Mostrando entradas con la etiqueta Partido. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Partido. Mostrar todas las entradas

sábado, 18 de noviembre de 2023

UNA APROXIMACIÓN A LA ARQUITECTURA DE UN NUEVO ORDEN: ¡PREPARARSE PARA GOBERNAR!

  


Hace más de 160 años un caballero europeo observando la dinámica o el comportamiento del inversionista o negociante burgués escribe lo siguiente: "El capital huye de los tumultos y las riñas y es tímido por naturaleza. Esto es verdad, pero no toda la verdad. El capital tiene horror a la ausencia de ganancia o a la ganancia demasiado pequeña, como la naturaleza tiene horror al vacío. Conforme aumenta la ganancia, el capital se envalentona. Asegúresele un 10 % y acudirá adonde sea; un 20 % y se sentirá ya animado; con un 50 %, se volverá positivamente temerario; al 100 %, es capaz de saltar por encima de todas las leyes humanas; el 300 %, y no hay crimen a que no se arriesgue, aunque arrostre el patíbulo. Si el tumulto y las riñas suponen ganancia, allí estará el capital encizañándolas. Prueba: el contrabando y la trata de esclavos."[1]

Si el capitalismo de ayer prosperó en medio del fango y la sangre; el neoliberalismo salvaje del revival capitalista, de la “supervivencia del más apto”, del culto al mercado y de la zozobra de las elites occidentales que ven desvanecer su dominio mundial ¿qué no harán para sobrevivir con un 300 % de utilidad? 

Un análisis superficial de los acontecimientos en los últimos años nos lleva a preguntarnos: ¿Por qué los usanos del norte permitieron el 11 de Setiembre 2001? ¡Necesitaban un pretexto! Las elites de los EEUU viven del complejo militar e industrial. ¿Por qué el occidente colectivo promueve la destrucción de vidas e infraestructura en Siria, Ucrania y Gaza? No será porque la destrucción, robo y reconstrucción en Irak, Libia, Afganistán, Siria, Ucrania, Palestina es un pingüe negocio, en armas y reconstrucción, con un 300% de beneficio. Un negocio a la vista y nada detiene al capital. Los pueblos ponen los cadáveres y las corporaciones se llevan las ganancias. Cuánta razón tenía Marx al sentenciar: “el capital viene al mundo chorreando sangre y lodo por todos los poros, desde los pies a la cabeza.”[2] Recurrir a la mentira, a la estafa y hasta la masificación del crimen es apenas un movimiento táctico, en la estrategia del Marketing, cuando el negocio está a la vista. Pero… ¿por qué los representantes del capital están tan desesperados que tienen que montar todo un tinglado para justificar sus negocios (guerras)? ¿No será porque el agua les está llegando al cuello? 

El mundo vive signos inequívocos de una crisis que para muchos es la crisis terminal del capitalismo. Crisis irreversible cuyos síntomas más notorios se manifiestan en el terreno de la economía, la política y la sociedad.

En la economía, inflación – deflación, crisis inmobiliaria, inestabilidad bursátil, crisis energética y feroz batalla por los mercados que tienen como telón de fondo la tendencia a la caída irreversible de la ganancia. Tendencia indetenible a pesar de la inteligencia artificial y la robótica que sólo favorecerá a los monopolios. IA + Robótica = abundancia, nos dicen los alcahuetes del capital. Pero, no dicen nada que esa fórmula en manos privadas traerá miseria, desocupación y muerte para miles millones de seres humanos.

En la política, descrédito de la gastada manera de mandar mandando, crisis de la democracia representativa (desprestigio de los estafadores políticos y sus partidos – empresa) y percepción cada vez más generalizada de la democracia burguesa como un negocio más. Asimismo, la ofensiva por consolidar el dominio unipolar de occidente enfrenta la resistencia de las naciones estado que buscan relaciones equitativas, equilibradas y mutuamente beneficiosas en la economía - política. Una transición hacia el reagrupamiento de culturas o civilizaciones (el mundo islámico, la china, la rusa, la hindú, la africana y américa nativa) que se alejan del mundo unipolar marca el rumbo de la época.

En la sociedad, crisis de valores, desintegración de la familia y descomposición del viejo orden social (espiral creciente de la delincuencia en todas sus modalidades). En síntesis, vivimos una crisis civilizatoria que muestra los límites del orden capitalista. El neocolonialismo occidental vive sus estertores agónicos. El capitalismo ya no es sinónimo de progreso sino de destrucción de vidas y la morada humana (la Tierra). Esta es una crisis del modelo civilizatorio: el capitalismo ha cesado de coincidir con el proceso de humanización de la sociedad. “Capitalismo o Socialismo. Este es el proble­ma de nuestra época. No nos anticipamos a las síntesis, a las transacciones, que sólo pueden operarse en la historia.”[3] La mirada previsora del Amauta observó que las transacciones en la historia son inevitables. Hoy las observamos en los socialismos con características propias como China, Vietnam, etc. El capitalismo intenta sobrevivir; pero, el socialismo que avanza sin pausa.

         Ese es el telón de fondo sobre el que se enmarca la protesta popular. Protesta que está pasando del motín local o regional a la movilización nacional. Pero, veamos o mejor revisemos brevemente la experiencia de nuestros pueblos indoamericanos en el combate de clase.

Oportunidades perdidas. Hace 113 años los campesinos de México se levantaron armas. En aquel momento Pancho Villa y Emiliano Zapata tomaron la capital azteca y no supieron qué hacer con el poder.

En Chile, el movimiento iniciado por los llamados pingüinos (2006), continuó años más tarde en grandes jornadas que fueron apaciguadas con la zanahoria Piñera: nueva constitución. Es así que noviembre del 2019 se aterrizó en el llamado “Acuerdo por la Paz Social y la Nueva Constitución”. Elaborándose una nueva constitución, redactada bajo los parámetros y armas de los defensores del orden impuesto por Pinochet. Las fuerzas democráticas se someten a las reglas del juego e introducen una serie de enmiendas que no son del agrado del establishment. La propuesta del proyecto de nueva Constitución es rechazada en el plebiscito del 4 de septiembre de 2022. Rechazado el proyecto, se entretiene a los trabajadores chilenos con el llamado proceso constituyente 2.0

Hace veintidós años el pueblo peruano se puso de pie contra la corrupción y la política neoliberal del régimen fujimorista. Más tarde, después de los acontecimientos del 7 de diciembre 2022. Como consecuencia de un golpe congresal, urdido desde que era evidente su triunfo, se destituye a Pedro Castillo. Los hombres y mujeres del Perú profundo protestaron masivamente por el respeto al voto popular. La respuesta desde el gobierno impuesto fue brutal, más de 70 asesinados y cientos de heridos. El Perú exigía un cambio en las relaciones de poder entre la Lima virreinal y las provincias. Y ciertamente las clases dominantes nos dieron un cambio, pero con la fórmula de siempre, moco por baba. Es decir, más de lo mismo, en el 2001: el blanqueado Toledo. Y en el presente, una dictadura cívico – militar con un fantoche como lideresa.

         ¿Qué nos enseñan las experiencias de nuestros pueblos hermanos?  Que no basta luchar, que no es suficiente tener el control de la situación; que de lo que se trata es saber qué hacer con el poder; que de lo que se trata es tener claridad sobre la arquitectura de una nueva sociedad, de una nueva economía, de una nueva política; que de lo que se trata es conocer el nuevo modelo de desarrollo con el que reemplazar el viejo modelo de apropiación de la naturaleza; y que todo lo anterior tiene como precondición la consolidación de una organización desde la misma entraña del Perú diverso, es decir, un nuevo poder vecinal.  

José Carlos Mariátegui analizando el fracaso de la rebelión de Atusparia en 1885 señala que

 “cuando la revuelta aspiró a transformarse en una revolución, se sintió impotente por falta de fusiles, de programa y de doctrina.”[4]

¿Qué nos quería decir el maestro? Primero, que sin un centro de mando (doctrinalmente homogéneo) que centralice y encamine la indignación será imposible articular la acción espontánea de las fuerzas de la producción y el trabajo. Segundo, que es obligatorio un programa de lucha que sintetice las aspiraciones más sentidas del 90 % de los peruanos. Programa que unifique a los peruanos en torno a cuatro ejes trabajo, educación, salud y seguridad. Programa que convierta la indignación en fuerza material realizadora de cambios estratégicos. Tercero, Marx tempranamente en 1843, señaló: “El arma de la crítica no puede, por supuesto, reemplazar a la crítica del arma; la fuerza material debe ser derribada por la fuerza material. Sin embargo, la teoría se convierte en fuerza material tan pronto como es comprendida por las masas.”[5] Ese es precisamente el problema, lograr que las masas (los nadies) conozcan que hay otro mundo posible, distinto al orden individualista – egoísta, y que sólo ellos, los trabajadores, pueden construir. 

         En 1884 Federico Engels dice que “casi todos los socialistas” de Inglaterra “han propuesto, en diferentes épocas, la aplicación igualitaria de la teoría ricardiana.” Pero, “la susodicha aplicación de la teoría de Ricardo” es “formalmente falsa en el sentido económico, ya que representa una simple aplicación de la moral a la economía política. Según las leyes de la economía burguesa, la mayor parte del producto no pertenece a los obreros que lo han creado. Cuando decimos que es injusto, que no debe ocurrir, esto nada tiene de común con la economía política. No decimos sino que, este hecho económico, se halla en contradicción con nuestro sentido moral. Por eso Marx no basó jamás sus reivindicaciones comunistas en argumentos de esta especie, sino en el desmoronamiento inevitable del modo capitalista de producción, desmoronamiento que adquiere cada día ante nuestros ojos proporciones más vastas.”[6]

En esas páginas los maestros de la clase obrera marcan una línea divisoria entre socialismo burgués y socialismo proletario. El primero clama por “justicia social”. El segundo promueve el Cambio Social. El campesinado, la pequeña y mediana burguesía sólo llegan a enarbolar la bandera de la “justicia social”, el reparto equitativo de la tierra, el salario justo y el bienestar social, son los adalides del “justicialismo” y el “igualitarismo”. El socialismo burgués es justicialista. Pero, sólo el socialismo proletario puede enarbolar la bandera del Cambio Social. Las razones de la sustitución de un sistema de explotación no residen en que sea un orden justo o injusto, moral o inmoral, sino en que el viejo orden ha dejado de coincidir con el progreso, como anotara José Carlos Mariátegui.

         En nuestro tiempo, artículo de primera necesidad es el trabajo; pero, éste brilla por su ausencia. Poblador económicamente activo sin trabajo es mercancía sin valor, es simplemente baladí, despreciable, un cero a la izquierda.  Cada día es más difícil conseguir un puesto de trabajo. El Perú crece económicamente, dicen los mercenarios del “buen gobierno”; pero, nuestro país sigue hundiéndose en la descomposición política, moral, social y económica. Un Estado que no garantiza el trabajo, la vida, la educación y la salud de sus representados, es decir, del pueblo peruano, no merece seguir existiendo. Por eso, los trabajadores del campo y la ciudad expresan su malestar, su descontento, su insatisfacción en las permanentes huelgas, paros y movimientos por sus reivindicaciones básicas.

El Perú del siglo XXI busca una solución, pero no cualquier solución. Nuestro pueblo busca una salida, una solución de continuidad y ruptura, que unifique nuestras tradiciones, nuestras experiencias de vida. Peruanicemos al Perú, bandera que brota espontánea desde las entrañas de nuestro Perú al pie del orbe, no es una simple frase, condensa tres etapas de la historia de nuestra formación social. El autor de los 7 Ensayos en su célebre respuesta a Luis Alberto Sánchez sintetiza su posición al respecto: “No es mi ideal el Perú colonial ni el Perú incaico sino un Perú integral.”[7] Esta es la más lúcida solución de continuidad y ruptura que unifica las tres tradiciones (incaica, española y republicana) en una, la tradición socialista. 

La experiencia de cada una de nuestras regiones en la solución de los problemas de la unidad del pueblo es grande como grande es el espíritu de lucha que las anima. Sistematizarlas es una tarea pendiente. Por eso, es necesidad perentoria iniciar el intercambio de experiencias en la organización de masas del campo y la ciudad, en los sistemas de dirección y ejecución, mando y obediencia. Rescatar la gran tradición de nuestros antiguos en el arte de MANDAR OBEDECIENDO.

Preparar la organización no solo en lo orgánico sino, sobre todo, en lo doctrinal. El programa de unidad es la táctica que dicta la estrategia. La estrategia es lo doctrinal, la prospectiva estratégica. El estado mayor revolucionario debe adelantarse, a los posibles escenarios de confrontación, teniendo presente que la principal batalla con el adversario se libra en los cerebros de nuestros humanos hermanos. Sin dejar de tener presente que los seres humanos (individualmente) proponemos; pero, el movimiento real que va muchas veces más allá de nuestros deseos lo contradice o confirma.

Es hora que la clase trabajadora tome en sus manos la administración de la cosa pública. ¡Puede alguien dudarlo! Para cumplir ese objetivo tenemos el deber de prepararnos, material e intelectualmente. Tenemos el deber de estudiar y debatir cuál ha de ser la arquitectura de un nuevo poder. Tenemos la obligación de hallar formas que conjuguen bajo costo, eficiencia y rapidez en la administración y solución de los problemas de la cosa pública. Lino Urquieta en 1903 levantó la bandera de la “completa autonomía provincial en el orden económico y administrativo, tendiendo a preparar el terreno para una federación de municipios.”[8] Al ilustre luchador social moqueguano no le falta razón en su premonitorio planteamiento. Planteamiento que abre paso, en la búsqueda de soluciones, hacia la tesis de un nuevo municipio como célula base de un Nuevo Estado. Es decir, un Nuevo Estado, tipo Comuna, donde el dinero y la fanfarria electoral no cumplan ninguna función. De las elecciones en barrios y centros de producción, surgirán los delegados a los gobiernos municipales y, de éstos, los delegados para las asambleas nacionales. Así sólo los que luchen los 365 días del año tendrán el deber y el derecho de representar a su pueblo. ¡He ahí una tarea digna de las generaciones actuales y venideras!

Vivimos tiempos decisivos. El factor trabajo tiene que someter al capital porque de ello depende la supervivencia de la humanidad. La inteligencia artificial + la robótica se convertirá en la espada que extermine a los humanos, si los trabajadores no toman el control de sus vidas y la administración del poder global.

IA + robótica + propiedad social = socialismo

La defensa del derecho a la vida es prioritaria frente a la política de destrucción y muerte que impone la agonía de occidente colectivo. Podemos decir, a manera de síntesis, que el socialismo no es un problema a resolver, ni un misterio que vivir sino una realidad a crear. Socialismo es sinónimo de vida, de humanidad.

¡Un nuevo orden está en la orden del día!

¡Proletarios de todos los países, uníos!

 

Tacnacomunitaria

Tacna, 18 noviembre 2023

edboma3@gmail.com



[1] P. J. Dunning, TradeUnions, 1860, p. 36.  Nota a pie de página en El Capital Tomo I, Pág. 646-647

[2] K. Marx, El Capital Tomo I, Fondo de cultura económica, México, 1971, Pág. 646

[3] José Carlos Mariátegui, Aniversario y Balance de la revista Amauta, setiembre 1928

[4] José Carlos Mariátegui, Prefacio a El Amauta Atusparia, Ideología y Política

[5] Karl Marx, Introducción a la Crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel (1843)

[6] F. Engels, Prefacio a la primera edición alemana de Miseria de la filosofía de K. Marx, Editorial Progreso, Moscú, Pág. 7 – 9; ver también Cap. I, Pág. 59, la versión electrónica en https://www.marxists.org/espanol/m-e/1847/miseria/index.htm

[7] JCM, Tomo 13, Edición 1979, Pág. 222

[8] Amauta Nº5, Enero 1927

martes, 18 de enero de 2022

EL PARTIDO DE MARIÁTEGUI XV: CONCEPTOS BÁSICOS PARA ENTENDER EL PARTIDO DE MASAS E IDEAS



POR QUÉ POLÍTICA

Nuestro país entra en un nuevo proceso elec­toral. Por eso, es menester precisar conceptos que se agitan en las campañas. Entre ellos están te­mas como política, partido, frente. El término más usado y menos comprendido es Política. Comen­cemos por él.

I.    POLÍTICA

Enciclopedias, diccionarios, manuales, definen la política como “conjunto de las actividades con que se gobierna un Estado", como “arte, doctrina u opinión referente al gobierno de los Estados" Es decir, política es “el arte de gobernar" Sin embar­go, esta definición que circula profusamente no trata la esencia de la cuestión, se queda en la su­perficie del fenómeno.

Ya en 1816 el socialista de la utopía, conde de Saint Simón (1760-1825) declaraba que la políti­ca había de ser la ciencia del desarrollo de la pro­ducción. base de la sociedad y única solución al problema social.

En 1878 Engels rescata este legado y anota que "Saint Simón declara que la política es la ciencia de la producción y predice ya la total absorción de la política por la economía” y que "proclama ya cla­ramente la transformación del gobierno político sobre los hombres en la administración sobre las cosas y la dirección de los procesos de producción, es decir, expresa la idea de la abolición del Estado, que tanto estrépito viene levantando últimamente” Y que se sigue levantando hasta el presente. De ahí se infiere que política es expresión concentrada de la economía. Ningún gobierno queda al margen del proceso económico del país, sea para avanzar sea para frenar su desarrollo.

En nuestro país, bien se sabe desde 1928 con JCM y sus 7 Ensayos que "El capitalista, o me­jor el propietario criollo, tiene el concepto de la renta antes que el de la producción” Esto es aho­ra más evidente que nunca. El concepto de la ren­ta prima en la desagrarización, desindustrializa­ción, informalización del país. Lo poco que se lo­gró tras siglo y medio de independencia ha des­aparecido en los últimos treinta años de dominio neoliberal. La corrupción, despilfarro, burocratis­mo son la superficie del carácter rentista, parasi­tario del capitalismo marginal, simple apéndice del capitalismo transnacional. No hay privatiza­ción (transnacionalización) que no deje al privatizador de turno su 10% de ganancia rentista (coi­ma) Por eso las privatizaciones, impuestas por el FMI-BM, son ejecutadas por el testaferro de turno a precios de subasta, a precios de remate. Y con la exigencia de este binomio de oro de que lo poco que queda en el país por cada transacción "limpia y transparente” no puede ser invertido en pro­gramas de desarrollo: se volatiliza en “programas de asistencia social" muy gratos al carácter ren­tista del capitalismo marginal.

De ahí que hay dos tipos de política. La vieja política ha llevado al país a la bancarrota. Sus re­presentantes sólo persiguen la leva hereditaria o la sustitución de los viejos ricos ya en decadencia por los nuevos ricos en ascenso. Este es el gran novelón que ofrece a diario la política criolla en periódicos, pasquines, revistas, radio, televisión. Estos políticos, ningún programa o plan de desa­rrollo ofrecen al elector. Sólo la "lucha contra la corrupción hasta sus últimas consecuencias". Se sustituye la contrastación de programas por la agitación con imágenes de figurines y figurones.

La nueva política, parte de la raíz del proble­ma del país. (La clase dominante apenas aspira a ser apéndice del dominio transnacional, y lleva al país a ser un estado más “de la Unión", de EUA.) Por eso, a la vez que rechaza el ALCA-TLC, la nue­va política, política creadora, propone un progra­ma o plan de desarrollo que sustituya la exporta­ción de materias primas por la exportación de productos elaborados con valor agregado, sean agrícolas o industriales. Propugna la moderniza­ción del agro como proceso industrial y el desarro­llo de la industria pesada, base del crecimiento económico. Y la integración sudamericana. Es de­cir, propugna el crecimiento económico, desarro­llo social, progreso humano del pueblo peruano.

Así, hay dos políticas, "política" como concep­to de la renta (política criolla), política como con­cepto de la producción (política creadora) Política para "distribuir" lo producido. Política para libe­rar las fuerzas productivas, dirigir la produc­ción y sobre esta base distribuir lo producido.

 

II.     PARTIDO

 

El partido político surge con la revolución li­beral, primeramente como "logias" como cuando la independencia de América. Es el embrión del nuevo Estado. Y como todo embrión, al surgir el nuevo Estado desaparece (o debe desaparecer) ante la nueva forma superior de organización de clase. Pero como esta nueva forma superior de organización se expresa en república de democra­cia representativa, los partidos del sistema pasan a expresar facciones de clase. Son partidos tradi­cionales el Partido Republicano y el Partido De­mócrata (en EUA), el Partido Conservador y el Partido Liberal (o nombres equivalentes en otros países). Cuando uno está en el gobierno, otro está en la oposición. Este binomio de oro es el mejor sostén de la democracia representativa.

Estos partidos se organizan en "comités", es decir de arriba abajo, y actúan como "bancadas" en el Parlamento o como "ministerios" en el Eje­cutivo. (Con la crisis de la democracia representativa surgió temporalmente el Partido Fascista, organizado como “milicias" para combatir a los tra­bajadores en proceso de crecimiento organizativo)

El siglo pasado vio surgir un tercer partido, el Partido Laborista, que necesariamente tiene que propugnar una política de reforma social cuando está en la oposición. Si llega al gobierno, sea en el Parlamento o en la Presidencia tiene que adecuar­se a la política de la clase dominante. Y es que ob­jetivamente no hay "tercera vía" dentro del siste­ma. Toda "tercera vía" obedece necesariamente a una segunda (conservadora o liberal). Es clásica la evo­lución (o involución) del Partido Laborista inglés. El tipo de Partido Laborista (socialista liberal, socia­lista democrático, de los trabajadores) se organiza en secciones (sindical, campesina, femenina, juve­nil, otras). Con la caducidad del “Estado de bienes­tar" caducó también este tercer partido como tal.

El Partido Proletario es un partido de nuevo tipo. Es una "facción orgánica y doctrinariamente homogénea”, tiene "relaciones estrictamente dis­ciplinadas”. No propugna la reforma del Estado de la clase dominante sino su sustitución por un Estado de nuevo tipo según su programa máximo (prospectivo), la instauración-gobierno-extinción del Poder. Como embrión de un nuevo Estado, cuya base es la comuna o municipio de nuevo tipo, se organiza también de abajo arriba, en células se­gún los criterios de producción o residencia.

Este Partido Proletario tiene su propia planeación, planeación funcional que une en un todo orgánico los conceptos de Partido (selecto, com­pacto, eficaz) - Frente (masivo, variado, combati­vo) - Programa Reivindicativo (mínimo) - Progra­ma Prospectivo (máximo), y de acuerdo a las nor­mas de eficiencia (respecto a los recursos), fun­cionalidad (respecto a las variaciones de la situa­ción) y eficacia (respecto a las demandas).

Este Partido Proletario no surge de "un conci­liábulo académico” sino de la "criba de la vanguar­dia” que expresa la elevación del interés de clase al nivel de la conciencia de clase, pues hay obre­ros que no son proletarios y hay proletarios que no son obreros. Necesariamente realiza cuatro ti­pos de trabajo: legal (si hay legalidad propicia), abierto (en las luchas de masas), clandestino (en su trabajo propio), secreto (reservado incluso ante la militancia general)

La experiencia histórica enseña que el Partido Proletario no propone ni elige candidatos. El trabajo electoral, según la teoría del "termómetro del sufragio" se reserva ahora para el Frente Unido, que enarbola el programa mínimo (reivindicativo).

Así, hay dos tipos de partidos políticos: los que actúan para reformar el sistema y los que actúan para cambiar el sistema. Y si el que domina en nuestro país es un sistema caduco inepto y co­rrupto, ¿qué reforma podrá apuntalarlo?

Ahora el Socialismo Peruano, el movimiento proletario peruano tiene la tarea de precisar cómo entender el gran partido de masas y de ideas de toda nuestra historia republicana. Poco a poco, el debate se está centrando en este punto cardinal.

 

III.     FRENTE

 

En 1917 triunfó el Partido Proletario bolchevi­que y devino partido oficial con su propia legali­dad. (Antes había funcionado como partido ilegal durante la autocracia zarista). Cuando los parti­dos proletarios de otros países (que actuaban den­tro de la legalidad burguesa) siguieron los méto­dos organizativos del partido oficial, de inmedia­to surgieron las dificultades y en poco tiempo que­daron marginados y hasta aislados de las masas. Esto viene ocurriendo hasta el presente.

Ante tal crisis se impuso la Nueva Política Económica NEP para el primer Estado socialista, y la táctica de Frente Unido para los partidos pro­letarios. El Partido Proletario asumía el programa máximo y el Frente Unido asumía el programa mínimo. Este programa concluye cuando se ins­taura el nuevo Estado, cuando se sustituye la re­pública de democracia representativa (de arriba abajo) por la república de democracia participativa (de abajo arriba).

Desde su regreso al país (18.03.23) JCM de­claró ser “partidario antes que nada del frente único proletario". Pero el Partido Socialista del Perú PSP fue constituido (07.10.28) sobre la base de la "célula secreta de los 7”. Es que programa reivindicativo y programa prospectivo van juntos. Se­parado, uno conduce al reformismo, otro condu­ce al sectarismo. Y el cómo unir ambos programas en las acciones concretas es la gran "contradicción dialéctica", como puntualizaba Rosa Luxemburgo. Esto viene ocurriendo hasta el presente.

El Frente Unido une a todas las capas unibles. Su programa es reivindicativo. En un país desagrarizado, desindustrializado, informalizado, la primera reivindicación objetiva necesariamente es la del trabajo emancipado. El ser humano llegó a ser tal por el trabajo. Sin trabajo, es menos que un animal. Por eso es la primera reivindicación general pues compromete a todo el pueblo traba­jador. que sufre ominoso desempleo en un país donde todo está por hacer.

La segunda reivindicación es la de la vida dig­na, tanto material como espiritual. Sin salud ni educación, el ser humano es menos que un ani­mal. Por eso es la segunda reivindicación general pues compromete a todo el pueblo trabajador que carece de lo más elemental para su vida digna.

La tercera reivindicación es la del cambio so­cial. La bancarrota del país es responsabilidad ineludible de la clase dominante, caduca inepta y corrupta como su sistema mismo. Debe ser susti­tuida mediante el cambio social. Por eso es la ter­cera reivindicación general pues compromete no sólo al pueblo trabajador sino al país entero. Y aquí radica la ligazón entre ambos programas. Separados, para nada sirven.

El Frente Unido participa en elecciones de aba­jo arriba, y por eso prioriza la elección municipal, que es trabajo de hormiga, de 25 horas al día, día a día. Desde los años 80 hay elecciones municipa­les, pero se las sigue menospreciando porque se confunde distrito con municipio, y porque no se parte del análisis concreto de la realidad concreta sino del discurso teorético dogmatizado. Traba­jar por el municipio es trabajar por el Estado de nuevo tipo. Tomar el Parlamento como centro es seguir la rutina oficial.

Participar sólo en elecciones parlamentarias o presidenciales, de hecho, es caer en el juego elec­toral oficial, que urge dar el voto al promesero de turno porque "no hay tiempo para debates”. Por eso, aquí es donde se pone a prueba la teoría de la participación electoral: el día que el termómetro del sufragio universal marque para los trabajado­res el punto de ebullición, ellos sabrán, lo mismo que el sistema dominante, qué es lo que hay que hacer. Hasta ahora la clase dominante sabe muy bien qué es lo que hay que hacer. Pero el pueblo trabajador, ¿lo sabe?

Se comprende bien, entonces, que hay dos tipos de Frente: Frente (Alianza, Movimiento, Partido o como se le quiera llamar) con plan de reformas vo­luminoso para apuntalar el sistema, y Frente (o como se le quiera llamar, pues es nombre genérico) con programa reivindicativo que señala directamente las necesidades inmediatas del pueblo trabajador. El primer Frente es cortoplacista, dura lo que dura el proceso electoral. El segundo Frente acumula la experiencia del pueblo trabajador, aprende de los errores, se fortalece con los aciertos. Es trabajo sistemático a largo plazo, hasta que el termómetro del sufragio marque el punto de ebullición.

 

IV.       Corolario

 

Política, Partido, Frente son pues, tres con­ceptos íntimamente ligados entre sí. Lo que mal comienza mal acaba, dice el pueblo trabajador. Si se parte de un concepto erróneo, limitado, super­ficial, la actividad se estanca y no se llega a buen puerto, a la meta deseada. Si se propugna el Cam­bio Social, ante todo y sobre todo hay que tener un concepto claro y definido de lo que es activi­dad política, de lo que es política.

JCM, contrastó estos dos conceptos y señaló que "La política es hoy la única grande actividad creadora. Es la realización de un inmenso ideal humano. La política se ennoblece, se dignifica, se eleva cuando es revolucionaria” (23.05.25). Asu­mió la política como ciencia de la producción, la rechazó como actividad parasitaria y rentista, politiquería que conoció desde temprano como cro­nista parlamentario y por eso declaró que "Desde 1918 nauseado de política criolla, me orienté re­sueltamente hacia el socialismo". (10.01.27)

Rescatar el Socialismo Peruano ha sido la base para reivindicar la Política Peruana, socia­lismo y política del proletariado peruano. Duran­te ocho décadas fuimos de tumbo en tumbo. Pero el ejemplar trabajo generacional ha logrado res­catar y sistematizar la Creación Heroica. Así se ha podido reiniciar la preparación de la organi­zación.

Ocho décadas, jamás lo olvide el lector y me­nos el activista actual.

 

 Ramón García R.

Fuente: García Rodríguez, Ramón. Socialismo Peruano Hoy, Minilibro publicado en agosto 2010, Lima – Perú.

Para bajar el libro ir a: http://centenariodelsocialismoperuano.blogspot.com

También puede usted hacer doble clic o copiar el siguiente enlace: https://drive.google.com/file/d/0B3Zq5TQHGvy6NGVTWnBZcUhGWjQ/view?resourcekey=0-HYoN0_v1etvR-YNuD22guQ

 

http://centenariodelsocialismoperuano.blogspot.com/2021/12/por-que-politica-politica-partido-frente.html

 

lunes, 22 de noviembre de 2021

LA ESTRATEGIA SOCIALISTA Y EL PARTIDO

 


Gilbert Achcar

17 noviembre 2021

Gracias por invitarme a intervenir en esta reunión. Es una gran oportunidad para mí de discutir estos temas con camaradas de África, el continente donde nací y crecí como nativo de Senegal.

El tema definido por los organizadores es bastante amplio: “El marxismo, la estrategia socialista y el partido”. Estos temas están todos en singular, aunque abarcan una pluralidad de casos y una gran variedad de situaciones. Hay muchos marxismos, como todo el mundo sabe, cada marca cree que es la única real y auténtica. Y ciertamente hay muchas estrategias socialistas posibles, ya que las estrategias se elaboran normalmente en función de las circunstancias concretas de cada país. No puede haber una estrategia socialista global que sea igual en todas partes y en cualquier lugar. Del mismo modo, yo diría que no hay una única concepción del partido que sea válida para todos los tiempos y países. Las cuestiones estratégicas y organizativas deben estar relacionadas con las circunstancias locales. De lo contrario, se obtiene lo que León Trotsky llamó acertadamente “internacionalismo burocráticamente abstracto”, y eso siempre resulta muy estéril. Tengamos esto en cuenta.

Discutiré algunas concepciones que se desarrollaron en el curso de la historia del marxismo ya que nuestra discusión se adhiere a un marco marxista. Y trataré de llegar a algunas conclusiones extrayendo lecciones de la ya larga experiencia del marxismo.

Marx y Engels, el Manifiesto Comunista y la Primera Internacional

Podemos fechar el nacimiento del marxismo como orientación política combinada teórica y práctica en el Manifiesto del Partido Comunista que salió a la luz en 1848. Es una larga historia, que nos obliga a reflexionar sobre el enorme cambio de condiciones entre nuestro actual siglo XXI y la época en que nació el marxismo. Sin embargo, Marx y Engels mostraron mucha flexibilidad desde el principio, a partir de este documento fundacional del marxismo como movimiento político. La sección sobre la relación de los comunistas con los otros partidos de la clase obrera es bien conocida, y bastante importante e interesante porque enmarca el tipo de pensamiento político relacionado con la emergente teoría marxista, que todavía estaba en su fase inicial. Es una expresión temprana de la perspectiva marxista y, como tal, no es perfecta, sin duda. Pero es un documento histórico muy importante para trazar una nueva perspectiva política global. Concebido como un manifiesto político, está muy relacionado con la acción.

En él, leemos esas famosas líneas: “¿En qué relación se encuentran los comunistas con el conjunto de los proletarios? Los comunistas no forman un partido separado y opuesto a los demás partidos de la clase obrera”. Esto, por supuesto, no quiere decir que los comunistas no formen un partido propio, ya que el propio título del documento es Manifiesto del Partido Comunista. De hecho, una traducción más exacta del original alemán habría sido: “Los comunistas no son un partido especial en comparación con los demás partidos de la clase obrera”. (“Die Kommunisten sind keine besondere Partei gegenüber den andern Arbeiterparteien”). Lo que en realidad se subraya aquí es que el Partido Comunista no es diferente de los demás partidos de la clase obrera. En cuanto a lo que se entiende por “otros partidos de la clase obrera”, esto se aclara unas líneas más adelante, pero la idea de que los comunistas no se oponen a ellos se explica justo después.

“Ellos”, es decir, los comunistas, “no tienen intereses separados y aparte de los del proletariado en su conjunto”. En otras palabras, los comunistas no forman una secta peculiar con su propio programa. Luchan por los intereses de toda la clase proletaria. Son parte integrante del proletariado y luchan por sus intereses de clase, no por intereses propios. Esta es una cuestión muy importante, porque sabemos por la historia que muchos partidos de la clase obrera llegaron a desprenderse, como bloques de intereses particulares, del conjunto de la clase. La historia está llena de esos casos.

Así, los comunistas no tienen ningún interés separado y aparte de los del proletariado en su conjunto. No tienen principios sectarios propios, que se separen de las aspiraciones de la clase. ¿Qué es entonces lo que distingue a los comunistas? “Se distinguen de los demás partidos de la clase obrera sólo por esto”: dos puntos siguen:

1.      La perspectiva internacionalista o la comprensión de que, “en las luchas nacionales de los proletarios de los diferentes países, [los comunistas] señalan y llevan al frente los intereses comunes de todo el proletariado”. Esta idea del proletariado como clase global con intereses independientes de la nacionalidad (“von der Nationalität unabhängigen Interessen”) es un rasgo distintivo de los comunistas en el Manifiesto.

2.     La búsqueda del objetivo final de la lucha de la clase obrera, que es la transformación de la sociedad y la abolición del capitalismo y de la división de clases. En las distintas etapas de la lucha contra la burguesía, los comunistas representan esta perspectiva a largo plazo. Siempre tienen presente el objetivo final, y nunca lo pierden de vista empantanándose en luchas seccionales o reivindicaciones parciales.

Estos son los dos rasgos distintivos de los comunistas como sección de la clase obrera, como grupo o partido dentro de la clase obrera, que lucha por los intereses de toda la clase. Esto tiene implicaciones tanto prácticas como teóricas. En el plano práctico, los comunistas constituyen “la sección más avanzada y decidida de los partidos de la clase obrera de todos los países”. Son los más decididos en la práctica política, ya que siempre impulsan el movimiento hacia adelante, hacia una mayor radicalización. En el plano teórico, gracias a su perspectiva analítica, los comunistas tienen una comprensión amplia y completa de las distintas luchas. Ese es al menos el papel que desean desempeñar.

“El objetivo inmediato de los comunistas es el mismo que el de todos los demás partidos proletarios”. Es importante este renovado énfasis en lo común, la idea de que nosotros, los comunistas -y aquí escriben Marx y Engels- no somos más que uno de los partidos proletarios, no el único partido proletario. La pretensión sectaria de constituir el único partido de la clase obrera y de que ningún otro partido representa a la clase no es, en definitiva, la concepción que aquí se defiende.

¿Y cuál es el objetivo inmediato de los comunistas que se comparte con los demás partidos proletarios? Es una buena indicación de lo que Marx y Engels querían decir con otros partidos proletarios. Ese objetivo es “la formación del proletariado como clase, el derrocamiento de la supremacía burguesa y la conquista del poder político por el proletariado”. Estos objetivos definen lo que los dos autores entendían por partidos proletarios. Y arrojan luz sobre la frase inicial que dice que “los comunistas no forman un partido separado y opuesto a los demás partidos de la clase obrera” (o un partido especial en comparación con los demás). Por partidos de la clase obrera, Marx y Engels entendían todos los partidos que luchan por estos objetivos: la formación política de la clase, el derrocamiento del dominio burgués y la conquista del poder político por el proletariado.

Más allá de esto, lo que la biografía política y los escritos de Marx y Engels muestran claramente es que no tenían una teoría general del partido; no estaban interesados en elaborar tal teoría general. Creo que esto se debe al punto del que partí: que el partido es una herramienta para la lucha de clases, para la lucha revolucionaria, y esta herramienta debe adaptarse a las diferentes circunstancias. No puede haber una concepción general del partido, válida para todos los tiempos y países. El partido de clase no es una secta religiosa con un mismo modelo en todo el mundo. Es un instrumento de acción que debe adaptarse a las circunstancias concretas de cada tiempo y país.

Esta adaptación a las circunstancias reales estuvo constantemente en juego en la historia política de Marx y Engels, desde su temprano compromiso político con un grupo que rápidamente encontraron demasiado sectario -un grupo que estaba más cerca de la perspectiva blanquista- hasta la visión más elaborada que expresaron en 1850 a la luz de la ola revolucionaria que Europa había presenciado en 1848. En un famoso texto centrado en Alemania, el Discurso del Comité Central a la Liga Comunista, los dos amigos describieron a los comunistas aplicando exactamente el planteamiento que habían esbozado en el Manifiesto Comunista, esforzándose por impulsar el proceso revolucionario y abogando por la organización del proletariado al margen de otras clases.

Para ello, llamaban a la formación de clubes de trabajadores. Tenían en mente el precedente de la Revolución Francesa, en la que clubes políticos como los jacobinos fueron actores clave. Abogaron por lo mismo para Alemania en 1850, pero esta vez como clubes proletarios (formando lo que hoy llamaríamos un partido de masas) cuya táctica debería consistir en superar constantemente a los demócratas burgueses o pequeñoburgueses. El partido proletario debe hacerlo para impulsar el proceso revolucionario, convirtiéndolo en un proceso continuo: «revolución permanente» es el término que utilizaron en ese famoso documento.

Marx y Engels pasaron después varios años sin participar formalmente en una organización política, hasta la fundación de la Primera Internacional en 1864. El papel que veían para ellos en ese momento era actuar directamente a nivel internacional, en lugar de involucrarse en una organización nacional. La Primera Internacional aglutinó un amplio abanico de corrientes. Era cualquier cosa menos monolítica, incluyendo lo que hoy llamaríamos reformistas de izquierdas, junto con anarquistas y, por supuesto, marxistas. Los anarquistas estaban formados principalmente por dos corrientes diferentes: los seguidores del francés Proudhon y los del ruso Bakunin. Así, diversas tendencias y organizaciones obreras se unieron a la Primera Internacional, cuyo nombre oficial era Asociación Internacional de Trabajadores, en el lenguaje arcaico de la época.

La Primera Internacional culminó con la Comuna de París. Este año hemos celebrado el 150 aniversario de la Comuna de París, el levantamiento de las masas obreras, trabajadores y pequeña burguesía parisina, que comenzó el 18 de marzo de 1871 y terminó con una sangrienta represión después de unos dos meses y medio. Este trágico desenlace puso fin a la Internacional tras un fuerte aumento de las luchas internas entre facciones, como ocurre muy a menudo en épocas de retroceso y reflujo.

La Segunda Internacional, la socialdemocracia, Lenin y Luxemburgo

La siguiente etapa fue el surgimiento de la socialdemocracia alemana, que Marx y Engels siguieron muy de cerca desde Inglaterra. Uno de los textos famosos de Marx es la Crítica del Programa de Gotha, que es un comentario sobre el proyecto de programa del Partido Socialista Obrero de Alemania antes de su convención fundacional en 1875.

Los integrantes de la Segunda Internacional eran diferentes de los grupos implicados en la Primera, y comprendía una gama más estrecha de puntos de vista políticos. Aunque estaba bastante abierta al debate, los anarquistas no eran bienvenidos en sus filas. La Segunda Internacional se basaba en partidos obreros de masas que participaban en toda la gama de formas de lucha de clases, desde la sindical hasta la electoral, luchas que se habían vuelto cada vez más posibles de librar legalmente en la mayoría de los países europeos a finales del siglo XIX.

Estos partidos obreros implicados en la lucha de masas surgieron con el telón de fondo de una crítica al blanquismo, que es la idea de que un pequeño grupo de revolucionarios ilustrados puede tomar el poder por la fuerza, mediante un golpe de estado, y reeducar a las masas después de tomar el poder. Esta perspectiva, que surgió de una de las corrientes radicales que se desarrollaron a partir de la Revolución Francesa, había sido fuertemente criticada por Marx y Engels como ilusoria y contrapuesta a su concepción profundamente democrática del cambio revolucionario.

Desde la época de Marx y Engels, el marxismo ha pasado por varios avatares, como sabemos, pero el más dominante en el siglo XX fue indiscutiblemente el modelo ruso. Más concretamente, fue la variante del marxismo desarrollada por la facción bolchevique del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia, una sección de la Segunda Internacional. Tras la escisión del partido en 1912, ambas alas -bolchevique y menchevique- siguieron afiliadas a la Internacional, que pronto entró en crisis con el inicio de la Primera Guerra Mundial en 1914.

Las condiciones rusas, por supuesto, eran bastante excepcionales comparadas con las de Francia o Alemania, o con las de la mayoría de los demás países donde había grandes secciones de la Internacional. Rusia estaba gobernada por el zarismo, un estado muy represivo que no permitía ninguna libertad política, excepto durante breves períodos. Los revolucionarios rusos tuvieron que trabajar en la clandestinidad la mayor parte del tiempo, escondiéndose de la policía política.

Es a la luz de estas condiciones tan específicas que hay que considerar el nacimiento del leninismo como teoría del partido. Nació a principios del siglo pasado, siendo su primer documento importante el libro de Lenin ¿Qué hacer? (1902). Este libro ofrecía una concepción de la organización y la lucha que era en gran medida fruto de las circunstancias que he descrito: el partido clandestino de revolucionarios profesionales que actuaban de forma conspirativa, que era la única forma en que los revolucionarios podían actuar en las circunstancias de aquella época en Rusia.

Y, sin embargo, cuando examinamos la evolución del pensamiento de Lenin al respecto, vemos que después de la Revolución de 1905, modificó su perspectiva hacia una mejor valoración del potencial de radicalización espontánea de las masas obreras. Mientras que en un principio había insistido en que la inclinación espontánea de los trabajadores estaba obligada a permanecer dentro de los límites de una perspectiva sindicalista, después de 1905 se dio cuenta de que las masas obreras podían, en algunos momentos, ser más revolucionarias que cualquier otra organización, ¡incluida la suya!

Sin embargo, esto no resolvió la disputa que se desarrolló antes de 1905 entre mencheviques y bolcheviques sobre la concepción del partido: ¿Cuántos miembros debe tener el partido? ¿Qué condiciones debe haber para la afiliación? ¿Deberían todos los miembros del partido estar plenamente comprometidos con la actividad política diaria, o debería la afiliación incluir a los simpatizantes que pagan cuotas, independientemente de su nivel de participación activa? Este debate se intensificó en 1903. Pero cuando el partido se dividió años más tarde, en 1912, la divergencia más seria fue política -la actitud hacia la burguesía liberal- más que organizativa. Esto explica la actitud de alguien como Trotsky, que era muy crítico con la concepción del partido expresada en ¿Qué hacer?, aunque seguía estando políticamente más cerca de los bolcheviques. De ahí su postura conciliadora hacia ambas alas después de 1912, ya que estaba de acuerdo y en desacuerdo con cada una de ellas en diferentes cuestiones.

Durante ese mismo periodo, Rosa Luxemburg fue en realidad más crítica con el Partido Socialdemócrata Alemán que Lenin. Mientras que Lenin consideraba al partido como un modelo y una inspiración clave, Rosa Luxemburg era la crítica de izquierda más prominente de la dirección del partido. Ella también criticaba la concepción de Lenin sobre el partido, porque creía fundamentalmente en el potencial revolucionario de las masas obreras y en su capacidad para desbancar a la dirección del partido socialdemócrata en tiempos revolucionarios.

Esta breve, y sólo parcial, visión de conjunto basta para mostrar que existía una compleja variedad de concepciones del partido obrero y de su papel. Este hecho hace que sea aún más importante considerar las diferentes condiciones de los distintos países en los que se encontraban los portadores de estos puntos de vista. El partido bolchevique se convirtió en un gran partido de masas en 1917. En el curso de la radicalización y el proceso revolucionario de ese año, el partido se ganó a una gran parte de la clase obrera rusa y a otros componentes de la base social de la Revolución Rusa: soldados, campesinos y otros. Para absorber la radicalización de masas en curso, el partido abrió ampliamente sus filas. Vemos aquí en acción la flexibilidad de la forma organizativa que es necesaria para adaptarse a las circunstancias cambiantes.

La fórmula centralismo democrático, que suele atribuirse al leninismo, no procede en realidad de Lenin. Resume el funcionamiento organizativo de la socialdemocracia alemana, indicando la combinación de democracia en el debate y centralismo en la acción. No pretendía impedir el debate. Al contrario, se hacía hincapié en la mitad democrática de la expresión. Incluso en las duras condiciones de la Rusia zarista, siempre hubo muchas discusiones, disputas abiertas y creación de facciones organizativas dentro de cada ala del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia. Las discusiones salieron a la luz dentro de la propia Rusia cuando las condiciones cambiaron en 1917.

Sólo más tarde -en 1921, en el contexto de las difíciles condiciones resultantes de la guerra civil- se prohibieron las facciones en el Partido Comunista (heredero del ala bolchevique del Partido Obrero Socialdemócrata), una decisión que resultó ser un error fatal. No resolvió ningún problema, sino que fue utilizada por una facción del partido, un grupo dentro de su dirección, para hacerse con el control total del partido y deshacerse de cualquier oposición. Ese fue el comienzo de la mutación estalinista.

En 1924, Stalin redefinió el leninismo y lo consagró en un conjunto de dogmas. Esto incluía una concepción muy centralista y antidemocrática del partido: el culto al partido y a su dirección, la disciplina férrea, la prohibición de las facciones y, por tanto, de la discusión organizada dentro del partido. Allí se expone la concepción del partido como instrumento de la dictadura del proletariado, una visión ajena no sólo a Marx y Engels, sino incluso a un libro como Estado y revolución (1917) de Lenin, en el que el partido ni siquiera se menciona en la definición de esa dictadura (esto, en cierto modo, es realmente un problema, ya que el libro debería haber discutido los derechos y el papel de los partidos después de la revolución). Pero el punto clave es que esta idea -que el partido encarna la dictadura del proletariado- también se convirtió en parte de lo que se consideraba predominantemente como leninismo en esa época.

Gramsci, guerra de posición y maniobra

De la misma manera que se desarrollaron varios avatares del marxismo, ha habido varios leninismos: el de los estalinistas, que acabo de describir, y otros leninismos, especialmente entre los grupos que se autodenominan trotskistas. Algunos de estos últimos estaban en realidad bastante cerca de la versión estalinista; en el lado opuesto, encontramos a alguien como Ernest Mandel, el marxista belga, cuyo leninismo está bastante cerca de la perspectiva de Rosa Luxemburg.

Una reflexión muy interesante que se desarrolló después de la Revolución Rusa es la de Antonio Gramsci, el famoso marxista italiano. Al considerar los acontecimientos que se desarrollaron en Europa, destacó la diferencia entre las condiciones de Rusia y las de Europa Occidental. Volvemos aquí, de nuevo, a nuestro punto de partida: las circunstancias, la situación concreta de cada país y región. En Europa Occidental, la democracia liberal iba acompañada de la hegemonía burguesa. La burguesía, para gobernar, no se basaba sólo en la fuerza, sino también en el consentimiento de una mayoría popular.

Y hay que tener en cuenta esa gran diferencia, en lugar de limitarse a copiar la experiencia rusa. En las condiciones típicas de Occidente, el partido obrero debe esforzarse por construir una contrahegemonía, es decir, por ganarse el apoyo de la mayoría para romper con la dominación ideológica burguesa. Debe librar una guerra de posiciones en condiciones democráticas liberales que permita al partido conquistar posiciones dentro del propio Estado burgués a través de las elecciones. Esa guerra de posición es el preludio de una guerra de maniobras, una distinción tomada de la estrategia militar. En una guerra de posición, una fuerza armada se atrinchera en posiciones y bastiones, mientras que, en una guerra de maniobra, las tropas se ponen en movimiento para ocupar el territorio del enemigo y romper su fuerza armada. Por lo tanto, en las condiciones típicas de Occidente, el partido obrero debe prever una guerra de posición prolongada, estando al mismo tiempo preparado para pasar a una guerra de maniobra, si y cuando esto sea necesario.

Una concepción materialista del partido, Internet

Permítanme añadir a todo esto lo que yo llamaría una concepción materialista del partido. Para los marxistas, el punto de partida para evaluar las condiciones sociales y políticas es el materialismo histórico: las formas de organización de una sociedad determinada tienden a corresponder a sus medios tecnológicos. Este axioma puede extenderse a todas las formas de organización: normalmente se adaptan a las condiciones materiales. Este es el caso de los modos de gestión de las empresas capitalistas. Lo mismo ocurre con la organización revolucionaria: su tipo y su forma dependen en gran medida de los medios que utiliza para producir su literatura, que a su vez están determinados por la tecnología y las libertades políticas disponibles. Así, si un partido depende principalmente de la imprenta clandestina, es necesariamente una organización conspirativa que requiere un alto grado de centralización y secretismo. Si puede imprimir su literatura de forma abierta y legal, puede ser una organización abierta y democrática (si es conspiradora por elección, más que por necesidad, suele ser más una secta que un partido). Esto nos lleva a Internet como una gran revolución tecnológica en la comunicación. La creencia de que este cambio tecnológico no debe afectar a la concepción del partido es el signo inequívoco de que éste se ha convertido en una organización dogmática de tipo religioso.

Hoy en día, todas las formas de organización están muy condicionadas por la existencia de Internet. Por ello, el trabajo en red se ha convertido en una forma de organización mucho más extendida de lo que podía ser antes. El trabajo en red que permiten las redes virtuales, como los medios sociales, también puede facilitar la constitución de redes físicas. Gracias a Internet, es posible un funcionamiento mucho más democrático, tanto en el intercambio de información como en la toma de decisiones. No es necesario reunir físicamente a personas que se encuentran a grandes distancias cada vez que hay que celebrar un debate y decidir democráticamente.

El potencial de Internet es enorme, y sólo estamos al principio de su uso. Alimenta la fuerte aversión al centralismo y a los cultos de liderazgo que existe entre la nueva generación. Creo que es bastante saludable que exista tal rebeldía entre la nueva generación, en comparación con los patrones que prevalecían en el siglo XX.

El trabajo en red está a la orden del día. Empezó pronto con los zapatistas, que defendían este tipo de organización en los años 90. Una encarnación importante hoy en día es el Black Lives Matter (BLM). Este movimiento comenzó hace unos años, principalmente como una red en torno a una plataforma en línea y un conjunto de principios compartidos. Los capítulos locales sólo se comprometen con los principios generales del movimiento, que no tiene una estructura central: sólo una red horizontal sin un centro dirigente; sin jerarquía, sin verticalidad. Es en gran medida un producto de nuestro tiempo que no habría sido posible a tal escala antes de la tecnología moderna. Es una buena ilustración de la concepción materialista de la organización.

El trabajo en red también está presente en otro gran acontecimiento reciente, ocurrido en el continente africano, en Sudán. La revolución sudanesa que comenzó en diciembre de 2018 ha sido testigo de la formación de Comités de Resistencia, que son capítulos locales mayormente activos en los barrios urbanos, cada uno de los cuales involucra a cientos de miembros, en su mayoría jóvenes. En cada una de las principales zonas urbanas hay decenas de estos comités, con cientos de participantes cada uno. Decenas de miles de personas se organizan así en las principales zonas urbanas. Funcionan como el BLM: principios comunes, objetivos comunes, ausencia de liderazgo central, uso intensivo de las redes sociales. Sin embargo, no se han inspirado en BLM. Son, más bien, un producto de la época, un producto de la mencionada aversión a las experiencias centralizadas del pasado y sus tristes resultados, combinado con la nueva tecnología.

Esto, sin embargo, no anula la necesidad de la organización política de los afines, de personas que -como los comunistas del Manifiesto Comunista- comparten puntos de vista específicos y quieren promoverlos. Pero el grado cualitativamente más alto de democracia organizativa que permite la tecnología moderna se aplica igualmente a esos partidos de afines. Los [revolucionarios marxistas] deben aspirar a construir un partido de masas de la clase obrera y eventualmente dirigirlo, siempre y cuando logren convencer a la mayoría de sus puntos de vista. Por eso también deben unirse a los partidos de masas, obreros y anticapitalistas, cuando éstos existan, o bien contribuir a su construcción.

Para terminar, el punto clave que señalé al principio es que el tipo de organización depende de las condiciones concretas del lugar donde se va a construir. El tiempo y el lugar son decisivos, además de la dimensión tecnológica. Es muy importante evitar caer en el sectarismo de los autoproclamados partidos de vanguardia. La vanguardia es un estatus que debe adquirirse en la práctica, no proclamarse. Para ser realmente una vanguardia, debe ser considerada como tal por las masas.

Los revolucionarios marxistas que deseen construir un partido de vanguardia deben considerarse a sí mismos, como en el Manifiesto Comunista, como parte de un movimiento de clase más amplio que incluye otras organizaciones de diferentes tipos. Deben aspirar a construir un partido de masas de la clase obrera y eventualmente dirigirlo, siempre y cuando logren convencer a la mayoría de sus puntos de vista. Por eso también deben unirse a los partidos de masas, obreros y anticapitalistas donde existan, o bien contribuir a su construcción. No es construyendo un autoproclamado partido de vanguardia y reclutando miembros a sus filas uno por uno como se construye un partido de masas. No funciona así. Además, el socialismo sólo puede ser democrático. Es banal decirlo, pero significa que no se puede cambiar la sociedad a mejor sin una mayoría social a favor del cambio. De lo contrario, como la historia nos ha demostrado tan trágicamente, se acaba produciendo el autoritarismo y la dictadura. Y eso tiene un precio enorme.

Mi último punto es sobre la necesidad de la vigilancia democrática contra los efectos corrosivos de las instituciones burguesas y las tendencias burocráticas. No todos los países del mundo, pero sí la mayoría, son países en los que actualmente es posible emprender la guerra de posición descrita por Gramsci, que incluye una lucha dentro de las instituciones electivas del Estado burgués. Esto debe combinarse con una lucha desde el exterior, por supuesto, a través de los sindicatos y diversas formas de lucha de clases, como huelgas, sentadas, ocupaciones, manifestaciones, etc.

En el curso de la guerra de posición, los revolucionarios se enfrentan a los efectos corrosivos de las instituciones burguesas, porque los funcionarios elegidos pueden verse afectados por el poder corruptor del capitalismo. Lo mismo puede decirse del poder corruptor de la burocracia, que está en juego dentro de los sindicatos y otras instituciones de la clase obrera. Los revolucionarios deben permanecer atentos a estos riesgos inevitables y pensar en nuevas formas de evitar que prevalezca este efecto corrosivo. Esa es también una parte clave de las lecciones de la historia que debemos tener en cuenta.

25/04/2021

https://puntodevistainternacional.org/la-estrategia-socialista-y-el-partido/

Fuente: https://vientosur.info/la-estrategia-socialista-y-el-partido/