TRES
TEXTOS ADICIONALES AL DEBATE 1923-1924
(17 de julio de 2022)
Buena tarde de este domingo
17.
La carta del 15 de setiembre
de 1923, de César Falcón (en España) al Comité de Lima (Mariátegui), fue muy
importante en el desarrollo del naciente movimiento socialista peruano, y como
usted dice, hay que "estudiarla con atención".
Hay que estudiar el contenido
de la carta de César Falcón, acompañada con la lectura de otros documentos de
ese tiempo.
En una primera aproximación,
por lo menos, hay que leer otros "tres documentos":
1.- "La crisis mundial
y el proletariado peruano", texto de la primera conferencia de Mariátegui
en la UPGP, del 15 de junio de 1923. En especial los párrafos en los cuáles
Mariátegui se refiere al movimiento anarquista.
2.- "El fracaso de la
II Internacional", texto de la tercera conferencia del 29 de junio de
1923, en especial el primer párrafo, en el cual Mariátegui anunció un viraje en
su táctica de trabajo organizativo, al reconocer que en ese momento (no siempre)
había que priorizar el trabajo frente unitario.
3.- "El 1° de mayo y el
frente único", texto del discurso de clausura del ciclo de conferencias,
del 1°de mayo de 1924.
Con la lectura, de por lo
menos, esos tres textos de Mariátegui, se puede entender que le dijo Mariátegui
a Falcón, antes y después de la carta de Falcón del 15 de setiembre de 1923.
Más adelante, continuaré
señalando otros textos de ese gran debate 1923-1924, que se amplió y se
prolongó por lo menos hasta 1926.
Miguel Aragón
ADENDA
I
PRIMERA CONFERENCIA1
LA CRISIS MUNDIAL Y EL PROLETARIADO PERUANO
En esta conferencia —llamémosla conversación más bien
que conferencia— voy a limitarme a exponer el programa del curso, al mismo tiempo
que algunas consideraciones sobre la necesidad de difundir en el proletariado
el conocimiento de la crisis mundial. En el Perú falta, por desgracia, una
prensa docente que siga con atención, con inteligencia y con filiación
ideológica el desarrollo de esta gran crisis; faltan, asimismo, maestros
universitarios, del tipo de José Ingenieros, capaces de apasionarse por las
ideas de renovación que actualmente transforman el mundo y de liberarse de la
influencia y de los prejuicios de una cultura y de una educación conservadoras
y burguesas; faltan grupos socialistas y sindicalistas, dueños de instrumentos
propios de cultura popular, y en aptitud, por tanto, de interesar al pueblo
por el estudio de la crisis. La única cátedra de educación popular, con
espíritu revolucionario, es esta cátedra en formación de la Universidad
Popular. A ella le toca, por consiguiente, superando el modesto plano de su
labor inicial, presentar al pueblo la realidad contemporánea, explicar al
pueblo que está viviendo una de las horas más trascendentales y grandes de la
historia, contagiar al pueblo de la fecunda inquietud que agita actualmente a
los demás pueblos civilizados del mundo.
En esta gran crisis contemporánea el proletariado no es
un espectador; es un actor. Se va a resolver en ella la suerte del proletariado
mundial. De ella va a surgir, según todas las probabilidades y según todas las
previsiones, la civilización proletaria, la civilización socialista, destinada
a suceder a la declinante, a la decadente a la moribunda civilización
capitalista, individualista y burguesa. El proletariado necesita, ahora como
nunca, saber lo que pasa en el mundo. Y no puede saberlo a través de las
informaciones fragmentarias, episódicas, homeopáticas del cable cotidiano, mal
traducido y peor redactado en la mayoría de los casos, y proveniente siempre de
agencias reaccionarias, encargadas de desacreditar a los partidos, a las
organizaciones y a los hombres de la Revolución y desalentar y desorientar al
proletariado mundial.
En la crisis europea se están jugando los destinos de
todos los trabajadores del mundo. El desarrollo de la crisis debe interesar,
pues, por igual, a los trabajadores del Perú que a los trabajadores del Extremo
Oriente. La crisis tiene como teatro principal Europa; pero la crisis de las
instituciones europeas es la crisis de las instituciones de la civilización
occidental. Y el Perú, como los demás pueblos de América, gira dentro de la
órbita de esta civilización, no sólo porque se trata de países políticamente
independientes pero económicamente coloniales, ligados al carro del capitalismo
británico, del capitalismo americano o del capitalismo francés, sino porque
europea es nuestra cultura, europeo es el tipo de nuestras instituciones. Y
son, precisamente, estas instituciones democráticas, que nosotros copiamos de
Europa, esta cultura, que nosotros copiamos de Europa también, las que en
Europa están ahora en un período de crisis definitiva, de crisis total. Sobre
todo, la civilización capitalista ha internacionalizado la vida de la
humanidad, ha creado entre todos los pueblos lazos materiales qué establecen
entre ellos una solidaridad inevitable. El internacionalismo no es sólo un
ideal; es una realidad histórica. El progreso hace que los intereses, las
ideas, las costumbres, los regímenes de los pueblos se unifiquen y se
confundan. El Perú, como los demás pueblos americanos, no está, por tanto,
fuera de la crisis: está dentro de ella. La crisis mundial ha repercutido ya en
estos pueblos. Y, por supuesto, seguirá repercutiendo. Un período de reacción
en Europa será también un período de reacción en América. Un período de
revolución en Europa será también un período de revolución en América. Hace más
de un siglo, cuando la vida de la humanidad no era tan solidaria como hoy, cuando
no existían los medios de comunicación que hoy existen, cuando las naciones no
tenían el contacto inmediato y constante que hoy tienen, cuando no había
prensa, cuando éramos aún espectadores lejanos de los acontecimientos europeos,
la Revolución Francesa dio origen a la Guerra de la Independencia y al
surgimiento de todas estas repúblicas. Este recuerdo basta para que nos demos
cuenta de la rapidez con que la transformación de la sociedad se reflejará en
las sociedades americanas. Aquellos que dicen que el Perú, y América en
general, viven muy distantes de la revolución europea, no tienen noción de la
vida contemporánea, ni tienen una comprensión, aproximada siquiera, de la
historia. Esa gente se sorprende de que lleguen al Perú los ideales más avanzados
de Europa; pero no se sorprende en cambio de que lleguen el aeroplano, el
trasatlántico, el telégrafo sin hilos, el radio; todas las expresiones más
avanzadas, en fin, del progreso material de Europa. La misma razón para ignorar
el movimiento socialista habría para ignorar, por ejemplo, la teoría de la
relatividad de Einstein. Y estoy seguro de que al más reaccionario de nuestros
intelectuales —casi todos son impermeables reaccionarios— no se le ocurrirá que
debe ser proscrita del estudio y de la vulgarización la nueva física, de la
cual Einstein es el más eminente y máximo representante.
Y si el proletariado, en general, tiene necesidad de
enterarse de los grandes aspectos de la crisis mundial, esta necesidad es aún
mayor en aquella parte del proletariado, socialista, laborista, sindicalista o
libertaria que constituye su vanguardia; en aquella parte del proletariado más
combativa y consciente, más luchadora y preparada; en aquella parte del
proletariado encargada de la dirección de las grandes acciones proletarias: en
aquella parte del proletariado a la que toca el rol histórico de representar al
proletariado peruano en el presente instante social; en aquella parte del
proletariado, en una palabra, que cualquiera que sea su credo particular, tiene
conciencia de clase, tiene conciencia revolucionaria. Yo dedico, sobre todo,
mis disertaciones, a esta vanguardia del proletariado peruano. Nadie más que
los grupos proletarios de vanguardia necesitan estudiar la crisis mundial. Yo
no tengo la pretensión de venir a esta tribuna libre de una universidad libre a
enseñarles la historia de esa crisis mundial, sino a estudiarla yo mismo con
ellos. Yo no os enseño, compañeros, desde esta tribuna, la historia de la
crisis mundial; yo la estudio con vosotros. Yo no tengo en este estudio sino el
mérito modestísimo de aportar a él las observaciones personales de tres y medio
años de vida europea, o sea de los tres y medio años culminantes de la crisis,
y los ecos del pensamiento europeo contemporáneo.
Yo invito muy especialmente a la vanguardia del
proletariado a estudiar conmigo el proceso de la crisis mundial por varias
razones trascendentales. Voy a enumerarlas sumariamente. La primera razón es
que la preparación revolucionaria, la cultura revolucionaria, la orientación revolucionaria
de esa vanguardia proletaria, se ha formado a base de la literatura socialista,
sindicalista y anarquista anterior a la guerra europea. O anterior por lo menos
al período culminante de la crisis. Libros socialistas, sindicalistas,
libertarios, de vieja data, son los que, generalmente, circulan entre nosotros.
Aquí se conoce un poco la literatura clásica del socialismo y del sindicalismo;
no se conoce la nueva literatura revolucionaria. La cultura revolucionaria es
aquí una cultura clásica, además de ser, como vosotros, compañeros, lo sabéis
muy bien, una cultura muy incipiente, muy inorgánica, muy desordenada, muy
incompleta. Ahora bien, toda esa literatura socialista y sindicalista anterior
a la guerra, está en revisión. Y esta revisión no es una revisión impuesta por
el capricho de los teóricos, sino por la fuerza de los hechos. Esa literatura,
por consiguiente, no puede ser usada hoy sin beneficio de inventario. No se
trata, naturalmente, de que no siga siendo exacta en sus principios, en sus
bases, en todo lo que hay en ella de ideal y de eterno; sino que ha dejado de
ser exacta, muchas veces, en sus inspiraciones tácticas, en sus consideraciones
históricas, en todo lo que significa acción, procedimiento, medio de lucha. La
meta de los trabajadores sigue siendo la misma; lo que ha cambiado,
necesariamente, a causa de los últimos acontecimientos históricos, son los
caminos elegidos para arribar, o para aproximarse siquiera, a esa meta ideal. De
aquí que el estudio de estos acontecimientos históricos, y de su trascendencia,
resulte indispensable para los trabajadores militantes en las organizaciones
clasistas.
Vosotros sabéis, compañeros, que las fuerzas proletarias
europeas se hallan divididas en dos grandes bandos: reformistas y
revolucionarios. Hay una Internacional Obrera reformista, colaboracionista,
evolucionista y otra Internacional Obrera maximalista, anticolaboracionista,
revolucionaria. Entre una y otra ha tratado de surgir una Internacional
intermedia. Pero que ha concluido por hacer causa común con la primera contra
la segunda. En uno y otro bando hay diversos matices; pero los bandos son neta
e inconfundiblemente sólo dos. El bando de los que quieren realizar el
socialismo colaborando políticamente con la burguesía; y el bando de los que
quieren realizar el socialismo conquistando íntegramente para el proletariado
el poder político. Y bien, la existencia de estos dos bandos proviene de la
existencia de dos concepciones diferentes, de dos concepciones opuestas, de dos
concepciones antitéticas del actual momento histórico. Una parte del
proletariado cree que el momento no es revolucionario; que la burguesía no ha
agotado aún su función histórica; que, por el contrario, la burguesía es
todavía bastante fuerte para conservar el poder político; que no ha llegado, en
suma, la hora de la revolución social. La otra parte del proletariado cree que
el actual momento histórico es revolucionario; que la burguesía es incapaz de
reconstruir la riqueza social destruida por la guerra e incapaz, por tanto, de
solucionar los problemas de la paz; que la guerra ha originado una crisis cuya
solución no puede ser sino una solución proletaria, una solución socialista; y
que con la Revolución Rusa ha comenzado la revolución social.
Hay, pues, dos ejércitos proletarios porque hay en el
proletariado dos concepciones opuestas del momento histórico, dos
interpretaciones distintas de la crisis mundial. La fuerza numérica de uno y
otros ejércitos proletarios depende de que los acontecimientos parezcan o no
confirmar su respectiva concepción histórica. Es por esto que los pensadores,
los teóricos, los hombres de estudio de uno y otros ejércitos proletarios, se
esfuerzan, sobre todo, en ahondar el sentido de la crisis, en comprender su
carácter, en descubrir su significación.
Antes de la guerra, dos tendencias se dividían el
predominio en el proletariado: la tendencia socialista y la tendencia
sindicalista. La tendencia socialista era, dominantemente, reformista, social-democrática,
colaboracionista. Los socialistas pensaban que la hora de la revolución social
estaba lejana y luchaban por la conquista gradual a través de la acción
legalitaria y de la colaboración gubernamental o, por lo menos, legislativa.
Esta acción política debilitó en algunos países excesivamente la voluntad y el
espíritu revolucionarios del socialismo. El socialismo se aburguesó
considerablemente. Como reacción contra este aburguesamiento del socialismo,
tuvimos al sindicalismo. El sindicalismo opuso a la acción política de los
partidos socialistas la acción directa de los sindicatos. En el sindicalismo se
refugiaron los espíritus más revolucionarios y más intransigentes del
proletariado. Pero también el sindicalismo resultó, en el fondo, un tanto
colaboracionista y reformístico. También el sindicalismo estaba dominado por
una burocracia sindical sin verdadera psicología revolucionaria. Y sindicalismo
y socialismo se mostraban más o menos solidarios y mancomunados en algunos
países, como Italia, donde el Partido Socialista no participaba en el gobierno
y se mantenía fiel a otros principios formales de independencia. Como sea, las
tendencias, más o menos beligerantes o más o menos próximas, según las naciones
eran dos: sindicalistas y socialistas. A este período de la lucha social
corresponde casi íntegramente la literatura revolucionaria de que se ha nutrido
la mentalidad de nuestros proletarios dirigentes.
Pero, después de la guerra, la situación ha cambiado. El
campo proletario, como acabamos de recordar, no está ya dividido en socialistas
y sindicalistas; sino en reformistas y revolucionarios. Hemos asistido primero
a una escisión, a una división en el campo socialista. Una parte del socialismo
se ha afirmado en su orientación social democrática, colaboracionista; la otra
parte ha seguido una orientación anti-colaboracionista, revolucionaria. Y esta
parte del socialismo es la que, para diferenciarse netamente de la primera, ha
adoptado el nombre de comunismo. La división se ha producido, también, en la
misma forma en el campo sindicalista. Una parte de los sindicatos apoya a los
social-democráticos; la otra parte apoya a los comunistas. El aspecto de la
lucha social europea ha mudado, por tanto, radicalmente. Hemos visto a muchos
sindicalistas intransigentes de antes de la guerra tomar rumbo hacia el
reformismo. Hemos visto, en cambio, a otros seguir al comunismo. Y entre éstos,
se ha contado, nada menos, como en una conversación lo recordaba no hace mucho
al compañero Fonkén, el más grande y más ilustre teórico del sindicalismo: el
francés Georges Sorel. Sorel, cuya muerte ha sido un luto amargo para el
proletariado y para la intelectualidad de Francia, dio toda su adhesión a la
Revolución Rusa y a los hombres de la Revolución Rusa.
Aquí, como en Europa, los proletarios tienen, pues, que
dividirse no en sindicalistas y socialistas —clasificación anacrónica— sino en
colaboracionistas y anticolaboracionistas, en reformistas y maximalistas. Pero
para que esta clasificación se produzca con nitidez, con coherencia, es
indispensable que el proletariado conozca y comprenda en sus grandes
lineamientos, la gran crisis contemporánea. De otra manera, el confucionismo es
inevitable.
Yo participo de la opinión de los que creen que la
humanidad vive un período revolucionario. Y estoy convencido del próximo ocaso de
todas las tesis social-democráticas, de todas las tesis reformistas, de todas
las tesis evolucionistas.
Antes de la guerra, estas tesis eran explicables, porque
correspondían a condiciones históricas diferentes. El capitalismo estaba en su
apogeo. La producción era superabundante. El capitalismo podía permitirse el
lujo de hacer sucesivas concesiones económicas al proletariado. Y sus márgenes
de utilidad eran tales qué fue posible la formación de una numerosa clase
media, de una numerosa pequeña-burguesía que gozaba de un tenor de vida cómodo
y confortable. El obrero europeo ganaba lo bastante para comer discretamente y
en algunas naciones, como Inglaterra y Alemania, le era dado satisfacer algunas
necesidades del espíritu. No había, pues, ambiente para la revolución. Después
de la guerra, todo ha cambiado. La riqueza social europea ha sido, en gran
parte, destruida. El capitalismo, responsable de la guerra, necesita
reconstruir esa riqueza a costa del proletariado: Y quiere, por tanto, que los
socialistas colaboren en el gobierno, para fortalecer las instituciones
democráticas; pero no para progresar en el camino de las realizaciones
socialistas. Antes, los socialistas colaboraban para mejorar, paulatinamente,
las condiciones de vida de los trabajadores. Ahora colaborarían para renunciar
a toda conquista proletaria. La burguesía para reconstruir a Europa necesita
que el proletariado se avenga a producir más y consumir menos. Y el
proletariado se resiste a una y otra cosa y se dice a sí mismo que no vale la pena
consolidar en el poder a una clase social culpable de la guerra y destinada,
fatalmente, a conducir a la humanidad a una guerra más cruenta todavía. Las
condiciones de una colaboración de la burguesía con el proletariado son; por su
naturaleza, tales que el colaboracionismo tiene, necesariamente, que perder,
poco a poco, su actual numeroso proselitismo.
El capitalismo no puede hacer concesiones al socialismo.
A los Estados europeos para reconstruirse les precisa un régimen de rigurosa
economía fiscal, el aumento de las horas de trabajo, la disminución de los
salarios, en una palabra, el restablecimiento de conceptos y de métodos
económicos abolidos en homenaje a la voluntad proletaria. El proletariado no
puede, lógicamente consentir este retroceso. No puede ni quiere consentirle.
Toda posibilidad de reconstrucción de la economía capitalista está, pues,
eliminada. Esta es la tragedia de la Europa actual. La reacción va cancelando
en los países de Europa las concesiones económicas hechas al socialismo; pero,
mientras de un lado, esta política reaccionaria no puede ser lo suficientemente
enérgica ni eficaz para restablecer la desangrada riqueza pública, de otro
lado, contra esta política reaccionaria, se prepara, lentamente, el frente
único del proletariado. Temerosa a la revolución, la reacción cancela, por
esto, no sólo las conquistas económicas de las masas, sino que atenta también
contra las conquistas políticas. Asistimos, así, en Italia a la dictadura
fascista. Pero la burguesía socava y mina y hiere así de muerte a las
instituciones democráticas. Y pierde toda su fuerza moral y todo su prestigio
ideológico.
Por otra parte, en el orden de las relaciones
internacionales, la reacción pone la política externa en manos de las minorías
nacionalistas y antidemocráticas. Y estas minorías nacionalistas saturan de
chauvinismo esa política externa. E impiden, con sus orientaciones
imperialistas, con su lucha por la hegemonía europea, el restablecimiento de
una atmósfera de solidaridad europea, que consienta a los Estados entenderse
acerca de un programa de cooperación y de trabajo. La obra de ese nacionalismo,
de ese reaccionarismo, la tenemos a la vista en la ocupación del Ruhr.
La crisis mundial es, pues, crisis económica y crisis
política. Y es, además, sobre todo, crisis ideológica. Las filosofías
afirmativas, positivistas, de la sociedad burguesa, están, desde hace mucho
tiempo, minadas por una corriente de escepticismo, de relativismo. El
racionalismo, el historicismo, el positivismo, declinan irremediablemente.
Este es, indudablemente, el aspecto más hondo, el síntoma más grave de la
crisis. Este es el indicio más definido y profundo de que no está en crisis
únicamente la economía de la sociedad burguesa, sino de que está en crisis
integralmente la civilización capitalista, la civilización occidental, la
civilización europea.
Ahora bien. Los ideólogos de la Revolución Social, Marx y
Bakounine, Engels y Kropotkine vivieron en la época de apogeo de la civilización
capitalista y de la filosofía historicista y positivista. Por consiguiente, no
pudieron prever que la ascensión del proletariado tendría que producirse en
virtud de la decadencia de la civilización occidental. Al proletariado le
estaba destinado crear un tipo nuevo de civilización y cultura. La ruina
económica de la burguesía iba a ser al mismo tiempo la ruina de la civilización
burguesa. Y que el socialismo iba a encontrarse en la necesidad de gobernar no
en una época de plenitud, de riqueza y de plétora, sino en una época de
pobreza, de miseria y de escasez. Los socialistas reformistas, acostumbrados a
la idea de que el régimen socialista más que un régimen de producción lo es de
distribución, creen ver en esto el síntoma de que la misión histórica de la
burguesía no está agotada y de que el instante no está aún maduro para la
realización socialista. En un reportaje a La Crónica yo recordaba aquellas
frases de que la tragedia de Europa es ésta: el capitalismo no puede más y el
socialismo no puede todavía. Esa frase que da la sensación, efectivamente, de
la tragedia europea, es la frase de un reformista, es una frase saturada de mentalidad
evolucionista, e impregnada de la concepción de un paso lento, gradual y
beatífico, sin convulsiones y sin sacudidas, de la sociedad individualista, a
la sociedad colectivista. Y la historia nos enseña que todo nuevo estado
social se ha formado sobre las ruinas del estado social precedente. Y que entre
el surgimiento del uno y el derrumbamiento del otro ha habido, lógicamente, un
período intermedio de crisis.
Presenciamos la disgregación, la agonía de una sociedad
caduca, senil, decrépita; y, al mismo tiempo, presenciamos la gestación, la
formación, la elaboración lenta e inquieta de la sociedad nueva. Todos los
hombres, a los cuales, una sincera filiación ideológica nos vincula a la sociedad
nueva y nos separa de la sociedad vieja, debemos fijar hondamente la mirada en
este período trascendental, agitado e intenso de la historia humana.
NOTA:
1 Pronunciada
el viernes 15 de Junio de 1923, en el local de la Federación de Estudiantes
(Palacio de la Exposición), con el título de "La Revolución Social en
marcha a través de los diversos pueblos de Europa". Con el título que
aparece en esta recopilación se publicó en Amauta, Nº 30, Lima, abril-mayo de
1930, después de la muerte de José Carlos Mariátegui y cuando la histórica
revista era dirigida por Ricardo Martínez de la Torre.
II
EL FRACASO DE LA SEGUNDA INTERNACIONAL
Las notas del autor:
No omitiré la exposición del movimiento anarquista. No
traeré ningún espíritu sectario. Creo oportuno ratificarme en estas
declaraciones. Algunos compañeros temen que yo sea muy poco imparcial y muy
poco objetivo en mi curso. Pero soy partidario antes que nada del frente único
proletario. Tenemos que emprender juntos muchas largas jornadas. Causa común
contra el amarillismo. Antes que agrupar a los trabajadores en sectas o
partidos agruparlos en una sola federación. Cada cual tenga su filiación, pero
todo el lazo común del credo clasista. Estudiemos juntos las horas emocionantes
del presente.
Completaremos el examen de la conducta de los partidos
socialistas y sindicatos. Veremos cómo y por qué el proletariado fue impotente
para impedir la conflagración.
La guerra encontró impreparada a la Segunda
Internacional. No había aún programa de acción concreto, y práctico para
asegurar la paz. Congreso de Stuttgart. Moción de Lenin y Rosa Luxemburgo:
«En el caso de que estalle una guerra, los socialistas
están obligados a trabajar por su rápido fin y a utilizar la crisis económica
y política provocada por la guerra para sacudir al pueblo y acelerar la caída
de la dominación capitalista».
Pero en la Segunda Internacional había muy pocos Lenin y
Rosa Luxemburgo.
Tres años después, el Congreso de Copenhague. Vaillant y
Keir Hardi propusieron la huelga general. Se dejó la cuestión para Viena 1914.
En 1912 la situación grave obligó a la II Internacional
a convocar un congreso extraordinario. Basilea 1912 noviembre. De este congreso
salió un manifiesto. Y de nuevo se dejó la cuestión técnica para Viena, agosto
de 1914.
Antes, Sarajevo. El Bureau Internacional de Bruselas
convocó de urgencia para el 29 de julio a los partidos socialistas de Europa.
Por Francia, Jaurés, Sembat, Vaillant, Guesde, Loguet. Por Alemania, Haase,
Rosa Luxemburgo. Apresurar el congreso. París 9 de agosto en vez de Viena 23
de agosto. Declaración de la Oficina Internacional. Palabras de Jaurés en la
noche del 29 de julio.
Dos días después Jaurés muerto. Muller en París, el 1º de
agosto. Esterilidad de su misión. La guerra ya incontenible se desencadenó. El
Congreso del 9 de agosto no pudo efectuarse. Páginas de Claridad describen con
vivo color el ambiente de delirante patriotismo y nacionalismo. La mayoría
ofuscada, contagiada por la atmósfera guerrera, marcial agresiva. La prensa y
los intelectuales instigadores.
¿Por qué la Internacional no pudo oponer una barrera a
este desborde de pasión nacionalista? ¿Por qué la Internacional no pudo
conservarse fiel a sus principios de solidaridad clasista? Veamos las
circunstancias que dictaron la conducta socialista.
Declaración de los diputados alemanes en el parlamento el
4 de agosto. Catorce votos, contra.
Declaración de los socialistas franceses en el parlamento
el 6 de agosto. En Francia, nación agredida, la adhesión fue más ardorosa, más
viva.
La actitud de los demás partidos obreros. "De la
Segunda a la Tercera Internacional".
La conducta de los socialistas italianos reclama especial
mención. Manifestaron mayor lealtad al internacionalismo. El 26 de julio,
manifiesto socialista. Lucha entre neutralistas e intervencionistas. Los
fautores socialistas del intervencionismo. Arturo Labriola. Benito Mussolini.
Anécdota de ambos.
Fórmula de los socialistas italianos: "Ni adherirse
a la guerra ni sabotearla". Declaración socialista en la Cámara. La
reunión de Zimmerwald en setiembre de 1915. Asistieron delegaciones alemana,
francesa, italiana, rusa, polaca, balcánica, sueca, noruega, holandesa y
suiza. Inglaterra negó los pasaportes. Lenin. El manifiesto de Zimmerwald
primer despertar de la conciencia proletaria,
Pero este llamamiento no repercutía en todas las
conciencias proletarias. Los fieles, en minoría. La unión sagrada. El frente
único nacional. Tregua de la lucha de clases. Un solo partido: el de la defensa
nacional.
Para asegurarse al proletariado, la burguesía le dio
participación en el poder. Algunas concesiones al programa mínimo. La guerra
exigía la mayor disciplina nacional posible. Libertades restringidas. Esta
política pareció la inauguración de la era socialista. Guerra revolucionaria.
El Estado subsidiaba a las familias de los combatientes,
ofrecía a bajo precio el pan y subvencionaba largamente a la industria.
Trabajo abundante bien remunerado. Con esto se adormecía en las masas la idea
de la injusticia social, se atenuaban los motivos de la lucha de clases. El
proletariado no se fijaba en que esta prodigalidad del Estado acumulaba cargas
para el porvenir. Concluida la guerra, los vencidos pagarían. Que el pueblo
combatiese hasta el fin. Había que vencer.
Los aliados más que prédica de intereses, prédica de
ideales. El pueblo inglés, creía combatir en defensa de los pueblos débiles. El
pueblo francés contra la barbarie, la autocracia, el medioevalismo. El odio al
boche.
La fuerza de los aliados consistió, precisamente, en
estos mitos. Para los austro-alemanes, guerra militar. Para los aliados,
guerra santa, cruzada por grandes y sacros ideales humanos. Los líderes, en
gran parte, prestaron su concurso a esta propaganda. Adhesión efectiva de gran
parte del proletariado. No hablaban sólo los políticos de la burguesía. En
Austria y Alemania la adhesión era menos sólida. Guerra de defensa nacional.
Las minorías pacifistas más fuertes. Liebknecht, etc., disponían de mayor
ambiente. Alemania rodeada de enemigos. Sensación victoria. En nombre defensa
nacional y esperanza victoria. Alemania disponía de argumentos suficientes.
Todas estas circunstancias hicieron que durante cuatro
años los proletarios europeos se asesinasen los unos a los otros. Así fracasó
la Segunda Internacional. La experiencia enseña, que dentro de este régimen
las guerras no son inevitables. La democracia capitalista, la paz armada, la
política de equilibrio, la diplomacia secreta. Se incuba permanentemente la
guerra. Y el proletariado no puede hacer nada. Ahora la experiencia del
conflicto franco-alemán. Pesan aún demasiados intereses y sentimientos
nacionalistas.
Conforme a estas duras lecciones para combatir la
guerra, no basta el grito de abajo la guerra. Grito de la II Internacional, de todos
sus congresos, hasta de los pacifistas tipo Wilson. El grito del proletariado:
Viva la sociedad proletaria. Pensemos en construirla.
Y la gran frase de Jaurés no debe apartarse de nuestro
recuerdo:
«Hay que impedir que el espectro de la guerra salga cada
seis meses de su sepulcro para aterrorizar al mundo».
III
EL 1° DE MAYO Y EL FRENTE UNICO
Escrito: 1924.
Primera edición: El Obrero Textíl, vol. V, No. 59, Lima, mayo 1,
1924.
Fuente: José Carlos Mariátegui, La organización del proletariado,
Comisión Política del Comité Central del Partido Comunista Peruano (eds.).
Lima: Ediciones Bandera Roja, 1967.
Preparado para el Internet: Marxists Internet Archive, 2000.
El 1° de
Mayo es, en todo el mundo, un día de unidad del proletariado revolucionario,
una fecha que reúne en un inmenso frente único internacional a todos los
trabajadores organizados. En esta fecha resuenan, unánimemente obedecidas y
acatadas, las palabras de Carlos Marx: "Proletarios de todos los países,
uníos". En esta fecha caen espontáneamente todas las barreras que
diferencian y separan en varios grupos y varias escuelas a la vanguardia
proletaria.
El 1° de
Mayo no pertenece a una Internacional es la fecha de todas las Internacionales.
Socialistas, comunistas y libertarios de todos los matices se confunden y se
mezclan hoy en un solo ejército que marcha hacia la lucha final.
Esta fecha,
en suma, es una afirmación y una constatación de que el frente único proletario
es posible y es practicable y de que a su realización no se opone ningún
interés, ninguna exigencia del presente.
A muchas
meditaciones invita esta fecha internacional. Pero para los trabajadores
peruanos las más actual, la más oportuna es la que concierne a la necesidad y a
la posibilidad del frente único. Últimamente se han producido algunos intentos
seccionistas. Y urge entenderse, urge concertarse para impedir que estos
intentos prosperen, para evitar que socaven y que minen la naciente vanguardia
proletaria del Perú.
Mi actitud,
desde mi incorporación en esta vanguardia, ha sido siempre la de un fautor
convencido, la de un propagandista fervoroso del frente único. Recuerdo haberlo
declarado en una de las conferencias iniciales de mi curso de historia de la
crisis mundial. Respondiendo a los primeros gestos de resistencia y de aprehensión
de algunos antiguos y hieráticos libertarios, más preocupados de la rigidez del
dogma que de la eficacia y la fecundidad de la acción, dije entonces desde la
tribuna de la Universidad Popular: "Somos todavía pocos para dividirnos.
No hagamos cuestión de etiquetas ni de títulos."
Posteriormente
he repetido estas o análogas palabras. Y no me cansaré de reiterarlas. El
movimiento clasista, entre nosotros, es aún muy incipiente, muy limitado, para
que pensemos en fraccionarle y escindirle. Antes de que llegue la hora,
inevitable acaso, de una división, nos corresponde realizar mucha obra común,
mucha labor solidaria. Tenemos que emprender juntos muchas largas jornadas. Nos
toca, por ejemplo, suscitar en la mayoría del proletariado peruano, conciencia
de clase y sentimiento de clase. Esta faena pertenece por igual a socialistas y
sindicalistas, a comunistas y libertarios. Todos tenemos el deber de sembrar
gérmenes de renovación y de difundir ideas clasistas. Todos tenemos el deber de
alejar al proletariado de las asambleas amarillas y de las falsas instituciones
“representativas". Todos tenemos el deber de luchar contra los ataques y
las represiones reaccionarias. Todos tenemos el deber de defender la tribuna,
la prensa y la organización proletaria. Todos tenemos el deber de sostener las
reivindicaciones de la esclavizada y oprimida raza indígena. En el cumplimiento
de estos deberes históricos, de estos deberes elementales, se encontrarán y
juntarán nuestros caminos, cualquiera que sea nuestra meta última.
El frente único
no anula la personalidad, no anula la filiación de ninguno de los que lo
componen. No significa la confusión ni la amalgama de todas las doctrinas en
una doctrina única. Es una acción contingente, concreta, práctica. El programa
del frente único considera exclusivamente la realidad inmediata, fuera de toda
abstracción y de toda utopía. Preconizar el frente único no es, pues,
preconizar el confusionismo ideológico. Dentro del frente único cada cual debe
conservar su propia filiación y su propio ideario. Cada cual debe trabajar por
su propio credo. Pero todos deben sentirse unidos por la solidaridad de clase,
vinculados por la lucha contra el adversario común, ligados por la misma
voluntad revolucionaria, y la misma pasión renovadora. Formar un frente único
es tener una actitud solidaria ante un problema concreto, ante una necesidad
urgente. No es renunciar a la doctrina que cada uno sirve ni a la posición que
cada uno ocupa en la vanguardia. La variedad de tendencias y la diversidad de
matices ideológicos es inevitable en esa inmensa legión humana que se llama el
proletariado. La existencia de tendencias y grupos definidos y precisos no es
un mal; es por el contrario la señal de un periodo avanzado del proceso
revolucionario. Lo que importa es que esos grupos y esas tendencias sepan
entenderse ante la realidad concreta del día. Que no se esterilicen
bizantinamente en excomuniones y exconfesiones reciprocas. Que no alejen a las
masas de la revolución con el espectáculo de las querellas dogmáticas de sus
predicadores. Que no empleen sus armas ni dilapiden su tiempo en herirse unos a
otros, sino en combatir el orden social sus instituciones, sus injusticias y
sus crímenes.
Tratemos de
sentir cordialmente el lazo histórico que nos une a todos los hombres de la
vanguardia, a todos los fautores de la renovación. Los ejemplos que a diario
nos vienen de fuera son innumerables y magníficos. El más reciente y
emocionante de estos ejemplos es el de Germaine Berthon. Germaine Berthon,
anarquista, disparó certeramente su revólver contra un organizador y conductor
del terror blanco por vengar el asesinato del socialista Jean Jaurés. Los
espíritus nobles, elevados y sinceros de la revolución, perciben y respetan,
así, por encima de toda barrera teórica, la solidaridad histórica de sus esfuerzos
y de sus obras. Pertenece a los espíritus mezquinos, sin horizontes y sin alas,
a las mentalidades dogmáticas que quieren petrificar e inmovilizar la vida en
una fórmula rígida, el privilegio de la incomprensión y del egotismo sectarios.
El frente
único proletario, por fortuna, es entre nosotros una decisión y un anhelo
evidente del proletariado. Las masas reclaman la unidad. Las masas quieren fe.
Y, por eso, su alma rechaza la voz corrosiva, disolvente y pesimista de los que
niegan y de los que dudan, y buscan la voz optimista, cordial, juvenil y
fecunda de los afirman y de los que creen.
NOTA:
1 Pronunciada
el sábado 30 de junio de 1923 en el local de la F.E.P. (Palacio de la
Exposición), Lima. Debemos hacer hincapié, en primer lugar, en la importancia
de la parte Introductiva que figura en los apuntes de José Carlos Mariátegui, y
que ha pasado inadvertida en la versión periodística. Poseen plena vigencia sus
afirmaciones: «Soy partidario antes que nada del frente único proletario»...
«Cada cual tenga su filiación, pero todos el lazo común del credo clasista»...
Treinticinco años después de lanzada, esta voz de orden sigue ajustándose a una
línea justa, en el plano de las luchas reivindicativas del proletariado
peruano. El autor, en vivisección admirable, analiza las causas del fracaso de
la II Internacional, el cual se gestó en vísperas de la Primera Guerra Mundial
y se desarrolló en el curso de la misma. Pero, también, debemos insistir —si
cabe este término antinómico— en las profecías científicas del conferenciante.
Este, al escudriñar las características de la economía de las grandes potencias
en el período bélico 1914-1918, anticipa en varios lustros las características
correspondientes a la segunda conflagración mundial, en lo que a los países
capitalistas atañe: trabajo abundante, salarios artificialmente elevados,
control económico del Estada, freno a la lucha de clases, espejismo sobre el
porvenir que esperaba a la clase trabajadora, cuando se apagase el estruendo
bélico, etc. En la parte final, es justa su tesis de que las guerras son
inevitables dentro del sistema capitalista. Sin embargo, la aparición de otros
sistemas y el ascenso de la conciencia pacifista mundial, hoy día, hacen
factible el hecho incomparable de que la guerra nuclear pueda ser evitada.