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jueves, 1 de octubre de 2015

"EN EL GENOCIDIO INDONESIO SE TIRABAN TANTOS CUERPOS AL RÍO QUE LAS AGUAS BAJABAN TEÑIDAS DE ROJO" - EL ISLAM, EL HOLOCAUSTO OLVIDADO Y LA HISTÓRICA AMNESIA DE ESTADOS UNIDOS



GENOCIDIO EN INDONESIA

Película "La mirada del silencio": ¿admitirá EE.UU. su participación en el genocidio indonesio de 1965?

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El 1 de octubre se conmemora el 50 aniversario del inicio del genocidio de 1965 en Indonesia, que causó más de un millón de muertes. Organizaciones de derechos humanos están emitiendo solicitadas demandando al gobierno estadounidense que admita su participación en el genocidio y dé a conocer los documentos de la CIA, el ejército y otros organismos gubernamentales vinculados con el tema. En el período en que se produjeron los asesinatos masivos, Estados Unidos proporcionaba al ejército indonesio apoyo financiero, militar y de inteligencia. Hoy seguimos el camino de un hombre indonesio que llega a confrontar a los asesinos de su hermano. En 1965, el hermano mayor de Adi Rukun fue asesinado por el Komando Aksi, una organización paramilitar de Aceh. La búsqueda que emprende Adi Rukun para conocer lo sucedido es el eje del nuevo documental de Joshua Oppenheimer, titulado: "The Look of Silence" (La mirada del silencio). En 2012, Oppenheimer había estrenado una película complementaria de esta, llamada "The Act of Killing" (El acto de matar), en la que entrevista a líderes de escuadrones de la muerte indonesios y recrea con ellos los asesinatos que habían realizado en la vida real. Aquella película recibió una nominación al premio Oscar.

de: Democracy Now! en Español <boletin@democracynow.org>
responder a: Democracy Now! en Español <boletin@democracynow.org>
fecha: 3 de agosto de 2015, 15:17
asunto: Boletín de Democracy Now! en Español - lunes, 3 de agosto de 2015
Mensaje importante principalmente por los integrantes de la conversación
-.o0o.-



COLECTIVO PERÚ INTEGRAL
1º de octubre de 2015


OPPENHEIMER: "EN EL GENOCIDIO INDONESIO SE TIRABAN TANTOS CUERPOS AL RÍO QUE LAS AGUAS BAJABAN TEÑIDAS DE ROJO"

Nominado a un Óscar por su anterior película, el director americano presenta en España su nuevo documental, The Look of Silence.

La película, ganadora del premio del jurado en Venecia, desvela los entresijos de la represión, el silencio de las víctimas y la reconciliación.

El realizador, que vivió y rodó en Indonesia durante años, asegura que es como si "los nazis siguieran en el poder 40 años después del Holocausto".

Las cintas han abierto un diálogo sobre el pasado en Indonesia, donde millones de personas ya las han visto.

06/05/2015 - 22:21h


Fotograma de 'La Mirada del Silencio' de Joshua Oppenheimer

The Act of Killing, nominada los Óscar el año pasado, es probablemente una de las experiencias más impactantes que se pueden vivir ante una pantalla. La realidad supera a la ficción al ver a los dirigentes indonesios describir con todo lujo de detalles cómo asesinaron a millones de 'comunistas' durante el genocidio de 1965.

La Mirada del Silencio es su secuela. Ganadora del premio del jurado en Venecia y, presentada en la Berlinale, donde el director atendió a este diario, Joshua Oppeneheimer la estrena durante estos días en España con motivo del festival DocumentaMadrid.

Aunque el rodaje de su segunda película fue prácticamente simultáneo al de The Act of Killing, el enfoque, como deja ver su título, es radicalmente distinto: hablan las víctimas y confrontan a los verdugos. El silencio, el mismo a los que se ha sometido a las víctimas durante medio siglo, se vuelve elocuente.

"Hay una escena que me sirvió de inspiración para los dos películas. Es cuando aquellos asesinos me llevan al río y me escenifican cómo ayudaron a matar a 10.500 personas. Me di cuenta de que más allá de presumir delante de mí, lo que hacían era algo estructural, una manera de mantener el clima de terror en la sociedad. Era como si, 40 años después del holocausto, los nazis siguieran en el poder y el miedo fuera el legado del genocidio", explica Oppenheimer.

Cuenta el realizador texano que en aquel momento se dio cuenta de que "iba a hacer dos películas: una en la que contara qué pasa cuando los criminales ganan, se hacen con el sistema y celebran lo que han hecho y una segunda película en la contara lo que supone vivir medio siglo atenazado por el silencio y el terror. ¿Qué significa el miedo para la memoria? Estaba claro que iba a ser una película sin final feliz. Es una elegía del silencio, en memoria de todo lo destruido".

El genocidio, que ha pasado más o menos desapercibido durante todos estas décadas, acabó con la vida de entre un millón y medio y dos millones de personas, acusadas de simpatizar con el comunismo. "Hay muy poco material del genocidio. Se mató a mucha gente muy rápido y la violencia era un espectáculo para que la gente sintiera miedo. De hecho, se tiraban tantos cuerpos al río que las aguas bajaban teñidas de rojo", añade Oppenheimer.

Desenmascarar a los criminales

Con el objetivo de desvelar el régimen de terror que se vive en el presente, Joshua se embarcó, con Adi, un óptico de familia represaliada por la dictadura, en la peligrosa aventura de desenmascarar a los criminales y reconfortar a las víctimas.

"Hemos hecho algo sin precedentes: no se va a volver a ver una película en la que los criminales se vean confrontados por las víctimas, mientras éstos aún siguen en el poder, ya que resulta demasiado peligroso", vaticina el autor del documental.

Gracias a la propia naturaleza del régimen, a la paciencia y empatía de Adi y a todas las precauciones que tomaron durante el rodaje, nunca ocurrió una desgracia. "Cuando expones a alguien, es vulnerable y tiene menos ganas de reaccionar violentamente", aclara el realizador premiado con un Bafta.

Con estos mimbres, el director consigue grabar uno de los momentos álgidos de la cinta: durante una de las entrevistas entre Adi y uno de los cómplices de la muerte de su hermano, su propio tío, vemos cómo "una relación de amor se hace añicos delante de nosotros y en tiempo real. La cámara hace un paneo desde el protagonista hasta su tío. Ese movimiento de cámara, que se usa normalmente para los diálogos, se emplea aquí para mostrar el silencio".

Impacto en Indonesia

Gracias a su trabajo, que se ha extendido durante más de una década, Joshua ha revelado al mundo las atrocidades de un régimen sin escrúpulos y ha abierto un debate público en una Indonesia que aún hoy se abre tímidamente a la democracia.

"No podía imaginar un impacto así en Indonesia. Se ha proyectado miles de veces y se han hecho cinco millones de descargas. No lo proyectamos en cines, sino en proyecciones colectivas, para no tener que pasar la censura y no darle excusas a los paramilitares para agredir a los espectadores. El primer día hubo 500 proyecciones públicas por todo el país. Fueron muchas más de las que habríamos tenido si solo se hubiera estrenado en los cines", destaca el realizador.

Oppenheimer asegura estar "muy orgulloso" de su trabajo, ya que cree que sus películas "están transformando el diálogo sobre el pasado de Indonesia. Ahora se puede hablar abiertamente del genocidio y del legado de la corrupción. En la segunda película mostramos que la reconciliación es urgente y posible", concluye.

EL ISLAM, EL HOLOCAUSTO OLVIDADO Y LA HISTÓRICA AMNESIA DE ESTADOS UNIDOS


por noticiasdeabajo • 12 May, 2015
Vol. 13, Número. 14, No. 2, 13 de abril de 2015

En el discurso a la nación de septiembre de 2014 del Presidente Obama, definió a ISIS (o Estado Islámico) como “terroristas…únicos en su brutalidad. Ejecutan a los prisioneros. Matan también a los niños”(1). Pero este tipo de terrorismo en el último medio siglo ni es único ni carece de precedentes. Ni siquiera se limita a los enemigos de Estados Unidos. De hecho, la primera gran campaña de exterminio llevada a cabo contra musulmanes civiles asesinados sin juicio previo, acusados de occidentalidad, se produjo hace medio siglo, a una escala mucho mayor y más amplia, con el apoyo activo y el aliento de Estados Unidos.

Quizás usted no supiese esto, pero considere estas cuatro preguntas:

1.- ¿Cuál sido la mayor masacre planificada contra civiles desde el Holocausto nazi?
2.- ¿Cuál ha sido la mayor masacre silenciada de manera efectiva por los medios estadounidenses hasta que ésta hubo finalizado?
3.- ¿Qué importante operación de la CIA casi nunca ha sido publicada de las muchas que sobre esta Agencia han salido a la luz?
4.- ¿Qué masacre formó parte de un posterior proceso celebrado por la revista Time como “la mejor noticia de Occidente en Asia”?

La respuesta a estas cuatro preguntas es la misma: la CIA y el Pentágono fomentaron un grupo rebelde de generales anticomunistas que en 1965 resolvieron la cuestión del incierto futuro de Indonesia mediante un ardid para derrocar al Presidente electo Sukarno y sentenciar a los miembros y simpatizantes del mayor partido político del país. Era el Partido Comunista de Indonesia o PKI, que también fue el mayor partido comunista del mundo fuera del bloque chino-soviético. El número total de muertos sigue siendo desconocido, pero Amnistía Internacional estimó la cifra en “más de un millón” (2).


Aunque el ejército indonesio presidió la masacre, movilizó a un importante grupo de jóvenes musulmanes, Ansor, para llevar a cabo muchos de los asesinatos (3). Un gran número de personas, además de comunistas y sus familias, fueron asesinados de forma sumaria; un grupo en particular fue el de los maestros rurales. Por este motivo, esta masacre se ha calificado como “el holocausto olvidado de Indonesia” (4).

En los últimos años, algunos estudiosos y periodistas británicos han reconocido con franqueza “que los gobiernos británico y estadounidense no sólo han encubierto la masacre, sino participaron en que se llevase a cabo” (5). Pero todavía resulta casi imposible hablar de la participación de Estados Unidos en la misma. La Wikipedia menciona a la CIA, afirmando que “la CIA ha descrito la masacre como una de las peores del siglo XX, junto con las purgas soviéticas de las años 1930, los asesinatos en masa de los nazis durante la Segunda Guerra Mundial, y el baño de sangre Maoísta de la década de 1950”. Los artículos que he escrito sobre el tema se han publicado en Canadá, Gran Bretaña, los Países Bajos y en Indonesia, pero nunca en Estados Unidos (6).

Desde 1980 han aparecido algunas referencias ocasionales en Estados Unidos de la ayuda estadounidense a la nueva junta militar de Suharto después de cometida la masacre. Tim Weiner, por ejemplo, en su historia de la CIA habla de “500.000 dólares en suministros médicos… dando a entender que el ejército iba a vender la mercancía por dinero en efectivo” (7).

Estados Unido apoyó la masacre y tuvo parte activa en su estímulo. Como ya he dicho en otra parte, intelectuales estadounidenses que mantenían buenas relaciones con el Gobierno, como Guy Pauker y William Kintner, instaron a sus contactos en el ejército indonesio “para que dejasen la casa limpia, mediante la liquidación de los enemigos políticos y la guerrilla armada” (8).


Los Presidentes Johnson y Sukarno, Washington DC, enero de 1965.

Este apoyo no fue meramente retórico. En julio de 1965, dos meses antes del golpe de Estado, en los momentos en los que el Congreso pensaba que se había puesto fin a la ayuda estadounidense a Indonesia, Rockwell-Standard se aseguró un contrato para la entrega de doscientos aviones ligeros para el ejército de Indonesia en los próximos dos meses (9).

Según Bradley Simpson, el Gobierno de Estados Unidos también proporcionó a las Fuerzas Armadas de Indonesia una ayuda económica encubierta, armas procedentes de Tailandia y equipos de comunicación (10).

Un año antes, un Informe dirigido al Presidente Lyndon Johnson por parte del Secretario de Estado, Dean Rusk, el 17 de julio de 1964, dejaba clara la importancia de la ayuda militar a los elementos anticomunistas en el Ejército indonesio: “De nuestra ayuda a Indonesia… estamos satisfechos… aunque no se ayude militarmente a Indonesia. Sin embargo, esto nos permite mantener algún contacto con los elementos clave en Indonesia, que están interesados y son capaces de impedir el ascenso del comunismo. Creemos que esto es de vital importancia para todo el mundo libre” (11). 

Finalmente está el hecho, aunque todavía en disputa, divulgado por primera vez por la periodista Kathy Kadane en mayo de 1990, que en el trascurso de la masacre, el personal de la Embajada de Estados Unidos elaboró una lista con hasta 5.000 nombres de supuestos lídrees del PKI y se la pasó al Ejército indonesio. Un funcionario de la Embajada, Robert Martens, reconoció en The New York Times que habían pasado la lista de nombres”. Sin embargo, el Times optó por una historia más equilibrada, en la que el Embajador estadounidense Green rechaza la participación de la Embajada, calificando de basura los intentos de implicarla (12).
En la siguiente tabla, obtenida de Wikipedia, se recoge el número de muertes por asesinatos, masacres y por genocidio, ilustrando los crímenes cometidos por nuestros enemigos, como los de Pol Pot en Camboya, y los relacionados con nosotros mismos, como los de Suharto.

En miles
Asesinatos
Masacres
Genocidio
POL POT
486
160
383
SUHARTO
170
108
77,5

Este sesgo cultural está muy presente en nuestras cabezas, y lo más importante, en las cabezas de quienes gobiernan el mundo, que asumen, como es el caso de los británicos, que las acciones estadounidenses están “claramente dirigidas a otros beneficios… Donde otros sólo buscan el interés nacional, Estados Unidos intenta promover principios universales” (13). 

Aquellos que disienten en que se informe sobre estos hechos, sobre el papel de Estados Unidos en 1965, y que lo que quiero es destacar el hecho de que Estados Unidos es tan malo, o incluso mucho peor que cualquier otra potencia, ese no es mi propósito. En mi más reciente libro sobre asuntos políticos, The American Deep State, escribí que “yo creo en el excepcionalismo estadounidense, que tuvo un papel verdaderamente excepcional en una sustitución sin precedentes de regímenes autoritarios por gobiernos constitucionales limitados”. 

Pero el Gobierno estadounidense se ha convertido en un maníaco con una confianza arrogante en que todas sus intervenciones en el mundo son beneficiosas (14). En este libro intento explicar racionalmente el origen de esa manía. En este artículo me he propuesto que se empiece a reconocer la participación de Estados Unidos en el Holocausto de 1965.

Peter Dale Scott, ex diplomático canadiense, profesor de inglés en la Universidad de California, Berkeley. Su último libro The American Deep State: Wall Street, Big Oil, and the Attack on U.S. Democracy, publicado por Rowman & Littlefield. También es autor de Drugs Oil and War, The Road to 9/11, The War Conspiracy: JFK, 9/11, and the Deep Politics of War, y American War Machine: Deep Politics, the CIA Global Drug Connection and the Road to Afghanistan. Puede visitar su página web.

Notas:
1.- Presidente Obama: “Vamos a degradar y acabar finalmente con ISIS”. Blog de la Casa Blanca, 10 de septiembre de 2014.
2.- Noam Chomsky y Edward S. Herman, La conexión entre Washington y los fascismos del Tercer Mundo (Boston: South End Press, 1979), 208. Las más recientes estimaciones son discutidas por Robert Cribb, que establece una cifra “que podría haber sido de 200.000 o acercarse al millón” (Robert Cribb, “Problemas sin resolver en los asesinatos de Indonesia de 1965 a 1966” Asian Survey, Julio/Agosto 2002, 559).Wikipedia sugiere que actualmente hay un consenso en estimar las muertes en 500.000.
3.- Para más detalles, ver Nathaniel Mehr, Constructive Bloodbath in Indonesia: The United States, Great Britain and the Mass Killings of 1965-1966 (Nottingham, England: Spokesman Press, 2009), 49-53, 100.
4.- Instituto Internacional de Historia Social, “1965: El Holocausto olvidado de Indonesia”, acto conmemorativo de octubre de 2005. Habría que buscar una palabra para definir los asesinatos políticos en masa, un término análogo a genocidio, pero destacando explícitamente que se trata de cuestiones políticas. Actualmente no existe tal término. Propongo el término policidio ( asesinato de muchos), pero también uso el término Holocausto en estos otros artículos: la campaña de Stalin contra los kulaks también puede ser denominado un policidio, no un Holocausto. Las estimaciones sobre el número de muertes por la campaña de Stalin varían ampliamente, pero aún así parece que el objetivo principal eran las deportaciones y no con la intención de matarlos.
5.- Isabel Hilton, “Nuestro sangriento golpe de estado en Indonesia” The Guardian, 31 de julio de 2001. Cf. Matthew Jones, Conflicto y confrontación en el sudeste de Asia, 1961-1965: Gran Bretaña, Estados Unidos y la creación de Malasia (Cambridge: Cambridge University Press, 2002); Mehr, Un constructivo baño de sangre en Indonesia.
6. Mi artículo, “Estados Unidos y el derrocamiento de Sukarno, 1965-1967” fue oficialmente prohibido en la Indonesia de Suharto (Jonathon Green, Enciclopedia de la censura [Nueva York: Facts on File, 2005], 278).
7.- Tim Weiner, Legado de cenizas (Nueva York: Doubleday, 2007), 260.
8.- Guy J. Parker, “El papel de los militares en Indonesia”, en John H. Johnson, ed, El papel de los militares en los países subdesarrollados (Princeton, NJ: Princeton University Press, 1962)., 221-23; William Kintner y Joseph Kornfeder, La nueva frontera de la Guerra [Londres: Frederick Muller, 1963], pp 233, 237-8… Otros ejemplos en Peter Dale Scott, “Los Estados Unidos y el derrocamiento de Sukarno, 1965-1967”, Pacific Affairs, 58, Summer 1985, 239-264; Peter Dale Scott, “Exporting Military-Economic Development,” in Malcolm Caldwell, ed., “Diez años de terror militar en Indonesia” (Nottingham, Inglaterra: Portavoz Books, 1975), pp. 227-32.
9.- Las audiencias del Comité Church, p. 941; cf. p. 955.
10.- Armando Siahaan, ““Historian Claims West Backed Post-Coup Mass Killings in ’65,” Jakarta Globe, January 9, 2009,
11.- Catálogo trimestral de documentos desclasificados, 1982, 001 786 [Memo DOS para el presidente de 17 de julio, 1964; cursiva en el original].
12.- Michael Wines, “C.I.A. Tie Asserted in Indonesia Purge,” New York Times, July 12, 1990.
13.- Jessica T. Mathews, “El camino de Westfalia,” New York Review of Books, “19 de marzo de 2015.
14.- Peter Dale Scott, The American Deep State: Wall Street, Big Oil, and the Attack on U.S. Democracy (Lanham, MD: Rowman & Littlefield, 2014), 99, 139.
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Procedencia del artículo:

 

domingo, 3 de agosto de 2014

PETER DALE SCOTT: DETRÁS DE LA DEMOCRACIA ESTADOUNIDENSE, EL GOBIERNO SECRETO


El gobierno secreto que dirige los Estados Unidos
por Peter Dale Scott, Red Voltaire
En un libro que por fin se publica en francés, el profesor Peter Dale Scott recorre la historia del «Estado profundo» en Estados Unidos, o sea la estructura secreta que dirige la política exterior y la política de defensa de ese país más allá de las apariencias democráticas. Este estudio ofrece la ocasión de poner bajo los reflectores al grupo que organizó los atentados del 11 de septiembre y que se financia a través del tráfico mundial de droga. Se trata de un libro de referencia cuya lectura aconsejan ya las academias militares y diplomáticas.

Nacido en Montreal en 1929, Peter Dale Scott es un ex diplomático, poeta y autor canadiense. Es también profesor emérito de Literatura Inglesa en la Universidad de Berkeley, estado de California. Es conocido por sus posiciones contra la guerra y por sus críticas sobre la política exterior de Estados Unidos. Peter Dale Scott es además un autor y analista político reconocido tanto por la crítica como por sus colegas, entre los que se encuentra su amigo Daniel Ellsberg, reconocido a su vez como «el hombre que hizo caer a Nixon».

Red Voltaire: Profesor Scott, sabiendo que su trabajo no dispone aún de la notoriedad que debería tener el mundo francófono, ¿pudiera usted comenzar proporcionándonos una definición de qué es la «la Política profunda» (Deep Politics) y explicándonos la diferencia entre lo que usted llama el «Estado profundo» y el «Estado público»?
Peter Dale Scott: La expresión «Estado profundo» viene de Turquía. Hubo que inventarla en 1996, después del accidente de un auto Mercedes que rodaba a toda velocidad y cuyos pasajeros eran un miembro del parlamento, una reina de belleza, un importante capitán de la policía local y el principal traficante de droga de Turquía, quien dirigía además una organización paramilitar –los Lobos Grises– que asesinaba gente. Se hizo entonces evidente que existía en Turquía una relación secreta entre la policía –que oficialmente estaba buscando al hombre que finalmente se encontraba en aquel auto con un jefe de la policía– y aquellos individuos, que cometían crímenes en nombre del Estado.
El Estado para el que se cometen crímenes no es un Estado que puede mostrar su propia mano al público. Es un Estado escondido, una estructura secreta. En Turquía lo llamaron el «Estado profundo» [1], y yo mismo venía hablando desde hace tiempo de «Política profunda», así que utilicé esa expresión en mi libro «La Route vers le Nouveau Désordre Mondial» [En español, El Camino hacia el Nuevo Desorden Mundial. NdT.].
Yo definí la política profunda como el conjunto de prácticas y de disposiciones políticas, intencionales o no, habitualmente criticadas o no mencionadas en el discurso público, además de no reconocidas. O sea que la expresión «Estado profundo» –concebida en Turquía– no es cosa mía. Se refiere a un gobierno paralelo secreto organizado por los aparatos militares y de inteligencia, financiado por la droga, que se implica en acciones de violencia de carácter ilícito para proteger el estatus y los intereses del ejército de las amenazas que representan los intelectuales, los religiosos y en ocasiones el gobierno constitucional.
En el libro El Camino hacia el Nuevo Desorden Mundial, yo adapto un poco esa expresión para referirme a la más amplia conexión que existe, en Estados Unidos, entre el Estado público constitucionalmente establecido, por un lado, y las fuerzas profundas que se mueven en segundo plano de ese Estado: las fuerzas de la riqueza, del poder y de la violencia que están fuera del gobierno. Esa conexión podríamos llamarla la «puerta trasera» del Estado público, [puerta] que sirve de acceso a fuerzas oscuras situadas fuera del marco legal.
La analogía con Turquía no es perfecta ya que lo que actualmente hemos podido observar en Estados Unidos no es tanto una estructura paralela sino más bien una amplia zona o ambiente de contactos entre el Estado público y fuerzas oscuras invisibles. Pero esa conexión es considerable, y se necesita una apelación como «Estado profundo» para describirla.
Red Voltaire: Usted escribió su libro, El Camino hacia el Nuevo Desorden Mundial, en momentos en que el régimen de Bush se hallaba en el poder y después lo reactualizó con vistas a la traducción al francés. ¿Piensa usted que el Estado profundo se ha debilitado, lo cual favorecería al Estado público, como resultado de la elección de Barack Obama? ¿O, por el contrario, se ha reforzado con la crisis y con la actual administración?
Peter Dale Scott: Después de 2 años de presidencia de Obama, tengo que llegar tristemente a la conclusión que la influencia del Estado profundo, o más exactamente de lo que yo llamo en mi último libro «La Máquina de Guerra estadounidense» (American War Machine), ha seguido extendiéndose, como lo ha hecho bajo cada presidente de Estados Unidos desde la época de Kennedy.
Un importante síntoma de ello es la manera en que Obama, a pesar de su retórica de campaña, ha seguido ampliando el campo de aplicación del secreto dentro del gobierno de Estados Unidos y como ha seguido castigando a quienes lanzan llamados de alerta: su campaña contra Wikileaks y contra Julian Assange, quien ni siquiera ha sido inculpado aún por el menor crimen, no tiene precedentes en la historia de Estados Unidos. Yo sospecho que el miedo a la publicidad que se percibe en Washington viene de que existe la conciencia de que las políticas de guerra de Estados Unidos están cada vez más desvinculadas de la realidad.
En Afganistán, Obama parece haber capitulado ante los esfuerzos del general Petraeus y de otros generales que querían garantizar que las tropas estadounidenses no comenzaran a retirarse de las zonas de combates en 2011, como había adelantado Obama cuando autorizó un aumento del número de soldados en 2009. El último libro de Bob Woodward, que se titula Obama’s Wars (Las guerras de Obama), reporta que durante aquel largo combate que se produjo dentro de la administración para determinar si había que decidir una escalada militar en Afganistán, Leon Panetta, el director de la CIA, le aconsejó a Obama que «ningún presidente democrático puede ir en contra de los consejos del ejército… Así que hágalo. Haga lo que ellos le dicen.» Obama dijo recientemente a soldados estadounidenses en Afganistán: «Ustedes cumplen sus objetivos, ustedes tendrán éxito en su misión». Este eco de testimonios anteriores –tontamente optimistas– de Petraeus muestra por qué no se hizo en la Casa Blanca una evaluación realista del desarrollo de la guerra en diciembre de 2010, a pesar del mandato recibido inicialmente.
Al igual que Lyndon Johnson antes que él, el presidente está atrapado ahora en un cenagal que no se atreve a perder, y que amenaza con extenderse a Pakistán así como a Yemen, si no más lejos aún. Yo sospecho que las fuerzas profundas que dominan los dos partidos políticos son ahora tan poderosas, tan coincidentes, y por sobre todo están tan interesadas en las ganancias que la guerra genera, que un presidente está más lejos que nunca de oponerse a ese poder, ni siquiera ahora cuando se hace cada vez más evidente que la era de dominación mundial de Estados Unidos, al igual que sucedió en su tiempo con la de Gran Bretaña, está a punto de terminar.
En ese contexto, Obama –sin debate ni revisión– ha prolongado el estado de urgencia interna proclamado después del 11 de septiembre, con las drásticas limitaciones de los derechos civiles que ello implica. Por ejemplo, en septiembre de 2010 el FBI tomó por asalto las oficinas de pacíficos defensores de los derechos humanos en Minneapolis y en Chicago basándose en una decisión reciente de la Corte Suprema según la cual la libertad de expresión y el activismo no violentos reconocidos en la Primera Enmienda se convierten en crímenes si están «coordinados con» o «bajo la dirección» de un grupo extranjero designado como «terrorista». Es importante señalar que en 9 años el Congreso no se ha reunido ni una sola vez para discutir el estado de urgencia decretado por George W. Bush después del 11 de septiembre, estado de urgencia que por lo tanto permanece en vigor hoy en día.
En 2009, el ex congresista Dan Hamburg y yo lanzamos una exhortación pública al presidente Obama para que pusiera fin al estado de urgencia y llamamos al Congreso a que realizara las audiencias que su responsabilidad requiere. Pero el 10 de septiembre de 2009, Obama, sin la menor discusión, prolongó nuevamente el estado de urgencia del 11 de septiembre y lo hizo de nuevo al año siguiente. Mientras tanto, el Congreso ha seguido ignorando las obligaciones que le impone su propio estatuto.
Un congresista explicó a uno de sus electores que lo previsto en la National Emergencies Act se ha hecho inoperante por causa de la COG (Continuity of Government) [En español, Continuidad del Gobierno. NdT.], un programa ultrasecreto destinado a organizar la dirección del Estado en caso de situación de urgencia nacional. El programa de la COG fue parcialmente aplicado el 11 de septiembre por Dick Cheney, uno de los principales arquitectos de ese programa desarrollado dentro de un comité que opera fuera del gobierno regular desde 1981 [Ver a continuación más detalles sobre la COG. NdT de inglés]. De ser cierto que las disposiciones de la National Emergencies Act se han hecho inoperantes por causa de la COG, ello indicaría que el sistema constitucional de contrapoderes ya no se aplica en Estados Unidos, y que los decretos secretos predominan ahora sobre la legislación pública.
Red Voltaire: En ese contexto, ¿por qué el Congreso de Estados Unidos no desempeña su papel en la limitación de los poderes secretos que se instauró después del Watergate? ¿Qué consecuencias tuvieron entonces la expulsión de Nixon y el fortalecimiento de la supervisión del Congreso sobre las operaciones secretas de los servicios de inteligencia estadounidenses?
Peter Dale Scott: La estrategia de Nixon para Vietnam consistió en tratar de obtener el apoyo del bando opuesto llegando a acuerdos estratégicos tanto con la Unión Soviética como con China. Esto encontró una violenta oposición tanto de parte de los «halcones» como de parte de las «palomas» en el seno de una nación profundamente dividida, y yo creo que los «halcones» provenientes tanto de la CIA como del Pentágono fueron partícipes de la crisis fabricada del Watergate, que dio lugar a la dimisión forzosa de Nixon.
Después del Watergate, las «palomas» del Congreso –al que se aplicó por entonces el sobrenombre de «McGovernite»– de 1974 implantaron cierto número de reformas en nombre de políticas más abiertas y públicas, aboliendo un estado de urgencia que se había mantenido desde la época de la guerra de Corea y estableciendo las restricciones jurídicas y legislativas sobre la CIA y sobre otros aspectos del gobierno secreto. Esas reformas tuvieron como respuesta una movilización concertada tendiente a revertirlas y a restablecer el statu quo ante.
Aquel debate político implicaba la existencia, en el seno de la dirección del país, de un desacuerdo entre los llamados «negociantes» y los «prusianos» y la cuestión era saber si, después del fiasco de Vietnam, Estados Unidos debía esforzarse por volver a su anterior papel de nación prominentemente comerciante o si debía responder a la derrota de Vietnam con un aumento suplementario de sus fuerzas armadas.
Aquella lucha burocrática e ideológica fue a la vez una lucha por el control del Partido Republicano. Aquello terminó provocando la caída de Nixon y el gradual redireccionamiento –durante la presidencia de Ford– de la política exterior de Estados Unidos de coexistencia pacífica con la Unión Soviética hacia planes tendientes a debilitar y posteriormente a destruir –bajo la administración Reagan– lo que este último llamó «el Imperio del Mal». Fue así como, en octubre de 1975, la implicación muy probable de Dick Cheney y de Donald Rumsfeld en la revolución palaciega que los historiadores designan con el nombre de «Masacre de Halloween» significó la derrota del republicanismo moderado de Nelson Rockefeller. Aquello significó esencialmente la reorganización del equipo de Ford, preparando así el fin de la distensión.
Dick Cheney y Donald Rumsfeld, que por entonces dirigían el equipo de la Casa Blanca del presidente Gerald Ford, y controlaban el Departamento de Defensa, desempeñaron un papel decisivo en el triunfo final de los prusianos, al alejar a Henry Kissinger y nombrar como director de la CIA a George H. W. Bush, quien elaboró desde allí un nuevo estimado, más alarmista, de la amenaza soviética, dando así lugar a la correspondiente explosión de los presupuestos de defensa y al sabotaje de la política de distensión. Desde entonces, hemos podido observar en la economía estadounidense una influencia cada vez más importante de lo que Dwight D. Eisenhower había llamado, en el histórico discurso de fin de mandato que pronunció el 17 de enero de 1961, el «complejo militar-industrial».
Hoy en día nos encontramos sometidos a un nuevo estado de urgencia ampliado, y la supervisión del Congreso sobre las operaciones secretas del Estado profundo de Estados Unidos se ha hecho casi inexistente. Por ejemplo, la supervisión con mandato jurídico del Congreso sobre las operaciones secretas de la CIA se ha evitado con éxito gracias a la creación, en 1981, del Joint Special Operations Command (JSOC) en el Pentágono, al igual que la supervisión sobre las operaciones que dirigió el general Stanley McChrystal antes de su nombramiento como comandante de las tropas de la OTAN en Afganistán.
Red Voltaire: En su anterior respuesta usted mencionó brevemente el importante papel de George Bush padre en el sabotaje de la política de distensión que había implementado Kissinger. Fue sin embargo muy breve el periodo de Bush a la cabeza de la CIA. ¿El reemplazo de George H. W. Bush por el almirante Stanfield Turner, más moderado, a la cabeza de esa agencia incrementó el control de las operaciones secretas de los diferentes elementos del Estado profundo de Estados Unidos?
Peter Dale Scott: No, en lo absoluto. Sucedió lo contrario ya que ciertos actores claves de lo que acabo de explicar, ya excluidos de la CIA como consecuencia de la nominación del almirante Turner, se buscaron una nueva «casa» trabajando para el llamado Safari Club. El Safari Club era una organización secreta fuera de todo control que reunía a los directores de los servicios de inteligencia de numerosos países –como Francia, Egipto, Arabia Saudita e Irán. Estimulada esencialmente por el entonces director del espionaje francés, el difunto Alexandre de Marenches, aquella organización tenía como objetivo completar secretamente las acciones de la CIA mediante la realización de otras operaciones anticomunistas en África, Asia Central y Medio Oriente –operaciones que escapaban a todo control del Congreso estadounidense.
Después, en 1978, Zbigniew Brzezinski –que no era miembro del Safari Club– implementó una forma de escapar al control del almirante Turner mediante la creación de una unidad especial de la Casa Blanca con Robert Gates, el actual secretario de Defensa, que era por aquel entonces un joven agente operacional de la CIA. Bajo la dirección de Brzezinski, oficiales de la CIA se aliaron a la agencia de inteligencia de Irán, la SAVAK, para enviar agentes islamistas a Afganistán, desestabilizando así aquel país de manera tal que aquello condujo a la invasión de Afganistán por parte de la Unión Soviética en 1980.
La siguiente década, que se caracterizó por la implicación secreta de la CIA en Afganistán, fue determinante en la transformación de aquel país en un vivero de cultivo de la amapola del opio, del tráfico de heroína y del islamismo yihadista. Hay muy buenos libros sobre ese tema publicados hace algunos años–uno por Tim Weiner, el otro por John Prados. Pero, como se dirigieron a oficiales de la CIA que les mostraron sólo algunos documentos que acababan de ser desclasificados, esos autores no hablan de la droga en sus libros.
La conexión de los narcóticos es tan profunda que no se menciona en los documentos de la CIA que se han hecho públicos. Pera la cooperación de la CIA, dirigida por William Casey desde 1981, con el banco de la droga llamado Bank of Credit and Commerce International (BCCI) estimuló la creación en Afganistán de una inmensa narcoeconomía, cuyas consecuencias desestabilizadoras ayudan a explicar por qué hay soldados de la OTAN, afganos y pakistaníes muriendo diariamente en esos lugares [2].
El BCCI fue un enorme banco de lavado de fondos provenientes de la droga. Corrompía, con sus presupuestos y sus recursos, a políticos de primer plano en el mundo entero… presidentes, primeros ministros… Y una parte de ese dinero sucio –de eso no se habla mucho, pero es la realidad– llegaba a políticos en Estados Unidos, a políticos de los dos partidos, y esa es una de las principales razones que explican por qué nunca logramos que el Congreso abriera una investigación contra el BCCI. Hubo de hecho un informe del Senado, que fue publicado, firmado por un republicano, Hank Brown, y por un demócrata, John Kerry. Y Brown felicitó a Kerry por haber tenido el coraje de escribir aquel informe cuando tantas personas de su partido estaban vinculadas al BCCI.
Este banco fue un factor primordial en la creación de conexiones con gente como Gulbuddin Hekmatyar, probablemente el principal traficante de heroína del mundo entero en los años 1980. Se convirtió [Hekmatyar] en el principal beneficiario de la generosidad de la CIA, que se completó con una suma similar de dinero proveniente de Arabia Saudita. ¡Hay algo terriblemente nefasto en este tipo de situación!
Red Voltaire: En 1976, Jimmy Carter fue electo en base a un programa de reducción de los gastos militares y de distensión con la Unión Soviética, lo que en realidad no se concretó en los 4 años de su mandato. ¿Puede usted explicarnos por qué? ¿Será que su consejero de Seguridad Nacional, Zbigniew Brzezinski –a quien usted mencionó en su anterior respuesta– desempeñó algún papel en aquella política exterior, sensiblemente más agresiva que lo que se esperaba?
Peter Dale Scott: Los medios de difusión presentaban a Carter como un candidato populista, como un granjero sureño cultivador de maní. Pero la realidad profunda era que Carter había sido preparado para la presidencia por Wall Street, particularmente por la Comisión Trilateral, financiada a su vez por David Rockefeller y dirigida por Zbigniew Brzezinski.
Brzezinski, un polaco furiosamente antisoviético, se convirtió entonces en el consejero de Seguridad Nacional de Carter. Y desde el principio de aquel mandato [Brzezinski] interfirió continuamente al secretario de Estado Cyrus Vance para mantener una política una política exterior más vigorosamente antisoviética. En ese aspecto, Brzezinski actuó en contra de los objetivos planteados de la Comisión Trilateral, de la que el presidente Carter había sido miembro.
La idea subyacente de la Comisión Trilateral era una imagen más bien atrayente de un mundo multipolar en el que Estados Unidos hubiese desempeñado un papel de mediador entre el Segundo Mundo, o sea el bloque soviético, y el Tercer Mundo, que era lo que en aquel momento se designaba como los países subdesarrollados o menos desarrollados… Entre paréntesis, yo detesto esa expresión, porque viví en Tailandia y, en ciertos aspectos, ¡ellos están mucho más desarrollados que nosotros!
En resumen, al ser electo, Carter nombro como secretario de Estado a un verdadero trilateralista, Cyrus Vance, y tenía como consejero de Seguridad Nacional a Zbigniew Brzezinski, quien estaba decidido a utilizar el Estado profundo para hacerle a la Unión Soviética tanto daño como le fuera posible. Y la mayor parte de lo que se interpretó como los «éxitos» del régimen de Reagan claramente se inició en la época de Brzezinski.
Fue una renuncia total de aquello a lo que se había comprometido la Comisión Trilateral. El pobre Carter fue electo porque había prometido cortes en el presupuesto de Defensa y, antes de su salida [de la Casa Blanca], había metido al Departamento de Defensa en masivos aumentos presupuestarios que, una vez más, fueron asociados a Reagan aunque en realidad habían comenzado antes.
Por consiguiente, una masiva campaña tendiente a un aumento de los presupuestos de defensa –campaña discretamente realizada por ricos industriales del aparato militar que actuaban a través del Comité sobre el Peligro Presente– llevó la opinión pública estadounidense a fortalecer el esfuerzo de Brzezinski a favor de una presencia y de una política exterior estadounidenses más militantes, sobre todo en el Océano Índico.
Red Voltaire: Después de haber sido un hombre muy influyente con el presidente Gerald Ford, Dick Cheney –junto a su mentor Donald Rumsfeld y junto al vicepresidente George H. W. Bush– fue, a partir de la presidencia de Reagan, uno de los hombres claves del programa ultrasecreto de «Continuidad del Gobierno» (Continuity of Government, COG). ¿Puede usted explicarnos en qué consiste ese programa? ¿Ya se ha aplicado, aunque sea parcialmente?
Peter Dale Scott: Desde el comienzo de la presidencia de Reagan, en 1981, se creó un grupo secreto, fuera del gobierno regular, para trabajar sobre la llamada Continuidad del Gobierno («Continuity of Government» o COG) o, dicho de otra manera, en planes de la COG destinados a organizar la gestión del Estado en caso de urgencia nacional. Ese programa era inicialmente una extensión de planes preexistentes destinados a responder a un ataque nuclear que decapitara la dirección de Estados Unidos. Pero, antes del fin del mandato de Reagan, su orden ejecutiva número 12686 de 1988 modificó los términos [de dichos planes] para que cubrieran cualquier tipo de urgencia.
La COG es otra de las cosas que se asocian a Reagan, pero aquellos planes en realidad comenzaron en la época de Carter, aunque es posible que este último nunca haya estado al corriente de ello. En efecto, Carter creó la FEMA [la Agencia Federal de Manejo de Situaciones de Urgencia, siglas en inglés.], que históricamente siempre fue la estructura de planificación de la COG.
Lo que resulta bastante chocante es que aunque los planes de la COG son planes extremos, el Congreso no estaba al corriente de ellos en los años 1980. Sólo un pequeño grupo –en el que se encontraban Oliver North, Dick Cheney y Donald Rumsfeld– estaba encargado de trabajar en esos planes en virtud de una orden ejecutiva altamente secreta de Reagan emitida en 1981, como ya expliqué anteriormente.
La cuestión de la COG se mencionó públicamente por primera vez en 1987, durante las audiencias sobre el escándalo Irán-Contras, cuando un miembro del Congreso nombrado Jack Brooks le preguntó a Oliver North: «Coronel North, en el marco de su trabajo en el Consejo de Seguridad Nacional, ¿no le asignaron a usted en un momento dado la planificación de la continuidad del gobierno en caso de un desastre de envergadura?» Agregó el congresista Brooks: «Yo estaba particularmente preocupado, señor presidente, porque leí en varios diarios de Miami y en algunos más que había un plan elaborado, por esta misma agencia, un plan de contingencia en caso de urgencia que suspendería la Constitución de los Estados Unidos. Aquello me inquietó mucho y me pregunté si era un aspecto en el cual había trabajado él. Yo creo que así es y quería tener esa confirmación.»
El senador Inouye, director de aquella comisión investigadora del Congreso, le respondió con un poco de nerviosismo: «Con todo respeto, ¿puedo pedirle que no se toque ese tema en este momento? Si queremos abordarlo, estoy seguro que pueden hacerse arreglos para una sesión ejecutiva.» Está claro que las preguntas del congresista Brooks eran sobre la «Continuidad del Gobierno», y aquellos arreglos para la realización de una sesión ejecutiva nunca tuvieron lugar.
Cheney y Rumsfeld –dos figuras claves del programa de la COG– siguieron participando en esos planes y ejercicios, muy onerosos, a lo largo de dos décadas sucesivas, incluso en momentos en que, hacia fines de los años 1990, los dos eran directores de empresas privadas que nada tenían que ver con el gobierno. Se ha dicho que el nuevo blanco que sustituyó a la Unión Soviética fue el terrorismo, pero algunos periodistas han mencionado que desde principios de los años 1980 había importantes planes destinados a hacer frente al tipo de manifestaciones que, según la mentalidad de Oliver North y de otros como él, habían llevado a la derrota de Estados Unidos en Vietnam.
Nadie duda que los planes de la COG se hayan aplicado parcialmente durante el 11 de septiembre, paralelamente a un estado de urgencia proclamado oficialmente. Este último sigue aún en vigor al cabo de 9 años, a pesar de una ley posterior al Watergate que exige ya sea una aprobación o un cese de una urgencia nacional por parte del Congreso cada 6 meses. Los planes de la COG son un secreto celosamente guardado, pero en los años 1980 hubo informes que señalan que esos planes implicaban medidas de vigilancia y detenciones sin mandato, así como una militarización permanente del gobierno. En cierta medida, esos cambios claramente se aplicaron después del 11 de septiembre.
No hay manera de determinar cuántos cambios constitucionales ocurridos desde del 11 de septiembre pueden tener su origen en la planificación de la COG. Sabemos, sin embargo, que nuevas medidas de aplicación de la COG fueron instauradas nuevamente en 2007, cuando el presidente Bush emitió la National Security Presidential Directive 51 (Directiva Presidencial de Seguridad Nacionale, o NSPD-51/HSPD-20). Esa directiva estipulaba lo que la FEMA posteriormente llamó «una nueva visión para garantizar la continuidad de nuestro gobierno», y fue seguida posteriormente por un nuevo National Continuity Policy Implementation Plan (Plan de Implementación de la Política de Continuidad Nacionale).
La NSPD-51 invalidó también la PDD 67, que era la directiva de la COG del decenio anterior elaborada por Richard Clarke, quien era por aquel entonces el «zar» del contraterrorismo en Estados Unidos desde la época de Clinton. En fin, la NSPD-51 hizo referencia a nuevos «anexos clasificados sobre la continuidad», señalando que deben «ser protegidos contra toda divulgación no autorizada». Bajo la presión de algunos de sus electores que se habían movilizado a favor de la apertura de una verdadera investigación sobre el 11 de septiembre, el congresista Peter DeFazio, miembro de la Comisión sobre la Seguridad Interior, presentó dos pedidos para consultar esos anexos.
Su primer pedido fue rechazado. DeFazio presentó entonces un segundo pedido, mediante una carta firmada por el presidente de su Comisión. El pedido fue rechazado de nuevo. Una vez más, como ya dije en mi respuesta a la segunda pregunta de esta entrevista, esto parece indicar que el sistema constitucional de contrapoderes ya no se aplica en Estados Unidos y que los decretos secretos están ahora por encima de la legislación pública.
Red Voltaire: En La Route vers le Nouveau Désordre Mondial, usted afirma que la Comisión Nacional Investigadora sobre el 11 de septiembre –cuyos miembros fueron nombrados por el gabinete de George W. Bush y cuyo Informe Final fue redactado por el equipo del director ejecutivo Philip Zelikov– incurrió en repetidos engaños sobre el tema del 11 de septiembre, sobre todo en lo tocante a las actividades de Dick Cheney en aquella mañana. ¿Puede usted explicar a nuestros lectores ese aspecto en particular?
Peter Dale Scott: Inicialmente, George W. Bush se resistió a toda investigación sobre el 11 de septiembre, hasta que el Congreso impuso una Comisión Investigadora, en respuesta a una eficaz campaña de las familias de las victimas [3] Thomas Kean y Lee Hamilton, los dos directores de la Comisión, prometieron públicamente guiarse por las preguntas sin respuestas de las familias de las víctimas, como por ejemplo: saber quiénes eran realmente los presuntos secuestradores de los aviones y cómo fue que se derrumbaron 3 edificios del World Trade Center, cuando uno de ellos ni siquiera llegó a recibir el impacto de un avión.
Finalmente, esas preguntas, al igual que otras muchas interrogantes, ni siquiera llegaron a mencionarse. Asimismo, la Comisión recogió gran cantidad de testimonios contradictorios y, en muchas ocasiones, reescribió ciertos relatos. Bajo la estrecha supervisión de Philip Zelikow, el director de aquella Comisión quien por mucho tiempo había sido empleado del gobierno en cuestiones de seguridad nacional, el Informe de la Comisión sobre el 11 de Septiembre ignoró ciertas contradicciones y corrigió otras de una forma que fue cuestionada por numerosos críticos.
El Informe atribuyó la ausencia de respuestas [de la defensa estadounidense] de aquel día a un caos y a una ruptura sistémica, ignorando así otros testimonios de Cheney, según los cuales él desempeñó aquel día un papel preponderante. La Comisión ignoró igualmente importantes contradicciones y dudas sobre el testimonio que había prestado Cheney. Un tema crucial que la Comisión no investigó de manera explícita fue la aplicación de los planes de la COG [durante los hechos] el 11 de septiembre (p.555, nota 9).
Tampoco mencionó la comisión de estudios sobre el terrorismo de Cheney –reunida por decreto de Bush en mayo de 2001– que fue citada como fuente de origen de una orden del Comité de Jefes del Estado Mayor Conjunto [el JCS, según sus siglas en inglés] que databa del 1º de junio de 2001. Aquella orden modificó [u obstaculizó, haciéndolas inoperantes] las condiciones de intercepción de los aviones secuestrados por parte de la fuerzas aérea.
Para lograr su recuento restringido sobre la responsabilidad de Cheney [en lo sucedido] aquel día, la Comisión también restó importancia –y de manera flagrante– a varios recuentos de testigos oculares [que estaban] en completo desacuerdo con la cronología de la propia Comisión, particularmente los del director del contraterrorismo Richard Clarke y del secretario de Transportes Norman Norman Mineta.
Red Voltaire: Gran parte de La Route vers le Nouveau Désordre Mondial –un libro verdaderamente muy rico debido a la cantidad e importancia de los temas que aborda– trata sobre la geopolítica del petróleo, de la droga y del armamento y la manera como el Estado profundo estadounidense la maneja en Asia Central y en el Medio Oriente desde la época del presidente Carter. Sabiendo que la «guerra contra el terrorismo» perdura y se extiende hoy en más de 60 países –principalmente a través de operaciones secretas–, ¿cuáles son en su opinión los verdaderos orígenes y objetivos de esta?
Peter Dale Scott: Al principio de la «guerra contra el terrorismo» estaba muy claro que los consejeros estratégicos de los dos partidos, al igual que los grupos de reflexión (think tanks, en español tanques pensantes, son centros o institutos de propaganda y/o difusión de ideas políticas ) como el Council on Foreign Relations, estaban preocupados por la necesidad que según ellos tenía Estados Unidos de preservar su dominio histórico sobre los mercados petroleros mundiales. Produjeron documentos que apoyaban la idea de un incremento de la fuerza militar de Estados Unidos en la región del Golfo Pérsico, así como la idea de adoptar planes militares destinados, en particular, a ocuparse de Sadam Husein.
Hoy en día, la «guerra contra el terrorismo» ha seguido extendiéndose, y nos dicen que los militantes salafistas se han desplazado –como era de esperar– hacia nuevas regiones del mundo, sobre todo hacia Somalia y Yemen, para preparar sus represalias. La «guerra contra el terrorismo» se ha convertido por lo tanto en un ensayo para la actual doctrina estratégica de Estados Unidos tendiente a implantar un «dominio total» [«Full-spectrum dominance»], como fue definida en el importante informe del Pentágono titulado Joint Vision 2020, llamando entonces a garantizar «la capacidad de las fuerzas estadounidenses, operando solas o con el apoyo de los aliados, para derrotar a cualquier enemigo y controlar cualquier situación mediante la gama de operaciones militares [disponibles]».
Desde la Segunda Guerra Mundial cada una de esas escaladas ha sido conducida por un lobby de la Defensa financiado originalmente por el complejo militar-industrial y actualmente por media docena de fundaciones de derecha que disponen de fondos ilimitados. Con el tiempo, su personal ha ido emigrando de grupo en grupo –el American Security Council, el Comité sobre el Peligro Presente, el Proyecto para el Nuevo Siglo Americano y, actualmente, el Center for Security Policy (CSP) [4]. Pero sus objetivos han ido ampliándose con el paso de los años yendo así de maximizar la presencia estadounidense hasta restringir las libertades individuales para impedir la reaparición de cualquier tipo de movimiento antiguerra en Estados Unidos. Yo abordo la expansión de esta facción del sector de la defensa en mi más reciente libro, American War Machine.
Esa agenda incluye cada vez más el maccarthysmo, por no decir el fascismo. Cierto número de grupos están alimentando una histeria islamófoba que recuerda la histeria anticomunista de los años 1950, llamando a una guerra aparentemente sin fin contra el Islam. Por ejemplo, el CSP [Centro para la Política de Seguridad, siglas en inglés. Ndt.] publicó recientemente un documento titulado Shariah, The Threat to America [5], en el que proclama que la sharia es «la amenaza totalitaria de nuestra época», con advertencias alarmistas sobre una «yihad infiltrada» y una «yihad demográfica».
Red Voltaire: Esa «guerra contra el terrorismo», cuyos verdaderos fundamentos y objetivos están lejos de ser expuestos explícitamente por los gobiernos de los países miembros de la OTAN, comenzó en Afganistán, en 2001. En ese Estado, poderosos señores de la guerra aliados a Estados Unidos en los años 1980 –en la época en que los muyahidines combatían a las tropas soviéticas– son actualmente destacados actores del conflicto en «AfPak», la entidad geopolítica que abarca Afganistán y Pakistán. Tomemos como ejemplo simbólico el caso de Gulbuddin Hekmatyar. La opinión pública de los diferentes países de la OTAN no parece darse realmente cuenta de quién es este señor Hekmatyar. ¿Puede usted proporcionarnos información sobre él? En su opinión, ¿cómo simboliza [Hekmatyar] el peligro que representa una política exterior estadounidense que, por falta de control legislativo y de visibilidad pública, ha provocado la explosión del tráfico de droga a nivel global?
Peter Dale Scott: Al disponer de pocos agentes leales en Afganistán, Estados Unidos decidió realizar su Operación Ciclón a través de los que estaban a la disposición de la Inter-Services Intelligence (ISI, los servicios secretos pakistaníes). Pakistán, temiendo a su vez a los reclamos de los verdaderos nacionalistas afganos que reivindican sus propios territorios fronterizos, dirigió el volumen de las ayudas provenientes de Estados Unidos y de Arabia Saudita hacia dos extremistas cuya base de apoyo en Afganistán era muy restringida: Abdul Rasul Sayyaf y Gulbuddin Hekmatyar.  Este último, miembro de la etnia pashtún y de la tribu Ghilzai, originario de norte no pashtún, fue entrenado inicialmente para la resistencia violenta bajo la dirección de los pakistaníes. Fue al parecer el único líder afgano que reconoció explícitamente la línea Durand que define la frontera entre Afganistán y Pakistán. Para compensar el apoyo que no tenían entre la población local, Sayyaf y Hekmatyar cultivaron y exportaron opiáceos de forma masiva en los años 1980, también con apoyo del ISI.
Fue por esa misma razón que los dos colaboraron con los muyahidines extranjeros –o sea, con los iniciadores de lo que hoy se ha dado en llamar al-Qaeda– que por entonces afluían hacia Afganistán, y Hekmatyar en particular parece haber desarrollado una estrecha relación con Osama Ben Laden. Aquella afluencia de fundamentalistas wahabitas y deobanditas trajo como importante consecuencia el debilitamiento de la versión tradicional sufista del Islam local.
Durante la campaña antisoviética, las fuerzas de Hekmatyar mataron cierta cantidad de personas que apoyaban a Ahmed Shah Masud, la principal amenaza para los planes de Hekmatyar –planes que contaban además con el apoyo del ISI– que consistían en dominar el Afganistán postsoviético. Después de la retirada de estos últimos, la CIA –actuando en contra de las recomendaciones del Departamento de Estado– utilizó también a Hekmatyar para impedir la constitución de un gobierno de reconciliación nacional, lo cual condujo a una guerra civil que provocó la muerte de miles de personas en los años 1990.
Desde la invasión de Estados Unidos contra Afganistán en 2001, Hekmatyar ha dirigido su propia facción de combatientes para obtener una retirada de las tropas de la OTAN, aunque parece más abierto que los talibanes en cuanto a integrarse a un gobierno de coalición dirigido por el actual presidente Hamid Karzai. En Washington, importantes funcionarios de la defensa –como Michael Vickers– todavía se refieren a la Operación Ciclón como «la acción clandestina más exitosa» en la historia de la CIA.
No parecen preocupados por el hecho que ese programa de la CIA haya contribuido a generar y a desencadenar algo como al-Qaeda –la nueva justificación postsoviética para los aumentos sin precedentes de los presupuestos de defensa– ni tampoco por haber conferido a Afganistán su actual papel de principal fuente mundial de heroína y hachís.
Red Voltaire: En conclusión, ante la situación financiera, económica, política, social e incluso moral existente en Estados Unidos, así como en numerosos países a través del mundo, ¿tiene usted confianza en el futuro? ¿Ve usted indicios estimulantes de una mayor influencia de lo que usted llama la «voluntad prevaleciente de los pueblos» en la toma de decisiones políticas, un proceso que es hoy por hoy más oligárquico que nunca?
Peter Dale Scott: Se dice que deberíamos ver cada crisis como una oportunidad. La crisis de Estados Unidos, que es también la del mundo, pudiera ser ciertamente la ocasión de introducir reformas de gran envergadura en los procesos del capitalismo de mercado que engendraron diferencias tan grandes entre los muy ricos y los muy pobres. Desgraciadamente, debido a esos procesos, las políticas tradicionales y los métodos de movilización se han hecho más ineficaces aún de lo que ya eran anteriormente.
En mi libro «La Route vers le Nouveau Désordre Mondial», yo defiendo el hecho que importantes cambios sociales son posibles cuando la opresión da lugar a la formación de una opinión pública unida –o de lo que yo llamo «la voluntad prevaleciente de los pueblos»– en oposición a esa opresión. Hago referencia a ejemplos como el movimiento por los derechos cívicos en el sur de Estados Unidos, o el movimiento polaco Solidarnosc. Desarrollos tecnológicos como Internet han facilitado más que nunca la unión de las personas, tanto a nivel nacional como a nivel internacional. Pero la tecnología ha perfeccionado también los instrumentos autoritarios de vigilancia y represión, haciendo la movilización activista más difícil que antes. Por consiguiente, el futuro es muy incierto. Pudiera decirse que el sistema global actual está más inestable que nunca y que es posible que algún tipo de prueba de fuerza logre cambiarlo.
En todo caso, yo estoy convencido de que estamos viviendo un periodo particularmente estimulante. La juventud debe continuar uniéndose como siempre lo ha hecho a movimientos que aspiran al cambio social, y a crear nuevos espacios propicios al intercambio global. Y, por sobre todo, no hay ninguna excusa para la desesperación.
Red Voltaire: Le agradecemos sus esclarecedoras respuestas, profesor Scott. Le deseamos que su primer libro traducido al francés encuentre entre el público francófono el gran éxito que merece.
 | BERKELEY (ÉTATS-UNIS)  
http://www.voltairenet.org/article169349.html