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lunes, 23 de enero de 2017

LIBRE COMERCIO Y CAMBIO DE PARADIGMA






Uno de los pilares de la teoría económica ortodoxa explica que la liberalización del comercio y la rebaja de aranceles beneficia a todos los países, ricos o pobres. Esta ha sido la matriz teórica de los Acuerdos de Bretton Woods en 1944, que diseñaron el “orden económico y comercial” internacional durante 70 años.

Esta matriz acaba de sufrir un golpe traumático por parte de Donald Trump. La consigna de “América primero” significa que ello se consigue a costa de los demás, y no con ellos. Por eso, plantea un arancel de 45% a los productos chinos y de 35% a los mexicanos.

La magnitud de dicha alza es enorme. Dice la OMC que el arancel promedio ponderado de EEUU en el 2015 fue de solo 1.69%. Por tanto, estamos hablando de subirlo de 18 a 25 veces. Insólito.

¿Por qué lo hace? Porque dice que el libre comercio no le ha traído beneficios. Que el NAFTA (TLC con México y Canadá) ha hecho perder millones de empleos en EEUU. Y que lo mismo iba a hacer el TPP de Obama (que ya Trump no aprobará).

Lo mismo decía Bernie Sanders: el libre comercio trae perdedores y ganadores. No es como nos decía David Ricardo en el Siglo XIX: que todos ganan con el libre comercio. Por tanto, cada cual debe especializarse en sus ventajas comparativas, en la dotación de factores  que posee (recursos naturales, capitales, fuerza de trabajo).

Si cada país hace eso, tendrá un lugar en la división internacional del trabajo. Si lo hace como proveedor de materias primas o de bienes de capital, no interesa. Al final, todos van a ganar pues los precios internacionales se van a igualar y también, los propios precios de los factores.

Un momentito. Eso dice la teoría ortodoxa. Pero la realidad nos dice otra cosa. En el Perú también tenemos ganadores y perdedores, como en todo lado, ya que, resaltamos nuevamente, no es cierto que todos ganan con el libre comercio. Por ejemplo, en el comercio con China son claramente ganadores los exportadores no tradicionales de productos agrícolas, entre ellos las uvas, potas y calamares, fresas maca y, recientemente, los arándanos. Y también ganan los que adquieren bienes de consumo más baratos (desde celulares a motocicletas) así como bienes de capital para la industria.

Entre los perdedores tenemos a las industrias productoras de calzado (medianas y pequeñas), así como las industrias textiles (ver caso de Gamarra) ya que las importaciones de terceros países (principalmente China) han mellado fuertemente la producción local.

Pero la teoría ortodoxa no es la única que existe. Hay otras teorías económicas que nos señalan las falencias ortodoxas. Hace poco, el economista Dani Rodrik demostró claramente que la teoría ricardiana está sobrevendida. Agrega, contra toda la ortodoxia, que existen casos donde “menos comercio puede ser mejor que más comercio” (1). Y así.

La CEPAL nos dice que “en los últimos años la mayor integración al comercio y a los flujos financieros y de inversión mundiales estuvo asociada al debilitamiento de los sistemas redistributivos, especialmente en varios países avanzados” (2).

Y agrega que al analizar la distribución mundial del ingreso, surge una paradoja: en las últimas tres décadas, la desigualdad global disminuyó, mientras que la desigualdad interna de la mayoría de los países aumentó, sobre todo en los países industrializados. ¿Qué cosa? Veamos esto más de cerca.

La desigualdad global disminuyó sobre todo en los “países emergentes”, como China, India y, también, en América Latina, lo que incluye al Perú. Pero en los países de la OCDE, ojo, la relación entre la participación en el ingreso del 10% más rico de la población y la del 10% más pobre ha aumentado sostenidamente en las últimas cuatro décadas, pasando de 7.0 veces en la década del 80 a 9.6 veces en 2014 (CEPAL, p. 75).

Esta agravación se explica por la sustitución de trabajadores manufactureros de los países ricos por trabajadores en ese mismo sector en los países en desarrollo. Entre 2000 y 2010, solo en los EEUU y Europa se perdieron casi 10 millones de empleos manufactureros, más de un cuarto del total. En el mismo período, China creó más de 45 millones de empleos en este mismo sector, mientras América Latina generó 4 millones (CEPAL, p. 76).

Interesante, ¿no? Alguien diría: por fin los países ricos recibieron de su propia medicina. Con el libre comercio en una economía global, ellos pierden y los países emergentes ganan. Qué importa si la teoría se equivoca, si es a mi favor.

Eso es lo que Trump va a tratar de “voltear”. No creemos que lo logre porque, a pesar de su retórica, el anuncio de bajar el impuesto a la renta del 30 al 15% va a concentrar aún más la riqueza en el 1% de la población.

No solo eso. Según Paul Krugman, el carácter de sus anuncios es más efectista que otra cosa porque el verdadero problema de la economía de EEUU es que el alza de la productividad no está creando más empleos en el sector manufacturero debido a varios factores, entre ellos, el auge del sector servicios y la creciente automatización. Por tanto, el problema no está en que los empleos se hayan ido a otros países. Trump está equivocado (3). Ayayay.

Volvamos a América Latina. Dice la CEPAL que el aumento de los recursos fiscales debido al super ciclo de precios de las materias primas generó mayores empleos y un ciclo positivo de políticas redistributivas que “marcó un quiebre con el pasado y que, probablemente, mejoró la percepción de la población sobre el proceso de globalización”.

Con las “vacas flacas” eso ya terminó y va a provocar un aumento de las tensiones sociales y políticas. A lo que se agrega que la Región, Perú incluido, no aprovechó este super ciclo para transformar su matriz productiva hacia un mayor valor agregado y continúa dependiendo de las materias primas.

Y estamos en pañales en la economía del futuro, que se apoya cada vez más en la revolución de la economía digital (economía de Internet). Lo que sí hicieron los países asiáticos, comenzando por China, debido a que no se creyeron el cuento de las ventajas comparativas estáticas ricardianas. Pero aquí seguimos tropezando con la misma piedra.

Estamos entonces frente a un enorme cambio de paradigma que ya no admite las tesis de libre comercio de hace 200 años ni los acuerdos de Bretton Woods de 1944. Ese es el quid de la cuestión.

(1) Dani Rodrik, La paradoja de la globalización, Antoni Bosch Editores, 2012. Ver el capítulo 3, ¿Por qué no todos entienden el argumento a favor del libre comercio? Ver http://www.antonibosch.com/system/downloads/430/original/EC-RODRIK_Introduccion.pdf?1327318844

(2) CEPAL: Panorama de la inserción internacional de América Latina y el Caribe 2016, www.cepal.org



jueves, 15 de diciembre de 2016

MUERTO EL TPP, ¡VIVA LA LIBERALIZACIÓN!





Luciana Ghiotto y Evelin Heidel

ALAI AMLATINA, 15/12/2016.- Trump acaba de anunciar su agenda de los primeros 100 días de gobierno. Uno de los puntos que destacan en materia de estrategia comercial es el abandono del Tratado Transpacífico, o TPP. Así, dejaría de lado el legado de Obama para los EEUU en su disputa comercial con China. A raíz de esta nueva situación, nos preguntamos, ¿el TPP está realmente muerto? ¿O hay acaso otros elementos que tenemos que tener en cuenta antes de dar por terminado el gran proyecto de liberalización comercial del Pacífico?

Uno de los ejes fundamentales de la campaña de Donald Trump fue la crítica acérrima a los Tratados de Libre Comercio (TLC) que firmó EEUU en los últimos veinte años, incluido el que firmó con México y Canadá en 1994 (NAFTA por su sigla en inglés). Trump y su equipo identificaron en los TLC al mismísimo diablo, por haber sido los causantes de la pérdida de empleos en el país. De acuerdo con datos oficiales de Washington, entre 1997 y 2013, EEUU perdió 5,4 millones de empleos manufactureros, a la vez que cerraron cerca de 82.000 fábricas. Efectivamente, los TLC avalaron jurídicamente los derechos de las empresas norteamericanas en el exterior. En su forma de Inversión Extranjera Directa, esas empresas fueron protagonistas de la relocalización productiva hacia el sudeste asiático y hacia China, huyendo del caro trabajo norteamericano. Para qué quedarse en casa, si afuera es tan atractivo para la ganancia.

El énfasis puesto por la campaña de Trump en contra de los TLC apunta directamente contra una de las consecuencias más violentas del modo de acumulación capitalista basada en la libre circulación de los capitales: esa gran porción de la población que sobra, aquellos que no se adaptan o insertan en esta lógica. El desempleo creciente en EEUU, no resuelto por las políticas librecambistas de los gobiernos demócratas, fue uno de los factores explicativos de la victoria de Trump.

En ese sentido, uno de los principales puntos de la discordia con el gobierno de Obama es el Tratado Transpacífico (TPP). Obama tomó este tratado como uno de los caballos de batalla de su gobierno, un legado que él quería dejar a EEUU en su puja comercial global con China. Sin embargo, tanto desde el seno del Partido Demócrata con la candidatura de Bernie Sanders, como desde el Republicano se apuntó ferozmente en contra de este tratado. Hoy, pocos días después de las elecciones, todo indica que Obama no podrá forzar la ratificación del TPP en el período de transición hasta enero, y que el proyecto será abandonado por la administración Trump.

Entonces, ganó Trump, ¿murió el TPP? Desde las organizaciones sociales del continente no podemos darnos el lujo de repetir los slogans periodísticos que dan por finiquitado este proyecto por el sólo hecho de haber ganado Trump las elecciones. Incluso, nos atrevemos aquí a decir que el TPP no ha muerto, aún si el mismo Trump así lo anuncia. Parece que estamos desafiando la realidad, y sin embargo, la realidad apoya nuestra hipótesis. Veamos por qué.

Un primer argumento se basa en la experiencia acumulada de los últimos diez años. Cuando fracasó el ALCA, se frenó un proyecto de liberalización comercial que incluía a 34 países del continente. Nada más, ni nada menos. El fin de ese proyecto no implicó el fin del libre comercio. Por el contrario, rápidamente proliferaron diversos “alquitas” bilaterales de EEUU con países americanos como Chile, Perú, Colombia, y varios países centroamericanos y caribeños (acuerdo conocido como DR-CAFTA). Esta experiencia reciente nos señala que el fracaso de un acuerdo no implica su deceso como proyecto para garantizar la acumulación capitalista. Mientras tanto, proyectos de liberalización similares al ALCA proliferaron con otros jugadores globales como la Unión Europea, China, Corea del Sur, Japón, Singapur, entre otros. Que el ALCA fracasara no implicó el fin del proyecto librecambista global.

En segundo lugar, cabe aclarar, ¿qué implica el TPP? Con respecto al ALCA, el TPP significaba un avance sustancial de los derechos de las corporaciones, que se ven plasmados en los diversos capítulos, especialmente en el de Propiedad Intelectual, Servicios, Servicios Financieros, Inversiones, Telecomunicaciones y Compras Gubernamentales. El texto del TPP muestra estar directamente influenciado por el lobby de las grandes empresas norteamericanas que tuvieron un rol privilegiado en la negociación del acuerdo. De hecho, el TPP otorga mayores derechos de propiedad a las grandes farmacéuticas, a los estudios cinematográficos de Hollywood, a las empresas de servicios informáticos y el Silicon Valley, a las de correo postal, a las aeronáuticas, a las financieras, etc. Las grandes empresas de estos sectores son un eje fundamental de la “burguesía” norteamericana, mismo si muchas de ellas fabrican sus productos en el exterior. Sin embargo, facturan impuestos en EEUU. Es poco probable que estas grandes empresas se olviden rápidamente de los derechos adquiridos en el TPP, esos que Obama firmó junto con otros 11 presidentes. Si no lo logran vía TPP, será mediante otra vía.

Efectivamente, el TPP se ha consolidado como el “nuevo modelo” de tratado comercial, sentando el piso desde el cual se negocia. Así como la OMC hace veinte años sentaba los pisos mínimos de negociación, y establecía el principio de no-retroceso (una vez liberalizado, no hay vuelta atrás), el TPP se consolida como un nuevo piso. Este tipo de tratados establece la base desde la cual se empieza a conversar, pero nunca fija el techo. Y en ese sentido, la base de negociación que propone el TPP es muy alta.

Un tercer elemento que apoya nuestra hipótesis es que, frente al anuncio de Trump de que se abandonaría el TPP, China acaba de anunciar que redoblará los esfuerzos por cerrar su propio acuerdo mega-regional, también en el Pacífico: la Asociación Económica Regional Integral (RCEP, por su sigla en inglés). Este acuerdo, que competía directamente con el TPP, pasará a ser el acuerdo negociado más grande en términos de cantidad de países y tamaño de mercados incluidos. Comprende el eje China-India (los países más poderosos del bloque BRICS), además de los miembros de la Asociación Económica Asia-Pacífico (APEC) Corea del Sur, Japón y Oceanía. Esencialmente, se trata de los países que han sido los grandes receptores de Inversión Extranjera Directa en los últimos treinta años, es decir, hacia donde han relocalizado gran parte de su producción las empresas norteamericanas y europeas. El RCEP implica cláusulas contractuales similares al TPP, incluyendo un capítulo de inversiones con mecanismo de solución de controversias inversor-Estado, derechos de propiedad intelectual del tipo TRIPS-Plus (impulsadas fuertemente por Japón), alta liberalización en el sector servicios, etc. Esto significa que, aun si se abandona el TPP, la liberalización comercial en la zona Pacífico continúa avanzando a pasos agigantados.

Por último, el abandono del proyecto TPP no implica que EEUU no avance con otros tratados que se encuentran actualmente en negociación, como el TISA (Trade in Services Agreement). Este acuerdo es un GATS-Plus (en referencia al acuerdo de servicios de la Organización Mundial de Comercio) ya que avanza en la liberalización de nuevos sectores que no habían tenido consenso en el ámbito multilateral, y viene siendo negociado tras bambalinas por más de 50 países. El conglomerado de las empresas de servicios norteamericanas tiene un especial interés en este tratado, ya que garantiza su acceso a nuevos países, a la vez que, al igual que el TPP, establecería un nuevo piso de negociaciones en servicios. ¿Qué diferencia al TISA del TPP tras la elección de Trump? Como dijimos, Trump puso el dedo sobre la pérdida de empleos manufactureros en el territorio norteamericano; pero si las empresas de servicios de la misma bandera acaparan mercados en el exterior, en su competencia con las europeas, eso beneficia a EEUU en términos de acceso a mercados e incluso de recaudación impositiva. Desde la óptica de Trump, el problema es el TPP, no el TISA. Entonces, aunque el TPP quede estancado, el TISA seguramente continuará en negociación.

En definitiva, lo fundamental del tratado seguirá intacto y activo, por más de que el texto mismo del TPP quede sepultado. La presión corporativa para convertir al mundo en una enorme factoría global y garantizarse ganancias superlativas en cualquier circunstancia es la esencia que sustancia y mueve las letras del TPP. Ese proyecto está lejos de estar muerto y Trump está lejos de ser uno de sus principales combatientes. La batalla contra el TPP no terminó, sólo cambió de forma.

- Luciana Ghiotto y Evelin Heidel  son miembros de ATTAC Argentina y de la Asamblea Argentina mejor sin TLC.



domingo, 13 de noviembre de 2016

CRISIS TERMINAL DEL CAPITALISMO: TRUMP Y EL CONFLICTO GLOBAL




12/11/2016 | Isidro López 

Ha sucedido. Un promotor inmobiliario racista, xenofóbo y machista ha ganado la presidencia de la que, por ahora, sigue siendo la potencia hegemónica del capitalismo global.

Ahora asistimos al llanto y del crujir de dientes de las democracias liberales de medio mundo. "¿Cómo ha podido pasarnos esto? Si estaba todo atado y bien atado". Lo cierto es que en una comprensión medianamente cabal de la situación actual –que no sólo es Trump, sino también el Reino Unido post Brexit y el giro reactivo de un gran número de países centroeuropeos– dependen las posibilidades de devolver el golpe en una era de profundísima crisis que está marcada por la decadencia a la que ha llevado al capitalismo un modelo financiero que no es capaz de construir nada que no sea su propio beneficio. Una era turbulenta y de la que saldrá otro modelo de mundo, pero que no lleva inscrita en lugar alguno, que no esté sometido al combate político, la marca de un cierre reaccionario inevitable.

Por empezar por las determinaciones estructurales más amplias, Estados Unidos emergió como potencia hegemónica en sustitución de Inglaterra, en buena parte, debido a su tamaño como economía continental. Donde Inglaterra necesitaba de una permanente conquista colonial para expandir su dominio económico, el Estados Unidos de mediados del siglo XIX ya tenia una unidad territorial de tamaño continental bajo un mismo sistema político de Estado-nación.

La Guerra de Secesión fue el último episodio antes de unificar a los Estados Unidos bajo una misma división del trabajo en la que entraban en un mismo modelo la expansión de la economía agrícola, el crecimiento de la manufactura capitalista y el desarrollo de las funciones financieras.

No deja de ser curioso que este último conflicto interno antes del despegue definitivo de los Estados Unidos fuera una batalla entre librecambistas y proteccionistas similar a la que quiere abrir Trump. Con esta configuración de economía continental, Estados Unidos se aseguraba de que su dominio a nivel global estuviera fundamentado en su superioridad económica y no necesitaba del tipo de dominación colonial permanente de Inglaterra. El nuevo hegemon se podía permitir controlar el mundo a distancia, siempre bajo la amenaza de la intervención militar, pero defender formalmente la expansión de la autodeterminación, la descolonización y la democracia liberal.

La crisis de los años 70 –que fue fundamentalmente una crisis del beneficio industrial a nivel global– y la salida por la vía de la hegemonía de las finanzas que le siguió rompieron esta integración del modelo económico americano.

De la misma manera que la reestructuración liberal de la empresa y del Estado, hecha bajo los principios canónicos de las finanzas, supuso un desmembramiento entre partes rentables y no rentables de lo que habían sido los grandes conglomerados económicos de los años posteriores a la guerra mundial, Estados Unidos iba a sacrificar sus partes agrícolas y manufactureras al nuevo mercado mundial pero por la vía de la hegemonía financiera de Wall Street y otros mercados como los de materias primas de Chicago confiaba, y así lo ha venido logrando, en centralizar en forma de activos financieros y monetarios el beneficio producido en todo el mundo.

El resultado de este movimiento fue que, socialmente, el antiguo país faro del progreso social capitalista se resquebrajó en dos mitades: una situada en las dos costas y en algunos enclaves del sur vinculadas a los mercados financieros y a los sectores que salieron a flote con ellos, fundamentalmente las grandes universidades y el conglomerado de industrias de alto contenido tecnológico y de diseño relacionadas con estas universidades.

Y otra mitad, que cae fuera de este modelo, vinculada a la industria manufacturera y la agricultura de exportación en decadencia sometida a la feroz competencia global que marca una crisis de beneficios en estos sectores que sigue sin ser superada desde los años setenta.

Esta crisis, si acaso, se ha agravado con la entrada de nuevos competidores procedentes de Asia y los antiguos países "en vías de desarrollo" que, no hay que olvidar, crecen bajo la forma de la exportación del propio capital, a crédito, en no pocas ocasiones estadounidense.

Esta fractura estructural de Estados Unidos ha sido tan profunda que, hoy por hoy, ni siquiera puede plantearse una política monetaria que favorezca a ambas partes: si el dólar baja para favorecer las exportaciones, provoca una huida de activos financieros denominados en dólares de sus mercados financieros; y si sube, cosa que ha sido la tónica desde 1973 (salvo en el decenio 1985-1995 en que, por la vía de las guerras comerciales, EEUU obligó a Japón y a Alemania a reevaluar sus monedas), se produce un movimiento inverso, la ruina de la manufactura y la agricultura y el florecimiento de los mercados financieros.

La hegemonía del neoliberalismo y las finanzas, además, funciona sobre un mandato inexcusable: el control salarial. En Estados Unidos, los salarios reales llevan estancados desde hace decenios. Si, además, se tiene en cuenta que hay un sector minoritario de superasalariados que sí han visto crecer sus ingresos desde los años 80, se puede entender que las grandes mayorías sociales simplemente han visto cómo su poder adquisitivo descendía mientras el de una minoría no dejaba de crecer.

Este dato suele pasar desapercibido entre los analistas mainstream que, simplemente, se fijan en los niveles de desempleo en Estados Unidos, tradicionalmente bajos, para decretar la buena salud de su economía.

Sin embargo, todo el entramado social de Estados Unidos está pensado para ser una sociedad en crecimiento y en expansión permanente, desde los precios de las universidades hasta la sanidad privada pasando por el precio de la vivienda en las grandes ciudades dependen de una expansión salarial permanente para poder ser viables.

En ausencia de este crecimiento salarial, lo que queda es otra forma de dominio financiero: la deuda. Hasta la explosión en 2007 de este modelo de endeudamiento generalizado, las burbujas financieras y su modelo de consumo a crédito que mantuvo viva la demanda mundial, fueron el último cartucho del capitalismo financiero americano para construir algo remotamente parecido a un orden social capaz de sostener a la famosa clase media americana.

Vistos estos años en conjunto, ha sido la derecha norteamericana, y contra todos los pronósticos esperables a priori, quien mejor ha leído políticamente esta brecha. Los años de Obama, y la frustración en términos materiales que han supuesto, pueden ser vistos como el intento final de la progresía americana para recomponer el orden social sin tocar la hegemonía financiera.

Atascado en su proyecto estrella para ampliar la sanidad pública, el Obamacare, y otra vez más dependiente del anémico y financiarizado crecimiento económico que ha traído el Quantitave Easing de la reserva federal americana, y con todos los proyectos iniciales de un keyenesianismo verde de renovación y construcción de infraestructuras de acuerdo con criterios de sostenibilidad ambiental postpuestos sine die, el mandato de Obama, rico en simbolismos y gestos, ha hecho poco por suturar esta brecha.

Dentro de este panorama, Trump ha profundizado algunos elementos, ha descartado otros y ha añadido aún otros más a lo que han sido los elementos centrales de la contrarrevolución neoconservadora americana que de manera tan elocuente describió el periodista Thomas Frank en su ya clásico Qué Pasa con Kansas: cómo los conservadores ganaron el corazón de América (Acuarela, 2004).

Frank describe un estado de opinión, algo parecido a una lucha de clases distorsionada en la que los enemigos del "sano pueblo americano" del medio oeste, esa mitad de Estados Unidos desposeída por el capitalismo financiero de Wall Street, son los beneficiarios progresistas y de alto nivel cultural de este modelo que viven en las grandes ciudades de ambas costas, y, cómo no, los burócratas de Washington que con sus absurdas regulaciones quieren decir a los descendientes de los pioneros y los colonos cómo deben vivir, amén de querer extraerles vía impuestos sus duramente ganados dólares para dárselos a una minoría de vagos no blancos de las grandes ciudades.

Todo un movimiento social como el Tea Party se articuló sobre esta mezcla del discurso de las "dos naciones" de Margaret Thatcher (una nación de honrados trabajadores y otra de parásitos) y de resentimiento provocado por años de superioridad moral de los sectores sociales con un mayor capital simbólico, los liberals, que en el lenguaje político folk americano no son liberales, sino el equivalente de nuestros progres.

Trump ha reavivado, sin duda, esta ola, si bien ha renunciado a los elementos propiamente liberales dentro de ella, y con ellos se ha llevado algunos de los poquísimos factores progresivos de este modelo, y los ha enmarcado dentro de un modelo conservador autoritario.

Por un lado, como también intentaron hacer Occupy Wall Street y Bernie Sanders, ha logrado llevar a su terreno la tradición populista americana, que es una tradición de oposición encarnizada a las finanzas. Un populismo no necesariamente izquierdista, de hecho mayoritariamente no lo ha sido, que opone a la pequeña propiedad endeudada a los grandes intereses financieros y que tuvo su gran momento de emergencia a finales del siglo XIX con la oposición popular a los llamados Robber Barons que lideraban los grandes trust y cárteles monopolistas de la época desde el control de los grandes bancos americanos.

De hecho, al contrario de lo que sucedió en Europa, si la izquierda sindical americana vivió un momento de extraordinaria fuerza en los primeros años del siglo XX fue porque se opuso a este modelo de contestación social y lo sustituyó por un modelo de movilización y politización de la clase obrera industrial.

Pues bien, la recuperación de esta tradición por parte de Trump le ha hecho ser capaz de superar uno de los límites de los neocons clásicos, la ausencia de crítica al establishment financiero. Si a éste se le opone una candidata que, además de progre, es la favorita de las grandes casas de finanzas americanas, algo que no sucedía con Bernie Sanders, la jugada sólo podía ser favorable a Trump. Aunque esto, por supuesto, tenga poco que ver con las relaciones que establezca Trump con el poder financiero una vez que esté en la Casa Blanca.

Otro aspecto político, quizá el mas decisivo en esta campaña y en las primarias, ha sido la adopción por parte de Trump del discurso proteccionista. Del rechazo de uno de los grandes consensos bipartidistas de Estados Unidos desde finales de los años 60 y, muy especialmente, desde la crisis de 1973 en adelante, el libre comercio internacional.

En un clásico del repliegue nacionalista posterior a las crisis financieras globales, Trump promete una vuelta a la industria nacional y un cierre de las fronteras a la producción manufacturera externa, fundamentalmente asiática, y también a la producción agrícola del tercer mundo.

Este punto, sin duda, es otra forma de enfrentamiento con el poder financiero americano que ha organizado y regulado la forma de las deslocalizaciones y, su contrapartida, de atraer el voto y las simpatías de las antiguas clases obreras industriales que le han dado su apoyo en el antiguo cinturón industrial, el Rustbelt, que va desde los Apalaches a los Grandes Lagos.

La mejor y más conocida ejemplificación de su decadencia es el fantasmagórico aspecto de un Detroit abandonado por la inversión, las clases medias blancas y depredado hasta sus últimos recursos por unas finanzas que dominan a un gobierno local en bancarrota.

Estos Estados, antiguos bastiones demócratas y sindicales (Michigan, Ohio, Pennsylvania) han sido fundamentales para cimentar la victoria de Trump. Sin embargo, esta baza política puede tener las piernas bastante cortas: es muy dudoso que Trump vaya a lanzarse a un programa completo de vuelta al proteccionismo, unas políticas pensadas fundamentalmente para la industria naciente antes que para la recomposición de lo que la deslocalización ha descompuesto, ya que el nivel de conflicto con las finanzas sería demasiado alto para ser asumido. Pero incluso si tal ingeniería social se afrontase, es muy dudoso que en un contexto capitalista caracterizado por la debilidad del beneficio industrial, esta estrategia pudiera dar rendimientos duraderos.

El anverso clásico del proteccionismo es el cierre de fronteras y el control migratorio. Sin duda mezclado, muy a la manera de la nueva derecha reactiva europea, con los tópicos de la guerra contra el terrorismo, especialmente contra los musulmanes, éste ha sido uno de los puntos centrales de la campaña de Trump.

10/11/2016
Isidro López , diputado autonómico de Podemos en Madrid y miembro del Instituto DM.
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