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domingo, 11 de agosto de 2024

EL MAL MENOR COMO DESERCIÓN ESTRATÉGICA


Raúl Zibechi

5 agosto 2024 

A medida que la situación internacional se vuelve más tensa y se acercan momentos de riesgo nuclear, los paños tibios y la política del «mal menor» están mostrando serias limitaciones y, lo que es aún peor, pueden llevar a la pérdida de horizontes transformadores justo cuando son más necesarios que nunca.

La izquierda europea y la estadounidense han caído en esa trampa que los lleva a elegir entre Joe Biden (ahora Kamala Harris) para impedir el triunfo de Donald Trump. Algo similar hizo la izquierda francesa en el pasado, apoyando a Emmanuel Macron para bloquearle el camino a Marine Le Pen. Buena parte de su política gira en torno a frenar a la ultraderecha, pero para hacerlo se tejen alianzas que aceleran la deriva de la izquierda hacia el centro, o sea, hacia la nada.

El Nuevo Frente Popular francés se tejió mediante la alianza con socialistas y verdes, cuyas políticas son profundamente neoliberales, se doblegan ante Estados Unidos y se colocan del lado de la guerra en Ucrania. En el escenario poselectoral, el principal beneficiado han sido Macron y los socialistas, y quien sale perdiendo es La Francia Insumisa que ha quedado encajonada en la alianza de hecho entre ambos «centros», que se crecieron con el discurso contra la ultraderecha.

Los medios que promueven con mayor intensidad las políticas contra las ultraderechas son «The New York Times», «The Guardian» y «El País», entre muchos otros, pero a la vez apoyan la escalada contra el pueblo palestino y llaman a intensificar las guerras en curso.

La ultraderecha ha resultado ser un espantapájaros en manos de la derecha neoliberal (en la que incluyo a los llamados socialistas) para legitimar el modelo neoliberal extractivista. Quieren convencernos que hay una enorme diferencia, por ejemplo, entre Biden/Harris y Trump, o entre demócratas y republicanos. Con esto no pretendo insinuar la menor indulgencia hacia esos políticos ultras y esas políticas declaradamente racistas y xenófobas.

Sin embargo, en los hechos hay muy pocas diferencias entre las derechas y las ultraderechas, pero también vemos muchas coincidencias con las socialdemocracias. En los temas centrales, digamos en los asuntos de Estado, predominan los puntos en común: son ferozmente antiindependentistas en el Estado español, guerreristas en el plano internacional y defienden a capa y espada el modelo de acumulación por despojo en todo el planeta que está profundizando el caos climático.

Después de Gaza, el mundo es otro. Uno de los cambios centrales es que la vieja contradicción derechas-izquierdas se está evaporando y a escala planetaria surge una nueva confrontación que tiene a ser la principal: la que opone al Norte y al Sur globales. Este conflicto no es nuevo, arranca por lo menos durante el proceso de descolonización en las décadas de 1950 y 1960, se fortaleció con el Movimiento de los No Alineados y la Conferencia de Bandung en 1955.

Las guerras en Ucrania, en Gaza y Medio Oriente están modificando el panorama mundial. El hecho de que la mayoría del Sur Global no haya acompañado las sanciones a Rusia promovidas por Estados Unidos y apoye a Palestina es un síntoma mayor de este profundo viraje.

En la medida que el gobierno demócrata de Estados Unidos se niega a negociar la paz en Ucrania y está dando carta blanca a Netanyahu para seguir haciendo la guerra en Gaza, en Cisjordania y ahora también en Yemen, no es posible seguir pensando que existen diferencias de fondo entre izquierdas y derechas, salvo en las declaraciones.

Tengo claro que muchas personas rechazan este punto de vista y pueden incluso enfadarse. Pero en momentos tan difíciles y extremos como los que vivimos (insisto que la opción nuclear está muy cerca), debemos cuestionar estructuras mentales que hemos cultivado durante décadas; ser capaces de pensar en contra de nuestras tradiciones como personas de izquierdas, poner todo en cuestión y no solo lo que hacen y dicen los del otro bando.

Tomemos el debate del cambio climático. Las derechas lo niegan y no están dispuestas a hacer nada para frenarlo, incluso apoyan el consumo masivo de hidrocarburos. Los progresismos hablan mucho sobre el clima, promueven eventos como las Conferencias anuales sobre cambio climático (COP), pero en los hechos nada cambia porque se niegan a la transformación del sistema productivo y de consumo, dejando los eventuales cambios en manos del mercado.

En síntesis, lo que separa a derecha e izquierda son fundamentalmente los discursos. No dejo de tener en cuenta que ambas corrientes suelen desarrollar políticas diferentes en algunos aspectos: porcentaje de ajustes salariales y pensiones, más o menos rigor con los migrantes, más o menos machismo (pero sin cuestionar el patriarcado, que pasaría por disolver los ejércitos, como sostiene María Galindo), y otras cosas que no son menores.

Ni el mayor aumento salarial imaginable, ni una legislación más dura con los violadores y acosadores, ni la legalización de todos los migrantes es capaz de tocar el núcleo del sistema. Hoy ese núcleo es la guerra y no comprender esto supone entrar en un posibilismo que es el que está permitiendo la masacre y el exterminio palestino y yemení, y de los pueblos originarios de América Latina.

La política del «mal menor» le apuesta al corto plazo, sin medir las consecuencias en la larga duración. La principal es la pérdida de horizontes estratégicos, la voluntad de cambios, que pasa necesariamente por adquirir la suficiente resiliencia como para desafiar el estado de cosas nadando contra la corriente.

¿Acaso el «estado de excepción» no era la regla para los oprimidos, como dijo Walter Benjamin? Con el tiempo se impuso la comodidad: «No hay otra cosa que haya corrompido más a la clase trabajadora alemana que la idea de que ella nada con la corriente». En ese nadar cómodamente, «la clase desaprendió lo mismo el odio que la capacidad de sacrificio», sentenció en la tesis XII sobre la historia.

Es evidente que no estamos a la altura.

Publicado originalmente en naiz

Fuente: https://desinformemonos.org/el-mal-menor-como-desercion-estrategica/

 

viernes, 7 de julio de 2023

POR QUÉ NO HAY UN MOVIMIENTO CONTRA LA GUERRA: EL PROGRESISMO Y LA IZQUIERDA QUÉ PAPEL JUEGAN EN LA DESMOVILIZACIÓN Y DESPOLITIZACIÓN

 


Por Raúl Zibechi*.

Preocupado por el deslizamiento de la guerra iniciada en Ucrania hacia una tercera guerra mundial, el escritor español Rafael Poch reflexiona con argumentos que valen también para México, Centroamérica y el resto de América Latina: “Es un escándalo histórico que en Europa, continente reincidente en esta materia, aún no haya signos de un movimiento popular por la paz” (https://goo.su/7XesEwk)

No pretendo que todos sus argumentos, como veremos, sean válidos para nuestro continente. Pero vayamos por partes. Considera que la deriva guerrerista “obliga a interrogarse y a repasar con detalle todo lo que ha ocurrido en Europa en los últimos 30 años”. Considero que lo mismo puede decirse en América Latina, ya que las guerras de hoy arrancan antes incluso que la “guerra contra las drogas”, que sin duda elevó la agresión contra los pueblos a nuevos niveles.

A continuación, denuncia “la ciega desorientación de toda esa ‘izquierda de derechas’ que apoya el envío de armas a Ucrania”, porque sin su concurso la guerra estaría bastante deslegitimada. Poch sostiene que en el caso de Europa se constata en las últimas décadas el “dominio cultural de Estados Unidos”, justamente cuando la superpotencia vive su mayor declive en la historia. Este argumento tiene alcance global, ya que la cultura yanqui ha penetrado profundamente en nuestras izquierdas, aunque sigan enarbolando un discurso antimperialista.

Esa cultura defiende, por ejemplo, “guerras imperialistas revestidas de combates por la libertad y los derechos humanos”, además de criticar dictaduras y defender la igualdad de género, utilizada como arma de guerra contra algunas naciones y no como derechos plenos de todas las personas.

Pero también critica al periodismo hegemónico, porque ha sustituido “la racionalidad de las preguntas sobre recursos e intereses, sobre historia, tendencias de dominio y geografía”, por la simpleza de “condenar villanos”. O sea, se oscurece la cuestión del contexto, tan burdamente eliminada de los no-debates actuales.

Pese a que el repaso histórico de 30 años de Rafael Poch en su columna “Hacia la tercera”, parece acertado, habría que agregar algo que aborda de un modo bastante general cuando ataca a “esa izquierda de derechas” que, entre nosotros, recibe el nombre de progresismo y que gobierna buena parte de la región.

El progresismo y la izquierda han jugado un papel significativo en la desmovilización y despolitización de las sociedades. En Europa no hay un verdadero movimiento antifascista, pese a que la ultraderecha gobierna en Italia, puede ser gobierno en España, avanza en Alemania y en otros países. Tampoco hubo un movimiento contra Jair Bolsonaro en las calles brasileñas, porque la izquierda le apuesta a las urnas y cree que la protesta ahuyenta votos de las clases medias.

Cuando los pueblos se lanzaron a las calles en fenomenales levantamientos (Chile, Colombia, Ecuador, Perú, y ahora en Jujuy, Argentina), lo han hecho a pesar o en contra del progresismo y los partidos de izquierda que, una vez apagada la llamarada de la protesta, se aprestan a encauzarla por canales institucionales.

En Europa estar en favor de paz es sinónimo de ser prorruso y pro-Putin para esa izquierda. En nuestro continente defender la vida y los territorios de los pueblos equivale a “hacerle el juego a la derecha”, como dicen los progresistas. De ese modo se desestimula la crítica y la obediencia al poder, síntomas claros de la despolitización que nos atraviesa como sociedad y que, a larga, favorece a las derechas.

Porque ser de izquierdas siempre fue sinónimo de ejercer la crítica-autocrítica y la desobediencia al poder; nunca en hacer cálculos sobre ganancias para llegar al poder o para continuar en él.

En Honduras, la presidenta progresista Xiomara Castro adoptó en modelo del salvadoreño Nayib Bukele para combatir la violencia de las pandillas. Violencia contra la violencia; militarización de la sociedad; todo el poder a la policía y a los militares; despojar a los delincuentes de su humanidad, cuando son de abajo.

El posibilismo y el pragmatismo son la metástasis del progresismo y las iz­quierdas. ¿Por qué el Presidente de Mé­xico no condena a quienes atacan a las comunidades zapatistas y descalifica a quienes defienden sus territorios y los organismos de derechos humanos? ¿Son más defendibles los que disparan contra los pueblos que aquellos que sólo ponen sus cuerpos, sin violencia, para defender la vida?

El comunicado del Congreso Nacional Indígena adelanta que podemos estar ante el preámbulo de una ofensiva militar y mediática, en la medida que se minimiza la violencia (https://goo.su/O4cxCtx). Cuando se atraviesan los tramos finales de una administración, pueden realizarse acciones radicales con menor costo político que en otros periodos.

En todo caso, no debemos perder de vista que la “izquierda de derechas” llegó al poder para destrabar la gobernabilidad, ante el potente activismo de los pueblos.

* En “La Jornada”

Fuente: https://loquesomos.org/por-que-no-hay-un-movimiento-contra-la-guerra/

 

ESTAMOS ANTE LA MAYOR ESTUPIDEZ DE LA HISTORIA Y ES UN ESCÁNDALO HISTÓRICO QUE EN EUROPA AÚN NO HAYA SIGNOS DE UN MOVIMIENTO POPULAR POR LA PAZ.

Rafael Poch de Feliu

 

La guerra de Ucrania escala hacia la posibilidad de una especie de tercera guerra mundial. Y eso en tiempos de antropoceno, de cambio global inducido por el hombre que precisa para ser revertido de una nueva mentalidad y una intensa integración y cooperación internacional entre grandes potencias. Estamos ante la mayor estupidez de la historia y es un escándalo histórico que en Europa, continente reincidente en esta materia, aún no haya signos de un movimiento popular por la paz.

Debería haberlo. Un movimiento amplio, que, más allá de las diferencias sobre el reparto de responsabilidades en este conflicto entre grandes potencias por país interpuesto, proclamara que el enemigo es la guerra. Al mismo tiempo, en las instituciones europeas, independientemente de su sesgo neoliberal y oligárquico, se debería recordar aquel sentido común que el Presidente Kennedy expresaba en junio de 1963, hace exactamente sesenta años, desde el mismo corazón del imperio:

Defendiendo nuestros propios intereses vitales, las potencias nucleares deben evitar sobre todo aquellos enfrentamientos que llevan a un adversario a elegir entre una retirada humillante o una guerra nuclear. Adoptar ese tipo de curso en la era nuclear sería solo evidencia de la bancarrota de nuestra política, o de un deseo colectivo de muerte para el mundo«.

En lugar de eso los políticos europeos, no ya los traumatizados bálticos, los delirantes polacos y los europeos del este en general, con la excepción de Hungría correas de transmisión de Estados Unidos en el continente, sino los alemanes y franceses, los nórdicos, los belgas, y detrás de ellos los mediterráneos seguidistas, no dejan de echar leña a este fuego insensato. No es una mera cuestión de “ciclo político”, remediable con un cambio electoral, sino que es algo mucho más profundo que obliga a interrogarse y a repasar con detalle todo lo que ha ocurrido en Europa en los últimos treinta años.

En ese examen, por supuesto, se deberá incluir la ciega desorientación de toda esa ”izquierda de derechas” que apoya el envío de armas a Ucrania. Que esa sea la posición oficial de Yolanda Díaz puede ser anecdótico en el contexto europeo, dado el seguidismo de nuestra política exterior en Bruselas, pero no lo es en Alemania, un país central en la definición de la ruta a seguir. Allí la línea de la política exterior no la marca el timorato canciller Scholz, sino la incalificable ministra del partido verde, Annalena Baerbock, partidaria de “arruinar” a una potencia nuclear. Y a nivel de la OTAN y su Unión Europea subsidiaria, quienes más peso tienen en el plano de las ideas y las decisiones son los bálticos y los polacos.

¿Qué ha pasado estos treinta años para que el conjunto de Europa haya llegado hasta aquí? Ahí queda la pregunta, pero seamos conscientes de que lo que hace sesenta años, cuando la cita de Kennedy, conocíamos como “civilización europea”, de la que la cultura norteamericana era filial, hoy es algo subsidiario de una “civilización americana” que ha impuesto tras décadas de penetración “cultural” una nueva mentalidad en el viejo continente, hasta hacerse más dominante e influyente que nunca. Es curioso, pero es un hecho que el dominio “cultural” de Estados Unidos en el continente se haya multiplicado paralelamente al proceso de declive de su peso específico en el mundo. La mentalidad “gringa”, con sus guerras imperialistas revestidas de combates por la libertad y los derechos humanos, contra la dictadura, la autocracia y hasta por la igualdad de género (Afganistán, Irán), se ha instalado en Europa. Aquel infantilismo de guion hollywoodense con final feliz, el maniqueísmo moralizante y el periodismo que designa villanos, han sustituido a la racionalidad de las preguntas sobre recursos e intereses, sobre historia, tendencias de dominio y geografía, que en los años sesenta del siglo XX aún lograban hacerse oír entre la polvareda que el rebaño levantaba a su paso por la cañada.

La radiografía de esta miseria europea es compleja, pero en las últimas décadas las ideas fuerza de los neocon de Estados Unidos que guían la política exterior occidental fueron externalizadas hacia organizaciones no gubernamentales, medios de comunicación y laboratorios de ideas, que llevan la impronta gringa grabada en su constitución. El marco general del fenómeno no es, por tanto, un exceso sino más bien un defecto de Estado, consecuencia de una especie de privatización de los Estados y los gobiernos. El resultado son poderes públicos y gobiernos impotentes, aún más dependientes de las oligarquías empresariales privadas y con menos capacidad de defensa de intereses “públicos”, por más que estos siempre estuvieran determinados por los privilegios de los de arriba.

Resultado, por un lado, y sobre todo, de treinta años de provocación y extensión de la OTAN, de acuerdo con la prioridad de mantener la hegemonía político-militar estadounidense en Europa tras el fin de la guerra fría, y por el otro del ilusorio deseo de la elite rusa de integrarse en pie de igualdad en el capitalismo dominado por Occidente -que en el Moscú de los noventa llamaban “civilización” – la guerra de Ucrania evoluciona, decíamos, hacia una suerte de tercera guerra mundial. Aumenta la posibilidad de una intervención militar directa de tropas de la OTAN y de una mayor implicación de China, con posibles extensiones en Asia Oriental. Es importante recordar el proceso para comprender lo que está por venir.

Contando desde el principio con la plena colaboración de los oídos y los ojos de la OTAN sobre el terreno de batalla y con ocho años de formación y financiación de su ejército a sus espaldas, la ayuda al gobierno de Kíev se planteó, a partir de febrero de 2022, en forma de suministro de “armas defensivas” para detener la “no provocada agresión rusa”, que fue, efectivamente, una agresión en toda regla, pero ciertamente provocada e inducida. Ir más allá era “arriesgarse a una tercera guerra mundial”, dijo en marzo el Presidente Biden. El fracaso de la inicial invasión suave rusa, lo que el Kremlin bautizó como “Operación militar especial”, una estrategia contenida que buscaba un desmoronamiento del régimen ucraniano, excitó una mayor implicación occidental ante la demostrada debilidad rusa y abrió la puerta al paulatino suministro de material pesado, blindados, artillería, munición, recursos de defensa antiaérea, viejos aviones de fabricación soviética de los países del Este, y, finalmente, los anunciados y no tan vetustos aviones F-16.

Las sanciones económicas contra Moscú, que fueron una “declaración de guerra” en toda regla, en palabras de la esperpéntica Presidenta de la Comisión Úrsula von der Leyen, o del ministro de economía francés, Bruno Lemaire, los atentados personales en ciudades rusas como Moscú, San Peterburgo o Nizhni Novgorod, en la mejor tradición “terrorista” de la OTAN, o contra los “colaboracionistas”, es decir ucranianos prorusos, en las zonas ocupadas de Ucrania, las incursiones militares en territorio ruso a cargo de mercenarios ultras financiados por Occidente con el objetivo de despertar un foco de guerra civil en Rusia, o los ataques contra dos bases de la aviación estratégica rusa, e incluso contra el Kremlin, todo ello razonablemente impensable sin la cooperación / dirección de potencias occidentales, las decenas de miles de millones en armas y ayuda financiera al estado ucraniano, todo eso, ha resultado insuficiente para impedir la derrota militar ucraniana, tal como sugiere, por lo menos de momento, el fracaso de la postergada contraofensiva ucraniana.

En julio de 2022, el Presidente Zelenski anunció el objetivo de “un ejército de un millón de hombres”. Llegaron a 700.000 y hoy son 400.000. La diferencia ha huido, desertado o ha sido aniquilada, mientras Rusia se ha ido reorganizando, con mayor o menos fortuna, y configurando una clara superioridad numérica, artillera, aérea, con su industria de guerra funcionando a todo vapor.

Con centenares de asesores y soldados occidentales combatiendo en las filas del ejército ucraniano, entre ellos varios miles de polacos, y entre imágenes de tanques “Leopard” alemanes, blindados “Bradley” americanos en llamas en el campo de batalla, así como informes de baterías “Patriot” fuera de uso por el fuego ruso, la perspectiva que abre ahora una eventual fiasco de la contraofensiva ucraniana es la de un escalón más en el esfuerzo para derrotar a Rusia: “la posibilidad de que Polonia se implique aun más a un nivel nacional y que sea seguida por los países bálticos, incluido con tropas en el terreno”, ha dicho en junio el ex secretario general de la OTAN Anders Rasmussen, que habla de una “coalition of the willing”. Si esa nueva fase tampoco resultara, la lógica de escalada dicta una intervención militar, directa y oficial, de tropas de la OTAN, como la que sugieren las maniobras “Air Defender 23”, las mayores de la historia de la OTAN, que recrean tal guerra desde el Mar Báltico hasta el Mar Negro.

Una mayor presión militar occidental contra Rusia, incrementará no solo la propia acción militar rusa, con una ampliación de la ocupación hasta la frontera rumana que privara por completo a Ucrania de salida al mar, si se dieran las condiciones y los actuales inquilinos el Kremlin siguen aguantando, sino también una mayor implicación industrial-militar china hacia Rusia, mientras en Asia Oriental se prepara el segundo frente. La espiral belicista está servida.

(Prólogo al libro «La guerra es la salud del Estado» con textos de Randolph Bourne, de ediciones El Salmón. Publicado en Ctxt)

Fuente: https://rafaelpoch.com/2023/06/11/hacia-la-tercera/

 

martes, 26 de julio de 2022

LOS LÍMITES DE LA PROTESTA COMO FORMA DE LUCHA

 


 25 julio, 2022 Raúl Zibechi

Con su habitual lucidez, William I. Robinson se pregunta si la oleada mundial de protestas y movilizaciones será capaz de hacer frente al capitalismo global (https://bit.ly/3MjvBsl). En efecto, desde la crisis de 2008 se produce una cadena interminable de protestas y levantamientos populares. Recuerda que en los años previos a la pandemia hubo más de 100 grandes protestas que derribaron a 30 gobiernos.

Menciona la gigantesca movilización en Estados Unidos a raíz del asesinato de George Floyd, en mayo de 2020, que define como un levantamiento antirracista que llevó a más de 25 millones de personas, en su mayoría jóvenes, a las calles de cientos de ciudades de todo el país, la protesta masiva más grande en la historia de Estados Unidos.

En América Latina los levantamientos y revueltas en Ecuador, Chile, Nicaragua y, sobre todo, Colombia, tuvieron extensión, duración y profundidad como pocas veces se recuerda en este continente. La protesta colombiana paralizó el país durante tres meses, enseñó niveles de creatividad popular impresionantes (como los 25 puntos de resistencia en Cali) y modos de articulación entre pueblos, en la calle, abajo, absolutamente inéditos.

Robinson recuerda que las clases dominantes hicieron retroceder el ciclo de movilización, de fines de la década de 1960 y principios de los 70, a través de la globalización capitalista y la contrarrevolución neoliberal. Eso en el norte, porque en el sur global lo hicieron a pura bala y matanza.

Hacia el final de su artículo se pregunta cómo traducir la revuelta de masas en un proyecto que pueda desafiar el poder del capital global. La pregunta es válida. En principio, porque no lo sabemos, porque los gobiernos que surgieron luego de grandes revueltas no hicieron más que profundizar el capitalismo y promover la desorganización de los sectores populares.

Aunque participemos en grandes movilizaciones y en revueltas, que son parte de la cultura política de la protesta, es necesario comprender sus límites como mecanismos para transformar el mundo. No vamos a abandonarlas, pero podemos aprender a ir más allá, para ser capaces de construir lo nuevo y defenderlo.

Entre los límites que encuentro hay varios que quisiera poner a discusión.

El primero es que los gobiernos han aprendido a manejar la protesta, a través de un abanico de intervenciones que incluyen desde la represión hasta las concesiones parciales para reconducir la situación. Desde hace ya dos siglos la protesta se ha convertido en habitual, de modo que las clases dominantes y los equipos de gobierno ya no le temen como antaño, pero sobre todo saben ver en ella una oportunidad para ganar legitimidad.

Los de arriba saben que el momento clave es el declive, cuando se van apagando los fuegos de la movilización y gana fuerza la tendencia al retorno a lo cotidiano. Para los manifestantes, la desmovilización es un momento delicado, ya que puede significar un retroceso si no han sido capaces de construir organizaciones sólidas y duraderas.

El segundo límite deriva de la banalización de la protesta por su transformación en espectáculo. Algunos sectores buscan a través de este mecanismo impactar en la opinión pública, al punto que el espectáculo se ha convertido en un nuevo repertorio de la acción colectiva. La dependencia de los medios es una de las peores facetas de esta deriva.

El tercero se relaciona con el hecho de que los manifestantes no suelen encontrar espacios y tiempos para debatir qué se logró en la protesta, para evaluar cómo seguir, qué errores y qué aciertos se cometieron. Lo más grave es que a menudo esa evaluación la realizan los medios o los académicos, que no forman parte de los movimientos.

El cuarto límite que encuentro, es que las protestas son necesariamente esporádicas y ocasionales. Ningún sujeto colectivo puede estar todo el tiempo en la calle porque el desgaste es enorme. De modo que deben elegirse cuidadosamente los momentos para irrumpir, como vienen haciendo los pueblos originarios que se manifiestan cuando creen llegado el momento.

Debe existir un equilibrio entre la actividad hacia fuera y hacia dentro, entre la movilización exterior y la interior, sabiendo que ésta es clave para sostenerse como pueblos, para dar continuidad a la vida y para afirmarse como sujetos diferentes. Es en los momentos de repliegue interior cuando afirmamos nuestras características anticapitalistas.

Finalmente, la autonomía no se construye durante las protestas, sino antes, durante y después. Sobre todo antes. La protesta no debe ser algo meramente reactivo, porque de ese modo la iniciativa siempre está fuera del movimiento. La autonomía demanda un largo proceso de trabajo interior y exige una tensión diaria para mantenerla en pie.

Siento que nos debemos, como movimientos y colectivos, tiempos para el debate, porque no reproducir el sistema supone trabajarnos intensamente, sin espontaneidad, superando inercias para seguir creciendo.

Artículo publicado originalmente en La Jornada.

Fuente: https://www.elviejotopo.com/topoexpress/limites-de-la-protesta-como-forma-de-lucha/