Equipo
de Bitácora (M-L), 2022
viernes, 21
de abril de 2023
«Muchos
lectores se preguntan a menudo: «¿Cuál sería la postura de un
marxista-leninista sobre el sentimiento nacional en plena era de la
globalización?». En realidad, dicha respuesta tiene fácil solución: el
revolucionario no es ni un burdo chovinista ni tampoco un cosmopolita
voluntarista.
Estos
serán los cuatro grandes bloques a desarrollar: a) Pronósticos y
malinterpretaciones del «Manifiesto comunista» (1848); b) ¿Qué recomendaron
Engels y Lenin a los partidos marxistas de la II Internacional sobre «cuestión
nacional»?; c) La «Línea de reconstitución» y su rocambolesca teoría sobre la
«disolución de las naciones»; d) Los «reconstitucionalistas» y sus coqueteos
con el chovinismo y el cosmopolitismo.
Pronósticos
y malinterpretaciones del «Manifiesto comunista» (1848)
Quizás la
mejor forma para empezar a abordar este espinoso tema sea una de las citas más
malinterpretadas de la obra de Marx y Engels:
«A los
comunistas se nos reprocha también que queramos abolir la patria, la
nacionalidad. Los trabajadores no tienen patria. Mal se les puede quitar lo que
no tienen. No obstante, siendo la mira inmediata del proletariado la conquista
del Poder político, su exaltación a clase nacional, a nación, es evidente que
también en él reside un sentido nacional, aunque ese sentido no coincida ni
mucho menos con el de la burguesía. Ya el propio desarrollo de la burguesía, el
librecambio, el mercado mundial, la uniformidad reinante en la producción
industrial, con las condiciones de vida que engendra, se encargan de borrar más
y más las diferencias y antagonismos nacionales. El triunfo del proletariado
acabará de hacerlos desaparecer. La acción conjunta de los proletarios, a lo
menos en las naciones civilizadas, es una de las condiciones primordiales de su
emancipación. En la medida y a la par que vaya desapareciendo la explotación de
unos individuos por otros, desaparecerá también la explotación de unas naciones
por otras. Con el antagonismo de las clases en el seno de cada nación, se
borrará la hostilidad de las naciones entre sí». (Karl Marx y Friedrich Engels;
El Manifiesto Comunista, 1848)
Aquí no hay
lugar a dudas, el carácter literal de la cita debería cerrar todo debate en lo
referente al proletariado y su postura sobre la nación. Pero, aun así, daremos
unos apuntes:
a) El
proletariado no puede dirigir los destinos de su nación hasta que no se eleve a
clase dirigente del Estado, puesto que, si no controla la dirección de la
producción de bienes y servicios −y ello implica también retener la hegemonía
política y cultural−, no podrá darle a su labor social una esencia progresista
que, entre otros principios, incluye el internacionalismo. Si se quiere decir
de forma romántica: el marxismo es el verdadero humanismo, el cual no tolera la
explotación del hombre por el hombre ni los prejuicios nacionales, por tanto,
tampoco privilegios producto de mitos absurdos de otra índole. Pero esto no
significa que, hasta lograr tales objetivos, no tenga su propia concepción de
lo «nacional» y que no lo manifieste a través de su organización política o su
propia producción artística, dado que, en nuestra época, como ya adelantó
Lenin, existen dos culturas fundamentales que nuclean toda nación contemporánea
−la cultura proletaria y la cultura burguesa−. Pensar lo contrario, es
reproducir el canon trotskista, aquel que postulaba que la cultura proletaria
solo asoma la cabeza una vez dicha clase toma el poder y transforma
económicamente la vieja sociedad y sus mitos culturales… pero no puede existir
una majadería más burda para alguien que se considera «materialista» y
«dialéctico».
b) En la
esfera nacional el mayor peligro para el proletariado revolucionario es creerse
la zafia propaganda que justifica la política interna y externa de su gobierno
burgués. ¿A qué nos referimos? A brindar con la burguesía nacional respecto a
los mitos históricos que esta ha ido creando en la cultura de su país, es
decir, el tendiente a mantener como referentes a personajes reaccionarios y a
ocultar en cambio los episodios y figuras revolucionarias que todo progresista
reivindicaría. En realidad, esto solo acerca al trabajador a una «unidad
nacional» ficticia, pero nunca hacia la verdadera emancipación social y
nacional de los suyos. En el momento en que el de abajo acepta −conscientemente
o no− el discurso del de arriba expresado en la prensa, las instituciones, la
legislación y su modo de vida, está tirando piedras contra su propio tejado:
contribuye a seguir apretando las cadenas que le sujetan a este mundo, el mismo
al cual maldice porque no está conforme con su aspecto. Huelga decir que con la
queja esporádica no hallará nunca la forma de escapar a esta situación, por el
contrario, es muy posible que caiga en una penumbra espiritual mientras se
entretiene combatiendo a los hombres de paja que los capitalistas le irán
presentando en el camino… que «si no ha triunfado en la vida» es porque no
tiene una «cultura del esfuerzo» y un «espíritu emprendedor»; que la culpa de
sus males reside en el «malévolo inmigrante» que le «roba el trabajo»; que al
no «estar bien con Dios espiritualmente» no le pueden ir bien los asuntos
terrenales, etc.
c) Ahora,
todo lo anterior no quita que por fuerza de la materia viva −el ambiente donde
nace y se desarrolla− el trabajador tenga en su haber un «sentimiento nacional»
propio a su clase, renunciar a esto sería desligar al hombre de sus condiciones
materiales. La clave está en entender que la clase obrera solo es progresista
cuando aspira a destruir la propiedad privada y la explotación del hombre por
el hombre a nivel global, por lo que sabe que necesita confraternizar con sus
homólogos de otros países y continentes para eliminar los prejuicios
nacionales, raciales o sexuales de la faz de La Tierra. En cambio, la clase
burguesa bien se valdrá o potenciará un prejuicio u otro −en alianzas con otras
burguesías u otras capas sociales nacionales− si con esto se asegura retener el
poder político, si de este modo asegura la difusión de su cultura hegemónica y
de todo aquello que garantice que el show continúe, que su negocio siga
funcionando y todo les vaya «como la seda». En ambos casos, el interés de clase
prevalece sobre su nacionalidad −solo que por motivos diametralmente opuestos−.
Por esto, dependiendo de la situación, todo capitalista que sea inteligente
alegará tener motivos para ser «pragmáticamente cosmopolita», traicionando así
los «intereses nacionales», mientras otras veces sus intereses momentáneos le
otorgarán la oportunidad de engalanarse demagógicamente como «máximo defensor»
de la «Madre Patria» −aunque sin poder desprenderse de su prisma
reaccionario−.
d) En lo
referente al nivel individual, el sujeto no puede −ni a nivel histórico ni
presente− contraponer unas naciones frente a otras en base a gustos personales
y en abstracto −de forma atemporal−, sino que debe realizar un análisis
ideológico, de clase, sobre las mismas. Esto es, examina quién las dirige y qué
política interna y externa persigue el gobierno de cada una de ellas −tampoco debe
caer en el equívoco de relacionar al gobierno de turno con la oposición
revolucionaria de dicha nación, dado que esta correlación no siempre ocurre−.
No hay, por tanto, «naciones elegidas» para «encabezar la emancipación social
humana». Ese «mesianismo nacional» siempre es un chovinismo mal disfrazado,
herencia del socialismo utópico. Una nación que hoy puede otorgar un «gran
servicio» a la «revolución mundial» expulsando a una potencia imperialista,
mañana puede convertirse en lo que combatió −a causa de sus dirigentes y
seguidores−. Una reluciente nación socialista bien puede en el futuro caer en
el pozo de la contrarrevolución y transformarse en el nuevo «gendarme» de la
reacción internacional. Hay infinitos paradigmas de esto.
e) En todo
proceso histórico se produce una destrucción o al menos una síntesis de una
civilización respecto a otra o varias de su tiempo, bien sea por la vía
pacífica o violenta. En nuestra era capitalista contemporánea, aunque hay una
gran tendencia hacia el acercamiento en comparación a siglos anteriores, el
concepto socio-histórico de nación no ha sido superado ni mucho menos. Lo mismo
puede afirmarse respecto a la existencia e interacción de los múltiples
idiomas. En suma, pese a la innegable globalización y el aumento de las redes
de comercio y transportes, las naciones y sus culturas no se han «diluido» como
exclaman algunos, es decir, no se han eliminado las llamadas «culturas
nacionales». En todas las épocas existen países que hacen acopio de préstamos y
modismos de los «centros culturales» del momento, del mismo modo que en las
sociedades de clases siempre ha habido un sojuzgamiento político y económico de
unas civilizaciones sobre otras, pero eso no significa que se haya hecho
desaparecer mágicamente la conciencia nacional, ni que se hayan creado los
condicionantes que puede que algún día hagan diluir naturalmente la multitud de
naciones e idiomas de hoy. Este cuadro corresponde a la etapa comunista, no
antes.
En cambio,
entre los «reconstitucionalistas» no es extraño verlos repetir como papagayos
fragmentos clásicos o desconocidos de Marx y Engels como «argumento de
autoridad», es decir, valiéndose de su fama, pero sin ser capaces de analizar
si el contenido tiene o tuvo sentido, si fue rectificado por ellos mismos o si −más
importante aún− sus pronósticos fueron corroborados o descartados por la
historia. Pongamos un ejemplo que para más de uno será sangrante:
«Las
condiciones de vida de la vieja sociedad aparecen ya destruidas en las
condiciones de vida del proletariado. El proletariado carece de bienes. Sus
relaciones con la mujer y con los hijos no tienen ya nada de común con las
relaciones familiares burguesas; la producción industrial moderna, el moderno
yugo del capital, que es el mismo en Inglaterra que en Francia, en Alemania que
en Norteamérica, borra en él todo carácter nacional. Las leyes, la moral, la
religión, son para él otros tantos prejuicios burgueses tras los que anidan
otros tantos intereses de la burguesía». (Karl Marx y Friedrich Engels; El
Manifiesto Comunista, 1848)
He aquí un
ejemplo claro de confusión entre a lo que se tiende y puede ser, y lo que es.
La Primera Guerra Mundial (1914-18) fue el mejor paradigma histórico que refutó
esta predicción. Este evento demostró sobradamente que las «condiciones de
existencia» del proletariado, su «no posesión de bienes», no son garantías
suficientes para superar los «prejuicios nacionales», ¡ojalá así fuese! Muy por
el contrario, lo que sucedió fue la abierta traición de los partidos marxistas
que componían la famosa II Internacional (1899-1914), los cuales se parapetaron
en la «defensa de la patria en peligro» para colaborar con la burguesía
nacional de sus respectivos países. Véase la obra de Lenin: «La bancarrota de
la II Internacional» (1915).
En suma,
lejos de lo que han afirmado algunos, resulta que la reelaboración del concepto
de «alienación», desarrollada en escritos tempranos, como «Manuscritos
económicos y filosóficos» (1844), y maduros, como «El capital» (1867), ofrece
una explicación añadida y necesaria a este tipo de fenómenos. Marx mostró con
suma certeza en esta última obra que, desde el punto de vista del burgués, ya
puede dejarse libremente al trabajador asalariado a merced de las «leyes
naturales de la producción», es decir, «puesto en dependencia del capital»,
porque estas «condiciones de producción engendran, garantizan y perpetúan» a
«fuerza de educación, de tradición, de costumbre».
Entendemos
que a priori esto pueda parecer excluyente, dado que, si las condiciones
materiales enfrentan al proletariado a la burguesía, ¿cómo pueden a su vez
condicionar su sumisión? Porque, para empezar, hablamos de condicionar, no de
determinar, por lo que entre el primer término y el segundo existe una
diferencia connotativa importante. A nivel lingüístico el primero −condicionar−
se da por hecho un margen de libertad al sujeto que en el segundo −determinar−
directamente no existe. En cualquier caso, ha de quedar claro que igualmente
emana de ahí −de las condiciones materiales− la raíz que hace que para el proletariado
la superación del «legalismo, la moral o la religión» que irradia la cultura
dominante no se produzca automáticamente. Ergo, cuando esta clase social no
tiene la conciencia ni los medios organizativos para oponer resistencia y
pasar a la ofensiva frente a su antagonista, ocurre que las más de las veces
sus miembros continúan atados a las nociones burguesas en todas estas
áreas −sea arte, política, historia, economía, sociología, biología o lo
que se precie−.
Para el
lector que aún no esté convencido le recordaremos que la actuación de dos
tendencias no significa negar una de ellas, sino que precisamente el
reconocimiento y corroboración de ambas es un principio científico básico que
se aplica a la economía, historia, sociología o cualquier otro campo.
Entiéndase que, como dijo Engels en «Del socialismo utópico al socialismo
científico» (1880), para el pensador metafísico y su mente cuadriculada esto
puede ser un poco complejo de entender, puesto que: «Para él, una de dos: sí,
sí; no, no; porque lo que va más allá de esto, de mal procede, una cosa existe
o no existe; un objeto no puede ser al mismo tiempo lo que es y otro distinto».
En cambio, el pensador dialéctico «enfoca las cosas y sus imágenes conceptuales
substancialmente en sus conexiones, en su concatenación, en su dinámica». En
este caso, como aclaró Engels en su «Carta a K. Schmidt» (12 de marzo
de 1895) sobre las «las leyes económicas»: «Ninguna de ellas tiene
realidad si no es como aproximación, tendencia, promedio, y no como realidad
inmediata», algo que «se debe en parte a que su acción entrechoca con la
acción simultánea de otras leyes, pero en parte a su naturaleza de
concepto».
Ahora
centrémonos, por ejemplo, en la cuestión de la familia. Este campo también nos
ayudará a observar cuan exceso de optimismo hubo también en estas proclamas del
«Manifiesto comunista (1848) respecto a la superación de los «prejuicios
burgueses». ¿La clase obrera está libre de toda concepción familiar
reaccionaria? No, y los propios Marx y Engels reportaron esto una y otra vez en
escritos anteriores y posteriores como «Las condiciones de la clase obrera en
Inglaterra» (1845) o «El capital» (1867). Y, en efecto, como en otros campos,
la espontaneidad de la clase obrera bien le puede jugar una mala pasada. A menor
nivel cultural y político, mayor es la posibilidad de que la clase obrera
incurra o reproduzca modelos familiares regresivos. También podemos señalar
aspectos análogos entre el padre burgués y el padre obrero respecto a la
relación con sus hijos:
«Si el primero
trata que su vástago se haga con el manejo de los negocios o abra otros
buenamente productivos para el «honor» del «linaje familiar» −he aquí una
reminiscencia muy caballeresca−, el segundo, por las propias condiciones del
trabajo, se ve obligado a azuzar a su prole para traer un jornal más a casa. La
diferencia es que, en el primer caso, lo que mueve a uno es el individualismo y
la hipocresía del «qué dirán», en el segundo, la propia necesidad, la
desesperación familiar. Por el contrario, tenemos casos variados en ambos
campos. Está el burgués que mima a su hijo, que asume sin problemas que es −y
será toda la vida− un bohemio o un lumpen sin oficio ni beneficio, aquel que ha
decidido que dilapidará gran parte de la herencia familiar simplemente porque
puede, cosa que al padre no le preocupa demasiado porque siempre podrá reponer
las pérdidas y travesuras del «niño». También está el obrero que logra por fin
una vida más o menos holgada y desarrolla pensamientos muy poco beneficiosos
para su propio hijo, donde dado que él ha pasado «necesidad», malacostumbra a
este a una vida fácil de holgazanería solo porque no quiere verle «sufrir»,
convirtiéndole en un nuevo «marqués», algo que, lejos de ayudarle, le lastrará
en el mundo laboral y en su vida personal». (Equipo de Bitácora (M-L); ¿Vivimos
en un patriarcado?, 2021)
¿Qué
recomendaron Engels y Lenin a los partidos marxistas de la II Internacional
sobre «cuestión nacional»?
Repasemos
ahora lo que Engels y Lenin recomendaron al respecto de la cuestión nacional
precisamente con los partidos de la II Internacional. En 1893, cuando el
movimiento marxista estaba creciendo en Francia de forma amenazante para las
élites políticas, varios de sus enemigos naturales, en esta ocasión los
bonapartistas y los anarquistas, acusaron al Partido Obrero (PO) comandado por
Guesde y Lafargue de «antipatriotismo». Según los primeros, el concepto
marxista del «internacionalismo» era totalmente incompatible con ser un buen
patriota, creyendo estar poniendo a los dirigentes marxistas frente a la
espalda y la pared. ¿Qué posición tomaron ellos? En un artículo titulado
«Socialismo y Patriotismo» no solo aclararon cualquier equívoco al respecto,
sino que en un tono ofensivo declararon lo siguiente:
«En su
impotente furia sobre la triunfante marcha del Partido Obrero nuestros enemigos
de clase han recurrido a la última arma que les queda en su arsenal, la
difamación. Están tergiversando nuestro internacionalismo del modo que
intentaron tergiversar nuestro socialismo. Y aunque aquellos que ansían
presentarnos como desposeídos de patria son los que ellos mismos, durante todo
este siglo, han estado sino siendo cómplices de incursiones hacia el territorio
de la patria y su desmembramiento, una patria cuya clase se rindió al saqueo y
rapiña por los bandidos financieros cosmopolitas y quienes habían estado
explotando sin detenerse en el derramamiento de sangre en Ricamari y Fourmi,
nosotros, lejos de permitirles el confundir una solución colectivista a la
cuestión con anarquismo, nunca les debemos permitir que traduzcan nuestro
glorioso eslogan «¡Larga vida a la internacional!» como la absurda ventriloquia
¡Abajo Francia!». (…) Sabemos que el patriotismo y el internacionalismo, lejos
de excluirse, son las dos formas de amistad humana que se complementan
mutuamente. (…) Gritando «¡Viva la Internacional!» gritan «¡Viva la Francia del
trabajo! ¡Viva la misión histórica del proletariado francés que sólo puede
emanciparse ayudando a emancipar al proletariado universal!». (El Socialista;
Órgano del Partido Obrero, Nº144, 17 de junio de 1893)
Pese a que
el artículo era mejorable en algunos puntos, durante ese mes Engels felicitó a
los Lafargue por este tipo de declaraciones:
«La nueva
salida del Partido Obrero con respecto al «patriotismo» es muy racional en sí
misma». (Friedrich Engels; Carta a Laura Lafargue, 20 de junio de 1893)
«Tienes toda
la razón al protestar contra las imbecilidades de los anarquistas y de los
boulanger-jingoistas». (Friedrich Engels; Carta a Paul Lafargue, 27 de junio de
1893)
Aun con
todo, apuntó que el término «patriota» tiene «un significado limitado, o tan
vago, según las circunstancias» como para ser utilizado sin causar dudas, por
lo que hubiera preferido que utilizase el de «francés» con las «consecuencias
lógicas que se derivan de ello». Aun con todo matizaba que esto «no importa»
porque no dejaba de ser una «cuestión de estilo». De igual modo, Engels
felicitaba a sus compañeros por «ensalzar el pasado revolucionario» de Francia
y también consideraba que estas tradiciones se podrían encauzar para un «futuro
socialista». Al mismo tiempo, Engels le criticaba a Paul Lafargue que se dejase
llevar por teorías mesiánicas-nacionales, cuando declaraba que «Francia está
destinada a jugar el mismo papel en la revolución proletaria», algo que a
Engels le sonaba a una reedición de las ideas de Blanqui.
Por último,
y no menos importante, cabe aclarar que Engels fue siempre el primero en
adelantarse a criticar los fetiches personales, la idolatría hacia la
historiografía burguesa nacional y los paralelismos anacrónicos en que incurrían
a menudo los dirigentes comunistas. En su opinión estos a la hora de evaluar
las pasadas revoluciones burguesas no entendían siempre la diferencia
fundamental con las revoluciones proletarias. Esto se anotó en obras como:
«Contribución a la cuestión de la vivienda» (1873), «Carta a Karl Kautsky» (20
de febrero de 1889) y «Carta a August Bebel» (1 de diciembre de 1891).
Ya en otra
época, en 1908, también Lenin refutó tanto el chovinismo nacional del alemán
Georg von Vollmar, que defendía la política exterior de su burguesía porque era
la de «su nación», como el nihilismo nacional del francés Gustave Hervé, que
negaba tener en cuenta cualquier aspecto nacional. Lenin calificó a ambas
tendencias como las dos enfermedades que sufría la actividad proletaria, una se
deslizaba hacia el oportunismo nacionalista y la otra hacia el infantilismo
anarquista.
«Ante todo,
hagamos algunas observaciones sobre el patriotismo. Es cierto que en el
Manifiesto Comunista se dice que «los proletarios no tienen patria»; también es
cierto que la posición de Vollmar, Noske y Cía. es «un guantazo» a esta tesis
fundamental del socialismo internacional. Mas de esto aún no se desprende que
sea justa la afirmación de Hervé y sus partidarios de que al proletariado no le
importa en qué patria vive: en la Alemania monárquica, en la Francia
republicana o en la Turquía despótica. La patria, es decir, el medio político,
cultural y social dado, es el factor más poderoso en la lucha de clase del
proletariado. Y si Vollmar no tiene razón, al fijar cierta actitud
«auténticamente alemana» del proletariado ante la «patria», tampoco tiene más
Hervé con su imperdonable posición no crítica ante un factor tan importante de
la lucha emancipadora del proletariado. El proletariado no puede permanecer indiferente
e impasible ante las condiciones políticas, sociales y culturales de su lucha;
por tanto, tampoco pueden serle indiferentes los destinos de su país. Pero los
destinos del país le interesan únicamente en lo que atañen a su lucha de clase,
y no en virtud de un «patriotismo» burgués, indecoroso por completo en boca de
un socialdemócrata». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; El militarismo belicoso y
la táctica antimilitarista de la socialdemocracia, 1908)
La «Línea de
reconstitución» y su rocambolesca teoría sobre la «disolución de las naciones»
Sin embargo,
¿a qué se dedican los «reconstitucionalistas», como supuestos discípulos de
Marx, Engels y Lenin? Bien, lo cierto es que tienen una particular forma de
interpretar sus fundamentos sobre cuestión nacional. En el artículo
«Nacionalismo frente a marxismo revolucionario» leíamos:
«El
marxismo-leninismo defiende el derecho de autodeterminación, la democracia
consecuente −que no el democratismo nacionalista, es decir, la posición pequeño
burguesa que pretende construir positivamente un Estado para cada nación−, como
mediación para propiciar la unidad del proletariado y para acercar la finalidad
suprema del comunismo en este campo: la fusión y la posterior disolución de las
naciones en una nueva humanidad universalmente libre y autoconsciente». (Comité
por la Reconstitución; Línea Proletaria, Nº3, 2019)
El problema
es que, como ahora veremos, pecan de presentismo, puesto que hacen de esa
deseable «futura fusión y la posterior disolución de las naciones» una
afirmación, como si fuese la tendencia actual. Por supuesto, esta propaganda
irreal tiene un reflejo directo en los comentarios de sus seguidores en redes
sociales, en donde aunque parezca una broma, lanzan panfletos, artículos y
comentarios más propios de bakuninistas confusos que de otra cosa:
«Los
comunistas no ocultamos nuestros fines: queremos acabar con las naciones,
porque a ello apunta el proceso histórico, correlativamente con la superación
del modo de producción capitalista, el Estado, etc. Todas las naciones: la
española, la catalana, la china y la senegalesa». (Comunista; Twitter, 15 de
enero de 2021)
Esta manía
de los «reconstitucionalistas» de deslizarse hacia el nihilismo nacional en
cualquier momento y lugar acaba dando lugar, como era de esperar, a que dentro
de sus filas haya un grave eclecticismo ideológico en donde fácilmente
encontramos conatos de cosmopolitismo, al cual se le puede definir como:
«Una
ideología reaccionaria que predica la renuncia a las tradiciones nacionales, el
menosprecio de la individualidad nacional en el desarrollo de los diferentes
pueblos, el rechazo a los sentimientos de honor nacional y orgullo nacional».
(Cuestiones de filosofía; Nº2, 1948)
Esta
desviación es fácilmente observable, por ejemplo, en frases como la que sigue,
pronunciada por uno de los gurús del «reconstitucionalismo» apodado «Dietzgen»
−no confundir con el verdadero revolucionario Joseph Dietzgen−:
«Por saber:
¿la patria del proletario está en la música latina que oye de camino al curro,
en la novela inglesa que lee en el metro al volver a casa, en la serie yanki
que ve por la noche, en su compi de tajo rumana o en el compatriota poli que
apaleó a su primo catalán el 1-O?». (Comunista; Twitter, 15 de enero de 2021)
¡¿De verdad
no se da cuenta este hombre de la cantidad de bobadas que suelta?! ¿Pretende
usted Sr. «Dietzgen» mantener una ardua competición con Armesilla a ver quién
dice la cosa más estúpida al final del día? ¡Claro! Debe de ser que Engels
dejaba de ser alemán en el momento en que escuchaba a Paganini, lo mismo para
Marx por negarse a deshacerse en halagos respecto a la música germana de su
época como Wagner y Lizst. Muy por el contrario, somos conocedores de que
Engels ojeó muy a fondo los folletos políticos del británico Owen o el francés
Fourier, y que Marx aprendió otros idiomas como el español y el ruso para leer
a literatos como Cervantes o poetas como Pushkin. ¿Acaso eso les
«desnacionalizaba»? No, de hecho, la preocupación de ambos autores por los
asuntos alemanes y su movimiento obrero no cesó jamás, ni siquiera en sus días
de exilio.
La
estrategia de «Dietzgen» se basa en hacer creer a cualquier pretendido
revolucionario que aquel que escuche heavy metal finlandés, fume tabaco
estadounidense y consuma películas alternativas en francés, estaría demostrando
la desaparición de su nacionalidad; esto sería la prueba definitiva de la
progresiva disolución de las naciones que está a la vuelta de la esquina.
¡Claro! ¡Porque jamás un madrileño miró a Londres, Nueva York o Paris para adoptar,
imitar o aderezar su propio lenguaje, ropa, música, filosofía o ideas
políticas! Todas las naciones han nacido y se han desarrollado a partir de la
influencia de múltiples culturas locales y extranjeras. Esto que le parece tan
sorprendente a «Dietzgen» no es sino el efecto del aumento de las fuerzas
productivas, los intercambios internacionales de bienes y servicios.
Como ya
hemos explicado en otras ocasiones, esta «globalización» no tiene por qué
implicar «un camino hacia la supresión de las naciones y sus culturas» −como
aseguran los nacionalistas «antiglobalistas» de Vox−. ¿Cómo explicárselo a
estos cabezas de chorlito? En muchos casos esta nueva situación puede llevar a
que un país reciba una mayor influencia de ese factor externo, pero que no tiene
por qué incluir una extinción de la propia cultura nacional. ¿Acaso la cultura
española no ha recibido durante siglos préstamos lingüísticos, musicales,
políticos o filosóficos de más allá de los Pirineos? ¿Y hoy? En efecto, pero de
ahí a hablar literalmente del próximo «fin de las naciones», es
sobredimensionar las cosas hasta alcanzar cuotas ridículas. De hecho, muchas de
las culturas nacionales hoy existentes no salen de la nada, sino que en muchas
ocasiones han sido también el producto de otras adaptaciones anteriores para
sobrevivir en su entorno, nos referimos a un ambiente hostil, a intentos de
asimilación forzosa, ¿no fue este el caso de las culturas nacionales de los
países del Cáucaso o los Balcanes?
Así, pues,
en cada periodo histórico cada cultura se adapta a su manera a otras
influencias culturales «externas» de gran poder: el grado de aceptación o
resistencia estará determinado por la idiosincrasia e intereses afines de tal
comunidad para adoptar una postura de recepción o de rechazo. Empero, incluso
decidiendo una cosa u otra existen toda una serie de factores que determinan
finalmente si tal proceso se concluye en una asimilación de una cultura por
otra, o si esta nunca se llega a completar, por no olvidar que en otros puntos
del planeta existen escisiones de una misma cultura, surgen nuevas naciones,
etcétera −algo que a los «cerebros dialécticos» de algunos les cuesta un mundo
de imaginar−. El capitalismo moderno está hoy muy lejos de hacer desaparecer
las barreras nacionales, muy por el contrario, parece que a ratos las seguirá
reforzando y enfrentando a toda costa para tratar de sacar el máximo rédito
bajo «motivos nacionales». Entonces, ¿cuál es nuestra postura? Dicho en
palabras llanas:
«El marxista
reconoce la «nación» como un fenómeno social, histórico, pero a diferencia del
nacionalista, con sus fines belicistas y expansionistas, el revolucionario
−marxista− aspira a construir una comunidad humana global de naciones formadas
por hombres y mujeres que convivan en amistad, donde se produzcan libres
asimilaciones o separaciones según la libres apetencias de sus soberanos, donde
hombres y mujeres puedan autorrealizarse según sus aspiraciones personales
−siempre en respeto y con conciencia sobre la colectividad de la que forman
parte−. Esto puede sonar a utopía humanista, pero analizándolo fríamente no lo
es, y seríamos unos irresponsables o pesimistas si nos negásemos a tal
aspiración. Hay una hoja de ruta muy clara. Para alcanzar el fin de la
desigualdad entre naciones y las guerras se debe aspirar no solo a la abolición
de la propiedad privada que impide todo lo anterior, sino también a la
abolición de las clases sociales, al fin de las diferencias entre ciudad y
campo, entre trabajo manual e intelectualidad. Estas son las condiciones sine
qua non». (Equipo de Bitácora (M-L); Fundamentos
y propósitos, 2022)
Ponerse a
debatir hoy cuánto tardará en darse una «única república universal» es una
labor tan bonita como inocua con las tareas que tenemos por delante −entre
ellas, poner fin a la hegemonía de las burguesías en cada país para que
«estrechar lazos» entre naciones socialistas sea algo factible−. Con el triunfo
de la Revolución de octubre (1917) y la efervescencia revolucionaria del
bolchevismo recorriendo media Europa, podrían hasta perdonarse los pronósticos
excesivamente optimistas sobre el pronto advenimiento de un evento mundial de
ese tipo, como ya vimos en ediciones anteriores. Véase el capítulo: «Entonces,
¿nunca ha coqueteado el marxismo-leninismo con nociones mecanicistas, místicas
o evolucionistas?» (2022).
Sin embargo,
dejarse llevar hoy por estas discusiones resulta patético; es la demostración
palpable de que la «Línea de la Reconstitución» (LR) produce debates tan
provechosos como los monjes que discutían en la Edad Media sobre el color de la
túnica de Jesús en la última cena o el número de ángeles que anunciaron su
resurrección. Para ir finalizando, traigamos dos citas lapidarias para aquellos
que tratan de insistirnos una y otra vez en la importancia actual de debatir
sobre la futura «supresión de las naciones» cuando ni siquiera hemos alcanzado
una libertad plena entre estas.
En primer
lugar, veamos lo que comentó Lenin al respecto en 1920:
«Lo que
importa ahora es que los comunistas de cada país tengan en cuenta con plena
conciencia tanto las tareas fundamentales, de principio, de la lucha contra el
oportunismo y el doctrinarismo «de izquierda», como las particularidades
concretas que esta lucha adquiere y debe adquirir inevitablemente en cada país,
conforme a los rasgos originales de su economía, de su política, de su cultura.
(...). Mientras subsistan diferencias nacionales y estatales entre los pueblos
y los países −y estas diferencias subsistirán incluso mucho después de la
instauración universal de la dictadura del proletariado−, la unidad de la táctica
internacional del movimiento obrero comunista de todos los países no exigirá la
supresión de la variedad, ni la supresión de las particularidades nacionales
−lo cual es, en la actualidad, un sueño absurdo−, sino una aplicación tal de
los principios fundamentales del comunismo −poder soviético y dictadura del
proletariado− que modifique acertadamente estos principios en sus detalles, que
los adapte, que los aplique acertadamente a las particularidades nacionales y
nacional-estatales». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; El «izquierdismo»
enfermedad infantil del comunismo, 1920)
Pasemos
ahora a ver lo que dijo Stalin cuando esta cuestión fue traída a debate en
1929:
«Cometéis un
grave error al poner un signo de igualdad entre el período de la victoria del
socialismo en un solo país y el período de la victoria del socialismo en escala
mundial y al afirmar que no solamente en el caso de victoria del socialismo en
escala mundial, sino también en el caso de la victoria del socialismo en un
solo país, es posible y necesaria la desaparición de las diferencias nacionales
y de los idiomas nacionales, la fusión de las naciones y la formación de un
idioma común único. Además, confundís cosas completamente distintas: «la
destrucción de la opresión nacional», con «la eliminación de las diferencias
nacionales»; «la destrucción de las barreras estatales entre las naciones», con
«la extinción de las naciones», con «la fusión de las naciones». No se puede
dejar de señalar que la confusión de estos conceptos heterogéneos es absolutamente
inadmisible en los marxistas. En nuestro país, la opresión nacional ha sido
destruida hace tiempo, pero de ello no se desprende, ni mucho menos, que las
diferencias nacionales hayan desaparecido ni que en nuestro país hayan sido
suprimidas las naciones. En nuestro país han sido destruidas hace ya tiempo las
barreras estatales entre las naciones, con sus guardafronteras, con sus
aduanas, pero de ello no se desprende, ni mucho menos, que las naciones se
hayan fundido ya, ni que los idiomas nacionales hayan desaparecido, ni que
estos idiomas hayan sido sustituidos por un idioma común para todas nuestras
naciones». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili; Stalin; La cuestión nacional y
el leninismo, 1929)
Los
«reconstitucionalistas» y sus coqueteos con el chovinismo y el cosmopolitismo
En resumidas
cuentas, pongamos a alguien poco sospechoso de ser un chovinista español o de
estar en contra del derecho de autodeterminación, como era Joan Comorera, para
así poder explicarles a estos señores como si fueran niños pequeños las nociones
de nacionalismo, cosmopolitismo, patriotismo e internacionalismo:
«El
internacionalismo proletario presupone la existencia de la nación. El
cosmopolitismo presupone el menosprecio de la nación. El internacionalismo es
la mejor arma de la clase obrera. El cosmopolitismo es la mejor arma del
capitalismo monopolista, la más potente y aspira en consecuencia, a la
dominación mundial. El patriotismo es la expresión natural del
internacionalismo proletario. El nacionalismo es la expresión natural de los monopolistas.
Lenin ha dicho que un mal patriota no puede ser un buen internacionalista. Los
yankees como Foster Dulles afirman que los pueblos europeos han de abandonar el
concepto «anacrónico» de soberanía, ahora que Estados Unidos ha acentuado el
nacionalismo agresivo, exclusivista, chovinista: he aquí la doble cara del
cosmopolitismo». (Joan Comorera; El internacionalismo proletario, 1952)
Ahora
pasemos a observar la «cita archiconocida» según el señor «Dietzgen», de José
Díaz, que, según él, ha hecho mucho daño:
«Camaradas:
hay una bandera que está en manos de nuestros enemigos, que ellos tratan de
utilizar contra nosotros y que es preciso arrebatarles de las manos: la de que
votando por ellos se vota por España. ¿Qué España representan ellos? Sobre este
asunto, hay que hacer claridad. Cuando la reacción, cuando el fascismo no puede
demostrar con hechos prácticos que ha mejorado en lo más mínimo las condiciones
de vida y de trabajo de la clase obrera y de las masas campesinas −porque las
ha empeorado−, y no solamente las de los trabajadores manuales, sino las de los
empleados, de la pequeña burguesía, de los campesinos, incluso de la burguesía
media; cuando en nada se ha mejorado −sino, repito, empeorado− la situación de
estas masas populares; de una manera abstracta, para cazar incautos, se dice,
se grita en los carteles, en los mítines: votando por nosotros, votáis por
España, votáis por la patria. Este argumento, que penetra sobre todo en las
capas de la pequeña burguesía, de la burguesía media, gentes que aman a su
patria y a su hogar, hay que analizarlo y demostrar que quienes aman
verdaderamente a su país, somos nosotros, y que somos nosotros los que vamos a
probarlo con hechos, pues no es posible que continúen engañando a estas masas,
utilizando la bandera del patriotismo, los que prostituyen a nuestro país, los
que condenan al hambre al pueblo, los que someten al yugo de la opresión al
noventa por ciento de la población, los que dominan por el terror. ¿Patriotas
ellos? ¡No! Las masas populares, vosotros, obreros y antifascistas en general,
sois los patriotas, los que queréis a vuestro país libre de parásitos y
opresores; pero los que os explotan no, ni son españoles, ni son defensores de
los intereses del país, ni tienen derecho a vivir en la España de la cultura y
del trabajo». (José Díaz; La España revolucionaria; Discurso pronunciado en el
Salón Guerrero, de Madrid, 9 de febrero de 1936)
Y respecto a
esta última cita, ¿qué es lo que tiene que decir el neomaoísmo? Atentos:
«Cita
archiconocida, sí. Y el proletariado pagó esa «patriótica» defensa de la
República burguesa con su sangre». (Comunista; Twitter, 10 de mayo de 2020)
«Esa cita no
hay por donde cogerla, es completamente contraria al marxismo y sólo se dedica
a idealizar la nación». (L. Volodia; Twitter, 10 de mayo de 2020)
Por
supuesto, al César lo que es del César, no seremos nosotros quienes oculten el
hecho de que el chovinismo español estuvo muy presente en algunas de las etapas
del Partido Comunista de España (PCE), ni somos sospechosos ocultar tal cosa,
ya que hemos criticado tales bandazos, inconsistencias y errores varios de
dicha organización. Véase el capítulo: «La
evolución del PCE sobre la cuestión nacional (1921-54)» (2020).
Pero no deja
de resultar curioso todo el esfuerzo de los neomaoístas en criticar los errores
del PCE en temática militar o en la cuestión nacional, una corriente como la
suya que luego es bien sumisa a la hora de adoptar los mitos de la «Guerra
Popular Prolongada» o el socialchovinismo de su mentor Mao Zedong. Véase el
capítulo de Moni Guha: «El
chovinismo del maoísmo en cuanto a la cuestión de Mongolia» (1981).
La cuestión
nacional no tiene excesiva dificultad para cualquiera que se haya formado en
marxismo debidamente:
«Amamos a
nuestro país, ¿es que a nosotros, proletarios conscientes de la Gran Rusia, nos
es extraño el orgullo nacional? ¡Claro que no! Nosotros amamos a nuestro idioma
y a nuestro país. Nosotros trabajamos, sobre todo, para elevar a las masas
trabajadoras de nuestro país −es decir, a las nueve décimas partes de su población−
a la vida consciente de demócratas y socialistas. Nosotros sufrimos ante todo
viendo y sintiendo las arbitrariedades, las humillaciones, el yugo que los
verdugos imperialistas, los nobles y los capitalistas hacen sufrir a nuestra
bella patria. Estamos orgullosos de que esas arbitrariedades hayan suscitado
resistencias entre nosotros, los grandes rusos; estamos orgullosos de que
nuestro pueblo haya dado hombres como Raditchev, los decembristas, los
revolucionarios pequeño-burgueses de la década del 70; estamos orgullosos de
que la clase obrera de la Gran Rusia haya creado en 1905 un potente partido
revolucionario de masas, y que, al mismo tiempo, el campesinado de la Gran
Rusia haya empezado a transformarse en demócrata y a libertarse moralmente del
pope y del terrateniente. (…) Obreros grandes rusos, penetrados de un
sentimiento de orgullo nacional, queremos a toda costa una gran Rusia libre e
independiente, demócrata y republicana, que establezca sus relaciones con sus
vecinos sobre el principio humano de la igualdad y no sobre el principio
humillante del servilismo y el privilegio para una gran nación. Por eso
decimos: en la Europa del siglo XX, no se puede «defender la patria» más que
poniendo en movimiento las fuerzas revolucionarias contra los monárquicos, los
terratenientes y los capitalistas de «su» patria, es decir, contra los peores
enemigos de nuestra patria». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Sobre el orgullo
nacional de los rusos, 1914)
Sin embargo,
como era de esperar, de esta línea en cuestión nacional de la LR antagónica a
la de Lenin no puede salir nada bueno. Hace poco hemos sido testigos de cómo
ella conduce a sus simpatizantes al terrible desfiladero de la justificación de
la opresión nacional, a negar el derecho de autodeterminación. ¿Cómo? bajo
ridículas argumentaciones luxemburguistas, trotskistas y armesillistas:
«No es por
nada (sic) pero si mañana en Jaén se montan un 1 de octubre y quieren separarse
de Andalucía por lo que sea diríamos que hay opresión nacional? Es que entonces
estamos dando carta blanca a quién quiera a ser una nación». (Pavel Korchaguin;
Twitter, 3 de marzo de 2021)
«Pero es que
el caso es que no veo opresión ninguna hacia Cataluña, básicamente porque no es
nación y mucho menos oprimida, ya me jodería. Yo como proletaria comunista
estoy a favor de una revolución proletaria en la que trabajo, no en que un
catalán rico se haga más rico». (Pavel Korchaguin; Twitter, 3 de marzo de 2021)
Incluso
llegando a afirmar que ¡el desarrollo de las naciones ya ha finalizado!
«Sí. La
época de la configuración de naciones ya pasó. ¿Que podrían ser esos
movimientos nacionalistas, que en la mayoría de los casos se traduce en odio
chovinista? Yo diría que simple victoria ideológica de esta burguesía sobre
otra, otros dirán que es una nación oprimida». (Pavel Korchaguin; Twitter, 3 de
marzo de 2021)
«Digan amén
a la metafísica camaradas, porque las naciones son las que son, no puede haber
ni habrá creación o destrucción de más naciones… toda lucha nacional es
reaccionaria». He aquí los ecos de Rosa Luxemburgo que Lenin combatió una y
otra vez:
«[Junius]
dice que en la época imperialista toda guerra nacional contra una de las
grandes potencias imperialistas conduce a la intervención de otra gran
potencia, también imperialista, que compite con la primera, y que, de este
modo, toda guerra nacional se convierte en guerra imperialista. Mas también
este argumento es falso. Eso puede suceder, pero no siempre sucede así».
(Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Sobre el folleto de Junius, 1916)
Por si el
lector cree que esto es una excepción, hay más ejemplos de Lenin vapuleando
estas concepciones que hoy recoge la LR, siempre tan admiradora de la «gran
obra» de Rosa Luxemburgo:
«En la época
del imperialismo no sólo son probables, sino inevitables, las guerras
nacionales de las colonias y semicolonias. (…) Esta «época» no excluye en lo
más mínimo las guerras nacionales, por ejemplo, por parte de los pequeños
Estados −supongamos anexionados u oprimidos nacionalmente− contra las potencias
imperialista». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Sobre el folleto de Junius,
1916)
«La «defensa
de la patria» puede ser allí aún la defensa de la democracia, de la lengua
materna y de la libertad política contra las naciones opresoras, contra el
medievo». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Sobre la caricatura del marxismo y el
«economicismo imperialista», 1916)
Esto
significa que, como en otros temas, partiendo de su caos e inmundicia teórica,
los «reconstitucionalistas» raudos acaban convirtiéndose en lo que juraron
combatir. Si en filosofía esta paradoja les ocurre a menudo con sus proclamas
contra el positivismo y el posmodernismo, a los cuales muchas veces acaban
emulando, aquí, en la cuestión de la problemática nacional, les sucede
exactamente igual. Saltan del «cosmopolitismo izquierdista» hacia el
«chovinismo derechista», acercándose en última instancia más a los postulados
de nacionalistas como Vaquero, Trevijano, Armesilla o Bueno que a reconocidos
internacionalistas como José Díaz, Engels, Lenin o Comorera.
Otros pasan
al extremo opuesto, pues se prestan a defender las desviaciones nacionalistas
de algunas de las experiencias revolucionarias del siglo XX. En este caso, al
hablar de la URSS, un «sabio» nos dijo:
«Se le llamó
«Gran Guerra Patria» porque el socialismo, la dictadura de nuestra clase, es la
única patria a defender». (Rejected; Twitter, 9 de mayo de 2021)
No, querido
amigo, no se denominó «Gran Guerra Patria» por esas razones, sino porque en los
años 30 la dirección soviética había dado un giro de 180º respecto a la
cuestión nacional, llegando hasta el punto de rehabilitar a los viejos
generales del zarismo, los zares y celebrar las anexiones de países periféricos
a la Gran Rusia. De nuevo nos preguntamos: ¿por qué achacáis a Stalin errores
ficticios y no sois capaces de criticar lo realmente criticable? ¿Frivolidad,
cinismo, incapacidad? Véase el capítulo: «El
giro nacionalista en la evaluación soviética de las figuras históricas»
(2021) y el capítulo: «Las
terribles consecuencias de rehabilitar la política exterior zarista en el campo
histórico soviético» (2021).
Pero, ya
sabemos, esto es lo que tiene la «lucha de dos líneas» maoísta, ¡la cual nos
brinda ser testigos de opiniones maravillosamente contrapuestas! Mañana todas
las facciones se batirán en duelo para ver cuál es el «cuartel burgués» y el
«cuartel proletario» −si la «posición cosmopolita» o la «posición chovinista»−.
Nosotros, por fortuna, no asistiremos a tal bochorno».
(Equipo de Bitácora (M-L); Sobre
la nueva corriente maoísta de moda: los «reconstitucionalistas», 2022)
Fuente: https://bitacoramarxistaleninista.blogspot.com/2023/04/el-sentimiento-nacional-en-la-era-de-la.html#more