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domingo, 5 de abril de 2015

DAVID HARVEY: DIECISIETE CONTRADICCIONES Y EL FIN DEL CAPITALISMO




DAVID HARVEY
PRÓLOGO

LA CRISIS DEL CAPITALISMO QUE TOCA AHORA 

LAS CRISIS SON esenciales para la reproducción del capitalismo y en ellas sus desequilibrios son confrontados, remodelados y reorganizados para crear una nueva versión de su núcleo dinámico. Mucho es lo que se derriba y se deshecha para hacer sitio a lo nuevo. Los espacios que fueron productivos se convierten en eriales industriales, las viejas fábricas se derriban o se reconvierten para nuevos usos, los barrios obreros se gentrifican. En otros lugares, las pequeñas granjas y las explotaciones campesinas son desplazadas por la agricultura industrial a gran escala o por nuevas e impolutas fábricas. Los parques empresariales, los laboratorios de I+D y los centros de distribución y almacenaje al por mayor se extienden por todas partes mezclándose con las urbanizaciones periféricas conectadas por autopistas con enlaces en forma de trébol. Los centros metropolitanos compiten por la altura y el glamour de sus torres de oficinas y de sus edificios culturales icónicos, los megacentros comerciales proliferan a discreción tanto en la ciudad como en los barrios periféricos, algunos incluso con aeropuerto incorporado por el que pasan sin cesar hordas de turistas y ejecutivos en un mundo ineluctablemente cosmopolita. Los campos de golf y las urbanizaciones cerradas, que comenzaron en Estados Unidos, pueden verse ahora en China, Chile e India, en marcado contraste con los extensos asentamientos ocupados ilegalmente y autoconstruidos por sus moradores oficialmente denominados slums [áreas urbanas hiperdegradadas], favelas o barrios pobres.

Pero lo más llamativo de las crisis no es tanto la trasformación total de los espacios físicos, sino los cambios espectaculares que se producen en los modos de pensamiento y de comprensión, en las instituciones y en las ideologías dominantes, en las alianzas y en los procesos políticos, en las subjetividades políticas, en las tecnologías y las formas organizativas, en las relaciones sociales, en las costumbres y los gustos culturales que conforman la vida cotidiana. Las crisis sacuden hasta la médula nuestras concepciones mentales y nuestra posición en el mundo. Y todos nosotros, participantes inquietos y habitantes de este mundo nuevo que emerge, tenemos que adaptarnos al nuevo estado de cosas mediante la coerción o el consentimiento, aunque añadamos nuestro granito de arena al estado calamitoso del mundo por amor de lo que hacemos y de cómo pensamos y nos comportamos.

En medio de una crisis es difícil prever dónde puede estar la salida. Las crisis no son acontecimientos sencillos. Aunque tengan sus detonantes evidentes, los cambios tectónicos que representan tardan muchos años en materializarse. La crisis arrastrada durante tanto tiempo que comenzó con el desplome de la bolsa de 1929, no se resolvió definitivamente hasta la década de 1950, después de que el mundo pasara por la Depresión de la década de 1930 y la guerra global de la de 1940. De igual manera, la crisis de la que advirtió la turbulencia en los mercados de divisas internacionales en los últimos años de la década de 1960 y los acontecimientos de 1968 en las calles de muchas ciudades (de París y Chicago a Ciudad de México y Bangkok) no se solucionó hasta mediados de la década de 1980, después de haber pasado, a principios de la de 1970, por el colapso del sistema monetario internacional establecido en 1944 en Bretton Woods, por una década turbulenta de luchas laborales (la de 1970) y por el ascenso y la consolidación de las políticas del neoliberalismo bajo la égida de Reagan, Thatcher, Khol, Pinochet y finalmente Deng en China.

A posteriori no es difícil detectar numerosas señales que preceden a los problemas mucho antes de que la crisis explote ante nuestros ojos y se haga pública. Por ejemplo, las crecientes desigualdades en términos de riqueza monetaria y de renta de la década de 1920 y la burbuja de los activos del mercado inmobiliario, que explotó en 1928 en Estados Unidos, presagiaban el colapso de 1929. De hecho, la forma de salir de una crisis contiene en sí misma las raíces de la siguiente crisis. La financiarización global propulsada por el hiperendeudamiento y cada vez menos regulada, que comenzó en la década de 1980 para solucionar los conflictos con los movimientos obreros, tuvo como resultado, al facilitar la movilidad y la dispersión geográficas, la caída del banco de inversiones Lehman Brothers el 15 de septiembre de 2008.

En el momento que escribo han pasado más de cinco años desde aquel acontecimiento que desencadenó los colapsos financieros en cascada posteriores. Si el pasado sirve de algo, sería necio esperar ahora indicaciones claras sobre qué aspecto tendría un capitalismo revitalizado (si es que tal cosa es posible), pero ya deberíamos contar con diagnósticos concurrentes sobre lo que está mal y con una proliferación de propuestas para enmendar las cosas. Lo que sorprende es la penuria de teorías o estrategias políticas nuevas. A grandes rasgos, el mundo está polarizado entre la continuación, como en Europa y Estados Unidos, si no la profundización, de los remedios neoliberales monetaristas y basados en las políticas del lado de la oferta, que enfatizan la austeridad como la medicina adecuada para curar nuestros males; y la recuperación de alguna versión, normalmente aguada, de una expansión keynesiana de la demanda financiada mediante el endeudamiento, como en China, que ignora la importancia que atribuía Keynes a la redistribución de la renta a las clases bajas como uno de los componentes clave de sus políticas públicas. Sea cual sea la estrategia política que se siga, el resultado favorece al club de los multimillonarios que constituye ahora una plutocracia cada vez más poderosa tanto a escala nacional como en el mundo entero (caso de Rupert Murdoch). En todas partes, los ricos se están haciendo cada vez más ricos a toda velocidad. Los cien multimillonarios más ricos del mundo (de China, Rusia, India, México e Indonesia, tanto como de los centros tradicionales de riqueza de América del Norte y Europa) añadieron 240 millardos de dólares a sus arcas sólo en 2012 (suficiente, calcula Oxfam, para terminar con la pobreza mundial de un día para otro). En comparación, en el mejor de los casos, el bienestar de las masas se estanca, o más probablemente se degrada de manera acelerada o incluso catastrófica (como en Grecia y España). Esta vez, la única gran diferencia institucional parece ser el rol de los bancos centrales, con la Reserva Federal de Estados Unidos jugando un papel de liderazgo o incluso dominante en el ámbito mundial. Pero desde su fundación (allá por 1694 en el caso británico), el papel de los bancos centrales ha sido proteger y rescatar a los banqueros y no el ocuparse del bienestar de la gente. El hecho de que Estados Unidos haya podido salir estadísticamente de la crisis en el verano de 2009 y de que las bolsas, casi en todas partes, hayan recuperado sus pérdidas, ha sido consecuencia directa de las políticas de la Reserva Federal. ¿Augura esto un capitalismo global dirigido por la dictadura de los bancos centrales del mundo cuya misión principal es proteger el poder de los bancos y los plutócratas? Si es así, ello no parece ofrecer una posibilidad de solución a los problemas actuales de unas economías estancadas y de unos niveles de vida en descenso para la mayoría de la población mundial.

Hay también mucha cháchara sobre las posibilidades de una solución tecnológica provisional de los males actuales de la economía. Aunque el entrelazamiento de nuevas tecnologías y nuevas formas organizativas ha jugado siempre un papel importante en la facilitación de la salida de las crisis, este nunca ha sido determinante. Ahora, la fuente de esperanza apunta hacia un capitalismo «basado en el conocimiento» (con la ingeniería biomédica y genética y la inteligencia artificial en primer plano), pero la innovación es siempre una espada de doble filo. Después de todo, la década de 1980 nos legó la desindustrialización gracias a la automatización, de forma que empresas como General Motors (que empleaba trabajadores sindicados y bien pagados en la década de 1960) han sido sustituidas por empresas como Walmart (cuya inmensa masa de trabajadores no está sindicada y gana salarios bajos), que son ahora los mayores empleadores privados de Estados Unidos. Si la actual oleada de innovación apunta en alguna dirección, es hacia la disminución de las posibilidades de empleo para los trabajadores y el aumento de la importancia de las rentas derivadas de los derechos de propiedad intelectual para el capital. Pero si todo el mundo intenta vivir únicamente de las rentas y nadie invierte en hacer algo, entonces claramente el capitalismo se dirige hacia una crisis de un tipo completamente distinto.

No son sólo las elites capitalistas y sus acólitos académicos e intelectuales los que parecen incapaces de romper de manera radical con su pasado o de concretar una salida viable de la intolerable crisis de bajo crecimiento, estancamiento, desempleo elevado y pérdida de la soberanía del Estado ante el poder de los propietarios de los bonos de deuda pública. Las fuerzas de la izquierda tradicional (partidos políticos y sindicatos) son claramente incapaces de organizar una oposición sólida contra el poder del capital.

Han sido derrotadas tras treinta años de ataques ideológicos y políticos por parte de la derecha, mientras el socialismo democrático está desacreditado. El colapso estigmatizado del comunismo realmente existente y la «muerte del marxismo» después de 1989 pusieron las cosas peor todavía. Lo que queda de la izquierda radical actúa ahora mayoritariamente fuera de los canales de la oposición organizada o institucional, esperando que las acciones a pequeña escala y el activismo local puedan a la larga converger en algún tipo de gran alternativa satisfactoria. Esta izquierda, que por extraño que parezca acoge una ética de antiestatismo libertaria e incluso neoliberal, está alimentada intelectualmente por pensadores como Michel Foucault y todos los que han vuelto a juntar los fragmentos posmodernos bajo el estandarte de un posestructuralismo en gran medida incomprensible que favorece las políticas identitarias y se abstiene de los análisis de clase. Los puntos de vista y acciones autónomos, anarquistas y localistas abundan por doquier, pero dado que esta izquierda quiere cambiar el mundo sin tomar el poder, la clase capitalista plutócrata, cada vez más consolidada, se mantiene sin que se desafíe su capacidad de dominar el mundo ilimitadamente. Esta nueva clase gobernante se apoya en un Estado de seguridad y vigilancia que no duda en la utilización de sus poderes de policía para aplastar cualquier tipo de disidencia en nombre de la lucha antiterrorista.

Este libro está escrito en este contexto. El planteamiento que he adoptado es bastante poco convencional, ya que sigue el método marxista, pero no necesariamente sus prescripciones, y es de temer que los lectores desistan por ello de seguir resueltamente los razonamientos que aquí se exponen. Pero es evidente que necesitamos algo diferente en cuanto a métodos de investigación y concepciones mentales en estos tiempos intelectualmente estériles si deseamos escapar del paréntesis actual en el que se hallan inmersos el pensamiento económico, la aplicación de las políticas públicas y la política tout court. Después de todo, es evidente que el motor económico del capitalismo está pasando por dificultades graves. Avanza a bandazos entre chisporroteos que amenazan con una parada en seco o explosiones episódicas sin previo aviso aquí y allá. Las señales de peligro aparecen a cada paso junto con los pronósticos de una vida plena para todos en algún punto del camino. Nadie parece comprender de manera coherente el cómo, no digamos ya el porqué, de que el capitalismo esté en un momento tan malo. Pero siempre ha sido así. Las crisis mundiales han sido siempre, como Marx dijo una vez: «La concentración real y el ajuste forzoso de todas las contradicciones de la economía burguesa» (1)

Desentrañar esas contradicciones debería revelarnos mucho sobre los problemas económicos que tanto nos aquejan. Con toda seguridad merece la pena intentarlo en serio. También parecía correcto dibujar los resultados probables y las consecuencias políticas posibles que se derivan de la aplicación de este modo distintivo de pensamiento a la comprensión de la economía política del capitalismo. Estas consecuencias pueden no parecer realistas a primera vista, no digamos ya practicables o políticamente digeribles. Pero es vital que se lancen alternativas, por muy extrañas que parezcan, y si fuera necesario, que se adopten si las condiciones así lo indican. De esta manera se puede abrir una ventana a todo un campo de posibilidades sin explotar y sin reconocimiento. Necesitamos un foro abierto –una asamblea global, por así decirlo– para analizar en qué punto se halla el capital, hacia dónde se encamina y qué debe hacerse al respecto. Espero que este breve libro contribuya de algún modo al debate.

Nueva York, enero de 2014
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1 Karl Marx, Theories of Surplus Value, Parte 2, Londres, Lawrence and Wishart, 1969, p. 540 [ed. cast.: Teorías sobre la plusvalía, Barcelona, Crítica, 1977]

Contradicciones fundamentales: 1 Valor de uso y valor de cambio; 2 Valor social del trabajo y su representación mediante el dinero; 3 La propiedad privada y el Estado capitalista; 4 Apropiación privada y riqueza común; 5 Capital y trabajo; 6 ¿El capital es una cosa o un proceso?; 7 La contradictoria unidad entre producción y realización.
Contradicciones cambiantes: 8 Tecnología, trabajo y disponibilidad humana; 9 Divisiones del trabajo; 10 Monopolio y competencia: centralización y descentralización; 11 Desarrollos geográficos desiguales y producción de espacio; 12 Disparidades de renta y riqueza; 13 Reproducción social; 14 Libertad y sometimiento.
Contradicciones peligrosas: 15 El crecimiento exponencial y acumulación sin fin; 16 La relación del capital con la naturaleza; 17 La rebelión de la naturaleza humana: la alienación universal.
Acerca del autor. David Harvey (1935 en Gillingham, Kent, Inglaterra) es un geógrafo y teórico social británico. Desde 2001, es catedrático de Antropología y Geografía en la City University of New York (CUNY) y Miliband Fellow de la London School of Economics. Es uno de los geógrafos académicos más citados y autor de numerosos artículos y libros de gran influencia en el desarrollo de la geografía moderna.
En 2007, los analistas Thomson Reuters le incluyó en su ranking de los veinte académicos más citados en las Humanidades. Se autodefine como «urbanista rojo» y afirma pretender «crearle ardor de estómago a la bestia del capitalismo».

Título original: Seventeen Contradictions and the End of Capitalism
Profile Books LTD, 2014. © Profile Books LTD
IAEN-Instituto de Altos Estudios Nacionales del Ecuador
Título: Diecisiete contradicciones del capital y el fin del neoliberalismo
Autor: David Harvey. Traducción: Juan Mari Madariaga
Primera edición: 2000 ejemplares, 299 págs. Octubre de 2014
Fuente: WIKIPEDIA


jueves, 14 de junio de 2012

EXAMINANDO LA CRISIS TERMINAL DEL CAPITALISMO (29)


Estado actual de la tasa de ganancia
Breve análisis de la importancia de la tasa de ganancia como indicador económico y su relación con el PBI mundial y la actual crisis económica

Abraham Corzo

Este artículo tiene como base lo escrito por Jaime González Martínez en su artículo “Tasa de Ganancia, transformaciones y fase actual del capitalismo”.

En primer lugar dilucidar lo que se entiende por tasa de ganancia. Marx en el tomo III de su obra “El Capital” explica que la tasa de ganancia es aquella relación que se da entre la plusvalía y el capital constante (maquinaria y materia prima) y capital variable (fuerza de trabajo). A su vez postula que existe una tendencia: la baja en la tasa de ganancia. ¿Por qué se produce ello? Es por la composición orgánica del capital, ya que en el afán del capitalista de ahorrar más en la producción emplea menos mano de obra y en contraste lo invierte más en maquinaria, pero como la maquinaria no genera plusvalía las ganancias del capitalista se van poco a poco reduciendo.

Pero no todo es lineal, también hay que ver que existe dentro de la sociedad capitalista contratendencias. Dice Segal: “Los capitalistas tratan de oponerse a la baja de la cuota de beneficio (tasa de ganancia) no solamente aumentando el grado de explotación sino, además, reduciendo los salarios a un nivel inferior al del valor de la fuerza de trabajo, abaratando las mercancías, conquistando nuevos mercados en los que puedan venderlas a precios más elevados y por muchos otros métodos”. Es importante ver ello ya que muchos economistas niegan que se produzca la baja de la tasa de ganancia, ya que según ellos existen periodos donde esta tasa se recupera, olvidan estos las contratendencias que subyacen todo fenómeno.

En segundo lugar ver el derrotero de la tasa de ganancia en las últimas décadas. Dice González: “La larga expansión de la economía mundial capitalista de posguerra empezó a eclipsarse hacia fines de los años setenta”. ¿Qué conllevo ello? Trajo como consecuencia “…un periodo de inestabilidad y bajo crecimiento…”. González define ese periodo como una “crisis estructural de largo plazo asociado a la tendencia descendente de la tasa de ganancia”. Expresa que en la segunda mitad de los 90s se da en EE.UU. un giro ascendente de la tasa de ganancia. Pero que la inestabilidad y el bajo crecimiento se han prolongado hasta ahora.

¿Cuáles procesos caracterizan la fase actual del capitalismo? ¿Se trata de una nueva fase o solamente es continuación de un largo periodo recesivo?

Recuperación de la tasa de ganancia

Dice González que “La crisis estructural de los setenta y ochenta” sumado con la inestabilidad económica provocaron la agudización de la competencia, la especulación financiera, y que ello trajo como consecuencia cambios en las relaciones de clases, “…que nos remiten a las formas que genera la propia crisis para restaurar los niveles de inestabilidad”.

La tasa de ganancia desde los 80s se ha venido recuperando. Veamos los fundamentos que dan los economistas actuales:

Brenner: recuperación del sector manufacturero.
Moseley: baja en los salarios.
Duménil y Lévy: aumento de la productividad del capital, bajo salario e intensificación del trabajo.
Chesnais: aumento de la tasa de explotación.
Dos Santos: depreciación del capital.
Wallerstein: baja de salarios.
Mandel y Shaikh: masivo shock del sistema, aumento tasa de plusvalía, aumento del mercado.
Glyn: estancamiento de salarios.

Analicemos: si bien hay fenómenos como la depreciación del capital y otros por analizar, se puede afirmar que las causas por las cuales la tasa de ganancia se ha venido recuperando se deben a la baja de salarios, intensificación del trabajo, aumento de la productividad, aunque también habría que agregar el aumento del mercado, debido esto a la caída de la URSS y de Europa del Este.

1. Baja de salarios y la intensificación del trabajo. Esto es producto de toda una política mundial: la neoliberal, que se impone a raíz del Consenso de Washington. Expresa esta la contradicción entre clases.

2. Aumento de la productividad. Se debe al descubrimiento de nuevas tecnologías, y la expansión a nuevas ramas como la biotecnología, informática, etc. Expresa la contradicción relaciones sociales y fuerzas productivas.

3. Aumento de los mercados. Ello más que a factores de desarrollo económico se debe a hechos políticos. Expresa el desarrollo histórico del capitalismo.

Ahora, si bien tenemos estas causas, lo principal es la baja de salarios y la intensificación del trabajo, y lo que faltaría analizar es cual de estas dos es lo central. Postulo que la precarización del trabajo es lo principal debido a que lo interno es lo que en ultima instancia define, y dentro del sistema capitalista no hay hecho más fundamental que el de la relación que existe entre capitalista y proletario y que se expresa en las condiciones de trabajo.

Las políticas asumidas del Consenso de Washington repercutieron profundamente como una contratendencia a la baja de la cuota de ganancia. Estas políticas se pueden resumir en 6 puntos:

1. desregulación financiera.
2. flexibilización del mercado de trabajo.
3. Privatización de empresas estatales.
4. Reforma fiscal.
5. Política monetaria restrictiva.
6. Capitalización de los ahorros de jubilación.

Dice González: “Todos estos procesos no significan una estrategia de desarrollo, sino la adopción de mecanismos para los procesos de extracción y apropiación de ganancias en beneficio de las grandes corporaciones trasnacionales”.

Importancia de la tasa de ganancia

Dice González: “la teoría de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia es una pieza central para entender la errática evolución actual de las economías”.

Ver que la recuperación de la tasa de ganancia supondría el inicio de una fase de expansión, pero los procesos generados no han propiciado un aumento sostenido de la tasa de ganancia.

Tres hipótesis explicarían ello:

1. Sobrecapacidad y sobreacumulación. Dice González: “La tasa de ganancia no sólo depende de la distribución, es decir, de la tasa de plusvalía, sino también de la composición orgánica del capital”.

2. Reparto de las ganancias en forma de dividendos. Dice: “El fortalecimiento de los circuitos financieros y el privilegio de la valorización financiera del capital están asociados a los bajos niveles de rentabilidad en las actividades productivas”.

3. Insuficiencia de demanda asociado al empleo y bajos salarios.

Dice González: “La recuperación de la tasa de ganancia no es única condición para la acumulación. De hecho, contradictoriamente, las condiciones bajo los cuales se ha conseguido también bloquean la salida”. Ello hace recordar la frase de Marx: “el limite del capital es el capital mismo”.

En general González concluye que “…el aumento de la tasa de ganancia todavía no es fenómeno sólido y sostenido. Las transformaciones analizadas, al articularse con los efectos generados por la propia crisis, han contribuido a la recuperación relativa de la tasa de ganancia, pero al mismo tiempo explican la debilidad de la acumulación productiva”.

Así podemos decir que el aumento de la tasa de ganancia es algo relativo, ya que la tendencia es a su baja, y como se ha expresado las mismas causas que la han generado frenan las condiciones de acumulación.

Tasa de ganancia y crisis económica

En el texto de Brenner “La larga caída” expresa que la baja del crecimiento del PBI mundial se debe al “…declive prolongado de la tasa de ganancia promedio del sector privado en su conjunto”.

En una entrevista realizada en el 2009 Brenner expresaba esta relación:

“Lo que lo explica es sobre todo un declive profundo y duradero de la tasa de rendimiento en inversión de capital desde finales de los sesenta. La incapacidad de recuperar la tasa de beneficio es lo más destacable a la vista de la enorme caída de los salarios reales durante el período. La causa principal, aunque no la única, del declive de la tasa de beneficio ha sido una tendencia persistente a la sobrecapacidad en las industrias manufactureras mundiales. Lo que ha ocurrido es que nuevos poderes industriales fueron ingresando, uno tras otro, al mercado mundial: Alemania y Japón, los nuevos países industrializados del noreste asiático, los tigres del sureste asiático y, finalmente, el Leviatán chino. Esas economías de desarrollo tardío producían los mismos bienes que ya producían las economías más tempranamente desarrolladas, pero más baratos. El resultado ha sido un exceso de oferta en relación con la demanda en una industria tras otra, y eso ha implicado precios y, por lo mismo, beneficios bajos. Las empresas que han sufrido reducción de beneficios, además, no han abandonado dócilmente sus industrias. Han intentado conservar su lugar recurriendo a la capacidad de innovación, aumentando la inversión en nuevas tecnologías. Huelga decir que eso no ha hecho más que empeorar la sobrecapacidad. A causa de la caída de su tasa de rendimiento, los capitalistas obtenían plusvalías cada vez menores de sus inversiones. De ahí que no tuvieran más opción que aminorar el crecimiento en maquinaria, equipo y empleo; y, al tiempo, a fin de restaurar la rentabilidad, contener las indemnizaciones por desempleo, mientras los gobiernos reducían el gasto social. Pero la consecuencia de todos estos recortes de gasto ha sido un problema de demanda agregada a largo plazo. La persistente endeblez de la demanda agregada ha sido el origen inmediato de la endeblez a largo plazo de la economía”.

Es así que se produce un desfase entre la productividad y los salarios que se hace más creciente en las últimas décadas. Y ello conlleva a producir mercancías más allá de la demanda real de la población. Marx planteaba: “La sobreproducción tiene especialmente por condición la ley general de producción del capital: producir a medida de la fuerzas productivas (…) sin tener en cuenta los límites existentes del mercado las necesidades solventes”. Y así se llega a la conclusión de que “La razón última de todas las crisis reales sigue siendo la pobreza y el consumo limitado de las masas ante la tendencia de la economía capitalista a desarrollar las fuerzas productivas como si sólo tuvieran por límite el poder de consumo absoluto de la sociedad…”.

Es el capital contra sí mismo, algo que ya habría sido propuesto por Marx, y que hace que en estos tiempos sea más urgente y necesario volver al análisis de su obra “El Capital”.

Fuente: http://gireperu.com/Node/32