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sábado, 16 de septiembre de 2017

LUCES Y SOMBRAS DE NUESTRA POLÍTICA EXTERIOR




Por: Alberto Adrianzen M.
14. 09. 2017

Cuando se supo que el embajador Ricardo Luna sería el Canciller del nuevo gobierno de PPK, algunos pensaron (o pensamos) que nuestra diplomacia recuperaría un mínimo de coherencia, como también un mayor protagonismo internacional, aspectos de los cuales la diplomacia nacionalista, sobre todo luego de la renuncia de Rafael Roncagliolo, había carecido. Su condición de ser un diplomático de carrera, era un punto a su favor.

Es cierto que Ricardo Luna era y sigue siendo un personaje controversial. Tenía a su favor no solo ser un diplomático de carrera sino también haber sido jefe de gabinete, junto con José Antonio García Belaúnde, de ese notable excanciller que fue Carlos García-Bedoya. A ello se sumaba una carrera académica brillante. Antes de ingresar al servicio diplomático fue estudiante de las universidades de Princeton y Columbia en la que obtuvo su maestría en relaciones internacionales. Por otro lado, fue profesor visitante en varias universidades de Estados Unidos y Europa. Un dato importante en su carrera diplomático, además de los cargos que ocupó como embajador, fue su participación activa en el grupo de Apoyo a Contadora y el Grupo Rio para la pacificación de Centroamérica y en las negociaciones de paz con Ecuador. En realidad, un currículo que cualquier diplomático envidiaría.

Gustavo Gorriti, en un reciente artículo (Caretas:27/07/17), ha puesto las sombras de su paso por la vida diplomática. Cuando fue embajador en EE.UU. (1992-1999) se convirtió en uno de los más ardorosos defensores, primero del autogolpe del cinco de abril de 1992, y luego del régimen autoritario de Fujimori. Personas vinculadas a los organismos de derechos humanos lo recuerdan como un diplomático que sostenía que en el Perú de esos años no se violaban esos derechos. Incluso, se le vincula con ser uno de los miembros que participó en la confección de la famosa “lista negra” que determinó la salida de 117 diplomáticos en 1992.

Pero más allá de estas luces y sombras del Canciller, algunos pensaron que su pertenencia a un gobierno, como el de PPK, que había derrotado nada menos que a Keiko Fujimori, su pasado fujimorista se morigeraría.

Ricardo Luna como diplomático de carrera, más allá que hoy se encuentre en situación de retiro, continuó lo que fue una de las líneas maestras de la diplomacia tanto nacionalista como aprista: fortalecer la presencia del Perú en la Alianza del Pacífico y favorecer una política exterior que tenía como uno de sus ejes más importantes el libre comercio. A ello habría que añadirle, el fortalecimiento de nuestras relaciones bilaterales con nuestros vecinos. Los últimos gabinetes binacionales con Ecuador, Bolivia y Chile dan cuenta de ello.

Sin embargo, introdujo dos nuevas variables: enfrentar el problema venezolano y mejorar nuestras relaciones con EE.UU., temas en los cuales la diplomacia nacionalista, cuando menos, había sido ambigua. En ese momento, seguramente, se pensaba más en el triunfo de Hillary Clinton, lo que favorecería esta política de acercamiento, que en un triunfo del improvisado e impredecible Donald Trump.

Sobre Venezuela, la cancillería, el gobierno y la mayoría del congreso, decidieron ponerse no solo de lado de los sectores opositores al gobierno de Nicolás Maduro, con lo cual desconocían en la práctica a los negociadores que UNASUR y el gobierno venezolano habían designado, sino también una estrategia que incrementaba la presión internacional con el objetivo de buscar una salida rápida a la crisis en ese país. Y si bien este intento fracasó en la OEA y con ello la postura peruana, quedó claro de qué lado estaba en el Perú como me dijo un embajador extranjero en la OEA: “Me parece que Perú es uno de los pocos países que cueste lo que cueste está impulsando la salida del chavismo y la restitución de la cuarta República, para eso necesitan un enfrentamiento entre militares, entre civiles y entre militares y civiles”.

Luego de este fracaso el Perú propuso un arbitraje internacional para encontrar una solución negociada a la crisis venezolana. Lo curiosa de esta propuesta fue que la composición de los árbitros fue la siguiente: cuatro países pertenecientes al ALBA y cuatro países “democráticos” (sic) y como árbitro dirimente al primer ministro de Canadá. Esta propuesta que fue calificada por el embajador en retiro Oswaldo de Rivero como “un gran gazapo surrealista” (Diario Uno: 19/06/17) fracasó antes nacer. Como bien dice De Rivero: “El arbitraje es una institución jurídica internacional que versa sobre controversias entre Estados que es pactada previamente como un medio para resolverlas. Y es por esto que un tercer Estado no puede pedir el arbitraje sin acuerdo de las partes. Y menos aún pedir arbitraje sobre una crisis política interna”.  

Pese a ello, la postura peruana se fue radicalizando aún más. En la reunión en Lima a principios de agosto, donde asistieron 12 países y no 17 como estaba planificado, no se logró el consenso que nuestra cancillería buscaba. Por eso no fue extraño que, en la conferencia de prensa, una vez terminada la reunión, el canciller Luna haya empleado una frase que no estaba en la Declaración de Lima al calificar al gobierno de Maduro de “dictadura”.  Un dato curioso de esta conferencia de prensa fueron las palabras del canciller chileno, Heraldo Muñoz, que dijo que su país no aceptaba ni golpes o autogolpes como solución a la crisis en Venezuela, con lo cual mostraba sus discrepancias respecto a una salida rápida y no negociada entre las partes. Luego, vino la expulsión, medida que ningún país de la región ha tomado, del embajador venezolano. Hoy, lamentablemente el Perú, en la práctica, está al margen de una solución negociado y pacífica de la crisis venezolana tal como acaba de plantear el Papa en su reciente visita a Colombia.

Por otro lado, el Perú siguiendo el ejemplo mexicano y aceptando el pedido del presidente Donald Trump, acaba de expulsar al Embajador de Corea del Norte. Y si bien nuestras relaciones con ese país no son importantes queda claro que el Perú, como en el caso venezolano, ha terminado por alinearse con la política norteamericana lo que ha llevado a soslayar puntos importantes en la relación bilateral con ese país, como es el tema de su política migratoria que representa una verdadera amenaza a los migrantes peruanos.

He dejado al último el reciente escándalo provocado por la Superintendencia de Migraciones al impedir el ingreso al país de la diplomática saharaui Jadiyetu El Mohtar por considerarlo un tema interno. Según el oficio de migraciones la diplomática saharaui es un peligro a la “seguridad nacional y al orden público”, además, se le acusa de “usurpar el cargo de embajadora”. Y si bien estos argumentos son por decir lo menos “cantinflescos” ya que la diplomática saharaui no es ningún un peligro ni tampoco “usurpa” un cargo, puesta que esta calificación le compete a la República Saharaui y no a migraciones, debe quedar claro que este hecho -me pregunto si lo sabía el ministro del Interior- es consecuencia de la presión del fujimorismo y, acaso, de la propia Embajada de Marruecos.

Este incidente, como ahora sabemos, se inició el 14 de agosto de este año durante la sesión de instalación de la Comisión de Relaciones Exteriores del Congreso cuando el parlamentario fujimorista Carlos Tubino pidió la palabra para denunciar la presencia en el país de la embajadora saharaui. Tubino dijo cosas que no son ciertas como, por ejemplo, que “el Perú no reconoce a la República Saharaui” (RASD) para luego exigir la presencia del canciller Luna para que explica la reunión entre el director de África de la Cancillería y la embajadora de la RASD. A este pedido se sumó la congresista Cecilia Chacón que habló, además, de la “extraordinarias relaciones con el reino de Marruecos”. Luego el congresista Rolando Reategui envío un oficio a migraciones sobre este “problema”. El lobby marroquí, si cabe la expresión, no solo mostraba sus cartas sino también sus “representantes”.

Sin embargo, lo que no se ha dicho sobre este hecho es que la presencia de la embajadora de la RASD en el país se debía a un acuerdo entre el presidente Pablo Kuczynski y el presidente saharaui durante la asunción a la presidencia de Lenin Moreno en Ecuador, que consistía, justamente, en una visita de la embajadora saharaui a la cancillería.

Por último, la carta enviada a los congresistas Marisa Glave y Alberto Quintanilla por el Canciller Luna, en lugar de aclarar este incidente lo oscurece, mostrando así una visible debilidad del gobierno frente a las presiones fujimoristas lo que nos lleva a preguntarnos sobre quién maneja nuestra política exterior.  No hay que olvidarse que quien dirige nuestra política exterior, según la Constitución, es el Presidente y no la oposición fujimorista.


martes, 9 de junio de 2015

DEBATE: SOBRE EL PARTIDO ÚNICO EN CUBA



Havana Times
09-06-2015

En Cuba el multipartidismo es una cuestión muy controvertida con la que solo unos pocos críticos de izquierda del régimen cubano han querido lidiar. Me parece necesario profundizar en ese tema para aclarar mucha de la confusión existente alrededor de ese tópico. 

Vayamos por partes: en primer lugar, la abolición del unipartidismo cubano no es la misma cuestión que el sistema político que lo reemplazaría, tenga este muchos o ningún partido político. En realidad el PCC no es un partido – lo que implicaría la existencia de otros partidos – si no un monopolio político, social y económico de la sociedad cubana. Este monopolio – refrendado por la Constitución del país – se basa, entre otros mecanismos autoritarios, en el control de la sociedad a través de las así llamadas organizaciones de masas que funcionan como correas de transmisión de las decisiones tomadas por el PCC. 

La CTC, por ejemplo, es la correa de transmisión que le permite al estado mantener su monopolio de la organización de los obreros cubanos. Los obreros (y el resto de los ciudadanos) deben tener el derecho de organizarse independientemente del PCC para así poder luchar por sus intereses, lo que necesariamente implica la abolición del sistema de partido único y de las organizaciones de masas como las correas de transmisión de ese partido. 

El sistema imperante en Cuba parece ir en vías de una transformación, que probablemente se acelerará después que los líderes históricos de la Revolución hayan fallecido, al modelo de capitalismo de estado de estilo sino-vietnamita bajo la dirección del PCC. Por lo tanto, aunque las circunstancias históricas cambien significativamente, la necesidad de que el sistema de monopolio de partido único con sus correas de transmisión sea abolido continuará en vigor. 

¿Qué son los partidos políticos? 

Los partidos políticos modernos comenzaron en el siglo 19 a medida que se expandió el sufragio y que sectores de la clase gobernante, al sentirse amenazados, se organizaron políticamente para defender sus intereses de clase, típicamente en partidos liberales, conservadores y a veces cristianos. En ocasiones los partidos gobernantes representaron a una sola y a toda una clase social, como sucedió en varios períodos con los Tories en Inglaterra. Pero históricamente, lo más frecuente es que diferentes partidos representen a distintos sectores de la clase gobernante. Liberales y conservadores no solo representaron conflictos materiales dentro de las clases gobernantes, como por ejemplo los intereses de los grandes terratenientes contra los de los nuevos capitalistas industriales, sino también conflictos ideológicos de origen pre-capitalista sobre el rol y poder de la Iglesia Católica en la sociedad. 

Aparte de representar intereses de sectores de las clases gobernantes, estos partidos también incorporaron a sectores intermedios de la sociedad, como profesionales independientes y pequeños comerciantes, y trataron de cooptar anhelos y luchas populares de manera que no amenazaran los intereses fundamentales de los poderosos. 

En muchas ocasiones, los llamados estratos y clases medias también organizaron sus propios partidos políticos, especialmente en sistemas parlamentarios con representación proporcional que históricamente han propiciado la creación de numerosos partidos. 

En la historia política de Cuba, tenemos el caso del Partido Ortodoxo fundado por Eduardo Chibás, un partido basado principalmente en las clases medias, pero con un creciente apoyo multi-clasista. El hecho que este partido aceptara implícita o explícitamente al capitalismo cubano, no quiere decir que era una expresión o tenía una relación orgánica con las clases gobernantes. 

O sea, que históricamente hablando la relación entre clase y partido no ha sido unívoco; la clase gobernante no es un monolito y generalmente no ha sido representada por un solo partido. Ciertamente, este también ha sido el caso con la clase obrera, cuya representación ha sido asumida por partidos tan diversos como los social demócratas, los comunistas y los social cristianos. 

En el caso de la social democracia en su etapa clásica cuando representaba a la clase obrera a través de sus estrechos lazos con los sindicatos, sus crecientes tendencias conservadoras no eran de índole meramente ideológicas sino representaban también el desarrollo de la burocracia sindical cuando esta, basada en el poder que habían adquirido los sindicatos, tuvo la posibilidad de extraer concesiones, a veces significativas, de las clases gobernantes.

Esas concesiones ayudaron a desmovilizar a los obreros y de esa manera solidificaron a una burocracia más preocupada por proteger sus copiosas inversiones en la infraestructura sindical que en arriesgarlo todo en pos de un rompimiento de tipo revolucionario (como en la Europa de la primera postguerra) o en resistir el belicismo imperialista (1914). Esta fue la historia de la muy poderosa y supuestamente marxista y revolucionaria Social Democracia alemana cuyo modelo burocrático-oligárquico fue retratado por el sociólogo italo-alemán Roberto Michels en su clásico Partidos Políticos. 

Con respecto al partido Bolchevique de Rusia, aunque tanto el estalinismo como los apologistas de la guerra fría en el mundo occidental mantuvieron el mito de que no hubo diferencia alguna entre los bolcheviques y los estalinistas, muchísimos historiadores (Stephen Cohen, Alexander Rabinowitch y William Rosenberg entre otros) han demostrado que ese partido revolucionario en realidad fue, antes del proceso de degeneración burocrática que comenzó con la guerra civil de 1918-1920, bastante pluralista y democrático. 

Entre muchísimos ejemplos, puedo citar el hecho que aunque líderes bolcheviques como Kamenev y Zinoviev se opusieron a la Revolución de octubre, continuaron siendo importantes líderes del partido después de esta, y que aunque Bukharin públicamente adoptó y agitó por una línea radicalmente opuesta a la de Lenin con respecto a la paz de Brest-Litovsk en 1918, permaneció como dirigente del partido por muchos años después. Lejos de la "unida monolítica" defendida por los hermanos Castro, los bolcheviques se caracterizaron no solo por la pluralidad de posiciones, sino por una tendencia crónica al faccionalismo que generalmente no obstaculizó la "unidad en la acción". Es por todas estas razones que hace casi 80 años León Trotsky en La Revolución Traicionada criticó duramente la teoría estalinista sobre los partidos y las clases sociales que trataban de justificar el unipartidismo: 

En realidad las clases son heterogéneas; se desgarran por antagonismos internos, y obtienen la solución de sus problemas comunes solamente a través de la lucha interna de tendencias, grupos y partidos. Es posible, con ciertas reservas, admitir que "un partido es parte de una clase." Pero dado que las clases tienen muchas "partes" – algunas miran al futuro y otras al pasado – una misma clase puede crear varios partidos. Por la misma razón, un partido puede estar basado en partes de clases diferentes. En todo el curso de la historia política no se puede encontrar un solo ejemplo de un partido correspondiendo a una sola clase – desde luego provisto que uno no tome la apariencia policíaca como si esta fuera la realidad. 

Con respecto al pluripartidismo de las sociedades capitalistas, no cabe duda que ha habido un serio deterioro de la democracia política a través del mundo, lo que se refleja en que los partidos políticos tienen menos y menos contenido substantivo y están sujetos a las exigencias de las formas más superficiales de mercadotecnia política, una tendencia que ha sido agravada por el costo extraordinario, especialmente en los Estados Unidos, del uso de los medios masivos de comunicación en las campañas políticas, a los cuales los nuevos movimientos sociales y los candidatos que se oponen al sistema no tienen acceso. Al mismo tiempo, las instituciones parlamentarias han declinado, con el poder ejecutivo asumiendo muchos de las funciones parlamentarias, utilizando la doctrina de secretos de estado para ampliar y proteger su poder. Dada esa situación, no sorprende que la apatía e ignorancia política y la abstención se han convertido en características importantes de la democracia política capitalista. Mientras que estas son fatales para cualquier concepción de la democracia basada en la participación y control de una ciudadanía activa e informada, son definitivamente convenientes y muy funcionales para un sistema capitalista que estructuralmente privilegia al poder económico y corporativo a expensas de la regulación pública y del control democrático desde abajo. 

Después del unipartidismo 

Pero supongamos, por el momento, que el sistema unipartidista en Cuba acabe por abolirse. Querámoslo o no, surgirán nuevos partidos una vez que la represión y los obstáculos legales y constitucionales hayan cesado. ¿Vamos a pedir que se supriman esos nuevos partidos por la fuerza o vamos, en vez de eso, a entrar con la manga al codo en la lucha, propaganda y agitación política e ideológica contra la inevitable ola reaccionaria y neoliberal que generalmente ha sucedido al comunismo burocrático a través del mundo? 

Dadas esas circunstancias, pudiéramos luchar, por ejemplo, por una nueva Convención Constituyente para debatir públicamente la cuestión crítica de lo que debe ser la sociedad que reemplace al comunismo burocrático, debates que incluirían, por supuesto, nuestros argumentos a favor de la construcción de un socialismo basado en la democracia y la libertad. Ese debate además sería una estrategia para evitar que inmediatamente se proceda a campañas electorales y sus mercadotecnias enfocadas no en programas políticos sino en individuos, muchos de ellos financiados, entre otros, por los cubano-americanos ricos de Miami. 

Dada esta posibilidad plutocrática, habría, también, que luchar por el financiamiento exclusivamente público de toda actividad electoral, incluyendo el libre acceso a los medios masivos de comunicación y distribución de fondos públicos de acuerdo con el respaldo popular de cada grupo político. 

Pero supongamos el caso óptimo – y desafortunadamente poco probable bajo las circunstancias existentes – de un amplio movimiento de masas reemplazando al unipartidismo burocrático con un socialismo revolucionario y democrático basado en las más amplias libertades y en la autogestión obrera, campesina y popular. 

En ese caso, ¿qué significaría la unidad que muchos cubanos han anhelado? Al grado que existan intereses comunes, tanto materiales, como ideológicos y políticos, se debería tratar de lograr la unidad a través de actividades políticas conjuntas y negociaciones, con el fin de realizar alianzas basadas en principios e intereses políticos compartidos. 

Pero esta no tiene por qué ser la "unidad monolítica" propagada por Raúl Castro y otros líderes revolucionarios que ha significado la censura y la supresión de puntos de vistas diferentes aun dentro de las filas del gobierno revolucionario. 

Como bien dijo Rosa Luxemburgo, la libertad es para aquellos que piensan diferente. Es equivocado y peligroso asumir que no habrá divisiones importantes, tanto de intereses, como de puntos de vista entre las clases populares bajo un socialismo revolucionario y democrático. 

No hay motivo para pensar que los conflictos de clase agotan los posibles conflictos sociales, incluyendo aquellos basados en cuestiones estrictamente materiales. Por ejemplo, una de las cuestiones fundamentales de cualquier sociedad, sea esta capitalista o socialista, es la tasa de acumulación o en otras palabras, que parte del producto económico se consume inmediatamente y otra se ahorra para asegurar la reproducción de la sociedad y la mejora de las condiciones de vida. 

En el capitalismo esto se decide a través de las decisiones de la clase gobernante dentro de la economía de mercado que favorece y consolida su poder. Bajo el socialismo, esta decisión afectaría a todos los sectores y grupo social, dado que determinaría los recursos disponibles en cada centro de trabajo y comunitario. 

Por lo tanto, es de esperar que surgirían diferencias entre, por ejemplo, los que están más a favor de pasarla bien hoy y los preocupados por el nivel de vida de las generaciones futuras. Podemos fácilmente imaginar que esa no sería la única fuente de divergencia y conflicto entre la gente. En ese caso, ¿cómo se organizarían esas diferencias y conflictos en alternativas coherentes y sistemáticas para que las grandes mayorías puedan decidir democráticamente el futuro de la nación en sus líneas más generales? Esa sería la función crítica de los partidos políticos bajo el socialismo, educando y agitando a favor de visiones alternativas del rumbo que la sociedad pueda o deba tomar. 

Por otra parte, sabemos que los partidos políticos, así como muchos otros tipos de organizaciones, han mostrado pronunciadas tendencias burocráticas y oligárquicas. Pero hay medidas que se pueden adoptar para compensar y combatir dichas tendencias, como combatir la apatía y abstencionismo entre las bases a través del debate democrático y el continuo ejercicio del poder en la práctica. Una membresía activa, informada e involucrada en los asuntos, tanto de la sociedad, como de los partidos es la mejor garantía contra la burocratización. 

Pero eso no es todo. Hay también medidas organizacionales que pueden contribuir a estos fines, como lo es el control democrático local, así como nacional de los funcionarios de los partidos y de los sindicatos, y la máxima transparencia con respecto a sus políticas y funcionamiento interno, aparte del derecho de las bases de remover a cualquier líder a través de referendos partidarios y sindicales. 

Hay gente que ha abogado por prohibir la reelección de líderes partidarios y sindicales. Aunque esta propuesta es digna de discusión, creo que sería contraproducente y posiblemente antidemocrática y, en todo caso, no prevendría la manipulación por parte de los líderes que hayan sido oficialmente reemplazados. 

Tengo la esperanza que esta discusión sobre el tema del partido único continuará para esclarecer ideas en torno a un tópico tan importante como controvertido.

Samuel Farber nació y se crió en Cuba y ha escrito numerosos libros y artículos sobre dicho país. Su libro más reciente es Cuba Since the Revolution of 1959. A Critical Assessment publicado por Haymarket Books en el 2011. 


lunes, 16 de febrero de 2015

LOS PARTIDOS POLÍTICOS: EL NOMBRE ¿ES LO DE MENOS?


 
09 de febrero de 2015

Estimado José Rejas:

Coincido contigo, el tema planteado es "una reflexión muy importante". 

Coincido en que el nombre, siendo importante,  en estos momentos es lo de menos. 

Lo más importante es el programa, la unidad del pueblo en torno a un programa reivindicativo, un programa táctico; y la unidad de la vanguardia en torno a un programa estratégico. 

En nuestro caso, por un lado deberíamos reafirmarnos en la propuesta de programa estratégico que nos planteara José Carlos Mariátegui;  y por otro lado precisar los aspectos centrales del programa táctico, del programa reivindicativo acorde con las actuales condiciones del desarrollo de la lucha de clases en el país.

Este último, el programa reivindicativo,  hay que definirlo lo más antes posible, mientras que para la reafirmación del programa estratégico, tenemos más tiempo por delante.  

Recomiendo revisar el artículo de José Carlos Mariátegui titulado "La reorganización de los grupos políticos" publicado el 6 de julio de 1918 en la revista Nuestra Epoca N° 2.

En ese artículo Mariátegui expone la siguiente tesis, que yo la considero fundamental:

"Los partidos no son eternos. Responden a una necesidad o una aspiración transitorias como todas las necesidades y aspiraciones. Una vez que desaparece el motivo de su existencia desaparece su fuerza.(...)
Si esta ley rige para todos los partidos del mundo tiene que regir con mayor motivo para los partidos peruanos. Los partidos peruanos han tenido su origen en necesidades o aspiraciones muy fugaces. Su nacimiento ha sido incidental. Un hombre popular ha bastado para construir un partido. (...) Más que traza de partidos han tenido generalmente traza de clubs electorales con bandera transitoria y versatil"  

Saludos

Miguel Ángel Aragón 

El Domingo, 8 de febrero, 2015 20:42:00, peptico6 Rejas Saal <peptico6@yahoo.es> escribió:

Importante reflexión que hay urgentemente que hacer para definir lo antes.


PP

El Domingo 8 de febrero de 2015 13:12, Foro-Red Paulo Freire Latinoamericano-Perú <peruforopaulofreire@yahoo.es> escribió:

TEMA: LOS PARTIDOS POLÍTICOS.
¿Qué son los partidos o que han llegado a ser? ¿Son necesarios o no? ¿Milito o no milito? ¿Partidos abiertos o partidos cerrados? ¿Cuáles son sus fines, organización vertical o democrática, práxis y programas. ¿Los tienen? ¿Por qué? Ventajas y desventajas. Necesidad y límites de una militancia ciudadana sin partidos. El poder de los medios controlados por poderes económicos absolutamente ideologizados y sectarios.
¿Hay mayor compromiso y responsabilidad o mayor comodidad en la participación en partidos políticos? ¿Existe neutralidad ideológica posible en cualquier forma de participación individual o colectiva? ¿Qué piensas? ¿Cuál es tu caso personal?
Aportes de Alberto Adrianzen para el análisis.
josé.
El nombre ¿es lo de menos?
Alberto Adrianzén M.
Parlamentario Andino
Por Diario UNO el febrero 8, 2015

El lingüista español José Antonio Millán escribió hace unos días en El País (03/02/15) un artículo titulado “El nombre del partido”. Millán sostiene que “Da la impresión que las denominaciones sólidas de los partidos políticos del pasado están perdiendo fuerza, junto con el desdibujamiento de las ideologías que los sustentaban”. Para él “Están lejos los tiempos en que podía existir un Partido Comunista Marxista-Leninista Pensamiento Mao Tse Tung”.

Un buen ejemplo de ello es el partido u organización española Podemos. En realidad la palabra podemos, por sí sola, significa la voluntad de hacer posible algo. Y aunque la pregunta podría ser qué puede hacer Podemos, queda claro que los partidos u organizaciones políticas —hoy incluso los llaman “el instrumento”, como en Bolivia— rehúyen definirse a partir del nombre, como señala Millán.

La gran mayoría de ellos ya no convocan a sus potenciales o posibles militantes a compartir una ideología como se puede desprender del ya nombrado y famoso partido Marxista-Leninista Pensamiento Mao Tse Tung, sino a una acción o a un quehacer; o a la defensa de algo superior donde caben diversas ideologías; o a formas de agrupación que poco tienen que ver con ideologías y sí, más bien, con militancias ciudadanas o vecinales.

Y aunque en América Latina existen partidos que convocan a compartir una ideología o a la identificación con una clase —el Partido Socialista de Chile, el Partido de los Trabajadores de Brasil o el Partido de la Revolución Democrática de México—, o que se sienten parte de una vieja tradición política —el Partido Liberal y el Conservador en Colombia o el Blanco y el Colorado en Uruguay—; hay otros partidos que no están, como se dice, en esa onda o camino.

Un buen ejemplo es el movimiento de Rafael Correa llamado Alianza País y que lleva como una especie de subtítulo Patria Altiva y Soberana. También se puede citar el Frente por la Victoria en Argentina o el Polo Democrático en Colombia.

Sin embargo, tengo la impresión que es en el Perú donde hay mayor proliferación de estos partidos o movimientos que rehúyen identificarse con una ideología o con una clase social. Con la excepción de los viejos partidos como la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA), Acción Popular (AP), el Partido Popular Cristiano (PPC) o los viejos partidos de la izquierda como los comunistas o socialistas, es claro que las nuevas organizaciones políticas no siguen este canon, especialmente después del año 1990.

El fujimorismo es el mejor ejemplo. Se inició con Cambio 90 y luego lo ha variado en ocho oportunidades: Cambio 95, Nueva Mayoría, Vamos Vecino, Sí Cumple, Perú 2000, Alianza para el Futuro, Fuerza 2011 y, el último, Fuerza Popular. También podemos citar a otros como Obras, Unión por el Perú (UPP), Somos Perú, a Alianza para el Progreso de César Acuña, al Partido Orden del expepecista Antero Flores Araoz. Y en las regiones encontramos Tumbes Bello, Arequipa Tradición y Futuro, Sentimiento Amazonense, Junín Sostenible por su Gente, etc.

Se puede argumentar que Somos Perú o Alianza para el Progreso intentan representar a todos los peruanos más allá de ideologías o de clases sociales, o también a la idea de un progreso que no hace distinciones, pero estas definiciones son tan imprecisas como los nombres de las anteriormente mencionadas.

Por otro lado, podemos decir que el carácter gaseoso de estas organizaciones esconden que la mayoría de ellas o pertenecen o están ligadas a familias (Fujimori, Andrade) o tienen “dueño” (Acuña) y que, por lo tanto, es discutible su definición como el nombre del partido. Y si bien ello es real, la pregunta inmediata es ¿por qué huyen de las ideologías o de representar a clases o grupos sociales?

Las razones de esta situación, que ya tiene tiempo en el país, son varias, como lo han demostrado diversos estudios.

Las crisis de las llamadas grandes ideologías, el advenimiento de lo que muchos llaman la postpolítica, donde interesan más la audiencias que los sectores sociales; las normas electorales confusas que promueven la proliferación de listas y movimientos, acompañadas de un escaso control o fiscalización de estos “partidos” o tendencias; la ausencia de un sistema de partidos políticos y existencia de partidos débiles con escaso enraizamiento nacional; la incapacidad del sistema democrático de canalizar los conflictos; la alta informalidad política; todo ello configura la crisis de representación y representatividad en el país que alienta y promueve esta situación.

Sin embargo, hay tres hechos que nos podrían ayudar a enriquecer estas reflexiones:

a) la ausencia de una mayoría política que reordene el país y cree un nuevo escenario político;
b) la pérdida creciente y sostenida de poder por parte de los políticos y de la política misma por el fortalecimiento de los poderes fácticos en su control del Estado, y
c) un modelo económico que, más allá del crecimiento de estos años, profundiza las desigualdades y no crea certidumbre y menos aún fuentes estables de trabajo, lo que acentúa la informalidad y la anomía social.

Lo que se tiene, en este marco, es que al conjunto de agrupaciones no les interesa construir una mayoría política en el país porque sus objetivos son otros, defender el control del Estado en manos de intereses particulares o, simplemente, enriquecerse, como vemos en estos días.

La corrupción es un signo evidente de un Estado capturado por poderes fácticos que convive funcionalmente con un sistema político débil e incapaz de controlar y fiscalizar a los actores de la descomposición de las diferentes instancias de gobierno.

En este contexto, la multiplicación de partidos y políticos es la demostración que son simples adornos con nombres distintos, muchos de ellos arbitrarios y hasta folklóricos, de un sistema en el cual el epicentro de la política y del poder real no está en el juego de estas minorías políticas.

Por eso plantear la construcción de una mayoría que sea expresión de una voluntad de cambio es hacer política en serio y la mejor manera de fortalecer nuestra debilitada democracia.

FORO-RED PAULO FREIRE LATINOAMERICANO