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martes, 23 de junio de 2020

LA "GUERRA" DE EEUU A CHINA: EL CANAL DE PANAMÁ Y SIMÓN BOLÍVAR



·        Julio Yao
21/06/2020
La llamada “guerra” entre Estados Unidos y la República Popular China es un acto entre inamistoso y agresivo, multifacético e híbrido (no militar) de Washington contra la potencia asiática, que ha tratado solo de defenderse y de apaciguar a la contraparte en su afán de convertir el antichinismo atolondrado del presidente Donald Trump en una carta electorera más de las elecciones de noviembre próximo. 

Una supuesta “guerra” no provocada, en la que uno de los contrincantes no combate sino se defiende tan solo de un enemigo más poderoso, no es una guerra sino un atropello o una forma de agresión, que ela más grave violación del Derecho Internacionalespecialmente si es incompatible con la Carta de las Naciones Unidas (Definición de Agresión, (Resolución 3314 (XXIX) de la Asamblea General de las Naciones Unidas).

Claro, estas consideraciones son terra incognita para el presidente del país más poderoso del planeta.  La surgente Guerra Fría contra China es, igual que la Guerra Fría contra la Unión Soviética,  el más grande atropello porque implica hostilidad, agresividad, enemistad, apabullamiento, chantaje, boicot, desacreditación, guerra armada por interpuestas partes,  espionaje y aislamiento internacional, agresión multiforme de Estados Unidos en contra el desarrollo pacífico de China.

Estados Unidos bajo Trump atraviesa la etapa más oscura y trágica de su historia por su completo desconocimiento y desdén por el Derecho Internacional, las normas de convivencia internacional y la diplomacia,  lógica consecuencia de su absoluta ignorancia e ineptitud  en asuntos internacionales que lo llevan a decir que “Estados Unidos le  regaló el Canal a Panamá”;  proponer  “bombardear  huracanes con armas nucleares”; “comprar Groenlandia” como si fuera tierra “salvaje” y estuviera en subasta; preguntar “si Finlandia pertenece a Rusia” (Bolton dixit); declarar que “el cambio climático no existe”; que “el COVID19 es una “gripecita” o declarar (17 de junio de 2020)  que ¡“Venezuela le pertenece a Estados Unidos”!

La indigestión o intoxicación mental de Trump adquiere dimensiones épicas cuando se trata de China Popular, sea al intervenir en Hong Kong (RAEHK) territorio autónomo de China, al cual el mandatario de la Casa Blanca trata como si fuera el barrio de Harlem, o cuando interviene en la provincia china de Xinjiang como si fuera un suburbio de Miami.  Ahora intenta desgajar a Taiwán del territorio de la República Popular China.

Afortunadamente, la única sobrina de Trump -- psicóloga por añadidura – fundamenta en su libro de próxima aparición por qué su tío Trump es un tipo peligroso y totalmente incapacitado para el cargo, uniéndose al coro de millones que claman por su destitución.

Volviendo a la obsesión de Trump con China, Beijing no quiere y más bien ha rehuido el reto desde el primer amago del aumento de los aranceles por parte de Estados Unidos.  No contento con ello, Estados Unidos ha escalado su conflicto al comercio y la economía, creyendo detener el imparable ascenso de China.

Estados Unidos ha estado interviniendo en muchos aspectos del desarrollo de la República Popular China mediante falsas acusaciones, incluyendo   presiones y sanciones inadmisibles jurídicamente a países amigos de la región como Cuba, Venezuela, México, República Dominicana, El Salvador y Panamá;  Rusia y Corea del Norte en el Lejano Oriente; Irán y Yemen en Medio Oriente, y en la Unión Europea, donde Washington ha repartido sendos  pescozones a Alemania, Italia, Francia, España, Portugal y Grecia.

El hecho de que el ego del presidente Trump sencillamente no tolera que ninguna otra potencia la rete o desplace está aislando crecientemente a Estados Unidos.  En vez de conservar a sus antiguos aliados y amigos, el presidente Trump se obceca y cree que puede destruir la economía de China paso a paso, etapa por etapa o. como dice la canción panameña “despacito”, sin tomar en cuenta las ventajas sistémicas y culturales del antiguo “Reino del Medio” sobre la superpotencia y sin evaluar su propio declive, cada vez mayor a medida que avanza su colapso, gracias a su manejo totalmente irresponsable de la pandemia.

Hacer de China un chivo expiatorio de su propio fracaso no le servirá de nada a Trump porque el mundo ya no se lo cree, mucho menos su pueblo, enzarzado como está en un trágico problema de estructura social, insoluble a mediano plazo.

La actual pandemia no le pone pausa a la vigencia del Derecho Internacional Público y, por ende, siguen vigentes sus principios normativos.  El Derecho Internacional no está ni en cuarentena ni en confinamiento.

En el caso de Panamá, el principio de no intervención exige que se le respete su derecho a determinar su gobierno y sus relaciones exteriores sin interferencias externas.   En el caso de Estados   Unidos, se trata de su deber de no inmiscuirse de ninguna forma en las determinaciones exclusivas de Panamá.

La historia de Panamá desde 1903 está jalonada por una lucha por el perfeccionamiento de nuestra independencia,  la cual perdimos desde el principio con un falso tratado impuesto a la naciente república por Estados Unidos.  

Nuestra lucha continuó durante la Huelga Inquilinaria de No Pago de Alquileres en 1927, aplastada por las tropas invasoras.   Prosiguió el 9, 10 y 11 de enero de 1964, cuando el ejército de ocupación masacró a 24 civiles y 500 heridos de bala; continuó con la cobarde invasión no provocada de 1989, que ocasionó entre 4,000 y 6,000 víctimas según la Comisión de Ramsey Clark, exprocurador de Estados Unidos.

La agresión armada norteamericana puso en aislamiento internacional a nuestra soberanía e instaló a regímenes marionetas que arriaron la bandera nacional y enarbolaron la de las barras y las estrellas, que flamea desde el territorio nacional para toda la región, ofensiva encarnación de la Doctrina de Seguridad Nacional de Estados Unidos como única Biblia.

Si a Cuba Estados Unidos le impuso la Enmienda Platt,  llamada así por el senador de ese nombre que condicionó la independencia de la Isla al derecho de Washington de intervenir si, a su criterio,  se violaba la Constitución o el orden público, a Panamá le ocurrió cosa parecida: el presidente Teodoro Roosevelt implantó en la primera Constitución de la República de Panamá,  el 1 de febrero de 1904,  el Artículo 136,  que permitía al Coloso (y Goloso) del Norte usar, a su entero juicio, su fuerza militar para mantener la paz y el orden constitucional.

La lucha por el perfeccionamiento de la independencia continúa a pesar de que dimos un paso gigantesco cuando el Tratado del Canal reconoció nuestra soberanía, expulsó las bases militares y nos traspasó la vía interoceánica el 31 de diciembre de 1999.

La República Popular China es el segundo usuario del Canal de Panamá desde hace varias décadas y también el primer abastecedor de la Zona Libre de Colón.  Por lo tanto, su presencia en Panamá -- aún sin haberse establecido relaciones diplomáticas -- ha sido un factor importante de la economía nacional.

Para los panameños es absolutamente inadmisible que Estados Unidos intervenga en nuestras relaciones con la República Popular China, establecidas hace exactamente tres años, el 17 de junio de 2017.

El presidente Trump ha enviado a   Panamá – lo que no ha hecho con ningún otro país de América Latina – a sus más altos  funcionarios del Departamento de Estado, al Director del Consejo de Seguridad Nacional, al Director de Asuntos Hemisféricos, a jefes del Comando Sur y del Pentágono y representantes del Departamento de Comercio, quienes han sostenido reuniones con el presidente Laurentino Cortizo  para demostrarle sus “preocupaciones” por el impacto que pueda tener la República Popular China en Panamá.

No es ningún secreto que Estados Unidos castigó a El Salvador, República Dominicana y Panamá por el simple hecho de ejercer su derecho a la independencia con el establecimiento de relaciones diplomáticas con la República Popular China.   En los tres casos, Washington retiró a sus embajadores, y aún no los ha vuelto a designar a excepción de El Salvador, país donde el embajador de Estados Unidos confesó públicamente y sin ningún rubor que su principal misión diplomática es eliminar la embajada de China, en brutal violación de la Convención Diplomática de Viena sobre Relaciones Diplomáticas de 1961.

Panamá ha suscrito más de 30 acuerdos con China que, en esencia, convertirían a Panamá en el hub del turismo mundial y el centro logístico más importante de la región latinoamericana y caribeña, amén de potenciar el desarrollo de Panamá.  El gobierno nacional todavía está “estudiando” dichos acuerdos.

Las visitas de los procónsules del Imperio han dado frutos:  se ha suspendido el multimillonario proyecto de ferrocarril entre Panamá y la ciudad de David, en la provincia Chiriquí, fronteriza con Costa Rica. 

Dicho proyecto recibió el respaldo de sectores claves de la empresa privada y de sectores nacionales que comprendieron que dicha obra pudiera ser elemento básico de nuestro incipiente desarrollo industrial, así como fuente de ingresos superiores a los provenientes del Canal interoceánico.

La injerencia de Estados Unidos también ha influido para entorpecer la construcción del Cuarto Puente sobre el Canal de Panamá -- ganado en buena lid por una empresa de construcción china -- de manera tal que su diseño ha sido modificado para ralentizar la construcción y empobrecer el diseño de la obra.  Igual suerte corren otros proyectos de construcción como, por ejemplo, la construcción de un puerto de cruceros en la costa del Pacífico.

Todo parece indicar que Estados Unidos no digirió correctamente ni el Tratado del Canal ni el Tratado de Neutralidad, que los obliga a respetar nuestra autodeterminación y soberanía nacional, a no importar sus guerras y conflictos al Canal y a no involucrar a nuestro pueblo en sus líos y trapisondas internacionales.   Washington actúa como si fuera todavía dueño de la vía acuática.

Estados Unidos no puede presionar, chantajear, sancionar o amenazar de manera alguna a nuestro país, que necesita potenciar el aprovechamiento de nuestra posición geográfica para el libre tránsito de todas las banderas tanto en paz como en guerra.

No vamos a meter nuestras cabezas entre el yunque y el martillo ni a dejarnos pisotear por los elefantes.  No necesitamos amenazar a Washington con el letrero “Hic sunt dracones” (aquí hay dragones).  Panamá es un país amante de la paz, la cooperación y la solidaridad internacional bien entendida,  y nada nos apartará de ese camino.  

Aconsejamos a Estados Unidos, por el bien de la humanidad, que recule en su accionar contra China, pero les exigimos, en nombre de nuestros héroes y mártires, respeto por nuestra independencia, ya que necesitamos cumplir con el rol universal que nos asignó el Libertador Simón Bolívar cuando expresó: 

 "¡Qué bello sería que el Istmo de Panamá fuera para nosotros lo que el de Corinto para los griegos!... Ojalá que un día tengamos la fortuna de instalar allí un augusto Congreso…. (Jamaica, 1815)

"No me es posible expresar el sentimiento de gozo y admiración que he experimentado al saber que Panamá, el centro del Universo, es segregado por sí mismo, y libre por su propia virtud. El Acta de la Independencia de Panamá es el documento más glorioso que puede ofrecer a la historia ninguna provincia americana".  Carta de Simón Bolívar a José de Fábrega (1 de febrero de 1822).

Julio Yao
Ex Asesor de las Negociaciones del Tratado del Canal (1972-1977) y ex Agente de Panamá ante la Corte Internacional de Justicia (1989)

https://www.alainet.org/es/articulo/207401


miércoles, 16 de noviembre de 2016

SEPARACIÓN DE PANAMÁ, LA HISTORIA DESCONOCIDA

Conozcamos Nuestra América


SEPARACIÓN DE PANAMÁ,

LA HISTORIA DESCONOCIDA

Olmedo Beluche

Contrario a lo usualmente afirmado por la historia oficial panameña, la Separación de Panamá de Colombia en 1903, no fue producto de un movimiento genuinamente popular, ni de un anhelo liberador de los istmeños frente al "olvido" en que supuestamente nos tenía Bogotá. El estudio documental de la época más bien demuestra una integración cultural y política de los panameños en el conjunto de la nación colombiana, incluso entre los sectores de la oligarquía comercial conservadora de la ciudad de Panamá, que sería agente de la conspiración separatista (Beluche, 2003).

Las diversas crisis políticas producidas a lo largo del siglo XIX, expresadas en lo que nuestra historia llama genéricamente "actas separatistas" (1826, 1830, 1831, 1840-41, 1860), muchas veces han sido sacadas de su verdadero contexto para ser presentadas como expresiones de una nación en ciernes que viene a concretarse en 1903. Pero un repaso cuidadoso de los hechos que rodearon a cada una de esas coyunturas muestra que, más que un proceso de conformación nacional diferenciado de Colombia, estos movimientos expresaron conflictos políticos (liberales vs conservadores), económicos (librecambismo vs proteccionismo) y administrativos (federalismo vs centralismo) (Beluche, 1999).

En Panamá, conocer y aceptar los verdaderos móviles y actores de la Separación ha sido un parto que nos ha tardado cien años producir, pero al que están contribuyendo nuevas investigaciones recientemente aparecidas (Díaz Espino, 2003). Aunque hubo pioneros que desde hace décadas se atrevieron a señalar los hechos en toda su crudeza (Terán, 1976), sus trabajos fueron sistemáticamente ocultados y denigrados. También hubo historiadores extranjeros que abordaron objetivamente el acontecimiento, pero estos libros quedaron como material de especialistas y lejos del alcance del gran público (Lemaitre, 1971) (Duval, 1973).

Los actores principales de este drama son: el expansionismo imperialista de Estados Unidos, expresado en su carismático presidente Teodoro Roosevelt; la quebrada Compañía Nueva del Canal, de capitales franceses, representada por Philippe Bunau Varilla; en el centro de los hechos, el prominente abogado neoyorkino William N. Cromwell, verdadero cerebro de la separación, y representante legal tanto de la Compañía Nueva del Canal como de la Compañía de Ferrocarril de Panamá; los agentes norteamericanos y panameños de la Compañía del Ferrocarril, como José A. Arango y Manuel Amador Guerrero; y, por supuesto, el venal e inepto gobierno colombiano del Vicepresidente Marroquín.

A fines del siglo XIX, Estados Unidos iniciaba su proceso de expansión en el Caribe, desplazando de allí a sus otrora rivales, España e Inglaterra. A la primera le arrebató Cuba y Puerto Rico con la guerra de 1898; con la segunda firmó el Tratado Hay-Pauncefote en 1901, por el cual se reconocía la preeminencia norteamericana en la posible construcción de un canal por el istmo centroamericano. El canal era una necesidad lógica del desarrollo capitalista norteamericano, ya que era la única forma de integrar y comunicar sus costas atlántica y pacífica.

En principio, la ruta privilegiada por Washington para construir este canal no era Panamá, sino Nicaragua, siguiendo el cauce del río San Juan hasta sus grandes lagos. Aquella parecía más factible y menos costosa, en especial si ya estaba el precedente del fracaso francés en la construcción del Canal por Panamá.

Mediante el Convenio Salgar-Wyse (1878) una empresa francesa, encabezada por el ingeniero Fernando de Lesseps, había iniciado la excavación del canal en 1880. Esta primera empresa fracasaría ante las enormes dificultades tecnológicas hacia 1888, dando paso a un nuevo intento con la Compañía Nueva en los años 90 del siglo XIX, que también fracasaría.

De manera que, para fines de 1901, la Comisión Walker del Congreso norteamericano, luego de estudiar ambas alternativas, se había pronunciado por la vía de Nicaragua, y el 18 de noviembre se firmó un tratado con ese país. ¿Qué motivó que dos años después Estados Unidos cambiara completamente de opinión?

La historia simplista narra que, en posteriores debates del Congreso, tanto Bunau Varilla como Cromwell mostraron estampillas de correo nicaraguenses en las que se aprecian los volcanes de este país, y que los senadores norteamericanos, impresionados por la explosión del volcán Mount Pelée, que había borrado del mapa la isla de Saint-Pierre, y por una falsa noticia de la erupción del Momotombo, entonces se decidieron por Panamá.

Pero, ¿qué motivó al abogado Cromwell y al ingeniero francés Bunau Varilla a intervenir tan activamente para convencer a los senadores de adoptar la ruta panameña? Lo que no se cuenta es que, ya para 1896, la Compañía Nueva del Canal, a través su presidente Maurice Hautin, dada la incapacidad para terminar el Canal de Panamá, y ante la posibilidad de perder 250 millones de dólares en inversiones cuando expirara la concesión en 1904, había contratado a William N. Cromwell para convencer al gobierno norteamericano de comprarles sus propiedades.

Cromwell no se limitó al cabildeo para el que fue contratado, sino que inició un plan que denominó "americanización del canal", por el cual reuniría un grupo de notables empresarios de Wall Street que sigilosamente comprarían las devaluadas acciones del "canal francés" y las revenderían a su gobierno. Para ello, su bufete Sullivan & Cromwell estaba en una posición privilegiada, ya que contaba con clientes como el banquero J. P. Morgan, entre otros.

El 27 de diciembre de 1899, Cromwell fundó la Panama Canal Company of America, con 5,000 dólares de capital, emtiendo acciones por 5 millones, de la que participaron empresarios como: J.P. Morgan, J. E. Simmons, Kahn, Loeb & Co., Levi Morton, Charles Flint, I. Seligman (Díaz Espino, 2003).

Este grupo influyó en el prominente senador y líder republicano Mark Hanna, quien actuó como vocero de la "causa panameña". Luego del asesinato del presidente McKinley, este grupo también convenció al presidente Teodoro Roosevelt, haciendo partícipes del negocio a Henry Taft, hermano del ministro de guerra y futuro presidente William Taft, y al cuñado de Roosevelt, Douglas Robinson.

El traspaso de la Compañía Nueva, de manos francesas a las yanquis, tardó varios meses por la resistencia inicial de Hautin a renunciar por completo a la empresa y vender a muy bajo precio. Sin embargo, la adopción de la propuesta por Nicaragua en 1901, sirvió de acicate a los accionistas franceses que sacaron de enmedio a Hautin, y nombraron vocero a Maurice Bo, director del banco Credit Lyonnais, y éste a su vez envió a Bunau Varilla para negociar con los norteamericanos.

El negocio era redondo, se invirtieron 3.5 millones de dólares en las acciones de la Compaña Nueva, que fueron compradas en lotes pequeños, y se revenderían al gobierno norteamericano en 40 millones de dólares, obteniendo los inversionistas norteamericanos utilidades por cada acción por el orden del 1.233%.

Por supuesto, concretar el negociado pasaba: primero, por convencer al gobierno y al Congreso de Estados Unidos de optar por Panamá; segundo, firmar un tratado con Colombia que autorizara a ese país para terminar la obra iniciada por los franceses. En enero de 1902, el senador John Spooner a instancias de Roosevelt presentó el proyecto de ley que autorizaba a su gobierno a negociar con Panamá y que anulaba la precedente Ley Hepburn, que favorecía a Nicaragua.

Ese año el esfuerzo se centró en negociar con Colombia el tratado. Camino que estuvo lleno de dificultades, dada la actitud patriótica del negocaciador José Vicente Concha, que objetó reiteradamente aspectos leoninos del tratado propuestos por el Secretario de Estado John Hay. Sin embargo, la presión norteamericana pudo más, forzando al gobierno del Vicepresidente Marroquín a desautorizar reiteradamente a su embajador, el cual finalmente renunció. El camino quedó despejado para un acuerdo, firmado en enero de 1903 y que llevó el nombre de Tratado Herrán - Hay.

Pero este tratado, cayó como una bomba en Colombia, y Panamá por extensión. Mediante el acuerdo se segregaba una zona de 5 kilómetros a cada lado del canal, incluyendo ríos, lagos y los principales puertos, en la cual Norteamérica tendría plena jurisdicción. El "canal francés" sólo segregaba 200 metros a cada orilla sin menoscabo de la soberanía nacional. Además la compensación económica que se proponía (10 millones de abono y 250.000 dólares anuales) era evidentemente inferior a lo que ya el estado colombiano recibía por los derechos del ferrocarril (250 mil dólares anuales) y otros tantos por uso de los puertos. Comparado con el Salgar-Wyse, el Herrán-Hay era totalmente inconveniente.

Había otro escollo: el tratado contemplaba el pago de 40 millones de dólares que Estados Unidos haría a la Compañía Nueva del Canal en compensación, pero esto era completamente ilegal, pues estaba claramente prohibido por la Constitución y por el propio Salgar-Wyse, que impedía a esta empresa traspasar sus propiedades a un gobierno extranjero. El Tratado Herrán - Hay nació, pues, condenado por la opinión pública colombiana y panameña, especialmente por el menoscabo de la soberanía.

El gobierno de Marroquín tuvo ante el Herrán - Hay una actitud incongruente: por un lado, había autorizado a su embajador a Tomás Herrán a firmarlo; por otro, no puso empeño en defenderlo, especialmente ante el Congreso, que fue convocado en junio de 1903 para ratificarlo. Pero no era la soberanía lo que preocupaba al gobierno de Marroquín, sino que se centró en tratar de recibir una tajada de los 40 millones que recibirían los accionistas de la Compañía "francesa". Sin saberlo Marroquín (creemos), con esta aspiración tocaba las fibras más sensibles de poderosos intereses norteamericanos, lo que les llevaría a secesionar al Departamento del Istmo, pues no estaban dispuestos a renunciar a su ganancia.

Cuando el Congreso colombiano cerró sus sesiones sin ratificar el tratado, a mediados de agosto, emitió una resolución que expresaba la esperanza de que en 1904, cuando las propiedades de la Compañía francesa hubieran pasado a Colombia, por expirar el contrato Salgar-Wyse, se estaría en mejores condiciones de negociar con Estados Unidos.

El razonamiento era simple, pero equivocado: en pocos meses quedarían fuera de la negociación los franceses, y podrían negociar directamente, sin un tercero de por medio, Bogotá y Washington. ¿Qué apuro podía tener Roosevelt, si hasta terminaría pagando menos, porque se podría ahorrar esos 40 millones? Era lógico, pero errado, porque Roosevelt y sus socios eran los reales beneficiarios de esos 40 millones, y no los franceses.

De ahí que el rechazo del Tratado Herrán-Hay por el Congreso colombiano, desencadenara la trama de la "Separación", que empezó a prepararse ante la eventualidad, desde junio o julio.

William N. Cromwell hizo viajar a Nueva York desde Panamá al capitán J.R.

Beers, agente de fletes de la Compañía del Ferrocarril de Panamá; se dice que se entrevistó en secreto (en Jamaica) con el abogado panameño de esta empresa, y prócer de la separación, José A. Arango; y finalmente recibió por dos meses, entre fines de agosto y fines de octubre, a Manuel Amador Guerrero, otro empleado y futuro primer presidente de la República de Panamá, para tramar los hechos del 3 de Noviembre.

La ganancia estimada, propició que los accionistas norteamericanos de la "compañía francesa del canal", invirtieran grandes sumas que sirvieron para pagar miles en sobornos que oficiaron de parteras de la nueva república, por supuesto, con el apoyo de varias cañoneras de la Armada que convenientemente Roosevelt envió a principios de noviembre para "tomar el Istmo". Lo demás es historia conocida.

Bibliografía:
1. Beluche, Olmedo. 1999. Estado, Nación y Clases Sociales en Panamá. Editorial Portobelo. Pequeño Formato 115. Panamá.
2. Beluche, Olmedo. 2003. La verdadera historia de la separación de 1903. Reflexiones en torno al Centenario. ARTICSA. Panamá.
3. Díaz Espino, Ovidio. 2003. El país creado por Wall Street. La historia no contada de Panamá. Planeta. Bogotá.
4. Duval Jr., Miles P. 1973. De Cádiz a Catay. La historia de la larga lucha diplomática por el Canal de Panamá. Editorial Universitaria. Panamá.
5. Lemaitre, Eduardo. 1971. Panamá y su separación de Colombia. Biblioteca Banco Popular. Bogotá.
6. Terán, Oscar. 1976. Del Tratado Herrá-Hay al Tratado Hay-Bunau Varilla. Historia crítica del atraco yanqui, mal llamado en Colombia la pérdida de Panamá y en Panamá nuestra independencia de Colombia. Valencia Editores. Bogotá.


de: 'Guillermo C. Cohen-DeGovia' allelon@operamail.com [nuestramerica] <nuestramerica@yahoogrupos.com.mx>
para: Nuestra América <nuestramerica@yahoogrupos.com.mx>
fecha: 3 de noviembre de 2016, 10:50
asunto: [nuestramerica] PANAMA: A propósito del 3 de noviembre de 1903
como lo mira Olmedo Beluche
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COLECTIVO PERÚ INTEGRAL
16 de noviembre 2016

domingo, 20 de septiembre de 2015

PANAMÁ EN DOS ACTOS




En todas partes se cuecen habas…

PANAMÁ, UNO:

¿POR QUÉ PEDRARIAS DÁVILA FUNDÓ LA
CIUDAD DE PANAMÁ EN EL SITIO ORIGINAL?

Por Olmedo Beluche

Cada 15 de agosto escuchamos los mismos cantos laudatorios a Pedro Arias Dávila o Pedrarias, primer gobernador y fundador de la ciudad de Panamá, junto con la ya gastada frase de la “abundancia de peces y mariposas”, como significado que los pobladores originarios daban a ese lugar, y vemos repetida mil veces la imagen de la torre medio derruida por culpa del tiempo y del pirata Morgan.

Quienes tienen acceso a estudios más especializados, han conocido gracias a Alfredo Castillero Calvo, que Pedrarias obedecía las instrucciones dadas por el rey Fernando el Católico para que, además de encontrar un paso entre los dos mares, que facilitara la navegación hacia Oriente, fundara ciudades que aseguraran el control político del espacio geográfico. De ahí que, desde su llegada a Santa María La Antigua, emplazada en el golfo de Urabá, buscó un lugar para una ciudad en el Mar del Sur que se relacionara con otra cercana en el Caribe.

En pocos años quedó establecido que la colonización debía dirigirse, en ese momento inicial, hacia el occidente de La Antigua, y no tardó en fundar cuatro ciudades relacionadas: Nombre de Dios en el Caribe, Panamá en el Pacífico, Natá hacia Veraguas y Fonseca más al occidente todavía (en lo que hoy es Chiriquí). Dávila, con esa “cruz axial” (al decir de Castillero), impuesta sobre la geografía del Istmo, marcó el nacimiento de Panamá como eje de la economía y cultura transitista a la que se supeditó el resto de la región. Para una mayor información al respecto, recomendamos leer la Historia General de Panamá (Volumen 1, Tomo 1), compilada por Castillero.

Pero Castillero nos da la explicación eficiente, respecto al eje norte-sur y este-oeste, de la ubicación de estas ciudades, es decir la lógica general que había tras el eje transitista, pero no aclara el porqué de esa ubicación precisa de la ciudad de Panamá, es decir, no da la explicación concreta.

Desde el punto de vista de los objetivos de la conquista española, fortificación y control, hay que decir que la ubicación fue mala, errónea, como luego lo probaría el propio Morgan. La ciudad carecía de puerto o fondeadero para barcos de algún calado. Tampoco estaba emplazada en una colina o cerro que facilitara su defensa y control del entorno. Estaba junto a dos pequeños ríos, pero en medio de pantanos y mangle. Cualquiera que visite hoy las ruinas de Panamá La Vieja, puede apreciar con sus propios ojos y un poco de razonamiento cuan malo fue el emplazamiento elegido por Pedrarias Dávila.

Podría argumentarse que no había buenos sitios en la costa del Pacífico panameño, pero la destrucción de la ciudad vieja y la fundación de la nueva a fines del siglo XVII, muestra que el emplazamiento último era mejor: en una colina fortificable, protegida por el Cerro Ancón, cerca de La Boca, como pequeño puerto, y de las islas de Naos, Perico y Flamenco como fondeaderos de calado.

Además se sabe que en la historia de las conquistas de las sociedades humanas, los conquistadores no suelen inventarse emplazamientos a sus ciudades, sino que suelen guiarse por la experiencia de las poblaciones originarias que han elegido determinados lugares por características positivas. En eso no hay improvisación, los conquistadores aprenden y se aprovechan de los pueblos conquistados.

Castillero aclara que además Dávila traía instrucciones para que las ciudades de colonos españoles fueran establecidas en las cercanías de poblados indígenas, para asegurar la provisión de mano de obra. Natá, pueblo de hispanos, Penonomé y Olá, pueblos de “indios”. Así mismo, junto a Panamá se establecieron Taboga, Otoque, Cerro Cabra y Chepo como poblados de indígenas disponibles como mano de obra para la ciudad.

La respuesta a nuestra pregunta la encontramos en una carta del propio Pedrarias Dávila a la Corona de 1516, citada al parecer por el cronista Oviedo, y posteriormente incluso por José D. Moscote en la revista Cuasimodo, también en el diario Panamá América de 18 de agosto de 2007. Dice Dávila:

"el cacique que agora es de Panamá se dice Cori. Este e todos sus antepasados son grandes fundidores de oro e maestros en labrarlo e hacen allí muy gentiles piezas; y como todos cuantos caciques hay en su contorno y de lejos de su provincia cuando quieren labrar algunas piezas de oro e facer algunas cosas sutiles van allí, tienen ya por costumbre de gran tiempo decir que el oro que tienen lo traen de Panamá; y así preguntando a cualquier cacique que el oro que tiene de donde lo trae, responde que de Panamá. Toda la fama es de Panamá, aunque cójenlo ellos en sus mismas tierras, porque en Panamá no se coje ningún oro ni lo hay".

Es decir, la ciudad de Panamá, La Vieja, se fundó en una aldea indígena de orfebres. Aquí no había minas de oro, pero se tallaban las piezas y se hacían joyas para otras comunidades. Esa era la especialización del cacique Panamá.

No olvidemos que, además del paso hacia el Oriente, la búsqueda de oro era el otro móvil de los españoles, ese fue el objetivo que trajo a este lugar a Pedrarias.

De manera que, Natá se funda con miras a la explotación de las minas de oro del norte de Coclé, y Panamá como lugar de fundición y trabajo del oro, a donde debería llegar el oro proveniente de otras partes del Istmo, si no fuera porque las cabalgadas habían exterminado a las poblaciones originarias.

Creo que ahora sí podemos comprender cabalmente la razón eficiente y la razón concreta de la fundación de Panamá en el lugar en que estaba aquel 15 de agosto de 1519.
Panamá, 15 de agosto de 2015

de: Olmedo Beluche olmedobeluche@yahoo.es [nuestramerica] <nuestramerica@yahoogrupos.com.mx>
fecha: 16 de agosto de 2015, 5:00
asunto: [nuestramerica] Rv: ¿Por qué Pedrarias Dávila fundó la ciudad de Panamá en el sitio original? Por Olmedo Beluche
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PANAMA, DOS:
LOS NUEVOS (O LOS MISMOS VIEJOS) DUEÑOS DE PANAMÁ

Marco A. Gandásegui, hijo, profesor de Sociología de la
Universidad de Panamá e investigador asociado del CELA

Los clásicos de la economía política distinguieron bien entre los capitalistas y rentistas. Los capitalistas agregan riqueza a la economía explotando a los trabajadores (obreros). Los rentistas explotan a obreros y a capitalistas, por igual, pero sin agregar nueva riqueza. Los clásicos, sobre todo Ricardo, veían con malos ojos a los rentistas y, en especial, a los terratenientes. Cuando terció Marx en el debate, varias décadas más tarde, capitalista y rentista ya eran aliados en los partidos del “orden” de Europa (los conservadores).

En la actualidad, en el caso de América latina los rentistas se han refugiado en el monopolio de las finanzas. Han desaparecido los terratenientes como clase rentista poderosa (con las excepciones que hacen la regla). En el caso de Panamá, la fuente de la renta principal es su posición geográfica. Quien controla la ruta, así como toda la infraestructura que se construye sobre ella, recibe una renta muy elevada: Los españoles, ingleses, norteamericanos y, ahora, el Estado panameño lo entendieron -y entienden- muy bien.

El Estado es la correlación de fuerzas entre las diferentes clases sociales que definen un territorio como propio. En el caso de Panamá, el Estado es una lucha entre los sectores “populares” y los sectores “oligarcas”. Como consecuencia de la invasión militar norteamericana de 1989, el sector “oligarca” rentista se impuso sobre los demás en el marco del Estado. Esta ventaja, le permite controlar al gobierno panameño y sus diferentes aparatos. Sobre todo el uso de la violencia (Policía, Senafront y otros), la recolección de tributos (MEF), la educación, los medios de comunicación y sus discursos culturales, las finanzas (incluyendo lavado de dinero) y, por supuesto, las rentas que provienen del Canal de Panamá, los puertos y toda la infraestructura restante.
A diferencia de la gran mayoría de los otros países latinoamericanos (o del mundo), en el caso de Panamá las rentas (provenientes de la posición geográfica) constituyen una parte muy importante tanto del total de las riquezas que produce el país como de los ingresos del fisco. A su vez, estas rentas son depositadas en múltiples actividades financieras-especulativas a través de una red bancaria nacional e internacional: construcción, casinos, valores y acciones a futuro y otras áreas grises.

Estas son las fuentes de riqueza que se apropian los rentistas “oligarcas” panameños a través de su posición de dominación relativa en el Estado, que les permite controlar los gobiernos de turno y los aparatos represivos. ¿Quiénes son los capitalistas en Panamá? Por otro, ¿quiénes son los trabajadores (obreros)? Además, Panamá forma parte de un sistema capitalista global que considera el Canal de Panamá parte de su red para seguir acumulando riquezas.

Los capitalistas panameños son una fracción de la “oligarquía” que tuvo un proyecto de “hegemonía” a mediados del siglo pasado. En sus luchas con los rentistas lograron apoderarse del gobierno mediante un golpe militar en 1968. El período militar -que se extendió hasta fines de la década de 1980- fue conflictivo pero se lograron objetivos muy importantes bajo el liderazgo del general Torrijos: la descolonización de Panamá y la entrega del Canal de Panamá por parte de EEUU. Ese período convulso también vio aparecer con mucha fuerza un movimiento popular que apoyó los planteamientos nacionalistas de la “burguesía capitalista” que promovía la creación de un mercado nacional.

La nueva clase obrera panameña le dio un enorme impulso al desarrollo capitalista. Los trabajadores hacían demandas de alimentos, vivienda, transporte, salud y educación. La nueva clase burguesa satisfacía estas demandas -que generaban crecientes ganancias- ampliando la frontera agrícola y produciendo más mercancías para su consumo. Una nueva clase se instalaba en el poder, mediatizada por el poder militar. La burguesía empoderada sumó a las fracciones de los trabajadores en una alianza “populista”. Al mismo tiempo, la clase obrera hacia nuevas demandas que trascendían lo económico y social. Sus luchas y reivindicaciones cambiaron la correlación de fuerzas. Los trabajadores querían una democracia (participativa).

Las demandas asustaron a la burguesía y, también, a los rentistas que habían sido desplazados del poder político después del golpe militar. Los rentistas lograron sumar a la alianza de la reacción (“los asustados”) a EEUU que por diversas razones decidió descartar su pacto de dos décadas con los militares panameños.

La invasión de EEUU les devolvió a los rentistas oligarcas su “hegemonía perdida” que aún conservan en 2015.
10 de septiembre de 2015.

Guillermo C. Cohen-DeGovia
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19 de septiembre de 2015