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martes, 20 de abril de 2021

EL BITCOIN ES UN GRAN PELIGRO PARA LA DEMOCRACIA.

El bitcoin no solo tiene la capacidad de despojar de poder al Estado para dárselo a unas pequeñas manos avariciosas, sino que también tiene la capacidad de socavar aún más la democracia y no dar la capacidad a la ciudadanía de cambiar las cosas.

 

Isa Ferrero , @isaferrero2

17 abr 2021 11:20

 

Nuestra sociedad se ha beneficiado enormemente de los grandes avances científicos y tecnológicos de los últimos tiempos. Sin embargo, la forma en la que se ha realizado la globalización ha abierto la ventana a grandes amenazas que complican aún más la resolución de problemas que necesitan ser solucionados urgentemente. Uno de ellos ha sido la burbuja del bitcoin. En los últimos años, hemos sido testigos de cómo una moneda inútil e inservible ha sido el centro de un delirio colectivo que puede acabar en un desastre si los gobiernos no le ponen freno. Como siempre, los gobiernos y “Papá Estado” deberán solucionar estos excesos antes de que sea demasiado tarde.

De hecho, ya lo están haciendo. No es casualidad tampoco el tono duro, pero elocuente de la secretaria del Tesoro de Estados Unidos, Janet Yellen, al referirse a muchos de los lados obscuros del bitcoin. En unas declaraciones del pasado febrero, Yellen puso en duda la capacidad del bitcoin “como mecanismo de transacción”, se refirió a “su funcionamiento ilícito” y mostró preocupación por ser “una forma extremadamente ineficiente de realizar transacciones” a la vez que señaló que “la cantidad de energía que se consume en el procesamiento de esas transacciones es asombrosa”.

La irrupción del bitcoin se puede explicar por varias causas, pero como es ya norma en nuestra era, es un resultado bastante lógico de una sociedad que en buena medida no es consciente de muchos de sus problemas. Las ideas neoliberales han ido cada vez calando más durante estas últimas décadas en beneficio de las élites. En cierta manera, se suele decir con acierto (aunque con algún matiz) que estas medidas han tenido éxito para fragmentarnos aún más, poniendo de moda también reacciones marcianas ya no solo a la derecha, sino también a la izquierda.

Es un resultado frustrante. Ya no solo porque los problemas siguen sin solución, sino porque se abre la caja de pandora. Tal es el caso de la extrema derecha. En este sentido, el caso de Europa es increíble, a pesar del fuerte consenso antifascista que se instauró después de la Segunda Guerra Mundial. Es verdad que este fascismo no es lo mismo, pero las rimas son demasiado ruidosas. Por otro lado, lo que ha vivido Estados Unidos fue algo demasiado fuerte, como entrar de lleno en una auténtica distopía cutre. Los errores del Partido Demócrata llevaron a un tipo como Trump a la Casa Blanca. No importa ya que estos líderes agraven los problemas de la sociedad, porque a la vez que prolifera el ruido y la desinformación, los hechos y las explicaciones teóricas coherentes nada importan. Pensemos en Trump por un momento. En un millonario corrupto que se presentó como un antisistema.

Evidentemente, una vez alcanzado el poder se dedicó a hacer aún más ricos a los milmillonarios y a desmantelar los tímidos (pero certeros) avances conseguidos por administraciones demócratas y republicanos moderados. Para terminar su “estelar” mandato, llevó la pandemia de forma desastrosa y mató (sabiendo lo que hacía) a decenas de miles de personas. Pese a ello, consiguió 74 millones de votos en una campaña electoral que quedará para los anales de la infamia.

Con los apologistas del bitcoin pasa algo parecido. Muchos ven en los gobiernos el origen de todos sus males. Se ha instaurado una “gobierno fobia” y una adulación irracional hacia monstruos corporativos. Desgraciadamente, es bastante popular pensar que es posible construir una sociedad mejor si abrazamos a grandes tiranías privadas. Es un sinsentido mostrar interés hacia algo horrendo que ha sido calificado con acierto recientemente por Yanis Varoufakis como tecno-feudalismo.

Las intenciones pueden ser nobles: promocionar las libertades individuales, la descentralización o incluso la democracia. Mucha gente va más allá y pretende solucionar el hambre en el mundo y los grandes niveles de desigualdad. No obstante, el resultado de estas nobles intenciones es completamente suicida. Cualquier solución que pase por transferir el poder a multinacionales va a originar un mundo definitivamente peor en prejuicio de las libertades del individuo. Es un fallo bastante grave de concepto, que tiene también su origen en una malinterpretación de los ideales del liberalismo y de los principios democráticos. Es cierto que el Estado puede cruzar con frecuencia líneas rojas, vulnerando las libertades de su propio pueblo, pero en muchas ocasiones evita que se vulneren. Si te cargas la función de control del Estado, lo que estás haciendo es dar mucha más posibilidad a las empresas privadas a que no respeten los derechos de la ciudadanía.

Nos puede gustar más o menos el statu quo, pero hay que ser siempre consciente del mundo en el que vivimos. En un sistema económico como el nuestro, si el poder de los gobiernos disminuye, irremediablemente todo pasa a manos privadas. De esta manera, no hay nadie que ponga límite a la avaricia de grandes grupos corporativos. Otra cuestión es que fuera de lo público, la sociedad tenga la capacidad de organizarse y de crear alternativas democráticas como puede ser el caso de las cooperativas o medios de comunicación alternativos. En cualquier caso, estas iniciativas tienen que tener siempre per se un objetivo social y brindar un servicio a la ciudadanía con estándares éticos.

Después de la Segunda Guerra Mundial, buena parte de la derecha comprendió que había que respetar lo público. Había un consenso más o menos positivo entre izquierda y derecha que facilitó la adopción de políticas socialdemócratas durante los años de posguerra. Los avances se conseguían gracias a una intervención masiva del Estado en la economía que permitió la construcción de potentes Estado del bienestar del que se vería beneficiado la mayoría de la ciudadanía. Por ejemplo, la sanidad pública o la educación pública nunca habría sido posible si el Estado hubiera dado plena libertad a las empresas privadas para controlar estos servicios que deben ser irremediablemente públicos.

La desvinculación del Estado en la economía no solo empeora los servicios públicos, sino que es un acto intrínsecamente antidemocrático. El bitcoin no solo tiene la capacidad de despojar de poder al Estado para dárselo a unas pequeñas manos avariciosas, sino que también tiene la capacidad de socavar aún más la democracia y no dar la capacidad a la ciudadanía de cambiar las cosas. Imaginase un mundo sin gobierno donde el poder corporativo ya sea absoluto, ¿qué margen de maniobra tiene la ciudadanía para influir en una empresa como Tesla? La capacidad para cambiar las cosas tendrá que ver con el dinero que tengas y la capacidad para poder distorsionar a un mercado que es rematadamente opresivo. Es evidente que se trata de una involución que camina en contra del propio liberalismo y la democracia. ¿No habíamos asumido eso de que una persona, un voto?

Si razonamos desde un planteamiento liberal (no marciano) llegamos a esta conclusión. En realidad, es muy sencillo, aunque haya que hacer esfuerzos hercúleos para derribar toda la propaganda que con tanto gusto se prolifera mediante las instituciones de poder. La derecha se ha apropiado del “liberalismo” para defender auténticos disparates. Quizá no sorprende. Si no han tenido reparos al intentar adueñarse de George Orwell, cómo no iban a tergiversar el liberalismo. No es ninguna casualidad.

En Estados Unidos vemos un ejemplo aún más aberrante cuando libertario significa ya otra cosa completamente diferente. Ser libertario en España sigue significando mayoritariamente ser anarquista, aunque puede que esta batalla también la perdamos. Hemos visto en los últimos tiempos a economistas, como Juan Ramón Rallo, que no tienen ningún reparo intelectual en declararse liberal y libertario a la vez. Quizá no debería sorprendernos tanto. Cada vez estamos más familiarizados con discursos que solo muestran una solo verdad y que no proponen nada. Discursos que solo se nutren de las contradicciones de tu adversario político y que aprovechan (interesadamente) las deficiencias del Estado para crear una ideología con un fuerte carácter autodestructivo.

Si prestamos atención a lo que proponen, descubriremos también un maravilloso mundo de negacionistas y de pensadores que van en contra del progreso. No se suele comentar mucho y quizá la izquierda erre en no recordarlo más, pero el derecho internacional deja en evidencia muchas de estas ideas. Solo hace falta atender al artículo 3 del Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales (1966) que dice:
“Los Estados Partes en el presente Pacto se comprometen a asegurar a los hombres y a las mujeres igual título a gozar de todos los derechos económicos, sociales y culturales enunciados en el presente Pacto”.

El bitcoin tiene la capacidad de crear grandes problemas, pero pensemos ahora qué aporta. Tal como dice siempre Paul Krugman “todavía no he oído una respuesta clara a esa pregunta”. La cuestión es que el bitcoin y las criptomonedas aportan sobre todo un retroceso muy bien resumido en estas palabras de Krugman: 


“Primero había monedas de oro y plata, que eran pesadas, requerían mucha seguridad y consumían muchos recursos durante su proceso de producción. Luego llegaron los billetes respaldados por reservas bancarias. Estos eran populares porque eran mucho más fáciles de manejar que las bolsas de monedas y redujeron la necesidad de metales preciosos físicos [...] Aun así́, el sistema seguía requiriendo cantidades sustanciales de dinero en metálico. Pero la banca central, la que permite que los bancos privados mantengan sus reservas como depósitos en un ente central en lugar de enormes volúmenes de oro o plata, redujo en gran medida esta necesidad, y el cambio al dinero fiduciario lo eliminó casi por completo. Mientras tanto, las personas gradualmente se alejaron de las transacciones en efectivo: primero hacia los pagos con cheque, luego hacia las tarjetas de crédito y débito, y ahora hacia otros medios digitales.

En contraste con esta historia, el entusiasmo por las criptomonedas parece muy extraño porque va exactamente en la dirección opuesta a la tendencia a largo plazo. En lugar de transacciones casi sin fricción, tenemos altos costos de hacer negocios, porque la transferencia de un bitcoin u otra unidad de criptomonedas requiere proporcionar un historial completo de las transacciones pasadas. En lugar de dinero creado por el clic de un ratón, tenemos dinero que debe extraerse, creado a través de cálculos intensivos en recursos”.

Los partidarios del bitcoin han dado constantemente respuestas poco convincentes cuando se entra de lleno en el debate. En primer lugar, hacen un alegato en favor de la descentralización, sin caer en la cuenta que adoptar un sistema como esta potenciaría enormemente la desigualdad. Esto se ve si se echa un vistazo al índice de Gini. El índice de Gini es una forma rápida de medir la desigualdad, quizá un tanto grosera, pero efectiva a la hora de hacerse una idea. Resumamos: si el índice es 0 es una sociedad completamente igualitaria, si es 1 la riqueza está concentrada en solo una persona. Pues bien, durante estos últimos años se ha llegado a hablar de que el bitcoin tiene un índice de Gini que supera el 0,8. Una auténtica locura. La pregunta que aflora es: ¿qué sentido tiene hablar de descentralización si al final tu sistema económico provoca desigualdades completamente desorbitadas?

La siguiente respuesta que solemos escuchar es que nuestro malvado sistema monetario genera de vez en cuando inflaciones masivas. Muchas veces estas inflaciones se generan para solucionar grandes problemas de endeudamiento y es verdad que puede originar grandes males a la ciudadanía. Sin embargo, la solución que da el bitcoin es poco convincente. Durante los últimos años, hemos visto que el precio del bitcoin se ha multiplicado de precio varias veces. La moneda ha sido víctima de la especulación y no se ha caracterizado por su estabilidad. Basta con comparar el bitcoin con el dólar o el euro. ¿Por qué razón vamos a querer guardar dinero con semejantes niveles de incertidumbre?

También se olvida mencionar que muchas veces los problemas de endeudamiento de los países tienen una fácil solución que pueden garantizar el bien común. Un ejemplo evidente es que la gente que más tiene debe compartir su riqueza por el bien de todos. El miedo a sufrir un período inflacionista puede solucionarse fácilmente si en los momentos en los que el Estado se ve obligado a gastar de más es solucionado con la recaudación de impuestos de la gente que más tiene. Parece poco verosímil que los problemas se van a solucionar cuando los inversores utilizan este tipo de burbujas para forrarse.

En el caso de que los partidarios del bitcoin tengan razón y que se siga con esta tendencia a desplazar a las monedas tradicionales, nuestro futuro posiblemente no sea demasiado bonito. El Estado tendría cada vez menos capacidad para recaudar impuestos y por tanto nuestro sistema del bienestar sufriría consecuencias desastrosas.

De igual forma la descentralización y la huida de la malvada injerencia del Estado, provoca que el minado de bitcoin se desarrolle en países que no se destacan por ser grandes democracias y donde las consecuencias de esta práctica pueden ser verdaderamente traumática para los pueblos más pobres. Prolifera también una especie de mito que preconiza que esto se trata de salvar de la pobreza a mucha gente. Más bien lo contrario. Tal como dice Nouriel Roubini, “no se trata de la democracia y la descentralización, se trata de la codicia”.

Por otro lado, existe un problema muy serio con la delincuencia. Puede ser que en muchas ocasiones haya sido exagerado, pero no es un asunto menor. Las desregulaciones provocan que muchos criminales vean una gran oportunidad para asaltar estos terrenos. Poco a poco es verdad que el Estado está consiguiendo rastrear estos delitos y puede explicar por qué está tendencia se está revirtiendo, pero de nuevo se vuelve a comprobar que sin una completa involucración del Estado, las consecuencias son claramente dañinas para el conjunto de la ciudadanía. Tampoco es casual que Janet Yellen no haya pasado por alto este problema.

Las grandes “ventajas” de esta denominada descentralización y la falta de regulación adecuada están ayudando también a aumentar el riesgo de catástrofe medioambiental. El asunto es bastante serio. Es tan seria la preocupación que hasta el propio Bill Gates ha levantado la voz de alerta. El problema es en realidad bastante simple. El bitcoin requiere grandes cantidades de energía. La especulación y la burbuja que estamos viviendo convierten estas cantidades de energía en inmensas. A primera vista, puede parecer ridículo, pero no lo es. Es una tarea muy difícil medir el consumo de energía y lo es mucho más estimar las emisiones de dióxido de carbono. Pero para que se hagan una idea, hay estimaciones que hablan de que actualmente el consumo de energía puede ser más alto que el de Argentina.

Gastar tantos recursos para conseguir algo inútil (como diría Krugman) no solo es dañino por su falta de sostenibilidad. Es también, una amenaza muy seria para la lucha contra la crisis climática. Hay que recordar que la humanidad va camino a la destrucción si durante estos años no se toman las medidas suficientemente ambiciosas.

Sobre este punto, el caso de China es muy representativo. Actualmente una parte muy considerable del minado de bitcoin se produce en China (≈70%). El gigante asiático es actualmente el principal emisor de dióxido de carbono del mundo debido sobre todo a que el país utiliza fuentes de carbón para producir energía. El problema es que, si el consumo de energía se dispara, esta energía se va a producir de una forma bastante sucia retrasando cualquier esfuerzo que se haga para luchar contra la crisis climática. Lo que muchos llaman descentralización produce también una nueva amenaza que debe ser afrontada urgentemente. Un estudio reciente de la Universidad Tsinghua en Pekín, advierte que en el año 2024 el consumo de energía del bitcoin en China podría exceder el nivel de Italia o Arabia Saudí.

El peligro de nuevo es bastante alto y la solución pasa por dos caminos: o una regulación adecuada o medidas más drásticas que busquen su eliminación, tal como ha propuesto en alguna ocasión liberales más sensatos como Joseph Stiglitz.

De todos modos, el futuro es impredecible. Es posible también que no veamos ni su eliminación completa ni un éxito que desplace a nuestro sistema actual. Es probable que al final quede en una especie de oro virtual utilizado también por manos avariciosas para refugiarse de las regulaciones del gobierno. En este caso, la pregunta que nos deberíamos hacer es un poco larga:¿Ha merecido la pena haber malgastado cantidades inmensas de energía para crear un bien no material, contaminante, que ha atraído a grandes especuladores y vendehúmos —véase el ejemplo de Elon Musk— y que también ha entorpecido la lucha contra la delincuencia, el mercado negro, socavando los esfuerzos del gobierno para un control de los impuestos que mejoren tanto nuestros servicios públicos, como el funcionamiento de nuestra democracia?

Tengo fe en que cualquier persona razonable se de cuenta dé que no ha merecido la pena.

Fuente: https://www.elsaltodiario.com/laplaza/el-bitcoin-es-un-gran-peligro-para-la-democracia.-las-memeces-libertarianas-tambien

 

 


martes, 18 de febrero de 2020

CÓRDOBA: LA HISTORIA DE LA MAYOR IMPRENTA CLANDESTINA QUE COMBATIÓ A LA DICTADURA ARGENTINA


Fue centro clandestino de detención y será sitio de la memoria

Recorrida por un sitio emblemático del horror. Los crímenes, los juicios y los testimonios de los sobrevivientes. La reconstrucción.

17 de febrero de 2020


La imprenta tenía hasta maquinaria alemana mejor que la de La Voz del Interior de ese momento. 

Imagen: Nicolás Castiglioni

“Ah, ya me imagino porqué ustedes están ahí”, dice una vecina señalándonos con su dedo índice y gesto de sabérselo todo. Nicoletta se acercó a la reja de la ventana que da a la calle Fructuoso Rivera al 1035 en el barrio Observatorio, la casa de la imprenta. La de los "guerrilleros" que hacían revistas.

La mujer, de unos setenta y pico e inocultable deleite por contar lo que al mismo tiempo jura ni-saber-ni-querer-contar; no pudo con su curiosidad y está allí para no perderse detalle del inusual movimiento de gente dentro de la que fuera la mayor imprenta clandestina que funcionó durante la última dictadura. El aire ensopado de la siesta de un febrero que apenas permite respirar la baña en transpiración, pero ella necesita expresar lo que vino a decir previo un inverosímil tire y afloje en tono yo-no-hablo-mal-de-nadie, pero.

-¡Mire usted! – se lamenta como quien ha sido engañada- Mis hijos jugaban con sus hijos acá en la cuadra. Y ellos en cosas raras…

-Señora, la pareja que vivía acá tenía una imprenta –le responde la militante y sobreviviente Susana Gómez, autora de un valioso libro-diario sobre su cautiverio-. Ellos difundían revistas, ideas. ¿Sabe usted que los torturaron, que los mataron y están desaparecidos?

-Mire, yo en eso no me meto… Si los mataron, eso ya fue. Pasó. Bien muertos estarán… Qué se yo. Andaban en algo y bueh… Lo que digo es que acá en el barrio parecían como todos y eran otra cosa. Y mis chicos jugaban con sus chicos y hasta venían a tomar la leche a esta casa ¡Imagínese!


Fachada de la casa de barrio Observatorio, en calle Fructuoso Rivera 1035/39.

No hay cómo no imaginar. Ya desde su fachada art noveau, toda la casa de Fructuoso Rivera 1035/39 permite entrar a su primer destino de hogar de militantes; de imprenta subterránea y, luego de su caída durante la Dictadura, de campo de concentración, tortura y muertes. Después vendría la usurpación facilitada por el ex juez Federal Miguel Angel Puga; la recuperación legal y su ahora próximo futuro de nuevo sitio de la Memoria para Córdoba. Carlos “el Vasco” Orzaocoa, abogado y sobreviviente, está orgulloso de refrendar a Página/12 que sí, que “aquí funcionó la imprenta clandestina más grande que hubo en el país. Incluso mucho más que la de San Andrés, en provincia de Buenos Aires”.

El Vasco recuerda ante un grupo de jóvenes militantes de Derechos Humanos, que “acá vivieron los compañeros Héctor Eliseo “El Negro” Martínez, su mujer Victoria "la Gorda" Abdonur y sus tres hijos: Walter, Laura y César. Cuenta que "abajo de esta casa chorizo” se construyó durante todo el ’73 y principios del ’74 un subsuelo “a diez metros de profundidad” donde se instaló "una imprenta que tenía hasta maquinaria alemana mejor que la de La Voz del Interior de ese momento". "Imprimíamos hasta 120 mil ejemplares de El Combatiente y La Estrella Roja. Y durante la (llamada) Primavera Camporista” que duró 49 días; hasta las vendían "en el kiosco de la esquina. Pero sabíamos que eso no iba a durar mucho –dice con los ojos clarísimos fijos en la tierra del patio-. Por eso nos seguimos cuidando”.

Cuidarse para Orzaocoa, que era parte del bureau político y de edición de imprenta; era mantener el secreto y la clandestinidad que arrancó con la construcción del sótano. “Miren, Héctor había sido empleado en la Fiat. Lo habían despedido y tenía una camioneta Ford F100. Ese vehículo fue clave en la construcción”. En su caja cubierta cada noche el Negro y sus compañeros militantes del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT) y del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), "trasladaban la tierra que iban socavando y la tiraban en el río (Suquía), en las nacientes de La Cañada, que queda cerca. Ahí también traía a los trabajadores que se quedaban seis días a la semana en la casa a lo largo de un año”. Los militantes llegaban con los ojos vendados en la camioneta que conducía el Negro, para que no supieran la ubicación exacta.


El abogado y sobreviviente Carlos "Vasco" Orzaocoa, cuando bajó por primera vez a la imprenta en la que también trabajó.

El dueño de casa y el grupo de arquitectos e ingenieros del PRT-ERP contaron con el asesoramiento de los Tupamaros uruguayos "que ya se habían fugado de la cárcel”, de Punta Carretas; y hasta vinieron “mineros potosinos, del Cerro Rico, que eran expertos en túneles”.

Golpe a golpe

La casa y la imprenta funcionaron casi sin sobresaltos hasta el 10 de julio de 1976, cuando alguien le avisó a Victoria “la Gorda” Abdonur que venían por ellos.

Según los hijos, ese día su madre estaba en la peluquería del barrio cuando una mujer se acercó y le dijo algo al oído. Según contaron a dos redactoras del sitio web La Tinta, Victoria “salió tan rápido que ni se sacó los ruleros”. Ese mismo día con su esposo Héctor Eliseo Martínez y sus tres hijos huyeron con lo puesto. Primero a un hotel en algún sitio de Córdoba, y luego viajaron a Moreno, en provincia de Buenos Aires. Los represores los persiguieron y encontraron el 22 de junio de 1977. En el asalto a la casita que habitaban, asesinaron a Héctor, y se llevaron aún viva a Victoria que para evitar que se robaran o mataran a los chicos, salió envuelta en una sábana blanca a modo de rendición, y se entregó con Walter, Laura y el bebé César en brazos. Walter recuerda que su mamá, aún cuando le pusieron un arma en la cabeza, le repetía la dirección de su hermana Maruca, "la tía Maruca" en Córdoba. 

Esa tía fue quien luego de su propio cautiverio y torturas en la casa de barrio Observatorio, se hizo cargo de sus sobrinos. Miguel Barberis y Matilde Sánchez, la pareja de militantes que estaban a cargo del trabajo de la imprenta, padecieron un destino similar. Todos fueron capturados, asesinados y desaparecidos. Durante los juicios se supo que los represores al mando de Luciano Benjamín Menéndez irrumpieron en la casa de barrio Observatorio el 12 de julio cuando ya no había nadie. Se sabe también que el coronel Carlos Carpani Costa al mando del asalto, se enfureció ante el supuesto falso dato, la nada que encontró. Pero tras insultar y maldecir, dejó montada una guardia “ratonera” por si alguien tocaba a la puerta: un modus operandi habitual durante toda la dictadura. Recién varios días después --y tal vez buscando algo para comer-- uno de los soldados descubrió una de las dos entradas, la más pequeña, en el piso de mosaicos de la alacena, frente a la mesada. Fue cuestión de horas que encontraran la mayor, la del montacargas por donde se ingresaron las máquinas y salían las revistas, ubicada detrás de la heladera y un mueble.

Pero el golpe cuasi final al ERP ocurrió el 19 de julio de 1976, cuando poco después del mediodía, las huestes del Terrorismo de Estado allanaron un departamento en Villa Martelli y mataron a balazos a Mario Roberto Santucho y Benito Urteaga. Otro de los integrantes de la cúpula de la organización, Domingo Mena, había sido asesinado horas antes. Así las cosas, en pocos días el PRT-ERP se había quedado sin imprenta y sin conducción.

A partir de entonces la casa del Negro y La Gorda, en barrio Observatorio, mutó en campo de concentración de la Dictadura. Durante el Megajuicio-La Perla- Campo de La Ribera, hubo varios testigos y sobrevivientes que atestiguaron sobre las múltiples violaciones, tormentos y fusilamientos perpetrados allí. Una de las víctimas que dio su testimonio, fue María "Maruca" Abdonur, la hermana de Victoria. 


Tristán Gazi, uno de los arquitectos en pleno diagnóstico del edificio de la casa-imprenta.

Bocas del tiempo

No es fácil bajar a la imprenta. El barbijo apenas deja respirar y se ajusta a la nariz con una pieza de metal. Los anteojos se empañan. El polvillo flota y los guantes que hay que usar son enormes. Imposible prescindir de ellos para aferrarse a la herrumbrada escalera de incendio que se corta a los seis o siete metros. Algo o alguien cortó el resto. Desde su fin hay que saltar a otra escalera metálica que sostiene Jesús (sí, así se llama el trabajador que cumple esa tarea). Arriba avisaron: el sótano-imprenta-túnel no es apto para claustrofóbicos ni para quienes padezcan de vértigo.

Por eso antes del descenso por escalones (demasiado) separados entre uno y otro como para no sentir el vacío debajo los pies a cada paso; un grupo integrado por jóvenes ingenieros, antropólogos y museólogos muestran a esta cronista el “plano general para ubicarse en el espacio casa-imprenta". Luego del living, en la vivienda-chorizo se suceden dos piezas, hasta que se llega a la cocina, el lavadero y el baño. Es debajo de estos tres últimos cuartos que se extiende, a modo de vagón de tren abovedado, el sótano donde funcionó la imprenta clandestina. Recién entonces señalan sus dos entradas. Esas que a los represores les llevó varios días descubrir.

La más estrecha y por la que bajaban los redactores y gráficos durante los dos años y medio que funcionó a pleno, es un cuadrado de unas cuatro a seis baldosas con su mampostería de cemento incluída, disimulado en el piso de una alacena en la cocina. La “tapa” se levantaba cada vez que los militantes entraban o salían. Esa era la entrada habitual para Matilde Sánchez y Miguel Barberis, los encargados del trabajo cotidiano. La otra entrada estaba a la vuelta de esa alacena, en dirección al patio y oculta detrás de un mueble y una heladera. Ahora se la ve abierta: es un cuadrado de metro y medio por metro y medio “de piso bien grueso que pesa más de dos toneladas”, y que se acciona con un sistema de poleas y pesas. Un montacargas cuya entrada se abría tocando una llave de luz común que ponía en marcha todo el mecanismo de apertura que sólo se utilizaba para entrar el papel, la tinta, o sacar las revistas a la superficie. Según Orzaocoa, por ahí ingresaron las rotativas. “Dos Rotaprint, dos impresoras Cabrenta, una guillotina Krausse, las mesas de trabajo y los elementos para la edición y sala de fotografía”.

“Estuve muchas veces en la casa y en la imprenta” --memora el Vasco-- y no, no había ruidos de ningún tipo. Se había hecho un buen trabajo”. 

Bajo tierra

Ya diez metros bajo tierra es Federico Strezelecki, un joven ingeniero civil, el encargado de guiar a esta cronista. A la entrada, a la izquierda, hay dos pequeños cuartos con piso más elevado donde se hacía acopio del papel, la tinta y el material impreso. A esa especie de “depósitos”, le sigue la nave central: una construcción en bóveda con techo y paredes en arco. 

Se puede caminar sólo por un listón plástico que se extendió para no pisar los “mosaicos flexiplast” originales que el agua y la tierra de más de 40 años han estropeado y a la vez mantenido, como a todos los materiales que se encontraron. “Papel, goma, plástico, metal y demás cosas que estamos clasificando”, según explicó Valentina Saban, del equipo de antropólogos. La tierra, una vez más, hizo de cofre (como solía escribir Hamlet Lima Quintana) para “documentos que se hubieran perdido para siempre si el barro no los cubría”. 

A lo largo de la bóveda que es muy parecida a una cripta religiosa, se notan a simple vista la diferencia de estilos de los mineros bolivianos en la parte trasera, con sus premoldeados de hormigón; y la delantera con algunas barras de metal sosteniendo la mampostería de “los Tupas que (en 1971) habían logrado un escape cinematográfico del penal” de Punta Carretas en Montevideo. Una fuga de 111 presos que, en su momento, lideraron Pepe Mujica y Eleuterio Fernández Huidobro.“Mire, yo siento que los militantes, los redactores de entonces nos esperaban cuando bajamos por primera vez. Que nos dijeron ¡por fin llegaron! Ellos tenían la misma edad que nosotros ahora”, dice el ingeniero y muestra las pintadas intactas. “Hay que preparar hombres que no consagren a la revolución sus tardes libres, sino toda su vida”, Lenin. PRT, se lee en una de las más extensas. Y la pintada de los “compañeros cubanos” que la visitaron: “Seamos como el Che”y otras consignas. 

También hay violentos estallidos de tinta roja sobre algunas leyendas: “Fueron los milicos cuando entraron”, explica Jesús Tello, y también señala una cruz esvástica dibujada en negro cerca del baño (que tenía su propio pozo) y la cocinita, al pie de la escalera. Allí abajo, en la que fuera la imprenta de libros, revistas y volantes, apenas nos iluminan algunos focos eléctricos y la claridad que baja desde la entrada mayor abierta de par en par en la superficie. La boca gigante del montacargas. Miro hacia arriba. Se ve tan lejos. Intento sacarme un guante para tomar nota y me advierten: “No, esto está lleno de una bacteria que puede provocar neumonía”. Y me muestran un cable que parece brotado de grumos oscuros. 

La ventilación es buena al punto de que pasado el primer momento, uno puede olvidar de que está en un oxímoron terroso más profundo que cuatro o cinco tumbas una sobre la otra. O una debajo de la otra. Entonces pienso en otros soles y otras sepulturas. Pienso en el mausoleo de Eva Perón en La Recoleta. Tuvieron que enterrar su cuerpo embalsamado diez metros bajo tierra para evitar que se repitiera su robo y su peregrinar de 16 años. Militar tras militar, continente tras continente. Pienso en la historia de nuestro país donde para imprimir ideas que pretendían librar del hambre, la pobreza y la desigualdad; y hasta para cantar canciones que denunciaban ese (mal) estado de cosas; hubo quienes debieron partir al exilio o como en este caso, cavar túneles, insonorizar paredes, construir escondites, plantar tubos que atravesaran todo y el techo --alrededor del tanque de agua-- para respirar el aire, adivinar el cielo y sentir que no estaban ni vencidos ni enterrados. Pienso en el Vasco que sigue atestiguando arriba; pero también en Roberto Matthews, "Carlitos" un joven militante asesinado mientras repartía las revistas a principios del ´75. La imprenta subterránea lleva su nombre desde entonces. Ya se llamaba así cuando la hija de Rodolfo Walsh, "Vicky”, la visitó poco antes de su muerte. Todas esas huellas están en las paredes, en las escaleras imposibles y en los documentos recuperados. ¿Cuándo se podrá visitar este nuevo sitio de Memoria “y resistencia”? Quizás en uno o dos años, cuando todo haya sido puesto a salvo: lo que quedó y lo que intentaron destruir.

Durante el Megajuicio de La Perla que duró tres años, nueve meses y 28 días, los represores en el banquillo se mostraron obsesionados con esta imprenta. Ernesto “el Nabo” Barreiro solía blandir durante sus largas exposiciones de auto-defensa, ejemplares de La Estrella Roja y El Combatiente. Para él y la mayoría de sus cómplices, esas revistas eran, per se, prueba irrefutable de "culpabilidad" y merecedoras de la violencia que ejercieron.

Cuarenta y cuatro años después como ha ocurrido siempre --y seguirá sucediendo-- las ideas de libertad y las letras que las expresan le ganaron a las balas.

Juez, complicidad y regalos

Por Marta Platía

“A esta casa la recuperamos tras un juicio larguísimo --le contó a Página/12 el abogado y sobreviviente Carlos Orzaocoa--. Después que la allanaron los militares en julio de 1976, y la usaron de campo de concentración; un juez (federal, Miguel Angel Puga) se la cedió a Héctor Varela, un empleado judicial de su confianza, quien la puso a nombre de su esposa, Ofelia Cejas. La pareja vivió décadas en la casa e intentó quedarse con la propiedad alegando que los dueños desaparecidos se la habían vendido a una mujer en abril de 1976, y que esa supuesta propietaria, vivía ahí cuando ellos llegaron. Pero Orzoacoa y los hijos de Héctor y Victoria lograron probar que los usurpadores mentían: esa persona había muerto en agosto de 1973. La línea de tiempo no cerraba. Este caso se tomó como una muestra más de la "generosidad con lo ajeno de algunos de los miembros de la Sagrada Familia". El ex juez Puga fue juzgado y condenado en el llamado juicio a los magistrados en noviembre de 2017 por los fusilamientos en el invierno de 1976, de 31 presos políticos a cargo del Poder Ejecutivo Nacional en la UP1, la Cárcel de Barrio San Martín.