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jueves, 6 de noviembre de 2025

COMENTARIOS A PROPÓSITO DEL VIDEO: ¡SOS COMUNISTA Y NO LO SABES! ¿CUANTOS COMUNISMOS HAY? parte1

 

SOS COMUNISTA Y NO LO SABES! CUANTOS COMUNISMOS HAY? parte1

 https://www.youtube.com/watch?v=q8MNaHbU8Zk

 

Me preguntan que me parece el contenido del video que pueden ustedes visualizar siguiendo el enlace https://www.youtube.com/watch?v=q8MNaHbU8Zk.

Mi respuesta es:

Interesante resumen. El caso Mariátegui no es tomado como punto de referencia. A mi modo de ver JCM hace suya la guerra de posiciones de Gramsci sin abandonar el rol protagónico de la clase obrera en alianza con el campesinado. Él tenía claro el rol subsidiario pero vital de los intelectuales para el trabajo político entre obreros mineros y el campesino comunero...

 

Miguel Aragón comenta también:

EL SOCIALISMO ES UN MOVIMIENTO

(06 de noviembre de 2025)

 

Edgar, coincido contigo, el video es interesante. Sirve como una referencia, para ordenar la evaluación del desarrollo del socialismo realmente existente, el único que cuenta para la historia, lo demás es pura ideología.

La tendencia de los comentaristas, se nota desde el inicio, al publicar juntas las fotografías de Marx, Engels, Lenin ...y Trotsky

Una de las últimas frases en el video, es de antología. Después de repasar las diferentes experiencias revolucionarias, que se desarrollaron en el mundo real, observan que eso no ha ocurrido con el marxismo clásico y ...con el trotskismo. 

Pero, ¿Cuál es la Tesis central de Marx y Engels?

En el segundo capítulo del Manifiesto Comunista, Marx y Engels escribieron:

Las tesis teóricas de los comunistas no se basan en modo alguno en ideas y principios inventados o descubiertos por tal o cual reformadores del mundo.

No son sino la expresión de conjunto de las condiciones reales de una lucha de clases existente, de un movimiento histórico que se está desarrollando ante nuestros ojos.

Esa me parece que es la Tesis y eje central qué recorre toda la producción teórica de los maestros del proletariado.,

Tesis que de manera muy sencilla, Mao la resumió en buscar la verdad en los hechos.

lunes, 6 de octubre de 2025

EL MARXISMO DE JOSÉ CARLOS MARIÁTEGUI

 


Por Yuri Martins-Fontes | 04/05/2024 | Diccionario Marxismo en América

Traducido del portugués para Núcleo Práxis-USP / Rebelión por Alfredo Iglesias Diéguez, Beatriz Morales Bastos y Jhosman G. Barbosa

Escritor, periodista, editor, científico social, filósofo y dirigente comunista peruano, fue pionero de un marxismo propiamente americano al situar en el centro del debate marxista temas como el del comunismo indígena o el de la necesaria relación entre las posturas realista y romántica en la construcción revolucionaria.


MARIÁTEGUI, José Carlos; “Amauta”, “Juan Croniqueur” (peruano; Moquegua, 1894 – Lima, 1930)

1 – Vida y praxis política

Nacido en el sur de Perú, José Carlos Mariátegui La Chira se trasladó cuando aún era un niño a Huacho, ciudad próxima a la capital. Su padre, funcionario público, dejó a la familia tempranamente, por lo que fue su madre, María Amalia La Chira Vallejos –costurera católica de ascendencia indígena–, quien tuvo que sacar adelante a sus tres hijos. En 1902 Mariátegui se fracturó la rodilla en el colegio a raíz de un accidente; sin embargo, debido a que la lesión tuvo una mala evolución clínica, acabó cojo de por vida. Durante el tiempo que pasó en el hospital de Lima se dedicó a leer los libros a los que tuvo acceso y a estudiar francés; empezaba de ese modo la que sería una amplia formación autodidacta.

Ya en 1909 empezó a trabajar como tipógrafo en el periódico La Prensa y en los años posteriores, antes del comienzo de la I Guerra Mundial, empezó a escribir crítica literaria y poesía y, algo después, publicó sus primeros artículos periodísticos de tema político. En esos textos, que publicó con el pseudónimo de Juan Croniqueur, satirizó la frivolidad de la sociedad limeña; además, en tanto que en esos artículos mostraba un profundo conocimiento de esa sociedad, logró acercarse a los círculos intelectuales y artísticos de la vanguardia peruana y, al mismo tiempo, al movimiento obrero, concretamente a la corriente anarquista, que empezara a organizarse a finales del siglo XIX de la mano de los inmigrantes europeos que llegaban a América.

Destacándose como periodista, Mariátegui comenzó a trabajar como cronista del periódico El Tiempo (1916), en el que se especializó en cuestiones políticas, lo que le llevó a denunciar lo que él denominó “democracia mestiza”: un sistema demagógico que servía a las clases dominantes como fuente de “diversión” que desviaba la atención popular del hecho de que la burguesía de la región costera, aliada de los grandes propietarios rurales del interior, convertían a Perú en un “sector colonial” del imperialismo estadounidense. El contexto socioeconómico en el que escribió esos artículos estaba marcado por una fuerte subida de los precios de los alimentos y por un consecuente descontento popular, que hacía crecer la agitación del pueblo trabajador y entraba en contradicción con el dominio político de la oligarquía (financiera, extractivista y agroexportadora). Afín a las ideas socialistas desde esta época, apoyó huelgas y se enfrentó a la élite dirigente limeña.

En 1918 surgió en Córdoba (Argentina) un movimiento por la reforma universitaria que se extendería por el resto del continente; entusiasmado con ese hecho, Mariátegui afirmó que se trataba del “nacimiento de una nueva generación latinoamericana”. Ese mismo año, además, fue uno de los fundadores de la efímera revista Nuestra Época, otro hito en la política del Perú de comienzos de siglo: una publicación que, si bien no llegaba a diseñar un “programa socialista”, constituía un esfuerzo ideológico en esa dirección. De ese modo ponía en marcha, en ese momento, su tarea como editor, que constituiría una actividad de gran importancia en su trayectoria política madura (comunista).

El triunfo de la Revolución Rusa y el fin de la I Guerra Mundial marcó –en Perú y en el mundo–, un período de gran agitación de las clases trabajadoras. En 1919 Mariátegui y su camarada César Falcón fundaron el periódico La Razón, que en poco tiempo se convirtió en una voz privilegiada de las reivindicaciones obreras. Ese mismo año, una huelga general en la capital fue duramente reprimida y sus protagonistas encarcelados; se iniciaba así una década de populismo de derechas, económicamente pro estadounidense, aunque también flirteaba con el movimiento indigenista. A través de su periódico, Mariátegui salió en defensa de los líderes obreros presos, razón por la que fue aclamado por una multitud en las calles. Un mes después, la redacción del periódico fue clausurada y él tuvo que exiliarse con destino a Europa; no obstante, como el gobierno no deseaba un escándalo y Mariátegui estaba emparentado con la esposa del presidente Augusto Leguía, oficialmente el motivo de su partida fue la concesión de una beca para que ejerciese de embajador de la cultura peruana por Europa.

Tal como él mismo relató en sus “Apuntes autobiográficos” (1927), fue entonces cuando rompió con su experiencia inicial de escritor “contaminado de decadentismo” (individualismo y escepticismo) y con “paso firme” puso rumbo hacia el socialismo. Vivió durante tres años y medio en Europa (desde finales de 1919 hasta 1923), en que visitó algunos países: Hungría, Austria, Checoslovaquia, Alemania, Suiza, Francia y, en especial, Italia, donde se ha establecido. Influido por la coyuntura europea en que vivía, en la que resonaba con fuerza la Revolución Rusa, se produce su aproximación a las obras de Marx, Engels y Lenin, al tiempo que entra en contacto con el movimiento comunista italiano y el surrealismo. En el Partido Bolchevique encontró la convergencia entre teoría y práctica, entre filosofía y ciencia, motivo por el que llegó a afirmar que Lenin era “indudablemente” el renovador “más enérgico y fecundo del pensamiento marxista”.

También según sus palabras, en ese período se casó con “una mujer y algunas ideas”. La italiana Anna Chiappe, su compañera, le transmitió un “nuevo entusiasmo político”. La familia de su compañera estaba vinculada con la del filósofo Benedetto Croce, a través del cual Mariátegui conocería la obra de Georges Sorel, sindicalista revolucionario de quién tomó prestadas ideas tales como la del “mito de la huelga general” y la de la defensa del uso de la violencia revolucionaria contra la violencia institucional. En Italia asistió a ocupaciones de fábricas y a congresos de obreros, y se acercó al colectivo editor de la revista L’ Ordine Nuovo; asimismo, participó en grupos de estudios socialistas, entró en contacto con el pensamiento de Antonio Gramsci y Umberto Terracini y asistió a la fundación del Partido Comunista de Italia (una escisión del Partido Socialista Italiano).

Su estancia en Europa le permitió observar Oriente: la Revolución China y el despertar de la India, del mundo árabe y de los diferentes movimientos nacionalistas y antiimperialistas de posguerra. Interpretó que esos acontecimientos apuntaban hacia la decadencia de la sociedad occidental. Reforzó esta concepción cuando vivió de cerca la ascensión del fascismo en Italia, que interpretó como la respuesta del gran capital a una profunda crisis social y política. En paralelo a esa efervescencia política, Mariátegui tuvo la oportunidad de conocer las obras de Sigmund Freud y Friedrich Nietzsche, lo que le llevó a interesarse tanto por el recién creado psicoanálisis, como por la filosofía intuitiva (o vitalista).

Sin embargo, a pesar de que él llegó a Europa con la humildad de un discípulo abierto al aprendizaje en el que entonces se consideraba el centro del pensamiento moderno, poco a poco empezó a decepcionarse con los desastres que presenció en Europa. Eso le llevó a asumir una perspectiva antropológica pionera –invertida en relación con lo que era habitual en ese momento–, lo que le permitió captar detalles de la crisis occidental hasta ese momento poco advertidos por los propios europeos. Por ejemplo, su observación sobre la decadencia de la llamada “democracia burguesa”, proceso que más tarde caracterizaría como una nueva farsa de la clase dominante, que de esa forma reconfiguraba su poder con los trazos autoritarios del fascismo.

A su regreso al Perú, en 1923, Mariátegui ya defendía abiertamente la causa comunista; además, la tragedia europea le había llevado a comprender con más nitidez el alcance histórico de la tragedia de su América. Una vez en Lima, participó en el III Congreso del Comité Central Pro-Derecho Indígena Tahuantinsuyo (CCPDIT, constituido en 1919), donde tuvo la oportunidad de conocer al líder indigenista Ezequiel Urviola, a quien se acercó. Ese mismo año el intelectual y político peruano Haya de la Torre le invitó a dar clases en las Universidades Populares González Prada, germen de lo que sería más adelante la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA), movimiento continental de tendencia reformista. Mariátegui impartió allí dos docenas de conferencias en las que difundió el marxismo y aprovechó para presentar su visión de la crisis mundial en un escenario polarizado donde las tesis socialdemócratas (fundadas en el supuesto evolucionismo social) carecían de sentido; en los debates se abordó también la “cuestión del indio”, que sería crucial en su pensamiento.

Al año siguiente, debido a un tumor en la pierna sana, hubo que amputársela, por lo que empezó a usar silla de ruedas. Repuesto de ese duro golpe, en 1925, junto a su hermano Julio César, fundó la Imprenta y editorial Minerva, proyecto volcado en la publicación de obras “científicas, literarias y artísticas”; fue en esa editorial donde publicó sus primeros libros y en la que dio a conocer al público peruano obras tanto de autoría nacional como extranjera, entre las que se encuentran las del indigenista Luis Valcárcel, la poetisa aprista Magda Portal o el ruso Máximo Gorki.

En 1926 la actividad editora de Mariátegui se incrementó al fundar la revista Amauta (“sabio” en quechua, uno de los nombres con los que sería conocido), cuya propuesta, al margen de la cuestión económica, era promover el debate político, sobre todo marxista, y cultural socialista. La postura de Mariátigui –al tratar cuestiones que iban desde el marxismo o el leninismo a la poesía, la literatura, el arte contemporáneo o la educación de la clase trabajadora–, se hizo cada vez más aguda, más radical. Con sus críticas al aprismo y a la intelectualidad mestizo-oligárquica, se resintió su relación con Haya de la Torre; en ese momento empezó a rechazar el indigenismo “paternalista” del APRA y a defender la idea de que en América no se podría reproducir automáticamente el comunismo europeo, si no que sería necesaria una “creación heroica”, en la que la comunidad campesina autóctona –esencialmente “solidaria” en sus relaciones sociales–, se convertiría en la base del Estado contemporáneo socialista. Rechazó también la teoría “racial” de algunos indigenistas que, en oposición a la corriente eurocéntrica, afirmaban que los nativos tenían algo innato que les llevaría a liberarse “de forma natural”. De hecho, consideró que las dos posturas anteriores (el “paternalismo” aprista y el indigenismo innatista) eran de carácter “racista” y defendió una postura que afirmaba que todos los seres humanos estamos sujetos a las mismas “leyes” que gobiernan los pueblos, y que lo que llevará a la emancipación indígena será el dinamismo de una economía y una cultura que “lleven en sus entrañas el germen del socialismo”.

En 1927 se prohibió el CCPDIT, hecho que llevó a algunos de los dirigentes indigenistas con quienes Mariátegui mantenía relaciones (Urviola, Hipólito Salazar o Eduardo Quispe y Quispe, entre otros), a acercarse al socialismo marxista que se estaba consolidando en torno al “movimiento” que de hecho constituía la revista Amauta. Ese mismo año, además, Mariátegui asumió la publicación de Tempestad en los Andes (1927), obra de L. Valcárcel que está considerada como la “Biblia del indigenismo radical”. En el prólogo de ese libro escribió una de las frases más emblemáticas, “la esperanza indígena es revolucionaria”, y empezó a desarrollar su idea de que la “revolución socialista” era el “nuevo mito” de los indígenas, la fe transformadora sobre la cual el comunismo peruano construiría sus pilares. Al definir la cuestión indígena como una cuestión “económica”, descartaba los enfoques “filantrópicos” que prevalecían en el discurso sobre esa cuestión: el “problema indio” –sostiene–, es el “problema de la tierra”; el “problema indio” es el “latifundio”. Al mismo tiempo intensificó sus críticas a los apristas, a cuyos mestizos letrados de las élites acusó de haber creado su indigenismo “verticalmente”, una postura que a pesar de ser útil para condenar el latifundismo era inadecuada para hacer la revolución.

A mediados de ese año, como resultado del impulso que había alcanzado la lucha antiimperialista con la realización del I Congreso Mundial contra el Imperialismo y la Opresión Colonial (Bruselas, 1927), la revista Amauta dedicó un número a discutir sobre el imperialismo estadounidense. Ese hecho le valió a Mariátegui la prisión y la clausura de la revista durante unos meses, siendo acusado por Leguía (presionado por la embajada de los Estados Unidos) de formar parte de un “complot comunista”. Más tarde y en respuesta a esas acusaciones escribió uno de sus ensayos de mayor impacto, “El problema de la tierra” (1927), en el que se declaró un marxista “convicto y confeso”.

Al año siguiente publicó su clásico Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana (1928), en el que reunía textos escritos desde 1924 y que constituye un punto álgido de su “investigación de la realidad nacional de acuerdo con el método marxista”. De hecho, esa publicación constituyó su ruptura con el aprismo nacionalista. Esto se confirmó cuando, al dirigirse por carta a Haya de la Torre para exponerle su desacuerdo con la política de alianza de clases que defendía el APRA, Haya de la Torre le respondió acusándolo de “europeísmo”. Mariátegui, por su parte, le contestó diciendo que “no habrá salvación para Indo-América” sin la “ciencia” y el “pensamiento” modernos: “mis juicios se nutren de mis ideales, de mis sentimientos, de mis pasiones”.

En el año 1928 fundó su partido, al que denominó Partido Socialista Peruano (PSP) para no agravar la persecución que sufrían los comunistas y ganar más adeptos; no obstante, mantuvo como prioridad principal la vinculación del PSP a la Internacional Comunista (IC). Mariátegui se acercará a la IC a finales del año anterior al ser invitado al IV Congreso de la Internacional Sindical Roja (Moscú, 1928) al que el PSP envió una comitiva en representación y nunca más se apartó de esa organización, aunque siempre supo mantener su independencia crítica. Ese fue un momento de gran intensidad en su vida, en el que participó en varios debates político-filosóficos contra el nacionalismo conservador y el socialismo dogmático, que preveía una evolución social lineal, pretendidamente natural y de acuerdo con los modelos europeos.

En 1929 Mariátegui participó en la fundación de la Confederación General de Trabajadores del Perú y el PSP envió delegados (liderados por Julio Portocarrero y Hugo Pesce) a la I Conferencia Comunista Latinoamericana (Buenos Aires), donde defendieron las “tesis” elaboradas en su mayor parte por Mariátegui: “Antecedentes y desarrollo de acción clasista”, “Punto de vista antiimperialista” y “El problema de las razas en América Latina”. En contra de la propuesta de la IC de crear Estados indígenas en los Andes, las tesis mariateguianas sostenían que la “cuestión indígena” era un problema fundamentalmente “de clases”, ya que el centro de la cuestión no era la división étnica, si no la posesión de la tierra, lo que tendría que definir la política del país. Esa es la razón por la que le habría de corresponder a los revolucionarios llamar a las poblaciones indígenas, mestizas y negras de la nación a “la rebelión” haciéndoles comprender que solo un gobierno obrero y campesino unido podría traer la libertad. Aunque no asistió a ese Congreso por problemas de salud, Mariátegui fue elegido en él miembro del Consejo General de la Liga contra el Imperialismo y la Opresión Colonial, entidad ligada a la III Internacional. Asimismo, empezó a tramitar el cambio de nombre del PSP, que se convertiría en Partido Comunista del Perú (cambio de nombre que Mariátegui ya no llegó a ver pues se hizo efectivo después de su muerte).

Poco después, en abril de 1930, la salud de Mariátegui, que era frágil, volvió a empeorar. En vísperas de su muerte, el aun joven marxista animó a los revolucionarios a estudiar el “leninismo”. Murió antes de cumplir los 36 años. Su féretro estuvo acompañado en su entierro por un multitudinario cortejo fúnebre de seguidores.

2 – Contribuciones al marxismo

La formación de José Carlos Mariátegui se desarrolla en un momento histórico convulso: por un lado, las potencias capitalistas llevaron a la humanidad a ser víctima de uno de sus mayores horrores, la I Guerra Mundial; por otro lado, la experiencia soviética de construcción socialista proponía en la práctica una alternativa al sistema capitalista, que ya daba señales de decadencia. Empecinado autodidacta, tuvo diversas influencias teóricas, pero con la evolución de su militancia política y de un pensamiento cada vez más elaborado, se convirtió en uno de los máximos exponentes del marxismo, no solo en su país o incluso en América, sino también de su tiempo.

A pesar de su corta vida, destacó como escritor, periodista, editor, científico social, filósofo y dirigente comunista. Su atracción por el marxismo surgió sobre todo de la búsqueda de una explicación de larga duración a los procesos históricos de su país y de una propuesta revolucionaria que vinculase dialécticamente el pasado, el presente y el futuro. A lo largo de ese camino intelectual logró conocer en profundidad la civilización autóctona andina –atrofiada por la colonización– y a imaginar formas que hiciesen posible la ruptura de esa estructura.

A principios del siglo XX Lima era una ciudad cosmopolita que mantenía una relación más estrecha con Europa que con el interior de su propio país, indígena y empobrecido. Perú era un país fracturado, escindido en dos regiones bien distantes entre sí y con ritmos históricos particulares: la costa (del Pacífico), la sierra (Andes) y la selva (Amazonia). De ese hecho Mariátegui extrae una de sus principales tesis: Perú era todavía un esbozo, una nación incompleta, ya que entiende que la formación de la nación peruana se había interrumpido y que su proceso revolucionario se realizaría por arriba, mediante una especie de vía no-clásica; una concepción original semejante a la de A. Gramsci (para Italia) y de Caio Prado Júnior (para Brasil). En consecuencia, era necesario construir el Perú.

En su país, como en tantos otros de América, la élite estaba cortada por los patrones europeos y únicamente el indigenismo (hacía los años 1920), interrumpió parcialmente esa tendencia. Lo que prevalecía hasta ese momento, incluso en el ámbito socialista, era la idea de que la emancipación de los pueblos indígenas consistiría en convertirlos “a la civilización” (según los cánones europeo-occidentales). Esta concepción no comenzó a cambiar hasta que las propias personas nativas pasaron a la acción al inaugurar en la década de 1910 un nuevo ciclo en su larga historia de resistencia contra la dominación del Estado colonial y de los latifundistas. Uno de los hitos de esa transformación fue su participación en la Guerra del Pacífico (1879-1993) contra Chile, lo que sirvió para que la intelectualidad socialista elaborase una autocrítica: las poblaciones autóctonas no necesitaban ser “despertadas”; lo que era necesario era que los propios revolucionarios relativizasen sus referencias eurocéntricas y prestasen más atención a la experiencia práctica de las movilizaciones indígenas. En los debates sobre la “cuestión del indio” en los que participó, Mariátegui sometió las tendencias de su tiempo a una crítica socialista radical, como fue el caso del “nacionalismo criollo”, posición defendida por la élite mestiza peruana. En la concepción mariateguiana las clases dominantes del país eran solidarias con el colonizador, lo que le lleva a proponer la construcción de un nacionalismo vanguardista, que reivindicase el “pasado incaico”.

En su camino, las concepciones y la praxis política del Amauta se distinguieron particularmente por su atención a los conocimientos indígenas (su relevancia y valor revolucionario), así como por el espíritu vital despertado en todo el mundo por la Revolución Rusa. Considera que, en medio del proceso de alienación política y existencial –inherente al capitalismo–, esta Revolución había logrado despertar al “hombre matinal”, este ser cansado de la noche “artificialmente iluminada” (la decadencia burguesa de posguerra). Para la construcción social de este nuevo ser humano era necesario absorber los bienes de todas las fuentes de conocimiento a las que el mundo contemporáneo podría tener acceso, no solo el conocimiento moderno, sino al conocimiento tradicional de pueblos como los andinos (“El alma matinal”, 1928). Investiga los distintos periodos históricos relacionando aspectos económicos y culturales, lo que le lleva a reflexionar sobre la fuerza del “mito revolucionario”: esa utopía concreta. Entiende que es necesario trabajar la dialéctica entre objetividad y subjetividad, entre otros antagonismos creadores, como es el caso de la síntesis que propone entre saberes del pasado y del presente. De acuerdo con su concepción, el conocimiento de los nuevos tiempos tendría que abarcar elementos de los saberes que de forma imprecisa denomina “occidentales” (filosofías, ciencias y técnicas actuales, que en realidad son fruto de un milenario intercambio universal) y “orientales” (o de forma más precisa no-occidentales, es decir, lo tradicional, lo autóctono, lo campesino, lo relativo a los pueblos ligados a la tierra).

La intención de Mariátegui era revitalizar la praxis marxista, que en su época estaba ahogada por el reformismo de la Internacional Socialista (IS), organización contaminada por el “mediocre positivismo”. Asimismo, sostiene que en la medida en que la I Guerra Mundial demostró a la humanidad que existen “hechos superiores a la previsión de la ciencia” y “contrarios al interés de la civilización”, más allá de la razón, el ser humano tiene necesidad de “fe”, de “pasión”, de “esperanza” combativa.

A este respecto, el marxista Florestan Fernandes observaría que Mariátegui había percibido que el progreso irreflexivo promovido por el capitalismo provocaría un aumento de la barbarie (realidad subestimada desde la “perspectiva eurocéntrica”) y que de un mero progreso técnico no se obtiene espontáneamente una evolución humana, social; al contrario, al observar a la sociedad en su totalidad (guerras, genocidios, hambre, desigualdad), se aprecia la gravedad de esa desorientación y de las contradicciones “implosivas” de ese proceso autodestructivo de la civilización.

Con el objetivo de cuestionar la estrechez del cientifismo moderno, el Amauta se interesó por ciertos conceptos de Freud y de Nietzsche; de hecho, fue uno de los primeros marxistas en tomar algunas ideas de estos pensadores –críticos de la divinización de la razón operada en la modernidad–, para introducirlas en el debate comunista. Buscó en esas teorías elementos que permitiesen abarcar la irracionalidad humana en la interpretación marxista del todo real (y ampliar así la perspectiva cognitiva de la realidad social concreta); en algunas de esas ideas encontró armas de una gran solidez interpretativa para denunciar la alienación, la impotencia y la artificialidad del ser humano inmerso en una estructura sociocultural represiva burguesa y cristiana.

No obstante, es necesario insistir en que Mariátegui está lejos de realizar una síntesis ecléctica que aspirase a mezclar principios del materialismo histórico con otros que pudiesen estar en conflicto o ser ajenos a este pensamiento revolucionario. Al apropiarse de algunos de los conocimientos psicológicos y sobre todo vitalistas (a pesar de despreciar el “escepticismo” y el “relativismo” y de entender que el “nietzscheanismo” no era más que una “enfermedad” del espíritu), el propósito mariateguiano era reforzar la solidez de una concepción marxista efectivamente dialéctica; esto, en contraposición con el reformismo (determinista o mecanicista) que afectaba e afecta influyentes corrientes socialistas, con sus posturas gradualistas –idea que él consideraba una “fosilización académica” del marxismo. Dicho de otra forma, su preocupación es la de valorar la dimensión ética que compone la noción marxista de praxis: la voluntad de libertad, la esperanza que hay que restaurar, el sentimiento emancipatorio que impulsa a la acción al ser humano deseoso de autonomía, justicia y felicidad. Para conseguir eso, en oposición a la apatía reformista (parlamentaria y evolucionista), él se abre a teorías que investigan el inconsciente, las pasiones humanas, la cuestión subjetiva de la “fe” revolucionaria, del “mito” que anima el espíritu combativo de los oprimidos. Así pues, Mariátegui entiende la esfera sentimental del marxismo como un factor potente y necesario para la revolución.

En este sentido, su concepción marxista destaca el valor de las tradiciones comunitarias al resaltar ciertos aspectos que les permitieron a los indígenas disfrutar de una mejor calidad de vida antes de la invasión europea: como la “solidaridad”, una de las características propias del “comunismo agrario” de la sociedad inca, en franco contraste con la siempre elogiada competitividad del capitalismo. No obstante, afirma que, si bien antiguamente el indígena trabajaba con placer y satisfacción, actualmente no se puede renunciar a los diversos saberes alcanzados en nuestro mundo contemporáneo. De ahí que sea necesario relacionar los mejores frutos del conocimiento actual (las técnicas avanzadas, las ciencias modernas y, en especial, el pensamiento marxista) con los conocimientos tradicionales (se refiere en concreto al pueblo inca, cuyo vigor revolucionario encuentra en el hábito de cooperación mutua y en su fe en la revolución).

Es en ese sendero que Mariátegui desarrolla su concepción de un “nuevo romanticismo”, que considera “espontánea y lógicamente socialista”. Su intención es relacionar el impulso vigorizante e idealista de la subjetividad romántica con la concreción conflictiva de la objetividad realista. De ese modo reelabora el concepto de “mito” de G. Sorel, que transforma y profundiza: el “mito revolucionario” es una “esperanza sobrehumana” que trae al pueblo una nueva fascinación ante la vida. Actualiza, por tanto, el antiguo y abstracto espíritu romántico al incorporarle la objetividad epistémica del “realismo proletario” (antipositivista y consciente de la imperfección humana), con la intención de cultivar de forma más realista la energía subjetiva presente en la esperanza de construir una nueva sociedad. En conclusión, para Mariátegui tanto el romanticismo como el realismo son dos posturas intrínsecas del marxismo que concurren para la transformación revolucionaria de acuerdo con una dialéctica que se podría llamar romántico-realista.

En cuanto a la historiografía, una de las más importantes contribuciones mariateguianas es su análisis de la cuestión nacional peruana desde la perspectiva del materialismo histórico, reflexión que en parte haría extensible al conjunto de las naciones latinoamericanas. En relación con esa cuestión, una de sus contribuciones de más impacto político fue la conclusión de que en América no se formó una “burguesía nacional”, supuestamente interesada en aliarse con los socialistas en su lucha contra el imperialismo. En ese debate, la posición “aliancista” defendía la propuesta de una coalición de clases que tendría que ser dirigida por los sectores burgueses presuntamente progresistas, mientras que los socialistas tendrían una posición subordinada. Sin embargo, según Mariátegui, las élites latinoamericanas no tenían ningún interés en luchar contra el imperialismo, ya que, a diferencia de otros pueblos (como los asiáticos), no tenían ningún vínculo con el pueblo, ya que no compartían ni la historia ni la cultura. El burgués peruano, “blanco”, despreciaba todo aquello que sonase a “popular” o “nacional”, al sentirse por encima de todo blanco, algo que también imitaba la “pequeña burguesía mestiza”. Esa es la razón por la cual solo la revolución socialista podría superar el imperialismo de forma radical, afirma. En ese sentido, insiste que la Revolución Rusa constituye el mejor ejemplo para seguir, pero no como un “modelo” que se tenga que copiar, sino como una “guía” para las decisiones que cada pueblo debe tomar de forma autónoma.

Con la experiencia bolchevique como brújula, el marxista andino polemizó con revisionistas, nacionalistas, reformistas socialdemócratas de la II Internacional (IS) y, más tarde, con algunas tesis de la III Internacional (IC) que consideraba eurocéntricas. A pesar de que había mostrado su apoyo a la IC desde el primer momento y de haberse adherido (a través de su partido), Mariátegui criticó la propuesta que había hecho esa organización para que los comunistas del Perú promoviesen la creación de “repúblicas nativas independientes”, lo que consideró una lectura errónea de las tesis de Lenin al respecto de la cuestión de la autodeterminación de los pueblos. En su concepción, el problema de su país era la irresoluta “cuestión agraria” y, considerando que tres cuartas partes de la población era indígena, sería ese pueblo, en su mayoría campesino, el protagonista del proceso revolucionario.

Pionero de un pensamiento marxista propiamente americano, Mariátegui influyó en diversos movimientos sociales en la historia del siglo XX, desde agrupamientos de resistencia campesina e indígena hasta grupos guerrilleros y políticos de varias tendencias revolucionarias; asimismo, sus ideas han adquirido una proyección todavía mayor en la actualidad, en un contexto de profundización de la crítica al eurocentrismo.

3 – Comentario sobre la obra

Los escritos de José Carlos Mariátegui abarcan una gran diversidad de materias, que van desde la filosofía, la historiografía, la sociología y la economía hasta la literatura, la psicología, la crítica de arte y la educación, entre otros campos del conocimiento. Debido a su precoz muerte (1930), en vida tan solo vio publicados dos libros editados en su propia editorial (Minerva), aunque dejó otros tres listos para su edición. El resto de sus escritos, cuya selección y edición corrió a cargo del sello editorial Amauta, no vieron la luz hasta treinta años después de su muerte, gracias al esfuerzo de realizado por su esposa Anna y sus hijos, junto con la colaboración de algunos camaradas, como H. Pesce y Alberto Tauro.

Su primer libro, La escena contemporánea (Lima: Minerva, 1925), es una selección de artículos centrados en figuras y aspectos de la realidad internacional en los que aborda temas como el fascismo, la “crisis” de la democracia liberal y del socialismo reformista, la literatura revolucionaria, “los hechos y las ideas” de la Revolución Rusa y diferentes ensayos sobre los pueblos de Oriente.

Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana (Lima: Minerva, 1928) es su obra más difundida e importante. Con decenas de ediciones y diversas traducciones, reúne una serie de ensayos en los que aplica el materialismo histórico para comprender la realidad de su país y aborda, entre otras cuestiones, la evolución de la economía nacional, la “cuestión del indio” y “de la tierra”, la educación pública, el “factor religioso” en la formación de Perú, el problema del “regionalismo” y del “centralismo” peruano y la literatura nacional.

El tercero de los libros póstumos que dejó preparados es Defensa del marxismo: polémica revolucionaria (Santiago de Chile: Ediciones Nacionales y Extranjeras, 1934), escrito entre los años 1927 y 1929, y centrado en cuestiones filosóficas, presenta algunos de los puntos de vista esenciales en su filosofía marxista. A partir de un análisis del revisionismo “desencantado” de Henri de Man, critica la economía liberal, el reformismo socialdemócrata, el evolucionismo y el pragmatismo laborista británico y la “literatura conformista”; asimismo, analiza las limitaciones de la filosofía moderna y defiende que el marxismo (tan solo “en parte” una filosofía) la superó y seguirá siendo válido mientras perdure la sociedad de clases; y, por último, en un pionero ensayo sobre el tema (cuando apenas unas pocas personas se habían dedicado a la cuestión), relaciona los pensamientos de Marx y de Freud, entre los que encuentra afinidades.

El alma matinal y otras estaciones del hombre de hoy (Lima: Amauta, 1950) es una selección de textos escritos entre 1923 y 1929 en los que discute diversos asuntos relacionados con la filosofía y la cultura, entre los que destacan los siguientes: literatura contemporánea, historia del arte, cultura italiana moderna y la “emoción de nuestro tiempo”, en los que contrapone la impotente perspectiva “escéptica” de la sociedad burguesa en crisis con el renovado espíritu “romántico” –que anima el nuevo “mito”, el “socialismo”.

La siguiente obra, La novela y la vida (Lima: Amauta, 1950), muestra que Mariátegui conservó en su madurez la llama literaria de la juventud. De acuerdo con el autor, que concedía un gran valor a la literatura en el proceso de construcción socialista, se trata de un “relato” en el que se “entremezclan el cuento y la crónica, la ficción y la realidad”. Basado en un curioso caso judicial que tuvo lugar en Italia, la trama implica a un profesor supuestamente sin memoria, de quien una mujer dice que es su esposo desaparecido, por lo que el profesor terminará viviendo en otra realidad, la de un obrero.

Tres décadas después de su muerte empezaron a salir a la luz ediciones (incluso populares) que reunían sus otros escritos. En 1959 la editorial Amauta puso en marcha la edición de sus Obras Completas (Lima: Editora Amauta) –así titulada, a pesar de no reunirlas a todas–, que incluye en 16 volúmenes diferentes textos del autor, entre los que se encuentran, a parte de los ya mencionados, los siguientes: Ideología y política (1959), que trata del indigenismo y de la filosofía política marxista de Mariátegui; Temas de Nuestra América (1959); El artista y la época (1959); Signos y obras (1959); Historia de la crisis mundial: conferencias (1959); Cartas de Italia (1969); Peruanicemos al Perú (1970); Temas de educación (1970); y, Figuras y aspectos de la vida mundial (1970), publicado en tres volúmenes divididos por períodos (I: 1923-1925; II: 1926-1928; III: 1929-1930). La colección incluye además algunos tomos extras, entre los que se encuentra el libro Poemas a Mariátegui (con prólogo del poeta Pablo Neruda) y otros escritos sobre la obra del autor.

Años más tarde apareció la obra Mariátegui total (Lima: Amauta, 1994), edición conmemorativa del centenario del autor, que en dos tomos (con 4.000 páginas en total), más allá de los textos ya reunidos en los libros anteriores, incluye sus escritos de juventud, su correspondencia y un álbum fotográfico.

De entre los principales ensayos mariateguianos incluidos en las ediciones mencionadas, merece la pena destacar aquellos en los que el autor trata temas que le resultaron de mayor interés, como la filosofía marxista y la praxis política revolucionaria: “El crepúsculo de la civilización” (1922), en el que analiza la decadencia de la “civilización capitalista” (“esencialmente europea”); “El hombre y el mito” (1925), en el que reflexiona sobre el nuevo “mito” de la “revolución social”; “Dos concepciones de la vida” (1925), en el que denuncia el “respeto supersticioso” a la idea de “progreso” y defiende la “necesidad de la fe” para, como hicieran “los bolcheviques, poner rumbo hacia la utopía”; “Crisis de la democracia” (1925), en el que sostiene que el fascismo es la reacción a la crisis del régimen burgués “envejecido”, es decir, consiste en la adaptación de la élite a los nuevos tiempos del “imperialismo monopolista” en los que la “democracia liberal” ya no es útil a los intereses de esa élite; “¿Existe un pensamiento hispano-americano?” (1925); “Heterodoxia de la tradición” (1927); “Mensaje al Congreso Obrero” (1927); y, algunas cartas del período italiano. Además, para tener comprender mejor su pensamiento político es necesario referirse a los “Principios programáticos del Partido Socialista” (1928), en los que reivindica la necesidad de adaptar las acciones del Partido a las condiciones sociales del país, aunque sin olvidar la dinámica universal, ya que las circunstancias nacionales dependen de la historia mundial, por lo que insiste en que el método de lucha del PSP era el “marxismo-leninismo” y la forma, la “revolución”.

A pesar de los esfuerzos editoriales de las últimas décadas, todavía no se han recopilado la mayor parte de los cerca de três mil textos escritos por Mariátegui, la gran mayoría publicados en periódicos, tanto del Perú como del exterior – por ejemplo Mundial Variedades.

Respecto a la pequeña parte de la obra mariateguiana traducida al portugués destacan: dos ediciones de los Sete ensaios de interpretação da realidade peruana –una publicada por Alfa Omega (1975), prologada por F. Fernandes, y la otra de las editoriales Expressão Popular y Clacso (2008)–; las antologías Política (Ática, 1982) y Por um socialismo indo-americano (Editora UFRJ, 2006); y la edición ampliada Defesa do marxismo: polêmica revolucionária e outros escritos (Boitempo, 2011), que, además de su libro sobre filosofía marxista, incluye ensayos inéditos en portugués sobre temas como la Revolución Rusa y el feminismo.

Los volúmenes de la colección de sus Obras completas están disponibles en red en diferentes portales: Patria RojaArchivo Chile o Marxists. A parte de estos libros, el Archivo J. C. Mariátegui, en cooperación con la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (que conserva la biblioteca particular de Mariátegui, donada por su familia) está impulsando la organización y digitalización de una amplia documentación sobre el marxista, que se puede acceder en el sitio del Archivo –en el que se encuentran disponibles numerosas copias de sus manuscritos originales, su correspondencia y otros documentos, así como fotografías (entre otras, las usadas en sus publicaciones) y la colección completa de la revista Amauta. Respecto a los estudios sobre el pensamiento mariateguiano, también están disponibles en la red varias antologías y ensayos de investigadores de su obra.

4 – Bibliografía de referencia

ESCORSIM, Leila. Mariátegui: vida e obra. São Paulo: Expressão Popular, 2006.

DEVEZA, Felipe S. “Mariátegui, González Prada e o indigenismo radical no Peru da década de 1920”. Tempo, UFF (Niterói), v. 28, n. 2, may-ago. 2022.

FERNANDES, Florestan. “Significado atual de José Carlos Mariátegui”. Coleção Princípios, n. 35, 1994-1995. Disp.: http://grabois.org.br.

FLORES GALINDO, Alberto. La agonía de Mariátegui. Lima: Desco, 1980. Disp: http://www.catedramariategui.com [Cátedra J. C. Mariátegui].

LUNA VEGA, Ricardo. Sobre las ideas políticas de Mariátegui. Lima: Ediciones Unidad, 1984.

MARTINS-FONTES L., Yuri. Marx na América. São Paulo: Alameda/Fapesp, 2018.

______. O marxismo de Caio Prado e Mariátegui. Tesis (Doctorado en Historia Económica) – USP/CNRS, 2015. Disp.: https://www.teses.usp.br.

______. “Mariátegui e a filosofia de nosso tempo” [Introducción]. En: MARIÁTEGUI, J. C. Defesa do marxismo: polêmica revolucionária e outros escritos [org. y traducción: Yuri Martins-Fontes L.]. São Paulo: Boitempo Editorial, 2011.

MELIS, Antonio. José Carlos Mariátegui hacia el siglo XXI (Cuadernos de Recienvenido) [1994]. São Paulo: Dpto. Letras Modernas/FFLCH-USP, 1996.

OBANDO M., Octavio. Ordenamiento cronológico de las Obras completas populares de J. C. Mariátegui. Lima: Espigón, 1999. Disp.: http://www.archivochile.com.

QUIJANO, Aníbal. “José Carlos Mariátegui: reencuentro y debate”. En: MARIÁTEGUI, J. C. Siete ensayos… Caracas: Biblioteca Ayacucho, 2007.

ROUILLON D., Guillermo. La creación heroica de José Carlos Mariátegui [2 tomos]. Lima: Editorial Arica, 1975.

SÁNCHEZ VÁZQUEZ, Adolfo. De Marx al marxismo en América Latina. Ciudad de México: Itaca, 2012.

Notas

Yuri Martins-Fontes L. es coordinador general del Núcleo Práxis-USP y editor del Dicionário marxismo na América; profesor de Historia y Filosofía Política, escritor, traductor y periodista; doctor en Historia Económica (USP/CNRS), bachiller en Filosofía y en Ingeniería (USP), con post-doctorados en Ética y Política (FFLCH-USP) y en Historia, Cultura y Trabajo (PUC-SP). Autor de, entre otras obras: Marx na América: a práxis de Caio Prado e Mariátegui (2018) y Cantos dos infernos (2021).

Editado por Joana Coutinho y Solange Struwka, este artículo se publicó originalmente en portugués en el portal del Núcleo Práxis-USP y constituye una de las entradas del Dicionário marxismo na América, obra colectiva coordinada por esa organización. Está permitida su reproducción, sin fines comerciales, siempre que se cite la fuente (nucleopraxisusp.org) y que no se altere su contenido. Son bienvenidas las sugerencias y críticas: nucleopraxis.usp.br@gmail.com.

Esta traducción se puede reproducir libremente a condición de respetar su integridad y mencionar a los traductores y a la traductora, y a Rebelión Núcleo Práxis como fuentes de la traducción.

Fuente (del original): https://nucleopraxisusp.org/2023/08/25/o-marxismo-de-jose-carlos-mariategui/

https://rebelion.org/el-marxismo-de-jose-carlos-mariategui-2/

lunes, 15 de septiembre de 2025

OBJETO SENSIBLEMENTE SUPRASENSIBLE



 Publicado por Francisco Umpiérrez Sánchez 

De todos los economistas de la era capitalista, Marx es el más profundo y complejo. Y la profundidad y la complejidad en el pensamiento es lo más que se necesita en el mundo de hoy, para desentrañar su sentido y dibujar la esperanza de un mundo más humano. (Les recuerdo lo que significa la complejidad: en cualquier fenómeno que se analiza, aunque a primera vista parezca muy sencillo, participan muchos factores que están interrelacionados. La interrelación entre dos factores modifica a dichos factores; y a su vez, estos factores modifican sus relaciones con otros factores con los que están vinculados, de manera inmediata y de manera mediata, de modo que la totalidad de los factores adquiere otro estado; y vuelta a empezar en el análisis. La crisis financiera de 2007-2009 es un ejemplo de la complejidad del mundo. El mundo no se puede dibujar con líneas rectas y sentidos claros en un folio en blanco, sino que en dicho folio en blanco hay líneas curvas, quebradas y superpuestas, zonas vacías y enmarañamiento de líneas).  

Aunque el capitalismo es el modo de producción que a finales del siglo XVIII creó los derechos humanos, no ha cesado de deshumanizar el mundo. No obstante, a pesar de la complejidad y profundidad del mundo actual, lo más que domina en el pensamiento social, por la primacía de los medios de comunicación de masas, es la simplicidad y la superficialidad. Y muchos periodistas presionan a sus entrevistados para que respondan con un sí o con un no, pero todo lo que se puede afirmar está lleno de peros y tal vez.  En la sección de El Capital titulada El carácter fetichista de la mercancía y su secreto, dice Marx lo siguiente: “Es evidente que, con su actividad, el hombre cambia las formas de las materias naturales de una forma útil para él. La forma de la madera se modifica, por ejemplo, cuando se hace de ella una mesa. Esta no deja de ser madera, algo corriente y sensible. Pero en el momento en que se presenta como mercancía, se transforma en un objeto sensiblemente suprasensible”.  ¡Una expresión maravillosamente filosófica: objeto sensiblemente suprasensible! La mesa no deja de ser sensible, pero como mercancía, se vuelve suprasensible: va más allá de lo sensible. Y es ambas cosas: sensible y suprasensible. Y cuando es suprasensible, sigue conservando su sensibilidad, circunstancia que aclararé al final de este trabajo. Y adelanto una idea para que el pensamiento del lector no se adentre en el terreno pantanoso de la vaguedad y de la oscuridad, de lo enigmático y de la extravagancia, a la que son dados algunos filósofos marxistas. Suprasensible, referido a la mesa como mercancía, significa sencillamente que en la mesa hay propiedades o determinaciones sociales. La economía convencional es incapaz de tener esta concepción. De ahí que considere el dinero como un puro objeto y muchas veces lo llame trozo de papel, aunque después, en la práctica, y esto se pone de manifiesto en las actuaciones de los bancos centrales en los momentos de crisis, no trate el dinero como simple objeto, sino como un ente al que está unido un sinfín de determinaciones sociales. Las determinaciones sociales de todas las formas económicas, incluidos los nuevos productos financieros, cada vez son más consideradas y tenidas en cuenta por las principales voces críticas del liberalismo. Por ejemplo, Bogle, en su libro Suficiente, nos recuerda unas palabras de San Pablo en el Nuevo Testamento: “Los que quieren ser ricos caen en la tentación y en el lazo, y en muchas codicias necias y perjudiciales, que hunden a los hombres en la destrucción y en la perdición. Porque el amor al dinero es la raíz de todos los males”. Luego, si el dinero, sobre todo en aquellas personas que quieren ser ricas sin límites, hunden a las personas en la destrucción y la perdición, y el amor al dinero es la raíz de todos los males, es evidente que el dinero no es un simple trozo de papel, sino un poderoso producto social que en cantidades más de las necesarias en manos privadas causa inmensos males a la sociedad.

El 16 de septiembre de 2008 Bernanke, en calidad de presidente de la Reserva Federal, se presentó en la Sala Roosevelt de la Casa Blanca para hablar con George W.  Bush y explicarle por qué la Reserva Federal planeaba prestar 85.000 millones de dólares a American International Group (AIG), la mayor compañía de seguros del planeta. Esta propuesta chocaba de frente con el principio básico del liberalismo, mucho más del liberalismo conservador. El propio Bernanke, en su obra El valor de actuar, nos dice que dos semanas antes, el Partido Republicano había declarado en su convención de 2008 lo siguiente: “No apoyamos los rescates estatales de entidades privadas”.  A lo que Bernanke añadió: “La intervención propuesta por la Reserva Federal violaría el principio básico de que las empresas deberían estar sujetas a la disciplina del mercado y que el gobierno no debía protegerlas de las consecuencias de sus errores”. Pero estos son los principios y la teoría, la práctica dice lo contrario. El mercado capitalista es incapaz de solucionar las crisis; y en los periodos de relativa estabilidad del mercado, la actuación codiciosa de los agentes capitalistas no hace sino crear nuevas condiciones para una nueva crisis.

Vayamos a los datos suministrados por Bernanke. “AIG tenía activos por valor de un billón de dólares. Operaba en más de 130 países y tenía más de 74 millones de clientes. Ofrecía seguros comerciales a 180.000 pequeños negocios y a diversas entidades privadas que empleaban a 106 millones de personas, dos tercios de los trabajadores estadounidenses”. Con lo dicho basta. Vemos con claridad la enorme dimensión social que tiene AIG y el cataclismo que crearía en la economía estadounidense y en la economía global si el Estado hubiera dejado que quebrara. Es obvio igualmente que el dinero no es un simple trozo de papel, sino un producto social en el que están implicados complejos y numerosos intereses sociales. Estas complejas e intrincadas propiedades sociales del dinero, que obliga a la Reserva Federal a prestarle 85.000 millones de dólares a AIG, pone en evidencia que el dinero, la mercancía general, es un objeto sensiblemente suprasensible. En cuanto lo consideremos como un simple trozo de papel, estamos ante un objeto sensible, pero desde que lo consideramos por lo que representa en las intricadas relaciones de mercado, vemos que es un objeto suprasensible, que va mucho más allá de ser un simple trozo de papel. Observamos también de pasada la contradicción fundamental del capitalismo, tantas veces señaladas por Marx: por un lado, toda actividad económica, valga como ejemplo la que realizaba AIG con sus 74 millones de clientes, supone que el aspecto social es lo dominante, que ninguna actividad económica es posible sin la participación de las grandes masas sociales, pero después resulta que los grandes beneficios o rendimientos de ese capital son apropiados de forma privada y en unas cantidades irracionales. Esta contradicción que la tienen delante de los ojos los economistas convencionales y los agentes económicos del capitalismo, sean conservadores liberales o liberales reformistas, siempre la pasan por alto. Y la solución es clara: hay que cambiar las relaciones económicas entre las personas en el sentido socialista, en el sentido de que los rendimientos del capital en todas sus formas tienen que ser distribuidos en su base evitando las desigualdades extremas, no redistribuirlo después a través de los impuestos. Y digo de otra forma lo que significa que todas las formas económicas son objetos sensiblemente suprasensibles: las formas económicas no son cosas u objetos, son relaciones sociales.

Cambiemos de tercio. Pongamos otro ejemplo de objeto sensiblemente suprasensible. En una acera al lado de un supermercado pasean un padre y un hijo de dos años. El padre lleva bajo uno de sus brazos un perro de plástico con ruedas, de unos 20 centímetros. En un momento dado el niño se para; y señalando con la mano abierta hacia el perro de plástico, dice “guauguau”. El padre tardó un cierto tiempo en comprender la intención del niño, que le vuelve a repetir señalando al juguete “guauguau”. El padre le da el perro al niño, quien lo pone detrás de él y se pone a caminar arrastrándolo con una cuerda. A los diez pasos el niño coge el perro de plástico se lo pone bajo su brazo y le da la mano al padre y siguen caminando. El perro de plástico es un objeto sensiblemente suprasensible.

Los filósofos metafísicos, alimentados en la actualidad por el empirismo y el positivismo -el mismo alimento filosófico que consumen los economistas convencionales-, cuando analizan el valor semiótico del perro de plástico, lo hacen aislando el perro de plástico de las relaciones sociales de las que forma parte; y así lo convierten en un objeto enigmático. El niño llama “guauguau” al perro de plástico. Pero esto no es un invento lingüístico suyo, son sus padres quienes le han enseñado a llamar al perro de plástico así. Luego su aprendizaje lingüístico y el significado nominativo de la expresión “guauguau” es fruto de una relación social: la del niño con sus padres. Ya vemos que el perro de plástico se convierte en portador de una relación social: la del niño con sus padres. Pero el niño también llama “guauguau” a los perros reales, y por la misma causa social. De manera que también los perros reales se convierten en portadores de relaciones sociales.

En la sección antes referida de El Capital, Marx dice lo siguiente: “A primera vista, una mercancía parece un objeto trivial, obvio. De su análisis resulta que es una cosa muy complicada, llena de sutilezas metafísicas y de caprichos teológicos”. Lo mismo sucede con el perro de plástico, aunque en un grado notablemente menor. El niño llama “guauguau” a todas las clases diferentes de perros, a sus variadas razas. De manera que, desde el principio, con solo dos años, el niño empieza a generalizar y a hacer abstracción de las diferencias entre las distintas clases de perros. Pero también llama “guauguau” a todos los individuos de una misma clase de perros. Luego, también lleva a cabo un proceso de generalización en el ámbito de una misma clase de perros y a hacer abstracción de las diferencias individuales. Pero la cosa no queda ahí: llama “guauguau” tanto a un perro real como a un perro de plástico, de manera que rompe la barrera ontológica entre los seres reales, los perros reales, y los seres ideales, los perros de plástico, los juguetes. Vemos entonces cómo con la participación del lenguaje en su función nominativa, el perro de plástico del niño forma parte de un mundo que va más allá de lo sensible: el mundo suprasensible, el universo lingüístico, repleto a su vez de complejidades e interrelaciones estructurales. Pero vemos igualmente que la palabra en su función nominativa ya tiene componentes conceptuales: la generalización y la abstracción. Es evidente, de acuerdo con Marx, que en este ejemplo están presente los caprichos teológicos y que, por consiguiente, el perro de plástico no es un objeto trivial, sino un objeto sensiblemente suprasensible.

Retornemos, por último, a la mercancía. John. C. Bogle, fundador y ejecutivo principal del fondo de inversión Vanguard, distingue entre el valor inmanente de las empresas y el precio de las acciones. Y señala que todos los fondos de inversión y otros agentes financieros que se mueven en el corto plazo con fines especulativos, hacen que los precios de las acciones no se correspondan con el valor inmanente de las empresas. Bogle carece de formación filosófica e ignora que la categoría “inmanente” pertenece a la siguiente la unidad de contrarios: inmanente y trascendente. Aunque Bogle reconoce que hay un valor inmanente de la empresa, no dice en ninguna ocasión cuál es la naturaleza de este valor inmanente, cuál es su sustancia social. Pero del mismo modo que Bogle reconoce que las empresas tienen un valor inmanente, que en muchos casos está a mucha distancia del precio de las acciones que en la Bolsa representan el capital de las empresas, debería reconocer entonces que las mercancías, sean bienes o servicios, tienen igualmente un valor inmanente. Y no hay mejor economista y filósofo que Marx para aclarar y fundamentar la naturaleza inmanente del valor de las mercancías y de las empresas. Así que vamos a por ello.

Bogle quiere recuperar el espíritu del capitalismo del siglo XVIII, en especial por ser más ético, esto es, por tener más en cuenta los intereses de la sociedad. Así que debemos recuperar el espíritu teórico de Adam Smith y David Ricardo, pero también deberíamos recuperar el espíritu teórico de John Locke y Henry George, y muchos otros. Debemos recuperar el espíritu de todos aquellos pensadores que hacían del trabajo la base del derecho a la propiedad. Pero el concepto de propiedad no aparece como concepto principal en los trabajos teóricos de todos los liberales críticos con el capitalismo actual, pero tampoco el concepto de trabajo. En vez del concepto de trabajo, aparece con carácter hegemónico el concepto de mérito, un concepto que la economía convencional no ha definido ni ha sido capaz de cuantificar. Y con respecto a la propiedad, los liberales críticos siguen teniendo una fe instintiva en el mercado. Reconocen que el Estado debe supervisar y regular el mercado, en especial el mercado financiero, pero siempre que el mercado sea la clave del desarrollo económico. Surge con facilidad la pregunta que no formulan los liberales: ¿Debe el Estado estar al servicio y bajo el mando del mercado o debe el mercado estar al servicio y bajo el mando del Estado? Es obvio que quienes defienden la primera opción son los liberales y socialistas reformistas, mientras que los que defienden la segunda opción son los socialistas radicales. ¿Y qué es un socialista radical? Respuesta fácil: aquellos que consideran que la propiedad privada debe estar bajo el dominio de la propiedad pública, que los intereses particulares deben estar bajo el poder de los intereses sociales, y que el mercado debe estar bajo el control y dominio del Estado. Y cuando esto suceda, el mundo no se acabará ni irá a la perdición, todo lo contrario: se volverá más humano. Se hará el reino de los cielos, del que hablan los cristianos, en la Tierra. Y esto no es una utopía; es lo que demandan los liberales críticos, aunque con el ropaje capitalista, del que no se pueden desprender. Y la razón: son reformistas y no radicales.

Marx nos habló, en El Capital, del carácter doble del trabajo representado en las mercancías. Y a este propósito dice dos cosas: una, que la naturaleza doble del trabajo contenido en las mercancías la ha demostrado él por primera vez de un modo crítico, y dos, que este hecho es el punto en torno al cual gira la comprensión de la economía política. Y sabemos cómo ha procedido la economía convencional actual con respecto a este asunto: ha desterrado el trabajo por completo de sus teorías y lo ha sustituido por el concepto más que impreciso de mérito; al igual que ha desterrado el concepto de propiedad.

Afiancemos más esta idea. La mercancía es un objeto doble: valor de uso y valor. La economía convencional reconoce este carácter doble, aunque en vez de una manera inmanente lo hace de una manera trascendente: valor de uso y precio. Lo que le sucede a la economía convencional es que ignora que las características que tiene el trabajo en tanto están representadas en el valor de uso no son las mismas que cuando están representadas en el valor. Esto hace que Jevons, y con él todos sus seguidores, que son la mayoría de los economistas burgueses, exprese el valor en términos de utilidad y necesidad, esto es, confunde el valor de uso y el valor. Es como si en el ámbito de la religión se confundiera el alma con el cuerpo y se expresara la esencia del alma en términos de características corporales.

Veamos, en palabras del propio Marx, el carácter doble del trabajo representado en la mercancía: “Por un lado, todo trabajo es gasto de fuerza de trabajo en el sentido fisiológico, y en esta calidad de trabajo humano o de trabajo abstractamente humano constituye el valor de las mercancías. Por otro lado, todo trabajo es gasto de fuerza de trabajo humano en forma específica y determinada por su fin y es esta calidad de trabajo útil concreto produce valores de uso”. Que el trabajo útil produce valores de uso es algo obvio y no genera problemas epistemológicos, mientras que el gasto de fuerza de trabajo sin tener en cuenta la forma de gastarlo constituye el valor de las mercancías, sí contiene serios problemas epistemológicos. Pongamos un ejemplo: si en la producción de una mesa un carpintero ha empleado 8 horas de trabajo social medio, bajo el punto de vista sensible es imposible observar en la mesa esas 10 horas de trabajo. Marx lo expresa en estos términos: “En contraste directo con la burda objetividad sensible de los cuerpos de las mercancías, no penetra en su objetividad de valor ni un átomo de materia natural”. Dicho de otra forma: el valor existiendo en la mercancía no es perceptible. En palabras de Marx: “…se le pueden las vueltas que se quieran a una mercancía, mas como cosa de valor permanece inasequible”. Es conveniente saber con qué problemas epistemológicos te encuentras cuando quieres demostrar la forma de existencia del valor. Y en estos casos, al no poder recurrir a la percepción, solo te queda la representación.

Así que podemos reconocer que la sustancia del valor es el gasto de fuerza de trabajo social medio, pero hay un problema epistemológico: carece de objetividad. ¿Cómo se resuelve este problema de la objetividad del valor de las mercancías? Esta es la respuesta que da Marx: “…las mercancías solo poseen objetividad de valor en tanto son expresión de la misma unidad social, del trabajo humano; que su objetividad de valor, por tanto, es puramente social, y se sobreentiende entonces que solo puede presentarse en la relación social de una mercancía con otra”. Igual que la objetividad del valor semiótico del perro de plástico solo puede presentarse en la relación social del niño con su padre.

Por lo tanto, las mercancías en tanto valores son objetos sensiblemente suprasensibles. Sabemos que Marx, en El Capital, demostró con un rigor que hace época cómo la mercancía se transformó en dinero. Y que la objetividad del valor, el valor existiendo de forma objetiva, es el dinero. Por eso, el dinero no es un simple trozo de papel, sino un complejo jeroglífico social. El dinero no es una cosa dada, sino un producto histórico, resultado de una evolución histórica de siglos.  Esta preocupación que tienen todos los liberales por aquellos capitalistas que aman en exceso el dinero y que se despreocupan por completo de los intereses sociales, este robo del alma del capitalismo del que se queja Bogle, no es más que el reconocimiento aún inconsciente de que el dinero es signo de trabajo y que tiene un carácter social. Y el legítimo propietario de lo que es social solo puede ser la propia sociedad. De modo, y siendo consecuentes, el mercado debe estar al servicio del Estado y no el Estado al servicio del mercado. Ya va siendo hora que los liberales críticos abandonen esa fe romántica e ilusoria en las fuerzas del mercado como medio exitoso para resolver los graves y complejos problemas sociales de la actualidad.

Por último, aclaremos por qué lo suprasensible es también sensible, porque la mercancía yendo más allá de lo sensible no puede escapar de lo sensible. En la religión cristiana encontramos un problema análogo. Dios es una sustancia suprasensible, esto es, no es sensible, los sentidos no pueden darnos cuenta de su existencia. Dicho de otro modo: Dios carece de objetividad. ¿Cómo resuelve la religión el problema de la objetividad de Dios? Respuesta: por medio de Jesucristo. Jesucristo es Dios hecho hombre. Así Dios se volvió sensible y objetivo. No dejó de ser Dios, pero se volvió sensible. La Semana Santa española es el mejor ejemplo de cómo Dios es reconocido en todo su sensible esplendor. Lo mismo sucede con el valor. En la mercancía aislada es imposible captarla porque carece de sensibilidad y de objetividad, pero en la relación entre las mercancías, cuya evolución histórica transformó a una de ellas en dinero, se obró el milagro: adquirió sensibilidad. Así como Dios existe de forma sensible como hombre, el valor existe de forma sensible como dinero, y en su forma originaria y más esplendorosa como oro. Y este enorme poder sensible del oro como dinero lo expresa Cristóbal Colón en una carta escrita desde Jamaica en 1503: “El oro es algo maravilloso. Quien lo posee es dueño de todo lo que desee. Gracias al oro se pueden incluso enviar almas al paraíso”. (Estas palabras de Colón las he tomado de El Capital de Karl Marx).

Aunque después, cuando se separó la sustancia de la función, el dinero se sustituyó por simpes signos de sí mismo, el dinero no dejó de ser un complejo producto social y un objeto sensiblemente suprasensible.

Fuente: https://fcoumpierrezblogspotcom.blogspot.com/2025/09/objeto-sensiblemente-suprasensible.html