La mafia celebrando el éxito de la emboscada
José Carlos Agüero, autor de la
columna “Desprecio” (noticiasser.pe, 13 dic. 2022) es un tóxico escribidor. Es
el autor de un librito “Los rendidos”, librito que es una vergonzosa geremiada,
un homenaje al revés a sus padres, senderistas asesinados en la lamentable
sublevación senderista. Se puede condenar a Sendero, pero hacerlo de esa forma
sibilina, lloriqueante, que en nada educa al lector, y que más bien manipula
los sentimientos de solidaridad y compasión del lector con las víctimas de la
violencia para así justificar sibilinamente la violencia contra los de abajo,
es algo nauseabundo y condenable.
Nada raro que el librito fue
financiado por el IEP, una suerte de ONG, avispero de elite de la clase media
intelectual bien financiada por los satélites de fachada de los organismos de
inteligencia americanos y acogida en las universidades americanas de elite. En
el IEP han trabajado insignes intelectuales peruanos y ese instituto ha
publicado valiosas investigaciones. Es por ello que su autoridad intelectual
confunde al no advertido de las truculencias que se ocultan tras su fachada
científica. No es de ninguna manera el primer ni único caso de esta naturaleza
en América Latina. En Europa del Este, instituciones de esta naturaleza fueron
activas participantes de las “revoluciones de colores” promovidas por el
imperialismo.
Qué se puede esperar de este
escribidor: que, por supuesto, siembre la confusión con sus jeremiadas pequeño
burguesas en defensa de la democracia, ergo: en defensa del poder de la
burguesía lumpen local y de sus patrones imperialistas. Ahora seguramente, con
tantos muertos por la movilización social contra los corruptos golpistas
parlamentarios, condenara a la violencia en abstracto, como si ésta no fuera
una violencia de clase de los poderosos que gobiernan el Perú desde hace más de
doscientos años (y 700 años ya si se incluye el bárbaro coloniaje español)
18/12/2022
Rebelde Marxista
Desprecio
2022-12-13
Por José Carlos Agüero
Escritor e
Historiador
Hacer
política desde el desprecio trae consecuencias graves. Frivolidad, cinismo, el
descaro de los grupos de interés, acostumbrados a operar con impunidad, ha
terminado por hacer estallar – una vez más – a la gente en todo el Perú (18
regiones de 24 con protestas activas en menos de una semana). ¿Esperas ofender
a alguien y que se quede tranquilo en su casa llorando la humillación? ¿Esa es
tu propuesta política, reírte del que menosprecias y ofrecerle como lugar el de
espectador, testigo de las decisiones arrogantes que tomas en su nombre? ¿Qué
los mates y encima lo expliques como que mataste a un vulgar azuzador?
El
desprecio es lo que me llama más la atención. Porque es antiguo, lo sabemos,
pero siempre se actualiza. Este momento encuadra el desprecio como un nudo, un
catalizador de emociones y de fuerzas. Un señor en Huancavelica señala
“…Doscientos años nos vienen haciendo lo mismo”. ¿Qué es ese “lo mismo”? En su
mirada de la vida política, de la que él también forma parte, aunque a algunos
sorprenda, es el remachar su inferioridad, vez tras vez. El excluirlo y
justificar esta exclusión por su carácter de ser casi bárbaro. Una señora en
Ayacucho dice: “Castillo será profesor, será ignorante, no hablará bien, pero
es por quien votamos”. ¿Más claro? ¿Realmente se necesitan más pistas para
cazar la idea?
No
puedes humillar tanto a tanta gente. Burlarte. Mandarlos con sus alforjas de
regreso a su pueblo como hizo un parlamentario conservador. Con sus llamas y
alpacas a la aldea, y no a la alta esfera, donde no tienen lugar. Brindar,
celebrar por haberlos colocado en su sitio, tomarse selfies como hicieron los
congresistas el día de la vacancia, y esperar que esa gente te agradezca por
supuestamente salvarlos de ellos mismos, de su propia incapacidad.
El
lenguaje usado por los medios de comunicación y por los “políticos” (no se les
puede considerar políticos reales, hay que ponerles comillas) han enfatizado
hasta el hartazgo desde antes de la victoria electoral de Castillo las
limitaciones, las incapacidades, la ignorancia, la torpeza, “la imbecilidad” en
el dicho de un analista reconocido (¿se tomaría esa licencia de insultar con
tanta autoridad a cualquiera de los muchos otros presidentes peruanos, todos
(TODOS) procesados por esquemas de gran corrupción y también, evidentemente,
ineficaces y mediocres?).
Otra
líder de opinión señala refiriéndose a la presidenta actual, Boluarte “No tiene
capacidades, pero ya es algo mejor que Castillo”. ¿Para estos peruanos, qué es
ser capacitado para un cargo de elección? ¿Eran capaces Fujimori, Toledo,
García, Humala o PPK? Evidentemente no. Fuera de cualquier prejuicio, sus
resultados lo demuestran. Fueron no solo pésimos presidentes. Fueron mucho más
que malos gestores. Ahondaron el colapso institucional y social del país. Destruyeron
lo poco que quedaba del tejido social, criminalizaron los espacios regionales y
municipales, permitieron que las mafias se hicieran de los poderes más altos.
¿Cuál es pues este estándar de la capacidad al que parecen aludir todos?
No
pues, no se trata de capacidad. Están cambiando unas palabras por otras. Esas
personas eran terriblemente dañinas. Pero pertenecían a grupos de poder que
generaban identidad por diversas razones respecto de los grupos económicos y
mediáticos: étnicos, culturales, redes de privilegio, redes económicas,
círculos familiares, finalmente, parte del sistema mercantilista. ¿Castillo es
mejor, es más capaz? No, claro que no. Es un incapaz más. Solo que no viene de
este sector. Y les generó desde el inicio la sensación de riesgo, de falta de
control total, de posible pérdida de la hegemonía absoluta al tomar las
decisiones sobre la administración tanto del poder, como de la corrupción,
finalmente, bienes en disputa.
Tres Pedros
Un político tradicional. - El primer Castillo es el más
transparente. Un pésimo gestor. Un personaje que no pudo o no supo o no quiso
romper con el modo de organizar la cultura de administración en el poder
ejecutivo. Hizo lo que sus antecesores. Se rodeó de su propia argolla, se alejó
de todo programa, de toda idea, de toda aspiración de mediano o largo plazo que
hiciera posible una reforma social y política. Sus metas eran inverosímilmente
pequeñas, mezquinas, minúsculamente coyunturales. Su primera medida como
presidente lo expresa: aprobó la inscripción de su sindicato de maestros,
paralelo a su rival, el antiguo SUTEP. Luego de 200mil muertos por COVID, en
medio de una polarización extrema, con problemas macroeconómicos, él dedicó su
primer esfuerzo a su lucha gremial, vulgar.
Como
todos los otros presidentes, entendió su ubicación privilegiada al frente del
aparato público como un sitio para obtener ganancias para él y sus adeptos, a
partir de las inversiones públicas y la corrupción. Quizá lo peor de todo: se
aisló de sus aliados, y concentró sus decisiones siempre cortoplacistas,
siempre de sobrevivencia, en un grupo de personajes inescrupulosos. Estos
produjeron un daño a estas alturas difícil de dimensionar: prácticamente
dejaron de gobernar por un año. El país vivió en piloto automático. Sólo como un
ejemplo, tuvimos más de medio centenar de ministros en un año y algo, lo que
nos da una idea de la absurda inestabilidad y de la imposible gestión en tales
condiciones.
En
un contexto mundial adverso, dejar de gobernar ha sido grave. Cierto que una
parte importante de la atención de este señor se tuvo que concentrar en
defenderse de los grupos mafiosos y antidemocráticos que tienen secuestrado el
poder legislativo y parte del judicial, pero también está claro algo: sí que le
alcanzó la vida y el tiempo para articular su sistema de ganancias ilícitas.
Angustiado por las consecuencias de sus propios actos delictivos, amenazado por
sus enemigos, dio un golpe de Estado, que no por no haberlo logrado imponer
deja de ser un golpe. Y con ello se convirtió en la promesa autocumplida de la
derecha más irracional: ser un “dictador comunista”. No fue ni dictador ni es
comunista, claro. Es solo un político tradicional, solo que, de otra rama de la
política peruana, lejana de Lima, corrupto y desapegado de los valores democráticos.
¿Pedir
que regrese? Si no bastara el golpe de Estado fracasado que lo desautoriza para
cualquier rol en el futuro del país (espero), aún hoy sigue contribuyendo con
su irresponsabilidad a incrementar el riesgo de los ciudadanos. Sus mensajes donde
se reclama aún presidente, son de una terrible negligencia criminal, porque
sabe que eso afecta emocionalmente a muchas personas que saldrán a protestar
por ese llamado. Pedro Castillo y la gente de la que se ha rodeado este año y
meses ha mostrado qué tan profundamente herida esta la izquierda, que se muere
por falta de principios y no por falta de votos.
Pedro el tapón. - Ahora vemos que Castillo, allí en su lugar de
presidente, aunque no gobernara en estricto, cumplía una función social. La
naturaleza de la última campaña electoral, de confrontación violenta entre
cruzados (terroristas y comunistas versus fascistas-fujimoristas corruptos)
creaba un marco de violencia contenida. Ya hemos escrito mucho sobre ello, así
que solo diremos como resumen que el nivel de agravio, de mentira, de
manipulación no sería fácil de procesar ni de olvidar. Quedó cada palabra
grabada, latente. Para los que votaron por Castillo, les quedó más claro que
quizá en ninguna otra época de la república, lo que pensaba la élite, los
grandes medios y buena parte de la ciudadanía de Lima sobre ellos y sus votos:
eran votos perdidos, vacíos de contenido, viciados de origen por provenir de
gente inferior, indios, ignorantes y encima, terroristas.
Pero
Castillo por más de un año, pese a la campaña de sabotaje de las mafias del
Congreso y de los medios, pese a los casi tres procesos de vacancia, pese a la
investigación de sus familiares, se mantuvo en el Ejecutivo (haciendo nada,
degradando la gestión sí, pero manteniéndose en el puesto). Su falta de pericia
y su mezquindad estaban casi fuera de toda duda, incluso para la mayoría de sus
votantes. Pero que ocupara ese lugar sostenía la voluntad expresada por la
población pese a la campaña gigantesca de humillación y estigmatización que habían
recibido en el proceso electoral. Pedro Castillo gobernando sin gobernar,
robando, mintiendo y afectando incluso la subsistencia de la población,
contenía la ira de un enorme sector agraviado. Uno puede comerse su rabia si
estima que recibe algo a cambio. En este caso: un presidente puesto por uno.
Fuera Castillo, ya no quedó contención alguna para esas emociones acumuladas y
remordidas. Y la violencia se ha expresado.
Castillo símbolo. – Castillo como personaje político real, es
el que ya describimos. Pero no es difícil reconocer que para la gente hay otro
Castillo. Uno que vive paralelo al que come y respira en la prisión de la
DINOES. Este Castillo es un símbolo, o una proyección. En las protestas lo
hemos oído: es nuestro, es por quien votamos, es el que elegimos, es uno como
nosotros, es cholo, es pobre, es indio, es excluido, es campesino, es un
“nadie”. La verdad es que no es campesino, ni indio, ni siquiera es rondero en
estricto, y a estas alturas dudo que sea muy pobre, pero es esa imagen la que
la gente defiende. O sea, se defiende a sí misma, defiende su voto, la voluntad
popular. Defiende pues, un valor fundamental de la democracia. Si alguien
representa una fuerza con razones democráticas detrás, en este momento, son los
que protestan en las diferentes regiones del país. Mi opinión es que no tienen
razón respecto del programa de sus protestas ni en sus métodos, pero están
defendiendo una cadena indispensable para creer en algo (al menos en algo):
votamos, elegimos, aceptamos los resultados, gobierna alguien que nos
representa.
Por
eso el dolor con que se ha vivido su caída. Porque es la caída de una fe. La fe
de que, pese a todos los insultos, de luchar contra los grandes grupos de
poder, del terruqueo y la burla, a la hora de votar, somos iguales. Se puede
ganar. Uno “como nosotros” puede ganar. ¿Por qué saldrían niños de colegio a
protestar y morir si no los uniese algo subjetivo fuerte a este símbolo, a esta
fórmula? La fe en la democracia, como reducto para los excluidos ha sido quebrantada
por la caída de Castillo.
Es
cierto que Castillo se suicidó políticamente, pero es mentir, mentir
descaradamente, no reconocer que estaba siendo llevado a una posición imposible
que tarde o temprano terminaría con su vacancia o suspensión. Y para hacerlo no
primaron las razones justas (la lucha contra la corrupción), sino las injustas,
las que empezaron antes de que siquiera asumiera y que jamás se detuvieron. Por
lo tanto, si bien es un golpe de Estado, digamos que fue un golpe ayudado, un
golpe acompañado por el sabotaje del Congreso. Otra profecía cumplida: los
perdedores en la elección “salvaron al Perú del comunismo”, pero lo entregaron
a sus propias fauces mafiosas.
En
los comentarios de una noticia que daba cuenta de las muertes en las protestas
de esta semana, que ya suman al menos siete personas, incluyendo dos niños,
podían leerse: “que los militares acaben el trabajo de Fujimori (que maten a
los terroristas, quieren decir, refiriéndose a la población movilizada)”, o “un
par de llamas qué importan”. Escritos estos comentarios desde cuentas
identificables, reales. En el centro de Lima un manifestante que no se veía muy
terruco ni usaba un lenguaje muy clasista señalaba que pedía el regreso de
Castillo porque era al que ellos habían elegido. Y que el golpe, en realidad,
lo había dado el Congreso.
Irresponsables
Jugar
a las palabras, tiene límites. Y estos suelen ser los cuerpos. Sobre todo, los
ajenos. Ya son demasiados años de sostener el embrujo, esta ilusión de que
tenemos sistema de partidos, representantes, padres de la patria, instituciones
democráticas, medios de información. Estos eufemismos buscan encubrir que lo
que hay son grupos de interés y lobby, redes de privilegio, monopolios
abusivos, mafias y organizaciones criminales, todos ocupando los rótulos antes
dedicados a las organizaciones políticas. Los hay de varios tipos, algunos más
tradicionales, otros más cholos, algunos de alcance limeño-nacional, otros más
territoriales. Estos actores han secuestrado las instituciones. El Congreso,
sobre todo, pero también el sistema de justicia y los gobiernos subnacionales.
No solo son abiertos grupos de interés particular o grupal, ajenos por completo
a la idea de interés colectivo o público, sino que además son ferozmente
antidemocráticos. Ejercen el poder de modo abusivo, discrecional, sin atenerse
a reglas, ni las administrativas de sus reglamentos, ni las constitucionales,
sin temor a nada porque gozan de impunidad. Pero cuando escuchamos la
televisión o la radio, tenemos que oírlos nombrar por años como “los
políticos”. Y este lenguaje los legitima, casi que los hace reales.
Cuando
Pedro Castillo dio su golpe de Estado fracasado, su fracaso se dio en dos
sentidos. El primero más simple, porque era incapaz de imponerlo, de hacerlo
realidad. Nadie le iba a hacer caso, carecía de poder y “capacidad de chantaje”
sobre otras fuerzas. Pero fracasó también de un modo más interesante.
Realmente, en un lenguaje más primario, no había cómo dar un golpe, no había
dónde, no había a quién o a qué. Los actores en disputa eran rivales para
ejercer la antidemocracia. Ambos son elementos nocivos, destructores de los
vínculos de confianza, de las relaciones entre personas e instituciones, de la
gente con las ideas y los argumentos. No se puede dar “un golpe” así, sobre un
contexto que ya ha colapsado. No un golpe a la antigua, al menos. Es como
golpear el agua. O el aire.
Pedro
Castillo pese al deseo de la gente, pese a la identificación simbólica o
cultural o social que la está movilizando, no debe regresar. Es además de parte
del problema, un enemigo de la democracia. Pero lo es también el Congreso. En
un escenario donde el que gana y celebra, también es el malo, no basta con el
piloto automático. No puede esperar la presidenta interina a que la gente
aplauda y se siente a esperar. La manera en que es leída su presidencia para
grandes sectores de la población, lo estamos viendo, es como una traición. Y
eso es algo grave. Porque no hay peor pecado que la traición, no hay regreso y
no hay posibilidad de esperar virtud alguna, depositar mínima confianza en
alguien traidor. Quienes vienen protestando lo han expresado con claridad.
Quieren que renuncie porque la entienden, no sin razón, como una presidenta del
Congreso. Es decir, una especie de secretaria de los malos. La represión
brutal, las declaraciones de sus ministros y su propia actitud banal,
consolidan esta mirada.
Qué hacer
¿Hay
razones para marchar? Desde luego. El Congreso es un actor antidemocrático y
potencialmente golpista. Eso está claro. Castillo se les adelantó, porque no es
muy diferente. Pero eso no quita que lo sean. No se puede esperar que de ellos
florezca súbitamente un afán reformista. Van a hacer lo que puedan para sostener
sus presencias y sus intereses. Si hay muertes, podrán justificarse en el
enorme archivo mágico de invención de conspiraciones, comunistas y terroristas.
Llamaran a aplicar mano dura. Harán invocaciones al principio de autoridad y a
reinstaurar el orden cueste lo que cueste.
Dina
Boluarte ha actuado con increíble irresponsabilidad. Ha dejado que pase tiempo
valioso antes de ofrecer lo obvio: elecciones anticipadas y generales.
Mientras, poco a poco, el país se fue levantando, indignado. Y esas muertes se
explican por esa demora en ofrecer un horizonte razonable, un tiempo para que
la población pudiera organizar al menos precariamente su futuro y sus
expectativas. Ha elegido muy mal a su premier, que ha mostrado rápidamente ser
de los que convierten población en subversivo y protesta en “turba”. Necesita
conectarse con la realidad. Dejar de reprimir. Y dejar de reprimir significa
claramente controlar a una policía, quitarle prerrogativas y responsabilidades
-que deben de ser políticas- a unas fuerzas de seguridad que han tocado fondo.
Finalmente,
y no menos importante, la violencia debería dejar de ser un recurso en disputa
más. Generar condiciones que ponen en riesgo a las personas es perverso. Los
cuerpos y no las palabras deben de ser el límite. Los trabajadores de las
instituciones atacadas por los manifestantes también son ciudadanos, los
policías no tienen que ser objetivos de agresiones potencialmente graves, lo
hemos visto, desde secuestros, vejaciones hasta golpes con ladrillos y
adoquines. Pescar a río revuelto entre tanta rabia, pena y luto, es más que
irresponsable, es no empático. Si los dirigentes gremiales, o comunales o
comunicadores locales, o políticos de izquierda tienen que usar el lenguaje en
esta coyuntura, donde la gente puede sufrir seriamente, deben de cuidar su
lenguaje, y deberían (deberían…) moderar, pensar, reflexionar, sus
expectativas. Machacar el metal en caliente es una vieja práctica que hemos
visto lo que ha significado para el siglo XX. Esgrimir ciegamente programas
máximos (restitución del ex presidente, defenderlo en su decisión
inconstitucional de dar un golpe, no dar tregua a la idea de una asamblea
constituyente) no ayuda a encontrar respuestas, sino que exacerba los ánimos,
cierra alternativas (todo o nada) y eleva el umbral de confrontación. Y como
dicen por allí, es fácil ser guapo con la cartera del otro. En este caso, qué
bonito, qué heroico queda ser rebelde con el cuerpo que pone un ajeno.
Si
hay que marchar, no será, lo confieso, como en otras jornadas. No quiero
defender a Castillo. Me parece que debe ser juzgado con arreglo al debido
proceso. Tampoco quiero su restitución, ni que necesariamente caiga el gobierno
de transición. Sí quisiera que este reaccionara rápidamente. Que leyera el
escenario en su complejidad. Que rectifique su pésimo inicio. Que cambie de
premier, porque no se puede tener a alguien que empieza su gestión justificando
violaciones de derechos humanos. Y que se asuma como lo que es, un escalón
breve y sobrio, eficaz si fuera posible, hacia otro momento que esperemos sea
superador del actual, para lo cual, debe desprenderse de su dependencia hacia
este Congreso. Que es difícil, pero es imprescindible.
Está
difícil marchar así. Porque las consignas no me generan al menos a mí,
suficiente razonabilidad. Pero al menos, hagamos el esfuerzo de mostrar un
respaldo ante las muertes producidas por tanto desprecio e irresponsabilidad. Y
ojalá todos los que tienen real influencia, pongan su mayor esfuerzo en
desescalar la violencia, y procurar un contexto con posibilidades de diálogo.
Más muertes no generan más épica. Ayudar a resolver, se sabe, es mucho más
difícil que ayudar a destruir. El tiempo no se acaba esta semana, ni estos
meses. Y la tarea en el país es grande y difícil. Tenemos para muchos años de
paciencia y reconstrucción de nuestras instituciones, vínculos y respetos.
Miremos un poco más allá.
Fuente: https://www.noticiasser.pe/desprecio