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lunes, 25 de febrero de 2019

SEMIOCAPITALISMO : EL BIG DATA EN REEMPLAZO DEL CONTACTO HUMANO


22/02/2019

Es necesario comenzar a pensar la relación entre la mutación tecnológica en curso y los procesos sociales. Una subjetividad sujetada, hablada por los medios de comunicación concentrados y por una configuración de cableados, inteligencia artificial, binarismos y algoritmos, obedece inconscientemente a las imágenes y a una tecnología digital que va por las redes, whatsapp, facebook, etc., condicionando hábitos, percepciones, saberes, elecciones y sensibilidad. La subjetividad se comunica cada vez más por máquinas y cadenas algorítmicas matemáticas y cada vez menos por el encuentro de los cuerpos. Esta mutación tecno-cultural inhibe, entre otras cosas, la capacidad para detectar el sufrimiento o el placer del otro y la afectación mutua de los cuerpos, condición fundamental del amor y la política.

Jean Baudrillard, en « Cultura y simulacro », recuerda un cuento de Borges sobre un mapa tan detallado, que implicaba una exacta correspondencia biunívoca con el territorio. Basándose en esa historia, señala que en la postmodernidad se ha borrado la diferencia entre mapa y territorio, siendo imposible distinguirlos ; más bien el territorio ha dejado de existir y sólo quedó el mapa o el modelo virtual, simulacros que suplantan la realidad. Afirma Baudrillard que con la virtualidad entramos en la era de la liquidación de lo real, la referencia y la exterminación del otro.

Bifo Berardi, continuando las huellas de Baudrillard, describe en « Fenomenología del fin  » [1] al neoliberalismo como semiocapitalismo, un modo de producción en el cual la acumulación de capital se hace esencialmente por medio de la acumulación de signos : bienes inmateriales. Se trata de una semiología de la simulación basada en el fin de la referencia ; el signo linguístico se ha emancipado plenamente y esa abstracción se desplazó hacia la ciencia, la política, el arte, las comunicaciones y todo el sistema de intercambios.

El neoliberalismo, un capitalismo que ya no es industrial sino financiero, constituye el punto más avanzado de la virtualización financiera : el dinero se puede transformar en más dinero salteándose la producción de bienes útiles. El semiocapitalismo se basa en la desterritorialidad de la producción, el intercambio virtual y la explotación del alma como fuerza productiva. A partir de esa organización, las corporaciones globales ganaron absoluta libertad al poder mover fácilmente de un lugar a otro sus activos inmateriales, en un mundo en el que los automatismos financieros reemplazaron la decisión política y los Estados perdieron efectividad, multiplicándose la miseria, la precariedad y el desempleo. El absolutismo capitalista no regulado afirma su derecho a ejercer un control irrestricto sobre nuestras vidas, mientras una epidemia de angustia se propaga por el planeta.

En una cultura global transformada en un totalitarismo de la virtualidad juega su partida la posverdad : todo puede ser dicho y convertido en verdad irrefutable. Los mensajes no valen por su interpretación o relación con la verdad, sino por el pragmatismo o efectividad de signos vacíos que impactan de lleno en la dimensión afectiva. Constatamos una subjetividad debilitada en el recurso al pensamiento, viviendo en el tiempo ansioso del zapping y la urgencia, que se maneja fundamentalmente por impulsos.

La semiotización neoliberal, con predominio del intercambio de signos virtuales en nombre del progreso, implica la sustracción del cuerpo, lo que constituye una de las consecuencias más inquietantes que la humanidad pueda conocer. Si no se percibe el cuerpo, el grito, la angustia o el sufrimiento del otro, hay solo un paso hacia la indiferencia social, el máximo individualismo y la destrucción de la comunidad real. Un cuerpo social de carne y hueso afectado en el intercambio social es la condición fundamental para la politización, la construcción del pueblo y la emancipación.
¿Qué hacer ?

Al final de su obra, Berardi expresa de manera enigmática que solo Malinche puede responder estas preguntas. La Malinche, una de las veinte mujeres esclavas dadas a los españoles en 1519 por los habitantes de Tabasco, sirvió de intérprete a Hernán Cortés, se convirtió en su concubina y dio a luz uno de los primeros mestizos. Este acto fue interpretado de diversas maneras : traidora, víctima o madre simbólica de la nueva cultura mestiza. Sin descartar ninguna de las tres lecturas, bien o mal, Malinche se abrió a la lengua del otro incomprensible.

Asumiendo las transformaciones semióticas, imposibles de ser frenadas, se trata de apostar a la posibilidad de enfrentar esta forma contemporánea de dominación. Retomando el mito del mestizaje, habrá que incluir y mezclar los cuerpos junto a las nuevas tecnologías. En lugar de la disyunción que el sistema de intercambios neoliberal plantea entre cuerpo y virtualidad, será necesario multiplicar espacios de producción cultural y participación en los que puedan circular pensamientos, afectos y cuerpos : centros culturales, comunicación alternativa, radios libres, blogs, canales de Youtube, etc. Habrá que reorganizar el espacio común ensayando formas de vida independientes del dominio del capital.

En la era del semiocapitalismo neoliberal, la reconstrucción de los lazos sociales se convierte en una forma de resistencia y una tarea principal. Tal vez constituya el desafío político más difícil.

- Nora Merlin Psicoanalista. Magister en Ciencia Política. Autora de « Populismo y psicoanálisis » y « Colonización de la subjetividad ».
@merlin_nora

Cronicon. Buenos Aires, 3 febrero, 2019
El Correo de la Diaspora. París, 17 de febrero de 2019

Notes

[1] Cfr. F. Berardi, And. Phenomenology of the end. Cognition and sensibility in the transition from conjunctive to connective mode of social communication, Aalto Arts Books, Helsinki, 2014.





miércoles, 20 de febrero de 2019

LAS NEUROCIENCIAS: UN INTENTO DE COLONIZAR LA SUBJETIVIDAD


Publicado en 19 marzo, 2017
Colonización de la subjetividad: las neurociencias
El discurso apolítico de las neurociencias convierte intereses económicos y empresariales en conocimientos neutros instituidos como verdades. El Dr. Facundo Manes es uno de los representantes de esta corriente que sitúa a las neurociencias como el paradigma biopolítico funcional al neoliberalismo; un gurú comunicacional sostenido por los medios corporativos y las empresas farmacológicas.
Por Nora Merlin*
(para La Tecl@ Eñe)
El sistema capitalista en su variante neoliberal funciona imponiendo ideas a través de los medios de comunicación corporativos y el marketing, que se incorporan, se demandan y terminan naturalizándose. Se trata de un proyecto colonizador que necesita realizar una producción biopolítica de subjetividad, y con ese objetivo se apropia de sentidos y representaciones de la cultura.
La subjetividad neoliberal se configura siguiendo el modelo empresarial planteado como una serie uniformada, en la que lo humano se reduce a su mínima expresión: todo debe estar calculado, disciplinado y controlado. Las personas se someten a los mensajes comunicacionales, que terminan funcionando inconscientemente como órdenes. De esta forma, incorporan los imperativos de la época y sustentan la creencia de que eligen libremente mensajes comunicacionales, mientras que en verdad son impuestos a fuerza de repetición y técnicas de venta.
El neoliberalismo como régimen de colonización de la subjetividad, tapona con objetos tecnológicos y medicamentos el lugar de la falta estructural del sujeto y de lo social, rechazando lo que hace límite o funciona como imposibilidad. Esta operación inevitablemente conduce a la  angustia, principal afecto desarrollado en el neoliberalismo, la que se manifiesta en el cuerpo como taquicardia, sudoración, mareos, ahogos, etc. Otras veces produce culpa inconsciente y necesidad de castigo, porque el sujeto, transformado en consumidor, siempre está en falta, nunca se siente a la altura de los mandatos empresariales del éxito y el mérito. Se establece una dialéctica circular y compulsiva entre desarrollo de angustia o culpa y consumo de psicofármaco-tapón, cuya dosis nunca resulta suficiente.
Entre las tácticas que apuntan a la colonización de la subjetividad, se sitúa el apelar a la ciencia y convertir intereses económicos y políticos en conocimientos neutros que se instituyen como verdades indiscutibles. Se trata de  una manipulación mediática, repetitiva y supuestamente acrítica, que se hace en nombre del prestigio social de la ciencia y de una supuesta objetividad apolítica. Se pretende imponer saberes aparentemente neutrales, que con su insistencia se vuelven sentidos “consensuados” por la comunidad. ¿Quién se anima a contradecir a “La ciencia”? ¿Quién pone en tela de juicio lo que afirma un “doctor”?  La subjetividad indefensa se arrodilla y se somete ante un supuesto saber científico siempre triunfante que se erige como uno de los amos de la civilización.
En esta perspectiva debe considerarse que la investigación sobre el cerebro puede funcionar como una renovada oferta de espejitos de colores. Las neurociencias son un conjunto de disciplinas que estudian la estructura, la función,  y las patologías del sistema nervioso, pretendiendo establecer las bases biológicas que explican la conducta y el padecimiento mental.
Las neurociencias, funcionales al neoliberalismo, se proponen fabricar la construcción biopolítica de un sujeto adaptado al circuito neuronal, portador de amores calculados y angustias medicadas en nombre de una supuesta salud mental equilibrada que viene con receta y protocolo.  Por ejemplo, el Dr. Facundo Manes, uno de los referentes de esta corriente en la Argentina, afirmó que “El amor más que una emoción básica, es un proceso mental sofisticado y complejo”.  Manes determina un amor basado en un circuito neuronal, que se fundaría en el funcionamiento del cerebro cuando nos enamoramos, sosteniendo, por ejemplo, que el tamaño de la pupila influye en la atracción que podemos provocar en el otro.
No deja de sorprender que se presente a las neurociencias como lo más moderno cuando en realidad se trata de un reduccionismo  pre-freudiano, que homologaba lo psíquico a lo biológico y que afirmaba que los procesos mentales eran cerebrales. (“Un servidor de pasado en copa nueva”, como dice Silvio Rodríguez). Reducir el sujeto, la relación con el prójimo, lo social, a la actividad espontánea de la corteza cerebral o a la conectividad neuronal implica un anacronismo. El descubrimiento de la neurona, a fines del siglo XIX, realizado por Santiago Ramón y Cajal fue un aporte fundamental a la neurología. Pero ya en 1895 siendo neurólogo, Sigmund Freud sostuvo que esa disciplina era estéril para investigar lo psíquico.  Abandonó ese camino y se orientó hacia lo que sería el psicoanálisis: descubrió la importancia de la palabra y la escucha en la afectación del cuerpo y la producción de síntomas, planteando que  es vía la palabra y la escucha de cada sujeto que advendrá la curación. En 1.900 descubrió el inconsciente e inventó el psicoanálisis como práctica, construyendo una teoría que traería muchas novedades, entre ellas un nuevo cuerpo que no sólo es orgánico ni determinado por conectividades neuronales, sino que está marcado, traumatizado y sintomatizado por las palabras del Otro. El psicoanálisis propuso un corte epistemológico radical: vino a cuestionar la universalidad de la norma, otorgando, como nunca antes había sucedido en la historia de la cultura, dignidad a la diferencia absoluta: cada sufrimiento es singular, cada caso es una excepción, cada amor es único, la sexualidad no es biológica, uniformada ni coincide con la genitalidad y el cuerpo hablado se constituye como erógeno. Más tarde Jacques Lacan continuó desarrollando  el psicoanálisis: lo articuló a la lingüística, la lógica, la topología, etc., y ese cuerpo teórico constituye la herramienta fundamental para tramitar el sufrimiento del hablante-ser.
Hoy la palabra neurociencia está de moda en consonancia con el desarrollo  neoliberal; en éstos tiempos y en nuestro país tiene entre sus representantes a un gurú comunicacional sostenido por los medios corporativos, el Dr. Facundo Manes. Dicho neurólogo no resulta un actor social neutral sino una figura ligada al  gobierno, probablemente candidato de Cambiemos en las próximas elecciones. Asimismo, se quiere crear un polo de “neurociencias aplicadas” en beneficio de empresas privadas, negocios inmobiliarios y laboratorios.”
Las neurociencias intentan avanzar hacia la medicalización a partir de situaciones comunes de la vida, por ejemplo un duelo, una ruptura de pareja, un conflicto, apuntando a narcotizar la angustia, la culpa y lo que consideran anomalías sintomáticas. Otro aspecto a considerar es que parten de un supuesto que en sentido estricto constituye una estafa, que es la adaptación o la homeostasis y la armonía como horizontes posibles de la existencia humana sexuada y mortal. Para graficarlo, sería la metáfora del amor como media naranja, o la acomodación de los sujetos al orden instituido, generando la ilusión de una completud sin restos, diferencias ni perturbaciones.
Los psicoanalistas nos oponemos a regresar a la caverna paleontológica que proponen las neurociencias. Nuestro punto de vista es que el padecimiento subjetivo singular no está causado por la neurona, que el inconsciente no es biológico y que los tratamientos que proponen las neurociencias no son modernos ni serios. La medicación que proponen opera como una mordaza para adormecer a los sujetos y silenciar el sufrimiento, lo que termina agravándolo, en tanto que desde una posición psicoanalítica de lo que se trata es de que exprese y se aloje en una escucha especializada: el analista.
El proyecto de las neurociencias no es inocente, apunta a la medicalización de la sociedad, pretendiendo engrosar el mercado de consumo de medicamentos acorde con las corporaciones de los laboratorios, así como disciplinar y adaptar los sujetos a la moral y la norma del dispositivo capitalista.
Hoy la palabra neurociencia está de moda en consonancia con el desarrollo  neoliberal; en estos tiempos y en nuestro país tiene entre sus representantes a un gurú comunicacional sostenido por los medios corporativos, el Dr. Facundo Manes. Dicho neurólogo no resulta un actor social neutral sino una figura ligada al  gobierno, probablemente candidato de Cambiemos en las próximas elecciones. Asimismo, se quiere crear un polo de “neurociencias aplicadas” en beneficio de empresas privadas, negocios inmobiliarios y laboratorios. Ese centro se constituiría a través de la reconversión y refuncionalización de los hospitales neuropsiquiátricos José T. Borda y Braulio Moyano, que a su vez pasarán a ser “centros de atención, experimentación e investigación relacionados con las neurociencias aplicadas”. Una decisión tan fundamental de política sanitaria no se puede tomar de forma unilateral, sino que debe ser el resultado de un debate que incluya a todos los agentes involucrados en la salud mental.
Las neurociencias implican el triunfo de la medicalización, del paradigma positivista y de la investigación técnica desligada de los efectos políticos y subjetivos  de vivir con otros y otras. Supone el negocio de los laboratorios y el triunfo de la colonización neoliberal que produce psicología de masas,  donde el sujeto se reduce a ser un objeto de experimentación manipulado, cuantificado y disciplinado.
El sujeto no se calcula por expertos ni viene con protocolo de “normalización civilizada”, no cedamos la cultura.
Buenos Aires, 15 de marzo de 2017
*Psicoanalista, docente e investigadora de la UBA- Magister en Ciencias Políticas- Autora de Populismo y psicoanálisis