentando.

Pero existe —lo hemos constatado a nuestras expensas— una contradicción de fondo, una incompatibilidad irreductible entre la perspectiva reformista y la antagonista. Hay que aceptarlo: no hay condiciones ni disposiciones para que una sola estrategia socialista equilibrada o, si me permiten, ecuménica, se vuelva hegemónica. Se agotó el margen hipotético para imaginar una estrategia poulantziana o, al estilo del eurocomunismo, del «partido de lucha y de gobierno» o del reformismo revolucionario de la Unidad Popular en Chile. De la misma manera, no se puede pensar que la revolución brotará, tarde o temprano, espontánea o atizada, y que el socialismo surgirá simplemente desde abajo, sin eficaces mediaciones políticas, del seno de las contradicciones del capitalismo y de la disposición de los trabajadores a comportarse como clase anticapitalista.

Lo que está en crisis es la posibilidad misma de la cuadratura teórico-práctica del círculo revolucionario: la estrategia correcta que combine y sintetice tácticas desde abajo y hacia arriba. Por atinado que pueda sonar en términos lógicos, el planteamiento ecuménico implosiona a la hora de su puesta en práctica.

Los límites del reformismo

 

En tiempos de ofensiva capitalista, para la perspectiva antagonista (a la cual adscribo) no hay reformismo posible, por revolucionario que pretenda ser, que no implique 1) adoptar una postura defensiva (conservadora) que deja espacio a la derecha; 2) capitular sobre cuestiones fundamentales en términos de políticas públicas y de cultura política; 3) instalar modalidades conciliadoras, pasivizadoras y transformistas que atentan contra la dinámica del conflicto de clase, principio antagonista sin el cual no hay izquierda anticapitalista y socialista posible.

La experiencia latinoamericana ha mostrado de sobra cómo los progresismos o populismos de izquierda, detrás de la ilusión de retomar la ofensiva en clave anti y posneoliberal, introyectaban una serie de principios y de reglas del juego capitalista aun cuando buscaban (y, en buena medida, lograban) introducir reformas no irrelevantes ni indiferentes en el plano concreto de las condiciones materiales de existencia de las clases subalternas en términos de salida de la pobreza, aumento de su capacidad de consumo y menor represión de la protesta.

Pero los subalternos no dejaron de ser tales, no dieron pasos ni saltos subjetivos autónomos que los empoderaran. Y esta es una cuestión eminentemente estratégica que una perspectiva socialista y anticapitalista no puede obviar, siempre y cuando sigamos pensando que la emancipación de los trabajadores será obra de ellos mismos. La tendencia espontánea de las clases subalternas hacia el conformismo y conservadurismo es un dato que no elude la cuestión de las responsabilidades políticas de contener el conflicto y desmontar la acumulación de fuerzas desde abajo.

Aquí es donde se inserta un peligroso dualismo analítico: el que opone crisis de dirección y crisis subjetiva de las masas. La culpa es atribuida a unos u otros según convenga, argumental y circunstancialmente. En la óptica presente, sin embargo —y a diferencia de lo que se sostiene desde aquellas lógicas socialistas que tienden al reformismo— no se puede limitar una estrategia socialista a la defensa consecuente de las conquistas democráticas y sociales: las tareas defensivas no pueden ser solamente conservativas, porque tal cosa atrofia e inhabilita la capacidad para sostener proyectos y horizontes emancipatorios en coyunturas más favorables.

Convivencia socialista

Dicho esto, sin eludir la confrontación franca y abierta (pero sana y constructiva) entre perspectivas socialistas necesariamente distintas y separadas, y particularmente a la luz de derechización en curso, habría que poder establecer criterios de convivencia o de compatibilidad circunstancial. Ya que, con todas sus diferencias, compartimos un pasado y un destino común, así como ciclos de ascenso y descenso generalmente paralelos. Paradójicamente, no solo debería ser aceptable sino bienvenida la realpolitik «minimalista» del mal menor electoral que adoptan muchos socialistas antagonistas en países (como México) donde no existen opciones electorales de izquierda radical (como en Argentina) en lugar de optar por un «espléndido aislamiento».

Por otra parte, los brotes «espontáneos» de luchas e inclusive de estallidos y rebeliones, a pesar de sus inobjetables límites políticos y organizativos, deberían ser vistos, festejados y acompañados por socialistas reformistas como demostraciones disruptivas de fuerza popular que rompen equilibrios conservadores y abren posibilidades acumulación política y electoral (que suelen ocurrir como consecuencia de protestas masivas).

Obviamente, es más fácil pensar en cierta convergencia natural en coyunturas en las que el progresismo está en la oposición a gobiernos de derechas, cuando afloran reflejos del tipo frente popular o frente único, según los casos. Cuando el progresismo se vuelve gobierno, la brecha se agiganta y parece insuperable. Y, sin embargo, requerimos instalar en la duración dinámicas y formas de competencia y confrontación que no sean a suma cero, que no impliquen la negación y aniquilación política del otro, el socialista de al lado. Formas de coexistencia que deben asentarse en vínculos personales de respeto y compañerismo, como pasó durante el breve tiempo de la experiencia de la Unidad Popular alrededor de Allende, que permitan el doble movimiento que requerimos impulsar: reformas y revolución.

¿Cómo pensamos calentar las aguas heladas del cálculo egoísta de la sociedad capitalista si no lo logramos entibiar las relaciones entre nosotros, si no somos capaces de poner en marcha un sano ejercicio prefigurativo al interior del movimiento socialista en la óptica de una sociedad sin opresores ni oprimidos? Lamentablemente, el sectarismo es un mal endémico en la izquierda, tanto en tiempos de ascenso (en la disputa por quién tendrá el control del proceso y del movimiento) como en tiempos de reflujo (cuando se rapiñan de forma igualmente mezquina los reducidos espacios de sobrevivencia), y con frecuencia se expresa bajo la forma de repliegue identitario en periodos de reflujo o de autosuficiencia en etapas expansivas.

Pero si compartimos la idea de que la crisis de la dirección es algo importante pero no decisivo —sin por ello cargar toda la culpa a las masas—, es posible bajar el nivel de enfrentamiento entre compañeros y asumir el diálogo crítico como un principio de educación y de cultura socialista. La esperanza es que, algún día, no solo respetando sino aprovechando nuestras diferencias, logremos articular una sola estrategia socialista eficaz a partir de la división política del trabajo revolucionario: de cada quien según sus capacidades.

Fuente: https://jacobinlat.com/2024/10/antagonismo-y-reformismo/

domingo, 15 de enero de 2017

GRAMSCI Y LAS REVOLUCIONES RUSAS A UN SIGLO DE DISTANCIA



Centenario de la Revolución rusa
09/01/2017 | Massimo Modonesi 

A 100 años de la revolución bolchevique y a 80 de la muerte de Antonio Gramsci cabe una reflexión en la intersección de ambas trayectorias, la de un acontecimiento que revolucionó la historia mundial y la biografía política e intelectual de uno de los más destacados pensadores marxistas del siglo XX.

Como puede apreciarse leyendo la antología de textos de Gramsci sobre la revolución rusa –compilada y presentada por Guido Liguori y que será publicada en los próximos meses en italiano- Gramsci se identificó críticamente tanto con el episodio revolucionario como con el proceso que le siguió. Ambas “revoluciones rusas” aparecen articuladas bajo una misma denominación historiográfica pero son distinguibles como lo puede ser la lucha de clase contra el Estado burgués y capitalista y la construcción de un Estado y una sociedad alternativa.

Bajo este criterio de distinción, tres momentos de la vida de Antonio Gramsci dan cuenta de la persistencia de una misma actitud política e intelectual de identificación crítica: 1917, 1926 y 1933-1934.

En 1917, el joven Gramsci se entusiasmó con la capacidad de los bolcheviques de forzar el ritmo de la historia, de romper con los supuestos de la mecánica de las etapas del marxismo canónico, de hacer una “revolución contra El Capital”, al son de las posibilidades de la lucha de clases, más allá del estadio de maduración de las estructuras económicas. No sin incrustaciones voluntaristas y subjetivistas, Gramsci exaltaba el vuelco de masas y el protagonismo de la dirección revolucionaria, captando y resaltando la específica química del acontecimiento con un dejo de idealismo, entendido tanto en el sentido de deformación como de aspiración ideal. Escribía en este sentido el 25 de julio de 1918:

La revolución rusa es el dominio de la libertad: la organización se funda por espontaneidad, no por arbitrio de un “héroe” que se impone con violencia. Es una elevación humana continua y sistemática, que sigue una jerarquía, que crea cada vez los órganos necesarios a la nueva vida social. Pero entonces ¿no es socialismo? (…) Porque el socialismo no se instaura en una fecha fija, sino que es un continuo devenir, un desarrollo infinito en un régimen de libertad organizada y controlada por la mayoría de los ciudadanos, o del proletariado.

A partir de esta inspiración, Gramsci se volcó a la tarea de “hacer como en Rusia”, en el movimiento de Consejos de Fábrica de Turín entre 1918 y 1919, fundando y encabezando el grupo y el periódico Ordine Nuovo (ON), que será uno de los núcleos fundamentales del Partido Comunista de Italia (PCdI) creado en Livorno en 1921. Posteriormente, ya con Mussolini y el fascismo en el poder, Gramsci vivirá en Rusia casi dos años como representante del PCdI en la Internacional Comunista.

A su regreso a Italia en 1924 será nombrado secretario general del partido. Un par de años después, el 17 de octubre de 1926, Gramsci redactó –a nombre del PCdI- un borrador de carta al Comité Central del PC ruso. La carta de Gramsci muestra una profunda convicción unitaria y antisectaria a partir de la cual crítica a las oposiciones internas al partido ruso –en este momentos encabezadas por Trotsky, Zinoviev y Kamenev- y, al mismo tiempo, una irreductible vocación crítica que se expresa también hacia la mayoría estalinista en términos que resultarán tristemente proféticos:

Camaradas, ustedes fueron, en estos nueve años de historia mundial, el elemento organizador y propulsor de las fuerzas revolucionarias de todos los países: la función que cumplieron no tiene antecedentes en toda la historia del genero humano que la iguale por amplitud y profundidad. Pero ustedes hoy están destruyendo vuestra propia obra, ustedes degradan y corren el riesgo de anular la función dirigente que el Pc de la URSS había conquistado por impulso de Lenin; nos parece que la pasión violenta de las cuestiones rusas les está haciendo perder de vista los aspectos internacionales de las cuestiones rusas mismas, les está haciendo olvidar que vuestros deberes de militantes rusos pueden y deben ser cumplidos solo en el cuadro de los intereses del proletariado internacional.

Por este acento polémico, aprovechando que poco después Gramsci fue detenido y encarcelado, el borrador no fue discutido y fue archivado por Palmiro Togliatti, compañero de Gramsci desde el movimiento turinés de los consejos y el ON y uno de los comunistas italianos más cercanos a los rusos. Togliatti asumió la responsabilidad de censurar una crítica política que merecía ser debatida al interior del PCdI, actuando tanto por sentido de oportunidad y por disciplina como para cuidar el partido del cual era ya el principal dirigente, por su lealtad a la mayoría del PCUS y por estar Gramsci en prisión.

Ya desde la cárcel, a lo largo de la laboriosa redacción de sus Cuadernos, que culmina entre 1933 y 1934 en su elaboración fundamental, Gramsci fue marcando una notable distancia teórica respecto del marxismo soviético para este entonces convertido en catequismo marxista-leninista. Es objeto de debate que tanto Gramsci, ya aislado políticamente no solo por su reclusión carcelaria sino por su posición disidente respecto de la línea de “clase contra clase” de la IC, estaba teorizando en relación estricta o laxa con la elaboración (por obvias razones encriptada) de una propuesta alternativa de línea política y que tanto su distancia respecto al rumbo del país que fue de los soviets era irreversible. Como es sabido, después de su muerte, Togliatti recuperó, publicó y exaltó a la figura de Gramsci y sus notas de los Cuadernos de la Cárcel, usándolas como base teórica de la originalidad del comunismo italiano del segundo posguerra, sin renegar del leninismo ni de la URSS.

Al margen de estos aspectos, para los fines conmemorativos que me propongo aquí, es significativo cómo Gramsci fue un crítico comprometido de las revoluciones rusas, tanto en su entusiasmo por la revolución rusa como episodio como por en su adhesión crítica a la revolución como construcción del socialismo: festejó el acontecimiento criticando los límites del marxismo y criticó al régimen apelando a la amplitud del marxismo.

Además de su riqueza teórica, el marxismo gramsciano llega a nosotros, a distancia de un siglo, por esta actitud de crítica comprometida porque si, como decía él mismo, así como la verdad es siempre revolucionaria, el marxismo no puede dejar de ser crítico.
No hay entonces mejor forma gramsciana de honrar la memoria de la revolución de Octubre que la de criticar el régimen que la petrificó.

9/01/2017
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miércoles, 14 de octubre de 2015

DEBATES EN TORNO AL PROGRESISMO LATINOAMERICANO: INTELECTUALES ORGÁNICOS E INTELECTUALES TRANSGÉNICOS






Desinformémonos
14-10-2015

“No hay que ocultar a la clase obrera nada de lo que a ésta interesa, ni siquiera cuando tal cosa pueda disgustarla, ni siquiera en el caso de que la verdad parezca hacer daño en lo inmediato; significa que hay que tratar a la clase obrera como se trata a un mayor de edad capaz de razonar y discernir, y no como a un menor bajo tutela.”
(Antonio Gramsci, L’Ordine Nuovo, 17 de marzo de 1922).

Por medio de la noción de intelectuales orgánicos, Gramsci caracterizaba la labor de grupos específicos que cumplían funciones de producción, reproducción, conexión y cohesión ideológica que habilitan a las clases dominantes y las subalternas para sostener, respectivamente, la hegemonía y la disputa contrahegemónica. Se trataba de una apreciación en primera instancia descriptiva, que reconocía la existencia de estos grupos detrás de la construcción del orden burgués y, en otro nivel, prescriptiva, que sugería la necesidad de formar o reforzar una intelectualidad conforme a los intereses y la visión del mundo de los trabajadores.

Para estos últimos fines, Gramsci no pensaba en intelectuales de partido -entendiendo por partido una determinada organización política, siempre efímera- ni de gobierno o de Estado, sino en intelectuales del movimiento histórico, pensado como conjunto plural y multiforme de distintas expresiones sociales y políticas de las clases subalternas. Las tareas fundamentales de los intelectuales orgánicos serían fomentar la toma de conciencia al interior del movimiento e impulsar, hacia afuera, la guerra de trincheras en el terreno de la sociedad civil, disputando el sentido común a partir de núcleos de buen sentido. Esta función estratégica no implicaría una disciplina partidaria que eliminara la crítica interna, condición necesaria para que la toma de conciencia sea real y no desaparezcan artificialmente las contradicciones que acompañan a la construcción de toda subjetividad social y política desde abajo.

En este sentido, llama la atención que tanto en México como en otras latitudes latinoamericanas se asistiera en tiempos recientes a cruzadas de demonización de las críticas de izquierda al progresismo. En nuestro país, algo de ello afloró en la coyuntura electoral de junio de 2015, cuando algunos intelectuales de MORENA, legítimamente interesados en llamar a votar por su partido, recurrieron al fácil argumento de confundir a las izquierdas críticas con la antipolítica clasemediera y sociedadcivilista o a estigmatizarlas bajo el rubro de ultraizquierdismo estéril, simplificando al extremo todo cuestionamiento respecto del proceso electoral y de la oportunidad de participar de las instituciones estatales en la coyuntura suscitada por la desaparición forzada de los 43 de Ayotzinapa.

Con argumentos similares, se desató en tiempos recientes una ofensiva, algo desencajada en unos casos, en contra de los que sostenemos posturas críticas respecto de los gobiernos progresistas latinoamericanos, apuntando a un fin de ciclo o, en mi caso, al fin de la etapa hegemónica del ciclo y a un giro regresivo en la composición interna de los bloques de fuerzas y alianzas sociales y políticas que los sostienen y de la orientación de las políticas públicas en el contexto de la crisis económica. (http://www.jornada.unam.mx/2015/09/27/opinion/022a1mun)

El debate está extendiéndose y polarizándose como puede registrarse en páginas web como rebelión.org y humanidadenred.org o en la prensa de diversos países, como por ejemplo en las páginas de la Jornada. Decidió encabezar la cruzada, que involucra a intelectuales de reconocimiento y calidad variables, el vicepresidente de Bolivia, Álvaro García Linera. Posiblemente al sentirse interpelado en su propio medio, a través de una serie de ironías descalificadoras de lo que definió como una “izquierda de cafetín” que, según él, critica desde una cómoda y remunerada distancia rehuyendo “el clamor de la luchas de clases”, siendo cómplice de las derechas restauradoras y enemiga de los verdaderos revolucionarios. (Ver: www.youtube.com/watch?feature=player_embedded&v=IDu3yLs5WdE).

Al margen de las simplificaciones y del desafortunado formato humorístico elegido por García Linera para ridiculizar a una serie de personas y de organizaciones sociales y políticas, la descalificación de la crítica izquierdista va de la mano de la difusión y promoción de una intelectualidad de partido, fiel a la línea, disciplinada, acrítica, respetuosa de la cadena de mando y de la centralización política, que exalta los liderazgos carismáticos y es combativamente reactiva frente a toda crítica, venga de donde venga. Estos operadores intelectuales crean y venden un discurso triunfalista a la medida de los deseos y los intereses políticos de los partidos y gobiernos progresistas, sobredimensionando logros, minimizando límites, operando una serie de distorsiones y manipulaciones para justificar su actuación y orientación. Aunque buena parte de ellos estén convencidos y bien intencionados, la censura o autocensura en el ejercicio de la crítica modifica genéticamente el perfil auténticamente intelectual y, permítanme la ironía, más que intelectuales orgánicos tienden a transformarse en intelectuales transgénicos.

Por el contrario, los movimientos emancipatorios requerirían de una organicidad que se nutra del compromiso crítico, del ejercicio irrestricto de la crítica constructiva no sectaria, de una intelectualidad orgánica difusa y no centralizada, que fomente el debate y los procesos de autoconocimiento y de toma de conciencia desde abajo, desde las experiencias de lucha, inevitablemente contradictorias porque brotan de procesos históricos surcados por inercias subalternas, sobresaltos antagonistas y prácticas autónomas.

Porque, como subrayaba Gramsci, “decir la verdad es revolucionario”.