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domingo, 17 de marzo de 2013

LA COSA CIUDADANA Y LUCHA DE CLASES



16-03-2013

El ciudadanismo se concreta en un conjunto de movimientos de reforma ética del capitalismo, que aspiran a aliviar sus efectos mediante una agudización de los valores democráticos abstractos y un aumento en las competencias estatales que la hagan posible, entendiendo de algún modo que la explotación, la exclusión y el abuso no son factores estructurantes, sino meros accidentes o contingencias de un sistema de dominación al que se cree posible mejorar moralmente (Manuel Delgado, en la acampada del 15 M de Barcelona)

Introducción

Recientemente nos ha llegado un escrito de Federico Noriega, de CGT (aunque es evidente que su lógica no es extensible a todo ese sindicato), informando sobre la creación de una "Asamblea Ciudadana" en Sevilla. Es un escrito curioso, en el que la palabra "ciudadano" aparece de manera obsesiva, numerosísimas veces en apenas unos pocos párrafos. Hasta tal punto que, en un momento determinado, Noriega alude incluso a la "cosa ciudadana" (sic) que aún no tenía nombre. ¿"Cosa" ciudadana?

Me gustaría consultar si, para estos amantes de lo "participativo", está permitido disentir o no estar de acuerdo con ellos en algo, es decir, si la idolatrada participación no se limita únicamente a darles la razón en todo, o si, por el contrario, toda crítica implica automáticamente ser tachado de "sectario" o alguna otra acusación-comodín similar.

Dos asambleas diferentes por el precio de una

Sea cual sea la respuesta a dicha consulta (que, me habéis pillado, era meramente retórica), me gustaría desarrollar algunas consideraciones necesarias sobre todo este asunto. En primer lugar, era intrigante por qué han puenteado de forma tan evidente el recién creado Bloque Crítico, que agrupa a sindicatos como SAT, CGT o USTEA y a casi todas las organizaciones de la izquierda anticapitalista local, y que plantea un interesante decálogo de mínimos en defensa, por ejemplo, del derecho de autodeterminación, la abolición de la monarquía, la nacionalización de la banca y de los sectores estratégicos de la economía, el rechazo de las guerras imperialistas, la libertad para los presos políticos, etc.

No he usado el pretérito por casualidad. Digo que era intrigante porque ya ha dejado de serlo. Una vez aparecida en la prensa información sobre la primera sesión de tan maravillosa asamblea ciudadana, hemos descubierto que la idea principal de sus miembros es conformar una "candidatura electoral ciudadana". Además, en el programa encontramos el cambio de la ley electoral, lucha contra la corrupción, mayor facilidad para plantear ILP's y, como idea más transformadora, una fiscalidad más progresiva. El catedrático Juan Torres, que está viniendo a ser uno de sus portavoces, ha llegado a afirmar que la "Asamblea Ciudadana" no es de izquierdas ni de derechas, sino partidaria de "la honestidad". ¡Entonces ya está todo claro, Juanito!

Al Bloque Crítico no sólo se lo está puenteando, sino que además se lo está sustituyendo por un proyecto con características bien diferentes. Quizá el Bloque Crítico ha sido demasiado lento, y debió configurar de entrada una especie de Asamblea Popular permanente, que, aparte de romper la dinámica estéril de las manifestaciones rituales, sirviera de contrapoder popular. Pero, sea por lo que sea, el ciudadanismo se vuelve a tomar la revancha.

Las tribulaciones del ciudadano Botín

Porque no existe la menor casualidad en el hecho de que esta asamblea se autodenomine "ciudadana". El término "ciudadano" es un término interclasista, un término que reproduce una de las grandes fantasías de la sociedad capitalista: la igualdad formal como camuflaje de una desigualdad esencial. Rajoy, Botín y el indigente de mi barrio sólo tienen una cosa en común, aparte de pertenecer a la especie denominada homo sapiens: los tres son "ciudadanos".

Los filósofos Carlos Fernández Liria y Luis Alegre Zahonero han expuesto en sus obras, con bastante razón a mi parecer, que nuestra revolución debe aspirar a crear una sociedad de ciudadanos dotados de independencia civil real, lo cual sólo puede lograrse colectivizando los medios de producción. Pero también han dejado meridianamente clara otra cosa: bajo el capitalismo, la ciudadanía es una farsa porque no se cumple ese requisito.

Por tanto, bajo una sociedad capitalista hay dos clases de ciudadanos: los empresarios (la clase dominante) y los que, por no tener medios de producción, nos vemos obligados a vender nuestra fuerza de trabajo para sobrevivir. Los primeros no deben tener sitio en nuestra asamblea porque, de hecho, si nuestra asamblea tiene algo de emancipador, su tarea esencial será luchar contra la dominación que dichos ciudadanos empresarios ejercen.

Es cuestión de clase

Y es que el análisis de clase de la sociedad no es un antojo purista. Es sencillamente la única forma de entender algo de lo que sucede a nuestro alrededor. El lenguaje nunca es neutral, sino que nos ayuda a configurar el reflejo de nuestra realidad circundante y, por lo tanto, a transformarla mediante consignas y tácticas adecuadas. Por eso no rechazamos la categoría de la "ciudadanía" por empecinamiento. Más bien observamos un empecinamiento de los ciudadanistas por meternos esta palabra hasta en la sopa.

Diferentes encuestas corroboran algo: el término "ciudadano" es, principalmente, un término propio de ambientes universitarios, refinados y cultos. La gente normal de los barrios suele emplear la categoría de "pueblo" y, también con relativa frecuencia, habla de "los trabajadores". Rara vez se refieren a sí mismos como "ciudadanos". ¿Y por qué empeorar la situación? Es positivo que así sea, ya que la palabra "pueblo", aun sin ser tan precisa como la noción de "clase trabajadora", ha tenido siempre a lo largo de la historia connotaciones jerárquicas muy claras, haciendo referencia siempre a los de abajo. Rajoy o Botín no son parte del pueblo, aunque sí son ciudadanos, ya que la ciudadanía es más que nada una noción administrativa, legalista... y poco respetuosa con los inmigrantes sin papeles, por cierto.

No se trata, por tanto, de que, como decía Marat (el enemigo jurado del 15 M) en su blog "Iniciativa de clase", no seamos ciudadanos. Claro que lo somos (salvo los aludidos sin papeles), pero el problema es que Botín también lo es. Y que, por tanto, nosotros aspiramos a que unos ciudadanos (los trabajadores, los de abajo) luchen contra otros (los empresarios, los de arriba). Por ejemplo, si hay un desahucio, nosotros apoyamos a unos ciudadanos (los desahuciados) contra otros (los dueños del inmueble, los banqueros, etc).

Y es que, a pesar de su pretendido "internacionalismo" (cosmopolitismo burgués en realidad), al final estos ciudadanistas incurren en el mismo error que el nacionalismo burgués. Me explico: una cosa es luchar por la emancipación del pueblo trabajador andaluz (como defiende la MAIS) y otra muy distinta luchar por "los andaluces", así, en general (como defiende por ejemplo el PA). Porque, lógicamente, la emancipación de esta tierra, la superación de la marginación histórica y el subdesarrollo a los que históricamente nos ha sometido el Estado español, pasa porque unos andaluces (los trabajadores, los de abajo) luchen contra otros (los empresarios, los de arriba). Eso es nacionalismo de clase.

La insoportable levedad de las modas políticas

Pero volvamos al asunto que nos ocupa. Hace poco, en una manifestación, le pasó algo a un compañero de luchas. Empezó, con otra gente, a cantar "el pueblo unido jamás será vencido" (más que nada porque la de "el pueblo armado jamás será aplastado" es ilegal) y, entonces, un lumbreras comenzó a criticarle porque cantaba cosas "muy antiguas". Interesante.

Como siempre, la ignorancia es demasiado atrevida. La categoría de "ciudadanía" puede encontrarse fácilmente en autores tan "modernos" como Platón y Aristóteles. Es decir, que ya se usaba en el siglo IV a. C. En cambio, categorías como "clase obrera" tienen menos de dos siglos de antigüedad. Por lo tanto, alguien que habla de ciudadanía está 23 siglos más anticuado que alguien que habla de clase obrera.

Según algunos, está muy bien repetir las palabras e ideas de moda que nos inculca el telediario; pero, y cansa hasta decirlo, cualquiera que se pasee por una ciudad en pleno 2013, a menos que tome la poco saludable determinación de arrancarse los ojos, comprenderá fácilmente la existencia de clases sociales, de barrios pobres contra otros ricos, de un pueblo trabajador buscándose la vida como puede mientras otros viven lujosamente a base de explotarlo. Otra cosa es que dicho proletariado (ojo: proletario es simplemente el que no tiene medios de subsistencia propios y debe vender su fuerza de trabajo) no responda ya, en ciertas zonas del mundo como la nuestra, a la imagen del tradicional obrero de fábrica de mono azul. Que sea más heterogéneo y diversificado, que trabaje en el sector servicios, en el campo, como "falso autónomo" o haciendo chapús para huir como puede del paro. Pero, ¿desde cuándo la gente no tiene que ganarse la vida para vivir?

Más allá de la forma, que sí ha cambiado sustancialmente en ciertas zonas del mundo (ojo: la industria no ha desaparecido, sino que se ha deslocalizado a otras áreas más favorables para la explotación del subproletariado del Tercer Mundo), la esencia del fenómeno sigue siendo exactamente la misma: los capitalistas extraen una plusvalía de la fuerza de trabajo que compran: de cada camarera, de cada recepcionista, de cada mozo de almacén. ¿O es que ahora creemos que los empresarios extraen sus ganancias de una chistera? Por otro lado, ¿en qué sentido puede estar anticuado algo que sucede en pleno 2013?

Excusatio non pedita

Pero, como ya nos conocemos de sobra, me adelantaré a lo que contestarán los "ciudadanistas". "Es que no se puede ser tan radical, así irá más gente a las manifestaciones", etc. Desgraciadamente, esta insensatez ha salido incluso de la boca de miembros del Frente Cívico creado por Anguita. Me sentiría mejor, con todo, si alguien me explicara qué fundamento empírico tiene tal presuposición. La realidad es que la movilización de masas más importante de los últimos tiempos en Andalucía fue la "Marcha Obrera" del SAT. Y fue convocada así, como marcha obrera, generando una enorme simpatía popular en todas las ciudades de Andalucía, e incluso en otras zonas del Estado.

La verdad es que una idea así sólo la puede albergar alguien que, por no salir nunca del reducido ambiente de la pequeña burguesía radicalizada en el que se mueve, cree que la palabra "pueblo" causa rechazo en la gente mientras que la categoría "ciudadana" le gusta. Pero supongamos por un instante que, efectivamente, iría menos gente a las manifestaciones en caso de ser convocadas sin aludir al carácter "ciudadano" de la lucha. Incluso aunque fuera así (no es el caso), yo no sería partidario de emplear la categoría ciudadano.

Porque debo ser un excéntrico, pero estoy convencido de que el cambio social que necesitamos no vendrá de un repentino enternecimiento del corazón de la burguesía ante nuestra ejemplaridad ética. Estoy convencido de que una élite que ha estado dispuesta a desahuciar a cientos de miles de familias, bombardear escuelas y hospitales, dar golpes de Estado (como el de Franco) cada vez que ha visto peligrar sus privilegios y matar de hambre a media África, no va de pronto a cambiar de actitud, entregando su poder repentinamente por las buenas, convencida por la florecita que algún Lennon con nariz de payasito le entregue a un madero. Estoy convencido de que puede haber diversas maneras de cambiar el mundo, pero de que desde luego agitar las manos haciendo una sentada pacífica frente al parlamento no es una de ellas.

Y, por tanto, no aspiro únicamente a sacar a más y más masa a la calle. De ser así, la celebración del gol de Iniesta en Sudáfrica habría sido el acto más revolucionario de nuestra historia. A lo que aspiro es a sacar a un pueblo concienciado a la calle. Así, no voy a decirle a la gente que no tome el parlamento porque la policía es nuestra amiga y el cambio debe canalizarse por vías ciudadanas y democráticas (como si una urna fuera, por sí misma, más democrática que un fusil). Lo que voy a decirle a la gente es que aún no tenemos el suficiente poder acumulado para tomar el parlamento. Que tenemos la razón, pero no la fuerza. Y que, por ese mismo motivo, lo que debemos hacer es acumular más fuerzas y que, entonces, volveremos al parlamento.

El mantra de la participación

Tras las movilizaciones populares del 15 M, surgieron progres como hongos diciendo que las reivindicaciones debían reducirse, eliminando todas aquellas que se refirieran a la estructura del poder económico. Pero si podemos votar mil tonterías insustanciales y, sin embargo, la esfera del poder económico se queda fuera de dichas votaciones, estamos reproduciendo justamente el cáncer de la sociedad actual.

Supongamos que planteamos prohibir los desahucios, cosa con la que yo naturalmente estaría de acuerdo. Si bajo el capitalismo se hiciera tal cosa, ¿qué propietario iba a alquilar una casa, sabiendo que los inquilinos no tienen la obligación de pagar? La única solución sería la expropiación forzosa. Si insistimos en la propiedad es porque es la clave, no por sectarismo. Sectaria es la obsesión por parte de los ciudadanistas de que no se toque la propiedad.

En un principio, el 15 M tenía evidentes resonancias de una revuelta popular contra el poder de los bancos. Pero la idea de los ciudadanistas era dejar sólo puntos referidos a la necesidad de mayor participación democrática. Una estupidez casi tan grande como el referendum sobre los recortes que propone IU en Andalucía. ¿Quién nos ha dicho que si la gente pudiera, por ejemplo, votar la salida de la UE lo haría? De lo que se trata es de trabajar con el pueblo, solucionando sus problemáticas reales para persuadirlo de la necesidad de la emancipación social. No de sondear su opinión actual, mediatizada por la propaganda capitalista.

Por otro lado, la realidad es que el proceso más participativo de los últimos años es el que dio la mayoría absoluta al PP en las últimas elecciones generales. Si me voy a la placita de mi barrio con unos colegas y decidimos que habría que expropiar todas las viviendas vacías del barrio, la decisión no será mejor por ser más participativa, sino que será mejor en sí misma, desde la perspectiva de los intereses objetivos del pueblo. Sin embargo, la elección generalizada de concejales del PSOE y el PP en las últimas municipales fue mucho más participativa, por el sencillo motivo de que en dicho procesos electoral estuvieron implicados muchísimos más vecinos del barrio (y, por lo tanto, mucho más "sujeto histórico") que en nuestra ágora improvisada. Aunque, probablemente, en esta última seamos bastante más simpáticos, lo cual también cuenta.

El mantra del horizontalismo

Desgraciadamente, comparada con las resoluciones de nuestra ágora, será una decisión muchísimo más horizontal la que lleve al PSOE y al PP al Ayuntamiento o al Parlamento, puesto que yo y mis cuatro colegas no somos nadie para imponerle al resto del barrio (o del país) qué es lo que deben decidir ni cuál es el modo más adecuado de hacerlo. No puedo culparles porque piensen que es más adecuado poner una urna y participar masivamente y por millones, antes que reunirnos en una placita (si no llueve) cuatro o cinco y decidir por todos los demás.

¿Estoy diciendo que la reunión en la plaza no deba celebrarse? No. Lo que estoy diciendo es que hay que ser realista con respecto a lo que dicha reunión significa. ¿Estoy diciendo que es menos representativa que el parlamento? Tampoco. Lo que estoy diciendo es que es objetivamente más representativa, pero a la vez mucho más elitista y vertical, ya que existe un fenómeno llamado "falsa conciencia", opuesto a la conciencia de clase, que por desgracia está generalizado y que no necesitamos volver a explicar porque ya fue aclarado hace siglos. Y ese carácter a la vez representativo pero elitista, propio de éste y de cualquier otro movimiento emancipador, encierra una contradicción que sólo se verá superada si incrementa exponencialmente su representatividad, conectándose con las luchas ya en curso y, de manera particular, con el movimiento obrero y el sindicalismo alternativo.

El ABC de la hegemonía

Así pues, la sociedad que dicha ágora proyecta es mucho más horizontal que la actual, pero los medios para proyectarla son más verticales, y además no pueden ser de otro modo. El sistema puede permitirse ser horizontal porque tiene la hegemonía, porque manda, porque cuenta con el apoyo de una mayoría social. Nosotros, en cambio, somos una minoría y seguiremos siendo una minoría probablemente hasta la mismísima antesala de la revolución.

Por eso, la reunión en la plaza debe seguir haciéndose, pero su fuerte no será en todo caso su mayor representatividad, participación, horizontalidad o democratismo. Su fuerte será que, como decimos, aunque subjetivamente "no nos represente" más que a nosotros (una minoría), objetivamente será más representativa que el parlamento burgués, que sólo representa a la banca y la CEOE.

En última instancia, el ciudadanista niega la existencia de ideologías (algunas de las cuales, aun siendo justas, pueden estar dominadas y minorizadas) e intenta convencernos de que es la ciudadanía en sí misma, con su derecho formal a la participación, la que nos hace ser libres. Nosotros, que no somos eclécticos ni queremos serlo, defendemos la liberación no sólo formal, sino esencial, de una parte de la población que se encuentra oprimida y cuya explotación es perfectamente legal. Por lo tanto, aspiramos a que las ideas que defienden dicha liberación se extiendan y ganen hegemonía hasta condicionar el discurso político de toda la sociedad.

¿Quién ha dicho que la mayoría tenga la razón en todo momento? ¿Tal vez la mayoría que aupó a Hitler en las elecciones alemanas de 1933? Por otro lado, ¿cuál es el papel de los que tienen una mayor conciencia de clase? ¿Ser vanguardia y tirar del resto, o rebajarse al nivel general, que siempre está condicionado por el poder económico que controla los medios de comunicación?

Conclusión

En realidad, el concepto de "ciudadanía" no ha sido históricamente emancipador. En las democracias griega y romana la ciudadanía se otorgaba como un privilegio y para contar con mas reclutas para los ejercitos y conquistar nuevos territorios.

Hoy día, el concepto de "ciudadano" funciona porque está limpio de resonancias hacia la desigualdad de clase que padecemos. Por eso, a fin de desactivar el conflicto, las instancias oficiales emplean este término. El ciudadanismo es, pues, la ideología que el poder establecido usa para mantener el orden público, para intentar que nos "autocontrolemos" nosotros mismos, que seamos nuestra propia policía interior. Pero salvo el poder, todo es ilusión.

Sin embargo, inicialmente organizaciones como Izquierda Anticapitalista, CUT-BAI o En Lucha han participado en la configuración de la Asamblea Ciudadana... sin por ello dejar de participar en el Bloque Crítico ni percibir, parecer ser, contradicción alguna. A nuestro entender, una vez más, como ante la cuestión de la salida de la UE y el euro, estas organizaciones deben decidir a qué lado de la grieta ponen el pie. ¿Decidirán, por fin, ser parte de la solución?

Nosotros ya hemos tomado nuestra decisión, desde la certeza de que la "cosa ciudadana" no puede aportarle nada a los explotados en su lucha por la libertad, salvo confundir aún más los actores políticos, los aliados y los objetivos. Máxime si su propósito es conformar una "candidatura electoral ciudadana" de programa ambiguo, confuso y que deja totalmente intacta la estructura del poder económico. Porque, parafraseando a Guevara, no se puede confiar en el ciudadanismo, pero ni tantito así, nada.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

viernes, 25 de enero de 2013

STEINBECK CONTRA LA PESADILLA AMERICANA



Nombre completoJohn Ernst Steinbeck, Jr.
Nacimiento27 de febrero de 1902
SalinasCalifornia Flag of the United States.svgEstados Unidos
Defunción20 de diciembre de 1968 (66 años)
Nueva York Flag of the United States.svg Estados Unidos
OcupaciónNovelistacuentista,corresponsal de guerra
NacionalidadEstadounidense
Lengua de producción literariaInglés
Lengua maternaInglés
Obras notablesDe ratones y hombresLas uvas de la iraAl este del paraíso
FirmaJohn Steinbeck signature.svg
PremiosPremio Nobel de Literatura en 1962


25-01-2013

...y en los ojos de la gente se refleja el fracaso; y en los ojos de los hambrientos hay una ira creciente. En las almas de las personas las uvas de la ira se están llenando y se vuelven pesadas, cogiendo peso, listas para la vendimia.
John Steinbeck


En estos días, el telediario vuelve a vendernos el mito de Obama. Mientras las tropas norteamericanas ocupan medio planeta y sus cabezas nucleares nos amenazan a todos, el telediario intenta convencernos de que los verdaderos peligros son Siria e Irán. Los mismos que en Libia, cuando asesinaban a Gadafi, eran “freedom fighters”, al cruzar la frontera y viajar hasta Mali se transforman misteriosamente en “terroristas”. Llamazares propone que el juez Garzón encabece la próxima candidatura electoral del PCE-IU (quizá su táctica electoral para asegurarse la victoria sea ilegalizar al resto de partidos). En fin, el desbarajuste demencial habitual.

Pero el telediario, plagado de anécdotas ridículas y casos supuestamente “graciosos”, alcanza el clímax cuando empieza a vendernos la película de Spielberg sobre Lincoln. ¡Lo compararan con Obama, qué original! Es cierto que, a pesar del genio interpretativo de Daniel Day-Lewis, el Lincoln de la película está lejos del que conociera Marx: el de la pantalla es un politicastro demagógico que nunca dice lo que piensa, manipula a la gente contando absurdas anécdotas y tirando, a falta de argumentos, de su supuesto “carisma”, etc. El Lincoln real, un negrero reconvertido como Suárez, al menos cambió las reglas del juego y, es justo decirlo, abolió la esclavitud. ¿Ha cambiado alguna regla del juego Obama? Apago la tele y abro una página web alternativa. Vaya, Vicenç Navarro nos escribe sobre “lo que Spielberg no cuenta de Lincoln”. Pero ¿y lo que Vicenç Navarro no cuenta de Lincoln? Cierro la página web.

Abro mi libro de Howard Zinn y leo: “No estoy, ni nunca he estado, a favor de equiparar social y políticamente a las razas blanca y negra (aplausos). No estoy, ni nunca he estado, a favor de dejar votar ni formar parte de los jurados a los negros, ni de permitirles ocupar puestos en la administración, ni de casarse con blancos… Mientras permanezcan juntos, debe haber la posición superior y la inferior, y yo deseo que la posición superior la ocupe la raza blanca”. “Mi objetivo primordial en esta lucha es la salvación de la Unión, y no el salvar o destruir la esclavitud. Si pudiera salvar la Unión sin liberar a ningún esclavo, lo haría”. Abro mi libro de Domenico Losurdo y contrasto la información. No hay error. Ambas citas son de Abraham Lincoln.

Al dejarlos, en el estante veo mi libro de Albert Manfred y lo abro. Allí veo otra cosa que ni la película de Spielberg ni el artículo de Navarro cuentan: el desarrollo desigual del capitalismo en EE UU, que hizo que en el norte se desarrollara la industria y las granjas agrícolas, frente al sur basado en las plantaciones de tipo esclavista. Nadie habla de algo muy sencillo de comprender: con el capitalismo, a partir de cierto nivel de desarrollo de las fuerzas productivas, a la clase dominante no le interesa tener esclavos. Al fin y al cabo, al esclavo hay que mantenerlo, alimentarlo y cobijarlo, sin poder cobrarle nada a cambio. Al asalariado, en cambio, puedes venderle lo que él mismo produce.

Todo ello me lleva a pensar en algo: el sueño americano tiene también una versión progre, dispuesta a seducirnos con nuestro propio lenguaje. Sí, el neoliberalismo es muy malo, pero ¿y Keynes? ¿Y el New Deal? Sin embargo, en los mismos días en que iba al cine a alimentar el genocidio contra el pueblo palestino (como se sabe, en parte financiado por las donaciones de gente como Spielberg), terminaba de leer una novela que se me antoja el antídoto perfecto contra el sueño americano en cualquiera de sus versiones.

Me gusta diversificar, pero esta vez he leído tres novelas seguidas de John Steinbeck, porque estoy absolutamente sobrecogido con su literatura de denuncia. Primero leí la realista De ratones y hombres, con un nudo en la garganta; una obra que jamás podré olvidar. Luego la simbolista La perla. Y por último Las uvas de la ira, una auténtica novela total, síntesis de simbolismo y el realismo; de lo mejor que he leído en mi vida.

Hagámoslo a modo de anuncio publicitario: ¿estáis hartos de literatura insulsa que no dice nada? ¿Estáis acostumbrados a leer paparruchas contra la Unión Soviética y que niega sus logros? ¿Queréis leer una novela en la que veáis a niños muriendo de hambre en los Estados Unidos de América, en plena mitad de la década de los 30? ¿Queréis leer una novela que no hable de las nubes o de chorradas, sino en la que se vea de una vez la maldita realidad: el desahucio de una familia obrera, la policía al servicio de los señoritos, el patrón pagando menos por tener a muchos parados haciendo cola, la gente buscando trabajo sin encontrarlo, los piquetes, los esquiroles, el hambre, la xenofobia, la injusticia radical de la propiedad privada, el no poder atacar a nadie porque el acreedor no es una persona sino “un banco”, la desesperación de no poder volarle la cabeza a esos hijos de puta porque te colgarían o acabarías en la cárcel y tu familia te necesita? Entonces leed Las uvas de la ira (y ved de paso la adaptación cinematográfica de John Ford).

Una obra cimentada más sobre la imagen que sobre el discurso, quizá porque para escribirla John Steinbeck se basó en sus propios reportajes, escritos en 1936 para The San Francisco News. Estas crónicas describían la emigración a California de los “okies”, los granjeros de Oklahoma desahuciados por las compañías, propietarias legales de la tierra que llevaban trabajando durante generaciones. Steinbeck subvierte los símbolos del sueño americano: si la emigración primitiva hacia el oeste se hizo a costa de la expulsión y el genocidio de los indios, esta vez la emigración forzosa no podrá establecerse en ninguna tierra, porque todas pertenecen a la oligarquía financiera (que, por si había alguna duda, tienen a las fuerzas armadas de su parte). Veremos emigrar a las familias ilusionadas, para acabar presas de la desesperación, dispuestas a trabajar por un plato de comida y un techo… pero que ni siquiera eso logran. Veremos a familias que buscaron el sueño americano hasta debajo de las piedras, sin encontrarlo, porque para el proletario el sueño americano no existe o, en todo caso, es una pesadilla.

Lo que más llama la atención de este libro es su profunda actualidad. Y, entre otras cosas, viene bien resaltarlo para tachar y eliminar de una vez por todas las tonterías del “Partido X” y similares. Aquí hay gente ignorante que se cree que un desahucio por parte de un banco es una cosa muy nueva (a diferencia de los comunistas, que, naturalmente, estamos "anticuados"). Que antes de la "revolución neoliberal" el capitalismo era distinto, más humano y mejor. Que lo raro, la excepcionalidad histórica, es lo de ahora, no el "Welfare State". Pues bien, esta novela es de 1939 y, al leerla, compruebas que entonces ocurría exactamente lo mismo que ahora, porque, aunque no esté de moda decirlo, la historia de la humanidad es la historia de la lucha de clases; y la historia del capitalismo ha sido siempre (porque en función de sus leyes internas no puede ser de otra manera) la eterna y bárbara infamia que padecemos ahora.

En 1938, Steinbeck escribió en una carta: “Quiero señalar con el dedo a los codiciosos hijos de puta responsables de todo esto para que se avergüencen, y donde mejor puedo hacerlo es en los periódicos”. Naturalmente, sus artículos y novelas fueron perseguidos. Las uvas de la ira fue denunciada en el Senado y en los púlpitos norteamericanos y, of course, prohibida en muchas bibliotecas. Me he acercado a la biblioteca pública y he encontrado capítulos críticos sobre Hemingway, Faulkner, Scott Fitzgerald, Capote y muchos otros. Pero, a pesar de que ganó el Pulitzer y el Nobel, poco o casi nada sobre Steinbeck. ¿Hay una prueba más clara de que todo tiempo pasado no fue mejor, pero tampoco peor?

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

lunes, 17 de diciembre de 2012

VACUNANDO CONTRA EL DOCTRINARISMO: LENINISMO SELECTIVO (LA ENFERMEDAD SENIL DEL REVISIONISMO)



17-12-2012

La primera vez que leí La enfermedad infantil del izquierdismo yo era un adolescente. Por ello, hace unos días decidí releerlo. Tal vez no lo entendí en su momento, tal vez me haga replantearme mis posiciones, pensaba. Y vistas las citas que los revisionistas suelen esgrimir y descontextualizar, había acabado por pensar que, probablemente, nada más terminarlo me convertiría en una especie de “walking dead” e iría, sin poder evitarlo, a afiliarme a CC OO, justificando de paso el vergonzoso pacto de gobierno de IU con el PSOE en Andalucía. Pero, sorprendentemente, no ha sido así.

Lenin escribió este interesante panfleto en 1920. En 1969, un tal Danny Cohn-Bendit (que, por lo visto, se divirtió mucho en la universidad) le respondió escribiendo un engendro titulado El izquierdismo, remedio a la enfermedad senil del leninismo. El tiempo dejaría a cada cual en su lugar: Cohn-Bendit es actualmente europarlamentario e hizo campaña por el “Sí” a la Constitución Europea, es decir, por el “sí” a la enfermedad (para todas las edades) del capitalismo.

Con todo, usaré la ocurrente expresión de este traidor, porque la enfermedad senil del revisionismo resulta “extrañamente” selectiva a la hora de citar a Lenin. “Casualmente”, sólo se citan aquellos pasajes pasados que sirven para justificar las traiciones presentes. Se cita la página 44 de este libro, donde Lenin habla de la necesidad de participar en los sindicatos reaccionarios. También se cita la página 52, donde Lenin insta a sus partidarios a participar en los parlamentos burgueses, o la 90, en la que Lenin llama a los comunistas británicos a apoyar a los socialdemócratas ingleses de la II Internacional (los laboristas). Y, naturalmente, como me dijo uno de la UJCE, se considera que quienes no intentamos amoldar nuestra realidad política a estas citas descontextualizadas no somos “verdaderos leninistas”. ¡Qué drama!

“Curiosamente” no se cita ni se intenta amoldar la realidad a la página 12, en la que Lenin habla de “combinar las acciones legales e ilegales”, de eliminar a los reformistas como “agentes burgueses” en el interior del movimiento obrero y de negar “las ilusiones pacifistas”. Tampoco se cita ni se intenta amoldar la realidad a la página 20, en la que Lenin defiende la táctica aplicada en 1905 por los revolucionarios rusos: el boicot a las elecciones parlamentarias burguesas. ¡Otra casualidad!

No vemos que citen ni intenten amoldar la realidad a la página 43, donde Lenin habla de la necesidad de una “lucha implacable” para expulsar de los partidos y sindicatos a los líderes oportunistas. Ni la página 52, en la que Lenin habla de que los bolcheviques no debían “rebajarse” al nivel de conciencia de las masas, sino decirles “la amarga verdad”. Ni la página 58, en la que Lenin dice explícitamente que la abstención electoral “no siempre es un error”, pues “hay condiciones para el boicot”. Ni la página 62, en la que Lenin pide una crítica “intransigente y violenta” contra los jefes de la izquierda que no usen el parlamento de una manera revolucionaria, es decir, con la intención de denunciar al propio parlamento y destruirlo, exigiendo además la expulsión y sustitución de esos jefes. Ni la página 73, en la que vuelve a hablar de establecer una lucha implacable contra la dirección oportunista de los partidos obreros.

Por otro lado, ya que las páginas 44, 52 y 90 les resultan a los revisionistas tan importantes, podrían explicarme por qué carece en cambio de importancia la página 96, en la que Lenin propone la “transformación de la huelga en insurrección armada” y habla de los soviets como “sepultureros del parlamentarismo burgués”. Tampoco parecen considerar importante la página 97, en la que Lenin explica cómo la III Internacional venció a la II, aunque ésta última fuera en principio mucho más grande; o la página 106, en la que Lenin explica por qué los comunistas ingleses deben apoyar la independencia de Irlanda contra el imperialismo británico; o la página 109, en la que Lenin dice que el hecho de que los periódicos burgueses criticaran al bolchevismo benefició al bolchevismo; o la 123, en la que llega a dar la razón a Bordiga en la idea de que hay que expulsar de los partidos de izquierda a todos los “social-traidores” reformistas.

Por supuesto, está más allá de toda esperanza que ese compañero de la UJCE, que me requisó el carné de “leninista” (hecho que, como podrá imaginarse, me produjo una honda preocupación), lea también, aparte de la cita descontextualizada de sus manuales formativos, los pasajes completos en los que Lenin expone claramente qué es aquello que rechaza: no los sindicatos alternativos, inexistentes en ese momento, sino los “consejos” o “uniones obreras” que proponía crear la izquierda germano holandesa (pág. 40), las “nuevas formas organizativas inventadas por ellos” (pág. 44). O aquellos pasajes en los que Lenin explica a qué se refiere con “sindicatos reaccionarios”: apoliticismo, estrechez corporativa, espíritu rutinario… (pág. 41). Es decir, no pretendo que el compañero asimile que Lenin no hablaba de fenómenos como los liberados sindicales o la firma del “pensionazo, por el sencillo motivo de que no llegó a conocerlos. Que habría que ver si CC OO sería para Lenin un “sindicato reaccionario” (no por lo reaccionario, cosa en la que no habría duda, sino por lo de “sindicato”), o sería más bien un auténtico aparato del Estado burgués.

Tampoco puedo esperar que el compañero comprenda que Lenin habla de participar en esos sindicatos porque en esos momentos eran “las organizaciones en las que están las masas” (pág. 45), dando la cifra de nada menos que 7 millones de afiliados en la Inglaterra de 1920, mientras que hoy día las masas no están en CC OO, sino que odian a CC OO y la tasa de afiliación es muy baja.

Tengo otros amigos, en este caso en el PCPE o Izquierda Anticapitalista, a los que no estoy seguro de poder explicarles que, en efecto, Lenin dice que hay que participar en el parlamento burgués (pág. 53), pero que presentando candidaturas que obtienen 20 mil votos no se lleva a ningún candidato al parlamento burgués, a no ser que vivas en un país de un millón de habitantes…

Pero La enfermedad infantil no es el único libro de Lenin. A todos mis amigos, y en particular a los revisionistas, tan fieles a las páginas 44, 52 y 90 de un solo libro de Lenin, “casualmente” se les olvida citar el artículo “Informe sobre la revolución de 1905”, en el que Lenin decía que el desarrollo de la revolución “conduce inevitablemente hacia la lucha armada”. O el artículo “Ejército revolucionario y gobierno revolucionario” (julio de 1905), donde Lenin dice “el ejército revolucionario se necesita porque los grandes problemas de la historia se revuelven únicamente por la fuerza”.

Insisten obsesivamente en no radicalizar sus consignas para no “asustar” a la gente y ganar militantes, pero al hacerlo olvidan, también “casualmente”, el artículo “Una gran iniciativa” (junio de 1919), en el que Lenin dice: “La movilización de los comunistas para la guerra ha venido a ayudarnos: los cobardes y los miserables han huido del partido. ¡Mejor que mejor!”.

Condenan la violencia y adoran los paseítos (también llamados manifestaciones) folklóricos, olvidándose “casualmente” del artículo “Los asustados por el fracaso de lo viejo”, publicado por Lenin en Pravda en diciembre del 17 y el que el líder ruso se burlaba con sorna de los que “se asustan de que la lucha de clases llegue a una exacerbación extrema y se transforme en guerra civil, la única guerra legítima, la única justa, la única sagrada, no en el sentido clerical de la palabra, sino en el sentido humano de guerra sagrada de los oprimidos contra los opresores”, añadiendo la célebre cita de Marx en la que el barbudo nos enseñó aquello de que “la violencia es siempre la comadrona de la vieja sociedad”.

En fin, es mejor acabar porque todo esto no vale para nada. Lo único que sirve es la creación de razonamientos y lemas nuevos partiendo de nuestro contexto, y sería dogmático seguir desempolvando (y sesgando) citas de Lenin para demostrar otra cosa que no fuera la incoherencia de quienes creen ponerse a salvo desempolvando (y sesgando) citas de Lenin. El caso es que me siento incapaz de cuatro cosas:

1.  De conseguir que esta gente no sesgue citas, picoteando aquí o allá según sus intereses dogmáticos o -en el caso de los revisionistas- para justificar las traiciones políticas o sindicales más viles.
2.  De conseguir que esta gente comprenda que el marco contextual debe descodificarse junto al mensaje; que éste sólo puede analizarse analizando también dicho marco; que pensar que Lenin diría lo mismo hace un siglo que ahora es considerarlo un auténtico idiota.
3.  De conseguir que esta gente comprenda que, incluso en su contexto, Lenin, por aquello de no ser un dios, era falible y por tanto podía equivocarse.
4.  Y de ser tan ingenuo como quienes piensen que tras las comillas de los “casualmente” de este artículo no se oculta la certeza de que esto no es un combate ideológico, sino un combate contra quienes tratan de pillar silloncitos y garantizar el sustento de enormes aparatos de liberados y chorizos que trabajan bien en los sindicatos amarillos, bien en las diputaciones.

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