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lunes, 16 de mayo de 2022

INFLACIÓN: LA COARTADA PERFECTA

 


Alfredo Apilanez

15 MAYO, 2022

 

“Los datos son negocios. Los datos son políticos. Y eso es particularmente pertinente en el caso de la inflación, porque las inflaciones son polémicas. Generan ganadores y perdedores. Por eso nos preocupamos por la inflación. Las cifras de inflación no son meramente descriptivas. Forman parte de la economía política del proceso que describen”

Adam Tooze

 

“Voy detrás de los niños todo el día apagando la luz y después de los dos facturones que llegaron en invierno, en marzo dije que no podíamos poner la calefacción. Hubo días de mucho frío, pero no la encendimos y le ponía al pequeño el pijama, el ‘body’ y el polar en casa porque es que si no, no llegábamos a la primavera. Nos ha roto el invierno”. La angustiosa declaración corresponde a Estefanía, una joven trabajadora con dos hijos cuya pareja está en paro.

Por primera vez en cuatro décadas, la inflación desbocada se ha convertido en los últimos meses en una de las preocupaciones dominantes en todos los ámbitos de la sociedad, afectando duramente a las capas más empobrecidas. La angustia de Estefanía no es ni mucho menos un hecho puntual. Según el propio BCE, el presunto guardián de la estabilidad de precios, la situación es grave, especialmente para las clases populares: “La alta inflación actual perjudica especialmente a los hogares con rentas más bajas porque los artículos con tasas de inflación muy altas, como la energía y los alimentos, constituyen una parte comparativamente grande de la cesta de consumo”.

El súbito encarecimiento del coste de la vida dificulta enormemente la subsistencia cotidiana de millones de personas en una economía global “pospandémica” aquejada de niveles inéditos de desigualdad y de tasas de pobreza impactantes. Una situación que puede devenir explosiva -una de las causas del inicio de la Primavera Árabe de 2011 en Túnez y Egipto fue la brusca elevación de los precios de los alimentos- en el depauperado y expoliado Tercer Mundo:

“El índice mundial de precios de los alimentos se encuentra en el nivel más alto jamás registrado. Golpea a los pueblos que viven en Oriente Medio y el Norte de África, una región que importa más trigo que ninguna otra. Incluso con las subvenciones del gobierno, los habitantes de Egipto, Túnez, Siria, Argelia y Marruecos gastan entre el 35% y el 55% de sus ingresos en alimentos”

Sin embargo, desde los cenáculos del poder se trata de transmitir una imagen de calma tensa: el discurso oficial afirma que se trata de un brote agudo pero transitorio, producto de una “tormenta perfecta” provocada por la “conjunción astral” de varios shocks exógenos, intensos pero fugaces: el súbito volcado al consumo de la demanda embalsada durante la parálisis pandémica (la tasa de ahorro de los hogares españoles se redujo en un 13% en el cuarto trimestre de 2021); la intensa dislocación de las cadenas de suministros generada por los recurrentes cuellos de botella en los flujos comerciales globales y la enorme convulsión en los suministros energéticos, minerales y alimentarios sobrevenida a raíz de la guerra en Ucrania. Ninguna conexión por tanto, según el relato dominante, entre la inflación disparada y la devastación ambiental o el agotamiento acelerado de los pilares energético-materiales de nuestra sociedad depredadora, ni tampoco con las graves falencias estructurales que afectan a la espasmódica reproducción de capital desde hace décadas. Se trata únicamente de un sobresalto, grave pero accidental, en el “imparable” retorno a la senda de crecimiento tras el shock pandémico. Los “cisnes negros” de la guerra y la pandemia serían los únicos culpables de la brusca aceleración de la inflación de precios y de los peligros que se ciernen sobre la ansiada “vuelta a la normalidad”: agudo empobrecimiento de la población, con el consiguiente riesgo de recesión debido a la contracción del consumo; endurecimiento de la política monetaria y subida inminente de los tipos de interés, incrementando el riesgo de un súbito colapso de la colosal montaña de la deuda global; pánico de los ahorradores y rentistas, que asisten impotentes a la depreciación de sus “capitalitos”, y el resto de jinetes del Apocalipsis que desencadena la “bestia” inflacionaria (”el peor de los males que puede aquejar a una sociedad”, Milton Friedman dixit).

Mientras tanto, los gestores de la fábrica de dinero -la cúspide del poder global, coronada por la Reserva Federal y su billete verde- contienen la respiración atribulados ante una coyuntura que genera la peor de las pesadillas a los celosos “guardianes de la estabilidad de precios”: el espectro de la inflación desbocada acechando por el horizonte. El desconcierto y los vaivenes son continuos y las nerviosas invocaciones a la transitoriedad y excepcionalidad del momento de las prudentes “palomas” se alternan con los amenazadores augurios de los “halcones”, partidarios de endurecer drásticamente la política monetaria, en una pugna simulada que no logra ocultar la incapacidad del discurso dominante de dar cuenta del inusitado fenómeno.

Michael Roberts describe la desorientación de la ortodoxia: “La teoría económica dominante está ‘desconcertada’. De hecho, el miembro de la junta del BCE Benoit Coeure comentó recientemente: ‘La teoría económica está luchando con la teoría de la inflación. Los agregados monetarios y el monetarismo han sido abandonados y con razón. Las explicaciones de holgura doméstica (la curva de Phillips) han sido atacadas pero todavía sobreviven mal que bien’. Y Janet Yellen, ex presidenta de la Reserva Federal de EEUU comentó: ‘Nuestro marco para comprender la dinámica de la inflación podría estar ‘mal definido’ de manera fundamental’”. Un botón de muestra del grado de sofisticación esotérica de la cruzada antiinflacionaria de los money makers lo representa el hecho de que la teoría dominante está basada principalmente en las evanescentes “expectativas de inflación”, es decir, en hipótesis especulativas sobre el comportamiento futuro de los agentes. Como resumía Ben Bernanke, gobernador de la FED en plena vorágine del cataclismo de 2008: «un prerrequisito esencial para controlar la inflación es controlar las expectativas de inflación». Estamos sin duda en buenas manos.

Tampoco es ajena a tamaño desconcierto la manifiesta impotencia de las herramientas habituales antiinflacionarias de la banca central -restricción de liquidez al sistema financiero y elevación brusca de los tipos de interés- ante la convulsa coyuntura actual. Con los precios de los alimentos y de la energía disparados por el shock de oferta agudizado por la guerra en Ucrania -al que no es en absoluto ajeno el peak everything de energía y materiales que se agrava vertiginosamente a medida que el capitalismo desbocado choca con los límites biofísicos del planeta- los cancerberos del capital financiero se debaten entre Escila y Caribdis: obedecer inmediatamente su sagrado mandato antiinflacionario, retirando la política monetaria expansiva implantada masivamente tras el shock pandémico, con el riesgo de provocar una aguda recesión -la política monetaria es totalmente ineficaz ante los shocks de oferta, incluso tiende a agravarlos al destruir miles de empresas zombis endeudadas hasta las cejas reduciendo la oferta de productos y servicios e incrementando los precios-, o esperar impávidos a que se calmen las aguas, apelando a la transitoriedad del fenómeno, sin tomar medidas demasiado drásticas para no truncar la ansiada recuperación mientras los índices de precios escalan a niveles intolerables. Como mandan los cánones, el capo di tutti capi de Wall Street ya ha marcado el camino a seguir emprendiendo con decisión el endurecimiento de la política monetaria. Su lacayo de Frankfort, siempre más premioso e indeciso, no tardará en seguir la misma senda. Recordemos que el único mandato del Banco Central Europeo es un objetivo de inflación alrededor de un 2% y la cifra mágica ha sido largamente desbordada en los últimos meses: actualmente se halla en un impactante 7,5%, récord histórico desde el inicio de la circulación de la moneda única en 2002, desbordando una vez más los sistemáticamente fallidos pronósticos de los gurús de la criatura de Frankfort.

Ante esta situación de emergencia permanente en la que se halla el capitalismo espasmódico y el cúmulo de confusionismo imperante, se agolpan los interrogantes:¿cuáles son las causas reales del desbocado aumento de los precios que presenciamos actualmente? ¿Se trata de un brote agudo pero breve o estamos ante un cambio de paradigma en relación con la época de inflación contenida de las últimas décadas? ¿Cuáles serían, en definitiva, las razones de fondo que subyacen a la proclamación de la “estabilidad de precios” como primer mandamiento de las políticas neoliberales y como objetivo prioritario de la política monetaria de la banca central moderna?

La coartada perfecta

«La inflación es una enfermedad, una peligrosa y a veces fatal enfermedad que, si no es controlada a tiempo, puede destrozar una sociedad»

Milton Friedman

«La inflación es como un ladrón en la noche»

William Mcchesney Martin, gobernador de la Reserva Federal

No existe concepto más neurálgico en el núcleo de la ideología económica dominante en el último medio siglo que el de la omnipresente lucha contra la inflación. El “ladrón en la noche” deviene el hilo conductor que recorre todos los estratos de la ortodoxia teórica y del discurso político y mediático de los, como le gustaba decir a Marx, «espadachines a sueldo» del capital.

En el capítulo titulado «¿Cómo curar la inflación?» de su exitosa serie televisiva «Libre para elegir», el gurú neoliberal Milton Friedman se recrea, apareciendo repetidas veces con la impresora de billetes en la cámara acorazada de la Reserva Federal, en la idea del dinero como stock, que se vuelca irresponsablemente a la economía por el gobierno despilfarrador provocando inflación –«el peor de los males»– y miseria rampantes. Recordemos asimismo la célebre metáfora de Marshall, uno de los padres fundadores de la ortodoxia económica, que representa la esencia de la superchería dominante acerca del dinero-lubricante, con funciones meramente circulatorias de facilitador de los intercambios: «Una máquina no puede funcionar a menos que se engrase, de lo que un novicio pudiera inferir que cuanto más aceite se ponga mejor funcionará, pero, en realidad, si se pone más aceite del necesario la máquina quedará obstruida».

A partir de esta concepción mitológica del dinero como mero lubricante de los intercambios -en realidad, el 95% del dinero circulante es deuda creada del puro aire por la banca privada para la financiación de la acumulación y de las colosales burbujas de activos-, la “teología” económica edifica un monumental corpus teórico en aras de legitimar la embestida furibunda contra el Welfare State y las condiciones de vida de la clase trabajadora del último medio siglo. El monetarismo de Friedman -”una maldición terrible, un conjuro de espíritus malvados”, en la horrorizada descripción de Nicholas Kaldor- es la pseudoteoría que sirve de legitimación al encarnizamiento terapéutico neoliberal y la cruzada inflacionaria deviene la coartada perfecta para aplicar manu militari las políticas impopulares necesarias para restablecer la tasa de ganancia del capital en los países centrales tras la crisis de los años 70. El golpe contra las finanzas públicas y la consumación del “austericidio” son los daños colaterales de la aplicación de los mandamientos supremos de la gobernanza neoliberal: la banca central “independiente” -que deja a los estados «soberanos» postrados a los pies de los caballos de los despiadados mercados financieros-; los ajustes fondomonetaristas, que aplicaron el torniquete de la deuda externa y el fórceps de la apertura de capitales a través del llamado Consenso de Washington contra los infortunados pueblos del Tercer Mundo, y, last but not least, la destrucción de los sindicatos de clase y de las organizaciones antagonistas del movimiento obrero fordista, en aras de exacerbar la sobreexplotación y la precarización laborales, imperiosamente necesarias para el abaratamiento de la fuerza de trabajo que exigía la pertinaz crisis de rentabilidad del capital.

Para comprender la obsesión inflacionaria es por tanto imprescindible leer el “subconsciente” al discurso dominante para percibir que no se trata en absoluto de un mero expediente técnico, cuya manipulación en manos de expertos es necesaria para restablecer los equilibrios económicos alterados, sino de la envoltura tecnocrática del ejercicio del poder de clase del capital en su época crepuscular. La continua invocación del miedo a la bestia inflacionaria ha sido, en definitiva, la coartada perfecta del modelo vigente, la excusa ideal para destruir la función redistributiva del Estado y para otorgar sustrato pseudocientífico al sacrosanto mandamiento de las políticas de austeridad y de la agresión antiobrera. Como en la fábula de «Pedro y el lobo», la continua apelación al espectro inflacionario -durante décadas, los oráculos de la banca central han errado sistemáticamente en sus intentos de alcanzar su sagrado “objetivo de inflación”- ha servido de coartada a la aplicación del encarnizamiento terapéutico neoliberal, pero cuando el “ladrón en la noche” ha hecho realmente acto de presencia con estrépito, los cancerberos de la estabilidad de precios estaban totalmente desprevenidos.

Moreno describe la agenda oculta del culto al tótem inflacionario:

«El control de la inflación ha sido la trampa del modelo económico vigente. Y, como muestra de ello, basta revisar los datos de la distribución del ingreso en todos los países que han seguido la norma: en todos se ha ampliado la brecha entre ricos y pobres, con la omnipresente coartada del cuidado de los precios».

Así pues, para comprender cabalmente el marco histórico-político en el que se desarrolla la cruzada inflacionaria es necesario abandonar las supercherías del discurso del capital y ampliar el foco para iluminar los procesos reales que propulsan la desigualdad y el empobrecimiento rampantes de las clases populares. ¿Realmente representa el brote inflacionario en curso el factor clave para explicar el deterioro del poder adquisitivo de las clases populares o existen otros ámbitos ocultos donde se desarrolla desde hace décadas la expropiación imparable de los medios de subsistencia de los que dependen únicamente de la venta de su fuerza de trabajo? O, dicho de otro modo, ¿qué es lo que ocultan y cuáles son las consecuencias reales de las políticas neoliberales aplicadas por la dirigencia capitalista con la coartada de la cruzada inflacionaria?

Las inflaciones ocultas

«Se trata de vendarnos los ojos y de suscitar el temor a la inflación para justificar el mantenimiento del “ejército de reserva”, arguyendo que se intenta evitar que los salarios inicien una espiral “salarios-precios”. Curiosamente, nunca se oye hablar de una “espiral renta-precios” ni de una “espiral intereses-precios”, aunque esos costos también se deben tener muy en cuenta al fijar los precios»

William Vickrey

Toda la “matraca” de la cruzada inflacionaria que presenciamos actualmente oculta en realidad las causas profundas de la espiral alcista de los precios de los productos básicos que sufre la clase trabajadora mientras mantiene al mismo tiempo en la penumbra los ámbitos donde realmente se desarrolla de forma más aguda desde hace décadas el deterioro de las condiciones de vida de las clases populares y la propulsión de la desigualdad social.

Hay dos graves omisiones que revelan la inconsistencia de las explicaciones ortodoxas de la inflación y de las políticas aplicadas para combatirla, desvelando asimismo su función meramente ideológica de cobertura pseudoteórica de las agresiones antiobreras de las políticas neoliberales: el papel neurálgico de la tasa de ganancia y las inflaciones «ocultas».

En primer lugar, se oculta sistemáticamente el papel clave de la tasa de beneficio -y con ella, del conflicto esencial del capitalismo entre comprador y vendedor de fuerza de trabajo- en la fijación de precios, más aun en los mercados oligopólicos que dominan los sectores productores de bienes y servicios básicos- v.gr. el aberrante sistema de fijación del precio de la electricidad en España, que ha provocado su desbocada escalada reciente-. A lo anterior se suman el papel de amplificador que tiene en la fijación del precio mundial de los alimentos y de las fuentes de energía el casino financiero y la creciente financiarización de los beneficios de las grandes multinacionales: «La baja rentabilidad en los sectores productivos de la mayoría de las economías ha estimulado el giro de las ganancias y la acumulación de efectivo de las empresas a la especulación financiera. El principal método utilizado por las empresas para invertir en este capital ficticio ha sido recomprar sus propias acciones». Las apuestas especulativas realizadas en los mercados de futuros y de commodities de Chicago y Londres, propulsadas por la inundación de liquidez de la política monetaria expansiva de los bancos centrales, disparan los precios de los bienes de los que depende la subsistencia de los parias de la tierra. Las abultadas cuentas de resultados de las grandes corporaciones, enfocadas en el reparto de suculentos dividendos y en el “retorno al accionista”, y las dimensiones mastodónticas del capital ficticio especulativo que fagocita aceleradamente la riqueza global son por tanto los culpables principales de la escalada de precios que amenaza con imposibilitar la subsistencia cotidiana de millones de desheredados de los frutos del bienestar capitalista.

Roberts estima en cerca de la mitad -otras estimaciones incluso lo superan- el peso del ascenso desorbitado de los beneficios empresariales tras la pandemia en el brusco incremento de la inflación que aqueja a la economía imperial: “Justo antes de la pandemia, en 2019, las corporaciones estadounidenses no financieras obtuvieron alrededor de un billón de dólares al año en beneficios, más o menos. Esta cantidad se había mantenido constante desde 2012. Pero en 2021, estas mismas empresas ganaron alrededor de 1,73 billones de dólares al año. Esto significa que el aumento de los beneficios de las empresas estadounidenses representa el 44% del aumento inflacionario de los costes. Sólo los beneficios de las empresas están contribuyendo a una tasa de inflación del 3% en todos los bienes y servicios en EEUU”. Estos precios acrecentados están por lo tanto asociados a la urgencia por recomponer la pérdida de rentabilidad acaecida durante la fulminante pero breve recesión provocada por la pandemia. Como resume Michel Husson: “La inflación resulta principalmente de la voluntad de las empresas de enderezar su tasa de beneficio si ella es inferior al nivel que desean».

Estamos ante el “elefante en la habitación” del discurso tecnocrático de la ideología dominante: la inflación no es un mero resultado aséptico de la interacción de factores objetivos -demanda de los consumidores, costes de producción, cantidad de dinero en circulación, etc.- sino la expresión palmaria del conflicto insoluble por la apropiación del excedente económico entre el trabajo y el capital. Y no parece necesario aclarar quién se lleva el gato al agua: la clave de la comprensión de la inflación y de las políticas para combatirla reside, en definitiva, en preguntarse quién está en condiciones de establecer precios -fijando por tanto el margen del que surge la rentabilidad del capital- en el capitalismo realmente existente. Estamos ante la pregunta “maldita” para la ortodoxia de la teoría económica burguesa. Astarita describe el núcleo de la ocultación: “todo está orientado para que un estudiante se reciba de economista sin haberse preguntado jamás de dónde y cómo surge la ganancia del capital. En última instancia, se trata de la ‘pregunta maldita’ para la economía política burguesa. Y al arte de este ocultamiento, se le llamará ciencia económica”.

La historia reciente demuestra fehacientemente lo anterior: la ardua y precaria recuperación de la tasa de ganancia tras la crisis de los años 70 se logró a través de la inflación de precios y de la agresión antiobrera perpetrada a lo largo del primer embate de las políticas neoliberales. La derrota absoluta de la clase trabajadora en los años 80 permitió que las tasas de ganancia aumentaran y que la inflación en los países centrales disminuyera en los años siguientes: “La caída de la inflación en las últimas décadas tuvo como telón de fondo una fuerte ofensiva del capital sobre la clase obrera y los movimientos populares (…) Esto es, incrementar el disciplinamiento del trabajo a la lógica del mercado y el capital, en respuesta a la crisis de sobreproducción y rentabilidad de los 1970. La reacción monetarista fue su expresión”.

Nicholas Kaldor desvela la agenda oculta tras la cruzada inflacionaria de los años setenta: «La subida de tipos de interés y los recortes brutales de gasto habían derrotado a la inflación reduciendo la demanda. Era pues la contracción en la producción y el empleo lo que había derrotado a la inflación. El control de la oferta monetaria y la lucha contra la inflación no eran más que unas convenientes cortinas de humo que daban una coartada ideológica para medidas tan antisociales».

Destacar el papel clave del conflicto de clases esencial al sistema de la mercancía en la fijación de precios proporciona asimismo la explicación del «misterio» de la ausencia absoluta de inflación tras la debacle financiera de 2008, cuando la tasa de beneficio se recuperó con la misma rapidez que actualmente y los bancos centrales insuflaron colosales manguerazos de liquidez a un sistema financiero exánime: la sobreexplotación laboral y el austericidio, que caracterizaron el embate del capital tras la crisis subprime, deprimieron el nivel salarial y engordaron el “ejército de reserva” sin necesidad de subir los precios. Josh Bivens aclara el agudo contraste entre los dos shocks:

“En recuperaciones anteriores, el crecimiento de la demanda interna fue lento y el desempleo fue elevado en las primeras fases de la recuperación. Esto llevó a las empresas a desesperarse por obtener más clientes, pero también les dio la ventaja en la negociación con empleados potenciales, lo que condujo a un crecimiento moderado de los precios y a la contención de los salarios. Esta vez, la pandemia disparó la demanda en los sectores duraderos y el empleo se recuperó rápidamente, pero el cuello de botella para satisfacer esta demanda en el lado de la oferta no fue en gran medida la mano de obra . En cambio, fue la capacidad de envío y otras carencias no laborales. Las empresas que tenían oferta disponible cuando se produjo el aumento de la demanda provocado por la pandemia tenían un enorme poder de fijación de precios frente a sus clientes”.

En resumen, mientras que tras el colapso de Lehman Brothers la rápida recuperación de la tasa de ganancia del capital se realizó a través del mecanismo clásico del aumento de la tasa de explotación, actualmente se ha producido principalmente mediante la inflación de precios en un entorno de fuerte aceleración de una economía global espasmódica.

La configuración descrita agudiza hasta extremos inauditos las contradicciones de la matriz de rentabilidad del capitalismo desquiciado. La propulsión de los niveles de desigualdad y de pobreza provocada por el torniquete de las políticas neoliberales genera una, potencialmente autodestructiva, contradicción en la capacidad de reproducción ampliada del capitalismo neoliberal: ¿Cómo puede mantenerse la tasa de ganancia del capital ante la intensa depresión del consumo de las masas que podrían provocar los lacerantes niveles de desigualdad y el empobrecimiento de amplias capas de la población? La respuesta es la clave de bóveda de la política del capital en el último medio siglo: la deuda a muerte y la inflación de activos -las inflaciones ocultas- son los ámbitos donde se extrae la parte del león de la ganancia del capital que mantiene la maquinaria depredadora en funcionamiento.

Tras el colapso de 2008, la maltrecha tasa de ganancia de las grandes corporaciones, financieras y no financieras, no se ha restablecido a través de la inflación de precios, como en la primera fase neoliberal de los años 70, sino a través de la inflación de activos y de la expansión descontrolada de la deuda y del castillo de naipes del casino financiero global. Sobreexplotación laboral y deuda «a muerte», por un lado, y capital ficticio desbocado, por el otro, representan por tanto las dos caras de la moneda de la aberrante matriz de rentabilidad del capitalismo desquiciado.

Roberts describe la estrecha conexión entre la inundación de liquidez en el casino financiero con el dinero fresco del rescate realizado por los bancos centrales tras la debacle de 2008 -la taumatúrgica QE, que significó el salvamento del sistema financiero global- y la agudización de la desposesión rentista de las clases populares mediante el incremento astronómico del precio de los activos financiero-inmobiliarios:

“Pero las tasas de inflación no aumentaron cuando los bancos centrales inyectaron trillones en el sistema bancario para evitar un colapso durante la crisis financiera mundial de 2008-9 o durante la pandemia de COVID. Todo ese crédito monetario procedente de la ‘flexibilización cuantitativa’ acabó siendo una financiación a coste casi nulo para la especulación financiera e inmobiliaria. La inflación tuvo lugar en los mercados de valores y de la vivienda, no en las tiendas”.

Tal configuración patológica del capitalismo actual desmiente de raíz el mito esparcido por doquier por los «espadachines a sueldo» del capital de que la inflación de precios es la mayor pesadilla de la banca y de los tiburones de las finanzas globales al deprimir los tipos de interés reales -la banca, como prestatario, sufriría graves pérdidas al depreciarse el valor del dinero de los préstamos con tipos de interés reales negativos, tras descontar la inflación desbocada al tipo nominal-.

Lo anterior es sin embargo una falacia que oculta los ámbitos reales donde se desarrolla el negocio cautivo y enormemente lucrativo de la fábrica de dinero en manos privadas. La rentabilidad de la banca -como demuestran las mareantes cifras de beneficios que obtiene sistemáticamente- no depende principalmente del diferencial de tipos de interés entre préstamos y depósitos sino de su papel neurálgico en el casino financiero global. Lapavitsas destaca el punto esencial de la transformación de la banca en un actor especulativo, el detonante del crack de 2008: «La banca tradicional contrasta con la banca titulizada, en tanto que la primera consiste en el negocio de hacer préstamos y contraer deudas y su principal fuente de financiación son los depósitos a la vista garantizados; mientras que la segunda consiste en el negocio de la colocación y reventa de los préstamos y su principal fuente de financiación son los acuerdos de recompra. Mientras que un pánico bancario tradicional equivale a una retirada masiva de depósitos, un pánico bancario de un banco titulizado equivale a la retirada masiva de acuerdos de recompra (repos)».

Las privatizaciones de servicios esenciales (agua, gas, electricidad, telecomunicaciones), características del masivo proceso de expropiación de los «comunes», financiado y promovido activamente por la banca privada, han representado asimismo otra enorme punción de la riqueza social, destinada a engrosar las cuentas de resultados de los oligopolios energéticos y de la gran banca: el incremento exponencial de los precios energéticos que presenciamos actualmente dispara los suculentos beneficios de la banca privada, accionista mayoritario de los mismos.

Y por si lo anterior fuera poco, el negocio bancario actual está garantizado por las políticas -totalmente ajenas al sacrosanto libre mercado competitivo- de salvamento permanente a cargo del banco central, el prestamista de última instancia, el mamporrero del sistema financiero privado, y por el privilegio exorbitante del monopolio de la financiación de los estados, fuente de pingües beneficios y pilar maestro de la completa amputación de la soberanía nacional. La fábrica de dinero privada no tiene por tanto que preocuparse demasiado por los bruscos vaivenes inflacionarios: su privilegiada posición, en la cúspide del gran capital corporativo, y su abultada cuenta de resultados están a buen recaudo.

La configuración anterior, profundamente rentista y parasitaria, de la matriz de rentabilidad del capitalismo realmente existente tiene un inicuo efecto en los ámbitos reales donde se desarrolla de forma cada vez más aguda la expropiación y el empobrecimiento de las clases trabajadoras: las inflaciones ocultas.

El desproporcionado crecimiento de los precios de los activos inmobiliarios -piedra miliar, a pesar de los desastres recientes, del modelo productivo de la piel de toro- no se refleja en absoluto en el índice de precios al consumo, al considerarse la vivienda, en las estadísticas de la contabilidad nacional, un bien de inversión: la acusada revalorización del mercado de los últimos años no sólo no es preocupante para los guardianes de la estabilidad de precios, sino que, bien al contrario, es una señal de la buena marcha de la economía a través del «efecto riqueza» que genera en el patrimonio de sus propietarios, que representan la mayoría silenciosa que sustenta el bloque dominante en el sistema partitocrático vigente. Sin embargo, los abultados intereses de las hipotecas sí son gasto puro, aunque no estén incluidos tampoco en el IPC al no ser etiquetados como gastos de consumo sino financieros. Marx se refería a esta extracción de rentas financiero-inmobiliarias como una explotación secundaria: “Trátase de una explotación secundaria, que discurre a la sombra de la explotación primaria, o sea, la que se realiza directamente en el mismo proceso de producción”. Para más inri, el gasto en alquiler (un 2,5% en la cesta de la compra que sirve de base para el cálculo del IPC) está enormemente infravalorado al ser abrumadoramente mayoritario –un 80% del total– en España el parque de vivienda en propiedad. La subida del 40% del alquiler en las grandes ciudades españolas en el último lustro, que afecta agudamente a la subsistencia cotidiana de las capas más humildes de la clase trabajadora, sólo se refleja de forma mínima en el IPC. Por lo tanto, el principal ámbito de desposesión y expropiación financiera de las clases populares resulta totalmente ignorado por los «guerreros de la inflación». No se trata obviamente de un hecho casual: no se ve lo que no se quiere mirar.

En palabras de Michael Hudson, «se trata de convertir a la economía toda en una enorme colección de puestos de peaje», a mayor gloria de la profusa provisión de rentas encauzada hacia los que «se enriquecen mientras duermen». Las crecientes cargas financieras derivadas de las astronómicas deudas pública y privada representan asimismo un ámbito oculto de expropiación de riqueza real de las clases populares a través de los precios inflados de los bienes y servicios, debido a los abultados flujos de intereses sufragados por los productores. Una máquina de succión que potencia las elevadísimas cotas que alcanza actualmente la desigualdad social: se estima que únicamente el decil superior de las escalas de renta y de riqueza patrimonial percibe ingresos netos de intereses y demás rentas financieras, mientras que el 90% restante son pagadores netos –incluso los que no tienen ningún producto financiero ni crédito bancario-. La inflación de rentas inmobiliarias, los masivos costes financieros sufragados y la privatización absoluta de todos los ámbitos decisivos para la subsistencia cotidiana de las clases populares han sido desde hace medio siglo los mecanismos de extracción de riqueza de abajo hacia arriba que han desembocado en el actual panorama de desigualdad y pobreza rampantes. Todo ello, ni que decir tiene, con la entusiasta bendición de los aguerridos guerreros contra la inflación.

Así pues, más allá del omnipresente debate acerca de si el brote inflacionario actual es temporal o duradero, o incluso de si estamos en la antesala de un periodo de deflación por la reducción del consumo y la depresión inducida que desencadenará el brusco giro de la política monetaria de la fábrica de dinero, lo realmente relevante es que la matriz de rentabilidad del capitalismo desquiciado seguirá extrayendo caudalosos flujos de la expropiación financiera y rentista de las clases populares a través de las inflaciones ocultas y de la sobreexplotación laboral, absorbiendo a borbotones la escasa porción de la riqueza social recibida por quienes se ganan el pan con el sudor de su frente. Por lo tanto, resulta perentorio disipar las cortinas de humo de los espadachines a sueldo del capital, cuyas cínicas apelaciones a la excepcionalidad de los agudos conflictos actuales y su ilusoria confianza en la posibilidad de la ansiada vuelta a la normalidad, no son más que cantos de sirena que pretenden ocultar el hecho desnudo de que sólo la superación de este modo de organización de la vida humana depredador y suicida permitirá la consecución de un orden social racional en un planeta habitable.

Fuente: https://trampantojosyembelecos.wordpress.com/2022/05/15/inflacion-la-coartada-perfecta/#more-2756

 

domingo, 6 de febrero de 2022

“LAS ENTRAÑAS DE LA BESTIA. LA FÁBRICA DE DINERO EN EL CAPITALISMO DESQUICIADO” DE ALFREDO APILÁNEZ

Primera versión en Rebelión el 15 de enero de 2022

Nunca antes en la historia había sido tan brutal el desajuste entre la capacidad tecnológica del ser humano para generar bienes y servicios y la miseria extrema de gran parte de la población mundial. Las entrañas de la bestia. La fábrica de dinero en el capitalismo desquiciado surge de la constatación de esta situación, indaga sus causas y rastrea su historia, poniendo en evidencia el papel crucial de los modos de producción y circulación del dinero en la gestación del desastre. Este enjundioso a la par que ameno y revelador trabajo nos demuestra que, más allá de los cuentos de hadas que proliferan, la economía tiene potencial teórico para explicar con contundente rigor los procesos esenciales que modelan nuestro mundo.

Alfredo Apilánez (Gijón, 1966) es un raro y erudito economista que no vende sus conocimientos a la reproducción del capital, sino que los dedica a la labor ímproba e imprescindible de desvelar sus argucias y desnudar los mecanismos por los que nos ha traído hasta aquí. En su blog Trampantojos y embelecos fustiga sin desmayo las falacias de los sicarios del sistema, al igual que lo hace en sus contribuciones en medios alternativos, en charlas, conferencias y simposios. El que nos ocupa es su primer libro, fruto de cinco años de investigación en el ámbito de la economía monetaria y acaba de ser editado por Dado Ediciones en 2021. Alfredo Apilánez es además activista en movimientos sociales y objetor a los bancos, faceta esta última, no exenta de inconvenientes, con la que nos demuestra cada día que es posible vivir sin colaborar con el crimen organizado.

La introducción del libro enfoca el problema. Se trata de comprender los mecanismos que hacen posible la situación actual, un proceso degenerativo de desigualdades crecientes con perspectivas fatales. Indagar las causas del desastre ha de requerir un análisis de la evolución de la acumulación del capital en las últimas décadas y del auge desenfrenado de las actividades financieras, el bloqueo de las productivas y las dificultades crecientes para la regeneración del sistema. Como se verá, la generación de dinero y deuda por agentes privados juega un papel esencial en esta dinámica. Éstas son las entrañas de la bestia, que han de permanecer bien ocultas para que la gente lo ignore todo sobre los procesos que rigen su vida y todo siga igual.

La Reserva Federal toma el poder para la banca privada

En las sociedades precapitalistas, el dinero coexistía con una economía no monetaria de enorme extensión. Por otra parte, sólo en el capitalismo el poderoso caballero se convirtió en capital, al ser avanzado para obtener un beneficio a través de la explotación de las clases asalariadas. De esta forma, pasó a ser la herramienta mediante la cual se ejerce el poder sobre aquellos cuya única opción de subsistencia es la venta de su fuerza de trabajo. Esta visión contrasta frontalmente con la teoría del “dinero-lubricante” de la economía ortodoxa, para la cual éste sería tan sólo un stock creado por un banco central y recluido en la esfera de la circulación para agilizar las transacciones.

La evolución del capitalismo pone de manifiesto un proceso ineluctable de reducción de la economía productiva y de agigantamiento del sector financiero, imposible de revertir. Los hitos históricos principales de este proceso son analizados en detalle. La polémica en Inglaterra entre los partidarios del patrón oro, como David Ricardo, y los defensores del crédito privado, se saldó con el triunfo de estos últimos, consolidado al otro lado del Atlántico en 1913 con el nacimiento de la Reserva Federal, la institución “independiente” que afianzó el poder de la banca privada para producir dinero “de la nada”. La descripción del proceso nos deja boquiabiertos porque en esencia se trata de una máquina succionadora de toda la riqueza social en manos de la banca privada. Nada menos que el 95% del dinero circulante es creado por ésta a través de la generación de préstamos, dato que constituye el secreto más relevante y mejor guardado de nuestro mundo.

De la crisis del 29 al neoliberalismo

La Fed actuó al unísono con el gobierno estadounidense durante la Gran Guerra para financiar generosamente el gran proyecto geopolítico que ésta supuso para los norteamericanos, y en 1918 el dólar era ya la moneda de reserva mundial. Poco después, la especulación desaforada de los “felices 20” generó una burbuja financiera que estalló de forma  trágica en 1929 y abrió paso a la Gran Depresión. La recuperación llegó de la mano del “New Deal” de Roosevelt, con políticas fiscales y monetarias que reactivaron la economía, pero al no atacar la base del sistema fueron incapaces de acabar con la sobreacumulación de capitales y el subconsumo.  Sólo la devastación de la segunda Gran Guerra hizo posible una titánica regeneración del tejido industrial y productivo durante los “30 gloriosos” que convirtió esta época en máximo exponente de “capitalismo equilibrado” para los economistas del ala izquierda del sistema, de Stiglitz a Varoufakis.

Apilánez defiende sin embargo que la prosperidad de estos años es engañosa, pues se circunscribe al Primer Mundo y se basa en una explotación brutal del Sur global. Argumenta además que esta era de bonanza es consecuencia de un momento histórico excepcional e irrepetible, ligado en gran parte a la reconstrucción de lo destruido durante la guerra, que terminó en cuanto la economía norteamericana y las tasas de ganancia en los países occidentales entraron en declive. Fue entonces cuando arrancó la financiarización galopante, plan de choque que consistió en realidad en que el resto del mundo pagara los números rojos de una economía norteamericana dispuesta a succionar toda la riqueza del planeta con su alquimia financiera. Los detalles del robo expuestos en Las entrañas de la bestia son estremecedores.

El “Nixon Shock” de 1971 fue un primer impulso en esta dirección, al liberar el dólar de su sujeción al oro, y en 1979 el “Volcker Shock” (por Paul Volcker, presidente de la Fed a la sazón) dio la puntilla con una subida estratosférica de los tipos de interés que arruinó países y disparó el desempleo por doquier, pero logró plenamente canalizar la riqueza global hacia la potencia imperial. En Europa surge en 1992 el Banco Central Europeo (BCE) como una copia depurada de la Fed y con el objetivo, escondido tras palabrería biensonante, de promover desregulaciones y privatizaciones y enriquecer a la banca privada en perjuicio de los estados soberanos.

La economía neoliberal estaba en marcha y su dinámica financiera enloquecida, incapaz de mantener la acumulación de capital, conoció crisis sin cuento que la Fed y el BCE capearon con inyecciones masivas de dinero. No obstante, no es posible insuflar energía a un organismo muerto, y un análisis de los resultados reales de estas estrategias muestra su impotencia para reactivar la economía. Sí que sirvieron sin embargo para salvar bancos y socializar sus pérdidas (Robin Hood al revés). La situación actual se caracteriza por una expansión del capital ficticio y el endeudamiento, que parasitan un trabajo productivo cada vez más exiguo. La consecuencia son condiciones extremas de desigualdad, explotación e inestabilidad por todo el cuerpo económico.

Los “mamporreros” del sistema

Al publicitado aparato teórico e ideológico que legitima el sistema se dedica otro capítulo revelador. La clave de bóveda de este edificio presuntuoso resulta ser una cruzada contra la inflación, proceso que se interpreta en términos terroríficos desde una visión sesgada del dinero como flujo. Esto sirve para justificar la estabilidad presupuestaria y el cruel cerrojazo a las políticas sociales. Los Chicago Boys tomaron el timón en los 70 para conjurar el fracaso del modelo keynesiano, generador de estanflación en aquel momento, con sus medidas monetaristas de guerra a la inflación y el gasto público. Sin embargo, tras esta fachada, la expansión sin trabas del casino financiero es en realidad un intento desesperado del capital por restablecer su tasa de ganancia, en caída libre con el declive de la economía productiva.

Conocemos también a los mamporreros institucionales. El caso de la India resulta emblemático, con la imposición en los 90 por el ariete del Consenso de Washington (BM, FMI, OMC) de las habituales reformas estructurales y privatizaciones que provocaron el suicidio de cientos de miles de campesinos arruinados. Pero ésta es sólo una faceta de una tragedia global; según un investigador de la ONU: “El mercado de los alimentos se ha convertido en un casino por una única razón: hacer que Wall Street gane todavía más dinero.” Para redondear el negocio, la nueva Lex mercatoria pone a los estados de rodillas ante las multinacionales, reduciendo a la impotencia a las instituciones democráticas y creando una situación que puede ser definida propiamente como “fascismo financiero” según de Sousa Santos.

Otros ejemplos de estas prácticas son la aplicación de la doctrina del Shock en el cono sur a partir del golpe de Pinochet en 1973, buena muestra de cómo todos los fascismos convergen, la renuncia de Mitterrand en 1982 a las medidas socialdemócratas con las que había llegado al Elíseo un año antes, o las claudicaciones similares de Zapatero en 2010 y Tsipras en 2015. Todos estos casos retratan a las claras el puño de hierro del fascismo financiero y las escasas opciones que existen de reformar el sistema.

Estrategias para el futuro

Leer en la actualidad la crítica que Rosa Luxemburg hizo al reformista Bernstein en 1899 pone de manifiesto su lucidez al anticipar la degeneración financiera del capitalismo que sufrimos hoy mismo. Sin embargo, hay que decir que la izquierda actual se encuentra volcada mayoritariamente en un reformismo institucional que, purgando el tumor financiero, habría de permitir regresar a un capitalismo productivo de rostro amable. Tras un análisis pormenorizado de las medidas estrella en este programa, como las de la Teoría Monetaria Moderna, el dinero “seguro”, la renta básica universal o diversos arbitrismos fiscales, Apilánez llega a la conclusión de que de ninguna manera estos proyectos son realistas, pues ignoran de plano el agotamiento productivo del capitalismo, el significado de su degeneración como casino global y la triste evidencia, constatable cada día, de unas instituciones democráticas impotentes ante el monstruo financiero.

Sin opciones reformistas viables, la insistencia en la vía institucional por parte de los movimientos sociales sólo puede generar frustración. Otra característica del momento presente es que ante el marasmo creado y sin capacidad teórica para atisbar su causa real, proliferan “luchas de un solo asunto”, agotadoras y estériles al no atacar el corazón del problema. Otro aspecto esencial es que la ausencia de una alternativa viable y bien planificada resulta enormemente peligrosa, pues abre el camino a chivos expiatorios y populismos del más variado pelaje.  

Cuál puede ser la alternativa entonces. Apilánez, siguiendo a Manuel Sacristán, es partidario de un realismo que huya por igual de los “cuentos de la lechera” reformistas y de los apresuramientos revolucionarios, y se concentre en “una potenciación de las plataformas populares y las luchas cotidianas surgidas de la acción colectiva, sobre el telón de fondo de una forma distinta de vivir las relaciones humanas emanada de la tradición comunista.” Se trataría de abrir grietas autogestionadas en la estructura de dominación, para derribarla y construir otro mundo. Es ésta una vía en la que el uso del dinero, como mediador del poder y la riqueza, merece ser puesto en cuestión en aras de un programa de auténtica democracia.

La obra lleva un “Posfacio pandémico”, sobre la gestión de la crisis sanitaria por los poderes públicos, caracterizada por una absoluta pleitesía al capital privado. Que ésta no es la única opción posible puede observarse en China, donde un potente sector bancario estatal reactivó exitosamente la economía productiva en un tiempo récord. Esta constatación no implica de ninguna manera adhesión al régimen político del gigante asiático.

Las entrañas de la bestia al desnudo

La economía es una ciencia muy desprestigiada y el espectáculo cotidiano de premios Nobel defendiendo tesis contradictorias contribuye mucho a que lo sea. Sin embargo, leyendo este trabajo de Alfredo Apilánez comprendemos que la guerra de relatos se debe a una razón muy simple. La proliferación de análisis erróneos o abiertamente desquiciados que caracteriza esta disciplina, predicados todos los días desde púlpitos académicos y mediáticos, se debe más que nada a que los dueños del mundo, que pagan generosamente, no pueden permitir que se conozca la verdad. Como no podía ser de otra manera, ahí están todavía los “espadachines a sueldo del capital” de los que hablaba Marx.

Leyendo este libro comprendemos que el dinero resulta ser mucho más que esos billetes y monedas que llevamos ufanos en el bolsillo y nos sirven para comprar cosas. El dinero, con su metamorfosis en capital, es la herramienta del poder para apropiarse de la vida de los seres humanos y transformarla en mercancía. Aprendemos por qué el capitalismo es monstruoso, pero también que su latrocinio es extraordinariamente inestable. Lo que oprime al mundo en este momento es una caricatura demencial del capitalismo industrial de antaño, fraguada al agotarse la actividad productiva y caer la tasa de ganancia. La proliferación de metástasis financieras que exacerba las desigualdades y destruye el planeta, es sólo un intento desesperado y vano de restituir esa tasa de ganancia. No hay ninguna esperanza de que el genio maligno pueda ser devuelto a la botella y la construcción de un mundo donde merezca la pena vivir pasa necesariamente por acabar con él.

Las entrañas de la bestia arroja luz sobre misterios que los más poderosos tienen enorme interés en que no conozcamos. Por su lenguaje incisivo y su tratamiento riguroso, y hay que decir que ameno, a pesar de la aridez de muchos asuntos, el libro se lee con la emoción de una revelación. Los hitos y conceptos que han configurado nuestro mundo son diseccionados con pasión y agudeza y de este modo se consigue que nuestra forma de ver las cosas cambie completamente. Hay que destacar además la profusión de citas esclarecedoras de otros autores, y de notas a pie de página. Y por si esto fuera poco, al final del texto un glosario y una amplia bibliografía comentada nos aportan la posibilidad de contrastar en otras fuentes lo leído y ampliar nuestra visión. De esta forma, Las entrañas de la bestia se convierte en puerta a un sinfín de lecturas sobre estos aspectos decisivos, pero muy mal conocidos.

Conscientes de lo que hay, no nos queda otra que emprender camino hacia la reconstrucción de lo humano al margen del sistema monstruoso tejido para engañarnos. Sin embargo, nada de esto será posible sin saber bien a qué nos enfrentamos. Gracias, pues, a Alfredo Apilánez por el viaje revelador que nos ofrece en este libro a las mismísimas entrañas de la bestia.

Fuente: http://www.jesusaller.com/las-entranas-de-la-bestia-la-fabrica-de-dinero-en-el-capitalismo-desquiciado-de-alfredo-apilanez/

 


martes, 22 de diciembre de 2020

EL DINERO EN LA PANDEMIA: RESCATE FINANCIERO VERSUS “RESCATE” SOCIAL

 


por Alfredo Apilanez, aapilanez

22 diciembre, 2020

 

“Un sistema que, cuando tiene problemas, excluye de una vida digna a la mitad del planeta y que soluciona los que tiene amenazando a la otra mitad, funciona sin duda perfectamente, grandiosamente, con recursos y fuerzas sin precedentes, pero se parece más a un virus que a una sociedad. Puede preocuparnos que el virus tenga problemas para reproducirse o podemos pensar, más bien, que el virus es precisamente nuestro problema. El problema no es la crisis del capitalismo, no, sino el capitalismo mismo”

Santiago Alba Rico

 

“Si el dinero fuera directamente en ayudas a estos negocios, el cierre podría ser total y se salvarían muchas vidas”. La contundente sentencia fue formulada por Josep Maria Argimon, secretario de Salud Pública de Cataluña que, inquirido acerca de la causa del enésimo incremento vertiginoso de contagios tras la reapertura económica decidida por el gobierno catalán a finales de noviembre, expresó meridianamente la contradicción esencial que simboliza la impotencia manifiesta de las políticas públicas para hacer frente al desastre sociosanitario en curso: la escisión completa entre la esfera monetaria y la fiscal o, expresado de una forma más llana, la privatización casi absoluta de la producción de dinero -incluido el presuntamente “público” del banco central- que incapacita a los Estados para implementar las masivas inyecciones de liquidez que requeriría la contención del desastre económico generado por la pandemia. Joaquín López Contreras, infectólogo del Hospital de Sant Pau de Barcelona, abunda en lo anterior: “O los gobiernos buscan dinero debajo de las piedras [sic] e indemnizan a quien sea necesario o no saldremos airosos de esta situación”.

¿Cuáles son las consecuencias, sobre la situación socioeconómica catastrófica que estamos viviendo, de esta privatización -más del 95% del dinero circulante nace como deuda generada “del puro aire” por la banca comercial- de la producción del elemento material más importante de la vida social? ¿Qué tipo de paradigma de política monetaria sustenta la infraestructura existente del sistema financiero y cuáles son las implicaciones que tiene la actual matriz de rentabilidad del capitalismo neoliberal para la capacidad de los Estados de conseguir los recursos perentorios para enfrentarse a los devastadores efectos de la pandemia en curso?

Para algunos “curanderos” monetarios las soluciones a estas candentes cuestiones serían sumamente sencillas.

“Ingresar 2000 euros por ciudadano de la zona euro costaría 750 mil millones de euros y sería un dinero mucho mejor gastado para impulsar la demanda que la liquidez masiva proporcionada por el BCE a los bancos y corporaciones zombies”

La irresistiblemente atractiva propuesta anterior, formulada por el mediático economista y exministro de finanzas griego Yanis Varoufakis -en sintonía con el colectivo para la reforma monetaria Positive Money- representa una “bala de plata” rápida y contundente para encontrar dinero “debajo de las piedras” y aliviar así la impotencia financiera de las administraciones públicas: una QE -en referencia al salvamento de la banca global a cargo del soberano monetario tras el colapso de 2008- para la gente. Se trataría de que el dadivoso banco central proveyera, a través de la creación de millones de cuentas digitales, de inyecciones directas de dinero a la población. Si los bancos centrales, tras el crac de 2008, crearon montañas de dinero público para evitar el hundimiento del sector financiero privado, ¿por qué no pueden hacer ahora lo mismo -razona, con aparente lógica, Varoufakis- con el arrasado tejido productivo por la pandemia para rescatar a millones de trabajadores y pequeñas empresas que han visto esfumarse súbitamente sus medios de subsistencia? Lo anterior, como expresaban angustiosamente los epidemiólogos catalanes, implicaría salvar miles de vidas, ya que si la economía real pudiera sostenerse con ayudas públicas a fondo perdido del banco central -y no con incrementos onerosos de la deuda pública a cargo de los desvalidos Estados- los confinamientos podrían ser más duros y los riesgos sanitarios se minimizarían.

Miel sobre hojuelas. ¿Dónde reside entonces el problema? ¿Resulta realmente plausible semejante mecanismo de activación del “árbol de dinero mágico” -similar al “helicóptero de dinero”, popularizado sarcásticamente por Milton Friedman- por parte del supremo hacedor monetario en pos de aliviar las agudas penurias de la población en pleno embate pandémico? O, en caso contrario, ¿cuáles son los mecanismos de producción e inyección en los circuitos económicos del objeto por excelencia que caracterizan al capitalismo neoliberal y que provocan ese agudo contraste entre la acuciante carencia de recursos monetarios por parte de las administraciones públicas y la exuberancia irracional de los circuitos financieros, atiborrados de liquidez fabricada “del puro aire” en las pantallas electrónicas de los bancos centrales?

Dinero infinito: el rescate financiero

“Los bancos cobran los rescates y manejan los flujos de dinero público provenientes de la flexibilización cuantitativa del BCE y de los préstamos ICO del Estado. Pero la banca nunca pierde. No hace falta que presten ese dinero para actividades productivas, lo pueden dedicar al gran casino global que se afinca en los paraísos fiscales y en los mercados de derivados. Si lo pierden, ahí estaremos para rescatarlos”

José Luis Carretero

“Su cajero automático es seguro. Sus bancos están seguros. Hay suficiente dinero en el sistema financiero y hay una cantidad infinita [sic] en la Reserva Federal”

El regusto angustioso de la declaración del presidente de la Reserva Federal de Minneapolis refleja cuál era realmente el orden de prioridades durante la apremiante urgencia de la situación generada por el shock pandémico, así como el rol neurálgico de la fábrica de dinero moderna en la contención inicial de la hemorragia.

¿Una cantidad infinita de dinero? ¿Cómo se genera y hacia dónde se dirige este maná inacabable? ¿Hasta qué punto puede insuflar, con esta masiva respiración asistida, el capo di tutti capi de las finanzas globales, cual trasunto del Doctor Frankenstein, hálitos de vida al decrépito organismo económico capitalista, sumido en una hecatombe sin precedentes? ¿Cuáles son los extraordinarios atributos de los que goza actualmente la todopoderosa banca central, que otorgan a estas oscuras instituciones el rango de centros vitales de la gobernanza del capitalismo financiarizado?

“La Fed está cambiando completamente lo que significa ser un banco central”

El rotundo titular de The Wall Street Journal evidencia el extraordinario calibre de las medidas “no convencionales” de política monetaria activadas por la principal fábrica de dinero global. El productor monopolista del billete verde se ampara en el “exorbitante privilegio” -el papel del dólar como moneda de reserva mundial, que permite al Estado estadounidense “endeudarse sin lamentarlo”- para generar cantidades astronómicas de liquidez, en pos de sostener artificialmente -evitando de este modo la repetición del colapso súbito de 2008- los cortocircuitados flujos financieros tras el shock pandémico de marzo de 2020.

El didáctico artículo resalta el agudo contraste entre las limitadas herramientas y las prudentes políticas tradicionales de la banca central -destacadamente, el manejo de los tipos de interés y las operaciones de mercado abierto de compaventa de bonos a la banca comercial- con la panoplia casi infinita de su arsenal actual: la taumatúrgica QE, la “bala de plata” salvífica del sistema financiero global tras la crisis de 2008, palidece ante la artillería pesada activada por la Fed -con el BCE, como siempre, premiosamente a la zaga- tras el devastador impacto de la pandemia en los, totalmente desprevenidos, países occidentales.

No obstante, su función esencial no ha cambiado ni un ápice.

“El capitalismo sin bancarrota es como el catolicismo sin infierno”. La escatológica sentencia, proferida por un administrador de fondos de inversión, la refiere Cédric Durand para ilustrar la aberración contra natura en la que se halla sumido el sistema financiero actual. Si los mercados -en lo que constituye la esencia darwinista de la mitología liberal de la supervivencia de los más aptos bajo la ilusoria libre competencia- sólo pueden funcionar adecuadamente si existe una amenaza creíble de fracaso para los partícipes, que les compela a ser eficientes y a evitar riesgos excesivos, entonces, ¿cómo calificar la situación exuberante de los “mercados” financieros en la terrible coyuntura de la pandemia en curso? ¿Qué suerte de extraordinaria distorsión provoca en el organismo económico la terapia de choque implementada de urgencia por los bancos centrales?

En medio de la catástrofe sociosanitaria y del desplome de la actividad productiva, la prioridad absoluta de la dirigencia del capital ha sido reforzar los frágiles pilares del sistema financiero, comenzando por las gigantescas entidades de crédito too big to fail y por los mercados bursátiles, que amenazaban derrumbe súbito en los primeros momentos de la crisis, y continuando con el apuntalamiento de toda la miríada de entelequias de ingeniería financiera que pululan por la banca en la sombra y que ya habían provocado el desplome de 2008. La artillería pesada incluye compras masivas de bonos del tesoro a la banca comercial, de bonos corporativos a las grandes multinacionales y de todo tipo de activos titulizados por la banca privada, además de avales al préstamo comercial y de masivas inyecciones de dólares -la moneda de más del 60% de los intercambios mundiales- para sostener los flujos financieros globales. ¡La economía entera mantenida con respiración asistida por la “maquinita” de la fábrica de dinero! He aquí la función neurálgica del prestamista de última instancia: apuntalar el castillo de naipes financiero, intercambiando formidables volúmenes de deudas -muchas de ellas, sin su salvadora intervención, totalmente incobrables- por riadas de dinero fuerte surgido del “puro aire” de las pantallas de los ordenadores del supremo hacedor monetario.

El resultado era previsible.

“El martes 24 de noviembre el Dow Jones y el S&P 500 alcanzan sus máximos históricos”. Mientras el país bate récords diarios de contagios y fallecidos y la catatónica estructura productiva sigue sin dar signos de vitalidad, el casino bursátil nada en océanos de liquidez batiendo marcas históricas y engrosando las arcas del 1% de la población, propietario del 90% de los títulos bursátiles y demás activos financieros.

No parece pues que todo el organismo económico se beneficie por igual de las tempestades de dinero levantadas por el soberano monetario.

Cédric Durand detalla el orden de prioridades:

“En un mundo donde la actividad está colapsando, los bancos centrales son el seguro a todo riesgo para los inversores. Protegen el patrimonio financiero al apoyar directa e indirectamente el valor del conjunto de los activos financieros. Proporcionan una antevalidación política del capital ficticio porque los beneficios esperados para el futuro son de alguna manera garantizados por el soberano”.

¿Beneficios futuros garantizados por el soberano? ¿Un capitalismo sin el infierno de la bancarrota puede conservar siquiera un atisbo de racionalidad en la eficiente asignación de los recursos? ¿Cómo evitar, con este seguro a todo riesgo, que los participantes en el casino global se embarquen ufanamente en todo tipo de apuestas, a cual más temeraria? ¿Queda, en esta extravagante operativa, algún resto del libre juego de las fuerzas del mercado en entornos competitivos, la esencia ideológica del capitalismo liberal, que presuntamente consagra la preeminencia de la sacrosanta gestión privada por encima de la ineficiente asignación pública de los recursos?

Un extraordinario botón de muestra de la perversión absoluta que supone esta política de “relajación” cuantitativa ilimitada lo encontramos en las operaciones de financiación bancaria a cargo del BCE, que forman parte de las, supuestamente extraordinarias -si bien llevan más de una década en funcionamiento- medidas de política monetaria “no convencional”. Se trata de mastodónticas inyecciones de liquidez a medio y largo plazo, potenciadas hasta el paroxismo en la presente coyuntura, con la manoseada coartada de favorecer la reactivación económica mediante la mejora de las condiciones de financiación a la economía «real». Mediante este sortilegio de alquimia financiera, el BCE financia a la banca comercial con mareantes cantidades de préstamos a tipos de interés negativos –en román paladino, paga a la banca por prestarle dinero– pero teóricamente condicionados a que la banca canalice al menos una parte de la formidable inundación de liquidez hacia la financiación de los depauperados agentes económicos. Salva Torres describe la perversa dinámica implícita en el extravagante dispositivo:

“Pues sí, el BCE ha pasado un Rubicón histórico del capitalismo al pagar por prestar dinero, saltando por encima de los dogmas monetarios que dicen que el capital tiene un precio. Los préstamos de esta subasta tienen un interés negativo del 0,5%, y otro 0,5% si demuestran los bancos que han ido al crédito a familias y empresas cuando realicen la emisión de titulizaciones de esas financiaciones en los respectivos países donde operan. Un total de un -1% que para el Santander, que ha pedido unos 55.000 millones, le supondrán un beneficio de 550 millones de una tacada, ¡por la cara! Cuando el Santander preste ese dinero tendrá ya garantizado ese diferencial del 1% de beneficio extra, además de los intereses, comisiones y gastos de gestión que cobre por las operaciones, tanto de los créditos ICO a las empresas o los préstamos o refinanciaciones a ciudadanos como para comprar nuevamente deuda pública que emitirá a mansalva el Gobierno español y que comprarán principalmente el Santander y los otros bancos”.

Sin embargo, los mantras oficiales de los “espadachines a sueldo” del capital tienen la coartada perfecta bien a punto para justificar tales disparates: el mito del multiplicador del dinero -la falacia que afirma que el incremento de la base monetaria, el dinero fuerte del banco central, se transmite a la oferta de crédito bancario y acaba derramándose sobre la economía real- es el dogma predilecto de la ortodoxia monetarista para justificar las riadas de liquidez vertidas graciosamente sobre la banca privada y los flujos financieros del casino global por su todopoderoso protector. Bien al contrario, como demuestran la hipertrofia de los mercados de capitales y la descomunal inflación de activos generadas por la QE, en un escenario de aguda depresión económica y ante la incertidumbre y las acerbas expectativas de contención de la pandemia, la banca comercial es extraordinariamente renuente a proporcionar crédito abundante y prefiere optar por la seguridad del casino financiero.

La exuberancia irracional de los mercados bursátiles -incluso las grandes corporaciones se apuntan entusiastas al festín a través de la surrealista operativa de la recompra masiva de sus propias acciones-, la propulsión exorbitante de los niveles de deuda globales y el extraordinario aumento de la desigualdad de rentas y de riqueza -únicamente el decil superior de la escala social es receptor neto de rentas financieras- son por tanto los efectos secundarios de las tempestades de dinero generadas por el supremo hacedor monetario.

¿Cuál es el motivo real de esta aguda asimetría entre la opulencia del casino financiero y el estado catatónico de los circuitos económicos reales que caracteriza la devastadora crisis en curso? ¿Por qué no se derrama ese, aparentemente infinito, maná sobre los canales de producción y consumo por donde penan los sufridos “creadores de riqueza” que son -según uno de los mantras favoritos de la dirigencia de la banca central- los supuestos destinatarios de sus políticas?

La respuesta a tan acuciantes interrogantes reside en la aberrante infraestructura de la fábrica de dinero erigida bajo la égida del dogma neoliberal-monetarista, hegemónico desde la crisis de estanflación de los años 70. La primacía absoluta de la producción de dinero-deuda a cargo de la banca privada -con el imprescindible soporte de la banca central, su ángel de la guarda-, que lo encauza hacia los circuitos cautivos de las finanzas globales en detrimento de la financiación de la actividad productiva, los servicios públicos y las transferencias sociales: el “árbol de dinero mágico”, para pesar de los irredentos creyentes -como Varoufakis, los acérrimos adalides de la Teoría Monetaria Moderna y el resto de “curanderos monetarios”- en la posibilidad de utilizar sus ubérrimos frutos al servicio de las apremiantes necesidades sociales, sólo vierte sus prolíficos dones sobre los partícipes del festín financiero.

Este es pues el papel real –cual émulo redivivo del doctor Frankenstein– del demiurgo de la fábrica de dinero y de su política monetaria “no convencional”: servir de soporte de la colosal extracción de riqueza real que representa la máquina de succión de las finanzas globales, ampliando el abismo entre los ufanos especuladores rentistas y los crecientemente explotados asalariados y abriendo enormes fallas en las, cada vez más frágiles, placas tectónicas sobre las que se asienta el capitalismo desquiciado.

Tal arquitectura, aparentemente disfuncional, de la infraestructura del sistema financiero en los centros del capitalismo occidental no es en absoluto casual ni por lo tanto reformable a voluntad de los bienintencionados diseñadores de panaceas monetarias, sino que tiene su razón de ser en la naturaleza crecientemente patológica del sistema de la mercancía.

La sagrada independencia de la banca central, la amputación de la posibilidad de financiación directa a los estados y su creciente papel -a partir de la implantación de la política monetaria no convencional, simbolizada en la QE, tras la debacle de Lehman Brothers en septiembre de 2008- de sostén artificial del globo financiero, tratando de preservar un umbral de rentabilidad ficticio que camufle la acelerada pérdida de dinamismo del capitalismo en las últimas décadas, han conformado el contexto institucional que ha catapultado a la fábrica de dinero a la cúspide de la gobernanza del capital global. De ahí que su arquitectura y sus funciones, por muy absurdas que parezcan, no puedan ser rediseñadas a capricho para ponerlas al servicios de las necesidades sociales, ya que responden a las acuciantes necesidades de preservación de la menguante rentabilidad del capital. Tal configuración demuestra una vez más que el dinero no es una herramienta técnica, que pueda utilizarse para fines diversos, como propugnan los bienintencionados “curanderos” monetarios, sino la expresión máxima del ejercicio del poder social al servicio del interés privado.

No habrá por tanto, desgraciadamente, ni “QE para la gente” ni “árbol de dinero mágico” que alivien las penurias de los usuarios cautivos del objeto por excelencia.

Montañas de deuda: la impotencia del “rescate” social

“No vamos a dejar a nadie atrás”. La solemne declaración corresponde al presidente del gobierno español que, en los inicios del shock pandémico, aseguraba con esa ufana contundencia que los, pomposamente denominados, ‘presupuestos de la reconstrucción’, que estaba elaborando el gobierno “progresista”, iban a ser suficientes para paliar el desastre social provocado por la pandemia. ¿Realmente ha sido así? ¿Acaso ha logrado el demediado Estado neoliberal librarse por fin de los grilletes de los recortes y de las políticas de austeridad en aras de movilizar los recursos necesarios para atenuar la pandemia de miseria rampante causada por el colapso de sectores enteros de la terciarizada y precarizada economía española?

No parece que haya sido el caso.

En agudo contraste con las descomunales bazucas monetarios de la fábrica de dinero, los premiosos y cicateros “rescates” sociales aplicados por los desbordados gestores del bien público en los Estados “soberanos” de la vieja Europa han ido a remolque de la “histeria” del supremo hacedor monetario implementando, con cuentagotas y extraordinarias trabas burocráticas, medidas excepcionales en pos de aliviar el completo hundimiento de miles de empresas y de los ingresos de legiones de trabajadores precarios, autónomos y externalizados. No puede ser mayor por tanto el abismo existente entre la potencia de fuego del formidable arsenal de la fábrica de dinero y el ajustado corsé que constriñe la capacidad fiscal de las políticas públicas.

¿A qué se debe este abismo entre el descomunal calibre de la munición empleada por la banca central y la endeblez y fragilidad de los perentorios recursos públicos para activar una respuesta adecuada a la magnitud de la hecatombe? ¿De qué herramientas fiscales disponen los aparatos estatales para aumentar el gasto público ante la extraordinaria urgencia de la coyuntura, después de décadas de políticas neoliberales de recortes sociales y de “austeridad”? En definitiva, ¿qué tipo de perversa conexión se ha ido desarrollando en las últimas décadas de hegemonía del monetarismo neoliberal entre la omnipotencia aparente del supremo hacedor monetario y la creciente debilidad de las vías de financiación de las políticas públicas?

La apisonadora neoliberal-monetarista, pertrechada con la laminación de la capacidad fiscal de los gobiernos bajo los dogmas de la austeridad, el techo de gasto, la desregulación financiera y la amputación de la soberanía monetaria, ha desmochado completamente la capacidad redistributiva e inversora de los estados occidentales. Las montañas de deuda pública y el descomunal fraude fiscal, a cargo, principalmente, de las grandes corporaciones tecnológicas y financieras, caracterizan la paupérrima situación del erario público y su impotencia absoluta para movilizar recursos fiscales a pesar de la extraordinaria urgencia del momento.

Tan lúgubre diagnóstico muestra el desacoplamiento absoluto, con la zona euro como ejemplo modélico, entre la esfera fiscal y la monetaria: el bombeo masivo de liquidez de la fábrica de dinero que -exceptuando la disminución del coste de la financiación de la deuda pública inducido por la masiva compra de bonos del banco central- se separa totalmente de la financiación del gasto público, arrojando a los desvalidos Estados en brazos de los tiburones financieros ante su incapacidad manifiesta para aplicar políticas fiscales progresivas.

Alejandro Nadal destaca elocuentemente el punto nodal: “La separación en compartimentos estancos de la política fiscal y la política monetaria pone de rodillas al Estado moderno frente a los caprichos de los mercados financieros”.

Su sometimiento a los caprichos de los mercados es tan flagrante que únicamente gracias a la facilidad de endeudamiento actual -el coste del bono a diez años español ha entrado por primera vez en terreno negativo- se puede sostener la tímida expansión fiscal imprescindible para amortiguar mínimamente el impacto de la pandemia de miseria que aflige a extensas capas de la población.

Bellamy Foster resume la calamitosa situación de las finanzas públicas bajo el talón de hierro monetarista: “Ahora la política fiscal y la monetaria están fuera del alcance de cualquier gobierno que se atreva a hacer algún cambio que afecte a los grandes intereses creados. Los Bancos Centrales se han transformado en entidades controladas por los Bancos Privados. Los Ministerios de Hacienda están atrapados por los límites de la deuda y las agencias reguladoras están en manos de los monopolios financieros y actúan en interés directo de las corporaciones”.

No obstante, y a diferencia de la situación provocada por la quiebra del sistema financiero global en 2008, debido a los masivos impagos de los trabajadores pobres estadounidenses, ahogados en un océano de deudas hipotecarias impagables, en este caso, el colapso repentino de la economía productiva, la inviabilidad de los sectores económicos claves en el terciarizado capitalismo primermundista -con el turismo en lugar destacado–, la devastadora catástrofe del desempleo masivo y la explosión de quiebras empresariales son desafíos cuya solución no está ya en manos del demiurgo de la fábrica de dinero y exigen el obligatorio concurso de los escasos resortes en manos de los gestores del bien público.

A la fuerza ahorcan. En última instancia, la elección de los gobiernos occidentales en el momento del estallido de la pandemia no fue -como proclaman, a bombo y platillo, como si de un ansiado cambio de paradigma se tratara, algunos entusiastas reformistas- entre el keynesianismo y la ortodoxia neoliberal, sino entre el caos económico y la preservación de un mínimo resto de cohesión social: la gobernanza de la pobreza. El caso español es paradigmático, dada su estructura económica terciarizada y adicta al turismo, de esa brecha formidable entre las apremiantes necesidades de los sectores enteramente arrasados por la parálisis provocada por el shock pandémico y la pusilánime respuesta pública ante la catástrofe.

Por mucho que los desarbolados gestores del bien público se llenen la boca con su decisivo y proactivo rol en la cacareada reconstrucción económica, en realidad, los rescates financieros empresariales y el colchón de supervivencia morosamente proporcionado a las víctimas directas del desastre no son más que precarias e insuficientes cataplasmas que eluden el punto clave que realmente facilitaría una reactivación económica consistente: la ausencia casi absoluta de programas públicos de inversión productiva. El gasto social de emergencia y las ayudas a la financiación empresarial representan, en los clásicos términos marxistas, gastos improductivos, que no facilitan directamente la reactivación económica al financiarse -en una suerte de juego de suma cero- mediante subidas de impuestos o incrementos desorbitados de la deuda pública: el rubro de pagos de intereses de la deuda, que ascendió a la astronómica cifra de 30000 millones en el 19, se ha disparado en el presente ejercicio y representa el tercer capítulo de gasto de la administración del Estado.

La desesperación generada por la impotencia que produce la limitación de recursos públicos bajo el encarnizamiento terapéutico de las políticas neoliberales queda patente en el hecho de que incluso el gasto social básico ha de financiarse mediante deuda: la UE ha concedido a España un crédito extraordinario para la financiación de los ERTE, el llamado bono social, ante la sequía de liquidez de las arcas públicas.

En otra muestra de la rendición a los postulados privatizadores y de la ausencia absoluta de políticas públicas de inversión productiva, el moroso salvamento empresarial de miles de PYMES al borde de la bancarrota se realiza únicamente en base a deuda privada concedida por la banca comercial -según sus propios criterios de rentabilidad y con un evidente riesgo de fraude- pero avalada con fondos públicos del Instituto de Crédito Oficial: un negocio seguro para la banca sin ningún criterio de utilidad social en un país en el que -tras un rescate colosal del sector a cargo del erario público tras la debacle de la burbuja inmobiliaria de hace una década- no existe un banco público digno de tal nombre.

Únicamente la inversión pública generadora de actividad empresarial rentable -anatema bajo la égida neoliberal- o las masivas ayudas directas a las empresas contribuirían a la reanimación del catatónico organismo económico. Pero tal política intervencionista -y no únicamente asistencial-, al menos en la piel de toro, ni está ni se la espera.

El economista marxista Louis Gill destaca el punto clave: “La única actividad generadora del aumento del beneficio global es la que proviene del relanzamiento de la inversión privada o de la inversión pública rentable, de la creación de nuevas capacidades productivas cuyos productos están destinados no al consumo público no rentable, sino al consumo privado rentable. Ahí está la columna vertebral de la actividad en el régimen capitalista”.

Así pues, a pesar de la leve diferencia con la crisis de 2008 -el business as usual ya no funciona, dada la intensidad de la debacle, y la tortura financiera de la prima de riesgo y el torniquete “austericida” no pueden ponerse por ahora al servicio de la recuperación de la rentabilidad del capital-, debida únicamente a la brutalidad del shock pandémico y a la necesidad consiguiente de evitar la parálisis absoluta de los circuitos económicos, estamos simplemente ante un neoliberalismo levemente “compasivo”, que administra morosamente la gobernanza de la pobreza sin alterar en absoluto el paradigma que rige las políticas aplicadas. Nada de keynesianismo -cuyo nudo gordiano anticrisis, la reactivación de la inversión productiva, y no del consumo paliativo, ni está ni se le espera- o de reforzamiento de las herramientas redistributivas a través de reformas fiscales progresivas que incrementen la paupérrima recaudación fiscal: sólo cataplasmas de emergencia -ahogadas muchas de ellas, como el, tan cacareado como desastrosamente implementado, ingreso mínimo vital, en un océano de trabas burocráticas- ante la necesidad de evitar el caos social mediante un frágil colchón amortiguador.

Sin embargo, resulta palmario que no todos padecen por igual los efectos de este marasmo de privaciones sociales y desigualdades rampantes.

“El capital riesgo logra un récord de compras de empresas en España”. El titular del tabloide neocon Expansión refleja uno de los efectos secundarios del contraste abismal entre la exuberancia de los mercados de capitales y el inerme desvalimiento de las políticas públicas.

La combinación tóxica de este océano de liquidez al mejor postor, que fluye por los canales estancos del casino financiero, y la retirada de la administración pública de la inversión productiva y de la gestión de servicios básicos pone la alfombra roja a los carroñeros de las finanzas desbravadas. Los fondos de capital-riesgo -más conocidos como fondos buitres-, agujeros negros del fraude fiscal cuya raison d’être reside únicamente en la maximización del “retorno al accionista”, gestionan paquetes de vivienda pública, residencias de ancianos, hospitales públicos y demás servicios esenciales y se abalanzan sobre los despojos de la debacle en curso pertrechados con el seguro a todo riesgo de la financiación barata propiciada por la dadivosa “relajación” cuantitativa del soberano monetario.

Ni que decir tiene que las consecuencias para la calidad de la prestación de los servicios básicos fagocitados por los voraces tiburones y para la estabilidad y la dignidad de las condiciones laborales de sus plantillas no son ni mucho menos halagüeñas. Se cierra de este modo un círculo perverso, característico del capitalismo patológico: la inundación de los canales financieros y la acuciante necesidad de “soltar lastre” por parte del paupérrimo sector público atraen a los bien cebados tiburones financieros, dispuestos a aplicar sus curas de caballo de despidos masivos y “racionalización” de la gestión, para desprenderse a continuación de las partes rentables de los zombis empresariales adquiridos sin la más mínima preocupación por el impacto social de tales prácticas.

Incluso las administraciones sedicentemente “progresistas” se apuntan a la fiesta: “Es mucho más productivo invertir en los fondos, ellos saben cómo captar inversión”. Tan halagadoras declaraciones las realizó Jaume Collboni, teniente de alcalde socialista del ayuntamiento de Barcelona, en la presentación del plan “Barcelona acelera”, vendido, sin el más mínimo rubor, como un modelo de colaboración público-privada: “Se trata de la inyección de 10 millones de euros del presupuesto municipal a 6 fondos de capital riesgo con sede en la ciudad para que destinen 30 millones a financiar start up del área metropolitana a lo largo de la próxima década”. Las palabras del ufano regidor ¡socialista! no dejan lugar a dudas de su incondicional rendición con armas y bagajes ante los lobos de las finanzas: “Apostamos por aquellos que apuestan, por los que más saben”.

¿Existen otros modos de gestión del desastre social provocado por la pandemia, alejados de semejante escenario de pleitesía absoluta de las administraciones públicas ante el capital privado, que puedan poner de manifiesto la absurdidad del encarnizamiento terapéutico neoliberal-monetarista y de la completa privatización de la producción de dinero, vigentes en las democracias “avanzadas” en las últimas décadas?

Un contraejemplo demoledor, que pone al desnudo la perversidad intrínseca de este neoliberalismo “compasivo” que deja, como lamentaban amargamente los epidemiólogos catalanes, a legiones de sufridos ciudadanos y emprendedores en la estacada, lo representa la política económica seguida por el gobierno chino tras el formidable impacto inicial de la pandemia.

Con un banco central público y la mitad del sector bancario en manos estatales, el gigante asiático -sin mostrar obviamente simpatía alguna por su modo de acumulación intensamente depredador y su régimen político-social digno de una distopía orwelliana- ha logrado, tras haber superado en tiempo récord, con medidas draconianas de control social, el violento brote inicial de la pandemia, forzar la reactivación económica a través de la planificación estricta sustentada en la férrea dirección estatal de la actividad productiva y en la financiación directa por parte de la banca pública -más de un 50% del sector financiero- de los sectores estratégicos y de las pequeñas empresas más golpeadas por el batacazo inicial.

El exitoso enfoque adoptado se sitúa en las antípodas del de los otros grandes bancos centrales “independientes”, como el Banco Central Europeo: donde estos últimos han inundado los mercados financieros de liquidez y se han limitado en su mayoría a ofrecer garantías públicas de diversos tipos a los bancos, con la vana esperanza de forzar la activación de la financiación de la actividad productiva, “la política monetaria del Banco Popular de China se ha preocupado por asegurar que la liquidez colocada en el mercado sea utilizada eficazmente para garantizar la supervivencia de las empresas, financiando, a través de la banca pública, la inversión productiva”. He aquí un ejemplo paradigmático de QE para la gente: la nacionalización de la producción de dinero al servicio de la estimulación directa de la actividad económica. El resultado es extraordinariamente concluyente: la economía china ha recuperado los niveles previos al shock pandémico, mientras que en Europa la depresión económica y la destrucción de tejido productivo se cronifican irremisiblemente.

En las antípodas del ejemplo anterior, el cacareado Fondo de Recuperación de la Unión Europea, denominado pomposamente -quizás debido a la lentitud en su puesta en marcha- Next Generation, cuyos primeros fondos no llegarán a sus destinatarios hasta ¡el segundo semestre del 21!, se financia -ante la imposibilidad de recurrir al brazo monetario del BCE- a través de la emisión de deuda en los mercados -un negocio redondo para los tiburones de las finanzas- y del incremento de la recaudación fiscal.

Montañas de deuda. Tal es, en definitiva, el resumen de la patada a seguir a cargo de la gobernanza del capital en pos de aplicar una frágil cataplasma a la debacle en curso. Llueve por tanto sobre mojado. ¿Será esta vez suficiente? ¿Resulta sostenible tal huida hacia adelante? ¿Podrán los sortilegios de la fábrica de dinero y las tenues cataplasmas gubernamentales contener el desplome en curso? O, por el contrario, la hecatombe pandémica será una suerte de «revelador» que, a diferencia de la crisis de 2008, pondrá de manifiesto la impotencia de los trucos circulatorios utilizados masivamente por los bancos centrales para aliviar las insolubles contradicciones del capitalismo desquiciado.

Paisaje tras la tormenta: ¿un crac de proporciones devastadoras?

“Todo esto no hace sino acumular una «tormenta perfecta», una enorme explosión de la economía, en proporciones tendencialmente horrendas, que puede hacer irrisorias las crisis del 29 y de 2007-2008 juntas”.

El agorero pronóstico de Andrés Piqueras no parece andar muy desencaminado.

Las vulnerabilidades del sistema capitalista no han hecho sino crecer exponencialmente tras la salida en falso de la crisis de 2008. La enorme concentración bancaria –agravando el “riesgo moral”, al ser “demasiado grandes para quebrar” y actuar por tanto bajo la seguridad del subsidio público-; la hipertrofia de las entelequias financieras, cada vez más sofisticadas y desreguladas, comerciadas por la banca en la sombra y por los grandes fondos de inversión, que utilizan masivamente las «cuevas de piratas» que representan los paraísos fiscales, y el astronómico nivel de endeudamiento global, propulsado por los océanos de liquidez creados por la fábrica de dinero y a punto de provocar una cadena generalizada de impagos de deuda pública en las arrasadas economías del Tercer Mundo, conforman una panoplia de crecientes vulnerabilidades que ceban a una velocidad sin precedentes las “entrañas de la bestia” y que amplificarán por tanto exponencialmente la onda expansiva del próximo estallido en «proporciones tendencialmente horrendas». Un desajuste de este calibre –el ritmo de incremento de la deuda global ¡quintuplica! el del PIB mundial en las últimas dos décadas– constituye la espoleta de una explosión de proporciones potencialmente devastadoras.

La emergencia pandémica no ha hecho por tanto más que estirar las tensas costuras de un entramado que ya previamente amenazaba colapso inminente.

Michel Husson pone el dedo en la llaga: “Hoy en día el capitalismo mundial se encuentra sometido a una tensión fundamental. De un lado, la gestión de la crisis que estalló en 2008 se abordó según dos principios fundamentales: no arreglar las cuentas y reconstituir el modelo neoliberal previo a la crisis tratando de controlar sus efectos más nocivos. En la práctica se trata de garantizar los derechos adquiridos por el «1%» y la libertad de acción de los bancos y las multinacionales. Pero, actualmente, el mecanismo fundamental del dinamismo del capitalismo, a saber, los incrementos de productividad, está agotándose”.

La contradicción básica es, en definitiva, que la deuda y los flujos financieros no pueden crecer indefinidamente a través de la inflación de activos propulsada por las bazucas de la banca central porque acaban descoyuntando el conjunto del organismo económico, pero la matriz de rentabilidad del capitalismo patológico exige ese crecimiento artificial para sostenerse. La impotencia de la fábrica de dinero, a pesar de todas las extraordinarias herramientas del fabuloso arsenal a su disposición, reside, en definitiva, en su incapacidad para restaurar la maltrecha tasa de ganancia del capital.

Michael Roberts describe la bomba de relojería del inminente “colapso crediticio”:

“Por lo tanto, este es el lugar probable para buscar la tercera etapa de la crisis de la pandemia: una crisis crediticia y un desplome financiero cuando las empresas, particularmente las pequeñas y medianas empresas, se desplomen a medida que el apoyo gubernamental se evapora, los ingresos por ventas siguen siendo débiles y los costos de la deuda y los salarios aumentan. Ya ha aumentado significativamente el número de denominadas “empresas zombis”, aquellas que no obtienen suficientes beneficios para cubrir los intereses de sus deudas pendientes”.

Por tanto, un sombrío escenario se vislumbra por el horizonte, cuando el alivio de las emergencias pandémicas descorra el telón del deplorable estado subyacente del capitalismo desquiciado.

¿Podrán los andrajosos remiendos tejidos precariamente por la gobernanza del capital contener el caos que asoma por debajo de la agónica pretensión de mantener la apariencia de la posibilidad de un retorno a la “normalidad”?

A pesar de los cantos de sirena de los despavoridos gestores de la gobernanza global, creyentes agónicos en la posibilidad de vuelta al business as usual cuando lleguen las salvadoras vacunas y en el olvido, como si de un mal sueño pasajero se tratara, de la pesadilla vivida durante estos meses, la pandemia no ha hecho más que revelar, con una claridad meridiana, la flagrante incompatibilidad del sistema de la mercancía con cualquier noción de preservación de las constantes vitales del planeta y del bienestar de sus habitantes. Tan desasosegante constatación, de la cual la hipertrofia del casino financiero no es más que el síntoma más visible, revela de forma palmaria la impotencia de las cataplasmas reformistas de los cándidos creyentes en las erosionadas democracias liberales y las, cada vez más plausibles, condiciones de posibilidad de salidas autoritarias o nacionalistas de distinto signo. Y en ese claroscuro surgen los monstruos. La creciente fortaleza de la hidra fascista, potenciada por la hegemonía del poder financiero sobre las demediadas democracias occidentales, simbolizada en el abismo entre el gigantesco rescate de las finanzas y el liliputiense “rescate” social, permite avizorar la salida política a la que, como en ocasiones anteriores, el gran capital recurre en situaciones de emergencia y de riesgo para la estabilidad sistémica ante la posibilidad cierta del estallido en mil pedazos de la paz social. Tales demonios ya se atisban por el horizonte: una crisis que ponga en peligro la economía globalizada tras una explosión estruendosa del casino financiero, una crisis sistémica multifactorial, como dicen los alarmados analistas, provoca una reacción defensiva casi automática y pone en marcha mecanismos disciplinarios y punitivos de creciente virulencia: los anticuerpos del poder contra la peligrosa infección provocada por la fractura creciente de la cohesión social.

Anselm Jappe describe el distópico escenario que se abre en ausencia de un cambio radical hacia una sociedad verdaderamente racional:

“Lo que estamos viendo hoy es el derrumbe del sistema, su autodestrucción, su agotamiento, su hundimiento. Finalmente se topó con sus límites, con los límites de la valorización del valor, latentes en su seno desde un principio”.

Las dramáticas implicaciones de este progresivo e irreversible desquiciamiento del sistema de la mercancía y del deterioro acelerado de las condiciones de vida de las mayorías sociales situarán, en definitiva, en la infortunada, pero por desgracia cada vez más probable, tesitura de que no seamos capaces de construir entre todos una sociedad auténticamente humana, a la especie y a su crucificado planeta ante una perspectiva catastrófica.

Fuente: https://trampantojosyembelecos.wordpress.com/2020/12/22/el-dinero-en-la-pandemia-rescate-financiero-versus-rescate-social/#more-2497