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viernes, 4 de junio de 2021

ASÍ SE GESTÓ EL REPORTAJE QUE DESENMASCARÓ A EEUU Y SU BOMBA NUCLEAR EN HIROSHIMA

 

 

Truman Gave Go-Ahead to Bomb Hiroshima After Touring Berlin Ruins


Fue fruto de un encargo. Se trabajó en secreto durante meses. Constó de un viaje y 30.000 palabras. Tuvo que esquivar la censura. Así se gestó Hiroshima, el reportaje de John Hersey sobre el ataque nuclear de Estados Unidos a Japón que publicó 'The New Yorker', quizá el escrito de prensa más citado de la historia.

Por Marcel Beltran

Publicado el 3 Jun, 2021

La mañana del 31 de agosto de 1946, una persona de mediana edad, sin importar el género, sale de su vivienda en Nueva York y se dirige al kiosco. Al llegar al establecimiento, otea los impresos expuestos en los estantes y pinza con los dedos un ejemplar de The New Yorker. Acto seguido, saca la cartera de su bolsillo y posa las monedas en la mano del vendedor. Luego, rehace el camino de regreso a casa.

Al sentarse en la mesa del comedor, ese sujeto extiende la revista y primero se detiene en la portada: un dibujo ameno y liviano de un parque en verano. La de la vuelta al folleto y en la contra ve una imagen publicitaria de los entrenadores de los Giants y los Yankees, dos equipos de béisbol, recomendando comprar siempre cigarrillos Chesterfield. Cuando por fin lo abre, en las primeras páginas se repasan la agenda de la ciudad y las novedades de la cartelera. También hay algún anuncio más de diamantes, abrigos de piel y otros productos por el estilo. Todo sigue el patrón habitual, hasta que voltea la hoja y tropieza con lo que parece ser una declaración editorial: se notifica al lector que esta edición está dedicada en exclusiva a un solo artículo «sobre la casi completa erradicación de una ciudad por la bomba atómica».

Ha pasado un año desde que Estados Unidos arrojara la devastadora Little Boy sobre Hiroshima, un artefacto que acabó con la vida de más de 150.000 civiles, y The New Yorker, por primera vez en su historia, ocupa el número entero con un reportaje basado en aquellos hechos.

«Exactamente a las ocho y quince minutos de la mañana, hora japonesa, el 6 de agosto de 1945, en el momento en que la bomba atómica relampagueó sobre Hiroshima, la señorita Toshiko Sasaki, empleada del departamento de personal de la Fábrica Oriental de Estaño, acababa de ocupar su puesto en la oficina de planta y estaba girando la cabeza para hablar con la chica del escritorio vecino». Así arranca la hoy ya célebre narración de aquel texto, que apareció publicado bajo la firma de John Richard Hersey. Hijo de dos misioneros estadounidenses, Hersey nació en China y regresó a los 10 años al país de sus padres, donde estudiaría en la Universidad de Yale. Su primer trabajo como periodista fue para Time, y pronto se trasladó a Europa y Asia para informar durante la Segunda Guerra Mundial. Ganador del premio Pullitzer por su novela de debut, Una campana para Adano, por aquel entonces todavía no había visto la luz el que con las décadas se convertiría en el escrito de prensa más citado de todos los tiempos. Un artículo que, como dice Juan Gabriel Vásquez, su traductor al español, «vino a llenar una laguna».

El origen de todo se encuentra en el fondo de una preocupación. Es marzo de 1946 y William Shauwn y Harold Ross, editores ejecutivos de The New Yorker, están extrañados porque todo lo que se habla en los medios del estallido atómico obvia cualquier referencia a la parte humana. Como si bajo la explosión del único ataque nuclear jamás producido no hubieran habido, en efecto, personas. Hacen algunas llamadas y acaban contactando con Hersey, en aquel momento instalado en Shanghai como corresponsal. El encargo que le hacen es claro y conciso: que pase tres semanas en Japón y cuente lo que vea. Eso, exactamente, es lo que hará el escritor. Mirar, preguntar, tomar notas y acabar plasmando su investigación en un manuscrito de 30.000 palabras. Cuando lo reciben, los editores meditan cómo darle salida. Al principio barajan la idea de publicarlo en cuatro entregas. Al final, tras varias discusiones mantenidas en un necesario secreto, concluyen que lo mejor es ofrecerlo en una sola. Y con ese formato se imprime el volumen en junio, esquivando los cortes de una posible censura, y generando un impacto sin precedentes en la sociedad estadounidense.

El tiraje de 300.000 ejemplares se agota rápidamente. El reportaje es reimpreso en cantidad de periódicos internacionales y se locuta entero en la radio. Muchas personalidades públicas se hacen eco de su contenido: Albert Einstein, en un intento frustrado, trata de comprar 1.000 volúmenes para repartirlos entre la comunidad científica. El éxito editorial es rotundo: dos semanas después del lanzamiento, una copia de The New Yorker se revende en el mercado negro por un precio 120 veces superior al original. Y toda la culpa la tiene Hersey.

El trabajo de  John Hersey recuerda a Julian Assange acusado hoy por EEUU ...

 

Hiroshima es una obra periodística redonda por dos razones. Ambas corresponden a dos decisiones que tomó su autor.

La primera clave está en el modo de estructurar la historia. En su esqueleto. Como un relojero que enrosca cada pieza en su sitio para que las agujas corran, Hersey eligió cuidadosamente cómo situar los elementos de su narración para que ésta atrapara al lector. Según contó en la BBC la documentalista británica Caroline Raphael, experta en el texto, el autor enfermó durante su viaje a la ciudad japonesa y mientras estaba convaleciente leyó El puente de San Luis Rey, el libro de Thorton Wilder, que se compone con las experiencias de cinco personas que cruzaron el puente cuando este se vino abajo. Ese hallazgo le convenció de que su relato también tenía que girar sobre personas concretas, y no sobre edificios, calles o paisajes dañados por los bombardeos, como habían hecho la mayoría de enviados especiales.

Eligió seis protagonistas, seis supervivientes. Eran los siguientes: Toshiko Sasaki, administrativa de una fábrica con una grave lesión en la pierna; Kiyoshi Tanimoto, reverendo metodista con síntomas de irradiación aguda; Hatsuyo Nakamura, viuda de un sastre y madre de niños pequeños; Wilhelm Kleinsorge, sacerdote jesuita alemán afincado en Hiroshima; y los médicos Masakazu Fujii y Terufumi Sasaki. La decisión de intercalar sus testimonios en sus horas más difíciles no pudo ser más acertada: si uno presta atención a lo que está leyendo, puede sentir cómo se mueve con ellos entre los escombros de una ciudad destruída.

El segundo aspecto diferencial es el estilo que empuñó Hersey para escribir el reportaje. Nada de filigranas literarias, cero barroquismos. Un tono sobrio, despojado, huesudo, con oraciones simples y soldadas al tuétano de los hechos. Un ejercicio de modestia creativa para situar a los personajes en primer plano y rebajar la importancia del narrador. Hizo lo que más le cuesta hacer a un escritor: quitarse de en medio, dejar que la historia hable por sí misma. Como expone Vásquez, «Hersey escribió Hiroshima con un martillo anglosajón en la mano: palabras duras, secas y cortas; frases cuadradas, declarativas, terminadas en ángulo recto, como un ladrillo». Ese aparente distanciamiento del autor, estrategia ya característica de Hersey, ayudaba a que el público conectara con sus textos, pero también despertaba algunos recelos en el gremio literario. Como los del influyente Gore Vidal, que solía atizarle diciendo que sus artículos enseñaban cómo eran las cosas, pero nunca por qué ocurrían. Aún así, aquello era lo normal en Vidal: en una ocasión le pidieron que describiera a Hersey con tres adjetivos y el tipo no se mordió la lengua: «Aburrido, aburrido y aburrido».

Controversias al margen, al concluir su estancia en Hiroshima, Hersey tenía un muy buen material entre manos. Para acabar de pulirlo y mandárselo a los editores, sin embargo, decidió esperar y volver a Nueva York. Si los hubiera enviado desde allí, se habría expuesto a que los folios nunca llegaran a destino, puesto que era sabido que las fuerzas de ocupación estadounidenses incautaban habitualmente crónicas, imágenes y cintas de vídeo antes de que se dieran a conocer en el extranjero. El control sobre lo que se decía de las zonas afectadas por el ataque nuclear fue durante mucho tiempo una cuestión de Estado en Washington. Las autoridades occidentales, ya desde antes del lanzamiento de las bombas, se preocuparon de justificar tan desmedido golpe; según ellas, era la única manera de forzar la rendición del emperador Hirohito, expulsar del tablero al principal socio de los alemanes y finiquitar la guerra mundial, antes de que la contienda se prolongara y provocara más muertes de soldados norteamericanos.

Ese era el último fin de la bomba atómica, decían: salvar vidas. Ocurre que con los años ese discurso fue desplumándose. En parte, por algunas declaraciones extraoficiales que apuntaron a lo innecesario de la medida teniendo en cuenta el estado crítico en el que ya se encontraba la nación nipona, como la del almirante William Leahy, jefe de Estado Mayor de Roosvelt y de Truman: «El uso de esta arma bárbara en Hiroshima y Nagasaki no representó ninguna ayuda sustancial en nuestra guerra contra los japoneses, que ya estaban derrotados y listos para rendirse». En parte, por una publicación como la de Hersey, que puso caras a la tragedia y ayudó sensibilizar a la opinión pública.

El reportaje de Hersey se sigue poniendo a día de hoy como ejemplo en muchas facultades de comunicación. Como muestra de cómo se debe enfocar una historia, qué tratamiento merecen la víctimas de una tragedia, y como demostración de que el periodismo honesto y bien trabajado puede ayudar a cambiar la percepción que una sociedad tiene sobre un conflicto a raíz de lo que explican sobre él sus gobernantes.

La copia de aquella célebre edición de The New Yorker estuvo vetada en Japón hasta 1949, cuando también pudo empezar a leerse en japonés. El encargado de traducirla fue el reverendo Tanimoto, uno de los supervivientes que dieron voz y aliento al escrito de Hersey.

 

Fuente: Público

https://kaosenlared.net/asi-se-gesto-el-reportaje-que-desenmascaro-a-eeuu-y-su-bomba-nuclear-en-hiroshima

 

 

jueves, 6 de agosto de 2015

HIROSHIMA, LA LLUVIA NEGRA DE LA BARBARIE



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                                                                        Por Pepe Gutiérrez- Álvarez                                                                                                                                                       Resumen Latinoamericano
                                                                                                                     KaosEnLaRed
5 de agosto de 2015

Hiroshima y Nagasaki, trabajos que normalmente pasan desapercibidos. El motivo es muy simple: son cotas de barbarie realizadas por los vencedores.

Cada año se publican aquí y allá algunas informaciones sobre lo que pasó en Hiroshima y Nagasaki, trabajos que normalmente pasan desapercibidos. El motivo es muy simple: son cotas de barbarie realizadas por los vencedores. A esta cota máxima de barbarie se le podrían añadir otras, Manu Leguineche en Sobre el volcán (reeditado en ediciones de Bronce, 1999), nos hablaba con toda justicia de los Auschwitz norteamericanos: Chile, Argentina, Nicaragua, El Salvador… Pero, señores letratenientes como Vargas Llosa, lo máximo que se puede decir es que ”los estados Unidos tienen defectos” Dado que el cine ha sido ante todo y sobre todo, Hollywood, no es de extrañar que existan tan pocas películas sobre los GULAG del país del dólar y, concretamente, tan poca filmografía sobre Hiroshima y Nagasaki.

En otro articulo 1/, ya nos hemos referido nos hemos referido a las contadas excepciones –que las hubo-, en las que Hollywood abordó la cuestión con el objetivo de neutralizar cualquier acusación o cualquier sentimiento de culpa.

Una de estas excepciones fue The Falcon and the Showman (El juego del halcón, EUA, 1985), filme de John Schlesinger con guión del reputado  Steven Zaillian que adapta un libro de Robert Lindsey, en el que se reconstruía la historia real de dos jóvenes de buena familia que se convirtieron en espías al servicio de la URSS. Narrada en un tono desapasionado y casi documental, sus evidentes atractivos se van diluyendo; pero en la que se ofrece un momento en el que el protagonista encarnado por Timotty Hutton, justificaba serenamente la “traición” de su país, entre otras cosas porque este sigue siendo el único país del mundo que utilizó la bomba atómica contra otro. Un acto que, tal como se ha presentado por la derecha made in USA, más bien parece que se le tenía que agradecer 2/.

Durante el tiempo que siguió hasta el presente, algunos cineastas japoneses no olvidaron. Lo demostraron películas como El canto eterno de Nagasaki o Hiroshima, películas ignotas que nunca nos llegaron, una filmografía olvidable por lo general con la excepción de Lluvia negra 3/ Esta lluvia fue la que acompañó a la bomba y que cayó sobre las victimas que tuvieron la desdicha de sobrevivir. Imamura no dice nada sobre los responsables, no lo necesita. Le basta con recrear la “suerte” de algunos de estos apestados que, después de todo lo que han sufrido y sufren, se ven rechazados por su entorno incluso aunque ya estén sanos. Así la escena más impactante de la película es cuando un novio abandona a la chica con la que se iba a casar porque sus familiares padecieron Hiroshima, y no le importa que ella le haga conocer los certificados médicos que confirman su buena salud.

No hay vistas desde las alturas, todo es presentado a ras de tierra. La cámara retrata las personas concretas que un rato antes hacía su vida normal en Hiroshima. Describe la ciudad llena de zombies, como si se tratara de muñecos de plástico que se van deshaciendo según caminan, e inserta un plano en el que una mujer lleva a un niño en brazos, más parecido a un tronco carbonizado que a un ser humano. Son detalles de las filmaciones japonesas, de los testimonios del horror sin límites, sobre una historia sobre la que conozco ni un mal libro.

Imamura no subraya nada, no ofrece nada que no sea cierto, y sin embargo, la realidad es tan tremenda que la película puede parecer una versión de la “los muertos vivientes”. Su tratamiento es del cine de la época en un oscuro blanco y negro que te hace sentir como si estuvieras delante de un documental sobre la tragedia identificando la cámara con tu propia mirada. Me pregunto, ¿si aquí todo eso queda tan extraño cuando sabemos lo que fue Guernica bajo el franquismo, qué no será en los Estados Unidos donde parece que la “democracia” lo justifica todo?

Shohei Imamura. La preocupación por el ataque americano parecía no existir. El terrible día del 6 de agosto, Hiroshima se despertaba con tranquilidad, la gente salía a hacer su trabajo diario, las ceremonias rituales seguían su curso. Había escasez por la coyuntura bélica, pero nada de lo que se muestra en el terrorífico inicio del film parecía indicar que se acercaba uno de los días más dolorosos para la historia de Japón. Nadie se preocupaba por las políticas de promoción racial que su país hacía más allá de sus fronteras. El relámpago acabó con su frágil sensación de bienestar. El pánico que siguió a la caída de la bomba se muestra como si de una película de fantasmas japoneses se tratara. Brazos desmembrados, cuerpos calcinados, gritos de horror… La caracterización está más cerca de la alucinación genérica que del sustrato realista del resto de la película. La caída de la bomba supone una discontinuidad en la secuencia histórica japonesa. Recordemos que será en la posguerra cuando aparezca el fenómeno Godzilla y cuando los cuentos de terror tendrán mayor aceptación. Imamura mide el horror de forma cercana, sin pirotecnias: sorprende la normalidad con que la cámara se acerca a las victimas apresadas por el alquitrán. No hay más filtros que el de la fotografía en blanco y negro.

No se trata de narrar una historia, sino de representar de la forma más fiel posible el horror. Kuroi Ame es todo lo contrario a la diversión. Diversión es lo último que debería buscarse en un film de estas características. Una guerra no es divertida (Spielberg, etc…) La muerte de personas inocentes no es nada divertido. Las enfermedades provocadas por la irradiación nuclear no son divertidas. Por eso Kuroi Ame no es divertida. Entretenerse, sentir placer, mientras asistimos a esta tragedia es lo más detestable que un ser humano puede hacer. Kuroi Ame es un film comatoso, nada atractivo visualmente, porque es la única forma posible de mirar a los ojos al espectro de la muerte. Hacer lo contrario sería frivolizar la mortecina sombra que un día de agosto del 45 cayó sobre la ciudad japonesa. Kuroi Ame es lo que debe ser: un terrible, incómodo y asfixiante viaje cuyo destino final es, inexorablemente, la muerte. Y durante todo ese viaje, ese destino fatal se intenta maquillar, obviar, bajo la fachada de lo cotidiano, de lo aburrido, incluso de lo trivial. Ante esto, al espectador le puede ser difícil mantener la atención, pero es su obligación hacerlo, porque está en juego la vida de miles de personas que murieron aquel día y de todos los que padecieron la caída de la bomba en los años sucesivos. Hay que prestar atención, nos guste o no, hasta ese final en el que nos espera la muerte, una muerte prematura injusta, provocada por un relámpago que se escapa al campo de visión de la cámara, como también se escapaba a la conciencia de los japoneses.

El film acaba de forma repentina, cuando el espectador espera recibir más información. Pero el fantasma de la muerte ya ha aparecido y los afectados por la bomba ya están condenados.


1/. Cf. Hiroshima, Hollywood y un teniente coronel cinéfilo español, aparecido en Kaos, 18 julio, 2015. En él llamo la atención sobre el nulo interés sobre esta tragedia mostrado en la obra Diccionario de Películas. El cine Bélico (editado por el Ministerio de Defensa en colaboración con la editorial T&B, 2009). Este es el título escogido por el teniente coronel José Manuel Fernández, todo un especialista militar en este cine.
2/ Lamento no contar con la documentación en la mano, pero recuerdo muy vivamente que el corresponsal de La Vanguardia de Barcelona desde el Vietnam de los años sesentas, gustaba de insistir en que no entendía como era que los norteamericanos no utilizan su armamento nuclear en el conflicto; en fechas recientes, con ocasión de un debate en TV3, otro corresponsal del mismo diario insistía que en el Vietnam había muerto 50.000 soldados, hasta que alguien le precisó que se olvidaba de los cinco millones de vietnamitas. Igualmente recuerdo un lejano el artículo dominical de Vargas Llosa en El País, como este comentaba de manera favorable los argumentos que justificaba su utilización por el presidente Truman, al que Dios tendrá obviamente en su gloria.
3/ Lluvia negra (Kurio Ame, 1989, Japón, 122 min., B/N). Director : Shohei Imamura Guión : Toshiro Ishido y Shohei Imamura, basado en la novela “Kuroi Ame” de Masuji Ibuse Fotografía : Takashi Kawamata Música : Toru Takemitsu Montaje : Hajime Okayasu Producción : Hisa Lino Productoras : Imamura Production y Hayashibara Group .Intérpretes: Yoshiko Tanaka (Yasuko Takamaru, la sobrina), Kazuo Kitamura (Shigematsu Shizuma, el tío), Etsuko Ichichara (La tía), Shoichi Ozawa (Shokichi), Tomie Ume (Tane, su esposa), Norihei Miki (Kotaro), Hisako Hara (La abuela), Shoji Kobayashi (Katayama), Keisuke Ishida (Yuichi).
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Estadounidenses aún apoyan bombardeos a Hiroshima y Nagasaki

Telesur / 5 de agosto – Siete de cada diez ciudadanos mayores de 65 años de edad consideran justo el ataque nuclear de EE.UU. contra las ciudades japonesas en la Segunda Guerra Mundial.

A 70 años del lanzamiento de los dos bombas atómicas sobre las ciudad de Hiroshima y Nagasaki (Japón) desde Estados Unidos, aún la mayoría de los ciudadanos de este país siguen pensando que era necesaria la catástrofe ocurrida al término la Segunda Guerra Mundial.

Al menos 85 por ciento de los estadounidenses aprobaron en el año 1945 la decisión tomada por el entonces presidente Harry Truman, y en 1991, un 63 por ciento de la población continuaba justificando los ataques, reveló el diario Detroit Free Press.

El 6 de agosto de 1945, fuerzas armadas de EE.UU. lanzaron a Hiroshima la primera de las dos bombas. Tres días después, cayó la segunda sobre Nagasaki, con lo que cerró una ofensiva que cobró la vida miles de civiles y destruyó ambas ciudades.

DATO » La Ofensiva militar de EE.UU. en Japón se prolongó por 27 días y terminó con el lanzamiento de la bomba atómica a Nagasaki. Japón se rindió tras esto y puso fin a una guerra iniciada en 1937 con la invasión a China, que se extendió a toda la región Asia-Pacífico.

Ahora, la mayoría de ciudadanos de 65 años de edad en adelante (siete de cada diez) siguen justificando este hecho, según un estudio realizado por el instituto Pew Research Center difundido este martes. Sin embargo, 34 por ciento de la población norteamericana cree que EE.UU. no tenía justificación para acabar con las ciudades japonesas.

Mientras que 74 por ciento de ciudadanos nipones considera que Estados Unidos no tiene justificación para el ataque a Hiroshima y Nagasaki.
Ataque innecesario

Unos 855 mil estadounidenses veteranos de la Segunda Guerra Mundial aún viven. Según el museo nacional de la Segunda Guerra Mundial de Nueva Orleans, Luisiana (sur), 16 millones de militares sobrevivieron a la guerra con Japón.

Algunos de los soldados que iban en el Enola Gay, nave que bombardeó las ciudades.

Hace semanas unas semanas fue inaugurada una exposición en el American University Museum de Washington. En el evento se pueden ver 20 artefactos que sobrevivieron a los bombardeos en Hiroshima y Nagasaki, muchos de ellos, provenientes de estas ciudades.

El profesor de la historia de la American University Museum, Peter Kuznick, relató a la agencia AFP que hay documentos desclasificados de 1945, en los que muchos de los comandantes estadounidenses consideran que lanzar la bomba atómica era “militarmente innecesaria, moralmente condenable”.

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de: Resumen Latinoamericano <resumen@nodo50.org>
responder a: resumen@nodo50.org
fecha: 5 de agosto de 2015, 18:45
asunto: [Diariodeurgencia] ARGENTINA Victoria de la lucha de los trabajadores
lista de distribución: diariodeurgencia.listas.nodo50.org
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firmado por: nodo50.org