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lunes, 7 de septiembre de 2020

PROFECÍAS DE DAVOS

 


·        Daniel Espinosa

01/09/2020

 

“Bienvenidos al 2030. Soy dueño de nada, no tengo privacidad y la vida nunca fue mejor”, así se titula un reciente artículo publicado en la web de Davos, como también se conoce al elitista Foro Económico Mundial. Por la prominencia de este oráculo, la sola frase debería traer a la mente imágenes de futuros distópicos, posapocalípticos, como las que abundan en la literatura y el cine contemporáneos.

 

Después de todo, por ideales o humanitarias que pudieran sonar, las “soluciones” globales de la oligarquía de Davos no tienen ni pizca de democráticas (y esa es la clave a observar). Durante décadas, la élite neoliberal ha impuesto su voluntad sobre el mundo de manera vertical, tal como se maneja todo en la gran corporación. Los organismos internacionales sobre los cuales la oligarquía occidental extiende sus tentáculos no consultan con la plebe ni respetan el mandato de ninguna ciudadanía. Sus representantes más encumbrados –como George Soros o Bill Gates– se mueven por el mundo sin restricciones y son recibidos como grandes dignatarios.

 

Lo cierto es que muchos de esos superricos consiguieron su fortuna en colaboración con algún poderoso gobierno. La estrategia de expandir la influencia imperial a través de compañías privadas tiene cientos de años, desde la East India Company hasta la United Fruit y, más recientemente, Google y Facebook, que las agencias de inteligencia estadounidenses usan para espiar al mundo y “regular” el discurso público.

 

De oligarquías –vale la pena anotar–, la prensa corporativa solo conoce la variedad rusa. A los integrantes de la occidental les llama simplemente “multimillonarios”. A principios del siglo veinte pasaba algo parecido: grandes oligarcas estadounidenses como Carnegie, Rockefeller o Mellon, se hacían llamar –por la prensa, claro está– “capitanes de la industria”. La gente les llamaba de otra forma.

 

El poderoso foro de Davos ya había advertido el pasado 3 de junio, además, sobre el “gran reseteo del capitalismo”, que habrá de implementarse sobre las ruinas de la pandemia. A ello debemos sumar un anuncio casi idéntico del Fondo Monetario Internacional (FMI), emitido solo días después, el 9 de junio, y titulado: “De la gran cuarentena a la gran transformación”. El lenguaje usado en ambos casos incluye conceptos más relacionados con la izquierda socialdemócrata que con la derecha liberal, como “estados de bienestar”, “economía verde” y “redes de protección social”.

 

Ahora, los integrantes del foro completan el panorama con su visión de un futuro colectivista –“soy dueño de nada” – y carente de privacidad, pero en apariencia feliz y lleno de bienestar, en el que “la vida nunca fue mejor”. A nosotros nos suena a mente-colmena y a la rendición de nuestros derechos elementales, pero ¿a cambio de qué?, ¿con que terrores justificarán, esta vez, el control total?

 

Antes de analizar más a fondo esta distopía ambientada en el año 2030, recordemos que Davos representa a una élite que se hizo superrica y obscenamente poderosa durante las últimas cuatro décadas de fundamentalismo de mercado, aumento radical de la desigualdad y destrucción impune del medio ambiente.

 

El “hombre de Davos”

 

Esta variedad de homo sapiens fue clasificada por el famoso politólogo y académico norteamericano Samuel Huntington, quien lo definió así: “tiene poca necesidad de lealtades nacionales, ve las fronteras como obstáculos que por suerte se están esfumando y los gobiernos nacionales como residuos del pasado, que solo tuvieron utilidad para facilitar las operaciones globales de la élite”.

 

La publicación se hizo, para colmo, en una revista estadounidense llamada The National Interest (“el interés nacional”). Huntington resaltó el abismo entre ese cosmopolitanismo de elite y el sentir del estadounidense de a pie, marcadamente nacionalista.

 

El “hombre de Davos” prototípico sería Klaus Schwab, el multimillonario que fundó el foro a principios de la década del 70 para reunir a directores de grandes corporaciones europeas y a la vieja élite aristocrática (el príncipe Carlos de Inglaterra es uno de sus voceros). Con el tiempo, el foro empezó a incluir a toda clase de figuras influyentes de la economía, la política y el espectáculo. El alemán Schwab es el autor del nuevo Manifiesto de Davos “para un mejor capitalismo”.

 

En él se señala que las compañías privadas deben pagar su cuota justa de impuestos, barrer con cualquier forma de corrupción y defender los derechos humanos. En el Perú, eso significaría el fin de varios dinosaurios sin capacidad para un cambio de tal magnitud.

 

¿Un capitalismo con conciencia social? Ver para creer. El giro anunciado por Davos, por mucho que vaya a la contra del sentido común neoliberal, tampoco es, en realidad, tan sorprendente. Un libro de 2009, escrito por el economista marxista James Petras y el sociólogo Henry Veltmeyer, contiene esta interesante observación sobre el foro:

“La respuesta de los guardianes del orden global capitalista al ‘predicamento de la desigualdad’… seguramente resultará en una nueva forma de gobernanza global y una economía mixta que combine elementos del socialismo y el capitalismo con un toque más suave de imperialismo”.

 

Schwab y su pandilla, según los autores, serían capitalistas keynesianos. El trasfondo del gran reseteo, pronosticado por Petras y Veltemeyer hace más de una década, sigue esa línea. Stewart Wallis, otro miembro de Davos, da cuenta de las raíces ideológicas que guiarían este potencial cambio de era:

 

“Necesitamos un modelo económico diferente… con eso no me refiero a capitalismo versus comunismo. Hablo de un cambio en la línea de los dos grandes cambios del siglo veinte: el keynesianismo, con su enfoque en salud y educación y un gobierno involucrado en los negocios… y luego, la reacción a eso, el neoliberalismo, con su enfoque en libre mercado, libertad individual y quitar de en medio a los gobiernos. Ahora necesitamos un nuevo sistema que nos permita satisfacer las necesidades de cada humano sobre la Tierra… ya no enfocado en el crecimiento, sino en el bienestar…”.

 

Ciudades amuralladas

 

Pero el 2030 de Davos también esconde su lado “Mad Max”. Hacia el final del artículo futurista, quien lo redacta confiesa que hay seres humanos viviendo diferentes tipos de vida, “allá afuera”.

 

“Mi mayor preocupación –dice el relato– es toda esa gente que no vive en nuestra ciudad. Los que perdimos en el camino, los que decidieron que era demasiado… toda esta tecnología. Los que se sintieron obsoletos e inútiles cuando los robots y la IA (inteligencia artificial) tomaron gran parte de nuestro trabajo. Ellos se enemistaron con el sistema político y se pusieron en su contra…”.

 

Con la pandemia de coronavirus y varios proyectos encaminados a implementar pasaportes “biológicos”, potencialmente obligatorios en un futuro inmediato para quien desee acceder a ciertos espacios geográficos, oportunidades laborales o medios de transporte, no es difícil imaginar ciudades amuralladas, reductos de bienestar a los que las personas podrán acceder a cambio de obediencia, aptas solo para quienes previamente hayan rendido varios de sus derechos fundamentales, como la privacidad o la libertad de expresión.

 

Todo podría ser fácilmente justificado en la supervivencia de la especie y presentando como la única alternativa.

 

La vida en los extramuros de esos entornos seguros –ciudades burbuja– sería efectivamente posapocalíptica, una mezcla de los filmes Mad Max y Eliseo. En el último, la élite ya ha abandonado la caótica Tierra para vivir en un idílico satélite artificial, pero regresa a ella de manera cotidiana para administrar sus grandes corporaciones terrestres. La humanidad dejada atrás, su baratísima mano de obra, está contaminada, agonizando a causa de una gran variedad de enfermedades degenerativas y condenada a vivir en un planeta convertido en una enorme y hacinada favela.

 

Revolución de millonarios

 

En uno de sus muchos videos sobre el “gran reseteo” y “la cuarta revolución industrial” –proceso cuyos inicios ya estaríamos viviendo–, los chicos de Davos alucinan con humanos integrados con robots y otras cosas que, aparentemente, deberíamos desear. También hablan de energía libre, impresoras tridimensionales y revoluciones en la medicina y el trabajo.

 

Más allá de sus profecías, lo que Davos tiene claro es la necesidad de contarnos un nuevo cuento: “la historia demuestra –observa cierto miembro del foro–, que un cambio en los valores es provocado por la creación de una nueva historia sobre cómo queremos vivir”.

 

Pero en los planes de Davos no aparece por ningún lado la palabra democracia. La historia del neoliberalismo da cuenta con lujo de detalles de que las élites no son muy adeptas a las ideas de igualdad que subyacen a un orden democrático. Finalmente, el caos actual es el producto de un orden que también se instaló prometiendo utopías que ahora sabemos imposibles. La pregunta que queda por hacer es: ¿caeremos en su plan B?

 

https://www.alainet.org/es/articulo/208713

 

martes, 7 de julio de 2020

EL GRAN RESETEO ECONÓMICO DE DAVOS



·        Daniel Espinosa
06/07/2020


Debemos construir bases completamente nuevas para nuestros sistemas económicos y sociales…”

La cita, de junio del presente año, no pertenece a un representante del Frente Amplio, sino a Klaus Schwab, fundador y presidente del Foro Económico Mundial. Suena revolucionario, pero no lo es. Mas bien, la puesta en escena de la élite de Davos –como también es conocido el foro–, es un intento de adelantarse a una revolución real, de abajo, esa que se viene incubando en el mundo y ya es visible en los chalecos amarillos franceses o los chilenos que salieron a las calles en octubre de 2019.

Los planes de Davos son una luz al final del túnel para las elites capitalistas del mundo, parte de un sistema vertical en el que entidades como el Foro Económico Mundial y sus principales representantes llevan la batuta. Esas élites –como la chilena, por ejemplo–, esperan urgentemente indicaciones. Mientras tanto seguirán repartiendo palo y vaciando globos oculares, pues no saben qué más hacer. El mundo corporativo no puede ser otra cosa que jerárquico y dictatorial, pues se funda en la fuerza bruta: cuando una gran multinacional expande sus operaciones al inestable tercer mundo –donde el grado de control político externo puede ser mayor o menor dependiendo de las circunstancias– se expone a cambios de gobierno poco favorables (o catastróficos), por lo que el riesgo de instalarse ahí, siempre pensando en aprovecharse de un reducto de mano de obra barata, resultaría altísimo.

La solución (muy poco original) consistió en tener de su lado al ejército de una gran potencia, como Estados Unidos, que históricamente ha intervenido ahí donde sus grandes corporaciones lo necesitaban. De otra forma, las trasnacionales serían difíciles de imaginar. ¿Quién correría tal riesgo? No la British Petroleum, protagonista de los planes “verdes” y “progres” de Davos. En Colombia, durante la década del 90, la BP controló su zona de operaciones (Casanare) con militares locales previamente entrenados por el ejército británico, al que no le importó adiestrar a asesinos con historial en violaciones de los derechos humanos y a sospechosos de formar parte de grupos paramilitares o estar conectados con ellos. La violencia resultante se ejerció sobre los mismos trabajadores y ciudadanos locales no relacionados con la petrolera, como activistas y protectores del medio ambiente. Varios desaparecieron, otros fueron torturados. Está claro que, si dependiera de la prensa tradicional, usted no se enteraría jamás de estas atrocidades. Sin un gobierno corrupto en el primero mundo protegiendo sus operaciones, en alianza con otro gobierno corrupto en el tercero, no habría BP (u operaría de manera radicalmente distinta).

Es así como los capitalistas más poderosos son aquellos que se encuentran más cerca del control de esas fuerzas militares, garantes de sus ganancias. Ellos mandan y los capitalistas del tercer mundo obedecen y siguen sus políticas, de lo contrario no gozarían de la protección de la potencia hegemónica y su poderoso ejército en caso aparezca el temido “rojo”. Su supervivencia depende de su alineamiento, de su subordinación. Por eso son tan mediocres.

Hoy, nuestras élites condenadas al miedo esperan con ansiedad indicaciones como las de Davos. Entienden que el futuro es “verde”, pero el asunto de la igualdad es una seria amenaza para su concepto de identidad, que se fundamenta en las grandes diferencias. La identidad que asume para sí mismo quien se ve rodeado de riqueza y poder es sumamente placentera, no será abandonada sin más. A diferencia de otras sociedades del pasado, la nuestra no nos enseña a observar el enorme abismo que existe entre la consciencia y ese artificio llamado identidad, por lo que jamás llegamos a ser libres: habremos de vivir el rol y el papel que nos tocó jugar, convencidos de que somos ese personaje, ese nombre y esa cara. El resultado es la mediocridad de una vida mecánica, programada de antemano.

Pavor por la democracia

Como comentábamos la semana pasada, cuando las bases del sistema político-económico posterior a la Segunda Guerra Mundial empezaron a apolillarse, allá por la década del 70 del siglo pasado, el proyecto político neoliberal y sus representantes ya estaban listos para saltar a las tablas.

Sus propagandistas, como los del Vaticano varios siglos antes, venían preparándose para darle al mundo una buena nueva: si abandonamos los controles sobre la gran corporación, ella hará ricas a nuestras sociedades, todo gracias a las cualidades inherentes al libre mercado, un orden natural y espontáneo que no requiere del control o la dirección del gobierno por el cual votó esta vez la chusma. El neoliberalismo ha significado décadas de destrucción sistemática y consciente de ese poder popular y democrático en favor de una pequeña élite con escasa visión de largo plazo.

Mal que bien, ese control estatal representaba la única fuerza capaz de limitar la “libertad individual” de esos magnates; libertad para hacer lo que les plazca con su poder y riqueza, pisoteando a quien se ponga en su camino.

Nuestra historia reciente –neoliberal– podría contarse así: los organismos que regulan la economía global, que no tienen un ápice de democráticos pues no son el resultado de un proceso de consulta popular sino de las prerrogativas del poder de turno –como el Fondo Monetario Internacional o el Banco Mundial– prestaron sumas exorbitantes a gobernantes corruptos del tercer mundo. Cuando el país víctima de esa “ayuda” no pudo pagar el préstamo –lo que formaba parte del cálculo inicial– los acreedores no perdieron su dinero (como un prestamista que extiende créditos irresponsablemente), sino que ganaron una palanca para imponer duras reestructuraciones económicas sobre esos deudores.

Gracias a ellas, el “norte global” –el mundo desarrollado– viene extrayendo riquezas monumentales del tercer mundo, una cantidad mucho mayor a la suma de ayuda e inversión que las potencias del mundo han llevado al sur, históricamente. Una continuación de la abierta y ruin expoliación colonial de siglos previos (la información puntual se encuentra en un estudio de 2016 de la organización norteamericana Global Financial Integrity).

En suma, la deuda impagable se transformó automáticamente en influencia política sobre naciones teóricamente soberanas. No se trata de que nos hayan visto la cara de idiotas: las élites locales formaban parte del plan, igual que los políticos que firmaron esos préstamos. Esas reestructuraciones tienen por efecto empobrecer a la sociedad mientras unos cuantos banqueros se hacen más ricos. De esa manera, esos hombres ejemplares “disciplinan” a las masas. Así desfalcadas, no hay dinero para costear ningún tipo de labor intelectual, por lo que solo queda extender la mano y recibir donaciones de grandes multimillonarios. Ese dinero privado se usa para instalar “think-tanks” y otras instituciones civiles diseñadas para dirigir la política local, siguiendo siempre las preferencias del patrón y financista (nuevamente, sin ningún tipo de mandato democrático).

“La pandemia nos ha ofrecido una rara oportunidad”, reza una reciente publicidad del “gran reseteo” económico propuesto por Davos. Gracias a ella, dice la élite, podremos crear una sociedad “más verde y justa, usando el poder de la innovación para el bien”.

¿Para qué se estaba usando hasta ahora el poder de la innovación, para el mal, para construir drones y matar a control remoto? Y para acumular patentes y ganancias. En nuestro mundo, como bien sabemos, cualquier producto de la inteligencia humana lleva siempre nombre propio y es mercancía. Incluso ahí donde el gobierno financió la investigación científica con dinero del contribuyente, el producto de la investigación fue privatizado (el caso de EE.UU. es notorio). Es así como surgieron varias compañías privadas de renombre, como Google.

Finalmente, la idea detrás del “gran reseteo” de Davos no surgió a raíz de la pandemia. En agosto de 2019, los miembros de la US Business Roundtable, que reúne a los CEO de las corporaciones más poderosas de Estados Unidos, firmaron un comunicado apoyando una transición hacia un capitalismo de “stakeholder”, a diferencia del que tenemos ahora, un capitalismo de “shareholder”. El último solo está interesado en el valor de las acciones (“shares”) de la compañía y las ganancias del dueño –excluyendo cualquier otra preocupación, como el medio ambiente o el desempleo–; el primero, en cambio, incluye los intereses de toda la sociedad.

El nobel de economía Joseph Stiglitz escribió al respecto. Se preguntó si los líderes corporativos realmente deseaban renovar el capitalismo o si todo era una farsa (una pregunta clave que la prensa tradicional jamás haría). “La primera responsabilidad de una corporación –explica el nobel– es pagar sus impuestos. Sin embargo, entre los firmantes de esta nueva visión corporativa se encuentran los más grandes evasores de impuestos (del país), incluyendo a Apple… un genuino sentido de responsabilidad llevaría a los líderes corporativos a abrazar regulaciones más firmes para proteger el medioambiente, así como la salud y el bienestar de sus empleados...

“Pero mientras muchos CEO desearían hacer lo correcto… saben que tienen competidores que no…”, dice Stiglitz.

El problema, pues, es sistémico; no se trata del dueño o el administrador de tal o cual clínica privada, quien sería particularmente avaro, sino de un sistema que demanda avaricia, expolio y abuso; un sistema donde gana el que menos escrúpulos posee, el que “sabe cómo es la nuez”, el sociópata.

-Publicado en Hildebrandt en sus trece (Perú) el 3 de julio de 2020


  


jueves, 6 de febrero de 2020

DOSCIENTOS AÑOS DE SOBERBIA CRIOLLA Y RACISMO



Análisis
03/02/2020 

Durante siglos hemos sido gobernados por una mentalidad que, lejos de aminorar las diferencias entre los peruanos, las acrecentaron de manera totalmente deliberada y consciente, a través del racismo, el desprecio y la exclusión. Nada de eso era gratuito, pues la mentalidad provenía de una élite que habría de vivir del sudor del cholo, del indígena, por lo que tenía que denigrarlos primero. Con un convencimiento casi fanático, esa élite sostuvo durante demasiado tiempo la vergonzosa premisa de que la gran mayoría del país estaba constituida por seres humanos inferiores a ellos.

Lo decían abiertamente y sin ninguna vergüenza, ni intelectual ni mucho menos moral. La absurda premisa asegura que habrían mejores y peores entre esta sufriente y atemorizada especie, de paso fugaz y desdeñable presencia en el espacio-tiempo. ¿También se discriminarán entre ellas las hormigas?

Y gracias al racismo y a la denigración del otro se le hacía mucho más fácil a esa élite llevar a cabo la explotación de ese otro, tal como para el soldado es más fácil asesinar a quien antes ha deshumanizado. “No sabíamos que eran seres humanos”, decían los soldados estadounidenses –algunos de ellos solo adolescentes, valga la acotación–, que volvían de asesinar campesinos en Vietnam.

Y eso les enseñaron a sus hijos estás élites: a despreciar, a deshumanizar, a explotar, a mirar desde arriba sin haber conocido, jamás, altura de ningún tipo. Así reprodujeron su mezquindad, su insignificancia. Así perpetuaron su bajeza las élites de pacotilla que hemos tolerado por casi doscientos años de república. Antes denigraban abiertamente; hoy, cuando se les escapa, hablan de gente “a la que no le llega suficiente oxígeno al cerebro”.

¡Lástima! Hoy esa élite no puede ser abierta y pública en cuanto a aquello que la une: su arraigado complejo de superioridad. Tampoco puede bombardear la selva con el mismo Napalm usado en los vietnamitas, como hace unas pocas décadas atrás. Los tiempos cambian, se universaliza el acceso a la información y las fuerzas del statu quo desesperan. Lo que se expresa por fuera de los medios tradicionales es “fake news” y una “amenaza para la democracia”. Así quieren ocultar el hecho de que ya nadie les cree.

Nuestra élite fue tradicionalmente incapaz de capturar el Estado –tal como desea y como sí lo hicieron otras élites vecinas, más brutales, o brutales de una manera más astuta, como la colombiana o la chilena–, por eso se come las uñas cada cinco años. De momento se conforman con engañar al país desde la concentración de medios, hablando de liberalismo económico y competencia, mientras los ávidos dueños de esos medios intentan capturar el Estado. Los liberales que sí existen y no son puro humo no pueden competir con los liberales de fachada, que saben “como es la nuez”.

Y al hablar de élite jamás nos referiremos al poder político al servicio del dinero –para aclarar–, sino al dueño de ese político sociópata y ladrón: al banquero sociópata y ladrón. La mentalidad de quienes ven a la mayoría de peruanos como inferiores es tenaz, es una identidad. Los más viejos de esa estirpe harían muy bien en oír a Manuel González Prada y enfilar hacia sus mausoleos.

Pero el poder es así –no suelta– y hemos permitido que se concentre demasiado y enferme a estos pobres tipos, que los achore y los infle. No son capaces de ponerse por encima de las inevitables patologías del poder; muy por el contrario: él los confunde y ensoberbece tal como lo haría con el más vulgar y ramplón de los seres humanos.

Quienes ven el Perú como una gran chacra jamás permitirán que el peón se eduque, porque entonces levantará cabeza. Es inconcebible que proveer educación gratuita y de calidad sea imposible, como el Perú parece expresar de manera tan violenta. No, las razones de nuestra abyecta ignorancia y, por lo tanto, de nuestro aterrador conservadurismo, son parte de un diseño. Y al diablo si los servidores ideológicos de la élite quieren hablar de “teorías de conspiración”. Ellos están donde están justamente porque no ven más allá de sus narices, son como el perro de circo que salta a través del aro sin necesidad de que el amo haga restallar el látigo, parafraseando a Orwell.

Nuestra sociedad es una guerra, pues, desgraciadamente. Una guerra de clases que se lucha desde arriba hacia abajo todo el tiempo y desde siempre, pero, ocasionalmente, también de abajo hacia arriba. La preocupación fundamental de la élite es ser élite, no la democracia, no la justicia, ¡el concepto de igualdad les sabe a insulto! Dejemos de fingir un interés común: si una revolución amenaza, nuestra élite llamará a la CIA.

Esa guerra de clases en la que las élites tradicionales son tan expertas nos ha negado cualquier política limpia, racional, digna. La élite prefiere a sus operadores corruptos, vendidos y débiles mentales. No podría haber nada más peligroso para esas élites que un político honesto y si acaso surge debe ser aniquilado. La historia está llena de ejemplos. Hace unos días se celebraron los aniversarios de dos de ellos: Martin Luther King y Patrice Lumumba.

Aquí, la predilección de la élite por la corrupción y la trampa quedó demostrada claramente con las cochinadas que hicieron con el fujimorismo y otras bandas –las mismas cochinadas de siempre–, con sus millones en sendos maletines, para políticos y medios de comunicación.

Durante el proceso por el cual nos enteramos de sus últimas corruptelas, se le cayó la careta también a la prensa corporativa, tradicional. Los más grandes anunciantes de los medios masivos, es decir, sus clientes primordiales –Alicorp, Gloria, el Banco de Crédito, Interbank, etc.– son manejados por los mismo que pusieron toda su fe y algunos de sus dólares en una banda criminal que capturó el Congreso para ellos. Por eso tratan a sus injertos, en sus noticieros, como ciudadanos honestos, por eso les lavan la cara cuantas veces consideren necesario.

¿Hasta cuándo tendremos que tolerar a los mismos dos o tres apristas, todos los días dando cátedra política en sus canales de televisión?

Columnistas intercambiables

Una señora que escribe en La República los domingos dijo, en su última columna, que no existe el neoliberalismo. Que sería una teoría de conspiración de la izquierda. Eso ya no está permitido en 2020, alguien avísele. Díganle que el mismo Fondo Monetario Internacional empleó el término para criticar la doctrina, en 2016, y que la información está en https://www.imf.org/external/pubs/ft/fandd/2016/06/ostry.htm

¿Qué pensará el lector de diarios cuando, luego de leer El Comercio, se acerque a La República solo para darse cuenta de que sus columnistas son intercambiables, de que ellos también lo quieren amedrentar con el cuco del modelo económico perpetuo e invariable? Con el “no hay alternativa” de “Lady” Margaret Thatcher, baronesa de no me acuerdo que feudo y cazadora de zorros.

El periodismo, sin pluralidad, es otra cosa (y muy fea, además). En nuestro medio no hay ni “ideas” ni “debate”, como sugiera Rosa María Palacios en la columna afectada. Porque asegurar a estas alturas que no existe el neoliberalismo es asegurar que no hay, pues, debate. De otra manera estaríamos mucho más avanzados en la discusión y no intentando zanjar el asunto de su mera existencia.

Y no hay debate porque no está permitido, no porque falten representantes de ideas contrarias. Mire la cantidad de columnistas extranjeros que El Comercio prefiere invitar de fuera, diariamente. Lo que sea antes que darle lugar a los miles de peruanos que no piensan “correctamente”. Lo mismo sucede en la televisión, ¿cómo podría ser de otra manera si son los mismos dueños? En diarios y canales de televisión venimos leyendo y escuchando a los mismos cuatro opinólogos durante décadas. Cualquier visitante extranjero pensaría que el Perú no solo es Lima, sino que en ella, además, habitan unos cuantos miles de seres humanos. Luego se “sorprenden” con votaciones como la del último domingo.

Otro “debate” que se estaría dando es de los derechos de las minorías. Pero no, tampoco se está dando. La razón es que hay un punto de vista hegemónico y lo demás es una herejía despreciable, automáticamente descartada. La prensa corporativa dice que lo único que solucionará lacras como el feminicidio será una suerte de toma de consciencia, una fuerte llamada de atención a la sociedad. Es decir, la nada, lo que ya se viene haciendo sin respuesta alguna desde hace años o décadas, y jamás tendrá efecto. Así, su poco interés en el tema perpetúa el feminicidio, desgraciadamente. Porque si les interesara ya habrían descubierto que un Estado precario no puede proteger a sus vulnerables. Vivimos en un perpetuo estado de austeridad, nunca hemos conocido otra cosa.

Y esas políticas de “responsabilidad fiscal” y austeridad que no conciben siquiera la posibilidad subirles impuesto a los ricos, sino que, por el contrario, rescatan sus bancos “demasiado grandes como para caer” –con el dinero de la gente–, ya está haciendo estragos entre las mujeres del primer mundo, en la Europa que desean convertir en otro Estados Unidos. Si al periodismo corporativo le interesara el feminicidio lo suficiente como ir en contra de los intereses de sus jefes y el orden que ellos prefieren, compartiría con nosotros los numerosos estudios al respecto. Pero no vemos nada de eso, ni lo veremos. Su chamba es otra y ya se va haciendo tarde para que nos enteremos.

Publicado en Hildebrandt en sus trece (Perú) el 31 de enero de 2020. 

https://www.alainet.org/es/articulo/204550