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lunes, 3 de mayo de 2021

ENTREVISTA A TONI NEGRI SOBRE LA COMUNA DE PARIS

Entrevista a Toni Negri realizada por Niccolò Cuppini,  se publicó originalmente en Planetary Commune, la traducción al castellano la realizó Carcaj.

La Comuna como acontecimiento histórico

Empecemos por la Comuna de París como acontecimiento histórico. ¿Cuál es tu elaboración de lo que significó la Comuna en ese momento histórico, como acontecimiento de esa época, cómo leyó Marx la Comuna y qué tipo de transformaciones produjo en el pensamiento político, pero también en el movimiento obrero?

Es un acontecimiento tan formidable por un lado y tan complejo por otro que siempre es difícil definirlo. Hay dos puntos extremos para hablar de ello: por un lado el viejo libro de Prosper-Olivier Lissagaray (Historia de la Comuna de 1871), que es lo más importante, lo más objetivo que se ha escrito sobre la Comuna, con la frescura de un luchador y la verdad de un refugiado de la misma Comuna; por otro lado, el nuevo libro de Kristin Ross, que es lo más reciente. El libro de Ross, Lujo Comunal, surgió de una tesis académica sobre Arthur Rimbaud, el poeta, empezando por ese formidable poema, L’orgie parisienne ou Paris se repeuple («La orgía parisina o París se repuebla») escrito durante la semaine sanglante, la semana en la que la Comuna fue masacrada por los versalleses victoriosos.

Hay una hermosa estrofa, que recuerdo aquí:

Cuando tus pies bailaron tan fuerte en la tormenta
¡París! Cuando recibiste tantos cuchillazos,
Cuando yaces, guardando en tus pupilas luminosas
Un poco de la dicha de un renacer salvaje [Fauve].

¡Qué recuerdo más potente de aquella revuelta comunista! Son versos a los que estoy fuertemente apegado, los había puesto en su momento en exergo de Dominio y sabotaje. Ahí París es la locura revolucionaria, París la loca, París la mártir -bajo los cuchillos de Versalles- de una renovación loca y salvaje. Fauve es todo esto.


La Comuna es el evento por excelencia, en todos los sentidos. Por un lado, porque alrededor de la insurrección se acumula el máximo de las fuerzas que se habían organizado en los cincuenta años anteriores; a partir de los años treinta, que son los que se describen en Los Miserables de Víctor Hugo, y luego durante el auge del «liberalismo subversivo» contra la Restauración. Y por otro lado, la Comuna es el producto del surgimiento y la consolidación de los gremios de trabajadores en lucha; los mismos que en junio de 1848 habían hecho una primera aparición revolucionaria organizada y armada. La construcción de las barricadas, una nueva experiencia de arquitectura urbana que precisamente se relata, entre otras cosas, en Los Miserables (libro que releí hace poco, no sé por qué, no quería estudiar más y me puse a releer esas mil páginas y las leí todas, incluso las partes más aburridas, entre las cuales están las de las técnicas de construcción de barricadas, que por cierto no son las cosas más fáciles de hacer). El proletariado parisino por lo tanto arma sus barricadas, y eso aterroriza a los patrones.


Entonces, con la Comuna, se da la expansión del socialismo del movimiento obrero en términos democrático-radicales. Y junto a esto, otra línea, que es la condensación de las energías intelectuales y proletarias en lucha; un fundamento del comunismo para los siglos venideros. Con las consecuencias que conocemos, por la importancia que esta experiencia asumirá, en su forma más revolucionaria, cuando se recupere en la reflexión que a partir de Marx se hará de la experiencia de la comuna. Una experiencia que se organiza en torno a dos elementos siempre presentes y ya clásicos en la acción de los comunistas: por un lado, la reivindicación de una democracia progresiva, que va más allá de la representación, y que se define como democracia de consejos, democracia directa, democracia de participación inmediata. Este es el primer elemento. Y como consecuencia de esta radicalidad: la revocabilidad de los mandatos, el pago de un salario por la función, simplemente un salario medio, diremos que del trabajo social necesario -por lo tanto el representante se convierte simplemente en un mandatario, controlado durante el tiempo de su función e igual a sus mandatarios-; esto es la democracia directa. Y por otro lado, el tema de los salarios, de la producción y la reproducción (donde la participación política debe desvelar su presupuesto abstracto que es la cooperación productiva y volverlo concreto a través de una redistribución de los beneficios), aun si en la dinámica legislativa de la Comuna se vea de forma muy reducida (porque en realidad hay simplemente una reducción de la jornada laboral para los panaderos: antes trabajaban toda la noche, y entonces se aplica una jornada reducida. Sin embargo, esta reforma muestra la atención que se prestó durante todo el periodo de la comuna a las condiciones de trabajo, a los salarios y a los ingresos).


Estos dos elementos -democracia directa e ingresos para todos- se combinarán, en la historia de la Comuna, de formas singulares, que Kristin Ross en particular ha logrado destacar. Esta no surge simplemente de la confluencia en la Comuna proletaria, en su gestión, de una clase intelectual (la más democrática), sino que pasa por la inversión que la Comuna opera en la vida cotidiana: es ahí que reconocemos hoy su carácter biopolítico. Esto me parece fundamental. Allí, en términos muy progresistas, los ciudadanos se preguntan: ¿cómo podemos vivir juntos? ¿Cómo vivir como si estuviéramos de fiesta? Estar juntos significa tener la posibilidad de estarlo, de manera libre e igualitaria, pero también de manera exuberante, con las mismas posibilidades, y así formar nuestras pasiones comunes bajo el signo de la felicidad. Allí reside lo que me parece ser la forma históricamente excepcional y única de la Comuna.


Volvamos, pues, a lo que era realmente la Comuna en aquella época. París en 1871, es también un momento de resistencia, no hay que olvidar que el ejército prusiano seguía rodeando la ciudad, que los prusianos habían hecho la paz con los versalleses, que estaban amurallados… pero detrás de ellos, al otro lado, seguía estando el ejército prusiano. Así que no se trataba sólo de luchar por la Comuna, sino también contra los prusianos. No es casualidad que en 1871 los garibaldinos también fueran a luchar contra los prusianos. Alrededor de Belfort, en las tierras fronterizas entre Suiza y Francia, en la baja Renania, las bandas garibaldinas fueron las únicas que resistieron a los alemanes, llevando también hasta ahí la voz de la Comuna. Contra los versalleses y los prusianos, por la Comuna, hay un poco de todo, desde los garibaldinos a los anarquistas -que luego fácilmente adoptaron el modelo- a los marxistas. Creo, sin embargo, que hizo falta el movimiento obrero tal como este llegó a constituirse a través de la acción teórica de Marx para que la Comuna sobresaliera con el esplendor que tuvo. Pero, ¿realmente estos últimos tomaron el acontecimiento de una manera completamente diferente a los anarquistas?, ¿o quizás no? ¿O quizás la Comuna funciona como una matriz de todos los linajes, todas las razas, todos los géneros? La Comuna, digo spinozianamente, es como la sustancia de la que florecen todas las formas de ser comunista. Para mí es esto.

La Comuna a través del tiempo

Avancemos en la historia. ¿Cómo repercutió el acontecimiento de la Comuna en el seno del movimiento obrero y en los demás movimientos obreros? Hay una anécdota de Lenin bailando en la nieve cuando la revolución superó los días que había durado la Comuna, pero pensemos también en el imaginario político del ‘68 francés y en los escritos de Lefebvre. Te preguntaría también si en tu experiencia del ‘77 italiano hubo referencias, anclajes a la Comuna, y más en general cómo funcionó la Comuna como teoría política y qué imaginarios ha sedimentado.

Lenin todavía estaba en Petrogrado, todavía tenía que conquistar Rusia entera cuando celebró haber superado los días de la Comuna. Y es sin duda la recuperación de Lenin (sigo diciendo Lenìn all’emiliana, como decían mis mayores) de lo que Marx había construido: la Comuna como ejemplo de la extinción del Estado; en ello se funda la universalidad de esa consigna-. Lenin (pero ya quizás Marx) establece una continuidad con el anarquismo, asumiendo la «toma del Estado» como un momento táctico en la estrategia de los comunistas, que es también la de la extinción del Estado. Para los anarquistas, el momento táctico es más bien un paso que no cuenta, a la toma del Estado no le sigue un período de transición: se destruye el Estado y ya está. Para Lenin (y también para Marx) hay en cambio un período de transición, donde evidentemente surgen enormes problemas –tanto más evidentes hoy después de lo ocurrido en la Unión Soviética, donde el llamado período de extinción del Estado se convirtió en un terrible mecanismo estalinista de centralización del propio Estado. Lo que ocurrió creó, obviamente, algunos problemas para la teoría marxiana del Estado, ¡precisamente en cuanto a su extinción! Sin embargo, todavía me interesa, y lo digo de forma radical, el tema comunero de la extinción del Estado. No creo que sea posible llamarse comunista si se renuncia a este concepto. Por supuesto, hay que tomar esta propuesta como un compromiso teórico y práctico. Por lo tanto –digámoslo de manera weberiana– sin ninguna desvalorización de las realidades institucionales y de las funciones de centralización propias a la complejidad del entrelazamiento del Estado y el capitalismo, pero también de los procesos de igualación, en las grandes transformaciones de la vida social, económica y civil, donde la cooperación social se ha hecho más extensa y más intensa. Como de hecho ocurre hoy en día.


Pero al mismo tiempo que se tienen en cuenta estas necesidades y urgencias, existe también, como deber de una ética radical, el compromiso de destruir cualquier idea de «monopolio» de la violencia legítima por parte del Estado. Digámoslo claramente: destruir el concepto mismo de legitimidad del poder, e introducir la idea de la posibilidad de un dispositivo plural de poderes, de consejos, de articulaciones que promulguen la disolución de la complejidad capitalista y comanden esta disolución. Esta es la apuesta a la que deben someterse todos los temas comunistas, y con la que hay que jugar. Más aún hoy, cuando el discurso sobre la lucha de clases y el Estado se centra cada vez más explícitamente en una hipótesis y una teoría del contrapoder (en acción). Un contrapoder capaz de producir la extinción del momento central del poder, aquel que se aglutina en el Estado.


Queda el problema de lo que debe ser una transición: de A a… ¿qué? Probablemente será la misma fórmula de la transición la que constituirá la forma social de la organización comunista, es decir, la forma de esa actividad de construcción de un entrelazamiento de poderes con la cual, a través de la cual, se podrá afirmar el máximo de libertad y el máximo de igualdad. Y por supuesto también el máximo de productividad en adecuación con las condiciones generales (físicas y ecológicas) de supervivencia de la comunidad humana.


Dicho esto, volviendo a la Comuna, las dos dinámicas de las que hablaba más arriba, la cuestión del consejo y la cuestión salarial-igualitaria, viven enteramente en el conjunto de la experiencia comunista. Viven en Lenin. En primer lugar. Me gusta indagar en lo que dice Lenin; y me parece claro que cuando dice: «Comunismo = Soviet + electricidad», dice exactamente esto: el Soviet como destrucción del Estado y sustitución de sus funciones mediante el régimen de consejos. Y por otro lado, la electricidad, que en esa fase es la forma de producir las condiciones del asalariado; la forma de producir riqueza; la forma de dar vida a los que deben participar en el poder y la supervivencia de todos. En la vida en común, la vida siempre precede al poder, siempre, en todos los casos. En este aspecto, la Comuna es central.


Sobre Lefebvre… es un autor muy importante, aunque para juzgarlo, en mi opinión, hay que entrar un poco mejor en las grandes polémicas de la posguerra –las del humanismo marxiano en particular– en las que fue entrampado por el PCF y expulsado por Althusser. Aquí hay que entrar un poco en eso, porque para mí recuperar –probablemente con Lefebvre– una cierta versión del humanismo comunista, sigue siendo algo central. El libro de Kristin Ross, detrás de todas sus elegancias posmodernas, rescata a mi parecer de las polémicas obtusas y antiguas precisamente este elemento lefebvriano, el humanismo de la Comuna así como el humanismo del primer Marx. Aquí hay que tener un poco de cuidado, porque cuando Lefebvre se ocupó del primer Marx, lo hizo con demasiada complacencia (¡hay que reconocerlo!) hacia lo que había sido una moda reaccionaria al principio de la posguerra. En este marco, el humanismo de los escritos de Marx del ‘44 se levanta polémicamente contra el Marx de El capital. En Italia es Norberto Bobbio quien se convierte en el héroe del Marx del 44, coqueteando naturalmente con Roderigo di Castiglia (seudónimo de Togliatti en Rinascita). En Alemania está Iring Feschter que es un revisionista colosal, bien respaldado por el alma reaccionaria de toda la Escuela de Frankfurt. Lefebvre queda atrapado en este juego, y como el Partido Comunista francés no era tan amable como el italiano, en lugar de ser tratado con guantes de seda –como ocurrió con Bobbio– es aislado y expulsado infamemente del partido. Por otra parte, Althusser interpreta al «Marx puro» frente al Marx juvenil, al lógico frente al humanista, y da espacio a la cesura por la que Marx sólo se convertiría en un marxista materialista después del 48. Ni lo uno ni lo otro es cierto: lo sabemos bien. ¡Pero la política está por encima de la verdad! Lefebvre tenía razón a medias, se vio envuelto en un juego mayor y lo pagó. Porque a pesar de que era sin duda el más inteligente del Partido Comunista Francés, a pesar de que se había abierto a un humanismo biopolítico, al análisis de las formas de vida y a la invención de una nueva fenomenología materialista del vivir en común, dando sobre todo esto una de las contribuciones más importantes a toda nuestra experiencia y a nuestra capacidad de análisis como comunistas; a pesar de todo esto, fue aislado del medio que más le interesaba.


¿Y qué decir de la Comuna y del ‘77 italiano? El ’77, si se quiere, está en la tradición de la Comuna. Pero el ‘77 era muy ignorante, era realmente brutal, sus fuentes eran los cómics. Sin embargo, no cabe duda de que el ‘77, en sus expresiones lúdicas y políticas y en la organización de sus espacios –otro tema muy reciente, la espacialidad de los movimientos– se inscribe en esta tradición. También el espacio de la Comuna era en cierto modo el espacio de la plaza, de la barricada, etc., el espacio al que Haussmann respondería con su reforma urbana… para recuadrar ese espacio y hacerlo horizontal como la ráfaga de una ametralladora; y hacerlo, por tanto, impracticable por el proletariado. Y sin embargo, el espacio de la Comuna es también y sigue siendo el espacio de los gremios obreros, de los comerciantes, un espacio preconstituido. Como me parece que la investigación y la controversia entre los pensadores de lo urbanos se ha centrado recientemente en el espacio preconstituido, o en el espacio recién constituido, neoconstituido, estoy completamente de acuerdo en que el tema del espacio neoconstituido es fundamental para pensar las luchas y los movimientos, pero me cuesta encontrarlo en el pasado antiguo; probablemente hasta el año 77. De los espacios comuneros en Milán, según mi experiencia, sólo el barrio de Ticinese podía sostener un poco esta calificación. Y probablemente a veces Quarto Oggiaro o Giambellino, mientras que en Roma pocas veces se llegó a este nivel (pienso en Trastevere, en los ataques a la caravana de Nixon, por ejemplo). Pero no fue más allá de eso. Mientras que en cambio la cosa se torna diferente más tarde; se comienza a pensar en ello en Seattle, en el ‘99, y empieza a aparecer de manera completamente evidente con las grandes luchas del ciclo 2011, con las revueltas árabes y en España con la Puerta del Sol. Esta idea de la espacialidad de los movimientos plantea claramente importantes problemas de organización. Intenté estudiarlos junto con Michael Hardt en Asamblea, pero al final creo que no conseguimos dar una idea de lo que realmente significa. Asumimos ese leitmotiv, ese estribillo del «Go…», del «Call and respond«, que era el estribillo del canto de los esclavos negros cuando iban a trabajar. Uno planteaba la pregunta, y el otro motivaba la respuesta: bueno, ahí había algo que podía de alguna manera anclarse en el movimiento, en la marcha, un mecanismo de organizar el discurso. Pero ni siquiera esto se corresponde con la experiencia de la plaza que empecé a conocer el 2011. Participé un poco en los movimientos españoles, estudié el movimiento brasileño del 2013 (que fue un movimiento extraordinariamente importante), me queda la duda de no saber bien cómo se podría definir la nueva espacialidad de los movimientos desde un punto de vista político. Pero ciertamente, desde entonces, la espacialidad se ha convertido en algo central. Black Lives Matter, los Chalecos Amarillos, y hoy en día los movimientos de mujeres en Bielorrusia, son tres ejemplos muy fuertes. Probablemente valga la pena mantener la metáfora y decir que queremos repetir la Comuna, para mantener en pie una relación entre el consejo y el movimiento.


Estas dificultades no quitan nada al imaginario de la Comuna –aunque, volviendo a las luchas sociales, a los espacios que ocupan, y a Rimbaud, al poema que leía antes, y concediéndole todos los honores a Kristin Ross, hay que recordar bien que la lucha de clases es también una lucha de duelo, de ruptura, de pérdida, de muerte. No sé si has estado alguna vez en el Père-Lachaise, en el cementerio de la Comuna, donde está el muro de los fusilados y las fosas comunes. Es algo que te da ganas de llorar cuando estás ahí. También hay que recordar esto: la lucha de clases es hermosa, pero también es una cuestión de vida y muerte, y para la Comuna ya era esto. Lissagaray lo cuenta muy bien.

La Comuna planetaria

Intentemos enmarcar la Comuna como forma política, pensando en otras geografías y épocas en las que se ha recordado la Comuna (pienso en particular en la Comuna de Shanghai o en la de Oaxaca). Incluso respecto de la Comuna de París, los estudios recientes han tendido a trazar una genealogía que no es atribuible al simple perímetro de la ciudad de París, sino que se amplía dentro de esa dimensión constitutivamente transnacional en la que se producen los fenómenos políticos, y por lo tanto también contempla el acontecimiento parisino dentro de una dimensión colonial/decolonial de luchas que se extienden más allá del momento concreto. Pero precisamente, la Comuna se convierte también en una dimensión política que no se reproduce tanto como se propone en tanto forma política. ¿Qué nos dice esta re-presentación, a pesar de las obvias diferencias contextuales?

La Comuna ha tenido una enorme importancia en el pensamiento político porque ha sido tratada como una forma política. Sin embargo, toda experiencia política real en la que vivimos la recuerda como un acontecimiento, y a menudo como un acontecimiento derrotado. Así que tenemos por un lado el modelo político de la Comuna, como modelo consultivo, como democracia directa. Y por otro tenemos la experiencia de una forma política real, de un acontecimiento político real, que es un acontecimiento de derrota, de cruda represión.


Recuerdo que cuando era niño, cuando hablaba de la Comuna con los viejos cuadros del Partido Comunista –y obviamente lo hacía como entusiasta, como lo es un neófito– me recordaban (tomándome el pelo) que la Comuna había sido derrotada, pero que su derrota había sido ampliamente redimida por el triunfo de la Revolución Rusa y el Ejército Rojo en la defensa de Stalingrado y la conquista de Berlín… cosas que eran todo menos irrisorias… y luego China, etc. Un tercio del mundo fue incluido en esta redención. Esta teleología triunfalista pronto se demostró falsa a mis ojos. Cada vez más tuve que volver a los «principios», y guardar contacto con las nuevas experiencias de lucha. Y aquí el problema es conjugar el ideal de la Comuna de París con el de la de Shanghai o el de la de Oaxaca y la realidad global de la historia de las revoluciones proletarias. Pienso que éste habría sido uno de los grandes problemas de Marx, y que hasta cierto punto lo fue, como se puede ver en la publicación de sus investigaciones de vejez, principalmente antropológicas –para decirlo mejor, más allá de El Capital–. Cuando Marx comenzó sus estudios en antropología, buscó una continuidad entre las formas de organización comunitaria del pasado y el futuro. Nunca me ha gustado mucho este tipo de aventura intelectual, porque creo que hay una imposibilidad lógica en tratar conectar una forma de utopía, incluso una utopía concreta, con una trayectoria histórica. Tengo ese escepticismo en tanto viejo materialista. Pero Marx era un materialista y sin embargo intentó, como consta por sus cartas a Vera Zasulic, encontrar en la obščina rusa la posibilidad de determinar una continuidad histórica del modelo comunista. En cuanto a Mao: estaba en contra de la Comuna de Shanghai, pero construyó comunas en las montañas de Henan –un doble poder, realmente vivo y armado, con sus fábricas, pero también sus escuelas, donde se producían cuadros comunistas, transformando a los campesinos analfabetos en los futuros dirigentes del Estado socialista chino–, en todo caso mediante el ejercicio de las armas. Se trata de una experiencia extraordinaria, una de las pocas, que tuvo lugar en un estado de excepción –no me refiero a la excepción constitucional, sino a la historia excepcional de dos guerras maoístas, la guerra civil y la guerra antijaponesa, ambas vinculadas entre sí–. Y aquí, en el medio, está la realización temprana de un contrapoder.


Ahora bien, estas grandes dimensiones son, en mi opinión, aquellas en las cuales hay que replantear el modelo teórico de la Comuna y adaptarlo a la realidad. Por lo demás, me dan mucho miedo las utopías, todas las utopías. Cuando miro a mi alrededor, veo experiencias formidables desde el punto de vista ético y político, las diversas ZAD [Zonas A Defender], y otras experiencias espacializadas del conflicto de clases. Sin embargo, no creo que con esto estemos en un terreno que esté al nivel de las necesidades reales de un pensamiento revolucionario. Que consisten en entender lo que significa determinar un doble poder que no disuelve la complejidad sino que consigue ganarla, que consigue ganarla y utilizarla, y al mismo tiempo destruirla. Es decir, que no se refugia en la complejidad del poder, sino que se convierte en un virus que ataca los ganglios fundamentales.


Esta cuestión plantea el problema de saber cómo la Comuna puede representar un modelo político, y cómo podría haber sido válida por ejemplo en las experiencias descoloniales, en las grandes luchas contra el colonialismo. Cuando se leen, por ejemplo, los subaltern studies indios, Renajit Guha en particular, se describen formidables experiencias de lucha de clases en las guerras de liberación contra el colonialismo británico en la India. Estados enteros se levantan, con millones y millones de personas en lucha, en formas que se parecen mucho a las de la Comuna.


Pero tengamos cuidado. Ahora hemos entrado en una época afortunadamente poscolonial. Y yo no repetiría la ilusión de que esto determina un mundo unificado y sin problemas –una ilusión de la que estuve muy cerca en Imperio–, la ilusión de que la globalización ha hecho que este mundo (el primero, el segundo, el tercero) sea homogéneo. Hay grandes diferencias aquí y allá, es poco lo que se puede hacer, pero la esfera global, la esfera imperial-global unificada está ahí. Por lo tanto, si estas diferencias existen, deben entenderse dentro de un plan único. Ahora bien, en este interior, no puede ser el descubrimiento o redescubrimiento de viejas fórmulas o viejas experiencias la que sea válida; sólo puede ser válida una imaginación constituyente, no pequeñas utopías. El problema del poder debe plantearse en su totalidad. Igual que lo hizo la Comuna de París.


Entonces, preguntémonos: ¿cómo se constituye un contrapoder, o mejor, una práctica de ruptura que atraviese y destruya la complejidad del poder capitalista? Ya no sólo hay que tomar el Estado, hay que destruir la soberanía, la soberanía capitalista. Desgraciadamente, es otra cosa. Y este pasaje es algo condenadamente difícil, aunque sólo sea desde el punto de vista de la imaginación, pero es el terreno sobre el cual debemos poner a prueba nuestra capacidad de análisis y nuestras experiencias. Con la certeza entonces de que cada vez que se rompe esta articulación, es una cadena que se rompe; cada vez que se rompe ese pasaje, casi automáticamente, todo el resto se derrumba, como sucede siempre cuando se rompe algo tenso. Dicho esto, está claro que todos los problemas singulares conglomerados en el poder (el problema ecológico es sin duda central hoy en día) están todos conectados en la destrucción y la transformación dentro de una cadena prospectiva, dentro de un único dispositivo. Esto es lo que nos enseña la Comuna.


Siempre se lo digo a mis queridos camaradas: tenemos que imaginar una especie de Pinocho de hoy, y construirlo de tal manera que poco a poco adquiera su propio sentido de la complejidad. Un poco como en los cuentos de hadas de los siglos XVII y XVIII, se colocaba una flor delante de Pinocho para imaginar cómo el olfato podía dar vida a los demás sentidos. Hoy no se trata de experimentar los sentidos, sino las pasiones, las pasiones de lo común. Tenemos que inventar el cyborg de lo común. Se trata de combinar lo posmoderno (es decir, la economía, la tecnología, las relaciones sociales y culturales y todo lo que conlleva) con la pasión humanista de la Comuna, de estar juntos, de construir juntos, en libertad e igualdad.

La Comuna hoy

Algunas palabras finales. Qué puede significar pensar el presente y el futuro político a través de la Comuna, en un doble sentido: qué puede significar hoy la Comuna en términos político-organizativos como secesión, separación de trozos de metrópoli, de territorio, de territorialidad, pensar esta dimensión secesionista, de ruptura, de partes… Antes recordabas la ZAD como ejemplos de micro-dinámicas que no están a la altura, como trozos de territorio en secesión, pero ¿podemos pensar esta dinámica de separación, de ruptura hasta el nivel metropolitano? ¿Como una contra-construcción de otros poderes? ¿Puede esta intuición de la Comuna tener hoy su propia pensabilidad? En el otro lado del problema, ¿cómo se puede pensar el área semántica de la concatenación entre Comuna, commons, comunismo, comunidad, común? ¿Puede ser pensada a la luz de experiencias como las de 2011, 2013, o las más recientes de Chile y Estados Unidos, o incluso mirando a los Chalecos Amarillos, con su espacialidad hecha de territorialidades expandida y difusa, las rotondas que se vuelven campamentos moleculares en el territorio francés, y que luego son concentradas en la intensividad de los sábados, en los asaltos a la metrópolis…?

Hay tres cosas que me han llamado enormemente la atención en los últimos años. Una es Black Lives Matter, la segunda son los Chalecos Amarillos; la tercera, que me está afectando de manera formidable (también porque he tenido la suerte de entrar en contacto directo), son las mujeres de Bielorrusia. Lo que ocurre allí es increíble: son las mujeres, sólo las mujeres, las que se manifiestan cada domingo, llenando las plazas por cientos de miles. Las mujeres han producido un movimiento político irresistible –los policías del poder, en cambio, son sólo hombres–. Este movimiento de mujeres tiene lugar en un país que está lejos de ser miserable, que ha logrado mantener un nivel considerable de industria pesada y ligera, vinculada a Rusia pero suficientemente autónoma para ser, por ejemplo –y esto explica también muchas de las ansiedades de Occidente–, empleada a la manera china, como mano de obra subordinada, por los grandes consorcios occidentales. Estas mujeres se manifiestan para pedir una transformación del orden político en un sentido democrático dentro de una sociedad con un nivel de bienestar tradicionalmente bueno, y trayendo evidentemente también la lucha por la defensa y el desarrollo de todas sus necesidades en tanto mujeres. Es algo formidable: es la primera vez que se da un movimiento político hecho enteramente por mujeres. No quiero hacerme criticar por mis compañeras, que observarán con razón que todo movimiento de mujeres (sobre todo los que hemos visto últimamente en nuestro país y en América Latina) es político, pero aquí es precisamente un movimiento político que mira directamente a los bienes comunes y al Estado, y a su transformación radical.


En cuanto a los movimientos americanos, no hay nada que decir que no se haya dicho ya… mientras que no cabe duda de que el movimiento de los Chalecos Amarillos, con todas las ambigüedades que ha ido revelando (y hoy con una incapacidad desgraciadamente evidente de volver a levantarse), ha mostrado un nivel muy alto de percepción y proposición de lo común, no un simple recuerdo de la Comuna (que en Francia siempre está ahí, en cualquier movimiento subversivo). Pero aquí hubo realmente una percepción y una proposición de lo común, en un momento extraño cuando parecía que las luchas estaban completamente bloqueadas y la República macroniana les había quitado por así decirlo su plausibilidad, pero entonces ahí están los Chalecos Amarillos, y la invención de un espacio movilizado el sábado, en el día en que la gente descansa. Una movilización en el día de descanso… Yo me preguntaba, las primeras veces que los veía: «¿Qué hacen estos, van a misa?». Dieron esa impresión. En resumen, el movimiento reveló algo que superó decididamente cualquier pretensión y posibilidad de reducirse a un hecho litúrgico, se convirtió en una invención permanente, porque esta reunión demostró (y creo que esto se aplica a la Comuna en general) ser una verdadera forja de poderes, un momento de expresión formidable. Reunirse en una sociedad en la que todo el mundo decía que lo político estaba acabado, que lo político estaba muerto… ¡como en el infierno! Allí se puso de manifiesto una excepcional politización desde abajo. Se trataba de reunirse y marchar los sábados por la tarde y lo que salió fue una hoja de ruta en la que toda la complejidad de la dominación capitalista, hoja tras otra, como con una margarita, fue hojeada. Este es el primer elemento comunero. La Comuna analítica.


El segundo elemento comunero consistió, para los Chalecos Amarillos, en determinar (como motor parcial y abierto de la subversión) la convergencia de todas las demás fuerzas del movimiento. Incluso de los sindicatos, para decirlo claramente… siempre celosos de su estructura corporativa (pero hoy menos celosos de esta, como a menudo cuando su supervivencia está en juego, porque ese mismo aspecto corporativo los ha reducido a ser una simple expresión o sub-expresión del poder del Estado). Los Chalecos Amarillos también han despertado a las fuerzas sindicales corporativas, las han invitado a momentos de convergencia de luchas, pero sobre todo han producido un nuevo descubrimiento del terreno de lucha, la lucha sobre lo común. ¿Cuáles son realmente las propuestas de los Chalecos Amarillos? Son: referéndum –que no es “a las 5 estrellas”, es «queremos intervenir en el proceso legislativo de forma directa»– y, en segundo lugar: queremos decidir sobre el gasto público, la relación impuestos-salarios, la redistribución de la renta. Este último, el económico-salarial, es un elemento esencial y combinado con el otro, el democrático: no hay uno sin el otro. No se puede pedir democracia absoluta y directa si no se pide igualdad de salarios, de ingresos para todos. ¿Otra vez la Comuna?


El último problema: vivimos en una sociedad en la que el mecanismo productivo determina una profunda cooperación del trabajo vivo, y propone una ontología común del trabajo. Se trata de hacer hablar a esta ontología. El modelo político que produjo la Comuna de París fue anterior a la aparición de lo común como potencia productiva; en cambio, hoy estamos probablemente en una situación en la que ese poder productivo de lo común nos precede, se consolida, es nuestro entorno. Esto debería significar un privilegio antropológico. Pero el capital se lo ha apropiado. Y sin embargo, lo común como privilegio antropológico está ya implantado en nuestra naturaleza y puede llegar a ser explosivo: está claro que, si conseguimos expresarlo, todo salta por los aires. Y ahí es donde hay que tener mucho cuidado, porque hay que recordar siempre lo que decía Lissagaray sobre la lucha de clases… incluso ante una única ruptura singular, el capital responde con la totalidad de sus fuerzas. El capital está podrido, y no lo digo a la ligera. Sabe que hay que destruir uno para evitar que los otros, los demasiados, lo destruyan. Así que ¡viva la comuna y que nos traiga buena suerte!

Fuente: http://comunizar.com.ar/entrevista-toni-negri-la-comuna-paris/


lunes, 15 de agosto de 2016

QUÉ COSAS HAN SUCEDIDO DENTRO DE LA CLASE OBRERA DESPUÉS DE MARX




10/08/2016 | Toni Negri 

[La publicación en 1966 de Operai e Capitale (edición en castellano: Obreros y capital, Akal, Madrid, 2001) por Mario Tronti, cofundador de las revistas Quaderni Rossi y Classe Operaia en los años 60 del pasado siglo y autor desde entonces de una larga relación de obras de enorme interés, además de participante activo en la política italiana, tuvo una creciente repercusión en el “operaismo”, corriente autónoma y antiautoritaria que tuvo un notable desarrollo en Italia y en el ámbito europeo. Con ocasión del 50 aniversario de su publicación se desarrolló un Seminario en la Universidad de París X-Nanterre el 11 de junio pasado, dentro del cual Toni Negri presentó esta ponencia que ahora publicamos.] 

En 1966, en su primera edición, Operai e capitale concluye con la promesa de estudiar “qué es lo que ha sucedido dentro de la obrera después de Marx”/1. En el “Postscriptum” a la segunda edición de 1970 de Operai e capitale, Tronti analiza la clase obrera del “New Deal” y describe la transformación de la composición técnica (fordismo) y de la composición política (el sindicalismo y el reformismo del “New Deal” al “Welfare State”, de hecho). Tronti no reconocía todavía, para la obrera, una diferencia estructural de composición técnica y política entre el fordismo y los años 1970. No existen para él modificaciones de los procesos de trabajo, taylorismo y keynesianismo permanecen hegemónicos y las relaciones políticas de continúan dominadas por el Estado-Plan. Entre la primera y la segunda edición de Operai e capitale ha ocurrido el 1968: a Tronti no la ha parecido que hubiera sido un gran suceso. La obrera en 1968 y en lo que seguirá (en particular en el llamado “otoño caliente” italiano) se encuentra íntegramente dentro del fordismo y el “New Deal”. Afirmando esta cuestión, Tronti tenía a la vez razón y estaba errado. En la superficie la situación permanecía igual, el “proceso de trabajo” no había mutado.

Sin embargo, si uno mira más en profundidad, sí que había algo que estaba cambiando y de lo cual 1968 era su síntoma. Cambiaba la “relación del capital”, la forma del proceso productivo, el “modo de producción”. En 1968 fue cuando había comenzado esta transformación. Y llevaba razón Tronti cuando, con mucha circunspección, sospechaba, en el “Postscriptum” de 1970, que lo que se estaba revelando era una nueva fase, la terminal de la larga época del fordismo. Mientras en aquella fordista, obreros y capital se encontraban dentro del capital, ahora se estaba dando una nueva condición: obrera y capital se encontraban ahora dentro de la obrera. Tronti proponía estudiar esta transición. Era una intuición correcta. Si se deja de lado la ilusión, que algunos cultivaban, de que “dentro de la clase obrera” significase “dentro del Partido”, se hacía necesario reconocer que, en el nuevo nexo antagonista a continuación del 1968, el capital de alguna forma pagaba la superación del fordismo y la difícil victoria reportada sobre la clase obrera fordista, con la obligación de estabilizar el eje del nuevo comando “dentro de la clase obrera” y reestructurar su propio proyecto de acumulación allí mismo -sufriendo con esto una radical mutación de estructura. “Dentro de la clase obrera”, es decir: llegando a reconocer -el capital mismo- que “el principio es la lucha de la obrera” y que “al nivel del capital socialmente desarrollado, el desarrollo capitalista está subordinado a la lucha obrera, viene después de él y a él debe hacerse corresponder el mecanismo político de la misma producción”/2 -es decir: el capital comprendió que su misma composición técnica (el concepto es aquel marxista de “composición orgánica” del capital) debía ser modificada para poder funcionar (id est: producir y dirigir) sobre una nueva composición política de la clase obrera. Y esto se producía dentro de un bello ajetreo: la Trilateral, por ejemplo, lo llamaba 1968, pero otros no denominaban al proceso así. Lo cierto era que una mutación radical le era impuesta al capital. Se resguardaba el espacio productivo (cambiaba el lugar de la producción) y la dimensión de la temporalidad (se transformaba radicalmente la “jornada laboral”).

Se trataba de una “mutación de paradigma” del modelo de explotación: se había producido por la victoria obrera dentro/contra el fordismo. Que el paradigma que tal victoria había introducido fuese una novedad, lo demostraba el hecho que el antagonismo en la “relación del capital” se presentaba -mejor dicho: en realidad se reabría- en una forma nueva, de experimentar una nueva forma de lucha por la organización, ya sea por la parte capitalista, ya sea por la parte obrera.

Lo que deseamos saber ahora es si Obreros y capital nos ofrece instrumentos para describir este nuevo paradigma estructural. A nosotros nos parece que sí, nos parece que el ensayo “Marx -fuerza de trabajo- clase obrera” es, desde este punto de vista, fundamental. A partir de ahí, se nos permite desplegar un análisis del desarrollo capitalista después de 1968, fuertemente dinámico debido a su insistencia sobre los procesos de subjetivación de las y los trabajadores.

Sabemos que el capital es una relación, una correlación, un antagonismo de fuerza. Tronti ha insistido con gran fuerza sobre la distinción entre trabajo y fuerza de trabajo: “En el concepto de ‘fuerza de trabajo’ está la figura del obrero; en aquella de ‘trabajo’ no”/3. Y este concepto político de la fuerza de trabajo como no-capital, lo encuentra en germen y en desarrollo en todo el pensamiento juvenil de Marx, quien ya en los Manuscritos… de 1844 concluye esta aproximación, proponiendo soluciones inmediatamente subversivas. En un período -los años 1960- en el cual se había puesto de moda, tanto en la izquierda como en la derecha, realzar el utopismo juvenil marxiano sobre el pensamiento de El Capital, Tronti presiona al contrario por una unificación estricta. Existe aquí, en esta continuidad del pensamiento marxiano de juventud y madurez, en la imbricación entre los escritos filosóficos y los históricos, y a su vez entre todos ellos y El Capital, un concepto político de la fuerza de trabajo que funciona como palanca para resolver toda solución teórica.

En segundo lugar, esta tendencia de la investigación se hace todavía más evidente en el análisis que encontramos en los Grundrisse…, asumido como texto genético de El Capital. Que el “doble carácter” de la Fuerza de trabajo, aquel de ser al mismo tiempo mercancía y sujeto, surge con extrema fuerza. “La única antítesis al trabajo objetivado es el trabajo no-objetivo, o sea que la única antítesis al trabajo objetivado es el trabajo subjetivo” -señala Tronti citando a los Grundrisse/4 y esta subjetivación se representa como la condición misma de la existencia del capital. En los Grundrisse… (“monólogo interior que Marx establece tanto con su propia época como consigo mismo”)/5 el trabajo como subjetividad deviene central: “en la medida en que debe existir temporalmente como trabajo vivo, la fuerza de trabajo puede existir por lo tanto como sujeto vivo, como capacidad, como posibilidad: por lo tanto, como trabajador”/6. El doble carácter de la mercancía trabajo se subjetiviza, deviniendo de un lado como “miseria absoluta”, es decir: la “mercancificación” total de la potencia productiva, y del otro lado “subjetividad”, subjetivización continua, posibilidad general de la riqueza como sujeto. El doble carácter de la mercancía fuerza de trabajo es empujada a interiorizarse al máximo en el capital. Tronti: “éste es el camino nuevo que Marx mismo propone. Punto de partida: el trabajo como no-capital, o sea: el trabajo como sujeto vivo del trabajador en contra de la muerta objetividad de todas las otras condiciones de producción; el trabajo como fermento vital del capital -otra determinación activa que se agrega a la actividad del trabajo productivo. Punto de llegada: el capital que deviene en sí mismo fuerza productiva, relación esencial al desarrollo del trabajo como fuerza productiva social, y por lo tanto esencialmente enlazada con el desenvolvimiento de la clase obrera… En el medio de este camino, entre lo uno y lo otro permanecen dos puntos: el trabajo como no-valor y, precisamente por esto, la fuente viva del mismo valor; miseria absoluta y, precisamente por esto, posibilidad general de la riqueza; de nuevo plustrabajo y, precisamente por esto, plusvalor -la figura moderna del obrero colectivo que ahora trata de producir capital propio en cuanto antagonista que lo combate./7” “Se trata entonces, sobre esta base, de partir del descubrimiento de las leyes políticas del movimiento de la clase obrera, que subordinan materialmente en sí mismas el desarrollo del capital: se completará así la tarea teórica definitiva desde el punto de vista obrero”/8.

En tercer lugar se da aquí, según Tronti, la superación marxiana de la ley del valor. O mejor dicho su redefinición: “Marx refuta la idea del trabajo como fuente de la riqueza y asume el concepto de trabajo como medida del valor.” Valor-trabajo quiere decir ahora en primer lugar “la fuerza de trabajo, en este sentido valor medido por el trabajo. El trabajo es la medida del valor porque la clase obrera es condición del capital”/9. Inútil agregar que con ello la ley del valor viene reconocida por aquello que es: “ella no puede ser extrapolada de la relación capitalista de producción y del nexo de que la fundamente como tal.” El valor, como pura medida del valor, intentando devenir en ley, transforma su acción en mistificación: la ley del valor, absolutizándose, clausura la Trennung entre clase y capital, conduce de manera perversa la relación del capital a su identidad. Aquí -y no es una subordinada insignificante- la ideología socialista (no solo la estalinista) queda definitivamente desenmascarada. Y de allí que “del funcionamiento económico objetivo de la ley del valor-trabajo, ya no se puede (paradojalmente o escandalosamente -esto lo agrego-) hablar propiamente, por lo tanto, en la sociedad que declama haber realizado el socialismo”… “debemos tener el coraje de convencernos que este absurdo es un hecho histórico real: el poder político del capital puede asumir la forma de un estado obrero”/10.

Hasta ahora habíamos visto en qué medida y con qué profundidad la fuerza de trabajo se encuentra ya interiorizada en el capital. Pero el concepto de capital es una relación de fuerza entre el trabajo muerto, acumulado en capital, y el trabajo vivo, en fuerza de trabajo, en la subjetivación de ésta -tal relación es un campo abierto-. El doble carácter de la fuerza de trabajo, que habíamos visto actuar en la sumisión al capital, puede reemerger contra la subordinación al capital. Es precisamente aquí donde comienza una suerte de “camino en subida”, reconstructivo, apoyando la instancia comunista de la lucha de clases.

Pero: ¿cómo puede suceder esta reapertura revolucionaria de la relación del capital? La primera condición consiste en la socialización de la fuerza productiva y este pasaje de socialización de la fuerza de trabajo se produce completamente en el interior del capital: por lo tanto, “la fuerza productiva desarrollada por el trabajador como obrero social es fuerza productiva del capital”/11. Cuando “un número considerable de obreros, o sea obreros socialmente combinados, ingresan en un mismo proceso de producción, bajo el comando del mismo capitalista, devienen fuerza productiva del capital”, entonces es cuando se hace posible la ruptura. Pero sólo se hace posible. Interesa aquí seguir “el pasaje histórico que ve, de la parte obrera, primero el vendedor de la fuerza de trabajo, entonces la fuerza productiva singular, entonces la fuerza productiva social”/12. Pero: ¿qué es la fuerza de trabajo constituida dentro del capital? ¿Qué significa establecer su posibilidad de llegar a existir contra el capital? Significa recualificar sin interrupción la específica dinámica antagonista en la “relación” del capital, y sus diversos equilibrios -si puedo decirlo en los términos de un autor que me resulta muy querido, la “guerra civil” que recorre la relación de poder. Esta posibilidad se da obviamente con la condición de “no fijar el concepto de clase obrera en una forma única y definitiva, sin desarrollo, sin historia”/13. En el interior del movimiento marxista está naciendo con mucha dificultad una “historia en el interior del capital”, y Tronti añade: “pero aún se encuentra lejos de ser asumida como un programa de trabajo, así como un principio en el método de investigación, la idea de una historia interna de la clase obrera que reconstruya los momentos de su formación, las modificaciones de su composición, el crecimiento de su organización, según las varias y sucesivas determinaciones que la fuerza de trabajo asume en cuanto fuerza productiva del capital, según la diversa, recurrente y siempre nueva experiencia de lucha que la masa obrera elige en cuanto única fuerza antagónica de la sociedad capitalista”/14.

Es por lo tanto dentro de la historia interna de la clase obrera que el dentro/contra trontiano va a ser analizado/15. Aquí nos encontramos con un momento fundador del obrerismo. Para ello, se establecen tres condiciones sobre la base de toda posibilidad de derrocamiento estratégico de la relación productiva. Las primeras dos condiciones son aquellas sobre las cuales nos hemos centrado hasta ahora en gran medida: la subjetivización de la fuerza de trabajo cuando ella ha madurado hasta el punto de poder permitir “contar con ella verdaderamente dos veces dentro del sistema del capital: una vez como fuerza que produce capital; otra vez como fuerza que se resiste a producirlo; una vez dentro del capital; otra vez contra el capital. Cuando las dos secuencias subjetivamente se unifican desde la parte obrera, se abre la vía para la disolución del sistema capitalista, comienza entonces el proceso práctico de la revolución”/16. He aquí la tercera condición.

Es éste el punto crucial del método obrerista -que de esa manera deviene una genealogía opositora en la historia interna de la al capital. El ejemplo marxiano de la lucha por la reducción de la jornada laboral de parte de los trabajadores ingleses, lucha victoriosa y que introduce una nueva forma de valorización (del plusvalor absoluto al relativo) es aquí fundamental. La transformación del capital es impuesta en el mismo momento en el cual la composición de la clase obrera en lucha se modifica. Analizando este período de lucha Tronti subraya que aquí se ha realizado “un auténtico y verdadero salto político”. Y de “causa” y “efecto” político se puede hablar incluso cuando no exista un movimiento organizado sino mera resistencia, cuando se dan elementos destituyentes y no todavía expresamente políticos y constituyentes.

De hecho, el nexo entre fuerza de trabajo y capital no se presenta de manera simple -como en los orígenes del capitalismo- en el intercambio del mercado de trabajo, sino que se presenta dentro de la producción del capital, expone con gran potencia cómo desde la relación de se determina la figura del capital. Y es a través de este reconocimiento que la iniciativa obrera deviene política. El ejemplo trontiano es ahora antiguo, se trata de la insurrección obrera en el 1848 francés y repite la narración marxiana, insistiendo en el hecho que el pasaje de la acción para la destrucción de la sociedad burguesa se transforma en lucha por la destrucción de la forma del Estado. Es en el interior de esta lucha en la cual la transformación del “proletario” en “obrero”, del vendedor de la fuerza de trabajo en productor de plusvalía, se organiza y es aquí en el que una en armas contra toda la sociedad transforma la relación productiva en resistencia, lucha e insurrección en contra de ella.

Observa Tronti: “no sucede sólo en El Capital de Marx sino que en la historia misma del desarrollo capitalista la lucha por la ‘jornada de trabajo’ normal precede, impone, provoca una transformación en la forma del plusvalor, una revolución en el modo de producción”/17. Aquí todavía se puede hacer notar como una victoria en la Lucha de s, en este caso la imposición al capital de un interés específico de parte de la clase obrera, prefigura y sobredetermina un interés (y una potencia) del capital: “es un hecho no excepcional en la historia del desarrollo capitalista”. “Es un modelo no tanto referido a la lucha, sino en tanto conclusión de la lucha, se repetirá en diversas formas en varios niveles del desarrollo”/18. Y todo continuará: “cuando los obreros ganen una batalla parcial después de haberla ganado por cuenta del capital”. A veces la sufre de derrotas terribles “que doblegan por un momento al movimiento pero los hacen realzar en su fortaleza rápidamente”/19. Dentro de esta derrota madura todavía (y se manifiesta), la transformación del modo de producción y la modificación de la forma del plusvalor. Y así también se modifica la composición de la clase obrera -como habíamos visto. Incluso el nombre “clase obrera” puede ser un error: no tanto porque la estructura antagonista de la clase obrera se haya disuelto sino porque la forma en la cual ella produce y lucha se han transformado. Proletariado, obrera, multitud: no representan figuras de la oposición, representan caras variables pero homogéneas de una composición de resistencia y de lucha en movimiento.

Hoy nosotros asistimos a una transformación radical del proceso de trabajo y del modo de producción capitalista. Un nuevo terreno de lucha, en el “nuevo modo de producción”, es propuesto a una fuerza de trabajo socializada, precarizada, global. El trabajo ha devenido cognitivo, afectivo, cooperativo. El nuevo modo de producción fue impuesto por las luchas obreras del siglo pasado -que la ha producido a través del rechazo al trabajo asalariado y la destrucción de la centralidad de la fábrica. Y, en especial, a través de dos procesos que acompañaron al desarrollo del capital cognitivo: la apropiación, de parte de los trabajadores, de una autonomía en la gestión del saber y por otro lado los procesos de cooperación productiva. Realmente aquí la lucha de clases comienza a crecer “dentro de la clase obrera” y la subjetivación de la fuerza de trabajo comienza a transformarse (para decirlo con palabras de Tronti) en potencia del “obrero” -vale decir que la subjetivación se determina a través de la incorporación de cuotas de “capital fijo” (saber y organización del trabajo), muchas veces instrumento de comando del capital sobre la fuerza de trabajo. Es en respuesta a aquella lucha que el capital ha construido su organización basada sobre la explotación de la potencia social del trabajo y sobre la extracción de lo “común”. En esta situación, se impone hoy una nueva estrategia de los movimientos en lucha por el comunismo y se deben buscar nuevas tácticas de organización. Pero, en relación con el método y la axiomática de la investigación, nosotros nos mantenemos sobre el sólido terreno propuesto por Tronti en Obreros y Capital. Si existe una diferencia entre el obrerismo y el postobrerismo, si es que existe, consiste en el Saber de y en la que se encuentra en el reconocimiento de la transformación histórica de la relación de producción y del sujeto que, allí en su interior, es explotado. Pero es algo que, al mismo tiempo, constriñe al capital a someterse a un nuevo impacto de resistencia y de lucha, de odio y de esperanza.

Para concluir, un ejemplo del método, trabajando en presencia de una nueva composición del trabajo -el trabajo cognitivo- y de las terribles condiciones de precarización y de desocupación que ello supone. El capital de buena gana dejaría morir a esta nueva generación de trabajadores si no fuese porque ello acarrea el riesgo del deterioro de esta preciosa capacidad productiva y el bloqueo de la nueva forma de acumulación social a través de la “extracción de lo común”. ¿Qué sucederá como consecuencia? La primera hipótesis, aquella de “dejarlos morir”, la experimentamos todos los días en las fronteras de Europa, de EE UU y en el Pacífico Sur -aunque, de manera aleatoria, en nuestra vida cotidiana. Pero la “racionalidad” capitalista -siempre funcional a la acumulación- impondrá otra elección. El Capital se verá obligado por lo tanto a desarrollar formas de salarización social y a reformar las instituciones del “Welfare State” en funciones de control de la dinámica de resistencia y del ejercicio de dominio. Medidas salariales (“renta básica ciudadana”, por ejemplo) y maniobras sobre el “Welfare State” pueden mezclarse y confundirse en la gestión capitalista de la transformación: lo importante es que establezcan un equilibrio, al menor costo posible, en la productividad y la vida de los trabajadores.

Pero las cosas se complican tanto de parte de los capitalistas como de parte de los trabajadores. A los primeros, les incumbe sobre todo la necesidad de reorganizar las estructuras internas para absorber y regular, y así imponer una acumulación ordenada de los nuevos flujos sociales del valor -ya que la transformación del modo de producir determina una nueva forma en el plusvalor (“social” más que “absoluto” o “relativo”) e impone al comando capitalista una nueva jerarquía -en este caso financiera. Pero para los trabajadores muchas cosas han cambiado: ya sea la “jornada laboral” que ahora no tiene medida temporal, ya sea el “lugar de trabajo” que ha devenido en algo móvil y transferible, ya sea la forma del salario que es ahora socializada y viene establecida en el punto más bajo de la relación entre salario mínimo y subsidio del “Welfare State” -bien, todo esto destruye definitivamente formas y tradiciones de lucha, configurando de esta manera un nuevo terreno social de organización y de propuesta anti-capitalista. Nos preguntamos: ¿será una victoria para la trabajadora obtener una renta básica ciudadana, articulada a las necesidades previstas en el “Welfare State”?; ¿o en realidad se está configurando simplemente una nueva organización de la fuerza de trabajo como “capital variable”? Una y otra cosa, evidentemente. Pero sobre esta base puede darse (y esto es lo que realmente interesa) un nuevo terreno de lucha y por lo tanto la posibilidad de organización para los trabajadores cognitivos, los cuales, por la misma rica cualidad de su composición de , no pueden limitar su propia iniciativa sobre el terreno de la pura resistencia. “La figura schumpeteriana del emprendedor, con su iniciativa innovadora, nos gustaría verla volcada en la iniciativa permanente de lucha de las grandes masas obreras”/20: de acuerdo -pero ahora tenemos nueva composición, técnica y política, mucho más continuamente productiva y una multitud mucho más extensa, en consecuencia una posibilidad mayor de construir pasajes constituyentes de un nuevo orden social. Estos es lo que, desde el 2011, seguimos viendo y estudiando.

¿Hay demasiado optimismo en esta fundación y en este relanzamiento del método obrerista? ¿Como si la derrota de los años 1970 (de todos aquellos que habían rechazado el retorno ‘irénico’/21 a los brazos del Partido Comunista italiano) no se hubiera asumido con la gravedad que ella tiene? ¿No existe todavía aquí la ilusión que la multitud en el trabajo, como un conjunto plural de singularidad, pueda reagruparse milagrosamente? Para decirlo en términos filosóficos: ¿no es esta una pobre hipostasis ontológica, no tanto de la recuperación del método obrerista, sino en cuanto a la redefinición de un sujeto en lucha? Estas objeciones, que son frecuentemente opuestas a los obreristas, me temo que no pueden ser cumplidas. En primer lugar porque la metodología de Obreros y Capital, que sale al encuentro de la hipótesis política de Tronti, era (y lo es) practicada de manera independiente a toda reducción a la unidad y a una trascendencia de Partido, y por lo tanto salvaguardada de toda maquinación insurreccional vanguardista, tan característica de la escatología socialista.

Tan cierto es esto que en la hipótesis obrerista se puede encontrar la experiencia teórica, historiográfica y política que ha hecho de los movimientos autónomos “desde abajo” la clave de toda reciente práctica revolucionaria, desde aquellos llamados “altermundialistas” en torno al cambio de siglo a aquellos que a partir de 2011 se han hecho endémicos. En segundo lugar porque la implantación del diagnóstico de la teoría (que algunos llaman) “postobrerista” (que es aquella que subjetiviza la singularidad multitudinaria y considera la fuerza de trabajo cognitiva implantada en lo común) -y de esa implantación, por lo tanto, es excluida toda hipótesis finalista y todo telos unitario. La intencionalidad subjetiva no puede ser confundida con el Determinismo teleológico. Si existe un “capo progresista” producto de la lucha, es aquel construido por la fuerza de los movimientos. No existe el destino sino un discontinuo que construimos y nuestra Libertad tiene siempre el signo de esa necesidad. El obrerismo de Obreros y Capital nos ha enseñado esto también.

Toni Negri, catedrático de Doctrina del Estado en la Universidad de Padua, ha sido y es un referente político e intelectual de la izquierda autónoma italiana e internacional desde los años 60 del siglo pasado. Entre su larga lista de obras publicadas destacamos la reedición en castellano de El poder constituyente (Traficantes de sueños, Madrid, 2015)

Traducción: Nicolás González Varela

Notas
1/ Tronti, Mario: Operai e capitale, Einaudi, Torino; 1966, p. 263; en español: Obreros y Capital, Akal, Madrid, 2001.
2/ Tronti, Mario: Operai e capitale, Einaudi, Torino; 1966, p. 89.
3/ Tronti, Mario: Operai e capitale, Einaudi, Torino; 1966, p. 129.
4/ Tronti, Mario, op. cit., p. 166.
5/ Tronti, Mario, op. cit., p. 210.
6/ Tronti, Mario, op. cit., p. 211.
7/ Tronti, Mario, op. cit., p. 215.
8/ Tronti, Mario, op. cit., p. 219.
9/ Tronti, Mario, op. cit., p. 224-225.
10/ Tronti, Mario, op. cit., p. 226.
11/ Tronti, Mario, op. cit., p. 147.
12/ Tronti, Mario, op. cit., p. 150.
13/ Tronti, Mario, op. cit., p. 149.
14/ Tronti, Mario, op. cit., p. 149.
15/ Tronti, Mario, op. cit., pp. 150-153.
16/ Tronti, Mario, op. cit., p. 180.
17/ Tronti, Mario, op. cit., p. 207.
18/ Tronti, Mario, op. cit., pp. 207-208.
19/ Tronti, Mario, op. cit., p. 208.
20/ Tronti, Mario, op. cit., p. 210.
21/ “Irenismo”: en la Teología cristiana se refiere a tentativas de unificar los sistemas apologéticos utilizando la razón, la reflexión y la conciliación como instrumentos. (N. del T.)